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ISIDORO ZORZANO LEDESMA

 

 

INGENIERO INDUSTRIAL
(Buenos Aires, 1902-Madrid, 1943)
TERCERA EDICIÓN
Testimonios mc


JOSÉ MIGUEL PERO-SANZ


AGRADECIMIENTOS
El autor agradece, de todo corazón, las abundantes ayudas que le han permitido llevar a cabo su trabajo.
En primer lugar, el acceso a la documentación proporcionado por el Archivo General y por la Postulación de la Prelatura del Opus Dei, en Roma; lo mismo que por parte de la Vicepostulación en Madrid.
También agradece, de modo señalado, a doña María Teresa Munárriz Zorzano (q.e.p.d.), sobrina de Isidoro, por su colaboración insustituible.
Es análogamente de justicia reseñar las facilidades de trabajo encontradas en el Archivo y en la Hemeroteca municipales de Madrid; en las bibliotecas Nacional, de la Bolsa de Comercio y del Banco de España; en los archivos de las parroquias madrileñas de San Miguel y San Justo, San Sebastián, Santiago, San Ginés y San José; así como en el de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales y en el del Cuartel General del Ejército.
Manifiesta su gratitud, en La Rioja, a los archivos parroquiales de Nuestra Señora del Buen Suceso (Peñaloscintos), San Martín (Ortigosa) y Santa María de la Redonda (Logroño); al Archivo Municipal de Logroño; al del Colegio de San José de los Hermanos Maristas y al del Instituto «Práxedes Mateo Sagasta». También al Registro Civil de la capital riojana.
Quede constancia, igualmente, de la colaboración hallada por el autor en Málaga: en el Archivo Municipal (incluida su hemeroteca), así como en los de la Escuela de Ingenieros Técnicos, de la antigua Escuela Industrial y de la Catedral. Lo mismo que en otras instituciones, como la Sociedad Excursionista o la Casa del Niño Jesús.
En otras localidades españolas, también han prestado su apoyo el Archivo General Militar (Segovia) y el de la Parroquia de San Andrés (Navalmoral de la Mata, Cáceres).
Por lo que se refiere a Buenos Aires, merecen reconocimiento las facilidades recibidas por el autor en el Archivo General de la Nación; en la Biblioteca (y hemeroteca) Nacional; en el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos; en la Dirección de Migraciones y en los archivos parroquiales de San Miguel, Nuestra Señora de la Piedad y Nuestra Señora de Balvanera. También el Archivo General del Registro del Estado Civil y Capacidad de las Personas, de la Municipalidad de Buenos Aires, proporcionó la documentación solicitada. Sin olvidar la magnífica hospitalidad y apoyo por parte del Centro Universitario de Estudios (CUDES).
En cuanto a colaboraciones personales, son dignos de gratitud los parientes, amigos, compañeros, alumnos y subordinados de Isidoro, que -tanto en Argentina, como en La Rioja, Madrid y Málaga- proporcionaron informaciones y orientación. En su lugar se citan oportunamente los testimonios al autor, por parte de D. Ramón Alesanco, Dña. Angelita Altisent, Dña. María Enriqueta Cañada Zorzano, D. Francisco Cobos, D. Tomás Delgado Pérez de Alba, D. Santiago Escrivá de Balaguer, D. Andrés Félez, Dña. Ángeles Gómez Clavero, Dña. Carmen González Prados, D. Ramón Hernández Zorzano, D. Enrique Leal León, Dña. María del Carmen Lewin, Dña. Ángeles López, D. Ángel Martínez Hoyuelos, D. Adolfo Mendoza Noblejas, Dña. María Dolores Monserrate Mendoza, Dña. Carmen Nájera, Dña. María Luz Parra Aramendía, Dña. Feli Pérez García, las hermanas Elvira, Isabel y Olga Pérez Welschy, Dña. Victoria Prados, D. Matías Prats y Dña. Rafaela Vicente. (A estos nombres, que se citan, habría que añadir los de quienes también han facilitado informaciones de interés. Por ejemplo, Dña. Balbina Marín, D. Isaías García y su hermana Dña. Mercedes, D. Eduardo Gantes, D. Manuel Otaola, las esposas de D. Ricardo Pérez Calvet y D. Calixto García, o la hija de D. Manuel Avello.)
Muchas otras personas, sin aportar declaraciones propias, prestaron ayudas muy valiosas. Es el caso, en Buenos Aires, del licenciado Esteban Miller, que buscó documentos e hizo de guía eficaz para el autor; en Logroño, el doctor Fernando Pons; en Málaga, el doctor José Miguel Ponce. Un reconocimiento similar merecen el Rvmo. P. Luigi Favero (actualmente Superior General de los Misioneros de San Carlos), Dña. Carmen de la Hera, D. Sebastián Ferrer, D. José Ramón Sacristán, D. José Calderón, la Sra. Condesa de Artaza, D. Javier Arbaiza, D. Mariano Retegui, D. Agustín Robledo y tantos otros, cuya relación sería interminable.
El autor, por último, quiere destacar la generosa, entusiasta y eficacísima colaboración recibida de los doctores Josemaría Revuelta Somalo y José Antonio Pero-Sanz Elorz.

PRIMERA PARTE
DE BUENOS AIRES A LA RIOJA
Capítulo I
NACE ISIDORO, DE PADRES EMIGRANTES
«Antonio Zorzano -y-
Teresa Ledesma de Zorzano
Participan a Vd. el nacimiento
De su hijo Isidoro
El 13 de septiembre de 1902»
Así reza el texto, impreso en una tarjeta ligeramente mayor que las de visita, con que los Zorzano-Ledesma comunicaban a conocidos, clientes y amigos el ingreso en este mundo de su tercer vástago . El evento acaeció en el domicilio familiar, el día señalado, a las 8 de la mañana .
Los Zorzano eran comerciantes, del ramo de la mercería. Tanto su negocio como su vivienda estaban situados en el número 1902 de la calle Corrientes , haciendo esquina con Riobamba, a unos dos kilómetros de la Plaza de Mayo y a nueve cuadras de la Plaza Once. La ubicación era buena, en zona muy comercial y de clase media alta, sólo a cuatro manzanas del emplazamiento donde, cuatro años después, se inauguraría el majestuoso Palacio del Congreso.
Todavía no habían comenzado los trabajos de ensanchamiento que convertirían la calle de Corrientes en avenida. Por ella circulaban los tranvías que estableciera en 1887 la empresa de Federico Lacroze.
Aunque Antonio y Teresa habían sido bautizados al día siguiente y a las tres fechas de sus respectivos nacimientos , no se apresuraron para cristianar a sus hijos. Sin embargo, el día 16 de septiembre, papá Zorzano presentaba al niño en la sección cuarta del Registro Civil. Al inscribirlo, hace constar los nombres de los abuelos: Isidoro Zorzano y Feliciana Pérez, por vía paterna; Francisco Ledesma y Salustiana Pérez, por la materna .
Los cuatro eran españoles y naturales del mismo pueblo: el de Ortigosa, en la riojana Sierra de Cameros. Tres de ellos habían nacido, concretamente, en la aldea de Peñaloscintos —lugar de unas treinta familias, pero con parroquia propia— perteneciente al citado municipio. Las dos abuelas, Feliciana y Salustiana Pérez, eran hermanas: Antonio Zorzano y Teresa Ledesma eran, por consiguiente, primos carnales, aunque sólo se habían conocido en Argentina.
Hacia 1878, la abuela Salustiana, viuda poco después de nacer en Madrid su hija Teresa, se había trasladado con la niña, futura madre de Isidoro, a Buenos Aires, donde un hermano suyo regentaba una mercería.
Por su parte, unos siete años más tarde, también Antonio Zorzano había emigrado a la capital argentina. Allí vivía otro tío suyo, Fernando Zorzano, soltero y propietario igualmente de una mercería.
El deseo de conservar dentro de la familia el patrimonio, adquirido con un trabajo duro, producía entre los emigrantes cierta propensión a la endogamia. Así, en agosto de 1887 Salustiana contrajo segundas nupcias con su concuñado Fernando Zorzano, que falleció al año siguiente. Y a finales de la siguiente década, en abril de 1898, Antonio Zorzano se casaba con su prima —carnal y, durante unos meses, también política— Teresa Ledesma . Poco después los recién casados, y doña Salustiana, establecieron sus reales, domicilio y comercio,
en la calle Corrientes.
En mayo de 1899 había nacido Fernando , el primogénito de Antonio y Teresa. A las puertas del siglo XX, en noviembre de 1900, le había seguido una niña que, como su abuela, se llamaría Salustiana .
