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PARA SERVIR A LA IGLESIA

Javier Echevarría, prelado del Opus Dei

 

SUMARIO

A imagen del Buen Pastor

• Para servir a todos • Ser cristiano, máxima dignidad • Hacer el Opus Dei • Consumados en la unidad.

La vocación sacerdotal

Participar en la misión de Cristo

• Seguir a Jesucristo • Obligación de todos los cristianos • Sacerdotes para toda la Iglesia • Un deber de caridad.

Una elección de amor

• La vocación cristiana, una llamada divina para todos • La vocación sacerdotal, nueva respuesta al amor de Dios • Renovar el amor.

La misión del sacerdote

• “Escogido de entre los hombres para provecho de los hombres” • Sacerdotes “cien por cien” • El mejor regalo.

Naturaleza del ministerio ordenado

El sacerdote, otro Cristo

• Conformados con Cristo • Hacer presente a Cristo entre los hombres • Intimidad con Cristo en el altar • Agradecimiento a Dios.

Con María junto a la Cruz

• Inmersos en la realidad del Calvario • Participar en la Muerte y Resurrección de Cristo • Las “pasiones” del sacerdote.

Al servicio del Pan y de la Palabra

• Sacerdotes para la Eucaristía • Predicar la Palabra de Dios • Docilidad al Espíritu Santo.

A la sombra del Paráclito

• La acción del Espíritu Santo • Los dones del Paráclito • Oración por los sacerdotes.

Con espíritu de servicio

Administradores de los misterios de Dios

• Administradores fieles • Responsabilidad de ir por delante • Aplicación a todos los fieles.

Amor y servicio

• Os he llamado amigos • Al servicio del Pueblo de Dios.

Colaboradores del Obispo

• Servir de un modo nuevo • Pobres instrumentos.

Al servicio de la Casa de Dios

• Para que brillen los demás • Distribuir el alimento espiritual.

 El ministerio de sacerdotes y diáconos

Luz y sal

• Elección divina • Fidelidad a las disposiciones de la Iglesia.

Predicar a Jesucristo

• Sal de la tierra y luz del mundo • El ministerio de la predicación • De cara al año 2000.

El ministerio de la Reconciliación

• Un amor de predilección • Depositarios del perdón de Dios • Disponibilidad completa.

El Servicio Litúrgico

• Para dar gloria a Dios • Con piedad y con amor • Oración por las vocaciones sacerdotales.

Ministros de la Eucaristía

• Cristo en el Sagrario • El ministerio del altar • Mejorar las disposiciones personales.

Poner a Cristo en la cumbre

• Dimensión cósmica de la Redención • En la cumbre de las actividades humanas • La tarea del sacerdote • La Santa Misa, “operatio Dei”, trabajo de Dios.

Pastores según el Corazón de Cristo

• Los cuidados de Dios con los hombres • Identificarse con Cristo • Características de la caridad pastoral.

Virtudes sacerdotales

Servir al misterio de la Redención

• Dar la vida por los demás • Ejercicio de caridad.

Para servir, servir

• Un motivo más para servir • Con entrega total.

Para renovar la tierra

• Eficacia del ministerio sacerdotal • Dedicación plena al ministerio • Sobre el fundamento de la humildad.

Caridad sin fronteras

• El envío del Espíritu Santo, fruto de la Ascensión • Entrañas paternales • Administrar el alimento eucarístico.

Fieles en el Amor

• El mayor timbre de gloria • El celibato sacerdotal • Hombres rezadores.

Una nueva conversión

• Rectificar la andadura • Virtudes cristianas del ministro sagrado • Un campo permanente de lucha y de mejora.

 

A IMAGEN DEL BUEN PASTOR

En la primera Misa pontifical celebrada en la Basílica de San Eugenio (Roma), el 7-I-1995, al día siguiente de haber recibido la ordenación episcopal.

 

 

Ayer, solemnidad de la Epifanía, el Santo Padre Juan Pablo II se ha dignado conferirme la ordenación episcopal. Cuando, durante la ceremonia, el Papa pedía al Señor, para los nuevos Obispos, la gracia de apacentar su santa grey y cumplir de modo irreprensible la misión del sumo sacerdocio[1], a mi memoria acudió, vivísimo, el recuerdo del Fundador del Opus Dei, que encarnó perfectamente la figura del buen Pastor dibujada por el Señor en el Evangelio con trazos imborrables.

Cuatro años antes, en la misma Basílica de San Pedro, el Papa había consagrado Obispo a mi inolvidable predecesor, Mons. Álvaro del Portillo. También su imagen de Padre solícito y fuerte se hallaba particularmente presente en mí en esos momentos, pues él, durante los diecinueve años que estuvo al frente del Opus Dei, ha sido para los miembros de la Obra el Pastor que sólo vive pensando en el bien de las almas que le han sido encomendadas. No ceso de pedir que tanto el Beato Josemaría como don Álvaro intercedan por mí ante el trono de Dios, para que el Señor me conceda un corazón de Pastor tan grande como el que ellos tuvieron, el corazón del buen Pastor.

Para servir a todos

El sacramento del Orden, mediante la unción del Espíritu Santo, configura a quien lo recibe con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Cabeza de su Cuerpo Místico. Y los Obispos, «figura del Padre» ante la Iglesia, como señalaba ya San Ignacio de Antioquía[2], son «constituidos por el Espíritu Santo, que les ha sido dado, en verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores»[3], y hacen presente a Jesucristo, Pastor supremo de las almas[4], en medio del Pueblo que se les ha confiado.

En la homilía de la Misa con la que inauguraba en 1991 su ministerio episcopal, Mons. Álvaro del Portillo afirmaba que «la ordenación episcopal del Prelado del Opus Dei significa un gran bien para la Prelatura del Opus Dei y, al mismo tiempo, una nueva confirmación de la Santa Sede sobre su naturaleza jurídica como estructura jurisdiccional de la Iglesia»[5]. Los cuatro años transcurridos desde entonces no han hecho más que atestiguar la profunda verdad de esas palabras. La ordenación episcopal del Prelado, al incorporarle en el Colegio Episcopal, que sucede al de los Apóstoles cum Petro et sub Petro[6], no sólo refuerza sacramentalmente la unión del Prelado con el Papa y con los Obispos, sino que hace más estrecha la comunión de la labor de la Prelatura con la de las Iglesias locales, al servicio de las almas.

