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MILAGROS DE NUESTRO TIEMPO

FLAVIO CAPUCCI

 

PRESENTACIÓN

Un libro de curaciones extraordinarias atribuidas al Beato Josemaría. A quienes le conocieron personalmente en vida y a quienes le han conocido después de su muerte a través de sus escritos, quizá puede parecerles paradójico. El fundador del Opus Dei es apóstol de la vida ordinaria, del trabajo de cada día, del hombre de la calle: de lo normal y corriente, en definitiva. Ante lo extraordinario, el Beato Josemaría señalaba con frecuencia: "No necesito milagros: me sobra con los que hay en la Escritura. —En cambio me hace falta tu cumplimiento del deber, tu correspondencia a la gracia"[1].

 

No le gustaba lo espectacular, lo aparatoso. Prefería la heroicidad en lo común, en lo normal: en las pequeñas cosas de la vida ordinaria. "No lo dudéis, hijos míos: cualquier modo de evasión de las honestas realidades diarias es para vosotros, hombres y mujeres del mundo, cosa opuesta a la voluntad de Dios"[2]. Es significativo que en Camino, su libro más conocido, junto a capítulos dedicados a temas clásicos de la espiritualidad como "Oración", "Penitencia" o "Fe", haya también uno con el título de "Cosas pequeñas".

 

Pero el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, desde el Cielo, también ha alcanzado favores que se salen de lo ordinario, y estas páginas dan cuenta de algunos. Se recogen en este libro diecinueve curaciones atribuidas al Beato Josemaría, declaradas científicamente inexplicables por los médicos. De la primera, undécima y última se ha realizado el correspondiente proceso canónico ante la autoridad eclesiástica; la primera y la última han sido aprobadas oficialmente como milagrosas.

 

Se trata —no es ocioso repetirlo— de casos médicos. Muchas personas acuden a la intercesión del Beato Josemaría para pedirle otra ayuda, particularmente ante necesidades espirituales. Hay que señalar que, entre los favores alcanzados por el Beato Josemaría, son muchos más los de naturaleza espiritual que las curaciones médicas. Sin embargo, esas otras gracias son difícilmente objetivables. Sólo las técnicas y los instrumentos médicos (análisis, radiografías, informes clínicos-médicos o quirúrgicos, etc.) permiten obtener datos tangibles indiscutibles para verificar experimentalmente hechos sin explicación natural. Por eso, en las causas de canonización, los milagros tienen que ver casi siempre con la medicina. En este volumen se han recopilado sólo curaciones extraordinarias y no favores de otro tipo.

 

Se ofrece una breve síntesis de cada una de las curaciones, un resumen exacto pero —deliberadamente— no de carácter técnico, para que resulte comprensible por cualquier lector. Por evidentes razones de respeto a la intimidad de las personas, los nombres de los protagonistas han sido alterados, de acuerdo con la práctica habitual en las informaciones sobre casos clínicos publicadas en las revistas especializadas. Se ha hecho una excepción con los relatos sobre curaciones que ya son de dominio público.

 

Los relatos que componen estas páginas son intervenciones de Dios que han cambiado las vidas de quienes las han experimentado. El milagro es un fenómeno que trasciende objetivamente las leyes de la naturaleza y que, por tanto, sólo puede ser obra de Dios: la excepcionalidad del hecho manifiesta su causalidad divina. Por tanto, el milagro posee siempre un significado fundamental como revelación de la presencia y acción de Dios. Además, teológicamente, tiene también un alcance salvador: en Cristo, con quien la manifestación de Dios llega a su culmen, el milagro no sólo muestra la divinidad del Mesías, sino que significa e incoa la salvación. Es prueba tangible de un Dios que es amor y, a la vez, apoyo para la adhesión a una palabra que no es simple anuncio de la verdad, sino también don de la vida.

 

Los Evangelios relatan abundantes milagros de Jesús en beneficio de todo tipo de personas, desde mendigos y leprosos hasta centuriones y jefes de sinagoga, que tienen la osadía de hacerse pequeños, de dejarse transformar por la fe. Otros personajes, que no se abren a la gracia divina, ni creen ni piden: sólo discuten con Jesús.