Bautismo de Isidoro y Paco. Regreso a España
Casi dos años contaba la pequeña Salus cuando Isidoro vino a arrebatarle su trono como reina de la casa. El niño llevó brillantemente la corona doméstica durante su propio bienio 1902-1904. De todos modos, el cetro familiar parece empuñarlo doña Salustiana, que acumula los oficios de madre, abuela, tía (por partida doble) y suegra, aunque todos —incluidos los nietos— se referirán siempre a ella como «la mamita», según el término utilizado por Teresa.
En una fotografía familiar de la época, la viuda, de sesenta y dos años cuando nació Isidoro, ocupa el centro del grupo: sentada, muestra —no en el regazo, sino ligeramente alzado— a Isidoro, todavía de largo. El resto de los personajes, todos en pie, la flanquean. En el retrato, que pone de manifiesto un nivel burgués alto, sorprende la figura un tanto avejentada de papá. Todavía le faltan unos meses para los treinta y cuatro, pero el agotador trabajo del emigrante ha dejado en él sus huellas, acentuadas por la incipiente calvicie y por un sólido mostacho engomado, amén de la entrecana perilla.
En la mirada de Antonio se adivina cierta preocupación. Buenos Aires sigue resultando una ciudad simpática, en que los Zorzano han hecho fortuna. Pero el dinero no basta, y hay que pensar en el futuro de los hijos.
A comienzos de siglo, las clases de la sociedad porteña, como las de tantos otros lugares, no son todavía demasiado permeables. En Buenos Aires se habla de dos grandes grupos: la «gente decente» y la «gente del pueblo». El salto a la primera categoría resulta particularmente difícil para los emigrantes, con independencia del bienestar económico que hayan logrado. No es previsible que un mercero español, diligente y afortunado, consiga entrar en el Jockey Club: ni él, ni —probablemente— sus hijos.
Aunque naciera en España, Teresa es a efectos prácticos argentina. No así Salustiana y Antonio, que sentían en lo vivo estos problemas y discurrirían su posible solución. En realidad, a la vuelta de unos años, cambiará la mentalidad en casi todo el mundo; y un capital respetable cubrirá las modestias genealógicas. Pero ni la «mamita» ni su yerno podían preverlo. De modo que, poco a poco, van perfilando una idea: trasladarse todos a España, cuando los niños se acerquen a la edad escolar, y permanecer en la Madre Patria durante sus estudios . Las rentas del capital acumuladas en Argentina darían de sobra para vivir con gran holgura en La Rioja natal. Cuando regresen a Buenos Aires, tal vez su esmerada educación permita que los hijos de Antonio y Teresa entren, directamente, en el estrato de la «gente decente».
El proyecto exige ir liquidando sin prisas, en el momento más ventajoso, los actuales negocios.
El último domicilio porteño de la familia está en el 3040 de la calle Alsina : no lejos de la Plaza Once, donde nacía el primer ferrocarril argentino. Desde muy pequeño anduvo Isidoro cerca de los trenes.
En la casa de Alsina pierde la realeza, con el nacimiento de su hermano Paco, el 2 de junio de 1904 . Antonio y Teresa, aunque algo descuidados, siempre habían hecho bautizar a cada uno de sus hijos —Fernando y Salus— antes de que naciera el siguiente. Pero Paco ha venido al mundo sin que Isidoro, de casi dos años, fuese cristiano. Y todavía tardarán diez meses en llevar, juntos, a los dos pequeños a la parroquia. Aunque luego cambiaron de idea, durante algún tiempo proyectaron bautizarlos, como solían hacer algunos emigrantes, ya de vuelta en España, en la misma pila que sus mayores. De todas maneras, a Isidoro lo habían incorporado, siendo todavía un bebé, a una Cofradía del Apóstol San Pedro. Un par de semanas antes de morir, el propio interesado contará divertido el peregrino ritual de ingreso: «Para entrar se necesita demostrar que se puede tomar sin dificultad un vaso de vino; y yo entré... a los dos meses. ¡Menos mal que me ayudaron!» .
El matrimonio Zorzano-Ledesma, con ser católico, carecía de una sólida formación religiosa y, por estas fechas, hubieron de bregar duramente y mudar su domicilio con frecuencia. El azacanamiento y el desarraigo de estas personas no facilita su atención pastoral. Y el horario comercial, sin tregua los domingos, disminuye aún más las posibilidades de una catequesis profunda y sistemática. También estaban muy ajetreados en liquidar y colocar bien sus dineros.
Invertirán los ahorros en el Banco Español del Río de la Plata, que marcha viento en popa. El nombre mismo, «Español», indica su condición de puente para el trasvase de negocios y capitales entre Buenos Aires y la antigua metrópoli. Son muchos los emigrantes, indianos, que desean disfrutar en su tierra los lucros trabajosamente conseguidos en América. El dinero queda, de momento, en el país donde lo ganaron; pero en cualquier momento pueden disponer de él, a miles de kilómetros. La familia Zorzano-Ledesma fija la fecha de su partida para el 1 de mayo de 1905, en el vapor León XIII, de la Compañía Trasatlántica.
Pero antes de acometer el viaje, ultimados ya sus preparativos, queda un cabo por atar: el Bautismo de los dos niños que, por fin, se celebra el 12 de abril .
Isidoro, con dos años y medio largos, entrará por su propio pie, llevado de la mano, en el baptisterio. Paco, que no ha cumplido el año, irá en brazos. La parroquia está dedicada a la Santísima Virgen, bajo la advocación patronal de La Rioja española: Nuestra Señora de Balvanera. Isidoro conservará toda su vida el recuerdo consciente de su Bautismo.
Trece días después de la ceremonia, el martes 25, atracaba en Buenos Aires el vapor León XIII. El 28 ha terminado la operación de descarga y se comienza el embarque para el regreso a Europa.
La travesía será de carga y pasajeros. Aparte de la tripulación, viajan quinientas cuarenta y cinco personas. La estadística naviera de la época sólo consideraba pasajeros a los clientes de primera clase, que en esta ocasión fueron setenta y uno; entre ellos, los siete miembros de la familia Zorzano (la abuela Salustiana; los papás, Antonio y Teresa; y los niños Fernando, Salus, Isidoro y Paco). Al resto, a los viajeros de segunda (52) y de tercera (422), se les llamaba «emigrantes» .
El lunes 1 de mayo de 1905 resultó una jornada más bien fresca, que amaneció medio nublada para encapotarse del todo a lo largo del día. Pero el fenómeno más curioso, reseñado por la prensa, fue que «hasta las tres de la tarde el río estuvo [...] muy bajo, lo que demoró la entrada y salida de los vapores de ultramar. Después de esa hora la marea repuntó y se normalizó el movimiento del puerto» .
Habían pasado, pues, las 3 de la tarde cuando el León XIII soltaba sus amarras. En los muelles del Puerto Madero (junto al galpón en cuya pared se leen las palabras: Dique 4, Sección 2), quedan los tíos, primos, vecinos y amigos.
El Buenos Aires que dejan Isidoro y los suyos tiene un millón de habitantes (1.025.653, para mayor precisión), que serán millón y medio antes de diez años.

Capítulo II
INFANCIA EN LOGROÑO (1905-1912)
Mientras Argentina conoce, entre 1905 y la Primera Guerra Mundial, un período de gran pujanza, no sucede lo mismo con la España a la que regresaban Antonio Zorzano y Teresa Ledesma, con sus hijos.
Por el contrario, en aquellos años atravesaba España una de las fases más problemáticas de su historia contemporánea. La pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en 1898, hizo tomar conciencia de que el país había venido a ser una potencia de ínfimo orden.
En lo económico, se sufre la pérdida del mercado ultramarino. El obrerismo se organiza, para sus reivindicaciones, en torno al socialismo y al anarquismo. Este último sacude al país con la violencia terrorista. A ello se suman los brotes de regionalismo independentista, sobre todo en Cataluña y en el País Vasco.
Declarado mayor de edad con 16 años, Alfonso XIII había comenzado a reinar el 17 de mayo de 1902 (cuatro meses antes de nacer Isidoro). En verano de 1903, había visitado Logroño.
Era la capital riojana una pequeña ciudad provinciana, centro comercial y administrativo de la zona. Alcanzaba por entonces la cifra de 20.000 habitantes y comenzaba sus primeros ensanches urbanos: el índice de crecimiento demográfico era elevado y, por otra parte, estar censado en la capital otorgaba la consideración de «señorito».
En cuanto a preferencias políticas, la provincia era claramente liberal. Se trataba de un liberalismo no doctrinario —los riojanos, por ejemplo, se consideraban fervientes cristianos—, sino más bien de adhesión personal a los líderes liberales, como el recién fallecido Sagasta y su sobrino Amós Salvador.
