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Montse Grases
José Miguel Cejas
Índice:
Capítulo 1 : Prólogo
Capítulo 2 : Tiempo de luchar
Capítulo 3 : Tiempo de comenzar
Capítulo 4 : Tiempo de esperar
Capítulo 5 : Tiempo de reir, tiempo de llorar
Capítulo 6 : Tiempo De Dudar, Tiempo De Decidir
Capítulo 7 : Tiempo de ignorar, tiempo de saber
Capítulo 8 : Tiempo de ir, tiempo de volver
Capítulo 9 : Tiempo De Cantar
Capítulo 10 : Tiempo de morir, tiempo de vivir
Capítulo 11 : Tiempo de recordar
C R O N O L O G IA : De La Vida De Montserrat Grases
Capítulo 1 : Prólogo
1. Raices Familiares
2. Encuentros En Madrid
3. El Opus Dei
4. Las Mujeres Del Opus Dei
5. Gracias Al Dolor
"La solemnidad de hoy -afirmaba Juan Pablo II en la fiesta de Todos los
Santos de 1992- nos ayuda a tomar conciencia de la vocación común a la
santidad. No es un hecho casual que entre los santos que la Iglesia
venera haya personas de todas las edades, de todos los pueblos y de toda
condición social (...).
El mundo tiene necesidad urgente -proseguía el Papa- de una 'primavera
de santidad' que acompañe los esfuerzos de la nueva evangelización, y
ofrezca un sentido y un motivo de confianza renovada al hombre de
nuestro tiempo, a menudo defraudado por promesas vanas y tentado por el
desaliento.
Los hijos de la Iglesia están llamados a responder a este desafío
mediante un compromiso de santificación serio y diario 'en las
condiciones, ocupaciones o circunstancias de su vida... haciendo
manifiesta a todos, incluso en su dedicación a las tareas temporales, la
caridad con la que Dios amó al mundo' (L.G. 41)".
La vida de Montse Grases (1941-1959) constituye una respuesta
estimulante a ese desafío del que hablaba el Papa. Su vida santa fue el
fruto granado del espíritu y las enseñanzas del Beato Josemaría Escrivá
de Balaguer, Fundador del Opus Dei, de la fidelidad de los primeros
miembros de la Obra y del ejemplo de sus padres, que pertenecen también
a esta institución de la Iglesia. Su existencia no se entendería si la
desgajásemos de estas raíces familiares y espirituales.
Por esta razón, antes de mostrar su figura, se perfilan en estas páginas
algunos trazos del tiempo que le tocó vivir, del ambiente de su familia
y del desarrollo del Opus Dei. Al lado de su figura se resaltan otras,
como las de Isidoro Zorzano, uno de los primeros miembros del Opus Dei,
también en proceso de Beatificación; de María Ignacia García Escobar,
una de las primeras mujeres del Opus Dei; de la madre y la hermana del
Fundador, Dolores Albás y Carmen Escrivá; de Mons. Alvaro del Portillo,
actual Obispo-Prelado del Opus Dei; y de algunos hombres y mujeres de
esta institución de la Iglesia, como Juan Jiménez Vargas, Encarnación
Ortega o Digna Margarit.
Entre las fuentes que he consultado, cobran especial relevancia los
testimonios sobre Montse Grases escritos por las personas que la
conocieron y trataron más directamente, fechados en su mayoría durante
los años 60-62. Muchas de ellas testificaron en el Proceso Informativo
para su Causa de Beatificación y Canonización.
Me he entrevistado personalmente con muchas de esas personas; he ido
engarzando en el texto las antiguas impresiones de esos testigos, y sus
valoraciones actuales. He constatado un hecho especialmente relevante:
estos hombres y mujeres conservan un recuerdo vivísimo, profundo e
indeleble, de la figura de Montse Grases. Los avatares del tiempo, los
cambios de mentalidad y de costumbres que han tenido lugar en estos
treinta años, no han oscurecido su figura; al contrario: se ha ido
engrandeciendo con los años, lo mismo que su devoción privada, y su vida
sigue siendo un profundo testimonio de santidad en medio del mundo; un
perfil atractivo de vida cristiana; un modelo juvenil, sugerente y
profundamente actual.
Vaya por delante mi más cordial agradecimiento a todas estas personas
por su colaboración, y de un modo muy especial a los padres de la Sierva
de Dios. Deseo también expresar mi gratitud a don Benito Badrinas,
Vicepostulador de la Causa de Beatificación de Montse Grases, por la
atención y facilidades que me han ido proporcionado a lo largo de estos
años para la elaboración de este trabajo.
Madrid, 26 de marzo 1993
Capítulo: Tiempo de sembrar
Sembrador
que has puesto en la besana tu amor
el trigo de mañana
será tu recompensa mejor.
Dale al viento
el trigo y el acento
de tu primer lamento de amor
y aguarda el porvenir
sembrador...
1. Raices Familiares
Manuel Grases
Manuel Grases Codina me recibe en la puerta de su casa barcelonesa de la
calle París, esquina Aribau, en la parte alta del Ensanche. Es un hombre
alto, de cabello blanco y talante cordial. Toda su persona -setenta y
muchos años, que se deslizan sigilosamente, casi de puntillas, hacia los
ochenta- comunica una poderosa sensación de serenidad y de sosiego. Esa
sensación se acrecienta cuando, tras las presentaciones de rigor,
comienza a hilvanar, al hilo del recuerdo, los sucesos que rodearon la
vida de su hija Montse. Empieza evocando sus raíces familiares.
"Hace ya muchos años, desde el 46 -me cuenta, mientras enciende
parsimoniosamente su vieja pipa inglesa de madera-, he venido dedicando
muchos de mis ratos libres a bucear en las raíces de nuestro árbol
genealógico y he podido comprobar que por parte de mi familia, es decir
por el lado paterno de Montse, todas nuestras raíces son totalmente
catalanas. Somos catalanes cien por cien. Por lo menos desde el siglo XV,
que es hasta donde he podido llegar en mis investigaciones.
El dato más antiguo que poseo sobre un antepasado nuestro lo encontré en
el 'Arxiu Històric Municipal de Valls'. ¿Conoce usted Valls? Es la
capital de l'Alt Camp, una comarca del norte de Tarragona, que fue,
desde el siglo XI, una ciudad relativamente importante. Pues bien, esta
ciudad, tiempo más tarde, ya en los albores del XV, se vio afectada por
unas grandes epidemias; y fue tanta la mortandad, que los supervivientes
de su 'Consell General', para revitalizar la población, decretaron
eximir de tributos a todos los que se asentasen allí. Y en el 'Llibre de
les Estimes' de Valls, que era un padrón de la ciudad que se hacía
periódicamente, en el del año 1430, ya aparece un tal Andreu Grasa, cuya
procedencia exacta se desconoce. Ese es el primer Grasa del que tengo
noticia.
Después de ese primer Grasa, se sucedieron seis generaciones de
campesinos, de payeses, como los llamamos en Cataluña, que fueron
prosperando económicamente hasta que nos encontramos en el año 1565 con
un tal Sebastià Grases, casado con Catharina, y hombre seguramente rico,
que ya vive en Barcelona. Mientras tanto, en la segunda mitad del siglo
XV el apellido Grasa se fue convirtiendo en Grases, a causa de la
desidia de los respectivos amanuenses, y se le encuentra escrito de
varias formas diversas -Grasas, Grassas y Grasses- incluso dentro de un
mismo documento.
Desde siglo XVI hasta la actualidad se han sucedido otras diez
generaciones de Grases, todas barcelonesas, compuestas por lo general
por hombres de leyes, salvo dos mercaderes. La mayoría fueron notarios y
doctores en Dret, en 'Cuiusque Dret', como se decía entonces: 'doctores
en todos los derechos'. Eran, en la expresión de la época, 'notarios
reales y causídicos'. Hubo incluso algún Diputado de la Generalitat de
Catalunya, como Antonio Grases, que vivió a comienzos del XVIII. Y así
se llega hasta mi padre..."
Se levanta Manuel Grases y toma de la biblioteca un viejo álbum
familiar, de cubiertas marrones, gastadas por el uso. Se detiene ante
una fotografía y se queda mirándola en silencio durante un tiempo,
mientras el humo de su pipa dibuja lentamente blancas espirales en el
aire de la sala de estar. "Mire: ésta es la fotografía de mis padres, el
día de su boda".