 

Las historias que presentamos en estas páginas pueden ayudar al lector a revitalizar su empeño de coherencia cristiana, con un optimismo que no nace de la autosugestión, sino de la evidencia. Algunos nostálgicos lamentan el —para ellos— imparable proceso de degeneración moral de la sociedad, y niegan obstinadamente que existan motivos de esperanza. Sin embargo, en este mundo hay mucha gente buena, mucha gente que reza, y Dios les escucha: el nuestro sigue siendo un mundo de milagros. Es más fácil luchar cuando se tiene certeza en la victoria.

 

En la fe, lo extraordinario y lo natural se dan la mano. Esto puede explicar la paradoja de estas curaciones extraordinarias del Beato Josemaría, un santo muy humano y muy sobrenatural que, a la vez que aclaraba que no era "milagrero"[3], animaba a todos a creer profundamente en Dios, a tener "esa familiaridad y confianza con Él que nos hace pedir, como el niño pequeño, ¡la luna!"[4].


 

 

Un tumor del tamaño de una naranja

 

            Curación instantánea, completa y permanente de una lipocalcinogranulomatosis tumoral de localización múltiple (junio de 1976).

 

Se abre este volumen con el relato de la curación de la Hermana Concepción Boullón Rubio, Carmelita de la Caridad, sucedida en junio de 1976. Esta curación goza de una importancia particular porque, después de un riguroso y detallado estudio, fue reconocido su carácter milagroso por la Congregación para las Causas de los Santos, organismo de la Iglesia competente en estas cuestiones, y permitió la beatificación del Fundador del Opus Dei.

 

El iter del proceso de este milagro comenzó el 6 de noviembre de 1981, día en que la Congregación, de acuerdo con las normas que la rigen, autorizó formalmente la instrucción del Proceso Cognicional super miro. El 16 del mismo mes, envió al Arzobispo de Madrid —entonces el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón— las instrucciones procesales y los formularios para el examen de los testigos. El 18 de diciembre de 1981, el Arzobispo de Madrid emanó el decreto de constitución del tribunal que debía examinar el caso. El proceso canónico se desarrolló del 21 de enero al 3 de abril de 1982, y en el curso de él fueron escuchados diez testigos: la persona curada, los médicos que intervinieron en el caso y uno más que la reconoció después de la curación, tres religiosas que vivían en el mismo convento de la Hermana Concepción (la Superiora y otras dos que siguieron más de cerca su enfermedad y curación), y tres parientes suyos (dos hermanas y una sobrina).

 

El decreto de validez de los actos procesales fue emanado por la Congregación para las Causas de los Santos en fecha 20 de noviembre de 1984. Como en aquellos momentos estaban todavía en curso los procesos sobre la vida y virtudes del Siervo de Dios, los documentos referentes a este milagro permanecieron depositados en los archivos del Dicasterio.

 

Una vez reconocidas las virtudes heroicas de Josemaría Escrivá, por decreto pontificio del 9 de abril de 1990, los organismos competentes de la Congregación para las Causas de los Santos comenzaron el examen de este milagro. La reunión de la Consulta Médica tuvo lugar el 30 de junio de 1990, y la de Consultores Teólogos el 14 de julio del mismo año. Ambos órganos llegaron a una conclusión positiva por unanimidad. Los médicos reconocieron que la curación instantánea, total y permanente de la Hermana Concepción no tenía explicación natural; los teólogos, por su parte, fueron unánimes en atribuir este hecho extraordinario a la intercesión del Fundador del Opus Dei.

 

El decreto pontificio por el que se reconoce este milagro lleva fecha del 6 de julio de 1991. En septiembre de ese mismo año, el Santo Padre fijó la beatificación para el 17 de mayo de 1992. Y ese día, el Fundador del Opus Dei fue elevado a los altares en el curso de una solemne ceremonia celebrada en la Plaza de San Pedro, en Roma, a la que asistieron 300.000 personas procedentes de todo el mundo[5].

