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Iter Jurídico

Amadeo de Fuenmayor, Valentín Gomez Iglesis y Pedro Rodríguez

Itinerario Jurídico del Opus Dei

 

ÍNDICE:

Capítulo 1 : Con la fuerza del carisma fundacional

Capítulo 2 : Peculiaridad del fenómeno pastoral y apostólico

Capítulo 3 : La aprobación de 1941

Capítulo 4 : Ante el 14 de febrero de 1943

Capítulo 5 : El Opus Dei Instituto secular

Capítulo 6 : Los preparativos de una nueva aprobación pontificia

Capítulo 7 : Aprobación pontificia de 1950

Capítulo 8 : En busca de nuevos caminos

Capítulo 9 : El Congreso General Especial

Capítulo 10 : Epílogo, anexos y Estatutos

Apendice Documental

 

PARTE PRIMERA

LA ETAPA INICIAL

 

 

CAPITULO I : CON LA FUERZA DEL CARISMA  FUNDACIONAL

 

 

1. EL MOMENTO FUNDACIONAL DEL OPUS DEI

 

El invierno de 1917-1918 marcó un giro transcendental en la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer. Tenía entonces quince-dieciséis años, y era un joven estudiante de los últimos cursos de bachillerato. De carácter alegre, había recibido, en su familia y en los colegios en que había estudiado, una buena formación católica. Era, en suma, un muchacho normal y piadoso, aunque, hasta ese momento, sin particulares inquietudes religiosas. En esa fecha, un hecho en sí mismo pequeño -la visión de las huellas dejadas por un carmelita descalzo sobre la nieve que durante ese invierno cubrió las calles de Logroño, la ciudad en la que vivía-, desencadenó un hondo proceso interior (1). Sintió que Dios se metía en su vida y le pedía una mayor profundidad en su fe, más aún, una disponibilidad plena y radical para secundar cuanto el Señor, en el futuro, pudiera ir manifestándole: eran los barruntos del Amor divino, como le gustará repetir andando los años.

Eso le llevó, de inmediato, a intensificar su oración y su vida de piedad. También, casi enseguida, a la decisión de hacerse sacerdote, al considerar que ése era el camino más adecuado para prepararse a lo que Dios pudiera desear. Pasaron los años. Nuevas dádivas sobrenaturales hicieron cada vez más intensa la convicción de que Dios quería algo de él, aunque continuó sin tener una idea precisa hasta que se produjo lo que constituye el acontecimiento' central de su existencia: la luz recibida el 2 de octubre de 1928. Los hechos anteriores -su infancia, las inquietudes de juventud desde 1917 y 1918, su formación en el seminario y su posterior ordenación y trabajo sacerdotal, sus estudios civiles de Derecho, su traslado a Madrid (2)- se le presentaron, a partir de ese momento, como una preparación de lo acontecido en 1928. Y la claridad que le invadió entonces constituyó, hasta el momento mismo de su muerte, un criterio y un impulso que orientó la totalidad de sus actuaciones.

¿Qué ocurrió ese 2 de octubre? No se conserva ninguna narración datada en esa misma fecha, pero sí diversos testimonios posteriores del Fundador. El escrito más antiguo dista sólo tres años del acontecimiento; se trata de una nota manuscrita redactada el 2 de octubre de 1931: "Hoy hace tres años (recibí la iluminación sobre toda la Obra, mientras leía aquellos papeles. Conmovido me arrodillé -estaba solo en mi cuarto, entre plática y plática- di gracias al Señor, y recuerdo con emoción el tocar de las campanas de la parroquia de N. Sra. de los Angeles) que, en el Convento de los Paúles, recopilé con alguna unidad las notas sueltas, que hasta entonces venía tomando; desde aquel día, el borrico sarnoso se dio cuenta de la hermosa y pesada carga que el Señor, en su bondad inexplicable, había puesto sobre sus espaldas. Ese día el Señor fundó su Obra: desde entonces comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...”(3).

     "Iluminación" "luz" "darse cuenta" "ver" son las expresiones a las que el Siervo de Dios (4) acudió siempre para evocar lo ocurrido en aquella jornada decisiva. Dios se introdujo entonces una vez más en su vida, pero, en ese momento, no ya con insinuaciones y atisbos, sino con luz clara y definitiva. A partir de ese instante supo qué era lo que Dios quería de él, cuál era la tarea a la que debía dedicar su existencia.

Don Josemaría descubrió el 2 de octubre de 1928, en primer lugar, un horizonte apostólico: el de los cristianos esparcidos por el mundo, entregados a las más diversas tareas y ocupaciones; en ocasiones, conscientes de su fe y coherentes con sus exigencias; otras veces, superficiales, olvidados de la vida que ha nacido en ellos con el Bautismo, y aceptando, al menos de hecho, un divorcio práctico entre su fe y su existencia concreta, entretejida con los afanes y quehaceres temporales o seculares. A la vez, e inseparablemente, una llamada, una misión: Dios quiere que consagre la totalidad de sus energías a promover una institución -una Obra, por emplear el término al que acudió desde el principio- que tenga por finalidad difundir entre los cristianos que viven en el mundo una honda conciencia de la llamada que Dios les ha dirigido desde el momento mismo de su Bautismo. Más aún, una Obra que se identifique con el fenómeno pastoral que promueve, formada por cristianos corrientes que, al descubrir lo que la vocación cristiana supone, se comprometen con esa llamada y se esfuerzan en lo sucesivo por comunicar ese descubrimiento a los demás, extendiendo así por el mundo la conciencia de que la fe puede y debe vivificar desde dentro la existencia humana, con todas las realidades que la integran: en primer lugar, las exigencias del propio trabajo profesional y, en general, la vida familiar y social, el empeño científico y cultural, la convivencia cívica, las relaciones profesionales...

La luz recibida por el Siervo de Dios el 2 de octubre de 1928 fue netamente una iluminación de carácter fundacional, un carisma de fundador: a lo que desde ese instante se supo llamado, fue, como acabamos de decir, a promover una institución, una Obra. Una Obra, además, que no consistía en una organización con vistas a unos objetivos limitados, sino que presuponía una profundización en la llamada universal a la santidad contenida en el Evangelio, y desembocaba en un fenómeno pastoral de largo alcance. Profundización en el Evangelio, fenómeno pastoral, empresa apostólica, están íntima e inseparablemente fundidos en el carisma fundacional del Opus Dei, cuyo núcleo acaba de ser descrito.

Pero la luz recibida el 2 de octubre, y el carisma fundacional, por tanto, no se limita a los elementos ya señalados, sino que se extiende a otros, a los que debemos hacer referencia, a fin de presentar una descripción relativamente completa, aunque sólo sea en líneas generales, de la actuación y del pensamiento del Fundador de la Obra durante los años primeros. Es lo que abordaremos en páginas sucesivas, operando con método histórico (5).

 

2. CON LA SEGURIDAD DE LA FE

 

Uno de los hechos que salta a la vista cuando se considera la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer es la seguridad y el convencimiento con que, apoyado en Dios, actuó desde el principio: atravesó situaciones muy duras y experimentó, en ocasiones, el cansancio, la sequedad interior e, incluso, el dolor y la amargura; pero nunca le abandonó la firme certeza de que el querer manifestado por Dios el 2 de octubre de 1928 tenía que realizarse. Ante su mente y su corazón estuvo siempre vivo, dándole ánimos e impulsándole a la acción, el amplio panorama, contemplado en esa fecha, de hombres de las más diversas razas y pueblos, presentes en los ambientes y profesiones más dispares, aportando al mundo la luz y el calor de la verdad de Cristo. Regnare Christum volumus; queremos que reine Cristo, que su gracia y su amor fecunden la historia. Omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam; todos con Pedro a Jesús por María: que todos, unidos a Pedro, viviendo hondamente la unidad de la Iglesia, y animados por una tierna devoción a la Virgen, se acerquen a Cristo, se identifiquen con El, hasta llegar a saberse y sentirse hijos amados de nuestro Padre-Dios y, por tanto, hermanos entre sí, servidores los unos de los otros en un empeño constante de paz, de alegría, de fraternidad.

Esos ideales llenaron su alma. Las frases latinas recién citadas, y otras análogas, acudieron, durante aquellos años, con gran frecuencia a su oración, a sus labios e, incluso, a su pluma: más de una vez, en sus notas y escritos personales, interrumpe el hilo del discurso para escribir un Regare Christum volumus, o un Monees, cm Peto, ad Iesum per Marisma, y reanudar luego, sin solución de continuidad, el curso de su pensamiento. Esa profunda vibración interior, ese sentirse comprometido -más aún, hecho una sola cosa- con la voluntad divina que se le había manifestado el 2 de octubre de 1928, no quedó sólo en palabras, sino que se plasmó en obras. "Desde entonces -anotaba en el texto de 1931, antes citado- comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...". No es una declaración retórica, sino un reflejo de la realidad, como confirman numerosos testimonios escritos, completados con recuerdos de esos mismos jóvenes y de otras personas que por entonces le conocieron.

En un primer momento, limitó su apostolado a hombres: pensaba que sólo a ellos se refería la misión recibida el 2 de octubre. Una nueva luz, que tuvo lugar el 14 de febrero de 1930, le hizo comprender que no era así: que debía extender también a mujeres el mensaje espiritual y la llamada que definen y dotan de contenido a la Obra de Dios. En cambio, desde el principio, desde el mismo 2 de octubre de 1928, había visto que en el Opus Dei debería haber no sólo seglares -solteros y casados-, sino también sacerdotes, ya que la mutua cooperación de sacerdotes y laicos es esencial a la plenitud del apostolado cristiano: de hecho, entre los primeros que le escuchan y se unen a la Obra, aún naciente, en 1929 y comienzos de 1930, se encuentran no sólo algunos seglares, sino también un sacerdote -don Norberto Rodríguez-, a quien había conocido con ocasión de diversos encargos pastorales, y a quien hizo partícipe de sus afanes.

Todo comienzo exige, de ordinario, empeño y decisión para superar las dificultades. El Opus Dei no fue una excepción. El joven sacerdote que era entonces don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó con su ministerio a muchas almas. A bastantes, en cuanto daban señales de poder entenderle, les descubría el panorama apostólico abierto en su alma el 2 de octubre. Algunos le siguieron. Otros no le escucharon. Otros, en fin, le oyeron, pero no le comprendieron o, habiendo dado señales de entender, no perseveraron y eligieron otros derroteros. "Las almas se me escapaban de las manos como anguilas", comentará años más tarde, evocando la historia de los inicios (6). Conoció, además, largos períodos de sequedad espiritual, aunque no faltaron tampoco momentos de profundo gozo, y nuevas y sucesivas iluminaciones divinas. Entre éstas, merece ser destacada una, que corrobora de forma inmediata y directa el núcleo del carisma fundacional del Opus Dei. Tuvo lugar el 7 de agosto de 1931 mientras celebraba el sacrificio de la Misa. Narrémosla con las palabras que el propio Fundador escribiera poco después del suceso: "7 de agosto de 1931: Hoy celebra esta diócesis (7) la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de mi residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: 'et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum' (Ioann. 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.

"A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey" (8).

La vibración y el entusiasmo que transparentan estas frases, confirman lo que antes decíamos sobre la convicción profunda que acompañó siempre a don Josemaría Escrivá de Balaguer, y manifiestan el fundamento o raíz de esa convicción: una fe estimulada por las luces e inspiraciones recibidas de Dios, y alimentada por una oración constante, hasta desembocar en una confianza que nada hace desfallecer (9).

Otros sucesos, acaecidos apenas un mes después de los recién mencionados, completaron y desarrollaron la experiencia interior del Fundador, grabando hondamente en su alma lo que constituye uno de los rasgos más sobresalientes de su espíritu: el sentido de la filiación divina. Los narra escuetamente en sus apuntes íntimos. "Estuve considerando -escribe el 22 de septiembre de 1931- las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y -si no gritando- por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle (10). Unos días más tarde, el 17 de octubre, ese sentimiento se agudizó y afianzó en un rato de oración en el que sufrimiento, sequedad y fe viva se hermanaron profundamente: "Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa"(11).

En muchas ocasiones rememoró la profunda experiencia interior vivida en ese otoño de 1931. Período tenso de la vida político-social y religiosa española, marcado fuertemente por la incertidumbre del futuro, en el que don Josemaría Escrivá tropieza, además, con dificultades e incomprensiones. Esta realidad delinea como un trasfondo de sufrimiento y dureza, que, sin embargo, no le aparta de Dios, sino que le lleva a entregarse más a El, identificándose por entero con su voluntad. Y, en ese marco, surge la oración a la que se refieren los textos anteriores. "Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno -comentaba tiempo después-, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Paterl; Abba, Paterl; Abba! Abba! Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso.

"Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios" (12).

En el tranvía primero, al caminar por la calle después, en la tranquilidad de su hogar finalmente, esa conciencia de ser hijo de Dios le llena por entero. No le resulta posible leer el periódico ni hacer cosa alguna: sólo dirigirse a Dios llamándole Padre. Incluso rodeado de gente, mientras recorre las calles en dirección a su casa, esas palabras, Abba, Pater!, ¡Padre!, vienen a sus labios y afloran casi en voz alta. "Me tomarían por loco", comentaría posteriormente. De hecho, una honda conciencia de la filiación divina se marcó desde ese momento en lo más hondo de su alma, presentándosele como el fundamento de ese espíritu de santificación y apostolado en medio del mundo que se veía llamado a difundir.

El sentido de la filiación divina constituyó, en efecto, en su vida personal y en su enseñanza, no sólo impulso y estímulo para una oración sencilla y confiada, para un trato filial con un Dios del que se sabe que es Padre, y Padre que ama "más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos (13), sino luz que permite dirigir una mirada nueva sobre las realidades humanas- también las normales tareas y ocupaciones de los hombres-, percibiendo ahí el reflejo de la bondad de Dios. "La filiación divina -afirmaba en una homilía pronunciada en 1952, pero reflejando ideas que venían de muchos años antes- es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo" (14). Sentirse hijo de Dios es saber que no hemos sido arrojados al mundo en virtud del acaso, ni condenados a un existir sin sentido, sino llamados a la vida como fruto y consecuencia del amor, e invitados, por tanto, a poner amor en todas y cada una de las circunstancias de nuestro vivir, también las más comunes y ordinarias, ya que nada se oculta a la mirada de ese Dios que es Padre.

 

3. HORIZONTES DE SANTIDAD Y APOSTOLADO

 

Los hechos a los que nos hemos referido y los textos transcritos nos han situado ante algunos de los puntos capitales del espíritu y del mensaje del Fundador del Opus Dei. Para captar el tono de su predicación, conviene aludir, además, a otro rasgo muy característico de su vida espiritual: un sentido extremadamente concreto de la esperanza, como consecuencia práctica de la firmeza y hondura de la fe.

"Soñad, y os quedaréis cortos", fue un consejo que el Fundador dio muchas veces, a lo largo de su vida, a quienes le seguían. El hombre de fe no debe ser apocado, sino magnánimo, pronto a entusiasmarse con las cosas grandes. Más aún, ha de soltar su imaginación, soñar con las maravillas que Dios promete. Puede que lo por él imaginado, sus sueños, no coincidan del todo con las realidades que Dios, con su gracia, acabará produciendo. Pero nunca habrá desengaños. Jamás podrá ocurrir que nuestros pensamientos le ganen a Dios la partida. Dios es siempre mayor, más generoso, más creador, que la imaginación humana. Nuestros sueños se quedarán siempre cortos, la gracia irá siempre más allá de lo soñado, y la oración deberá concluir en acción de gracias.

Ese consejo espiritual no fue, en labios de don Josemaría Escrivá de Balaguer, sino el trasunto de su propia experiencia, de lo que vivió en todo momento y, de modo muy particular, durante las etapas iniciales del desarrollo de la Obra. Conoció en ese tiempo, como ya hemos apuntado, dificultades e, incluso, períodos de gran aridez interior. Su afán por contagiar a otros el ideal que Dios le había hecho ver no sólo reclamaba esfuerzo y empeño, sino que desembocó, más de una vez, en el fracaso. Trató apostólicamente a muchos, pero el grupo que se formó a su alrededor, en unidad de afanes e ideales, fue reducido. Y, sin embargo, cuando se encontraba prácticamente solo, siendo un sacerdote joven -veintiséis, veintisiete, veintiocho años     sin medios de fortuna, y en momentos históricos surcados por una profunda crisis política y cultural, don Josemaría Escrivá de Balaguer dejó correr su imaginación para contemplar frutos y realizaciones apostólicas que podrían llegar sólo andando el tiempo, cuando la semilla arrojada por Dios a la tierra el 2 de octubre de 1928, hubiera arraigado y crecido hasta transformarse en árbol frondoso y cuajado.

En ocasiones, sucesos trágicos o manifestaciones de incomprensión o, incluso, de odio a la Iglesia -no infrecuentes en aquella época- le hacían exclamar: "Señor: ¡tu Obra!", si tu Obra estuviera ya desarrollada, tantas almas habrían aprendido a conocerte y cosas así no sucederían. Con más frecuencia aún, hechos muy variados - una noticia leída en el periódico, una frase deslizada en la conversación, el encuentro casual con un amigo o tantas cosas parecidas- le llevaban a imaginar, positivamente, lo que podía significar para la paz y el bien del mundo el espíritu cristiano vivido con intensidad y responsabilidad personal por los hijos de Dios en los más diversos ambientes y situaciones sociales: desde la prensa y las grandes empresas internacionales, hasta las barberías rurales o los trabajos del campo, por citar ejemplos que aparecen en notas de sus primeros tiempos. Su corazón vibraba y su alma se llenaba de admiración y maravilla ante la fuerza y vitalidad de la gracia que su oración le hacía descubrir: "Aquí se vuelve uno loco", exclamaba en cierta ocasión; y, en otra, "no me cabe en la cabeza la bondad de Dios” (15).

Dotado de grandes cualidades de gobierno y de organización, su imaginación era concreta y pasaba fácilmente de las grandes líneas a los detalles. En aquellos primeros años, se manifestó en su viva capacidad para evocar y describir panoramas que impresionaba por su realismo. Así, por ejemplo, cuenta Mons. Laureano Castán, años más tarde Obispo de Sigüenza, con quien coincidió algunos veranos, por tierras de Aragón, entre 1929 y 1932: "Recuerdo una de aquellas conversaciones en la que me habló de la fundación que el Señor le pedía llamándola la Obra de Dios. Aunque decía que estaba trabajando para realizarla, me hablaba de todo como si fuese una cosa ya hecha: tal era la claridad con que -ayudado por la gracia de Dios- la veía proyectada en el futuro". "No encuentro -prosigue- más explicación a mi perseverancia para rezar a diario por el Opus Dei que la profunda impresión que me causó la fe con la que hablaba monseñor Escrivá de Balaguer y la santidad que se traslucía de su persona" (16).

Nos hemos detenido un poco en la descripción de esta esperanza concreta y vital, que caracterizó el actuar del Fundador, no sólo porque testimonia la huella que dejaron en su alma las luces recibidas a partir del 2 de octubre de 1928, sino también porque ayuda a comprender el modo de constituirse el Opus Dei como fenómeno pastoral. Don Josemaría Escrivá procedió en efecto así: comunicando su fe, descubriendo, a quienes se le acercaban, hondos horizontes de apostolado -las perspectivas de un mundo vivificado por el espíritu cristiano-, e invitando a continuación a comprometerse con ese empeño y, para esto, a ir a lo hondo de la propia condición de cristianos, viviéndola, realizándola, de acuerdo con lo que eran, y allá donde estaban, es decir, como hombres y mujeres corrientes, ocupados en las variadas tareas que dotan de estructura a la sociedad humana. Era en ese contexto donde surgía después la referencia a la Obra, como institución que difundía ese espíritu, con la consiguiente posibilidad de vincularse a esta empresa apostólica.

"El Padre -recuerda una persona que conoció al Fundador en los años 1929 y 1930, designándole con el apelativo con que solían tratarle los que participaban de su labor sacerdotal- hablaba más bien de ser obra de Dios y de hacer la Obra de Dios, que de pertenecer a la Obra" (17). "La Obra -rememoraba el propio Fundador en 1967- salió con el deseo de santidad, que es una de las señales de la llamada divina, y con el afán de superarse. (...) Comenzaba por no hablar de la Obra a los que venían junto a mí: les ponía a trabajar por Dios, y ya está. Es lo mismo que hizo el Señor con los Apóstoles: si abrís el Evangelio, veréis que al principio no les dijo lo que quería hacer. Los llamó, le siguieron, y mantenía con ellos conversaciones privadas; y otras, con pequeños o grandes grupos..."; "así -concluía- me comporté yo con los primeros. Les decía: venid conmigo... Y algunos no saben con certeza cuándo pidieron la admisión (en la Obra)" (18)

Quizá ningún documento refleje mejor esta realidad que el texto de uno de los libros más conocidos de don Josemaría Escrivá de Balaguer: Camino, y su antecedente, Consideraciones espirituales (19). Con esa obra "traté -explicaba su autor, años más tarde- de preparar un plano inclinado muy largo, para que fueran subiendo poco a poco las almas, hasta alcanzar a comprender la llamada divina, llegando a ser almas contemplativas en medio de la calle" (20). Esas palabras expresan perfectamente el ritmo interior de Consideraciones espirituales y de Camino: se empieza situando al lector ante las propias responsabilidades, ante la necesidad de dar sentido a la vida -"Que tu vida no sea una vida estéril. -Sé útil. -Deja poso", comienza el primero de los puntos de Camino-, se pasa luego a hablar de carácter, de reciedumbre, de empeño, para ir descubriendo después, poco a poco, y de manera cada vez más decidida, horizontes de oración, de vida cristiana profunda, de amor a Dios, de compromiso apostólico, de filiación divina, de entrega, de perseverancia. Y todo, formulado de manera que se impulsa a vivir ese espíritu allá donde se está, en el lugar del mundo en el que cada uno se encuentra y en el que el cristiano corriente debe continuar.

El Opus Dei nació y se desarrolló, en suma, como un fenómeno pastoral de vida cristiana en medio del mundo, ordenado precisamente a la promoción de esa realidad en virtud de la cual se constituía, es decir, a fomentar la toma de conciencia, por parte de quienes se encuentran inmersos en las ocupaciones seculares, de la grandeza y exigencias de la vocación cristiana. Este es, repitámoslo, el hecho o dato esencial, que deberemos tener constantemente presente, ya que rige toda la historia del Opus Dei, también la de ese itinerario jurídico que constituye el objeto inmediato de nuestro estudio. Es obvio, sin embargo, que ese núcleo, aun siendo esencial -e, incluso, precisamente por serlo-, no expresa la totalidad de los rasgos que configuran al Opus Dei como fenómeno institucional concreto: encierra, en efecto, su razón de ser, su finalidad y su naturaleza íntima, pero no la totalidad de los rasgos institucionales que deberemos tener en cuenta para valorar la evolución futura. Resulta, pues, necesario que, volviendo de nuevo a los textos y a los datos históricos, intentemos completar la descripción del Opus Dei en su primera hora.

 

4. LA CONFIGURACIÓN DEL OPUS DEI

 

¿Cómo se configuraba la Obra, qué fisonomía presentaba en sus momentos iniciales? A nivel descriptivo, casi podríamos decir sociológico, la respuesta resulta extremadamente sencilla.

En primer lugar, el propio Fundador, Josemaría Escrivá de Balaguer, quien, rememorando aquellos tiempos, decía de sí mismo que no contaba más que con "veintiséis años, gracia de Dios y buen humor". A lo que habría que añadir su carácter abierto y expresivo, su capacidad de comunicación, su afán sacerdotal, su dedicación a la tarea casi hasta el agotamiento, su profunda vida interior, su trato constante con Dios.

En segundo lugar, el conjunto de los que han escuchado su mensaje y le siguen:

-Algunos sacerdotes -siete u ocho- a los que ha hablado de la Obra, y con cuya colaboración cuenta, en mayor o menor grado. Con varios de ellos la relación fue breve (uno -don José María Somoanofalleció santamente en 1932); con otros dura más tiempo -años-, pero muy pronto llega a una convicción clara: es necesario que algunos de los seglares que formen parte de la Obra reciban la ordenación sacerdotal, pues sólo así se garantiza que haya sacerdotes, formados según su espíritu, que puedan contribuir eficazmente a la labor.

-Un grupo reducido de varones, miembros de la Obra. Como ya esbozamos, de los llegados hasta finales de 1932, sólo uno -Isidoro Zorzano- estará presente en las etapas posteriores; otro -Luis Gordon- muere en noviembre de ese año; los restantes no perseveran. A partir de comienzos de 1933, el panorama cambia, ya que se acercan a la Obra diversos jóvenes cuya vocación se hace firme y se consolida. A mediados de 1936, cuenta ya con diez o doce hombres, completamente decididos y entregados, y que han captado a fondo lo que la Obra significa.

-Algunas mujeres, la primera de las cuales llega a la Obra en 1932. Teniendo presente su propia juventud, el Fundador consideró prudente confiar la formación de estas vocaciones femeninas a alguno de los sacerdotes que le ayudaban y le superaban en edad. Sea por esa razón, sea por otras, acabará advirtiendo que ninguna de esas mujeres ha asimilado el espíritu específico del Opus Dei; en 1939 les aconseja que emprendan otros caminos, y decide recomenzar esta labor casi desde cero (cuenta sólo con una que había conocido el Opus Dei en 1937 -Dolores Fisac- y no había tratado a las anteriores).

Ciertamente, la enumeración podría ampliarse bastante, incluso en lo cuantitativo, si incluyéramos todo el conjunto de personas a las que, por aquellos años, se extendió la labor sacerdotal y apostólica de don Josemaría Escrivá: se cuentan, en efecto, por centenares las personas de las más diversas condiciones que tuvieron oportunidad de recibir su influjo espiritual. Permanece, sin embargo, el hecho de que el núcleo del Opus Dei, en 1936, consistía todavía sólo en el propio Fundador y un reducido número de hombres jóvenes que daban esperanzas de perseverancia y, por tanto, de desarrollos futuros.

¿Qué estructura tenía el Opus Dei en esos momentos?, ¿qué rasgos lo definían, ya entonces, como institución? A este nuevo nivel, la respuesta no puede ser tan esquemática como la anterior. En esos años, la Obra atravesaba lo que el propio Fundador ha definido como "el período de gestación". La semilla, el germen, había sido depositado por Dios el 2 de octubre de 1928, y confirmado en ocasiones sucesivas, pero el cuerpo, el organismo completo, estaba aún en proceso de formación: la Obra no era todavía una realidad plenamente desarrollada.

En estos años, don Josemaría, al hablar a los que atraía hacia la Obra, no les presentaba una cosa hecha, sino un panorama, unos objetivos, un rumbo, una llamada de Dios que es preciso secundar, concretando el camino iniciado a través del proceso mismo de recorrerlo. "La realidad de la Voluntad de Dios estaba clara -comentaría tiempo después-. Había, por tanto, que hacer lo que el Señor ordenaba. Después vendría la teoría; y, encauzando la vida, vendría el derecho. Por eso, yo no les decía a los primeros a qué iban; si no,

hubiéramos tenido que comenzar por el Derecho, por un reglamentito"; "¡No, no! -concluía-. El Reglamento vino después" (21).

¿Qué alcance tiene cuanto acabamos de decir? ¿Cuál era el margen de indeterminación en la configuración del Opus Dei en los años treinta? Dejemos constancia ante todo de que el joven Josemaría Escrivá de Balaguer era consciente de la provisionalidad, o más exactamente, del carácter de aproximación o tentativa, que tenían muchas de sus reflexiones sobre aspectos organizativos; aportación de ideas o datos que habrá luego que valorar y someter a criba. Así lo advierte en sus apuntes íntimos, donde, más de una vez, aparecen frases como "la vida misma, a su tiempo, nos irá dando la pauta", "quizá haya que reformar o corregir lo dicho" y "habrá que atenerse a lo que enseñe la práctica", "Dios dirá", "el Señor inspirará la solución, cuando El quiera". Encontramos también en esos apuntes declaraciones más desarrolladas de alcance general, como ésta de marzo de 1930: "todas las notas escritas en estas cuartillas son un germen que se parecerá al ser completo, quizá, lo mismo que un huevo al arrogante pollo que saldrá

de su cáscara" (22).

Pero, preguntémonos de nuevo, ¿qué es lo que varía y con respecto a qué pueden ser juzgadas o valoradas las variaciones? Otro texto, también de 1930, aunque algo posterior al recién citado -data en efecto del mes de julio-, permite ofrecer una respuesta, ya que contiene una clave hermenéutica que nos ilustra sobre el contexto en que don Josemaría Escrivá de Balaguer situaba sus reflexiones de aquellos años, y sobre la distinción entre lo que, a sus ojos, estaba aún pendiente de determinación -y requería, por tanto, su reflexión y su estudio- y lo que, en cambio, era ya realidad adquirida. Después de unos párrafos dedicados a pergeñar las posibles actividades apostólicas, escribe, en efecto: "No es -desde luego: ya me doy cuenta- no es una cosa definitiva, una iluminación, sino un rayito de claridad" (23). Encontramos ahí, netamente formulada, la distinción entre las "iluminaciones", las luces que concede Dios y constituyen, por tanto, hitos o puntos de referencia definitivos, de una parte; y, de otra, los "rayitos de claridad", los aspectos, detalles y concreciones que la meditación, el estudio o la experiencia permiten entrever e incluso perfilar, necesarios, sin duda alguna, para acabar de dotar de fisonomía a la acción, pero que no poseen evidencia o garantía de verdad por sí mismos, sino que deben ser confrontados con la luz divina original, a cuyo servicio están y a la que deben adecuarse.