En lo eclesiástico, La Rioja constituía la diócesis de Calahorra-La Calzada. De acuerdo con el Concordato de 1851, la Sede diocesana debería haberse mudado a la capital; pero la oposición de las dos ciudades titulares había impedido el traslado. También es cierto que Logroño carecía de catedral, aunque su templo de Santa María de la Redonda tenía rango de «Insigne Iglesia Colegial». Aparte de la Redonda, dos parroquias más cuidaban de la feligresía local. Algún otro templo, el Seminario Conciliar y varias comunidades religiosas, así como los colegios de los Hermanos Maristas y La Enseñanza, completaban el cuadro institucional de la Iglesia.
Por lo que se refiere a la economía, los primeros años del siglo XX no estaban resultando muy boyantes para la región. Desde 1900 la plaga de la filoxera atacaba las viñas riojanas, y la producción vinícola se redujo a un décimo de lo habitual. Aunque la ciudad presumía de no tener mendigos, lo cierto era que escaseaban los productos de primera necesidad.
Entre Ortigosa de Cameros y Logroño. Una nueva hermanita
Los Zorzano llegan a España a primeros de junio, probablemente por el puerto de Barcelona. Según recordará la tradición familiar, antes de desembarcar hubieron de guardar cuarentena . Fue la única peripecia singular del viaje, que por entonces duraba unos dieciséis días de puerto a puerto.
En el trayecto a La Rioja, mamá cuidaría de los niños: Fernando, de seis años; Salus, de cuatro y medio; Isidoro, de tres, y Paco, a punto de cumplir uno. De la impedimenta deberían ocuparse Antonio y doña Salustiana (la «mamita»).
A su llegada a España, los Zorzano se establecen provisionalmente en Ortigosa de Cameros, cuna de la familia.
Situada donde el Río Seco entrega sus pocas aguas al Alberco, subsidiario del Iregua, la villa trepa en anfiteatro por las laderas que guardan el cauce del río. Los amplios caserones, separados por tortuosas callejuelas, a menudo escalonadas y empedradas con guijarros; los pretiles que sujetan el empinado terreno; los soportales sobre postes de roble o piedra; la mole de las dos iglesias —San Martín, la parroquial, y San Miguel— que coronan los dos barrios, a uno y otro lado del Alberco, así como los árboles y rocas del contorno, recuerdan al viajero los caseríos de un Nacimiento. Fresco en verano, el pueblo alcanza en invierno temperaturas muy por debajo de los cero grados.
Poco ha cambiado la villa desde que marchó Antonio, hace unos veinte años. Es nuevo, eso sí, un personaje importante: el maestro don Melchor Vicente. Sus cinco hijos, especialmente el segundo —Salvador—, serán buenos amigos de Isidoro y sus hermanos . Don Melchor no solamente enseñaba a los niños a leer y hacer cuentas. También los educaba en el sentido cristiano de la vida.
Cuando llega el otoño, las palomas torcaces vuelan sobre Ortigosa, para evitar las alturas del Mojón Alto y del San Cristóbal. Su paso es momento de cita para los cazadores y señal para que los veraneantes más remolones vayan haciendo sus maletas.
Y a Logroño se marchan Antonio y Teresa con sus hijos. Han encontrado una buena casa en las afueras, al sur de la ciudad: concretamente en la letra Z de la calle General Vara de Rey . Se trata de unas «afueras» más bien relativas: tres o cuatro minutos se tarda en llegar, caminando, al Instituto General y Técnico; unos cinco, a la Colegiata de la Redonda.
Los Zorzano se han traído de Ortigosa dos sirvientas. Con su ayuda, el trabajo de las señoras de la casa, madre e hija, no resultaba excesivo. Más holgado aún será el género de vida, como «rentista», de Antonio. Aunque el duro bregar de Buenos Aires ha avejentado su presencia, sólo tiene treinta y cinco años.
El 27 de marzo (1906) nacía la hermana pequeña de Isidoro . En el registro civil será inscrita como María Teresa, aunque casi nadie la llamará por su nombre. Cuando mamá ve a la niña, ya lavada y vestida, estalla en alabanzas de acento porteño:
—¡Es un chiche! .
En honor a la verdad, su hermana Salus era bastante mejor parecida que la pequeña María Teresa. Pero ésta será para siempre «Chichina». Por otro lado, no recibirá su nombre en la pila bautismal hasta marzo de 1907 . Al comprobar que Chichina tenía ya un año, el sacerdote dirigió un amable reproche a los padres, diciendo a la niña: «¿Has venido tú solita, andando?». Isidoro —que sí había ido por su pie a la pila, dos años antes— revivió, ahora como espectador, la ceremonia de su propio Bautismo.
La familia residirá pronto en el número 2 —segundo piso, derecha— de la calle de las Delicias (llamada después Miguel Villanueva), que cerraba por el sur la plaza-parque del Espolón . Varios parientes ocuparán viviendas en la misma escalera. Las traseras del edificio lindaban con los terrenos del ferrocarril. Para ver los trenes, a Isidoro le basta con asomarse a las ventanas posteriores de su casa; y para tocarlos no necesita ni siquiera cruzar la calle: con sólo salir del portal y girar por la primera entrada a mano izquierda, ya está en la plazoleta de la estación.
En octubre de 1908 debió de comenzar Fernando, el hermano mayor de Isidoro, a frecuentar el Colegio de San José, de los Maristas, situado en la calle del Mercado.
En el sosiego de la sierra estaban, casi seguro, los Zorzano durante la «semana trágica», que zarandeó a Barcelona el verano siguiente. La agitación del país se notaba menos en el pueblo; y la familia retrasaría su regreso a Logroño, aunque este año también la niña mayor había de acudir al colegio. Salus, que ya sabía leer y escribir, enseñaba con esfuerzo las primeras letras a Isidoro. Éste, además, asistía a las clases de don Melchor Vicente. Era lo que hacían los hijos de muchos veraneantes, cuyos colegios empezaban el curso más tarde que la escuela municipal de Ortigosa.
Los domingos Isidoro acudía en filas, con los otros escolares, a la Misa Mayor del pueblo. El maestro, a la vuelta de los años, escribirá: «En este acto ya no era niño: hombre maduro o ángel. Parece que lo veo todavía» . Posiblemente la afirmación sea hiperbólica; pero, aun tratándose de un chiquillo normal, Isidoro manifiesta por la religión un interés que no cabe atribuir al ambiente familiar, poco fervoroso en materia de piedad. El Espíritu Santo actúa ya en su alma infantil y, quizá sin comprender a fondo el sentido de las palabras, la criatura repite una letrilla eucarística: «vamos niños al sagrario,/ que Jesús llorando está;/ pero, viendo tantos niños,/ bien contento se pondrá» .
El 5 de mayo de 1910 Isidoro asiste a la Primera Comunión de su hermano Fernando, en la parroquia logroñesa de Santiago el Real .
Isidoro, colegial. Primera Comunión
El curso 1910-11, recién cumplidos los ocho años, Isidoro asiste ya al colegio de los Maristas . Los buenos Hermanos, contribuirán en medida notable a desarrollar los gérmenes de la gracia que, con el Bautismo, había recibido el niño. Y, a través de la criatura, se tonifica el ambiente cristiano de la familia. De hecho, Isidoro transmitirá el sentido religioso a sus padres; sobre todo, a mamá. Resulta enternecedor ver cómo Teresa empieza a rezar —no sabía hacerlo— con las oraciones que su hijo le va enseñando, nada más aprenderlas él .
Isidoro, que ya sabe leer y escribir —sus esfuerzos les había costado tanto a Salus como a él— es un niño más bien retraído y observador. Había seguido muy atento la Primera Comunión de Fernando y, durante este primer curso escolar, su idea fija será recibirla también él. Salus, que acaba de cumplir sus diez años, está recibiendo en el colegio La Enseñanza, de la Compañía de María, la preparación para comulgar —según es costumbre— la próxima primavera. Pero nadie, al menos en casa, toma muy en serio los deseos de Isidoro, por más que hace unos meses —el 8 de agosto de 1910— el Santo Padre Pío X ha permitido que los pequeños accedan a la Sagrada Eucaristía desde que lleguen al uso de la razón, en torno a los siete años.
El niño insistía una y otra vez. Teresa le respondía:
—Eres muy pequeño .
Isidoro no se daba por vencido y consiguió que su madre hablase con los Maristas. A juicio de los Hermanos, el niño podía comulgar porque tenía «un conocimiento y fervor superiores a sus años» .
En la primavera de 1911 celebraron, por tanto, los Zorzano dos Primeras Comuniones. La de Salus, el domingo 30 de abril . Unas semanas después, el día de la Ascensión del Señor, recibía Isidoro por primera vez a Jesús Sacramentado, en la Iglesia de Santiago el Real . Pasados muchos años, Salus escribirá que su hermano comulgó «con una preparación muy fervorosa, como todos los actos religiosos que realizaba, pues desde niño llamaba la atención en la iglesia por su recogimiento, raro en esa edad, y daba ejemplo de piedad a todos sus compañeros» .