Para apacentar la grey de Cristo hay que servir abnegadamente a las almas, siguiendo el ejemplo de Jesucristo que no vino a ser servido, sino a servir, y a dar su vida en rescate por muchos[7]. Lo recalcaba San Agustín en uno de sus sermones. «El que preside a un pueblo —decía— debe tener presente, ante todo, que es siervo de muchos. Y eso no ha de tomarlo como una deshonra (...), porque ni siquiera el Señor de los señores desdeñó servirnos a nosotros»[8]. Y el Concilio Vaticano II, en su decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos, amonesta: «En el ejercicio de su oficio de padre y pastor, sean los Obispos en medio de los suyos como los que sirven (cfr. Lc 22, 26-27); buenos pastores, que conocen a sus ovejas y a quienes ellas también conocen; verdaderos padres, que se distinguen por el espíritu de amor y solicitud hacia todos, y a cuya autoridad, conferida ciertamente por Dios, todos se someten de buen grado. De tal manera congreguen y formen a la familia entera de su grey, que todos, conscientes de sus deberes, vivan y actúen en comunión de caridad»[9].

Durante los veinticinco años que he tenido la inmensa fortuna —verdadera gracia de Dios— de vivir al lado del Fundador del Opus Dei, he sido testigo ocular y asiduo de su heroico espíritu de servicio a todas las almas, especialmente a las que el Señor le había confiado. Le he visto plasmar en su vida, con plenitud y elocuencia, la enseñanza evangélica; le he visto dar la vida por sus ovejas[10] día tras día, con una sonrisa en los labios.

Las palabras que hizo esculpir en la cátedra de la que ahora es Iglesia prelaticia del Opus Dei constituyen una síntesis de las características que han de inspirar la misión del buen Pastor en esta porción del Pueblo de Dios que es la Prelatura. Al mismo tiempo, esas palabras componen un retrato del ejemplo que nos han dejado el Beato Josemaría y don Álvaro. Con expresiones tomadas del Ius particulare de la Obra, está escrito que el Prelado ha de ser «maestro y Padre para todos los fieles de la Prelatura; a todos los ame verdaderamente en las entrañas de Cristo; a todos enseñe y proteja con caridad tierna; por todos se entregue generosamente, y más y más se sacrifique lleno de alegría»[11].

Os ruego que pidáis a la Trinidad Beatísima, acudiendo a la intercesión del Beato Josemaría, que yo sepa encarnar estas palabras de nuestro amadísimo Padre durante todo mi servicio pastoral al frente del Opus Dei.

Ser cristiano, máxima dignidad

En los días pasados hemos contemplado, llenos de pasmo, el admirabile commercium[12], el admirable intercambio que se ha producido mediante la Encarnación del Hijo de Dios: el Verbo toma nuestra naturaleza humana, se hace Hombre perfecto sin dejar de ser Dios, para que nosotros recibamos una participación en la naturaleza divina y, sin dejar de ser muy humanos, seamos verdaderamente hijos de Dios. No es posible imaginar una gracia mayor, fuera de aquella otra, incomparable, de la Maternidad divina de María, prerrogativa exclusiva de la Virgen Santísima.

Por eso, aun siendo grande la dignidad del oficio episcopal, mucho mayor es la que compete a todos los fieles cristianos por el hecho —sencillo y maravilloso— de haber sido regenerados en el Bautismo. Como ya afirmó San Agustín, con frase universalmente conocida, «vobis enim sum episcopus, vobiscum sum christianus. Illud est nomen suscepti officii, hoc gratiæ»[13]: para vosotros soy Obispo, con vosotros soy cristiano; aquél es el nombre del oficio que he recibido, éste es el nombre de la gracia.

Hemos escuchado en el relato evangélico que, cuando se bautizaba todo el pueblo, y Jesús, habiendo sido bautizado, estaba en oración, sucedió que se abrió el cielo, y bajó el Espíritu Santo sobre Él en forma corporal, como una paloma, y se oyó una voz que venía del cielo: "Tú eres mi Hijo, el Amado, en ti me he complacido"[14].

Sólo después de su resurrección gloriosa iba a promulgar Jesucristo la necesidad de recibir el Bautismo, pero ya ahora quiere indicarnos sus efectos sobrenaturales. La manifestación de la Santísima Trinidad que nos refiere el Evangelio es prototipo e imagen de lo que sucede en las almas que reciben las aguas purificadoras. Dios Padre proclama que Jesús es su Hijo muy amado, el único Mediador capaz, por ser Dios y Hombre, de unir la tierra con el Cielo. Y el Paráclito, con su presencia visible, testimonia la verdad de las palabras del Padre y hace manifiesta la unción sacerdotal, profética y real que la Humanidad Santísima de Jesucristo había recibido en el momento mismo de la Encarnación.

También nosotros, en el Bautismo, hemos acogido en nuestras almas al Paráclito y, con Él, al Padre y al Hijo. Al convertirnos en templo santo de la Trinidad divina, hemos sido elevados a la inmensa dignidad de hijos de Dios y hechos partícipes de la misión de Jesucristo. De ahí arranca la llamada perentoria que el Señor hace a todos los cristianos para ser santos como lo es el Padre celestial[15]; ahí tiene su origen el deber de contribuir, cada uno en la medida de sus fuerzas, a la extensión del Reino de Cristo por medio del apostolado personal.

Hermanas y hermanos míos, hijas e hijos que me escucháis. Permitid que os pregunte y me pregunte, para que cada uno se responda en la intimidad de su corazón, si estas verdades basilares de la fe cristiana han calado profundamente en nuestras almas. ¿Buscamos la compañía y el trato amistoso con ese Dios escondido que habita dentro de cada uno de nosotros por la gracia? ¿Tratamos de corresponder a su amor con amor? ¿Tenemos deseos eficaces de purificación interior, de modo que el Señor se encuentre a gusto en nuestros corazones? ¿Experimentamos la necesidad de acudir al sacramento del perdón, siempre que nuestra alma lo necesite? ¿Nos preparamos cuidadosamente para acoger a Jesús cuando lo recibimos en el sacramento de la Eucaristía? ¿Tenemos hambre y sed de que nuestros parientes, amigos y conocidos estén muy cerca del Señor? ¿Buscamos la ocasión oportuna para hablarles de Dios?

