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HISTORIA DEL OPUS DEI Y DE SU FUNDADOR

Josemaría ESCRIVÁ DE BALAGUER

Fundador del OPUS DEI

François Gondrand

 

I

MADRID, 2 DE OCTUBRE DE 1928

 

La Obra de Dios no la ha imaginado un hombre (...)

Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo,

que la vio por vez primera el día de los Santos Ángeles Custodios,

dos de octubre de mil novecientos veintiocho.

 

J. ESCRIVÁ DE BALAGUER

          

Muy de mañana, un joven sacerdote de veintiséis años está celebrando la Santa Misa en la Capilla de la planta baja de la Casa de los Misioneros de San Vicente de Paúl, en la madrileña calle de García de Paredes. Es uno de los seis sacerdotes que están haciendo unos ejercicios espirituales, comenzados dos días antes en dicha Casa.

Ese día la Iglesia celebra la fiesta de los Santos Ángeles Custodios, como lo recuerda la liturgia de la Misa: la colecta, la epístola -"Mira que enviaré al ángel mío para que te guíe, y guarde en el viaje, hasta introducirte en el país que te he preparado. Reverénciale y escucha su voz: por ningún caso le menosprecies..." (Ex. XXIII, 20-21)- y también el canto del Aleluya: "Bendecid al Señor todos vosotros, que componéis su milicia, ministros suyos, que hacéis su voluntad" (Ps. CII, 21). Y antes de iniciarse el Canon, el Prefacio:... "Per quem maiestatem tuam laudant angeli: Sanctus, Sanctus, Sanctus..."

Llega el momento supremo de la consagración, en el que se opera el misterio de amor de la Transubstanciación: "Esto es mi Cuerpo... Este es el cáliz de mi Sangre..." Y luego, la invocación a la Santísima Trinidad, por Cristo, con Él y en Él. Después, la Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo... Finalmente, nueva invocación a los Ángeles, la bendición final y el último Evangelio, el de San Juan: "En el principio existía el Verbo..."

Tras las preces al pie del altar, Josemaría Escrivá -que así se llama ese joven sacerdote- se va despojando de los ornamentos, mientras reza las oraciones acostumbradas. Acto seguido, comienza una larga acción de gracias.

Después de un desayuno frugal, que no interrumpe el silencio y el recogimiento de estos ejercicios cerrados, vuelve a su habitación. Sentado junto a la mesa de trabajo, ajeno a los rumores de la calle, que llegan débilmente, sigue ordenando algunas notas que ha ido tomando durante los últimos meses: resoluciones, propósitos, breves invocaciones, llamadas repetidas, insinuaciones percibidas en la oración, largamente meditadas desde entonces.

No ha hecho más que empezar a releer algunas cuando, de repente, se da cuenta de que todo aquello se ha ordenado por sí solo, iluminado por una luz completamente nueva, como un rompecabezas cuyas piezas se hubiesen colocado en su lugar automáticamente; como un cuadro del que hasta entonces sólo hubiese visto algunos detalles y que ahora contempla en su totalidad...

Visión de una realidad buscada incansablemente, a menudo a tientas, y sólo entrevista, que ahora se impone con clara evidencia al espíritu y al corazón: miles, millones de almas que elevan sus oraciones a Dios en toda la superficie de la tierra; generaciones y generaciones de cristianos, inmersos en toda clase de actividades humanas, ofreciendo al Señor sus tareas profesionales y las mil preocupaciones de una vida ordinaria; horas y horas de trabajo intenso, constante, que sube hacia el cielo como un incienso de agradable aroma desde los cuatro puntos cardinales... Una multitud formada por ricos y pobres, jóvenes y ancianos, de todos los países y de todas las razas. Millones y millones de almas, a través de los tiempos y a lo largo del mundo... Un latir invisible que recorre y riega la superficie de la tierra.

Miles, millones de almas como un volteo incesante de campanas que repican y cuyas vibraciones suben y suben, y se mezclan, y se amplifican...

Campanas... Precisamente ahora, desde hace unos instantes, llega hasta su cuarto el eco de las campanas de una iglesia cercana. A unos cientos de metros de allí, a vuelo de pájaro, en la glorieta de Cuatro Caminos, las campanas de la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles voltean en honor de su Santa Patrona.

Benedicite Dominum, omnes angeli eius... (Ps. CII, 20).

Miles, millones de criaturas celestiales, presentan al Señor, por mediación de la Reina de los Ángeles, la ofrenda valiosa de unas vidas vividas totalmente para Él, de cara a El, en Él, entre gozos y lágrimas. Y la humilde prosa de esas vidas ordinarias queda convertida en verso heroico, en grandioso poema de amor divino.

-¡Así que era eso, Señor!

"Gozo, ¡lágrimas de gozo!"

Aquí estoy, Señor, porque me roas llamado... (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Inmensidad de la grandeza y de la misericordia de Dios... gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo, gloria a la Santísima Trinidad. Gloria a Santa María, Madre de Dios.

Profunda, intensa, amplia, caudalosa como los ríos que van a dar a la mar, surge una acción de gracias que nunca terminará.


 

II

¡SEÑOR, QUE VEA!

 

 

Dios escribe derecho con renglones torcidos

          

1. BARBASTRO

 

"¡Así que era eso, Señor!"

Ahora, muchos acontecimientos vividos en Barbastro, en Logroño, en Zaragoza, y en los meses que han transcurrido desde su llegada a Madrid, iluminados con una luz nueva, los ve como una clara preparación de lo que acaba de suceder en su alma.

Hasta donde llegan sus recuerdos, predomina, a pesar de las sombras, la imagen de una felicidad apacible, de unos padres diligentes y amorosos.

Pensando en su padre, evoca su rostro sereno, el pelo corto, el fino bigote y esa mirada chispeante, de inteligencia y de alegría, que las contrariedades no lograron alterar. Josemaría no tuvo nunca reparo en confiarse a él; no recuerda que le castigara severamente más que una sola vez, y lo que le causó mayor dolor no fue el cachete recibido, sino el disgusto provocado con su cabezonería.

Le gustaba caminar junto a él por El Coso, donde los amigos, los vecinos y los parientes se saludaban al cruzarse. Luego, cuando creció un poco, su padre le llevaba a pasear por los alrededores de la ciudad, y la conversación se hacía más confiada.

Cuando, a mitad del otoño, venían los primeros fríos, don José compraba un cucurucho de castañas asadas a un vendedor ambulante. Josemaría recuerda todavía cómo su padre le apretaba la mano y cómo se reía cuando él trataba de atrapar, en el bolsillo de su abrigo, una de aquellas castañas calentitas, que le quemaban los dedos.

En invierno, por los hondos caminos de las estribaciones de los Pirineos, cubiertos de nieve, pasaban los pastores envueltos en zamarras de piel de cordero, conduciendo sus rebaños a tierras más templadas. En un borrico, cargado de bultos, transportaban una cocinilla en la que calentaban la comida y los remedios caseros. A veces, uno de ellos llevaba a hombros una oveja enferma o sostenía en sus brazos un corderillo recién nacido.

Su madre, doña Dolores, era dulce y entera (Josemaría se había dado cuenta de su belleza contemplando un retrato de boda de sus padres). A ella le debía su piedad natural -una piedad que su padre mostraba también, sin avergonzarse- y nunca había olvidado las sencillas oraciones que ellos le habían enseñado, grabadas enseguida en su memoria infantil, tesoro del que seguía extrayendo, a diario, con qué reavivar su diálogo con Dios. "Oh, Señora, oh Madre mía -solía repetir, dirigiéndose a la Santísima Virgen-, yo me ofrezco enteramente a Vos. Y en prueba de mi filial afecto, os consagro en este día mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón...".

Las lecciones de su madre eran siempre sumamente prácticas. Todavía sonríe al acordarse de lo que le decía de pequeño, cuando él se escondía debajo de la cama para evitar que le encontrasen las visitas que se empeñaban en ver al niño de la casa. Solía sacarle de allí golpeando el suelo con un bastón y cuando por fin salía, todo mohíno, su madre le decía en tono de afectuoso reproche, antes de conducirle hasta el salón: Josemaría: la vergüenza, para pecar.

 

Años apacibles

 

La casa familiar, en la que había nacido el 9 de enero de 1902, estaba en la calle Mayor, haciendo esquina a la plaza del Mercado, a la que, siendo niño, bajaba a jugar, de ordinario bajo los soportales. A veces, se llegaba con sus amigos hasta la tienda de su padre, al otro lado de la Plaza, en la calle General Ricardos. Un penetrante olor a cacao subía de los sótanos del almacén "Juncosa y Escrivá", que abarcaba, como entonces era frecuente en la región, dos actividades: la fabricación de chocolate y la venta de tejidos. Los chicos frecuentaban también el almacén del tío materno, donde, con un poco de suerte, podían conseguir miel o algunas golosinas.

Como su hermana Carmen, dos años y medio mayor que él, había aprendido a leer y a hacer cuentas en el Colegio de las Hermanas de la Caridad. Muy cerca de allí, en Cregenzán, San Vicente de Paúl había encontrado las primeras vocaciones fuera de Francia. Josemaría recuerda con más precisión el Colegio de los Escolapios, adonde, desde los siete años, se dirigía a diario, subiendo por la calle Argensola hacia la catedral.

A1 llegar las vacaciones, iban todos a Fonz, no lejos de Barbastro, donde la abuela paterna tenía una casa. Después de cruzar el río, la carretera ascendía suavemente entre almendros y olivos verdigrises. Luego, tras un recodo del camino, aparecían de golpe las casas del pueblo, escalonadas en torno de la maciza iglesia. En Fonz vivía la abuela y también un tío sacerdote, Mosén Teodoro, y su hermana, la tía Josefina. El tío era propietario de una finca, El Palau, situada entre olivos y viñas.

Uno de los mayores placeres de Josemaría, de pequeño, consistía en asistir a la cochura del pan; le encantaba ver cómo la masa era trabajada a fuerza de brazos, añadiendo de vez en cuando un poco de levadura, y cómo los panes, todavía blancos, se introducían luego en el horno ardiente mediante una larga pala de madera. El chico aguardaba, impaciente, el momento en que, ya cocidos, la cocinera abriese la trampilla del horno y le entregase un panecillo en forma de gallo que había colocado junto a las tiernas hogazas.

Encaramándose a las colinas peladas que dominaban el pueblo, podía verse una sucesión de huertos y tierras cultivadas en terrazas. Más a lo lejos, la mirada alcanzaba, de ondulación en ondulación, hasta los contrafuertes de los Pirineos, que cerraban el horizonte.