 

Una doble enfermedad

 

La Hermana Concepción Boullón nació en la provincia de Teruel (España) el 23 de enero de 1906. A los veintitrés años, siguiendo la vocación religiosa, ingresó en la Congregación de Carmelitas de la Caridad. En el momento de la curación tenía 70 años y residía en el Colegio de Nuestra Señora del Patrocinio que esa comunidad religiosa tiene en San Lorenzo de El Escorial, cerca de Madrid.

 

Su historia clínica no muestra elementos significativos, aparte de algunos trastornos de tipo reumático y de una obesidad, de la que fue tratada en su momento.

 

En 1972 comenzó a sufrir molestias gástricas, anemia, pérdida de peso y astenia (gran sensación de cansancio). Dos años después, le aparecieron varias masas tumorales muy dolorosas, localizadas en el hombro izquierdo, en el dorso del pie izquierdo y en el dedo pulgar de la mano derecha. Estas tumoraciones fueron progresivamente aumentando de tamaño, hasta llegar a alcanzar su dimensión máxima a principios de 1975.

 

Según la descripción del médico de cabecera de la comunidad de religiosas, el estudio radiológico realizado en esa fecha mostraba «en el hombro una tumoración extra-ósea, que rodeaba la cabeza del húmero, con zonas de mayor densificación, calcificadas, del tamaño de una naranja, formadas, a nuestro parecer, a expensas de la cápsula y partes blandas de la articulación. En las del dedo de la mano se estudiaba igualmente una tumoración algo más pequeña que una avellana, situada en el tercio distal del dedo, con zonas de calcificación. En las placas del pie aparecían diversas formaciones situadas en el dorso del mismo y que parecían formadas a expensas de los elementos blandos de las distintas articulaciones del pie. Su tamaño oscilaba desde el de una avellana al de una almendra».

 

Al observar este cuadro, el médico hubiese querido realizar una biopsia, para conocer la naturaleza de los tumores y comprobar si eran o no malignos. Sin embargo, «el estado general de la enferma era tan malo (...) que no nos lo permitía: temía que, al operar aquel hombro tan inflamado, aunque sólo fuera para extraer el imprescindible tejido para el análisis histológico, pudiese producirse una hemorragia que la enferma no estaba en condiciones de tolerar».

 

Se limitó, pues, a suministrar algunos analgésicos, para contrarrestar los fuertes dolores producidos por la enfermedad.

 

Paralelamente al desarrollo de estos tumores, se agravó la patología gástrica que sufría desde 1972. Los exámenes radiológicos efectuados a principios de 1975 evidenciaron la existencia de una úlcera gástrica y una hernia del hiato, además de litiasis biliar. La coexistencia de estas dos patologías independientes fue responsable de que las condiciones de la Hermana Concepción se deterioraran rápidamente.

 

Una de las religiosas, la Hermana María del Pilar, afirma que «estos bultos llegaron a ser dolorosos hasta el punto de tener que llevar la cabeza inclinada a la parte contraria por el dolor que tenía al ponerse en actitud normal (...). El decaimiento general fue profundo, se le quedó la voz muy apagada y pasaba casi todo el día sentada en un sillón con muchas almohadas». Los dolores eran tan fuertes que apenas conseguía dormir. Por otra parte, comenzó a tener melenas (hemorragias por vía digestiva), que le provocaron una anemia severa. En pocos meses bajó mucho de peso; llegó a pesar 42 kg.

 

La Superiora resume sus impresiones con una frase muy gráfica: «En el tiempo de mayor gravedad, Sor Concepción parecía un cadáver».

 

El momento de la curación

 

En la primavera de 1976, la enferma se encontraba en fase terminal. De ello eran bien conscientes las otras religiosas, tanto por observación directa de las condiciones de la enferma como por los comentarios de los médicos. La Hermana María del Pilar recuerda el que hizo uno de ellos. «Al decirle la Superiora que Sor Concepción se tomaba a veces sus libertades comiendo alguna cosa que no debía comer, el doctor replicó: déjenla, pobrecita, pues tiene vida para muy poco tiempo».

 

La Superiora refiere que el mismo médico le dijo una vez «que no la molestáramos [a la enferma], que teníamos Hermana para poco tiempo. Como tenía una debilidad tan grande —continúa esta testigo— (...), y aquellos bultos aparecían por todas partes, temíamos lo peor sobre la vida de la enferma. Tenía una cara muy terrosa (...). Todas pensábamos que Sor Concepción se moría».

