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JAVIER ECHEVARRÍA

MEMORIA DEL BEATO JOSEMARÍA ESCRIVÁ

 

 

Presentación

 

Se cumplen ahora veinticinco años del 26 de junio de 1975, día del inesperado fallecimiento de Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Aquella mañana había acudido a Villa delle Rose (Castelgandolfo), sede entonces del Colegio Romano de Santa María, con don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría. Allí se sintió indispuesto, y debió anticipar el regreso a Roma. Poco antes de las 12 del mediodía, nada más entrar en su lugar habitual de trabajo, llamó a don Javier, que se había quedado rezagado, cerrando la puerta del ascensor. Casi inmediatamente, repitió con más fuerza: -¡Javi! Y añadió, en voz ya muy débil, cuando don Javier entraba en la estancia: -No me encuentro .bien. Fueron sus últimas palabras en la tierra.

Y fue don Javier Echevarría la persona que recibió esa frase final, después de veinticinco años de convivencia diaria. Miembro del Opus Dei desde 1948, había comenzado a tener en 1950 una relación muy directa con el Fundador. Ese trato se intensificó al ser nombrado secretario suyo en 1952, y se hizo continuo a partir de 1956, cuando fue elegido Custos de Mons. Escrivá de Balaguer, es decir, una de las dos personas que, de acuerdo con los Estatutos del Opus Dei, habían de vivir siempre con el Presidente General (a partir de 1982, con el Prelado), y ayudarle en su vida y en su trabajo cotidiano. A don Javier correspondía especialmente lo relacionado con la organización externa: ocuparse del cuidado de las cosas materiales, y advertirle lo que considerase oportuno, con plena libertad y sinceridad. Cumplía esta función en todo momento: en Roma, o en los viajes a las diversas ciudades y naciones, abundantísimos en los años sesenta y setenta.

Desempeñó esas tareas de secretario y de Custos hasta el instante mismo del fallecimiento de Mons. Escrivá de Balaguer. En el último período, además, fue Consultor del Consejo General del Opus Dei. Esa estrecha convivencia tuvo por escenario, sobre todo, el edificio de Villa Tevere, donde transcurrió la mayor parte de la vida del Fundador en Roma.

Ahí sigue hoy Mons. Javier Echevarría, en la actualidad, Obispo titular de Cilibia y Prelado del Opus Dei. Pasa muchas horas del día en la habitación en que también trabajaba Mons. Escrivá de Balaguer; cruza los pasillos que recorría cada jornada; descansa por la noche en su mismo y mínimo cuarto personal; usa objetos que utilizaba y veía cotidianamente. Como es natural, los recuerdos y las imágenes cobran particular colorido en el lugar donde murió, el despacho destinado en aquella época al Secretario General de la Obra, que se conserva con el aspecto externo que tuvo siempre.

Se comprende que su testimonio sea decisivo -después de Mons. Álvaro del Portillo-, para profundizar en la personalidad y en la doctrina de Mons. Escrivá de Balaguer. Por esto, a más de un lector de mis Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, aparecidos en 1976, le habrá extrañado mi silencio sobre don Javier, no mencionado expresamente en ningún lugar del libro. La razón es muy sencilla: justamente porque tenía tanto que decir, debía llevarle mucho más tiempo que a otros ordenar sus vivencias, consciente de su responsabilidad de transmitir a las generaciones futuras tantos hechos y palabras del Fundador. Desde siempre, don Javier -un hombre qué combina su gran corazón con un excepcional sentido del orden- había ido tomando nota de cuanto oía al Fundador del Opus Dei, de tantas escenas que vivía a su lado. Y fue elaborando sus abundantes recuerdos, especialmente con vistas a la causa de beatificación de Mons. Escrivá.

En el libro que hoy presento al lector, mi colaboración ha sido mínima, dentro del evidente deseo de dar a conocer nuevos rasgos del espíritu del Opus Dei, y de la vida y la enseñanza de aquel a quien tantos conocieron y trataron como Padre. Mi aportación ha consistido en formular preguntas y elaborar el índice del libro, el orden de los epígrafes. Sin omitir aspectos esenciales, ya conocidos por la evidente difusión de la figura y de las obras de Mons. Escrivá de Balaguer, he procurado también abordar cuestiones planteadas a lo largo de los años, o que considero interesantes para la opinión pública. No podía perder la oportunidad de publicar una información tan autorizada como la que el lector puede hoy sopesar. Si, a pesar de todo, encuentra silencios, la responsabilidad de la omisión es sólo mía: siento no haber formulado esa pregunta.

Al ordenar estas páginas, me ha parecido lógico empezar por el final: partir de la santidad de vida de Mons. Escrivá de Balaguer, confirmada solemnemente por la Sede Apostólica el 17 de mayo de 1992. Querría hablar sobre todo de existencia cristiana, de vida contemplativa, de heroísmo en las virtudes. En definitiva, de aspectos que apenas traté en los Apuntes... de 1976. Porque en modo alguno este libro pretende ser una biografía histórica, sino más bien una aportación significativa al conocimiento del perfil espiritual del Beato Josemaría.

Como es natural, me apasionan los enfoques que enlazan el espíritu del Opus Dei con las realidades humanas y culturales de nuestro tiempo. Soy consciente de la necesidad de ahondar en esas cuestiones desde la Teología espiritual, de acuerdo con la idea central recogida en el Decreto de la Congregación

para las Causas de los Santos sobre las virtudes heroicas de Josemaría Escrivá de Balaguer: "Este mensaje de santificación en y desde las realidades terrenas se muestra providencialmente actual para la situación espiritual de nuestra época. En efecto, en los tiempos presentes, a la vez que se exaltan los valores humanos, también se advierte una fuerte inclinación hacia una visión inmanente del mundo, entendido como algo separado de Dios. Y este mensaje invita a los cristianos a buscar la unión con Dios a través del trabajo diario, que constituye una obligación y una fuente perenne de la dignidad del hombre en la tierra. Por lo que resulta patente la adecuación de este mensaje con las circunstancias de nuestro tiempo, y parece además destinado a perdurar de modo inalterable, por encima de las vicisitudes históricas, como fuente inagotable de luz espiritual" (Roma, 9 de abril de 1990).

Pío XII había aprobado definitivamente ese espíritu en 1950. El Concilio Vaticano II consagró la doctrina y la teología del laicado, que Josemaría Escrivá de Balaguer había predicado y vivido al menos desde 1928. Este Concilio Ecuménico introdujo también la institución de las diócesis peculiares y de las prelaturas personales que -desarrollada por Pablo VI- permitiría a Juan Pablo II aplicar al Opus Dei normas canónicas adecuadas al carisma fundacional. Sin perder de vista ese contexto -ni el entrelazamiento de la historia del Opus Dei con la vida del Fundador-, aquí me interesa más su persona, las experiencias de Cristo y de vida cristiana en su alma; en definitiva, la búsqueda de nuevos trazos y facetas de un hombre santo, que nació, vivió y murió en el siglo Xx.

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

Un sacerdote que amó al mundo

 

1. Una pobre fuente de miseria y de amor

 

-Recuerdo bien la escena. El polideportivo de la Escuela Brafa, convertido en salón de actos, lleno a rebosar el 22 de noviembre de 1972, y en el centro, Mons. Escrivá de Balaguer. Una pregunta propia de quienes se pasan el día quejándose de cómo van las cosas: "-Padre, ¿qué podemos hacer para ayudar a luchar contra esa crítica, esa lamentación y esa visión pesimista?" Y, en la respuesta, enseguida, el espíritu de comprensión, anclado en la convicción de la propia debilidad.- Yo he tenido y sigo teniendo muchos defectos. ¿A ver quién no tiene defectos? ¡A ver, uno que no tenga defectos, que lo ponemos en un museo...! Yo tengo muchos defectos, y estoy luchando contra ellos desde chico; y mientras me dure la vida seguiré luchando.

Cuando observamos al Fundador del Opus Dei, esos defectos se esconden ante la magnitud de la lucha, propia de quien llegó a practicar en grado heroico todas las virtudes, como declaró el Santo Padre Juan Pablo II en 1990. Pero omisiones inadvertidas por los demás, o finuras que les parecen exageradas, provocan reacciones agudísimas en un corazón enamorado. No se acaba de explicar fuera del juego eterno del magnificat, que llevaba a Mons. Escrívá de Balaguer a sentirse un niño que balbucea, en la humilde plenitud de sus bodas de oro sacerdotales de 1975.

Los defectos se nos ocultaban a quienes veíamos de tarde en tarde al Fundador del Opus Dei, y quedábamos fuertemente removidos a secundar el querer de Dios. Así le pasó a don javier Echevarría, según recuerda de 1950, durante una convivencia deformación en Castelgandolfo.

Era a finales de agosto, y me di cuenta de que, mientras nosotros estábamos pasando menos calor, Mons. Escrivá de Balaguer se quedaba en Roma. Solía acudir a diario, hacia las cinco de la tarde, en un "topolino" -acompañado por don Álvaro del Portillo y algún otro-, para ocuparse personalmente de la formación de los primeros miembros del Opus Dei italianos, y de los que habíamos venido de otras naciones.

Nos enseñaba el espíritu de la Obra, preguntándonos por nuestra vida y haciéndonos múltiples consideraciones para la lucha hacia la santidad. Desarrollaba esta tarea después de una jornada de trabajo en la que, además del gobierno del Opus Dei, estaba pendiente de la construcción de la sede central, que iba adelante,a duras penas por la falta de medios.