El regreso terminaba siempre por llegar antes de lo previsto. Con él, volvían los días siempre iguales: las clases en el colegio, la vuelta corriendo a casa, los juegos en la Plaza, las lecturas cada vez más largas y atrayentes, las conversaciones con papá y mamá, más serias y serenas con el paso de los años...

Cuando, ya maduro, había podido reflexionar sobre aquellos años de infancia y de adolescencia, se había dado cuenta de que la profunda influencia que sus padres habían ejercido sobre él se debía a su total disponibilidad, a la confianza con que siempre le habían tratado, soltando las riendas a medida que lo sentían madurar y enseñándole -aunque sólo fuese vigilando sus pequeños gastos- a administrar bien su libertad.

Con todo, no le parecía que él hubiese sido un niño fácil. Aunque pronto se había resignado a que le besasen algunas señoras amigas de su madre (¡una de ellas tenía bigote, y pinchaba!), le sobrevenían a veces rebeliones súbitas que tardó bastante tiempo en dominar... Incidentes sin importancia que ahora le hacen sonreír: el día en que estrelló contra la pizarra el trapo porque el profesor de matemáticas le preguntó algo que no había explicado en clase; o aquel otro, sucedido anteriormente, en el parvulario de las monjas de la Caridad, cuando le acusaron sin razón de haber pegado a una niña -no podía soportar la injusticia- sus protestas porque tenía que aprender latín -el latín, para los curas y frailes... .

Pero también sabía aguantarse siempre que era necesario. Un día que le mordió un perro, para evitar que su madre se asustara si le veía la herida ensangrentada, fue derecho a casa de una de sus tías para que le curara. En otra ocasión, precisamente la víspera del día de su Primera Comunión, no dijo a nadie que el peluquero le había quemado con las tenacillas cuando trataba de rizarle el pelo. Su misma madre tardó bastante en darse cuenta.

Fueron los primeros contactos con la contrariedad, con el dolor, con el sufrimiento; los primeros encuentros con la Cruz, en medio de un camino amable y sonriente.

Lo de las tenacillas había sucedido poco antes de hacer la Primera Comunión, a los diez años, como acababa de recomendar el Papa Pío X. Desde hacía tres o cuatro, venía confesándose con cierta regularidad. En cuanto había tenido uso de razón, su madre le había explicado, con toda sencillez, en qué consistía este sacramento, ayudándole a prepararse para recibirlo y llevándole a su propio confesor. La primera vez, tras acusarse de sus pecadillos infantiles, éste -un buen religioso- le había dicho que, en penitencia, se comiera un huevo frito. De regreso a casa, le habló a su madre de ello.

¡Cómo se rieron sus padres -excelentes cristianos, pero nada ñoños- comentándolo entre ellos!

Durante varios meses, un religioso escolapio le había estado preparando para recibir al Señor en su alma. Nunca, desde entonces, se olvidaría de rezar, a diario, la fórmula de la Comunión espiritual que le había enseñado: "Yo quisiera, Señor, recibiros con aquella pureza, humildad y devoción con que os recibió vuestra Santísima Madre; con el espíritu y fervor de los santos".

La Eucaristía había sido para él, al principio, aquel óvalo rodeado de

luces temblorosas en el centro del gran retablo del coro de la catedral de Barbastro. Su madre le había explicado que, detrás de aquel cristal, estaba Jesús, presente de manera misteriosa, esperando sin cesar la adoración silenciosa de los hombres.

Cuando iban a la catedral, solían entrar también en la capilla del Cristo de los Milagros; estaba situada a la derecha del pórtico y el Cristo se hallaba protegido por un historiado baldaquino. En la nave derecha se detenían ante la imagen que representaba la Dormición de María. La Virgen, con las manos juntas, reposaba en una urna situada bajo un altar con retablo de madera. Finalmente, oraban unos instantes ante la pequeña imagen de la Virgen del Pilar, réplica de la que se venera en Zaragoza.

Solían rezar el Rosario en casa, en familia, a la caída de la tarde, y los sábados, en la iglesia de San Bartolomé, donde se celebraba un acto en honor de la Virgen.

La piedad popular, en Barbastro, se manifestaba especialmente en ciertas fiestas, como la de Santa Ana -26 de julio-, que se celebraba en una capillita de la Plaza del Mercado, que ese día se llenaba de flores. También se llevaban flores a la Virgen en el mes de mayo. En Navidad, se ponía el Nacimiento, siempre el mismo y siempre renovado, con sus montañas de corcho o de cartón-piedra y las ingenuas figuritas que los niños ayudaban a colocar en torno al portal de Belén. La familia se congregaba para cantar a coro los villancicos populares que, con ritmo alegre o tono melodioso de canción de cuna, expresan el gozo de los hombres ante la venida al mundo del Niño-Dios. A medianoche, Josemaría y su hermana acompañaban a sus padres a la Misa del Gallo en la catedral, que semejaba un navío varado en las sombras.

Piadoso, pero sin tener conciencia de haber hecho nada extraordinario, Josemaría era también, como los chicos de su edad, un muchacho alegre y revoltoso que tiraba a su hermana de las trenzas y que, cuando su madre le mandaba volver inmediatamente a casa, se asomaba al balcón y se sentaba con las piernas colgando entre los barrotes para ver cómo sus camaradas seguían jugando.

No obstante, era bastante dócil y por nada del mundo hubiese sido capaz de dar un disgusto a sus padres. Porque, desde hacía algún tiempo, la alegría, en su casa, se mezclaba con las lágrimas.

 

Años de prueba

 

Tres niñas habían nacido después de él: María Asunción, cuando tenía tres años; María Dolores, cuando tenía cinco, y Rosario, cuando contaba siete.

Al año de nacer, murió Rosario. Josemaría se dio cuenta del dolor contenido de sus padres y de los esfuerzos que hacían para suavizar su propia pena. Dos años después pudo contemplar, en la iglesia parroquial, cómo unas niñas acompañaban el cadáver de otra hermana suya, Lolita, sosteniendo unas cintas blancas enlazadas al ataúd, como era costumbre en los entierros de los niños.

La vida familiar se hizo más apretada, más íntima. Josemaría, que por segunda vez veía a la muerte de cerca, comprendió que a sus padres les costaba más aún ocultar su dolor. Le habían explicado que sus dos hermanas estaban en el cielo, muy cerca de Dios Padre y de la Santísima Virgen; creía, sí, en su eterna bienaventuranza y que, de una manera distinta, seguían estando presentes en el hogar, pero cuando al cabo de poco más de un año su madre le comunicó que su hermana preferida, María Asunción, una rubita adorable a quien todos llamaban familiarmente Chon, acababa de morir, pensó que aquello era ya demasiado y se arrojó a sus brazos sollozando.

-¿Cómo está Chon? -le había preguntado al verla venir a su encuentro.

-Muy bien; ya está en el cielo -había respondido su madre con dulzura.

La serenidad de su voz y de su rostro le ayudó a aceptar un poco mejor esta nueva separación.

Aunque no se permitió a los niños que asistieran al velatorio, él había conseguido entrar en la habitación, donde lloró y lloró ante el cuerpo de la pequeña.

Amigos y parientes les acompañaron en su dolor, pero los Escrivá, lejos de endurecerse, intensificaron su vida cristiana y su mutuo amor.

***

Ahora, en este 2 de octubre de 1928, es capaz de apreciar mejor el heroísmo de sus padres, que no permitieron que se perdiese el ambiente de alegría y de paz que Carmen y él habían conocido siempre. Y es que sus padres se querían de veras y lo manifestaban con toda sencillez. Eso era todo.

Esos acontecimientos, y los que pronto sobrevendrían, tenían, pues, un sentido cuya profundidad hasta entonces ni siquiera había sospechado; ahora comprende la razón profunda de su propia existencia, preparada de manera remota y misteriosa para una empresa divina... Haciéndole sufrir con el sufrimiento de sus seres queridos, el Señor había estado como "trabajándole", a la manera de un herrero que diera un golpe en el clavo y cien en la herradura.

***

La muerte de Chon le había impresionado tanto, que solía decir: ¡Ahora me toca a mi!. Y es que sus tres hermanas habían ido muriendo en razón inversa a su edad, de la más pequeña a la mayor.

Pero su madre le tranquilizaba:

-No te preocupes, que te hemos ofrecido a la Virgen de Torreciudad...

En efecto: su madre le había contado cómo, cuando tenía dos años, él había enfermado, también, gravemente. Tanto que los médicos le desahuciaron. Entonces ella había invocado espontáneamente a la Señora que se veneraba no lejos de allí, en Torreciudad, a la cual tenía especial devoción. Y una mañana, de repente, había amanecido curado, cuando la víspera, por la noche, apenas podía respirar ni hablar y los dos médicos que le atendían le daban pocas horas de vida.

-¿A qué hora ha muerto el pequeño? -había preguntado a don José uno de ellos, dispuesto a darle el pésame.

-Ven a verle: está curado. Hace un momento, estaba dando saltos agarrado a los barrotes de la cuna.

Poco después, cuando se repuso del todo, Josemaría, en brazos de su madre, montada en una mula que avanzaba con prudencia por caminos de herradura, se encontró camino de la ermita de Torreciudad. Sus padres iban a presentarle a la Virgen, en agradecimiento por su curación, sin duda milagrosa. Su madre le diría, después, que había pasado mucho miedo, mientras, montada en silla sobre la mula, bordeaba los precipicios del Valle del Cinca. La arraigada fe de sus padres y su gratitud hacia la Madre de Dios les ayudó a llegar hasta la ermita, colgada sobre un promontorio rocoso que cae a pico sobre el río, desde el cual se divisan las cumbres de los Pirineos.

Con la muerte de las niñas, los sufrimientos de la familia no habían hecho más que comenzar. Le esperaban, en efecto, nuevas amarguras. En primer lugar, una prueba muy distinta...

Un día sus padres tuvieron que decir la verdad a sus hijos: las cosas iban de mal en peor y, pronto, su padre no tendría más remedio que liquidar el negocio...

Así sucedió, en 1914. A sus doce años, Josemaría era ya capaz de darse cuenta de lo que aquello significaba y de comprender la angustia de sus padres: estaban arruinados.

La admiración hacia su padre subió enormemente de punto cuando descubrió que había pagado a sus acreedores sin acogerse a las posibilidades de moratorias que le ofrecía la ley. Un gesto de lealtad y honestidad tanto más destacable en cuanto que una de las causas determinantes de la quiebra del negocio había sido la concurrencia desleal de su socio. "Don José Escrivá es tan bueno -comentaban algunos- que se han aprovechado de él para jugarle una mala pasada."

Pero no todos los comentarios eran tan favorables. En las ciudades pequeñas, el fracaso no se perdona y las murmuraciones están a la orden del día.

