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JAVIER ECHEVARRÍA Prelado del Opus Dei GETSEMANÍ En oración con Jesucristo
PRÓLOGO
I. Entonces llega Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní, y les dice a los discípulos: Sentaos aquí mientras me voy allí a orar Un amor de dimensiones divinas; En compañía de los hombres; Una amistad honda y sincera; Una respuesta libre y activa al amor y a la llamada de Dios; El peligro del acostumbramiento; Cercanía de Cristo e insensibilidad del hombre; El misterio de la oración de Jesús; Salir del propio yo; En todas las situaciones; En Getsemaní, amor y desamor; Sin oración es imposible seguirle; Una invitación amable a rezar; Con mano excelsa; Anonadamiento de Dios; «Orad para no caer en la tentación»
II. Y se llevó a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse y a sentir angustia. Del Tabor a Getsemaní; Tristeza de Cristo; Miedo y congoja; Ante los desmanes de la humanidad; Soledad de Jesús; Adentrarse en la tristeza de Cristo; Inmolarse en soledad; Tomó sobre sí nuestros pecados; Santo temor de Dios
III . Entonces les dice: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo Confidencias divinas; Correspondencia de fraternidad; Amante celoso: «... los amó hasta el extremo»; Amor infinitamente apasionado; Amor desinteresado y respetuoso de la libertad; Sufrimiento de Jesús: dolor de Amor; Abrir el alma a los demás; Velad, orad conmigo; Corredentores con Cristo; «Yo estaré siempre con vosotros»; Protagonistas junto a Jesús; Con María y con José; Frutos de la «agonía» de Cristo
IV. Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mío, si es posible, aleja de mí este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres Tú Orar con Jesús: «Vigilate mecum»; A la vista de los hombres; Rezar con esfuerzo; Rendido de hinojos; Rezar con las potencias y los sentidos; La oración de Jesús; Confianza filial; Tiempo diario para la oración; Pedir con sencillez; Con desvergüenza de hijos; Oración humilde; El cáliz de nuestros pecados; Aprender de Jesús; Perfecta unión con el Padre; Lección de prudencia; Abandono y docilidad; Amar la Voluntad de Dios
V. Vuelve junto a sus discípulos y los encuentra dormidos; entonces dice a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en tentación; espíritu está pronto, pero la carne es débil Jesús en vela y nosotros dormidos; Hay gracia abundante para responder; Llenarse de esperanza; Tristeza y sueño de los discípulos; No habituarse a lo divino; Estar a la altura de las circunstancias; El sueño malo de los hombres; Luchar contra las omisiones; No desertar, sino seguir a Jesús; ¡Señor, despiértanos! ; «Vigilad y orad»; Coherencia cristiana; Robustecer el espíritu; Sin miedo a exagerar en el amor; Cuando la «carne» se impone al «espíritu»; Dificultades en la oración; Todo puede convertirse en oración;Sin oración no hay vida cristiana
VI. De nuevo se apartó por segunda vez, y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. Al volver los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño La oración de Jesús: segunda y tercera fase; «Si no es posible..., ¡hágase tu voluntad!»; Identificación de Jesús con la Voluntad de Dios; Jesús, orando en cada uno de nosotros; Dar la vida en cada tarea; Reparar por los pecados propios y ajenos; De nuevo el sueño de los hombres; No cansarse de rezar; Desechar el sopor y velar con Cristo; «Pero, tú... ¡mi amigo, mi apóstol!»; Comprensión y exigencia; La expresión más alta del Amor
VII. Y, dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras Jesús, vencedor en el «combate» de la oración; Perseverar en la oración; Perseverar con lucha y con cansancio; Recomenzar siempre; Aunque sean las mismas palabras; Siempre con un amor nuevo; Una oración perfecta; Identificarse con la Voluntad de Dios; Oración con el alma y con el cuerpo; Ir a la oración para amar la Cruz; Getsemaní, modelo de nuestra oración; El dolor de Cristo, vida del cristiano; Luz y fuerza de la oración; Con la carga de toda la humanidad; Ahondar en la respuesta humana de Dios; Plegaria a Jesús orante; La compañía de los ángeles;La agonía de Jesús en el huerto; Oración heroica;Acicate para la esperanza; Sudor de sangre; Gastar la vida por el Señor; No es obstáculo la debilidad humana
VIII. Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, de rodillas, oraba diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo La narración de san Lucas; La Trinidad Santísima en el misterio de Getsemaní; Getsemaní y la Comunión de los Santos; La agonía de Cristo y el morir de los cristianos; Rezar con más intensidad; Adentrarse más en la intimidad divina; Oración de unión; Paz y seguridad, conmoción y angustia; Oración esforzada por amor; Poder de la oración
IX. Finalmente, va junto a sus discípulos y les dice: Ya podéis dormir y descansar... Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar Exultante en el espíritu; Afán de expiación; Amistad sincera de Jesús; Hasta el último momento; Un reproche amoroso; Amor de toda la Trinidad; La mirada de Jesús; Para ser amigos sinceros; Momentos de gran actualidad; El tiempo del amor perfecto al Padre; Judas, el traidor; El pago de la traición; Jesús, el gran Rezador
Mt 26, 36-46
36Entonces llega Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní, y les dice a los discípulos: Sentaos aquí mientras me voy allí a orar. 37 y se llevo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, y comenzó a entristecerse a sentir angustia. 38 Entonces les dice: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo 39 Y adelantándose un poco, se postró rostro en tierra mientras oraba diciendo: Padre mio, si es posible, aleja de de mi este cáliz; pero que no sea tal como yo quiero, sino como quieres Tú. 40 Vuelve junto a sus discípulos y los encuentra dormidos; entonces le dice a Pedro: ¿Ni siquiera habéis sido capaces de velar una hora conmigo? 41 Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil. 42 De nuevo se apartó, por segunda vez, y oró diciendo: Padre mío, si no es posible que esto pase sin que yo lo beba, hágase tu voluntad. 43 Al volver los encontró dormidos pues sus ojos estaban cargados de sueño. 44 Y dejándolos, se apartó una vez más, y oró por tercera vez repitiendo las mismas palabras. 45 Finalmente, va junto a sus discípulos y les dice: Ya podéis dormir y descansar... Mirad, ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 46 Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar.
Mc 14, 32—42
32 Llegan un lugar llamado Getsemaní. Y les dice a sus discípulos: Sentaos aquí, mientras hago oración. 33 Y se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y comenzó a afligirse y a sentir angustia. 34 Y les dice: Mi alma está triste hasta la muerte. Quedaos aquí y velad. 35 Y adelantándose un poco, se postró en tierra y rogaba que, a ser posible, se alejase de él aquella hora. 36 Decía: ¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú. 37 Vuelve y los encuentra dormidos, y le dice a Pedro: Simón, ¿duermes? ¿No has sido capaz de velar una hora? 38 Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es débil. 39 De nuevo se apartó y oró diciendo las mismas palabras. 40 Al volver los encontró dormidos, pues sus ojos estaban cargados de sueño; y no sabían qué responderle. 41 Vuelve por tercera vez y les dice: ¿Aún podéis dormir y descansar...? Se acabó; llegó la hora. Mirad que el Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. 42 Levantaos, vamos; ya llega el que me va a entregar.
Lc 22, 40-46
40 Cuando llegó al lugar, les dijo: orad para no caer en tentación. 41Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra y, de rodillas, oraba 42 diciendo: Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. 43 Se le apareció un ángel del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía oraba con más intensidad. 44 Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo. 45 Cuando se levantó de la oración y llegó hasta los discípulos, los encontró adormilados por la tristeza. 46 Y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación.
Prologo Getsemaní. Horas de amargura humana para Jesús; horas de paz inefable en el hondón de su espíritu, porque cumple la Voluntad santa de su Padre. Unas horas éstas, las de la oración de Jesús en el huerto, que llegan muy al fondo del alma del cristiano. El Maestro quiso rezar con los hombres y por los hombres en el momento culminante de su entrega a la obra redentora. Al sentirnos un personaje más en el Evangelio, como aconsejaba san Josemaría, 1 detengámonos con sosiego en este pasaje, que nos muestra la fuerza divina del amor de Jesús a sus hermanos los hombres y, a la vez, hasta qué extremos asumió nuestra flaqueza y nuestra debilidad. Por eso, lo que haremos es sencillamente mirar a Jesús en Getsemaní y, en el trasfondo, a los apóstoles. Cada detalle de esa noche memorable nos afecta: hemos de vernos en ese trance, para agradecer la bondad de Dios, para afrontar personalmente la Pasión y Muerte del Redentor y profundizar en este misterio. Así aprenderemos a amar y a rectificar nuestra vida. Vamos a proceder como Teresa de Jesús que, al contemplar la vida de Cristo, hallábase mejor donde le veía más «solo y afligido». «En especial —nos dice— me hallaba muy bien en la oración del Huerto. Allí era mi acompañante. Pensaba en aquel sudor y aflicción que allí había tenido... Deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor... Muchos años, las más noches antes que me durmiese, cuando para dormirme encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la oración del huerto... Y tengo para mí que por aquí ganó muy mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era... »2 Vaya por delante esta doctrina clara: todos podemos rezar; con más exactitud, todos debemos rezar, porque hemos venido al mundo para amar a Dios, alabarle, servirle y luego, en la otra vida —aquí estamos de paso—, gozarle eternamente. ¿Y qué es rezar? Sencillamente, hablar con Dios mediante oraciones vocales o en la meditación. No cabe la excusa de que no sabemos o nos cansamos. Hablar con Dios para aprender de Él, consiste en mirarle, en contarle nuestra vida —trabajo, alegrías, penas, cansancios, reacciones, tentaciones—; si le escuchamos, oiremos que nos sugiere: deja aquello, sé más cordial, trabaja mejor, sirve a los demás, no pienses mal de nadie, habla con sinceridad y con educación... No despreciemos el tesoro de la oración, porque se ama como se reza, y se reza como se ama. De seguro que, al contemplar al Maestro en Getsemaní, se abrirá paso en nuestra mente la necesidad de orar también cuando no resulta fácil. La «agonía» de Getsemaní, como llama san Lucas al trance que vivió Jesús en aquel evento salvífico, posee una fuerza extraordinaria de interrogación: «Jesús sufre, por cumplir la Voluntad del Padre... Y yo, que quiero también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podré quejarme si encuentro por compañero de camino el sufrimiento? «Constituirá una señal cierta de mi filiación, porque me trata como a su Divino Hijo. Y, entonces, como Él, podré gemir y llorar a solas en mi Getsemaní, pero, postrado en tierra, reconociendo mi nada, subirá hasta el Señor un grito salido de lo íntimo de mi alma: Pater mi, Abba, Pater... fiat!»3 Dispongámonos a recorrer paso a paso y palabra por palabra esos relatos evangélicos y a desagraviar por las deficiencias de los hombres que allí se hacen patentes. Metidos en el Evangelio, entenderemos que Jesús nos convoca, como a los discípulos, a la oración, y nos fijaremos en la actitud que tuvieron, con el deseo sincero de que no se repita por nuestra parte aquella falta de atención y de solicitud por quien tanto nos ama. Éste es el misterio: la Redención se ha cumplido ya —semel pro semper: de una vez por todas y para siempre— en la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor; pero se va realizando en las almas cada día, día a día. Y los cristianos —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, intelectuales y trabajadores manuales, solteros y casados— somos apóstoles: pero no apóstoles dormidos sino bien despiertos, portadores de Cristo, para conocerle y darle a conocer.