No reparé entonces en el gran peso que cargaba sobre sus hombros, ni en el cansancio que le producía su gravísima diabetes. Su amor y su dedicación superaban esos obstáculos, al transmitirnos vibrantemente su alegría y su entrega, olvidándose de sí mismo.

 

 

-Pienso que fue una constante: detrás de su sonrisa y de su permanente buen humor, no resultaba fácil advertir las molestias o pesares. Pero desahogaba abiertamente su alma con los Custodes, en conversaciones confidenciales casi permanentes. Don Javier Echevarría tendrá pronto ocasión de conocer muy de cerca el temple de las luchas interiores de Mons. Escrivá de Balaguer

 

He sido Custos durante casi veinte años, y puedo decir que agradeció siempre las sugerencias o los comentarios que le hacíamos. No se cansó de luchar por acercarse más al Señor, peleando contra los más pequeños defectos y exigiéndose con el celo de una persona enamorada que desea corresponder con todo su amor a Quien ama: cotidianamente, en lo difícil y en lo fácil, en las tareas importantes y en las que parecen sin relieve.

Acostumbraba a no dejar nada para después, especialmente si debía corregir algo: en cuanto lo advertía, o se lo comentábamos, se esforzaba sin esperar al día siguiente. No se disculpaba ni por el cansancio, y se empeñaba en la mejora de su carácter y en su deseo de amar cada vez más a Dios. Por eso, salía de sus labios la recomendación, llena de viveza y de pedagogía divina: yo siempre suelo aconsejar lo siguiente: ¡las cosas buenas, cuanto antes!; y en esta entrega al Señor, no tenemos ninguna cadena que nos aherroje, tenemos la libertad de darnos siempre más. Procuraba que su respuesta estuviese siempre a la altura de lo que Dios le pedía. No por eso dejaba de pedir perdón constantemente al Señor, por lo que hubiera en su vida de omisiones, de no estar atento a las urgencias divinas.

Hasta su último día en la tierra, rogó a sus dos hijos Custodes que le ayudásemos a ser más piadoso, más alegre, más optimista, a cumplir con exactitud su deber, a soportar mejor la enfermedad, a trabajar sin descanso, a entregarse completamente. Pienso que puedo afirmar con objetividad que nunca dijo conscientemente que no al Señor, y que nunca respondió a medias a las peticiones divinas.

Aconsejaba a los demás lo que vivía personalmente: hay que estar siempre preparados, y pensar que cualquier momento de nuestra vida puede ser el instante de la última lucha. O, con otras palabras, lo importante es que el Señor nos encuentre siempre preparados en esa última lucha que puede llegar en cualquier momento.

No escatimó esfuerzos en esta pelea. Me parece que resume su finura de conciencia y su pisotear el propio yo para acomodarse a la Voluntad divina, lo que afirmaba en agosto de 1971: santidad es luchar contra los propios defectos constantemente. Santidad es cumplir el deber de cada instante, sin buscarse excusas. Santidad es servir a los demás, sin desear compensaciones de ningún género. Santidad es buscar la presencia de Dios -el trato constante con Él- con la oración y con el trabajo, que se funden en un diálogo perseverante con el Señor. Santidad es el celo por las almas, que lleva a olvidarse de uno mismo. Santidad es la respuesta positiva de cada momento en nuestro encuentro personal con Dios.

 

-Puede ayudar a los lectores describir, aun brevemente, algunos aspectos de la lucha para perfeccionar el propio carácter.

 

Desde joven, tuvo grandes virtudes humanas. Como defectos, debió estar muy atento a la rapidez y espontaneidad de carácter, y la viva indignación que solía sentir cuando consideraba que las cosas se hacían mal o no tan bien como se debía.

De todas maneras, estos rasgos de carácter, que hubiesen podido llegar a ser defectos notables, sirvieron de punto de apoyo para enriquecer su personalidad, y se convirtieron en fundamentos de la firmeza que necesitó después para afrontar lo que el Señor le reservaba: la impaciencia se mudó en audacia santa, y el temperamento impulsivo, en exigencia consigo mismo, y en comprensión con los demás. Nos confiaba muchas veces lo que llevaba en el fondo del alma: os pido perdón, por las molestias que os haya podido causar a cada uno. Os aseguro, y ésta es mi intención constante, que a sabiendas no quiero mortificar a nadie con mi modo' de ser. De todas formas, insisto, os pido perdón si a alguno le he molestado con mi modo de ser o de actuar.

Luchó para transformar sus tendencias naturales en cualidades positivas: la reciedumbre y la energía; la rapidez en la decisión; la agudeza de ingenio; la capacidad de darse cuenta de lo que ocurría a su alrededor; o la habilidad dialéctica para responder a las dificultades. Pero no se dejaba llevar por el propio yo, dominaba los primo primi, y se esforzaba por hablar y actuar con rectitud de intención, al servicio del Señor y de las almas.

Observando toda su vida, me atrevo a asegurar que muestra la victoria de la voluntad y del entendimiento -puestos en Dios- sobre su carácter. Este triunfo procede de una continua vigilancia sobre sí mismo, aunque no dejaba de rogarnos que le ayudásemos; le he visto luchar contra esos hilos sutiles que, si no se rectifican, se convierten en ataduras que apartan de Dios. Supo conseguir una serena ecuanimidad, y la extraordinaria vitalidad de su temperamento estuvo siempre moderada por la prudencia y la fortaleza.

 

-En cambio, no deja de ser sorprendente que Mons. Escrivá de Balaguer no tuviera nunca dudas de fe.

 

No dudó jamás ni de Dios ni de sus verdades. Y ahí encontró la fortaleza para seguir practicando la fe con un convencimiento siempre mayor, aunque el cuerpo estuviera cansado, o sintiese la fatiga del trabajo: Dios -repetía con frase muy gráfica- nunca puede fallar.

Me decía con frecuencia que creía profundamente en la Trinidad Beatísima y en todas las verdades reveladas por Dios.

 

Era notorio su agradecimiento al Señor, y lo concretaba en la repetición de muchos actos de fe. En 1972 nos aseguraba: en la tierra no podemos tener jamás la tranquilidad de los comodones, que se dejan llevar pensando en un futuro asegurado. Nuestro porvenir, el de todos, es incierto, en el sentido de que podemos traicionar a Nuestro Señor, podemos fallar en la vocación o abandonar la fe. Por eso, debemos hacer cotidianamente el propósito de luchar siempre.

 

-Tampoco dudó nunca de su llamada divina al sacerdocio y al Opus Dei.

 

Repetía que, por amor a Dios, la vocación nunca se manosea. Con palabras que llenaban su vida, como un retornelo de su alma y de su conducta, reiteraba: jamás he dudado del Amor.

Su vocación sacerdotal no estuvo determinada ni favorecida por ninguna dificultad, desilusión o fracaso; ni por sucesos de carácter social, o familiar. No experimentó sentimientos de miedo a la vida o deseos de aislarse, por el revés económico de su padre;, por los cambios de residencia o por otras razones; ni sintió sensación de inseguridad ante el futuro. Tampoco tuvo, durante sus años de seminarista, crisis ni momentos de desánimo o de desesperanza.

Cuando faltaban unos cuatro meses para su ordenación de presbítero, don José Escrivá falleció repentinamente: era el 27 de noviembre de 1924. Le oí, muchos años después, refiriéndose a estos momentos particularmente difíciles, que si hubiera ocurrido meses antes el fallecimiento de mi padre, probablemente me hubiese planteado la necesidad de revisar mi camino. Pero, después del paso que había dado, el subdiaconado, no dudé ni un instante. Con estas afirmaciones, dejaba claro que no pasó por su mente ni la sombra de una duda.

 

-Sin embargo, el corazón de Mons. Escrivá de Balaguer sufría ante los propios errores, y expresaba su sentimiento conpalabras fuertes, como nada, o miseria, o flaqueza...

 

Cuando advertía sus errores, reaccionaba con dolor de amor y, a la vez, se apoyaba mucho más en la gracia. Solía afirmar: yo no soy nada, no tengo nada, no puedo nada, no valgo nada, ¡nada, nada!, pero con Él lo puedo todo, como nos ha recordado el Apóstol: omnia possum in eo.qui me confortat [todo lo puedo en aquel que me conforta, Filipenses 4, 131. Pienso que enseñó a muchas almas a superar los complejos, las tristezas, las angustias, las deserciones en la lucha espiritual, porque les demostraba que el Señor les había traído a la vida con esas debilidades y, al mismo tiempo, les llamaba a santificarse; por tanto, con Él, podían todo.

Con el deseo de ser siempre un instrumento dócil, nos señalaba en 1962: ¡Hemos de dejar obrar a Dios!, confiando en Él, y esto a pesar de nuestras debilidades y de nuestros defectos personales. Nada de este mundo importa, ni es necesario, ni siquiera la fama o la honra personal. Ya hace muchos años que me acerqué al Señor, para decirle: si Tú no quieres mi honra, ayo para qué la quiero? Y así puedo afirmar con toda seguridad que la Obra es de Él: yo no he hecho nada, no he hecho más que poner dificultades, y le pido al Señor perdón con todas las fuerzas de mi alma, con mucha paz, porque Él cuida de su Obra. Yo voy viendo cada día más la necesidad de hacerse nada delante de Dios, porque eso me siento: nada.

Éste era el concepto que tenía de sí mismo. Así, en marzo de 1970, corroboraba: nuestras fuerzas personales se llaman de una sola manera, tienen un solo nombre: flaqueza. Tengo mi experiencia de toda la vida. Seremos fuertes sólo cuando nos demos bien cuenta de que somos flojos. Pensando que somos fuertes, por nosotros mismos, iríamos de narices enseguida, al estercolero más hediondo.