 

Por su parte, el médico que siguió el desarrollo de la enfermedad declaró: «Dimos pronóstico de que podía morir de esta enfermedad. Yo mismo lo di y se lo comuniqué a la Superiora, a las Hermanas que acompañaban a la enferma. Basándonos en que el estado general de la enferma cada vez era peor, el proceso digestivo seguía una evolución alarmante, y los procesos tumorales descritos le producían enorme dolor y mal estado general (caquexia)».

 

También el radiólogo era de la misma opinión. En marzo de 1976 tuvo que hacerle una radiografía simple de abdomen. Más adelante le pidieron otras, para completar las exploraciones radiológicas en busca de un hipotético tumor gástrico, que —según se pensaba en aquellos momentos— podía ser la causa de toda la patología manifestada por la enferma. Este especialista testimonia: «Quisiera precisar que yo no le hice más exploraciones, por el estado tan grave en que se encontraba la enferma; y hasta llegué a sentirme molesto en las que hice, porque se le hacía sufrir mucho por los dolores que tenía. Además conocía que tanto el digestólogo como los otros médicos pensaban que se trataba de un proceso tumoral irreversible, con metástasis».

 

Transcurrieron las semanas. Sor Concepción se preparaba con serenidad para la muerte. Había aceptado completamente su enfermedad y se había abandonado confiadamente en las manos de Dios. Es prueba fehaciente de estas disposiciones el hecho, afirmado repetidamente por ella misma y confirmado por otras personas, que en ningún momento pidió la salud al Señor. Una de las religiosas declara: «En la Comunidad tampoco nos sentimos inclinadas a pedir su curación, porque era tal el temple de la Hermana Concha y su conformidad con la Voluntad de Dios, que nos edificaba con su comportamiento (...). Ella no había pedido la curación nunca, porque miraba al que parecía próximo fin, con su serenidad y con su humildad habituales; para ella, aquello era cosa de Dios. Desde la extraordinaria curación de su enfermedad (...) pensaba que, si Dios le había prolongado la vida (...), era para que le sirviera más y se santificase plenamente».

 

Como se ve, tanto la persona interesada como las demás religiosas de la Comunidad habían asumido serenamente la idea de un inminente fallecimiento. Sin embargo, no era éste el designio de Dios, que quería glorificar a Monseñor Josemaría Escrivá mediante un milagro realizado por su intercesión.

 

Este hecho extraordinario sucedió en el curso de una noche. Lo relatamos con las palabras de la interesada en el proceso canónico.

 

«Fui curada de los tumores que he referido, en junio de 1976. No puedo concretar más la fecha. Yo recuerdo que la misma noche de encontrarme curada, sentí unos dolores especiales, y un picazón molesto en el hombro y pie izquierdos. Yo no noté [entonces] que hubiese curación alguna en los tumores. Aquella noche dormí una hora u hora y media».

 

Una de las testigos refiere que Sor Concepción le contó que aquella noche estuvo con mucho desasosiego hasta las cinco de la madrugada. «Sobre las cinco se quedó dormida y a las siete, al tener que levantarse la Comunidad, se fue a la ducha pensando que eso le aliviaría algo».

 

Continúa Sor Concepción: «Me levanté y, estando en la ducha, noté que no tenía ya tumor en el hombro izquierdo. Noté cierta extrañeza, y fui a mirar en la cama, a ver si había quedado alguna mancha; y no vi nada. Continué vistiéndome y, al calzarme los pies, advertí que tampoco tenía nada de tumor en el pie izquierdo. Rápidamente fui a encontrarme con la Superiora, para comunicarle lo que me sucedía».

 

Al recibir la noticia de la desaparición de los bultos, la Superiora pensó lógicamente en que se habrían reventado. Pero la Hermana le dijo que no había ninguna mancha en las sábanas. Aquel día, Sor Concepción pudo asistir a la Misa de la Comunidad, cosa que desde un tiempo atrás no podía hacer. En la fase avanzada de la enfermedad, se levantaba a las once o doce de la mañana.