El arco de la vida de don Josemaría Escrivá refleja ese esquema, en el que se armoniza una absoluta firmeza en todo lo que se refiere al carisma recibido -el querer de Dios debe ser secundado con radical exactitud, sin tocarlo o variarlo en lo más mínimo-, con una gran capacidad de asimilación de nuevos datos y de adaptación a la mutabilidad de las situaciones históricas; como suele acontecer, por lo demás, en quien posee puntos de referencia definidos y concretos. Porque ésta era de hecho -e importa subrayarlo- la situación de don Josemaría Escrivá, incluso, en el período que ahora consideramos.

La estructura del Opus Dei no estaba aún perfilada en todos sus detalles; muchos elementos de su organización se encontraban en desarrollo o evolución; sin embargo, la Obra no era una realidad informe, un impulso vago e indefinido hacia un ideal, potente quizás, pero carente todavía de un mínimo de soporte estructural, sino una institución dotada ya, desde esos años iniciales, de contornos bien definidos: las luces recibidas el 2 de octubre de 1928, el 14 de febrero de 1930, el 7 de agosto de 1931 y en otras ocasiones análogas, habían dibujado con nitidez una fisonomía no sólo espiritual, sino también institucional, que debía ser plasmada en la vida, completándola sin duda alguna en facetas o detalles, pero, sobre todo, realizándola con fidelidad, pues estaba dotada ya de verdadera y profunda consistencia (24).

 

5. RASGOS DEFINITORIOS DEL OPUS DEI

 

¿Cuáles son esos rasgos que definen la fisonomía de la Obra tal y como la vio su Fundador?; al menos, ¿cuáles son los fundamentales? Intentemos una enumeración, no sin hacer una advertencia previa: lo que aspiramos a ofrecer no es, en modo alguno, una síntesis o una visión panorámica del espíritu del Opus Dei, ni tampoco un esbozo de las implicaciones eclesiológicas, teológicas y existenciales que derivan del rico mensaje espiritual que difundió su Fundador, sino más bien una relación de notas o rasgos que contribuyen a determinar lo que podríamos calificar como fisonomía institucional del Opus Dei, es decir, su naturaleza y estructura, con base en los escritos primeros de su Fundador: ése es, en efecto, el punto de partida del proceso jurídico que aspiramos a examinar y valorar.

El primer rasgo que debemos subrayar, aun a riesgo de parecer reiterativos, es la referencia a un horizonte de santificación del mundo, de instauración del Reino de Cristo, de impregnación de los quehaceres y de las realidades temporales con el espíritu del Evangelio como consecuencia del auténtico vivir cristiano de hombres y mujeres de las más variadas condiciones. Porque ese horizonte constituye, desde la perspectiva de la fundación, el fin al que se aspira o, para ser más exactos -y sobre este punto volveremos, ya que lo consideramos de extrema importancia-, el fruto que se espera. Un fruto de plenitud, de paz, de unidad, que, ciertamente, alcanzará su forma acabada y definitiva sólo en el Reino de los Cielos, pero que, en virtud de la gracia, se anticipa de algún modo en el hoy de la historia, fundamentando una actitud positiva ante la vida y ante las cosas y reclamando un empeño decidido por reflejar ya ahora, mediante la fe y la caridad, la plenitud de amor que Dios nos ha manifestado en Cristo.

El segundo lugar, e íntimamente en conexión con lo anterior, debe ocuparlo la valoración del trabajo profesional, de la tarea que a todo hombre le corresponde desarrollar en el mundo: es con el trabajo y a través del trabajo como el hombre se inserta en el mundo, contribuyendo a su evolución y desarrollo, y es con el trabajo y a través del trabajo como el cristiano corriente puede llevar al mundo el espíritu de Cristo. En su predicación, don Josemaría Escrivá tuvo presente no sólo el ordinario trabajo humano, sino la totalidad de las realidades que constituyen el entramado de la existencia cotidiana, pero atribuyó siempre una importancia primordial al trabajo, considerándolo elemento esencial e imprescindible de la vinculación del hombre con el mundo. De ahí derivan muchas consecuencias, y destacan dos, importantes y paralelas, que afectan a la misma configuración del Opus Dei: la exigencia de que todos sus miembros trabajen, es decir, que tengan una ocupación o quehacer profesional (25); y su apertura a toda persona, de cualquier clase o condición, que desempeñe una tarea u oficio en medio del mundo (26).

El tercer lugar debe ocuparlo el sentido vocacional, la existencia de una llamada divina que invita a vivir la fe cristiana con plena radicalidad, dando lugar, en consecuencia, a un compromiso profundo y decisivo. El Fundador no habló nunca del Opus Dei como de una asociación con una finalidad de alcance limitado o restringido, a la que cabe adherirse comprometiendo sólo una parte de la propia vida, sino como de una labor espiritual y apostólica cuya realización afecta a la totalidad de la persona, precisamente porque brota o nace de un querer de Dios. Es ésta, sin duda, una de las razones -y no de las menos importantes- por la que, al designar la institución que promovía, lo hizo mediante la expresión Obra de Dios, y por la que subrayó siempre, con palabras netas, su origen carismático y divino. "No olvidéis, hijos míos -escribía en 1934-, que no somos almas que se unen a otras almas, para hacer una cosa buena. Esto es mucho... pero es poco. Somos apóstoles que cumplimos un mandato imperativo de Cristo" (27). La Obra, el Opus Dei, no ha surgido como consecuencia de la iniciativa de un sacerdote lleno de inquietudes espirituales, sino que es fruto de una intervención de Dios en la historia. No convoca a participar en un proyecto apostólico bien intencionado, al que se contribuye con mayor o menor intensidad según los casos, sino a situarse ante Dios, que llama a cada uno por su propio nombre. En otras palabras, la incorporación al Opus Dei presupone saberse objeto de una vocación o llamada divina, de una invitación que viene de Dios mismo y compromete toda la existencia, que debe, a partir de ese momento, orientarse por entero, en todas y cada una de sus dimensiones, a la imitación y al seguimiento de Cristo, y precisamente -no lo olvidemos- en el trabajo

diario, en las condiciones y avatares normales del existir y vivir en medio del mundo.

En cuarto lugar, y en dependencia de los anteriores, debemos hacer referencia a la honda y decidida llamada a la santidad personal, porque la vocación es invitación a participar en la intimidad de Dios, a vivir de El y para El. "Simples cristianos -anota en junio de 1930, en una densa enumeración de rasgos o notas esenciales-. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos!"(28). No se trata de llevar adelante una empresa humana, sino de participar en la aventura divina de la Redención, que reclama, ante todo y sobre todo, identificación con Cristo, y, en Cristo, y por el Espíritu Santo, unión con Dios Padre: por tanto, santidad, oración, vida interior, fe, amor manifestado en obras. El Opus Dei se nos presenta, en suma, como un fenómeno pastoral de plenitud de vida cristiana, en todos sus aspectos, realizado en las circunstancias y ambientes propios de la común condición humana.

Mencionemos, por eso, en quinto lugar, la dimensión apostólica. Saberse llamado por Dios es, siempre y necesariamente, saberse enviado a los hombres, para darles a conocer el amor del que uno mismo se sabe objeto. Descubrir que Dios llama a amarle en y por medio de las múltiples y diversas ocupaciones diarias, es, por eso, saberse no sólo invitado a tratar a Dios en todo instante, sino, además, llamado a contribuir con la propia vida ordinaria a la tarea redentora y a manifestar a los demás hombres, precisamente a través del concreto y diario vivir, que también ellos son objeto de predilección divina: "Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo"; "Eres, entre los tuyos -alma de apóstol-, la piedra caída en el lago. -Produce, con tu ejemplo y tu palabra un primer círculo... y éste, otro... y otro, y otro... Cada vez más ancho" (29). Compostura y conversación, ejemplo y palabra, se articulan en un actuar cristiano, que sin rarezas ni gestos llamativos, sino, al contrario, entremezclado con los acontecimientos diarios y tomando ocasión de ellos, contribuye a desvelar la hondura y riqueza de la fe. Surge así, como componente esencial de la dimensión apostólica del cristiano corriente, lo que el Fundador del Opus Dei llamará "apostolado de amistad y confidencia", del que encontramos una buena ejemplificación en uno de los puntos finales de Camino: "Esas palabras, deslizadas tan a tiempo en el oído del amigo que vacila; aquella conversación orientadora, que supiste provocar oportunamente; y el consejo profesional, que mejora su labor universitaria; y la discreta indiscreción, que te hace sugerirle insospechados horizontes de celo... Todo eso es `apostolado de la confidencia ”(30).

El conjunto de los aspectos reseñados hasta ahora confluye en un sexto rasgo: la unidad de vida. En los textos del Fundador del Opus Dei llegados hasta nosotros, esta expresión aparece por primera vez en una anotación del 6 de febrero de 1931 (31). Es posible que la usara con anterioridad; en todo caso, la empleó a partir de esa fecha, cada vez con más frecuencia, consciente de que constituía como una síntesis de su mensaje espiritual. Conviene tener presente que la expresión unidad de vida no ofrece, en su predicación y en sus escritos, un alcance meramente genérico, simple expresión de la unificación de las acciones y actitudes en torno a un centro vital. Desde luego, significa ese proceso de unificación y la unidad espiritual resultante, pero connotando siempre la condición laical y secular de aquellos de quienes se predica. Y es así entendida cuando, en plenitud de significado, evoca la totalidad de la experiencia espiritual propia de la Obra. La unidad de vida deriva, en el espíritu del Opus Dei, del saberse llamados por Dios precisamente en el mundo y a través del mundo, que se presenta así como realidad que forma parte de los planes divinos y que, en consecuencia, forma parte también de la vida espiritual del cristiano concreto, integrándose en unidad con las dimensiones teologales y apostólicas. "En el Opus Dei es necesaria, para los hijos de Dios que El ha llamado a su Obra, la unidad de vida. Una unidad de vida que tiene simultáneamente dos facetas: la interior, que nos hace contemplativos; y la apostólica, a través de nuestro trabajo profesional, que es visible y externa" (32). Lo mostrará, en frase aún más completa y gráfica, en la ya citada Instrucción de marzo de 1934, en uno de esos párrafos breves que, hacia el final del documento, aspiran a dibujar los "ideales" que dan sentido al Opus Dei: "Unir el trabajo profesional con la lucha ascética y con la contemplación -cosa que puede parecer imposible, pero que es necesaria, para contribuir a reconciliar el mundo con Dios-, y convertir ese trabajo ordinario en instrumento de santificación personal y de apostolado. ¿No es éste un ideal noble y grande, por el que vale la pena dar la vida?" (33).

Como séptimo rasgo, que trasciende el espíritu y perfila el fenómeno pastoral, mencionemos el hecho de que el Opus Dei se dirige tanto a hombres como a mujeres, dando origen, por lo que a su estructuración interna se refiere, a dos Secciones diferentes. En 1928 el Fundador del Opus Dei, como ya expusimos, pensó que su labor debía dirigirse sólo a hombres; el 14 de febrero de 1930, Dios le hizo comprender que la luz recibida año y medio antes tenía que ser comunicada también a mujeres; que también a ellas se extendía el fenómeno pastoral de la Obra de Dios; vio igualmente que uno y otro apostolado, con hombres y con mujeres, deberían proceder con autonomía, aunque en unidad de espíritu, de impulso fundacional y -posteriormente- de estructura institucional. Para expresar esta realidad de unidad y distinción, habla en ocasiones, en los escritos primeros (es decir, los de 1930 y 1931), de "dos Obras"; y también, y más frecuentemente, de "dos ramas de la Obra"; o de "dos Secciones de la Obra"; esta última terminología es la que prevaleció.

Un octavo rasgo, también con repercusiones profundas en la estructura del Opus Dei, es el hecho de que a la Obra pueden pertenecer tanto personas célibes como casadas; más exactamente, que debe haber personas -hombres y mujeres- que, para asegurar la continuidad de las tareas apostólicas, se comprometan a vivir en celibato, y a las que, entre otras cosas, por su mayor disponibilidad fáctica, se les reserven determinadas funciones de dirección o formación. Don Josemaría Escrivá comentó alguna vez esta realidad distinguiendo entre el "estado mayor" y la "clase de tropa" (34), forma de hablar que, como toda metáfora, reclama ser situada en su contexto y que, en este caso, expresa a la vez la distinción de funciones y la participación en la misma empresa apostólica. Porque, y este punto debe ser notado, tanto en célibes como en casados se presupone un mismo fenómeno vocacional de llamada a la santificación en el trabajo profesional y en las condiciones habituales de la vida diaria"(35).

Otro rasgo esencial, el noveno de la relación que estamos ofreciendo, es la presencia de sacerdotes y seglares en íntima cooperación. Añadamos que, viendo a la Obra como una institución destinada a promover entre los cristianos corrientes la santidad y el apostolado, y cuyos miembros son, por tanto, en su gran mayoría, laicos que ejercen las más variadas profesiones, don Josemaría Escrivá entendió la misión del sacerdote como una misión estricta y absolutamente espiritual, orientada no a dirigir las actividades seculares que los miembros de la Obra pudieran realizar, sino a fomentar, mediante el ministerio sacerdotal, su vida interior, el sentido cristiano de la existencia, su afán apostólico. Los sacerdotes -escribe en un texto de 1931- "serán solamente -y no es poco- Directores de Almas"; serán, pues, continúa diciendo, una pieza importantísima en la vida de la Obra, pero, advierte, precisamente en la medida en que sean servidores de los demás, pastores de almas que sepan desvivirse por la santidad de aquellos que han sido confiados a su solicitud espiritual, dedicándoles tiempo, atendiéndoles uno a uno, con clara conciencia de la eficacia divina de "ese apostolado oculto"(36). De ahí el lema que les propone desde el principio: "ocultarse y desaparecer" (37); entregarse a su misión de servicio, renunciando a estar en primer plano, teniendo como meta y razón de ser de sus vidas la promoción de la vida cristiana de aquellos seglares, hombres y mujeres, que se acerquen a su labor.

Señalemos en décimo lugar lo que podríamos describir como valoración de la inteligencia, o, en términos que tal vez reflejen mejor las formas de expresión propias del Fundador, el reconocimiento del influjo que las ideas-madre, las convicciones de fondo, tienen en el comportamiento de los hombres y de los pueblos. De ahí proviene el aprecio que don Josemaría manifestó a las profesiones intelectuales, consciente de su transcendencia social (38), así como, a un nivel más amplio, la importancia que concedió siempre a la formación, entendida como desarrollo integral de la personalidad, que hunde sus raíces en las capas más profundas del ser humano -y, por tanto, es inseparable de las opciones de fondo y de las decisiones de la voluntad-, pero que connota y presupone también el libre cultivo de la inteligencia. Los capítulos de Camino y Consideraciones espirituales sobre "estudio" y "formación" son muy ilustrativos en este sentido: ahí encontramos descrito un ideal formativo en el que vida espiritual cristiana, formación doctrinal o teológica, conocimiento adecuado de las materias objeto de la propia profesión u oficio, sensibilidad cultural, aspiran a integrarse armónicamente en cada cristiano singular, hasta dar vida a una síntesis personal que permita ser "alma de criterio", hombre o mujer capaz de orientarse con conocimiento de causa y con sentido cristiano en las diversas encrucijadas que depara la vida humana, y esto para personas de cualquier condición social y de cualquier profesión u oficio (39). Desde esta perspectiva, la formación se nos presenta como la función o tarea que resume toda la labor de la Obra: el Opus Dei, repetirá muchas veces su Fundador, tiene como actividad propia la formación de sus miembros y de cuantos se acercan a su apostolado, de manera que todos ellos puedan actuar con sentido cristiano en su vida profesional y social; realidad que se resume en una expresión que don Josemaría Escrivá empleaba ya en enero de 1932, y a la que volverá después frecuentemente: "Somos y seremos siempre una gran catequesis" (40).

   Un nuevo rasgo, el undécimo, contribuye a completar el anterior: la plena libertad de los miembros en las cuestiones profesionales, sociales y políticas. Las afirmaciones en este sentido son constantes desde el principio. Así, por ejemplo, a comienzos de 1931 incluye, en Apuntes íntimos, unos párrafos en los que, de modo esquemático, va mencionando diversas actividades de apostolado; junto a una de esas enumeraciones, anota "no, un partido católico: diversidad de opiniones” (41); y en otro momento, meses después, ya en 1932: "Somos ciudadanos iguales a los demás: iguales deberes, iguales derechos. -Libertad política de los socios y asociadas. Por eso, en lo humano, diversidad de opiniones" (42). En el primero de los textos citados, inmediatamente después de la anotación que hemos reproducido, aparece una indicación escueta, que resume, sin embargo, con claridad qué es, según su mente, lo único que une entre sí a los miembros del Opus Dei, y, en consecuencia, su amplio margen de libertad y diversidad: "Unidad sólo por el denominador común". Se trata de una metáfora a la que acudirá después muchas veces para indicar que los miembros del Opus Dei están unidos sólo por un denominador común muy concreto -la fe de la Iglesia, el espíritu de la Obra y el empeño apostólico-, sobre el que se levantan numeradores diversísimos, constituidos por las características personales de cada uno y las opciones que libremente estime oportuno adoptar (43).

Como duodécimo rasgo, citemos la universalidad o internacionalidad. El Opus Dei nace como una institución destinada no a un país concreto, sino a la generalidad del orbe: su difusión posterior no será, pues, un mero hecho, sino una exigencia intrínseca del espíritu originario. Documentémoslo con un solo texto, de la ya citada Instrucción de 1934: "no somos una organización circunstancial (...). Ni venimos a

llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados, porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal, católica (44).

Merece citarse finalmente como rasgo también distintivo de la Obra que, en la visión del Fundador, la universalidad del Opus Dei implica una organización unitaria e interdiocesana. En sus apuntes íntimos deja constancia de este carácter unitario. Así, por ejemplo, cuando se refiere al que la presida, escribe que habrá de tener la colaboración de "un cierto número de socios", "junto a él o repartidos por el mundo" -añade-, "para que le ayuden a regir la Obra" (45). También anota en esos apuntes personales que el Opus Dei no puede tener un régimen jurídico de rango meramente diocesano, lo que justifica "por el mismo carácter universal de la Obra de Dios" (46). Y prevé -ya en 1931- que la sede central deberá acabar estando en Roma, centro de la catolicidad (47).

Los rasgos precedentes no agotan -como ya advertimos al comenzar este apartado- todo lo que puede decirse en orden a una descripción del espíritu y la actividad del Opus Dei. Como es igualmente obvio que el comentario sobre los rasgos apuntados podría ser mucho más amplio. Una y otra cosa serían convenientes si nuestro objetivo fuera exponer y estudiar la espiritualidad del Opus Dei o sus apostolados: en ese caso, resultaría imprescindible descender a más detalles, analizar con detenimiento los diversos elementos de su mensaje espiritual, mostrar cómo su organización interna y sus apostolados han ido desarrollándose a lo largo de los años, precisando sus contornos, explicitando sus virtualidades, asimilando los frutos de la experiencia. Aspirando sólo a seguir el iter jurídico, la descripción realizada nos parece suficiente. Baste, pues, con lo expuesto, e intentemos, en cambio, situados todavía en los primeros años de la Obra, poner de relieve algunas líneas de fondo, necesarias para una exacta comprensión del fenómeno pastoral que constituye el Opus Dei y, por tanto, de los avatares del posterior itinerario canónico.

   

 

1. Para situar en su contexto las cuestiones teológico jurídicas que son objeto de nuestro estudio, será necesario hacer referencia en ocasiones al ambiente o a circunstancias históricas, si bien procuraremos limitarnos siempre a lo esencial. Para más datos sobre los hechos a los que ahora, y en páginas sucesivas, nos referimos, puede consultarse alguno de los estudios biográficos sobre el Fundador del Opus Dei publicados hasta ahora: S. BERNAL, Mons. Escrivá de Balaguer, Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Madrid 1976; F. GONDRAND, Au pas de Dieu. Mgr Escrivá de Balaguer, fondateur de !'Opus Dei, Paris 1982 (trad. castellana: Al paso de Dios. Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, Madrid 1984); A. VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador del Opus Dei, Madrid 1983; P. BERGLAR, Opus Dei. Leben und Werk des Gründers Josemaría Escrivá, Salzburg 1983 (trad. castellana: Opus Dei. Vida y obra del Fundador Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid 1987).

2. Sin entrar en detalles biográficos -remitimos a las obras citadas en la nota anterior-, señalemos que don Josemaría Escrivá de Balaguer, había nacido en Barbastro el 9 de enero de 1902, realizó sus estudios en Logroño y Zaragoza, fue ordenado sacerdote en 1925, y quedó incardinado en la diócesis metropolitana de Zaragoza. Cuando tenía ya muy avanzados los estudios de Teología -pero antes de la ordenación sacerdotal-, comenzó, con la autorización del Arzobispo de Zaragoza, los estudios de Derecho civil en la Universidad estatal que tenía su sede en esa ciudad, y los terminó en 1927. En ese año solicitó autorización del Arzobispo para trasladarse a Madrid, a fin de poder realizar la tesis doctoral en Derecho en la Universidad Central, allí situada y única que en España, entonces, podía otorgar ese grado académico. Una vez en esta ciudad, simultaneó los trabajos de investigación con una amplia labor pastoral. Esa labor y, posteriormente, a partir de octubre de 1928, su dedicación a la tarea fundacional del Opus Dei, hicieron que su estancia en la capital de España se prolongara, después de obtener en los años 1929, 1930 y 1931 las oportunas autorizaciones canónicas, tanto del Arzobispo de Zaragoza como del Obispo de Madrid; la última, para un período de cinco años.

En 1934 fue nombrado Rector del Patronato de Santa Isabel, una antigua institución -sus orígenes se remontan al siglo XVI- situada en Madrid; nombramiento que fue renovado en 1942, dentro del proceso de revisión y renovación de nombramientos que tuvo lugar en España al concluir, en 1939, la guerra civil. El Patronato de Santa Isabel había formado parte de la jurisdicción palatina, que el 1-IV-1933, durante la República española, fue subsumida en la diócesis de Madrid. La compleja situación política durante los años de la República española, determinó que la confirmación canónica del nombramiento como Rector de Santa Isabel fuera, en un principio, sólo verbal, por lo que don Josemaría continuó incardinado en Zaragoza, aunque con un cargo pastoral por el que dependía del Obispo de Madrid. El 11-11-1942 tuvo lugar la colación canónica, quedando incardinado en la diócesis de Madrid, donde residió hasta su posterior marcha a Roma. La documentación referente a estos hechos se encuentra en los archivos de las curias diocesanas de Zaragoza y Madrid y del Patrimonio Nacional. Algunos datos históricos sobre la jurisdicción palatina

pueden encontrarse en M.V. QUERO, Capilla real, en Diccionario de historia eclesiástica de España, vol. 1, Madrid 1972, pp. 338-339.

3. Dos pinceladas para facilitar la comprensión de alguna de las frases del texto: a) el 2 de octubre de 1928, don Josemaría Escrivá se encontraba participando en una tanda de ejercicios espirituales para el clero de Madrid en el Convento de los Paúles de esa ciudad; b) empleaba con frecuencia la frase "borrico sarnoso" por aquellos tiempos, en su oración y en sus papeles íntimos, para referirse a sí mismo, manifestando con esa expresión de humildad, a la vez, su conciencia de indignidad ante la misión divina recibida y sus deseos y propósitos de fidelidad.

Desde 1917-1918, el Fundador del Opus Dei empezó a tomar nota, en unos cuadernos, de sus experiencias interiores, ideas que surgían en su oración, etc. El primero de esos cuadernos no se conserva; a partir del segundo, que comienza en marzo de 1930, estos Apuntes íntimos se guardan en el archivo general del Opus Dei. Para facilitar su utilización, se han numerado al margen los diversos párrafos: la nota de 1931 recién citada se encuentra en el párrafo n. 306.

Para una ambientación general, puede consultarse J.L. ILLANES, Dos de octubre de 1928: alcance y significado de una fecha, en AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, Pamplona 1985, pp. 65 ss.

4. El Cardenal Ugo Poletti, Vicario del Papa para la diócesis de Roma, por Decreto de 19 de febrero de 1981, introdujo la Causa de Beatificación y Canonización del Siervo de Dios Josemaría Escrivá de Balaguer ("Revista diocesana di Roma", 22, 1981, pp. 372-377); su primera fase se clausuró en Roma el 8 de noviembre de 1986.

5. Para esto nos apoyaremos en los Apuntes íntimos descritos en la nota 3 de este capítulo, completados en ocasiones con otros textos de la época, o con escritos del propio Fundador de años posteriores en los que evoca sus primeros pasos.

6. Sobre todos estos hechos, así como sobre el sufrimiento y la maduración interior que el proceso fundacional reclamó en don Josemaría Escrivá de Balaguer, remitimos de nuevo a las obras citadas en la nota 1 de este capítulo.

7. Se refiere a Madrid-Alcalá, donde el 6 de agosto se celebraba a los santos Justo y Pastor, Patronos de la diócesis, trasladándose la fiesta de la Transfiguración del Señor al día 7.

8. Apuntes íntimos, nn. 217-218. Este acontecimiento, y el texto de S. Juan al que se refiere, han sido evocados por don Josemaría Escrivá de Balaguer repetidas veces; ver, por ejemplo, Camino, n. 301; Es Cristo que pasa, nn. 105, 156 y 183; Amigos de Dios, n. 58; Forja, n. 685.

9. Como testimonia el adverbio "ordinariamente", empleado en ese texto de 1931, don Josemaría Escrivá de Balaguer experimentó muchas veces, en este decisivo período fundacional, la acción sobrenatural de la gracia. Su reacción fue siempre la que recoge ese texto: una inicial sensación de confusión y temor, superada al recibir la certeza de que quien se hacía presente era un Dios que es Padre y ante quien se debe, por tanto, reaccionar no con temor, sino con amor y confianza.

10. Apuntes íntimos, n. 296.

11. [bid., n. 334. La iglesia a la que el texto se refiere es la de Santa Isabel, en la que entonces ejercía su labor sacerdotal, cerca de la madrileña glorieta de Atocha. Su residencia, en esas fechas, estaba situada en la calle Viriato, distante entre media hora y tres cuartos de hora de la zona de Atocha.

12. RHF, 20787, p. 15.

13. Camino, n. 267 (Consideraciones espirituales, ed. de 1932, n. 31).

14.  Es Cristo que pasa, n. 65.

15. Apuntes íntimos, nn. 44 y 66 (el primer texto data de junio de 1930; el segundo de ese mismo mes o de primeros de julio).

16. Mons. L. CASTAN LACOMA, Mons. Escrivá de Balaguer, un hombre de fe, en el diario

"La Provincia" (Las Palmas de Gran Canaria), 1-X-1978.

17. Relación de José ROMEO RIVERA (RHF, T-3809).

18. RHF, 20171, p. 1368.

19. La primera versión de Consideraciones espirituales data de diciembre de 1932, aunque recoge muchos textos que provienen de 1929 y 1930. Esta redacción de 1932 -reproducida a velógrafo, con un total de 246 puntos-, reelaborada, dio lugar a una primera edición impresa, todavía con ese título, en 1934. Ampliada y completada, se transformó en Camino, que apareció en 1939. Aunque el número de puntos aumentó mucho desde 1932, y algunos fueron cambiados de lugar en las reelaboraciones de 1934 y 1938-1939, las características de fondo y la secuencia general de las ideas son las mismas desde la primera versión de 1932.

20. Carta, 29-XII-1947/14-11-1966, n. 92.

21. Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 23.

22. Apuntes íntimos, n. 14.

23. Ibid., n. 44.

24. Uno de los testimonios más claros de la fuerza con que don Josemaría Escrivá de Balaguer formuló la fidelidad a la luz fundacional recibida, y, a la vez, el carácter concreto y determinado que esa luz tenía, lo constituye una Instrucción que redactó en 1934, en un momento en que España atravesaba un período de cambios y crisis político-sociales, con fuerte incidencia en la vida religiosa. De ahí un pulular de movimientos y asociaciones católicas, lo que provocaba a su vez llamadas e invitaciones a la unidad. En ese contexto, el Fundador de la Obra advirtió la necesidad de dirigirse a los suyos para reafirmar la substantividad del Opus Dei, y evitar todo lo que, de un modo o de otro, pudiera difuminarla. "En mis conversaciones con vosotros -escribe- repetidas veces he puesto de manifiesto que la empresa, que estamos llevando a cabo, no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural, que comenzó cumpliéndose en ella a la letra cuanto se necesita para que se la pueda llamar sin jactancia la Obra de Dios". Un poco más adelante, después de comentar que por tres veces le habían propuesto la fusión del Opus Dei con algunas organizaciones del momento, declaraba con palabras aún más precisas: "La respuesta no pudo ser más que una: en el terreno del apostolado estaremos siempre unidos: al menos de nuestra parte no habrá dificultad, porque sólo vamos a hacer el apostolado de Cristo, nunca nuestro apostolado.

"Pero la unión, la confusión diré mejor, que nos proponen, no es posible desde el momento en que nosotros no hacemos una obra humana, por ser nuestra empresa divina, y como consecuencia no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera" (Instrucción, 19-111-1934, mi. 1 y 19-2.0).

