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Iter Jurídico

Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gomez Iglesis y Pedro Rodríguez

Itinerario Jurídico del Opus Dei

 

ÍNDICE:

Capítulo 1 : Con la fuerza del carisma fundacional

Capítulo 2 : Peculiaridad del fenómeno pastoral y apostólico

Capítulo 3 : La aprobación de 1941

Capítulo 4 : Ante el 14 de febrero de 1943

Capítulo 5 : El Opus Dei Instituto secular

Capítulo 6 : Los preparativos de una nueva aprobación pontificia

Capítulo 7 : Aprobación pontificia de 1950

Capítulo 8 : En busca de nuevos caminos

Capítulo 9 : El Congreso General Especial

Capítulo 10 : Epílogo, anexos y Estatutos

Apendice Documental

 

PARTE PRIMERA

LA ETAPA INICIAL

 

 

CAPITULO I : CON LA FUERZA DEL CARISMA  FUNDACIONAL

 

 

1. EL MOMENTO FUNDACIONAL DEL OPUS DEI

 

El invierno de 1917-1918 marcó un giro transcendental en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer. Tenía entonces quince-dieciséis años, y era un joven estudiante de los últimos cursos de bachillerato. De carácter alegre, había recibido, en su familia y en los colegios en que había estudiado, una buena formación católica. Era, en suma, un muchacho normal y piadoso, aunque, hasta ese momento, sin particulares inquietudes religiosas. En esa fecha, un hecho en sí mismo pequeño -la visión de las huellas dejadas por un carmelita descalzo sobre la nieve que durante ese invierno cubrió las calles de Logroño, la ciudad en la que vivía-, desencadenó un hondo proceso interior (1). Sintió que Dios se metía en su vida y le pedía una mayor profundidad en su fe, más aún, una disponibilidad plena y radical para secundar cuanto el Señor, en el futuro, pudiera ir manifestándole: eran los barruntos del Amor divino, como le gustará repetir andando los años.

Eso le llevó, de inmediato, a intensificar su oración y su vida de piedad. También, casi enseguida, a la decisión de hacerse sacerdote, al considerar que ése era el camino más adecuado para prepararse a lo que Dios pudiera desear. Pasaron los años. Nuevas dádivas sobrenaturales hicieron cada vez más intensa la convicción de que Dios quería algo de él, aunque continuó sin tener una idea precisa hasta que se produjo lo que constituye el acontecimiento' central de su existencia: la luz recibida el 2 de octubre de 1928. Los hechos anteriores -su infancia, las inquietudes de juventud desde 1917 y 1918, su formación en el seminario y su posterior ordenación y trabajo sacerdotal, sus estudios civiles de Derecho, su traslado a Madrid (2)- se le presentaron, a partir de ese momento, como una preparación de lo acontecido en 1928. Y la claridad que le invadió entonces constituyó, hasta el momento mismo de su muerte, un criterio y un impulso que orientó la totalidad de sus actuaciones.

¿Qué ocurrió ese 2 de octubre? No se conserva ninguna narración datada en esa misma fecha, pero sí diversos testimonios posteriores del Fundador. El escrito más antiguo dista sólo tres años del acontecimiento; se trata de una nota manuscrita redactada el 2 de octubre de 1931: "Hoy hace tres años (recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Angeles) que, en el Convento de los Paúles, recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando; desde aquel día, el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...”(3).

     "Iluminación" "luz" "darse cuenta" "ver" son las expresiones a las que el Siervo de Dios (4) acudió siempre para evocar lo ocurrido en aquella jornada decisiva. Dios se introdujo entonces una vez más en su vida, pero, en ese momento, no ya con insinuaciones y atisbos, sino con luz clara y definitiva. A partir de ese instante supo qué era lo que Dios quería de él, cuál era la tarea a la que debía dedicar su existencia.

Don Josemaría descubrió el 2 de octubre de 1928, en primer lugar, un horizonte apostólico: el de los cristianos esparcidos por el mundo, entregados a las más diversas tareas y ocupaciones; en ocasiones, conscientes de su fe y coherentes con sus exigencias; otras veces, superficiales, olvidados de la vida que ha nacido en ellos con el Bautismo, y aceptando, al menos de hecho, un divorcio práctico entre su fe y su existencia concreta, entretejida con los afanes y quehaceres temporales o seculares. A la vez, e inseparablemente, una llamada, una misión: Dios quiere que consagre la totalidad de sus energías a promover una institución -una Obra, por emplear el término al que acudió desde el principio- que tenga por finalidad difundir entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia de la llamada que Dios les ha dirigido desde el momento mismo de su Bautismo. Más aún, una Obra que se identifique con el fenómeno pastoral que promueve, formada por cristianos corrientes que, al descubrir lo que la vocación cristiana supone, se comprometen con esa llamada y se esfuerzan en lo sucesivo por comunicar ese descubrimiento a los demás, extendiendo así por el mundo la conciencia de que la fe puede y debe vivificar desde dentro la existencia humana, con todas las realidades que la integran: en primer lugar, las exigencias del propio trabajo profesional y, en general, la vida familiar y social, el empeño científico y cultural, la convivencia cívica, las relaciones profesionales...

La luz recibida por el Siervo de Dios el 2 de octubre de 1928 fue netamente una iluminación de carácter fundacional, un carisma de fundador: a lo que desde ese instante se supo llamado, fue, como acabamos de decir, a promover una institución, una Obra. Una Obra, además, que no consistía en una organización con vistas a unos objetivos limitados, sino que presuponía una profundización en la llamada universal a la santidad contenida en el Evangelio, y desembocaba en un fenómeno pastoral de largo alcance. Profundización en el Evangelio, fenómeno pastoral, empresa apostólica, están íntima e inseparablemente fundidos en el carisma fundacional del Opus Dei, cuyo núcleo acaba de ser descrito.

Pero la luz recibida el 2 de octubre, y el carisma fundacional, por tanto, no se limita a los elementos ya señalados, sino que se extiende a otros, a los que debemos hacer referencia, a fin de presentar una descripción relativamente completa, aunque sólo sea en líneas generales, de la actuación y del pensamiento del Fundador de la Obra durante los años primeros. Es lo que abordaremos en páginas sucesivas, operando con método histórico (5).

 

2. CON LA SEGURIDAD DE LA FE

 

Uno de los hechos que salta a la vista cuando se considera la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer es la seguridad y el convencimiento con que, apoyado en Dios, actuó desde el principio: atravesó situaciones muy duras y experimentó, en ocasiones, el cansancio, la sequedad interior e, incluso, el dolor y la amargura; pero nunca le abandonó la firme certeza de que el querer manifestado por Dios el 2 de octubre de 1928 tenía que realizarse. Ante su mente y su corazón estuvo siempre vivo, dándole ánimos e impulsándole a la acción, el amplio panorama, contemplado en esa fecha, de hombres de las más diversas razas y pueblos, presentes en los ambientes y profesiones más dispares, aportando al mundo la luz y el calor de la verdad de Cristo. Regnare Christum volumus; queremos que reine Cristo, que su gracia y su amor fecunden la historia. Omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam; todos con Pedro a Jesús por María: que todos, unidos a Pedro, viviendo hondamente la unidad de la Iglesia, y animados por una tierna devoción a la Virgen, se acerquen a Cristo, se identifiquen con El, hasta llegar a saberse y sentirse hijos amados de nuestro Padre-Dios y, por tanto, hermanos entre sí, servidores los unos de los otros en un empeño constante de paz, de alegría, de fraternidad.

Esos ideales llenaron su alma. Las frases latinas recién citadas, y otras análogas, acudieron, durante aquellos años, con gran frecuencia a su oración, a sus labios e, incluso, a su pluma: más de una vez, en sus notas y escritos personales, interrumpe el hilo del discurso para escribir un Regare Christum volumus, o un Monees, cm Peto, ad Iesum per Marisma, y reanudar luego, sin solución de continuidad, el curso de su pensamiento. Esa profunda vibración interior, ese sentirse comprometido -más aún, hecho una sola cosa- con la voluntad divina que se le había manifestado el 2 de octubre de 1928, no quedó sólo en palabras, sino que se plasmó en obras. "Desde entonces -anotaba en el texto de 1931, antes citado- comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...". No es una declaración retórica, sino un reflejo de la realidad, como confirman numerosos testimonios escritos, completados con recuerdos de esos mismos jóvenes y de otras personas que por entonces le conocieron.

En un primer momento, limitó su apostolado a hombres: pensaba que sólo a ellos se refería la misión recibida el 2 de octubre. Una nueva luz, que tuvo lugar el 14 de febrero de 1930, le hizo comprender que no era así: que debía extender también a mujeres el mensaje espiritual y la llamada que definen y dotan de contenido a la Obra de Dios. En cambio, desde el principio, desde el mismo 2 de octubre de 1928, había visto que en el Opus Dei debería haber no sólo seglares -solteros y casados-, sino también sacerdotes, ya que la mutua cooperación de sacerdotes y laicos es esencial a la plenitud del apostolado cristiano: de hecho, entre los primeros que le escuchan y se unen a la Obra, aún naciente, en 1929 y comienzos de 1930, se encuentran no sólo algunos seglares, sino también un sacerdote -don Norberto Rodríguez-, a quien había conocido con ocasión de diversos encargos pastorales, y a quien hizo partícipe de sus afanes.

Todo comienzo exige, de ordinario, empeño y decisión para superar las dificultades. El Opus Dei no fue una excepción. El joven sacerdote que era entonces don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó con su ministerio a muchas almas. A bastantes, en cuanto daban señales de poder entenderle, les descubría el panorama apostólico abierto en su alma el 2 de octubre. Algunos le siguieron. Otros no le escucharon. Otros, en fin, le oyeron, pero no le comprendieron o, habiendo dado señales de entender, no perseveraron y eligieron otros derroteros. "Las almas se me escapaban de las manos como anguilas", comentará años más tarde, evocando la historia de los inicios (6). Conoció, además, largos períodos de sequedad espiritual, aunque no faltaron tampoco momentos de profundo gozo, y nuevas y sucesivas iluminaciones divinas. Entre éstas, merece ser destacada una, que corrobora de forma inmediata y directa el núcleo del carisma fundacional del Opus Dei. Tuvo lugar el 7 de agosto de 1931 mientras celebraba el sacrificio de la Misa. Narrémosla con las palabras que el propio Fundador escribiera poco después del suceso: "7 de agosto de 1931: Hoy celebra esta diócesis (7) la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de mi residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: 'et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum' (Ioann. 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.

"A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey" (8).

La vibración y el entusiasmo que transparentan estas frases, confirman lo que antes decíamos sobre la convicción profunda que acompañó siempre a don Josemaría Escrivá de Balaguer, y manifiestan el fundamento o raíz de esa convicción: una fe estimulada por las luces e inspiraciones recibidas de Dios, y alimentada por una oración constante, hasta desembocar en una confianza que nada hace desfallecer (9).

