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OPUS DEI Una investigación Vittorio Messori
Índice 1. Un informe para los editores 2. Una «leyenda negra» 3. Muchas sectas, una Prelatura 4. Dentro de la obra 5. «Un fundador sin fundamento» 6. Lo raro de no ser raros 7. Una realidad religiosa 8. Sigue donde estás: «labora et ora» 9. Una agencia para e espíritu 10. Quien va y quien viene 11. Vocaciones con contrato 12. Laicos, pero de verdad 13. Sacerdotes, «sólo» sacerdotes 14. El cilicio y los ángeles 15. Cada uno a su manera 16. Negras sombras NOTAS
1. UN INFORME PARA LOS EDITORES
Aquí tienen lo que he conseguido averiguar. Ha pasado bastante más de un año desde que decidí investigar -como un cronista con aires de detective- tal y como lo habría hecho sobre la Mafia. No sobre la mafia siciliana, sino sobre una institución española: el Opus Dei, la Obra, como la llaman en castellano. Pongo las cartas sobre la mesa. Para transmitir lo que he conseguido saber necesitaré todas las páginas del informe que ahora entrego, pero quiero anticipar (y no es una astucia para incitar a la lectura, sino simplemente «colocar la noticia al principio», como dice la primera regla del periodismo) que no lamento haber retrasado otros trabajos previstos en mi agenda para dedicarme a éste. La realidad en la que me he sumergido, para intentar descifrarla, es mucho más consoladora o inquietante, mucho más prometedora o amenazante (todo depende del punto de vista; aquí, sin embargo, no son fáciles las medias tintas) de lo que la mayoría de los católicos ni siquiera sospecha. Pero, desde luego, mucho más de lo que yo pensaba. No es sólo la realidad presente lo que me ha hecho pensar. Me impresiona imaginar lo que puede ser en el futuro. «Estamos sólo al comienzo de una grandísima aventura», he escuchado de labios de muchos de la Obra, con una seguridad tan desconcertante como desprovista (al menos, así me lo ha parecido) de pomposa arrogancia. En 1928, esta institución de la Iglesia contaba con un único miembro, el fundador; hoy se acerca a los ochenta mil (mitad mujeres, mitad hombres), de más de noventa nacionalidades, con una presencia que crece continuamente en todos los continentes. En Europa, hay cuarenta y seis mil miembros del Opus Dei; en América, veintisiete mil, y siete mil en Asia y Oceanía. En Africa, el crecimiento es algo lento, aunque se está acelerando, (un millar de miembros). Me han recordado con frecuencia los de «dentro», con certeza serena, las palabras del fundador: «el Opus Dei es un mar sin orillas». Por decirlo con palabras de un observador que, sin formar parte del Opus Dei, lo conoce por dentro, realmente sorprendente se mire como se mire: «no es temerario afirmar que está ocurriendo, discretamente y a menudo en silencio, una especie de revolución. La importancia eclesial del Opus Dei y su proyección social están empezando a notarse ahora. Sólo el tiempo la dará a conocer en toda su amplitud». Es indispensable añadir una precisión. Las personas que creen en el Evangelio y lo leen desde una perspectiva católica, saben cuánta verdad encierran las palabras que Jesús dirige a Simón, hijo de Jonás: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 18). Así está escrito. Para los creyentes, la Iglesia, edificada sobre los sucesores de Simón-llamado-Piedra, llegará hasta la consumación de los tiempos, hasta el gran final del regreso glorioso de Cristo. Pero lo que no está escrito es en qué condiciones perdurará hasta entonces. Estos mismos creyentes deben rechazar cualquier actitud triunfalista ante el futuro, pues los Evangelios recogen también muchas referencias enigmáticas e inquietantes (en Lucas «Pero el Hijo del hombre, cuando vuelva, ¿encontrará fe sobre la tierra?», 18, 8; en Mateo: «se levantarán muchos falsos profetas y engañarán a muchos; por la abundancia de la iniquidad, el amor de muchos se enfriará...», 24, 11 y ss.); en Pablo («que nadie os engañe de ninguna manera, porque antes ha de venir la apostasía y se ha de manifestar el hombre de iniquidad, el hijo de la perdición», 2 Tes 2, 3), y en otros muchos textos del Nuevo Testamento. Sin embargo, sea cual sea el imprevisible futuro de la Iglesia, me parece bastante previsible que, en su seno, el Opus Dei tendrá mucho que decir. Es más, pienso que constituirá una estructura bien cimentada, cualesquiera que sean las dimensiones (acrecentadas o reducidas) del rebaño eclesial -ya sea grande o pequeño- en los tiempos venideros. No aspiro a suplantar a profetas y adivinos en su arriesgada profesión: mis conclusiones no son más que el balance razonado de los datos obtenidos a lo largo de mi investigación, y sobre los cuales reflexioné a la luz de los trends, de las constantes y de las desviaciones que han caracterizado a los veinte siglos de historia cristiana. Parece verificarse de nuevo una paradoja nada infrecuente: las presuntas «vanguardias», es decir, esos sectores que se autoproclamaban (y así les consideraban muchos) «el futuro», resultan ser en realidad el pasado. Mientras el presente y -probablemente- el mañana van (e irán) hacia lo que parecía ser un legado del pasado, destinado a ser superado por lo «nuevo». En efecto, desde hace algunos decenios, en el ambiente clerical lo nuevo estaba representado, en opinión de muchos, por el catolicismo autoproclamado «progresista», ese que con tanta frecuencia ambicionaba, más que el diálogo, la fusión (en la praxis e incluso en la teoría) con el marxismo y, en general, con las fuerzas llamadas «de izquierdas». De golpe -con la caída y el descrédito irreparables de la superstición marxista, confundida también por creyentes como «ley científica de la historia»-, ese Catolicismo se ha topado no con los profetas del 2000, sino con los supervivientes de una ideología decimonónica y cubierta de polvo. Basta recordar, por ejemplo, a las figuras católicas que, en la Italia de los años sesenta y setenta, aceptaron ser elegidos al Parlamento en las listas comunistas, como «avanzadillas» -así se proclamaban ellos- de las masas cristianas. Hoy han quedado, de golpe, reducidos a caricaturas anacrónicas. Y pensar que pontificaban -solemnes y venerados-, invitando a la Jerarquía (no pocas veces intimidada, o al menos paralizada) a que declarase que la Biblia no era sino el anuncio y la confirmación de El capital o de los Cuadernos desde la cárcel. Les dieux sen vont... El Opus Dei ha atravesado los años de la contestación clerical en silencio, manteniéndose firme en la Tradición y el Magisterio: en el del Papa, claro, porque no han faltado algunos obispos que parecían vacilar ante un presunto «progresismo», que luego el paso del tiempo ha vuelto retrógrado. Por esta fidelidad a prueba de bomba, la Obra fue despreciada como algo anacrónico, se desconfió de ella como si fuera una especie de quiste preconciliar que agonizaría ante lo Nuevo-que-avanza. Por el contrario, si aquella presunta «novedad» se ha vuelto anticuada de golpe y de modo irremediable, lo que parecía «viejo» goza de buena salud (por ejemplo: frente a la caída de las vocaciones, que continúa en casi toda la Iglesia, a pesar de débiles e insuficientes signos de recuperación, hay aquí una expansión metódica y continua), y además se confirman las previsiones de que tendrá cada vez más peso y prestigio en la Iglesia del futuro. Realmente, ha