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ITINERARIOS DE VIDA CRISTIANA

Javier Echevarría, prelado del Opus Dei

 

Sumario

Presentación

I. Las fuentes de la existencia cristiana

1. Dios, Padre de infinita misericordia

2. Conocer a Jesucristo, hacerlo conocer

3. El Espíritu Santo, amor que lleva al amor

4. María Santísima, Madre de Dios y Madre nuestra

5. Amor a la Iglesia, responsabilidad en la Iglesia

II. El camino del encuentro con Dios

6. La conversión, inicio del caminar cristiano

7. Pecado y perdón

8. Por caminos de oración

9. La Eucaristía y la vida teologal del cristiano

10. La interioridad, entre soledad y vida

11. Valor y sentido de la corporalidad

12. Paternidad y maternidad: un don, una tarea

13. El sufrimiento, la enfermedad y la muerte

III. Con Cristo, en la historia

14. El sentido del tiempo para el cristiano

15. Con la fuerza de la caridad

16. Santificación del trabajo

17. Desprendimiento, señorío, generosidad

18. Vocación del cristiano en la sociedad

19. La esencia de la alegría

 

 


 

PRESENTACIÓN

Todo sacerdote -presbítero, obispo- se siente urgido, en su predicación y en su trato con las almas, a ocuparse de esa "vida según el Espíritu" (Rm 8, 9) a la que cada cristiano -también él mismo- ha sido llamado a participar. La propia vida personal y la labor pastoral le llevan a leer y a reflexionar, para profundizar y ayudar a profundizar en la inmensa riqueza del mensaje del Evangelio.

En el presente libro se recogen algunas consideraciones sobre diversos aspectos del ser y del quehacer cristianos. Me ha movido a reunirlas el deseo de contribuir a esa gran renovación de la fidelidad a Cristo a la que se encamina el gran Jubileo que Juan Pablo II ha promovido con motivo del tránsito del segundo al tercer milenio del nacimiento de Jesús.

Todo itinerario espiritual cristiano se realiza dentro de la Iglesia y, con frecuencia, está orientado por la ayuda de maestros espirituales. Personalmente tuve la dicha de contar con un guía excepcional: el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. Los largos años que viví junto a este fiel sacerdote y la meditación asidua de sus consejos y de sus escritos han marcado profundamente mi alma. Citaré por eso muchas palabras suyas, no sólo a título de deuda y agradecimiento, sino también porque estoy firmemente convencido de que su enseñanza contiene grandes luces e impulsos para el mejoramiento de la vida cristiana en nuestro tiempo, y siempre.

Roma, 8 de septiembre de 2000.

 

 


 

1. DIOS, PADRE DE INFINITA MISERICORDIA

Hijos de Dios. Eso somos, y así lo proclama el Evangelio, aunque desgraciadamente no pocas personas lo ignoran. La filiación divina, la llamada de Dios a ser hijos suyos en Jesucristo es un tesoro que no tiene comparación, por su riqueza, con el bien más precioso de la tierra. Si los hombres fueran conscientes de esta realidad, nuestro mundo sería muy distinto: sería un mundo sin odios ni discriminaciones; desaparecerían las murmuraciones y las calumnias, y se abriría paso la verdad sencilla y clara; no habría lugar para abusos ni manipulaciones, y crecería la solidaridad, porque saberse hijos de Dios Padre trae como consecuencia inmediata la fraternidad.

Juan Pablo II quiso que preparásemos el gran Jubileo con un camino trinitario, a la vez espiritual y de estudio, intelectual y contemplativo: ir hacia el Padre (1999) en el Hijo (1997) por el Espíritu Santo (1998), para terminar dedicando el año 2000 a "la glorificación de la Trinidad, de la cual todo viene y a la que todo se dirige, en el mundo y en la historia" (Tertio millennio adveniente, n. 55). En realidad, cabe afirmar que esta preparación arranca desde el mismo inicio de su pontificado, en el que Juan Pablo II nos ofreció una magnífica trilogía de encíclicas dedicadas a cada una de las Personas divinas. Redemptor hominis y Dominum et Vivificantem son las encíclicas que escribió, respectivamente, sobre el Hijo y sobre el Espíritu Santo. En la que lleva por título Dives in misericordia nos presentaba al Padre, "rico en misericordia", con un bello y profundo comentario de la parábola del hijo pródigo, muy adecuado a las necesidades de la cultura contemporánea.