Este sentimiento de su nada, de su poca valía como instrumento, no le llevaba a dispensarse del deber. Nunca admitió que se tomasen los defectos personales como barrera o excusa para bajar el tono o disminuir la intensidad de la oración. Por eso, el 6 de marzo de 1972, afirmaba con fuerza: non est opus valentibus medicas, sed mole habentibus! [no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos: Mateo 9,12] Ésta ha sido mi oración constante durante todo el día: ¡Señor, aquí estoy yo, que soy un enfermo crónico y te necesito!

 

-En definitiva, esa consideración de la propia debilidad urgía a una lucha constante, incompatible con rutinas o acostumbramientos.

 

Muy grabada se me quedó una petición que me hizo en 1'950, cuando yo apenas tenía veinte años. Con su espontaneidad de enamorado, me confió: hoy me duele mi falta de piedad: ¡ayúdame a reparar! Esas urgencias me calaban muy hondo, pues conocía su esfuerzo por ser muy piadoso. En 1953 nos animaba: No nos debe importar, siempre que sea necesario, hacer de hijo pródigo: empezar, pedir perdón con dolor sincero, y volver; esto agrada a Nuestro Padre Dios, porque bien conoce la pasta de que estamos hechos: por tanto, volved siempre, y volved con amor, que Dios nos espera.

Esta necesidad de amar más y más al Señor, se traducía en una exigencia constante. En 1966, como en otras muchas ocasiones, nos persuadía: vamos a examinar el sentido sobrenatural de nuestra vida personal: si nos buscamos a nosotros mismos; si nos hemos ido acostumbrando y no damos importancia a ese encuentro con el Amor, porque, si nos vamos acostumbrando, es que empieza la decadencia del amor, de ese amor que da contenido a nuestra vida y nos hace verdaderamente eficaces. Y, en la mañana del 14 de febrero de 1970, me aseguró: he comenzado el día con la decisión de portarme bien; de meterme más en Dios; de procurar no quitar gloria a Dios. Y todo esto, dentro del marco de mis miserias, ¡que son tantas! Estaba decidido a buscar ininterrumpidamente a Dios:

 

-Introduciría aquí otro aspecto, implícito en lo precedente: el problema del cansancio en la lucha. Sólo una vez vi a Mons. Escrivá de Balaguer destrozado, sin apenas fuerzas para articular las palabras. Fue en el Colegio Mayor Montalbán de Madrid, al regreso de su viaje a América en 1975. Esa escena resultaba, por paradoja, muy estimulante. Me ayudó a entrever lo que comentaba más arriba sobre esa sonrisa permanente del Fundador del Opus Dei que ocultaba a los ojos de los demás tantas penas y dificultades.

 

Consideraba muchas veces que una madre, un padre, viven pendientes de sus hijos, también cuando llegan agotados al final del día. Aplicaba ese ejemplo a su vida, para superar la fatiga, sin dejar resquicio a la comodidad. El 5 de marzo de 1972 nos exhortaba: querría que estuvieseis en carne viva, para que aquella expiación de Amor que Cristo asumió por nosotros, la sintieseis en vuestras vidas: asi hemos de buscar la entrega y el afán de almas, sin cansarnos de luchar, aunque tengamos motivos para el cansancio.

Movido por su confianza en el Señor, evocaba en 1968: en estos cuarenta años siempre que me he visto acogotado, cansado, he rezado lleno de confianza: Jesús, Señor, ¡descanso en Ti!, ¡Madre, Santa María, descanso en Ti! Su talante, ante circunstancias muy difíciles, humanamente insuperables, era de paz y sosiego: seguía trabajando como si nada ocurriera, al tiempo que transmitía seguridad a su alrededor.

En ningún momento le he visto desanimado, dubitativo, intranquilo. A su lado, se palpaba lo que tantas veces nos repitió, con palabras de Santa Teresa de jesús: "quien a Dios tiene, nada le falta". Resumía claramente sus disposiciones en 1966: la angustia y la tristeza se oponen completamente a la misma esencia de Dios, que es la felicidad en grado sumo. Si estáis cansados, decídselo al Señor; si encontráis dificultades de categoría, dejadlas en las manos del Señor. Pero, insisto, evitad que alguno pueda concluir, por vuestra actitud personal, que el yugo del Maestro no es suave, no es de amor.

Nos alentaba a pensar en el premio eterno que Dios nos tiene preparado. Y, cuando algo nos resultase difícil, o hubiera excusas para escurrir el hombro, nos animaba a reaccionar con generosidad: Señor, ¡qué me irás a dar, cuando me pides tanto! Con esa misma seguridad, nos prevenía en 1964: ¡cuidado con la tristeza!: es una enfermedad del cuerpo y del alma. No se explica un hombre del Opus Dei triste, ¡no se explica! Querría deciros cuántas veces me he encontrado solo entre el Cielo y la tierra, y me tenía que agarrar a la oración. Vosotros -porque lo ha querido Dios- tenéis eso, la oración y, además, la posibilidad de abrir el corazón en la dirección espiritual. Hijos míos: quitad la tristeza de vuestras vidas!, y si no sale así, tiradla por la ventana.

Con el mismo sentido exteriorizaba un estribillo de su alma: acordaos, hijos míos, de que todos los Salmos acaban en gloria. Y añadía: he pasado muchos años agarrado a Dios, solo, sufriendo, pero lleno de esperanza. He pasado muchos años así: et tuus cdlix uberrimus, quam prueclarus esta No había que rechazar ese cáliz, que me regalaba Nuestro Padre Dios.

 

-El cansancio y el trabajo, el sufrimiento y la alegría, las oscuridades y deslumbramientos se integran, al cabo, en profunda unidad de vida, de la que tendremos ocasión de hablar, pues es un rasgo nuclear del espíritu del Opus Dei.

 

No me cabe la menor duda de que, por su recurso a la oración, Mons. Escrivá de Balaguer reaccionaba con paz y serenidad sobrenaturales y humanas. En 1966, se explayaba: a mí, me entristece mucho el pensamiento de que algunos abandonan el frente con la excusa del cansancio. Comprendo que la fatiga puede llegar -llevo trabajando desde hace muchos años a contrapelo-, pero entonces se habla, sin quitar el hombro anticipadamente. La insistencia en la oración y en el trabajo, aunque cuesten, es un ofrecimiento que Dios espera de nuestra parte. Como también espera que no nos entristezcamos, ni nos retiremos alicaídos, cuando fracasamos -cuando fracasamos humanamente, quiero decir-, porque ante el Señor no fracasamos jamás, si hemos buscado su gloria. Es el momento de pensar que, en ocasiones, los planes divinos no coinciden con los nuestros. Nosotros no podemos entristecernos nunca. Ante el resultado adverso, ha de crecer nuestra generosidad, por la sencilla razón de que nuestra vida es de amor.

Es difícil describir su empeño por convertir en oración cualquier actividad, aun las obligaciones más corrientes: las comidas o dar un paseo. Como fruto de su lucha, corroboraba: rezad, rezad siempre, para tener ese diálogo de almas contemplativas que viven persuadidas de que Dios nos mira, nos escucha, nos quiere. ¡Contemplativos en medio de la calle! A mí, hasta humanamente, me llena de alegría ese conocimiento de que nunca estoy solo; por eso, suelo repetir que no me he aburrido jamás en mi vida. Siempre encontraba motivos abundantes para rezar: la Iglesia, el Papa, la Obra, las almas, los apostolados, las familias. Y acudía a la oración seguro de que Dios Nuestro Señor transformaría la posible aridez en ayuda eficaz para la tarea apostólica de la Iglesia: Él no espera frases bonitas, oraciones rimbombantes; Él quiere que le acompañemos siempre, cuando hace frío y cuando hace calor, cuando estamos sanos y cuando estamos enfermos, cuando tenemos ganas y cuando nos faltan; nunca se cansa de nosotros, ni de escucharnos, ni nunca deja de recibirnos.

Nos dio siempre ejemplo, aun en momentos de mucho trabajo o fuertes padecimientos. Un día de 1969, nos confiaba a Moras. Álvaro del Portillo y a mí: ayer por la tarde, que me encontraba muy cansado, fui a hacer la oración. Me estuve en el oratorio, y le dije al Señor: aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! Otras veces le digo: aquí estoy como el centinela en la garita, vigilante, para darte todo lo que tengo, aunque sea muy poco.

Hacia el año 1954 ó 1955, llegó a sus manos una estatua de mármol, descompuesta en fragmentos. La mandó recomponer, sin disimular las fisuras de la piedra y dejándola también sin cabeza, como había llegado. Se colocó en una terraza de la Sede Central del Opus Dei, para sugerir a quienes la vieran que, aunque sean muy patentes nuestras miserias y debilidades, hemos de recomponernos para servir a Dios. Quería poner debajo de esa estatua una leyenda. En una noche de insomnio, parafraseando unas palabras de San Bernardo, compuso el siguiente texto: Non est vir fortis  pro Deo laboraras cui non crescit animus  in ipsa rerum dificultate etiam si aliquando corpus dilahietur ["No hay varón fuerte que trabaje por Dios, que no se crezca de ánimo ante las dificultades, aunque alguna vez el cuerpo quede destrozado"].

 

-Hoy es universal la fórmula de la comunión espiritual que Josemaría Escrivá dé Balaguer aprendió en Barbastro de un anciano Escolapio. Decía que llenaba el alma de paz y de sosiego, aun en los momentos de sequedad o de escrúpulo. Me gustaría conocer algún detalle de cómo afrontaba el Fundador del Opus Dei esos estados del alma.