merecido la pena -mucho más de lo que yo mismo podía sospechar- el tiempo y el esfuerzo dedicados a descubrir esta «cosa» todavía desconocida, este núcleo, cogollo de la Iglesia de hoy y del mañana. Es, por otra parte, una realidad que, por su vigor, no interesa sólo a los creyentes: lo que sucede en la Iglesia nunca ha dejado de tener consecuencias en toda la sociedad. Sucesos recientes confirman que hoy, a pesar de las apariencias, este interés por la Iglesia es mayor que nunca. Mientras releo estas páginas, un resbalón, una banal caída, una fractura del Papa ha puesto en febril agitación al mediasystem mundial. Es decir, una «sacra escayola» es suficiente para ser noticia durante días en la aldea de la información internacional. La propuesta para que indagara sobre el Opus Dei me colocó al principio en una situación algo embarazosa. Se me confió la tarea de satisfacer un amplio deseo de saber más acerca de una «Obra» que se define nada menos que «de Dios». Este interés de los lectores por la investigación coincidía con mi propio interés profesional, pues como dice uno de esos españoles que ha difundido el Opus Dei por el mundo y que lo conoce a fondo, «la Obra es para los periodistas un tema sensacional: siempre "vende"»... Que «vende bien» lo sabía también yo, que formo parte del gremio de los escribas. Pero hasta el momento nunca elegí el tema de un libro pensando en que fuera a gustar a la gente, o en que fuera rentable, al menos potencialmente, para los bolsillos del editor y para los míos. Mi rechazo inicial a indagar sobre el Opus Dei no obedecía a una virtud especial. No quisiera enzarzarme ahora en una discusión con esos moralistas, tan numerosos entre los escritores: gente que falsifican quizá las facturas de los viajes, pero que siempre están dispuestos a indignarse por cualquier cosa; naturalmente por los vicios, las debilidades, las corruptelas de los demás, de todos los demás. Mi rechazo procedía, en todo caso, de una necesidad. La vida es breve, las fuerzas limitadas: es mejor emplear una y otras en reflexionar e investigar sobre nuestras preguntas más auténticas, sobre nuestros interrogantes más profundos. La preparación de un libro -si se pretende trabajar como Dios manda- requiere años: ninguna contrapartida de dinero o de notoriedad podría recompensar el fastidio, el aburrimiento, el esfuerzo de un trabajo solitario como el escribir, si no respondiese a una necesidad. Si no fuera una elección nuestra, una urgencia que nace de dentro de uno. Y -al menos en aquel momento- yo no experimentaba inquietud alguna por saber qué era el Opus Dei. De todos modos, la honradez me obliga a poner todas las cartas sobre la mesa. Por respeto a quien lee, no por alimento de un ridículo protagonismo autobiográfico. Como ustedes saben -y no presumo de ello, pero tampoco lo escondo: así consta en mis libros-, las casualidades de la vida me han ido conduciendo, sin pretenderlo, al cristianismo. Soy feliz en él y no tengo, Dios mediante, intención alguna de abandonarlo. Pero en esa Iglesia a cuyas puertas he llamado, y que se me han abierto generosamente, nunca he formado parte de grupos, asociaciones, movimientos, confraternidades, órdenes, organizaciones, «obras». Las aprecio y me parece muy bien que existan y que se multipliquen y prosperen. Descubro en ellas los brotes que nacen sorprendentemente, generación tras generación, del viejo tronco eclesial. Colaboro con ellas a gusto, en la medida de mis posibilidades. Pero, gracias a Dios, quien la conoce desde dentro sabe que esta Iglesia no peca de abuso cuando se llama a sí misma «católica», es decir «universal». Desde hace dos milenios, muestra verdaderamente que sabe hacer sitio a los temperamentos, a las vocaciones, a las historias más diversas. La Iglesia acepta incluso a los «perros vagabundos». Como me decía una vez el viejo Henri Fesquet, el colega que inventó en «Le Monde» la información religiosa moderna, «es el más vasto y variado jardín zoológico del mundo, donde hay un rincón para cada especie animal». Como católico, por tanto, pero ajeno a militancias particulares, conocía del Opus Dei lo que debe conocer quien, como yo, intente vivir personalmente (por desgracia con resultados con frecuencia poco sustanciosos: vídeo bona proboque, con lo que de ahí se deduce) la dimensión religiosa. Más aún cuando se vive profesionalmente de esta dimensión: estudiándola y comunicándola a los lectores. ¿El Opus Dei? Un grupo como los demás en la Iglesia del siglo veinte, quizá más reservado, ciertamente poco amante de las relaciones públicas, no comprensible a primera vista en su realidad y en su espiritualidad. Así pensaba yo, como todos, o casi todos. Esta lejanía quizá se debía también a un exceso de seriedad (por su parte) de algún amigo, miembro del Opus Dei, que me hizo formar la idea de algo humanamente exquisito, religiosamente descolocado y un poco aburrido. Reserva, austeridad, seriedad, preparación sólida (tanto profesional como teológica), prestigio, influjo socioeconómico; quizá también una pizca de culto a la personalidad en torno a su fundador, el (por el momento) beato Josemaría Escrivá de Balaguer y Albas, llamado invariablemente por sus seguidores «nuestro Padre». Esta era la imagen del Opus Dei y de sus miembros, incluso para mí, un profesional que debería saber casi todo de lo que se cuece en el melting pot cristiano, y muy particularmente en el católico. En un par de ocasiones acepté pasar algunas horas en encuentros «públicos» -aunque se precise invitación personal- en el castello de Urio, la residencia del siglo XVIII junto al lago de Como que hombres (y mujeres) del Opus Dei, principalmente jóvenes universitarios y profesionales, utilizan para sus actividades de formación. Y donde tienen también, me parece, una Escuela de hostelería. Me encontré muy a gusto. Allí experimenté el «estilo Opus Dei»: buena educación, buen gusto en el vestir («Místicos, pero con la corbata adecuada», como ha dicho alguien), sin clericalismos, con una desenvoltura muy «laical», ajena a esa demagogia que confunde la pobreza (la evangélica, no la de los ideólogos populistas) con la cutrez, impuesta hasta a los huéspedes, que equipara el radicalismo cristiano al descuido y al mal gusto, que -entre otras cosas- no siempre son «baratos». En esta Iglesia actual en la que tantos, por desgracia, parecen convencidos de que una iglesia (entendida como edificio) es tanto más cristiana cuanto más se asemeja a un garaje o -para los más «comprometidos»- a un establo, aprecié la sobria pero resplandeciente riqueza de la capilla (o mejor «oratorio», como me he enterado que prefieren decir), moderna y, sin embargo, proyectada «a la antigua», con la convicción de que sería un delito tacañear en los lugares de culto a Dios; que el plástico, el aluminio y el cemento a la vista son óptimos para las naves industriales, pero pésimos para una iglesia. Admiré también los sólidos, tradicionales bancos con reclinatorio y dotados entre otras cosas (una pequeña novedad para mí) de pequeñas lámparas individuales para las lecturas espirituales. Los admiré porque no se había cedido ni siquiera a una de las modas más queridas para los clericales «abiertos»: obligar a los pobres fieles a que se sienten en el suelo, sobre almohadones desparramados por el pavimento. Dicen que hace muy «ecuménico», recordando (quizá) las costumbres de los cultos orientales; parece que expresa lo que llaman «un catolicismo adulto». Felices ellos; pero no ciertamente quien tiene más de veinte años. Podría seguir: olores intensos de cocina que inundan pasillos y habitaciones; limpieza superficial; mobiliario cutre más que pobre; en las paredes, cuadros sin valor o, peor aún, pósters con imágenes políticas o ecológicas, donde antes había pinturas de maestros antiguos... Por trabajo o por personal interés espiritual, he debido frecuentar tantos lugares por el estilo, y lo digo con una tristeza que no olvida la simpatía fraterna: este es, más o menos, el look de demasiados lugares religiosos de hoy, en el crepúsculo de órdenes y congregaciones religiosas que fueron gloriosas. No discuto (es evidente) la santidad que, ciertamente, se sigue viviendo en aquellos lugares. Pero las apariencias no atraen a quien está fuera de ese «ambiente» y no sabe descubrir lo que hay detrás. No sucede esto en los Centros del Opus Dei. Al realizar esta investigación, he podido conocer la belleza singular de Urio, «lugar de representación», ciertamente; pero también el aspecto digno -aunque a distinto nivel- de todos los demás lugares de la Obra. Alguien me recordó lo que repetía con frecuencia el beato Escrivá: que se debía descubrir la «mano» de sus hijas e hijos en que el suelo brilla como un espejo; en las cortinas inmaculadas; en que, si se pasaba un dedo sobre cualquier mueble, no se encontraba ni siquiera una mota de polvo. «La limpieza y "el buen gusto", recordaba, no cuestan nada (salvo el esfuerzo necesario para quien vive en ese lugar) y crean un ambiente adecuado para la espiritualidad». Mis contactos con la Obra y mis conocimientos sobre ella habían sido de este tipo: superficiales y limitados al aspecto externo. Lo cual, por otra parte, no es irrelevante. Hoy menos que nunca, pero tampoco lo era ayer. La sabiduría de la vieja Iglesia -esa sabiduría que tantos parecen haber perdido en estos tiempos, convertidos al irrealismo, con frecuencia inhumano, de esquemas ideológicos- bien sabía que la belleza o al menos el decoro de los ambientes católicos, desde los edificios de culto a los monasterios, constituía un motivo para atraer a los hombres y hablarles de Dios. Permítanme que -siempre a propósito de lo que sabía (o no sabía) de esta institución- narre una anécdota. Sucedió hace algunos años, en la sala de embarque del aeropuerto Fiumicino de Roma. Entre la multitud de viajeros que iban a tomar el último vuelo para Milán, descubro el inconfundible y simpático perfil de párroco lombardo, bondadoso y avispado al mismo tiempo, de don Luigi Giussani, fundador y presidente de Comunión y Liberación. Nos habíamos conocido con ocasión de entrevistas y ruedas de prensa, por lo que nos saludamos, y comentamos los motivos del viaje a Roma. «Don Gius», como le llaman los suyos, me manifestó su satisfacción por la visita que había hecho esa misma mañana a monseñor Del Portillo, Prelado (es decir, jefe supremo) del Opus Dei y sucesor del beato Escrivá de Balaguer (1). «Sabe -me dice-, nosotros los de Comunión y Liberación somos los guerrilleros, los emboscados que tiramos piedras. Cumplimos con nuestra parte, provocando de vez en cuando alguna polémica. Pero ellos, los de la Obra, tienen los Panzei progresan como tanques blindados, con las orugas recubiertas de goma. El ruido no 'se oye, pero están ahí, ¡y de qué modo! Y cada vez nos daremos más cuenta, ya lo verá». Una compañía de carros de combate, por tanto, agregada a la heterogénea tripulación de aquella barca -o arca de Noé, según la comparación de Fresquet y su «zoo»- que ha sido y es la Iglesia. Una buena compañía, compuesta por gente con los uniformes en regla, con el equipo en orden y reluciente. Bien adiestrados, fieles a sus generales: intachables. Pero no son más que una compañía entre las demás, uno de tantos modos -atractivo para algunos, rechazable para otros, también dentro de la Iglesia- de intentar vivir hoy la llamada del Evangelio. Una «espiritualidad», la de Escrivá y los suyos, al mismo nivel que otras que se han desarrollado a lo largo de tantos siglos católicos: carmelita, dominica, franciscana, jesuita, salesiana, pasionista y un largo etcétera. Así pensaba yo. Ahora no tanto, como les anticipé. Y esto porque he hecho todo lo posible para entender esta «Cosa» de la que desde fuera poco se distingue. Aquí tienen mi informe. No soy un novato: me publican desde hace mucho tiempo. He visto, he oído -y he dicho- de todo. Por eso, preveo claramente algunas reacciones. Las más polémicas no vendrán, probablemente, de «malignos comecuras», sino más bien de ciertos «buenos católicos». He usado el adjetivo «buenos» sin ironía: a nadie le niego de entrada la buena fe. El mismo don Josemaría manifestaba que la persecución peor le vino -durante toda su vida, y como veremos también después de su muerte- de los buenos de dentro de la Iglesia. Algunos encontrarán este informe demasiado benévolo, y los más generosos creerán que soy un ingenuo, que no he descubierto el truco que se esconde bajo ciertas apariencias edificantes del Opus Dei. Pensarán que soy un naif del que se han aprovechado, o bien un superficial que no ha sido capaz de descubrir lo que está «debajo» o «detrás». Otros, menos amables, dirán que esto no es una investigación, como anuncia el título, sino una apología, y además pobremente disfrazada, e incluso «comprada». Y si no ha sido por dinero, lo que ha movido mis dedos sobre el teclado debe de haber sido un prejuicio positivo, quizá una tendenciosidad sectaria. No me queda otra réplica que la única posible al cronista: hablo de hechos, no de impresiones. Mis afirmaciones se apoyan siempre y únicamente sobre lo que he visto y sobre lo que está en las fuentes escritas, sean o no oficiales. Los que quieran desmentirme, también deben aportar hechos, y remitirse a fuentes. Si alguno es capaz de hacerlo mejor, lo leeré con gratitud. Por mi parte, todo lo que he conseguido recoger (y entender, después de haberlo rumiado a fondo) está aquí. He pretendido sobre todo comprender -yo en primer lugar- qué es, cómo «funciona» esta Obra, cuáles son los «mecanismos», tanto mentales como institucionales, que la mueven. Ha sido, por tanto, un trabajo de información: ¿y qué otra cosa debe hacer un periodista? Es un trabajo que puede traer beneficios -y no sólo aquí, sino en todas partes- para la convivencia entre los hombres. No es casual la cita que he transcrito al comienzo del libro, tomada de la obra de un cristiano antiguo, es decir, de alguien a quien la caridad le era especialmente querida: «se deja de odiar en cuanto se deja de ignorar». Otro, en la misma línea, aseguraba que si quieres seguir desconfiando de algo o de alguien, hay que evitar por todos los medios llegar a conocerle. No creo que ni siquiera la Obra, ni siquiera la mítica «mafia» de don Josemaría, escape a esta regla. De todos modos, debe ser el lector quien juzgue. Por lo que se refiere a mi punto de vista de creyente (que he manifestado con claridad desde las primeras líneas), pienso que puede ser más una ayuda que un obstáculo para entender qué es el Opus Dei. Del mismo modo que es una ayuda para comprender cualquier otra institución cristiana, comenzando por la misma Iglesia. Desarrollo esta idea en el capítulo séptimo, aunque será necesario consultar no sólo ese apartado, sino tantas otras páginas de este informe (lo cual no es más que una pequeña pero debida obra de justicia: la de ser leído íntegramente y no sólo picando de aquí y de allá, porque el libro es una realidad compacta donde tout se tient). Por anticipar lo fundamental a este respecto, diré que cualquier experiencia religiosa puede ser valorada legítimamente sólo con los instrumentos adecuados. Y, por consiguiente, con categorías también religiosas. Parto de la profunda convicción de los casi ochenta mil miembros del Opus Dei, de todas las nacionalidades del mundo, que obran movidos por una exigencia espiritual y una experiencia de fe. Quien no tenga esto en cuenta, se arriesga a no entender nada. O peor: a entender las cosas equivocadamente, como veremos a continuación.