Elemento característico de la actual situación cultural es la crisis de la paternidad humana, que dificulta la comprensión de Dios precisamente como Padre. Se podría objetar que el problema no es nuevo, ya que el mismo Cristo, al enseñar a los hombres de su tiempo a confiar en Dios, a rezarle como Padre, tuvo que combatir un estereotipo -común ya entonces- que presentaba al Creador como un Ser distante y lejano. Pero esto no vuelve ociosa la pregunta: la dificultad de nuestro tiempo para descubrir a Dios como Padre, ¿no será debida también a factores culturales específicos de esta época?

Es un hecho que tantos jóvenes carecen de una imagen vivida del padre -o a veces de la madre- capaz de orientarles para asimilar a fondo la realidad de la filiación divina. Una familia rota priva a los hijos de esa experiencia de cariño y de seguridad que sólo la unión indisoluble entre el padre y la madre permite alcanzar con plenitud. Es también evidente que muchos padres y madres, por motivos de diversa índole, conceden escaso relieve a su paternidad o a su maternidad.

No se trata sólo de una cuestión práctica, de costumbres o estilos de vida. Algunos desarrollos de la teología feminista han objetado que un Dios nombrado de modo masculino, condujo a legitimar religiosamente injustas formas de patriarcalismo. Juan Pablo II ha salido al paso de esta visión, cuando ha recordado en su encíclica Mulieris dignitatem que la paternidad de Dios posee un sentido ultracorporal, totalmente divino. Dios nos ama con un corazón infinito, paternal y maternal a la vez.

El momento presente ofrece, por lo demás, una notable complejidad. Determinados principios y desarrollos, considerados por muchos como parte esencial de la cultura moderna, parecen haber entrado en crisis: el racionalismo, el cientificismo, la reducción del saber a ideología, o el individualismo. A la vez, hay grandes valores en alza: dignidad de la persona, papel de la mujer, aprecio por la paz, valoración de la vida ordinaria y de las relaciones humanas, iniciativas de voluntariado y de promoción social... Se percibe también un anhelo de familia, debido -en su raíz última- al hecho de que la criatura humana -se quiera o no- es constitutivamente hijo o hija. Y, en fin, asistimos también a un despertar religioso, signo claro de la conciencia de la necesidad de Dios, aunque no raramente ese resurgir espiritual esté mezclado con una fuerte ignorancia o con un indiferentismo ligado a una crisis de la noción misma de verdad.

Descubrir el cariño paternal de Dios

En este contexto, Juan Pablo II exhorta con constancia a no tener miedo, a cultivar la esperanza, a superar -como fundamento para esa confianza- la tentación primigenia del demonio, que condujo a la caída original. En efecto, como en la narración del Génesis, también ahora el diablo promueve la sospecha y el recelo en relación con Dios, a pesar de que la realidad proclama que Él es Padre, verdadera y profundamente Padre -clementissime Pater, lo invoca la liturgia eucarística-, y de que el mundo actual, como el de ayer y el de mañana, necesita de esa paternidad para encontrar el sosiego y la felicidad auténtica.

Por providencia del Cielo, desde 1948 he tratado muy de cerca al Beato Josemaría Escrivá de Balaguer. En su vida y en sus labios afloraba siempre, como realidad dominante y central de su existencia, la persuasión de que Dios es Padre. Recordaba que un día -el 16 de octubre de 1931- el Señor le había concedido una oración que se encuentra sin duda entre las más íntimas y elevadas de su caminar terreno. Copio uno de sus relatos de aquella experiencia: "Sentí la acción del Señor que hacía germinar en mi corazón y en mis labios, con la fuerza de algo imperiosamente necesario, esta tierna invocación: Abba! Pater! Estaba yo en la calle, en un tranvía (...). Probablemente hice aquella oración en voz alta. Y anduve por las calles de Madrid, quizá una hora, quizá dos; no lo puedo decir, el tiempo se pasó sin sentirlo. Me debieron tomar por loco. Estuve contemplando con luces que no eran mías esa asombrosa verdad, que quedó encendida como una brasa en mi alma, para no apagarse nunca".