Hacer el Opus Dei

Me dirijo ahora de modo especial a los fieles de la Prelatura del Opus Dei —hombres y mujeres, laicos y sacerdotes— que asistís a esta Santa Misa y a los que, esparcidos por todo el mundo, se encuentran muy unidos a nosotros en estos momentos.

Hijas e hijos míos, querría hablar largamente con cada una y cada uno de vosotros, «en confidencia de amigo, de hermano, de padre»[16]. Todo lo que me gustaría deciros se puede resumir en aquella palabra que estaba constantemente en labios de don Álvaro: fidelidad. ¡Que seáis muy fieles al Señor, a la Iglesia, a la Obra! «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere —no lo olvides— dependen muchas cosas grandes»[17].

Me gusta recordaros que —como nos decía don Álvaro—, lejos de quedar relegados al archivo de la historia con el transcurrir de los años, los tiempos de nuestro Padre son y serán siempre actuales. Habrán de tener permanente actualidad, no sólo porque será siempre elocuente su ejemplo y su enseñanza, vivo su espíritu y eficacísima su intercesión desde el Cielo, sino además porque hemos de corresponder a la vocación cristiana en la Obra con la plenitud y la santa urgencia de nuestro Fundador.

Tened mucho sentido de responsabilidad, hijas e hijos míos: la Obra está ahora especialmente en nuestras manos. No penséis nunca que vuestra cooperación a la tarea apostólica es pequeña o de poca monta: colaboráis muchísimo al empeñaros de verdad en ser Opus Dei y en hacer el Opus Dei, al tratar de conducir a Dios todas las ocupaciones y circunstancias de vuestra existencia. Mirando las cosas con ojos humanos, podría parecer que la aportación de cada uno es como un hilillo insignificante, en ese hermoso tejido que la Prelatura trata de ofrecer al Señor en cada jornada. Pero, como nos decía nuestro Fundador, si ese hilillo se suelta, podría comenzar a deshacerse el tapiz maravilloso que el Señor espera de nosotros cada día[18]. Tened siempre presente, hijas e hijos míos, que Dios cuenta con nuestra colaboración esforzada y generosa, unida a la de muchos otros cristianos, para poner a Cristo en la cima de las actividades humanas, en los umbrales del nuevo milenio y en los años venideros.

También yo os necesito, hijas e hijos míos. Por eso os pido que recéis mucho por mí, para que sepa conducir el Opus Dei por los caminos señalados por nuestro amadísimo Padre, con la misma fidelidad con que gobernó la Obra don Álvaro.

Consumados en la unidad

El Apóstol San Juan, en una de sus epístolas, afirma: me alegré mucho cuando vinieron unos hermanos y dieron testimonio de tu fidelidad, de que caminas en la verdad. No hay para mí mayor alegría que oír que mis hijos caminan en la verdad[19]. Yo os repito lo mismo: el apoyo más firme que podéis ofrecerme consiste en que manifestéis la verdad de vuestro amor a Dios y a las almas en la lucha cotidiana para ser santos y para empujar a vuestros parientes, amigos y compañeros por las sendas del amor divino.

De los primeros cristianos afirma la Sagrada Escritura que, por la acción del Espíritu Santo, vivían cor unum et anima una[20], estrechamente unidos unos a otros, con unidad de voluntades y de corazones. Así, por la gracia de Dios, debemos permanecer siempre nosotros: ¡vamos a recorrer todos juntos esta senda que el Señor ha abierto en la tierra, y procuremos que sean muchas las personas que descubran a Dios y se enamoren de Él! Millones de hombres y de mujeres esperan conocer, en todo el mundo, la buena nueva de que Dios los llama a ser santos —a ser y sentirse Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, colaborando con Él activamente en la aplicación de los frutos de la Redención—, sin salirse del lugar donde los ha colocado la Providencia divina: en su trabajo profesional, en su familia, en sus circunstancias personales. La misión que el Señor nos confía es gigantesca; por eso hemos de acudir constantemente a Él en demanda de ayuda. Sólo de este modo la llevaremos a cabo.

No puedo dejar de dar gracias a mis padres, como doy gracias a los padres de todas las mujeres y de todos los hombres del Opus Dei; y doy gracias a mis hermanos, a mi familia y a vuestras familias. Queredlas, y decidles que nos quieran: no hacemos más que cumplir unos y otros nuestro deber, insistía nuestro Padre. Ayudadnos y sentíos queridos y ayudados.

En los textos litúrgicos de la fiesta de la Epifanía[21] se conmemora la triple manifestación de Jesucristo. En la adoración de los Magos, primicias de los gentiles, se nos presenta como Salvador de todos los hombres; en el Jordán, ante Juan Bautista y el pueblo judío, se manifiesta como Hijo de Dios y Mesías de Israel; en las bodas de Caná, realizando el gran prodigio de la conversión del agua en vino, fortalece la fe de los discípulos[22].

Este milagro, el primero que realizó Jesús, fue obtenido gracias a la intercesión de la Santísima Virgen. No olvidemos que María es la Omnipotencia suplicante. Conscientes de nuestra indigencia, también nosotros acudimos a nuestra Madre y le pedimos que interceda como en Caná de Galilea, para que su divino Hijo, sirviéndose de cada uno de nosotros, convierta el agua de las actividades terrenas en vino de santidad. De este modo, una infinidad de almas sabrán encontrar a Dios en las circunstancias ordinarias de la vida; muchos hombres y muchas mujeres —cada vez más— llevarán el espíritu de Cristo a todos los ambientes donde viven y trabajan. Así sea.


 

PARTICIPAR EN LA MISIÓN DE CRISTO

En una ordenación presbiteral (Parroquia del Beato Josemaría, Roma, 8-VI-1997).

