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EL HOMBRE DE VILLA TEVERE

 

Pilar Urbano

 

 

 

Indice
CAPÍTULO I
Un retrato de frente.
CAPÍTULO II
"A bordo del "J.J. Sister". Las obras de Dios no pueden cruzarse de brazos. Ante el Portone di Bronzo. "Yo no respondo de su vida." "¿Resultará que soy un trapacero?"
CAPÍTULO III
"Realquilados en Città Leonina. Mientras el Papa duerme. "Romana, romana, romana." Las cosas de palacio... Un manojo de rosas sin espinas.
CAPÍTULO IV
"Villa Tevere, puertas adentro. La casa del padre de familia. "Severas palestras", Junto al Tíber. Cincuenta mil kilómetros, en el grosor de una puerta. El "banquero" del Opus Dei. "¿Dónde dormiré esta noche?" Diez años entre andamios y albañiles. "Rezamos más que comemos." Un zarpazo en el alma."
CAPÍTULO V
Ut gigas. Escrivá despliega un sueño. Un rompedor de fronteras. Un extraño "burgués": anticipativo, inconformista, audaz y soñador. Opción por los pobres y opción por los ricos. "Los de arriba se caen solos." ¿De qué color es la piel de un alma?"
CAPÍTULO VI
"¿Por qué brama esa gente?" Los martes, el salmo 2. No hay esvásticas en las espadas. Las tres batallas del Opus Dei. La fe de las hijas del carbonero. Un torero que sabe latín. Cómo se llega a "director". En el tejado del Vaticano. "In silentio et in spe." "¡Caben...!" Escrivá, en un tris de dimitir. La estatua mutilada. Un Te Deum jadeante. Nota reservada de Escrivá al Papa. La visita del padre Arrupe. La solución, en un epitafio. Una extraña profetisa. El día que Escrivá se hizo del Opus Dei. Un varón fuerte, con el cuerpo destrozado.
CAPÍTULO VII
"Giboso, giboso... Una larga suma a renglón seguido."Si no tuviera corazón, dormiría a pierna suelta." La Obra no tiene escudos. Un dibujo, al dictado. El punzón de garantía. "¿Qué te pasa conmigo, Señor?" "¿Mi precio?... una raspa de sardina." La psicología del hombre feliz. "Nunca busqué certificados." Camino, a la hoguera. ¿Signos cabalísticos? El maletín del fabricante de calumnias. Verdades rotas y datos trucados. Cobre rajado, con lañas. ¿Micrófonos ocultos? La verdad del viaje a Grecia. Unas copas de malvasía. El teléfono suena de madrugada. Enemigos "bienhechores". Coces contra el aguijón. Querían echar a Escrivá. El peligro lleva guantes de seda. "Los de siempre." Un ciego que da bastonazos al aire. Extranjero en Roma. Un testigo de piedra, en Il Cortile Vecchio."
CAPÍTULO VIII
El comunicador. Una extraña diapositiva. El abrazo del masón. En cada alma, de rodillas. De la A a la Z. El enchinaor. La queja de Cayetana de Alba. "¡Que no soy el Negus!" Walt Disney lee Camino. Il vostro compagno non perde il tempo! El amigo. "Estás hecho un egoísta. " Un hombre ante el Santo Oficio. Los cardenales también tienen corazón. Teología de la coincidencia. Un marketing sin trampa ni cartón. El poeta del vino. La jaca de Domecq no irá al purgatorio. Sobran los diccionarios. Cuando él entra, se enciende la luz. Rompedor de etiquetas. "He tocado a Dios." Frente a los pálpitos estafadores. Troppo invadente. Un neófito de 83 años.
CAPÍTULO IX
Mueve Dios. ¿Un santo?...¡un paria de la tierra! El hombre que se fió de Dios. "No quise dar jaque mate." Dios habla bajito. " ¡Déjame leer! " " yo oí gloriae. .." Teólogos y tenderetes. Desayuno en Caglio. "T e quiero más que éstas..." Una palabra hebrea. Cuando estallan los relojes. "¡Londres es mucho Londres! " " Yo estuve muerto. "
CAPÍTULO X
Una fe con sangre en las venas. En el umbral del misterio del hombre. Aquí, vivir y orar no se dan la espalda. El pulso de la plegaria. Rezar soñando y soñar rezando. Una víbora en Gagliano Aterno. Del coñac, a la Trinidad. Sobre el abismo, en Verona. El "training" de lo divino. Dios espectador y Dios habitante. Sus poderosos aliados. "Así me avisaba mi ángel." "Un di nella reggia mi hai sorriso..." "¿De dónde te habrán echao?" Una oración a cincel La cámara nunca miente. Apretando la mano de Dios. "Mi celda es la calle." Un balcón que da al infinito. Lo radical de Escrivá. "Amame siempre como hoy." Descubrimientos. Un encuentro cósmico: la misa. Le temblaban las manos. Un hombre hincado ante Dios. La bella agonía de las rosas. Dios ama el lujo. "Soy de latón." En el tajo del altar. Sacerdote de sol a sol.
CAPÍTULO XI
Él es "el Padre". Tarjeta de visita para la eternidad. La campana gorda. Dos violines. Se rompía la aguja de la jeringuilla. Un magisterio con cintura. El aislador de vidrio. La agenda de Escrivá. Volver a Squarciarelli. "¡No puedo salvarme solo!" Una carta con soberbia. El pudor del alma. "Os hablo desde Londres. " "¿Qué te pasa?" Me exijo exigiros. El hielo de la indiferencia. "Yo respeto tus melenas." El robo de un documento. "He aprendido a esperar." "Mi casa no es un cuartel." Una orden..., por favor. Monseñor en el suelo. "Hoy me he enfadado tres veces." Buen humor en bandolera. Mi corazón vigila. Yo estoy siempre sobre espinas." "Sí, estoy llorando." En la Stazione Termini.
CAPÍTULO XII
"Monseñor en su casa. 'Spalancare la porta'. Escrivá y sus hijas. Tras la Revolución de los Claveles. "¿Qué le pasa a Dora?" Robar un pedazo de cielo. En alpargatas hasta la universidad. Un chotis en el planchero. "Julia, hoy te sirvo yo." "Nos hemos comido ¡tres Pianos!" "Éste tiene mi hogar." "Nuestras benditas 'clases pasivas'." "Que es de vidrio la mujer..." "Al 'director propietario' lo he matado por la espalda." "Tú, mandamás, la última." Los cargos son cargas. Para servir, servir. La última colcha. Una civilización sin "tú". Escrivá se encara a un Jefe de Gobierno. "Y me hubiera puesto a cuatro patas." Siniestro en la isla de Guadalupe. Sofía, una 'mezza cartuccia'. Tía Carmen. Una caja de "frutas escarchadas". "El mejor sitio para vivir y el mejor sitio para morir.""
CAPÍTULO XIII
"La pasión por la libertad. "¿Has votado a Kennedy?" Clichés de celuloide rancio. "Lo raro de no ser raros" "Nunca seremos un grupo de presión." "Aquí no se hace política." Ullastres, López-Rodó, López-Bravo, Mortes... van a ver a Escrivá. Tomás Moro hubiera sido del Opus Dei. "¡No seáis fanáticos de nada!" "Se han confundido ustedes de puerta." Una carta al abad de Montserrat. Escuelas de tiranía. "Ni integristas ni progresistas." "...Y también por la cuneta." "Yo sólo soy un voto." No se apalanca con un churro. "¿Quieres ser mi secretario?" "Creí que querían pescarme." "¿Por qué llevo esta funda de paraguas?" "Mi yugo es... ¡la libertad!"
CAPÍTULO XIV
"El vuelo del neblí. "Entre santa y santo..." Las cinco notas del pájaro solitario. Como un ladrón. "Eres mío." La verdadera cuenta de la edad del Padre. Zoología mística. "Veo, pero no miro." Las cejas de la marquesa. Un "buen anticlerical". "¡Tratádmelo bien!" "Que nadie se quede en mí." Escrivá y las mujeres. Silencio de tumba. "Alteza, arrodíllese..." Con los labios sellados."
CAPÍTULO XV
"Ligero de equipaje. El "walkie-talkie" de Santiago. "Full time", y sin reloj. Su habitación. Un cabo de vela roja . Montón de "muchos pocos",. "¡Dios no nos pide más!" Sin voz para decir "soy pobre". Roban a un obrero. Un tintero y una cuchilla de afeitar. Con los zapatos de otro. Viaje hasta donde llegue. Un cura que no cobra. Los "negros" de la sotana. El armario de monseñor. Tres intangibles. En una casa de cristal Sin "planning" de futuro. La duda cruel. Vivir en el problema o vivir en el misterio."
CAPÍTULO XVI
"Barro y gracia. Dios no juega a los dados. "Si Tú no necesitas mi honra..." Las letanías de la miseria. Sesenta rebuznos. Una raya y una carcajada. Un burro sarnoso. Complejo de superioridad. "Soy un principiante." "A, a, a... no sé hablar." ,Un trapo sucio, basura." "Dios es mi general" Conversación con Pablo VI. Ni santo, ni diablo. El doctorado, para el burro. Con la frente en el suelo. "Ocultarme y desaparecer." "No quiero ser obispo." Los custodios de Escrivá. "Álvaro no me pasa una." "No soy un río que no pueda volverse atrás." "Vengo a que me perdonéis." El forcejeo del fotógrafo. "Álvaro, ¿lo cuento?" "¡Doctor, haga, haga...!" Doble ciudadanía. El marquesado de Peralta. La tumba de los soldados desconocidos. "No soy nada.... pero soy el fundador." Un viejo papel amarillento. "Como notario doy fe..." "¿Tú seguirías con la Obra?" Un niño que balbucea. "Yo estorbo." Con lañas en el alma. Los confesores de Escrivá. Comiendo con el padre Arrupe. Barro de botijo."
CAPÍTULO XVII
Veranos sin hamaca. "Este hombre lleva dentro una bomba atómica." "Padre, eso es trampa." Castelletto del Trebbio. Forastero y de prestado. La "caza" del alacrán. Lo tan real, hoy lunes. "La perdiz, por la nariz." Abrainville. Unas semanas en Gagliano Aterno. ""Così facciamo patria!"" La "privacy" de los ingleses. ""Tenetemelo da conto!"" Sant'Ambrogio Olona. Una boquilla para don Álvaro. Media mesa de ping-pong. "Ni quiero, ni puedo, ni voy a escribirlo." La Primavera de Praga. Escapada a Einsiedeln. Javier hace un "puzzle". Un "correo" de Milán. Otra vez en Villa Gallabresi. La "diffidenza". Caza de brujas. "Il punto di vista ottimale". "Sólo descansaría si pudiera olvidarme de la Obra." "Me río, porque tengo presencia de Dios." "¡Clama, ne cesses!" ¿Tabaco de contrabando? Caglio, 23 de agosto. El vendedor de sandías. Civenna. Unas botas de aldeano. ¡Qué solo se muere un Papa! "Álvaro, ¿nos invitas?" Escrivá consuela a Pablo VI.
CAPÍTULO XVIII
"O quam luces, Roma!" Donde apoya la mano el Papa.  El Vaticano "ficha" a don Álvaro. "Donde nadie quiera ir, iremos." "A este Papa, y al que ha de venir." Vaticano II: un espaldarazo al Opus Dei. El cinturón pretoriano de Pablo VI. Cátedras estafadoras y agitadores de sacristías. "Los traidores están dentro." Una insólita propuesta del padre Arrupe. "No hay autoridad en la tierra ..." "La Iglesia está enferma." Lágrimas que escuecen.  Llueve en il cortile del Cipresso. "Josemaría, tú eras jovial... " "¡Y mil vidas que tuviera!" Escrivá en los escenarios: cristianismo y electricidad.  Un recado, al médico del Papa. "Este salmo terminará en gloria."
CAPÍTULO XIX
Un luminoso crepúsculo. "Tú me La cantarás, sin lágrimas." Sol de membrillo. "¡Ni una corbata negra!" Epicuro, Kant y Sartre, acobardados.  En manos del totalmente Otro. "Que vivo porque no vivo." Un hombre va a morir y lo sabe.  El castillo de naipes."Y pasaré los fuertes y fronteras." Con los ojos prestados de Dios.  Apuntalando al sucesor. "Quiero verte cara a cara." Hay muertes instantáneas, pero no repentinas. "Viejo, me parece tarde." La última locura. Con los zapatos puestos. "La oración fecha, cabalgaba." El Soggiorno de los abanicos. "Javi, no me encuentro bien." "Yo te absuelvo." More nobilium. Alguien cantó "aprite le finestre... ". Laudatio de don Álvaro... Y se levantará como un gigante.
 