 

El hecho de que no sea posible precisar con exactitud la fecha de la curación no debe causar extrañeza. Una de las religiosas explica que las Hermanas viven verdaderamente desprendidas de la propia salud; de modo especial se comportaba así Sor Concepción, como se ha visto más arriba. Este abandono en Dios nuestro Padre hace que las almas entregadas no sigan con atención "clínica" la evolución de sus enfermedades. De hecho, a pesar de esta repentina desaparición de los bultos, sin dejar huella, a nadie se le ocurrió pregonarlo por ahí. El mismo médico que trataba a la enferma lo supo algunos días más tarde, por casualidad, cuando fue a la Misa dominical a la capilla del Colegio. Cuenta Sor Concepción que sólo entonces le comunicó que habían desaparecido los tumores. «Me dijo que, al día siguiente, fuera por su consulta. Tardé en ir un mes o quince días».

 

De todas formas, gracias a los testimonios de algunas religiosas, el hecho puede situarse hacia la mitad de junio de 1976. En efecto, el 20 ó 21 de ese mes, la Superiora pidió a Sor Concepción que acompañara a la Hermana María del Pilar, que debía hacerse una radiografía. Declara la Hermana Pilar: «Realmente me sorprendí de que la Superiora le mandase acompañarme, pues sabía lo enferma que había estado anteriormente, pero pude observar perfectamente que ella caminaba bien y no advertí las manifestaciones de enfermedad anteriores, pero pude apreciar que su aspecto externo de cara era muy distinto por la vivacidad y expresión del rostro».

 

La Hermana María del Pilar añade un detalle muy significativo. Cuando el radiólogo vio a Sor Concepción tan derecha, se quedó extrañado, pues pocos meses antes, al hacerle unas radiografías, había comprobado personalmente el mal estado en que se encontraba. Entre ellos se entabló el siguiente diálogo, que la religiosa sintetiza en su declaración:

 

—Hermana, ¿qué le ha sucedido?

 

—Pues mire, doctor: me estoy poniendo bien sin saber por qué.

 

—Si yo ahora fuese estudiante llevaría este caso a una sesión clínica, porque es un caso de museo.

 

Atribución del milagro a Mons. Josemaría Escrivá

 

Consta con toda certidumbre que Sor Concepción no rezó nunca por su curación. Tampoco las demás religiosas. Fueron Josefina y Felisa Boullón, hermanas suyas, quienes elevaron plegarias a Dios Nuestro Señor y a la Virgen, por intercesión del Fundador del Opus Dei.

 

Las dos hermanas, solteras, vivían en Montalbán (provincia de Teruel), pero frecuentemente hablaban por teléfono con Sor Concepción interesándose por el curso de su enfermedad. Además, como son titulares de una farmacia, le enviaban regularmente las medicinas que le recetaban.

 

A fines de 1975, comenzaron a rezar por la salud de su hermana, confiando sus preces a la intercesión de Mons. Escrivá. Ellas mismas cuentan que la decisión de acudir al Fundador del Opus Dei, fallecido pocos meses antes, surgió en ellas después de haber leído un artículo injurioso hacia su persona, aparecido en una revista, y tras oír algunos comentarios poco justos sobre el Opus Dei, en el curso de una cena, precisamente en la noche de Navidad de 1975. Escribe Felisa Boullón: «A pesar de que no había tenido gran simpatía por el Opus Dei, me pareció que aquellas críticas eran poco justas y objetivas. Entonces reaccioné implorando a la Santísima Virgen, pues el Siervo de Dios había sido muy devoto de Ella, que saliese en defensa de la verdad de su hijo, es decir, del Siervo de Dios. Y entonces le pedía por mediación del Siervo de Dios, por mi hermana enferma, y también por otras intenciones que no puedo recordar».

 

A partir de aquel momento, las súplicas de Felisa a Mons. Escrivá, pidiendo la curación de su hermana, se hicieron frecuentes.

 

La otra hermana, Josefina, afirma: «Queríamos que se supiese la verdad sobre lo que fue Monseñor Escrivá de Balaguer (...); estábamos dolidas por las cosas que se decían de él. En las oraciones en que yo encomendaba a mi hermana pedía que, si era posible, diera la salud a mi hermana, y si no, que le diera una buena muerte. Estas oraciones las hacía yo casi todos los días, por la mañana, cuando hacía la limpieza de la casa».