"Mi padre -explica- se llamaba Manuel Grases, igual que yo. Estudió
arquitectura y trabajó, durante su corta vida, en Hacienda. Mi madre se
llamaba Montserrat Codina y era la menor de siete hermanos. Era también
de Barcelona, y aquí se casaron, el 6 de mayo de 1913.
Yo nací el 27 de noviembre de 1914, en plena guerra mundial. En esas
fechas se desencadenó en Barcelona una epidemia tremenda, la llamada
epidemia del 'tifus del 14', y mi padre cayó enfermo. Murió muy pronto,
el 3 de enero de 1915. Yo tenía sólo 37 días.
Mi madre se quedó sola conmigo en aquel primer piso de nuestra casa de
la calle Valencia... Era muy joven, y quedarse viuda a los 28 años, con
un hijo recién nacido, debió de ser un golpe muy duro para ella. No se
volvió a casar y afrontó aquella situación con un gran sentido cristiano
y con una gran entereza.
Yo, de pequeño, era un niño de salud algo débil y faltaba a clase, a
causa de mis enfermedades, con mucha frecuencia; hasta tal punto que mi
madre me tuvo que sacar del Colegio en el que estudiaba y me puso un
profesor particular en casa. En 1927 enfermó mi madre, también de tifus,
y poco tiempo después falleció. Me quedé huérfano a los trece años.
Entonces mi tía Amelia, que era la hermana mayor de mi madre, y su
marido, Octavio Seriñana, se hicieron cargo de mí y me internaron en los
Escolapios de Sarriá. Y estando allí, a los catorce años sufrí un acceso
de tos muy fuerte, y... expulsé algo de sangre. Todos se asustaron mucho
pensando en la tuberculosis. Hoy es muy difícil hacerse a la idea de lo
que esa palabra significaba entonces: ¡tuberculosis! Era una enfermedad
temida, terrible, mal vista, prácticamente mortal.
Yo no me preocupé demasiado, por la inconsciencia de la juventud. Pero
ellos se alertaron muchísimo: se reunió mi Consejo de Familia y tras
escuchar el parecer de los médicos, decidieron que lo mejor era que me
marchase a Suiza, al 'Nouveau Sanatorium' de Davos-Dorf, a respirar aire
puro. En esa época sólo se conocía esa cura: el aire; aire seco, aire
limpio, de montaña: lo que llamaban 'curas de altura'. Sólo se oponía a
ese plan el doctor Ricardo Falp, un sacerdote que formaba también parte
del Consejo familiar, porque decía que el ambiente de un sanatorio
antituberculoso no era el más adecuado para un adolescente...
Tenía razón: el sanatorio era magnífico; estaba a 1600 metros sobre el
nivel del mar, entre montañas y lagos espléndidos... pero el ambiente de
aquel establecimiento no era tan limpio como aquel aire, por el que el
gobierno suizo nos cobraba una cantidad al entrar en el país. Parece
increíble, pero es cierto: los enfermos del Sanatorio teníamos que pagar
un canon especial 'por respirar el aire de Suiza'. Hay una famosa novela
de Thomas Mann, 'La montaña mágica', que refleja el ambiente mundano y
corrompido que se respiraba en los sanatorios de Davos. Eran gentes,
desahuciadas en su gran mayoría, que iban sorbiendo a grandes tragos lo
poco que les quedaba de vida. Sólo pensaban en divertirse, sin ninguna
perspectiva espiritual ni trascendente... Vivían de espaldas a la
muerte: cuando se encontraban muy mal se volvían a su país, y al poco
tiempo nos enterábamos de que habían fallecido".
Manuel Grases hace una pausa y me enseña una fotografía de aquel
periodo.
"Sin embargo -continúa-, en medio de aquel clima y con mis quince años,
yo nunca dejé de rezar las oraciones aprendidas de mi madre. Encima de
mi cama tenía siempre, sobre la bandera catalana, un crucifijo que me
había regalado Sor Lina, una religiosa que me guardaba un especial
cariño, quizá porque yo era el único que iba a Misa de vez en cuando...
Ahora, al cabo de los años, veo con mayor claridad que en aquellos
momentos difíciles mi madre velaba por mí desde el cielo.
Volví de Suiza en 1931, prácticamente curado; pero al llegar a España me
aconsejaron que pasara un periodo de convalecencia en el Sanatorio del
Montseny, muy cerca de Barcelona. Y allí me fui.
El Sanatorio del Montseny estaba situado a 800 metros de altura, en una
antigua casa pairal, 'Casademunt', cerca de El Brull, y tenía capacidad
para alojar unos treinta enfermos. Era un lugar muy agradable, donde
también se ponían en práctica otros procedimientos muy curiosos para la
curación de la tuberculosis, como la salicrisina -curación por medio de
plata-, que entonces se aseguraba que 'tapaba los agujeros'.
Y fue precisamente durante aquel año de 1931 cuando ingresó en el
Sanatorio una chica joven, Inés García, que tenía una hermana que se
llamaba Manolita, que vivía en Barcelona y la iba a visitar..."
Manolita García
Es difícil definir la voz de esta mujer de rasgos mediterráneos, de
cabello negro, ojos oscuros y nombre españolísimo: Manolita García. Es
una voz clara, de timbre vibrante y resuelto, que guarda inflexiones
dulces, casi musicales. Se armonizan en ella la madurez de los años con
una viveza inequívocamente juvenil. Es una voz de contrastes, como ella
misma: delicada y fuerte, serena y decidida, fiel a sus orígenes
asturianos y castellanos, a pesar de haber vivido toda su vida en
Cataluña.
"Es que mis padres no eran de aquí -me explica Manolita-. Mi padre, que
se llamaba Enrique García, era madrileño; y mi madre, Vicenta Camporro,
asturiana. Así es que yo, aunque he nacido y he vivido toda mi vida en
Barcelona, no tengo ningún antepasado catalán. Por parte de mi padre
eran todos castellanos, de Palencia y Avila; y por parte de mi madre,
todos asturianos, de Noreña y de Villamarín de Salcedo. Mire, ésos son
sus retratos", me dice, señalándome dos fotografías que presiden un
ángulo de la sala de estar. "El de mi padre es un retrato de cuando se
casaron; el de mi madre, de muchos años después".
"A mi padre le gustaba mucho escribir -sigue contando Manolita- y
conservo algunos escritos suyos, inéditos. Aquí tengo uno que se llama
'Canto a la vida', que está fechado el 5 de noviembre de 1905. Más que
un canto a la vida es un canto a Madrid: evoca los pianos callejeros, el
Manzanares, las modistillas y los estudiantes... Tiempo después, en
Oviedo, conoció a mi madre. Y allí se casaron, el 4 de julio de 1908. Se
vinieron a vivir a Barcelona porque mi padre había sacado unas
oposiciones de oficial del Banco de España y le ofrecieron dos destinos
posibles: Badajoz y Barcelona. Le preguntó a mi madre: '¿dónde quieres
que nos vayamos?'. Y mi madre eligió Barcelona, porque le gustaban las
ciudades grandes.
Aquí mi padre pudo desarrollar la actividad que de verdad le atraía: el
periodismo. Era periodista por afición -por devoción, decía él- y
colaboraba en 'El Noticiero Universal'. Por las tardes, en cuanto salía
del Banco, se iba a trabajar al periódico, de donde volvía a altas horas
de la noche. Aquello le apasionaba. Y nos comentaba que, de no haber
tenido hijos que mantener, se hubiera dedicado de lleno al periodismo...
Conservo muchos artículos suyos. Hay uno, muy divertido, que se llama
'La catedral contra los gatos' que ahora lo calificarían de ecologista,
en el que sale en defensa de unos gatos que los canónigos querían echar
de los patios de la catedral. Cuenta como había un señor que al morir
había dejado una fortuna para atender a todos los gatos abandonados que
se dejaran allí, y claro, había cientos de gatos... Con la excusa de los
gatos habla de las maravillas de Barcelona y alaba la belleza de la
catedral... Se ve que se había enamorado profundamente de esta ciudad.