CAPÍTULO I

Un retrato de frente.

            Cerca de Segovia, Molinoviejo. Mil novecientos sesenta y seis, septiembre. Otoño y los chopos dorados. En la sala de estudios del pabellón, Luis Mosquera ha improvisado su taller de pintura. Por excepción, "por absoluta excepción y porque me interesa el personaje", ha aceptado hacer un retrato fuera de su taller, desplazándose desde Madrid cada mañana. También el retratado ha tenido que vencer su repugnancia a estar mano sobre mano, posando, dos por cinco... "¡diez sesiones, como si yo fuese un artista de cine!".

            Mosquera quería más tiempo: "Necesito el doble, el triple de sesiones... Yo soy un pintor lento... Pienso mucho cada pincelada." Al fin se cierra el trato: cinco sesiones de dos horas y media.

            Mosquera sabe que en esa ocasión el atuendo del retratado va a ser una dificultad ingrata: monseñor Escrivá de Balaguer viste una sotana negra, sin más relieve que una larga hilera vertical de diminutos botoncillos, ni más contraste que los breves trazos blancos del alzacuello y el asomado de los puños.

            Toda la animación del cuadro ha de venir del rostro y de las manos. Ahí tiene que plasmar una expresión, un carácter, la encarnadura de una personalidad que entreve vigorosa, rica en matices, de troquel irrepetible.

Ahí tiene que dibujar a un hombre maduro, pero que transmite ardor de juventud. Un asceta, curtido en el dolor y sin embargo alegre. Una persona con entretelas de alma contemplativa, pero con un impetuoso pulso activo. Intelectual, sin frialdades. Elegante, sin atildamientos. Recio, sin tosquedades. Llano, sin campechanías. Sonrientemente serio y serenamente pujante. Un hombre de paz. Y, con todo, un luchador. No hay más que mirarle. El mentón, adelantado y rotundo, denota tenacidad. Los labios, finos y de comisuras pronunciadas, delatan firmeza y autodominio. Las amplias arrugas de su frente, como gaviotas de alas extendidas, de sien a sien, describen una orografía bien roturada de sufrimientos pasados ¿o quizá presentes? Sí, sí, el pintor sabe que está ante un personaje de formidables contrastes.

            Durante largo rato le da vueltas y vueltas a un pequeño y tozudo dilema: ¿sacerdotalmente viril o virilmente sacerdotal? Al fin, mientras recarga sus pinceles de siena y ocre, tierra y carne, resuelve: "Un sacerdote, con cuajo de hombre."

            Mosquera estudia esas manos. Nervudas. Fuertes. Hábiles. Expresivas. Imagina que habrán sostenido infinidad de veces la pluma estilográfica; que habrán pasado, cuenta a cuenta, muchos rosarios; que habrán confeccionado, día a día, ¡tantos años!, el misterio cristiano de la Eucaristía... Son manos artesanas, manos laboriosas, manos hechas para el trabajo esmerado. El artista discurre: "algo así como las manos de un alfarero". Y desea untar su pincel en barro.

            En el conjunto del rostro hay tres trazos dominantes. Inteligencia, sí. Simpatía... ¿O más bien, una intensa capacidad de comunicación? Y un tercer elemento, profundo y sutil, que al pintor se le escapa y que será su desafío apasionante a lo largo de las cinco sesiones. Es un "tercer factor", simple y complejo, muy difícil de asir y de plasmar, pero que estará ahí, más entrevisto que evidente, desde el primer momento en que, cada mañana a las once, otoño y los chopos dorados, el pintor se quede cara a cara con el personaje.

            Lo descubrirá poco a poco, observándole en silencio, escrutando sus rasgos, oyéndole hablar mientras posa, o sintiéndose penetrar por su mirada...

            Le interesa mucho esa mirada. Al contrario que tantas otras, ésta parece sacar la luz de dentro a fuera. Como los auténticos iconos rusos, que se empapan de la luz de oro que llevan dentro. Esa mirada... se diría que, más que reflejar las imágenes del alrededor ajeno, comunica no se sabe qué mensajes de su propio fondo íntimo. Es una mirada atenta, pero no escudriñadora, ni curiosa, ni inquisitiva, ni interpelante. Una mirada que, paradoja, ¡ve pero no mira! Esos ojos pequeños, miopes y vivaces, tienen la rara virtud de trascender lo inmediato, como si otearan un lejano horizonte, a la vez que abrochan un "rapport" de entrañable cercanía. A Mosquera se le plantea entonces el enigma de la distancia: es como si esos ojos se quedasen allá atrás, respetuosos y rezagados, al mismo tiempo que se adelantan, franqueando fronteras, para salir al encuentro del que está enfrente.

            Sólo al final sabrá que el quid, el secreto, no estaba tanto en los ojos como en conseguir llevar al lienzo esa especialísima mirada: la de un aventurero singular, faenador paciente que, zarpado siempre y siempre mar adentro, vislumbra estrellas y avizora océanos. ¿En qué puerto, en qué playa, en qué barca marinera ha visto él, antes que ahora, esa mirada entornada, profunda y largamente atenta, del pescador que otea en lontananza?

            Hay testigos de esas escenas: Álvaro del Portillo, Javier Echevarría, Florencio Sánchez Bella, Emilio Muñoz Jorfe, Alejandro Cantero... Uno de ellos tomó estas notas, en esos días de septiembre:

            "Para meterse más en el retrato, Mosquera ha encarecido al Padre que hable mientras posa. Ayer estábamos varios en la sala de estudio. El Padre animaba una conversación amena y sazonada de buen humor. Se dirigía a todos los que le acompañábamos, interesados y curiosos. Pero, a medida que avanzaba el tiempo, su charla se iba dirigiendo de modo especial a Mosquera. El Padre es "un modelo dócil", según dice el pintor. A una indicación suya, se cruza de brazos y mantiene el gesto, estático, casi sin respirar. Luego, cuando Mosquera le dice " ya vale", vuelve a conversar con naturalidad, pero sin cambiar de lugar ni de postura (...). Hoy me he quedado a solas con el pintor y con el Padre en un ángulo de la estancia, durante la sesión. El Padre habla a Mosquera con un acento muy personal, muy íntimo. Le tutea y le llama por su nombre: Luis. Más que alabar su talento, elogia la ilusión que pone en su trabajo. De ahí ha pasado a explicarle cómo puede hacer de su arte "algo santo, algo humano y divino". Luego, con palabras sencillas y directas, le da noticia de lo que es el Opus Dei. Y, con emocionante sinceridad, le comunica que Dios ha querido utilizarle a él como instrumento para hacer la Obra en el mundo. Después, subraya con fuerza, con persuasión, que él se considera "un instrumento inepto y sordo"; que se ve "lleno de miserias"; "capaz de todos los errores y de todos los horrores"; pero que, al mismo tiempo, sólo desea amar con locura a Jesucristo.

            "El Padre habla durante más de media hora. Yo, en silencio desde mi rincón, aprovecho cada una de sus palabras para ir haciendo mi oración personal de esta mañana.

            "El pintor hace su trabajo, concentrado y atento. Se le ve conmovido, "cogido" por esa oración en voz alta del Padre.

            "De pronto, el Padre calla. Se hace el silencio. Mosquera, sin dejar de mezclar colores en su paleta, empieza a hablar de la vida bohemia de los artistas, de emociones y pasiones, de su reciente matrimonio, de su educación laicista, de su escasa práctica religiosa... Se siente removido y abre su alma, sin importarle que esté yo allí. El Padre le corta, echando piropos al arte de la pintura. De intento, quiere evitar esa torrentera confidencial. Al acabar la sesión, cuando Mosquera se ha marchado, el Padre me dice: "¿Te has dado cuenta? Si no le interrumpo, nos hace una confesión pública" ... " (l)

            Meses después, cuando termine el retrato (2), ya en su estudio madrileño de la calle del Doctor Arce, Luis Mosquera habrá salido de dudas sobre el "tercer factor" que le tenía en vilo. Eso que le atraía, eso que le cautivaba, eso que no acababa de brotar de su paleta y que planteaba inverosímiles desafíos a sus pinceles... Y es que se pueden pintar la luz y la oscuridad, la opacidad y la transparencia, la alegría y el dolor, la riqueza y la miseria, el orden y el caos, la suavidad y la aspereza... Todos ésos son ejercicios

arriesgados y difíciles, pero superables con destreza. Ahora bien, ¿quien se atreverá a pintar la gracia?, ¿con qué recursos de color se podrá plasmar ese misterioso engarce entre el barro y la gracia que es la santidad?

            El artista, en sus cinco sesiones de Molinoviejo, intuyó, columbró y palpó que aquel cura que tenía delante era algo más que un prelado, algo más que un canciller, algo más que un fundador, algo más que un ilustre personaje. Algo más y algo distinto: era un santo de raza. Era, barro y gracia, un santo de la cabeza a los pies, pero con cuajo de hombre.