 

 

Ninguna lengua ha podido inventar palabras capaces de expresar adecuadamente las mirabilia Dei, las maravillas que Dios ha obrado en favor de los hombres. El don más grande —viene bien recordarlo una vez más, en este tiempo de espera del Jubileo del año 2000— es sin duda la Encarnación de su Hijo: misterio insondable que la Iglesia, en una de las antífonas con las que se concluye cada día la Liturgia de las Horas, canta exaltando a María come Aquélla que, entre el asombro de todas las criaturas, ha engendrado a su Creador[23].

Queridos hijos míos diáconos, que os disponéis a convertiros en presbíteros. También delante del misterio que se realizará en cada uno de vosotros dentro de pocos instantes, no existe otra actitud que la de adorar en silencio la infinita sabiduría y bondad del Señor. Esta nueva efusión del Espíritu Santo os conformará con Cristo Sacerdote de un modo nuevo y más intenso, os capacitará para actuar in nomine et in persona Christi prolongando —más allá del espacio y del tiempo— la obra de la Redención, os otorgará la potestad sobre el Cuerpo y la Sangre de Jesús, os injertará como ministros en su ministerio de salvación, os preparará para ser verdaderos servidores de las almas. ¿Qué decir ante toda esta maravilla? ¿Cómo no acercarse a este misterio, sino —como dice San Pablo— conscientes de nuestra debilidad y temerosos, temblando ante la grandeza del don[24]?

Ya en otros momentos, sobre todo en estos últimos días, he considerado junto a vosotros los elementos más importantes de la vida y del ministerio sacerdotal. Hoy me detendré sólo en un aspecto, que tiene una íntima y especial sintonía con la finalidad del esfuerzo espiritual de los cristianos en este primer año de preparación al gran Jubileo del 2000. El Santo Padre nos sugiere, en efecto[25], que la expectación de este gran acontecimiento de gracia se centre durante este año en una reflexión más profunda sobre el misterio de Cristo, para que nuestra participación vital en este misterio, por medio de los sacramentos, sea auténtica y fecunda.

Seguir a Jesucristo

Para imitar a Cristo, es preciso conocerlo. ¿Y qué dice Jesús de sí mismo? ¿No se nos presenta, ante todo, como el Redentor, como el Hijo de Dios que ha venido a dar la vida por la salvación del mundo? Son numerosísimos los pasajes de la Escritura a este propósito. Podríamos comenzar con la profecía de Isaías que hemos escuchado en la primera lectura de la Misa: El Espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh; me ha enviado a anunciar la buena nueva a los pobres, a vendar los corazones rotos, a pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad; a pregonar un año de gracia de Yahveh[26]. Todos recordamos cómo Jesús, según el Evangelio de San Lucas, comenzó su predicación aplicándose a sí mismo este antiguo anuncio[27].

Pero el Señor nos descubre una mayor riqueza en lo que este texto dice acerca de la misión del Salvador. Además de profesar claramente su unidad con el Padre en la naturaleza divina, muestra que en la Cruz —más allá de cualquier límite imaginable— se manifiesta su amor por los hombres. La conciencia de haber sido mandado al mundo para salvar al mundo[28], suscita en Cristo una solicitud tan fuerte que despierta en su alma deseos ardientes[29]. La fe nos dice que ese Jesús que quiere vivir en nosotros es el Hijo que, por amor del Padre, ama a los hombres y, obediente a la Voluntad del que lo ha enviado, se encarna y viene a la tierra para dar la vida por nosotros.

Seguir a Cristo significa ser partícipe de su misión: Como el Padre me ha enviado a mí, así Yo os envío a vosotros[30]. La vocación cristiana tiene un contenido preciso. Hemos sido llamados a recorrer los caminos de la tierra difundiendo en todas las latitudes la verdad que salva: id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos (...), enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo[31].

Amar y servir a la Redención, amar y trabajar por el Reino de Dios: éstas son las coordenadas de la santidad cristiana. Santificarse santificando. Cristo es el único Mediador entre Dios y los hombres[32], el Redentor del hombre. Y el cristiano ha sido invitado a colaborar con Él. El Beato Josemaría escribe: «Ser cristiano no es título de mera satisfacción personal: tiene nombre —sustancia— de misión (..). Ser cristiano no es algo accidental, es una divina realidad que se inserta en las entrañas de nuestra vida, dándonos una visión limpia y una voluntad decidida para actuar como quiere Dios»[33].

Obligación de todos los cristianos

Todos los bautizados, en virtud de la participación en el sacerdocio de Cristo que se les ha conferido en el Bautismo y en la Confirmación, se han convertido en sujetos activos del designio salvífico, es decir, en apóstoles. El Concilio Vaticano II nos recuerda: «La vocación cristiana es, por su misma naturaleza, vocación también al apostolado»[34]. Y más adelante: «A todos los cristianos se impone la gloriosa tarea de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado en todas partes por todos los hombres»[35]. Y en otro lugar: «El derecho y la obligación de ejercer el apostolado es algo común a todos los fieles»[36].

A algunos, como secuela de un uso ya cristalizado, la palabra "apostolado" podría hacerles pensar en una actividad que se articula según funciones específicas, cuyo conjunto constituiría una tarea más entre las muchas que entretejen nuestra existencia. Pero si se reflexiona sobre la naturaleza de la vida secular del común fiel cristiano, empeñado codo con codo con sus semejantes en el corazón de la sociedad, se comprende que el cristiano ha de ser apóstol y contribuir eficazmente al cumplimiento de la misión de la Iglesia en la trama ordinaria, cotidiana, de sus jornadas: en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales. Si se cumplen con amor y por amor de Dios, con la ayuda de la gracia, todas las acciones, incluso las más repetitivas, los gestos casi mecánicos que lleva consigo la realización del trabajo, adquieren un valor de eternidad: son el lenguaje de nuestra respuesta obediente a la Voluntad de Aquél que, asignándonos una tarea concreta en la sociedad, ha establecido el papel que nos corresponde en el misterio de la Redención. De esas acciones brota la fecundidad misma de la Cruz. Ya hace muchos años, el Beato Josemaría quiso que se confeccionara un repostero en el que aparece un campo sembrado de cruces y de corazones: porque de cada encuentro nuestro con la Cruz —es decir, de cada acción realizada en obediencia al querer divino, en el cumplimiento de los deberes cotidianos—, proviene el milagro de un corazón que torna a Dios.