Quizá ésa fue la razón por la que, a pesar de todas las ansias de mi
madre, que quería que fuese interventor de por aquí o cajero de por
allá, nunca se quisiera mover de Barcelona. Mi madre le insistía, pero
él, nada: ¡Barcelona y nada más que Barcelona!
Aquí vivieron mis padres el resto de su vida. Y aquí nacimos mi hermana
Inés, en la calle Villarroel; yo, en la calle Pintor Fortuny; y más
tarde, en el Passatge del Crèdit, mi hermana Adela. Eramos un hogar de
clase media, 'de la heroica y sufrida clase media', como decía mi padre,
que tenía unas ideas muy avanzadas para aquella época... Porque entonces
no era como ahora: la mayoría de las chicas jóvenes no trabajaban en
nada y sólo pensaban en casarse lo antes posible. Y mi padre nos
insistía, un día sí y otro también, en que antes de casarnos teníamos
que aprender a ganarnos la vida por nosotras mismas. Mi madre no lo
entendía: 'Qué cosas dices, Enrique, qué cosas dices'. Pero mi padre nos
fue imbuyendo esas ideas y a los diecisiete años me colocaron en el
Sindicato de Banqueros.
¡A los diecisiete años! Me quedé sin mi Colegio, donde estaba tan a
gusto y disfrutaba horrores; y sin mis paseos, Rambla arriba, Rambla
abajo, luciendo aquellas grandes pamelas blancas que se llevaban
entonces; y sin mis larguísimos veraneos en las costas de Garraf, en un
pueblecito propiedad del Conde Güell, con sus casas pintadas de blanco y
sus puertas azules... ¡Pero como había que trabajar...!
Recuerdo a mi padre como un hombre muy cariñoso, muy caritativo, con un
gran sentido de la justicia... Nos enseñó muchas virtudes humanas.
Cuando llegaban las Navidades, y recibíamos los regalos, nos hablaba de
los niños pobres y abandonados que andaban sin rumbo por las calles y de
la necesidad de compartir nuestras cosas con ellos. ¡Total, que
acabábamos saliendo a la calle y regalándoles juguetes nuestros a esos
niños...!
Tenía una concepción de las relaciones humanas desacostumbrada para
aquel tiempo. Por ejemplo, mi madre tenía una chica que nos ayudaba en
las faenas de la casa, y mi padre le decía con frecuencia: 'trátala como
si fuera tu hija'... Sin embargo, mi padre, como no había recibido mucha
formación espiritual no pudo enseñarme una profunda vida cristiana.
La vida cristiana me la fue enseñando... San José. Cerca de mi casa se
encontraba la iglesia de San Jaime, en la calle Fernando, y allí había,
a la izquierda del altar, una imagen de San José que me atraía mucho,
sin saber por qué. Al principio entraba un ratito, y charlaba con él:
era como el ideal de todo lo que a mí me gustaría ser: tan bueno, tan
cerca de Jesús... Luego fui visitándole, casi todos los días; y así,
poco a poco, llegó un momento en el que le prometí ir a Misa todas las
mañanas y comencé a llevar una vida cristiana más intensa. Por eso,
ahora veo, al cabo de los años, que todo se lo debo a él: a San José.
Un día mi padre se puso enfermo. No sabían si era un tumor canceroso o
tuberculosis. Al final, parecía que era tuberculosis y le aconsejaron
que fuese a Madrid, a que le viese el doctor Tapia, del Hospital del
Rey, que era una eminencia en esa especialidad.
Fue a verle a Madrid, pero ya no había nada que hacer. Murió muy joven,
en octubre de 1930. Se quebraron de golpe todos sus sueños. ¡Él, al que
le gustaba tanto hacer castillos en el aire! Le encantaba cerrar los
ojos y soñar en voz alta. 'Y tú, hija mía, serás... -nos decía-. Y tú
harás...' Y se imaginaba lo que haríamos sus hijas, sus nietos, sus
nietas...
Al poco tiempo, mi hermana Inés enfermó también de tisis. Fuimos al
doctor Rosal y nos dijo que tenía que tomar aires en un sanatorio que
había en el Montseny. Entonces no había otra medicación. No nos lo
pensamos ni poco ni mucho, y allí la llevamos, haciendo un gran esfuerzo
económico, a finales del año 31.
Yo iba a visitarla con mucha frecuencia. Y en una de esas visitas conocí
a un chico que acababa de volver de Suiza y se llamaba Manuel..."
2. Encuentros En Madrid
Más casualidades
Pocos meses después de que Manolita García y Manuel Grases se conocieran
por casualidad en el Sanatorio del Montseny -aunque ya se sabe que
"casualidad" es el nombre que utiliza la Providencia divina cuando
trabaja de incógnito-, a cientos de kilómetros de allí, en la capital de
España, tuvo lugar otro encuentro, también aparentemente "casual", entre
un sacerdote joven y un estudiante de Medicina de diecinueve años. Ese
encuentro tenía también la enfermedad de la tuberculosis como telón de
fondo.
Aquel estudiante es hoy el doctor Juan Jiménez Vargas, un prestigioso
catedrático de Fisiología ya jubilado. "En mi pandilla de amigos
-cuenta-, en su mayor parte estudiantes de Medicina, se encontraban dos
que conocían a don Josemaría y decían que era su confesor. Nosotros
admirábamos a aquel sacerdote sin haberle visto nunca y sin saber
exactamente qué era aquella labor de apostolado que, según ellos,
realizaba. Le admirábamos, pero no mostrábamos el menor interés en
conocerle. Sólo le oíamos hablar de apostolado, de dirección espiritual
y también de visitas a pobres y enfermos de hospitales, y por eso
algunos de nosotros decíamos que no nos interesaba 'la mística' de don
Josemaría..."
Los que conocieron a Juan Jiménez Vargas durante aquel tiempo lo
recuerdan como un chico fogoso y decidido, buen cristiano, aunque
entonces sin especiales inquietudes espirituales, muy audaz y
comprometido políticamente. El país atravesaba uno de los periodos más
turbulentos de su historia y el talante humano de Juan no soportaba las
medias tintas: militaba activamente en una asociación política y estaba
dispuesto a salir a la calle en cualquier momento para defender sus
ideas -políticas, sociales y religiosas- frente a quien hiciera falta.
Pensaba que lo importante era pasar a la acción. Y cuanto antes.
Sin embargo, un día, cuando paseaba por Madrid con uno de aquellos
amigos, se topó de improviso con aquel sacerdote del que tanto le
hablaban. Fue "un encuentro casual en la calle Martínez Campos -explica
Jiménez Vargas-, a la salida del Metro. Hablamos muy poco rato, aunque
lo suficiente para que me quedara una impresión inolvidable...".
Una impresión inolvidable. Pero sólo eso: una impresión, pues "seguí sin
tener demasiado interés en volver a verle", recuerda Jiménez Vargas. Don
Josemaría intentó concertar una cita, pero Juan no estaba dispuesto a
concretar: todo quedó en ese "nos veremos un día de éstos", con el que
se disimulan pudorosamente en España algunas negativas. Pasaron los
meses y el sacerdote seguía enviándole recados por medio de sus amigos.
Pero Juan no daba demasiadas muestras de interés. Estaba claro que en su
agenda había asuntos mucho más urgentes que "hablar con un cura".
Josemaría Escrivá de Balaguer
¿Quién era aquel don Josemaría -así, con los dos nombres unidos, para
mostrar su devoción a la Virgen y a San José- del que tanto le hablaban
a Juan? Por aquel entonces era un joven sacerdote de treinta años,
oriundo del Alto Aragón, donde había nacido en el año 1902, en el seno
de una familia cristiana relativamente acomodada. Era el segundo hijo de
don José Escrivá, un pequeño comerciante de Barbastro, y de Dolores
Albás. Su padre -ya fallecido- había sido un hombre íntegro y leal,
probado en el sufrimiento: había visto morir, una tras otra, a sus tres
hijas pequeñas; había sabido aceptar, con serenidad, la quiebra de su
negocio familiar y se había tenido que trasladar, como consecuencia de
aquella quiebra, a Logroño, con los dos hijos que le quedaban -Carmen y
Josemaría- a finales de 1915.