Otros sucesos, acaecidos apenas un mes después de los recién mencionados, completaron y desarrollaron la experiencia interior del Fundador, grabando hondamente en su alma lo que constituye uno de los rasgos más sobresalientes de su espíritu: el sentido de la filiación divina. Los narra escuetamente en sus apuntes íntimos. "Estuve considerando -escribe el 22 de septiembre de 1931- las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y -si no gritando- por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle (10). Unos días más tarde, el 17 de octubre, ese sentimiento se agudizó y afianzó en un rato de oración en el que sufrimiento, sequedad y fe viva se hermanaron profundamente: "Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa"(11).

En muchas ocasiones rememoró la profunda experiencia interior vivida en ese otoño de 1931. Período tenso de la vida político-social y religiosa española, marcado fuertemente por la incertidumbre del futuro, en el que don Josemaría Escrivá tropieza, además, con dificultades e incomprensiones. Esta realidad delinea como un trasfondo de sufrimiento y dureza, que, sin embargo, no le aparta de Dios, sino que le lleva a entregarse más a El, identificándose por entero con su voluntad. Y, en ese marco, surge la oración a la que se refieren los textos anteriores. "Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno -comentaba tiempo después-, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Paterl; Abba, Paterl; Abba! Abba! Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso.

"Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios" (12).

En el tranvía primero, al caminar por la calle después, en la tranquilidad de su hogar finalmente, esa conciencia de ser hijo de Dios le llena por entero. No le resulta posible leer el periódico ni hacer cosa alguna: sólo dirigirse a Dios llamándole Padre. Incluso rodeado de gente, mientras recorre las calles en dirección a su casa, esas palabras, Abba, Pater!, ¡Padre!, vienen a sus labios y afloran casi en voz alta. "Me tomarían por loco", comentaría posteriormente. De hecho, una honda conciencia de la filiación divina se marcó desde ese momento en lo más hondo de su alma, presentándosele como el fundamento de ese espíritu de santificación y apostolado en medio del mundo que se veía llamado a difundir.

El sentido de la filiación divina constituyó, en efecto, en su vida personal y en su enseñanza, no sólo impulso y estímulo para una oración sencilla y confiada, para un trato filial con un Dios del que se sabe que es Padre, y Padre que ama "más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos (13), sino luz que permite dirigir una mirada nueva sobre las realidades humanas- también las normales tareas y ocupaciones de los hombres-, percibiendo ahí el reflejo de la bondad de Dios. "La filiación divina -afirmaba en una homilía pronunciada en 1952, pero reflejando ideas que venían de muchos años antes- es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo" (14). Sentirse hijo de Dios es saber que no hemos sido arrojados al mundo en virtud del acaso, ni condenados a un existir sin sentido, sino llamados a la vida como fruto y consecuencia del amor, e invitados, por tanto, a poner amor en todas y cada una de las circunstancias de nuestro vivir, también las más comunes y ordinarias, ya que nada se oculta a la mirada de ese Dios que es Padre.

 

3. HORIZONTES DE SANTIDAD Y APOSTOLADO

 

Los hechos a los que nos hemos referido y los textos transcritos nos han situado ante algunos de los puntos capitales del espíritu y del mensaje del Fundador del Opus Dei. Para captar el tono de su predicación, conviene aludir, además, a otro rasgo muy característico de su vida espiritual: un sentido extremadamente concreto de la esperanza, como consecuencia práctica de la firmeza y hondura de la fe.

"Soñad, y os quedaréis cortos", fue un consejo que el Fundador dio muchas veces, a lo largo de su vida, a quienes le seguían. El hombre de fe no debe ser apocado, sino magnánimo, pronto a entusiasmarse con las cosas grandes. Más aún, ha de soltar su imaginación, soñar con las maravillas que Dios promete. Puede que lo por él imaginado, sus sueños, no coincidan del todo con las realidades que Dios, con su gracia, acabará produciendo. Pero nunca habrá desengaños. Jamás podrá ocurrir que nuestros pensamientos le ganen a Dios la partida. Dios es siempre mayor, más generoso, más creador, que la imaginación humana. Nuestros sueños se quedarán siempre cortos, la gracia irá siempre más allá de lo soñado, y la oración deberá concluir en acción de gracias.

Ese consejo espiritual no fue, en labios de don Josemaría Escrivá de Balaguer, sino el trasunto de su propia experiencia, de lo que vivió en todo momento y, de modo muy particular, durante las etapas iniciales del desarrollo de la Obra. Conoció en ese tiempo, como ya hemos apuntado, dificultades e, incluso, períodos de gran aridez interior. Su afán por contagiar a otros el ideal que Dios le había hecho ver no sólo reclamaba esfuerzo y empeño, sino que desembocó, más de una vez, en el fracaso. Trató apostólicamente a muchos, pero el grupo que se formó a su alrededor, en unidad de afanes e ideales, fue reducido. Y, sin embargo, cuando se encontraba prácticamente solo, siendo un sacerdote joven -veintiséis, veintisiete, veintiocho años     sin medios de fortuna, y en momentos históricos surcados por una profunda crisis política y cultural, don Josemaría Escrivá de Balaguer dejó correr su imaginación para contemplar frutos y realizaciones apostólicas que podrían llegar sólo andando el tiempo, cuando la semilla arrojada por Dios a la tierra el 2 de octubre de 1928, hubiera arraigado y crecido hasta transformarse en árbol frondoso y cuajado.

En ocasiones, sucesos trágicos o manifestaciones de incomprensión o, incluso, de odio a la Iglesia -no infrecuentes en aquella época- le hacían exclamar: "Señor: ¡tu Obra!", si tu Obra estuviera ya desarrollada, tantas almas habrían aprendido a conocerte y cosas así no sucederían. Con más frecuencia aún, hechos muy variados - una noticia leída en el periódico, una frase deslizada en la conversación, el encuentro casual con un amigo o tantas cosas parecidas- le llevaban a imaginar, positivamente, lo que podía significar para la paz y el bien del mundo el espíritu cristiano vivido con intensidad y responsabilidad personal por los hijos de Dios en los más diversos ambientes y situaciones sociales: desde la prensa y las grandes empresas internacionales, hasta las barberías rurales o los trabajos del campo, por citar ejemplos que aparecen en notas de sus primeros tiempos. Su corazón vibraba y su alma se llenaba de admiración y maravilla ante la fuerza y vitalidad de la gracia que su oración le hacía descubrir: "Aquí se vuelve uno loco", exclamaba en cierta ocasión; y, en otra, "no me cabe en la cabeza la bondad de Dios” (15).

Dotado de grandes cualidades de gobierno y de organización, su imaginación era concreta y pasaba fácilmente de las grandes líneas a los detalles. En aquellos primeros años, se manifestó en su viva capacidad para evocar y describir panoramas que impresionaba por su realismo. Así, por ejemplo, cuenta Mons. Laureano Castán, años más tarde Obispo de Sigüenza, con quien coincidió algunos veranos, por tierras de Aragón, entre 1929 y 1932: "Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con que -ayudado por la gracia de Dios- la veía proyectada en el futuro". "No encuentro -prosigue- más explicación a mi perseverancia para rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona" (16).

Nos hemos detenido un poco en la descripción de esta esperanza concreta y vital, que caracterizó el actuar del Fundador, no sólo porque testimonia la huella que dejaron en su alma las luces recibidas a partir del 2 de octubre de 1928, sino también porque ayuda a comprender el modo de constituirse el Opus Dei como fenómeno pastoral. Don Josemaría Escrivá procedió en efecto así: comunicando su fe, descubriendo, a quienes se le acercaban, hondos horizontes de apostolado -las perspectivas de un mundo vivificado por el espíritu cristiano-, e invitando a continuación a comprometerse con ese empeño y, para esto, a ir a lo hondo de la propia condición de cristianos, viviéndola, realizándola, de acuerdo con lo que eran, y allá donde estaban, es decir, como hombres y mujeres corrientes, ocupados en las variadas tareas que dotan de estructura a la sociedad humana. Era en ese contexto donde surgía después la referencia a la Obra, como institución que difundía ese espíritu, con la consiguiente posibilidad de vincularse a esta empresa apostólica.

"El Padre -recuerda una persona que conoció al Fundador en los años 1929 y 1930, designándole con el apelativo con que solían tratarle los que participaban de su labor sacerdotal- hablaba más bien de ser obra de Dios y de hacer la Obra de Dios, que de pertenecer a la Obra" (17). "La Obra -rememoraba el propio Fundador en 1967- salió con el deseo de santidad, que es una de las señales de la llamada divina, y con el afán de superarse. (...) Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos..."; "así -concluía- me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo... Y algunos no saben con certeza cuándo pidieron la admisión (en la Obra)" (18)

Quizá ningún documento refleje mejor esta realidad que el texto de uno de los libros más conocidos de don Josemaría Escrivá de Balaguer: Camino, y su antecedente, Consideraciones espirituales (19). Con esa obra "traté -explicaba su autor, años más tarde- de preparar un plano inclinado muy largo, para que fueran subiendo poco a poco las almas, hasta alcanzar a comprender la llamada divina, llegando a ser almas contemplativas en medio de la calle" (20). Esas palabras expresan perfectamente el ritmo interior de Consideraciones espirituales y de Camino: se empieza situando al lector ante las propias responsabilidades, ante la necesidad de dar sentido a la vida -"Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso", comienza el primero de los puntos de Camino-, se pasa luego a hablar de carácter, de reciedumbre, de empeño, para ir descubriendo después, poco a poco, y de manera cada vez más decidida, horizontes de oración, de vida cristiana profunda, de amor a Dios, de compromiso apostólico, de filiación divina, de entrega, de perseverancia. Y todo, formulado de manera que se impulsa a vivir ese espíritu allá donde se está, en el lugar del mundo en el que cada uno se encuentra y en el que el cristiano corriente debe continuar.

El Opus Dei nació y se desarrolló, en suma, como un fenómeno pastoral de vida cristiana en medio del mundo, ordenado precisamente a la promoción de esa realidad en virtud de la cual se constituía, es decir, a fomentar la toma de conciencia, por parte de quienes se encuentran inmersos en las ocupaciones seculares, de la grandeza y exigencias de la vocación cristiana. Este es, repitámoslo, el hecho o dato esencial, que deberemos tener constantemente presente, ya que rige toda la historia del Opus Dei, también la de ese itinerario jurídico que constituye el objeto inmediato de nuestro estudio. Es obvio, sin embargo, que ese núcleo, aun siendo esencial -e, incluso, precisamente por serlo-, no expresa la totalidad de los rasgos que configuran al Opus Dei como fenómeno institucional concreto: encierra, en efecto, su razón de ser, su finalidad y su naturaleza íntima, pero no la totalidad de los rasgos institucionales que deberemos tener en cuenta para valorar la evolución futura. Resulta, pues, necesario que, volviendo de nuevo a los textos y a los datos históricos, intentemos completar la descripción del Opus Dei en su primera hora.