25. La actividad y las circunstancias de los miembros del Opus Dei podrán ser muy diversas: celibato o matrimonio, dedicación al comercio, al arte o al deporte, actividad predominantemente manual o intelectual, por mencionar algunas de las diversas posibilidades. En la vida de ninguno de ellos, sin embargo, deberá faltar el trabajo. "A cualquiera que excluya un trabajo humano honesto -importante o humilde-, afirmando que no puede ser santificador y santificante, podéis decirle con seguridad -se lee en una Carta fechada el 9 de enero de 1932- que Dios no le ha llamado a su Obra" (n. 3). La misma afirmación o criterio aparece varias veces en sus notas íntimas: "El hombre ha nacido para trabajar 'ut operaretur': en la Obra de Dios todos trabajarán", escribe, por ejemplo, el 19 de marzo de 1933 (Apuntes íntimos, n. 955); unos meses más tarde, el 20 de enero de 1934 (Ibid., n. 1119), reitera esa norma, dándole aún más tono jurídico, con palabras que, años después, recogerá casi textualmente en los estatutos que redacte con vistas a la primera aprobación canónica del Opus Dei, que, como luego veremos -vid. capítulo III- tuvo lugar en 1941.

26. Esta realidad está presente de forma explícita en los textos más antiguos del Fundador, no sólo -como ya señalamos- mediante referencias a profesiones variadas y heterogéneas, sino también con declaraciones formales. Así por ejemplo, a primeros de junio de 1930, declara tajantemente que el Opus Dei no será nunca "una asociación de determinada o determinadas profesiones", porque -explica- "caben todas". Unos días después, refiriéndose a las profesiones que podrán ejercer las mujeres que se acerquen al Opus Dei, enumera varias -manuales unas, intelectuales otras-, para concluir apostillando: "cualquier trabajo honesto, hecho por Dios"; casi en las mismas fechas, pero hablando esta vez de los varones, se expresa en términos parecidos: "toda clase de trabajo profesional, con naturalidad: lo ordinario, santificado" (Apuntes íntimos, nn. 38, 43 y 44).

27. Instrucción, 19-111-1934, n. 27.

28. Apuntes íntimos, n. 35.

29. Camino, nn. 2 y 831 (Consideraciones espirituales, ed. de 1932, nn. 2 y 11).

30. Camino, n. 973; otras descripciones gráficas, de fecha posterior, en Es Cristo que

pasa, nn. 148-149, y Amigos de Dios, nn. 264-265

31. Apuntes íntimos, n. 155.

32. Carta, 9-1-1932, n. 14.

33. Instrucción, 19-111-1934, n. 33.

34. Apuntes íntimos, n. 339 (texto del 20-X-1931).

35. De esta unidad de vocación habremos de ocupamos ampliamente en lo sucesivo. Sobre la expresión "clase de tropa", ver el comentario del propio don Josemaría en Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, nn. 45 y 92, de donde entresacamos un párrafo: "En un ejército -y sólo eso quería expresar la comparación- la tropa es tan necesaria como el estado mayor, y puede ser más heroica y merecer más gloria. En definitiva: que hay diversas tareas, y todas son importantes y dignas. Lo que interesa, sobre todo, es la correspondencia de cada uno a su propia vocación: para cada uno, lo más perfecto es -siempre y sólo- hacer la voluntad de Dios".

36. Apuntes íntimos, n. 158.

37. Ibid., n. 96 (el texto data del 25-X-1930).

38. Uno de los sacerdotes a quienes conoció a finales de los años veinte recuerda un comentario que resume ese aprecio, expresado de forma poética: "¿Has visto las cumbres nevadas de las grandes montañas?", le preguntó un día don Josemaría Escrivá. "Así -continuó diciendo- son las grandes ideas y las grandes inteligencias: parecen distantes, ajenas, aisladas, pero de esa nieve proviene el agua que hace fructificar los valles" (Relación

de Fidel GÓMEZ COLOMo, en RHF, T-1364).

39. Ver Camino, nn. 332-386. La expresión "alma de criterio" se encuentra en el breve prólogo que don Josemaría Escrivá de Balaguer, ampliando el ya aparecido en Consideraciones espirituales, incluyó en Camino, resumiendo el sentido o finalidad del libro; la frase en la que esa expresión aparece, en el final del prólogo, dice así: "Voy a remover en tus recuerdos, para que se alce algún pensamiento que te hiera: y así mejores tu vida y te metas por caminos de oración y de Amor. Y acabes por ser alma de criterio" (el subrayado es nuestro). Cfr. Forja, nn. 450 y 840.

40. Apuntes íntimos, n. 548. En continuidad con esta enseñanza afirmó a veces, muy desde los principios, que "la Obra no actúa; son sus miembros quienes lo hacen", subrayando así que el Opus Dei tiene por finalidad no la promoción de empresas o labores concretas, sino principalmente la formación espiritual y apostólica de sus miembros. Serán ellos quienes, después, conscientes de las exigencias de su condición de cristianos, con personal libertad y responsabilidad, se dedicarán a buscar la santidad y ejercer el apostolado; según su propio y personal camino, en las circunstancias ordinarias de su vida. Lo cual, dicho sea de pasada, no excluye la posibilidad de atención de labores apostólicas por parte del Opus Dei, aunque trae consigo que esas tareas no sean un fin específico del apostolado propio de la Obra, sino sólo como un medio o punto de apoyo en servicio del objetivo último o radical: la formación de cristianos.

41. Apuntes íntimos, n. 206.

42. Ibid., n. 158. En Carta fechada en enero de ese mismo año, 1932, glosa así este punto: "La Obra no tiene política alguna: no es ése su fin. Nuestra única finalidad es espiritual y apostólica, y tiene un resello divino: el amor a la libertad"; "actuad libremente, porque es propio de nuestra peculiar llamada divina santificarnos, trabajando en las tareas ordinarias de los hombres según el dictado de la propia conciencia"; "el vínculo que nos une es sólo espiritual" (Carta, 9-1-1932, nn. 42, 43 y 44).

43. Una glosa de esa metáfora la encontramos en otro texto de pocos meses después, diciembre del mismo año 1931: "me atrevería a hacer un gráfico de los miembros de la Obra tal como Dios los quiere: pondría una serie de quebrados de igual denominador (la unidad de formación, que los hace identificarse con Cristo) y muy diversos numeradores (autonomía) correspondientes a las diversas condiciones de su carácter y temperamento, y hasta al diverso camino por donde Jesús conducirá sus almas" (Apuntes íntimos, n. 511).

44. Instrucción, 19-111-1934, nn. 14-15.

45. Apuntes íntimos, n. 153 (el texto data del 2-11-1931).

46. Ibid., n. 157.

47. Ibid., n. 220 (10-VIII-1931) y n. 422 (29-XI-1931).

 

 

CAPITULO II : PECULIARIDAD DEL FENOMENO PASTORAL Y APOSTOLICO

 

 

1. FE CRISTIANA Y REALIDADES SECULARES

 

Poner de manifiesto algunas lineas de fondo: éste es el objetivo del presente capítulo. Vamos, pues, a referirnos a realidades que subyacen en todo lo dicho hasta ahora y que, al menos en parte, han sido ya explícitamente mencionadas, pero que ahora procuraremos considerar desde un nuevo nivel de profundidad, a fin de subrayar el núcleo o aspecto central que ilumina el conjunto, articulándolo y dotándolo de unidad.

Dos razones fundamentales aconsejan proceder de este modo. En primer lugar, una exigencia metodológica íntimamente unida al objetivo o finalidad de la presente obra: si pretendemos analizar el itinerario jurídico seguido por el Opus Dei, es imprescindible captar a fondo las características del carisma fundacional, para valorar desde ahí el proceso completo. En segundo lugar, las circunstancias del ambiente eclesial y teológico reinante en los tiempos en que nació el Opus Dei, pues condicionaron diversas etapas del iter jurídico.

En efecto, no se puede olvidar, de una parte, que la teología de principios de siglo tendía a identificar, al menos en la práctica, la llamada a la plenitud de la vida cristiana con la llamada al estado o vocación religiosa. Y, de otra, que la crisis espiritual que atravesaba Europa desde los tiempos de la Ilustración, con los consiguientes enfrentamientos entre Iglesia y Estado y la difusión de actitudes laicistas, había llevado al nacimiento de múltiples movimientos, grupos y asociaciones que, de una forma o de otra, fomentaban la presencia y acción de los cristianos en la vida cívica. Este clima repercutió en los ambientes donde había transcurrido la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer, y exigió de su parte un fuerte empeño en orden a definir y defender la peculiaridad del Opus Dei y su fisonomía específica.

Centrándonos ahora en el segundo de los dos factores mencionados -la abundancia de grupos y asociaciones-, podemos, simplificando algo los términos, agrupar esos nuevos movimientos en dos tipos fundamentales: de una parte, agrupaciones para la acción social y cívica; de otra, asociaciones, nacidas en tiempos de la Revolución Francesa o en posteriores épocas de persecución religiosa, con el fin de que sus miembros, seglares unas veces, religiosos sin hábito otras, se hicieran cargo de las labores docentes y asistenciales que las Ordenes y Congregaciones religiosas clásicas se veían obligadas a dejar desatendidas, o, en términos más amplios, contribuyeran -manteniendo oculta su propia condición- a un influjo cristiano en las instituciones (1).

A esta realidad, a este multiplicarse de institutos con unas u otras características, hacía referencia el Fundador en el documento que redactó a mediados de los años treinta con el fin, precisamente, de subrayar la peculiaridad de la Obra, es decir, la ya citada Instrucción de 19 de marzo de 1934: "como en tiempos de borrasca suelen nacer muchas organizaciones e institutos, que tienden a dedicarse a las distintas obras de celo que han de abandonar -ante la persecución- las órdenes y congregaciones religiosas, naturalmente España ahora no es una excepción -tampoco lo fue durante el período revolucionario del siglo pasado- y vemos varios -y aun muchos- grupos de hombres y mujeres de buena voluntad decididos, con miras sobrenaturales, a dar la batalla a los enemigos de Cristo" (2). Descrito así el panorama, y después de dejar constancia de que alguna de esas organizaciones puede parecerse "exteriormente" (el calificativo es importante) a la Obra, daba un criterio claro a los que en aquel momento formaban parte del Opus Dei: no os preocupéis por esas instituciones, cuyo desarrollo futuro será el que Dios quiera, y centraos en la fidelidad a vuestra vocación, en lo que Dios espera y quiere promover a través de la Obra; "que sigan su camino: nosotros, a seguir el nuestro" (3).

No eran estas palabras de 1934 fruto de un deseo de singularidad, ni tampoco de una actitud circunstancial, de la simple consideración de lo que resulta prudente o acertado en un determinado momento, sino eco de una convicción profunda: la de la peculiaridad del Opus Dei en cuanto fenómeno pastoral que presupone un fundamento doctrinal y teológico muy diverso del de esas otras instituciones, que entonces -como en otras épocas- surgían con mayor o menor fortuna. Es precisamente este punto, esta peculiaridad del Opus Dei, lo que debemos analizar ahora.

Con este fin, será conveniente que dirijamos de nuevo nuestra atención a lo acontecido el 2 de octubre de 1928, y recordemos que en esa jornada el Siervo de Dios advirtió que se desplegaba ante sus ojos un amplio panorama apostólico a cuya promoción era llamado: una muchedumbre de hombres -y, posteriormente, desde 1930, también de mujeres-, que, trabajando en los más diversos ambientes, contribuían a informarlos con la gracia y la verdad de Cristo. Para describir esta realidad, este fenómeno apostólico y pastoral que se ofrecía a su mirada y los frutos que produciría, don Josemaría Escrivá acudió, desde el comienzo, a una metáfora: la comparación con una inyección intravenosa; como el líquido inyectado regenera el organismo desde dentro, así los cristianos, coherentes con su fe, actúan a modo de "inyección intravenosa en el torrente circulatorio de la sociedad", a la que, desde el interior de sus estructuras, aportan, con la savia del Evangelio, la luz y el amor de Cristo, que, al iluminar las inteligencias y sanar los corazones, redunda en bien, en unión, en fraternidad, en

progreso (4).

Las perspectivas de una irradiación del mensaje cristiano en la sociedad humana, de la instauración de una armonía entre fe cristiana y vida social y, en consecuencia, de una implantación de la justicia, de la paz, del amor, como fruto del actuar cristiano, formaron parte siempre del horizonte apostólico del Fundador del Opus Dei. En más de una ocasión, al hacer referencia a esas perspectivas, aludió a aspectos concretos de la situación histórico-cultural en que nació la Obra y, más especificamente, a la ruptura entre fe y vida, entre cristianismo y realidades terrenas. "Quiso el Señor -comentaba en una Carta de 1961- promover su Obra cuando, en la mayoría de los países, élites y masas enteras parecían alejarse de la Fuente de toda gracia; cuando, incluso en países de vieja historia cristiana, escaseaba la frecuencia de Sacramentos por parte del pueblo; cuando vastos estratos del laicado parecían adormilados, como si se hubiera desvanecido su fe operativa" (5).

Con términos no descriptivos, como en 1961, sino exhortativos o parenéticos, había expresado ideas parecidas, en una nota de sus Apuntes íntimos, entre abril y junio de 1930: es necesario luchar "contra el laicismo, con un aparente laicismo: contra el indiferentismo, con un aparente indiferentismo". Un año más tarde, en julio de 1931, recogerá la misma idea, aunque con términos algo diferentes: "-laicismo sano -anticlericalismo sano-" (6). Una y otra frase indican no sólo el mal o crisis que es necesario superar, sino también el camino: no ya una contraposición meramente reactiva a la crisis espiritual y a las actitudes laicistas, sino una profundización en la fe cristiana que, precisamente por ser honda y auténtica, esté en condiciones de captar y asumir cuanto de positivo implica el proceso histórico moderno. En suma, y con terminología en parte algo posterior, no laicismo ni clericalismo, sino laicidad; no secularismo ni sacralización, sino secularidad, que podrá parecer laicismo a mentes clericales, pero es en realidad vivencia cristiana auténtica, coherente con la realidad de un Dios creador, hacia el que debe orientarse todo lo creado, pero sin instrumentalizaciones ni manipulaciones, sino de acuerdo en cada caso con la naturaleza con la que Dios ha dotado a los diversos seres (7).

La resolución de la crisis cultural moderna reclama promover entre los cristianos que viven en el mundo, entregados a las ocupaciones seculares, una profunda toma de conciencia de su vocación, de modo que, permaneciendo ahí donde se encuentran, siendo uno más entre sus conciudadanos, vivifiquen desde dentro las realidades humanas, con plenitud de fe, pero sin extrinsecismos ni clericalismos de ningún tipo. Y a este gran objetivo evangélico estaba destinada a contribuir -don Josemaría lo vio con claridad meridiana desde el primer momento- la Obra que se sabía llamado a promover. Así lo testimonia, entre otros textos, uno de la Instrucción de 1934, en el que se alude al panorama crítico de la Europa de los años treinta como trasfondo desde el que valorar el nacer mismo del Opus Dei: "De este cataclismo mundial, sólo comparable al que Lutero produjo, ha querido el Señor sacar la Obra que desde hace años inspiraba" (8).

Las citas podrían multiplicarse, porque esos sentimientos tienen hondas raíces en el ánimo de don Josemaría Escrivá, pero no parece necesario. Sí lo es, en cambio, hacer dos observaciones que precisan el alcance y sentido de afirmaciones como las que hemos citado.

a) En primer lugar, las alusiones a acontecimientos culturales de la época constituyen para el Fundador del Opus Dei, tanto entonces como en años posteriores, un punto de referencia que sirve para mostrar la transcendencia o necesidad de la acción apostólica, sea de la Iglesia en general, sea de la Obra, pero nunca el punto de partida o la base de su predicación en lo que afecta a la Obra: el fundamento, en este caso, radica siempre en lo acaecido el 2 de octubre de 1928; el Opus Dei no ha surgido como fruto de sus reflexiones personales con ocasión de acontecimientos determinados, ni está condicionado por una concreta coyuntura socio-cultural o por unos problemas temporales específicos, sino que nace de una luz divina que transciende el momento histórico. "La Obra de Dios -recalca en la Instrucción de 1934- no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931.

"Hace muchos años que el Señor la inspiraba a un instrumento inepto y sordo, que la vio por vez primera el día de los Santos Angeles Custodios, dos de octubre de mil novecientos veintiocho" (9).

b) En segundo lugar -y esta consideración amplía y completa la anterior-, si las perspectivas de paz y de progreso social como consecuencia de la difusión del Evangelio jugaron un papel, y un papel importante, en la predicación y en la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer, nos equivocaríamos de medio a medio si interpretáramos su actividad sacerdotal, y la del Opus Dei, como orientadas de forma directa e inmediata a la transformación y mejora sociales. Digámoslo con palabras netas, ya empleadas en páginas anteriores y sobre las que habrá, además, ocasión de volver: la transformación cristiana de la sociedad no es, desde la perspectiva que al Fundador del Opus Dei le resulta propia, un fin, sino más bien un fruto, un efecto que se prevé, que se espera y que, incluso, se sabe que llegará, pero no porque se promueva de manera directa, sino porque no puede por menos de advenir como efecto o consecuencia de aquello que directamente se busca y desea. Así lo expresa con singular claridad un punto muy conocido de Camino: "Un secreto. -Un secreto, a voces: estas crisis mundiales son crisis de santos.

"-Dios quiere un puñado de hombres `suyos' en cada actividad humana. -Después... 'pax Christi in regno Christi' -la paz de Cristo en el reino de Cristo" (10).

En otras palabras, el objetivo directo de la acción de don Josemaría Escrivá, aquello a lo que se supo destinado desde el 2 de octubre de 1928, fue a promover entre personas de todas las clases y condiciones sociales, de todas las profesiones y tareas, una profunda conversión del alma y del corazón que lleve a orientar su vida entera hacia Dios. Como es obvio -y así lo había subrayado, confirmando y ampliando luces anteriores, la comprensión del si exaltatus fuero a terra alcanzada por el Siervo de Dios el 7 de agosto de 1931, a la que, por lo demás, alude implícitamente el punto recién citado de Camino-, esa conversión, esa toma de conciencia que lleva a asumir a fondo la fe hasta transformarla en vida, no puede por menos de tener repercusiones en el mundo y en la historia, y ciertamente hondas. Pero lo que debía constituir objeto directo de su acción pastoral y lo que, por tanto, dotaba de fisonomía propia al Opus Dei tal y como su Fundador lo describió siempre; lo que, de acuerdo con el carisma originario, don Josemaría Escrivá de Balaguer se sintió llamado a difundir, se sitúa a otro nivel más hondo y fundamental: la identificación de la propia persona con el querer de Dios; más aún, con Dios mismo.

Subyace en todo este planteamiento una aguda percepción de la dimensión teologal del existir cristiano y, por tanto, de la profunda unidad entre tarea y vocación, entre acción e intimidad con Dios, entre apostolado y santidad. La fuente última y el centro inspirador de esa percepción se encuentra, como acabamos de decir, en las luces recibidas en los años 1928 y siguientes, pero sus antecedentes remiten a períodos anteriores de la vida de Josemaría Escrivá de Balaguer. Sus inquietudes espirituales comenzaron, en efecto -no lo olvidemos-, durante el invierno de 1917-1918, fecha a partir de la cual se inició su largo proceso de maduración interior (11). Sabe, desde entonces, que Dios quiere algo de él, pero no le es dado entrever cuáles sean en concreto los planes divinos. Esa situación de incertidumbre, los estudios teológicos que desarrolla y la posterior ordenación sacerdotal, la experiencia del dolor y de las contradicciones, las primeras ocupaciones sacerdotales, fueron creando en su ánimo un hondo sentido de disponibilidad ante la voluntad divina y una aguda conciencia del valor de la oración, del sacrificio, de la vida de infancia espiritual.

Todo eso resultó asumido y potenciado con la luz recibida el 2 de octubre de 1928 y los hechos que le siguieron. "Dios se metió en mi vida", comentó después muchas veces. Quedaba claro ante sus ojos que la historia no es el sucederse de acontecimientos heterogéneos y carentes de sentido, sino el desplegarse del designio amoroso de un Dios que se ha acercado a los hombres, que quiso en Belén, en Nazaret, en el Calvario, compartir nuestra existencia y que, hoy y ahora, se hace presente de nuevo cuando quiere y como quiere. No es el hombre, sino Dios, el protagonista supremo del acontecer. Pero Dios desea contar con nosotros: nos desvela sus planes y nos invita a convertirnos en sus colaboradores. La actitud propia del hombre debe ser la disponibilidad, el agradecimiento, la maravilla, la escucha atenta de lo que Dios manifiesta, la entrega activa a lo que dispone. La fuerza última y radical de la historia no está constituida por la decisión y el empeño humanos, sino antes, y dotando a todo lo demás de sentido, por el obrar providente de Dios, lo que reclama de nuestra parte apertura al querer divino, confianza en la gracia. De ahí una jerarquía de medios, que don Josemaría formuló con una de esas frases sintéticas para las que estuvo especialmente dotado: "Primero, oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en `tercer lugar', acción" (12).

Cuando se sintió llamado a promover la Obra, el Siervo de Dios aplicó ese criterio. Comenzó enseguida a actuar, y con total dedicación, pero, al mismo tiempo, se exigió tremendamente a sí mismo en oración y en sacrificio, acudió a otros muchos pidiendo oraciones, especialmente a los enfermos que atendía en su labor sacerdotal, y a los que rogaba, de modo habitual, que ofrecieran su dolor y sus sufrimientos por el eficaz desarrollo de la misión que Dios le había encomendado, hasta el punto de afirmar siempre.que "el Opus Dei nació entre los pobres y los enfermos de los hospitales de Madrid" (13).

Consideró a la vez que ese fundamento de oración, de sacrificio y de empeño o dedicación personales debía acompañar siempre a la Obra de Dios a lo largo de toda su historia. En esta línea, y a fin de dotar de concreción a esa realidad, llegó a pensar en que, como punto de apoyo para aquellos miembros de la Obra que trabajaran en los más variados campos profesionales, debería haber "casas de oración", donde se rezase especialmente por la buena marcha del apostolado, e incluso clínicas y hospitales ("casas de expiación") en las que los enfermos, a la par que eran cuidados, podrían descubrir el sentido cristiano del sufrimiento y unirse espiritualmente al conjunto de la labor apostólica, fortaleciéndola con su oración y su entrega (14).

No tardó, sin embargo, en advertir que la unión entre esas tres dimensiones tenía que ser mucho más radical, y darse, por tanto, en la vida de cada persona. Acción, oración, expiación -escribe en julio de 1930- han de ser reales en todos y cada uno de los miembros de la Obra, porque "sin la oración, sin la presencia continua de Dios; sin la expiación, llevada a las pequeñas contradicciones de la vida cotidiana; sin todo eso, no hay, no puede haber acción personal de verdadero apostolado" (15).

La rapidez de este desarrollo o evolución de ideas -se produjo en el curso de pocos meses- evidencia la intensidad del bullir del mundo interior del Fundador del Opus Dei durante sus primeros años, y manifiesta a la vez cómo, fuera cual fuera el punto de partida, acababa llegando sin excepción a un mismo centro: la llamada al encuentro vivo y personal con Cristo (16). Soñando con grandes frutos de apostolado y abriendo a los seglares a quienes trataba horizontes dilatados, su predicación desembocaba siempre en la invitación al compromiso pleno con Dios, a la fe vivida, a la entrega, en una palabra, a la santidad.

Su aspiración fue, en suma, que todos los cristianos, cualquiera que fuera su condición, situación u oficio, se reconocieran llamados por Dios, urgidos a vivir, llevándolos hasta sus últimas consecuencias, el mensaje y las exigencias del Evangelio; y no dejando el mundo -las condiciones normales del vivir de los hombres-, sino precisamente en medio del mundo, de tal manera que a través de la propia vida, de la personal e íntima identificación con Dios, Cristo se hiciera presente en el mundo, vivificándolo con la fuerza inefable de la gracia. Esa radicación en lo esencial la encontramos expresada, con claridad dificilmente superable, en un texto de junio de 1930, ya citado en parte, pero que no es ocioso reproducir por su densidad, su hondura y su valor: Simples cristianos. Masa en fermento. Lo nuestro es lo ordinario, con naturalidad. Medio: el trabajo profesional. ¡Todos santos! Entrega silenciosa" (17).

Bien entendido, claro está, que esta llamada a la santidad no debe ser interpretada -no lo es en sí, y nunca fue entendida de ese modo por el Fundador- como algo intimista, que aislara del resto de los hombres, sino invitación a referir la vida a un Dios que ama al mundo hasta el extremo de entregar a su Hijo, hecho hombre, para redimir a la humanidad, y a quien no cabe amar sin imitar y hacer propia la generosidad y la entrega de Cristo Jesús. Todo lo cual, en el cristiano corriente, que vive en las estructuras seculares, desemboca -debe desembocar- en una información cristiana de la común existencia humana, es decir, de lo secular, para contribuir así a recapitular en Cristo todas las cosas.

Pero, repitámoslo, todo como fruto o manifestación de una vida, de una conversión que hunde sus raíces en lo más profundo del alma. Este fue el objetivo del Fundador del Opus Dei, ésta su meta y su finalidad: encender los corazones en amor a Cristo, transmitir la vibración que le invadía al considerar la magnitud infinita del amor de Dios revelado en Cristo; y transmitirla especialmente -a eso se supo destinado desde el 2 de octubre de 1928-, a quienes viven en el mundo, entregados a las tareas y ocupaciones seculares, a fin de que adviertan en toda su hondura las riquezas del Evangelio y lo reciban como fuerza destinada a encarnarse en sus vidas, dando sentido último y profundidad suprema a las varias y móviles incidencias de la jornada, que se convierten así en ocasiones de encontrar a Dios y de comunicar a los demás el amor que de Dios deriva.

Digámoslo de forma sintética: lo que el Siervo de Dios promovía, el fenómeno pastoral provocado por su predicación y su apostolado, no fue -ni es- un movimiento de acción social, ni tampoco, simplemente, un proceso de toma de conciencia por parte de los laicos de sus responsabilidades apostólicas y sociales, completado mediante una invitación a la vida interior como fundamento del apostolado; sino, mucho más profundamente, un fenómeno vocacional; a lo que impulsaba a aquellos que atendía en su labor sacerdotal era a ir a la raíz del existir humano, hasta llegar a ese hondón del alma donde, al encontrarse el hombre situado frente a Dios, se reconoce interpelado por El, invitado a incorporar su vida a la de Cristo, y ve, por consiguiente, fluir en unidad la llamada a la intimidad con Dios, la tarea o misión a la que Dios destina y el mundo en el que esa tarea se despliega.

En otras palabras, a lo que el Fundador de la Obra convocaba -y a lo que el Opus Dei continúa convocando- es a una plenitud de vida cristiana que, por verificarse en medio del mundo, connota constantemente frutos de transformación social, de instauración de la justicia, de fraternidad, de paz (la fe y el amor deben desbordarse en vida y manifestarse en obras; y la gracia puede y debe producir frutos de Redención en el presente histórico); pero que, a la vez e inseparablemente, transciende esas realizaciones, ya que la existencia humana posee horizontes que van más allá del tiempo y de la historia, y las presenta como efectos que advienen a modo de redundancia o añadidura, respecto de la realidad central: la radical identificación con Cristo, la plena entrega a Dios.

 

2. RESPONSABILIDAD PERSONAL, LIBERTAD, SECULARIDAD

 

Las perspectivas teológicas y espirituales que acabamos de evocar nos sitúan ante el núcleo del fenómeno pastoral que representa el Opus Dei, y, por tanto, ante el punto de referencia necesario para juzgar y valorar adecuadamente los posteriores desarrollos jurídicos, y captar aquello que distingue al Opus Dei de otras realidades eclesiales, concretamente las que mencionábamos al comienzo de este capítulo, es decir, tanto los movimientos de acción social como las Ordenes y Congregaciones religiosas y otras instituciones a ellas asimiladas. De esta última cuestión deberemos ocuparnos, y ampliamente, ya que, por las razones que entonces consideraremos, resulta decisiva en orden a la comprensión del ¡ter jurídico del Opus Dei. Antes, sin embargo, convendrá prolongar en otra dirección las consideraciones precedentes, a fin de glosar aspectos, relacionados con algunas características de la acción apostólica de la Obra y con algunos rasgos de su estructura interna a los que ya hemos hecho referencia, pero que, por su importancia respecto a la configuración de la fisonomía propia del Opus Dei, consideramos conveniente exponer con más extensión.

Cuando, el 2 de octubre de 1928, el joven don Jósemaría Escrivá de Balaguer percibió que debía dedicar todas sus energías a la promoción de un fenómeno pastoral de búsqueda de la santidad y de ejercicio del apostolado en medio del mundo, advirtió enseguida la magnitud de la empresa; más aún, su complejidad. La meta, el fin, el objetivo estaban netamente definidos, pero ¿cómo alcanzarlos?, ¿cómo debía organizarse la Obra con vistas a ese fin? Algunos puntos resultaban ya adquiridos desde el principio -centralidad del trabajo profesional, presencia en la Obra no sólo de seglares sino también de sacerdotes, contando, respecto a los primeros, tanto con célibes como con casados-; otros -estructuración en dos Secciones, una para hombres y otra para mujeres- le fueron dados por iluminaciones sucesivas. Pero todos esos elementos, aun constituyendo el armazón central y decisivo, no resolverían por entero el problema, ya que dejaban amplio margen a la concreción de detalles, imprescindibles para la acción.