Un día de crudo invierno de 1917, cuando Josemaría tenía unos 15 ó 16
años y era un joven estudiante de Bachillerato, experimentó con fuerza,
en lo más hondo del corazón, la llamada divina. El motivo fue
aparentemente nimio: vio, sobre la nieve, las huellas de los pies
descalzos de un carmelita. Entendió que Dios le llamaba a su servicio y
para ver más clara la voluntad de Dios, decidió hacerse sacerdote.
Pocos meses más tarde, a finales de noviembre en 1918, Josemaría comenzó
sus estudios eclesiásticos como alumno externo del Seminario de Logroño.
Sin embargo, desde el día en el que había visto aquellas huellas en la
nieve, había ido creciendo en el fondo de su alma un presentimiento:
Dios lo estaba preparando para "algo"..., pero no sabía lo que era.
Pedía luz, cada vez con mayor intensidad: "Señor, ¿qué quieres que haga?
Domine, ut videam! ¡Señor, que vea!"
Dos años después, en 1920, se trasladó al Seminario de Zaragoza. El
Rector del Seminario, don José López Sierra, quedó impresionado por su
piedad intensa, recia, constante y, al mismo tiempo, alegre y atractiva;
su serenidad, sentido del humor y sonrisa amable y acogedora con todos,
como se refleja en esta fotografía de aquellos años.
Su padre no llegó a verle de sacerdote. Murió repentinamente, pocos
meses antes de la ordenación sacerdotal de Josemaría, que tuvo lugar en
Zaragoza el 28 de marzo de 1925. A partir de entonces don Josemaría se
hizo cargo de su madre, de su hermana Carmen y de su hermano pequeño
Santiago, nacido en Logroño pocos años antes.
En 1927, el Arzobispo de Zaragoza le había autorizado a trasladarse a
Madrid para realizar su doctorado en Derecho, carrera civil que había
estudiado, además de la eclesiástica. En aquella época, el doctorado
sólo podía obtenerse en la Universidad Central de Madrid. Y desde su
llegada a la capital había llevado a cabo, al mismo tiempo que preparaba
su doctorado en Derecho Civil, una ingente labor apostólica: había
trabajado como capellán de una institución benéfica, el Patronato de
Enfermos; había instruido a muchos cientos de niños para que pudieran
recibir la Confesión y la Primera Comunión; y atendía en sus casas o en
los hospitales, a millares de enfermos y desvalidos, administrándoles
los Sacramentos.
3. El Opus Dei
Fue en Madrid, al año siguiente de su venida, cuando Dios le hizo ver a
aquel joven sacerdote la luz que venía pidiéndole durante tantos años;
una luz que confirmaba plenamente los "barruntos" que había sentido en
su alma desde su adolescencia. Todo sucedió de una forma sencilla: el 2
de octubre de 1928, cuando participaba en unos ejercicios espirituales
en la Casa Central de los Paúles de Madrid, y se hallaba recogido en su
habitación, "vio", con total claridad, la misión que Dios le pedía: que
"abriese" en el mundo un camino de santificación en el trabajo
profesional y en los deberes ordinarios. Vio que aquella era la tarea a
la que debía dedicar toda su existencia, mientras repicaban las campanas
de la cercana iglesia de Nuestra Señora de los Angeles.
A partir de aquel día de octubre redobló su oración y su mortificación.
Rezó e hizo rezar. Y empezó a buscar personas que pudieran entender y
vivir aquel ideal. Habló con todos los que Dios le iba poniendo en su
camino. Y algunos le entendieron y se entregaron con generosidad, como
Isidoro Zorzano, un viejo amigo de los tiempos de Logroño.
Isidoro Zorzano
Don Josemaría e Isidoro se conocían desde la adolescencia: habían
coincidido en los estudios del Bachillerato en el Instituto de Logroño.
La familia de Isidoro, formada por antiguos emigrantes, se había vuelto
a España cuando él tenía sólo tres años, con la idea de permanecer una
temporada en la Península y volverse de nuevo a América. Pero la muerte
de su padre y una quiebra económica hizo que aquella estancia en Logroño
se convirtiese en definitiva.
Isidoro había realizado la carrera de Ingeniería en Madrid, y en
noviembre de 1928 se fue a trabajar al astillero de la Sociedad española
de Construcción Naval de Matagorda, en la Bahía de Cádiz, y más tarde a
Málaga, en los Ferrocarriles Andaluces. A partir de aquel momento
parecía que los destinos de estos dos hombres iban a distanciarse
definitivamente. Pero Dios seguía tejiendo "encuentros casuales" y
haciendo coincidir caminos.
El 24 de agosto de 1930, cuando Isidoro se dirigía hacia Logroño para
estar con su familia, hizo una breve parada en Madrid con el deseo de
visitar a su viejo amigo Josemaría, que le había escrito poco antes en
una postal: "cuando vengas por Madrid, no dejes de verme. Tengo que
contarte muchas cosas". ¿De qué se trataría? También Isidoro tenía
muchas cosas que contarle...
Pero al llegar a la capital, como no lo había avisado previamente, no lo
encontró en casa, y se marchó en dirección a la Puerta del Sol.
Don Josemaría estaba en esos momentos visitando a un chico enfermo
"cuando de pronto sentí -escribió más tarde- el impulso de tener que
salir a la calle. Le dije que me marchaba y, aunque la madre insistió en
que me quedara, por la compañía que hacía a su hijo, me despedí. No
sabía a dónde iba; ya en la calle, sin saber a dónde me dirigía, me
encontré de sopetón con Isidoro, que estaba haciendo tiempo para coger
el tren de vuelta y 'casualmente' pasaba también por allí".
Aquel encuentro marcaría definitivamente la vida de Isidoro. "Nada más
saludarme -recordaba el Fundador- me dijo a bocajarro: Quiero entregarme
a Dios y no sé cómo ni dónde". Ya en casa, Isidoro le contó
detalladamente sus inquietudes espirituales, y al oírle, don Josemaría
le habló extensamente de lo que Dios le había hecho ver poco tiempo
antes.
Isidoro comprendió: "aquello" que su amigo había "visto" el 2 de octubre
de 1928 era precisamente lo que estaba buscando desde hacía tiempo. Era
un camino de santidad totalmente nuevo para él, donde podría llevar a
cabo las inquietudes espirituales que sentía en el fondo del corazón.
Juan Jiménez Vargas
Poco a poco el joven Fundador fue reuniendo en torno suyo, con mucho
esfuerzo, a un pequeño grupo de personas: jóvenes universitarios que le
ayudaban a cuidar a los enfermos de los hospitales, y a los que encendía
en el amor a Dios; y también artistas, obreros, artesanos... a los que
les mostraba la perspectiva de una vocación cristiana vivida en toda su
radicalidad, en el lugar que tenían en el mundo, bien identificados con
Jesucristo.
En sus apuntes personales se encuentra, a finales de 1932, una anotación
que le recordaba aquella conversación pendiente con Jiménez Vargas. ¿Qué
habría sido de aquel estudiante de Medicina -se preguntaba- que le
habían presentado a principios de año y al que no había vuelto a ver?
Juan seguía dando excusas; y hay que reconocer que, para un joven activo
y preocupado por la realidad social como él, excusas realmente no
faltaban: el país había cambiado de régimen el año anterior, casi de la
noche a la mañana: el 14 de abril, con la gráfica frase del Almirante
Aznar, "España se había acostado monárquica y se había levantado
republicana". Y aquel cambio de sistema político, tras un breve lapso de
exaltación republicana, había acarreado, más que el periodo de mayor
justicia social con el que soñaban algunos, una sucesión de graves
acontecimientos y de manifestaciones violentas de carácter anticlerical.
En mayo de 1931 las masas incontroladas incendiaron varias iglesias y
conventos de Madrid. En poco tiempo, en Barcelona -donde Manuel y
Manolita iniciaban su noviazgo-, en Sevilla, en Málaga -donde trabajaba
Isidoro Zorzano- y en casi todas las regiones españolas, se produjeron
diversos desórdenes, saqueos e incendios contra edificios religiosos,
ante la actitud pasiva de las autoridades.