 

Animaba a seguir con la oración mental y la oración vocal, también cuando arreciaba la fatiga. El 26 de noviembre de 1970 me decía: ayer no pude rezar con atención dos Avemarías seguidas, ¡si vieras cómo sufrí!; pero, como siempre, aunque me costaba y no sabía hacerlo, seguí rezando: ¡Señor, ayúdame!, le decía, tienes que ser Tú el que saques adelante las cosas grandes que me has confiado, porque ya te das cuenta de que yo no soy capaz de realizar ni siquiera las cosas más pequeñas: me pongo como siempre en tus manos.

Y no se recataba de hacer estas manifestaciones ante sus hijos, sin buscar compadecimientos ni justificaciones, sino para alentarnos a perseverar si atravesábamos esa sequedad. También en noviembre de 1970, se confiaba a los miembros del Consejo General del Opus Dei: ¡seco, hijos míos!: ésta es mi situación actual. A mí, me sostiene el Señor, porque yo soy un saco de inmundicia. Busco continuamente la unión con Dios, y el Señor me da una gran paz y una gran serenidad: pero me siento seco en la oración, también en la vocal. Hay días, en los que no logro ni siquiera meter la cabeza en un Avemaría: me distraigo enseguida. Pero sigo y continúo luchando siempre: nunca dejo de rezar lo que tengo que rezar. Rezo, rezo siempre: procuro cumplir con todo mi amor, aprovechando las circunstancias en que me encuentro. Ahora mismo hago el propósito de rezar bien esta tarde el Rosario. Por qué os cuento esto? Porque tengo necesidad de manifestároslo. Nunca os hablo de nada que pueda haceros daño. Sé que esto que acabo de confesaros de la situación mía, os ayudará; porque también vosotros, o algunos de vosotros, quizá lleguéis a sentir un día esta misma sequedad, que yo paso ahora. Y es el momento de seguir rezando y acudiendo a la oración mental y a la oración vocal, como en los momentos en los que se encuentra más facilidad.

Tenía mucho interés en advertir a todos que, en las circunstancias más normales, pueden surgir dificultades para el amor a Dios, que se nos antojen insuperables por nuestra pobre naturaleza. En agosto de 1972, estando en el norte de Italia, nos abría el corazón a Mons. Álvaro del Portillo y a mí: den la vida trabajaremos siempre con gusto? ¡No! Yo os digo muchas veces que llevo cuarenta y pico años trabajando a contrapelo. Y añadía: No podemos olvidar que, mientras estemos en la tierra, nos acompañará la soberbia, la vanidad, la sensualidad. Por eso, si alguno se extraña y argumenta: yo, me veo con este defecto, o con ese otro..., respondedle: pues, lucha y da gracias a Dios porque estás vivo, y le puedes ofrecer tu alma y tu cuerpo. Es el consuelo del cristiano: Dios no nos abandona, porque nosotros no abandonaríamos a uno que quisiera servirnos generosa y sinceramente.

También por este motivo utilizaba muchas veces como jaculatoria las palabras de la liturgia: lux in Cruce, requies in Cruce, gaudium in Cruce. ["¡claridad en la Cruz, descanso en la Cruz, alegría en la Cruz!"] Y no dejaba de considerar que la Cruz es el testimonio más claro del amor de Dios, que nos trata como trató a su Hijo.

En multitud de ocasiones, nos prevenía: no penséis que llegará un momento en que todo será fácil: pasarán los años -os lo digo por propia experiencia- y necesitaréis continuar luchando, incluso con más fuerza, porque el diablo se presenta de los modos más engañosos.

Le veía acercarse semanalmente al sacramento de la Penitencia, con dolor y piedad. Se arrodillaba ante su confesor, don Álvaro del Portillo, lleno de compunción. A veces, me avisaba: no hace falta que te vayas. Siempre me ausenté, por delicadeza; pero al mismo tiempo entendí su transparente sinceridad, la confirmación de que abría en confidencia su alma a quienes le atendíamos. Su vida era integérrima y, sin embargo, notaba la necesidad de amar más, de pedir perdón al Señor. El 7 de octubre de 1973, nos comentó que había terminado la acción de gracias de la Misa, contrito ante la Bondad divina, con esta persuasión: soy una pobre fuente de miseria y de amor.

 

2. Caricias de Dios

 

Acaba de ser mencionado el cansancio, derivado a veces de la falta de salud. Mons. Escrivá de Balaguer sobrellevaba sus molestias, sin entorpecer el servicio a los demás. Mi impresión es que su respuesta a las enfermedades perfila su lucha hacia la santidad quizá con rasgos más intensos que los descritos en el apartado precedente. No pretendo resumir su historia clínica, pero sí me gustaría repasar algunas de las dolencias que sufrió después de la fundación del Opus Dei. Pienso que no hace falta recordar la gravísima infección que padeció cuando apenas tenía dos años: ha sido descrita con detalle en otros lugares, y es cada día más conocida a través del Santuario de Torreciudad.

 

Sin haberlo presenciado antes de 1950 -después si-, sé que padeció a temporadas fuertes ataques de reúma, que le inmovilizaban. Uno de los más virulentos lo sufrió cuando estaba refugiado en el sanatorio del doctor Suils, en plena guerra civil española: se le paralizó el brazo sobre el pecho, y hubo de estar en la cama durante días.

Comentaba con buen humor -y es ilustrativo de su reacción ante la enfermedad- que se parecía al caballero de la mano en el pecho, aludiendo al famoso cuadro de El Greco; y ofrecía quedarse con esa inmovilidad el resto de su vida o el tiempo que el Señor dispusiera.

También durante la guerra, ya en Burgos, tuvo vómitos de sangre. Aceptó la eventualidad de no poder trabajar con gente joven, pues los síntomas eran de tuberculosis. En ningún momento perdió la alegría ni la serenidad. En la oración, se encaraba con el Señor para protestarle filialmente, pues le había encargado la Obra -necesariamente había de tratar a jóvenes- y le enviaba esa enfermedad, que suponía una barrera insuperable. De todos modos, ofreció a Dios el objeto de su vida: sacar adelante el Opus Dei. Pasó de médico en médico, sin lograr saber de qué se trataba, pero al fin, providencialmente, desaparecieron los vómitos.

 

-Vd. fue, en cambio, testigo de la grave diabetes de Mons. Escrivá de Balaguer.

 

Le fue diagnosticada en 1944. Por las apariencias externas, debía de estar latente desde tiempo atrás: llegaba a casa muy cansado, con fuertes dolores de cabeza y con ataques de fiebre, que achacaba a su trabajo agotador. Pero, una vez descubierta la diabetes, no cambió el ritmo ni la dedicación a la tarea apostólica, salvo cuando debía guardar cama.

Durante años, padeció todas las consecuencias de esa enfermedad, que fue muy seria: he oído al profesor Faelli, en Roma, que había sido el paciente más grave en su larguísima experiencia de diabetólogo. Necesitaba diariamente tres inyecciones de insulina.

 

No toleró que le gestionásemos la dispensa del ayuno eclesiástico, aunque hubiera de celebrar la Misa -por compromisos del ministerio sacerdotal- a última hora de la mañana: por las descargas de insulina, padecía en ocasiones ataques de hambre. En cambio, llevado por una fina caridad con algunos de sus hijos que padecieron enfermedades del estómago o del hígado, se ocupó de que se tramitase esa dispensa, de modo que pudiesen trabajar sin molestias.

Con frecuencia, le subía mucho la fiebre, y quedaba postrado, pero superaba ese cansancio con garbo. Se atenía al horario previsto, sin concederse ninguna excepción. En una temporada larga, estuvo afectado de diplopía -visión doble-; otras veces perdía la visión. Nadie, fuera del médico y de don Álvaro del Portillo, lo advertimos: actuaba con una naturalidad tan sobrenatural, que su mirada nos traía la alegría y la paz que experimentaba en su alma.

Tenía una sed insaciable, que no apreciaban los demás. Controlaba la imperiosa necesidad de beber con verdadero espíritu de mortificación. Entre otros detalles, retrasaba el tomar agua más tiempo del necesario, aunque tuviese la lengua seca como una tabla; muchas veces, se refrescaba la boca, sin llegar a beber.

Acusaba fuertes y continuos dolores de cabeza, que no se le aliviaban sino con analgésicos especiales. No los pedía, pero el médico le obligaba a tomarlos cuando se percataba de la intensidad del dolor.

Ilustra el estado físico de Mons. Escriva de Balaguer lo que sucedió en 1953 ó 1954, con motivo de una pequeña intervención quirúrgica a la que hubo de someterse. En la clínica, tuvieron que ponerle una inyección que favoreciese la coagulación de la sangre. La persona que le asistía, al apreciar la triste situación de su pobre cuerpo, le preguntó: "pero, ¿dónde puedo pinchar, Monseñor?". Y, sin alterarse, contestó: donde le parezca.

A lo largo de estos años de salud tan comprometida, se sucedieron los trabajos necesarios para las distintas aprobaciones de la Obra. Además, se dedicó a diario con todas las fuerzas de su alma a la expansión apostólica del Opus Dei, y a la atención espiritual y doctrinal de los miembros de la Obra que habían venido a formarse en el Centro Interregional de Roma. A pesar de la sequedad de su boca, y de la dificultad que tenía para hablar, no dejó de dar meditaciones, dirigir charlas, o atender las tertulias. Nadie se imaginaba que era un enfermo grave, que se encontraba en peligro inmediato de muerte.