1. UNA «LEYENDA NEGRA»
El Opus Dei: un nombre adecuado, con un punto de suspense. Un escritor experimentado en novelas de intriga difícilmente hubiera ideado un nombre mejor. En Italia es conocido que Mussolini, al poner en marcha su policía secreta, indicó que lo primero de todo era escoger el nombre. Quería uno que provocase inquietud y temor con sólo pronunciarlo. Escogió OVRA pues, según los expertos, conseguía ese objetivo. Y parece que, sólo una vez elegida la palabra por razones fonéticas, se buscó atribuir las cuatro letras a iniciales de palabras que, puestas seguidas, tuvieran un significado coherente. Todavía hoy discuten los historiadores: «el significado de esas siglas no se ha demostrado aún, y cualquier interpretación es sólo una hipótesis», dicen las enciclopedias. Quizá sea «Opera volontaria repressione antifascismo», o bien «Opera volontaria repressione antifascista». Pero, ¿qué le importaba al Duce, que lo único que buscaba era un nombre con una resonancia siniestra, que se susurrase temerosamente sólo a oídos de plena confianza? Pues bien, se da la curiosa casualidad de que -como sabemos- en España y en los países hispanohablantes, para designar al Opus Dei se dice con frecuencia «la Obra»: es la Obra por excelencia. Y quien conoce esta lengua, sabe que la «b», en esa posición, suena muy parecido a la «v» italiana. Es decir: la «Ovra». No se puede negar: una homofonía inquietante, que quizá haya contribuido a forjar la «leyenda negra»... Pero dejemos a un lado al sonido, para hablar del significado: Opus Dei, es decir, Obra de Dios. ¿No hay en este nombre una sombra de orgullo diabólico? Alguien lo ha pensado así e incluso lo ha manifestado con afán de polémica, incluso dentro de la Iglesia. «Estos españoles son unos megalómanos. Un vasco de Loyola, Ignacio, en el siglo XVI funda una orden religiosa y le llama "Societas lesu" (Compañía de Jesús). Como si sólo ellos estuvieran al servicio de Cristo y sólo ellos lo tuvieran como capitán. Un aragonés de Barbastro, Escrivá de Balaguer, en el siglo XX, va incluso más allá: llama a su fundación "la Obra de Dios"; es decir, la Obra divina por antonomasia. Peor incluso que los famosos "Dios está de nuestra parte", de triste memoria (1). Se pretende identificar lo que un hombre -por muy santo que fueseha creado con la creación de Dios mismo. Nadie se había atrevido a tanto en su soberbia...». Naturalmente, ante esta acusación (que acompaña al Opus Dei desde 1930, el año en que fue llamado así por vez primera, parece ser que después de una casual mención del confesor al joven Escrivá) los seguidores replican: llamarla «Obra de Dios» no es una muestra de soberbia sino al contrario, de humildad. Y traen a colación el origen y el sustrato teológico del Opus Dei. Es un argumento importante y volveremos a él, pero más adelante: cada cosa a su tiempo. Continuemos con los nombres y descubriremos que también son sorprendentes la designación de los miembros: los «numerarios», los «supernumerarios», los «agregados»... Apelativos insólitos, elegidos por el propio fundador para separarse tajantemente, también en esto, de la tradición eclesiástica de los religiosos. Fue una preocupación constante de Escrivá (y éste será uno de los puntos principales que habrá que aclarar en este informe) la exigencia de preservar a cualquier precio la «laicidad» de los suyos; en la sustancia por supuesto, pero también en las apariencias. También en los nombres, por tanto, de los miembros y de los Centros. Por ejemplo: para quien desconfía, o teme, o combate esta realidad eclesial (también desde ciertos ambientes católicos, como ustedes saben), el lugar privilegiado de la pesadilla está donde el cerebro y el corazón del monstruo piensan y palpitan. Y esto sucede en el barrio preferido de la burguesía romana de antes de la última guerra, en las verdes laderas de los llamados «Monti Parioli». En el número 75 de viale Bruno Buozzi -en el Parioli, como decía-, tras una sólida pero bastante anónima fachada de los años cincuenta-sesenta, se encuentra el complejo edificio construido durante los treinta años de residencia romana del beato Escrivá, y donde ahora reside su sucesor, el «Prelado». Es decir, el actual jefe de lo que, en terminología oficial, es la «Prelatura personal de la Santa Cruz y Opus Dei». Pues bien, esta sede del cuartel general desde el que el obispo-prelado maneja los hilos mundiales de la organización (y donde yo mismo, que es lo que nos ocupa, he tenido la no frecuente oportunidad de mantener con él un largo coloquio), no ha sido llamada con un nombre religioso ni ha sido puesta bajo la protección de un santo o de una advocación mariana, como sucede en todas las Ordenes, Congregaciones e institutos católicos. Nada de esto: la casa madre fue bautizada, de modo laical, «Villa Tevere». Detrás de estos edificios se encuentra la sede de la dirección, también mundial, de la sección de mujeres, que -ajena a todo «devocionalismo»- se conoce con la burocrática denominación de «Villa Sacchetti», tomada del nombre de la calle a la que se orientan los edificios. ¿La residencia universitaria para chicas, situada en un elegante chalé estilo liberty al otro lado del Tíber? Sin un gran esfuerzo de imaginación, «Villa delle Palme», por los dos inhiestos árboles que crecen en el jardín. ¿El edificio del EUR, donde me hospedé durante mis investigaciones por Roma y alrededores? Un anónimo «Residenza Universitaria Internazionale». ¿Y -por señalar alguna- la residencia de Palermo? «Residenza Universitaria» también ésta, pero «Mediterránea». Y así en todos lados, en cualquier parte del mundo. He consultado guías y publicaciones internas: no he encontrado ni una sola casa, Centro, «Obra corporativa» del Opus Dei que, en el nombre, exprese una realidad «religiosa». El gran Centro de formación profesional para jóvenes trabajadores del barrio romano del Tiburtino, del que hablaré más adelante, y del cual el Opus Dei garantiza oficialmente la orientación doctrinal y espiritual, se llama ELIS, siglas de «Educazione, Lavoro, Istruzione, Sport». La «religión», como se ve, ni se nombra: se esconde detrás de esas otras actividades. En los años veinte, en Italia, el grupo animado por el Padre franciscano Agostino Gemelli erigió una universidad que no sólo se llamó «Católica», sino que a ese adjetivo añadió «del Sagrado Corazón». El ateneo del Opus Dei en Pamplona (también de éste hablaremos con amplitud) nació en cambio con el simple nombre de «Universidad