1. Cfr. san Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, n. 222; Forja, n. 8. 2. Santa Teresa de Jesús, Libro de la vida, 9, 4. 3. San Josemaría, Vía Crucis, I estación, punto 1.
CAPÍTULO 1
Entonces llega Jesús con ellos a un lugar llamado Getsemaní, y les dice a los discípulos: Sentaos aquí mientras me voy allí a orar (Mt 26, 36).
Un amor de dimensiones divinas
1. Y después de recitar el himno, salieron hacia el Monte de los Olivos (Mt 26, 30). Jesús, el Unigénito del Padre, el Salvador el Dios con nosotros, terminada aquella larga conversación con sus discípulos que sigue a la última Cena, se levantó y, después de cantar el himno de acción de gracias, salió del cenáculo con sus discípulos. Era ya muy de noche. Como de costumbre, fue al Monte de los Olivos, dice san Lucas al comenzar el relato (Lc 22, 39). No era, en efecto, la primera vez que iban a aquel huerto de Getsemaní, que debía de ser propiedad de algún discípulo adinerado de Jesús: allí —nos precisa san Juan (Jn 18, 2)— Jesús se reunía frecuentemente con sus discípulos. Allí, caída la tarde, se recogía el Maestro con sus discípulos para hacer oración, conversar y, muy posiblemente, pernoctar. Y a la mañana, muy temprano, ya estaba Jesús en su labor de almas en Jerusalén. Eran para Nuestro Señor muy duras aquellas jornadas, las de aquella última semana en Jerusalén, que nosotros llamaremos la Semana Santa. Duras y sacrificadas por su entrega total —como siempre— a la misión salvífica y, sobre todo, por la inminencia de «su hora». Pero especialmente aquel día, aquella noche que siguió a la última Cena —mientras el traidor consumaba la trama y a pesar de la fatiga de Nuestro Señor—, el Alma santa de Jesús se dio plenamente a la oración, se aferró a su Padre—Dios. Jesús acude a Getsemaní para prepararse a la Pasión y Muerte que se avecinan. Sigue primando en su vida lo que narra el evangelista Juan: habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo —a la humanidad entera, porque al encarnarse ha hecho suyos a todos—, los amó hasta el fin (Jn 13, 1). Y se dirige hacia esa meta, cumbre de su amor al Padre y —por el Padre— a sus hermanos los hombres, rezando en el Huerto de los Olivos. La oración de Cristo en Getsemaní —honda, perseverante, exigente— es, a la vez, el inicio y la preparación para su holocausto o, con otras palabras, para que Jesús —Dios hecho hombre perfecto— muera en redención por nuestros pecados. Ese inimaginable Sacrificio Santo, ese sufrimiento que por el amor se hace infinitamente eficaz y grato a Dios Padre, tiene su preparación inmediata en esas horas de recogimiento: ahí confirma el Señor que quiere beber completamente el cáliz, sin escatimar la entrega. En esta oración que ahora comienza se prepara el consummatum est! de la Cruz (cfr. Jn 19, 30), todo está cumplido. Cuando cede el frente de una presa, las aguas se desbordan río abajo. Pues «en esos momentos finales de la vida terrena de Jesús, parece como si el Señor —el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo: la Trinidad Beatísima, único Dios— hubiese decidido romper el dique que contenía las aguas de la divina gracia para inundar el mundo de bienes».1 Acertada imagen para acercarse un poco a contemplar la magnitud del amor de Cristo a los hombres, que se agiganta progresivamente durante las horas de la Pasión. Ya pocas horas antes, en la última Cena, con la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, se había manifestado ese amor inmenso; entonces, con el mismo amor sumo, ¡del único y verdadero Dios!, inició su oración, que discurrirá larga y concentrada. A medida que Jesucristo se adentraba en el Sacrificio —redentor de los pecados de la humanidad: los de cada hombre— , su amor incesante cobraba el tinte del dolor, de la tristeza y de la opresión; y se revelaba ilimitado y sobrehumano, porque le movía siempre, también ante esa prueba tremenda, una entrega de dimensión divina. Deseemos que Jesús sea la chifladura de nuestro ser. Así entenderemos más su vivo sufrimiento, a la vez que nos haremos cargo de que no atisbamos más que una chispa de su amor inconmensurable. Por eso, rogamos al Maestro divino y humano que nos conceda la gracia de no olvidar que somos el objeto de su amor y de su dolor, que ansía la limpieza de las almas y sufre por nuestras ofensas. Con nuestro comportamiento le consolaremos, como nos ha pedido a través de la súplica que dirigió a los discípulos. Esta entrega sin límites la ha querido libremente: afflictus est et ipse subiecit se (Is 53, 7), precisa la Escritura: el Maestro ama siempre. Nada le detiene, ni siquiera nuestro rechazo. Por eso debemos empezar a clamar, ya desde el principio de nuestra meditación: ¡Cámbianos, Señor!; cámbianos, para que sepamos corresponder a tu amor; cámbianos, si es preciso llevándonos a participar de tu dolor —también con un trallazo físico— a la hora de las tentaciones, para que no dudemos en escoger la propia inmolación libremente, como Tú.
En compañía de los hombres
2. Entonces marchó Jesús con ellos a un huerto llamado Getsemaní. Vino con ellos, dice el texto. Deseaba el Maestro proceder de esa manera porque había venido a la tierra para acompañar a los hombres y para que los hombres le acompañásemos. Era su costumbre, así nos lo señala san Lucas. ¡Qué gozo debemos experimentar ante su afán de ir a nuestra vera a lo largo de la vida! Contemplemos sin cansancio, sin rutina, este querer estar y caminar del Maestro con nosotros. Propone que no nos separemos de Él, suceda lo que suceda, también cuando aparentemente le marginen sus hermanos. Si sucediera, se deberá agudizar entonces la fidelidad de los discípulos, sin respetos humanos, con un limpio y caritativo complejo de superioridad, porque vivimos con el Omnipotente y nos sabemos amigos del auténtico Amigo. Los llevó con El, para que participaran en su oración, a diferencia de otras escenas del Evangelio, cuando se retiraba a orar Él solo; aunque esa soledad no impedía que los apóstoles —rudos y superficiales, como nosotros— advirtieran los beneficios de esos tiempos de recogimiento externo del Señor, que llegaban a todo el pueblo. Fueron testigos, en tantas ocasiones, de que Jesús, antes de los grandes milagros —que constituían otro modo de rezar y de obrar el bien— daba gracias al Padre, que siempre le escucha (cfr. Jn 11, 42). Por lo tanto, no cabía en Jesús un comportamiento diferente ante el prodigio más elevado que estaba realizando: la salvación de la humanidad. También en esta hora rezó, y deseó ardientemente que los discípulos se percataran de que, de ordinario, Dios no actúa si la criatura no vive en diálogo con Él. A primera vista sorprende que los once, instados por Jesús para que le acompañasen, no advirtieran la grandeza y la importancia de la oración que precedía al gran misterio que se iba a cumplir. Recordarían que la plegaria del Señor, siempre perfecta, había provocado en ellos la estupenda reacción de rogarle que les enseñase a rezar (cfr. Lc 11, 1); aunque en ocasiones los prodigios les habían puesto de manifiesto su personal pequeñez con tanta fuerza que le pidieron que se alejase de ellos, pobres pecadores (cfr. Lc 5, 8). Resulta llamativo que, ante la nueva invitación del Señor, y más aún después de lo que presenciaron y oyeron en la última Cena, se mostraran tan indiferentes en ese momento crucial. A pesar de esto, no cambió el Maestro su amor infinito hacia ellos. Por desgracia, también ahora los hombres trocamos nuestro afecto con penosa frecuencia: basta una nadería para olvidarnos de Cristo o para centrarnos en el propio yo. Durante los tres años de caminar con Él por Tierra Santa sería constante la invitación del Maestro a los discípulos para que rezaran. Ahora les pidió que se sumasen a su recogimiento, a su preparación para el Sacrificio redentor de la humanidad. Les remachaba así que la vida del cristiano, a todas horas y especialmente en las circunstancias más extraordinarias, debe discurrir por el cauce de una oración con Él y como la de El. Orar con Cristo lleva necesariamente a asumir como propia la Voluntad del Padre, por la acción del Espíritu Santo. De este modo se comprende mejor la posibilidad de que nuestra vida adquiera ese alcance eterno que encierran los planes divinos. Nos conviene, pues, empeñarnos en orar con El: nos transmitirá el vigor de la perseverancia, y le dejaremos habitar en la inteligencia y en el corazón, confiriendo a nuestras potencias la hondura del diálogo del Hijo de Dios con su Padre. Orar con Cristo ayudará a superar limitaciones internas y externas, porque se nos concederá la fuerza con que Él perseveró, también en Getsemaní, para alcanzarnos la Vida de Dios en nosotros. Orar como Cristo. A los discípulos les habría bastado mirar con atención al Redentor, y unirse a lo que Él expresaba a Dios Padre, lleno del Espíritu Santo. Les habría bastado fijarse en Él para aprender, para tener su misma seguridad. Así proceden tantas almas santas, que en la oración no dejan de mirar a Cristo, de contemplar su rostro. Tengamos la certeza de que, si velamos al lado de Jesús —como Él sugirió a aquellos hombres en Getsemaní—, la oración brotará intensa y eficazmente, aunque debamos pelear con nuestra debilidad, que nos empuja a la distracción, a una correspondencia a medias. Pero se requiere que pongamos la mirada en el Salvador. «Contemplando este rostro —ha escrito Juan Pablo II— nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo»2.