Como ya apuntamos, el Fundador no procedió a priori, es decir, no se detuvo, como paso previo, en la preparación o redacción de un reglamento, sino que se lanzó de lleno a la labor apostólica: comenzó a buscar personas que pudieran comprenderle y les fue abriendo, "como por un plano inclinado" -por repetir sus palabras-, horizontes de santidad y apostolado en el mundo. Al mismo tiempo, y como también señalamos, soñaba, dejaba suelta su imaginación para intentar vislumbrar lo que podría ser la extensión futura del apostolado, reflexionaba sobre soluciones a eventuales problemas concretos, sopesaba perspectivas y posibilidades, confrontando en todo momento los resultados de ese pensar con la luz recibida el 2 de octubre de 1928 y en ocasiones sucesivas, y dejando abierta la puerta a lo que la experiencia posterior -guiada siempre por el carisma- hiciera ver oportuno o conveniente.

El objeto de esas reflexiones abarcaba todo lo relativo a la organización de la labor apostólica, a la determinación de modos y medios en orden a una efectiva promoción de vocaciones al seguimiento de Jesucristo en medio del mundo, con lo que eso implica de toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y de perseverancia en el camino emprendido. El pensamiento de don Josemaría Escrivá de Balaguer iba así, en ocasiones, hacia las normas de piedad, hacia esos momentos de oración sin los que no puede darse un existir auténticamente cristiano, para preguntarse si una u otra práctica podría resultar adecuada a quienes, como los miembros del Opus Dei, están llamados por Dios a santificarse precisamente en el mundo, ocupados en los varios y múltiples quehaceres profesionales. Otras veces, su atención se centraba en esas tareas consideradas en sí mismas: todas las ocupaciones honestas son, sin duda alguna, santificables -lo ve con claridad-, pero ¿basta limitarse a sentar esta afirmación fundamental, o es necesario añadir algo más?

Un texto de mediados de junio de 1930 refleja este estado de ánimo. Para llevar adelante la Obra, parece necesario -escribe- "delimitar bien en qué clase de actividades van a moverse",sus miembros, pero enseguida añade algo, como corrigiendo en parte lo escrito, para volver, no obstante, a reafirmarlo después: "Comprendo que el fervor, un celo, por la gloria de Dios, como un ciclón, nos lleva a querer estar, por El y para El, en todas las partes. Son obras de hombres; digo mal: es Obra de Dios, mediante hombrecillos; por tanto, es preciso determinar claramente los campos de acción" (18).

De hecho, en los meses sucesivos, procede a veces a enumerar diversas posibilidades apostólicas, pero completa siempre -como ya señalamos en su momento- con frases de carácter genérico: "cualquier trabajo honesto, hecho por Dios", "toda clase de trabajo profesional", "toda clase de actividades humanas"... En esas enumeraciones alude al trabajo que podrá desempeñar cada uno de los miembros de la Obra en el lugar al que le hayan llevado las incidencias del vivir; en otras se refiere, en cambio, a actividades que podrán promover algunos miembros del Opus Dei, unidos entre sí y con otras personas, deteniéndose incluso, algunas veces, a detallar las características que deberán poseer estas labores, netamente apostólicas y seculares.

Los cuadros que esboza resultan en ocasiones un tanto complejos, sobre todo al principio. Después se van simplificando, especialmente a partir de 1932-1933, cuando, habiendo aumentado la experiencia y habiendo comenzado a crecer en número y solidez las vocaciones a la Obra, puede ir llegando a conclusiones más netas. De hecho, la figura resultante es la que se expresa en el esquema extremadamente sencillo al que nos referíamos en el capítulo anterior, es decir, la realidad del Opus Dei como institución que tiene por finalidad propia la formación de sus miembros, aunque sin excluir la posibilidad, e incluso la conveniencia, de obras apostólicas que puedan servir de apoyo al conjunto de la labor.

Cuanto llevamos escrito en este capítulo pone de manifiesto el fundamento último de ese esquema, y su coherencia profunda con los otros elementos que configuran la fisonomía del Opus Dei y, concretamente, con el núcleo esencial antes analizado. Porque, como resulta obvio, un esquema de ese tipo carecería de sentido en una empresa de finalidades inmediatamente socio-culturales, y no digamos nada en una organización orientada a conseguir poder en la sociedad. Es, en cambio, el esquema de funcionamiento adecuado para una empresa destinada a promover en medio, del mundo, en los sitios más dispares y, por tanto, en una radical dispersión, el encuentro personal con Dios, la imitación y seguimiento de Cristo, la docilidad al Espíritu Santo, la vida de fe, la autenticidad del testimonio cristiano.

Añadamos sólo que aquí, como en otros puntos ya considerados, hubo, en la conciencia y en la predicación del Siervo de Dios, profundización y afinamiento, yendo hacia expresiones cada vez más precisas y acabadas, superando formulaciones primeras, en parte menos elaboradas. Baste pensar, por ejemplo, en las palabras que encontramos en sus notas íntimas, el 20 de octubre de 1931: "La Obra de Dios será un ejército admirablemente disciplinado" (19); frase que podría poner en tela de juicio cuanto acabamos de decir, si la separamos de otras afirmaciones que permiten precisar su sentido: por ejemplo, las escritas por esas fechas -en julio del mismo año- subrayando que la Obra no será jamás un "partido católico", y que entre sus miembros puede haber y habrá "diversidad de opiniones" (20). Es lo que hará posible escribir, poco más de un año después, en marzo de 1933, sin la menor sensación de contradecirse, pues no se contradice de hecho, unas palabras en apariencia antitéticas a las antes mencionadas de octubre de 1931: "Nuestra organización es una desorganización organizada" (21).

Tanto en 1933 como en 1931, el Fundador pensaba en lo mismo: en una pluralidad de cristianos en todos los ambientes de la sociedad, distintos entre sí por carácter, idiosincrasia y planteamientos humanos, pero unidos en la común fe, en el amor a la Iglesia, en la fidelidad a la verdad cristiana, en el afán apostólico, y en este sentido, y sólo en éste, formando un ejército disciplinado, que aporta al mundo, por encima de divergencias políticas y sociales -mejor, incluso a través de esas diferencias- la luz y la fuerza de Cristo. Es la doctrina que encontramos amplia y hondamente desarrollada en los escritos de épocas posteriores destinados a glosar las relaciones entre libertad cristiana e historia (22).

De este modo, puede centrarse un tema sobre el que se ha escrito demasiado, con frecuencia de forma desenfocada y sobre el que conviene detenerse aquí, pues afecta a la comprensión de la fisonomía propia del Opus Dei: la reserva o discreción de sus miembros. Lo que, en todo ese tema, hay de real en el espíritu del Fundador del Opus Dei, es un esfuerzo de coherencia con la fe cristiana y con la peculiar vocación recibida, que puede ser definido con sólo dos palabras: humildad, de una parte, y naturalidad o secularidad, de otra.

Humildad, porque, imbuido hondamente de la verdad del protagonismo de Dios en la historia, y en su propia vida -"lo mío es ocultarme y desaparecer, que sólo Jesús se luzca” (23)-, don Josemaría Escrivá de Balaguer se esforzó por vivir, y procuró inculcar en quienes le rodeaban, una viva conciencia de la realidad de la acción divina y, en consecuencia, de la necesidad no sólo de contar con Dios, sino de excluir todo vano deseo de protagonismo o autoafirmación, y de referir a Dios el mérito y la bondad de las obras: Deo omnis gloria!, para Dios toda la gloria, fue una de sus frases más repetidas desde los primeros tiempos (24).

Naturalidad o secularidad, porque, cristiano corriente, cada miembro del Opus Dei es uno más entre sus iguales, sin rarezas, signos distintivos ni comportamientos especiales -es decir, sin dar a su decisión de radicalidad en la fe manifestaciones exteriores impropias de la índole o condición secular-, aunque evitando a la vez todo misterio o secreteo" (25), y, como es lógico, testimoniando con las obras la propia condición cristiana, según subraya, entre otros textos, el siguiente punto de Camino: `Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente nte con mi vida, no parecerá postiza mi naturalidad?', me preguntas."

"-Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y ese contraste, por confirmar con tus obras tu fe, es precisamente la naturalidad que yo te pido” (26).

Ese núcleo teológico tuvo matices particulares durante los primeros años, por la prudencia que aconsejaba el encontrarse todavía en los inicios, por las circunstancias de la época y otros factores análogos; pero, en ningún momento, la naturalidad, discreción o reserva, según se prefiera, fue, en el espíritu del Fundador, una táctica y, menos aún, una estrategia de ocultamiento, para facilitar planes de apostolado y, menos aún, proyectos de hegemonía o dominio temporal, que quedaban excluidos desde la raíz por la afirmación de la finalidad apostólica del Opus Dei, por la reducción de la labor de dirección propia de la Obra a lo estrictamente espiritual y apostólico, y por la plena proclamación de la libertad político-cultural de sus miembros.

A fin de cuentas, las diversas perspectivas nos conducen siempre a un mismo núcleo: la visión del Opus Dei como una institución encaminada a promover una radical vida cristiana entre hombres y mujeres, seglares de las más variadas condiciones sociales, cada uno en su propia profesión, según sus personales circunstancias, opciones y tareas. A otra de las cuestiones relacionadas con ese núcleo, concretamente a cuanto implica y presupone la afirmación de una llamada a la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo, debemos dedicar ahora nuestra atención, pues ahí radica el problema teológico fundamental con el que tuvo que enfrentarse don Josemaría Escrivá para llevar adelante la misión que le confería el carisma fundacional y conseguir su adecuada plasmación jurídica.

 

3. LA LLAMADA UNIVERSAL A LA SANTIDAD

 

El Fundador ha narrado la conversación que, a mediados de los años treinta, sostuvo con el entonces Vicario General de la diócesis de Madrid, don Francisco Morán. Sentía don Francisco Morán un gran aprecio por la Obfa y por su Fundador, y esa relación de confianza le movió a llamar un día a don Josemaría para hacerle partícipe de una crítica de la que estaba siendo objeto: "han venido a acusarle a usted de que está tratando de hacer un estado nuevo". "Le expliqué -continúa el relato del Fundador del Opus Dei- que justamente era lo contrario: que yo quería que las gentes se santificaran como fieles cristianos, cada uno en su estado, cumpliendo los deberes propios del que tenían, en el ejercicio de su trabajo profesional y en el lugar que ocupasen en el mundo” (27).

La respuesta del Siervo de Dios a don Francisco Morán iba al centro del problema, daba satisfacción a la cuestión planteada y mostraba la incomprensión que suponía la acusación de que era objeto. Resulta a la vez patente -al menos, para quien vaya al fondo del asunto- que esa respuesta resolvía un problema descubriendo otro mayor. Si el intento del Fundador del Opus Dei no miraba en modo alguno a provocar una reforma del estado religioso, añadiendo una nueva figura a la de las Ordenes y Congregaciones ya conocidas, no era porque no planteara cuestiones de envergadura, sino porque su labor se movía en una dirección distinta: no la propia del llamado estado de perfección, no la creación de formas o estados de vida nuevos, sino la de la santificación del cristiano en los modos y estados de vida propios del ordinario existir de los hombres.

Basta un conocimiento, incluso somero, de la historia de la espiritualidad y del apostolado cristianos, para advertir que un planteamiento de ese tipo no podía por menos de producir un fuerte impacto en el ambiente eclesiástico, teológico y canónico del primer tercio de nuestro siglo. Ciertamente, no se encuentra en los tratados y escritos de esa época ningún texto en el que se excluya formalmente que alguien que viva en el mundo pueda llegar a las cimas del vivir cristiano; más aún, resulta posible alegar autores y escritos que afirman expresamente esa posibilidad  (28). Es, sin embargo, innegable que tendía a pensarse que una santidad en el mundo constituía algo excepcional de lo que no cabía hacer regla, y, en términos más generales, que el seguimiento radical de Cristo reclamaba, de por sí, el apartamiento o renuncia a las ocupaciones seculares y la adopción de un estado o condición de vida distinto al propio del común de los hombres. Todo lo cual, como es lógico, tenía obvias e inevitables consecuencias pastorales: provocaba, en efecto, que la predicación, al dirigirse a la generalidad de los fieles, pusiera el acento en los aspectos morales y pietistas, sin desplegar toda la riqueza teologal de la vocación cristiana.

Don Josemaría Escrivá de Balaguer ha mencionado en alguna de sus cartas los recuerdos que conservaba del clima espiritual dominante en la época de los primeros pasos de la Obra. "A pesar del ambiente religioso, del fondo católico de mi patria, los hombres -escribía en la citada Carta de 1947- estaban bastante lejos de Dios. No se ocupaba nadie de ellos. Las mujeres tenían de ordinario un pietismo, casi siempre sin demasiado fundamento doctrinal. A los hombres les daba vergüenza ser piadosos. Se respiraba el aire de la Enciclopedia: y duraba el empujón triste del siglo XIX ” (29); "vastos estratos del laicado -afirmaba en otra ocasión, en texto también citado- parecían adormilados, como si se hubiera desvanecido su fe operativa" (30). No sería dificil alegar estudios y testimonios que confirmaran esa descripción e, incluso, acentuaran los aspectos negativos; no son, sin embargo, los procesos históricos o las circunstancias ambientales lo que aquí nos corresponde considerar, sino más bien las cuestiones de carácter doctrinal: porque, aunque condiciones generales como las mencionadas pudieran constituir un obstáculo para la promoción concreta de vocaciones a la Obra, no fueron esas circunstancias, sino los planteamientos teoréticos de las que eran reflejo, los que tuvieron una particular influencia en los avatares y dificultades del itinerario jurídico del Opus Dei.

Porque proclamar no sólo la posibilidad de una radicalidad cristiana en medio del mundo y, en consecuencia, la existencia de una llamada universal a la santidad, sino explicitar además algunas de las más importantes consecuencias de esa afirmación, suponía modificar ideas adquiridas y mentalidades ya muy hechas. "Me puse a trabajar -recordaba el propio Fundador el dos de octubre de 1962-, y no era fácil: se escapaban las almas como se escapan las anguilas en el agua. Además, había la incomprensión más brutal: porque lo que hoy ya es doctrina corriente en el mundo, entonces no lo era (...). Había que crear toda la doctrina teológica y ascética, y toda la doctrina jurídica. Me encontré con una solución de continuidad de siglos: no había nada. La Obra entera, a los ojos humanos, era un disparatón. Por eso, algunos decían que yo estaba loco y que era un hereje, y tantas cosas más" (31).

Su predicación equivalía, en efecto, a superar planteamientos teológicos y jurídico-canónicos que, desde bastantes siglos atrás, identificaban, o tendían a identificar, llamada a la santidad con llamada al sacerdocio o al estado religioso. Todo el conjunto de su actuación presuponía y evidenciaba un vivo convencimiento de que radicalismo cristiano o plenitud de entrega no se identifica ni con vocación sacerdotal, ni con espiritualidad religiosa, con cuanto ésta connota de apartamiento, mayor o menor, del mundo; la llamada al seguimiento radical de Cristo tiene un alcance mucho más amplio, puesto que está dirigida a todo cristiano y puede, por tanto, concretarse también en formas seculares y laicales. A la difusión de esta doctrina don Josemaría Escrivá de Balaguer tuvo que dedicar tiempo, energías, empeño intelectual. Dio siempre pruebas no sólo de una honda conciencia acerca del valor y la dignidad de la condición sacerdotal, sino también de un profundo aprecio al estado religioso, cuya importancia para la vida de la Iglesia reconoció y proclamó siempre; pero fue a la vez claro en su decidida invitación a una plenitud de vida cristiana -santidad y apostolado- en medio del mundo (32). Con sus escritos, y con el conjunto de su actividad sacerdotal, contribuyó poderosamente a que se abriera camino en la Iglesia la neta proclamación de la llamada universal a la santidad, anticipando las solemnes declaraciones del Concilio Vaticano II, a las que más adelante tendremos ocasión de referirnos expresamente.

Pero prescindamos ahora de anticipaciones históricas y centrémonos en los años treinta. Analizando los textos de esa época, se advierte que, para afirmar la llamada a la santidad en medio del mundo, el Fundador del Opus Dei procedió mediante afirmaciones situadas en tres planos diferentes, aunque concatenados entre sí:

1. En primer lugar, enseñando de forma directa, clara y decidida -con la fuerza que le daba su profunda convicción de estar cumpliendo una misión divina que las personas que se encuentran en medio del mundo pueden y deben aspirar a la santidad precisamente allá donde están, en y a través de las múltiples y variadas realidades seculares. "¡Todos santos!", exclamaba en un texto de junio de 1930, que ya hemos citado (33), al que hacen eco otros muchos. "En el mundo, en el trabajo ordinario, en los propios deberes de estado, y allí, a través de todo, ¡santos!", escribe en febrero de 1931 (34). Y en junio de 1932: "Nos interesan todas las almas (...). Por eso, hemos de desear servir a todos, por amor de Dios (...)., Llevar a todos a la santidad: estote perfecti! (a todos). Llenar el mundo de paz y de alegría" (35). Textos breves, a los que se unen, en ocasiones, exposiciones más amplias, como la de una Carta fechada el 24 de marzo de 1930: "Hemos venido a decir, con la humildad de quien se sabe pecador y poca cosa -homo peccator sum (Luc. V, 8), decimos con Pedro-, pero con la fe de quien se deja guiar por la mano de Dios, que la santidad no es cosa para privilegiados: que a todos nos llama el Señor, que de todos espera Amor: de todos, estén donde estén; de todos, cualquiera que sea su estado, su profesión o su oficio. Porque esa vida corriente, ordinaria, sin apariencia, puede ser medio de santidad" (36).

De ordinario, sus afirmaciones a este respecto no proceden de forma argumentativa, sino aseverativa, fundadas en la autoridad que confiere el carisma, aunque, sobre todo con el pasar de los años, no faltan tampoco reflexiones teológicas cada vez más desarrolladas, a algunas de las cuales tendremos ocasión de referirnos más adelante. De momento, terminemos con las declaraciones hechas en 1967 a un periodista norteamericano, que aducimos como colofón o síntesis de este apartado: "Con el comienzo de la Obra en 1928, mi predicación ha sido que la santidad no es cosa para privilegiados, sino que pueden ser divinos todos los caminos de la tierra, todos los estados, todas las profesiones, todas la tareas honestas” (37).

2. En segundo lugar, afirmando y reiterando -también con la autoridad que deriva de un carisma fundacional- que los miembros del Opus Dei no son religiosos ni pueden ser en modo alguno asimilados a ellos, puesto que son simples fieles o sacerdotes seculares, según los casos. Es, paralelamente a la anterior, una de sus afirmaciones más constantes a lo largo de los años. En bastantes ocasiones viene formulada en términos breves, sin ulteriores comentarios. Otras veces, desciende a detalles concretos, muy reveladores de su preocupación por evitar cuanto pudiera conducir, aun de lejos, a difuminar la diferencia entre uno y otro carisma  (38). En otros momentos, particularmente en épocas posteriores a los años treinta, es decir, cuando el desarrollo de los acontecimientos lo fue haciendo necesario, su pensamiento se expresa mediante exposiciones más elaboradas, en las que el concepto central. es glosado o reafirmado desde diversas perspectivas, como, por ejemplo, en el siguiente párrafo de una Carta de finales de los años cuarenta: "Desde el primer momento de la fundación del Opus Dei, hijas e hijos míos, desde aquel 2 de octubre de 1928, he visto siempre la Obra como una institución cuyos miembros no serían nunca religiosos, no vivirían a semejanza de los religiosos, ni podrían ser -en alguna manera- equiparados a los religiosos" (39).

El alcance de esta afirmación se precisa si tenemos en cuenta que señalar la diferencia entre uno y otro carisma no significa, en modo alguno, dar pie a una menor exigencia en el seguimiento de Jesucristo; se trata precisamente de lo contrario: de proclamar que todo cristiano, también el que vive en el mundo, puede y debe seguir con plena radicalidad a Cristo. En la Carta antes citada de 1930 escribe: "Nuestra vida es sencilla, ordinaria, pero si la vivís conforme a las exigencias de nuestro espíritu será a la vez heroica. No es nunca la santidad cosa mediocre, y no nos ha llamado el Señor para hacer más fácil, menos heroico, el caminar hacia El. Nos ha llamado para que recordemos a todos que, en cualquier estado y condición, en medio de los afanes nobles de la tierra, pueden ser santos: que la santidad es cosa asequible. Y a la vez, para que proclamemos que la meta es bien alta: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto (Matth. V, 48). Nuestra vida es el heroísmo de la perseverancia en lo corriente, en lo de todos los días" (40).

3. En tercer lugar -y de esta forma se cierra el círculo-, señalando que el Opus Dei entronca con el Evangelio, en el que encuentra la llamada universal a la santidad y, por tanto, el fundamento para afirmar la invitación a un seguimiento decidido de Cristo en medio del mundo y de las ocupaciones seculares, vivificando esas ocupaciones, abordándolas con una profunda conciencia de misión y dotándolas así, desde dentro, de plenitud de sentido cristiano. En esta línea se sitúa la ya citada respuesta del Siervo de Dios a don Francisco Morán, según la cual el Opus Dei no venía a promover un nuevo estado de perfección o una modificación del estado religioso, sino a algo muy distinto: la búsqueda de la plenitud cristiana cada uno en su estado. Y también una frase muy repetida por el Fundador: "se han abierto los caminos divinos de la tierra"; los caminos de la tierra no son sólo humanos, sino también divinos, ocasiones de un encuentro con Cristo, de unirse a El, para, a partir de ese momento, continuar recorriendo con El ese mismo y propio camino, con profundidad y horizontes nuevos, al servicio del designio divino de recapitular todas las cosas en Cristo.

Desde otra perspectiva, confluyen también en esa dirección los diversos textos, muy frecuentes en épocas posteriores, en los que el Fundador señala que el Opus Dei no es un hito o etapa en el proceso de acercamiento al mundo por parte de los religiosos, puesto que entronca con un proceso diverso: el de la toma de conciencia acerca de las dimensiones de su vocación por parte del laicado y del sacerdocio secular (41). En esta dirección apunta también una frase que repitió muchas veces, en la que presenta al espíritu de la Obra, y a la Obra misma, como una realidad "vieja como el Evangelio y como el Evangelio nueva” (42), así como su frecuente remisión a los primeros cristianos, en cuanto ejemplar o paradigma de la vida según el espíritu del Opus Dei: "Como los religiosos observantes tienen afán por saber de qué manera vivían los primeros de su orden o congregación, para acomodarse ellos a aquella conducta, así tú -caballero cristiano- procura conocer e imitar la vida de los discípulos de Jesús, que trataron a Pedro y a Pablo y a Juan, y casi fueron testigos de la Muerte y Resurrección del Maestro” (43); es ahí, en esos primeros cristianos, en aquellos hombres y mujeres que escucharon la predicación apostólica y vivieron su fe inmersos en la gran civilización grecorromana, a la que vivificaron con la luz y el amor de Cristo, donde el cristiano corriente de hoy puede y debe encontrar inspiración y estímulo (44).

La triple serie de afirmaciones que acabamos de analizar, la diversidad de matices que incluyen, la fuerza de su enunciado y la frecuencia con que las utiliza, testimonian la importancia que el Fundador les atribuye, como expresión neta de algo básico y decisivo: la peculiaridad del Opus Dei y las implicaciones del mensaje que presupone y que, con su apostolado, estaba destinado a difundir.

 

4. VOCACIÓN CRISTIANA EN EL MUNDO: SUS PRESUPUESTOS

 

Es obvio, de otra parte, y lo apuntábamos hace poco, que, si bien esas afirmaciones sobre la llamada universal a la santidad son presenta— das por el Fundador de la Obra como expresión del carisma o don divino recibido, y no como conclusión de una reflexión especulativa, están, no obstante, grávidas de implicaciones teológicas, y arrastran consigo -reclaman- una profundización en aspectos centrales de la verdad cristiana. El propio don Josemaría Escrivá de Balaguer formuló explícitamente algunas de esas implicaciones, ya que, al volver constantemente a lo largo de toda su vida a la luz inicial, fue profundizando cada vez más, percibiendo matices, destellos, consecuencias; tanto más cuanto los acontecimientos le exigían subrayar la peculiaridad de la Obra y sus diferencias respecto a otros fenómenos pastorales. No es éste el momento de exponer con amplitud la totalidad del espíritu del Opus Dei, ni tampoco el de glosar los impulsos que aporta en orden al desarrollo de la teología; convendrá, sin embargo, anotar algún detalle, ya que puede contribuir a subrayar el fondo de esa peculiaridad de la Obra, y poner de manifiesto sus raíces. Fijémonos concretamente en dos puntos: la conexión entre vocación humana y vocación divina, y el valor cristiano de las realidades terrenas.

 

a) Vocación divina y vocación humana

 

Todo el existir cristiano se fundamenta en el nuevo nacimiento que significa el Bautismo. La vida cristiana no es un mero despliegue de la personalidad humana, sino el desarrollo de la vida divina comunicada con Cristo. Pero precisamente porque el Bautismo es un nuevo nacer, un ser recreados en Cristo, afecta no sólo a algunas facetas de la existencia, sino a la existencia entera, en todos sus momentos y en todas sus dimensiones. Esa novedad que la vida cristiana implica podrá, a veces -en quien reciba la vocación religiosa-, reclamar el apartamiento o ruptura con las condiciones normales del vivir humano, o, en otros casos -en quien se sienta llamado al sacerdocio-, la dedicación a las tareas ministeriales; pero de ordinario, en la inmensa mayoría de los cristianos, desembocará más bien en la irrupción de un espíritu nuevo en el acontecer diario, que resulta así incorporado e integrado en el existir cristiano.

Don Josemaría Escrivá percibió esta realidad con particular hondura, y la expresó de mil modos y maneras. Citemos, a título de ejemplo, las palabras de una homilía pronunciada el día de San José de 1963, en la que glosó ampliamente la vida sencilla, ordinaria, del Santo Patriarca, para proyectarla a cualquier cristiano: "Vosotros, que celebráis hoy conmigo esta fiesta de San José, sois todos hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a tan distintas naciones, razas y lenguas. Os habéis educado en aulas de centros docentes o en talleres y oficinas, habéis ejercido durante años vuestra profesión, habéis entablado relaciones profesionales y personales con vuestros compañeros, habéis participado en la solución de los problemas colectivos de vuestras empresas y de vuestra sociedad". "Pues bien -concluía-: os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina” (45).

Inmediatamente antes, había dicho: "La fe y la vocación de cristianos afectan a toda nuestra existencia, y no sólo a una parte. Las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad. La actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios".

La luz de la fe, al iluminar la existencia, lleva a descubrir su dimensión más profunda: su referencia radical a Dios; y da a conocer que el horizonte último de los afanes y tareas humanas no es otro que el designio divino de salvación; más aún, Dios mismo. Una conclusión brota _de ahí, y de manera inmediata, para el cristiano corriente: la vocación de cristiano, la llamada que como tal recibe, no se yuxtapone a su existencia diaria, sino que, insertándose y compenetrándose con su vida, debe informarla y dotarla de plenitud sobrenatural y totalidad de sentido. Caminar con Dios y hacia Dios, identificarse con Cristo, no implica, en modo alguno, alejarse de la vida ordinaria y común, sino vivirla con actitud teologal. En suma, como acabamos de referir y solía repetir don Josemaría, en una de esas frases que condensaban su pensamiento, "la vocación humana es parte, y parte importante, de la vocación divina" (46).

Las tareas y situaciones humanas no son mero ámbito en el que transcurre una vida teologal que les es ajena, sino medio y camino, más aún, materia que la vida teologal debe asumir e incorporar a su propia dinámica (47). El existir cristiano del hombre corriente, al que Dios quiere en medio del mundo, entregado a las ocupaciones seculares, se nos presenta, en suma, como una vida que tiene su fuente y fundamento en la gracia; y, en las tareas y ocupaciones seculares, su eje o quicio (48). De ahí que el empeño que tal existir implica pueda ser resumido en santificar la vida diaria, o, como hizo frecuentemente el Siervo de Dios, de acuerdo con la importancia que reconoció siempre al trabajo, en "santificar el trabajo, santificarse en el trabajo y santificar a los demás con el trabajo” (49).

 

b) Valor cristiano de las realidades terrenas

 

Como resulta obvio, esas afirmaciones implican y presuponen una aguda conciencia de la unidad de la creación, en cuanto regida por un designio divino que la dirige hacia el fin que el mismo Dios ha prefijado; en otras palabras, de la íntima unidad entre Creación y Redención. El propio don Josemaría Escrivá de Balaguer lo expresó de forma clara y explícita. "Hemos de amar el mundo -afirmaba en una homilía pronunciada en 1967-, el trabajo, las realidades humanas. Porque el mundo es bueno; fue el pecado de Adán el que rompió la divina armonía de lo creado, pero Dios Padre ha enviado a su Hijo Unigénito para que restableciera esa paz. Para que nosotros, hechos hijos de adopción, pudiéramos liberar a la- creación del desorden, reconciliar todas las cosas con Dios” (50)

Más extensamente reiteraba esta honda realidad teológica en otra homilía tres años después: "Cristo , Nuestro Señor, sigue empeñado en esta siembra de salvación de los hombres y de la creación entera, de este mundo nuestro, que es bueno, porque salió bueno de las manos de Dios. Fue la ofensa de Adán, el pecado de la soberbia humana, el que rompió la armonía divina de lo creado.