de Navarra», y así se ha quedado y quedará, sin referencias religiosas en su nombre. Y esto a pesar de que el contenido está muy claro, sin posibilidad de equívocos, a tenor del segundo punto del Ideario de la Universidad, que dice: «Es una obra corporativa del Opus Dei; y el espíritu del Opus Dei impregna y anima su vida y actividad, fomentando en quienes la componen, en pleno respeto de la libertad de las conciencias, el amor a la Iglesia y al Papa, y a su Magisterio; y una unidad de vida coherentemente cristiana, así como una exigente práctica de las virtudes humanas». En resumen: un guante de «laico» terciopelo que cubre una mano de catolicísimo acero. Entre otras cosas, esta decisión de evitar nombres «religiosos», de escogerlos siempre «neutros», o al menos no inmediatamente clasificables, es uno de los muchos motivos que pueden explicar las sospechas de mimetismo, cuando no de secretismo «masónico» o incluso de clandestinidad delictiva (ni han faltado ni faltan acusaciones de este tipo) que acompañan desde siempre al Opus Dei. El Opus se ha esforzado por ser «laico» también al nombrar a sus miembros: numerarios, supernumerarios, agregados. El siglo pasado, don Bosco -un santo que, por fortaleza, inteligencia, determinación inflexible en la búsqueda de su objetivo e influencia en la vida de la Iglesia, tiene tantas cosas en común con el beato Escrivá- también inventó para los suyos unos nombres distintos de los tradicionales. De hecho, el jefe de los salesianos no se llama, como en las otras familias religiosas, «superior general», sino «rector mayor». Para el gobierno local, en lugar de las habituales «provincias» se inventaron las «inspectorías». A pesar de ser religiosos según el derecho canónico, los sacerdotes salesianos evitaron el apelativo de «padre», haciéndose llamar «don», como los sacerdotes seculares. Pero esos nombres no eran más que una escamotage de esa fina cabeza de don Bosco (aconsejado en secreto -hay que decirlo todo- por los mismos políticos liberales y masones que se presentaban oficialmente como «perseguidores») para evitar las supresiones, las confiscaciones, las vejaciones de los gobiernos del siglo pasado frente a las «instituciones clericales». Es decir, detrás de la fachada «laica» de la Sociedad salesiana (como de otras comunidades de hombres y de mujeres nacidas en ese siglo XIX que no tiene parangón por el número de fundaciones católicas que nacieron en aquel tiempo: la persecución siempre ha hecho bien a la Iglesia y a los cristianos...), no dejaba de estar la tradicional realidad religiosa: velada verbalmente sólo por necesidad. No sucede lo mismo en el Opus Dei, cuyo fundador repitió siempre: «Amamos y estimamos a los religiosos (para entendernos: los frailes, los monjes, las monjas, los miembros de las congregaciones y de los institutos que han pronunciado los tres votos tradicionales de «pobreza, castidad y obediencia» y habitualmente viven en común, sometidos a una regla, N. del A.), pero nosotros no lo somos y ninguna autoridad en el mundo -ni siquiera la de la Iglesia- podrá obligarnos a serlo». Es una explicación decisiva pero, a primera vista, bastante desconcertante. ¿Cómo es posible?, podrían preguntarme ustedes y tantas otras personas poco familiarizadas con estas realidades. ¿Dicen que quieren vivir seriamente las exigencias de la religión y rechazan ser llamados «religiosos»? ¿Es posible que sean «laicos»? Pues sí: precisamente laicos, replico yo, para vuestra mayor confusión. Déjenme espacio y tiempo e intentaré explicárselo. De momento, nos seguiremos fijando en las apariencias lingüísticas, en al sonido de las palabras, más que en significados teológicos y en distinciones canónicas, «Numerario, numeraria, supernumerario, supernumeraria, agregado, agregada», en lugar de «hermano», «hermana», «profesos», «legos» y términos por el estilo: palabras tomadas del mundo académico y de la terminología de los funcionarios estatales españoles. Como escribe una publicación interna y «autorizada»: «Para designar a los miembros en las diferentes situaciones de la Obra, se utiliza una terminología corriente en otras instituciones (profesores, académicos, funcionarios, etc.)». En efecto, un «numerario» en las universidades españolas y en las hispanoamericanas corresponde a lo que en Italia se llama «Profesor ordinario»; también es, en esos mismos países, un grado funcionarial en la administración pública. Sin embargo, se da el hecho, curiosamente imprevisto, que la palabra remite, al escucharla, al «numerario» entendido no como adjetivo, sino como sustantivo, que significa, como dicen los diccionarios, «el conjunto de moneda en papel y en metálico». Es decir, una referencia involuntaria al dinero; una rima particularmente «peligrosa», ya que la sospecha de grandes riquezas y de oscuras maniobras financieras del Opus Dei está presente en la mente de muchos. La etimología de «numerario» hace referencia también al inquietante anonimato de clubes reservadísimos, de sociedades secretas cuyos miembros no aparecen con su nombre sino con un número, un código, un lenguaje cifrado. En definitiva, comprenderán que decir «un fraile franciscano», un «padre jesuita», un «inscrito en Acción Católica» o un «hermano de San Vicente» es una cosa, y otra muy distinta decir «un numerario de la Obra». Los nombres son importantes; especialmente hoy, cuando las apariencias, el look (también el lingüístico) importan más que la realidad, que el ser. Ciertamente, ni el nombre -Opus Dei- ni esos términos utilizados para distinguir a los miembros han creado un clima de sospecha, pero sí pueden haberlo confirmado y alimentado. En cualquier caso, el hecho es que en una imaginaria galería contemporánea, la criatura de Escrivá tiene un puesto fijo -y de categoría- en la sección «fuerzas oscuras», «mandos ocultos», «poderes invisibles», «grandes hermanos», «superiores desconocidos». La obsesión del complot, la pesadilla de la conjura, están entre las constantes de la historia de siempre, pero han asumido una importancia creciente, con aspectos incluso delirantes, en estos tiempos nuestros que, sin embargo, desearían ser «racionales». No es casual que, entre las nuevas especializaciones del periodismo, haya nacido la del dietrólogo: uno que, cuando sucede algo (siempre que sea negativo, claro está), sale en busca de «quién está detrás», lanzándose a hipótesis sin ningún tipo de fundamento. Tanto es así, que uno de los dogmas indiscutidos e indiscutibles de ahora reza así: «detrás» siempre hay alguien. Las antiguas creencias en el diablo cumplían un papel de higiene social en modo alguno irrelevante: era una especie de saludable válvula de escape que probablemente evitaba muchos más problemas de los que creaba. Todo lo negativo a lo largo de la gran historia de la humanidad, y también de la pequeña historia de cada hombre, se atribuía a la influencia maléfica. Se combatía sobre todo con oraciones, exorcismos, ejercicios ascéticos. Y también con la vigilancia y, si era necesario, con el enjuiciamiento y el aislamiento de los que mantenían tratos con el Enemigo, con el «Padre de la mentira» y «Sembrador de cizaña». Este último procedimiento era verdaderamente excepcional y, desde luego, mucho menos cruento de lo que proclama la manipulación de la historia, que tira por elevación: los pocos meses