Era uno de los más pequeños en el grupo de cuarenta y cinco niños que comulgaron aquel día «bajo la dirección de los Hermanos Maristas», según se hacía constar en los recordatorios. Isidoro, como casi todos sus compañeros, vestía un trajecillo oscuro, con calzón hasta media pierna. En el brazo izquierdo, un vistoso lazo de raso blanco, rematado con flecos trenzados en hilo de oro: en uno de los colgantes del brazalete lleva pintado un ángel, a cuyo lado hay un cáliz con una sagrada forma y la cruz como fondo. En el otro extremo, figuran las iniciales (I en azul, Z en rojo), así como la fecha: 25 Mayo 1911.
Mucho se comentó aquella primavera el esplendor con que Madrid, pese al teórico anticlericalismo oficial, había celebrado el XXII Congreso Eucarístico Internacional. Toda España aprendió el himno compuesto para la ocasión: «Cantemos al amor de los amores...».
Isidoro, que conserva como primera impresión consciente la imagen de su Bautismo, sigue con atención las ceremonias litúrgicas. Tal vez por ello, y por su piedad, algunos parientes piensan que, de mayor, será sacerdote .
Él mismo reconocerá que gozó en su infancia de una devoción sólo recuperada veinte años después, en la década de 1930 . Se confesaba y comulgaba con bastante más frecuencia que los otros niños. De hecho, las madres solían ponerlo como ejemplo a sus hijos .
En casa todos observan que Isidoro, aunque procura disimular, realiza pequeños sacrificios. A la hora de comer deja un poco de aquellas cosas que más le gustan. Su madre comenta:
—A Isidoro ya no le gusta esto, que le gustaba tanto .
Los hermanos, que también asisten a colegios religiosos, saben de qué va el asunto:
—¿No será, precisamente, porque le gusta? .
A veces cargan la mano:
—Anda Isidoro: haz otro sacrificio .
El niño, azarado, calla y sonríe.
Otro tanto sucederá, durante el verano, en Ortigosa. Al regresar sedientos de una excursión, todos beben con avidez, menos Isidoro, que también se limita a sonreír cuando le insisten para que beba pronto .
Muerte del padre
Recién entrado el 1912, Antonio comienza a sufrir terribles dolores de cabeza. Lejos de mejorar con los remedios médicos y con los cuidados de su mujer y de la «mamita», cada vez se siente peor. Los dolores arrecian. El doctor diagnostica «paquimeningitis» y el paciente fallece en la madrugada del 4 de febrero . No había cumplido los cuarenta y dos años.
Teresa es, lógicamente, quien más acusa el golpe. Y todos lo advierten. Por fortuna, tiene quien la rodea de cariño: su madre —con experiencia personal de viudez temprana—, sus cinco pequeños y toda la colección de parientes. Isidoro, con sólo nueve años, se siente en la obligación de dirigir a su madre unas palabras de aliento: le aseguró que todos saldrían adelante y que él procuraría no causarle ningún disgusto ni preocupación . El gesto maduro del niño permanecerá en el recuerdo de la familia; pero, sobre todo, conmueve a la joven viuda, de treinta y nueve años.
Isidoro cumplió la palabra y, al decir de sus hermanos, nunca tuvo Teresa «que hacerle objeción ni reproche alguno» . El prestigio del niño da lugar a una paradoja: él obedecía, ciertamente, a su madre; pero Teresa, por su parte, hacía todo lo que Isidoro decía. Se insinúa ya la jefatura moral del muchacho sobre toda la familia .
La madre, sin embargo, no le consultaría sobre una decisión importante. El difunto Antonio tenía clara la idea de volver, más adelante, a América y continuar con sus hijos el negocio. De hecho, Fernando cursaba, en el Colegio de los Maristas, los estudios profesionales de Comercio. Pero Teresa no se sentirá con fuerzas para llevar a cabo el plan, y se quedarán todos en España.
En cuanto a Isidoro, el próximo curso (1912-13) habrá de comenzar o bien el bachillerato o bien el programa de Comercio que se imparte en el Colegio. Aunque el niño era muy estudioso, no parecía tener gran facilidad para el aprendizaje. Su hermana Salus, exagerando, dirá que, por entonces, la inteligencia de Isidoro estaba sin desarrollar: para «lo que a los compañeros les costaba una hora de estudio, él tenía que pasarse toda la tarde encerrado en casa» .
Teresa habló con los Maristas. Fuera por las dificultades mencionadas, fuera porque la familia carecía de tradición académica, algunos profesores aconsejaron que Isidoro no hiciese el bachillerato. Por aquellas fechas lo cursaban, sobre todo, los muchachos que tenían propósito de continuar una profesión paterna universitaria, como médicos, abogados, etcétera; pero muy pocos de los destinados, por ejemplo, a gestionar un negocio familiar.
En cualquier caso, el 1 de junio Isidoro se presentó a la prueba de ingreso, en el Instituto General y Técnico de Logroño, y aprobó sin problemas el examen .

Capítulo III
ALUMNO DE BACHILLERATO (1912-1918)
Tras el verano en Ortigosa comienza el período, trabajoso para el muchacho, de sus estudios secundarios. Todos los alumnos de bachiller estaban matriculados en el Instituto General y Técnico, donde asistían a clase y presentaban los exámenes. Pero, además, casi todos acudían también a uno de los dos colegios privados de la ciudad: al de San José, de los Hermanos Maristas, o al de San Antonio (colegio seglar, pero con un sacerdote director espiritual). Isidoro permanece, lógicamente, con los Maristas.
En el colegio, a primera hora del día los chicos tienen sesiones de estudio vigilado o de preparación de los ejercicios, traducciones y problemas que habrán de presentar en el Instituto. A media mañana, en filas y acompañados por un Hermano, recorren la calle del Mercado, bajo los soportales cuando llueve. Tras pasar frente a la Colegiata de la Redonda y el Ayuntamiento, salen a la calle de Cervantes y llegan a la noble construcción que alberga el Instituto, donde asisten a clases hasta la hora del almuerzo.
Por la tarde los muchachos vuelven al colegio: allí estudian y reciben algunas explicaciones complementarias. También rezan el Rosario y asisten a clases de religión.
En los tiempos de recreo que fraccionan la tarde los chicos juegan al frontón, a mano, y también al fútbol (entonces, foot ball). Isidoro juega de vez en cuando al frontón, como en Ortigosa .
Se trata de un muchacho muy corriente, que pasa inadvertido. Cuando, al cabo del tiempo, se les pregunte por él, sus compañeros no conservarán unos recuerdos muy definidos. Como mucho, dirán: «No recuerdo haberle visto enfadado, ni tener riñas con algunos compañeros, los cuales le tenían en gran estimación por su carácter serio, espíritu de compañerismo y vida recta» .
El rasgo más acusado de Isidoro, su voluntad a prueba de bomba, se pondrá de relieve principalmente en las largas sesiones de estudio, cuando llega a casa al caer la tarde.
Estudio exigente. Confirmación. Obras de misericordia. Vacaciones en la Sierra de Cameros
Isidoro tiene que trabajar de firme. Su hermana Salus, dramatizando un poco, dirá que a veces llegaban a «saltarle las lágrimas al no comprender una lección; pero redoblaba sus esfuerzos sin una muestra de cansancio, ni mucho menos queja» . Los mayores —continúa— «procurábamos ayudarle, hacerle comprender cosas sencillas; pero, como le costaba, nos desalentábamos nosotros y nos cansábamos; pero él redoblaba sus estudios y no se acostaba sin saberlo» . Se acuesta tarde y se levanta pronto. Cuando, por las mañanas, acuden a despertarlo, a menudo lo encuentran estudiando.
Con semejante régimen, Isidoro aprueba en mayo (1913) todas las asignaturas de primer curso, hasta con calificación de Notable en Lengua castellana .
También en mayo del año siguiente supera todas las asignaturas correspondientes al segundo curso y logra un Notable en Geografía Especial de España .
Dos meses antes, el 14 de marzo, había recibido el sacramento de la Confirmación . A Isidoro, a lo largo de su vida, no le faltarán oportunidades de ejercitar la fortaleza para la que le ha preparado el Sacramento: para profesar y practicar su fe en situaciones personal o socialmente adversas.
Durante la Primera Guerra Mundial, España se mantendrá neutral, lo que trae consigo algunas ventajas de tipo económico. Pero las especulaciones comerciales provocan una subida de precios en los artículos alimenticios de primera necesidad. Esto se hace sentir, sobre todo, en las zonas rurales. Así, La Rioja se ve repleta de pobres y obreros sin trabajo.