Indice

CAPÍTULO II

            "A bordo del "J.J. Sister". Las obras de Dios no pueden cruzarse de brazos. Ante el Portone di Bronzo. "Yo no respondo de su vida." "¿Resultará que soy un trapacero?"

 

            Acodados sobre las viejas barandas del "J.J. Sister", en la borda de babor, el sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer y el jovencísimo catedrático de Historia del Derecho, José Orlandis, miembro del Opus Dei, respiran una bocanada de aire marino, a pleno pulmón. Se miran y sonríen. Cerca de ellos algún pasajero comenta: "después de la tempestad, viene la calma". El tópico, esta vez, resulta cabalmente descriptivo. Han vivido veinte horas de tremenda zozobra, sacudido el pequeño vapor-correo por una violenta tramontana que soplaba desde el golfo de Lyon. El "J.J. Sister" , con fama de saltarín y bailador, ha mantenido su pabellón contra el viento y la marea, aunque la vajilla y la cristalería del comedor se hicieran añicos, las olas barriesen la cubierta, los muebles de la cámara rodaran de un extremo a otro... Todo el pasaje y la tripulación, desde el capitán hasta el último marinero, han sufrido los estragos del mareo. En plena zarabanda del temporal, Josemaría Escrivá le comentó a José Orlandis, con buen humor:

            -¿Sabes lo que te digo? Pues que, si nos vamos al fondo y nos comen los peces... ¡Perico Casciaro no vuelve a probar la pescadilla en toda su vida! (1)

            Poco después el Padre alude al motivo, importante motivo, de este azaroso viaje:

            -¡Hay que ver de qué manera el diablo ha metido el rabo en el golfo de Lyon! ¡Está visto que no le hace ninguna gracia que lleguemos a Roma! (2)

            Son las cinco de la tarde de un cálido día de junio, sábado 22, de 1946. El sol cae a plomo, pero la brisa de altamar hace agradable estar sobre cubierta. El "J.J. Sister" viaja rumbo oeste-este, de Barcelona a Génova. De repente, las aguas se agitan de nuevo. Hay un momento de inquietud entre los pasajeros.

            -¿Qué pasa ahora...? ¿Otra vez la galerna?

            -No. Es una bandada de ballenatos...

            Aún está el capitán mirando con los prismáticos, cuando divisa el bulto metálicamente amenazante de una enorme mina, flotando cerca de la proa. Hace poco menos de un año que terminó la guerra mundial y no es raro encontrarse con este tipo de "recuerdos". El barco vira a estribor y la esquiva.

            Parece que al fin todo se sosiega. Escrivá y Orlandis escampan la mirada hacia la línea sigilosa del horizonte. Bellas, brumosas, lejanas, se divisan las costas francesas. Surge la evocación, ensimismada y silenciosa.

            Hace ahora tres años, otro joven del Opus Dei, Álvaro del Portillo, recorría esta misma ruta, pero en avión y en pleno fragor de la guerra. Sus compañeros de viaje eran unos simpáticos comediantes italianos, algo estrafalarios. Durante el trayecto, varios cazas sobrevolaron el espacio aéreo que ellos estaban cruzando, y abrieron fuego bombardero para destruir un barco... justo en su misma vertical. Los de la farándula, asustadísimos, gritaban:

            -"Mamma mia, c'è molto pericolo! Affoghiamo tutti!"

            Pero Del Portillo no se inmutó: "Yo tenía la seguridad de que no pasaría nada: llevaba todos los

papeles..." (3) Sí, cierto: él llevaba consigo todos los papeles, todos los documentos que debía presentar

ante la Santa Sede para obtener el "nihil obstat", la luz verde a la erección diocesana de la Obra. En aquellas fechas el Opus Dei sólo contaba con una aprobación, muy de circunstancias: una especie de salvoconducto otorgado por monseñor Eijo y Garay, obispo de Madrid-Alcalá, que le permitía desenvolverse dentro de los límites de una "pía unión". Algo a todas luces insuficiente para la dimensión universal que exigía la naturaleza de la Obra.

            Álvaro del Portillo todavía no ha sido ordenado sacerdote, aquel día de junio de 1943, cuando el

Papa Pío XII le recibe en audiencia. Del Portillo se presenta ante el Portone di Bronzo vistiendo el uniforme

de ingeniero de Caminos, con tantos alamares y entorchados que los alabarderos de la Guardia Suiza se le cuadran y le presentan armas. Sin duda, le toman por un mariscal de campo o por un almirante... Eso sí,

asombrosamente joven.

            La Santa Sede acoge, no sólo bien sino "con entusiasmo", las tareas de apostolado y de santidad en el propio trabajo profesional que el Opus Dei proyecta, con afán de expandirse por la rosa de los vientos. Y pocos meses después, el 11 de octubre, la Iglesia pone sus manos sobre la Obra, declarando que nada hay en esa espiritualidad que no pueda ser bendecido y que no deba ser alentado por el pontífice. Es el "nihil obstat". Un paso importante; pero sólo un paso de una larga y escarpada andadura, de una fatigosa caminata jurídica en la que se habrán de invertir tantas oraciones, tantos trabajos, tantas gestiones, tantos esfuerzos y tantos sufrimientos del fundador del Opus Dei y de toda la gente de la Obra.

            Se inicia entonces una apuesta de esperanza que durará cuarenta años. Será la travesía del desierto. Pero una travesía alegre y sobre un desierto feraz, en el que año tras año la leva de vocaciones se cuente por millares.

            Cada siglo tiene sus audacias. Y cada audacia, un hombre intrépido que va por delante. Josemaría Escrivá fue uno de los más grandes audaces del siglo XX. Con la seguridad de estar secundando una real gana de Dios, osó la revolucionaria novedad de la Obra. Un hallazgo, un encuentro no buscado, que estaba ya ahí. ¿Viejo? ¿Nuevo? Palpitante, como el Evangelio. Pero habrá que ponerlo en pie y echarlo a andar y a vivir por las calles del mundo, sin más fronteras que las de la libertad.

            El Opus Dei, como toda genuina revolución, retorna a los orígenes: empalma a los hombres y mujeres de hoy con aquellos ciudadanos de la primera hora cristiana que lograron la santidad en su trabajo y en su estado secular, desde el mismísimo cogollo del mundo. El Opus Dei no inventa nada: redescubre, de un modo tan sencillo como radical, que el cristianismo es fermento que ha de preñar y transformar la sociedad civil desde dentro, orientando proa a Dios todas las actividades limpias y honradas de los hombres.

            Así de sencillo. Así de sublime. Aunque no así de fácil.

            El Opus Dei existe para servir a la Iglesia "como la Iglesia quiere ser servida". Por ello es preciso que esta singular espiritualidad tenga la entidad jurídica cabal, que sólo la Iglesia puede darle. Pero sin que esa sanción canónica desfigure su naturaleza secular o alicorte sus vuelos por el mundo universo. Y ése es el difícil equilibrio de fidelidades en que habrá de moverse Josemaría Escrivá, hasta el último día de su vida, como fiel hijo de la Iglesia y como fiel instrumento, fundador de la Obra.

            Alcanzar esa fórmula jurídica adecuada es lo que lleva nuevamente a Álvaro del Portillo a Roma, en febrero de 1946. Ahora viste ya la sotana de sacerdote. Vuelve al Vaticano llevando varías decenas de cartas comendaticias de obispos que respaldan la solicitud del "Decretum laudis" para la Obra. Pero las ortopedias canónicas ofrecen resistencia a la hora de inventar un traje adecuado, una figura que cuadre al nuevo fenómeno eclesial del Opus Dei. En la Santa Sede dicen a Del Portillo que la Obra ha nacido demasiado pronto. Como si la hora de Dios hubiera de adaptarse a los relojes de los hombres.

            "La Obra -escribiría después Escrivá de Balaguer- aparecía, al mundo y a la Iglesia, como una novedad. La solución jurídica que buscaba, como imposible. Pero, hijas e hijos míos, no podía esperar a que las cosas fueran posibles. "Ustedes han llegado -dijo un alto cargo de la Curia Romana- con un siglo de anticipación." Y no obstante, había que tentar lo imposible. Me urgían millares de almas que se entregaban a Dios en su Obra, con esa plenitud de nuestra dedicación, para hacer apostolado en medio del mundo." (4)

            El "Portone di Bronzo" se ha cerrado, no porque el que llama llegue tarde, sino porque llega demasiado pronto. Pero las obras de Dios no pueden cruzarse de brazos. Álvaro del Portillo, en Roma, no pierde un minuto. A los trámites ante el Vaticano une las visitas y gestiones para obtener más cartas comendaticias de cardenales que, en breves fechas, se marcharán a sus destinos de Palermo, de Argentina, de Mozambique, de Colonia... Y en efecto, Del Portillo consigue nuevos respaldos para el "Decretum laudis", de Ruffini, de Caggiano, de Gouvcia, de Frings... ¡Eso es fe!

            Mientras, y aunque ya ha enviado una carta al Padre, no fiándose demasiado del pésimo correo de la posguerra, entrega otra en mano a un diplomático español que regresa a Madrid. En ambas cartas comunica a Josemaría Escrivá el "siéntense ustedes y esperen" que le han dado en la Santa Sede. Agrega su opinión personal: "Yo ya no puedo hacer más... ahora le toca a usted." (5) Y aunque sabe que el Padre está seriamente afectado por una diabetes "mellitus", le expresa la conveniencia de que se desplace a Roma.

            Nada más recibir esas dos misivas, el Padre reúne en un centro del Opus Dei, en la calle de Villanueva, de Madrid, a los que entonces forman parte del Consejo general de la Obra. Les lee las cartas de Álvaro y les expone sin paliativos el dictamen desfavorable de los médicos a que emprenda ese viaje. El doctor Rof Carballo le ha dicho: "Yo no respondo de su vida."

            -Los médicos afirman que puedo morirme en cualquier momento... Cuando me acuesto no sé si me levantaré. Y cuando me levanto por la mañana, no sé si llegaré al final del día ... (6)

            Son chicos jóvenes los que integran el gobierno de la Obra, pero tienen la madurez de la vida interior. Estrujándose el corazón, ponen por delante las exigencias de una misión que les trasciende. Sin dudarlo un instante, se adhieren a lo que adivinan que el Padre desea hacer. Y le animan a zarpar cuanto antes.

            -Os lo agradezco. Pero hubiese ido en todo caso: lo que hay que hacer, se hace. (7)

            Esto es el lunes 17 de junio de 1946. En cuestión de horas se tramitan los visados y los pasajes. El miércoles 19, a las tres y media de la tarde, el Padre sale por carretera hacia Zaragoza. Desde allí sigue a Barcelona para embarcar en el "J.J. Sister" hasta Génova. Y finalmente, también por tierra, cubrirá la última etapa de ese larguísimo viaje que le lleva a Roma. Ahora se realizaría en un breve vuelo de Barajas a Fiumicino; pero entonces, recién terminada la guerra mundial, sin comunicaciones aéreas comerciales entre España e Italia, e interceptada la frontera con Francia, tenía que ser así.