Una amistad honda y sincera
3. En estos gestos del Maestro —gestos humanos de Dios—, focalizados hacia el Sacrificio Supremo de la Cruz, saboreamos un poco de la calidad insuperable de la amistad divina. El nos ha llamado amigos (cfr. Jn 15, 15) y ha recorrido nuestra andadura para que nos entre por los ojos que su acercamiento es total; se interesa por nuestros problemas —¡Jesucristo vive! (cfr. Hb 13, 8)— y asume nuestras cargas y limitaciones. Demuestra que le importa nuestra amistad, porque de su parte no existen discriminaciones ni barreras, no hace acepciones ni distingos, no tiene preferencias que marginan; está siempre abierto a nuestras llamadas y nos recuerda que no lleva cuenta de los sacrificios y renuncias que le procuró nuestra pobre amistad. Sí: proclamemos sin cesar que Cristo no quiere separarse de los hombres, que cuida delicada y reciamente de los suyos, que es amante inigualable de la amistad, que se ocupa ahora de nosotros con la cercanía y dedicación con que formó a los que convivieron con Él. En el camino del cristiano hace falta ejercitar la fe pero, simultáneamente, se palpa la paz y seguridad con que paga el Maestro a los que se proponen no alejarse de Él. Su amistad se nos revela absolutamente sincera. Confió a los suyos de muy diversos modos cuanto pasaba por su corazón, sin reservarse nada. Marchó por el camino del dolor, y pregustaba ya —con pena y generosidad— la angustia y el sufrimiento que le aguardaban. No se avergonzó de que le vieran así los discípulos, al revés de lo que hacemos tantas veces los hombres para no quedar mal, para no perder autoridad, para disimular los momentos duros. Con su divina pedagogía, permitió que quienes habían de dar luego con fortaleza divina el testimonio de la Verdad presenciaran su zozobra y su angustia. Más aún, Él, que poco tiempo después declarará su capacidad de abatir toda potencia humana con sólo rogárselo a su Padre (cfr. Mt 26, 53), se mostró en Getsemaní quebrantado y deshecho ante el dolor moral y físico que le infligían los hombres. Jesús ofrece una lección espléndida. Con frecuencia, Él había caminado largas horas con los que le seguían. En esas jornadas mostró la grandeza de su agotamiento por los hermanos; o la alegría sobrenatural y humana de llegar a casa del amigo; o el esfuerzo de la búsqueda de un lugar para orar... No se separaba jamás de los suyos: los protegía con su compañía, con su mirada, con sus palabras, con su anticiparse a las necesidades; y ellos le seguían con una fe profunda, aunque no tan perfecta como para no sentirse en ocasiones atrapados por ataduras terrenas o por ambiciones humanas que el diablo les tendía. Pero se repite a lo largo del Evangelio algo conmovedor, impregnado de madurez y de cariño: el Maestro no se apartó de los que amaba. Y hoy actúa con la misma disposición. Deberíamos preguntarnos más a menudo por qué obra de ese modo nuestro Dios, para advertir de veras la maravilla de ese andar divino con los hombres. Sólo tiene una explicación: el Señor ama con perfección, sin mezcla de egoísmo, y su inagotable misericordia se ocupa con dedicación total de los seres que ha creado. Ha cantado el salmista, con admiración y agradecimiento, que no hay lugar ni circunstancia que no caiga bajo la mirada y el dominio de Dios: si hasta los cielos subo, allí estás Tú; si en el sheol me acuesto, allí me encuentras. Si tomo las alas de la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu mano me conduce, tu diestra me aprehende (Sal 138 [139], 8—10). No se trata de afán posesivo: aunque todo le pertenece, jamás priva a la criatura de la libertad de decidir. La intervención del Cielo emana de su Providencia, de su buen gobierno, que nos presta la ayuda de su brazo para que salgamos airosos de lo que se cruce en nuestro camino. Pero hemos de corresponder a sus desvelos, sabiendo «agarrarnos a esa mano fuerte que Dios nos tiende sin cesar, con el fin de que no perdamos el punto de mira sobrenatural; también cuando las pasiones se levantan y nos acometen para aherrojarnos en el reducto mezquino de nuestro yo, o cuando —con vanidad pueril— nos sentimos el centro del universo».3 Dios nos ha llamado a la santidad al traernos a la vida, y jamás ha querido desentenderse de nosotros. Por eso derrama sobre cada uno su gracia, para que, con su amistad, nosotros alcancemos la meta de nuestra carrera.
Una respuesta libre y activa al amor y a la llamada de Dios
4. Acudió a Getsemaní con los suyos, y les rogó que le acompañaran: el quedaos aquí y luego el velad conmigo, a pesar de su forma imperativa, eran en realidad una demanda, una petición, la forma apremiante de expresar su necesidad humana de compañía y la necesidad imperiosa que tenían los discípulos de unirse a su oración. Faltan palabras para describir ajustadamente el amor de Dios a la libertad: nos convoca como testigos de la prodigiosa riqueza de su vida y de su interés por nuestra salvación, pero ni en esos momentos trascendentales se impone. La Verdad atrae a los hombres, se abre camino en las inteligencias, los orienta y satisface; por eso, los discípulos fueron espontáneamente tras el Señor, como de ordinario ocurre al cristiano, si se detiene a pensar en los beneficios que Él procura. Pero no basta con dejarse llevar para ser amigos suyos; el Señor nos enseñó que se requiere el ejercicio consciente de la propia libertad, hasta las últimas consecuencias. Durante la oración en el huerto no pasó por la cabeza a aquellos once la idea de abandonar al Maestro; pero su comportamiento era todavía demasiado afectivo, su amor a Cristo no informaba la totalidad de su ser. Casi se podría afirmar —como de nosotros— que se conducían por un querer a medias. Conocían de sobra que no les convenía apartarse del Señor, pero no se decidían a actuar con plena coherencia; no se identificaban con los ruegos expresos del Maestro. La flojera de su respuesta los condujo, se diría, a una presenciaausencia, que lógicamente apenaba al Señor. Realmente, los apóstoles no se detuvieron a meditar la entidad de estas palabras del cenáculo: vos estis qui permansistis mecum in tentationibus meis (Lc 22, 28). Por el amor que profesaban al Rabí, si hubiesen sido conscientes de lo que les rogaba y del importantísimo momento que vivían, habrían tomado mucho más en serio las frases y los gestos de Jesucristo. No se habían limitado a acudir físicamente con El a Getsemaní y permanecer allí pasivos. Ir con el Señor requiere una disposición activa, como la del Maestro cuando bajó a salvarnos; vino —abriéndonos camino— a recomponer nuestra verdadera felicidad. Y, para que calara hondo en las almas la calidad de esa exigencia, señaló de modo claro, aunque sus palabras puedan sonar duras, que no podemos enredarnos con ataduras inútiles: deja que los muertos entierren a sus muertos (Lc 9, 60). Jesucristo ha sido, es y será siempre Vida, y Vida en plenitud, también cuando muere, porque la da para volver a tomarla y entregárnosla, haciéndonos partícipes de esa riqueza incomparable. Por no acompañar al Redentor, libre y activamente, en aquellas horas supremas, se produjeron el miedo, las negaciones, la desbandada de los apóstoles: quien no está con Él, del todo, está contra Él (cfr. Mt 12, 30). ¡Qué importancia entraña que nos percatemos del alcance de las omisiones, que constituyen el principio de la deserción! La lejanía física o la falta de trato pueden conducir al enfriamiento o a la pérdida de la amistad; también en la relación con Dios, si no se corresponde a las exigencias del camino, entran en el alma el desinterés y la tibieza. Los cristianos hemos de convencernos de que el Señor no cesa de invitarnos a permanecer a su vera, porque desea contar con nosotros, también para que otras almas aprendan a seguirle; pero prefiere que lo decidamos con libertad, persuadidos de que su llamada nos presenta lo único conveniente, para alcanzar la realización más profunda de nuestra personalidad, que sólo se verifica cuando le permitimos vivir su Vida en nosotros. Causa admiración la tenaz y amable sugerencia de Cristo a que se le siga libremente. Jamás se cansa de insistir a los suyos con el sígueme..., y cuando se camina con Él, se entiende la gran verdad de que el sendero del cristiano —gozar del amor de Dios— es un vivir siempre nuevo. Nos ha comunicado, además, que nos escucha si le invocamos de veras, porque dialoga sin interrupción con los que le aman, incluso cuando parece ocultarse. Desde el primer momento de la subida a Getsemaní se percibe con claridad esta nueva e íntima cercanía del Señor, a la que llamaba entonces a los suyos, y también, ahora, a nosotros. El Señor Jesús ha querido que sus hermanos los hombres le seamos amigos leales, porque ha vivido y ha muerto por cada uno. Por mucho que nos acerquemos al Maestro, nunca lograremos superar la intimidad con que Él ha bajado hasta nosotros. Le agradecemos que nos haya invitado a seguirle en Getsemaní. Y, ante su magnánima confianza, le aseguramos que nos empeñaremos en ahondar en la profunda dimensión humana y divina de las palabras y acciones que presenciamos en el huerto. Luego, en locura de amor, le manifestamos que querríamos adentrarnos en la intensidad de su oración, que le llevó a sudar sangre, porque nos colma de seguridad y de gozo tener un Dios que carga con nuestro yo, aunque sea un pobre lote de miserias. Sí, deseamos ese acercamiento para saborear, cada vez con más hondura, el bien que nos ha traído; y para comprender simultáneamente, con sincera contrición, el mal que le hemos causado.