 

4. LA CONFIGURACIÓN DEL OPUS DEI

 

¿Cómo se configuraba la Obra, qué fisonomía presentaba en sus momentos iniciales? A nivel descriptivo, casi podríamos decir sociológico, la respuesta resulta extremadamente sencilla.

En primer lugar, el propio Fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, quien, rememorando aquellos tiempos, decía de sí mismo que no contaba más que con "veintiséis años, gracia de Dios y buen humor". A lo que habría que añadir su carácter abierto y expresivo, su capacidad de comunicación, su afán sacerdotal, su dedicación a la tarea casi hasta el agotamiento, su profunda vida interior, su trato constante con Dios.

En segundo lugar, el conjunto de los que han escuchado su mensaje y le siguen:

-Algunos sacerdotes -siete u ocho- a los que ha hablado de la Obra, y con cuya colaboración cuenta, en mayor o menor grado. Con varios de ellos la relación fue breve (uno -don José María Somoanofalleció santamente en 1932); con otros dura más tiempo -años-, pero muy pronto llega a una convicción clara: es necesario que algunos de los seglares que formen parte de la Obra reciban la ordenación sacerdotal, pues sólo así se garantiza que haya sacerdotes, formados según su espíritu, que puedan contribuir eficazmente a la labor.

-Un grupo reducido de varones, miembros de la Obra. Como ya esbozamos, de los llegados hasta finales de 1932, sólo uno -Isidoro Zorzano- estará presente en las etapas posteriores; otro -Luis Gordon- muere en noviembre de ese año; los restantes no perseveran. A partir de comienzos de 1933, el panorama cambia, ya que se acercan a la Obra diversos jóvenes cuya vocación se hace firme y se consolida. A mediados de 1936, cuenta ya con diez o doce hombres, completamente decididos y entregados, y que han captado a fondo lo que la Obra significa.

-Algunas mujeres, la primera de las cuales llega a la Obra en 1932. Teniendo presente su propia juventud, el Fundador consideró prudente confiar la formación de estas vocaciones femeninas a alguno de los sacerdotes que le ayudaban y le superaban en edad. Sea por esa razón, sea por otras, acabará advirtiendo que ninguna de esas mujeres ha asimilado el espíritu específico del Opus Dei; en 1939 les aconseja que emprendan otros caminos, y decide recomenzar esta labor casi desde cero (cuenta sólo con una que había conocido el Opus Dei en 1937 -Dolores Fisac- y no había tratado a las anteriores).

Ciertamente, la enumeración podría ampliarse bastante, incluso en lo cuantitativo, si incluyéramos todo el conjunto de personas a las que, por aquellos años, se extendió la labor sacerdotal y apostólica de don Josemaría Escrivá: se cuentan, en efecto, por centenares las personas de las más diversas condiciones que tuvieron oportunidad de recibir su influjo espiritual. Permanece, sin embargo, el hecho de que el núcleo del Opus Dei, en 1936, consistía todavía sólo en el propio Fundador y un reducido número de hombres jóvenes que daban esperanzas de perseverancia y, por tanto, de desarrollos futuros.

¿Qué estructura tenía el Opus Dei en esos momentos?, ¿qué rasgos lo definían, ya entonces, como institución? A este nuevo nivel, la respuesta no puede ser tan esquemática como la anterior. En esos años, la Obra atravesaba lo que el propio Fundador ha definido como "el período de gestación". La semilla, el germen, había sido depositado por Dios el 2 de octubre de 1928, y confirmado en ocasiones sucesivas, pero el cuerpo, el organismo completo, estaba aún en proceso de formación: la Obra no era todavía una realidad plenamente desarrollada.

En estos años, don Josemaría, al hablar a los que atraía hacia la Obra, no les presentaba una cosa hecha, sino un panorama, unos objetivos, un rumbo, una llamada de Dios que es preciso secundar, concretando el camino iniciado a través del proceso mismo de recorrerlo. "La realidad de la Voluntad de Dios estaba clara -comentaría tiempo después-. Había, por tanto, que hacer lo que el Señor ordenaba. Después vendría la teoría; y, encauzando la vida, vendría el derecho. Por eso, yo no les decía a los primeros a qué iban; si no,

hubiéramos tenido que comenzar por el Derecho, por un reglamentito"; "¡No, no! -concluía-. El Reglamento vino después" (21).

¿Qué alcance tiene cuanto acabamos de decir? ¿Cuál era el margen de indeterminación en la configuración del Opus Dei en los años treinta? Dejemos constancia ante todo de que el joven Josemaría Escrivá de Balaguer era consciente de la provisionalidad, o más exactamente, del carácter de aproximación o tentativa, que tenían muchas de sus reflexiones sobre aspectos organizativos; aportación de ideas o datos que habrá luego que valorar y someter a criba. Así lo advierte en sus apuntes íntimos, donde, más de una vez, aparecen frases como "la vida misma, a su tiempo, nos irá dando la pauta", "quizá haya que reformar o corregir lo dicho" y "habrá que atenerse a lo que enseñe la práctica", "Dios dirá", "el Señor inspirará la solución, cuando El quiera". Encontramos también en esos apuntes declaraciones más desarrolladas de alcance general, como ésta de marzo de 1930: "todas las notas escritas en estas cuartillas son un germen que se parecerá al ser completo, quizá, lo mismo que un huevo al arrogante pollo que saldrá

de su cáscara" (22).

Pero, preguntémonos de nuevo, ¿qué es lo que varía y con respecto a qué pueden ser juzgadas o valoradas las variaciones? Otro texto, también de 1930, aunque algo posterior al recién citado -data en efecto del mes de julio-, permite ofrecer una respuesta, ya que contiene una clave hermenéutica que nos ilustra sobre el contexto en que don Josemaría Escrivá de Balaguer situaba sus reflexiones de aquellos años, y sobre la distinción entre lo que, a sus ojos, estaba aún pendiente de determinación -y requería, por tanto, su reflexión y su estudio- y lo que, en cambio, era ya realidad adquirida. Después de unos párrafos dedicados a pergeñar las posibles actividades apostólicas, escribe, en efecto: "No es -desde luego: ya me doy cuenta- no es una cosa definitiva, una iluminación, sino un rayito de claridad" (23). Encontramos ahí, netamente formulada, la distinción entre las "iluminaciones", las luces que concede Dios y constituyen, por tanto, hitos o puntos de referencia definitivos, de una parte; y, de otra, los "rayitos de claridad", los aspectos, detalles y concreciones que la meditación, el estudio o la experiencia permiten entrever e incluso perfilar, necesarios, sin duda alguna, para acabar de dotar de fisonomía a la acción, pero que no poseen evidencia o garantía de verdad por sí mismos, sino que deben ser confrontados con la luz divina original, a cuyo servicio están y a la que deben adecuarse.

El arco de la vida de don Josemaría Escrivá refleja ese esquema, en el que se armoniza una absoluta firmeza en todo lo que se refiere al carisma recibido -el querer de Dios debe ser secundado con radical exactitud, sin tocarlo o variarlo en lo más mínimo-, con una gran capacidad de asimilación de nuevos datos y de adaptación a la mutabilidad de las situaciones históricas; como suele acontecer, por lo demás, en quien posee puntos de referencia definidos y concretos. Porque ésta era de hecho -e importa subrayarlo- la situación de don Josemaría Escrivá, incluso, en el período que ahora consideramos.

La estructura del Opus Dei no estaba aún perfilada en todos sus detalles; muchos elementos de su organización se encontraban en desarrollo o evolución; sin embargo, la Obra no era una realidad informe, un impulso vago e indefinido hacia un ideal, potente quizás, pero carente todavía de un mínimo de soporte estructural, sino una institución dotada ya, desde esos años iniciales, de contornos bien definidos: las luces recibidas el 2 de octubre de 1928, el 14 de febrero de 1930, el 7 de agosto de 1931 y en otras ocasiones análogas, habían dibujado con nitidez una fisonomía no sólo espiritual, sino también institucional, que debía ser plasmada en la vida, completándola sin duda alguna en facetas o detalles, pero, sobre todo, realizándola con fidelidad, pues estaba dotada ya de verdadera y profunda consistencia (24).

 

5. RASGOS DEFINITORIOS DEL OPUS DEI

 

¿Cuáles son esos rasgos que definen la fisonomía de la Obra tal y como la vio su Fundador?; al menos, ¿cuáles son los fundamentales? Intentemos una enumeración, no sin hacer una advertencia previa: lo que aspiramos a ofrecer no es, en modo alguno, una síntesis o una visión panorámica del espíritu del Opus Dei, ni tampoco un esbozo de las implicaciones eclesiológicas, teológicas y existenciales que derivan del rico mensaje espiritual que difundió su Fundador, sino más bien una relación de notas o rasgos que contribuyen a determinar lo que podríamos calificar como fisonomía institucional del Opus Dei, es decir, su naturaleza y estructura, con base en los escritos primeros de su Fundador: ése es, en efecto, el punto de partida del proceso jurídico que aspiramos a examinar y valorar.

El primer rasgo que debemos subrayar, aun a riesgo de parecer reiterativos, es la referencia a un horizonte de santificación del mundo, de instauración del Reino de Cristo, de impregnación de los quehaceres y de las realidades temporales con el espíritu del Evangelio como consecuencia del auténtico vivir cristiano de hombres y mujeres de las más variadas condiciones. Porque ese horizonte constituye, desde la perspectiva de la fundación, el fin al que se aspira o, para ser más exactos -y sobre este punto volveremos, ya que lo consideramos de extrema importancia-, el fruto que se espera. Un fruto de plenitud, de paz, de unidad, que, ciertamente, alcanzará su forma acabada y definitiva sólo en el Reino de los Cielos, pero que, en virtud de la gracia, se anticipa de algún modo en el hoy de la historia, fundamentando una actitud positiva ante la vida y ante las cosas y reclamando un empeño decidido por reflejar ya ahora, mediante la fe y la caridad, la plenitud de amor que Dios nos ha manifestado en Cristo.

El segundo lugar, e íntimamente en conexión con lo anterior, debe ocuparlo la valoración del trabajo profesional, de la tarea que a todo hombre le corresponde desarrollar en el mundo: es con el trabajo y a través del trabajo como el hombre se inserta en el mundo, contribuyendo a su evolución y desarrollo, y es con el trabajo y a través del trabajo como el cristiano corriente puede llevar al mundo el espíritu de Cristo. En su predicación, don Josemaría Escrivá tuvo presente no sólo el ordinario trabajo humano, sino la totalidad de las realidades que constituyen el entramado de la existencia cotidiana, pero atribuyó siempre una importancia primordial al trabajo, considerándolo elemento esencial e imprescindible de la vinculación del hombre con el mundo. De ahí derivan muchas consecuencias, y destacan dos, importantes y paralelas, que afectan a la misma configuración del Opus Dei: la exigencia de que todos sus miembros trabajen, es decir, que tengan una ocupación o quehacer profesional (25); y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo (26).