del Terror jacobino de 1793 ó un sólo año de purgas estalinistas causaron infinitamente más víctimas que todos los numerosos siglos «inquisitoriales». Desaparecida la creencia en el diablo, el problema fue: ¿a quién atribuir la responsabilidad de un mundo que se obstina en no andar por el buen camino, a pesar de los consejos de moralistas laicos, los planes de paraísos terrenales diseñados con escuadra y cartabón por intelectuales, las utopías de visionarios, las ideologías que se autoproclaman redentoras, las reformas (y después las reformas de las reformas) y las revoluciones? ¡Tiene que haber un culpable del desorden y del mal en el mundo! De aquí nace la obsesión por el complot, por la quinta columna, por el Gran Hermano que manejaría a escondidas los hilos de la historia. Con este razonamiento, los burgueses de la revolución francesa cortaron la cabeza a los aristócratas; los leninistas fusilaron a los burgueses; los nazis la emprendieron con los judíos; los fascistas contra los masones; los liberales atribuyeron todo lo nefasto a los comunistas... En estos dos últimos siglos de separación de la tradición y de la fe cristianas, el puesto del diablo, de sus hechiceros, de sus brujas, se ha atribuido siempre a alguien. Con peligrosas (e incluso sanguinarias) consecuencias en cada caso. En la fase actual de «cultura dietrológica», ese «alguien» está representado (aunque no de manera exclusiva, como es lógico) por el Opus Dei y sus numerarios y supernumerarios, ocultos y persuasivamente astutos. Algo razonable, concorde con cualquier estrategia diabólica que se precie. Sin salir del ámbito italiano (aunque la demonización de la Obra es un hecho internacional, común en todo el Occidente, tanto en Europa como en América), les recuerdo alguno de los muchísimos ejemplos que podría citar, escogidos de entre los más recientes. Los habrán visto también ustedes en los periódicos. Otoño de 1992, congreso de la Internacional Socialista en La Haya. Perseguido por los jueces milaneses a causa de la corrupción de su partido, presintiendo que pronto será obligado a dimitir de su cargo de secretario general del PSI, el onorevole Bettino Craxi se desahoga con los periodistas. Se proclama «víctima de oscuras maniobras» y declara textualmente: «hablan de masonería. Y entonces, ¿qué es el Opus Dei? Basta echar un vistazo y te susurran: ese es del Opus Dei. Esos son los verdaderos secretos (...). Pero yo reacciono...». Primavera de 1993. Los jueces tienen esta vez en el punto de mira al Gran Oriente de Italia, pues sospechan que encierra corrupción, distintas ilegalidades y maquinaciones. Acribillado por mandatos de búsqueda y captura, el Gran Maestro denuncia -¡también él!- las archisabidas «oscuras maniobras»: «es un complot del Opus Dei, que es la verdadera, omnipresente, potentísima sociedad secreta. Nos atacan a nosotros para distraer la atención de los opusdeístas». Verano del mismo 1993: misteriosas explosiones nocturnas de coches-bomba en Milán y en Roma matan a varias personas y destrozan monumentos famosos. Una de las revistas de información que se consideran más prestigiosas revela a los lectores -en un reportaje que define como «investigación exclusiva»- que una de las pistas más seguras conduce al Opus Dei (definido textualmente por esa publicación como «un poderoso brazo financiero y de negocios de la Santa Sede»). El Opus Dei habría encargado atentados contra San Juan de Letrán, catedral del Papa, y contra otros venerados edificios religiosos, para lanzar una advertencia al Vaticano, culpable de alejarse de la Democracia Cristiana más corrupta... Según otra «corriente de pensamiento», la Obra no fue quien puso las bombas, sino su objetivo; y esto por «razones» inteligibles sólo para los dietrólogos que las han escrito. Si se sigue la prensa, se puede encontrar de todo. Por ejemplo, entre otros muchos recortes de prensa que tengo sobre mi mesa, hay uno de Gran Bretaña. En enero de 1993, «The Economist» -que comenzó sus pasos en 1843 y es considerado uno de los más serios e informados periódicos del mundo- publicaba una «guía» a los «good networks», que podríamos traducir como «ambientes escogidos»: distintas masonerías, órdenes de caballería exclusivas, sociedades más o menos secretas. Lógicamente, aparecía el Opus Dei, que en la mencionada clasificación obtenía la calificación más alta -un «cinco»- por la «fuerza de sus convicciones». Algo menos -un «cuatro»- por su organización. Y después un «tres» en secretismo. Resulta significativo -y, en el fondo, gratificante para el Opus Dei, si esa presunta investigación fuese rigurosa- el «uno», es decir, la nota más baja, en exclusivismo. De este modo, una fuente inesperada confirma lo que el Opus Dei repite siempre: que cualquier hombre o mujer -con tal de que sea llamado por Dios- puede entrar a formar parte del Opus Dei de pleno derecho, cualquiera que sea su status social. En cuanto a la fiabilidad de la fuente, no se debe pasar por alto lo que el mismo «The Economist» afirma, con la apariencia de una información seria: «Los extraños pueden descubrir a los miembros secretos del Opus Dei observando algunas pequeñas señales significativas». ¿Como cuáles? Los periodistas londinenses son tan profesionales e informados que pueden desvelarnos uno, quizá el más reservado de todos: «a whíff ofAtkinson's cologne, the favourite ofEscrivd, is a good giveaway» (el olor, la fragancia de colonia Atkinson, la favorita de Escrivá, es un signo revelador...). Puede parecer que bromeo, pero les aseguro que no es así (de lo contrario, ¿qué clase de periodista-detective sería?). Para recordar -más aún, para conocerla ex novoqué olor particular tiene la colonia Atkinson, compré un frasco en la perfumería y la «esnifé» abundantemente. Desde entonces, durante esta investigación me he acercado a decenas y decenas de hombres y de mujeres de la «sociedad secreta», pero nunca -de verdad, nunca, les doy mi palabra...- he tenido al alcance de mi nariz ese giveaway, ese signo revelador... No me alargaré, ya que la situación es conocida y muy clara: con mucha frecuencia el fax de la oficina de información de la Prelatura remite precisiones y desmentidos a diarios que atribuyen al Opus Dei prácticamente de todo: desde atentados y masacres, a la propiedad de bancos (se ha convertido ya en un movimiento instintivo ver a los «gnomos del Opus Dei» en la trastienda de todas las operaciones financieras de categoría, en especial si son fraudulentas); desde la muerte imprevista del Papa Luciani (hay muchos libros sobre eso), a los golpes militares en Sudamérica. Por no hablar, como es evidente, cuando han pasado ya casi veinte años de la muerte de Francisco Franco Bahamonde, de las reiteradas acusaciones de colaboración con el régimen del Caudillo por ansia de poder y de dinero. Como muy bien se recuerda en Italia, algunos partidos de izquierda del parlamento italiano -excitados por una insistente campaña de prensa guiada por el semanario «LEspresso»- pidieron al gobierno en febrero de 1986 que aplicase al Opus Dei la ley dictada en 1982 contra las sociedades secretas. Esa ley se había aprobado con grandes prisas para intentar superar el escándalo de la «Propaganda 2», la P2: una logia totalmente legal y reconocida (y no una corriente desviada, como intentaron hacernos creer) de la «familia» hegemónica -la llamada del «Palacio Giustiniani»- de la masonería italiana. Para responder a los que interpelaron al gobierno, Oscar Luigi Scalfaro, ministro del Interior en aquel momento, investigó durante casi un año. Incluso el Vaticano fue requerido para que presentara aclaraciones y documentos. Finalmente, el 24 de noviembre de aquel 1986, el futuro presidente de la República italiana se presentó a la cámara con un voluminoso dossier, que era una especie de tratado sobre el asunto. Tanto es así que, para que fuese más fácil seguir su intervención, llena de citas y de referencias, había solicitado algo sin precedentes: que el texto se imprimiese y se distribuyese a los parlamentarios, para que pudieran contar con su propio ejemplar. En resumen, casi un competidor de este informe mío: una verdadera «investigación sobre el Opus Dei». Pero en Italia, salvo algún experto en el asunto, casi todo el mundo fue víctima del extraño modo'en que la prensa entendió esa información. Quienes durante meses habían dedicado páginas y páginas a la campaña contra el Opus Dei, presentado como refugio de secretos político-financieros, liquidaron en pocas líneas el texto al que el pobre Scalfaro y sus colaboradores habían dedicado tanto tiempo y esfuerzos. Con títulos a una columna, se limitaron a informar de que el gobierno había defraudado las expectativas de transparencia, justicia y limpieza del «polo progresista», e insinuaron no pocas veces que el asunto no podía haber acabado de otro modo, teniendo un «beato» como Scalfaro en el ministerio del interior. También se difundieron rumores sobre una presunta injerencia de un Estado extranjero -la Ciudad del Vaticano- en los asuntos internos italianos, para despistar, acallar, impedir intervenciones de los jueces y de las autoridades administrativas contra su «poderoso lobby financiero». (No es superfluo recordar, sin embargo, que el presidente del Consejo de ministros -garante y responsable último, según señala la Constitución, de la respuesta del Gobierno- era entonces Bettino Craxi, precisamente ese que se lamentaba de la «omnipresencia» del Opus Dei, y no precisamente conocido por sus inclinaciones clericales. Al menos él no es sospechoso, ¿no?). Por eso, es interesante -y casi inédito, dadas las reticencias del media-system- que recoja aquí las conclusiones de la larga y docta disertación del ministro del Interior de la República italiana. Aquel día, Scalfaro concluyó sus abundantes folios con las siguientes palabras: «Llegados a este punto, sólo queda señalar las conclusiones: el Opus Dei no es secreto ni de derecho ni de hecho; el deber de obediencia (al que están obligados sus miembros) se refiere únicamente a materias espirituales; no hay otros derechos y deberes más que los previstos en el Codex iuris particularis del Opus Dei, que también son de naturaleza exclusivamente espiritual; ningún derecho ni deber del viejo régimen canónico de la Institución, si no está previsto en el nuevo, permanece vigente tras la institución de la Prelatura. Por consiguiente, ni el Gobierno, ni el Ministro del Interior en particular, pueden legítimamente asumir iniciativas relativas al Opus Dei o disponer investigaciones o controles sobre él. De hecho (sobre la base de los preceptos de la Constitución y de los derechos fundamentales de libertad que ésta garantiza; sobre la base del Concordato -solemnemente reafirmado con el acuerdo de Villa Madama de 1984- al pleno respeto del principio de soberanía e independencia de la Iglesia católica; sobre la base de los estatutos que regulan la Prelatura; sobre la base, por último, de las declaraciones de la Santa Sede que, como he dicho, representan su postura oficial y son de obligado cumplimiento también para la Prelatura), la investigación y el control del gobierno, al no poder justificarse en algún elemento de hecho que constituya el más mínimo indicio, se convertirían en una inadmisible intromisión en el derecho de libertad del ciudadano y en una inadmisible injerencia del Estado en el funcionamiento interno de la Iglesia. La paz religiosa, propuesta como valor supremo cuando la Asamblea constituyente discutió y votó el artículo 7.0 de la Carta constitucional, se realiza respetando las palabras y el espíritu de aquella norma en un contexto esencial de verdad, único fundamento de justicia y de paz». Deben de haber sido motivos profundos los que han llevado al olvido a estas solemnes palabras de un ministro en el parlamento (que no mucho tiempo después le mostraría su estima eligiéndolo jefe del Estado, con mayoría de dos tercios). Lo mismo ocurre con los desmentidos, las precisiones, las protestas de los cireneos de la oficina de prensa de la Prelatura, obligados todos los días a recomenzar los trabajos de Sísifo, poniendo en marcha su fax. No hay nada que hacer: la sombra de la Obra como «grupo oculto» permanece entre los condimentos indispensables para aderezar las hipótesis sobre cualquier asunto tenebroso (bastaría recordar la hipótesis difundida por muchas publicaciones de todo el mundo, según la cual el asesinato del banquero Roberto Calvi bajo el puente de Blackfriars en Londres fue ordenado por algún numerario, o desde la «guarida» de viale Bruno Buozzi). En realidad, la estrategia del Opus Dei (estrategia marcada por su fundador desde los primeros tiempos: las agresiones comenzaron cuando la Institución no era más que un pequeño grupo de jóvenes alrededor de un joven sacerdote, en la España prerrevolucionaria de los años treinta) consiste en no responder a los ataques con contraataques. Como observa un estudio reciente: «no hay un solo libro -de la Obra en cuanto tal o de uno cualquiera de sus millares de miembros- que se haya escrito contra alguien o contra algo». En definitiva, sus miembros no reaccionan ante los ataques con las mismas armas de la polémica, sino que intentan disipar los equívocos aclarando «qué es», cómo funciona y qué pretende el Opus Dei. Y si después los «otros» no entienden (y he comprobado que en la Obra no convierten eso en un drama), el beato sugirió un programa para reaccionar ante los ataques, sintetizado en tres verbos: «rezar, sonreír, perdonar». Solía recordar las palabras del evangelio: «no es el siervo mayor que su amo. Y si a éste le han llamado Belcebú, si sobre él han echado todo tipo de calumnias, ¿podrá suceder otra cosa con sus seguidores?». Al final de la única -me parece- rueda de prensa de su vida, en Pamplona, monseñor Escrivá se despidió así de los periodistas: «No quiero saber qué escribiréis. Si es la verdad, Dios os lo pagará. Si no es así, rezaré por vosotros. Por tanto, en cualquier caso saldréis ganando...». No da la impresión de que ha salido perdiendo el Opus Dei, que -en su desarrollo constante, en todos los ambientes y en todos los países- no parece que se haya resentido por los ataques. Es más, como sucede normalmente, podría haberse reforzado su espíritu de cuerpo; pero es algo que no se pretende, porque el Opus Dei quiere estar abierto al apostolado, con sus miembros presentes en la sociedad como ciudadanos «normales», no como miembros de una capillita que se complazca en considerarse «perseguida». No se debe pensar, sin embargo, que los ataques, sospechas y rumores vengan sólo de «fuera», de «ambientes laicistas» que chocarían contra las tropas de un mundo católico desplegado