El peligro del acostumbramiento
5. Muchas veces y en muy distintos lugares, a lo largo de aquellos tres años, habían oído los discípulos la propuesta del Maestro: retirémonos, sentémonos en este lugar... Habían escuchado embelesados, con gran recogimiento, la riqueza de la enseñanza divina. Muy probablemente los días anteriores —al final de la jornada y antes de darse al lógico descanso, como ya hemos apuntado— habían degustado allí mismo, en Getsemaní, escenas semejantes. En este sentido, no era nueva la situación cuando Jesús les dijo aquella noche: sentaos aquí. Pero ahora, cuando el Señor se aparta, como otras veces, para hacer oración, ellos no le secundan como era de esperar. A las criaturas —empezando por los propios apóstoles de Cristo—, si no vigilamos, si no nos esforzamos por descubrir la Providencia del Cielo, nos asalta el peligro del acostumbramiento malo —de la rutina—, incluso cuando nos ocupamos de tareas importantes. No debería ser así, porque esa familiaridad mala lleva a la Falta de amor, a no estar en los detalles con esmero, a permitir que se infiltre la indelicadeza con las personas que tratamos o con los objetos que usamos. Como enseña san Efrén, «la vigilancia que el Señor pide, se dirige a las dos partes del hombre: al cuerpo, para que esté prevenido contra la somnolencia; y al alma, para que rechace la pusilanimidad y la tibieza».4 Pensemos en cómo se preparan, antes de una audiencia, quienes serán recibidos por los grandes de la tierra, o los invitados a acontecimientos de relieve. No escatiman los recursos para no desentonar en medio de esa situación privilegiada. Se esfuerzan cuidadosamente en prever hasta los pormenores más pequeños con el fin de estar a la altura. Soportan cualquier dificultad con tal de no quedar excluidos. Si esa participación sucede una sola vez en su vida, alardean luego de haberse encontrado entre los distinguidos, con un orgullo más o menos legítimo, y no se cansan de contarlo. Todos saben que, si uno no da el nivel, corre el riesgo de ser apartado en el futuro. Esto les ocurrió, en parte, a los apóstoles. Les había removido en tantas ocasiones el modo de orar de Jesús; pero en este momento, cuando el Maestro, con su gran amor siempre nuevo, los urgió a que le acompañasen, no se hicieron cargo del instante que estaban consumiendo. Y le dejaron solo. Luchemos contra el acostumbramiento, porque este proceder cansino, rutinario, no es propio de personas que saben amar, conscientes de haber sido beneficiadas con un privilegio extraordinario. Escarmentemos en cabeza ajena. En nuestro trato con el Señor hemos de sentir la urgencia de escucharle; la vigilancia para no caer en el sueño malo; la atención de quien se descubre como interlocutor de las tres Personas de la Trinidad. Realmente, ante un Dios que se interesa tan intensamente por nosotros, hasta invitarnos a participar de su Vida, debería convencernos la novedad y la grandeza de estar en contacto con el misterio divino; jamás habríamos podido ni siquiera imaginar esa situación y, sin embargo, El nos acompaña siempre por su bondad magnánima, también en el quehacer ordinario. ¡Qué sugestivas y actuales son las escenas del Evangelio! Los hombres seguimos dejando solo al Señor. Por gracia singular del Cielo, nos consideramos discípulos de Jesús, y hemos de asimilar que únicamente en la medida en que permanezcamos cerca de Él —como rogó a los once—, podremos predicar con nuestra conducta la Verdad, y cambiar la dirección de esta etapa de la historia. En nuestro papel de corredentores, descubramos la novedad de cada segundo vivido con el Maestro, que encierra —como subrayaba san Josemaría— «vibración de eternidad»,5 porque la Pasión y Muerte de Cristo se fueron consumando en esas horas que los discípulos habrían podido compartir, y que hoy hemos de hacer presentes nosotros, corno los once que, más tarde, dieron su vida por el Maestro. Suceda lo que suceda, Jesucristo nos coloca en las situaciones más favorables para vencer, para alcanzar la santidad; persuadámonos de que su amor divino nos ha creado tal y como somos, para que le sigamos y anunciemos públicamente que nos enorgullece ser amigos de Dios.
Cercanía de Cristo e insensibilidad del hombre
6. Sentaos aquí mientras voy allá a orar, y con un gesto les indicó el fondo del huerto, adonde se llevó consigo, nos refieren san Mateo y san Marcos, a Pedro, Santiago y Juan. Sentaos aquí mientras hago oración (Mc 14, 32). No hacía mucho tiempo que habían salido del cenáculo. Todos en la última Cena, excepto el traidor, notaron el amor del Maestro: se adentraron en los tesoros que la Trinidad Santísima ponía a su disposición, se quedaron profundamente removidos por el Salvador. Habían sido testigos de cómo la oración de Jesús tiene en todo una proyección de segura eficacia, y no cabe interrupción en su unión íntima con el Padre en el Espíritu Santo. A la vez venían con un principio de desconcierto y tristeza, por la realidad apabullante de la traición anunciada y por la disposición de Jesús a morir en medio de la deserción de los discípulos. El Señor lo había dicho claramente mientras iban camino de Getsemaní: Todos vosotros os escandalizaréis esta noche por mi causa (Mt 26,31). ¿Cómo era posible esto, si ellos le querían entrañablemente? Pedro no lo aceptaba: Aunque tenga que morir contigo jamás te negare. Lo mismo decían todos (Mc 14, 31). Es de suponer que resonaría en el alma de cada uno de los once el eco de la emotiva y exigente plegaria, que habían escuchado en el cenáculo. Ahora les volvía a insinuar el Maestro que continuaba su conversación con el Padre del Cielo, tan inmediatamente orientada ya a la Redención. No podemos seguir mirando a Jesús, que se adentra en la «oración del huerto», sin anticipar, por contraste, la respuesta existencial de los discípulos —se durmieron— que meditaremos al filo del versículo 40. Pero Jesús no sólo les comunica confiadamente su decisión de concentrarse en la oración. San Lucas relata que aquel sentaos aquí de Mateo y Marcos era una invitación del Maestro a los once para que se entregaran también a la oración: Les dijo: Orad para no caer en la tentación (Lc 22, 39). Bien lo sabemos: unos y otros terminarían en el sopor del sueño. Parece inexplicable la cortedad de corazón de aquellos hombres ante tan impresionante confianza del Hijo de Dios, que les reveló su estado de ánimo y sus ansias redentoras, mientras les rogaba que no le abandonasen; e igualmente ilógica es nuestra dureza de corazón y de inteligencia. A Cristo, entonces como ahora, se le sigue ignorando, abandonando y maltratando. Ningún cristiano debería desconocer que es depositario del mandato de anunciar, sin respetos humanos ni omisiones, lo que el Redentor ha hecho por la humanidad. Los apóstoles tocaron, física y espiritualmente, la cercanía y amistad del Maestro; nosotros, con la ayuda de la gracia, podemos sentir también la intimidad con Dios. No hay osadía alguna en afirmar ese contacto con el mismo Dios, que se pone en nuestras manos. El dolor de Cristo se vería acentuado por la superficialidad y la negligencia de los suyos ante su petición, y ahí, en esa increíble indiferencia ante el Señor, hemos de descubrirnos a nosotros mismos. Cuántas veces, incluso convencidos de tener razón, manifestamos de palabra o con los hechos que no nos queda tiempo para rezar. Aparte de que se puede velar con Cristo, purificando las acciones, no existe situación humana que impida conseguir unos minutos, al menos, para dedicarlos expresamente a hablar con Él, tiempo que ayuda a convertir en diálogo sobrenatural los avatares de la jornada. Somos conscientes de que la Redención penetra con eficacia en nuestras almas y en las de quienes nos rodean. Concluyamos que, si es tan actual este misterio de salvación, también lo son los consejos y las sugerencias de Jesucristo en Getsemaní. Pero caeríamos en un error grave si identificáramos la tristeza de Jesucristo sólo con las grandes defecciones o las traiciones aparatosas; debemos conceder importancia a esos otros pequeños decaimientos en la lealtad, y a tantas omisiones, que abocan hacia el olvido de una constante y coherente vida cristiana. Y hemos de considerar que quizá no lleguemos al extremo de una deserción, pero podemos provocarla en quienes nos miran como herederos del mensaje evangélico, válido para los hombres hasta el fin de los tiempos. La distancia física que separa a Cristo de los apóstoles en Getsemaní, según la sugerencia del Maestro, podía ser colmada por la cercanía de intenciones, de propósitos, de oración. Él les había manifestado claramente lo que le ocuparía a continuación, y lo que deseaba de ellos: les acababa de expresar en la última Cena que los cristianos debemos aspirar a permanecer en la más profunda unidad con el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo: ut omnes sint, sicut Tu, Pater, in me et ego in te (Jn 17, 21). Y, a partir de ese momento, los exhortó a que se comportasen de acuerdo con esa exigencia. No perdamos nunca esta preciosa visión: a través de aquella invitación a los apóstoles, Cristo nos está invitando a todos. Jesús desea orar perseverantemente en cada uno de nosotros, y nos asegura que no debe importarnos la debilidad personal, ni que nuestro quehacer carezca de relevancia a los ojos de los hombres, ya que El desea que nos incorporemos a su oración redentora tal y como es cada uno. La oración de Cristo en el huerto, llena de dolor y de paz, fue y es válida para todos los siglos; por eso nos sigue estimulando a no separarnos de Él, porque Él no nos desampara. Más aún, sin necesitarnos, nos convoca para que, identificados con Él, demos testimonio a la humanidad de su amor a las criaturas. No lograremos cumplir esta misión si no tomamos la seria decisión de ser personas que rezan y acomodan su conducta a ese diálogo sincero con Dios.