"Pero Dios Padre, cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo Unigénito, que -por obra del Espíritu Santo- tomó carne en María siempre Virgen, para restablecer la paz, para que, redimiendo al hombre del pecado, adoptionem filiorum reciperemus (Gal IV, 5), fuéramos constituidos hijos de Dios, capaces de participar en la intimidad divina: para que así fuera concedido a este hombre nuevo, a esta nueva rama de los hijos de Dios (cfr. Rom VI, 4-5), liberar el universo entero del desorden, restaurando todas las cosas en Cristo (cfr. Eph 1, 9-10), que las ha reconciliado con Dios (cfr. Col 1, 20)” (51).

Los textos y consideraciones que acabamos de exponer no constituyen -ya lo advertíamos- una exposición del espíritu del Opus Dei, cuya descripción, incluso aproximada, exigiría tratar de otros muchos aspectos: el sentido de la filiación divina, la unión entre las virtudes teologales y virtudes humanas, la valoración de las cosas pequeñas, la vida contemplativa en medio del mundo, la dimensión eucarística y mariana, etc., etc. (52). Más aún, respecto a las dos cuestiones mencionadas, nos hemos limitado a esbozarlas, sin glosarlas con detenimiento.

El lector habrá advertido, por lo demás, que en esta breve exposición hemos seguido un método de carácter sistemático, y no histórico, como veníamos haciendo hasta ahora. Aspirábamos -y con esto respondemos a las dos observaciones que acabamos de hacer- a poner de manifiesto o, al menos, a señalar la hondura teologal de un carisma: convenía limitarse a unos puntos esenciales, suficientes para entrever horizontes, aunque no los agoten, y, de otra parte, basarnos en textos en los que el propio Fundador del Opus Dei mostrara lo que implica y supone su mensaje. En todo caso, y dejando aparte consideraciones metodológicas, importa detener la atención en esas perspectivas teológicas consideradas en sí mismas. Porque, así, podremos captar mejor las dimensiones profundas del espíritu del Opus Dei y advertir, en consecuencia, su peculiaridad, su diferencia respecto a otras realidades eclesiales y, por tanto, el empeño que reclamaba su difusión pastoral y su posterior configuración jurídica.

 

5. EN, BUSCA DE NUEVAS FORMULACIONES TERMINOLÓGICO-CONCEPTUALES

 

Para recuperar ahora el hilo de la historia, parece necesario insistir en que, durante los años treinta, las afirmaciones sobre la llamada a la santidad y al apostolado en medio del mundo no encontraban acogida espontánea en el ambiente eclesiológico-cultural de la época. Más aún, faltaban los instrumentos conceptuales y lingüísticos aptos para expresar esa llamada de modo fácil y adecuado, ya que la teología vigente tendía a concebir las ocupaciones seculares más bien como obstáculo para un vivir cristiano pleno y, por tanto, a ver en toda afirmación de la secularidad una renuncia a la plenitud cristiana; y a interpretar toda llamada a la santidad como invitación al sacerdocio o a apartarse del mundo e incorporarse a alguna de las formas del estado religioso.

Esto pone de manifiesto que una afirmación de la peculiaridad del Opus Dei en términos generales no agotaba la tarea a la que estaba llamado su Fundador, sino que constituía más bien un punto de partida. En una amplia gama de campos -que van desde la concreción de los medios ascéticos y los modos apostólicos, hasta la determinación de la fisonomía concreta de las virtudes-, se le presentaba, en efecto, a don Josemaría la necesidad de proceder a un esfuerzo de reflexión y análisis, a fin de profundizar en el acervo común cristiano y, prescindiendo de matices propios de otras espiritualidades, esbozar sus modos de realización laicales y seculares.

Los textos documentan que el Fundador del Opus Dei tuvo conciencia de esa dimensión del problema, pues ya desde el principio advirtió la fuerte carga semántica, proveniente de la espiritualidad religiosa, que presentaban muchos vocablos de la ascética cristiana, y la consiguiente necesidad de buscar términos nuevos, o de ampliar la significación de los antiguos, para que resultaran también aplicables, con plenitud de matices, a una vivencia laical y secular (53). La tarea, como es fácil de comprender, no siempre resultó sencilla, ya que todo empeño de renovación conceptual y terminológica requiere no sólo agudeza intelectual, sino también el paso del tiempo: dar vida de forma súbita a nuevos modos de expresión resulta imposible, tanto sociológica como psicológicamente; lo primero porque conduciría a la incomunicación; lo segundo, porque los nuevos conceptos y vocablos pueden surgir sólo en confrontación con los que le anteceden y, con frecuencia, procediendo mediante tanteos y aproximaciones.

Así ocurrió también en el caso que ahora nos ocupa. No puede sorprender, por eso, que para expresar la entrega plena que la llamada a la Obra suponía, don Josemaría tuviera que acudir, en ocasiones, a terminologías procedentes de la espiritualidad religiosa, dominante, hasta ese momento, en el terreno de la teología espiritual, aunque procuró siempre a la vez matizar el alcance de esos términos de los que, a falta de otros, tenía que servirse. Así, en algún texto de 1930, describe a los miembros de la Obra como "verdaderos religiosos in re?" (54), plasmando esas palabras tal y como las hemos transcrito, subrayadas y seguidas de interrogación, lo que indica muy netamente -aparte, claro está, del contexto- que advierte lo inadecuado de la expresión, a la que acude sólo para dar a entender una plenitud de entrega, pero connotando que se realiza con un trasfondo teológico y espiritual distinto del de los religiosos. Algo parecido sucede en otras ocasiones en que habla de consejos evangélicos, sea en general, sea mencionando la tríada clásica de pobreza, castidad y obediencia, o de conceptos análogos: el contexto remite siempre a una experiencia secular y laical, no monástico-religiosa, ni adaptación o imitación de lo monástico-religioso. De modo análogo, en algunos textos, para subrayar precisamente que la santidad a la que el Opus Dei llama no es una santidad mediocre o rebajada, sino una santidad plena, radical, no menor que aquélla a la que ordena el estado religioso, aunque realizada en otro contexto y con otros acentos, procede a trazar amplios panoramas históricos, en los que, presuponiendo un momento de igualdad -el deseo de un radical seguimiento de Cristo-, afirma a la vez la diferencia de caminos o espiritualidades (55).

Por lo demás, apenas le fue posible, prescindió de este tipo de comparaciones o de terminologías.

En este mismo contexto de clarificación conceptual conseguida mediante notable esfuerzo, se sitúa una cuestión en la que conviene detenerse, por su particular relación con el itinerario jurídico. Nos referimos a la configuración del compromiso vocacional o decisión de entrega plena, que el Opus Dei presupone, y del vínculo que, en consecuencia, se establece entre los miembros de la Obra y la Obra misma.

¿Cuál era la realidad circundante?, ¿qué recursos le ofrecían la Teología espiritual y el Derecho canónico? En los años 1928 y siguientes, la noción de compromiso vocacional estaba de hecho vinculada a la figura del estado religioso o a la condición sacerdotal; los cristianos corrientes eran objeto de cura pastoral ordinaria, y si bien podían adherirse a instituciones varias, se trataba siempre de instituciones con fines muy determinados, que implicaban un empeño sólo parcial o limitado: podían, pues, ciertamente, llegar a la cumbre de la santidad -y muchos aspiraban a ser santos, aunque, a decir verdad, de modo más espontáneo que reflejo-, pero la idea de una llamada universal a la santidad y, en consecuencia, la de un compromiso vocacional pleno en orden a la santificación y al apostolado en la vida ordinaria eran ajenas al ambiente de la época. El Fundador no encontraba, pues, punto alguno de referencia que le permitiera configurar una realidad como la que el Opus Dei implicaba, es decir, una llamada a seguir plena y radicalmente a Cristo en y a través de las ocupaciones seculares, mostrando con la palabra y con el ejemplo, desde dentro del mundo mismo, que todos los hombres, sea cual sea su condición, trabajo u oficio, han sido convocados a la unión con Dios; en suma, una realidad a la vez vocacional, de plena entrega, y de carácter secular. ¿Cómo proceder entonces?

En cuanto a las perspectivas de fondo, don Josemaría Escrivá no conoció la menor duda o vacilación: desde el primer momento, como ya dijimos, presentó un ideal de entrega plena, que reclamaba un compromiso de toda la persona y desembocaba en un vínculo estable con el Opus Dei. Respecto a la expresión o formalización de esa realidad, las cosas no eran tan sencillas. Había, sí, un punto claro, de carácter negativo: debía evitarse todo lo que implicara o pudiera implicar una asimilación a los religiosos; pero, en cuanto a la concreción positiva, surgían diversos interrogantes. ¿Podía limitarse a hablar de entrega y compromiso, sin concretar en un acto formal y explícito esa decisión?: era posible, sin duda, actuar así, al menos por un tiempo, pero no, en cambio, como solución a largo plazo. ¿Podía pensarse en acudir a votos o promesas, no de carácter público, como los de los religiosos, sino privados?: cabía, ciertamente, porque era relativamente usual, en aquellos tiempos, el caso de laicos que formulaban votos sobre cuestiones muy variadas, incluso de obediencia al propio director espiritual; pero esta posibilidad no resultaba satisfactoria, ya que el contexto que presupone no parecía del todo adecuado a la secularidad. Si todo lo anterior se excluye, ¿a qué acudir?

En esta disyuntiva, el Fundador de la Obra decidió seguir trabajando sin anticipar, de momento, formalización alguna. Abría horizontes cristianos a las personas que trataba, y las iba llevando como por un plano inclinado hasta conducirlas, cuando era el caso, a una decisión de entrega. En la conciencia de quienes respondían, quedaba muy claro el compromiso adquirido. Una solución así era válida, pero, como ya señalamos, sólo de modo provisional: con el transcurrir del tiempo y el aumento de la labor, se fue manifestando, cada vez más claramente, la necesidad de llegar a un planteamiento más estructurado. En torno a 1934, el asunto se convirtió en urgente, cuando algunos de los que habían respondido a su llamada fueron inquietados por diversos sacerdotes y por otras personas, que les vinieron a decir que su decisión carecía de todo valor.

En marzo de ese año consultó sobre este problema, entre otros, con don Norberto Rodríguez, uno de los sacerdotes que le prestaba su colaboración, y con el P. Valentín Sánchez Ruiz S.J., su confesor, en busca de un consejo o parecer teológico. "Todos convienen -anota como resultado de esas conversaciones- en la necesidad de unirnos con un vínculo espiritual, que consistirá por ahora en hacer votos privados por un año" (56). La solución no le gustaba, pero acabó rindiéndose, como obligado "por un motivo psicológico" -por emplear la expresión que usó años más tarde-, es decir, para facilitar que quienes llegaban al Opus Dei adquirieran conciencia del compromiso asumido (57). Lo hizo, sin embargo, con una condición: esos votos serán privados -"privadísimos", escribe en alguna ocasión-, quedando reservados a la conciencia de la persona, sin que sean en modo alguno recibidos por el Opus Dei, que, en cuanto tal, los ignora o desconoce. El vínculo entre los miembros y la Obra se concretará en un sencillo acto en el que se manifieste la decisión de dedicar la vida a la santidad y al apostolado según el espíritu del Opus Dei, "sin votos, ni promesas de ningún género” (58).

A ese criterio se atuvo en lo sucesivo, defendiéndolo, no sin dificultades, a lo largo de todo el ¡ter jurídico, y subrayando en su predicación, y cada vez más claramente, a medida que el paso del tiempo así lo exigía, que esa situación no era de su agrado: "a la Obra no le interesan los votos, sino las virtudes", repetirá miles de veces. En el horizonte, como solución definitiva, se situaba la desaparición de todo tipo de votos, y la concreción de la relación del Opus Dei con sus miembros por medio de un vínculo de carácter contractual. Pero todo esto lo desarrollaremos a su tiempo.

 

6. FRENTE AL PROBLEMA DE LA CONFIGURACIÓN JURÍDICA

 

A fin de completar los dos objetivos que nos habíamos fijado para esta primera parte -describir los elementos fundamentales del carisma fundacional del Opus Dei, y apuntar los problemas cruciales en orden a la comprensión del posterior itinerario jurídico-, queda sólo una cuestión por examinar: el problema de la figura jurídica aplicable para proceder a la aprobación del Opus Dei.

La legislación y la práctica canónica de los años 1930 y siguientes no reconocían ninguna figura jurídica que se adecuase al carisma propio del Opus Dei: una institución de ámbito universal, que habría de tener una organización unitaria e interdiocesana, integrada por sacerdotes seculares y por laicos, hombres y mujeres, célibes o casados, que, movidos por una peculiar vocación, se comprometiesen, de forma estable, a vivir la plenitud de la vida cristiana en medio del mundo, en su trabajo profesional y en las demás circunstancias propias de la vida secijlar y laical, y que, a través y por medio de éstas, difundiesen entre los*'demás hombres sus iguales esa llamada universal a la fe, a la perfección cristiana y al apostolado. Efectivamente, no era apta la configuración propia de las Ordenes y Congregaciones religiosas o Sociedades de algún modo asimiladas -como hemos visto en las páginas anteriores-, en las que sus miembros vivían una entrega plena, pero en un contexto teológico de consagración pública, y, en uno u otro grado, de separación del mundo y de las tareas seculares. No eran tampoco adecuadas las Asociaciones de fieles de carácter local y con finalidades específicas y determinadas, que implicaban un empeño parcial y limitado.

Se planteaban así ante don Josemaría Escrivá de Balaguer, en estos años, problemas jurídicos análogos a los que, en el terreno ascético y teológico, hemos apuntado en páginas anteriores. Y en cierto modo más graves, o al menos más inmediatos, ya que, de una parte, la cuestión de alcanzar una configuración conforme a derecho resulta una necesidad improrrogable apenas un fenómeno social -o pastoral, en el caso de la vida cristiana- adquiere cierta envergadura; y, de otra, su resolución trasciende el nivel de la reflexión intelectual y científica, para afectar al del ordenamiento jurídico y, por tanto, a la autoridad. En otras palabras, el Fundador necesitaba propugnar nada menos que una reforma de la legislación canónica, objetivo siempre dificil y que, en todo caso, requiere tiempo y, consiguientemente, exige arbitrar mientras tanto soluciones intermedias.

Porque la historia no se detiene, las necesidades del apostolado harán imprescindible dar pasos para disponer de un ropaje jurídico, aun antes de haber comenzado la necesaria reforma de la legislación. Mons. Vincenzo Fagiolo, en un artículo destinado a hablar precisamente de la relación entre carisma y derecho en la historia del Opus Dei, ha captado bien esta situación y cuanto reclamaba y presuponía en el Fundador de la Obra: "La Providencia había querido que el joven Josemaría Escrivá de Balaguer estudiase Derecho canónico y civil. Como Fundador, aparte del problema inmediato de suscitar vocaciones, se le presentó otro, menos urgente, pero que también debía resolver: ¿cómo se encuadraría en el marco jurídico-eclesiástico lo que Dios le había hecho ver?; ¿cómo lograr que laicos y sacerdotes, hombres y mujeres, célibes y casados, viviesen en el Opus Dei constituyendo una unidad pastoral -orgánica e indivisible- no sólo de espiritualidad, de formación y de fin, sino también de régimen?". Una solución adecuada no existía, y resultaba ineludible esperar; mientras tanto -prosigue-, "el Opus Dei necesitaba un estatuto provisional que le permitiese vivir y desarrollarse en la Iglesia y que, al mismo tiempo, no sofocase o deformase el mensaje que Dios había confiado al Fundador. Conjugar esta doble exigencia no fue siempre fácil, y en este reto Mons. Escrivá dio la talla de su elevada cualidad de jurista, de sacerdote santo y de hombre de gobierno” (59).

A lo largo de los capítulos sucesivos, tendremos ocasión de ver cómo se manifestó esa "elevada cualidad de jurista" a la que Mons. Fagiolo se refiere. Digamos ahora solamente que el problema jurídico no era de hecho separable de las cuestiones teológicas abordadas en páginas anteriores. Sólo una vez asentadas de forma clara la llamada universal a la santidad y la participación de todo cristiano en la misión de la Iglesia, y, por tanto, sólo una vez reconocida plenamente, con la totalidad de sus implicaciones, la posibilidad de un fenómeno pastoral de promoción de la santidad y apostolado en medio del mundo, podía, en efecto, pensarse en obtener soluciones jurídicas adecuadas a lo que el Opus Dei representaba y representa. El derecho suele seguir a la vida. La legislación canónica vigente en los años treinta reflejaba de hecho la vida de la Iglesia de décadas y siglos anteriores. Será igualmente el proseguir de esa vida, y especialmente el Concilio Vaticano II, lo que llevará a admitir en el ordenamiento canónico figuras nuevas, y permitirá al Opus Dei ser dotado de una configuración jurídica plenamente acorde con su carisma fundacional y con su proyección histórica como fenómeno pastoral.

 

 

1. Son numerosas las monografías existentes sobre iniciativas y movimientos concretos; para una visión del contexto general en que nacen, pueden consultarse las obras que se mencionan a continuación, donde se encontrarán también diversos datos y referencias bibliográficas: H. JEDIN (dir.), Handbuch der Kirchengeschichte, t. VI, Freiburg i. B. 1973; R. AUBERT (dir.), Nouvelle histoire de 1 Eglise, t. V, París 1972; G. REDONDO, La Iglesia en el mundo contemporáneo, Pamplona 1979; AA.VV., La spiritualitá cristiana nell'etá contemporanea, vol. VI, Roma 1985; AA. VV., Spiritualitá e azione del laicato cattolico italiano, Padova 1969; G. PENCO, Storia della Chiesa in Italia, vol. II, Milano 1978; A..DANSETTE, Histoire religieuse de la France contemporanne, Paris 1965.

2. Instrucción, 19-111-1934, n. 8.

3. Ibid., nn. 9-13.

4. Esa metáfora aparece ya en textos de principios de 1930: Apuntes íntimos, n. 14.

5. Carta, 25-1-1961, n. 13.

6. Apuntes íntimos, nn. 32 y 206.

7. Sobre algunas de las implicaciones de cuanto venimos diciendo en orden a una reflexión teológico-canónica sobre la vocación laical, puede verse A. DEL PORTILLO, Fieles y laicos en la Iglesia, Pamplona 1969 (2' edición 1981); P. LOMBARDÍA, Escritos de Derecho Canónico, vol. II, Pamplona 1973; J. HERRAHZ, G. LO CASTRO y otros, Chi sono i laici. Una

teologia della secolaritá, Milano 1987; AA.VV., La misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, Pamplona 1987.

8. Instrucción, 19-111-1934, n. 41.

9. Ibid., 19-111-1934, nn. 6-7.

10. Camino, n. 301.

11. Sobre este punto, como, en general, respecto a los otros detalles de ambientación histórica, remitimos de nuevo a los estudios biográficos citados en la nota 1 del capítulo I.

12. Camino, n. 82; este punto se encuentra ya en la primera de las versiones de esta obra, es decir, la edición de 1932 de Consideraciones espirituales, donde tiene el n. 48.

13. Cfr. S. BERNAL, o.c. (cap. 1, nota 1), pp. 168 s.; A. VÁZQUEZ DE PRADA, O.C. (cap. 1, nota 1), pp. 121 ss.

14. Apuntes íntimos, n. 16 (13-111-1930)

15. Ibid., n. 74. En una carta de 23 de noviembre de 1930, dirigida al ingeniero Isidoro Zorzano -miembro de la Obra- escribía: "si hemos de ser lo que el Señor y nosotros deseamos, hemos de fundamentarnos bien, antes que nada en la oración y en la expiación (sacrificio). Orar: nunca, repito, dejes la meditación al levantarte; y ofrece cada día, como expiación, todas las molestias y sacrificios de la jornada" (RHF, EF-301123-1). Y en otra de 3-IX-1931, al mismo Isidoro Zorzano, volvía sobre el'tema: "¿nuestra labor actual? Cada uno de nosotros somos un sillar de los cimientos. A adquirir vigor espiritual, a prueba de pruebas, para poder resistir el ingente peso de la Obra de Dios. Orar. Expiar. Parezco un machacón. Pero es que toda la ciencia está ahí" (RHF, EF-310903-1).

16. Escribía el Fundador el 14-XI-1931: "La Obra de Dios va a hacer hombres de Dios, hombres de vida interior, hombres de oración y de sacrificio. El apostolado de los socios será una superabundancia de su vida `para adentro': darán lo que les sobre: nunca serán sólo fachada: siempre -la frase no es muy escogida- siempre tendrán menos fachada que vivienda" (Apuntes íntimos, n. 391).

17. Ibid., n. 35.

18. Apuntes íntimos, n. 42.

19. Ibid., n. 339.

20. Cfr. textos citados en notas 38-40 del capítulo I.

21. Apuntes íntimos, n. 956. Esta expresión, "desorganización organizada", así como la paralela "organización desorganizada", las repitió después otras muchas veces: una amplia glosa puede encontrarse en varios párrafos de Conversaciones, nn. 19, 35 y 53.

 

22. Vid., entre otros, Conversaciones, Es Cristo que pasa y Amigos de Dios; véase también el breve, pero sustancioso artículo que, con el título Las riquezas de la fe, publicó en ABC, Madrid, 2-XI-1969. Entre los estudios al respecto, vid. D. LE TOURNEAU, El Opus Dei, Barcelona 1986, pp. 43-58 (traducción del original francés L'Opus Dei, Paris 1984); J. HERRANZ, Libertad y responsabilidad, en AA.VV., Cristianos corrientes. Textos sobre el Opus Dei, Madrid 1970, pp. 70-90; C. FABRO, El primado existencial de la libertad, en AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, cit. (cap. 1, nota 3), pp. 341-356.

23. Desde los comienzos del Opus Dei, el Fundador, convencido de su carácter de instrumento en las manos de Dios, solía repetir esa frase, aplicándola de un modo muy particular a su propia persona. El 26-IV-1934 en carta a don Francisco Morán, Vicario General de la diócesis de Madrid-Alcalá, informándole sobre su labor sacerdotal, y sobre la próxima publicación de Consideraciones espirituales, atribuía todas estas cosas al Señor, afirmando "la clara Voluntad de Dios sobre mí, que es `ocultarme y desaparecer' " (RHF, EF-340426-1). Y así se condujo hasta el final; el 28-1-1975 escribió a todos los miembros de la Obra una carta con motivo del 50° aniversario de su ordenación sacerdotal que se cumpliría el 28 de marzo: "No quiero que se prepare ninguna solemnidad, porque deseo pasar este jubileo de acuerdo con la norma ordinaria de mi conducta de siempre: ocultarme y desaparecer es lo mío, que sólo Jesús se luzca" (RHF, EF-750128-2).

24. La encontramos ya en marzo de 1930, en uno de los textos más antiguos de las notas personales que se conservan: Apuntes íntimos, n. 8; aparece después numerosas veces: superan el centenar. La recogió también en Camino, nn. 780 y 784, puntos que se encuentran ya en la edición de Consideraciones espirituales de 1932, donde tienen los números 195 y 198. Vid. Surco, n. 647; Forja, nn. 611, 639 y 1051.

25. Así lo reiteró en múltiples ocasiones; citemos dos textos tomados de dos cartas, la primera fechada en 1930, la segunda en 1932: "Lo que nos pide el Señor es naturalidad: si somos cristianos corrientes, almas entregadas a Dios en medio del mundo -en el mundo y del mundo, pero sin ser mundanos-, no podemos comportamos de otro modo: hacer cosas que en otros son raras, serían raras también en nosotros" (Carta, 24-111-1930, n. 8); "debéis trabajar con naturalidad, sin espectáculo, sin pretender llamar la atención" (Carta, 9-1-1932, n. 64). Anotemos que -como veremos más adelante- las palabras "sin misterios ni secreteos" son una expresión a la que el Fundador de la Obra acudió con frecuencia para excluir actitudes que consideró siempre contrarias a su espíritu.

26. Camino, n. 380.

27. Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 7.

28. No podía ser de otra manera, después -entre otros- de San Francisco de Sales y de San Alfonso María de Ligorio, pero es necesario reconocer que la obra de estos y otros santos, aunque muy importante en el orden pastoral, no llegó a provocar, respecto al tema que nos ocupa, una verdadera clarificación teológica. Sobre este punto, ver J.L. ILLANES, Mundo y santidad, Madrid 1984, pp. 65 ss., con la bibliografía allí citada.

29. Carta, 29-XII-1947/14-I1-1966, n. 28.

30. Carta, 254-1961, n. 13.

31. RHF, 20160, p. 987.

32. En párrafos sucesivos tendremos ocasión de remitir a otros textos; citemos aquí un punto de Camino, que presupone el ambiente teológico-pastoral al que acabamos de aludir: "Tienes obligación de santificarte. -Tú también. -¿Quién piensa que ésta es labor exclusiva de sacerdotes y religiosos?

"A todos sin excepción, dijo el Señor: `Sed perfectos, como mi Padre Celestial es perfecto' " (n. 291).

33.  Apuntes íntimos, n. 35. Cfr. notas 28 del capítulo 1 y 17 de este capítulo.

34. Ibid., n. 154.

35. Ibid., n. 158. El estote perfecti remite, como es obvio, a las palabras pronunciadas por Cristo en la culminación del Sermón de la montaña: estote ergo vos perfecti, sicut et Pater vester coelestis perfectus est (Mt. V, 48).

36. Carta, 24-111-1930, n. 2.

37. Conversaciones, n. 26.

38. Tal es el caso de un texto escrito a finales de marzo de 1930, o pocos días después, en el que el Siervo de Dios hace algunas reflexiones acerca de los estatutos o reglamentos de la Obra que deberán ser preparados en su día: "se hará constar que no pueden ser miembros (...) los religiosos o religiosas. Pero en todos los reglamentos se hará constar, también, el profundo respeto que merecen los religiosos católicos" (Apuntes íntimos, n. 30). Es el espíritu, e, incluso, el modo o forma de expresarse, que se encuentra en otros muchos textos.

39. Carta, 29-XII-1947114-II-1966, n. 84.

40. Carta, 24-111-1930, n. 19.

41. Algunos textos en ese sentido están recogidos en J.L. ILLANES, La santificación del trabajo, Madrid 1980, pp. 63-64.

42. El texto más antiguo en que hemos encontrado esta expresión es de enero de 1932: Apuntes íntimos, n. 551.

43. Camino, n. 925. Este punto aparece ya en Consideraciones espirituales, edición de 1934, pero no en el texto a velógrafo de 1932, aunque en sus notas personales hay referencias a los primeros cristianos ya desde ese año (la más antigua, concretamente, es de octubre de 1932: Apuntes íntimos, n. 854). Como detalle terminológico, señalemos que, en los textos de fecha más remota, habla de "cristianos primitivos"; después prefirió la expresión "primeros cristianos".

44. Como es bien conocido, la remisión a las primeras generaciones cristianas ha sido muy común a lo largo de la historia, también por parte de fundadores o reformadores de Ordenes y Congregaciones religiosas: lo característico no es, pues, el simple hecho de esta referencia, sino el sentido o alcance que se le atribuye, y en don Josemaría Escrivá de Balaguer presupone siempre la visión de los primeros cristianos como hombres o mujeres corrientes, que vivían en el mundo, en las condiciones propias de la existencia ordinaria, que compartían con los demás habitantes del Imperio, sus iguales. Otras citas y un comentario más amplio sobre la importancia que la remisión a los primeros cristianos tiene en la predicación del Fundador, pueden verse en R. GÓMEZ PÉREZ, La fe y los días, Madrid 1973.

45. Es Cristo que pasa, n. 46.

46. "Os he dicho mil veces -escribía en 1948- que la vocación humana es una parte, y una parte importante, de nuestra vocación divina, porque nuestra vida puede resumirse diciendo que hemos de santificar la profesión, santificarnos en la profesión, y santificar con la profesión" (Carta, 15-X-1948, n. 6). Vid. también, entre otros muchos textos, Es Cristo que pasa, n. 46; Amigos de Dios, n. 60.

47. Cfr. Es Cristo que pasa, n. 4; Conversaciones, n. 60. 48. Amigos de Dios, n. 62.

49. "Os digo una vez más, hijos míos -escribía en 1940-: el Señor nos ha llamado para que, permaneciendo cada uno en su propio estado de vida y en el ejercicio de su propia profesión u oficio, nos santifiquemos todos en el trabajo, santifiquemos el trabajo y santifiquemos con el trabajo. Es así como ese trabajo humano que realizamos puede, con sobrada razón, considerarse opus Dei, operatio Dei, trabajo de Dios" (Carta, 11-111-1940, n. 13). Vid. también Conversaciones, n. 55. Otros textos paralelos, aparte del citado en nota 46 de este capítulo, se encuentran en Carta, 6-V-1945, n. 16; Carta, 24-XII-1951, n. 79; Carta, 31-V-1954, n. 18; Carta, 25-1-1961, n. 10; Conversaciones, n. 70; Es Cristo que pasa, n. 46; Amigos de Dios, n. 9. Respecto a la doctrina de don Josemaría Escrivá de Balaguer sobre el trabajo, puede consultarse, entre otros estudios, J.L. ILLANES, La santificación del trabajo, cit. (nota 41 de este cap.), y P. RODRÍGUEZ, Vocación, trabajo, contemplación, Pamplona 1986.