El tercer lugar debe ocuparlo el sentido vocacional, la existencia de una llamada divina que invita a vivir la fe cristiana con plena radicalidad, dando lugar, en consecuencia, a un compromiso profundo y decisivo. El Fundador no habló nunca del Opus Dei como de una asociación con una finalidad de alcance limitado o restringido, a la que cabe adherirse comprometiendo sólo una parte de la propia vida, sino como de una labor espiritual y apostólica cuya realización afecta a la totalidad de la persona, precisamente porque brota o nace de un querer de Dios. Es ésta, sin duda, una de las razones -y no de las menos importantes- por la que, al designar la institución que promovía, lo hizo mediante la expresión Obra de Dios, y por la que subrayó siempre, con palabras netas, su origen carismático y divino. "No olvidéis, hijos míos -escribía en 1934-, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo" (27). La Obra, el Opus Dei, no ha surgido como consecuencia de la iniciativa de un sacerdote lleno de inquietudes espirituales, sino que es fruto de una intervención de Dios en la historia. No convoca a participar en un proyecto apostólico bien intencionado, al que se contribuye con mayor o menor intensidad según los casos, sino a situarse ante Dios, que llama a cada uno por su propio nombre. En otras palabras, la incorporación al Opus Dei presupone saberse objeto de una vocación o llamada divina, de una invitación que viene de Dios mismo y compromete toda la existencia, que debe, a partir de ese momento, orientarse por entero, en todas y cada una de sus dimensiones, a la imitación y al seguimiento de Cristo, y precisamente -no lo olvidemos- en el trabajo

diario, en las condiciones y avatares normales del existir y vivir en medio del mundo.

En cuarto lugar, y en dependencia de los anteriores, debemos hacer referencia a la honda y decidida llamada a la santidad personal, porque la vocación es invitación a participar en la intimidad de Dios, a vivir de El y para El. "Simples cristianos -anota en junio de 1930, en una densa enumeración de rasgos o notas esenciales-. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!"(28). No se trata de llevar adelante una empresa humana, sino de participar en la aventura divina de la Redención, que reclama, ante todo y sobre todo, identificación con Cristo, y, en Cristo, y por el Espíritu Santo, unión con Dios Padre: por tanto, santidad, oración, vida interior, fe, amor manifestado en obras. El Opus Dei se nos presenta, en suma, como un fenómeno pastoral de plenitud de vida cristiana, en todos sus aspectos, realizado en las circunstancias y ambientes propios de la común condición humana.

Mencionemos, por eso, en quinto lugar, la dimensión apostólica. Saberse llamado por Dios es, siempre y necesariamente, saberse enviado a los hombres, para darles a conocer el amor del que uno mismo se sabe objeto. Descubrir que Dios llama a amarle en y por medio de las múltiples y diversas ocupaciones diarias, es, por eso, saberse no sólo invitado a tratar a Dios en todo instante, sino, además, llamado a contribuir con la propia vida ordinaria a la tarea redentora y a manifestar a los demás hombres, precisamente a través del concreto y diario vivir, que también ellos son objeto de predilección divina: "Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo"; "Eres, entre los tuyos -alma de apóstol-, la piedra caída en el lago. -Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho" (29). Compostura y conversación, ejemplo y palabra, se articulan en un actuar cristiano, que sin rarezas ni gestos llamativos, sino, al contrario, entremezclado con los acontecimientos diarios y tomando ocasión de ellos, contribuye a desvelar la hondura y riqueza de la fe. Surge así, como componente esencial de la dimensión apostólica del cristiano corriente, lo que el Fundador del Opus Dei llamará "apostolado de amistad y confidencia", del que encontramos una buena ejemplificación en uno de los puntos finales de Camino: "Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es `apostolado de la confidencia ”(30).

El conjunto de los aspectos reseñados hasta ahora confluye en un sexto rasgo: la unidad de vida. En los textos del Fundador del Opus Dei llegados hasta nosotros, esta expresión aparece por primera vez en una anotación del 6 de febrero de 1931 (31). Es posible que la usara con anterioridad; en todo caso, la empleó a partir de esa fecha, cada vez con más frecuencia, consciente de que constituía como una síntesis de su mensaje espiritual. Conviene tener presente que la expresión unidad de vida no ofrece, en su predicación y en sus escritos, un alcance meramente genérico, simple expresión de la unificación de las acciones y actitudes en torno a un centro vital. Desde luego, significa ese proceso de unificación y la unidad espiritual resultante, pero connotando siempre la condición laical y secular de aquellos de quienes se predica. Y es así entendida cuando, en plenitud de significado, evoca la totalidad de la experiencia espiritual propia de la Obra. La unidad de vida deriva, en el espíritu del Opus Dei, del saberse llamados por Dios precisamente en el mundo y a través del mundo, que se presenta así como realidad que forma parte de los planes divinos y que, en consecuencia, forma parte también de la vida espiritual del cristiano concreto, integrándose en unidad con las dimensiones teologales y apostólicas. "En el Opus Dei es necesaria, para los hijos de Dios que El ha llamado a su Obra, la unidad de vida. Una unidad de vida que tiene simultáneamente dos facetas: la interior, que nos hace contemplativos; y la apostólica, a través de nuestro trabajo profesional, que es visible y externa" (32). Lo mostrará, en frase aún más completa y gráfica, en la ya citada Instrucción de marzo de 1934, en uno de esos párrafos breves que, hacia el final del documento, aspiran a dibujar los "ideales" que dan sentido al Opus Dei: "Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?" (33).

Como séptimo rasgo, que trasciende el espíritu y perfila el fenómeno pastoral, mencionemos el hecho de que el Opus Dei se dirige tanto a hombres como a mujeres, dando origen, por lo que a su estructuración interna se refiere, a dos Secciones diferentes. En 1928 el Fundador del Opus Dei, como ya expusimos, pensó que su labor debía dirigirse sólo a hombres; el 14 de febrero de 1930, Dios le hizo comprender que la luz recibida año y medio antes tenía que ser comunicada también a mujeres; que también a ellas se extendía el fenómeno pastoral de la Obra de Dios; vio igualmente que uno y otro apostolado, con hombres y con mujeres, deberían proceder con autonomía, aunque en unidad de espíritu, de impulso fundacional y -posteriormente- de estructura institucional. Para expresar esta realidad de unidad y distinción, habla en ocasiones, en los escritos primeros (es decir, los de 1930 y 1931), de "dos Obras"; y también, y más frecuentemente, de "dos ramas de la Obra"; o de "dos Secciones de la Obra"; esta última terminología es la que prevaleció.

Un octavo rasgo, también con repercusiones profundas en la estructura del Opus Dei, es el hecho de que a la Obra pueden pertenecer tanto personas célibes como casadas; más exactamente, que debe haber personas -hombres y mujeres- que, para asegurar la continuidad de las tareas apostólicas, se comprometan a vivir en celibato, y a las que, entre otras cosas, por su mayor disponibilidad fáctica, se les reserven determinadas funciones de dirección o formación. Don Josemaría Escrivá comentó alguna vez esta realidad distinguiendo entre el "estado mayor" y la "clase de tropa" (34), forma de hablar que, como toda metáfora, reclama ser situada en su contexto y que, en este caso, expresa a la vez la distinción de funciones y la participación en la misma empresa apostólica. Porque, y este punto debe ser notado, tanto en célibes como en casados se presupone un mismo fenómeno vocacional de llamada a la santificación en el trabajo profesional y en las condiciones habituales de la vida diaria"(35).

Otro rasgo esencial, el noveno de la relación que estamos ofreciendo, es la presencia de sacerdotes y seglares en íntima cooperación. Añadamos que, viendo a la Obra como una institución destinada a promover entre los cristianos corrientes la santidad y el apostolado, y cuyos miembros son, por tanto, en su gran mayoría, laicos que ejercen las más variadas profesiones, don Josemaría Escrivá entendió la misión del sacerdote como una misión estricta y absolutamente espiritual, orientada no a dirigir las actividades seculares que los miembros de la Obra pudieran realizar, sino a fomentar, mediante el ministerio sacerdotal, su vida interior, el sentido cristiano de la existencia, su afán apostólico. Los sacerdotes -escribe en un texto de 1931- "serán solamente -y no es poco- Directores de Almas"; serán, pues, continúa diciendo, una pieza importantísima en la vida de la Obra, pero, advierte, precisamente en la medida en que sean servidores de los demás, pastores de almas que sepan desvivirse por la santidad de aquellos que han sido confiados a su solicitud espiritual, dedicándoles tiempo, atendiéndoles uno a uno, con clara conciencia de la eficacia divina de "ese apostolado oculto"(36). De ahí el lema que les propone desde el principio: "ocultarse y desaparecer" (37); entregarse a su misión de servicio, renunciando a estar en primer plano, teniendo como meta y razón de ser de sus vidas la promoción de la vida cristiana de aquellos seglares, hombres y mujeres, que se acerquen a su labor.

Señalemos en décimo lugar lo que podríamos describir como valoración de la inteligencia, o, en términos que tal vez reflejen mejor las formas de expresión propias del Fundador, el reconocimiento del influjo que las ideas-madre, las convicciones de fondo, tienen en el comportamiento de los hombres y de los pueblos. De ahí proviene el aprecio que don Josemaría manifestó a las profesiones intelectuales, consciente de su transcendencia social (38), así como, a un nivel más amplio, la importancia que concedió siempre a la formación, entendida como desarrollo integral de la personalidad, que hunde sus raíces en las capas más profundas del ser humano -y, por tanto, es inseparable de las opciones de fondo y de las decisiones de la voluntad-, pero que connota y presupone también el libre cultivo de la inteligencia. Los capítulos de Camino y Consideraciones espirituales sobre "estudio" y "formación" son muy ilustrativos en este sentido: ahí encontramos descrito un ideal formativo en el que vida espiritual cristiana, formación doctrinal o teológica, conocimiento adecuado de las materias objeto de la propia profesión u oficio, sensibilidad cultural, aspiran a integrarse armónicamente en cada cristiano singular, hasta dar vida a una síntesis personal que permita ser "alma de criterio", hombre o mujer capaz de orientarse con conocimiento de causa y con sentido cristiano en las diversas encrucijadas que depara la vida humana, y esto para personas de cualquier condición social y de cualquier profesión u oficio (39). Desde esta perspectiva, la formación se nos presenta como la función o tarea que resume toda la labor de la Obra: el Opus Dei, repetirá muchas veces su Fundador, tiene como actividad propia la formación de sus miembros y de cuantos se acercan a su apostolado, de manera que todos ellos puedan actuar con sentido cristiano en su vida profesional y social; realidad que se resume en una expresión que don Josemaría Escrivá empleaba ya en enero de 1932, y a la que volverá después frecuentemente: "Somos y seremos siempre una gran catequesis" (40).