El misterio de la oración de Jesús
7. Cada detalle de la Vida de Jesús encierra una lección para nosotros. La noche en que iba a ser entregado se retira a orar en el huerto. Con Cristo, hasta la oscuridad se vuelve luz y camino de claridad. Aun cuando todo se vuelva tinieblas y los padecimientos sean inmensos, Él muestra que, con oración, no hay ceguera, sino camino encendido, compatible con el dolor, para meternos en la intimidad divina. ¿Cómo sería su plegaria en esos momentos, cuando llegaba el tiempo de la manifestación culminante de su amor supremo? Pronunció el fíat que el Padre esperaba y al que le impulsaba el Espíritu con una oración que abría las puertas al triunfo del amor de Dios sobre las fuerzas del mal. Ese diálogo discurría perfectamente unido al Sacrificio, en el que derramaría su Sangre, hasta el último aliento de su vida; fue tal su amor para generarnos a la nueva amistad con Dios, que la oscuridad de aquella noche sirvió de marco para el alumbramiento en el que se manifiesta la intensidad de su dolor-amor. Dentro de la magnitud insondable del misterio, se comprende que el Redentor experimentara la alegría sana del sufrimiento, para que el amor de la Trinidad se expandiera de nuevo por el mundo. Es inevitable que nos preguntemos: ¿cómo sería la oración de Jesús? Si toda la Persona del Hijo dice referencia al Padre y al Espíritu Santo —los Tres constituyen un eterno y permanente diálogo de amor— y esa Persona ha asumido la humanidad, ¿cuál no sería la fuerza con la que el Alma humana de Cristo oraba al Padre desde la unción del Espíritu, recibido en plenitud con la misma Unión Hipostática? Entraña un gran misterio, pero algo nos aclaran los Evangelios—precisamente al narrar el acontecimiento de Getsemaní, que nos disponemos a meditar—, y san Pablo al mencionar aquellos «gemidos inenarrables» (cfr. Rm 8, 26), que expresan la necesidad absoluta que el hombre tiene de Dios y que Jesús transmitió a los suyos instándolos a que no se durmieran. Conmueve la santa delicadeza, tan sobrenatural y tan humana, de Jesús con los hombres. Podía haber comunicado simplemente a los discípulos que se disponía a orar, sin añadir más. Pero no es propio de quien sabe querer —y el Maestro amaba y ama infinitamente— desentenderse de los otros; por eso agrega: sentaos aquí mientras voy allá a orar... Los discípulos conocían que la oración del Maestro era esforzada, atenta, también en su recogimiento físico. Entonces volvieron a observar la intensidad de su diálogo con el Cielo. La perfecta caridad de Cristo incluía esa invitación: que tomasen una posición menos incómoda que la suya, pero que no dejaran de orar: una postura que facilitara mirarle y unirse a su recogimiento, pues bien le constaba que a aquellos hombres, llenos de buena voluntad, les bastaba una nadería para abandonar el tiempo de la oración. Si les hubiera sugerido que se ajustaran a su plegaria hasta en la postura, quizá pensaríamos que no podían concentrarse con esa intensidad; incluso lo justificaríamos por la misma dureza material del ademán físico y del lugar: de rodillas sobre una piedra maciza y rugosa, a una hora avanzada de la noche. ¡Qué estupenda lección de servicio! Jesucristo desgranó esas horas de oración en amar y en cumplir los planes para nuestra salvación, y una vez más reveló que, en la colaboración que reclama, no señaló ni señala imposibles. Los apóstoles —no somos mejores nosotros— no se ayudaron unos a otros a permanecer en vela, sosteniéndose entre ellos. Las palabras de Jesús en la última Cena constituían un preanuncio claro del destino que esperaba al Maestro. Ellos mismos habían intervenido en la conversación, reconociendo que, mientras los preparaba para la institución del sacerdocio y de la Eucaristía, les hablaba de modo accesible a su inteligencia (cfr. Jn 16, 29). Y, sin embargo, no aprovecharon ese cúmulo de gracias que les concedió el Cielo. Para no acompañar a Cristo se escudaron en algo objetivo —el cansancio— pero carente de peso en esas circunstancias, menos aún cuando se ama de veras. Les había explicado la obligación de continuar muy unidos a la cepa, si no querían convertirse en sarmientos inútiles; les había prevenido, para que no se asustaran, de que serían perseguidos; les había anunciado que le iban a abandonar (cfr. Jn 15, 1-8; Mt 26, 31)... Cristo se dirigía con igual intensidad a todos. Ante tal prueba de confianza, lo pertinente habría sido no alejarse del Maestro, fijarse más en sus gestos y atesorar en sus corazones esas advertencias. El tono de los consejos de Jesús, por las circunstancias solemnes del momento, tenía necesariamente que incidir con más vigor en sus almas; sin embargo, les superó el atolondramiento. Les había prometido el Maestro que no los dejaría solos, huérfanos (cfr. Jn 14, 18); es decir, existía un lazo con los suyos, que Él no rompería jamás. ¿Qué más seguridad podía ofrecerles? Y, no obstante, aquellos hombres, como nosotros a diario, se encerraron en su ramplona comodidad. Los apóstoles no eran indiferentes en su amor a Cristo; pero a veces no le seguían con la totalidad requerida y se escondían en el egoísmo del yo. Y esto, a pesar de que no les faltaba la experiencia de que, cuando no se esforzaban en caminar en sintonía con Jesús, adecuándose al ejemplo de entrega personal que Él les proponía, se encontraban sin recursos, impotentes ante los problemas, obligados a confesar con vergüenza que, en lugar de volar alto, habían girado alrededor de su egolatría, buscando figurar, ser protagonistas a lo humano. Nos sirve de consuelo comprobar que el Señor no se cansó de las desafecciones e iba pacientemente tras sus discípulos con su amor infinito e inmutable, también cuando la respuesta se alzaba tan débil. ¡Pero qué estupendo ejemplo se habría obrado para la posteridad con la contemplación de unos Apóstoles en vela, pendientes del Maestro, sin desertar!. Escarmentemos de nuevo en cabeza ajena y no olvidemos que el Redentor, y también las personas que nos miran, están reclamando que no ignoremos a Cristo ni tampoco sus exigencias, aunque hayamos de avanzar a contrapelo. A la vez, no desaprovechemos el estupendo ejemplo que esos mismos apóstoles nos dieron después con su heroica entrega de la vida por Jesucristo. También nosotros, a pesar de nuestra miseria, podemos y, debemos recomenzar siempre en el camino de nuestra vocación cristiana.
Salir del propio yo
8. Ante la oración de Jesús en el Monte de los Olivos, es obligado preguntarse cómo la siguieron los discípulos. Sabemos que terminaron durmiéndose, pero antes ¿escucharon los clamores de Jesús? Quizá no les sorprendió demasiado el contenido, pues en su núcleo esencial —nos narrarán los evangelistas— era casi la repetición constante de la tercera petición del padrenuestro, la plegaria que Él mismo les había enseñado: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» (Mt 6, 10). Pero el pavor y la angustia que acompañaban aquella oración, y que el mismo Jesús les comunicó, debía al menos haberlos puesto en vilo —en vigilancia, como les comentó Jesús—, y no los puso. En todo caso, nos quedamos estupefactos —aunque no debería sorprendernos, a tenor de nuestras propias reacciones— al contemplar que los amigos íntimos del Maestro, ante el anuncio solemne que habían escuchado, no detuvieran toda su atención en cada uno de los gestos y palabras del Señor. A pesar de sus limitaciones, si hubieran fijado sus ojos con interés en el Redentor, habrían actuado de otro modo. Contemplar la conversación de Jesucristo con el Padre era motivo más que suficiente para no aislarse en su cansancio. ¡Qué fácil es quedarse en lo cómodo, sin causar mal a otros, pero sin obrar tampoco el bien! Un mínimo de buen sentido debería haberlos inducido a atenerse a las indicaciones recibidas: vigilar desde aquel rincón y, a la vez, ocuparse del Maestro. Pero no sabían aún amar a fondo. Así sucede ahora, en tantas ocasiones: los hombres nos encerramos en lo nuestro, sin aspirar a lo que Dios nos pide, sin alzar los ojos a las necesidades de quienes nos rodean, que también son llamadas de Cristo a no dejarle solo. En otras ocasiones les había indicado que fueran a un sitio determinado, o que se adelantaran en el viaje mientras Él se detenía a orar (cfr. Mt 14, 22-23). Esta vez les manifestó claramente su plan, pero en vano. ¿Por qué no entenderemos que la virtud de la caridad lleva a excederse, si se puede hablar así, y a no conformarse con lo justo para cumplir? Vivir con lealtad, cara a Dios, empuja a seguir sus pasos, a no pensar en uno mismo, a saltar el parapeto del propio egoísmo. Si los hombres nos centramos en el yo, ¡se impone el aislamiento! Por contraste, observemos a Cristo siempre entregado que, aun aclarando su deseo de que le correspondan, no se impone a ninguno. Sugirió sus planes y esperó de la criatura la elección libérrima de aprender a imitarle. Sigamos, pues, con la máxima atención sus acciones y escuchemos atentamente a Dios, para esforzarnos en secundar sus requerimientos. Impresiona cómo describe la Sagrada Escritura, con pedagógica repetición, el sendero para ser fieles, leales. El Espíritu Santo ha querido dejar constancia de que hemos de mirar con la prontitud con que el esclavo o la sierva están pendientes de su dueño o de su ama (cfr. Sal 122 [123], 2). Bastaba un gesto del amo para que esas criaturas reaccionasen con rapidez y diligencia. Les constaba que su felicidad, también humana, dependía de esa cuidada actitud. Jesús llega más lejos que los grandes de la tierra en su trato con los que libremente aspiramos a ser sus servidores. Sus gestos son sugerencias; y nos obligan los mandamientos —necesarios para alcanzar la Vida—, pero no quita el Señor el libre albedrío para acogerlos, o para despreciarlos equivocadamente. Además, se trata de indicaciones puestas en práctica antes por Él mismo. Por tanto, empeñémonos en adquirir el hábito de mirar a Jesús y de fijarnos en sus obras. Y convenzámonos de que es muy oportuno que, en cualquier ocupación o tarea, pensemos cómo se ha conducido o cómo se conduciría el Maestro en circunstancias análogas, para emprender ese camino inmediatamente, sin vacilación. El Señor se acomoda a la condición humana sin reclamar jamás algo que no esté a nuestro alcance. Ponderemos que, si su naturaleza de hombre padeció duramente en Getsemaní, no debe extrañarnos que en mayor grado nos suceda a nosotros —hombres débiles como los apóstoles— ante el panorama de una vigilia de oración intensa, para dirigirnos al Padre, imitando el amor infinito con que Él respondió a nuestra necesidad de salvación. Con razón se ha afirmado que lo sobrenatural, cuando se refiere a los hombres, es muy humano.6 Cristo se retiró a orar por nosotros y ahora nos pide —como entonces— que no le abandonemos, porque aguarda siempre con su misericordia una libérrima colaboración de nuestra parte, también para que nuestra vida, con esa respuesta afirmativa, discurra a semejanza de la suya y obtengamos la propia santificación, a la vez que impulsamos a otros —cuantos más mejor— a tomar ese camino.