Para Josemaría, todo empezó con ciertas reflexiones en voz alta de camaradas y vecinos, con miradas esquivas, con palabras de conmiseración casi incomprensibles, con retazos de conversación entre sus padres que él a veces sorprendía... Un presentimiento, en suma, confuso al principio, que, poco a poco, fue cuajando en convicción de que algo grave sucedía.

¡Le hubiese gustado tanto poder ayudar a sus padres!

Había visto cómo su padre envejecía sensiblemente, sin quejarse y sin perder un ápice de su elegancia y de su señorío.

Tuvieron que reducir su nivel de vida. Doña Dolores empezó a desempeñar las tareas domésticas con la única ayuda de su hija Carmen, y a disminuir considerablemente los gastos, sin quejarse en absoluto. La elegancia con que sus padres soportaban esta nueva cruz que el Señor les enviaba fue para él una lección de valor y resignación cristiana. Tanto que, años después, cuando empezó a leer asiduamente las Sagradas Escrituras, no pudo por menos de comparar la actitud de su padre con la de Job, el justo del Antiguo Testamento, objeto de la incomprensión de parientes y amigos, por haber perdido su fortuna.

Abandonado por todos, incluso por aquellos que debían estarle agradecidos o mostrarle su solidaridad familiar, don José Escrivá se puso inmediatamente a buscar otro trabajo. Acudió a los pocos amigos fieles que le quedaban y, a tal efecto, hizo algunos viajes, uno de ellos a Logroño, capital de la Rioja.

 

Raíces profundas

 

En apariencia, todo seguía siendo como antes para Josemaría: el colegio, los juegos, las lecturas y ahora, además, algo de música; también había empezado a hacer algunas incursiones en el mundo de los adultos, acompañando a su padre a los círculos culturales de Barbastro y de Fonz.

Se había ido despertando en él un cierto interés por el pasado, que, con el tiempo, se fue profundizando. De labios de su padre y de las conversaciones que éste mantenía con sus amigos, había aprendido a conocer mejor la región -el Somontano-, tierra de transición entre los Pirineos y el valle del Ebro, hacia el cual desciende entre torrenteras y colinas; tierra, también, de intercambios comerciales y de luchas políticas.

En Barbastro -sede episcopal desde que en el año 1101 Pedro I de Aragón reconquistó la ciudad, en poder de los musulmanes-, se habían celebrado, el año 1137, las Cortes que consagraron la unión de Aragón y Cataluña. Un obispo famoso había sido San Raimundo, nacido en Durban, en la diócesis de Toulouse, y muerto en Andalucía, junto a Alfonso I el Batallador. También San Vicente Ferrer había residido allí, probablemente... Quienes no habían dejado muy buen recuerdo eran el condestable francés Bertrand Duguesclin y sus huestes: el 2 de febrero de 1366 habían saqueado la ciudad; trescientas personas que se habían refugiado en la torre de la catedral murieron allí abrasadas...

Sus profesores del Colegio de los Escolapios le habían hablado con veneración de su Fundador, San José de Calasanz, ascendiente lejano de su familia, nacido en Peralta de la Sal, quien, siendo todavía un joven sacerdote, había desempeñado su ministerio en Barbastro.

Se había interesado también por la historia de los Escrivá, oriundos de Narbona, que, en el siglo xu, se habían establecido en Balaguer, cerca de Lérida, a poco de la reconquista de la ciudad por los cristianos. Sus antepasados, terratenientes al principio, se habían inclinado hacia las artes liberales tras la represión centralizadora castellana de los siglos XVII y XVIII. Su bisabuelo paterno, José María Escrivá y Manonelles, había ejercido como médico de Fonz, cerca de Barbastro.

La cuna de su familia materna, los Albás, estaba en Ainsa, plaza fuerte del Alto Aragón y capital del antiguo Condado de Sobrarbe. Un tío abuelo de Josemaría había sido obispo de Ávila, y dos de sus tíos maternos eran sacerdotes, uno de ellos beneficiario en la catedral de Burgos, y el otro, don Carlos Albás, arcediano del Cabildo de Zaragoza.

Josemaría se había enterado de que este último no se había mostrado nada indulgente con su cuñado, al que reprochaba su falta de habilidad en los negocios y su excesiva lealtad con los acreedores, lo cual -según estimaba don Carlos- no había hecho más que perjudicar a la familia.

A comienzos de 1915, su padre pasó algunos meses en Logroño, trabajando en un negocio análogo al que acababa de perder y buscando -y luego acomodando- una casa en la cual instalar a los suyos.

Josemaría había terminado en Barbastro aquel curso escolar, se había examinado en Lérida y había pasado el verano en Fonz, con cierta melancolía. ¿Volverían a pasar allí las vacaciones al año siguiente?...

En septiembre, regresaron a Barbastro y se dispusieron a iniciar los preparativos para el traslado a Logroño.

Un día, muy de mañana, montaron en la diligencia, no sin mirar atrás para contemplar por última vez la ciudad en la que dejaban un trozo de su corazón. Unos cuantos kilómetros más allá rezaron al pasar cerca del Santuario de Nuestra Señora de Pueyo, encaramado en una colina que domina el Somontano oriental.

Acababa de volverse una página en la vida de la familia Escrivá, camino de una provincia desconocida.

     

 

 

 

 

 

 


 

2. LOGROÑO

 

En Logroño, la familia se apiñó todavía más, en parte por la fuerza de las cosas y en parte por el esfuerzo que hacían los padres para que los reveses no alterasen el buen humor y la serenidad de todos. Se instalaron al principio en el cuarto piso -bajo el desván- de un inmueble situado en la calle de Sagasta, junto al puente de hierro sobre el Ebro. Don José había encontrado trabajo con un comerciante, Antonio Garrigosa, que tenía una tienda de telas y prendas confeccionadas. Se llamaba "La Gran Ciudad de Londres" y estaba situada bajo los soportales de la principal calle comercial.

Los comienzos no habían sido fáciles. Tuvieron que instalarse, establecer contactos, relacionarse... Poco a poco, sin embargo, gracias a un colega de su padre, empezaron a ser recibidos en una familia, luego en otra...

Los domingos, iban a pasear por los alrededores de la ciudad, al otro lado del Ebro, por la carretera de Laguardia. A lo lejos, se divisaban las colinas malva y azuladas que, en los meses de invierno, a duras penas lograban mitigar el cierzo. Cuando regresaban, antes de atravesar el puente de hierro que conducía directamente a su casa, aparecía la ciudad, extendida al otro lado del ancho cauce del río; destacaban las dos torres gemelas de la Colegiata y, un poco más a la izquierda, esbelta, y puntiaguda como una espiga, la aguja piramidal y el campanario de la iglesia de Santa María de Palacio, así como el campanario románico de San Bartolomé. La jornada dominical concluía en casa, o en la de algunos amigos, con una merienda o una tertulia en la que se comentaban temas de actualidad.

 

Primeras amistades

 

En el Instituto de Logroño, donde prosiguió su bachillerato, Josemaría conoció otros compañeros de estudio y pronto hizo algunas amistades. Los riojanos suelen ser francos y abiertos, como los aragoneses, con los que comparten la pasión por la independencia y la igualdad. La espontaneidad de su lenguaje, de una precisión rabelesiana, es proverbial en toda España. Es la propia de los viñadores de esta región, los cuales, tras la plaga de la filoxera que arrasó las viñas hacia 1870, como en Francia, habían aclimatado cepas importadas de la región bordelesa.

El Instituto se alzaba en una plaza situada al final de la calle del Mercado. Bajo los soportales, bordeando el Ayuntamiento y la Colegiata de Santa María la Redonda, Josemaría no tardaba en llegar hasta la calle en que "La Gran Ciudad de Londres" mostraba sus escaparates. Si quería, podía ir a buscar a su padre y, si no, hacerle una visita antes de regresar a su casa, en la calle de Sagasta. La tienda tenía un entresuelo recubierto de madera oscura que le proporcionaba una cierta elegancia. Don José había sabido encarar la situación con buen ánimo y pronto había empezado a distinguirse por su conciencia profesional, su puntualidad y su amabilidad con los clientes.

Las clases del Instituto se completaban con horas de estudio y de repaso en dos colegios: uno, dirigido por hermanos Maristas, y el de San Antonio, algunos de cuyos profesores seglares enseñaban también en el Instituto. Aunque alegre y divertido, Josemaría era más serio y maduro que la mayoría de sus compañeros de estudios. Uno de sus mejores amigos del Instituto se llamaba Isidoro Zorzano, muchacho inteligente y trabajador. Había nacido en Buenos Aires, adonde sus padres, oriundos de un pueblo de la provincia de Logroño, habían emigrado años antes; pera, siendo Isidoro todavía muy niño, habían decidido regresar a su tierra natal.

El monumento más famoso de Logroño era la Colegiata llamada "La Redonda", construida sobre un templo romano, poligonal. Las dos torres barrocas flanqueaban una fachada con pórtico, ricamente ornamentado. Las capillas laterales y el deambulatorio estaban repletos de espléndidas obras de arte acumuladas a lo largo de los siglos.

En un enorme lienzo situado en la nave derecha, se ve al futuro San Francisco de Borja, que toma conciencia de la fragilidad de los afectos humanos contemplando horrorizado, en el ataúd, el rostro descompuesto de Isabel de Portugal, esposa del Emperador Carlos V. A su alrededor, los personajes que completan el cuadro se dan la vuelta mientras se tapan la nariz, con expresivo gesto. En un pequeño nicho del deambulatorio, se conservaba también un cuadrito pintado, al parecer, por Miguel Ángel, a quien se lo encargó una viuda rica.

Josemaría había proseguido sin problemas sus estudios de bachillerato en el Instituto, interesándose especialmente por las humanidades: literatura, historia, filosofía... Había empezado a apreciar la poesía medieval y los autores clásicos del Siglo de Oro español, entre ellos Cervantes (cuyas Novelas Ejemplares y su obra maestra, Don Quijote, le encantaban) y los grandes místicos castellanos. También se interesaba vivamente por los acontecimientos de la época, de los cuales oía hablar a su padre y sus amigos: en 1916, la revolución irlandesa, alzamiento de todo un pueblo por su libertad y su fe religiosa, tras varios siglos de persecución; en 1918, el fin de la gran guerra y la difícil instauración de un nuevo equilibrio en una Europa desangrada y exhausta...

Era igualmente la edad en que chicos y chicas empiezan a salir juntos, ocasión que aprovechó su madre para darle un consejo lleno de sabiduría, prudencia y buen humor: -Hijo mío, trata de comportarte siempre bien. Y si un día piensas en cosas serias -si piensas en casarte-, no olvides el proverbio que existe entre nosotros: busca una chica que no sea "ni guapa que encante, ni fea que espante".