Los conflictos se habían ido agravando a lo largo de 1932. La postura
del gobierno ante la Iglesia se fue volviendo cada vez más sectaria. Se
retiraron los crucifijos de las escuelas y se dictaron una serie de
disposiciones antirreligiosas que pretendían arrancar de cuajo las
raíces cristianas de España. Se secularizaron los cementerios y durante
la Semana Santa, por primera vez desde hacía muchas décadas, no salieron
las procesiones a la calle. En julio, los obispos habían protestado
enérgicamente por la ley del divorcio y del matrimonio civil y había
cundido por todas partes, en palabras de Ortega -uno de aquellos
"intelectuales al servicio de la República"-, una sensación de "desazón,
descontento, desánimo, en suma, tristeza".
Ese era el ambiente social del país cuando don Josemaría logró, al
finalizar el año, conversar de nuevo con aquel estudiante de Medicina.
Jiménez Vargas conserva bien grabada en la memoria aquel encuentro con
"el Padre", como le llamaban todos aquellos chicos, siguiendo el uso
común de la época para denominar a los sacerdotes. Don Josemaría le
habló de lo que sería el Opus Dei -recuerda Juan- sin la menor nota de
sensacionalismo, ni mucho menos detalles personales incompatibles con su
profunda humildad. (...) Resultaba evidente que el Padre era la persona
que Dios había elegido para hacer la Obra, y que se había entregado de
tal manera que su preocupación por hacer realidad aquella misión divina
era como algo que había llegado a constituir la característica más
decisiva de su propia personalidad".
Tampoco Juan retrasó demasiado su decisión de entrega a Dios. A pesar de
sus dilaciones anteriores, pocos días más tarde, ya en el nuevo año -el
4 de enero de 1933-, se consideraba plenamente de la Obra. Está claro
que aquella decisión no era fruto sólo de su generosidad personal: Dios
concedía a aquellos primeros una gracia especial para entender, en toda
su hondura y profundidad, el mensaje que les trasmitía aquel sacerdote:
"Era como si uno hubiese comprendido la Obra -comenta- con un
conocimiento humanamente inexplicable".
Y prosigue: "En aquella primera conversación (...) me explicó la Obra
con mucha extensión, detallando muchas cosas que en aquel momento
estaban muy lejos de ser realidad, y que han ido saliendo muchos años
después". En esta fotografía de aquella época aparece Juan Jiménez
Vargas junto al Fundador del Opus Dei.
Al igual que Isidoro, Juan Jiménez Vargas fue uno de los hombres que
permaneció junto al Fundador desde los primeros años 30. Dos semanas
después de su decisión de entregarse a Dios, el 21 de enero del 33,
asistió, junto con otros dos estudiantes de medicina, a la primera de
las reuniones de formación espiritual del Opus Dei -lo que luego se
denominarían "círculos" o "clases de formación". Don Josemaría había
invitado a muchos, pero sólo vinieron tres: ¡no importaba! Les habló con
gran ardor apostólico, y al terminar les dio la bendición con el
Santísimo. Y vio, no sólo tres, "sino tres mil, trescientos mil, tres
millones".
Don Josemaría no era un soñador: "veía", (no "imaginaba", ni "soñaba",
que es algo distinto) el Opus Dei proyectado en los siglos, extendido
por toda la tierra, en servicio de la Iglesia. Tenía la seguridad
absoluta de estar cumpliendo "un mandato imperativo de Cristo". Isidoro,
Juan, y los que fueron llegando al Opus Dei, supieron vivir de fe.
Confiaron en Dios y en aquel sacerdote, que les decía con fuerza: "la
Obra de Dios no la ha imaginado un hombre".
A ellos, por tanto, no les correspondía inventar nada: su tarea era la
de secundar la gracia del Espíritu Santo, y poner los medios necesarios
para levantar aquel edificio sobrenatural: y esos medios eran, como les
enseñaba el Fundador, en primer lugar, la oración; en segundo lugar, la
expiación y luego, en tercer lugar -"muy en tercer lugar", como
precisaría en "Camino"- la acción apostólica.
En primer lugar, la oración: don Josemaría iba pidiendo "la limosna de
la oración" por todas partes. "Pedía oraciones a todo el mundo",
recuerda Jiménez Vargas: "monjas de clausura, enfermos, etc.".
En los Hospitales de Madrid. María Ignacia García Escobar
"La fortaleza humana de la Obra -explicaba el Fundador- han sido los
enfermos de los hospitales de Madrid: los más miserables; los que vivían
en sus casas, perdida hasta la última esperanza humana; los más
ignorantes de aquellas barriadas extremas".
Uno de los hospitales a los que acudía don Josemaría, el Hospital del
Rey, había cambiado su nombre, en aquellos años de exaltación
republicana, por el de Hospital Nacional. Su capellán era un sacerdote
joven de 28 años, don José María Somoano, vinculado estrechamente con el
Fundador del Opus Dei.
El hospital estaba enclavado al norte de la Ventilla, cerca de Tetuán de
las Victorias, a siete kilómetros del centro de Madrid, y contaba con
especialistas de prestigio, como el doctor Tapia, al que había venido a
ver, desde Barcelona, Enrique García, padre de Manolita, como hemos
visto anteriormente.
En aquel lugar se encontraba hospitalizada una mujer cordobesa de 34
años, María Ignacia García Escobar, que había ingresado en 1930 con una
tuberculosis avanzada e incurable. Esta fotografía data de aquella
época.
Pero no hay que imaginarse a María Ignacia siempre tal y como aparece en
esta fotografía, con el gesto serio y con su vestido de fiesta,
bordeado, al gusto de la época, de pequeñas perlas blancas. Era una
joven sencilla, como sencilla había sido su vida hasta entonces, aunque,
como comentaba su antigua maestra, "tuvo que sufrir mucho moral y
físicamente. Moralmente a causa de su hermana Braulia, enferma
tuberculosa y también porque a la muerte del padre se arruinaron".
Aquella ruina -causada por la quiebra de una empresa en la que los
hermanos habían invertido el dinero procedente de una venta familiar-
los había dejado en una difícil situación económica. Sólo gracias al
famoso torero "Bombita", que era amigo de la familia, pudieron hacer por
ella lo único que se podía hacer entonces, como ya hemos visto, por un
tuberculoso: ingresarla para una "cura de aire" en el Sanatorio del
Guadarrama, aunque sólo fuera por un año. Desde Guadarrama pasó a
Madrid, al Hospital del Rey.
Urgido por el Fundador, don José María Somoano le decía con frecuencia a
María Ignacia: "hay que pedir mucho por una intención, que es para bien
de todos. -Esta petición, no es de días; es un bien universal que
necesita oraciones y sacrificios, ahora, mañana, y siempre. Pida sin
descanso..."
María Ignacia ofrecía todos sus dolores por aquella intención: "De noche
-escribía en su cuaderno de notas-, cuando los dolores no me dejan
dormir, me entretengo en recordarle su intención repetidas veces a
Nuestro Señor".
"Sonreiré estos días -escribe también en coloquio con el Señor el 7 de
febrero- en medio de cuantas sequedades y tribulaciones quieras
enviarme. Todo lo podré contigo".
Su hermana Braulia escribe que don Josemaría "era el alma de todo el
apostolado que se hacía en aquel hospital madrileño". Y recuerda, además
de don José María Somoano, a otros sacerdotes amigos del Fundador que le
ayudaban en aquella tarea apostólica, como don Lino Vea-Murguía, un
sacerdote joven de una familia acomodada de Madrid.
4. Las Mujeres Del Opus Dei
14 de febrero de 1930
Algo muy importante había sucedido poco tiempo antes en el alma del
Fundador del Opus Dei. Menos de año y medio después de la fundación de
la Obra, Dios le había hecho entender, el 14 de febrero de 1930,
mientras celebraba la Santa Misa, un aspecto decisivo de aquel querer
divino: Dios quería que también hubiera mujeres en su Obra.
"No pensaba yo que en el Opus Dei hubiera mujeres", contaría más tarde.
"Pero, aquel 14 de febrero de 1930, el Señor hizo que sintiera lo que
experimenta un padre que no espera ya otro hijo, cuando Dios se lo
manda. Y, desde entonces, me parece que estoy obligado a teneros más
afecto -comentaba a sus hijas en el Opus Dei-: os veo como una madre ve
al hijo pequeño".