En todas las situaciones
9. El tiempo en el Huerto de los Olivos expresa, de modo muy gráfico, cómo velaba el alma de Cristo por los suyos; cómo se interesaba por cada uno y cómo los colocaba en las condiciones más idóneas para que le acompañaran desde su situación personal. El Maestro indicó a aquellos íntimos el lugar apropiado durante la noche, para que se convencieran de que tenían la posibilidad de unirse a su acción redentora. Consuela mucho comprobar que, al fijarles dónde debían permanecer, no les ocultó su plan inmediato, para que palpasen la confianza divina en ellos. En las circunstancias más dispares, los hijos de Dios nunca deberíamos sentirnos desplazados, o lamentarnos por nuestras limitaciones. Allí donde nos encontremos, aun contando con la propia debilidad, si rectificamos y nos esforzamos en cumplir, percibiremos la grandeza de la colaboración que podemos aportar para que la Redención sea eficaz en nuestras almas y en las personas que tratamos. La vida del cristiano no consiste en encumbrarse vanamente, sino en acabar bien la propia tarea, como criatura que busca la gloria de Dios y el bien de los demás con su ocupación y su descanso, con sus rectificaciones y su contrición. No es nuevo este modo de proceder del Maestro, que precisó a los que le amaban dónde debían quedarse para rendir así la debida alabanza a Dios. Recordemos que al endemoniado de Gerasa, después de liberarle del poder del diablo, cuando manifestó su deseo de ir con Él, Jesús —con el mismo amor con que le había sacado del yugo de Satanás— le respondió que volviera a la región de donde procedía, para dar allí testimonio de la misericordia que había recibido (cfr. Lc 8, 38-39). En Getsemaní, al decir a los apóstoles: sentaos aquí, mientras voy un poco más lejos a orar, les ratificó que en ese lugar podían unirse a la obra redentora. Evidentemente, Jesucristo rezó por su fidelidad y les facilitó la ocasión de amarle más a Él que a sí mismos; deseaba realmente que no los venciese el sueño, ni se amparasen en la excusa de no estar físicamente al lado del Maestro; quería que velasen. El Señor volvió luego a repetirles que hay que decidirse a estar siempre con Él. No les pidió nada fuera de su alcance; es más, les propuso que colaborasen desde allí en la oración preparatoria de la Pasión. Los cristianos debemos dar muchas vueltas a este gozoso «estar con Cristo», sin distinción de lugares o de tiempos, descubriendo también a los demás que todos los sitios o ambientes honrados de este mundo deben convertirse en ocasión de que Dios sea venerado y acompañado, como Él explicó a la samaritana (cfr. Jn 4, 23). En Getsemaní, las circunstancias externas llevan a descubrir que esas horas definen una síntesis perfecta de las enseñanzas del Evangelio. Había predicado Jesús reiteradamente que oportet semper orare (Lc 18, 1), y ahora ofrecía a los suyos la oportunidad de comportarse así, a la vez que los formaba con su ejemplo. Les manifestó con su conducta que todos los emplazamientos o situaciones son aptos para honrar a Dios. También ahora insiste a los cristianos en que, allí donde nos desenvolvamos, debemos ser hombres y mujeres de oración. La escena de esa noche impulsa de modo muy consolador a que nos entre por los ojos que cualquier ambiente y las ocupaciones más diversas, también las aparentemente más triviales, guardan la posibilidad —verdadero tesoro— de ser elevadas al orden sobrenatural y unidas a la obra magna de la Redención .7
En Getsemaní, amor y desamor
10. En el tiempo de Getsemaní, al que Jesús convoca a sus discípulos, se presentaron dos modos de amar. En la oración perseverante y entregada de Jesucristo vemos, en el Amor humano de Jesús, el Amor de Dios a las criaturas, gratuito e infinito; y en la oración somnolienta y finalmente abandonada de los apóstoles, el pobre amor —el desamor— de la criatura centrada en su yo o doblegada por su debilidad. Contemplamos con frecuencia en las páginas del Evangelio cómo Jesús se conmovía, y a veces muy hondamente, ante las necesidades de las multitudes, de un pobre enfermo, de un pecador o una pecadora. Entre las consecuencias que saltan a los ojos de esos pasajes destaca la cercanía espiritual y humana que Él quiso y quiere mantener con las criaturas. No le asustaba ni le separaba de sus hermanos la indigencia más absoluta ni la miseria más vil en el orden moral o físico. Llegaba a compadecerse externamente, hasta emocionarse y llorar por las penas de las mujeres y de los hombres. Sus prodigios, a cual más esperanzador, constituyen el anticipo de la divina misericordia que, desde la Pasión, Muerte y Resurrección, descenderá en bien nuestro. Si los males de sus contemporáneos no dejaban indiferente al Señor, fácil es concluir que la Misericordia de Jesús brotó a grandes torrentes en las horas de Getsemaní mientras se le hacía presente la miseria de la humanidad a lo largo de los siglos. Jesús, el Hijo de Dios, el muy Amado, conocía con su mente humana la profundidad con que la Trinidad Beatísima había dispuesto la superación de esa miseria y nuestra incorporación a su Amor sublime e inefable. Si este conocimiento impulsaba a Cristo a una entrega sin límites, debemos orientar lógicamente nuestra conducta personal a un esfuerzo muy hondo. Y si un afecto de la tierra, limpio y bueno, suscita una actitud de agradecimiento porque nos estiman, ¡qué sentimiento de genuina solidaridad brotaría en el corazón de Cristo Hombre ante ese Amor perfecto del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hacia las criaturas! En la Escritura Santa abundan los pasajes que relatan como Dios se abre a los hombres que se le acercan con reverencia, lágrimas o sacrificios. Ya en el Antiguo Testamento, Yahvé concede lo que le suplican —salud, descendencia en la familia o misericordia, o liberación de los enemigos— poniendo con frecuencia al descubierto sus entrañas de misericordia, a pesar de la frecuente infidelidad del pueblo elegido. Al llegar la plenitud de los tiempos, el Mesías, el Emmanuel —Dios con nosotros (Is 7, 14)— alzará su plegaria al Padre, con el mismo Amor que a Él le dedica el Padre y que, a través de Él, vuelca sobre la humanidad. Se comprende que Jesucristo, lleno del Espíritu Santo, sintiera el peso de la frialdad, de los desprecios y de las ofensas de sus hermanos, porque entonces y ahora nos mostramos insensibles a su acción salvadora. La apatía de los discípulos ante la confianza del Redentor, ante la petición con que los exhortaba a que orasen con El, no difiere de la que asumimos tantas veces nosotros. Cristo lloró por la dureza de Jerusalén (cfr. Lc 19, 41), que no reaccionó ante el anuncio de que se cumplía la hora de la apertura de las puertas del Cielo para todos. Y en Getsemaní, cuando su oración por la humanidad arribaba al culmen de su acción salvífica, le apenó la indiferencia de los apóstoles, que afirmaban amarle, y realmente le amaban, pero no del todo: esa indiferencia se acentuó entre los que, por ignorancia o por la maldad del pecado, ni siquiera ponían los ojos en Él. Ante nuestra torpeza, resalta el poder de la oración misericordiosa del Maestro, y la grandeza de Amor en su diálogo con el Padre para interceder por nosotros. Este poder y grandeza revelan, también desde un punto de vista humano, que carece de justificación la apatía de las criaturas, que en cambio perseveramos en vivir abocadas al mal. Si no fuera por la magnanimidad de la oración de Cristo, capaz de transformar las piedras en hijos de Abraham (cfr. Mt 3, 9), sería como para abandonarnos al destino de la propia miseria, ya que obstinadamente —increíblemente— preferimos las malas inclinaciones a la bondad de Dios que se nos entrega. No es lógico que, tocando con las manos la necesidad de orar con Cristo, caigamos en la abulia o en tantos descuidos, aun pequeños.