 

Presentimientos de amor

 

Pero los primeros impulsos de su corazón, tras muchas vacilaciones, habían terminado por adquirir un sesgo muy distinto.

Una escena en apariencia irrelevante le hizo pensar mucho en lo que es capaz de hacer un hombre cuando su corazón está lleno de amor de Dios... Debió ser durante las vacaciones de Navidad. Hacía mucho frío en Logroño aquel mes de diciembre de 1917. Había estado nevando durante varios días y una espesa capa de nieve helada cubría la ciudad. Al salir de casa, de pronto vio unas huellas de pasos en la nieve, todavía impoluta. No cabía duda: eran las huellas de unos pies desnudos... No tardó en descubrir, a lo lejos, un carmelita descalzo, el Padre José Miguel, cuyo convento estaba en las afueras de Logroño.

Ese encadenamiento de presentimientos y de certezas que llamamos vocación tiene siempre algo de misterioso. El descubrimiento de una generosidad insospechada había hecho cristalizar unos impulsos latentes hasta entonces. A partir de ese momento, ya no pudo disiparlos. Porque estaba cada vez más claro que Dios le pedía una mayor disponibilidad. Pero, ¿cómo lograrla? ¿Tendría que hacerse sacerdote...? Unos meses antes, sólo imaginarlo le hubiese hecho sonreír.

Con todo, no podía dejar de pensar en su futuro, en la carrera que le hubiese gustado seguir. Había dicho a su padre que le gustaría ser arquitecto... ¿Es que unas simples pisadas en la nieve iban a bastar para cambiar por completo el rumbo de su vida?

Sin decir nada a sus padres, durante los meses siguientes se había encaminado varias veces hacia el puente del ferrocarril para ir a ver al Padre José Miguel. Las conversaciones que mantuvo con él no le permitieron ver con claridad, excepto una cosa: no creía que la disponibilidad total que el Señor le pedía -Él sabría por qué- fuese compatible con la vida conventual que le proponía su director espiritual. Éste, con muy buen espíritu, quería persuadirle de que entrar en la Orden Carmelitana sería la mejor manera de responder a la llamada que acababa de experimentar.

Josemaría no sabía adónde le conduciría esa llamada, pero estaba seguro de que no se trataba, en su caso, de una vocación religiosa o monástica, que no era una invitación a abandonar el mundo, y así se lo hizo ver al Padre José Miguel.

Sin embargo, a pesar de que ignoraba cuál sería su camino, no había tratado de ahogar la inquietud que se había ido precisando desde que había visto aquellas pisadas en la nieve.

Fue entonces cuando, con toda naturalidad, movido por el deseo de purificarse más y más, empezó a intensificar las prácticas de piedad que ya le eran familiares. Las constantes invocaciones, las penitencias generosas, la confesión frecuente, la Misa diaria y la Comunión eran para él medios de unirse cada vez más al Señor y de ver con mayor claridad.

Volvió a pensar en hacerse sacerdote, a pesar de su repugnancia inicial. No obstante, la idea se inscribía en la perspectiva de quedar más disponible para "algo" que el Señor le pedía y que seguía sin ver...

Un día, dio el paso definitivo: se lo diría a su padre e ingresaría en el Seminario.. .

La impresión de éste debió ser enorme, pues sin duda no se lo esperaba. Fue la única vez que vio lágrimas en los ojos de su padre. Tras guardar silencio unos instantes, le había dicho, con voz grave:

-Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes deben ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener un hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más... Pero yo no me opondré a tu voluntad.

Sólo más tarde fue capaz de medir plenamente lo que estas palabras habían tenido de heroico en un hombre que tanto había sufrido y que ya había imaginado, para él, un brillante porvenir. Aconsejado por su padre, Josemaría fue a visitar a don Antolín Oñate, Abad de la Colegiata, y a un capellán militar que hacía poco se había establecido en Logroño, don Albino Pajares, reputado por su sabiduría y su piedad. Las perspectivas que le descubrieron no le entusiasmaron: párroco rural, canónigo, miembro de la curia diocesana, director de Seminario... ¡No se veía "haciendo carrera" en los medios eclesiásticos! No obstante, su clara voluntad de responder a una llamada cada vez más apremiante del Señor -aunque siguiera siendo misteriosa- pudo más: sería sacerdote...

Sus padres, como le habían prometido, no se opusieron a su decisión. Sin una sola queja, renunciaron a sus proyectos y abandonaron la esperanza de reconstituir el patrimonio familiar con su ayuda.

Él, por su parte, sintió que su corazón se oprimía cuando, para responder a esa llamada divina que era más fuerte que él, decidió entrar en el Seminario. Como para compensar su ausencia, había pedido al Señor que se dignase enviar a sus padres otro hijo varón para que ocupara su lugar en la familia, porque, cuando él tuviera que irse, sólo quedaría Carmen.

Se inició así una nueva etapa de su vida; una etapa que no era definitiva, sino camino hacia "algo". No en vano le había dicho su padre: "¿Para qué hacerse sacerdote si no es para ser un sacerdote santo?"

Ni que decir tiene que él no pensaba en el sacerdocio al margen de la busca de la santidad, pero la llamada a servir a las almas se inscribía, en su caso, en el marco de otra vocación, no menos apremiante, que, sin embargo, no lograba identificar. Tal era la razón de que, a pesar del paso que acababa de dar, que creía acertado, continuase sintiendo una extraña sensación de seguir caminando como a ciegas, en busca de una respuesta a su ¿por qué? ¿Para qué voy a hacerme sacerdote? El Señor quiere algo. ¿Qué es? Y no cesaba de repetir, como el ciego de Jericó al paso de Jesús: ¡Señor, que vea! Domine, ut videam! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro.

 

Cambio de costumbres

 

En el curso siguiente, a partir del mes de noviembre de 1918, su vida había quedado ordenada de otra manera. Por la mañana asistía a la Santa Misa en el Seminario, que ocupaba un ángulo de la vasta plaza del Espolón, jardín y paseo próximo al centro de la ciudad. Luego, volvía a casa para desayunar y regresaba al Seminario para asistir a las clases hasta las primeras horas de la tarde.

Aconsejado por el Rector del Seminario y por el obispo, adoptó un plan de estudios personal, acoplado a las materias que le eran familiares por haberlas tocado ya en el Instituto y centrado en el latín -¡al final había topado con él!- y en la filosofía. Algunos preceptores le ayudaban.

El primer año, se limitó a estudiar aquellas asignaturas que resultaban menos problemáticas: historia eclesiástica, arqueología, derecho canónico, teología pastoral, sociología y francés. A1 año siguiente, había abordado la teología fundamental.

Estos nuevos estudios no le habían resultado demasiado difíciles, porque, en realidad, por su formación y su gusto por las humanidades, sabía más que la mayor parte de sus compañeros del Seminario.

A éstos les parecía un tanto reservado. Hizo, sin embargo, muy buenos amigos, que conservó toda su vida. A sus condiscípulos y a sus profesores les hablaba con frecuencia del Instituto que acababa de dejar, así como de la urgente necesidad de insuflar un espíritu auténticamente cristiano a los jóvenes que allí estudiaban, los cuales, al cabo de unos años, serían profesionales e intelectuales que ejercerían gran influencia sobre mucha gente.

Los domingos por la mañana participaba, con los alumnos internos, en la catequesis de la iglesia del Seminario, para los niños de los barrios más pobres. Lo hacía por propia iniciativa, ya que los alumnos externos, como él, no solían participar en ella. Pero se consideraba un seminarista como todos. Y sería sacerdote cuando llegara el momento.

Con todo, seguía teniendo la íntima certeza de que no había ingresado en el Seminario sólo para eso. En los presentimientos que las pisadas en la nieve del carmelita habían avivado en él, anidaba la llamada a algo que, decididamente, no lograba ver. Por eso, rezaba cada vez con más intensidad.

"Señor, ¿qué quieres que haga?", repetía, haciendo suyas las exclamaciones espontáneas y generosas de los profetas del Antiguo Testamento, cuando Yahvé irrumpía en su vida para pedirles que hiciesen algo grande en su nombre. Y añadía, siempre inspirado en la Biblia: "¡Aquí estoy, Señor, porque me has llamado!" (I Sam. III, 5, 6 y 9).

En esos momentos, le parecía que Dios jugaba con él y le llevaba adonde quería, sin que él se diese cuenta. Ahora, en este 2 de octubre de 1928, lo percibe con toda claridad...

Por los días de su ingreso en el Seminario, su madre les había anunciado, a él y a Carmen, que pronto tendrían un hermanito o una hermanita. Así pues, su audaz petición había sido escuchada, lo cual era una señal más de que todo lo que le estaba sucediendo obedecía a un plan preciso de la Providencia.

Y el 28 de febrero de 1919 nacía su hermano Santiago...

Al año siguiente, en Fonz, volvió a encontrar los amigos y los paisajes de su infancia.

Seguía alimentando la idea de cursar la carrera de Derecho, como su padre le había aconsejado. El proyecto se fue concretando a lo largo del curso escolar 1919-1920 y, a tal efecto, solicitó su traslado al Seminario de Zaragoza. Una media beca que había obtenido completaría la ayuda que sus padres pudieran prestarle.

El martes, 28 de septiembre de 1920, había traspasado el dintel del majestuoso Seminario Mayor de San Carlos, entregando al conserje, un tanto sorprendido, el tabaco y la pipa que utilizaba en Logroño...

     


 

3. ZARAGOZA

 

Durante los años pasados en Zaragoza, el Señor le había seguido llevando de la mano, y se la había apretado un poco más.

Ahora se da cuenta de que los sufrimientos que habían jalonado esa etapa de su vida, así como los consuelos que había experimentado -"una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzos"-, habían ido reforzando en él la persistente llamada, todavía imprecisa, que había sentido en su adolescencia. Fueron muchos meses de maduración interior, de oración intensa, de penitencia cada vez más recia, de aceptación por adelantado de aquello -indescifrable todavía- para lo que le estaba preparando la Providencia.

En cuanto pudo, fue a depositar su perplejidad a los pies de la Virgen del Pilar, tan querida en su tierra. Domine, ut sit!, venía repitiendo con frecuencia desde hacía tiempo, pidiendo a Dios que le iluminara: Señor, que sea eso que Tú quieres... También dirigía la oración a María Santísima: Domina, ut sit! Ahora, ante la pequeña imagen de la Virgen, colocada sobre una columna de mármol semejante a aquella en que, según la tradición, se había aparecida en carne mortal al Apóstol Santiago, la jaculatoria adquiría una especial fuerza: ¡Señora, que sea! Cuatro años después de ingresar en el Seminario de Zaragoza, el día de la Virgen de la Merced, grabaría esas mismas palabras en latín -un latín que calificaba de baja latinidad- debajo de la peana de una imagen en escayola de la Virgen del Pilar: Domina, ut sit!.