50. Es Cristo que pasa, n. 112.

51. Ibid., n. 183; ver también Conversaciones, n. 70.

52. Para un conocimiento del espíritu del Opus Dei, la mejor fuente son, como es lógico, los escritos de su Fundador. Entre los diversos estudios, y además de los ya mencionados, pueden consultarse las colaboraciones incluidas en el volumen colectivo, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, cit. (cap. 1, nota,3), y el intento de síntesis realizado por D. LE TOURNEAU, en El Opus Dei, cit. (nota 22 de este cap.), pp. 27 ss., con la bibliografla allí citada.

53. Valga como muestra de esa preocupación un texto de marzo de 1930: "Querría encontrar una palabra castellana, distinta de `vocación', que viniera a encerrar un significado semejante"; a continuación, entre interrogantes, propone una: llamamiento (Apuntes íntimos, n. 13). Fue éste el término que empleó de hecho para titular uno de los capítulos de Consideraciones espirituales y de Camino, si bien, andando el tiempo, y desvinculada ya la palabra "vocación" de una referencia exclusiva al estado clerical o religioso, no tuvo inconveniente en usarla, incluso frecuentemente, dotándola de toda la amplitud de significado que recibe en los textos neotestamentarios.

54. Apuntes íntimos, n. 14.

55. Tal es el caso de unos párrafos, con estilo histórico-poético, de la Instrucción de 1934, en los que la referencia al origen carismático de diversas formas del estado religioso sirve de trasfondo a la afirmación de otra realidad, también de origen carismático, pero diversa de las anteriores: la búsqueda de la santidad en el propio estado. Señala primero -con metáfora ya comentada- que el cristiano corriente ha de ser "inyección intravenosa, puesta en el torrente circulatorio de la sociedad" llevando al mundo la luz de Cristo, y enseguida prosigue: "Siempre Jesús hizo que los suyos se acomodaran a los tiempos: universal fue, en los primeros religiosos cristianos, el retiro del desierto o del monasterio.

"Francisco hace universal el tipo de fraile corretón, andando camino adelante para predicar a Cristo. Domingo ilumina, con sus hijos, las universidades de Europa. Más tarde los teatinos, los barnabitas, los jesuitas y los somascos, sin coro y con vestidos de clérigos seculares sus miembros, trabajan por las almas con nuevas labores de apostolado.

"Ahora, mediante un impulso divino y universal también, está surgiendo una milicia, vieja como el Evangelio y como el Evangelio nueva, que tiene soldados sin hábito exterior ninguno, que a veces serán monjes, y a veces frailes corretones que andarán todos los caminos de la vida. Hombres y mujeres que, en su propio estado y profesión, intelectual o no, serán a veces sabios y siempre doctos, bien preparados; y harán con la ciencia, con el trabajo profesional y con el ejemplo de una vida coherentemente cristiana, la apología más fervorosa de la Fe" (Instrucción, 19-111-1934, nn. 42-45).

Resulta obvio que las expresiones "monjes" y "frailes corretones" -como igualmente la referencia a los "soldados"- tiene un valor metafórico para expresar la plenitud de vida cristiana, referida, como añade el texto, a "hombres y mujeres... en su propio estado y profesión".

56. Apuntes íntimos, n. 1150.

57. Cfr. Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 180.

58. Apuntes íntimos, n. 1225 (19-11-1935).

59. Mons. V. FAGIOLO, Carisma e diritto nella fondazione dell'Opus Dei, en "L'Osservatore Romano", 23-VI-1985, p. 5.

 

 

 

 

PARTE SEGUNDA

LAS APROBACIONES DIOCESANAS

 

 

CAPíTULO III : LA APROBACION DE 1941

 

 

1. CON LA APROBACIÓN ORAL DIOCESANA

 

El año 1933 representa un hito relativamente importante en la etapa inicial del Opus Dei. Por esas fechas, como ya señalamos, llegan a la Obra nuevas vocaciones, y don Josemaría advirtió que era posible dar un paso adelante con el que soñaba hace tiempo: iniciar una actividad que pueda contribuir al desarrollo de la labor apostólica.

Ya hacia el final de su vida, el 19 de marzo de 1975, don Josemaría Escrivá, rememorando los años de la fundación ante un grupo de miembros del Opus Dei, después de comentar que, para sacar adelante lo que Dios le pedía, acudió a "buscar fortaleza en los barrios más pobres de Madrid. (...) Y en los hospitales, y en las casas donde había enfermos, si se pueden llamar casas a aquellos tugurios...", prosiguió: "Mientras tanto, trabajaba y formaba a los primeros que tenía alrededor. Había una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas...” (1).

Esas palabras, a la par que ponen de manifiesto la hondura con que el Fundador de la Obra buscó siempre un fundamento sobrenatural en la oración y en el sacrificio, evidencian la amplitud de horizontes con que concibió desde el principio el Opus Dei, documentable gracias no sólo a sus recuerdos, sino también a los de muchos de los que entonces le conocieron y trataron.

En aquel momento -mediados de los años treinta-, considerando en su oración la experiencia primera, y valorando el desarrollo de su apostolado, había ido llegando poco a poco a la conclusión de que, sin perder jamás de vista el horizonte universal que percibió el 2 de octubre de 1928, y para alcanzarlo lo antes posible, resultaba oportuno prestar una mayor atención a la labor apostólica con universitarios (2), promoviendo entre ellos la llamada a la santidad en medio del mundo, llegando hasta un compromiso de celibato: se sentarían así las bases para contar con un núcleo de personas, que extenderían la labor luego a otras muchas más -célibes o casadas- de todas las condiciones sociales y de todas las profesiones (3).

De acuerdo con esa consideración, promovió una Academia, que llevó por título DYA, Derecho y Arquitectura; aunque para el Fundador, y para quienes le tratan, esa sigla tenía también otra significación, que equivale a un acto de fe: Dios y Audacia; confiemos en Dios y lancémonos audazmente a cumplir su voluntad, es un lema frecuente en su predicación (4). La Academia comenzó sus actividades en diciembre de 1933. La decisión se manifestó acertada, y la labor apostólica creció rápidamente. Pronto don Josemaría Escrivá de Balaguer vio oportuno ampliar la Academia, completándola con una Residencia para estudiantes. El proyecto estaba ya en marcha en octubre de 1934. En marzo de 1935 solicitó al Obispado de Madrid la autorización para poder instalar, en los locales de la Residencia, un oratorio (5). La petición fue acogida con prontitud, y el día 31 de ese mes pudo celebrar por primera vez la Santa Misa, dejando reservado el Santísimo en un Centro de la Obra. Fue para el Fundador una enorme alegría: la manifestación y la garantía más claras de que el Opus Dei era, cada día más, una realidad cuajada.

Ya desde antes, desde los principios, contó con la aprobación oral del Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay (6), al que informaba regularmente a través del Vicario General, don Francisco Morán, con quien hablaba y a quien escribía con frecuencia. Sin embargo, y a pesar de ese apoyo y benevolencia, don Josemaría no dio paso alguno para obtener una aprobación escrita. Consideraba que, durante la primera etapa, una aprobación oral era suficiente (7): pretender otra cosa sería precipitarse y podría, incluso, resultar contraproducente. Unas reflexiones, que anota en mayo de 1934, resumen muy bien su actitud: "¿Qué se diría de una mujer grávida, que quisiera inscribir en el registro civil y en el parroquial a su hijo nonnato?... ¿qué, si quisiera, si intentara matricularlo como alumno en una Universidad? Señora -le dirían-, espere Vd. que salga a la luz, que crezca y se desarrolle... Pues, bien: en el seno de la Iglesia Católica, hay un ser nonnato, pero con vida y actividades propias, como un niño en el seno de su madre... Calma; ya llegará la hora de inscribirlo, de pedir las aprobaciones convenientes. Mientras, daré cuenta siempre a la autoridad eclesiástica de todos nuestros trabajos externos -así lo he hecho hasta aquí- , sin apresurar

papeleos que vendrán a su hora" (8).

Parece evidente que estas palabras, aparte de manifestar una natural prudencia, constituyen un claro signo de la hondura con que, ya desde el principio, advertía las dificultades técnico jurídicas que, por su novedad, iba a implicar la configuración canónica de la Obra, y la necesidad de evitar, por tanto, en la medida de lo posible, pasos en falso. En enero de 1936, vuelve sobre el tema y anota: "Indudablemente, todas las apariencias son de que, si pido al Sr. Obispo la primera aprobación eclesiástica de la Obra, me la dará". Y, enseguida, añade unas palabras que explican la profunda razón de su demora: "Pero (es asunto de tanta importancia), hay que madurarlo mucho. La Obra de Dios ha de presentar una forma nueva, y se podría estropear el camino fácilmente” (9).

Ya en años anteriores había sufrido por la incomprensión de la novedad que el Opus Dei suponía: algunos -como ya señalamos- le calificaron de iluso o, incluso, de hereje, por sostener que podía buscarse la plena santidad no sólo en las Ordenes y Congregaciones religiosas, sino también en el mundo; y otros le acusaron de querer crear un estado nuevo y, más aún, de destruir el estado religioso, sin tener en cuenta que su intento y su misión se situaban en un nivel diverso. Don Josemaría pudo comprobar que, incluso entre quienes le querían y le ayudaban en diversas cuestiones concretas, había algunos que, a pesar de todo, no llegaban a comprenderle, lo que le producía una profunda pena. Es el caso, por ejemplo, del Vicario General de Madrid, don Francisco Morán, con quien mantenía una cordialísima relación y del que recibía continuas muestras de aprecio por su labor apostólica. En una de sus entrevistas, el 30 de marzo de 1936, don Josemaría, según su costumbre, le comentó algunos aspectos del trabajo apostólico, así como sus proyectos inmediatos; entre otros, la conveniencia de engrosar el grupo que vive la entrega a Dios en celibato; don Francisco Morán -según consta por la relación redactada por don Josemaría al día siguiente- le dijo: "estas obras suelen acabar en congregaciones religiosas". "Se ve que, a pesar del cariño que nos tiene no coge la Obra", anota el Fundador, y añade: "Protesté: `Congregación, nunca. Religiosos, no” (10). Unas semanas más tarde, el 7 de mayo, se repitió un diálogo parecido que, en la relación posterior, el Fundador del Opus Dei apostilló con la misma expresión de marzo: "¡No coge, no coge!" (11). Lo sucedido le hizo entrever, de forma aún más clara, las dificultades que le esperaban.

Poco después estallaba la guerra civil española. Don Josemaría pasó algunos meses refugiado en varios lugares de Madrid -como muchos otros sacerdotes-, a causa de la fuerte persecución religiosa desencadenada. En diciembre de 1937, después de una no breve odisea, consiguió llegar a la otra zona de España, y reanudar plenamente su labor sacerdotal. Su intensa actividad le permitió restablecer relaciones con muchos de los jóvenes universitarios a los que antes trataba y, de modo especial, con los que se habían adherido al Opus Dei. Los acontecimientos bélicos supusieron, sin embargo, como era inevitable, un freno para el desarrollo de la labor.

Cuando, a fines de marzo de 1939, regresó a Madrid, la tarea apostólica cobró gran impulso: una nueva residencia en Madrid; viajes a Valencia, Zaragoza, Barcelona, Valladolid y otras ciudades españolas; nuevas vocaciones de estudiantes y de profesionales jóvenes. También, aunque más lentamente, se reanudó la labor de la Sección de mujeres. Don Josemaría Escrivá de Balaguer iba informando de todo a las autoridades diocesanas. Menudeaba sus conversaciones personales no sólo con los Vicarios generales de la diócesis -ahora también don Casimiro Morcillo-, sino con el propio Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo y Garay, dando origen a una honda amistad y a un mutuo afecto.

Al advertir ese aprecio creciente, algunos -ya en 1939- recomendaron al Fundador del Opus Dei que solicitase a don Leopoldo la aprobación escrita de la Obra (12), pero las razones que había para no tener prisa seguían vigentes: su labor debía continuar siendo de formación, de dirección espiritual, de tratar a las almas una a una, sin buscar aún un encuadre jurídico. Como dice el Cardenal Bueno Monreal en su ya citada relación, el Fundador del Opus Dei "quéría que esas ansias de santificar el mundo fuesen una realidad, no una teoría; que ese mensaje prendiese ya en el mayor número posible de personas y luego se extendiese sencillamente, sin espectáculo, con la eficacia del fermento que desaparece en la masa: santificándose cada uno en lo suyo, en su profesión, en el ejercicio de su trabajo profesional. Sin 'triunfalismos', como diríamos luego, después del Vaticano II. (...) Concebida de esta forma su Obra y su labor pastoral, se comprende que no buscara por entonces un reconocimiento de tipo jurídico para lo que hacía” (13).

Ciertamente estaba claro -y don Josemaría lo tuvo presente desde el principio- que, apenas creciera la labor, sería necesario dotarla de organización y, por tanto, de un régimen jurídico. Así se refleja en diversos escritos, como los hace poco citados, y así lo comentó a quienes le trataban, como continúa escribiendo el Cardenal Bueno Monreal: "Sabía Josemaría que llegaría el momento en que habría de ser tramitada ante la autoridad competente la aprobación de su Obra -tenía una clara mente jurídica y sabía que no podía darse dentro de la Iglesia una actividad apostólica organizada que no tuviera aprobación canónica, como es natural-, pero retrasaba el momento de dar ese paso. Según tengo entendido, todo esto lo tenía hablado con el Sr. Obispo, que coincidía en todo con Josemaría. Don Leopoldo aprobaba el modo de proceder, humilde y callado de Josemaría. Además, tanto Josemaría como el Sr. Patriarca -que comprendía muy bien la esencia radicalmente laical de la Obra de Dios-, sabían que en el derecho común de la Iglesia de entonces no había una fórmula bajo la que cupiera el Opus Dei, tal como era; es decir, sin violentar o cambiar su naturaleza. Por ello tenían claro que la aprobación y sanción jurídica de la Obra debería esperar su momento y provenir directamente de la Santa Sede".

 

2. LA APROBACIÓN "IN SCRIPTIS" DEL OBISPO DE MADRID Y SU CONTEXTO HISTÓRICO

 

Una serie de hechos dramáticos van a precipitar los acontecimientos. Ya hemos apuntado cómo la novedad del fenómeno pastoral provocó recelos e incomprensiones. Ahora -con el crecimiento y expansión del apostolado de la Obra-, cobran gran virulencia, tachando de locura -y hasta de herejía- la vocación al Opus Dei, y de locos y herejes a los que la siguen. Las calumnias se hacen clamorosas, y degeneran en una campaña organizada y sistemática, tanto más dolorosa cuanto que proviene de quien menos podía esperarse: de otros católicos, más aún, de algunos religiosos y personas relacionadas con ellos. Se presenta a los miembros del Opus Dei como promotores de una exaltación del laicado que provoca la disminución de las vocaciones religiosas y sacerdotales, y conduce a la destrucción del estado religioso, incidiendo así en la herejía. De ahí se pasa a infundios del más diverso tipo, no sólo con insinuaciones, sino también con ataques abiertos, incluso desde el púlpito, junto con visitas a padres de miembros del Opus Dei para decirles que sus hijos están siendo engañados, y corren peligro de excomunión y hasta de condenación eterna, si continúan por ese camino... Don Josemaría sufrió profundamente, a la vez que procuró mantener la paz y transmitir serenidad a sus hijos (14).

El Obispo de Madrid, que -como hemos visto- conocía bien la Obra y a su Fundador, y podía testificar, por tanto, la falsedad de todas las acusaciones, intervino varias veces en ese sentido. Y juzgó que, para cortar tan injusta campaña, resultaba absolutamente necesario que él mismo, como Obispo de la diócesis en la que el Opus Dei había nacido, le otorgara una aprobación por escrito, manifestando así de manera neta, y con toda la fuerza del derecho, el apoyo y aprecio con que la Obra contaba por parte de la Jerarquía eclesiástica competente. Así se lo comunicó a don Josemaría Escrivá en marzo de 1940, dándole la indicación de que le presentase la solicitud con la documentación aneja necesaria. El Fundador acogió la decisión episcopal, agradecido por el afecto hacia su persona y hacia la Obra, aunque consciente a la vez de que no había, en la legislación canónica, un cauce adecuado para un fenómeno pastoral como el que el Opus Dei representaba; y así, el 21 de junio de 1940, escribía: "Estamos en el grave problema de encajar el Opus Dei en el Derecho Canónico” (15). En el mismo sentido se manifiesta en su relación el Cardenal Bueno Monreal, entonces -como dijimos- Fiscal de la diócesis de Madrid: "Era preciso, pues, sustanciar jurídicamente la Obra y Josemaría accedió a estudiar esta cuestión, para encontrar una solución -naturalmente provisional- que permitiera la aprobación a nivel diocesano, en espera de la solución final que vendría en su día de Roma” (16).

Don, Josemaría cambió impresiones con expertos en Derecho canónico, entre otros, con el mencionado Fiscal diocesano, y llegó a la conclusión de- que la única solución viable en aquellos momentos -aunque no óptima, por las razones que luego veremos- era la de la Pía Unión.

El 14 de febrero de 1941, el Fundador presentó una instancia solicitando la aprobación del Opus Dei como Pía Unión (17), a la que adjuntaba un breve Reglamento y cinco documentos complementarios (18). Semanas después, el 25 de marzo de 1941, el Obispo de Madrid, a través de su Vicario don Casimiro Morcillo, comunicó al Siervo de Dios que, con Decreto fechado el día 19 anterior, había aprobado el Opus Dei como Pía Unión (19).

En el Decreto, el Obispo de Madrid-Alcalá manifiesta su satisfacción al "aprobar canónicamente tan importante obra de celo", y pide al Señor, por intercesión de San José, "que no se malogre ninguno de los grandes frutos que de ella esperamos". Deja también constancia de que el Opus Dei, fundado por don Josemaría Escrivá de Balaguer, ha sido "experimentado con nuestro beneplácito y de Nuestro Vicario General, desde el año 1928". Y de que se han examinado atentamente sus reglamentos (20).

La aprobación concedida al Opus Dei fue conocida inmediatamente en los ambientes eclesiásticos. No consiguió, sin embargo, detener la campaña de calumnias, que había afectado no sólo a Madrid, sino también a otras ciudades. En Barcelona -donde, por cierto, los miembros del Opus Dei eran muy pocos: se contaban con los dedos de una mano-, fue particularmente viva. Esto motivó que el Abad coadjutor del monasterio de Montserrat, Dom Aurelio María Escarré, se dirigiera a Mons. Eijo y Garay solicitando información. Se inició así un intercambio epistolar entre ambos, que aporta testimonios de gran interés sobre los hechos de este período de la historia de la fundación (21).

El 9 de mayo de 1941, el Abad coadjutor de Montserrat escribió una primera carta al Obispo de Madrid poniéndole al corriente de la campaña y solicitando su parecer. Mons. Eijo y Garay le contestó con carta de 24 de mayo; entre otros particulares, anotaba: "Ya sé el revuelo que en Barcelona se ha levantado contra el Opus Dei (...). Lo triste es que personas muy dadas a Dios sean el instrumento para el mal; claro es que putantes se obsequium praestare Deo". Y enseguida entraba en materia: "Lo conozco todo, porque el Opus, desde que se fundó en 1928 está tan en manos de la Iglesia que el Ordinario diocesano, es decir o mi Vicario General o yo, sabemos, y cuando es menester dirigimos, todos sus pasos; de suerte que desde sus primeros vagidos hasta sus actuales ayes resuenan en nuestros oídos y... en nuestro corazón. Porque, créame, Rmo. P. Abad, el Opus es verdaderamente Dei, desde su primera idea y en todos sus pasos y trabajos (...). Y sin embargo, son hoy los buenos quienes lo atacan. Sería para asombrarse si no nos tuviese el Señor acostumbrados a ver ese mismo fenómeno en otras obras muy suyas" (22).

Otras cartas se intercambiaron entre ambos en los meses siguientes. En una de 21 de junio de 1941, Mons. Eijo y Garay salía al paso de una de las acusaciones dirigidas a los miembros del Opus Dei: la falta de aprecio a las Ordenes y Congregaciones religiosas. "Es -escribeuna de las más graves calumnias que le han levantado al Opus Dei; yo le garantizo, Rmo. Padre, que es pura calumnia. ¿Cómo podrían amar a la Sta. Iglesia sin amar también el estado religioso?". "Lo aman -proseguía, con palabras que son un testimonio sobre el carácter secular de la vocación al Opus Dei-, lo veneran, lo proclaman medio de salvación para los llamados por Dios a él; pero no sienten esa vocación, sino la de santificarse en medio del mundo y ejercer en él su apostolado. Esto sienten y esto dicen, sin que ello implique el más leve menosprecio del estado religioso; precisamente él les inculca que han de vivir en el mundo tan santamente como si fueran religiosos. Y ellos creen que, llamados a este género de apostolado, darán, si lo siguen, más gloria a Dios que si desoyendo su vocación entrasen religiosos (...). ¡Y pensar, Rmo. Padre, que toda la tempestad ha surgido porque dos o tres chicos que querían entrar religiosos han preferido el Opus Dei después de conocerlo!".

El 1 de septiembre, Mons. Eijo y Garay contestó a dos cartas anteriores del Abad coadjutor, en las que le informaba de la agudización y de otros detalles de la campaña. Escribía el Obispo de MadridAlcalá: "No puedo menos de agradecerle su bondadoso interés por el Opus Dei, que tanto estimo. Siento lo que V.R. me dice: que la campaña ha aumentado, si no en extensión, sí en intensidad y en profundidad". Reiteraba una vez más su aprecio a la labor de los miembros del Opus Dei y a la Obra en cuanto tal: "va segura porque va de la mano de los Obispos, bien asida a ella y sin más afán que obedecerles y servir a la Iglesia; su lema y consigna y orden del día de todos los días es ¡Serviam!". Más adelante, con acento de tristeza, aportaba algunos datos que permiten captar, aun a distancia, la violencia de aquella campaña de calumnias: "Dígame si no es persecución, y cruelísima, llamar a esa Obra que V.R. conoce y estima y por la que tan justamente se interesa, masonería, secta herética, hijuela de lo de Bañolas, antro tenebroso que pierde las almas sin remedio; y a sus miembros, iconoclastas e hipnotizados, perseguidores de la Iglesia y del estado religioso, y tantas otras lindezas por el estilo; y mover contra ellos las autoridades civiles y procurar la clausura de sus centros y el encarcelamiento de su fundador y la condenación en Roma; y lo más trágico y doloroso, encizañar por todos los medios desde el confesonario hasta la visita a domicilio a las familias de los que quieren bien al Opus Dei. Si esto no es persecución y durísima, ¿qué lo podrá ser?". "Créame, Rmo. P. -concluía-, que es edificante y consolador el espíritu de santa alegría, de paz; caridad y amorosa resignación con que los miembros del Opus Dei acogen la persecución y besan las manos que los hieren. Y esto me confirma aún más en lo que ya dije antes a V.R.: que el Opus es verdaderamente Dei".

Estos textos permiten percibir el ambiente no sólo del momento en que esas cartas fueron escritas, sino de bastantes meses antes. No faltaron muchas manifestaciones de aprecio -las cartas de Mons. Eijo y Garay son un testimonio, al que podrían unirse muchos otros-, pero la campaña organizada fue muy dura. Tal fue de hecho el contexto en que se produjo la primera aprobación escrita diocesana, cuya fisonomía y cuyo alcance jurídico debemos ahora examinar.

 

3. CARISMA, DERECHO PECULIAR, CONFIGURACIÓN JURÍDICA

 

Antes de analizar esta aprobación de 1941 y la configuración de la Obra que se delinea en el Reglamento y los demás documentos presentados, es conveniente, aunque suponga dejar por un momento el hilo inmediato de la historia, volver a una cuestión ya apuntada en el capítulo anterior, a fin de tratarla con más extensión: las relaciones entre carisma y derecho.

Un rasgo característico de las leyes civiles es su dinamicidad -el hecho de que cambien de un tiempo a otro-, para ajustarse una y otra vez a las exigencias de la sociedad. Es un dato empírico, que todo cambio social, por el influjo de factores de muy diversa naturaleza, lleva consigo, de ordinario, modificaciones en la legislación. La dinamicidad de las leyes procede, en definitiva, de la dinamicidad del bien común, que constituye su propio fin.

Las leyes canónicas presentan también -junto a su carácter tradicional- una dinamicidad, con desarrollos y cambios, dentro del marco fijado por la voluntad fundacional de Cristo. Y es un hecho comprobado que, con frecuencia, la vida se adelanta, también en la comunidad eclesial, al cambio de aquellas estructuras que por su naturaleza son mutables, o al nacimiento de otras nuevas que no contradigan los principios constitucionales de la Iglesia. Estos cambios derivan de una razón profunda, propia del vivir de la Iglesia, que no es una realidad meramente humana, sino humana y divina a la vez, y cuyo desarrollo histórico está jalonado -como recuerda el Concilio Vaticano II (23)- por intervenciones del Espíritu Santo que, de mil modos y maneras, la guía, anima e impulsa con sus dones y carismas.

La realidad vital, colocada ante el ordenamiento canónico, es, en el existir concreto de la Iglesia, muy rica y compleja, pues incluye dentro de sí los carismas, y junto a esos dones divinos, un conjunto de actividades, normas y estructuras, surgidas de los carismas y adecuadas a lo que implican. De otra parte, esta acción ordenadora del Espíritu Santo -como señala el Prof. Hervada- no se desenvuelve en el plano jurídico, sino en el de la vida sobrenatural, a la que debe atender el derecho para darle la impronta de la juridicidad (24). En suma, y completando la exposición, encontramos, por un lado, el carisma y lo que de éste deriva inmediatamente; por otro, el Magisterio jerárquico, animado por el Espíritu y dotado, por tanto, de capacidad para discernir los carismas; finalmente, el derecho, que debe acoger los carismas así discernidos, de modo que el ordenamiento jurídico sea capaz de encauzarlos adecuadamente, es decir, no sólo de respetarlos, sino de incorporarlos e impulsarlos.

Por consiguiente, y para una adecuada configuración jurídico-canónica, es obvia la importancia del ius peculiare o derecho peculiar del Opus Dei, en el sentido que a esta expresión daba el Fundador: "la Obra crecía -escribió en 1961, repensando en su vida y en la del Opus Dei-, por la virtud de Dios, y el fenómeno ascético promovido por el Señor en 1928 se convertía también de hecho, en universal. Con la gracia de Dios, iba yo elaborando, poco a poco, tomando medidas a la Obra que crecía, las normas de nuestro derecho peculiar" (25). El derecho peculiar es, pues, expresión del carisma o, quizá más exactamente, determinación o concreción de las exigencias del carisma, alcanzada gracias a la experiencia, es decir, a esa realización viva del don divino fundante, que ha permitido discernir en la práctica lo que se ajusta al carisma y lo que se le opone. El derecho peculiar -se lee en la misma Carta, poco después- es "un derecho acomodado a nuestro espíritu, a nuestra ascética y a las necesidades de nuestros apostolados específicos" (26).

Esa realidad, repitámoslo, viene a situarse ante el ordenamiento jurídico, con la fisonomía concreta que este ordenamiento posee en una etapa concreta de la historia, como fruto de estudios y experiencias pasadas, que han ido enriqueciendo progresivamente la legislación. El desarrollo histórico jurídico presupone, en este sentido, un proceso de interacción, pues el ordenamiento jurídico valora y sopesa los fenómenos sociales que van surgiendo, pero es a su vez juzgado desde éstos: una legislación se manifiesta, de hecho, tanto más eficaz cuanto mayor capacidad posee para acoger las posibilidades y exigencias que la historia aporta. Es obvio, por lo demás, que el problema recibe acentos especiales cuando nos situamos en el ámbito del Derecho canónico, donde, como acabamos de señalar, están en juego realidades que transcienden o pueden transcender la pura experiencia humana -los carismas, concretamente, y los movimientos o instituciones en que se plasman-, lo que exige plantear toda la cuestión a un nivel no dialéctico, sino de atención a la acción del Espíritu Santo y de discernimiento a la luz del depósito de la verdad revelada (27).

Resulta claro, por otra parte, que la importancia concedida al derecho peculiar por el Fundador está en íntima relación con su aguda conciencia de la novedad que representaba el Opus Dei en la historia de la Iglesia; con su lúcida percepción de la presencia -en 1941 y en etapas posteriores- de una tensión entre el carisma que dotaba de contenido a la Obra, y la legislación canónica vigente, en cuyos moldes un fenómeno ascético y pastoral como el del Opus Dei no tenía cabida, como ya señalamos en el capítulo anterior. De ahí su esfuerzo por radicarse en el carisma, por subrayar y explicitar lo que el carisma reclama a fin de, sobre esa base, otear el futuro y decidir cómo actuar hoy y ahora, lo que resultaba en ocasiones urgente hasta el extremo.

Porque el hecho es -como ya hemos señalado- que la historia no puede detenerse, y la extensión del apostolado y las circunstancias apuntadas llevaban en 1941 -y volverán a exigirlo, incluso más agudamente, en años sucesivos- a tener que solicitar el encuadramiento jurídico del Opus Dei en una legislación en la que en realidad no tenía cabida. De ahí ese modo de actuar que don Josemaría Escrivá de Balaguer describió en ocasiones como de "conceder sin ceder con ánimo de recuperar"; es decir, acomodarse a la legislación vigente, si no resultaba posible plantear su eventual reforma, y dar pasos más avanzados que los ya conseguidos, y acomodarse con sinceridad, sin restricciones mentales -su hondo sentido de Iglesia le impedía comportarse de otra forma-, pero procediendo a la vez con plena fidelidad al carisma, afirmándolo y proclamándolo, en el acto mismo con que aceptaba una cierta solución, como fuerza capaz de llevar a una superación de lo entonces alcanzado.