 

Un día, mientras viajaban en coche con una tercera hermana, rezaron juntas el Rosario pidiendo la intercesión de Mons. Escrivá por la salud de Sor Concepción y por una sobrina. Felisa refiere un detalle de gran interés. «Ese día me había regalado una prima mía un libro y unas estampas del Siervo de Dios. Esto sucedería a mediados o en la segunda quincena de junio [de 1976]. A partir de esta fecha, cuantas veces rezábamos el Rosario en familia, poníamos la intención de mi hermana, por intercesión del Siervo de Dios».

 

Como se deduce de este testimonio, precisamente en coincidencia con los días de la curación, las dos hermanas habían redoblado sus plegarias por intercesión de Mons. Escrivá. Sin embargo, no supieron que su oración había sido escuchada hasta bastante tiempo después. Ocurrió de un modo muy normal. Un día, como hacían de vez en cuando, llamaron por teléfono a El Escorial para hablar con Sor Concepción. Pero leamos la narración de Josefina Boullón, que habló directamente con su hermana.

 

«Una vez, llamando por teléfono aprecié que tenía una voz normal. Le pregunté qué había sucedido, pues ahora tenía la voz mucho mejor. Ella contestó: me encuentro muy bien. Me ha desaparecido el bulto de la espalda y del pie. Y sólo me ha quedado el bulto de la mano. Como nosotras estábamos esperando que cualquier día nos diesen una noticia fatal, mi hermana Felisa, que escuchaba la conversación, intervino manifestando: dile que a qué santo se ha encomendado. Ella contestó: a ninguno. Mi hermana Felisa replicó: dile que yo sí, que la he encomendado, y ha sido el Padre Josemaría Escrivá de Balaguer. Después de haber dicho esto a Sor Concepción yo añadí: Yo también te he encomendado todos los días a Monseñor Escrivá de Balaguer».

 

De este modo tan sencillo, Sor Concepción supo que debía la prolongación de su vida a la intercesión del Fundador del Opus Dei. A partir de ese momento le estuvo muy agradecida. Le gustaba recordar que hacia los años 40, un pariente suyo le había pedido oraciones por el Opus Dei, y desde entonces había rezado con frecuencia por esa intención. La Hermana María del Pilar, que la acompañó muy de cerca en los últimos años, testimonia que Sor Concepción estaba absolutamente convencida de que debía esa curación a la intercesión del Fundador del Opus Dei. «El reconocimiento de esta intercesión, lo consideraba la Hermana como una cuestión de justicia: el Señor había oído la petición de sus hermanas de sangre a través de la intercesión de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer; y también lo consideraba como una respuesta a todo lo que ella había rezado por el Opus Dei, en los últimos cuarenta años de su vida».

 

El juicio de los médicos

 

Como se ha señalado anteriormente, la Hermana Concepción tardó algún tiempo en comunicar a los médicos su repentina curación. Por fin acudió al médico habitual, que en el examen clínico comprobó la desaparición de las masas tumorales de hombro y pie. Prescribió unas radiografías, que se hicieron el 28 de julio de 1976. El médico las comparó con las que conocía del año 1975, y le llamó la atención —como hace notar en su testimonio— la completa desaparición de la masa tumoral. Sólo había unas formaciones más densas que parecían corresponder a depósitos calcáreos en la cápsula articular del hombro.

 

La hipótesis de los médicos, durante la enfermedad de la Hermana Concepción, era que se trataba de un cáncer con metástasis. Cuando se diagnosticó la existencia de una úlcera gástrica sangrante, se supuso que ahí podía estar el origen de la enfermedad; los bultos del hombro, del pie y de la mano serían, por tanto, metástasis. Pero nunca llegaron a formular este diagnóstico, porque no se atrevieron a someter a la enferma —tan grave y depauperada se encontraba— ni siquiera a un operación de cirugía menor, como es la toma de una muestra para los análisis. Por otra parte, al comprobar la rápida evolución de la enfermedad, imaginaron que el desenlace fatal sería inminente. Decidieron dejar tranquila a la enferma, a la que —como ya se ha señalado— no se le puso ningún tratamiento. Sólo le prescribieron analgésicos, para aliviar los fuertes dolores.