   Un nuevo rasgo, el undécimo, contribuye a completar el anterior: la plena libertad de los miembros en las cuestiones profesionales, sociales y políticas. Las afirmaciones en este sentido son constantes desde el principio. Así, por ejemplo, a comienzos de 1931 incluye, en Apuntes íntimos, unos párrafos en los que, de modo esquemático, va mencionando diversas actividades de apostolado; junto a una de esas enumeraciones, anota "no, un partido católico: diversidad de opiniones” (41); y en otro momento, meses después, ya en 1932: "Somos ciudadanos iguales a los demás: iguales deberes, iguales derechos. -Libertad política de los socios y asociadas. Por eso, en lo humano, diversidad de opiniones" (42). En el primero de los textos citados, inmediatamente después de la anotación que hemos reproducido, aparece una indicación escueta, que resume, sin embargo, con claridad qué es, según su mente, lo único que une entre sí a los miembros del Opus Dei, y, en consecuencia, su amplio margen de libertad y diversidad: "Unidad sólo por el denominador común". Se trata de una metáfora a la que acudirá después muchas veces para indicar que los miembros del Opus Dei están unidos sólo por un denominador común muy concreto -la fe de la Iglesia, el espíritu de la Obra y el empeño apostólico-, sobre el que se levantan numeradores diversísimos, constituidos por las características personales de cada uno y las opciones que libremente estime oportuno adoptar (43).

Como duodécimo rasgo, citemos la universalidad o internacionalidad. El Opus Dei nace como una institución destinada no a un país concreto, sino a la generalidad del orbe: su difusión posterior no será, pues, un mero hecho, sino una exigencia intrínseca del espíritu originario. Documentémoslo con un solo texto, de la ya citada Instrucción de 1934: "no somos una organización circunstancial (...). Ni venimos a

llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica (44).

Merece citarse finalmente como rasgo también distintivo de la Obra que, en la visión del Fundador, la universalidad del Opus Dei implica una organización unitaria e interdiocesana. En sus apuntes íntimos deja constancia de este carácter unitario. Así, por ejemplo, cuando se refiere al que la presida, escribe que habrá de tener la colaboración de "un cierto número de socios", "junto a él o repartidos por el mundo" -añade-, "para que le ayuden a regir la Obra" (45). También anota en esos apuntes personales que el Opus Dei no puede tener un régimen jurídico de rango meramente diocesano, lo que justifica "por el mismo carácter universal de la Obra de Dios" (46). Y prevé -ya en 1931- que la sede central deberá acabar estando en Roma, centro de la catolicidad (47).

Los rasgos precedentes no agotan -como ya advertimos al comenzar este apartado- todo lo que puede decirse en orden a una descripción del espíritu y la actividad del Opus Dei. Como es igualmente obvio que el comentario sobre los rasgos apuntados podría ser mucho más amplio. Una y otra cosa serían convenientes si nuestro objetivo fuera exponer y estudiar la espiritualidad del Opus Dei o sus apostolados: en ese caso, resultaría imprescindible descender a más detalles, analizar con detenimiento los diversos elementos de su mensaje espiritual, mostrar cómo su organización interna y sus apostolados han ido desarrollándose a lo largo de los años, precisando sus contornos, explicitando sus virtualidades, asimilando los frutos de la experiencia. Aspirando sólo a seguir el iter jurídico, la descripción realizada nos parece suficiente. Baste, pues, con lo expuesto, e intentemos, en cambio, situados todavía en los primeros años de la Obra, poner de relieve algunas líneas de fondo, necesarias para una exacta comprensión del fenómeno pastoral que constituye el Opus Dei y, por tanto, de los avatares del posterior itinerario canónico.

   

 

1. Para situar en su contexto las cuestiones teológico jurídicas que son objeto de nuestro estudio, será necesario hacer referencia en ocasiones al ambiente o a circunstancias históricas, si bien procuraremos limitarnos siempre a lo esencial. Para más datos sobre los hechos a los que ahora, y en páginas sucesivas, nos referimos, puede consultarse alguno de los estudios biográficos sobre el Fundador del Opus Dei publicados hasta ahora: S. BERNAL, Mons. Escrivá de Balaguer, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Madrid 1976; F. GONDRAND, Au pas de Dieu. Mgr Escrivá de Balaguer, fondateur de !'Opus Dei, Paris 1982 (trad. castellana: Al paso de Dios. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, Madrid 1984); A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Madrid 1983; P. BERGLAR, Opus Dei. Leben und Werk des Gründers Josemaría Escrivá, Salzburg 1983 (trad. castellana: Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid 1987).

2. Sin entrar en detalles biográficos -remitimos a las obras citadas en la nota anterior-, señalemos que don Josemaría Escrivá de Balaguer, había nacido en Barbastro el 9 de enero de 1902, realizó sus estudios en Logroño y Zaragoza, fue ordenado sacerdote en 1925, y quedó incardinado en la diócesis metropolitana de Zaragoza. Cuando tenía ya muy avanzados los estudios de Teología -pero antes de la ordenación sacerdotal-, comenzó, con la autorización del Arzobispo de Zaragoza, los estudios de Derecho civil en la Universidad estatal que tenía su sede en esa ciudad, y los terminó en 1927. En ese año solicitó autorización del Arzobispo para trasladarse a Madrid, a fin de poder realizar la tesis doctoral en Derecho en la Universidad Central, allí situada y única que en España, entonces, podía otorgar ese grado académico. Una vez en esta ciudad, simultaneó los trabajos de investigación con una amplia labor pastoral. Esa labor y, posteriormente, a partir de octubre de 1928, su dedicación a la tarea fundacional del Opus Dei, hicieron que su estancia en la capital de España se prolongara, después de obtener en los años 1929, 1930 y 1931 las oportunas autorizaciones canónicas, tanto del Arzobispo de Zaragoza como del Obispo de Madrid; la última, para un período de cinco años.

En 1934 fue nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel, una antigua institución -sus orígenes se remontan al siglo XVI- situada en Madrid; nombramiento que fue renovado en 1942, dentro del proceso de revisión y renovación de nombramientos que tuvo lugar en España al concluir, en 1939, la guerra civil. El Patronato de Santa Isabel había formado parte de la jurisdicción palatina, que el 1-IV-1933, durante la República española, fue subsumida en la diócesis de Madrid. La compleja situación política durante los años de la República española, determinó que la confirmación canónica del nombramiento como Rector de Santa Isabel fuera, en un principio, sólo verbal, por lo que don Josemaría continuó incardinado en Zaragoza, aunque con un cargo pastoral por el que dependía del Obispo de Madrid. El 11-11-1942 tuvo lugar la colación canónica, quedando incardinado en la diócesis de Madrid, donde residió hasta su posterior marcha a Roma. La documentación referente a estos hechos se encuentra en los archivos de las curias diocesanas de Zaragoza y Madrid y del Patrimonio Nacional. Algunos datos históricos sobre la jurisdicción palatina

pueden encontrarse en M.V. QUERO, Capilla real, en Diccionario de historia eclesiástica de España, vol. 1, Madrid 1972, pp. 338-339.

3. Dos pinceladas para facilitar la comprensión de alguna de las frases del texto: a) el 2 de octubre de 1928, don Josemaría Escrivá se encontraba participando en una tanda de ejercicios espirituales para el clero de Madrid en el Convento de los Paúles de esa ciudad; b) empleaba con frecuencia la frase "borrico sarnoso" por aquellos tiempos, en su oración y en sus papeles íntimos, para referirse a sí mismo, manifestando con esa expresión de humildad, a la vez, su conciencia de indignidad ante la misión divina recibida y sus deseos y propósitos de fidelidad.

Desde 1917-1918, el Fundador del Opus Dei empezó a tomar nota, en unos cuadernos, de sus experiencias interiores, ideas que surgían en su oración, etc. El primero de esos cuadernos no se conserva; a partir del segundo, que comienza en marzo de 1930, estos Apuntes íntimos se guardan en el archivo general del Opus Dei. Para facilitar su utilización, se han numerado al margen los diversos párrafos: la nota de 1931 recién citada se encuentra en el párrafo n. 306.

Para una ambientación general, puede consultarse J.L. ILLANES, Dos de octubre de 1928: alcance y significado de una fecha, en AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Pamplona 1985, pp. 65 ss.

4. El Cardenal Ugo Poletti, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, por Decreto de 19 de febrero de 1981, introdujo la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer ("Revista diocesana di Roma", 22, 1981, pp. 372-377); su primera fase se clausuró en Roma el 8 de noviembre de 1986.

5. Para esto nos apoyaremos en los Apuntes íntimos descritos en la nota 3 de este capítulo, completados en ocasiones con otros textos de la época, o con escritos del propio Fundador de años posteriores en los que evoca sus primeros pasos.

6. Sobre todos estos hechos, así como sobre el sufrimiento y la maduración interior que el proceso fundacional reclamó en don Josemaría Escrivá de Balaguer, remitimos de nuevo a las obras citadas en la nota 1 de este capítulo.

7. Se refiere a Madrid-Alcalá, donde el 6 de agosto se celebraba a los santos Justo y Pastor, Patronos de la diócesis, trasladándose la fiesta de la Transfiguración del Señor al día 7.

8. Apuntes íntimos, nn. 217-218. Este acontecimiento, y el texto de S. Juan al que se refiere, han sido evocados por don Josemaría Escrivá de Balaguer repetidas veces; ver, por ejemplo, Camino, n. 301; Es Cristo que pasa, nn. 105, 156 y 183; Amigos de Dios, n. 58; Forja, n. 685.

9. Como testimonia el adverbio "ordinariamente", empleado en ese texto de 1931, don Josemaría Escrivá de Balaguer experimentó muchas veces, en este decisivo período fundacional, la acción sobrenatural de la gracia. Su reacción fue siempre la que recoge ese texto: una inicial sensación de confusión y temor, superada al recibir la certeza de que quien se hacía presente era un Dios que es Padre y ante quien se debe, por tanto, reaccionar no con temor, sino con amor y confianza.

10. Apuntes íntimos, n. 296.

11. [bid., n. 334. La iglesia a la que el texto se refiere es la de Santa Isabel, en la que entonces ejercía su labor sacerdotal, cerca de la madrileña glorieta de Atocha. Su residencia, en esas fechas, estaba situada en la calle Viriato, distante entre media hora y tres cuartos de hora de la zona de Atocha.

12. RHF, 20787, p. 15.

13. Camino, n. 267 (Consideraciones espirituales, ed. de 1932, n. 31).

14.  Es Cristo que pasa, n. 65.

15. Apuntes íntimos, nn. 44 y 66 (el primer texto data de junio de 1930; el segundo de ese mismo mes o de primeros de julio).

16. Mons. L. CASTAN LACOMA, Mons. Escrivá de Balaguer, un hombre de fe, en el diario

"La Provincia" (Las Palmas de Gran Canaria), 1-X-1978.