            En ruta, Josemaría quiere detenerse en tres santuarios dedicados a la Madre de Dios: en Zaragoza, el Pilar. Al paso por los Bruchs, una desviación hasta Montserrat. Al fin, en Barcelona, visita a la Virgen de la Merced. Es el hijo que busca en su Madre, "omnipotencia suplicante", todas las recomendaciones, todas las fuerzas y todas las luces que van a hacerle falta.

            También en Barcelona, a primera hora de la mañana del viernes 21, Escrivá se reúne con un pequeño grupo de hijos suyos, en el oratorio de un piso de la calle de Muntaner. Hacen juntos un rato de oración. Mirando fijamente el sagrario, el Padre interpela al Señor con palabras que a Jesucristo le son bien conocidas: "Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te: quid ergo erit nobis?" Aquí estamos, lo hemos dejado todo y te hemos seguido: ¿qué será de nosotros? (8)

            Es, al pie de la letra, la misma queja que dos mil años atrás le lanzó Pedro, erigiéndose en portavoz de la inquietud y la ansiedad de los Doce. El Padre hace una pausa. Se diría que el horizonte está cerrado, encapotado y presagiando un desenlace de desastre. Con la "confianza" de ese buen amor, capaz de encararse a Dios en un tuteo hondo, amistoso, que viene de muy atrás, Escrivá sigue hablando en una media voz íntima, recia, emocionada:

            -¡Señor, ¿Tú has podido permitir que yo, de buena fe, engañe a tantas almas?! ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo que es tu voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con un siglo de anticipación ... ? "Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus te!..." Nunca he tenido la voluntad de engañar a nadie. No he tenido más voluntad que la de servirte. ¿Resultará entonces que soy un trapacero? (9)

            Todos los que están en ese pequeño oratorio de Muntaner saben ya muy bien lo que es "dejarlo todo" y pagar por ello con tiras de su propia honra: precisamente en Barcelona, ciertas "buenas personas" vienen maquinando desde hace tiempo una durísima campaña de insultos y calumnias contra el Opus Dei, encizañando a las familias y alertándoles por si sus hijos "caen en las redes de esa nueva herejía". Sin embargo, las palabras de Josemaría Escrivá no son ni un reproche, ni un pasar factura. Son la suplica, en última instancia, casi al borde del llanto, de quien no tiene en la tierra más agarradero que el cielo.

 

            Muy entrada la noche del 22 de junio, el "J.J. Sister" atraca en el puerto de Génova. Paseando por los muelles, esperan Álvaro del Portillo y Salvador Canals. El Padre abraza fuerte, muy fuerte, a sus dos hijos. Después se dirige a Álvaro y, mirándole por encima del aro de sus gafas, le dice con humor castizo:

            -¡Aquí me tienes, ladrón ... ! ¡Ya te has salido con la tuya! (10)

            Es tan tarde, cuando llegan al hotel, que ya no sirven nada ni en el comedor ni en la habitación. El Padre sólo ha tomado un café con galletas desde que salió de Barcelona, treinta horas antes.

            Álvaro había guardado un pequeño trozo de queso "parmigiano" de su cena, pensando que podría gustarle al Padre. Es lo único que Escrivá comerá esa noche.

Indice

CAPÍTULO III

"Realquilados en Città Leonina. Mientras el Papa duerme. "Romana, romana, romana." Las cosas de palacio... Un manojo de rosas sin espinas.

 

            Viajan de Génova a Roma en un destartalado coche de alquiler. Un viejo modelo alto y grandote, con peldaño de escalón, transportines abatibles, y un fuerte olor a hule rancio. Llegan a la hora del crepúsculo. Es un bello atardecer romano. Tíber, fachadas rosa y aroma de adelfas y ciprés. Al doblar un recodo de la Via Aurelia, avistan la cúpula de San Pedro. El Padre se estremece y rompe a rezar en voz alta: "Creo en Dios Padre todopoderoso..."

            Es de noche cuando suben hasta el quinto piso: un ático de la Piazza della Città Leonina, donde los de la Obra viven realquilados en la mitad del apartamento de una condesa venida a menos. Esta señora les ha dejado algunos muebles y adornos que todavía lucen cierta elegancia decadente. No disponen de mucho espacio. En la mejor habitación de la casa han instalado el oratorio. El comedor sirve también como cuarto de estar, sala de estudio, rincón de trabajo, lugar para recibir visitas, o para tener círculos y charlas de formación. De noche, allí se extienden algunas camas plegables. Sólo hay un dormitorio, que será para el Padre o para quien pase unos días de enfermedad. El cuarto de don Álvaro no es más que un ensanche del pasillo, forzosamente "peatonal" durante el día. La vivienda se desahoga con un balcón corrido y cubierto, una galería que con optimismo llaman "la terraza" y que da a la plaza de San Pedro.

            El Padre entra, en directo, como hace siempre, a saludar "al Señor de la casa". Reza unos instantes, arrodillado ante el sagrario. Salta a la vista el cariño, y también la pobreza, con que está puesto el oratorio. En la primera ocasión que se presente, allí mismo, en Roma, Escrivá comprará un hermoso crucifijo de mármol veteado, un Cristo vivo y sereno, de líneas muy estilizadas, que en adelante presidirá ese pequeño altar.

            Después de cenar tienen un rato de tertulia animadísima. Junto a Escrivá, Álvaro del Portillo, José Orlandis, Ignacio Sallent, Armando Serrano y Salvador Canals, "Babo". Eso es todo el Opus Dei en Roma, en Italia. Aunque en este mismo año 1946, y en 1947, la Obra va a empezar a extenderse por Portugal, Francia, Irlanda e Inglaterra.

            En cierto momento, señalando enfrente, a través de la galería, hacia los palacios vaticanos, los que acompañan a Escrivá le hacen ver las luces aún encendidas de las habitaciones del pontífice. Se pueden intuir muy bien sus desplazamientos de una estancia a otra. Como el cuartel de la guardia suiza es un edificio bastante bajo, ellos son ciertamente los vecinos más próximos del Papa. El Padre decide que esa noche, la primera que pasa en Roma, no se acostará. Sentado allí, en la terraza, pasará las horas en vela, acompañando con su oración al Santo Padre.

            El sacerdote Josemaría Escrivá tiene hacia el Papa un amor sincero, hondo, incluso entusiasta. No se trata de la admiración aldeana que genera todo personaje distante, inaccesible, situado en una alta cumbre de apoteosis. No. Es la convicción de que el romano pontífice, sea quien sea, es el sucesor de Pedro. Él tiene en sus manos las llaves. Él abre y cierra. Él, por deleznable que pueda ser su debilidad, es la roca firme donde se asienta la Iglesia. Él es, con palabras que Escrivá saborea, prestadas de santa Catalina de Siena, "il dolce Cristo in terra". O, aún con más fuerza: el vicecristo.

            Por otra parte, también es cierto que con Pío XII el papado vive todavía un barroco esplendor ritualista, que eleva y aleja la figura del pontífice, rodeándole de ornatos y protocolos casi imperiales. Quizá con ello se quiere simbolizar la eminencia de su poder espiritual y de su autoridad carismática. Pío XII es un Papa que irradia santidad y majestad. Pero siempre hay que verlo a distancia. No existe la televisión, ni hay uso de audiencias populares multitudinarias, ni costumbres viajeras en el Papa. Son pocos y muy selectos los que tienen acceso a él. En las grandes y solemnes ceremonias, el Papa Pacelli se desplaza, llevado en andas, sobre la imponente silla gestatoria, hierático y erguido, bajo la pesada tiara de oro y plata.

            Ver a un tiro de piedra la ventana de la habitación donde el Papa duerme, como cualquier otro hombre cansado, es sin duda algo entrañable y conmovedor para la sensibilidad y la fe de Josemaría.

            Durante años, todos los días, arrebujado en su manteo por las calles de Madrid, rezaba el rosario "por la persona y las intenciones del romano pontífice". Y también -había escrito muchos años antes, cuando Pío XI ocupaba la Silla de Pedro- "me ponía con la imaginación junto al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa... Yo no sabía, ni sé, cómo es la capilla del Papa; pero al terminar mi rosario, hacía una comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús sacramentado. No os extrañe que me den una santa envidia aquellos que tienen la fortuna de estar cerca del Santo Padre materialmente, porque

pueden abrirle el corazón porque pueden manifestarle la estimación y el cariño". (1)

            Esa misma noche del 23 de junio, no ya Roma, Italia entera vive una vigilia de especial inquietud: al día siguiente, la nueva Asamblea parlamentaria se reúne para elegir presidente a Alcide de Gasperi. El rey Humberto II abdica y transmite todos los poderes.

            Pero Escrivá sólo tiene un asunto que ocupa su corazón: no es cierto, no puede serlo, que la Obra de Dios haya llegado ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. El Opus Dei existe por empeño del cielo. ¿Que no hay fórmulas canónicas adecuadas? Dios, que no sólo es el mejor jurista, sino el único genuino legislador, cuya voluntad hace ley, y ley a la que han de adaptarse y plegarse todas las leyes de los hombres, Él mismo abrirá el camino...

            Así le sorprenderá el entreluz gris y violeta del alba. Es fácil suponer que en algún momento haya venido a sus labios una bocanada del salmo 62: "En la madrugada meditaré en ti, porque siempre fuiste mi ayuda... Bajo la sombra de tus alas me regocijaré. Mi alma se apegó a ti: tu mano derecha me ha amparado. Señor, Dios mío, de ti tiene sed mi alma. A ti te busco desde que amanece."

            Un vencejo vuela bajo y veloz por la piazza della Città Leonina. Al llegar junto a la pared rojiza, tanagra, aletea nervioso y reemprende el vuelo. Un nimbo de luz tímida y tibia pone fulgores deslumbrantes en las vidrieras de la cúpula vaticana.

            En el interior del ático hay ruido de camas que se pliegan, de duchas y grifos que manan... Ha llegado ya la empleada -una húngara no demasiado experta en las tareas domésticas- y se la oye trajinar preparando los desayunos.

            Cuando, algún tiempo después, Escrivá le cuente a un viejo prelado de la curia que ha pasado en vela su primera noche romana "por devoción y amor al Papa", este hombre lo referirá a otros..., que a su vez comentarán el suceso entre bromas y burlas: "Muchos se rieron de mí. En un primer momento, esa murmuración me hizo sufrir; después, ha hecho surgir en mi corazón un amor al romano pontífice, menos español -que es un amor que brota del entusiasmo-, pero mucho más firme, porque nace de la reflexión: más teológico Y. por tanto, más profundo. Desde entonces suelo decir que en Roma he perdido la inocencia, y esta anécdota ha sido de gran provecho para mi alma." (2)

            El medio piso de Città Leonina es un fondeadero provisional; pero aún deberán vivir ahí trece meses más. Incluso, desde el 27 de diciembre de ese mismo año 1946, tendrán que ceder espacio, con absoluta separación e independencia, a un grupo de mujeres de la Obra que vendrán a Roma, llamadas por el fundador, para iniciar sus propias tareas de apostolado y encargarse de la administración doméstica de este centro del Opus Dei.