Sin oración es imposible seguirle
11. Llegado al lugar les dijo: orad para no caer en la tentación (Lc 22, 40). En el versículo de san Mateo que hemos estado meditando Jesús exhortaba a los discípulos a la oración con su ejemplo: sentaos aquí mientras voy allá a orar. San Lucas, como hemos visto, introduce la explícita exhortación a la oración, ya desde el principio de su relato. ¡Cuántas veces escucharon los apóstoles este consejo, a lo largo de sus tres años junto a Él! ¡Cuántas veces experimentaron la necesidad personal de acudir a la oración! ¡En cuántas ocasiones observaron que esa actitud les había sacado de su impotencia, ante las peticiones que les dirigían las gentes por su condición de discípulos de Cristo! ¡Cuántas veces fueron testigos de que el Maestro salía al encuentro de quienes oraban piadosamente, y cuántas otras cayeron en la cuenta de que el rezo constituía la premisa de los grandes milagros! ¡Con qué santa y oportuna machaconería sonaba en sus oídos la alabanza del Señor hacia los que rezan, y sus duras recriminaciones a los erigidos como maestros que se conforman con las enseñanzas, sin hacerlas vida propia ni dirigirse a Dios! Muy repetidamente se había quejado de que en muchos falta la fe o es una fe apagada, y en innumerables circunstancias ellos comprobaron que la oración llena de fe motivaba que Cristo sacase de su cautiverio, espiritual o físico, a los enfermos o a los pecadores, como haría luego con el buen ladrón (cfr. Lc 23, 43). Estas situaciones raen a los ojos la realidad de que Jesucristo rezó por todos, y se interesó por los detalles mínimos de cada persona. Deseaba, simultáneamente, que hubiera de nuestra parte una seria, habitual y responsable correspondencia de trato con Él. No cesaba en su santa insistencia de que orásemos, estrechamente unidos a su oración eterna y de valor infinito. Orad, exclamó; y lo repitió porfiadamente, según los momentos, con acentos de consejo, de petición, de mandato. Fijó este requisito como medio necesario para no caer en la tentación, o para no eludir el cumplimiento del deber. Resulta evidente que, con ese recurso, el alma queda bien defendida, dispuesta a llevar a cabo las grandes tareas, pues Dios no abandona a los que le llaman. Razonemos siempre con este criterio de propia defensa, para no sucumbir a los ataques del diablo, a la debilidad del hombre viejo que arrastramos todos (cfr. Rm 7, 22-24). En cada uno de los once, invitados a unirse a su plegaria, se abriría después una mella inconsolable por su deserción. Entenderían que la desbandada en la que cayeron, cuando apresaban a Jesucristo, arrancaba de la falta de oración, de esa oración a la que les había vuelto a instar precisamente antes del prendimiento. Lección dura para ellos, pues se comportaron de forma impropia en quienes habían sido llamados amigos (cfr. Jn 15, 15). «¡Señor!, ¿dónde están tus amigos?, ¿dónde, tus súbditos? Te han dejado. Es una desbandada que dura veinte siglos... Huimos todos de la Cruz, de tu Santa Cruz. Sangre, congoja, soledad y una insaciable hambre de almas... son el cortejo de tu realeza. »8 Abandonaron al Omnipotente para refugiarse en su debilidad, que no podía ser guarida más frágil. No habían captado que la generosidad del Dios-Hombre, que se humillaba para asociarnos a su Vida, les dirigía un ruego —renovado a los hijos de Dios, a lo largo de la historia— para que se unieran voluntariamente al caminar de Jesucristo en los momentos de triunfo, en las circunstancias ordinarias y corrientes, o en la prueba y la contradicción. Bien conocía el Señor que era más que suficiente su dolor y su entrega para redimirnos, pero resplandeció con todo su valor pedagógico el hecho de que pidiera a los suyos que, para acompañarle, rezasen; que se preparasen para luchar contra la tentación; que hicieran al menos lo que pudieran. Ofreció así una nueva manifestación de que es Hombre entre los hombres, y busca el aliento y la compañía de los demás, especialmente a la hora de la prueba: Jesús reclamaba, con ese deseo bien justo, que no le abandonaran a su suerte. No pretendía el Mesías que soportaran el juicio inicuo, la burla del tribunal y de la soldadesca, la flagelación o la coronación de espinas. Tampoco les indicó que cargaran con el madero que se hundirá en sus espaldas, ni los llamó a subir a la Cruz. No se lo pidió tampoco a su Madre Santísima, porque Él era la única Víctima. Pero qué diferente es el comportamiento de María: siguió paso a paso esos momentos, con su oración vigilante, permaneció luego iuxta Crucem (Jn 19, 25), junto a la Cruz, y reunió más tarde a los despavoridos discípulos, que no habían sabido rezar. Cristo se dolía por la falta de adhesión de los suyos; quería que, desde su debilidad, hicieran algo más que seguirle, pero ellos se encerraron en sí mismos.
Una invitación amable a rezar
12. La comprensión del Señor hacia los hombres se identifica con su misericordia. La Pasión y la Cruz no eran necesarias para la Redención, pero Jesús ha deseado libremente recorrer ese camino, para ganarnos por esa vía tan impresionante —la Vía Crucis— el perdón y la gracia de Dios, absolutamente indispensables para la salvación personal. La triste deserción de los apóstoles se vino a unir al aparente fracaso de la misión del Señor: ni los suyos se interesaron por Él. Había experimentado Jesús la dureza y la frialdad del corazón humano. Consta que, durante sus idas y venidas para anunciar la Buena Nueva, ni siquiera creían en Él sus parientes, las personas allegadas (cfr. Jn 7, 5). El Redentor no se hastió ante tanta indiferencia y desamor: perseveró en la búsqueda de las ovejas, con el medio imprescindible de la oración, para dar cumplimiento a la Voluntad del Padre. Nos amó con su Corazón magnánimo, sin ir detrás de compensaciones que no necesitaba; bajó al mundo a repartir amor, a conducirnos a la verdadera dignidad de la persona, al privilegio de ser en Él hijos de Dios. Se unió a nosotros y nos estimuló —con su donación ejemplar— a que le imitemos y nos incorporemos a su Vida. La exhortación de Santiago en su epístola –appropiate Deo et appropinquabit vobis (St 4, 8), acercaos a Dios y Él se meterá en vuestra intimidad— responde a lo que el discípulo experimentó personalmente: si no nos apartamos de Dios, no sólo se hará fortísima su presencia en nosotros, sino que inundaremos de gaudium cum pace, de la alegría y paz verdaderas, los ambientes en los que nos movemos. Convencimiento, pues, del cristiano ha de ser el de necesitar a Dios más y más. Él nos asegura la participación en los planes divinos, corredimiendo. Ansiaba Jesús que sus apóstoles —con su vigilia— colaborasen activamente a la reconciliación del mundo con el Creador, es decir, que percibieran, ya entonces, que es preciso beber el cáliz que el Padre nos ofrece, para liberarnos de las ataduras terrenas. Al mismo tiempo, resulta lógico preguntarse el motivo de esa petición del Maestro, si ellos —como nosotros— no eran capaces de solventar la deuda que afligía a la humanidad. Sin embargo, constituía un anticipo de esa verdad sintetizada por san Agustín: «El que te hizo sin ti, no te justificará sin ti. ». Descubramos que es inmensamente amable la invitación del Redentor y, en consecuencia, procuremos no cerrar nuestros oídos ni apartar la vista de este programa corredentor que se nos presenta continuamente con viva actualidad. Nos conviene acercarnos a Él para calar en la riqueza y en la hondura y en la anchura de su amor, y pregonarlo por la tierra: si los hombres conociéramos de veras el don de Dios, se operaría un cambio radical en este mundo nuestro. Con este poco de infinitud divina que tocamos ya, crece en el alma un entusiasmo real, provocado por las entrañas de misericordia de quien no nos necesita. ¡Qué sería, si aquellos hombres hubiesen velado y nos hubiesen transmitido algo más acerca del amor-dolor de Dios perfecto Hombre! Nuestra locura de amor se abriría a horizontes más amplios, pero —y no es conformismo con nuestra debilidad— quizá nos habría servido de excusa para no intentar llegar a cotas más altas de oración al comprobar crudamente la distancia que nos separa del modo de dialogar Cristo con su Padre, que, por otra parte, Él colmó. En esa desgraciada omisión de los apóstoles es muy fácil apreciar, por contraste, cuán grande es el interés de Dios por nosotros, que siempre nos es fiel.