Volver a descubrir las virtualidades apostólicas implícitas en la más pequeña de nuestras acciones constituye, sin lugar a dudas, un trámite necesario en la preparación del Jubileo: es, para todos los fieles, premisa y, al mismo tiempo, factor de crecimiento espiritual en Cristo y condición necesaria para la revitalización de su testimonio cristiano. Ahí resume el Santo Padre «el objetivo prioritario del Jubileo»[37]. En efecto, como el mismo Papa escribe en otro lugar, «la fe se refuerza donándola»[38].

Sacerdotes para toda la Iglesia

Dentro de la única misión que Cristo ha transmitido a la Iglesia, la tarea del sacerdote tiene características específicas, derivadas de su configuración con Cristo Cabeza del Cuerpo místico por obra del sacramento del Orden. Concretamente, los modos de ejercitar esa función son propios y exclusivos del sacerdote: la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos. Ahora quisiera detenerme en un aspecto de fondo, que el Concilio describe con las siguientes palabras: «El don espiritual que los presbíteros recibieron en la ordenación no los prepara a una misión limitada y restringida, sino a la misión universal y amplísima de salvación hasta los confines de la tierra (Hch 1, 8), pues cualquier ministerio sacerdotal participa de la misma amplitud universal de la misión confiada por Cristo a los Apóstoles (...). Recuerden, pues, los presbíteros que deben llevar grabada en su corazón la solicitud por todas las Iglesias»[39].

El sacerdote, padre, pastor y maestro de todos[40], debe tener un celo apostólico sin fronteras, una caridad pastoral que abrase hasta lo más íntimo su ser. Ha de saber entregarse a cada uno y satisfacer las necesidades espirituales de todos, sin preferencias ni diferencias, derrochando todas sus energías en el ministerio. Ha de estar dispuesto a todo, con tal de llevar las almas a Cristo: ésta es su única ambición. Debe estar decidido a recorrer el mundo entero para sembrar el Evangelio, o bien, si así se le pide, permanecer toda la vida escondido en el mismo sitio, asistiendo a quienes recurren a él necesitados de luz y de gracia. Su vida espiritual, por tanto, debe estar «marcada, plasmada, connotada, por esas actitudes y componentes que son propios de Jesús, Cabeza y Pastor de la Iglesia»[41]. Cristo ha dado la vida por nosotros; lo hemos leído hace un momento en el Evangelio: Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por sus ovejas[42]. Del mismo modo el sacerdote debe sacrificarse a sí mismo por completo, cada día, en el cumplimiento de su misión.

En la perspectiva de la misión sacerdotal, de la urgencia con que Cristo envía a los Apóstoles y a la Iglesia a evangelizar el mundo, deseo poner de relieve la dimensión propia de la santidad sacerdotal. La existencia entera del sacerdote debe estar penetrada por la misión: cada pensamiento suyo, cada latido de su corazón, cada palabra de su boca, sus proyectos y deseos, todo en él ha de tener su origen en este hondo deseo de llevar a cabo la misión salvífica. El sacerdote se hace en verdad semejante a Cristo sólo si se entrega a las almas. Queridísimos, pedid al Señor que dilate vuestro corazón hasta el punto de que la misión sacerdotal, el servicio a la Iglesia, sea el único horizonte de vuestra vida.

Un deber de caridad

Ha escrito el Santo Padre: «En contacto constante con la santidad de Dios, el mismo sacerdote debe hacerse santo. Su ministerio le compromete a una elección de vida inspirada en el radicalismo evangélico (...). ¡Cristo necesita de sacerdotes santos! ¡El mundo actual reclama sacerdotes santos! Sólo un sacerdote santo puede convertirse, en un mundo cada día más secularizado, en testigo transparente de Cristo y de su Evangelio. Sólo de este modo el sacerdote puede convertirse en guía de los hombres y maestro de santidad»[43]. La misión constituye la vía por medio de la cual se edifica la santidad del sacerdote y, por tanto, le señala el modo característico de conducirse en toda su vida espiritual. En una oración preparatoria para la Santa Misa, San Ambrosio invita al sacerdote a suplicar a Dios en favor de todos los que sufren: las viudas, los niños, los perseguidos, los prisioneros... Recordadlo: la oración del sacerdote es, sobre todo, oración de intercesión. Su penitencia es expiación por los pecados de todos los hombres. El Beato Josemaría recomendaba a sus hijos sacerdotes que impusieran penitencias leves en la Confesión, y que luego completasen personalmente la reparación debida a la justicia y a la misericordia divinas. ¡Cuántas gracias tenemos que arrancar de las manos del Señor! Seguid la recomendación de nuestro santo Fundador, a quien gustaba rezar de este modo: «Señor, ¡que no diga nunca basta!» ¡Sed generosos!

Se comprende por qué San Agustín ha definido el ministerio sacerdotal como amoris officium[44], un deber de amor. En el mismo contexto, resulta evidente la afirmación que el Beato Josemaría hace en Forja: «Ser cristiano —y de modo particular ser sacerdote; recordando también que todos los bautizados participamos del sacerdocio real— es estar de continuo en la Cruz»[45].

Hemos visto cómo el Concilio Vaticano II habla de la amplitud universal de la misión del sacerdote. En el mismo n. 10 del decreto Presbyterorum Ordinis, que hemos citado anteriormente, el Concilio anuncia la voluntad de crear estructuras, como diócesis peculiares o prelaturas personales, justamente para proveer mejor al cumplimiento de la misión universal de la Iglesia. Vosotros, sacerdotes de la Prelatura del Opus Dei, serviréis a toda la Iglesia ocupándoos en primer lugar de las necesidades espirituales de los fieles de la Prelatura y ayudándoles con vuestro ministerio en el camino de la santidad. Os ruego que recéis también por mis intenciones, que os unáis cada día a mi Misa, donde confluyen tantas almas, tantas actividades apostólicas, tantos países que nos están esperando.