Estas estrecheces no afectan a los Zorzano, salvo en un aspecto: que han de practicar en medida creciente la limosna, en una ciudad llena de pordioseros. A estas fechas se debe remontar la preocupación de Isidoro por los necesitados: «No había», dirá su vecino Ángel Villar, «persona necesitada que, acercándose a su casa, no fuera por él socorrida. Tomaba parte en el sufrimiento ajeno» . Otro compañero lo describe «siempre dispuesto a ayudar a todos en cualquier momento, no teniendo en cuenta para nada quién necesitaba de su ayuda» . Tal vez fuera esta generosidad el «algo» excepcional que, sin saber definirlo, también los mayores advertían en el muchacho, ya de doce años y con una sonrisa insinuada, que anima su rostro más bien pensativo .
En el curso 1914-15, tercero de bachillerato, continúan los esfuerzos escolares, incrementados este año por el estudio de la lengua francesa. Salus, la hermana mayor, conoce algo el idioma porque las religiosas de la Compañía de María, cuyas aulas frecuenta, son de fundación francesa. Y se constituye de nuevo en institutriz de Isidoro, pero se impacienta cuando el muchacho se trabuca en la pronunciación o se atasca en algún giro. En ocasiones le golpeaba con el libro o lo mandaba «a paseo». Isidoro salía del cuarto y, a veces, sus guasones hermanos y primos le seguían por los pasillos, mientras él iba repitiendo en voz alta las lecciones. No le importa mucho la broma y, cuando calcula que Salus ha recuperado la calma, vuelve para que le amplíe la explicación .
A finales de curso aprueba, sin contratiempos, todas las materias; incluido el dichoso Francés . Por las mismas fechas, su hermano Paco, que quiere ser militar, aprueba el examen de ingreso en el Instituto.
Las vacaciones en Ortigosa discurren con el sosiego de lo acostumbrado.
Los veraneantes suelen hacer excursiones por los parajes vecinos: el Encinedo, El Santo, la Cerradilla o la Fuente de las Moscas. A veces las giras son a lomo de burro, sobre todo cuando hay que transportar la comida. A Isidoro le atraen particularmente las caminatas de gran distancia: al collado de las Tres Marías, por el norte, o al Mojón Alto, por el sur . A la vuelta de los años dirá que le hubiera gustado ser naturalista y coleccionar insectos, rocas o fósiles .
Isidoro y sus amigos organizan también expediciones a las cuevas que se abren, principalmente, en los macizos jurásicos de calizas. Todos los ortigosanos conocen, desde su infancia, la historia de una de estas grutas, situada en el Cerraoco: allí se había refugiado el General Martín Zurbano, guerrillero durante la Independencia, quien posteriormente se sublevó contra el gobierno, que lo derrotó, capturó y pasó por las armas. Los pequeños del lugar visitan de vez en cuando la oquedad. En una de estas ocasiones Isidoro había quedado, para ir al Cerraoco, con su pandilla. Los amigos llegaron tarde a la cita. El muchacho, con infantil terquedad, está indignado por el plantón: «Pues ya no voy» . Y no fue. Con los años limará estas rigideces, fruto quizá de la exigencia que tiene habitualmente para consigo mismo.
Un nuevo condiscípulo: Josemaría Escrivá. Premios en Dibujo
El 30 de septiembre de 1915 se matricula Isidoro en cuarto curso.
En las clases, matutinas, del Instituto hay este año una cara desconocida. Es alumno del colegio de San Antonio. El nuevo compañero se llama Josemaría Escrivá. «Era fuerte y bien plantado» —dirá Isidoro, refiriéndose a él; «iba siempre vestido correctísimamente. Al mismo tiempo serio y muy alegre: no sé cómo explicarlo» . El muchacho había nacido en Barbastro (Huesca), unos meses antes que Isidoro. Sus padres, don José y doña Dolores, pertenecían a familias ilustres del Alto Aragón. Don José había sido, hasta hacía muy pocos meses, copropietario de un notable comercio barbastrense: su honradez a carta cabal y la imprudencia de algún socio lo arruinaron. A principios de 1915 se había trasladado a Logroño. En septiembre, asentado ya en la capital riojana, había traído consigo a su esposa y a sus dos hijos: Carmen y Josemaría. Instalaron su domicilio en la calle de Sagasta número 18.
Aunque su tono distinguido trasluce la educación recibida, Josemaría resulta simpático y accesible. Sin llegar tal vez a la intimidad, pronto hace buenas migas con Zorzano: solían salir juntos del Instituto, hablando de mil cosas. Isidoro no puede imaginar cuánto significará en su vida el nuevo condiscípulo, ni los estrechos lazos que los vincularán. En Josemaría advierte algunas de las cualidades que él mismo no posee y admira: ingenio pronto, palabra fácil, imaginación viva, desenvoltura en el trato... Le maravilla, sobre todo, su facilidad para aprender las lecciones. Claro está que también Josemaría estudia; pero Isidoro comentará muchos años después: «No lo veía estudiar nunca y sacaba sobresalientes; en cambio yo, todo el día estudiando, y...» . Esto no le desalienta.
Zorzano aprueba todas las asignaturas e incluso consigue un Sobresaliente, con premio, en Dibujo . Crece así su afición por el dibujo, para el que —a diferencia de otras materias— tiene gran facilidad. Y emprende ilusionado la copia de un arco romano; trabajo al que dedica bastantes horas. Cuando, a primeros de septiembre, ha de matricularse para el quinto curso, dirige —de su puño y letra— la siguiente instancia al Director del Instituto:
«M.I. Sr.:
Isidoro Zorzano Ledesma, natural de Buenos Aires, de catorce años de edad a V.S. atentamente expone:
Que habiendo obtenido Sobresaliente con opción a Matrícula de Honor, en los exámenes oficiales de Mayo último en la asignatura de Dibujo 1º curso,
A V.I. suplica le sea aplicada dicho premio a la asignatura de dibujo 2º curso.
Es gracia que el recurrente no duda alcanzar de la reconocida bondad de V.I. cuya vida guarde Dios muchos años.
Logroño 1º septiembre 1916.
Isidoro Zorzano Ledesma» .
En los exámenes finales (1917) obtuvo de nuevo Sobresaliente con Matrícula de Honor en Dibujo, consiguió calificación de Notable en Historia de la Literatura y aprobó las restantes materias . La prensa local echa mano de cualquier «noticia» y el premio de Isidoro, como todos los concedidos por el Instituto ese año, mereció salir en los periódicos .
Fin del bachillerato. Será ingeniero
Al llegar septiembre, Isidoro debe elegir a cuál asignatura de sexto año aplicará la matrícula de honor alcanzada. Se decide por «Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial» . A fin de cuentas, la agricultura le resulta familiar por los veranos en Ortigosa, donde también ha visto de cerca algunas industrias.
El curso empieza en octubre, pocas fechas antes de que Lenin y sus bolcheviques se hagan violentamente con el poder en Rusia. Las noticias llegaron a todo el mundo: también a La Rioja. Por los mismos días en los ambientes católicos se habla de la portentosa danza que interpretó el sol en Fátima, el 13 de octubre, y que contemplaron unas setenta mil personas junto a los tres videntes de la Santísima Virgen. Lo que se sabrá sólo veinticinco años después es que, en su aparición del 13 de julio, Nuestra Señora se había referido a los errores, guerras y persecuciones contra la Iglesia que la nueva Rusia difundirá por el mundo. Isidoro conocerá de cerca algunos de estos efectos de la revolución comunista; y vivirá la experiencia muy cerca de su compañero Josemaría.
El año 1917 se cierra en Logroño con temperaturas insólitas: de 16 grados bajo cero. El Ebro se ha helado y el Ayuntamiento recubre de paja las calles para que se pueda transitar. Un desacostumbrado temporal de nieve azota La Rioja y su capital, en los primeros días de 1918 .
Cuando, por la mañana, la ciudad y sus alrededores aparecen cubiertos por la blanca, fría y silenciosa superficie, unas huellas denotan que alguien ha caminado de madrugada: es un carmelita. Esas huellas serán como un zarpazo en el alma de Josemaría Escrivá, quien vislumbra lo que puede significar el amor de Dios. Barrunta que algo espera Dios de él y que tal vez el sacerdocio, en el que jamás ha pensado, sea un buen modo de disponerse para cuando llegue con claridad la llamada divina .
Isidoro nada sabe de las inquietudes de su compañero, pero atraviesa, también él, su propia crisis personal. Ha sido, casi desde que llegó a Logroño, un niño —después, un adolescente— fervoroso. Su práctica religiosa y su espíritu de sacrificio hacen a muchos dar por supuesto que Isidoro será sacerdote . A quien menos claro le parece que sea ésa su vocación es al propio interesado. Había tratado alguna vez del asunto con el maestro de Ortigosa y habla con un sacerdote, don Valeriano Ordóñez. Por iniciativa de unos parientes, amigos del Prelado, conversará incluso con monseñor Juan Plaza, Obispo de Calahorra. Monseñor quedó encantado de Isidoro. También éste regresó muy ufano a su casa —¡no todos los días se habla con un Obispo!—, ...pero sin haber resuelto nada .