17. Relación de José ROMEO RIVERA (RHF, T-3809).

18. RHF, 20171, p. 1368.

19. La primera versión de Consideraciones espirituales data de diciembre de 1932, aunque recoge muchos textos que provienen de 1929 y 1930. Esta redacción de 1932 -reproducida a velógrafo, con un total de 246 puntos-, reelaborada, dio lugar a una primera edición impresa, todavía con ese título, en 1934. Ampliada y completada, se transformó en Camino, que apareció en 1939. Aunque el número de puntos aumentó mucho desde 1932, y algunos fueron cambiados de lugar en las reelaboraciones de 1934 y 1938-1939, las características de fondo y la secuencia general de las ideas son las mismas desde la primera versión de 1932.

20. Carta, 29-XII-1947/14-11-1966, n. 92.

21. Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 23.

22. Apuntes íntimos, n. 14.

23. Ibid., n. 44.

24. Uno de los testimonios más claros de la fuerza con que don Josemaría Escrivá de Balaguer formuló la fidelidad a la luz fundacional recibida, y, a la vez, el carácter concreto y determinado que esa luz tenía, lo constituye una Instrucción que redactó en 1934, en un momento en que España atravesaba un período de cambios y crisis político-sociales, con fuerte incidencia en la vida religiosa. De ahí un pulular de movimientos y asociaciones católicas, lo que provocaba a su vez llamadas e invitaciones a la unidad. En ese contexto, el Fundador de la Obra advirtió la necesidad de dirigirse a los suyos para reafirmar la substantividad del Opus Dei, y evitar todo lo que, de un modo o de otro, pudiera difuminarla. "En mis conversaciones con vosotros -escribe- repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios". Un poco más adelante, después de comentar que por tres veces le habían propuesto la fusión del Opus Dei con algunas organizaciones del momento, declaraba con palabras aún más precisas: "La respuesta no pudo ser más que una: en el terreno del apostolado estaremos siempre unidos: al menos de nuestra parte no habrá dificultad, porque sólo vamos a hacer el apostolado de Cristo, nunca nuestro apostolado.

"Pero la unión, la confusión diré mejor, que nos proponen, no es posible desde el momento en que nosotros no hacemos una obra humana, por ser nuestra empresa divina, y como consecuencia no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera" (Instrucción, 19-111-1934, mi. 1 y 19-2.0).

25. La actividad y las circunstancias de los miembros del Opus Dei podrán ser muy diversas: celibato o matrimonio, dedicación al comercio, al arte o al deporte, actividad predominantemente manual o intelectual, por mencionar algunas de las diversas posibilidades. En la vida de ninguno de ellos, sin embargo, deberá faltar el trabajo. "A cualquiera que excluya un trabajo humano honesto -importante o humilde-, afirmando que no puede ser santificador y santificante, podéis decirle con seguridad -se lee en una Carta fechada el 9 de enero de 1932- que Dios no le ha llamado a su Obra" (n. 3). La misma afirmación o criterio aparece varias veces en sus notas íntimas: "El hombre ha nacido para trabajar 'ut operaretur': en la Obra de Dios todos trabajarán", escribe, por ejemplo, el 19 de marzo de 1933 (Apuntes íntimos, n. 955); unos meses más tarde, el 20 de enero de 1934 (Ibid., n. 1119), reitera esa norma, dándole aún más tono jurídico, con palabras que, años después, recogerá casi textualmente en los estatutos que redacte con vistas a la primera aprobación canónica del Opus Dei, que, como luego veremos -vid. capítulo III- tuvo lugar en 1941.

26. Esta realidad está presente de forma explícita en los textos más antiguos del Fundador, no sólo -como ya señalamos- mediante referencias a profesiones variadas y heterogéneas, sino también con declaraciones formales. Así por ejemplo, a primeros de junio de 1930, declara tajantemente que el Opus Dei no será nunca "una asociación de determinada o determinadas profesiones", porque -explica- "caben todas". Unos días después, refiriéndose a las profesiones que podrán ejercer las mujeres que se acerquen al Opus Dei, enumera varias -manuales unas, intelectuales otras-, para concluir apostillando: "cualquier trabajo honesto, hecho por Dios"; casi en las mismas fechas, pero hablando esta vez de los varones, se expresa en términos parecidos: "toda clase de trabajo profesional, con naturalidad: lo ordinario, santificado" (Apuntes íntimos, nn. 38, 43 y 44).

27. Instrucción, 19-111-1934, n. 27.

28. Apuntes íntimos, n. 35.

29. Camino, nn. 2 y 831 (Consideraciones espirituales, ed. de 1932, nn. 2 y 11).

30. Camino, n. 973; otras descripciones gráficas, de fecha posterior, en Es Cristo que

pasa, nn. 148-149, y Amigos de Dios, nn. 264-265

31. Apuntes íntimos, n. 155.

32. Carta, 9-1-1932, n. 14.

33. Instrucción, 19-111-1934, n. 33.

34. Apuntes íntimos, n. 339 (texto del 20-X-1931).

35. De esta unidad de vocación habremos de ocupamos ampliamente en lo sucesivo. Sobre la expresión "clase de tropa", ver el comentario del propio don Josemaría en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, nn. 45 y 92, de donde entresacamos un párrafo: "En un ejército -y sólo eso quería expresar la comparación- la tropa es tan necesaria como el estado mayor, y puede ser más heroica y merecer más gloria. En definitiva: que hay diversas tareas, y todas son importantes y dignas. Lo que interesa, sobre todo, es la correspondencia de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es -siempre y sólo- hacer la voluntad de Dios".

36. Apuntes íntimos, n. 158.

37. Ibid., n. 96 (el texto data del 25-X-1930).

38. Uno de los sacerdotes a quienes conoció a finales de los años veinte recuerda un comentario que resume ese aprecio, expresado de forma poética: "¿Has visto las cumbres nevadas de las grandes montañas?", le preguntó un día don Josemaría Escrivá. "Así -continuó diciendo- son las grandes ideas y las grandes inteligencias: parecen distantes, ajenas, aisladas, pero de esa nieve proviene el agua que hace fructificar los valles" (Relación

de Fidel GÓMEZ COLOMo, en RHF, T-1364).

39. Ver Camino, nn. 332-386. La expresión "alma de criterio" se encuentra en el breve prólogo que don Josemaría Escrivá de Balaguer, ampliando el ya aparecido en Consideraciones espirituales, incluyó en Camino, resumiendo el sentido o finalidad del libro; la frase en la que esa expresión aparece, en el final del prólogo, dice así: "Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio" (el subrayado es nuestro). Cfr. Forja, nn. 450 y 840.

40. Apuntes íntimos, n. 548. En continuidad con esta enseñanza afirmó a veces, muy desde los principios, que "la Obra no actúa; son sus miembros quienes lo hacen", subrayando así que el Opus Dei tiene por finalidad no la promoción de empresas o labores concretas, sino principalmente la formación espiritual y apostólica de sus miembros. Serán ellos quienes, después, conscientes de las exigencias de su condición de cristianos, con personal libertad y responsabilidad, se dedicarán a buscar la santidad y ejercer el apostolado; según su propio y personal camino, en las circunstancias ordinarias de su vida. Lo cual, dicho sea de pasada, no excluye la posibilidad de atención de labores apostólicas por parte del Opus Dei, aunque trae consigo que esas tareas no sean un fin específico del apostolado propio de la Obra, sino sólo como un medio o punto de apoyo en servicio del objetivo último o radical: la formación de cristianos.

41. Apuntes íntimos, n. 206.

42. Ibid., n. 158. En Carta fechada en enero de ese mismo año, 1932, glosa así este punto: "La Obra no tiene política alguna: no es ése su fin. Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad"; "actuad libremente, porque es propio de nuestra peculiar llamada divina santificarnos, trabajando en las tareas ordinarias de los hombres según el dictado de la propia conciencia"; "el vínculo que nos une es sólo espiritual" (Carta, 9-1-1932, nn. 42, 43 y 44).

43. Una glosa de esa metáfora la encontramos en otro texto de pocos meses después, diciembre del mismo año 1931: "me atrevería a hacer un gráfico de los miembros de la Obra tal como Dios los quiere: pondría una serie de quebrados de igual denominador (la unidad de formación, que los hace identificarse con Cristo) y muy diversos numeradores (autonomía) correspondientes a las diversas condiciones de su carácter y temperamento, y hasta al diverso camino por donde Jesús conducirá sus almas" (Apuntes íntimos, n. 511).

44. Instrucción, 19-111-1934, nn. 14-15.

45. Apuntes íntimos, n. 153 (el texto data del 2-11-1931).

46. Ibid., n. 157.

47. Ibid., n. 220 (10-VIII-1931) y n. 422 (29-XI-1931).

 

 

CAPITULO II : PECULIARIDAD DEL FENOMENO PASTORAL Y APOSTOLICO

 

 

1. FE CRISTIANA Y REALIDADES SECULARES

 

Poner de manifiesto algunas lineas de fondo: éste es el objetivo del presente capítulo. Vamos, pues, a referirnos a realidades que subyacen en todo lo dicho hasta ahora y que, al menos en parte, han sido ya explícitamente mencionadas, pero que ahora procuraremos considerar desde un nuevo nivel de profundidad, a fin de subrayar el núcleo o aspecto central que ilumina el conjunto, articulándolo y dotándolo de unidad.

Dos razones fundamentales aconsejan proceder de este modo. En primer lugar, una exigencia metodológica íntimamente unida al objetivo o finalidad de la presente obra: si pretendemos analizar el itinerario jurídico seguido por el Opus Dei, es imprescindible captar a fondo las características del carisma fundacional, para valorar desde ahí el proceso completo. En segundo lugar, las circunstancias del ambiente eclesial y teológico reinante en los tiempos en que nació el Opus Dei, pues condicionaron diversas etapas del iter jurídico.

En efecto, no se puede olvidar, de una parte, que la teología de principios de siglo tendía a identificar, al menos en la práctica, la llamada a la plenitud de la vida cristiana con la llamada al estado o vocación religiosa. Y, de otra, que la crisis espiritual que atravesaba Europa desde los tiempos de la Ilustración, con los consiguientes enfrentamientos entre Iglesia y Estado y la difusión de actitudes laicistas, había llevado al nacimiento de múltiples movimientos, grupos y asociaciones que, de una forma o de otra, fomentaban la presencia y acción de los cristianos en la vida cívica. Este clima repercutió en los ambientes donde había transcurrido la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer, y exigió de su parte un fuerte empeño en orden a definir y defender la peculiaridad del Opus Dei y su fisonomía específica.