 

Una difícil adaptación

 

Sin que él lo pretendiera, sus maneras educadas contrastaban con la rudeza de algunos de sus compañeros, quienes, en su mayor parte, procedían de medios rurales. Pasaba horas y horas en una tribuna que dominaba el inmenso retablo barroco de la capilla, mientras los demás dormían o hacían deporte. Sus bromas le habían hecho sufrir mucho, sobre todo el apodo ridículo -"rosa mística"- que repetían a sus espaldas.

A pesar de todo, había procurado siempre poner de relieve, en sus condiscípulos del Seminario, sus virtudes y su generosidad. Además, hizo buenos amigos.

Tales dificultades le habían ayudado mucho a madurar. Su profesor de Derecho Canónico, don Elías Ger Puyuelo, se lo había hecho comprender con delicadeza. Le había contado cómo un molinero, fracasados los esfuerzos para traer de Alemania las desgastadas piedras de un molino de canela, las había sustituido, aconsejado de un amigo, por piedrecillas redondas, recogidas en un riachuelo, y habían perdido su aspereza a fuerza de chocar entre ellas. "¿Me comprende usted, Escrivá?" -le había dicho don Elías.

Josemaría había comprendido, en efecto, esta lección de sentido común: el choque de los caracteres elimina esas asperezas que harían la convivencia insoportable en toda colectividad.

Por otra parte, era la primera vez que vivía fuera de su casa, interno en el Seminario. Usaba la sotana y el manteo negro sin mangas, sobre el que se colocaba la beca de fieltro rojo, sujeta con el escudo de metal de San Francisco de Paula: un sol y la palabra charitas.

Seguía la disciplina a rajatabla: media hora de meditación por la mañana, la Misa y luego el desayuno. Clases en la Universidad Pontificia, recreo, comida, estudio, rosario, cena y, antes de acostarse, algunas oraciones y una breve charla para fijar los puntos de la meditación del día siguiente.

En la tercera planta del San Carlos estaba el Seminario propiamente dicho, llamado de San Francisco de Paula en recuerdo de su fundador, el Cardenal Benavides, de quien había sido el santo patrón. El resto del edificio estaba destinado a Residencia sacerdotal.

Según una placa instalada en el claustro, San Vicente de Paúl había residido allí cuando estuvo estudiando en Zaragoza, pero algunos pensaban que no era cierto.

Como en todos los edificios grandes y antiguos, los corredores eran vastos y fríos, las habitaciones destartaladas.

Domingos, jueves y días festivos, los seminaristas salían de paseo por los alrededores de la ciudad. Era, con los recreos, su única distracción.

Josemaría se esforzaba en adaptarse a este nuevo género de vida, aunque le resultaba muy duro. Sin embargo, procuraba sacar provecho de ello para profundizar en su vida interior y aumentar su cultura religiosa. Por entonces volvió a leer, con más aprovechamiento, a los místicos castellanos, en especial a Santa Teresa de Jesús, cuyas obras ya conocía. También se había acostumbrado a leer todos los días algunos capítulos del Nuevo Testamento, tratando de revivir, como si estuviera presente, las escenas del Evangelio, y de grabar en su corazón y en su memoria los versículos correspondientes. También había ido asimilando mejor la liturgia y adquiriendo una mayor facilidad en la oración.

Se aplicó con diligencia a los estudios. El plan, aunque tenía un nivel más alto, se parecía al del Seminario de Logroño. Fue superando con brillantez, uno tras otro, los exámenes correspondientes en la Universidad Pontificia.

¡Cuántas veces había ofrecido ese esfuerzo a Dios, al tiempo que le pedía que le aclarase lo que entonces era tan misterioso y ahora le resultaba evidente!

 

Sacerdote... ¿por qué?

 

Señor -repetía incansablemente-, ¿por qué me hago sacerdote? Y también: El Señor quiere algo. ¿Qué es?.

Su oración desembocaba siempre en las mismas interpelaciones familiares, insistentes: Domine, ut sit! Domina, ut sit!. Señor, que esa voluntad se realice. ¡Señor, que eso sea! ¡Madre mía, que eso sea!

Solía entablar largas conversaciones, paseando por los claustros del Seminario, con algunos de sus compañeros que, durante el recreo, no jugaban a la pelota, como hacían otros, en una nave de la cuarta planta.

Se reunían unos cuantos y comentaban los sucesos de actualidad o los pequeños incidentes de la vida diaria. Josemaría les hacía reír cuando les leía los epigramas que pergeñaba (unas veces en latín y otras en español, remedando las sátiras de algún escritor griego de la antigüedad o del Siglo de Oro español), los cuales iba pasando luego a un cuaderno. Esta facilidad para versificar hizo que le encargaran, muy a pesar suyo, que compusiera y leyera en público una poesía en homenaje al obispo auxiliar de Zaragoza, Presidente del Seminario. Salió de apuros con una composición que había titulado Obedientia tutior: "Obedecer es lo más seguro." Tal era el lema del obispo...

En las vacaciones de verano, volvió a Logroño, con gran alegría de toda la familia. Llegó acompañado de un amigo y compañero de estudios que, en correspondencia, le invitó a pasar unos días con él durante los veranos de 1921 y 1922. Se trataba de un sobrino del vicepresidente del Seminario de Zaragoza, don Antonio Moreno. Josemaría lo pasó muy bien aquel verano, disfrutando del ambiente de paz que reinaba en su familia; todos se esforzaban, con delicadeza, en respetar su condición de seminarista.

Sin que él se hubiese dado cuenta, el Cardenal Soldevila, arzobispo de Zaragoza, se había fijado en él. En las visitas que hacía al Seminario, solía preguntarle sobre la marcha de sus estudios y sobre su familia.

Tanto el Cardenal Soldevila como el Rector del Seminario de San Francisco de Paula conocían bien las cualidades de aquel seminarista, por lo que, al regresar de las vacaciones de verano de 1922, dos años después de su ingreso en San Carlos, se encontró con que había sido nombrado Superior.

Para ser Superior, era preciso haber recibido la tonsura. Se la confirió el Cardenal Soldevila en persona, el 28 de septiembre, en una capilla del Palacio episcopal. A partir de ese momento, empezó a usar la sotana con manteo y sombrero de teja. Muchas veces, al vestirse, besaba aquella sotana, como una manifestación de su amor al sacerdocio, hacia el que se encaminaba.

En el mes de diciembre había recibido cuatro órdenes menores: el 17, las de lector y ostiario; el 21, las de exorcista y acólito.

En los años que ejerció el cargo de inspector -desde 1922 hasta la terminación de sus estudios en el Seminario- se había esforzado siempre para que la disciplina no resultase demasiado pesada a quienes debía vigilar. Creía haberlo conseguido. Los más jóvenes solían ser bastante revoltosos, pero bastaba una sonrisa de suave reproche, una palabra de aliento o una breve advertencia para que entrasen en razón. En el comedor, en cuanto encontraba una buena disculpa, dispensaba del silencio, lo que hacía que los seminaristas estallasen de júbilo.

Josemaría gozaba de mayor libertad que sus compañeros para entrar y salir del Seminario, lo que le permitía visitar todos los días a la Virgen en la Basílica del Pilar, aunque volvía enseguida para reanudar los estudios o la lectura

A1 comenzar el curso 1922-1923, puso por obra su proyecto inicial de estudiar la carrera de Derecho. Así pues, tras pedir autorización a sus superiores, se matriculó en la Universidad como alumno libre. No podía asistir con regularidad a las clases, que tenía que hacer compatibles con el horario del Seminario y con sus responsabilidades como Inspector. Como no quería simultanear los estudios, se examinaba en junio en la Universidad Pontificia, y, en septiembre, se presentaba a los exámenes de Derecho. Aquel verano de 1923 estudió mucho, en Logroño, donde un amigo de su padre, Registrador de la Propiedad, le dio clases particulares al tiempo que a su hijo. Así, en septiembre, pudo pasar los exámenes sin dificultad.

 

Dolorosos acontecimientos

 

A finales del curso escolar 1922-1923, un trágico acontecimiento conmovió a Zaragoza y a España entera: en las primeras horas de la tarde del 4 de junio, el Cardenal Soldevila caía asesinado cuando se disponía a descender de su automóvil para visitar una escuela que él mismo había fundado en Zaragoza. Poco después se supo que los autores del atentado pertenecían a un grupo anarquista.

Cinco días más tarde, en la basílica del Pilar, Josemaría había asistido, con los demás seminaristas, a los solemnes funerales, celebrados en presencia de varios Cardenales y obispos españoles y de representantes del Nuncio, del Parlamento, del Gobierno y de las autoridades locales. Apenado, había rezado intensamente, todavía conmovido por la trágica desaparición de alguien a quien admiraba y que siempre le había dado muestras de afecto.

A lo largo del curso universitario 1923-1924, pudo asistir a la Facultad de Derecho con más asiduidad. Eso, unido a las clases particulares recibidas durante el verano, le permitió avanzar considerablemente en sus estudios civiles.

El 14 de junio de 1924 recibió el subdiaconado. En la Universidad, su sotana llamaba la atención entre los estudiantes. A1 principio, le manifestaban su respeto guardando excesivamente las distancias. No obstante, hizo allí nuevos amigos, a los que procuró acercar a Dios, pues, aunque educados todos en la religión católica, eran con frecuencia tibios y descuidaban sus prácticas de piedad o las hacían rutinariamente. Conversaba con ellos y las charlas se prolongaban a menudo por las calles de Zaragoza, e incluso en el Seminario de San Carlos, ya que daba clases de latín a algunos de sus amigos, que necesitaban conocer esta lengua para la asignatura de Derecho Canónico.

Un día se había peleado con otro seminarista, llegando a las manos. Los castigaron a los dos, pero en su caso el castigo había sido más injusto, pues el otro le había insultado groseramente en público y le había pegado antes. Josemaría había ofrecido al Señor esa humillación, que aceptó como un medio más de purificación capaz de hacerle ver más pronto Su voluntad.

En 1924, una nueva desgracia se abatió sobre la familia, hiriéndole en lo más vivo.

Durante el verano, había tenido la alegría de pasar algún tiempo con sus padres y sus hermanos, Carmen y Santiago. Le había sorprendido ver a su padre prematuramente envejecido, pero eso no impidió que hiciesen planes para reunirse en diciembre, cuando fuese ordenado diácono.