Dios le iba llevando paso a paso: al paso de Dios. Y el paso divino es
imprevisible: unas veces camina por el alma con ímpetus ardientes;
otras, con calma y lentitud; y otras, de forma totalmente inesperada.
Así sucedió en el nacimiento del Opus Dei: el 2 de octubre, Dios se
presentó de improviso. Y casi año y medio más tarde, cuando el Fundador
pensaba haberlo entendido todo; a los pocos días de haber escrito:
"Nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei", el 14 de febrero de
1930, Dios le hizo comprender lo contrario: "para que se viera
-explicaba- que no era cosa mía, sino contra mi inclinación y contra mi
voluntad".
Era "un modo de actuar" plenamente divino; una muestra de la sabiduría
de la pedagogía de Dios con los hombres. "Si -en 1928- hubiera sabido
-comentaba el Fundador- lo que me esperaba, hubiera muerto. Pero Dios
Nuestro Señor me trató como a un niño: no me presentó de una vez todo el
peso, y me fue llevando adelante poco a poco...".
9 de abril de 1932
De ese mismo modo -poco a poco- Dios fue obrando en el alma de María
Ignacia. A medida que los dolores arreciaban -"no tengo nada en mi
cuerpo, que no me duela"-, se iba abrazando con mayor fuerza a la Cruz,
y crecían sus deseos de amor y de reparación. El amor de Dios le llevaba
a ansiar -¡qué paradoja!- la llegada de aquel dolor que la dejaba
exhausta. Escribía el Miércoles de Ceniza de 1932: "al despertar esta
mañana, he visto mi Jesús, que ahora como siempre, no me has olvidado.-
(...) -Como no se te ocultan las vivas ansias de mi corazón de llegar a
amarte hasta perderme dentro de la llaga de tu divino costado, mientras
yo dormía, cual Padre cariñosísimo, Tú me preparaste tan agradable
sorpresa para hoy.-".
Esa agradable sorpresa era... encontrarse peor y sufrir dolores
indecibles. Lo relataba con ese engrandecimiento de las propias faltas
-que parecen inmensas al contrastarlas con la bondad divina-
característico de las almas santas: "No sé hacer oración.- Rara vez me
mortifico. Soy muy charlatana...... ¿Cuándo así, voy a purificarme de
tantos pecados como en mi vida he cometido, y poder llegarme a Ti? Al
enviarme los dolores me dices: 'Si los aceptas con alegría y en medio
del sufrimiento me demuestras amor aunque sea con una leve mirada al
Crucifijo, Yo te prometo suplir con ello, cuantos rezos y
mortificaciones pudieras hacer en mi honor'".
El domingo de Resurrección, anotó sus propósitos del día de retiro: "-1º
Confianza absoluta en la misericordia de Dios. -2º Indiferencia completa
en todas las cosas, aceptando lo que Jesús me envíe, sea como fuere. -3º
Alabar al Señor en todos los sucesos de mi vida, ya sean prósperos ya
adversos, y hacer de ellos la menor referencia posible, sobre todo, de
los adversos. -4º Cuando sea reprendida, no contestar; y si alguna vez
fuere necesario, muy brevemente. -5º En mis dolores y sufrimientos, no
dejar nunca de mirar al Crucifijo y besarle con amor. -6º Viviré siempre
como si a cada instante fuera a morir. -7º Amaré mucho a la Santísima
Virgen, mi Madre.
Viernes Santo, del 1932".
El 9 de abril de 1932, formaba parte del Opus Dei. Fue uno de los días
más gozosos de su vida. Su cuaderno de notas rebosa agradecimiento y
alegría por aquel inesperado don de Dios. ¡Allí, postrada en aquella
cama del Hospital, cuando todos los médicos la desahuciaban y sólo
esperaba la muerte; allí, precisamente, Dios le había hecho ver su
vocación! Aquella enfermedad -lo comprendía ahora con una luz nueva- era
algo más que una cruz que debía soportar: era su "trabajo", su
instrumento de santificación, su camino concreto para llegar a Dios, su
medio específico para hacer el Opus Dei en esta tierra. Vendrían miles
de mujeres a aquella Obra de Dios. ¡Y ella, en aquel Hospital, iba a ser
parte del cimiento del Opus Dei y allanaría con su dolor los caminos de
Dios para los millares de almas que vendrían después...! ¡Qué alegría!
Ese agradecimiento a Dios por la vocación recién descubierta domina todo
ese periodo; aunque precisamente muy pocos días después de aquel 9 de
abril empeoró de salud y le subió de nuevo la fiebre.
Lo que quieras, cuando quieras, y en la forma que quieras
Ahora, mientras su piel sentía cada día los efectos de la luz
ultravioleta de la lámpara de cuarzo -otro de los nuevos "remedios" de
la época contra la tuberculosis- María Ignacia sentía en su alma los
efectos de una luz nueva. Era una luz abrasadora, el "fuego" del que
tanto le hablaba el Fundador, que escribía: "Si eres otro Cristo, si te
comportas como hijo de Dios, donde estés quemarás: Cristo abrasa, no
deja indiferentes los corazones".
"Donde estés quemarás..." Y a ella le quedaba poco tiempo en esta
tierra... Sentía inminente su despedida: "sólo me restan unos días...",
escribe en su cuaderno. No había tiempo que perder: era el momento de
sembrar a manos llenas todo lo que el Señor, con "fuertes aldabonazos",
le había hecho ver en su alma. "El Padre -cuenta Braulia García Escobar-
le pidió que buscase amigas. También señoras casadas. Yo pienso que eso
fue lo que la movió a decírselo a nuestra otra hermana Benilde, que
estaba ya viuda".
"Lógicamente -explica Benilde- quiso que las otras dos hermanas
participáramos de la dicha que ella tenía con este descubrimiento, que
había sido una especial gracia de Dios".
El día 21 de julio de 1932 escribió: "El día 17 de este mes nos dejó
nuestro celoso y santo Capellán". Se refería al entierro de don José
María Somoano, que poco antes se había puesto gravemente enfermo, y
había ingresado en el Hospital con un extraño cuadro de quebrantamiento
general: afonía, vómitos, fiebres y sudores fríos. Fue perdiendo el
pulso y empeorando hora tras hora, hasta que el día 16 de julio, fiesta
de la Virgen del Carmen, falleció.
Don José María, ¡la había ayudado tanto! La había puesto en contacto con
el Fundador del Opus Dei; la había acompañado en los momentos duros y le
había hecho ver su enfermedad como un don de Dios... Y ahora Dios se lo
llevaba.
María Ignacia, durante su enfermedad, "sufrió mucho -recuerda su antigua
maestra-. Tenía tuberculosis en el vientre y le hicieron varias
operaciones". A veces, sentía flaquear sus fuerzas. "Pero con tu ayuda
-escribía, dirigiéndose, como siempre, al Señor- y la de tu Madre
Santísima, por fin he logrado vencer".
En los momentos de mayor sufrimiento don Josemaría la consolaba,
mostrándole el sentido sobrenatural de aquel dolor que Dios permitía en
su vida: "A veces -le decía- puede parecernos que nos trata duramente;
no podemos entender las dificultades o las penas que nos envía; pero
tampoco el niño pequeño entiende por qué su madre no le deja que juegue
con un cuchillo o que acaricie con sus deditos la llama de una vela; y
menos entiende por qué, en determinadas circunstancias le da unos buenos
azotes. Sin embargo, todo es para bien".
Así fueron pasando, lentos, dolorosos y alegres, los últimos meses de su
vida. Sólo alguna nevada ocasional alteraba un poco la monotonía triste
del trasiego hospitalario. Pero María Ignacia estaba más activa que
nunca: desde su cama rezaba, encomendaba las futuras labores, escribía,
hablaba con unas y otras. Don Josemaría -recuerda Braulia- la atendía
espiritualmente, dándole muchos consejos, animándola en su labor de
apostolado y llevando su alma al formarla según el espíritu de la Obra".