Centrándonos ahora en el segundo de los dos factores mencionados -la abundancia de grupos y asociaciones-, podemos, simplificando algo los términos, agrupar esos nuevos movimientos en dos tipos fundamentales: de una parte, agrupaciones para la acción social y cívica; de otra, asociaciones, nacidas en tiempos de la Revolución Francesa o en posteriores épocas de persecución religiosa, con el fin de que sus miembros, seglares unas veces, religiosos sin hábito otras, se hicieran cargo de las labores docentes y asistenciales que las Ordenes y Congregaciones religiosas clásicas se veían obligadas a dejar desatendidas, o, en términos más amplios, contribuyeran -manteniendo oculta su propia condición- a un influjo cristiano en las instituciones (1).

A esta realidad, a este multiplicarse de institutos con unas u otras características, hacía referencia el Fundador en el documento que redactó a mediados de los años treinta con el fin, precisamente, de subrayar la peculiaridad de la Obra, es decir, la ya citada Instrucción de 19 de marzo de 1934: "como en tiempos de borrasca suelen nacer muchas organizaciones e institutos, que tienden a dedicarse a las distintas obras de celo que han de abandonar -ante la persecución- las órdenes y congregaciones religiosas, naturalmente España ahora no es una excepción -tampoco lo fue durante el período revolucionario del siglo pasado- y vemos varios -y aun muchos- grupos de hombres y mujeres de buena voluntad decididos, con miras sobrenaturales, a dar la batalla a los enemigos de Cristo" (2). Descrito así el panorama, y después de dejar constancia de que alguna de esas organizaciones puede parecerse "exteriormente" (el calificativo es importante) a la Obra, daba un criterio claro a los que en aquel momento formaban parte del Opus Dei: no os preocupéis por esas instituciones, cuyo desarrollo futuro será el que Dios quiera, y centraos en la fidelidad a vuestra vocación, en lo que Dios espera y quiere promover a través de la Obra; "que sigan su camino: nosotros, a seguir el nuestro" (3).

No eran estas palabras de 1934 fruto de un deseo de singularidad, ni tampoco de una actitud circunstancial, de la simple consideración de lo que resulta prudente o acertado en un determinado momento, sino eco de una convicción profunda: la de la peculiaridad del Opus Dei en cuanto fenómeno pastoral que presupone un fundamento doctrinal y teológico muy diverso del de esas otras instituciones, que entonces -como en otras épocas- surgían con mayor o menor fortuna. Es precisamente este punto, esta peculiaridad del Opus Dei, lo que debemos analizar ahora.

Con este fin, será conveniente que dirijamos de nuevo nuestra atención a lo acontecido el 2 de octubre de 1928, y recordemos que en esa jornada el Siervo de Dios advirtió que se desplegaba ante sus ojos un amplio panorama apostólico a cuya promoción era llamado: una muchedumbre de hombres -y, posteriormente, desde 1930, también de mujeres-, que, trabajando en los más diversos ambientes, contribuían a informarlos con la gracia y la verdad de Cristo. Para describir esta realidad, este fenómeno apostólico y pastoral que se ofrecía a su mirada y los frutos que produciría, don Josemaría Escrivá acudió, desde el comienzo, a una metáfora: la comparación con una inyección intravenosa; como el líquido inyectado regenera el organismo desde dentro, así los cristianos, coherentes con su fe, actúan a modo de "inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad", a la que, desde el interior de sus estructuras, aportan, con la savia del Evangelio, la luz y el amor de Cristo, que, al iluminar las inteligencias y sanar los corazones, redunda en bien, en unión, en fraternidad, en

progreso (4).

Las perspectivas de una irradiación del mensaje cristiano en la sociedad humana, de la instauración de una armonía entre fe cristiana y vida social y, en consecuencia, de una implantación de la justicia, de la paz, del amor, como fruto del actuar cristiano, formaron parte siempre del horizonte apostólico del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión, al hacer referencia a esas perspectivas, aludió a aspectos concretos de la situación histórico-cultural en que nació la Obra y, más especificamente, a la ruptura entre fe y vida, entre cristianismo y realidades terrenas. "Quiso el Señor -comentaba en una Carta de 1961- promover su Obra cuando, en la mayoría de los países, élites y masas enteras parecían alejarse de la Fuente de toda gracia; cuando, incluso en países de vieja historia cristiana, escaseaba la frecuencia de Sacramentos por parte del pueblo; cuando vastos estratos del laicado parecían adormilados, como si se hubiera desvanecido su fe operativa" (5).

Con términos no descriptivos, como en 1961, sino exhortativos o parenéticos, había expresado ideas parecidas, en una nota de sus Apuntes íntimos, entre abril y junio de 1930: es necesario luchar "contra el laicismo, con un aparente laicismo: contra el indiferentismo, con un aparente indiferentismo". Un año más tarde, en julio de 1931, recogerá la misma idea, aunque con términos algo diferentes: "-laicismo sano -anticlericalismo sano-" (6). Una y otra frase indican no sólo el mal o crisis que es necesario superar, sino también el camino: no ya una contraposición meramente reactiva a la crisis espiritual y a las actitudes laicistas, sino una profundización en la fe cristiana que, precisamente por ser honda y auténtica, esté en condiciones de captar y asumir cuanto de positivo implica el proceso histórico moderno. En suma, y con terminología en parte algo posterior, no laicismo ni clericalismo, sino laicidad; no secularismo ni sacralización, sino secularidad, que podrá parecer laicismo a mentes clericales, pero es en realidad vivencia cristiana auténtica, coherente con la realidad de un Dios creador, hacia el que debe orientarse todo lo creado, pero sin instrumentalizaciones ni manipulaciones, sino de acuerdo en cada caso con la naturaleza con la que Dios ha dotado a los diversos seres (7).

La resolución de la crisis cultural moderna reclama promover entre los cristianos que viven en el mundo, entregados a las ocupaciones seculares, una profunda toma de conciencia de su vocación, de modo que, permaneciendo ahí donde se encuentran, siendo uno más entre sus conciudadanos, vivifiquen desde dentro las realidades humanas, con plenitud de fe, pero sin extrinsecismos ni clericalismos de ningún tipo. Y a este gran objetivo evangélico estaba destinada a contribuir -don Josemaría lo vio con claridad meridiana desde el primer momento- la Obra que se sabía llamado a promover. Así lo testimonia, entre otros textos, uno de la Instrucción de 1934, en el que se alude al panorama crítico de la Europa de los años treinta como trasfondo desde el que valorar el nacer mismo del Opus Dei: "De este cataclismo mundial, sólo comparable al que Lutero produjo, ha querido el Señor sacar la Obra que desde hace años inspiraba" (8).

Las citas podrían multiplicarse, porque esos sentimientos tienen hondas raíces en el ánimo de don Josemaría Escrivá, pero no parece necesario. Sí lo es, en cambio, hacer dos observaciones que precisan el alcance y sentido de afirmaciones como las que hemos citado.

a) En primer lugar, las alusiones a acontecimientos culturales de la época constituyen para el Fundador del Opus Dei, tanto entonces como en años posteriores, un punto de referencia que sirve para mostrar la transcendencia o necesidad de la acción apostólica, sea de la Iglesia en general, sea de la Obra, pero nunca el punto de partida o la base de su predicación en lo que afecta a la Obra: el fundamento, en este caso, radica siempre en lo acaecido el 2 de octubre de 1928; el Opus Dei no ha surgido como fruto de sus reflexiones personales con ocasión de acontecimientos determinados, ni está condicionado por una concreta coyuntura socio-cultural o por unos problemas temporales específicos, sino que nace de una luz divina que transciende el momento histórico. "La Obra de Dios -recalca en la Instrucción de 1934- no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931.

"Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho" (9).

b) En segundo lugar -y esta consideración amplía y completa la anterior-, si las perspectivas de paz y de progreso social como consecuencia de la difusión del Evangelio jugaron un papel, y un papel importante, en la predicación y en la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer, nos equivocaríamos de medio a medio si interpretáramos su actividad sacerdotal, y la del Opus Dei, como orientadas de forma directa e inmediata a la transformación y mejora sociales. Digámoslo con palabras netas, ya empleadas en páginas anteriores y sobre las que habrá, además, ocasión de volver: la transformación cristiana de la sociedad no es, desde la perspectiva que al Fundador del Opus Dei le resulta propia, un fin, sino más bien un fruto, un efecto que se prevé, que se espera y que, incluso, se sabe que llegará, pero no porque se promueva de manera directa, sino porque no puede por menos de advenir como efecto o consecuencia de aquello que directamente se busca y desea. Así lo expresa con singular claridad un punto muy conocido de Camino: "Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.

"-Dios quiere un puñado de hombres `suyos' en cada actividad humana. -Después... 'pax Christi in regno Christi' -la paz de Cristo en el reino de Cristo" (10).

En otras palabras, el objetivo directo de la acción de don Josemaría Escrivá, aquello a lo que se supo destinado desde el 2 de octubre de 1928, fue a promover entre personas de todas las clases y condiciones sociales, de todas las profesiones y tareas, una profunda conversión del alma y del corazón que lleve a orientar su vida entera hacia Dios. Como es obvio -y así lo había subrayado, confirmando y ampliando luces anteriores, la comprensión del si exaltatus fuero a terra alcanzada por el Siervo de Dios el 7 de agosto de 1931, a la que, por lo demás, alude implícitamente el punto recién citado de Camino-, esa conversión, esa toma de conciencia que lleva a asumir a fondo la fe hasta transformarla en vida, no puede por menos de tener repercusiones en el mundo y en la historia, y ciertamente hondas. Pero lo que debía constituir objeto directo de su acción pastoral y lo que, por tanto, dotaba de fisonomía propia al Opus Dei tal y como su Fundador lo describió siempre; lo que, de acuerdo con el carisma originario, don Josemaría Escrivá de Balaguer se sintió llamado a difundir, se sitúa a otro nivel más hondo y fundamental: la identificación de la propia persona con el querer de Dios; más aún, con Dios mismo.

Subyace en todo este planteamiento una aguda percepción de la dimensión teologal del existir cristiano y, por tanto, de la profunda unidad entre tarea y vocación, entre acción e intimidad con Dios, entre apostolado y santidad. La fuente última y el centro inspirador de esa percepción se encuentra, como acabamos de decir, en las luces recibidas en los años 1928 y siguientes, pero sus antecedentes remiten a períodos anteriores de la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer. Sus inquietudes espirituales comenzaron, en efecto -no lo olvidemos-, durante el invierno de 1917-1918, fecha a partir de la cual se inició su largo proceso de maduración interior (11). Sabe, desde entonces, que Dios quiere algo de él, pero no le es dado entrever cuáles sean en concreto los planes divinos. Esa situación de incertidumbre, los estudios teológicos que desarrolla y la posterior ordenación sacerdotal, la experiencia del dolor y de las contradicciones, las primeras ocupaciones sacerdotales, fueron creando en su ánimo un hondo sentido de disponibilidad ante la voluntad divina y una aguda conciencia del valor de la oración, del sacrificio, de la vida de infancia espiritual.