El 27 de noviembre llegó al Seminario un telegrama en el que se le instaba a ir a Logroño cuanto antes: su padre estaba gravemente enfermo.

Un empleado de la tienda, que le esperaba en la estación, le explicó que su padre se había sentido mal aquella misma mañana. Momentos antes, había estado orando ante una imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa, como todos los días; luego, había jugado un poco con Santiaguito...

Ya cerca de su casa, aquel empleado de su padre le había dicho toda la verdad: don José había muerto aquella misma mañana.

Josemaría subió sin decir una palabra hasta el segundo piso, entró en su casa, abrazó a su madre y a su hermana y se arrodilló ante el cuerpo de su padre.

Pasó unos días con los suyos y luego regresó a Zaragoza, esforzándose en descifrar el sentido de esta nueva prueba, que venía a unirse a las que la familia había sufrido a lo largo de los años.

La ceremonia en la que había recibido el diaconado, en la iglesia barroca de San Carlos, no pudo ser tan alegre como él había soñado. Pasó aquel 20 de diciembre solo, ofreciendo a Dios su pena por verse separado de su madre y sus hermanos, que seguían en Logroño. No pudo conseguir que fueran a instalarse en Zaragoza hasta comienzos de 1925, en un pasito de la calle de Urrea, bastante cerca del Seminario de San Carlos.

 

Ordenado sacerdote

 

Llegaron, por fin, los preparativos de ese gran día en el que sería ordenado sacerdote para la eternidad.

El 18 de marzo inició unos ejercicios espirituales previos a la ordenación en los que, con los demás ordenandos, meditó sobre la dignidad del sacerdocio y lo que eso significaba.

La ceremonia tuvo lugar el 28 de marzo de 1925, sábado, en la iglesia del Seminario de San Carlos. Después de haberse prosternado ante el altar, los diez ordenandos, con alba blanca cruzada por la estola, se habían acercado al obispo, uno a uno, para que les impusiera las manos, materia del Sacramento del Orden. Luego, el oficiante había implorado el auxilio divino y recitado la larga oración consagratoria, había ungido las manos de los nuevos sacerdotes, y les había hecho entrega de la patena y el cáliz, momento a partir del cual ya podían concelebrar con el oficiante.

Por primera vez, con emoción profundísima, Josemaría había hecho descender a Cristo al altar pronunciando las palabras de la Consagración: Hoc est enim Corpus meum... Hic est enim calix Sanguinas mea: Esto es mi Cuerpo, éste es el Cáliz de mi Sangre. En el nombre de Cristo, en la persona de Cristo, acababa de llevar a cabo el Sacrificio del altar, del que vive la Iglesia entera.

Dos días más tarde, el lunes 30 de marzo, celebró su primera Misa solemne en la Capilla de la Virgen de la Basílica del Pilar. A causa del luto reciente, sólo habían asistido la familia y algunos amigos íntimos. Su tío, don Carlos Albás, arcediano de la catedral, había brillado por su ausencia. Tampoco se había dignado asistir al funeral de su cuñado, en Logroño, y cuando su hermana, doña Dolores, se había instalado en Zaragoza, con sus hijos, por deseo de Josemaría, les había reprochado que no le hubiesen pedido consejo...

Otra contrariedad le había hecho sentir ese grano de acíbar que amargaba un tanto sus mayores alegrías: como todo nuevo sacerdote, había soñado con dar la comunión a su madre antes que a nadie. Mas, he aquí que, en el momento en que se aproximaba, con la Sagrada Forma en la mano, una mujer se le adelantó y no tuvo más remedio que comenzar por ella".

Ya sacerdote, estaba a disposición de su obispo, para desempeñar el cargo pastoral que éste quisiera confiarle. Dada su situación familiar -su madre y sus hermanos habían quedado a su cargo-, lo más normal habría sido que le hubiesen adscrito a una parroquia de la ciudad, pues así habría podido subvenir a sus necesidades, dando clases en sus horas libres. Sin embargo, a los tres días de su ordenación, sus superiores le pidieron que se trasladara a Perdiguera, un pueblecito situado a veinticuatro kilómetros al nordeste de Zaragoza, con objeto de reemplazar al párroco, que estaba enfermo.

Obedeció con prontitud, pero era evidente que había algo raro en esta medida, que tanto le perjudicaba...

Las experiencias de un cura rural

El Martes de Pasión, por la mañana, Josemaría había partido hacia Perdiguera, dispuesto a aprovechar esta primera ocasión de servir al Señor en su nuevo ministerio.

Poco a poco, las torres y las cúpulas del Pilar se habían ido difuminando tras él. El camino escalaba o contorneaba las colinas grises, salpicadas de vez en cuando por amarillas retamas en flor. Un pueblo. Una cartuja rodeada de olivos y viñedos. Más colinas, más tierras de labor y, a lo lejos, la silueta azulada de la Sierra de Alcubierre.

De pronto, apareció el pueblo, ligeramente en alto y como dormido en medio de campos de trigo y pastos para las ovejas. Era un pueblo pequeño y pobre que, sin embargo, tenía más de ochocientos habitantes. Las casas, encaladas, eran de uno o dos pisos como máximo. Ya en la plaza, un muchacho se acercó a saludarle y se ofreció a llevarle la maleta. Era el hijo del sacristán. Su padre estaba enfermo y le había rogado que fuera a recibirle. Procuraría ayudarle en los oficios de Semana Santa, bastante complicados para un sacerdote recién ordenado.

La iglesia, en lo más alto del pueblo, era grande y esbelta. Tenía una torre cuadrada y, arriba, una galería circular de estilo mudéjar, tan frecuente en Aragón.

Josemaría entró, se arrodilló en la nave central, y rezó ante el Sagrario, encuadrado por un retablo renacentista presidido por una imagen de la Virgen que parecía una matrona aragonesa y mantenía firme y erguido al Niño Jesús en su brazo izquierdo. Alrededor, escenas de la vida de Cristo y de su Madre. A la derecha, un confesionario tosco y pequeño, en el que era preciso inclinarse para entrar.

A1 principio, pasaría horas y horas en ese confesionario, esperando a unos penitentes que, poco a poco, empezaron a llegar: primero una viejecita, luego dos, luego tres... Un hombre que, por fin, se decidió y arrastró a otros...

Un día, sin embargo, en el porche, al salir escuchó, sin ser visto por los conversantes, un comentario que le hirió profundamente, hecho por un joven que charlaba con otros animadamente: "¡Cuidado con el nuevo cura! Si me descuido, me sonsaca todo."

Se había tomado muy en serio su tarea. Todos los días celebraba una misa cantada; por la tarde, dirigía el rezo del Rosario, exponía el Santísimo y daba la bendición con Jesús Sacramentado; los jueves, había una Hora Santa. Y luego estaba la catequesis...

Los habitantes del pueblo le tenían afecto y él los trataba con toda confianza, visitándoles en sus casas. En sólo dos meses había visitado por lo menos una vez a todas las familias.

Hablaba con los enfermos, para animarles y acercarles a los Sacramentos, y estaba a su disposición día y noche.

La familia que le había hospedado le había instalado en la mejor habitación de la casa, a la derecha del pasillo, en el piso bajo, muy cerca de la cocina; era una alcoba de techo bajo, sencillamente amueblada, con una cama de metal rematada por unas bolas de cobre que se ponían a tintinear, con los adornos de la cabecera y de los pies, en cuanto se encaramaba en aquel lecho. Porque tenía que trepar, ya que, para hacerle el lecho más blando y agradable, habían acumulado varios colchones, mantas, colchas y edredones...

Lo que aquellos buenos campesinos no sabían era que don Josemaría dormía en el santo suelo casi todas las noches...

Había procurado no humillarles nunca y comer lo que le ofreciesen. Creyendo que le gustaba, le hacían engullir guisos demasiado grasientos, que le perjudicaban. ¡Cómo había engordado en aquellos dos meses!

Tenían un chiquillo de pocos años que se pasaba el día entero en el campo, con las cabras.

Éste, inopinadamente, le había dado una lección provechosa para su vida interior cuando, un día, para hacerle comprender la felicidad del cielo, le había preguntado:

-Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

-¿Qué es ser rico? -había dicho el chaval.

-Ser rico es tener mucho dinero, tener un banco...

-¿Y qué es un banco?

Don Josemaría había tratado de explicárselo de otra manera.

-Ser rico es tener muchas fincas y, en lugar de cabras, unas vacas muy grandes. Después, ir a reuniones, cambiarse de traje tres veces al día... ¿Qué harías si fueras rico?

Los ojos del chico se iluminaron de repente.

-Si yo fuera rico, ¡me comería cada plato de sopas con vino!

A eso podían reducirse las ambiciones humanas: a tan poca cosa...

Sí, había aprendido mucho durante el par de meses pasados en aquel pueblo: la conmovedora respuesta de las almas sencillas cuando se les ofrecen los tesoros de los sacramentos de Cristo, el silencioso ánimo que proporciona el Señor desde el Sagrario e incluso los ruines cotilleos de que había sido objeto -como supo más tarde-, quizá porque pasaba rezando el tiempo que otros hubiesen dedicado a jugar a las cartas o a charlar con las "fuerzas vivas" del pueblo: el alcalde, el boticario, el secretario del Ayuntamiento... Había sabido que, para ridiculizarlo, le llamaban "el místico", lo cual le había hecho recordar lo que decían algunos en el Seminario de Zaragoza, haciéndole sufrir mucho por la irreverencia hacia la Virgen.

Con todo, nunca olvidaría Perdiguera, con sus calles polvorientas, su iglesia maciza y esos caminos por los que paseaba a veces, dando un rodeo por los campos antes de recogerse en aquella casa de muros encalados...

 

Retorno a Zaragoza

 

El 18 de mayo de 1925, reclamado por su obispo, había regresado a la sede de la diócesis.

Durante los dos años que siguieron, había vuelto a visitar varias veces los pueblos de los alrededores para ayudar a sus párrocos. Su principal labor pastoral, sin embargo, estaba en Zaragoza. Así pudo vivir en casa de su madre y, una vez realizadas las tareas que le habían sido encomendadas -entre ellas la de capellán de la iglesia de San Pedro Nolasco-, proseguir sus estudios de Derecho por las tardes. En San Pedro, celebraba la Santa Misa a diario y tanto en esa iglesia, como en la Universidad, encontró nuevas oportunidades de hacer apostolado.

Pasaba muchas horas en el confesionario de San Pedro Nolasco y era muy amplia su labor de catequesis. Además, los domingos solía acompañar a un grupo de jóvenes estudiantes que daban clases de catecismo a los niños de un arrabal situado al suroeste de Zaragoza, por el barrio de Casablanca.