Dios es Padre: nos comunica la vida, se ocupa con cariño infinito de todo lo nuestro, cuida en cada momento de nosotros, nos sigue día a día con una providencia cuyos caminos a veces permanecen ocultos, incluso incomprensibles para nosotros, pero en la que debemos apoyarnos y confiar siempre. Sostenida por esta luz, la vida ordinaria, nuestra vida de hombres y mujeres corrientes, se revela en su auténtico y profundo sentido, rebosante de riqueza sobrenatural y humana. Desaparecen la trivialidad, la monotonía, la consideración de los quehaceres cotidianos como necesidades inevitables, pero rutinarias y sin valor. La vida de familia, el ir y venir de cada jornada, el trabajo y las diversas ocupaciones se nos presentan, por el contrario, como un don divino que se asume gustosamente a título de servicio. Ya no hay entonces espacio para la actitud fría y encogida, entre farisaica y puritana, que reduce la religiosidad a un mero intentar estar en regla con un Dios de la severidad. Ni tampoco para la superficialidad o la rutina en el trato con Dios. Para quien interioriza con hondura la realidad de la filiación divina, para quien es consciente de la cercanía constante y solícita de Dios, ese esquema de la religión carece de sentido. Nuestra biografía personal está armónicamente entrelazada con la providencia amorosa de nuestro Padre Dios. En realidad, ninguna criatura humana a lo largo de la historia ha transitado a solas, porque Dios ha permanecido siempre al lado de sus hijos.

Se dan ciertamente situaciones difíciles, que no podemos entender con nuestra inteligencia. Pero tampoco entonces cabe dudar del amor de Dios; en esas circunstancias, con la seguridad que presta la fe, es preciso mirar a Jesús. Para eso envió Dios a su Hijo al mundo, para que fuésemos también nosotros sus hijos en el Hijo; y para que, contemplándolo, conociéramos la magnitud de su amor. El Padre manifiesta su paternidad a través de las palabras y de la vida del Hijo eterno, que entró en la historia humana al asumir nuestra naturaleza. Cristo, con sus obras y sus palabras, nos revela al Padre y nos da a conocer su amor infinito. El evangelio de San Juan registra una insólita petición del apóstol Felipe en la Última Cena: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". La respuesta de Jesús fue terminante: "¿Tanto tiempo como llevo con vosotros y no me has conocido? El que me ha visto a mí ha visto al Padre". Estas palabras de Jesús sobre el Padre fueron, entre otras, las que movieron a los Apóstoles a exclamar poco después: "Ahora sí que hablas con claridad y no usas ninguna comparación; ahora vemos que lo sabes todo, y no necesitas que nadie te pregunte; por eso creemos que has salido de Dios".

El Padre, que permanece invisible, deja oír su voz en varios momentos de las narraciones evangélicas. En el Bautismo de Jesús, da testimonio del ser y de la misión del Verbo hecho hombre, con esta declaración: "Tú eres mi Hijo, el amado, en ti me he complacido". En la Transfiguración, pronuncia palabras muy parecidas: "Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle". En ambas ocasiones, Dios Padre indica a la humanidad que el camino para llegar a Él es escuchar a Cristo, seguirle, contemplarle.

Jesús, a su vez, habla continuamente del Padre, de su amor, de su bondad y misericordia, de su cuidado paternal por todos los hombres, hasta enseñarnos la oración por excelencia: el Padrenuestro. Revela al Padre con sus palabras y su vida. Con los milagros, con el perdón de los pecados, con su capacidad para conmoverse e incluso para llorar, manifiesta a la vez la omnipotencia y la misericordia divinas. Así lo hizo en los grandes acontecimientos de su vida pública y también -quiero subrayarlo, porque no siempre se pone debidamente de relieve- a través de su quehacer de cada día, de su aprecio por la existencia ordinaria, de sus treinta años transcurridos en Nazaret, dedicado personalmente al trabajo en la propia familia. Jesús desea mostrar que hemos de conducirnos como hijos de Dios Padre en la realidad concreta de la jornada, en lo ordinario.

Al final del paso de Jesús por la tierra, tendrá lugar el hecho máximamente revelador de la misericordia paterna: la Cruz. El Padre lleva su amor por nosotros hasta el extremo de pedir al Hijo, en favor nuestro, el sacrificio supremo de la vida. Y Jesús, el Verbo encarnado, se entrega para que, a través de su muerte por amor, los hombres seamos redimidos del pecado, experimentemos el amor de Dios y podamos así amar filialmente al Padre que está en los cielos.