            A decir verdad, a medida que pasan los días, el Padre advierte que la empleada húngara no es creyente y atiende sin delicadezas, con negligencia, las cosas pequeñas y grandes del oratorio. Esto le preocupa. Más aún, le hace sufrir. Tanto, que sera ésa la razón determinante por la que instará a sus hijas a venir a Roma cuanto antes.

            Aunque dice el refrán que "las cosas de palacio van despacio", y no es precisamente la celeridad el rasgo más destacado de las gestiones en la curia vaticana, hay que asombrarse de la rapidez con que Escrivá obtiene resultados positivos en sus primeros pasos ante la Santa Sede.

            Las primeras palabras de cariño y aliento que Escrivá escuche en Roma serán las de monseñor Giovanni Battista Montini, un italiano de Brescia, inteligente y sensitivo, que, desde que terminó la guerra mundial, atiende la delicada tarea de volver a anudar las relaciones diplomáticas del Vaticano. Pasados varios anos, Montini regirá la Iglesia bajo el nombre de Pablo VI.

            Ahora, como si intuyera que tarde o temprano Pío XII y el fundador del Opus Dei van a tener una continuada relación, Montini empieza ya a "alfombrar" este primer encuentro, con un detalle humano: estando un día con Salvador Canals y otros dos de la Obra, les pide "alguna fotografía del fundador, para poder enseñársela al Papa". Uno de ellos se lleva rápidamente la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Saca su billetera. Busca con rapidez y enseguida muestra a Montini una foto pequeña del Padre, de ésas tipo carné que llevan un festón puntiagudo en los bordes. Por un momento duda si es correcto o no hacer llegar hasta las manos del Santo Padre esa fotografía, así, como está: algo amarillenta y escrita por detrás... Montini no puede evitar una sonrisa de asombro, al leer la curiosa dedicatoria que Escrivá trazó al dorso de la cartulina: "Bandido: ¿cómo te portas con tus padres?" (3)

            Pío XII había recibido ya dos veces a Álvaro del Portillo; y también, por separado, a los profesores de Derecho Orlandis y Canals; y al científico José María Albareda, cuya talla intelectual asombró al pontífice. Ahora se prepara la primera audiencia del Papa con Escrivá de Balaguer, que será muy pronto: el 16 de julio. Pío XII no sólo ha conocido, pues, a varios miembros de la Obra, sino que desde 1943 reza nominalmente por el fundador y tiene entre sus libros un ejemplar de "Camino".(4)

            En esa conversación privada, Escrivá de Balaguer explica al Papa qué es y qué no es el Opus Dei. Y, a partir de esa entrevista, Pío XII hace que se reanuden unos estudios jurídicos que desembocarán en la nueva constitución apostólica "Provida Mater Ecclesia".(5) De ahí arrancarán los institutos seculares. El Opus Dei podrá tener así cierto anclaje canónico dentro de la Iglesia. No es una fórmula feliz, porque el Opus Dei ni vive ni debe vivir el "estado de perfección", que, en cambio, asumen los institutos seculares. Pero con todo, de algún modo, ahí se sanciona el hecho -entonces novedoso- de la entrega total de los laicos, permaneciendo en el mismo estado, oficio y lugar que ocupaban en el mundo.

            Con el "Decretum laudis" de aprobación del Opus Dei, emitido apenas tres semanas después, también por Pío XII, Escrivá consigue el reconocimiento de la vocación universal a la santidad que la Obra promueve, tanto para hombres como para mujeres y tanto para sacerdotes como para laicos: una misma vocación, sin grados, sin diferencias, sin escalas y sin escalafones.

            Para ello no ha necesitado utilizar atajos ni vericuetos de privilegio: Josemaría Escrivá reza y hace rezar, estudia y hace estudiar, trabaja y hace trabajar. Llama a las puertas donde deben oírle. Guarda muchas, muchísimas, antesalas. Y habla siempre con la fuerza y la humildad de quien está esforzándose por sacar adelante algo que no es ambición propia, sino encargo querido y requerido por Dios. Esa seguridad de que la Obra es divina será, sin duda, la clave de su persuasión.

            Sin embargo, la constitución "Provida Mater Ecclesia" no es -y se verá enseguida- el "traje adecuado" para andar por las calles del mundo, "nel bel mezzo della strada", siendo gente corriente, "the ordinary people": los demás entre los demás. Por eso, en todo momento y en todas las instancias, Escrivá afirma con claridad y tenacidad "baturras" que él está en la dinámica de una espera: en un "conceder, sin ceder, con ánimo de recuperar" .(6)

            "El Opus Dei -escribirá años después- en la Iglesia de Dios ha presentado y ha resuelto muchos problemas jurídicos y teológicos -lo digo con humildad, porque la humildad es la verdad-, que parecen sencillos cuando están solucionados: entre ellos, éste de que no haya más que una sola clase, aunque esté formada por clérigos y laicos."(7)

            Pío XII vislumbra un espléndido panorama: la santidad individuada y el apostolado personal que el Opus Dei podrá irradiar por toda la tierra. También se percata del temple espiritual de Josemaría Escrivá y de la envergadura divina de su fundación, que él mismo sancionará de modo definitivo el 16 de junio de 1950. Algo más tarde, el Papa le comenta al cardenal Norman Gilroy, de Sydney, Australia, que está hondamente impresionado por una visita reciente de Escrivá de Balaguer: "Es un verdadero santo, un hombre enviado por Dios para nuestro tiempo" ("è un vero santo, un uomo mandato da Dio per i nostri tempi). (8) Nada hace presentir entonces las horas amargas, los durísimos sufrimientos, que Josemaría ha de padecer, aun sin quererlo el Papa, bajo este pontificado.

            Algunas noches de ese verano romano de 1947, y también después, cuando la plaza de San Pedro está solitaria y silenciosa, el Padre baja con varios de sus hijos. Se acercan al obelisco que Calígula trajo de Heliópolis, y Sixto V hizo que hincaran en la gran explanada. Otras veces, pasean por entre la columnata de Bernini. Luego se detienen y, de pie sobre el oscuro empedrado, Josemaría recita un credo, desgranando con firmeza cada una de las palabras. Después de decir "creo en la santa Iglesia católica", con un énfasis rotundamente afirmador, añade: "Creo en mi Madre, la Iglesia romana, romana, romana." (9) Y cada "romana" es como una fuerte oleada de intensa romanidad.

            Pasado algún tiempo, apenas unos meses, intercalará otra frase, espontánea y vital, que denota el deseo íntimo de superar, a golpes de fe, no se sabe qué desconcertantes pesadumbres: "Creo en la Iglesia, una, santa, católica, apostólica... ¡a pesar de los pesares!"

            En cierta ocasión, con toda confianza Escrivá le comenta a monseñor Tardini estas estribaciones, estos desahogos con que se le desborda el credo. Cuando llega a la expresión castiza española "a pesar de los pesares", traduce:

            -"Malgrado tutto"...

            -Ah, ¿y a qué se refiere con ese "malgrado tutto"?

            -Me refiero... a sus errores personales y a los míos. (10)

            Sus gestiones en los despachos vaticanos siguen con intensidad. Es un forcejeo de lógica jurídica, que trata de abatir viejos murallones canónicos para abrir un camino a la Obra. No es fácil. Los goznes de algunas puertas tienen óxido de muchos siglos. Las fórmulas obtenidas en 1941, en 1943, y la que se prepara ahora, para hacerla oficial en 1947, son las soluciones posibles y las más adecuadas... O sea, las menos inadecuadas. Pero "no había otra salida, sin embargo: o se aceptaba todo, o seguíamos sin un sendero por donde caminar. Realmente hemos sido la aguja para meter el hilo, y la experiencia nos está confirmando que los que han pedido luego la aprobación como institutos seculares se encuentran a gusto y aceptan con alegría -porque ése es su camino- aun las cosas que no van con nuestra secularidad: cada día se ve más claramente que, dejando el hilo, la "aguja" debe salir fuera del tejido que llaman ahora institutos seculares". (11)

 

            Transcurren así dos meses de agobiante canícula romana: julio y el "ferragosto". El Padre reza, trabaja, estudia, escribe, callejea, habla con unos y con otros, ejercita la paciencia... Y está enfermo. Es traicionera e imprevisible su diabetes "mellitus": fiebres, deshidratación, arrebatos de sed irrefragable, cansancio muscular, dolor de cabeza, debilidad, postración... Pero Josemaría no se queja. Nadie, salvo don Álvaro, percibe sus molestias. Incluso va por delante de sus hijos más jóvenes, en el brío y en el buen humor. A veces, al regresar a la casa de Città Leonina, derrengados de caminatas y trasiegos entre la burocracia de la curia, se encuentran con que, por un corte en el fluido eléctrico, no funciona el ascensor.

Entonces, el Padre se agarra decidido a la baranda y comienza a subir el primer tramo. Al llegar al rellano, comenta con simpatía:

            -Dicen que en esta casa hay cinco pisos, pero me parece que son un poco exagerados: hay cuatro, porque uno ya lo hemos subido...

            Un poco más arriba, añade:

            -Además, tampoco hay cuatro, sino sólo tres...

            Así, con bromas y sin jadeos, llegan a los últimos peldaños. Ahí se detiene, respira hondo y exclama con una sonrisa de picardía:

            -¡Si esta casa no tiene más que dos o tres escalones! (12)

            Hay algo más que un talante natural simpático y optimista: bajo la piel de esa alegría espontánea, que no se queja ante lo fastidioso, hay un hombre tenaz que, días y días, durante años, se aplica al "training" virtuoso del "ascetismo sonriente".

            El 31 de agosto Escrivá regresa a Madrid. Lleva consigo dos documentos importantes: el breve "Cum Societatis" y la carta "Brevi sane", de alabanza de los fines de la Obra. Y un curioso y muy estimable regalo personal del Papa: las reliquias completas de dos muchachitos mártires cristianos: santa Mercuriana y san Sinfero. Pío XII manifiesta así que ha entendido la similitud entre los miembros del Opus Dei y aquellos primeros cristianos; que la llamada a la santidad no tiene edad: la inicia el Espíritu Santo, con el aldabonazo del bautismo; y que en la Obra hay mujeres y hombres, como en toda familia y como en toda porción del pueblo de Dios: dos cuerpos, separados y distintos, pero alentados por una misma y única alma.