 

En estas circunstancias, la curación completa y repentina podía dejar envuelta en la oscuridad la causa real de la enfermedad. A no ser que quedara un pequeño resto, susceptible de análisis histológico. Y esto es lo que sucedió. Mientras que las masas tumorales más grandes (la del hombro y la del pie) desaparecieron sin dejar rastro, en el dedo pulgar de la mano derecha quedó un pequeño resto que podía servir para la biopsia. En realidad, no podía llamarse propiamente tumor: el médico que realizó la toma de la muestra lo describió como un simple «endurecimiento local en el lugar donde había existido la tumefacción», distinguiéndolo de un verdadero tumor. Pero fue providencial, porque el análisis de ese pequeño resto permitió llegar a un diagnóstico cierto de la enfermedad y, en consecuencia, de la falta de explicación natural de su repentina desaparición.

 

La toma de la muestra se realizó en agosto de 1976. Luego, en octubre de 1977, se extirpó por completo el nódulo restante, que no mostraba ninguna actividad. El examen histológico mostró que se trataba de una lipocalcinogranulomatosis, enfermedad que —aunque es benigna, es decir, no conduce de por sí a la muerte— puede causar graves problemas, dependiendo de la localización y del tamaño y cantidad de las masas tumorales. En cualquier caso, es una enfermedad que no se cura ni retrocede espontáneamente: necesita siempre del recurso a la cirugía. La enfermedad tumoral, por tanto, no tenía nada que ver con las molestias digestivas.

 

Pero no se acaba aquí la intervención milagrosa de aquella noche de junio de 1976. Al tiempo que desaparecían las masas tumorales (que fue lo más llamativo en un primer momento), el estado general de Sor Concepción comenzó a mejorar con rapidez. Cesaron repentinamente las hemorragias digestivas y los demás síntomas fueron también mejorando. El profesor Ortiz de Landázuri, que llevó a cabo un estudio completo del caso, declara en el proceso archidiocesano: «Desde aquella noche del mes de junio de 1976 en que desaparecieron la gran tumefacción del hombro izquierdo y los bultos del pie izquierdo, la evolución de la enferma continuó también de forma sorprendente».

 

En efecto, Sor Concepción quedó curada tanto de la enfermedad tumoral como de la patología digestiva, directa responsable de su progresivo y rápido debilitamiento. En agosto de 1976, menos de dos meses después de la curación, ya estaba prácticamente recuperada de la grave anemia. En el control radiológico hecho en octubre de 1977, no había vestigios de la úlcera gástrica.

 

Una sobrina de Sor Concepción, que la visitaba con alguna frecuencia durante la enfermedad, se dio cuenta de la plena curación de su tía pocos meses después de haber sucedido. Declara: «Yo no puedo precisar cuándo empezó un régimen de comidas menos estricto, que el que llevó durante la enfermedad de úlcera. Recuerdo que por la Navidad de 1976, ella estuvo en mi casa y me dijo que comía hasta chorizo y le sentaba bien. En esa misma Navidad tuve yo un hijo y Sor Concepción se ofreció a llevar el trabajo de la casa, con el trabajo que dan los otros cuatro hijos que tenía; y ella ayudó a mi madre a todo encontrándose bien».

 

* * *

 

Después de esta curación declarada milagrosa por la Iglesia, Sor Concepción Boullón vivió aún doce años, sin ninguna secuela de las dos enfermedades de que había sido sanada por intercesión del Fundador del Opus Dei. Las declaraciones de todos los testigos (religiosas, parientes, médicos) son absolutamente concordes: la Hermana Concepción gozó en los últimos años de su vida de una salud que puede considerarse normal para su edad.

 

En los últimos años comenzó a manifestar síntomas de un lento proceso de nefroesclerosis (envejecimiento progresivo del tejido renal), con aumento de urea en sangre ("uremia") y otros síntomas propios de esta enfermedad senil. Como han reconocido unánimemente todos los peritos médicos, esta enfermedad no tuvo ninguna relación con aquellas otras de las que había sido curada.