Vivía abandonada en Dios: "Lo que quieras, cuando quieras, y en la forma
que quieras", repetía. Estas palabras son un eco de la predicación del
Fundador que enseñaba a identificarse con la Voluntad de Dios diciendo:
"¿Lo quieres, Señor?... ¡Yo también lo quiero!". Y cuando -nueva
paradoja- se estaba consumiendo entre dolores, se definía a sí misma
"borracha de felicidad".
"Pocos días antes de morir -recuerda Braulia- la trasladaron de la sala
común a una habitación de dos camas para no apenar a las otras enfermas.
Yo la acompañaba día y noche. Tenía dolores terribles; estaba llagada de
pies a cabeza; la última vértebra la tenía deformada y sobresalía
tremendamente. Se había quedado consumida, incluso mucho más pequeña de
estatura. Clarita, la enfermera, podía levantarla sin ayuda de nadie".
Ahora, desfallecida y sin fuerzas, María Ignacia sabía que era más
eficaz en el Opus Dei que nunca. El Fundador seguía apoyándose en
aquellos dolores como en un cimiento poderoso. En una ocasión fue a
visitarla acompañado por Juan Jiménez Vargas: "Todo lo que sufría
-cuenta- lo ofrecía por las intenciones que le indicaba el Padre (...)
Antes de morir, el Padre le indicó una serie de intenciones que tenía
que seguir encomendando": la catequesis, la gente que trataba...
Fue la última paradoja de su vida: deseaba vivir y morir; y crecía en
ella, cada día con mayor fuerza, el deseo del Cielo. Quería quedarse y
quería irse. ¡Desde allí podía hacer tanto! A ella se puede aplicar lo
que cuenta aquel punto de "Forja":
"¡Cómo amaba la Voluntad de Dios aquella enferma a la que atendí
espiritualmente!: veía en la enfermedad, larga, penosa y múltiple (no
tenía nada sano), la bendición y las predilecciones de Jesús: y, aunque
afirmaba en su humildad que merecía castigo, el terrible dolor que en
todo su organismo sentía no era un castigo, era una misericordia.
-Hablamos de la muerte. Y del Cielo. Y de lo que había de decir a Jesús
y a Nuestra Señora... Y de cómo desde allí 'trabajaría' más que aquí...
Quería morir cuando Dios quisiera..., pero -exclamaba, llena de gozo-
¡ay, si fuera hoy mismo! Contemplaba la muerte con la alegría de quien
sabe que, al morir, se va con su Padre".
13 de septiembre de 1933
Un día del verano de 1933 "vino el Padre -recuerda Braulia- para
administrarle la Extremaunción (...) y estuve presente, sosteniendo el
farol con dos velas encendidas que dejé caer -del nerviosismo y del
cansancio- manchando la ropa de cera y quemándome un poco (...).
Cuando María Ignacia murió yo estaba sola. Don Josemaría se enteró
inmediatamente -no sé cómo- y vino enseguida. Se encargó de organizar el
entierro y lo presidió, junto a otros sacerdotes (...).
Recuerdo al Padre con manteo, caminando de prisa detrás del féretro,
colocado sobre el coche mortuorio, hasta el cementerio de Chamartín de
la Rosa (...).
Cuando llegó el momento terrible de echar la tierra, don Josemaría cogió
un puñado, la besó y la echó sobre el ataúd. Me animó con un gesto para
que hiciera lo mismo. No sé de dónde saqué fuerzas, pero al ver la
serenidad que el Padre tenía, yo hice lo mismo con una gran paz".
"En las vísperas de la Exaltación de la Santa Cruz, 13 de Septiembre
-escribió don Josemaría inmediatamente después de su fallecimiento-, se
durmió en el Señor esta primera h. nuestra, de nuestra Casa del Cielo.
(...)
¡Qué paz la suya! -¡Cómo hablaba, con qué naturalidad, de ir pronto con
su Padre-Dios... y cómo recibía los encargos que le dábamos para la
Patria..., las peticiones por la Obra!- (...)
Aun antes de conocer la Obra de Dios ya aplicaba María por nosotros los
terribles sufrimientos de sus enfermedades (...).
La oración y el sufrimiento han sido las ruedas del carro de triunfo de
esta h. nuestra. -No la hemos perdido: la hemos ganado. -Al conocer su
muerte, queremos que la pena natural se trueque pronto en la
sobrenatural alegría de saber ciertamente que ya tenemos más poder en el
Cielo".
5. Gracias Al Dolor
Sigamos con nuestra historia. Mientras tanto, en Barcelona, Manuel y
Manolita eran, según la conocida expresión, "novios formales".
"Pensábamos casarnos pronto -comenta Manolita- porque no sospechábamos
lo que iba a suceder en España poco tiempo después".
"Pocos años antes -cuenta Manuel Grases- había sucedido algo muy
importante en mi vida. Yo lo llamaría una 'conversión'. Hasta entonces
yo llevaba una vida cristiana como la de tantos: me limitaba a
'cumplir'... Y un día, en Misa, en la capilla del Oratorio del Pupilaje
Tarrasense, cuando estudiaba en la Escuela Industrial... Es difícil
explicarlo. Fue una especial gracia de Dios. Lo vi todo más claro... El
caso es que a partir de aquel día, a partir de aquella Misa, cambié.
Decidí tomarme en serio la vida cristiana. No sé lo que fue aquello:
pero desde luego, fue una gracia muy especial: algo muy parecido a una
conversión...
Y también recuerdo que durante esa época de noviazgo, Manolita y yo nos
ayudábamos en nuestra vida cristiana. Ibamos con frecuencia a Misa a la
iglesia de San Jaime".
En esta fotografía aparecen los dos, vestidos a la moda de la época, en
un tiempo en el que comenzaban a hacer planes para su boda, que tenían
previsto realizar en 1936.
También durante aquel año de 1936 el Fundador del Opus Dei soñaba con
llevar a cabo los planes de Dios. Después de muchas dificultades, la
labor apostólica comenzaba a consolidarse: la Academia DYA, que se había
puesto en marcha en 1933, contaba con bastantes alumnos y la Residencia
de estudiantes que había promovido después estaba totalmente llena; y
del 10 al 13 de abril de 1936 el Fundador tuvo la alegría de poder
celebrar allí unos días de Retiro Espiritual, el primero organizado en
un Centro del Opus Dei. Se daban ya los primeros pasos para comenzar en
Valencia; se hacían planes para comenzar en París; iban llegando nuevas
vocaciones...
Pero Dios tenía otros planes, muy diversos de los de los hombres.
Detengámonos un momento a considerar este conjunto de historias,
aparentemente tan dispares. Dos jóvenes que se enamoran tras coincidir
por azar en un sanatorio antituberculoso en las faldas del Montseny; un
estudiante madrileño que acompaña a un joven sacerdote aragonés en sus
visitas a los enfermos -muchos de ellos, tuberculosos también- por los
Hospitales de Madrid; un joven ingeniero que encuentra la llamada de
Dios; y una joven andaluza desahuciada por los médicos, que ofrece todos
sus dolores desde la cama del Hospital, por una Obra de Dios que está
dando sus primeros pasos en la tierra. Son historias unidas entre sí por
una serie de coincidencias -la muerte de los padres en plena juventud,
la ruina económica- y sobre todo por una enfermedad terrible -cuyo sólo
nombre significaba entonces, en la mayoría de los casos, la muerte- y
que parecen muy lejanas de la vida de Montse Grases, la protagonista de
estas páginas.
Sin embargo, Dios, que juega con los hombres como un padre con su hijo
pequeño -"ludens in orbe terrarum", jugando con el orbe de la tierra, se
lee en la Sagrada Escritura-, se sirvió de esa enfermedad de muerte para
dar vida; y con el correr de los años, iría anudando todas estas
historias -la del Fundador del Opus Dei, la de Manuel Grases y Manolita
García, la de Isidoro Zorzano, la de Juan Jiménez Vargas y la de María
Ignacia- de un modo sorprendente: por medio del dolor.
Con ocasión de la enfermedad, en el clima de sufrimiento y de ansiedad
que rodeaba a aquella temible dolencia, Manuel y Manolita se conocieron
y se enamoraron; gracias a la oración y a la mortificación del Fundador,
Isidoro Zorzano y Juan Jiménez Vargas descubrieron su vocación; y María
Ignacia García Escobar encontró en aquel dolor un sentido para su vida.