para defender al pobre Opus Dei, mártir de la malicia de los ateos. Todo lo contrario; las suspicacias y los ataques a la Obra, cuando ésta estaba aún en pañales, vinieron principalmente de ambientes eclesiales (sobre todo de religiosos españoles, quizá más por el desconcierto y el miedo a la novedad que por mala fe), y está probado que la «leyenda negra» nació en el milieu clerical, y de allí pasó a otros ambientes. Pero todos los argumentos utilizados después han sido preparados antes por católicos. Este clima continúa aún en ciertos círculos. Por señalar un ejemplo de estos reproches «internos», escojo uno de los «instrumentos de trabajo» más recientes -es de 1992- y en cierto modo más oficiosos (y por consiguiente más moderados y objetivos: la edición y la adaptación italiana a la tercera edición alemana ha sido dirigida por uno de los más importantes editores católicos) utilizados en la Iglesia de hoy. Se trata del Dizionario storico del cristianesimo de Andresen-Denzler. La voz Opus Dei (singularmente breve, por otra parte: a esta realidad del catolicismo de hoy, imponente aunque fuera sólo en el plano cuantitativo, se dedica la mitad de espacio que a la voz «josefinismo», por poner un ejemplo; y el mismo espacio que a las «beghinas», un fenómeno eclesial extinto al principio del siglo XIV ..), después de haber advertido al lector de que se trata de una realidad eclesial «tradicionalista en el campo religioso» (es curioso que hoy, en una Iglesia fundada sobre la Tradición -los evangelios no son otra cosa que eso-, el adjetivo correspondiente sea considerado como una especie de marca infamante), señala que «ha sido siempre objeto de vivas polémicas». Y añade: «Algunos exaltan la fuerza vital y la espiritualidad de esta «elite laica del catolicismo», mientras que otros califican a la institución como la cumbre de la restauración, que busca la respuesta de todos los problemas de la vida privada y pública sólo en la fe, y niega por tanto la autonomía a los demás sectores de la cultura». Bastante singular esto de que, para unos cristianos, sea una culpa el poner a la fe en el centro de la vida, y buscar allí las respuestas que la guíen o al menos la orienten. Este prestigioso Dizionario storico del cristianesirno -objetivo y benemérito en otros aspectos-, concluye del siguiente modo (in cauda venenum...): «Han suscitado rechazo el estrecho vínculo mantenido con el régimen franquista y, en general, su simpatía por los partidos de derechas». Fin de la voz. Y con esto -sin el menor intento de profundización, aceptando como indiscutibles informaciones semejantes-, la Obra está servida, para uno de los libros de consulta usados oficialmente en la formación del clero y en las escuelas de teología para laicos católicos. En este mismo mundo católico (y también en el laico, que retorna sus argumentos en contra), quien pretende justificar la desconfianza -cuando no la hostilidadcontra el Opus Dei, cita como precedente un episodio que cumple treinta años justo en el momento en el que estoy escribiendo. Con una especie de tormenta constantemente renovada, se recuerda la actitud crítica hacia esta Obra incluso por parte de Hans Urs von Balthasar, el jesuita suizo que pasó (a petición propia) al estado de sacerdote secular, considerado por muchos como uno de los más grandes -y de los más discutidos- teólogos católicos de este siglo. Durante el pontificado de Juan XXIII (a quien sólo una tenaz e interesada instrumentalización pretende transformar -contra cualquier verosimilitud histórica- en un «progresista», en un papa «de izquierdas»), von Balthasar, sospechoso de excesiva «apertura», cayó en desgracia y no fue llamado a participar en los trabajos de las comisiones teológicas conciliares. En el post-Concilio la situación cambió, y el presunto progresista fue tomado -también abusivamente, por lo que parececomo un «conservador». Así, sus fans de antes se convirtieron en sus adversarios. Y al revés. El hecho es que se convirtió en un protegido de Juan Pablo II, quien en 1984 hizo que le concedieran esa especie de Nobel vaticano que es el premio Pablo VI, y en 1988 le nombró cardenal (pero el estudioso murió pocos días antes de viajar de Basilea a Roma, donde le iban a imponer el capelo cardenalicio). Gran teólogo, extraordinario erudito, sacerdote de vigorosa vida cristiana, la personalidad de von Balthasar presentaba también aspectos singulares y quizá contradictorios. Yo mismo (no hablo de esto por afán autobiográfico, es un modo de intentar entender el problema que nos ocupa) me vi involucrado en una difícil situación por un comportamiento suyo desconcertante, a causa de una entrevista que le hice en otoño de 1985 y que ocupó dos páginas enteras en el diario católico «Avvenire». La entrevista provocó muchas reacciones en toda la Iglesia y fue traducida a varias lenguas y difundida en forma de separata. Una difusión en la que -así me lo aseguraron- participó incluso el Papa, que encargó una versión en polaco y parece que la distribuyó a los connacionales que invitaba. Había quedado muy satisfecho de ese suizo, que le defendía de los ataques -en aquellos días particularmente virulentos, aunque ya habitualesde otro suizo, el teólogo disidente Hans Küng. Algunos días más tarde, por sorpresa (sin advertir a ninguno de los interesados), von Balthasar desmintió algunas de las afirmaciones centrales que hacía en aquella entrevista. Y lo hizo en uno de los más autorizados diarios alemanes, el célebre Frankfurter Allgerneine Zeitung. A pesar de esa táctica furtiva -confiando quizá en la escasa difusión de la prensa alemana en Italia-, el asunto suscitó inmediatamente ecos clamorosos por todas partes. Inmediatamente, el cronista que esto escribe envió al interesado y «a quien correspondía» (se me había pedido «desde arriba» una aclaración urgente) copia de las grabaciones que confirmaban que las palabras del teólogo habían sido transcritas con absoluta fidelidad. Tampoco se hizo esperar el testimonio del director del «Avvenire», que estuvo presente en la conversación que mantuve en Basilea con el teólogo, y que confirmó lo publicado. Siguieron a este envío algunas cartas personales del profesor von Balthasar -que guardo en mi archivo-, la última de las cuales terminaba con unas afirmaciones confusas: «entiendo bien vuestra amargura y confieso mi sorpresa por lo que me decís sobre (mis) palabras en vuestras grabaciones (...) Ha sido culpa mía (...). Os pido que olvidemos este enojoso asunto, que ha provocado, a todos, tantas molestias...». Si les cuento este episodio (que, por otra parte, no es privado, ya que dio lugar a una polémica de meses en la prensa internacional) es porque parece que en aquel gran erudito -algunos de sus libros son fundamentales para la Iglesia de nuestro siglo- se dieron notables oscilaciones, también en lo que se refiere al Opus Dei. Los hechos se desarrollaron como veremos. En noviembre de 1963, en la Neue Zürcher Nachrichten (un pequeño diario suizo, que difundía unos pocos miles de ejemplares y que desapareció hace años), von Balthasar publicó un artículo con el título «Integrismo». Al mes siguiente, fue reproducido en su totalidad por la revista teológica de Viena Wort und Wahrheit (Palabra y verdad), mucho más autorizada y difundida. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<< | |||