Todo eso resultó asumido y potenciado con la luz recibida el 2 de octubre de 1928 y los hechos que le siguieron. "Dios se metió en mi vida", comentó después muchas veces. Quedaba claro ante sus ojos que la historia no es el sucederse de acontecimientos heterogéneos y carentes de sentido, sino el desplegarse del designio amoroso de un Dios que se ha acercado a los hombres, que quiso en Belén, en Nazaret, en el Calvario, compartir nuestra existencia y que, hoy y ahora, se hace presente de nuevo cuando quiere y como quiere. No es el hombre, sino Dios, el protagonista supremo del acontecer. Pero Dios desea contar con nosotros: nos desvela sus planes y nos invita a convertirnos en sus colaboradores. La actitud propia del hombre debe ser la disponibilidad, el agradecimiento, la maravilla, la escucha atenta de lo que Dios manifiesta, la entrega activa a lo que dispone. La fuerza última y radical de la historia no está constituida por la decisión y el empeño humanos, sino antes, y dotando a todo lo demás de sentido, por el obrar providente de Dios, lo que reclama de nuestra parte apertura al querer divino, confianza en la gracia. De ahí una jerarquía de medios, que don Josemaría formuló con una de esas frases sintéticas para las que estuvo especialmente dotado: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en `tercer lugar', acción" (12).

Cuando se sintió llamado a promover la Obra, el Siervo de Dios aplicó ese criterio. Comenzó enseguida a actuar, y con total dedicación, pero, al mismo tiempo, se exigió tremendamente a sí mismo en oración y en sacrificio, acudió a otros muchos pidiendo oraciones, especialmente a los enfermos que atendía en su labor sacerdotal, y a los que rogaba, de modo habitual, que ofrecieran su dolor y sus sufrimientos por el eficaz desarrollo de la misión que Dios le había encomendado, hasta el punto de afirmar siempre.que "el Opus Dei nació entre los pobres y los enfermos de los hospitales de Madrid" (13).

Consideró a la vez que ese fundamento de oración, de sacrificio y de empeño o dedicación personales debía acompañar siempre a la Obra de Dios a lo largo de toda su historia. En esta línea, y a fin de dotar de concreción a esa realidad, llegó a pensar en que, como punto de apoyo para aquellos miembros de la Obra que trabajaran en los más variados campos profesionales, debería haber "casas de oración", donde se rezase especialmente por la buena marcha del apostolado, e incluso clínicas y hospitales ("casas de expiación") en las que los enfermos, a la par que eran cuidados, podrían descubrir el sentido cristiano del sufrimiento y unirse espiritualmente al conjunto de la labor apostólica, fortaleciéndola con su oración y su entrega (14).

No tardó, sin embargo, en advertir que la unión entre esas tres dimensiones tenía que ser mucho más radical, y darse, por tanto, en la vida de cada persona. Acción, oración, expiación -escribe en julio de 1930- han de ser reales en todos y cada uno de los miembros de la Obra, porque "sin la oración, sin la presencia continua de Dios; sin la expiación, llevada a las pequeñas contradicciones de la vida cotidiana; sin todo eso, no hay, no puede haber acción personal de verdadero apostolado" (15).

La rapidez de este desarrollo o evolución de ideas -se produjo en el curso de pocos meses- evidencia la intensidad del bullir del mundo interior del Fundador del Opus Dei durante sus primeros años, y manifiesta a la vez cómo, fuera cual fuera el punto de partida, acababa llegando sin excepción a un mismo centro: la llamada al encuentro vivo y personal con Cristo (16). Soñando con grandes frutos de apostolado y abriendo a los seglares a quienes trataba horizontes dilatados, su predicación desembocaba siempre en la invitación al compromiso pleno con Dios, a la fe vivida, a la entrega, en una palabra, a la santidad.

Su aspiración fue, en suma, que todos los cristianos, cualquiera que fuera su condición, situación u oficio, se reconocieran llamados por Dios, urgidos a vivir, llevándolos hasta sus últimas consecuencias, el mensaje y las exigencias del Evangelio; y no dejando el mundo -las condiciones normales del vivir de los hombres-, sino precisamente en medio del mundo, de tal manera que a través de la propia vida, de la personal e íntima identificación con Dios, Cristo se hiciera presente en el mundo, vivificándolo con la fuerza inefable de la gracia. Esa radicación en lo esencial la encontramos expresada, con claridad dificilmente superable, en un texto de junio de 1930, ya citado en parte, pero que no es ocioso reproducir por su densidad, su hondura y su valor: Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos! Entrega silenciosa" (17).

Bien entendido, claro está, que esta llamada a la santidad no debe ser interpretada -no lo es en sí, y nunca fue entendida de ese modo por el Fundador- como algo intimista, que aislara del resto de los hombres, sino invitación a referir la vida a un Dios que ama al mundo hasta el extremo de entregar a su Hijo, hecho hombre, para redimir a la humanidad, y a quien no cabe amar sin imitar y hacer propia la generosidad y la entrega de Cristo Jesús. Todo lo cual, en el cristiano corriente, que vive en las estructuras seculares, desemboca -debe desembocar- en una información cristiana de la común existencia humana, es decir, de lo secular, para contribuir así a recapitular en Cristo todas las cosas.

Pero, repitámoslo, todo como fruto o manifestación de una vida, de una conversión que hunde sus raíces en lo más profundo del alma. Este fue el objetivo del Fundador del Opus Dei, ésta su meta y su finalidad: encender los corazones en amor a Cristo, transmitir la vibración que le invadía al considerar la magnitud infinita del amor de Dios revelado en Cristo; y transmitirla especialmente -a eso se supo destinado desde el 2 de octubre de 1928-, a quienes viven en el mundo, entregados a las tareas y ocupaciones seculares, a fin de que adviertan en toda su hondura las riquezas del Evangelio y lo reciban como fuerza destinada a encarnarse en sus vidas, dando sentido último y profundidad suprema a las varias y móviles incidencias de la jornada, que se convierten así en ocasiones de encontrar a Dios y de comunicar a los demás el amor que de Dios deriva.

Digámoslo de forma sintética: lo que el Siervo de Dios promovía, el fenómeno pastoral provocado por su predicación y su apostolado, no fue -ni es- un movimiento de acción social, ni tampoco, simplemente, un proceso de toma de conciencia por parte de los laicos de sus responsabilidades apostólicas y sociales, completado mediante una invitación a la vida interior como fundamento del apostolado; sino, mucho más profundamente, un fenómeno vocacional; a lo que impulsaba a aquellos que atendía en su labor sacerdotal era a ir a la raíz del existir humano, hasta llegar a ese hondón del alma donde, al encontrarse el hombre situado frente a Dios, se reconoce interpelado por El, invitado a incorporar su vida a la de Cristo, y ve, por consiguiente, fluir en unidad la llamada a la intimidad con Dios, la tarea o misión a la que Dios destina y el mundo en el que esa tarea se despliega.

En otras palabras, a lo que el Fundador de la Obra convocaba -y a lo que el Opus Dei continúa convocando- es a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad, de paz (la fe y el amor deben desbordarse en vida y manifestarse en obras; y la gracia puede y debe producir frutos de Redención en el presente histórico); pero que, a la vez e inseparablemente, transciende esas realizaciones, ya que la existencia humana posee horizontes que van más allá del tiempo y de la historia, y las presenta como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto de la realidad central: la radical identificación con Cristo, la plena entrega a Dios.

 

2. RESPONSABILIDAD PERSONAL, LIBERTAD, SECULARIDAD

 

Las perspectivas teológicas y espirituales que acabamos de evocar nos sitúan ante el núcleo del fenómeno pastoral que representa el Opus Dei, y, por tanto, ante el punto de referencia necesario para juzgar y valorar adecuadamente los posteriores desarrollos jurídicos, y captar aquello que distingue al Opus Dei de otras realidades eclesiales, concretamente las que mencionábamos al comienzo de este capítulo, es decir, tanto los movimientos de acción social como las Ordenes y Congregaciones religiosas y otras instituciones a ellas asimiladas. De esta última cuestión deberemos ocuparnos, y ampliamente, ya que, por las razones que entonces consideraremos, resulta decisiva en orden a la comprensión del ¡ter jurídico del Opus Dei. Antes, sin embargo, convendrá prolongar en otra dirección las consideraciones precedentes, a fin de glosar aspectos, relacionados con algunas características de la acción apostólica de la Obra y con algunos rasgos de su estructura interna a los que ya hemos hecho referencia, pero que, por su importancia respecto a la configuración de la fisonomía propia del Opus Dei, consideramos conveniente exponer con más extensión.

Cuando, el 2 de octubre de 1928, el joven don Jósemaría Escrivá de Balaguer percibió que debía dedicar todas sus energías a la promoción de un fenómeno pastoral de búsqueda de la santidad y de ejercicio del apostolado en medio del mundo, advirtió enseguida la magnitud de la empresa; más aún, su complejidad. La meta, el fin, el objetivo estaban netamente definidos, pero ¿cómo alcanzarlos?, ¿cómo debía organizarse la Obra con vistas a ese fin? Algunos puntos resultaban ya adquiridos desde el principio -centralidad del trabajo profesional, presencia en la Obra no sólo de seglares sino también de sacerdotes, contando, respecto a los primeros, tanto con célibes como con casados-; otros -estructuración en dos Secciones, una para hombres y otra para mujeres- le fueron dados por iluminaciones sucesivas. Pero todos esos elementos, aun constituyendo el armazón central y decisivo, no resolverían por entero el problema, ya que dejaban amplio margen a la concreción de detalles, imprescindibles para la acción.

Como ya apuntamos, el Fundador no procedió a priori, es decir, no se detuvo, como paso previo, en la preparación o redacción de un reglamento, sino que se lanzó de lleno a la labor apostólica: comenzó a buscar personas que pudieran comprenderle y les fue abriendo, "como por un plano inclinado" -por repetir sus palabras-, horizontes de santidad y apostolado en el mundo. Al mismo tiempo, y como también señalamos, soñaba, dejaba suelta su imaginación para intentar vislumbrar lo que podría ser la extensión futura del apostolado, reflexionaba sobre soluciones a eventuales problemas concretos, sopesaba perspectivas y posibilidades, confrontando en todo momento los resultados de ese pensar con la luz recibida el 2 de octubre de 1928 y en ocasiones sucesivas, y dejando abierta la puerta a lo que la experiencia posterior -guiada siempre por el carisma- hiciera ver oportuno o conveniente.

El objeto de esas reflexiones abarcaba todo lo relativo a la organización de la labor apostólica, a la determinación de modos y medios en orden a una efectiva promoción de vocaciones al seguimiento de Jesucristo en medio del mundo, con lo que eso implica de toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y de perseverancia en el camino emprendido. El pensamiento de don Josemaría Escrivá de Balaguer iba así, en ocasiones, hacia las normas de piedad, hacia esos momentos de oración sin los