El concepto de derecho peculiar jugó aquí un papel esencial, ya que constituyó la pieza que permitiría llegar a ese resultado. En efecto, el Fundador del Opus Dei procuró, siempre que se presentó una situación como las mencionadas, que en los documentos de aprobación, o en los textos que esos documentos sancionaban, quedara constancia clara de la substantividad del Opus Dei, de su derecho peculiar, de tal manera que esas normas fueran criterio de interpretación de otras, provenientes de la legislación general, que se veía quizás obligado a aceptar. Lo explicaba don Josemaría Escrivá de Balaguer, en una Carta de 1961, donde, evocando algunos hechos del itinerario jurídico, comentaba cómo, al mismo tiempo que aceptaba determinadas soluciones, “me sentía urgido a precisar nuestro derecho peculiar, para que lo que en sede de derecho general pudiera un día interpretarse de un modo ajeno a las características de nuestra vocación, en sede de derecho particular quedara claramente sancionado y de acuerdo con los rasgos esenciales de nuestro camino” (28). Tarea dificil y en la que alguna vez no fue posible evitar -por la inadecuación del derecho vigente- que, en cuestiones menos centrales, fuera necesario aceptar la introducción de elementos extraños. Así lo hace notar el Fundador, con referencia a una de las etapas posteriores del iter jurídico: "tal como había quedado definida y aprobada la Obra, su derecho peculiar estaba en perfecta consonancia con la esencia de nuestro camino, salvo en aquellas cosas que hube de admitir, propias del estado de perfección, para quitarlas cuando Dios nos depare el momento" (29).

Ni que decir tiene que este proceso suponía una tensión interior y exigía unos esfuerzos mucho mayores de los que una exposición lineal como la que hemos realizado puede, tal vez, dar a entender. La asunción de una realidad, para darle una configuración jurídica, implica analizarla y valorarla desde las categorías que ofrece el derecho, a fin de ajustarla a las normas vigentes y, por tanto, introducirla de alguna manera en su interior. Si las categorías jurídicas en vigor son plenamente adecuadas y ajustadas a la realidad que se trata de configurar, ésta no sólo resulta acogida tal cual es, sino potenciada, al poner de relieve la plenitud de sus implicaciones y facilitar, por tanto, su realización práctica. Pero cuando no es ése el caso, es decir, cuando las categorías jurídicas existentes no se acomodan por entero a la realidad que intenta ser acogida por el derecho, entonces la situación se complica, ya que la aplicación pura y simple de esas categorías amenaza con desembocar en una transformación e, incluso, en una adulteración de la realidad.

La historia ofrece más de un ejemplo, tanto en la vida civil como en la eclesial. Esto explica la prudencia con que el Fundador vivió los sucesivos pasos del ¡ter canónico: advertía, en efecto, que la legislación eclesiástica no presentaba cauces precisos para dar la adecuada acogida al Opus Dei y, por tanto, era consciente de los peligros que el proceso implicaba. De ahí que actuara poniendo todos los medios para que, en cada uno de los pasos, quedara refrendado lo peculiar y específico del Opus Dei (30).

 

Resulta claro, por cuanto antecede, que el derecho peculiar, tal como don Josemaría Escrivá de Balaguer lo entendió, se compone ciertamente de normas jurídicas, pero a la vez comprende inseparablemente realidades metajurídicas: un espíritu, unos medios ascéticos, una atenta ponderación de las específicas implicaciones de la vocación cristiana en quienes están llamados a vivirla en medio de los quehaceres y situaciones seculares. En otras palabras, lo que, en cada una de las diversas etapas del proceso jurídico, procuró -y consiguió- que quedara recogido, fueron los rasgos esenciales del espíritu del Opus Dei, de manera que constituyeran una realidad que, desde el interior de la figura jurídica adoptada, contribuyera a su interpretación y a su desarrollo, es decir, a la promoción de formulaciones y concreciones cada vez más adaptadas a la realidad substantiva a la que el derecho debe servir, es decir, al carisma y a la misión recibidos de Dios. Como expondrá, con metáfora expresiva, en una Carta de 1952 refiriéndose a lo ya conseguido y a lo que aún quedaba por lograr: "Hijos míos, en aquel instante, no era posible conseguir más. Para coger agua de un chorro impetuoso y fresco, hay que tener la humildad, la sabiduría y la templanza de tomarla poco a poco, acercando al manantial solamente el borde del vaso; de lo contrario, se pierde el agua por la misma violencia de su caída y por el ansia de beber” (31).

En 1941, el problema de la tensión entre carisma y legislación vigente se planteó de forma mucho menos aguda de lo que ocurrirá en momentos posteriores: la primera aprobación diocesana se situaba, a fin de cuentas, en un nivel relativamente sencillo. De todas formas, la realidad descrita estaba ya presente, y con manifestaciones bien concretas, a las que enseguida nos referiremos, recuperando así el hilo de la historia.

 

4. EL OPUS DEI, PÍA UNIÓN

 

Una primera pregunta surge espontáneamente ante la solución jurídica adoptada en 1941: ¿por qué, al solicitar el Fundador la aprobación del Opus Dei, lo hace precisamente bajo la forma de una Pía Unión? La respuesta es sencilla: por exclusión. Lo señalaba claramente el Cardenal Bueno Monreal, recordando las conversaciones que, en su calidad de Fiscal de la diócesis de Madrid, mantuvo con el Fundador del Opus Dei: "me fue contando con gran confianza sus pensamientos y le agradaba que yo le diese sinceramente mis opiniones. Tenía redactados unos primeros Estatutos de la Obra que estaban contenidos en seis breves documentos: Reglamento, Régimen, Orden, Costumbres, Espíritu y Ceremonial. En esos escritos estaba dibujado con detalle el espíritu del Opus Dei. Al margen de estos documentos -que eran así, y no podían ser de otro modo, y sobre los cuales yo no tenía nada que decir- estaba la cuestión de la calificación jurídica que la

Obra había de tener. En estas materias estaba yo entonces muy impuesto, pues era cosa de mi tarea en la diócesis.

"Conversando con Josemaría me quedó clarísimo que el Opus Dei no era en manera alguna una Congregación religiosa. Josemaría no pensó jamás en ir por esta vía: manifiestamente la rechazaba y no lo intentó de ninguna manera. Por tanto, si no era, ni podía ser una Congregación religiosa, el único camino jurídico abierto en la ordenación canónica de entonces era el de las asociaciones de seglares. Entre estas asociaciones, también estaba claro que el Opus Dei no podía ser una Orden tercera, ni una Cofradía o Hermandad de Culto; de ahí que sólo quedara la posibilidad de que se constituyera como una Pía Unión.

"Al ser éste un cauce muy estrecho e inadecuado a todas luces para la Obra, a Josemaría no le gustaba. Yo no sabría decir ahora si se lo oí comentar a él, o si lo he pensado después, pero lo cierto es que tenía el deseo de vivir al pie de la letra aquella norma evangélica de prudencia que desaconseja echar vino nuevo en odres viejos" (32).

De acuerdo con la legislación vigente, y teniendo en cuenta el hecho fundamental de que los miembros del Opus Dei no son religiosos, el único camino viable era el que ofrecía la parte tercera del libro II del Código, relativa a los fieles corrientes o laicos y a sus asociaciones (33). Entre esas asociaciones de fieles, el Código distinguía: Ordenes Terceras, Cofradías y Pías Uniones. Estaba claro que el Opus Dei no podía ser una Orden Tercera -"bajo la dirección de alguna Orden, y según su espíritu" (c. 702)-, ni una Cofradía o Hermandad de culto -"erigidas para el incremento del culto público" (c. 707 § 2)-. Sólo quedaba la Pía Unión, asociación de fieles con finalidades muy variadas: cualquiera que pudiera encuadrarse dentro de la formulación absolutamente genérica que ofrecía el Código vigente: "ejercer alguna obra de piedad o de caridad" (c. 707 § 1) (34).

La Pía Unión era, por tanto, la solución menos inadecuada. El carácter secular y laical del Opus Dei quedaba preservado: sus miembros permanecerían como cristianos corrientes, cuyo estado canónico y civil no variaba en modo alguno. Como escribirá el Fundador en 1944, "con ese primer paso jurídico, los miembros del Opus Dei continuaban siendo simples fieles; y el reconocimiento de nuestra labor apostólica, por la legítima Autoridad de la Iglesia, se hacía en términos convenientes para la etapa de desarrollo que habíamos alcanzado” (35).

Había, además, que dejar abiertas las puertas a nuevos avances en el camino jurídico, y la figura de la Pía Unión era suficientemente amplia. Las Pías Uniones, a diferencia de otras asociaciones, como las Cofradías, podían ser erigidas o simplemente aprobadas (36). El camino que convenía seguir en el caso del Opus Dei fue objeto de conversación del Fundador con el Obispo de Madrid: se optó por la simple aprobación. Así se hacía más patente el carácter provisional de la decisión, y la apertura a posibilidades futuras, sin dejar de alcanzar la finalidad práctica que para el Opus Dei tenía esa intervención de la Autoridad eclesiástica: reconocimiento público de su existencia por parte del Obispo de la diócesis, manifestación de aprecio y apoyo de la Jerarquía y proclamación de que, en su naturaleza, fines y normas de funcionamiento, no hay nada contrario a la doctrina de la Iglesia.

¿Qué fisonomía del Opus Dei resulta del conjunto de documentos que don Josemaría Escrivá acompañó a la solicitud de aprobación? Como se indicó antes, esos documentos consistían en un Reglamento, completado con otros cinco textos, titulados respectivamente Régimen, Orden, Costumbres, Espíritu y Ceremonial. El juego entre esos diversos documentos era claro: el Reglamento ofrecía, de forma breve, una visión general del Opus Dei, de los fines a los que se ordena y de las personas que lo integran, así como de los órganos de representación y otros aspectos requeridos por la legislación civil vigente entonces en España; los demás documentos detallaban y ampliaban esa visión general, concretando diversos puntos sobre régimen de gobierno, prácticas de piedad, espíritu, reuniones periódicas de formación, etc.

Al releer ahora, a distancia de años, esos escritos de 1941 -tanto el Reglamento propiamente dicho, como los otros cinco documentos anejos-, una de las cosas que más llama la atención, no sólo desde una perspectiva jurídica y teológica, sino sencillamente histórica, es, sin duda, su amplitud de horizontes. El apostolado del Opus Dei se encontraba, en esos momentos, extendido ya por varias ciudades españolas, pero, a fin de cuentas, la Obra estaba integrada todavía por pocas personas: no llegaban al medio centenar. Los documentos presentados a aprobación van mucho más allá: están concebidos pensando no sólo en lo ya existente, sino en lo que vendrá. Y esto, incluso, en lo organizativo. Se prevén, por ejemplo, y con detalle, los órganos directivos centrales, delineando lo que llegará a ser un régimen jurídico unitario e interdiocesano. En primer lugar, el Presidente -a quien se llama sencillamente Padre, con prohibición de usar ninguna clase de tratamiento dentro de la Obra-, cuyo "cargo es vitalicio" (Régimen, art. 14). Junto a él, y para ayudarle en la tarea de dirección, se establece un "Senado, compuesto por el Secretario General, tres Vicesecretarios y, al menos, un Delegado por cada Territorio" (Régimen, art. 15), así como una "Asesoría" para las actividades de la Sección de mujeres del Opus Dei, compuesta por "el Padre y el, Secretario General, tres Vicesecretarias y, al menos, una Delegada por cada Territorio" (Régimen, art. 24). Se contempla, también la posibilidad de tener un Vicepresidente (Régimen, art. 22). Al Padre le asistirán en su vida espiritual y en las cosas materiales dos custodes, que son designados por el propio Padre, de una lista de nueve nombres de miembros del Opus Dei presentada por el Senado (Régimen, art. 19). Se reglamentan también Asambleas, que podrán ser ordinarias, extraordinarias y electivas.

Se prevé ya -pensando en la expansión futura- la distribución por territorios, al frente de los cuales estarán las "Comisiones Territoriales" que, formadas por un "Consejero, un Defensor y tres Vocales", dependen directamente del Padre y del Senado (Régimen, art. 27), y las "Asesorías Territoriales" para la Sección femenina (Régimen, art. 31). "En cada Territorio, habrá por lo menos un Centro de Estudios para los socios varones y otro para las asociadas, con el fin de darles la formación que sus apostolados exigen" (Régimen, art. 39). "Toda la labor del Centro de Estudios se hará sin sacar a los socios de su ambiente habitual" (Régimen, art. 40).

Lo que aprueba el Obispo de Madrid-Alcalá como Pía Unión es la realidad de entonces, pero incorporando al mismo tiempo unas líneas de desarrollo futuro, que requerirán una fórmula jurídica distinta, puesto que implican un planteamiento claramente supradiocesano. Se trasluce, en todo momento, que el Fundador piensa en una tarea de alcance universal, que se encuentra en los inicios, pero que sabe destinada a crecer, y a cuyo crecimiento ordena, ya desde ahora, todos los pasos que va dando, también los de carácter jurídico: la configuración como Pía Unión es, a todas luces, una solución provisional.

Pero sigamos avanzando y preguntémonos por la fisonomía de la vocación y del espíritu del Opus Dei, tal y como se refleja en estos textos. En una relación fechada el 9 de enero de 1943, y encaminada a explicar algunos detalles históricos, el Fundador se refiere a la solicitud presentada en 1941 al Obispo de Madrid: "preparé la documentación que me pedía el Obispo. En primer término, incluí lo que era y habrá de ser la médula de nuestro Derecho: el Reglamento. Tantas veces, hablando con algunos de mis hijos o con personas que nos entienden y nos quieren, he explicado que este Reglamento -esta doble hoja, me gusta decir- es el foco que ilumina todo nuestro camino, y es el foco que, con el paso del tiempo, arrojará la luz para codificar nuestra vida, como me la hizo ver el Señor en 1928" (37).

Este Reglamento, y de modo muy particular la descripción del Opus Dei contenida en su artículo primero, nos sitúa, en efecto, ante el núcleo -ante la médula- de su mensaje: la llamada al seguimiento radical de Cristo -santidad y apostolado- en las circunstancias comunes de la vida diaria. Merece, pues, la pena reproducir ese artículo por entero:

"§ 1. La Obra de Dios -Opus Dei- es una Asociación Católica de hombres y de mujeres, que, viviendo en medio del mundo, buscan su perfección cristiana, por la santificación del trabajo ordinario. Persuadidos de que el hombre ha sido creado 'ut operaretur' (Gen. II, 15), los socios del Opus Dei se obligan a no dejar su trabajo profesional o uno equivalente, aunque tengan una elevada posición económica o social (38).

"§ 2. Los medios que han de poner en práctica los socios, para la consecución del fin sobrenatural que se proponen, son: vivir vida interior de oración y sacrificio, según el régimen y espíritu aprobados por la Santa Iglesia, y desempeñar con la máxima rectitud sus actividades profesionales y sociales".

El Opus Dei aparece descrito, en este primer texto jurídico y en los que le siguen y completan, como una institución integrada por cristianos corrientes, hombres y mujeres, de las más variadas condiciones sociales y estados civiles -célibes o casados (39)-, unidos todos por un común empeño cristiano y por una valoración real y efectiva del trabajo profesional, a través del cual se insertan en el entramado de la sociedad en la que viven. Punto este último en el que se insiste sobremanera. Se menciona, en efecto, en este primer artículo del Reglamento, no sólo una vez, sino tres: en la definición inicial se indica que la perfección o plenitud de vida cristiana se busca "por la santificación del trabajo ordinario"; se subraya después que todo miembro del Opus Dei, sea cual sea su condición, debe trabajar, tener una profesión u oficio; y, finalmente, al describir los medios, se cita de nuevo expresamente el "desempeñar con la máxima rectitud sus actividades profesionales y sociales".

El texto deja claro que los miembros del Opus Dei no constituyen un grupo que, replegado sobre sí mismo, busca la perfección personal, ni tampoco un conjunto de personas que, desde el abrigo colectivo de una institución, persigue un fin apostólico limitado. Por el contrario, subraya que los miembros del Opus Dei, situados por vocación divina delante de las exigencias radicales del Bautismo, deben asumir con plenitud y luces nuevas la invitación a la santidad y al apostolado que de ahí deriva, realizándola según el estado, la condición y el trabajo que cada uno tiene en el mundo: es precisamente ahí, en sus circunstancias personales y sociales, donde han de buscar la santificación y ejercer el apostolado, aspectos inseparables de cualquier vivir cristiano.

Por eso, el artículo primero del documento Régimen insiste en que "el Opus Dei busca la santificación de sus miembros y la salvación de las almas". El Reglamento señala que, para la consecución de este "fin sobrenatural que se proponen", los miembros de la Obra han de "vivir vida interior de oración y sacrificio, según el régimen y espíritu aprobados por la Santa Iglesia, y desempeñar con la máxima rectitud sus actividades profesionales y sociales" (art. 1 § 2), ya que, como cristianos corrientes -y así se reitera expresamente en otro lugar-, "cumplen todos sus deberes de ciudadanos y, a la vez, ejercitan todos los derechos" (Espíritu, n. 4). Actividades que han de desempeñar en los lugares y ambientes más variados, desde la administración pública hasta los ordinarios trabajos del hogar, pasando por cualquier profesión noble y lícita (40).

En suma, lo propio de los miembros del Opus Dei no es actuar "formando grupos", sino "abrirse en abanico" en direcciones y por caminos distintos, procurando ser cada uno, en el lugar que le corresponde vivir y actuar, testigo de Cristo y portador de la luz del Evangelio (Espíritu, n. 26), para llevarla a los demás por la amistad (Espíritu, nn. 7 y 40), por la doctrina (Régimen, art. 12 § 2), por el ejemplo (Espíritu, n. 50). La labor formativa del Opus Dei se dirige a toda clase de personas, como reiteran diversos pasajes de estos documentos (Régimen, art. 12 § 2; 13, etc.); lo que no impide subrayar en otros lugares la particular importancia del apostolado con universitarios, y la promoción de vocaciones en ese ambiente (Régimen, art. 12 § 1), a la que -como se explicó al comienzo del capítulo- el Fundador vio necesario prestar especial atención.

Al actuar profesionalmente en los diversos ámbitos sociales, los miembros del Opus Dei trabajarán, de ordinario, individualmente, según sus personales preferencias; nada impide, sin embargo, que, en ocasiones, asociados con otros ciudadanos, puedan promover iniciativas apostólicas en las variadas formas que admita la sociedad civil, "adaptándose siempre a las circunstancias de los tiempos y lugares" (Régimen, art. 8 § 2). Pero, en cualquier caso, como destaca el artículo primero del Reglamento, haciendo del propio trabajo profesional el eje de la santificación y del apostolado (41).

Hay, en suma, una clara primacía del apostolado personal (42). Esta realidad de la vida y actividad de los miembros del Opus Dei como una dispersión de iniciativas en los ambientes más variados, tiene su paralelismo, según esa coherencia de planteamientos a la que ya se aludía en el capítulo anterior, en la descripción del Opus Dei en sí mismo como una institución cuya finalidad es, no tanto una promoción de tareas, como fundamentalmente la formación de personas (Régimen, art. 8 § 1). Este rasgo esencial de la configuración del Opus Dei se prolonga y completa con la proclamación de la libertad y espontaneidad con que todos y cada uno de sus miembros actúan en lo temporal. Unido a la profunda conciencia teologal que tuvo siempre don Josemaría Escrivá de Balaguer, desemboca, además, en esa actitud de renuncia a todo deseo de gloria institucional, a la que ya aludimos en el capítulo anterior, y de la que se hacen eco los documentos de 1941: "Hemos de practicar gustosamente la humildad colectiva de la Obra. Que nunca un falso amor a nuestra empresa sobrenatural nos lleve a olvidar que la gloria del Opus Dei es vivir sin gloria humana: pasar oculto. Deo omnis gloria!" (Espíritu, n. 39); "nunca se podrá atribuir a la Obra la fama o mérito de las actividades de sus miembros. Toda la gloria es para Dios y, en lo humano, para otras asociaciones" (Espíritu, n. 10) (43).

 

5. CRISTIANOS Y CIUDADANOS CORRIENTES

 

En los textos que acabamos de examinar aparece recogida, con expresiones breves, propias de un documento jurídico, la realidad del Opus Dei tal y como la contemplábamos en los momentos iniciales, inmediatamente después del primer impulso fundacional, es decir, como empresa encaminada a promover entre todo tipo de cristianos la toma de conciencia de las implicaciones de la gracia bautismal, y precisamente en orden a la santificación del quehacer ordinario; toma de conciencia que traerá consigo en muchas almas, por especial vocación divina, una decisión estable, duradera y profunda, que compromete a la totalidad de la persona, para dedicarse con todas sus fuerzas, allí donde se encuentren, en las condiciones ordinarias de su vida y de su trabajo profesional, a la búsqueda de la santidad y a ayudar a los demás a descubrir y vivir, también ellos, esas mismas exigencias bautismales, propias de la vocación cristiana.

Esta descripción, por lo demás, coincide plenamente con la realidad de lo que el Opus Dei era de hecho y con lo que seguirá siendo, como testimonian, entre otras fuentes, las ya citadas cartas del Obispo de Madrid al Abad coadjutor de Montserrat, en especial la fechada el 21 de junio de 1941 (44). Mons. Eijo daba cuenta a Dom Aurelio María Escarré del desarrollo alcanzado por el Opus Dei en los inicios de los años cuarenta. Comenzaba refiriendo que, desde años atrás, un grupo de universitarios rodeaba a don Josemaría Escrivá de Balaguer, que se dedicó intensamente a su formación "infundiéndoles piedad profunda, espíritu de fiel cumplimiento del deber, y sobre todo de amor a la Sta. Madre Iglesia y devoción a su Jerarquía". Cuando el grupo fue algo numeroso -proseguía-, "se estableció una residencia de estudiantes gobernada por el Padre ayudado por algunos de los más listos y fervorosos". La labor siguió creciendo -añadía- y algunos quisieron "vincularse al Padre para ayudarle". Se abrieron otras residencias en varias ciudades universitarias, en las que surgieron nuevas vocaciones, que estaban en constante comunicación con el Fundador, quien les seguía y les sigue animando en la búsqueda de la santidad personal y en el deseo de hacer apostolado (45).

A continuación, don Leopoldo pasaba de la descripción del desarrollo de la labor a la mención de la Obra que la sostenía: "Para conservar ese espíritu necesitaban organización, lazo de familia, comunicarse y mutuamente sostenerse y animarse; tener, donde el número es algo crecido, reuniones de piedad y de estudio. Esa organización y familia es el Opus Dei". "Su finalidad (la de la Obra y la de cada uno de sus miembros) es -proseguía- santificarse cada uno en su profesión en medio del mundo; trabajar, trabajar siempre; ese sentido tiene la palabra Opus; Dios puso al hombre en el Paraíso-ut operaretur, el ideal del Padre y de sus hijos es servir a Dios trabajando santamente en la propia profesión con los ojos puestos siempre en la defensa y el servicio de la Sta. Iglesia y con sumisión fiel y abnegada a su Jerarquía, es decir al Papa y al propio Obispo". La descripción culminaba con la vida de piedad de los miembros del Opus Dei, a la que describe como "muy honda, muy sólida y muy sana", añadiendo que "en nada, si no es en el intenso cultivo, se distingue de la de todos los fieles cristianos".

Esta última frase del Obispo de Madrid nos permite volver al análisis de los documentos aprobados en 1941, a fin de considerar cómo recogen otro rasgo o faceta esencial del espíritu del Opus Dei: la llamada a una profunda unión con Dios, fuente del existir cristiano, con cuanto eso implica de oración, de vida y actitud teologales, y de compromiso personal.

Es significativo que el Reglamento, en el ya citado artículo 1, indique expresamente que los miembros de la Obra han de apoyarse para su apostolado, ante todo, en una "vida interior de oración"; y que el artículo 2 describa los compromisos que se adquieren haciendo referencia, precisamente, al empeño de vida interior, de oración, coherentemente con la consideración de los aspectos teologales como fundamento del ser y del actuar cristianos a los que ya nos referíamos al caracterizar al Opus Dei. El tiempo de oración, que menciona el Reglamento en el artículo que comentamos, se completa en los documentos Ordo y Ceremonial con otras prácticas de vida cristiana: lectura del Evangelio, trato personal con Cristo, Santa Misa, vida eucarística, piedad mariana...

Conviene subrayar, a la vez, que ese conjunto de normas de piedad cristiana fue concebido siempre por el Fundador del Opus Dei no como una serie de actos que se yuxtaponen a la vida, sino como momentos de radicación y profundización, que se insertan y ajustan en el entramado del vivir -como el guante se ajusta a la mano-, y llevan a tomar conciencia de la constante presencia de Dios y de la referencia a El ínsita en toda realidad y acontecimiento, de acuerdo con ese temple espiritual que se refleja en Camino, testimonio particularmente vivo de la predicación de don Josemaría Escrivá de Balaguer, también en los años cuarenta (46) y del que dimana el deseo de ser "contemplativos en medio del mundo” (47). Todo, como es lógico, sin detrimento de la condición secular antes señalada, sino, al contrario, presuponiéndola, vivificándola y reafirmándola: los miembros del Opus Dei no son personas que asuman un compromiso que los separa del mundo, aunque sea para volver luego, sino cristianos corrientes, cuyas vidas cobran nuevo y definitivo sentido al recibir una llamada divina que les lleva a vivir con plenitud cristiana las circunstancias ordinarias.

Desde el primer momento, el Fundador había presentado -a quienes serán miembros de la Obra- un ideal de plena entrega, que exige un compromiso de toda la persona y se traduce en un vínculo estable con el Opus Dei (48). Así lo recoge en los documentos de 1941. Ese compromiso "no es pasajero": el "entregamiento a Jesucristo" en la intimidad de la conciencia de cada uno es, en efecto, "definitivo y de perfección" (Espíritu, n. 3); y se traduce jurídicamente en un vínculo con el Opus Dei que -al hablar de los que se comprometen al celibato- es descrito diciendo que se realiza "por un tiempo determinado, y entonces se dice que hicieron su oblación", y después "perpetuamente, y en este caso se dice que hicieron su fidelidad" (Régimen, art. 4), sin ninguna referencia a votos u otros vínculos sacros, que no aparecen mencionados en ninguno de los documentos aprobados en 1941.

Nos encontramos aquí, de nuevo, ante la importante necesidad apuntada ya en varias ocasiones: la de reflejar en los textos jurídicos la realidad del Opus Dei como fenómeno pastoral de promoción de la santidad y del apostolado en el mundo -cada uno en su sitio, sin cambiar de estado o condición social, como ciudadanos y cristianos corrientes, y con plenitud de entrega-, de tal manera que se recogieran y expusieran todas sus características, y evitando a la vez cualquier riesgo de confusión con fenómenos pastorales diversos, es decir, con los Institutos religiosos o con las instituciones, de algún modo, asimiladas a los religiosos, a los que, en aquel entonces, tendía a ser reconducida toda invitación a la santidad.

Don Josemaría Escrivá de Balaguer fue, desde los primeros momentos, consciente del peligro de la confusión entre esos dos fenómenos pastorales, teniendo en cuenta que el primero poseía solera de siglos, mientras que el otro era apenas balbuciente. Era obvio que una asimilación de ambos fenómenos, tan distintos entre sí, traería como consecuencia -así pensaba el Fundador- una desvirtuación del carisma de la fundación recién iniciada, así como que sólo el paso del tiempo y el crecimiento de la labor apostólica aportarían la solución definitiva: la experiencia tendrá que mostrar la genuinidad del fenómeno pastoral de plenitud de vida cristiana en el mundo que el Opus Dei representa. Pero, para conseguirlo, será necesario que los textos jurídicos incluyan declaraciones que eviten de raíz toda posible confusión.

Así, el número 1 del documento Espíritu, afirma, de forma neta, de los miembros del Opus Dei: "no son religiosos". Ningún comentario más autorizado de esa afirmación que los textos del propio Fundador, como los mencionados en el capítulo precedente. Junto a éstos, se puede aducir el testimonio del Obispo de Madrid en la citada carta del 21 de junio de 1941 al Abad coadjutor de Montserrat. En efecto, después de referirse a la necesidad de que el Opus Dei se constituyera como "organización y familia", añade: "Ahora bien, el fundador no ha pretendido nunca, lo sé porque así lo ha manifestado siempre, fundar un Instituto religioso"; "siempre ha querido -prosigue-, y así se lo he aprobado abundando yo en su parecer, que la organización que con la gracia del Señor ha nacido en sus manos sea siempre de seglares y para seglares"; "el ideal del Padre y de sus hijos -reitera- es servir a Dios trabajando santamente en la propia profesión"; en suma, "lo que se ha propuesto es que vivan lo más santamente posible como seglares". Finalmente, para dejar constancia de que no se trata de un rebajamiento de las exigencias de la auténtica santidad -no cabe una santidad de segunda categoría-, sino de una vivencia plena del seguimiento de Jesucristo, incluye un párrafo en el que acude al único término de comparación posible, dada la novedad del fenómeno pastoral, para marcar a la vez la plenitud de la llamada a la santidad y las profundas diferencias: "él [es decir, don Josemaría Escrivá] les inculca que han de vivir en el mundo tan santamente como si fueran religiosos. Y ellos creen que, llamados a este género de apostolado, darán, si lo siguen, más gloria a Dios que si desoyendo su vocación entrasen religiosos” (49).