 

Sor Concepción Boullón falleció serenamente el 22 de noviembre de 1988. La causa de la muerte, según el certificado médico oficial, fue el proceso crónico de esclerosis renal, que sufría en los últimos tiempos. Tenía 82 años cuando el Señor la llamó a Sí. No tuvo el gozo de ver en la tierra la beatificación de Monseñor Escrivá, pero sin duda alguna se alegraría mucho en el Cielo.


 

 

Se había quedado ciego

 

Curación total y rapidísima de una neuritis del nervio óptico (marzo-abril de 1979)[6]

 

El caso que se relata a continuación se refiere a la curación inexplicable de una grave forma de neuritis del nervio óptico que, en pocas semanas, había conducido a una ceguera casi total a un muchacho de dieciséis años.

 

Para entenderlo mejor, podemos imaginar que la retina es como la antena de un televisor —una antena muy compleja— encargada de recoger los estímulos luminosos. Por medio del nervio óptico los transmite al cerebro, donde una estructura nerviosa altamente especializada, situada en el lóbulo occipital, se encarga de interpretar e integrar la enorme cantidad de información contenida en esos estímulos. El resultado de esta compleja operación es lo que llamamos visión normal, que nos permite distinguir claramente los objetos que caen en el campo visual, percibir los colores y el relieve, tener la sensación de cercanía o lejanía, apreciarlos en sus reales dimensiones, etc.

 

Siguiendo con la metáfora de la televisión, el nervio óptico sería como el cable que conecta la antena (o la emisora, en el caso de la televisión vía cable) al televisor de casa. Y así como el mal funcionamiento del cable repercute en la calidad de la imagen que vemos en la pantalla, de modo análogo la disfunción del nervio óptico repercute necesariamente en la calidad y cantidad de la información que llega al cerebro y, por tanto, en el producto final, que es la visión correcta.

 

Entre las enfermedades que pueden afectar al nervio óptico, las neuritis ocupan un lugar importante. Con ese nombre se designa un tipo de afección, habitualmente de carácter agudo, que tiene causas muy variadas. La sintomatología es parecida: el paciente experimenta de modo repentino visión borrosa en uno o ambos ojos, con frecuencia asociada a dolor o incomodidad. La disminución de la agudeza visual se acompaña de escotoma central, es decir, una mancha oscura en la parte central del campo ocular. Una de las primeras señales de este oscurecimiento progresivo de la vista suele consistir en la pérdida de la percepción de los colores, que puede llegar hasta la visión "en blanco y negro", como la televisión de no hace muchos años y como aún hoy día sucede en nuestros televisores, cuando la emisora no está bien sintonizada o se pierde momentáneamente la calidad de la señal.

 

Una ceguera aguda y progresiva

 

Andrés era un estudiante de dieciséis años. Nacido en los Estados Unidos en 1962, a los dos años se trasladó a Venezuela, país de sus padres, donde creció con normalidad y realizó los estudios primarios y secundarios. Entre los antecedentes familiares no figuran otras enfermedades oculares que las cataratas de sus abuelos, ya de edad avanzada.

 

Durante el año escolar 1978-79, Andrés marchó a los Estados Unidos para realizar allí el último curso de bachillerato. Se alojó con su hermano mayor, Juan Carlos, que frecuentaba la universidad en Daytona (Florida).

 

El curso comenzó con toda normalidad. Andrés se adaptó bien a la vida en el nuevo país, como se manifiesta en las cartas que escribía a sus padres y hermanos. Sin embargo, en febrero de 1979, comenzó a notar una pérdida de la agudeza visual, progresiva y alarmante. Su hermano lo llevó a la consulta de un oculista, que le prescribió el uso de gafas.

 

En las semanas sucesivas, la capacidad visual continuó empeorando, y de modo rapidísimo. Las gafas no servían para nada y Andrés se vio obligado a utilizar una lupa para poder leer y escribir, aunque también esta precaución se demostró insuficiente. En el transcurso de cuatro semanas, se había quedado prácticamente ciego.


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