A vuestros padres y hermanos, a vuestros parientes y amigos, además de felicitarles cariñosamente, me permito recordarles que ahora estáis más necesitados de su ayuda. Habéis sido llamados a una gran tarea, y la habéis asumido con humildad, bien conscientes de que sólo podéis confiar en la gracia de Dios. Tenéis necesidad de mucha oración por parte de todos. Doy gracias a los padres y a las madres de los nuevos sacerdotes, porque el Señor ha querido servirse de ellos para que haya nuevos pastores en la Iglesia.

Rezad por las vocaciones sacerdotales: que en ningún lugar de la tierra falten nunca los trabajadores en la mies del Señor. Os repito una insistente recomendación del Santo Padre: «Al expresar la convicción de que Cristo necesita a sus sacerdotes y quiere asociarlos a su misión de salvación, debemos también poner particular énfasis en esto: en la necesidad de nuevas vocaciones al sacerdocio. Es ciertamente necesario para toda la Iglesia el trabajar y orar por esta intención»[46]. Meditad a menudo las palabras de Jesús: levantad vuestros ojos y mirad los campos que están dorados para la siega[47]. Con el corazón lleno de esperanza, os confío a María, Madre de la Iglesia, Madre de los sacerdotes. Y, mientras invoco sobre vuestro ministerio la intercesión del Beato Josemaría, os exhorto a pedir desde ahora al Señor que os conceda copiosos frutos de almas para su gloria. Así sea.


 

 UNA ELECCIÓN DE AMOR

En una ordenación diaconal (Parroquia del Beato Josemaría, Roma, 24-I-1998).

 

 

Alaba, alma mía, al Señor: alabaré al Señor toda mi vida; cantaré a Dios mientras yo exista[48]. Esta ordenación diaconal de fieles de la Prelatura del Opus Dei es un signo tangible de la misericordia de Dios: desde que en 1944 —año en el que se ordenaron los primeros— hasta hoy, el Señor no ha dejado nunca de bendecir al Opus Dei con el don de sacerdocio. Como en cualquier otra porción del Pueblo de Dios, la gran mayoría de los fieles de la Prelatura está constituida por laicos, pero el sacerdocio resulta imprescindible para su vida.

Nadie se atribuye este honor, sino el que es llamado por Dios, como Aarón[49], amonesta la Epístola a los Hebreos. Conscientes de que nadie puede merecer el don del sacerdocio, damos gracias a Dios de todo corazón por esta ordenación. Pero la gratitud se demuestra con los hechos. Y la primera expresión de nuestra correspondencia a este regalo ha de ser el esfuerzo por modelar nuestra existencia de acuerdo con ese don. Digo "nuestra correspondencia" porque me dirijo a todos los presentes: en efecto, el don del sacerdocio ministerial está destinado a la Iglesia entera y exige una respuesta que compromete la vida espiritual de todos los fieles. ¿Cómo podemos agradecer?

La vocación cristiana, una llamada divina para todos

Sólo el amor permite a una criatura percibir la voz de Dios —esa voz que nadie ha oído jamás[50]- y responder al Señor con nuestro lenguaje humano; sólo el amor garantiza que nuestra respuesta se mantenga viva y perseverante y, más aún, que sea más firme y actual con el paso del tiempo. Por amor, Dios se inclina sobre el hombre, mas el hombre es capaz de entrar verdaderamente en contacto con Dios sólo si sabe correr el riesgo del amor. Ésta es la historia de toda vocación, la experiencia de quienes advierten la llamada. Todos nosotros lo podemos testimoniar. Y lo confirma todo aquél que vive la fe como un compromiso personal que le impulsa a buscar a Cristo, a entregarse a Cristo, a seguirlo, a compartir su vida y su misión.

Deus caritas est[51], Dios es Amor, escribe San Juan, el Apóstol que habla de sí mismo como de aquél al que Jesús amaba[52]. El descubrimiento del Amor no es un privilegio concedido a pocos. El Señor sale al encuentro de todos a través de mil situaciones de la vida cotidiana que quizá son triviales a los ojos de otros. Cada día recibimos de nuevo su perdón y su misericordia; cada día volvemos a comprobar la confianza inquebrantable con que Dios, en Cristo y como a Cristo, nos repite a cada uno: Tú eres mi hijo; Yo te engendrado hoy[53].

En el fondo, nuestro a la vocación cristiana es el gesto del hijo que se arroja entre los brazos del Padre y le entrega lleno de gozo su vida. Aunque sabedor de su personal indignidad, el hijo no renuncia a la ambición de amar, no huye: confía en el Padre. La única dimensión del tiempo verdaderamente "nuestra" es el presente, en cuanto tiempo de la decisión. Desde este punto de vista, la elección más coherente con nuestra condición de hijos de Dios es la entrega irrevocable de nosotros mismos. Arrojarse confiadamente en brazos del Padre, hemos dicho. En una lógica sobrenatural, es ésta la única conclusión completamente razonable, aunque a menudo parezca una locura a los cobardes, a los que no quieren correr riesgos, a los que tienen miedo de poner en juego la propia libertad. Pero el amor perfecto arroja fuera el temor —escribe San Juan— (...) y el que teme no es perfecto en el amor. Nosotros amamos, porque Él nos amó primero[54]. ¿No nos ofrece el Apóstol, con estas palabras, además de una densa síntesis de la teología de la vocación, la descripción esencial del misterio del encuentro de cada uno con Cristo?

Leamos un texto del Beato Josemaría: «¿Quién es capaz de precisar cómo se toma la primera decisión de entrega? (...). Nos hemos acercado a Cristo y hemos sentido latir fuerte, fuerte, su Corazón, y hemos llegado a gustar de esas delicias suyas, que son estar Él con los hijos de los hombres (Prv 8, 31): por todo eso sabemos lo que vale el amor de Dios»[55]. Sí: cada vocación es el testimonio visible y convincente para todos —también para los indiferentes— de que Cristo vive. También ahora conquista Él los corazones, con la misma fuerza irresistible con que lo hacía cuando, recorriendo los senderos de Palestina, llamaba a Sí a los que había elegido y les pedía todo: quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí[56].