Así estuvo hasta el 27 de abril del año 1954, cuando, a consecuencia de unas inyecciones de un nuevo tipo de insulina, prescrito por el médico, sufrió un "shock" anafiláctico del que, por Voluntad de Dios, se recuperó. Y la diabetes desapareció.

A partir de entonces, dejó de tener las fortísimas cefaleas de años anteriores, pero comenzó a sufrir otro tipo de dolores de cabeza. Los soportaba con naturalidad, y retrasaba los analgésicos que le aconsejábamos para disminuir las molestias. Nadie advertía esas grandes jaquecas, por su comportamiento lleno de actividad, de celo apostólico y de alegría.

 

Antes de continuar el relato, tal vez podría recordar algún otro detalle del buen humor de Mons. Escrivá de Balaguer, en el contexto de la enfermedad.

 

Durante la diabetes, se le infectaban las heridas, con las consiguientes molestias. Comentaba: ¡ya he hecho otra gracia!, ¡si supiera aprovechar todo esto para el Señor!

Hacia los años sesenta le apareció un quiste en un párpado. El especialista aconsejó extirparlo. El día de la operación, aquella persona, que tenía gran experiencia como cirujano, mostró cierta inquietud. Cuando estaba en los preparativos le manifestó: "-Lo siento mucho, Monseñor, pero es posible que, con motivo de esta intervención, pierda usted algunas pestañas". -No se preocupe, doctor -replicó-, porque no tengo que presentarme a ningún concurso de belleza. Aquel hombre musitó nervioso: "-Non si sa mai".

También a partir de lós años 1969-1970, como secuela de la diabetes, se manifestó una gran pérdida de calcio: con frecuencia, se quedaba sin fuerza en las piernas, y se caía al suelo. Cuando le avudábamos -no podía valerse por sí mismo- para trasladarle a otro sitio y ponerle una inyección de calcio, nos repetía: ya veis qué Padre tenéis, que no sabe mantenerse ni siquiera en pie.

En 1974, a las pocas horas de llegar a Quito, se vio afectado por un fuerte ataque de mal de altura. No perdió la paz, aunque estaba sometido a evidentes limitaciones físicas: apenas podía hablar, sufría mareos y una gran fatiga para respirar, no era capaz de dar dos pasos sin la ayuda de alguna persona, ni soportaba ningún alimento. Se dejaba llevar de un sitio a otro como un niño pequeño, pues le faltaban hasta las más indispensables fuerzas físicas. Refiriéndose a esas circunstancias, señalaba que había tenido siempre afán de predicar la vida de infancia. Ahora, añadía, el Señor me ha hecho tocar hasta físicamente la realidad de que soy como un niño pequeño, ya que no puedo andar, apenas puedo hablar, me han de ayudar hasta en las cosas más elementales..., pero bendigo al Señor que así me trata, porque me doy cuenta de que en todo soy un niño que tengo que aprender hasta lo más rudimentario.

 

-Como es sabido, los diabéticos suelen padecer también dolencias en la boca.

 

Efectivamente, perdió toda la dentadura, salvo dos raíces, un colmillo, y una muela en el maxilar inferior derecho. Un día, al levantarse por la mañana, comprobó que no podía masticar, porque no le coincidían las piezas dentarías. El odontólogo advirtió un gran giro de esas piezas, que habían quedado prácticamente sueltas. Después de observarle, expresó así la anómala situación: "Estos dientes los quito yo `alfa cinese'". Sin anestesia ni pinzas, los cogía directamente con los dedos y los iba sacando uno a uno.

No sufrió por esto Mons. Escrivá de Balaguer el menor complejo ni la más mínima aflicción. Lo ofreció al Señor y siguió trabajando y hablando como si nada hubiera ocurrido, esforzándose para que se le entendiera. Desde el primer momento se acomodó a las prótesis que prepararon, aunque le producían llagas muy dolorosas en las encías, que duraban más tiempo del habitual: cualquier herida se transformaba en un foco de pus.

Nunca se quejó mientras el odontólogo hacía sus trabajos, cosa de la que se lamentaba el propio dentista, Dr. Hruska, que insistía: "Monseñor, si le ocurre algo, si siente dolor, dígame, porque me ayuda mucho al trabajo".

El Fundador del Opus Dei, decidido a ofrecer todo a Dios, contestaba en italiano: -Faccia, faccia. Durante las intervenciones, el Dr. Hruska interrumpía el trabajo para comentar: "Así sólo consigo hacerle sufrir más, pues no me doy cuenta del daño que le estoy produciendo; dígame, Monseñor, cuándo le hago daño, porque procuraré parar". Con gesto de buen humor, respondía que podía seguir, que no le molestaba. Pero, por lo que nos explicaba el dentista, tenía que estar sufriendo fuertes dolores. Al regresar a casa, finalizadas esas intervenciones, podía yo comprobar que la camisa había quedado completamente manchada de sangre, por las fuertes hemorragias de las encías.

En esas circunstancias, tampoco ponía dificultad alguna para las comidas, aunque procurábamos que le preparasen alimentos más blandos: no hacía ninguna observación ni mostraba malestar alguno, a pesar de que nosotros insistíamos en que nos dijera si podía tomarlos o no. -

He sido testigo de las reacciones de quienes trabajaban en la clínica: además del hijo del Dr. Hruska -también odontólogo-, las enfermeras, el personal administrativo y otro médico; todos buscaban la conversación y el consejo del Fundador de la Obra. Como me han comentado después de su fallecimiento, su presencia creaba un clima de alegría, de paz y entendimiento. Con una excusa o con otra, hablaban con él y, cuando era posible, le pedían orientación para su vida personal y sus preocupaciones. Conservan un recuerdo cariñosísimo de los muchos servicios que recibieron del Fundador del Opus Dei, que se dejaba atender sólo en lo imprescindible: por ejemplo, jamás toleró que le ayudasen a ponerse la dulleta, o que le cepillaran la ropa.

En ocasiones, había que arreglar la prótesis, que se rompía a causa de un colmillo que presionaba sobre la resina; al tomarle las improntas, padecía náuseas. El médico le decía que no se contuviera, porque estaban acostumbrados a esa reacción de los pacientes y no les producía ningún fastidio. Pero se contuvo siempre: ponía todo su esfuerzo, encomendándose al Señor, a su Custodio y a los Ángeles de los que le atendían. Muchas veces manifestaba: bastante lata les estoy dando, para que añada estos caprichos de mi pobre naturaleza.

Le acompañé también, en 1973, a un dentista de Terrassa, porque se le había roto la prótesis. Al tomarle las huellas para la nueva, había que esperar a que fraguara la masa en los aparatos correspondientes. Al sacarlos de la boca, vieron que la masa se había extendido por la garganta, provocando grandes dificultades para respirar y proclividad a las náuseas. El doctor y la enfermera quedaron muy asombrados de su aguante. Me comentaron que no se lo explicaban más que por una fuerza extraordinaria para soportar las molestias.

Por los regímenes de medicación y de comida señalados por los médicos, perdía peso de manera ostensible. El adelgazamiento se reflejaba también en la conformación de las encías, y las prótesis le ocasionaban unas llagas bastante grandes. Recuerdo que en la mañana del 26 de junio de 1975, el último día que pasó en la tierra, como no podía ver dónde estaban las llagas por la afección de sus ojos, me rogó que le pusiera un poco de pomada en las encías, para poder hablar durante el tiempo que iba a estar en Castelgandolfo. Aprecié que la úlcera en la encía inferior era muy grande. No dio más categoría a ese achaque, que, según los médicos estomatólogos, suele ser muy doloroso. Ninguna persona lo advirtió.

 

-La diabetes suele estar asociada también a enfermedades de la vista. Poco antes aludió ya a la diplopía.

 

En los años 1970 y 1971 comenzaron a formarse unas fuertes cataratas. Perdió la visión casi de un día para otro, y le costaba gran trabajo la lectura. No se desanimó ni se preocupó por esa nueva flaqueza que el Señor permitía. Aceptó la Providencia divina, y se sujetó a lo que dispusieron los médicos. Como le aconsejaron que leyera menos, nos pedía que le ayudáramos para la lectura espiritual y del Santo Evangelio. No se dispensó, sin embargo, del rezo del Breviario, y, como es lógico, continuó celebrando la Santa Misa. Más adelante, las cataratas fueron acentuándose, y había momentos, que se prolongaban durante la jornada, en los que un punto negro se ponía delante de la pupila y le impedía completamente la visión; por eso, hubo de disminuir todavía más el tiempo dedicado a leer. Pero arrostró con tal garbo esas limitaciones que -fuera de Mons. Álvaro del Portillo y de mí, que conocíamos el mal que le aquejaba- nadie se dio cuenta, ni siquiera los que participaban en el gobierno central del Opus Dei.

Para el Sacrificio Eucarístico, buscamos un misal con letras grandes; además, siempre que era posible, celebraba Misa votiva de Santa María, de los Ángeles Custodios o de difuntos, que se sabía de memoria. Llegamos por entonces al día del Corpus, y le sugerí que leyera los textos del común de la Virgen; me interrumpió con su cariñosa energía: pon la Misa del Corpus Christi, ¡y ayúdame a ser más piadoso!

Continuaba con esta molestia cuando se organizaron sus catequesis por tierras americanas, y no le impidió atender las reuniones apostólicas previstas en cada lugar. Ninguno, de aquellos miles de personas, descubrió el más mínimo síntoma de su deficiencia en la vista. Su temple sobrenatural le hacía superar las dificultades. Y por la fortaleza que le concedía el Espíritu Santo, seguía los diálogos con el interés de quien vive en su carne los problemas de los interlocutores. Todos quedaron muy agradecidos de su cariño y de su entrega.