Como fruto de la Cruz, el Padre y el Hijo envían al Espíritu Santo. Su misión es incorporarnos a Cristo en virtud de la gracia y otorgarnos el don de la filiación. "Recibisteis -escribe San Pablo a los Romanos- un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Pues el Espíritu mismo da testimonio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios". La manifestación poderosa del Espíritu Santo el día de Pentecostés dará a los Apóstoles la fuerza necesaria para dar testimonio -con la libertad y la audacia de los hijos- de que Jesús es el Unigénito enviado por el Padre.

El Hijo y el Espíritu, que se manifestaron de modo visible hace dos mil años, continúan su acción, de modo invisible pero real, hasta el final de los tiempos. Somos hijos del Padre en el Hijo encarnado -en Cristo-, por el Espíritu Santo. La identidad del cristiano consiste en ser hijo de Dios en Cristo y, por tanto, con palabras del Beato Josemaría, que he escuchado tantas veces, en saberse alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo: en ser Cristo que pasa en medio de los hombres.

Vivir como hijos de Dios

El envío del Hijo y del Paráclito, y su permanencia eficaz en nosotros, nos lleva a participar de esa corriente de amor de la Trinidad de Personas divinas. Así damos curso a nuestra vida ordinaria, no ya como siervos, sino como amigos de Dios, como hijos suyos, con una libertad filial que se manifiesta en el amor. Y cuando, por nuestra fragilidad, no sabemos amar generosamente y nos alejamos del Padre -como le ocurrió al hijo pródigo de la parábola-, recordamos que mediante la Penitencia podemos recuperar la gracia que viene de la Sangre redentora de Cristo, derramada en la Cruz. En el sacramento de la Penitencia, arrepentidos como el hijo pródigo, recibimos el abrazo amorosísimo del Padre que nos cura del egoísmo y nos devuelve la libertad del amor para que podamos volver a trabajar como hijos de Dios en los quehaceres cotidianos.

Pero no olvidemos que, como Cristo, la libertad de hijos se alcanza abrazando su Cruz. En su oración personal del 28 de abril de 1963, el Fundador del Opus Dei expresaba esta verdad con la convicción de quien lo tiene bien experimentado: "Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios".

La paternidad de Dios, que nos acompaña en todo momento, nos descubre también, por tanto, el sentido santo del dolor y de la muerte, quitándoles así -por usar las palabras de San Pablo- su "aguijón"; es decir, nos libra no del dolor, que permanece, pero sí de la tristeza y de la amargura, a la vez que nos mueve a aliviar las penas de los demás y a olvidar las propias, como hizo Santa María al pie de la Cruz. Podemos y debemos caminar cada día así, sintiéndonos hondamente hijos de Dios, para ser en todo momento -como deseaba el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer- sembradores de paz y de alegría.

 

 


 

2. CONOCER A JESUCRISTO, HACERLO CONOCER

La vocación cristiana, don y llamada del Padre, nos impulsa, bajo la acción del Espíritu Santo, a la configuración con Jesucristo. Revestidos de Cristo en el sacramento del Bautismo y fortalecidos en la Eucaristía con la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, hemos sido hechos partícipes de su condición y de su misión filiales. Los cristianos debemos sentirnos enviados por Cristo -como Él mismo ha sido enviado por su Padre- a anunciar, con nuestra vida y nuestras obras, el Evangelio del Reino de Dios.

"Se ha cumplido el tiempo, el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed al Evangelio". Con estas palabras empezó Cristo su misión. Con Cristo y en Cristo, mediante nuestras acciones y nuestras palabras, por la gracia del Bautismo estamos en condiciones de repetir con eficacia al oído de las personas que tenemos alrededor: ¡creed al Evangelio! Que equivale a decir: ¡abrid serenamente la inteligencia y el corazón a Jesucristo, confiad en el Salvador!