No es una exhortación que vaya dirigida a unos pocos individuos, a personas "excepcionales", entre comillas, capaces de un arrojo heroico. A todas las criaturas abraza Dios con su amor infinito, a todas las llama a Sí. Cualquier cristiano, por tanto, es objeto de una vocación divina: cada bautizado tiene el deber de amar al Señor buscando la santidad en la vida ordinaria. Esta sed de santidad —en la sociedad, en la familia, en el trabajo, en la cultura, en las distracciones— suscitará necesariamente una rica floración de decisiones de servicio a la Iglesia y, por tanto, también de vocaciones sacerdotales.

La vocación sacerdotal, nueva respuesta al amor de Dios

Pero volvamos a considerar esta ceremonia. Mediante el Orden Sagrado, la identificación con Cristo alcanza tal profundidad que el ministro sagrado no se pertenece ya a sí mismo, sino que se debe por completo a aquéllos a quienes el Señor ha venido a salvar. Hablando de la misión sacerdotal a un grupo de presbíteros recién ordenados —y estas consideraciones se pueden aplicar, al menos en parte, también a los diáconos—, el Santo Padre ha dicho: «Se trata de una real e íntima transformación por la que pasó vuestro organismo sobrenatural gracias a una "señal" divina, el "carácter", que os habilita para obrar in persona Christi y por eso os califica en relación a Él como instrumentos vivos de su acción (...). El sacerdote se halla, de ahora en adelante, en un estado de exclusiva propiedad del Señor (...). Jesús nos identifica de tal modo consigo en el ejercicio de los poderes que nos confirió, que nuestra personalidad es como si desapareciese delante de la suya, ya que es Él quien actúa por medio de nosotros»[57].

El sacerdote pone el sello más auténtico a su amor por Cristo sólo si convierte la misión salvífica en el quicio alrededor del cual gira toda su vida. Continúa diciendo el Papa: «El carácter sagrado le afecta de modo tan profundo que orienta integralmente todo su ser y su obrar hacia su destino sacerdotal. De modo que no queda en él ya nada de lo que pueda disponer como si no fuese sacerdote (...). Aun cuando realice acciones que, por su naturaleza, son de orden temporal, el sacerdote es siempre ministro de Dios. En él, todo, incluso lo profano, debe convertirse en sacerdotal»[58].

Renovar el amor

El amor es el alma de la vida cristiana. La dinámica del amor exige que el enamorado renueve constantemente su impulso inicial, sin permitir que perezca por el desgaste del tiempo, o que sufra un aflojamiento a causa de la rutina, o quede reducido a simples y aburridas "buenas maneras". Esto significa que, cada día, el cristiano —todos nosotros— ha de hacer revivir su primer encuentro con Cristo. En una reunión familiar tenida en agosto de 1968, el Beato Josemaría decía: «Dios nos ha cogido el corazón, la vida entera. Un día, por su bondad infinita, sentimos el flechazo, que nos rindió para siempre. Y hemos de procurar que ese amor continúe, y que se haga cada día más intenso, más delicado»[59]. Éste es el papel insustituible que cumplen la Eucaristía y la oración en la vida espiritual: «Comunión, unión, comunicación, confidencia: Palabra, Pan, Amor»[60].

Sólo una oración intensa y asidua puede sostener al ministro sagrado en el cumplimiento de la misión que le compete en la Iglesia, hasta hacer de él un completo holocausto. Para él, amar a Cristo significa servir a las almas, sin ahorrarse nada. Seguir a Jesús le llevará necesariamente a la Cruz, a la total renuncia de sí mismo. Vosotros, queridísimos, vais a ser admitidos en el Orden Sagrado del diaconado: sois llamados a la tarea de ayudar a vuestro Prelado y a su presbiterio en el ministerio de la Palabra, en el servicio del altar y de la caridad. Con San Pablo os exhorto a que viváis una vida digna de la vocación a la que habéis sido llamados[61], a renovar cada día vuestro amor a Cristo dejando que en vosotros Él vuelva a ofrecerse por todas las almas.

En la colecta de la Misa hemos invocado al Señor para que os conceda disponibilidad para la acción, humildad en el servicio y perseverancia en la oración[62]. Vuestro ministerio os llevará sobre todo a servir a los fieles de la Prelatura. Pero recordad lo que nos enseñó el Beato Josemaría y que Mons. Álvaro del Portillo, su primer sucesor, no dejó nunca de repetir: el Opus Dei existe sólo para servir a la Iglesia. Vuestro servicio será eficaz si ayudáis a que los demás fieles de la Prelatura consoliden esa alma sacerdotal que nos estimula a emplearnos en un apostolado constante por el bien de la Iglesia universal y de las Iglesias locales en las que trabajamos.

Me dirijo ahora a los padres y parientes de estos candidatos al Orden Sagrado. Me dirijo a sus amigos y a todos los aquí presentes: la tarea que espera a los nuevos diáconos requiere de ellos una entrega plena. Para cumplirla, tienen necesidad de vuestra oración y de vuestro ejemplo. Por eso, al tiempo que os doy las gracias, os digo que debéis ayudarles siempre. Pensad: al concederos este hijo, este hermano, este amigo, el Señor de algún modo os ha confiado una parte de su misión. ¡Cuánto tenéis que rezar por él!

A María, Madre de la Iglesia, confiamos de todo corazón estos hijos suyos que hoy se acercan al altar. A Ella, Madre de Cristo y de los cristianos, le pedimos que nos conceda la gracia de saber responder con un siempre nuevo y más pleno al Amor divino que nos llama. Así sea.

 


 

 LA MISIÓN DEL SACERDOTE

En una ordenación presbiteral (Parroquia de San Alberto Magno, Madrid, 6-IX-1998).

 

 

Queridísimos ordenandos, hermanas y hermanos míos.

Hoy es un día de gran alegría para todos: la Iglesia de Dios se enriquece con tres nuevos sacerdotes. Por eso es lógico que comience esta homilía animándoos a dar gracias al Señor por esta manifestación de su misericordia con los hombres. Y también resulta lógico que levantemos a Dios nuestro corazón, suplicándole con fe que no deje de suscitar en la Iglesia abundantes vocaciones sacerdotales, y que estos hermanos vuestros que hoy reciben la ordenación presbiteral, y todos los sacerdotes del mundo, nos empeñemos diariamente en ser sacerdotes santos. Porque, como escribía en 1945 el Fundador del Opus Dei, «el sacerdocio pide —por las funciones sagradas que le competen— algo más que una vida honesta: exige una vida santa en quienes lo ejercen, constituidos —como están— en mediadores entre Dios y los hombres»[63].