Naturalmente, se sometió en todo momento a las pruebas clínicas que le fueron prescritas, sin plantear la menor dificultad. Si le mencionábamos -mientras recibía la debida atención médica- que nos apenaban sus males, puntualizaba que era poco para lo mucho que se merecía por su falta de correspondencia con el Señor.

 

-También por esos años, comenzó a advertirse que la diabetes había causado una insuficiencia renal, con los consiguientes riesgos cardíacos y respiratorios.

 

Cuando se le presentó esa insuficiencia renal, los médicos le prescribieron que bebiese mucha agua, al menos dos litros diarios. Recordaba entonces divertido que, cuando estaba diabético, y tenía la boca reseca, le suponía una gran mortificación dejar un vaso de agua o retrasarlo; ahora, en cambio, el sacrificio no era tomar un vaso menos, sino ingerir la cantidad indicada por los médicos. Lo hacía con espíritu de penitencia, viendo ahí la Voluntad de Dios, aunque le costase esfuerzo; y nos decía a Mons. Álvaro del Portillo y a mí que lo ofrecía por las necesidades de la Iglesia, de las almas y del Opus Dei.

En esa época le prescribieron también unos paseos durante el día, para favorecer el funcionamiento de su organismo. Aunque notaba la fatiga por la dificultad respiratoria y el cansancio muscular, vivía aquellos momentos como otra caricia del Señor, entregándole -bromeaba- los cuatro huesos que quedan de mi pobre cuerpo. A la enfermedad se unía un régimen muy estricto de alimentación, con supresión absoluta de la sal, y reducción de grasas, azúcar y harinas, farináceas y legumbres.

Según me enteré después, porque los médicos no nos lo habían comunicado, corría un riesgo enorme si se veía afectado por una bronquitis, ya que podía complicarse con la insuficiencia cardíaca y renal. Así ocurrió concretamente en el viaje a América de 1)74, con un fuerte ataque que padeció en Chile: el especialista, al ver el resultado de los análisis y sin haber reconocido directamente al paciente, concluyó que requería estar con diálisis continua.

Los médicos aseguraban que solamente una fuerza interior muy grande podía permitirle la naturalidad y la normalidad con que se comportaba en aquel estado de salud, que le aquejó durante los últimos años. Sirve de índice la conclusión del prestigioso facultativo que le atendió en Lima. Le trató una afección bronquial, y se quedó asombrado de cómo, en cuanto la superó, se entregó de nuevo a la predicación, sin escatimar ninguno de los compromisos previstos. Tan impresionado quedó que, al despedirnos, dijo a don Álvaro del Portillo: "damos las gracias a Dios por esta bendición que hemos recibido del Cielo, con la presencia y la dedicación del Padre, pero les pido que por favor no vuelva al Perú en estas circunstancias, porque su situación física actual es muy grave".

 

A causa de la insuficiencia renal y cardíaca, durante largas temporadas a partir de 1969, padecía asimismo unos derrames sinoviales en los codos y en las rodillas.

 

El simple roce de la ropa le producía fortísimos dolores, que le impedían o le hacían difícil caminar o mover los brazos. En estas temporadas, de fuerte agotamiento, siguió cumpliendo su horario y su régimen normal de trabajo. Nos llamaba la atención la violencia de los derrames sinoviales, que incluso le impedían dormir y le deformaban extraordinariamente los miembros. Sin embargo, a la hora del Sacrificio del Altar, cuando estaba con el Señor, me impresionaba muchísimo ver que hacía todos los esfuerzos para vivir delicadamente las rúbricas, con el amor que puso siempre en la celebración de la Santa Misa.

Recuerdo que el 14 de diciembre de 1970 se encontraba aquejado por esa dolencia física, y me confió: estoy muy cansado, y me tengo en pie a fuerza de jaculatorias. Mi presencia de Dios me lleva a repetir continuamente: Señor, me abandono en Ti como un hijo, confío en Ti, espero en Ti. Y estoy seguro de que todo pasará, porque Él no puede pasar, y es lo único que me importa. Hijo mío, cuántas veces en mi vida me he encontrado, no como ahora, rodeado de tantas almas en todo el mundo que, por la Misericordia de Dios, no ven mis defectos y me dan su cariño, como me da su cariño la Obra; me he encontrado tantas veces, te decía, solo, sin un poco de tierra donde apoyar el pie; ni siquiera con un clavo ardiendo, como dice el refrán español; pero todo pasa, porque trabajamos para Dios, y Dios no pierde batallas, y es muy Padre con los que quieren vivir como hijos suyos.

Durante aquella época, nadie notó ni la cojera ni la dificultad que tenía en mover los brazos. En una conversación con Mons. Alvaro del Portillo y conmigo, nos corroboró sus sentimientos: poquico es esto que tengo y que quiero ofrecer continuamente al Señor; y también lo otro -mi sufrimiento por la Iglesia-, que eso sí es muy importante, ¡y resulta una buena mezcla! El dolor físico cuesta, pero cuesta más, si se une a un dolor moral que se viene arrastrando desde hace tiempo, pero hay que decir fíat. aceptando con buen humor la Voluntad de Dios. Hemos de abandonarnos siempre en las manos del Señor, que en ningún otro sitio encontraremos más paz y seguridad.

Con motivo de uno de estos derrames, le atendió un médico y, por una decisión precipitada, le puso un tratamiento que alivió el dolor, pero perjudicó todavía más su quebrantada salud. Cuando Mons. Escrivá de Balaguer lo supo, no salió de sus labios la más mínima palabra de queja.

En una ocasión, el derrame sinovial le dejó completamente, inmovilizado un brazo, y tuvo que llevarlo en cabestrillo. En esas circunstancias recibió a un miembro del Opus Dei que estaba de paso por Roma. Con solicitud filial, le preguntó: "Padre, apero no es nada grave, verdad?". Y le respondió inmediatamente: en la Obra nunca hay nada grave: todo es normal, si hay visión sobrenatural, amor de Dios.

 

Aunque está implícito en lo anterior, parece necesario incidir en la aceptación y el ofrecimiento sobrenatural de las enfermedades, tan característicos en las almas santas.

 

En momentos en que se le veía humanamente agotado, por el trabajo y por la enfermedad, nos comentaba que no se cambiaría por ninguna otra persona, ni añoraba un mejor estado de salud. Estaba persuadido de que el Señor le daba lo que más convenía a su santificación; tenía plena ésperanza de que Dios se servía de aquello para unirle más íntimamente a

Aunque podría aducir muchas otras anécdotas, pienso que es una buena síntesis lo* que presencié el 18 de octubre de 1973. Había recibido la visita de una familia: la hija mayor era deficiente mental. Aquel matrimonio, que llevaba esa pesadumbre con gran sentido sobrenatural, se reforzó en su actitud, después de escuchar a Mons. Escrivá de Balaguer y ver el cariño con que trataba a su hija enferma. Al terminar, mientras volvíamos a la habitación de trabajo, me comentó: hemos de dar gracias a Dios, porque nos ha hecho normales: normales para amar el sufrimiento con alegría. Sufrir, en el Opus Dei, si vivimos el espíritu que el Señor ha querido para nosotros, se convierte en amor, y en amor con alegría. Después, pausadamente pero con mucha fuerza, añadió: no lo olvides, pasará el tiempo, yo me habré ido a rendir cuentas a Dios, y podrás repetir a tus hermanos que me oíste decir que el sufrimiento, cuando viene, nosotros lo amamos, lo bendecimos y lo convertimos en un medio para dar gloria a Dios, siempre con alegría, que no quiere decir que no cueste.

Desde los comienzos del Opus Dei, consideró los padecimientos caricias de Dios. Por eso, valoró siempre a los enfermos como auténticos tesoros, porque pueden aportar una ayuda inmensa, ofreciendo sus dolores, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Nos mostraba también que la enfermedad, cuando viene, hay que amarla; y nosotros hemos de saber santificarla porque es "el trabajo profesional" que el Señor pone en esos momentos en nuestras manos.

A partir del año 1970, a temporadas, tenía ataques de hipo que le duraban varias horas. No perdía la paciencia ni el buen humor, y seguía trabajando y atendiendo a quienes estábamos a su alrededor. Procuraba quitar importancia a esos enojosos ataques, aunque muchas veces le producían insomnio. Y no dejaba de pedir perdón por la molestia que ocasionaba al hablar. Confieso que yo estaba interiormente tenso, y me edificaba el sentido sobrenatural, la alegría y la naturalidad con que se conducía: continuaba su actividad como si no le ocurriera nada.

En 1970 reafirmaba: sólo si nos unimos continuamente a la Pasión de Jesucristo, sabremos ser instrumentos útiles en la tierra, aunque estemos llenos de miserias. Pienso que estas palabras sintetizan su modo de enfocar cuanto suponía dolor en su vida.

 

-No estará de más, sin embargo, aclarar que ese abandono en manos de Dios se armonizaba con la necesaria prudencia..., también por parte de los Custodes: me consta que no dejaron deponer los medios para cuidar la salud de Mons. Escrivá de Balaguer.

 

En primer término, cuando notaba molestias de categoría, no las disimulaba a quienes debíamos ocuparnos de su persona. Además, se atenía rigurosamente a las prescripciones de los médicos. Y, en fin, no se exponía a quebrantos por propio capricho ni por hacer su voluntad.