En su ir y venir por los caminos de Palestina, anunciando la cercanía y la naturaleza del Reino de su Padre, llegó un día Jesús, acompañado de los suyos, a la región de Cesárea de Filipo, lugar de contrastes religiosos y culturales, no lejos de tierra de paganos. Y fue allí donde les preguntó: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?". El Maestro que, como nos señala San Juan en su evangelio, no necesitaba que nadie le manifestara lo que hay en el interior de cada hombre, sabía perfectamente cuál era el efecto de su enseñanza en las almas de cuantos le escuchaban; unos se mostraban más abiertos a la fe y a la conversión; otros, en cambio, no estaban bien dispuestos todavía a la gracia. Conocía, pues, la respuesta que saldría de los labios de los discípulos, pero no por eso dejó de interrogarles: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?", ¿qué dicen acerca de mí?, ¿qué idea se han hecho de mi persona?, ¿de qué hablan cuando se refieren a mis palabras, a mis acciones?

No buscaba, propiamente hablando, una respuesta. Quería que los suyos -los Apóstoles, aquellas santas mujeres que le servían solícitamente y todos los que habían creído en Él y le seguían- fueran conscientes de la realidad y del misterio que Él mismo implicaba, y los afrontaran con sinceridad. "Y ellos respondieron: unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, o Jeremías o alguno de los profetas". Es San Mateo quien lo relata.

Eran voces de humana admiración hacia Jesús, actitudes en general positivas ante su doctrina y sus acciones, aunque tampoco faltarían las negativas, como se nos narra en los evangelios. Sin embargo, ¡qué lejos estaban aún de conocerle! Es significativo comprobar en las páginas del Evangelio que, incluso las personas que se muestran capaces de intuir su grandeza, no llegan a captar el misterio de su misión y de su persona. Y así, aunque reconocen que Jesús proclama un mensaje atrayente, que vale la pena escuchar e incluso alabar, no alcanzan a descubrir en Él al Salvador, a Aquél ante cuyo nombre -como leemos en la carta de San Pablo a los Filipenses- debe doblarse toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno. Al misterio de Jesucristo sólo es posible acceder a través del don de la fe, como Él mismo precisa en otro pasaje del Evangelio: "Nadie puede llegar hasta mí, si no es traído por el Padre que me envió". El don de creer sólo arraiga en un alma que, yendo más allá de la admiración o el aprecio, reconozca la necesidad de convertirse, de aceptar la mano que amorosamente le tiende el Salvador.

Pero volvamos a la escena junto a Cesárea de Filipo. "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?", preguntó Jesús, no dándose por satisfecho con la simple referencia a lo que los Apóstoles habían oído de labios de otros. Simón Pedro, con una firme certeza sobrenatural en el alma, toma inmediatamente la palabra en nombre propio y de todos: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Su confesión se diferencia totalmente de las declaraciones anteriores, tanto por su contenido objetivo como por sus dimensiones subjetivas; y evoca la frase que el mismo Pedro, con términos distintos, pero con fuerza semejante, pronunció en otra ocasión, en la sinagoga de Cafarnaún: "Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que eres el Santo de Dios".

Ambas expresiones, como tantas otras del Nuevo Testamento, aun en su diversidad literal y contextual, ponen de relieve el hondo conocimiento del misterio de Jesucristo -el Mesías, Hijo de Dios y Redentor de los hombres- que, guiados por el Espíritu Santo, adquirieron los Apóstoles. También ahora, en los albores del tercer milenio de la Encarnación redentora, en esta época marcada por la necesidad de una nueva evangelización, los cristianos debemos ser un testimonio viviente del misterio de amor y salvación que Dios nos ha revelado en Cristo. Es preciso que nos empeñemos en mostrar a los demás la gran verdad que llena de contenido nuestra fe: "Cristo vive (...). Jesús, que murió en la cruz, ha resucitado, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del dolor y de la angustia (...). No es una figura que pasó, que existió en un tiempo y que se fue, dejándonos un recuerdo y un ejemplo maravillosos. No: Cristo vive. Jesús es el Emmanuel: Dios con nosotros". Son palabras del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, que nos deben estimular a vivir la fe y a vivir de fe.

En Jesucristo descansan la fe y la esperanza de los cristianos. Nuestra razón se inclina ante el misterio de amor, filial y fraterno, que en Él se nos revela, a la vez que nuestro corazón se abre con el deseo de conocerle mejor y de unirnos más íntimamente a Él. De su plenitud los hombres recibimos constantemente gracia sobre gracia, como escribe San Juan en el prólogo de su evangelio; también, en concreto, la gracia decisiva de poder seguirle de cerca en la vida cotidiana; como amigos, como hermanos, como fieles cristianos, alegres de poder confesar: ¡Señor, Hijo de Dios vivo, creemos firmemente en Ti! Tú eres nuestro Salvador y nuestra salvación, el fundamento y la verdad de todas las cosas, la razón última de la existencia, la fuente de sentido y significado. ¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna!