            En el oratorio de un centro de varones quedará el cuerpo de Sinfero. El de Mercuriana lo colocarán bajo el altar de Los Rosales -un centro de mujeres del Opus Dei, en Villaviciosa de Odón, cerca de Madrid- dos sacerdotes, don Álvaro del Portillo y don José María Hernández de Garnica, estando presentes el Padre y algunas de sus hijas: Antonieta Gómez, Mari Tere Echevarría, Josefina de Miguel...

            Escrivá atenderá en España diversos asuntos del gobierno de la Obra -el Consejo general sigue en Madrid- y descansará algunos días cerca de Segovia, en Molinoviejo, que ha empezado a funcionar como casa de convivencias y de retiros. Precisamente durante esta estancia, por expreso querer del Padre, tendrá lugar en la pequeña ermita de Molinoviejo un acto muy sencillo, pero de un significado importantísimo, medular: los juramentos promisorios, el compromiso libre, en conciencia, sin votos, de los primeros del Opus Dei.

            La breve etapa a romana, y sus contactos curiales, le han dado a Escrivá la clara percepción de que muchas instituciones de la Iglesia se desguazan en cuanto empiezan a deteriorarse dos pilares fundamentales: la pobreza personal y la unidad de los miembros, entre sí y con quienes hacen cabeza.

            El 24 de septiembre es la fiesta de la Virgen de la Merced. Josemaría Escrivá rememora aquel templo cercano al puerto de Barcelona, donde acudió a pedir "socorro" a su Madre, antes de zarpar rumbo a Génova. Es un buen día, para un buen gesto. A las doce, dentro de la ermita de Molinoviejo, rodeado de un grupo de hijos suyos de la primera hora -son todos muy jóvenes, pero tienen bien perfilado en la conciencia el trazo de que son "los mayores"-, rezan el "angelus" ante la imagen de la Virgen.(13) Sobre el altar de madera, un crucifijo. Dos recias velas, encendidas, una a cada lado. Allí, estos miembros de la Obra se comprometen a mantener el espíritu del Opus Dei tal como Dios lo entregó al fundador. Y lo hacen apalabrándose desde la lealtad y la honradez cristiana. Uno de los compromisos es el del desprendimiento personal, que siempre habrá de conservarse como se vivió desde el principio. Otro, la unidad con los directores. Otro, el de ayudarse mutuamente con la corrección fraterna.

            Ah, siempre será incomprensible para muchos -tal vez, porque a la hora de mirar hacia el Opus Dei se ponen gafas de vidrios aberrantes- que la única "mutualidad benéfica" entre los miembros de la Obra sea la oración, sea el servicio y sea el cariño exigente, plasmado en esa "corrección fraterna", que es decir con lealtad y cordialidad, "suaviter et fortiter", a las claras y a la cara, aquello en lo que el otro debe mejorar. Ése es todo el "imbricadísimo apoyo" que cualquier persona de la Obra debe esperar de los demás. Ése, el significado cabal de una frase que puede leerse con letras a realce en algún repostero de Molinoviejo, o en algún muro de Villa Tevere: "Frater qui adiuvatur a fratre, quasi civitas firma": "El hermano, ayudado por el hermano, es como una ciudad fuerte, como una ciudad amurallada" (Prov 18-19). Unas palabras que pertenecen al acervo del pueblo hebreo y que el rey Salomón puso por escrito en el libro de los Proverbios.

            En la ermita, sobre el suelo de baldosas rojas, hay unos rodetes de esparto para arrodillarse a resguardo del frío. Al salir, el Padre hace retirar dos o tres de esos rodetes, y pide que se conserven como recuerdo. Escrivá no es ni un nostálgico, ni un sentimental, ni un fabricante de reliquias; pero tiene una conciencia histórica, fina y diáfana, para todo lo que es andadura de la Obra.

            Una tarde, a principios de noviembre, vuelve Escrivá a Los Rosales. Allí anuncia a sus hijas que ha de regresar a Roma el día 8. Pero esta vez no sabe cuánto tiempo estará ausente.

            -Representándome a mí, se queda don Pedro, para todo lo que necesitéis.

            Y, sin agregar nada más, se asoma al jardín de la casa por una puerta acristalada. Hace un gesto, llamando a alguien que aguardaba fuera. Al momento, entra don Pedro Casciaro, un joven arquitecto y doctor en Ciencias Exactas, ordenado sacerdote hace muy pocos días: el 29 de septiembre. En adelante, él será el consiliario en España, y gobernará la Obra tratando de identificarse "con la mente del Padre". (14)

            Visto con ojos humanos, es un brindis al sol. Pero Escrivá tiene una vigorosa fe en la gracia. Será entonces cuando, en Madrid, algún clérigo comente: "Y ahora se va a Roma, y deja el "Opus" en manos de cuatro "chisgarabís"... " A lo que su interlocutor responde: "Si ese "Opus" es "Dei", permanecerá aunque no esté aquí el fundador. Y si no es una Obra de Dios, con fundador o sin fundador, se deshará ella sola."

            En Roma se intensifican los trabajos de redacción de la constitución "Provida Mater Ecclesia". Al piso de Città Leonina acuden muchas visitas. La gran mayoría son personajes eclesiásticos, que trabajan en diversos dicasterios y congregaciones de la curia. Sin embargo, el Padre se siente como un muelle comprimido. Y no se pierde un minuto, ni se da puntada sin hilo, pero Escrivá lleva un ritmo interior de urgencia: la Obra no puede ir al paso de los hombres, sino "al paso de Dios". El 6 de diciembre escribe a los miembros de la Obra residentes en Madrid: "Todas nuestras cosas van muy bien, pero con excesiva calma." (15)

            Dos días después, Pío XII le recibe de nuevo en audiencia privada. El 16 de ese mismo mes, en otra carta a los suyos de Madrid, les indica: "No olvidéis que ha sido en la octava de la Virgen, cuando ha comenzado a cuajar la "solución" de Roma." (16) El fundador ha podido saber que la Santa Sede no sólo está dispuesta sino deseosa de otorgar cuanto antes la aprobación al Opus Dei. Conviene aprovechar esa oportunidad, aunque lo que se obtenga sea provisional. Las gestiones, pues, siguen adelante.

 

            El 27 de diciembre, el Padre y don Álvaro acuden al aeropuerto militar de Ciampino para esperar a cinco mujeres de la Obra que llegan de España. Son Encarnita Ortega, Dorita Calvo, Julia Bustillo, Rosalía López y Dora del Hoyo. Con ellas allí, el ático de Città Leonina empezará a tener de veras el aire de un hogar de familia grato y acogedor. Aunque la primera evidencia es que, acoger, acoger... no puede ni acogerlas a todas ellas. Uno, porque no caben. Y dos, porque en los centros del Opus Dei tiene que haber siempre una separación absoluta, física, material, entre las mujeres y los hombres.

            Algunas se alojarán por un tiempo en otra casa; y después, en una residencia.

            Pronto comenzarán a buscar la que ha de ser sede central definitiva del Opus Dei. Montini y Tardini han sugerido a Escrivá que se instale cerca de la Santa Sede: que ponga casa "y casa amplia" en Roma. El Padre hunde las manos en su bolsillo y allí tan sólo palpa un pañuelo, una pequeña agenda y un rosario... No tienen dinero, sólo para el "ir tirando" de cada día. Y, cuando llegan invitados, ya se sabe que la generosidad anfitriona pasará después una inexorable factura: o no habrá para cenar, o no habrá para desayunar. A veces no hay ni leña ni gas. Y Julia y Dora se las ven y se las desean para guisar, animando con el soplillo el carbón crepitante de un brasero.

 

            No tienen dinero. Pero ¿acaso lo han tenido "de sobra" alguna vez? Saben lo que es comer croquetas... de nada; o darle la vuelta a un traje viejo, para aprovechar la cara menos gastada de la tela; o economizar en luces y en calefacción; o guardar hasta el ultimo clavo, o fabricar en casa los "spaghetti", porque así salen más baratos... Pero nunca han podido permitirse el lujo de "ahorrar". La empresa en que andan metidos está viva, crece, se desarrolla, se expande por diversos países... Tira de ellos, y cada vez les pide más y más y más. Sin embargo, de un modo o de otro, en el momento crucial nunca les ha faltado lo preciso. Josemaría lo ha experimentado portentosamente tantas veces que, con la seguridad de quien narra algo muy vivido, podrá escribir: "Dios mío; siempre acudes a las necesidades verdaderas." (17)

            Cardenales, obispos, prelados y sacerdotes les visitan con gran frecuencia en Città Leonina. Dos asiduos son los canonistas Arcadio Larraona y Siervo Goyeneche. Pasan con Escrivá y Del Portillo largas jornadas, intercambiando criterios jurídicos y trabajando en los borradores de la constitución "Provida Mater Ecclesia". Estas visitas intranquilizan a las chicas de la Obra, que son las que han de hacer malabarismos en la exigua despensa. El lema del padre Goyeneche es que "de café, ni menos de tres tazas, ni más de treinta y tres". Este hombre, erudito y cordial, es una terrible máquina aspiradora de cafés... Y ello, en una Roma depauperada por la guerra, donde, no ya el café, sino los huevos o el agua de colonia son, más que artículos de lujo, "artículos de fe".

            El consejo de Montini y de Tardini está muy bien fundamentado: conviene instalarse cerca de la Santa Sede. Son varias las razones. Hay que roturar el camino jurídico. La Obra debe romanizarse que no es "vaticanizarse", sino impulsar desde Roma su genuina entraña de universalidad. Escrivá quiere que el Papa sienta la cercanía de su amor de buen hijo y pueda contar con la Obra como un instrumento de apostolado secular "que sólo desea servir a la Iglesia, sin servirse de ella". Y, en fin, aún hay un último motivo nada desdeñable: alejarse de España, donde tan inclementes son, en esos tiempos, los zarpazos de la incomprensión y de la hostilidad.

            En España se infama al fundador del Opus Dei con calumnias del más grueso calibre: hereje, sectario, masón, secretista, embaucador de jóvenes, ambicioso de honores, oportunista político, milagrero, loco... Muchas veces, durante el desayuno, después de celebrar la misa, Escrivá le pregunta a Álvaro del Portillo:

            -Hijo mío, ¿desde dónde nos insultarán hoy? (18)

            En algún momento llega a comentar que se ve "como una escupidera en la que todo el mundo se siente con derecho a echar sus esputos". (19)

            Años después, dirá bromeando:

            -Conozco muy bien a mis compatriotas. Como me han maltratado y me maltratan tanto, después de muerto querrán llevar mi cadáver a hombros, de un lado a otro de la península; pero no, reposaré aquí, en Roma, en un rinconcito de esta casa... (20)

 

            Monseñor Giovanni Battista Montini, refiriéndose precisamente a estos embates y contradicciones, reflexiona en voz alta ante Escrivá de Balaguer:

            -El Señor ha permitido que ustedes sufrieran desde los comienzos lo que otras instituciones sufren cuando llevan muchos años de vida.(21)

            ¿ Sufrir... ? Sí, mucho, pero sin inquietud ni sobresalto, porque es un hombre que sabe fiarse de Dios. Fiarse, sin tomar precauciones de trastienda. Fiarse, sin calcular la siguiente jugada del ajedrez. Fiarse ciegamente, como se fía el buen amor.