Vivió la prudencia en las enfermedades sin apegarse a su salud ni centrarse en su bienestar o malestar físico. Comunicaba a los médicos, sin pedirles nada extraordinario, que considerasen que debía atender su trabajo, y les rogaba que no le tratasen con indulgencia, ni pensaran que podía dedicar más tiempo al reposo o desentenderse de unas tareas que eran importantísimas para el servicio de Dios. Luego, se sujetaba a la medicación y a los regímenes dietéticos que le imponían. Asimismo, se esforzaba por cumplir las prescripciones sobre una mayor movilidad tísica o sobre la conveniencia de seguir unas indicaciones clínicas determinadas, especialmente en los últimos tiempos.

Por supuesto, aguantaba los tratamientos -por muy duros que fueran- sin la menor queja, ofreciéndolos al Señor: curas verdaderamente dolorosas, como cuando tenía los derrames sinoviales; inyecciones que poníamos inexpertos y que ya eran molestas por sí mismas; tratamientos de la boca, etc. Lo soportaba todo con hondo sentido sobrenatural, y agradecía sinceramente los servicios o atencionés que se le prestaban.

Desde el primer día, me sorprendió que tomase las medicinas que se le daban, sin preguntar para qué servían: esa aceptación era otra manera de acomodarse a la Voluntad de Dios: ni una rebeldía, ni siquiera la curiosidad de saber por qué debía tomar esto o aquello.

Nunca pedía su curación. Agradecía al Señor los padecimientos y los transformaba en oración del cuerpo: procuraba intensificar su vida de piedad, cuando no podía hacer otra cosa. Puedo, pues, afirmar rotundamente que aceptó y amó las enfermedades, y las empapó de alegría, convirtiéndolas en trabajo profesional con el que se santificaba y ayudaba a santificarse a los demás.

Cuando se reflejaban exteriormente el cansancio o la debilidad, procuraba seguir aprovechando el tiempo, y nos informaba, sin sentimentalismos o exageraciones: no os preocupéis, nos tranquilizaba, no me pasa nada; a veces, añadía: no he descansado esta noche, o me ha sentado mal un alimento que he tomado, pero no tiene importancia. Para que no nos buscásemos excusas de ningún género y nos preocupásemos constantemente de las almas, nos aseguraba en 1973: no tolero que en el Opus Dei haya viejos, comodones, con psicosis de enfermedad, porque nos molestan, ya que se quedan encerrados en el círculo de su egoísmo, de su propio yo, en lugar de ocuparse constantemente de las almas. Todos vivimos siempre con las mismas obligaciones, y todos -especialmente en el apostolado- tenemos la juventud y la fuerza de Dios.

 

-Y todo hace suponer que, en esas ocasiones, no dejaba de refugiarse en sus hijos.

 

Estaba siempre pendiente de ellos. Una tarde de 1953, le vi completamente agotado por la fatiga y las graves molestias de la diabetes. Al día siguiente, me comentó: ayer, deshecho, no podía con mi cuerpo y fui a refugiarme en tus hermanos del Colegio Romano de la Santa Cruz. Los vi con tantos ánimos en su lucha para acercarse a Dios, que volví al trabajo inmediatamente, sintiendo la responsabilidad de ayudarles con la entrega de mi cansancio. Debo precisar que, cuando "se refugiaba en sus hijos", se dedicaba a formarles con sus conversaciones y con sus respuestas, ocultando el cansancio que le agotaba.

En la noche del 1 al 2 de enero de 1975, tuvo un encharcamiento de los pulmones, pues la enfermedad renal le produjo una insuficiencia cardiaca. Llamó, para que se le atendiera espiritualmente; además, se le pudo ayudar médicamente a superar aquel gran bache. Nos quedamos velando dos personas, por si volvía a ocurrirle algo durante aquella noche. Estaba en duermevela, y más de una vez -además de repetir continuamente jaculatorias- sugirió que nos fuésemos a descansar, porque ya no le ocurría nada. Fue un ataque serio. De todas maneras, era tal su vigor espiritual que, a la mañana, se levantó y dio gracias a la Virgen de la Merced por haberle mantenido todavía en vida, aceptando lo que el Señor dispusiese. Al día siguiente iniciamos un viaje hacia España, para que le explorasen a fondo los médicos que conocían con más detalle su historia clínica. Nos confirmaron que la situación era verdaderamente grave, pero, al verle, no lo habían imaginado, porque su comportamiento era el de una persona con una vitalidad extraordinaria.

Con la autorización de los médicos, realizó después un tercer viaje a América. No le hacía ninguna ilusión humana, y pensaba que esa falta de estímulo era una señal clara de que debía emprenderlo, y de que daría más frutos espirituales. A los pocos días de comenzar esa nueva catequesis, se advirtieron síntomas de agotamiento. No se alteró para nada el plan apostólico, aunque hubo de guardar cama, entre una y otra reunión, aquejado por la fiebre, el cansancio, y cierta dificultad respiratoria y circulatoria. No obstante, lo soportó con alegría y ejemplaridad. En los tiempos en que debía estar acostado, iba recibiendo en su habitación a los más antiguos de la Obra en esas tierras, con el fin de transmitirles criterios para su vida interior, para su trabajo apostólico, para su entrega. Con sentido sobrenatural y naturalidad, nos comentaba: ¡Dios sabe si volveré a ver a estos hijos aquí en la tierra! Volvió a Europa con la salud más quebrantada.

Tan desprendido vivió de su yo que, en la mañana del 26 de junio de 1975, no dio ninguna importancia a los síntomas graves que presentaba, y emprendió el regreso desde Castelgandolfo sin admitir el más mínimo tiempo de reposo.

Igualmente, en aquellas horas, desde que se sintió mal hasta que expiró, difundió paz, alegría y tranquilidad a todos, sin preocuparse de su estado de salud, despidiéndose de las personas con la naturalidad de quien se encuentra perfectamente. Sólo cuando el Señor le llamó a su presencia, recapacité en lo mucho que debió padecer físicamente aquella mañana.

 

3. El que ama la Voluntad de Dios

 

-Vamos entreviendo cómo luchaba Mons. Escrivá de Balaguer. Nos aproximamos así hacia el núcleo de una personalidad que llegó a ser santa, sin eufemismos ni paliativos: el ejercicio armónico de las virtudes no resulta algo excepcional, propio de superhombres, porque consiste en conocer y amar la Voluntad de Dios, hasta identificarse con Cristo; basta la correspondencia generosa, con el vigor de la gracia divina, que a nadie se niega.

Cuando leí Camino en 1956, me sorprendió profundamente descubrir un nuevo estilo de hablar de Dios. A la vuelta de los años, pienso que buena parte de su originalidad radica en ese telón de fondo que se advierte en los escritos del Fundador del Opus Dei: el sentido vocacional de la existencia cristiana, vivida -más que concebida- como un diálogo permanente de la criatura con su Padre Dios. Lo expresaba en Forja, 422, a propósito de Juan, el Apóstol adolescente: -¿No te gustaría merecer que te llamaran "el que ama la Voluntad de Dios"?

 

Mons. Escrivá de Balaguer nos refería que una de sus abuelas le había enseñado unos versos, que se le habían quedado muy grabados: "tuyo soy, para Ti nací, qué quieres, Señor, de mí?" Estaba persuadido de que Dios nos habla en todas las circunstancias y, por eso, insistía en la necesidad de descubrir el quid divinum de cada instante.

Nos hacía ponderar que Dios nos ama a cada uno, nos busca y nos espera; y lo sintetizaba así en 1968: el Señor nos ha dicho con predilección de padre: Ego redemi te et vocavi te nomine tuo: meus es tu! ["Yo te redimí y te llamé por tu nombre: tú eres mío": Isaías 43,1] Nos ha llamado por el nombre, por el "nomignolo", el apodo familiar, y añade continuamente: meus es tu! ¡Qué estupendo!, es un fundirse del Señor con nosotros. Mirad que todas estas consideraciones son verdades que nos repite la Escritura Santa, ¡no son sólo palabras!: nos recuerdan que Dios nos quiere, que Dios nos perdona, que Dios cuenta con nosotros.

-De algún modo, esa actitud aparece muy pronto en el Fundador del Opus Dei y le lleva, en Logroño, a su decisión de ser sacerdote. '

 

Le escuché muchas veces cómo nacieron los barruntos de su llamada al servicio del Señor en el sacerdocio, cuando tenía quince o dieciséis años. Desde entonces comprendió con fuerza que Dios estaba pendiente de su vida, y se apoderó de su alma la intranquilidad sobrenatural de buscarle, de mirarle, de tratarle, de quererle siempre más. Al referirse a este enamoramiento que inundó todo su ser, reconocía con naturalidad que era el primer y único amor, que había ido creciendo sin acostumbrarse y sin cansarse. Su decisión de ser sacerdote se fundó única y exclusivamente en el deseo de cumplir la Voluntad del Señor en aquello que le pedía y que no le concretó en los primeros momentos. Pensó, con un convencimiento fuerte v profundo, que si se hacía sacerdote estaría mejor dispuesto para escuchar la voz de Dios.

Recibió la llamada con verdadero optimismo. No fue al Seminario con mentalidad de víctima, pensando que hacía una renuncia heroica. No ignoraba los sacrificios que llevaba consigo, ni lo que suponía para su familia el abandono de las ilusiones que se 'habían forjado sobre su futuro. Pero ninguna de estas consideraciones fue obstáculo para su disponibilidad ante la Voluntad de Dios.

Habló con sus padres de esa decisión, que exigía abandonar planes humanos bien conocidos por todos. Renovó su abandono confiado en el Señor y, pensando en el futuro de la familia, le dirigió una petición llena de confianza: un nuevo hijo varón para sus padres. Al cabo de los meses, vio cumplido su deseo, cuando doña María Dolores comunicó a sus hijos que iban a tener un hermano. Nos refería Mons. Escrivá de Balaguer que se llenó de gozo, y tuvo la certeza de que el Señor había escuchado su oración, y aquel nuevo vástago seria también un varón, como así sucedió.