Con razón pudo escribir el Fundador, recordando las palabras de una
moribunda a la que ayudó a bien morir en uno de esos hospitales de
Madrid: "Bendito sea el dolor. -Amado sea el dolor. Santificado sea el
dolor... ¡Glorificado sea el dolor!"
¡Qué lejanas parecen a veces las cúpulas de los cimientos! Estas dos
mujeres, María Ignacia García Escobar y Montserrat Grases hicieron
realidad en su vida el espíritu del Opus Dei, por medio del sufrimiento
y del dolor. Las dos constituyen un ejemplo conmovedor de entrega a Dios
en medio del mundo. No se conocieron en esta tierra y, sin embargo,
están unidas entre sí por una profunda sintonía espiritual, que el
lector irá descubriendo a medida que avance en la lectura de estas
páginas.
Por esa razón, al leer el relato de los últimos meses de la vida de
Montse, hay que guardar vivo en la memoria el recuerdo de María Ignacia.
Hay paralelismos sorprendentes y llamativas coincidencias entre estas
dos mujeres, a pesar de que vivieron en épocas muy diversas, a pesar de
sus diferencias de edad y de sus mentalidades, tan distintas: andaluza
una, catalana la otra.
María Ignacia fue una de las mujeres que abrieron el camino del Opus Dei
en sus comienzos. Dios la llamó en "la primera hora", en la hora de la
fe y de la esperanza, en ese tiempo en el que no se ven los frutos y
queda por delante todo un día de trabajo y de calor. "Uno es el que
siembra -se lee en la Escritura- y otro es el que siega". A ella le tocó
la dura tarea de sembrar.
Montse Grases recogió el fruto granado de esa siembra casi treinta años
después.
Fue una siembra ardua y fatigosa. "No os podéis imaginar -comentaba años
más tarde el Fundador- lo que ha costado sacar adelante la Obra. Pero
¡qué aventura más maravillosa!" Y continuaba: "Es como cultivar un
terreno selvático: primero hay que talar los árboles, arrancar la
maleza, apartar las piedras..., para después arar la tierra a fondo
(...). Una vez roturada, hay que dejar reposar la tierra, para que se
airee bien. Luego viene la siembra, y los mil cuidados que exigen las
plantas: prevenir las plagas; el temor a que descargue una tormenta..."
Así sucedió. Recién sembrada la semilla, Dios permitió que cayera sobre
ella una tormenta inmisericorde y dolorosa: la tormenta terrible de una
guerra civil.
Comenzaba el tiempo de luchar.
Capítulo 2 : Tiempo de luchar
1. Vientos De Guerra
2. Barcelona. La Gran Oportunidad
3. De España A España
4. Burgos, 1938. Trabajar Sin Descanso
5. Fin De La Guerra
Corazón que no quiera
sufrir dolores
pase la vida entera
libre de amores,
libre de amores.
¡Ay!, vida mía
libre de amores.
1. Vientos De Guerra
Luchad, matad, morid
"No sospechábamos lo que iba a suceder en España poco tiempo después",
recuerda Manolita García, hablando de sus años de noviazgo. Como ella,
millares de españoles contemplaron las tristes consecuencias de muchos
años de siembra de odio. "Entrad a saco en la civilización decadente y
miserable de este país sin ventura -gritaba el político radical Lerroux,
en 1906, a sus "jóvenes bárbaros" en Barcelona-; destruid sus templos,
acabad con sus dioses, alzad el velo a las novicias y elevadlas a la
categoría de madres para virilizar la especie. No os detengáis ni ante
los sepulcros ni ante los altares. No hay nada sagrado en la tierra. El
pueblo es esclavo de la Iglesia. Hay que destruir la Iglesia. Luchad,
matad, morid".
Muchos otros, como Lerroux, contribuyeron al crecimiento de la
violencia, y esa siembra de odio fue creciendo durante treinta años
alimentada por el rencor y la turbulencia política, hasta que dio frutos
sangrientos. Las metáforas grandilocuentes se convirtieron, al cabo de
varias décadas, en realidades palpables y descarnadas, y gran número de
aquellos "jóvenes bárbaros" barceloneses, convertidos ya en hombres
maduros, comenzaron a luchar, a matar, a morir.
Desde la victoria del Frente Popular, el 16 de febrero de 1936, se
produjeron numerosos desórdenes de raíz anticristiana que fueron
creciendo día tras día, y se agudizaron durante los cinco meses que duró
aquel gobierno. Se incendiaron varios centenares de iglesias en toda
España; se expulsaron de sus parroquias a decenas de sacerdotes; en
algunos lugares se prohibió tocar las campanas y se hicieron frecuentes
los robos sacrílegos del Santísimo Sacramento, las profanaciones y los
actos blasfemos. Se creó "un clima de terror en el que la Iglesia fue el
objetivo fundamental".
Esta fotografía, de pocos meses más tarde, en la que un grupo de
milicianos dispara contra el Sagrado Corazón del Cerro de los Angeles,
al sur de Madrid, es un testimonio elocuente de aquel periodo.
Ese objetivo tenía una diana muy precisa: los eclesiásticos. En Madrid,
especialmente por los barrios de Cuatro Caminos, Tetuán y Chamartín, que
frecuentaba mucho el Fundador del Opus Dei, circulaban las patrañas más
absurdas. Se decía que unas monjas habían distribuido caramelos
envenenados a sus alumnos, hijos de obreros; que había muerto un niño a
consecuencia de eso en la Casa de Socorro y que otro agonizaba en el
Colegio de la Paloma, en medio de atroces sufrimientos. Era sólo una
excusa para lanzar el populacho contra esas religiosas, herirlas
gravemente, e incendiar el Colegio, como sucedió. Comenzaba un periodo
de anarquía, caracterizado por lo que se dio en llamar, tristemente, "la
caza del cura". Sucesos parecidos ocurrían en Málaga, donde trabajaba
Isidoro Zorzano, o en Barcelona, donde Manuel y Manolita empezaban a
contemplar con incertidumbre su futuro próximo.
El 16 de agosto de 1936, una patrulla de milicianos golpeó con fuerza la
puerta de una vivienda acomodada del portal nº 3 de la calle Francisco
de Rojas, de Madrid. Al entrar descubrieron a un sacerdote de treinta y
cinco años, todavía con sotana, que acababa de celebrar Misa. Festejaron
el hallazgo con gritos y amenazas, y encañonándolo, le ordenaron, en
presencia de su madre:
-"¡Quítate la sotana!"
El sacerdote obedeció, para evitarle sufrimientos a su madre, que
contemplaba la escena horrorizada. A continuación, entre insultos y
groserías, se lo llevaron a empellones de la casa. En la puerta, uno de
ellos gritó:
-"¡A este mozo lo despacharemos enseguida!"
Sus amigos empezaron a buscarlo por todas partes. Nadie sabía nada.
Desde que el gobierno había repartido armas al populacho, se había
desatado la anarquía y cada cual hacía la "justicia" por su cuenta. ¡La
justicia! En Bellas Artes les dijeron que quizá pudiera estar en la
Dirección General de Seguridad. Pero allí todo eran evasivas y
suposiciones. "Seguro que lo mataron", comentaba el portero de la casa.
Al final encontraron el cadáver en medio de un charco de sangre, junto a
la tapia del Cementerio del Este. Era don Lino Vea-Murguía, aquel
sacerdote amigo del Fundador del Opus Dei que le ayudaba en la atención
de los enfermos del Hospital del Rey. Don Lino el único hijo que le
quedaba a doña Trinidad Bru, viuda.
Había estallado la guerra civil y don Lino era uno más entre los miles
de asesinados por motivos religiosos en la guerra civil española que
comenzó el 17 de julio de 1936. Sólo en el mes de agosto se cometieron
2.077 asesinatos -unos 70 al día- contra sacerdotes, religiosos y
religiosas, entre los que figuraban diez obispos. Entre ellos estaba el
obispo de Cuenca, don Cruz Laplana, que murió perdonando a sus asesinos,
y que era pariente de doña Dolores Albás, madre del Fundador del Opus
Dei. También moriría mártir el padrino de bautismo de don Josemaría, su
tío Mariano, que se había ordenado sacerdote tras enviudar. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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