A comienzos de 1926, antes de obtener el título de Licenciado en Derecho, ya ganaba algún dinero dando clases en una academia que acababa de abrir un joven oficial del ejército: el Instituto Amado. Allí se preparaban los aspirantes al ingreso en la Academia militar -recientemente establecida en Zaragoza-, y se impartían otras enseñanzas relacionadas con diversas Escuelas o Facultades.

Además de una intensa labor sacerdotal, el estudio y la lectura ocupaban el resto de su jornada, ya llena de por sí, en especial por la oración y la administración de los sacramentos.

Sin embargo, seguía buscando, con creciente ansiedad, la respuesta a aquella pregunta siempre abierta: Señor ¿qué quieres de mí?

Desde el fondo de su capilla, en la basílica del Pilar, la Santísima Virgen escuchaba, día tras día, su incesante petición: Domina, ut videam!

Fuego he venido a traer a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda... ? Ignem veni mittere in terram (Lc. XII, 49), repetía una y otra vez, con el corazón rebosante de amor a Jesucristo. Lo decía, lo repetía e incluso lo cantaba cuando estaba solo, con música que se había inventado.

La terminación de sus estudios de Derecho, en enero de 1927, le permitió proyectar seriamente el trasladarse a Madrid. Allí podría hacer el doctorado, lo cual, en aquellos tiempos, era imposible en la Universidad de Zaragoza.

Desde la muerte de su padre, las relaciones con su tío, el canónigo, y con otros parientes, eran muy tirantes. Marchar a la capital suponía, desde luego, sumergirse en un ambiente desconocido, pero también abrirse a más posibilidades de servir a las almas y, tal vez, de descubrir ese camino más concreto al que el Señor le llamaba.

No había tenido ninguna revelación extraordinaria, ninguna llamada especial que influyera en su decisión. El Señor se había servido de su Providencia ordinaria. Tras sopesar detenidamente los pros y los contras, se había informado y había expuesto a su madre sus proyectos. Ésta, ajena por completo a la verdadera naturaleza de los presentimientos que habían impulsado a su hijo a hacerse sacerdote, se preguntaba cuál sería su futuro... Así pues, fue a pasar el verano a Fonz, en casa del tío Teodoro, en espera de que llegara el momento de reunirse con Josemaría en Madrid.

El 17 de marzo de 1927, el arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, le había autorizado, por escrito, para que se trasladara a la capital con objeto de terminar allí sus estudios de Derecho.

     


 

4. MADRID

 

El Patronato de Enfermos ocupaba parte de una manzana de casas en la calle de Santa Engracia, entre la de José de Marañón y la de Nicasio Gallego. Era un edificio noble, de estilo morisco, con una fachada de ladrillos vistos y adornada con mosaicos. A uno de sus lados se alzaba una iglesia. Don Josemaría Escrivá celebraba la Santa Misa allí todos los días, para que pudieran oírla los pobres y los enfermos, así como las religiosas que se ocupaban de ellos y otras personas del barrio.

Nada más llegar a Madrid, don Josemaría había ido a visitar al obispo, don Leopoldo Eijo y Garay, quien había leído la carta de presentación del obispo de Zaragoza. Inmediatamente, había autorizado al joven sacerdote para que pudiera confesar en la diócesis de Madrid-Alcalá, dándole las licencias oportunas.

Como todo sacerdote debía contar con un medio de subsistencia, don Josemaría fue nombrado en seguida capellán de esta fundación benéfica conocida como "Patronato de Enfermos". La congregación que la dirigía -Damas Apostólicas del Sagrado Corazón- había sido fundada, unos años antes, por una aristócrata asturiana, doña Luz Rodríguez Casanova.

Don Josemaría se instaló en una residencia para sacerdotes fundada también por las Damas Apostólicas, en la calle de Larra. Era uno de los más jóvenes entre los diez o doce sacerdotes que vivían allí, lo cual hizo que tuviera que acompañar a veces a los mayores y hacerles pequeños favores. Desayunaba en la residencia, pero el resto del día lo pasaba fuera, absorbido por una serie de ocupaciones que no le dejaban un minuto de descanso.

 

Una actividad incansable

 

Pronto, en efecto, se echó sobre sus hombros una serie de responsabilidades que iban más allá de la misión concreta que se le había asignado en el Patronato: celebrar la Santa Misa, llevar la Comunión a las religiosas enfermas, presidir la Bendición con el Santísimo Sacramento... Se ocupaba también de los enfermos, charlaba con ellos, les animaba, se esforzaba por avivar su fe.

Había aprendido mucho de ellos, así como de los pobres que iba a visitar, con muchísima frecuencia, en los suburbios o en barrios abandonados, donde había palpado la miseria: la de los pobres reconocidos como tales y la de los pobres vergonzantes, que ocultaban su necesidad en casas de apariencia burguesa. ¡Qué escuela había sido para él!

La riqueza no siempre está donde se piensa. Estos pobres para el mundo eran, a veces, testimonio viviente del espíritu de las Bienaventuranzas.

Como en Zaragoza, explicaba también el catecismo a las niños de las "escuelas gratuitas" de los arrabales de Madrid, los confesaba y los preparaba para la Primera Comunión.

Al mismo tiempo, preparaba su doctorado en Derecho Civil. Daba también clases de Derecho Romano y de Derecho Canónico en la Academia Cicuéndez -institución privada similar al Instituto Amado de Zaragoza-, con lo cual obtenía unos ingresos suplementarios y, al mismo tiempo, tenía ocasión de hacer apostolado entre los estudiantes.

A finales de 1927, su madre y sus hermanos se instalaron en Madrid, en la calle de Fernando el Católico, no lejos del Patronato de Enfermos, y él había ido a vivir con ellos.

En medio de esta vida de desbordante actividad, la oración seguía ocupando el primer lugar; continuaba repitiendo constantemente: Domine, ut videam! Señor, ¡que vea!

Había vislumbrado, a veces, algunos destellos en medio de aquella persistente penumbra, pero no constituían por sí solos la esperada respuesta...

 

El 2 de octubre de 1928

 

¿Por qué se había hecho la luz precisamente en estos días de retiro, en un momento de su vida en el que todo parecía encajar o, al menos, ordenarse de manera más estable? ¿Por qué ahora y no antes o después? ¿Por qué en estas jornadas de relativa paz y no en momentos de tensión?

Es incapaz de dar una respuesta. Dios sabe más. La Providencia divina, a través de los acontecimientos más insignificantes, incluso más desconcertantes, se abre camino en el corazón de los hombres para llevarles como Él quiere, a ese ritmo, ni lenta ni rápido, que es el Suyo y que él se esforzará en mantener fielmente en adelante, pues ha visto claramente que ha sido llamado a caminar al paso de Dios.

"Ecce ego, quia vocasti me!"

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

     


 

III

LAS AGUAS PASAN

A TRAVÉS DE LOS MONTES

 

 

La esperanza ve lo que no es todavía, pero será

Charles Péguy

          

 

1. MADRID, 1929-1930

 

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado (I Sam. III, 5, 6 y 9).

Don Josemaría ha repetido muchas veces estas palabras a partir del 2 de octubre de 1928. Al mismo tiempo, se da cuenta de lo inmensa que es la tarea, tanto más aplastante en cuanto que no procede -lo sabe perfectamente- de una inspiración momentánea, sino de un proyecto divino ajeno a él por completo. Frente a esta perspectiva gigantesca, ¡qué irrisorios son los medios!... Empezando por él mismo, piensa. Instrumento inepto y sordo que tanto ha tardado en ver lo que Dios le pedía... No tiene otra cosa que sus veintiséis años, gracia de Dios y buen humor.

La gracia de Dios no le ha de faltar. Por eso, su primer movimiento espontáneo, tras ese 2 de octubre de 1928, ha sido rezar todavía con más intensidad, siguiendo una lógica sobrenatural ajena por completo a la lógica humana: primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en tercer lugar, acción.

¿Cómo ser fiel a esa voluntad divina si Dios mismo no lleva a cabo la tarea fundamental? Señor, ¡no puedo!, ¡no valgo!, ¡no sé!, ¡no tengo!, ¡no soy nada!... Estas palabras, pronunciadas a menudo desde que, a los quince años, tuvo los primeros presentimientos, las repite ahora con más convicción todavía. Como compensación, le proporcionan una gran confianza en el futuro, "plenamente persuadido de que todo cuanto Dios tiene prometido, es poderoso también para cumplirlo" (Rom. IV, 21).

 

Abriendo brecha

 

Purificarse interiormente, reparar por sus faltas de correspondencia y por todos los pecados del mundo, unido a Cristo crucificado, para ser lo más dócil posible a lo que Dios quiere...

Ignem veni mittere in terram! (Lc. XII, 49), cantaba en su adolescencia; tanto, que su hermano pequeño se había aprendido la melodía, a fuerza de oírsela repetir... Sí, se trata de un fuego divino, que habrá que encender y propagar por todos los rincones de la tierra. ¡Cuánta fuerza necesita para que ese fuego no sea un fuego fatuo: ilusión, mentira de fuego, que ni prende en llamaradas lo que toca ni da calor. Sin embargo, el fuego sólo puede brotar de la generosidad. ¡Qué hermoso es perder la vida por la Vida!. El amor, hay que probarlo. ¡Y hay tanto que hacer! En realidad, todo, puesto que nada existe de esa gran obra que el Señor quiere que se realice, por mediación suya.

Así pues, Josemaría se entrega de lleno a una serie de mortificaciones -cilicio, disciplinas, ayunos- que hace cada vez más severas, mientras trabaja intensamente y ofrece su cansancio por la misma intención.

¿Quién ha dicho que las penitencias corporales eran cosa de los siglos oscuros de la Edad Media? En pleno siglo XX, en Madrid, en el umbral de los años 30 -que algunos han llamado "los años locos"- un joven sacerdote de veintiséis años que se siente impotente y como desarmado ante la inmensidad de la tarea que le aguarda, abre nuevos caminos divinos en la tierra al ritmo de la alegría de sus disciplinas y de sus rezos...

Pero como las gracias que son necesarias para trazar el primer surco en la tierra endurecida han de ser tantas, decide obtener de otras personas "refuerzos" sobrenaturales.

Empieza a pedir a sus amigos que recen "por una intención que le interesa mucho". A veces, llega a interpelar a algún sacerdote que se encuentra en la calle, cuyo aspecto le hace suponer que vive con generosidad su ministerio... Y cuando se repone de la sorpresa, éste sonríe, asiente y sigue su camino, conmovido por la espontaneidad y la audacia de ese colega desconocido...