No es Isidoro amigo de cerrar los ojos a los problemas. En este caso, sin embargo, dilata la cuestión hasta el verano. Seguir dando vueltas al futuro mermaría su rendimiento escolar presente. El muchacho tiene un profundo sentido de la justicia y es consciente de los dineros que la familia está invirtiendo en sus estudios: este último curso de bachiller paga en el colegio 67,60 pesetas en concepto de matrícula inicial y ocho mensualidades superiores a las 28 pesetas cada una. De forma que se aplica con toda el alma a preparar los últimos exámenes de bachillerato. Descubre así que la dedicación a un objetivo permite abstraerse de otros asuntos, inoportunos en ese momento —aunque sean importantes, como la posible vocación sacerdotal que le atribuyen—, y mantenerlos en segundo plano, hasta que llegue su turno.
El resultado de tal proceder, que habrá de aplicar con frecuencia en tiempos futuros, será brillante. En el mes de mayo (1918) logra las mejores notas de todos estos años: Sobresaliente, con premio, en Agricultura y Técnica Agrícola e Industrial, a la que aplicara su matrícula de honor del curso anterior. Al estudiarla ha descubierto el atractivo de la técnica industrial. En todas las materias restantes recibe la calificación de Notable . Un éxito en toda la línea. Los profesores que, hace siete años, consideraban problemático su bachillerato no sabían quién era Isidoro, cuya capacidad intelectual —por otra parte— se ha desarrollado con el estudio.
Terminado el curso y llegado el verano, Isidoro no puede seguir dando largas a su determinación profesional.
La guerra mundial está en los últimos coletazos. Son éstos, también para Isidoro, meses de conflicto: de conflicto interior afrontado a plazo fijo. Dijo a su madre que necesitaba descansar unos meses para reflexionar a fondo sobre su futuro. Como de costumbre, fue a Ortigosa, donde no se aisló de los planes habituales en el verano: como siempre, alternó en jiras y excursiones. Tuvo también tiempo para meditar con sosiego y pedir a Dios que le hiciera conocer su Voluntad.
Analiza —analizar se le dará siempre bien— los orígenes de la vocación sacerdotal que le atribuyen. En la tranquilidad camerana comprueba que son los demás quienes lo han venido etiquetando como futuro clérigo. Pero una cosa es cultivar sinceramente la piedad, y otra muy distinta ejercer el ministerio sagrado. Con la honradez que le caracteriza, concluye que Dios no le llama al sacerdocio.
No se siente en la obligación de justificar su determinación, ni de manifestar los razonamientos que le han llevado a excluir la clerecía. El hecho es que jamás experimentará pesar o remordimiento por haber tomado esta decisión. Cuando, a la vuelta de los años, se plantee si Dios no le pide una entrega total a su servicio, se tratará de un problema nuevo, independiente del que ha resuelto este verano de 1918. Ahora debe optar por una carrera.
Su hermana dirá que «sin saber» —los demás— «cómo ni por qué, al finalizar» los tres meses «escribió una carta a mi madre» (que debía de estar en Logroño cuidando a la «mamita» Salustiana, enferma). Se limitaba a comunicar «que lo había pensado mucho y prefería hacerse ingeniero industrial». Teresa «le contestó que lo pensara mucho, pues era cosa trascendental en la vida». Isidoro respondió «que era cosa pensada y decidida» .
Cuando Isidoro se expresa con semejante firmeza, todos comprenden que no hay más que hablar; y, en efecto, nadie vuelve a mencionar el sacerdocio. Salus refiere la extrañeza que la carta produjo en los suyos: «Nos chocó bastante, pues nunca creímos que seguiría tal carrera» . No se sorprendieron tanto porque desechara la idea del sacerdocio, cuanto por la decisión de hacerse ingeniero.
Pese al chasco que se habían llevado con su bachillerato, superado sin un solo suspenso —con bastantes notables y algunos premios—, los parientes vuelven a mostrar escepticismo a propósito de la ingeniería. También esta vez se demostrará que Isidoro no tomaba sus decisiones a humo de pajas.

SEGUNDA PARTE
LA CARRERA DE INGENIERO INDUSTRIAL
Capítulo IV
PREPARANDO EL INGRESO (1918-1921)
La decisión de Isidoro resultaba llamativa, entre otras razones, por la audacia que suponía para un escolar no especialmente brillante. La carrera de Ingeniero Industrial, con rango de enseñanza «superior» —es decir, universitaria— desde 1857, era larga y gozaba en España de gran prestigio: raro era el año en que los graduados llegaban al centenar en todo el país.
Las dificultades quizá mayores de la carrera se situaban en su comienzo, en tres de los exámenes que habían de superar los candidatos al ingreso: el primero, de Aritmética y Álgebra; de Geometría y Trigonometría, el segundo; y el último, de Física y Geología. Las materias debían aprobarse en el orden señalado y sólo cabía una de dos calificaciones: aprobado y suspenso. A estos tres exámenes fundamentales, se añadían otros cuatro complementarios: dos de dibujo y otros dos de idiomas. Eran pruebas, ciertamente, menos duras; pero también había que aprobarlas y su preparación requería un tiempo.
Algunos aspirantes necesitaban cuatro o cinco años para superar los siete exámenes. Tres años era una medida discreta. Muy pocos estudiantes ingresaban en dos cursos. La mayoría preparaban, anualmente, sólo una o dos de las materias principales, más un dibujo y un idioma. Después de fracasar en unas cuantas convocatorias, no pocos desistían y orientaban su futuro por otros derroteros.
Lo primero, por tanto, que debía hacer Isidoro, para llegar a ser ingeniero, era ingresar en una de las tres escuelas existentes: Madrid, Barcelona o Bilbao. La elección recayó sobre la capital de España, donde residían algunos parientes.
1918-1919: En Logroño. Muere la abuela. Exámenes fallidos
La mayor parte de los aspirantes a carreras técnicas superiores preparaban el ingreso en las academias que, con tal objeto, funcionaban en las ciudades sedes de escuela. Teóricamente también cabía intentarlo desde otras capitales de provincia, en academias menos especializadas.
Un triste acontecimiento familiar hará que Isidoro permanezca en Logroño.
Había llegado a España la epidemia de gripe que acompañó a las últimas fases de la guerra mundial y, tras el armisticio, siguió asolando a Europa. Sus complicaciones neumónicas y bronconeumónicas causaron más muertes que la guerra misma.
A principios de otoño cayó enferma doña Salustiana, la abuela de Isidoro. El 3 de octubre otorgaba testamento abierto, en el que instituía heredera de todos sus bienes a su hija Teresa Ledesma . Fallecía cinco días más tarde: el 8 de octubre de 1918 . Los restos de la «mamita» reposan, desde entonces, junto a los de su yerno y sobrino Antonio Zorzano.
El trauma resultó particularmente desolador para Teresa, que siempre había tenido junto a sí alguien en quien sentirse apuntalada. Ahora, con cuarenta y seis años, no le resulta fácil asumir un papel rector y, por el resto de sus días, aparecerá como una mujer bondadosa, quizás algo apocada, que nunca perderá la dulzura de su acento americano.
Isidoro renueva las manifestaciones de apoyo que le hiciera cuando falleció su padre; y se queda en Logroño.
Mamá delega su autoridad en el joven, cuyo criterio siempre dará por bueno. Cuando se trata de reñir a alguno de los otros hijos, es a él a quien toca ponerse serio y hacer la corrección. A Isidoro la situación le resultaba cómica: había adoptado un rostro severo, pero no estaba enfadado. Después de reprender a la hermana o hermano, se solía encerrar en su habitación, donde soltaba la carcajada, a duras penas reprimida durante la reprimenda. Los hermanos se daban cuenta y, en ocasiones, le gritaban desde el pasillo:
—Puedes salir a reírte fuera. Ya te hemos oído .
Pero incluso Fernando y Salus, mayores que él, lo respetan y obedecen. Cuando alguien formula una sugerencia inoportuna, basta con que Isidoro diga: «Imposible» . Los hermanos no insisten, porque sería un empeño inútil:
—No hay nada que hacer. Isidoro ha dicho que no .
De poco sirve recurrir a mamá, que nunca desautoriza las decisiones de Isidoro. Si alguno aventura la apelación a Teresa, ya sabe cómo discurrirá el diálogo:
—Ha dicho Isidoro que no.
—Pero aquí quien manda eres tú; no Isidoro.
—Isidoro ha dicho que no y todo lo hace bien .