Esa aguda conciencia de estar promoviendo un camino de santidad y apostolado para seglares, hombres y mujeres que viven y reciben en medio del mundo la llamada divina, se manifiesta, por lo demás, en diversos puntos de los documentos aprobados en 1941. Así, encontramos toda una serie de declaraciones encaminadas a subrayar la secularidad del Opus Dei, sea positivamente, sea saliendo al paso de un hipotético intento -al que tan proclive parecía la mentalidad de la época- de reconducir cualquier fenómeno de vida cristiana a la figura, considerada ideal, del estado religioso. En esa línea se sitúa, por ejemplo, el número 14 del documento Espíritu, donde se declara rotundamente que "los socios de la Obra en nada exterior se diferenciarán de las demás personas de su profesión y clase social. Por eso nunca se permitirá, con ningún pretexto, ni uniforme, ni distintivo particular alguno"; han de comportarse, en efecto, del mismo modo que los otros ciudadanos, sus iguales: si no lo hicieran así, se habrían separado de ellos, desvirtuando su vocación de cristianos corrientes.

El número 2 del documento abunda en ese concepto descendiendo a detalles concretos, hondamente significativos, como lo es siempre cuanto se refiere al tono o estilo de vivir, pues da a conocer el fondo de la persona: "Los edificios, muebles y ambiente de los Centros donde los socios desarrollan su labor de apostolado nunca tendrán aspecto conventual, y se evitará, en todo, hasta el menor detalle que pueda dar a la Obra apariencia de Instituto religioso". "El tono y ambiente" de los centros y labores del Opus Dei, se añade poco después, remitiendo ahora a un punto de comparación que sí resulta adecuado, deberán ser siempre los propios "de un hogar de familia cristiana" (Espíritu, n. 23) (50).

En este ambiente, en el que toda entrega se exponía a ser asimilada, de algún modo, al estado o vida religiosa, don Josemaría Escrivá vio necesario recomendar a los miembros del Opus Dei una extremada prudencia o discreción respecto de su propia llamada, a fin de mantener así en el ámbito privado una dedicación que ni es, ni debe ser, pública al modo como es la de los religiosos. "Se aconseja a los socios que no hablen con extraños acerca de la Obra que, por ser sobrenatural, debe ser callada y modesta" (Reglamento, art. 12 § 2, 3; la misma idea se reitera en Espíritu, n. 10).

Esta discreción -se añade- no es misterio ni secreteo (51), sino la naturalidad de quien no pretende ser, ni quiere que le consideren, distinto de lo que es, es decir, cristiano corriente; y, además, con los matices que reclamaban las circunstancias históricas, porque el riesgo de confusión con los religiosos no era mera hipótesis, sino una realidad, como refleja un escrito de 1941 del propio don Josemaría Escrivá de Balaguer: "nos miran con el prejuicio de creer que somos religiosos que encubren su condición (...) prejuicio, que es falso desde la raíz (...). No se dan cuenta de que somos del mundo sin ser mundanos, y de que -por nuestra divina vocación- ni queremos ni podemos salir del mundo” (52).

Resultaba, pues, necesario acentuar, por así decir, esa naturalidad y secularidad que, como cristianos corrientes, han de vivir los miembros del Opus Dei. Así lo explicaba don Josemaría Escrivá de Balaguer en la ya citada relación de 9 de enero de 1943: "Lo pensé ante el Sagrario y vi que debía proceder con mucha prudencia -sobrenatural y humanapues el camino que ha abierto la Obra no es fácil de entender para muchas mentalidades eclesiásticas y religiosas". Después de referir esas circunstancias externas y las medidas de prudencia en las que pensó entonces -las ya mencionadas-, continuaba: "No se trata jamás de secreto o de secreteo, que siempre he aborrecido y he rechazado. Es simplemente una defensa más para que a nosotros no nos confundan con los religiosos, y para que nuestras casas -hogares de familia, en donde viven profesionales, ciudadanos corrientes, iguales a los demásno sean consideradas como conventos o casas religiosas". "Nuestra entrega a Dios -añadía- no es pública, al modo de los religiosos: se trata de fenómenos heterogéneos, y esto me ha obligado a decir que no se hablara de la Obra con los extraños, que no se comunicara a nadie la entrega a Dios en la Obra, etc. Sólo para quienes lean precipitadamente estos textos, puede haber algún secreto: se intenta exclusivamente la custodia necesaria de la nueva criatura, que aún está en el seno materno; es, con otras palabras, el secreto de la gestación, que a nadie pasa oculto, y que la lógica y natural discreción exige que no se saque a la luz para que no se pierda la criatura naciente” (53).

Secularidad, naturalidad, necesidad de afirmar la distinción con respecto a otras experiencias espirituales, prudencia aconsejable en la etapa de los comienzos, y, a un tiempo, esa viva conciencia de la primacía de la gloria de Dios y de la necesidad de excluir toda autoafirmación y vanagloria -humildad personal y colectiva-, a la que antes nos referíamos (54), tal es el fundamento de estas normas de 1941 que venimos comentando. Es preciso reconocer que no todos entendieron, entonces -ni en años posteriores-, ese núcleo teológico; pero eso es una historia distinta de la que aquí nos ocupa (55). Reiteremos, pues, lo esencial: el valor de estos documentos de 1941 como primer paso de un proceso jurídico, provisional por su misma naturaleza, pero testimonio de un esfuerzo coherente y decidido por plasmar, en términos canónicos adecuados, un fenómeno pastoral y espiritual de santidad y apostolado en medio del mundo.

 

 

1. En AA.VV., Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer y el Opus Dei, cit. (cap. 1, nota 3),  pp. 24-25.

2. Señalemos que don Josemaría Escrivá empleó indistintamente -durante estos años y los posteriores- los términos "universitarios" e "intelectuales", entendiéndolos en sentido amplio: es decir, referidos no ya a una élite cultural, sino a todo el conjunto de personas que ejercen esas profesiones y tareas, que suelen reclamar, de ordinario, un título de nivel universitario.

3. Ese compromiso de celibato, no implica de ningún modo separarse del mundo ni obedece a motivación alguna en esa línea; más aún, presupone el descubrimiento del valor cristiano de las actividades seculares y la conciencia de estar llamado a santificarse en y a través de ellas. Surge, en suma, en el interior de una vocación de signo secular y laical y a su servicio, a fin de corresponder a esa llamada con una mayor disponibilidad para las tareas de formación y dirección de la Obra, es decir -puesto que a esto es a lo que el Opus Dei se ordena-, a la difusión de esa santificación en medio del mundo a la que todo miembro de la Obra se sabe llamado. Sobre este tema, pueden encontrarse algunas reflexiones, desde la perspectiva de una teología del laicado, en J.L. GUTIÉRREZ, El laico y el celibato apostólico, en "Ius Canonicum", 26 (1986), pp. 209-240.

4. Remitimos de nuevo, para la ambientación histórica, a la bibliografía citada en la nota 1 del capítulo I.

5. Esta solicitud puede consultarse en el Apéndice documental, n. 1. A esa petición se respondió primero verbalmente y después, con fecha 10-IV-1935, por escrito (cfr. Apéndice documental, n. 2). Con fecha 10-VII-1936, se solicitó el oportuno permiso para trasladar el oratorio al nuevo domicilio de la Academia-Residencia (cfr. Apéndice documental, n. 3).

6. Nacido en Vigo el 11-IV-1878, fue consagrado obispo en 1914 y tomó posesión de la Diócesis de Madrid-Alcalá en 1923. En 1946 fue nombrado a título personal Patriarca de las Indias Occidentales. Falleció en Vigo el 31-VIII-1963.

7. "Puesto que su labor no desbordaba los límites de la acción apostólica de un sacerdote cualquiera, bastaba en aquellos momentos fundacionales contar, como contó desde el primer momento, con la aprobación y bendición de su Obispo que entonces era D. Leopoldo Eijo y Garay, Obispo de Madrid-Alcalá": con estas palabras enjuicia la situación el Cardenal Bueno Monreal, Arzobispo de Sevilla, recogiendo sus recuerdos de aquellos años, en los que fue Fiscal de la diócesis de Madrid, cargo en virtud del cual tuvo que intervenir en la primera aprobación in scriptis del Opus Dei. Esta relación o declaración testimonial, que está fechada el 22 de noviembre de 1977, se conserva en RHF, T-6182.

8. Apuntes íntimos, n. 1192.

9. Ibid., n. 1309. A la novedad de la obra apostólica de don Josemaría Escrivá, se refería el Cardenal Bueno Monreal en la relación recién citada: "Quienes le conocíamos y tratábamos más de cerca estábamos informados del espíritu e intencionalidad última que le impulsaba. Yo sabía cuán vivamente sentía Josemaría el deseo de ayudar a los laicos a buscar la santificación a través del cumplimiento de los deberes civiles, sociales y profesionales de cada uno. Esto desde el primer momento. Más de una vez hablando con él surgían estos temas. Josemaría me hablaba de cómo veía con toda claridad que en los tiempos en que vivíamos era preciso santificar el mundo, desde el mundo: Dios llama a todos a santificarse y a asumir su responsabilidad apostólica dentro de la Iglesia. Es decir, me hablaba ya por entonces de muchas cosas que luego se dijeron en el Concilio Vaticano II. Y no sólo las decía, sino que iba haciendo que se pusieran por obra, a través de esa labor pastoral tan suya, callada, humilde e incesante" (RHF, T-6182).

10. RHF, AVF-16.

11. RHF, AVF-18

12. Apuntes íntimos, n. 1607.

13. Sobre esta relación, cfr. nota 7 de este capítulo.

14. Algunos otros datos sobre esta campaña, pueden verse en A. VÁZQUEZ DE PRADA, o.c. (cap. 1, nota 1), pp. 222 ss.

15. Apuntes íntimos, n. 1613.

16. Relación testimonial descrita en la nota 7 de este capítulo.

17. Vid. en el Apéndice documental, n. 4, el texto de la solicitud; señalemos que, en el borrador que le sirvió de base, el Obispo de Madrid introdujo algunas modificaciones al texto redactado por el Fundador: concretamente después de la frase "con el beneplácito del Ilmo. Sr. Vicario", intercaló: "y bendición de V.E. Revma. y"; y en el suplica añadió: "dejando a la consideración y resolución de V.E. designar las personas de esa Curia que hayan de conocer los Reglamentos del Opus Dei, dado el carácter del mismo".

Notemos, de otra parte, que entre el momento en que algunos recomendaron a don Josemaría Escrivá que solicitara la aprobación diocesana -1939- y aquel en que se iniciaron los trámites para obtener la aprobación escrita pasaron varios meses, hecho en el que el Fundador del Opus Dei vio siempre un signo de su clara conciencia acerca de la inadecuación de las soluciones jurídicas por entonces posibles (Apuntes íntimos, n. 1609; Carta, 29-XII-1947/14-II-1966, n. 156).

18. De estos documentos, recogemos, en el Apéndice documental, n. 5, el Reglamento, donde se contiene una descripción general del Opus Dei. Sobre su contenido -y el de los documentos complementarios-, trataremos en páginas posteriores.

19. Por testimonio de don Casimiro Morcillo, se conocen diversos detalles relacionados con la aprobación. Entre otros, que el Decreto fue redactado realmente el 24 de marzo de 1941, fiesta de San Gabriel, pero, para darle más alegría al Fundador, fue fechado el 19 de marzo, fiesta de San José, al que el Siervo de Dios tuvo siempre gran devoción (así lo nana el propio don Josemaría Escrivá en Carta, 29-XII-1947/14-1I-1966, n. 157). El Decreto del Obispo de Madrid se puede consultar en el Apéndice documental, n. 6.

20. Al final del Decreto de aprobación se lee: "Y para la custodia del Reglamento, etc. se cumplirá lo que en Decreto especial disponemos". Un Decreto especial de la misma fecha -que se puede consultar en el Apéndice documental, n. 7- dispone que es conveniente una "discreta reserva" sobre los documentos, que deberán guardarse en el Archivo reservado que existe, para los casos más delicados, en todas las diócesis (cfr. CIC 1917 cc. 379-382 y CIC 1983 cc. 489-490). Que el Obispo considere el caso como delicado se justifica por la campaña de incomprensión y calumnia, a la que nos hemos referido en el texto. De hecho, don Leopoldo, en una carta de 1 de septiembre de 1941 al Abad coadjutor del monasterio de Montserrat -de cuyo origen y motivo hablaremos enseguida-, se refiere a los dos Decretos de 19 de marzo de ese año: "yo en persona redacté el decreto aprobatorio, y añadí otro, no sin consultar a personas sumamente prudentes y autorizadas, en el que ordenaba que las Constituciones se archivasen en lugar apartado. Todo ello muy pensado, y, si no estoy en error, acertado; y sin más miras que el servicio de la Sta. Madre Iglesia y la gloria de Dios".

21. El original de estas cartas se conserva en los archivos de la Abadía de Montserrat; una copia en RHF, D-3545.

22. En la misma carta, añadía un encendido elogio del Fundador del Opus Dei: "El Dr. Escrivá es un sacerdote modelo, escogido por Dios para santificación de muchas almas, humilde, prudente, abnegado, dócil en extremo a su Prelado, de escogida inteligencia, de muy sólida formación doctrinal y espiritual, ardientemente celoso, apóstol de la formación cristiana de la juventud estudiosa, y sin más mira ni afán que preparar para utilidad de la Patria, y servicio y defensa de la Iglesia, muchedumbre de profesionales intelectuales, que aun en medio del mundo no sólo lleven vida de santidad sino también trabajen con alma de apóstoles.

"Y en el molde de su espíritu ha vaciado su Opus. Lo sé, no por referencias, sino por experiencia personal. Los hombres del Opus Dei (subrayo la palabra hombres porque entre ellos aun los jóvenes son ya hombres por su recogimiento y seriedad de vida), van por camino seguro no sólo de salvar sus almas sino de hacer mucho bien a otras innumerables almas".

23. Cfr. Const. dogm. Lumen gentium, n. 4.

24. Cfr. J. HERVADA, Sugerencias acerca de los componentes del Derecho, en "Ius Canonicum", 6 (1966), pp. 93-94.

25. Carta, 25-I-1961, n. 5 (el subrayado es nuestro).

26. Carta, 25-1-1961, n. 20.

27. Es la jerarquía o conexión histórico-eclesial que encontramos formulada claramente en otro texto del Fundador del Opus Dei: "primero es la vida, el fenómeno pastoral vivido. Después, la norma, que suele nacer de la costumbre. Finalmente, la teoría teológica, que se desarrolla con el fenómeno vivido. Y, desde el primer momento, siempre la vigilancia de la doctrina y de las costumbres: para que ni la vida, ni la norma, ni la teoría se aparten de la fe y de la moral de Jesucristo" (Carta, 19-111-1954, n. 9).

28. Carta, 25-1-1961, n. 22. "En los asuntos de gobierno -escribe el Fundador en esa misma Carta, poco antes precisamente del párrafo citado en el texto-, y especialmente cuando el gobierno es misión pastoral de almas, el camino más derecho no es siempre la línea recta. A veces hay que hacer un rodeo, andar en zigzag, retroceder un paso, para después dar un buen salto; ceder en algo accidental -con ánimo de recuperarlo en su momento-, para salvar valores más sustanciales.

"Este modo de obrar, hijos míos, no es hipocresía, porque no se aparenta lo que no se es, sino prudencia, caridad e, incluso muchas veces, deber de justicia" (Carta, 25-1-1961, n. 20).

29. Carta, 25-1-1961, n. 42.

30. Así lo refleja con claridad un texto tomado de nuevo de una de las Cartas de años posteriores: "el Señor iba ayudándonos, para que, en lo que constituía nuestro derecho peculiar, quedara todo bien claro. El derecho no es la vida, pero si el derecho está en discordancia con la realidad vital que regula, sofocará la misma vida que pretende encauzar.

"No era, pues, un vano juridicismo el que me movía a trabajar sin descanso, para que todo fuera quedando fijado en amplias normas que estuvieran de acuerdo con nuestra vocación; lo que me impulsaba era la grave responsabilidad de hacer que este fenómeno nuevo quedara expuesto, en las normas de nuestro derecho peculiar, según el querer del Señor" (Carta, 25-1-1961, n. 28).

31. Carta, 12-XII-1952, n. 5.

32. Relación citada en la nota 7 de este capítulo.

33. CIC 1917, cc. 684-725. Uno de los primeros cánones ofrece la perspectiva general de esta normativa: "Las asociaciones distintas de las religiones o sociedades de que se ocupan los cánones 487-681, pueden ser constituidas por la Iglesia, bien sea para promover entre los socios una vida cristiana más perfecta, bien para el ejercicio de algunas obras de piedad o de caridad, bien finalmente para el acrecentamiento del culto público" (c. 685).

34. Sobre las Pías Uniones pueden verse, entre otros, S. DE ANGELIS, De Fidelium Associationibus, 1, Napoli 1959, pp. 54 ss.; W. ONCLIN, Principia Generalia de Fidelium Associationibus, en La Sacra Congregazione del Concilio, Cittá del Vaticano 1964, pp. 512 ss.; E. VROMANT - L. BONGAERTS, De fdelium associationibus, Tornaci-Romae 1955, nn. 69 ss., pp. 99 SS.

35. Carta, 14-11-1944, n. 6.

36. El c. 686 § 1 del CIC 1917 establecía: "No se reconoce en la Iglesia ninguna asociación que no haya sido erigida o al menos aprobada por una autoridad eclesiástica legítima". Y el c. 708 concretaba: "Las cofradías sólo pueden constituirse por un decreto formal de erección; en cuanto a las pías uniones, basta la aprobación del Ordinario, obtenida la cual, aunque no sean personas morales adquieren, sin embargo, capacidad para conseguir gracias espirituales, sobre todo indulgencias". La erección suele definirse como "un acto auténtico de la autoridad eclesiástica, por el cual se constituye formalmente a la asociación en persona moral, con todos los derechos propios de la persona moral eclesiástica" (E. VROMANT-L. BONGAERTS, o.c. -nota 34 de este cap., n. 7, p. 19); confiere, por tanto, a las asociaciones personalidad jurídica con sus consecuencias de perpetuidad (c. 102), derecho de poseer y administrar bienes (c. 1495 § 2), etc. La aprobación, en el sentido del c. 686 § 1, en cambio, es un acto de jurisdicción de la autoridad eclesiástica que "no constituye a la asociación en persona moral, sino que le da derecho a existir y capacidad de obtener gracias espirituales y principalmente indulgencias (c. 708)" (S. DE ANGELIS, O.C. -nota 34 de este cap.-, n. 20, p. 8); no connota, pues, los efectos anteriores.

37. RHF, AVF-28. Todavía en 1974, el 27 de enero, durante un rato de charla con un grupo de miembros de la Obra que realizaban estudios en Roma, el Fundador evocaba el Reglamento que había elaborado muchos años antes -y al que nos referimos en el textocon estas palabras: "Los que se dediquen al derecho, cuando pasen los años, podrán comparar, seguir aquella luz jurídica desde el primer momento hasta el actual, y verán que es siempre lo mismo" (RHF, 20163, p. 287).

38. La última parte de este primer parágrafo recoge literalmente un texto de los Apuntes íntimos, del 20-1-1934, al que ya antes nos referimos (cfr. cap. 1, nota 25).

39. El artículo primero del Reglamento no precisa este punto; sí lo hace, en cambio, otro de los documentos, el titulado Régimen, que declara que pueden ser admitidos como miembros "varones y mujeres, casados o célibes" (Régimen, art. 2 § 2).

Para detallar más este punto, y señalar concretamente la forma en que lo recogen esos textos de 1941, resulta necesario referirse a las clases de socios tal y como las describen el Reglamento, art. 2, y el documento Régimen, arts. 2 y 3. Se distingue ahí entre: a) inscritos, que pueden ser varones o mujeres, célibes o casados; b) supernumerarios, que pueden ser varones o mujeres, pero en todo caso célibes; c) numerarios, designados entre varones que hayan sido admitidos previamente como supernumerarios, en orden a ocupar cargos de dirección.

Aprovechemos la ocasión para reiterar -cfr. las observaciones ya incluidas en la nota 3 de este capítulo- que, al hablar de categorías o clases de miembros, a lo que se aspira, aquí y en otros documentos, es sólo -tal fue siempre la mente del Fundador del Opus Dei- a señalar posibilidades diversas de dedicación a determinadas tareas directivas o de apostolado, con las consecuencias que de ahí deriva, pero presuponiendo en todos la llamada a la plenitud de la santificación y al apostolado en medio del mundo, núcleo del espíritu y razón de ser de la Obra. Pero de este tema, y más concretamente de las personas casadas, miembros del Opus Dei, se hablará más extensamente en capítulos posteriores.

40. "Luz del mundo, hijos míos -escribía el Fundador en una Carta fechada un año antes-, viviendo con naturalidad en la tierra, que es el ambiente normal de nuestra vida; participando en todas las tareas, en todas las actividades nobles de los hombres; trabajando junto a ellos, en el quehacer profesional propio de cada uno; ejercitando nuestros derechos y cumpliendo nuestros deberes, que son los mismos derechos y los mismos deberes que tienen los demás ciudadanos -iguales a nosotros- de la sociedad en la que vivimos" (Carta, 11-III-1940, n. 9).

41. Esta posibilidad de un apostolado asociado estaba prevista -como vimos en su momento- en los textos más antiguos del Fundador, y había tenido ya manifestaciones concretas: la Academia DYA, constituida en 1933, y las posteriores Residencias de estudiantes. Añadamos sólo que las actividades de que aquí se habla son actividades de carácter apostólico, distintas, pues, de las tareas, asociaciones o entidades de otro tipo en las que, usando de su libertad profesional, puedan participar los miembros del Opus Dei.

42. "Bien puede decirse, hijos de mi alma -reafirmaba el Siervo de Dios en la Carta de 1940 recién citada-, que el fruto mayor de la labor del Opus Dei es el que obtienen sus miembros personalmente, con el apostolado del ejemplo y de la amistad leal con sus compañeros de profesión" (Carta, 11-III-1940, n. 55).

43. En esa línea se prescribe (Reglamento, art. 12 § 2,1) que no se haga nunca propaganda de la Obra como tal; norma que, obviamente, no afecta a las distintas actividades que los miembros del Opus Dei con otros ciudadanos puedan promover, como de hecho ya ocurría en esta misma época con la Academia-Residencia DYA, de la que antes hablamos, y con otras actividades que la habían seguido.

Como puede advertirse por los párrafos citados en el texto, los números del documento Espíritu -y algo parecido cabe decir del titulado Costumbres, que lo complementa en varios puntos- están formados por frases breves e incisivas, escritas con un estilo que recuerda bastante al de Camino, aunque lógicamente el tono no sea exhortativo, como en Camino, sino descriptivo.

44. Sobre estas cartas, ver nota 20 de este capítulo.

45. La carta decía así: "La Obra crecía, y más aún que en extensión en intensidad; algunos de los mejor formados, convencidos de la utilidad para la gloria de Dios de un apostolado así, quisieron vincularse al Padre para ayudarle; los que terminados sus estudios entraban a ejercer sus profesiones mantenían con él constante comunicación; le debían lo mejor, lo que más estimaban, la santidad de vida y el deseo de hacer bien a las almas cada uno desde su puesto. El Padre los aconsejaba y animaba y seguía dirigiendo su vida, consagrado a aquellos hijos. Surgió la idea de abrir residencias y Academias en otras partes, para extender a más estudiantes la fructífera labor; y en varias ciudades universitarias (Barcelona, Valencia, etc.) se establecieron, bajo la dirección del Padre y bajo el gobierno de los que han querido consagrarse a tan hermoso apostolado. El Ordinario de cada lugar, sin cuyo permiso y bendición nada se hizo nunca, igual que al principio en Madrid, lo sabía todo y lo aplaudía y bendecía.

"Con el transcurso de los años la Obra dio un fruto que era muy natural: los formados en ella se iban extendiendo por toda España, más que notables en número sólidos en su formación, inflamados en deseos de servir a Dios y con el afán supremo de ser útiles a la Sta. Iglesia".

46. Recordemos que la primera edición de Camino apareció en 1939 -sólo dos años antes de la aprobación como Pía Unión-, como reelaboración del texto anterior de Consideraciones espirituales.

47. "Almas contemplativas en medio del mundo (...). Dondequiera que estemos, en medio del rumor de la calle y de los afanes humanos -en la fábrica, en la universidad, en el campo, en la oficina o en el hogar-, nos encontraremos en sencilla contemplación filial, en un constante diálogo con Dios" (Carta, 11-111-1940, n. 15).

48. En abril de 1934 escribía, por ejemplo: "Nuestra entrega a Dios no es un estado de ánimo, una situación de paso, sino que es -en la intimidad de la conciencia de cada unoun estado definitivo para buscar la perfección en medio del mundo" (Instrucción, 1-IV-1934, n. 20).

49. El propio Fundador, el 8-XII-1941, describe esa llamada de los miembros del Opus Dei como "vocación para adquirir la perfección cristiana en el lugar donde están, sin tener que retirarse a un convento y sin vivir una vida semejante a la de los religiosos", advirtiendo unas líneas más adelante: "y no buscarán una perfección inferior a la de los religiosos" (Instrucción, 8-XII-1941, n. 70).

50. El Fundador del Opus Dei explicaba continuamente estas ideas en la formación de sus hijos tanto oral como escrita. Sirvan de muestra las siguientes afirmaciones de un documento de 1941:

- "Vosotros y yo hemos sentido una llamada divina (...) para que busquemos en la calle -en el trabajo ordinario, corriente, profesional, laical, secular- la santidad, la perfección cristiana".

- "Nosotros venimos de la calle, y en la calle nos quedamos".

- "Nuestro modo de obrar es el modo de obrar de los primeros cristianos (...): se quedaban en medio de la calle, entre sus iguales. (...) no nos hemos de diferenciar en nada de nuestros compañeros y de nuestros conciudadanos".

- "Como aquellos primeros fieles, no podemos tener costumbres o modos de decir de convento; hemos de hablar la misma lengua de nuestros colegas".

- "Ciudadanos entre los otros ciudadanos iguales a nosotros, no podemos prescindir (...) de los mismos medios que emplean los demás hombres del mundo para la convivencia y la cortesía". A continuación se refiere al vestido, trato social, uso de cosas materiales, etc., para dar, como resumiendo, la razón: "porque no somos frailes, ni lo podremos ser, puesto que Dios no nos ha dado esa vocación". (Instrucción, 8-XII-1941, nn. 5, 36, 80-81, 82, 87-88).

Reiteremos que éstas, y otras declaraciones análogas, obedecen sólo al deseo y necesidad de subrayar los rasgos específicos de cada fenómeno pastoral, y no implican en modo alguno desdoro del estado religioso, al que, en estos años -y en los sucesivos-, el Fundador de la Obra manifestó siempre, con palabras y con hechos, un gran aprecio, como documentan las biografias ya citadas (ver cap. 1, nota 1).

51. Son las expresiones a las que, como ya dijimos en su momento, gustaba acudir, en este contexto, el Fundador: las recoge textualmente en los documentos de 1941 -"Sin misterio, ni secreteo, seamos discretos" (Espíritu, n. 58)-, así como en Camino, en cuyo

número 641 se lee: "Discreción no es misterio, ni secreteo. -Es, sencillamente, naturalidad". Con terminología diversa, expresa la misma realidad en una Carta ya citada y en la que, después de reafirmar que los miembros del Opus Dei son "iguales en todo a sus conciudadanos, a sus compañeros de oficio o de profesión" y de que "se comportan externamente igual que los demás cristianos", escribe que "no se trata, por tanto, (...) de actuar así por táctica apostólica; ni de adoptar camuflajes innecesarios. (...) No tenemos nada que encubrir u ocultar: la espontaneidad de nuestra conducta y de nuestro comportamiento no puede ser confundida por nadie con el secreto" (Carta, 11-111-1940, nn. 56-58).

52. Instrucción, 8-XII-1941, n. 44.

53. Relación del Fundador citada en nota 37 de este capítulo.

54. A los textos antes recogidos sobre esta constante en la predicación del Fundador del Opus Dei, añadamos otro: "Seamos humildes, busquemos sólo la gloria de Dios (...) La humildad es el fundamento de nuestra vida, medio y condición de eficacia. La soberbia y la vanidad pueden presentar como atrayente la vocación de farol de fiesta popular, que brilla y se mueve, que está a la vista de todos; pero que, en realidad, dura sólo una noche y muere sin dejar nada tras de sí.

"Aspirad más bien a quemaros en un rincón, como esas lámparas que acompañan al Sagrario en la penumbra de un oratorio, eficaces a los ojos de Dios; y, sin hacer alarde, acompañad también a los hombres -vuestros amigos, vuestros colegas, vuestros parientes, vuestros hermanos!- con vuestro ejemplo, con vuestra doctrina, con vuestro trabajo y con vuestra serenidad y con vuestra alegría. '

"Vira vestra est abscondita cum Christo in Deo (Colos. III, 3); vivid cara a Dios, no cara a los hombres. Esa ha sido y será siempre la aspiración de la Obra: vivir sin gloria humana (...). Esa debe ser también la aspiración de cada uno de vosotros, hijos míos" (Carta, 24-111-1930, n. 20).


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