            Cuando acuda a la consulta del doctor Carlo Faelli, un experto endocrino, para seguir en Roma su tratamiento, éste le preguntará después de explorarle:

            -¿Ha tenido usted muchos disgustos?... La diabetes, en ocasiones, surge cuando se padecen fuertes problemas...

            -No.

            Escrivá no miente: las contradicciones se las ha echado siempre a la espalda. No con estoicismo ni con insensatez, sino con la seguridad de que, haciendo el querer de Dios, "la contradicción no es contradicción" .(22) Y así ha seguido adelante y contento en su camino.

            Después de la consulta, al redactar la nota de historia clínica, el doctor Faelli escribe: "Le he preguntado si ha tenido disgustos. Dice que no. Pero yo estoy seguro de que ha sufrido mucho en la vida." "E' un uomo che ha sofferto molto, anche se afferma di non aver avuto dispiaceri." (23)

            Mucho tiempo después, el 23 de junio de 1971, cuando se cumplan veinticinco años de la llegada a Roma del fundador del Opus Dei, durante la tertulia con sus hijos, en Villa Tevere, la sede central, desgranará recuerdos tan vivos en su memoria como indelebles en su corazón. Han sido experiencias aprendidas, como dicen los franceses, "par coeur":

            -Veinticinco años de bondades de Dios... de sufrimientos... de alegrías... de aprender... y de perder la inocencia. Ah, la universalidad la hemos hecho aquí, aquí.

            Después, como si trazase la raya de un balance, resume tirando hacia arriba:

            -Tengo que insistir en que no nos hemos sentido desgraciados ni un segundo. Pero ahora comprenderéis mejor por qué repetía yo aquello de "prima, più, meglio" ("antes, más y mejor"). Todo ha sido desproporcionado: los medios humanos, los medios materiales... Si no ponemos a Dios como causa, no se explica nada. Estoy muy agradecido, muy agradecido, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. (24)

            Ese mismo día, las mujeres de la Obra que viven en Italia, le han enviado muy temprano un ramo de veinticinco rosas rojas... sin espinas. Tiene su significado. En uno de los viajes de Escrivá a España, cuando todavía el gobierno de la Obra residía en Madrid, los del Consejo general habían aparcado un asunto complejo y de difícil solución, para que el Padre lo estudiara con ellos y les indicara cómo resolverlo. Muy amigo de la libertad responsable y de que en las tareas de gobierno "cada palo aguante su vela", Escrivá les dijo en esa ocasión:

            -Hijos míos, cuando os muráis, os canonizarán... ¡porque sois muy buenos! Y, en la representación que os hagan, os pintarán muy guapos, muy majos... ¡porque lo sois! Y os pondrán las manos llenas de rosas. Sí, llenas de rosas... ¿ Queréis saber por qué? Pues... ¡porque las espinas me las habéis dejado a mí! (25)

            Así que, pasados todos esos años, al Padre le conmueve la finura de sus hijas italianas. Quiere estar con algunas de ellas, para darles las gracias. Al hilo de la evocación, comenta:

            -Estas rosas han venido sin espinas. Las espinas ¡y muchas! vinieron antes... hubo también alguna rosa, pero espinas ¡muchas, muchas! Si tuviera que volver a vivir esos veinticinco años, no podría.

            En este punto, hace una pausa brevísima. Y enseguida, un quiebro ágil:

            -¡Sí podría... Con la ayuda de Dios, ¡sí podría! (26)

Indice

CAPÍTULO IV

            "Villa Tevere, puertas adentro. La casa del padre de familia. "Severas palestras", Junto al Tíber. Cincuenta mil kilómetros, en el grosor de una puerta. El "banquero" del Opus Dei. "¿Dónde dormiré esta noche?" Diez años entre andamios y albañiles. "Rezamos más que comemos." Un zarpazo en el alma."

 

            Recorren Roma de punta a punta, buscando casa. No una casa cualquiera: ni un barracón, ni un

palacio, ni una mansión de burgueses, ni un cuartel de soldadotes, ni un hotel de paso, ni un inmueble de oficinas... Ha de ser, para ahora y para los siglos, la casa del padre de una familia muy muy numerosa. Ha de ser la sede central del Opus Dei, con carácter perdurable, con presencia digna, con capacidad alojadora y crecedera, en previsión de un futuro en el que acudirán allí a vivir, a estudiar y a formarse hombres y mujeres de todos los países del mundo.

            En la tienda de antigüedades que un judío tiene en Piazza di Spagna, el Padre y don Álvaro le han echado el ojo a una preciosa talla barroca de la Madonna. Baratísima: ocho mil liras (ochocientas pesetas). Es una ocasión que no quieren dejar escapar, pensando ya en la próxima sede. Pero habrán de pasar varias semanas, más de un mes, hasta que logren reunir esa cantidad. (1)

            Detrás de Escrivá no hay ningún mecenas, ningún promotor, ningún magnánimo patrocinador. En esos momentos, para contar las vocaciones de la Obra en Italia, bastan los dedos de una mano. En España, se trabaja ya de modo estable en Madrid, en Barcelona, en Zaragoza, en Valencia, en Bilbao, en Granada, en Valladolid, en Santiago... Pero las jóvenes que viven en Los Rosales, además de estudiar, crían pollos y cultivan hortalizas para asegurarse el puchero. También los chicos, en Molinoviejo, conjugan los estudios y las obras de ampliación de la casa con la puesta en marcha de una pequeña granja. Y no se les caen los anillos a los flamantes arquitectos, ingenieros, físicos, abogados o matemáticos, mientras batallan con las gallinas, los cerdos y alguna que otra vaca lechera. El polvillo residual del carbón se amasa con yeso y sirve para alimentar la calefacción. Y en la cocina inventan unas sofisticadas hamburguesas... de arroz cocido y machacado. Son soluciones provisionales y pintorescas, para salir del paso. Pero ésa es la fotografía real de la intendencia financiera del Opus Dei, en esos años.

            La Italia de la posguerra es una curiosísima república aristocrática donde princesas, duques, condes y marquesas pululan, menesterosos pero dignos, por los salones venidos a menos de la que fue una esplendorosa alta sociedad. Algunos están a la última de las noticias de casas que se alquilan, palacetes que se traspasan, muebles que van a ir a la almoneda, tapices, lámparas y cuadros que se venden... todo "de particular a particular", con la discreción de la pobreza vergonzante y por un pequeño puñado de liras.

            Un día, suena el teléfono en Città Leonina. Al otro lado del hilo, la duquesa Virginia Sforza-Cesarini. Gestos de extrañeza entre quien tiene aún el auricular en la mano y los otros de la casa... No la conocen.

            -He sabido que están buscando ustedes una "villa", una residencia... Quizá yo sepa algo que les pueda convenir. Estaría encantada de recibirles en mi domicilio a la hora del té...

            Acuden Escrivá y Del Portillo. La duquesa Sforza-Cesarini es una dama afable y encantadora, pero la oferta que les hace, en nombre de un tercero, no les interesa; entre otras razones, porque la casa está fuera de Roma. El Padre aprovecha la visita para hablar a esta señora de amor a Dios, de vida de oración, del valor del sufrimiento. Luego le explica qué es el Opus Dei, cuál ha de ser la envergadura de sus apostolados por el mundo entero y cómo esa tarea ha de bombearse desde el corazón de la Iglesia: Roma. (2)

            Virginia Sforza ha quedado bien impresionada y se dispone a ayudar en la búsqueda del inmueble. Pocos días después, vuelve a ponerse en contacto con ellos: "Tengo algo que me parece interesante." Y lo es. Se trata de una "villa" grande, con jardín edificable, en el barrio del Parioli. Pertenece a un aristócrata, el conde Mazzoleni, que quiere venderla para irse de Italia. La casa había sido alquilada como embajada de Hungría ante la Santa Sede, pero esa representación diplomática ha cesado, tras la ruptura de relaciones entre el gobierno comunista de Hungría y el Estado Vaticano. El propietario desea venderla cuanto antes y sin intermediarios.

            El Padre, Álvaro del Portillo, Salvador Canals y algún otro más van a ver la "villa". Hace chaflán entre el viale Bruno Buozzi y la Via di Villa Sacchetti. El jardín llega hasta la Via Domenico Cirillo. El conde Mazzoleni les recibe en la vivienda del portero, que es donde se aloja: la zona noble del inmueble continúa ocupada por algunos funcionarios y empleados de la legación de Hungría que, aun contra todo derecho, remolonearán en su marcha y seguirán ahí durante casi un par de años.

            Al Padre le gustan la situación de la casa, la amplitud del terreno edificable, el estilo quattrocento florentino del pabellón principal... Y encarga a don Álvaro que inicie los trámites para adquirirla. Como no tienen dinero, lo único viable es comprar la propiedad dando una entrada simbólica. Después, proceder a su hipoteca y, con el importe de ese crédito, pagar al vendedor.

            Serán Del Portillo, Canals y un abogado amigo, el doctor Merlini, quienes regateen y negocien. Logran reducir tanto la cantidad fijada al inicio, que casi parece un regalo. Pasados dos o tres años, esa finca valdría treinta o cuarenta veces más. Pero lo cierto es que, aun siendo una cantidad pequeña, en esos momentos no disponen de ella. Se emplean en la esgrima del "sablazo", pidiendo a todos los que pueden dar. Consiguen del dueño de la "villa" que les formalice la venta sin cobrar... entregándole, en prenda, unas cuantas monedas de oro que guardaban para confeccionar unos vasos sagrados. Como no quieren perderlas, estipulan en el contrato que esas arras les sean devueltas en cuanto abonen la cantidad total. Y se comprometen a efectuar el pago íntegro en dos meses. La única condición de Mazzoleni es que el precio convenido lo abonen en francos suizos. Por lo demás, él esperará a que los compradores reúnan el dinero. (3)

            Cuando, después de firmar el contrato, a las tantas de la madrugada, Álvaro del Portillo y Salvador Canals regresan a Città Leonina, el Padre está esperándoles; no sólo despierto, sino rezando, de rodillas, en el oratorio. (4)

            -¡Ha aceptado las monedas de oro... y nos da de margen un par de meses! La condición que pone es que le paguemos en francos suizos...