Señor Dios nuestro: ¡sólo Tú sabes cuánto necesitamos que sean muchas y santas las vocaciones sacerdotales en la Iglesia! Por eso nos manifiestas continuamente, una vez más, lo que dijiste a los Apóstoles mientras contemplabas las muchedumbres que —entonces como ahora— andaban como ovejas sin pastor: la mies es mucha, pero los obreros son pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies[64].

"Escogido de entre los hombres para provecho de los hombres"

Con esta oración constantemente presente, me dirijo ahora de manera particular a vosotros, hijos míos, que hoy vais a recibir libremente el sacerdocio ministerial. Meditad con frecuencia el texto de la segunda lectura de la Misa, tan lleno de riqueza. Habéis sido escogidos por Dios entre los hombres. No habéis tomado vosotros la iniciativa, sino el Señor, porque —puntualiza la Carta a los Hebreos— nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama, como en el caso de Aarón[65]. Y si, con palabras inspiradas, se nos recuerda que tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de Sumo Sacerdote, sino Aquél que le dijo: Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy[66], ¡qué tendríamos que afirmar de nosotros mismos, que somos pobres criaturas, llenas de miserias y defectos! Verdaderamente, el ministerio sacerdotal —como cualquier vocación divina— es un regalo espléndido de la Santísima Trinidad.

Nunca olvidéis, pues, que la iniciativa de esta nueva llamada ha partido de Dios. El mismo que hace años os invitó a servirle —dentro de la común vocación cristiana— como fieles laicos de la Prelatura del Opus Dei, os concede ahora para siempre el don del sacerdocio.

Alta es la meta a la que sois llamados, pero no temáis: Dios está con vosotros y no os dejará solos. Confiad particularmente en la ayuda del Espíritu Santo. Vuestra ordenación sacerdotal se realiza precisamente en el año que la Iglesia ha querido dedicar a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, como preparación para el Gran Jubileo en el que conmemoraremos los dos mil años del nacimiento de Jesucristo. Podéis considerar que esta circunstancia os trae una especial ayuda del Paráclito en el desempeño de vuestro ministerio sacerdotal.

La Epístola a los Hebreos muestra también el contenido de la misión sacerdotal, cuando afirma: el sacerdote, escogido entre los hombres, está constituido en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados, y puede compadecerse de los ignorantes y extraviados ya que él mismo está rodeado de debilidad[67].

Todo cristiano, por el hecho de haber recibido en el Bautismo el sacerdocio común, y también en virtud de la Comunión de los Santos, ha de sentir el peso de llevar la humanidad entera a Dios. Pero quien además queda ungido con el sacramento del Orden, adquiere una nueva responsabilidad, derivada de su nueva configuración con Cristo, que no es sólo más intensa, sino esencialmente distinta de la de los demás fieles[68]. Con palabras de nuestro santo Fundador, os recuerdo que «la vocación específica, con la que —entre vuestros hermanos— habéis sido llamados y a la que libremente habéis respondido, os constituye servidores de todos en lo que mira a Dios»[69].

Sobre vuestros hombros recaerá, pues, la responsabilidad de la atención pastoral de los fieles de la Prelatura que os sean encomendados —ésta es la razón inmediata de vuestra ordenación—, de las personas que participan en las labores apostólicas del Opus Dei, y de todos los hombres y mujeres, ya que el sacerdocio ministerial, por su misma naturaleza, constituye un ministerio público en la Iglesia: está abierto a las necesidades espirituales de todas las almas.

Sacerdotes "cien por cien"

Entre las numerosas consecuencias prácticas derivadas de este hecho, quiero referirme a una actitud muy concreta que se pide al sacerdote: la absoluta disponibilidad para servir a las almas. Ahora con mayor fuerza, hijos míos, habréis de olvidaros de vuestro yo, decididos a ocuparos de los demás. En vuestros planes de trabajo y de descanso, tened siempre presente que habéis sido elegidos para representar a los hombres en el culto a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Habéis de mostraros acogedores con vuestros hermanos, en todo momento: las veinticuatro horas del día; y no como quien presta un favor, sino con la conciencia de cumplir un gustoso deber que no debemos soslayar. Cualquier persona tendrá derecho a buscar vuestro consejo espiritual o vuestras palabras de consuelo; a escuchar de vuestros labios la doctrina salvífica del Evangelio; a recibir de vosotros el perdón divino, después de haber confesado sus pecados; a descubrir en todo vuestro comportamiento la presencia y el amor de Cristo.

Eso es lo que los hombres y mujeres esperan del sacerdote: que los represente ante Dios, que interceda por todas sus necesidades espirituales y materiales. El Papa Juan Pablo II, en la homilía de una ordenación sacerdotal que realizó en España, decía a los nuevos sacerdotes: «No temáis ser separados de vuestros fieles y de aquellos a quienes vuestra misión os destina. Más bien os separaría de ellos el olvidar o descuidar el sentido de la consagración que distingue vuestro sacerdocio. Ser uno más en la profesión, en el estilo de vida, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos»[70].

«Sacerdotes de cuerpo entero», dice el Papa; o, con palabras del Beato Josemaría, que os resultarán familiares, «sacerdotes-sacerdotes, sacerdotes cien por cien»[71].

Por eso, con el sacerdocio, vuestra oración ha de estar, cabría decir, llena de peticiones por las necesidades de la Iglesia y del mundo. Vuestros sacrificios, vuestros trabajos, vuestra fatiga y vuestro reposo, tienen que estar habitualmente encaminados al cumplimiento de esta misión, que hoy recibís, de ser «mediadores en Cristo Jesús, para llevar a Dios todas las cosas, y para que la gracia divina lo vivifique todo»[72], colaborando generosamente con los fieles laicos de la Prelatura en la tarea de «poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas»[73].


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