Cuenta también con la oración de los pobres y de los enfermos, que son todopoderosos ante el Omnipotente si saben unirse a Cristo Redentor. No en vano, la Providencia le ha conducido a este Patronato de Enfermos, cuyo capellán es desde su llegada a Madrid. De ellos, sobre todo, recibirá la fortaleza que necesita. De esta forma, ese querer divino podrá tomar cuerpo y desarrollarse... Sí, será gracias a esos hombres y mujeres anónimos y humildes, capaces de ofrecer al pobre sacerdote que es, la limosna de su oración y de sus dolores.

¡Y ésas fueron las armas para vencer! ¡Y ése fue el tesoro para pagar!.

Esos fueron los medios para abrir un nuevo camino de santidad en medio del mundo.

Y, finalmente, la acción. Ultima solamente en el orden de las prioridades, no de la cronología. Porque todo se mezcla desde el primer momento, ya que es preciso buscar quienes puedan llevar a cabo con él ese "algo" nuevo, compartir ese ideal, arrebatador pero exigente: meter a Cristo en la entraña de todas las actividades humanas, elevarlas hacia Él mediante un trabajo intenso realizado con abnegación, de cara a Dios, entregando la vida gota a gota, sin reservas.

Pero, ¿por qué crear algo nuevo? ¿Por qué no tratar de conjugar esos esfuerzos con los de alguna institución ya existente que tuviera unos fines y un espíritu como los que Dios le pedía y donde pudiera servir, obedeciendo? ¿No sería ésta una manera de cumplir ese querer divino, sin necesidad de añadir una fundación más a todas las que ya enriquecían la vida de la Iglesia?

Mientras busca alrededor algunos cristianos que sean capaces de responder a la nueva llamada, estudia detenidamente los estatutos de diversas instituciones de laicos ya existentes o recién creadas, para ver si los fines de alguna de ellas corresponden a lo que Dios le ha hecho ver el 2 de octubre de 1928.

A finales de 1929 tiene ya en su poder bastante documentación, proveniente de diversos países, pero nada responde, ni de lejos, a lo que él busca. Los fines de esos movimientos o grupos son elevados, pero limitados. No hay nada en ellos que incite a los cristianos a comprometer su vida entera al servicio de Cristo con una llamada específica a buscar la santificación en medio del mundo. Por eso, a pesar de sus vacilaciones que, por humildad, atribuye a su poquedad, no tiene más remedio que admitir que el Señor quiere que haga lo más difícil: abrir un nuevo camino de santificación en la Iglesia.

 

En busca de las primeras vocaciones

 

Ahora, más que nunca, el objetivo le parece desmesurado. ¡Una verdadera locura! Pero se trata de una locura querida por Dios... Por eso, venciendo su repugnancia inicial a ser fundador de algo, no duda en recomenzar sobre otras bases, y se pone manos a la obra con la única ayuda con que cuenta: la de Dios, que le pide eso, y con la intercesión de Santa María, de los Ángeles y de los santos...

Desde el 2 de octubre de 1928 venía pensando en algunas personas que conocía: alumnos de la Academia Cicuéndez, empleados, estudiantes, obreros, jóvenes relacionados con su familia, amigos, sacerdotes...

Pronto se suceden las visitas, las cartas, las conversaciones... Busca a las almas una a una, las prueba, las incita para que sean más sensibles a las exigencias del Evangelio. No se trata, de momento, de hablar de ese proyecto divino, cuya existencia sólo él conoce. Es preciso, antes, preparar pacientemente a quienes, por sus cualidades humanas y la solidez de su vida cristiana, sean capaces de aceptar, en su día, esta nueva "locura" divina, si el Señor les da la correspondiente vocación. Tendrá que meterles por caminos de vida interior -oración, mortificación, sacramentos-, para que se fortalezcan, se enamoren de Jesucristo y estén dispuestos a entregarle su voluntad para que haga con ellos lo que Él quiera. Sólo entonces, en una tierra así removida y fertilizada por la oración y la penitencia, podrá depositar la simiente divina que conserva como un tesoro en su alma. Podrá revelar a cada uno de ellos la llamada a ser apóstol de apóstoles en medio del mundo, sin salirse de su sitio, sin que nada cambie externamente en su vida de trabajo o estudio, pero divinizándolo todo, porque, poco a poco, a pesar de las caídas y las recaídas, uno se ha ido haciendo más "de Dios".

Don Josemaría no habla a casi nadie de la misión que el Señor le ha encomendado. Se lo ha dicho, sí, a un jesuita prestigioso, el P. Valentín Sánchez Ruiz, que más tarde será su confesor, aunque siempre procurará distinguir perfectamente entre los consejos para su alma que éste le dará y las tareas para llevar a cabo su misión de Fundador, sin interferencias de la dirección espiritual.

En junio de 1929 se lo confía a uno de sus amigos de Zaragoza, José Romeo.

A su familia no le dice nada. Su madre y sus hermanos sólo advierten que cada vez está más ocupado: frecuentes desplazamientos por Madrid para visitar a los enfermos en sus tugurios o en los hospitales, largas conversaciones en casa o por las calles, con grupos de amigos o con algunos jóvenes a los que dirige en su vida espiritual y cita a veces en un banco del parque del Retiro...

El Padre -como empiezan a llamarle algunos- tiene un gran atractivo, con su estatura media y su cara armoniosa y llena. Usa gafas redondas, de concha, frecuentes en aquella época. Viste siempre con gran pulcritud y cuando sale a la calle suele llevar el manteo y la teja, no alargada, sino redonda, a la romana.

Simpático, abierto y de una alegría contagiosa, se expresa con un calor y una convicción que se manifiestan en la firmeza de la voz y en el acento, propio de su tierra aragonesa. Suscita enseguida la adhesión, nacida de la certeza, que se adquiere en cuanto se le escucha, de que uno se encuentra ante un hombre de Dios.

A menudo, en su sonrisa, en su penetrante mirada, llena de bondad, se advierte un "algo" que inspira confianza y, al mismo tiempo, remueve y anima a ser mejor...

Quienes se acercan a él comprenderían más fácilmente la influencia que ejerce sobre ellos si supieran que, cuando se encuentra solo con Dios, al sentirse tan joven y tan inclinado a dar rienda suelta a su carácter jovial, pide al Señor que le dé ochenta años de gravedad, signo externo, para él, del orden y de la pureza de la vida interior. Si conociesen lo mucho que reza y se mortifica por cada uno de ellos... Si le viesen encarar cualquier problema poniéndose con toda su alma en la presencia de Dios, y besando con frecuencia un crucifijo que coloca siempre sobre su mesa de trabajo, para no perder nunca el punto de mira sobrenatural...

Esa atracción que ejerce el Padre hace que numerosas personas acudan a hablar con él, le confíen sus cuitas y le pidan consejo en temas de su vida interior.

Un día descubre un lugar agradable y tranquilo de reunión: la chocolatería "El Sotanillo", situada en plena calle de Alcalá, entre la Plaza de la Independencia y la Cibeles. Allí se puede charlar sin molestar a nadie y sin que nadie moleste.

El Padre empieza á reunirse en "El Sotanillo" con algunos amigos para cambiar impresiones sobre temas profesionales o de actualidad. Se trata de una tertulia, como tantas otras que existen en casi todos los pueblos y ciudades de España. También suele invitar a algunos jóvenes que se relacionan con él.

El tono de las conversaciones que mantienen estos singulares contertulios, reunidos alrededor de un sacerdote, poco tiene que ver con el del resto de la clientela. Partiendo de cualquier hecho menudo de la vida cotidiana -el Padre tiene mucho salero y sabe descubrir los aspectos más divertidos de las cosas-, procura elevar las mentes y los corazones a preocupaciones más altas; los rostros, al principio sonrientes, se ponen serios cuando don Josemaría les habla de las exigencias de una vida auténticamente cristiana: oración, lectura del Evangelio, para conocer mejor al Maestro; trato con la Virgen y con los Ángeles Custodios; trato directo con Dios Nuestro Señor, en la oración mental: Procura lograr diariamente unos minutos de esa bendita soledad, que tanta falta hace para tener en marcha la vida interior; asistencia frecuente a la Santa Misa, centro de la vida interior; Eucaristía: Comunión, unión, comunicación, confidencia; Palabra, Pan, Amor. Cuando te acercas al Sagrario, piensa que ¡Él!... te espera desde hace veinte siglos; recurso asiduo al Sacramento de la Penitencia, para purificarse y adquirir las gracias necesarias para renovar la vida interior...

El Padre no habla todavía de esa Obra de Dios cuyos cimientos está colocando; quiere, antes, ampliar el horizonte espiritual de sus interlocutores poniendo ante ellos, con toda la fuerza de que es capaz, la grandeza y la profundidad de una vocación cristiana vivida en medio de las ocupaciones de la vida ordinaria: allí es donde deben encontrar a Cristo. Los más jóvenes deben tender a ese fin desde ahora mismo, mientras estudian, porque una hora de estudio, para un apóstol moderno, es una hora de oración. Un estudio serio, profundo, constante hasta el heroísmo, pues eso les permitirá luego ejercer con eficacia una profesión que tiene que verse vivificada y dignificada por la gracia de Dios.

Y así, van naciendo propósitos en el secreto de los corazones; resoluciones que será preciso reforzar con palabras adecuadas, y procurar mantener en ellos rezando y mortificándose todavía más...

 

La ayuda de los pobres y los enfermos

 

A algunos de aquellos jóvenes, que proceden de familias acomodadas, les pide que le acompañen en sus visitas al barrio de Tetuán o al arrabal obrero de Vallecas, donde muchas familias viven miserablemente, a veces en cuevas o en chabolas, sin agua corriente y sin alcantarillado. El corazón se oprime viendo tanta miseria, porque no es lo mismo saberlo que verlo. El choque con esa realidad permite mantener una charla que abre horizontes nuevos: la responsabilidad social de los intelectuales, desde luego -eso da a los estudios otras dimensiones-, pero también la necesidad de vivir una vida auténticamente cristiana, de reparación, de unión con Dios, de intenso apostolado en el seno de la sociedad, para hacerla más justa, más humana; para transformarla radicalmente, desde dentro.

También los pobres ayudan así, sin saberlo...

Un día, un estudiante de Medicina evoca ante don Josemaría las condiciones lamentables en que viven los enfermos de los hospitales que tiene que visitar: el Hospital Clínico de San Carlos y el Hospital provincial, llamado Hospital General. Este ultimo, construido en el siglo XVII, está mal adaptado y es claramente insuficiente para una población que crece. Los enfermos se amontonan en precarias condiciones sanitarias. Hileras de camas bordean los pasillos, lo cual, unido a la falta de atenciones médicas y humanas, contribuye a deprimir a los enfermos y hace el ambiente insoportable.


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