Con mano excelsa
13. En Getsemaní, con la oración fervorosa y perseverante de Cristo, se nos revela de forma conmovedora el Amor misericordioso de Dios. La historia de la humanidad está, en verdad, tejida y empapada por la Misericordia divina. Nos ha creado el Señor, nos mantiene en la vida y nos llama luego de este mundo, para llevarnos a Sí. Somos nosotros, pobres criaturas, quienes nos alejamos de esos planes de salvación porque exigen esfuerzo. No nos percatamos de que ese empeño de fidelidad nos robustece y nos adentra en la intimidad de Dios; tampoco lo apreciamos a fondo cuando comprobamos que Él nos tiende la mano para que superemos las dificultades cotidianas —grandes y pequeñas— y seamos más suyos, es decir, más dignamente hombres o mujeres de Dios. Su Misericordia —no lo olvidemos— desciende a diario a nuestras almas. El Éxodo, al describirnos al pueblo elegido acosado por el ejército que lo había tenido reducido a esclavitud, precisa que Yahvé velaba por su grey, pues illi egressi erant in manu excelsa (Éx 14, 8). Es una palabra que conmueve: el camino hacia la libertad —fruto de la Misericordia divina— lo recorrían conducidos por la mano potente y excelsa de Dios, que es fiel a sus promesas: estamos ante la Omnipotencia al servicio de su Misericordia. Todo esto era figura de la nueva y definitiva libertad, que Cristo nos consiguió en el misterio de Amor misericordioso de la Cruz. Con su Pasión y Muerte, que se inician en la oración de Getsemaní, el Señor Jesús abrió nuestro camino hacia el Cielo con la potencia salvadora de su brazo. Y la misma protección dispensa ahora a sus hermanos en las circunstancias de actual debilidad personal, que se asemejan a la de los discípulos: ni el sueño al que se rindieron los apóstoles, ni su indiferencia ante la escena tremenda que presenciaban, fue motivo para que el Maestro los dejara a su aire, como habrían merecido; y tampoco nos abandona a nosotros, a pesar de nuestra persistencia en no mirar al Señor. Puso sus ojos en la miseria humana —los tiene puestos de continuo, como en Getsemaní— y nos ofreció de nuevo su mano segura, paterna y materna, reciamente misericordiosa. Como en el mar Rojo, su brazo poderoso, su inmutable lealtad a la promesa de salvación, nos marcará el recorrido seguro, siempre que colaboremos, aun en medio de las corrientes de la resaca de nuestras bajas tendencias al mal. Los discípulos, a pesar de haber experimentado los desvelos del Señor, se centraron en sí mismos, en su comodidad y en su descanso. Es inevitable, meditando la oración del huerto, considerar una vez y otra este desamor. Sic nos amantem, quis non redamaret?'° Y, sin embargo, en Getsemaní, el desamor pudo más que el amor en la criatura. Procedieron así, no por mala voluntad; examinada la situación con ojos ajenos, se podría afirmar que los once no hicieron nada malo, pero no concluyeron nada bueno: cargó sobre ellos la tremenda responsabilidad de la omisión, pues no correspondieron al ruego del Maestro de que vigilasen. Si no hubiesen cerrado sus ojos, ante su horizonte habría resplandecido la lección inolvidable de cómo pelea el Dios hecho Hombre para defendernos hasta de nosotros mismos con su mano fuerte. Si ahora, a distancia de siglos, remueve el recuerdo de esa escena, ¡imaginemos qué impacto produciría la contemplación del reo doliente del Salvador! De seguro que si los once hubieran mirado a Cristo paciente, su comportamiento habría sido completamente distinto. Por desgracia, en el Huerto de los Olivos, como en la salida de Egipto, los elegidos optaron por refugiarse en su comodidad, ignorando la mano excelsa de Dios, su Providencia misteriosa y protectora, que jamás se desentiende de los suyos. De suma importancia es que nos percatemos de que Jesucristo se sometió libérrimamente a ese sufrimiento de reparación, con el fin de que nos calase bien hondo que el amor tiene su piedra de toque en la renuncia al propio yo, que necesariamente trae consigo la abnegación, a la que nos resistimos con falsas excusas. En este generoso padecer del Redentor se aprecia a fondo con qué mano grandiosa y amable salvó y continúa salvando a sus hijos. Considerémoslo de nuevo: ¿a qué condujo la abulia de los apóstoles? A la huida, a la desolación. Decidámonos, pues, a perseverar vigilantes con Cristo y como Cristo, aunque la gente no responda, aunque tarde en brotar el fruto, aunque debamos ir cuesta arriba. Nuestra oración despertará del sopor o de pesadillas angustiosas a muchas otras personas, o las empujará a buscar el consuelo y la reparación en el Señor. Los cristianos, conscientes de la filiación divina, adquieren la certeza de que no desarrollan un papel de segundones en esta aventura de la humanidad: al contrario, desapareciendo, anonadándose, se convierten en cimientos que sostienen el bello edificio de la Iglesia. Pregonemos con seguridad, oportuna e importunamente, que Dios conduce a su pueblo con mano excelsa, que supera los obstáculos y asegura la victoria.
Anonadamiento de Dios
14. Jesucristo, perfectus Deus, perfectus Homo,11 ha sido ensalzado por el Padre sobre todas las cosas, porque se anonadó completamente en cumplimiento de la Voluntad del Cielo (cfr. Flp2,5-11 ). En Getsemaní inicia los últimos pasos hacia el consummatum est (Jn 19,30) de la Cruz, que le pondrá en lo más hondo de la abnegación y del anonadamiento y, a la vez, le encumbrará y le hará reinar sobre toda la humanidad. Así abría, señalábamos, el camino de la verdadera libertad, el camino por el que cada uno puede ser, con Él, señor de sí mismo y del mundo entero. Satanás, en las tentaciones que se atrevió a presentar con su falsía y su fanática temeridad (cfr. Lc 4, 1-13) —con esta misma argucia se dirige siempre a los hombres—, había expresado al Mesías la oferta de ser rey de «su mundo» si, postrándose ante su maldad, le adoraba. Jesucristo ni siquiera dialogó con la tentación: la rechazó de plano, sin detenerse un instante en la propuesta, porque nada bueno proviene de Satanás, de quien se opone radicalmente a Dios. El tentador, vencido por Jesús en el desierto, «se retiró de Él hasta el tiempo que estaba determinado» (Lc 4, 13), que es ahora, en el Huerto de los Olivos. En Getsemaní continuaría aquella proclamación: adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás (Lc 4, 8). Antes de subir a la Cruz, el Salvador se hallaba en una soledad semejante a la de los cuarenta días en el desierto, porque sus discípulos tendemos a no oírle. Allí este Dios nuestro, hecho Hombre, reafirmó de otra manera que sólo se reina sirviendo y, por eso, su oración fue larga, detenida, exhaustiva, llena de esfuerzo, para adecuarse sin fisuras al plan que la Trinidad había trazado, y que su Padre le pedía como Enviado al mundo. Allí venció al tentador mientras trataba, por todos los medios, de que sus discípulos no cayeran en aquella terrible prueba y los exhortaba a la oración. En la oración se concreta el camino para reinar con Cristo sobre nuestro yo, para dominar las circunstancias externas, convirtiéndolas en ofrenda divina. De acuerdo con el ejemplo del Redentor, hemos de mantener una generosa conversación personal con Dios, sin caer en el anonimato o en raseros formalismos; ni excusarnos del cumplimiento de este deber, incluso cuando nos falte la comprensión de quienes nos rodeen. Jesús, postrado en el huerto, señaló el itinerario de la victoria, vertebrado en la perseverancia de ese apoyar el Alma y el cuerpo en la protección del Padre Todopoderoso, que nos deparará el triunfo sobre las adversidades, si no nos retiramos. ¡Qué contraste entre la soledad de cada discípulo, refugiado en el sueño, y la comunión que vivió Jesús con la humanidad desde la roca de Getsemaní! Qué contraste la oración de Cristo que, al acoger plenamente la Voluntad del Padre, en medio de la indiferencia de las criaturas, alzó al Cielo su plegaria por todos, más aún, con todos, y, seguro de la asistencia de Dios Padre, rompió así el muro que separaba a sus hermanos de la salvación. Fijémonos en que, si imitamos a Jesucristo, el anonadamiento libre y gozoso conduce a ese santo extremo de no disponer de asidero alguno aquí abajo, a prescindir —si el Señor lo pide— hasta de la presencia de quien debiera acompañarnos. Y al unirnos a Dios Padre, en Jesucristo, por el Espíritu Santo, la vida se dilatará hasta conseguir la capacidad de llevar con nosotros a todas las almas; es decir, esa aparente soledad se transformará, con Cristo, en una fuerza de atracción para los demás, porque nos encontrarán disponibles en sus necesidades. A la vez, recordemos que el Señor desea contar siempre con el esfuerzo de la oración. Nos ha convocado, con sus discípulos, para que demos a nuestra vida el peso y la proyección apostólica que encierra, por nuestra condición de corredentores. Maravillémonos, desde luego, de que la Trinidad Santa haya decidido colocarnos en el centro de sus planes salvadores, pero miremos fijamente al Maestro para aprender a orar, presentando a Dios Padre nuestras limitaciones. De sobra sabía Él que los suyos estaban conturbados y fatigados, pero también le constaba —y lo reveló con sus hechos— que no hay cansancios ni pesadumbres insuperables cuando se ama.
«Orad para no caer en tentación»
15. Vigilad y orad para que no caigáis en la tentación (Mt 26, 41). «Y no nos dejes caer en la tentación» (Mt 6, 13): es la penúltima petición del padrenuestro, la oración que Jesús mismo les había enseñado a rezar, algo que pertenecía por tanto al núcleo mas esencial de la oración según la doctrina del Maestro. Tanto que, en aquellos terribles momentos del huerto, emerge como la razón misma de la oración que les pide Jesús. E inmediatamente Cristo se retiró a rezar, para afrontar la increíble prueba de la Pasión. Aguantó esa tragedia por su unión eterna con el Padre, que se acrisoló en su condición Hombre a través de la oración. Por mucho que lo meditemos nunca acertaremos a valorar, ni por aproximación, el despliegue del mal desatado contra Jesús: el diablo, la plebe, los poderosos, los soldados, los grandes y los humildes, los pecadores…; todos contra Él en una cobarde valentía,12 porque si hubieran estado a solas, frente por frente con Jesús, no se habrían atrevido a nada. Desgraciadamente, también tuvo que sufrir en ese ataque la cómplice abstención de los buenos. Cristo Hombre soportó y amó ese dolor físico y moral, que arrastraría a la desesperación al hombre o a la mujer más fuerte, porque había orado sin tregua, y su plegaria —no debe olvidarse— tuvo una intensidad total. Ahí amó la Voluntad de Dios Padre y la incorporó a su Alma y a su Cuerpo y a su Sangre. Con aquella oración, que no descuidó, aunque sentía un enorme agotamiento físico y un tremendo cansancio moral, se preparó ¡y cumplió! Traslademos este criterio a las tareas humanas. Gracias al diálogo con Dios, podremos afrontar y cumplir cualquier deber, aunque comporte dolor o nos invada la fatiga.
1. A. del Portillo, Notas de la predicación, 9—IV—1977. 2. Juan Pablo II, Carta Apostólica, Rosarium Virginis Mariae, 16—X—2002, n. 9. 3. San Josemaría, Amigos de Dios, n. 213. 4. San Efrén, Comentario sobre el Diatessaron, XVIII, 17. 5. San Josemaría, Forja,n. 917. 6. Cfr. san Josemaría, Surco, n. 801. 7. Cfr. san Josemaría, Amigos de Dios, n. 210. 8. San Josemaría, Vía Crucis, I estación, punto 4. 9. Cfr. san Agustín, Sermón 169, 13. 10. Himno Adeste, fideles. 11. Símbolo Atanasiano, n. 30. 12. Cfr. san Josemaría, Vía Crucis, IX estación.
CAPÍTULO II
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