Sin embargo, los resultados de este primer año de preparación para el ingreso en la Escuela de Ingenieros no fueron muy satisfactorios. Isidoro ha trabajado en firme, como de costumbre; y en la academia apuestan por el éxito... Ahora bien, en la academia no sabían, realmente, mucho sobre las pruebas de ingreso. Conocían los programas; pero no las características de los ejercicios, que giraban en torno a los problemas.
El 2 de junio (1919) Zorzano será suspendido en el examen de Aritmética y Álgebra, que cierra el acceso a las restantes pruebas fundamentales. En cuanto a las complementarias, aprueba el Dibujo «de adorno». Pero no logra el «apto» ni en Francés, ni en Dibujo lineal .
A Isidoro, que había aprobado a la primera todas las asignaturas del bachillerato, esos suspensos le contrarían mucho. Descubre que los exámenes —el de matemáticas, principalmente— han tenido muy poco que ver con la preparación recibida en Logroño. Habrá que recomenzar prácticamente desde cero. Para reponer fuerzas va unos días a Ortigosa..., donde pilla una pulmonía, que le hace perder la convocatoria de septiembre .
1919-1920: A Madrid. En la Costanilla de los Ángeles
Se impone replantear la estrategia y trasladarse a Madrid, para frecuentar alguna de las academias especializadas. Ha llegado la hora de separarse por primera vez de la familia, al menos durante los meses lectivos.
Isidoro se despide también de los amigos. Entre ellos, de Josemaría Escrivá, que cursa estudios en el Seminario diocesano y ha tenido en febrero un hermano, Santiago, diecisiete años más joven que él. Josemaría, al barruntar su vocación sacerdotal, había pedido a Dios que concediera un hijo varón a sus padres.
Doce horas tarda Isidoro en llegar, por tren, de Logroño al Madrid donde pervive todavía la fauna castiza, inmortalizada por Benito Pérez Galdós, de pregoneros, murguistas, mozos de cuerda, chulapas, horteras, cesantes, rentistas...
La capital de España viene trepando, desde principios de siglo, la cuesta de su segundo medio millón de habitantes. Por las calles circulan unos pocos automóviles; el grueso del tráfico lo protagonizan los chirriantes tranvías eléctricos y los carros de tracción animal.
En 1910 el Rey Alfonso XIII había iniciado, con una piqueta de plata, la apertura de la nueva Gran Vía. La arquitectura urbana se enriquece con edificios singulares, que figurarán entre los más característicos de la ciudad: el templo neobizantino de San Manuel y San Benito, el Hotel Palace, la iglesia de la Concepción, el mercado de San Miguel o el entonces boyante Banco Español del Río de la Plata cuya sede alojará dentro de unos años al Banco Central. En marzo de este mismo año (1919) se ha inaugurado la Casa de Correos.
Isidoro ya conoce la casa donde se alojará: pasó en ella el mes de junio, durante los exámenes. Residirá con la familia de su tío Juan José Pérez.
La vivienda está en la Costanilla de los Ángeles número 4 (más tarde, 6), según se sube desde Arenal a Santo Domingo, a mano derecha, nada más pasar la plazuela de Santa Catalina de los Donados: a un tiro de piedra del oratorio del Santo Niño del Remedio y del Teatro Real. En pleno corazón del Madrid tradicional, muy cerca de la parroquia de San Ginés y no lejos del Palacio de Oriente .
Isidoro comenzará sus estudios en la academia de Mazas, situada en la calle Valverde 22, donde conoce a varios de los que serán sus mejores amigos durante los años madrileños: por ejemplo, Ángel Quesada y Emilio Sobejano . El propietario y director, presume de que su establecimiento —el más antiguo— a lo largo de la historia ha logrado que 877 alumnos ingresaran en las distintas escuelas de ingenieros.
Las exposiciones teóricas no eran lo principal. Estas academias facilitaban a sus alumnos, sobre todo, colecciones de problemas como los propuestos para los exámenes de ingreso, en años precedentes. Los estudiantes dedican bastantes horas a resolver, por su cuenta, dichos problemas, que luego los profesores explican en clase. El régimen de trabajo era exigente.
Isidoro preparó, en este curso de 1919-20, los exámenes de Aritmética y Álgebra, de Francés e Inglés, y el de Dibujo que no había aprobado en junio. Fuera de las horas de clase, pasa la mayor parte del tiempo estudiando, en el comedor del piso de la Costanilla .
A la vuelta de treinta años, Emilio Sobejano recordará que Isidoro «fue siempre un modelo de estudiante» , y evocará sus esfuerzos «para vencer el mismo defecto que yo tuve siempre y del que tantas veces hablamos: la falta de memoria para lo concreto de fórmulas y números» . Emilio, que había aprobado el francés y los dibujos, abandonó pronto las fórmulas y los números, para estudiar Derecho.
Refiriéndose a los mismos tiempos, Sobejano dirá que Isidoro «no fue hombre que alardease de su religiosidad» . Da por descontada la efectiva fe de Zorzano, pero subraya que a su amigo no le gustaba tratar de cuestiones religiosas. Aunque Isidoro experimenta cierto enfriamiento interior, no deja de rezar a diario, ni de cumplir sus deberes cristianos ordinarios. Así, por ejemplo, en estos meses finales de 1919, los domingos solía acompañar a Misa a la suegra de su tío. La señora, con más de setenta y cinco años, no podía ir sola. Acudían a la parroquia de San Ginés y, a la salida, tomaban churros y buñuelos en la chocolatería situada detrás del templo .
Muerte de Fernando. Regreso a Logroño
También Fernando, el hermano mayor de Isidoro, ha llegado a Madrid. Viene para preparar unas oposiciones de ingreso en el cuerpo de Correos. Pronto se siente enfermo: unas altas temperaturas, acompañadas por amodorramiento, son diagnosticadas como fiebres tifoideas. Los parientes se desviven y cuidan con abnegación del muchacho .
Isidoro sufre en silencio y hace todo lo que puede: velar a su hermano, buscar medicinas y mantener informada a la familia de Logroño (procurando no alarmar a mamá). Su carácter introvertido no le ayuda a sobrellevar la difícil situación. Aunque los amigos advierten que lo está pasando mal, únicamente los más íntimos conocen la tragedia: por ejemplo, Sobejano, que trata de apoyar a Isidoro . Pero Zorzano prefiere cargar él solo con la enorme contrariedad.
Las navidades de 1919 debieron de resultar sumamente amargas. Sin sulfamidas ni antibióticos, unas tifoideas podían ser mortales. Finalmente, Teresa se traslada de Logroño a Madrid, para cuidar a su primogénito. Fernando, con veinte años y medio, muere el día 6 de enero de 1920 a las 6 de la mañana . Es enterrado en el madrileño cementerio de la Almudena. Habiendo fallecido por enfermedad infecciosa, de momento resultaba prácticamente imposible trasladarlo a Logroño.
Las noches en vela y, sobre todo, el disgusto no desahogado son evidentes en el rostro de Isidoro, que no se encuentra nada bien. Doña Teresa teme perderlo también y lo lleva consigo cuando vuelve a Logroño . Por otra parte, mamá necesita más que nunca la presencia confortadora del hijo.
El regreso a la capital se dilata varios meses. Pero hay que seguir estudiando: sobre todo, resolviendo problemas-tipo. Desde la academia Mazas le envían, por correo, remesas de problemas . El dibujo y los idiomas son más sencillos de preparar por libre.
De regreso a Madrid, el 3 de mayo se examina Isidoro de Aritmética y Álgebra. Con tantas idas y venidas, la preparación «por correspondencia» no ha bastado, y no supera la prueba . Nuevo disgusto. Pero hay que sobreponerse y apretar en el estudio de las restantes materias.
En estas fechas España se siente convulsionada por la muerte de Joselito. El domingo 16, en Talavera de la Reina, el quinto toro de la tarde, «Bailador», lo empitonó por el vientre y moría pocos minutos después. Un impresionante gentío desfiló, en la capital, ante el cadáver del diestro: su casa madrileña, en la calle Arrieta, no distaba ni dos minutos de la Costanilla de los Ángeles.
El día 21, aprobaba Isidoro el examen de Francés; y dos días más tarde, el de Dibujo lineal y lavado. El martes siguiente supera también el Inglés. Ya puede despreocuparse de las asignaturas «complementarias»; pero le quedan las tres fundamentales .
En los meses de verano dará el definitivo empujón a la Aritmética y Álgebra. Como a la tercera va la vencida, el 22 de septiembre logra el aprobado, que le ha supuesto casi dos años de trabajo . Isidoro acaba de cumplir los dieciocho.