Un programa de vida cristiana: reflejar fiel y heroicamente a Jesucristo

Para que la proclamación del amor y de la misericordia paterna de Dios resuene con atractivo en el mundo, en los más diversos lugares, se hace preciso que nuestras palabras evoquen y nuestras obras reflejen el rostro del Redentor. La existencia de los hijos de Dios puede, en suma, resumirse en ese compromiso que llenaba el alma del Beato Josemaría: conocer a Jesucristo, hacerlo conocer, llevarlo a todos los sitios.

Ahí se encuentra lo específico de la identidad cristiana: en la comunión con Cristo y en la misión de comunicar ese tesoro, esa luz que Él nos ha traído, a todas las personas y a todos los ambientes. Esa llamada, esa vocación, la dirige Dios a todo cristiano desde el momento del Bautismo: afecta a todos, no a unos pocos. Todos estamos llamados a trasladar la novedad siempre actual del encuentro con Dios a los espacios donde se desenvuelven ordinariamente nuestros hermanos los hombres, con naturalidad y sin complejos. ¡Qué bien lo entendieron nuestros primeros hermanos en la fe, aquellos que recibieron la doctrina cristiana directamente de labios de los Apóstoles o de sus inmediatos sucesores! Un escrito del siglo II, la Epístola a Diogneto, lo refleja de modo admirable: "Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su habla, ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivamente suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás (...), sino que, habitando ciudades griegas o bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido, comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan muestras de un tenor de peculiar conducta admirable y, por confesión de todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, y todo lo soportan como extranjeros; toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como todos; como todos, engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen mesa común, pero no lecho. Están en la carne, pero no viven según la carne. Pasan el tiempo en la tierra pero tienen su ciudadanía en el cielo".

Desde luego, en ocasiones, una conducta que aspire a presentarse como reflejo fiel de Cristo puede chocar y llegar a constituir un signo de contradicción. Ya lo anunció el anciano Simeón, hablando del propio Jesús en el Templo de Jerusalén, y el anuncio se cumplió también en la vida de los primeros discípulos, cuando -después de recibir el Espíritu Santo- se lanzaron a dar testimonio de Jesucristo: primero los tomaron por borrachos, después los encarcelaron, finalmente los condenaron a muerte. La expansión del mensaje cristiano por el mundo, la historia de la Iglesia, corre pareja a este testimonio de muchos hombres y mujeres, que han sabido anteponer su fidelidad al Maestro a la tranquilidad de la vida, a la honra, a la fortuna, a la situación social. Desde los mártires antiguos hasta los contemporáneos, es mucha la sangre que se ha unido a la que derramó Jesús en la Cruz para salvarnos.

El antiguo documento que he citado unas líneas más arriba lo pone de manifiesto. Tras recordar los rasgos esenciales de los seguidores de Cristo, deja constancia de que los cristianos "obedecen a las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las leyes. A todos aman y por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y en ello se les da la vida (...). Son deshonrados y en las mismas deshonras son glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida". Con la gracia de Dios, este heroísmo perdurará hasta el final de los siglos. Sabemos que el demonio no cesará de acosar a los que procuran ofrecer un testimonio actual de Cristo vivo; pero de los seguidores del Señor se espera que nos mantengamos fieles, decididos a no permitir que nuestra identidad se diluya ante la persecución, ante la presión social o ante los halagos de ambientes y culturas que se oponen a la presencia transformadora del mensaje de Jesucristo y que, de una forma u otra, lo rechazan.

Con razón escribió el Beato Josemaría que "la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores". Es muy triste que un cristiano esconda su condición, o la ponga entre paréntesis, a la hora del trabajo o de la actividad pública, al entrar en su oficina o al llegar a la cátedra, a la empresa o al parlamento, al desplegar su vida social o al colaborar en los medios de comunicación. Viene a la memoria el ejemplo de Santo Tomás Moro que, sin perder su temple ciudadano, supo testimoniar con entereza su fe aun a costa de la decapitación.