Antes de ser alumno del Seminario de Logroño, consideraba el sacerdocio algo muy excelso, propio de personas especialmente escogidas por el Señor. Sus padres le habían educado en el respeto y la veneración hacia los sacerdotes, porque eran los representantes de Cristo en la tierra. Esa autoridad iba unida al recuerdo cariñoso que conservaban de los parientes que habían abrazado el estado sacerdotal, algunos de los cuales fueron Obispos o Vicarios de diócesis. Pero, ante todo, tuvo el convencimiento de que ese camino requería la llamada expresa de Dios y reclamaba una correspondencia plena v un total olvido de sí, para dedicarse por entero al ejercicio del ministerio.

 

-Un momento crucial en la vida de Mons. Escrivá de Balaguer fue la muerte de su padre en Logroño (1924). Acudió desde Zaragoza, donde ultimaba los estudios eclesiásticos.

 

Estuvo el tiempo necesario para ocuparse del entierro de su padre y de los funerales. Ningún otro miembro de la familia, de, Zaragoza ni de Barbastro, se trasladó a Logroño. Sin embargo, no sintió el menor recelo: se hizo la composición de lugar de que quizá cada uno tenía sus compromisos, y no consideraban imprescindible ni obligada su presencia. Como es lógico, sufrió el aguijón de la soledad, en los duros momentos de la sepultura de su padre,'pues su madre y hermana se quedaron en casa, de acuerdo con los usos sociales de la época.

De regreso hacia el domicilio familiar, iba meditando lo que había sucedido, y la situación en la que se quedarían su madre y sus hermanos. Se dio cuenta de que llevaba en el bolsillo la llave de la caja del ataúd, que le habían entregado. Al cruzar el puente sobre el Ebro, pensó que el Señor le iba quitando todo lo que podía significar atadura, consuelo o seguridad en la tierra; y, completando ese sacrificio, tiró la llave al río como manifestación de su entrega a la Voluntad del Cielo: ¿para qué quiero conservar esta llave, que puede ser para mí como una ligadura? .

Después del entierro, se reincorporó a sus estudios en Zaragoza, con el fin de prepararse para el diaconado, que estaba muy próximo; recibió esa orden el 20 de diciembre, apenas cuatro semanas después del fallecimiento de su padre. Cuando hacía alusión a esos sucesos, para que comprendiéramos que la fortaleza viene de Dios, solía comentar: era el Señor, nunca lo he dudado, el que me ponía en aquellas situaciones; por eso, con naturalidad y con sentido sobrenatural, yo no podía hacer más que aceptar gustosamente su Santísima y Justísima Voluntad.

 

-Se ha escrito mucho sobre su período deformación sacerdotal, en Zaragoza. Bastaría resumir algún recuerdo de esa etapa. Por ejemplo, Ud. ha acompañado al Fundador del Opus Dei, siendo Arzobispo Mons. Casimiro Morcillo y luego Mons. Pedro Cantero. Sé que les pedía el favor de ir a rezar en una de las capillas del palacio arzobispal de Zaragoza, donde el Cardenal Soldevila le confirió la tonsura el 28 de septiembre de 1922.

 

La primera vez que, después de sus años de seminarista, visitó la capilla, recordaba perfectamente cómo era, pero no sabía precisar en qué lugar del palacio arzobispal se encontraba. Fue buscándolo con ilusión, acompañado por don Casimiro Morcillo, pasando por las distintas capillas. Sin ninguna vacilación, comentaba: aquí no, aquí no..., hasta que encontró el sitio en que había sido tonsurado. Cayó entonces de rodillas, recogido en oración. Al igual que en muchas otras ocasiones, repetía la fórmula que pronunciaba el Obispo dentro de la ceremonia: Dominus pars hereditatis mece et calicis mei, Tu es qui restitues heredítatem meam mihi ["el Señor es la parte de mi herencia y de mi cáliz. Tú eres el que me mantienes en mi suerte": Salmo 15,5]. Salió de allí emocionado, después de dar gracias a la Trinidad -así nos lo dijo-, por todas las etapas de su vida, que habían quedado marcadas con el sello divino en aquel rito de la tonsura.

 

-Cuando Mons. Escrivá de Balaguer se refería a las contradicciones que sufrió a lo largo de su existencia, insinuaba que los años de Zaragoza fueron duros. Constan sus dificultades en el Seminario. Me gustaría saber cómo reaccionó cuando, el 30 de marzo de 1925, le encargaron que se trasladase cuanto antes a la parroquia de Perdiguera.

 

Sucedió a los dos días de haber recibido el Sacramento del Orden, cosa inusual en casi todas las diócesis de España, y más particularmente en las grandes, donde había abundancia de clero: se tendía a que los nuevos sacerdotes desempeñaran su labor pastoral junto a otros mayores que pudieran atenderles en sus dudas, y que se encargaran de orientar fraternalmente a sus hermanos más jóvenes.

Por estas razones, causó cierto estupor la decisión de mandarle fuera de la ciudad, solo, lejos de la familia, con una tarea completamente nueva para el joven sacerdote. Pero no puso la menor dificultad, y se trasladó al pueblo de Perdiguera el mismo día 31, dejando a su madre y a sus hermanos en la ciudad de Zaragoza. Esta separación no turbó ni disminuyó su dedicación gozosa a las almas. Nunca salió de sus labios una palabra de incomprensión, de rebeldía o de juicio crítico. Al contrario, acudió a Perdiguera con la persuasión de que, al cumplir su deber y obedecer a la autoridad competente, encontraría el mejor modo de agradar a Dios y de descubrir la Voluntad divina en aquello que seguía oyendo dentro de su alma con santa inquietud, pero que todavía no se había concretado en una tarea determinada.

 

-Cuando regresó a Zaragoza, fue Capellán en la iglesia de San Pedro Nolasco. Y solicitó a la archidiócesis que le fueran concedidas otras Capellanias, en las que pudiera desarrollar un trabajo sacerdotal más amplio y con más dedicación. Pero no consiguió nada.

 

No sé los motivos por los que le denegaron sus solicitudes. Posiblemente se debió al número excesivo de clero en la diócesis, ya que sobraban candidatos para los puestos pastorales diocesanos.

Siempre manifestó en las oficinas de la diócesis, en la cancillería, que estaba dispuesto a trabajar en las tareas que se le encomendaran, y -repito- nunca rechazó ninguno de los encargos que le confiaban. Nos lo ha referido muchas veces, y nos hacía notar la necesidad de no poner condiciones, pues los caminos de Dios discurren muchas veces por donde menos esperamos; y van ciertamente por donde indican los Superiores -la autoridad legítima-, pues transmiten de ordinario la Voluntad de Dios.

 

-Sin embargo, alguien ha presentado esas dificultades de modo negativo, como si el Fundador del Opus Dei estuviera en conflicto con la autoridad eclesiástica de Zaragoza, y no fuesen claros los motivos de su marcha a Madrid.

 

Según documentos fehacientes, se trasladó a Madrid en la semana de Pascua de 1927, con la autorización expresa del Arzobispo de Zaragoza, Mons. Rigoberto Doménech, a quien sometió su proyecto de hacer el doctorado en Derecho, Civil y Presentó personalmente la solicitud correspondiente. Si se aprobaba esa petición, era necesario el traslado, porque sólo en la Universidad de Madrid se podía obtener el título de doctor.

No excluía entonces la posibilidad de abrirse camino en la enseñanza o en otras orientaciones semejantes, para las que en España se exigía ese grado académico. Tampoco podía prescindir de que sobre sus espaldas gravaba el sostenimiento de su familia.

En su exposición al Arzobispo de Zaragoza, subrayó -porque así lo planeaba- que, mientras cursase esos estudios, seguiría dedicando la parte más importante de su día a la actividad pastoral. Supeditaba a esta labor sus investigaciones y la redacción de la tesis.

Concretamente, fue primero Capellán del Patronato de Enfermos, nombramiento que obtuvo con el beneplácito de la autoridad diocesana. Más adelante, pasó a ser Rector del Real Patronato de Santa Isabel. Cuando consiguió este nombramiento por decreto del Presidente de la República, no se hizo la colación canónica. No se debía a que el Obispo se opusiera, sino a que la jerarquía eclesiástica no deseaba respaldar decisiones de un Régimen que se demostraba antirreligioso y anticlerical, con medidas tristemente discriminatorias para los católicos: quería evitar incluso la apariencia de colaboración formal y externa con la autoridad civil. De todos modos, el Obispo de Madrid, don Leopoldo Eijo, le comunicó que actuara como Rector de ese Patronato, con todas las funciones eclesiásticas propias, aunque no tuviera por escrito la colación canónica.

Este encargo tenía una sola ventaja: conseguir su incardinación en la diócesis de Madrid, donde ya había comenzado la labor apostólica del Opus Dei con la aprobación del Obispo. Iba aumentando el número de personas que se acercaban a la Obra y también la intensidad de las tareas apostólicas que iba desarrollando. No había ninguna ambición de mejorar un curriculum, como quedaría bien patente con el posterior rechazo de muchas posibilidades de hacer carrera eclesiástica, por la exclusiva razón de que no quería poner ninguna condición a la providencia divina.

 

-En la vida de Mons. Escrivá de Balaguer aparece continuamente esa actitud abierta ante el querer de Dios, que se expresa día a día, hasta llegar a la identificación con Cristo.


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