1920-1921: Todos a Madrid. Superado el ingreso
Mamá Teresa comprende que su hijo sólo llegará a ser ingeniero si reside en Madrid. Pero ella soporta muy mal las ausencias, forzosamente largas, de Isidoro. Cabe una solución: trasladarse todos a la capital que, por otro lado, es la ciudad natal de Teresa. Viviendo la familia en Madrid, también Paco estará más cerca de casa cuando ingrese en la Academia militar de Toledo. Y a Madrid se fueron.
También deja Logroño, por las mismas fechas, Josemaría Escrivá, para continuar sus estudios sacerdotales en la Universidad Pontificia de Zaragoza.
El nuevo hogar de los Zorzano está en el número 21, piso cuarto, de la calle de los Reyes : a mano derecha según se sale de la Plaza de España, muy cerca de la Universidad y del Ministerio de Gracia y Justicia. También quedan próximos el Palacio de Liria y el Cuartel de la Montaña (en la «montaña» del Príncipe Pío, que otea sobre la estación del Norte).
Dispuesto a no fallar nuevamente, Isidoro ha cambiado de academia. Acude a la de Soto (en la calle de la Bolsa, nº 14), donde se preparan el 85% de quienes ingresan en la Escuela. Allí conoce a buena parte de sus futuros condiscípulos de carrera, como Manuel Avello Ugalde y Manuel Puyuelo .
Los Zorzano cultivan sus relaciones sociales. Las «visitas» son una institución en estos años. Mucho tiempo después, un futuro compañero de trabajo —Anselmo Alonso— recordará esta costumbre del visiteo: «Conocí a Isidoro a fines del año 1918 o principios de 1919» —se equivoca en dos años— «por ser visita de casa de mis entonces futuros padres políticos, la madre Dña. Teresa Ledesma, viuda de Zorzano y sus hijos, todos ellos personas muy honorables y religiosas» . Anselmo trabaja en los Ferrocarriles Andaluces (Málaga), pero viaja a menudo a Madrid. A quien más trata de los Zorzano es a Salus, «por ser muy amiga de mi novia de aquellos tiempos y después mi esposa, solía acompañarnos en nuestros paseos» . En algunas ocasiones «venía también con nosotros su hermano Isidoro» .
En España se agudiza el clima de violencia, con desórdenes sociales, huelgas continuas, agresiones y actos de terrorismo. Alfonso XIII señalará que este año de 1921 es el más triste de su reinado. En julio los hombres del moro Abd-el-Krim dan muerte a nueve mil soldados españoles en Annual (cerca de Melilla). El país se acongoja con el desastre.
Entre tanto, Isidoro anda muy centrado en sus estudios: sólo le faltan los exámenes de «Geometría y Trigonometría» y de «Física y Geología». El 19 de mayo aprueba el primero; y el viernes 27, el de Física y Geología . Ha logrado ingresar en la carrera de Ingenieros: es uno de los 17, sobre 300 candidatos, que lo consiguen en esta convocatoria.
Descansa unos días en La Rioja y se llega por la academia de Logroño: «¿Ve usted cómo ha ingresado?» , dice sin arrogancia. El director comentará: «Cuando Isidoro se propone algo...» .
Para Zorzano son éstos unos meses de distensión. La novedad de afeitarse a diario le proporciona la satisfacción de sentirse mayor. Isidoro conservará siempre la piel fina. Pero su barba crece con vigor, y le causará serios problemas a la hora del rasurado. Al afeitarse deja crecer sus patillas, conforme a la moda del momento. Una fotografía fechada el 27 de septiembre —recién cumplidos los 19 años— lo muestra con Salus y la novia de Anselmo Alonso (que tira la instantánea). Aparecen los tres cómodamente sentados, en sendos sillones-canasta de mimbre, y tomando cerveza en el paseo de coches del parque del Retiro. Las damas van de oscuro, con amplios sombreros de los que penden vaporosos velos. Isidoro, con el pelo bastante más largo de lo que acostumbrará, viste —pese a ser casi verano— un traje con chaleco, pañuelo blanco en el bolsillo superior de la americana y llamativos calcetines de fantasía.
Unos días antes había formalizado su matrícula en la Escuela Central de Ingenieros Industriales, como alumno de primer año .

Capítulo V
PRIMEROS AÑOS DE CARRERA.
LOS ZORZANO, ARRUINADOS
La carrera de Ingeniero Industrial constaba de seis cursos, que iban siendo progresivamente más técnicos o profesionales. El primero era de carácter más bien científico-fundamental. Su asignatura básica era el Análisis matemático, a cuya enseñanza oral se dedicaba hora y media todos los días, sábados incluidos. Las restantes disciplinas eran la Geometría descriptiva, la Química y el Dibujo.
Como la docencia era legalmente compatible con otros trabajos, bastantes profesores procuraban dictar sus clases a primera hora de la mañana: a las 8.
Isidoro tiene, pues, que madrugar para tomar el tranvía que le llevará hasta la Escuela, ubicada en el llamado Palacio de Exposiciones, en los Altos del Hipódromo, al final de la Castellana (zona, entonces, bastante periférica y a medio urbanizar).
Aunque las lecciones teóricas suelen ser por la mañana, con frecuencia hay que volver por la tarde, para las clases prácticas: de problemas o laboratorio.
Compañeros y amigos. Buenas calificaciones
Isidoro ya conocía, de las academias preparatorias, a bastantes de sus compañeros. Otros condiscípulos de su curso serán Tomás Delgado, Casimiro Mahou, César Rubio, Calixto García, Joaquín Fernández Natera, Juan Manuel Font (que se ordenará sacerdote después de terminar la carrera), Luis García Morales, Rafael Altamira, Manuel Peñalver, Francisco Velasco, Luis Herrando, Florentino Fernández Salaverri... Casi cuarenta, de los que unos treinta terminarán con él la carrera.
Los meses primeros son de tanteo. Aunque poco más o menos todos son de la misma edad, el aspecto juvenil de Isidoro y, sobre todo, su carácter apacible y nada retorcido hace que los compañeros lo denominen cariñosamente «Zorzanito» .
No es un estudiante dicharachero, con ingenio chispeante, de los que acaparan atención y conversaciones. Resulta, más bien, callado. Pero, poco a poco, los demás comprueban su bondad y su sentido de responsabilidad. En los primeros años de carrera se pasa lista cada día en las clases. Isidoro, a fin de curso, no tendrá una sola falta no ya de asistencia, sino ni
siquiera de puntualidad, aunque vive a unos cuatro kilómetros de la Escuela.
En cuanto al estudio, «sin hacer alarde del trabajo que representaba» —dirá bastantes años más tarde su buen amigo Ángel Quesada— «siempre sabía las lecciones y entregaba sin retraso sus ejercicios» .
A la salida de clase suele dar un paseo con algunos de los compañeros con quienes congenia mejor: el propio Quesada, Sagrera, Font o algún otro. En ocasiones, cuando llega el buen tiempo, acuden varios a estudiar, bajo los árboles, sentados en los bancos del Retiro. No dejan de acercarse al estanque donde se está terminando el más aparatoso conjunto escultórico de Madrid: el monumento al rey Alfonso XII. Hablan de las incidencias escolares y de las noticias de la prensa. A Isidoro, celoso de su intimidad, no le gusta conversar sobre asuntos propios, muy personales, o familiares .
Distingue cuidadosamente entre lo que son simples compañeros y los amigos. Enemigos no se le conocen, ni se le conocerán: nadie sabe de ningún condiscípulo que se indispusiera con él. Sin ser una figura brillante, o popular en la clase, todos le quieren bien. Nunca lo verán perder la cabeza: ni exaltado, ni particularmente deprimido (aunque la procesión vaya por dentro, que es por donde a Isidoro le gusta que vaya). Siempre se muestra sereno, contento y dispuesto a echar una mano, en cualquier momento, a quien haga falta.
En el mes de marzo (1922), Teresa y sus hijos se mudan al piso segundo del portal contiguo, número 19 (actualmente 13), de la misma calle de los Reyes . En la casa, con ascensor y portero, sólo hay una vivienda por planta y tiene balcones tanto a la calle de los Reyes como a la de San Ignacio. Su vecindario resulta más distinguido que el del número 21.
Las niñas del primer piso suben a veces a jugar, a prendas, con Salus y con Chichina. Lógicamente Isidoro, estudiante de ingeniería, no participa en esos juegos, por lo que las pequeñas lo consideran persona seria y retraída.
Pero no lo es, en absoluto, con sus colegas. De hecho, por allí se descuelgan a menudo los compañeros de Zorzano, en busca de un problema o de unos apuntes: «era para nosotros —dirán— el recurso en los días en que no habíamos podido o querido hacer los problemas que nos ponían en la Escuela» . A doña Teresa no le hace demasiada gracia esta generosidad de su hijo y suele comentar quejosa:
—Tú haces los problemas y ellos te los copian .

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