Jesucristo pide a sus seguidores que divulguemos por esta tierra su mensaje. Y quiere que lo difundamos con la gallardía y el optimismo propios de quien sabe que es una doctrina siempre vigente y siempre nueva: con la novedad permanente del amor, capaz de vivificar la conducta de los hombres y de las mujeres de todos los tiempos, en las circunstancias más dispares. Resulta siempre oportuna la pregunta que, en uno de sus escritos, sugiere el Beato Josemaría: "¿Cunde a mi alrededor la vida cristiana? Piénsalo a diario". La propia y personal respuesta a ese interrogante, a la vez sencillo y comprometedor, nos permitirá deducir si hemos calado con profundidad en nuestra vocación cristiana, si no nos ha faltado valor o si nos hemos encogido ante ambientes o mentalidades hostiles a Jesucristo.

Afrontar sinceramente esa pregunta nos puede ayudar a superar la tendencia, siempre amenazadora -más aún en momentos de cambio cultural-, a condescender con la incoherencia interior, con la separación injustificada entre vida privada y vida social o profesional. Eso entrañaría una clara manifestación de que hemos marginado la verdad, el bien y la virtud, para sustituir esos valores irrenunciables por planteamientos confortables, "ambientalmente correctos", que no producen heridas: no, como debe ser, porque estén informados por la comprensión y la caridad, sino porque carecen de contenido y mantienen tan sólo -y a veces ni siquiera eso- una respetabilidad de fachada.

Fuertes en la fe, seguros en la esperanza, convencidos del verdadero amor, los cristianos hemos de aceptar el reto que los tiempos actuales nos lanzan. Día a día debemos, en primer lugar y ante todo, esforzarnos por conocer más a Cristo; y, como consecuencia necesaria, nos esforzaremos también por darlo a conocer como el único Salvador, como Aquél que ha proclamado y hecho realidad el único mensaje que contiene palabras de vida eterna: el mensaje sobre el amor infinito de Dios Padre.

Para reflejar a Cristo, conocer a Cristo

Por medio de la Iglesia, Cristo lleva a cabo, también ahora, la misión redentora que ha recibido del Padre. Jesús, en los inicios de su predicación, la describía a quienes le escuchaban, aplicando a su persona unas palabras del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí, por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la redención a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, y para promulgar el año de gracia del Señor". Ese mismo Espíritu se entrega, desde la Cruz de Cristo, a la Iglesia de todos los tiempos.

Jesucristo ha venido a salvarnos. Repasemos tantas escenas estupendas del Evangelio que lo declaran. Aquella en la que se le comunicó a San José: "Lo llamarás Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados". Como Salvador lo anunció el ángel a los pastores: "Hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es el Mesías, el Señor". A Juan el Bautista, el precursor, le fue dado conocer a Jesús como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", y como tal lo presentó a sus discípulos. Años más tarde, el apóstol Pedro exhortará a los cristianos a crecer siempre más "en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo", y Pablo impulsará a vivir sobria y piadosamente en este mundo, en espera de la manifestación "del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo".

No lo dudemos: sólo Jesús es el Salvador. Con ese nombre y título se nos ha predicado a nosotros por la Iglesia, y así lo hemos de anunciar a cuantos tratamos o nos miran, teniendo muy presente que hemos de mostrarlo al mundo no de cualquier manera, sino -con palabras de San Pablo- como buenos "conocedores del amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento". La palabra "conocer" indica aquí no un saber exclusivamente intelectual, sino un saber hecho vida, un saber madurado y asimilado en la oración y, desde ese centro de nuestro yo que es el corazón, trasmitido a las obras. Hemos de anunciar a Cristo a través de nuestra propia existencia, siendo entre los demás Cristo que pasa. Mejor dicho, procurando serlo, porque nos vemos débiles y nos reconocemos llenos de miserias. Pero, aun así, como le gustaba decir al Beato Josemaría, nos esforzamos para que "nuestros pensamientos sean sinceros: de paz, de entrega, de servicio"; para que "nuestras palabras sean verdaderas, claras, oportunas; que sepan consolar y ayudar, que sepan, sobre todo, llevar a otros la luz de Dios"; para que "nuestras acciones sean coherentes, eficaces, acertadas: que tengan ese bonus odor Christi (2 Corintios 2, 15), el buen olor de Cristo, porque recuerden su modo de comportarse y de vivir".


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