            Escrivá de Balaguer se echa a reír y se encoge de hombros, sorprendido y divertido:

            -¡No nos importa nada! Nosotros no tenemos ni liras, ni francos... Y al Señor le es igual una moneda que otra. (5)

            Después, cuando pida a sus hijas que recen por este asunto, les dirá, con un guiño de pillería:

            -¡Pero no os equivoquéis de moneda: tienen que ser francos suizos! (6)

            Aún están pendientes los pagos, cuando el conde Mazzoleni se encuentra un día por las calles de Roma a Encarnita Ortega y a Concha Andrés. Detiene su coche y las lleva a Città Leonina. Durante el trayecto se deshace en elogios hacia don Álvaro:

            -Para mí, no es sólo una persona honrada, con quien he tenido un trato comercial, le considero un amigo leal, un consejero prudente... y un sacerdote admirable. (7)

            Algún tiempo después, cuando ya los de la Obra se hayan trasladado a la "villa" de Bruno Buozzi y vivan en la zona de la portería, el conde va a visitarles. Pasa al interior de la que fue su vivienda y, fajándose en el brillo de los suelos, le pregunta a Salvador Canals:

            -¿Habéis cambiado el pavimento?

            -No. Es el mismo... pero limpio. (8)

            Lo habría podido decir igual, algo más tarde, si hubiese visitado la parte noble de la casa: a unas paredes se les había lavado la cara; otras se habían tapizado, aunque ahorrando tela en las superficies que iban a ir cubiertas por algunos cuadros grandes; los propios miembros de la Obra se emplearon a fondo en la decoración, pintando los techos, las vigas, las jambas de las puertas... Eran las mismas habitaciones, pero con muchas manos de limpieza y de pintura artesanal.

            Desde julio de 1947 y hasta febrero de 1949, que es cuando los inquilinos húngaros abandonan la "villa", los de la Obra vivirán en esos dos pisos de la portería. Arriba, la administración y el comedor; abajo, la residencia, "Il Pensionato".

            Son pocas las habitaciones y muchos los residentes. A cada metro cuadrado se le da un multiuso intensivo. En algunos momentos tienen la impresión de estar en un autobús a la hora punta. Sólo hay una cama "puesta", una cama estable, con patas y somier. Por las noches se despliegan colchonetas, como en los campamentos. Sin dramatizar, incluso con humor, el Padre recordará más tarde esta extraña e incómoda forma de vivir: "Como no teníamos dinero, no encendíamos la calefacción. Tampoco teníamos sitio donde dormir. No sabíamos en qué lugar descansaríamos por la noche: si junto a la puerta de la calle, en ese rincón, o en aquel otro. Había una sola cama y la reservábamos por si alguno caía enfermo (...). Vivíamos, como san Alejo, debajo de la escalera." (9)

            En esa evocación, lo que Escrivá omite es que, en cuanto alguien estaba resfriado o tenía un amago de gripe, él mismo se adelantaba, extendía su petate bajo la mesa del comedor y allí se echaba a dormir. O que, si le encendían una rudimentaria estufa eléctrica, la apagaba porque le repugnaba estar él calentito, mientras sus hijos pasaban frío.

            Durante el día, todos ayudan en las obras y en la decoración, estudian, van a las universidades pontificias y realizan un intenso apostolado con otros chicos universitarios. Pronto se extenderá el Opus Dei por varias ciudades italianas: Turín, Bari, Génova, Milán, Nápoles, Palermo...

            A los equilibrios para pagar la propiedad adquirida y para proveer a la manutención de todos ellos, se añaden los gastos de las obras iniciadas. Durante once años vivirán entre excavadoras, andamios, piquetas, trasiegos de capataces, albañiles, carpinteros, fontaneros... a los que hay que pagar inexorablemente cada sábado, a la una y cuarto del mediodía.

            Es Álvaro quien da la cara: solicita créditos, firma letras, pide dinero prestado. Él mismo ha contado algo -no todo- de las dificultades con que se topaban para costear los materiales de las obras y pagar semanalmente a los obreros su justo salario:

            "La primera vez pudimos pagar sin problemas, porque habíamos ahorrado algo de dinero, pero la

segunda ya no. Y empezamos a buscar por toda Roma gente que nos prestase la suma necesaria. Una persona se ofreció, pero al día siguiente vino diciendo que había que hipotecar la finca, cosa completamente desproporcionada para la cantidad que pedíamos. Habíamos perdido un día. Se acercaba el sábado, y debíamos pagar a los trabajadores por encima de todo.

            "Por fin, hablamos con el abogado Merlini, que tenía una perilla muy simpática y era un hombre muy piadoso, muy bueno y un competente jurista. Él nos había ayudado en la compra de la casa y en muchas otras gestiones. "Esta vez -dijo-, por casualidad tengo un dinero que me ha dejado un cliente y del que puedo disponer durante un año." Nos lo prestó sin intereses, y eso dio para pagar dos semanas.

            "Después, el Señor hizo que pudiéramos ir arreglándonos a base de letras y de equilibrios. Era desnudar a un santo para vestir a otro: una locura, una fuente de sufrimientos. ¿Y cómo pagamos? Es un milagro. No se sabe cómo, pero pagábamos siempre." (10)

            Un día Álvaro cae enfermo. Tiene cuarenta grados de fiebre. El Padre se acerca a la cabecera de su cama y, viéndole tan mal y tan preocupado porque "llega el sábado... y la hora de los salarios", le pregunta:

            -Alvarico, hijo ¿y qué pasa, qué puede pasar, si por una vez no les pagamos, y esperamos hasta tener el dinero?

            -¿Qué puede pasar?... A mí, ir a la cárcel no me importa. Pero está por medio la honorabilidad de la Obra.

            -Pues entonces... levántate y ve a buscar ese dinero donde sea.

            Mientras aguarda el regreso de don Álvaro, Josemaría Escrivá ha ido, como tantas veces, a pedir a sus hijas una batida intensa de oraciones por esa gestión. Se le ve hondamente afectado:

            -¿Seré yo un canalla?... A Álvaro lo estoy matando... Pero no tenemos otra solución: él es el único que puede ir a los bancos y resolverlo, porque le conocen y le fían. Con una partecica, sólo con una partecica, de lo que él lleva sobre sus hombros, yo ya me habría muerto...

            Después, para quitar hierro a la tensa situación, agrega con buen humor:

            -La enfermedad que tiene mi hijo Álvaro se le curaría enseguida si le pusiéramos sobre el hígado un buen fajo de liras... O mejor: ¡de libras esterlinas!

            Al rato, Del Portillo vuelve de la calle. El Padre sale a su encuentro:

            -¿Lo traes?

            -Sí, Padre.

            -¿Y cómo lo has conseguido?

            -Como siempre, Padre, obedeciendo. (11)

            Al fin, encuentran una empresa constructora, de la que es propietario Leonardo Castelli. Este hombre ve los trabajos emprendidos y los planos de lo que se proponen acometer. Entiende que no es un proyecto de circunstancias, sino que ha de hacerse a conciencia, porque es una obra que debe perdurar siglos. Se fía de la bonhomía y de la honradez de don Álvaro y decide actuar como contratista: en adelante, Castelli abona el sueldo a los obreros cada semana. Incluso refuerza el número de operarios para que aceleren la construcción. Del Portillo tendrá que afrontar la factura de Castelli cada sesenta o noventa días. La deuda no mengua, pero el plazo para pagar es más holgado.

            Sin embargo, nadie baja la guardia. Todos en la casa se aprietan el cinturón. Madrugan, porque han de ir andando a las universidades, para ahorrar el dinero del trolebús o del tranvía. En esas largas caminatas, calzan alpargatas y llevan los zapatos a mano en un paquete: así no desgastan las suelas. Durante el trayecto, uno de ellos va leyendo en voz alta el tema académico del día, y los demás estudian a ritmo de footing callejero. Una cajetilla de veinte cigarrillos, troceada con habilidad y precisión, permite obtener hasta sesenta mini-pitillos. ¡Más cornás da el hambre! Y todo lo llevan con un garbo formidable.

            Como la Villa es grande, tiene siete puertas a la calle. Dejan sólo dos de ellas al uso y clausuran las otras. Pero el dinero no les llega ni para que lo zio Carlo, un carpintero que conocen de Città Leonina, confeccione unas guardas con tablas de cajón. Carlo les hace sólo la mitad. Pasado un tiempo, cuando ya pueden pagar, termina su trabajo. Mientras, con periódicos y sacos tapan las junturas y las rendijas para burlar el frío.

            Por entonces, en marzo de 1948, Josemaría Escrivá sufre una parálisis facial "a frigore", pero sólo se enteran tres personas. Jamás le gustó preocupar a nadie con sus dolencias. Sólo lo contaría bastantes años después:

            -Yo también he estado con la cara así, hace veintitantos años. Hay tres testigos de esto, en Roma. Pero no fue una broma del ambiente; fue que no teníamos dinero para la calefacción, y allí había una humedad morrocotuda... (12)

            Se han metido en obras de gran calado para dar cabida a las oficinas y a la residencia del Consejo general y de la Asesoría central. Durante muchos años han de vivir también ahí los profesores y alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz, que hasta 1974 no se trasladarán a Cavabianca, y las profesoras y alumnas del Colegio Romano de Santa María, que en 1963 se instalarán en Castelgandolfo. Además de la nutrida plantilla de la administración doméstica, que debe atenderles a todas y a todos. Desde luego, más de trescientas personas.

            Un día, paseando por alguna zona de la casa con uno de sus hijos, el marino Rafael Caamaño, Escrivá le explica que muchas de las soluciones arquitectónicas o decorativas han sido tomadas de otros ambientes, en diversos lugares, callejeando por Roma o viajando por Italia. "No se trata -le dice- de ser originales, sino de conseguir las cosas bien hechas." Y después, como riéndose porque algunos puedan creer que esa casa tiene ínfulas de gran mansión, agrega con expresión divertida:

            -Hemos copiado tantas cosas bonitas de un sitio y de otro, que aquí todo tiene "antepasados" y "genealogía"... Además, cuando algo se copia, se puede mejorar, más barato y con menos defectos. (13)

            Escrivá sigue las obras de cerca, en fase de planos y ya en construcción. Sube a los andamios con los arquitectos o con los albañiles. A veces, en días no laborables, va con sus hijas para que ellas disfruten "viendo con la imaginación" dónde estará esto y lo otro... No es "su" casa. Es la casa de todos, la casa de una gran familia.

            En una de esas visitas, les muestra un crucifijo grande que han colocado en la galleria di Sotto:

            -Le dije al artista que se luciera, que intentase hacer un Cristo vivo, sereno, y no retorcido en la cruz: que, mirándole, el corazón se moviese a contrición.

            Luego lee la frase que ha encargado poner al lado, en una cartela. Son las palabras que Pedro respondió a Jesús, cuando por tres veces le preguntó:

            -Pedro, ¿me amas más que éstos?

            -"Domine, Tu omnia nosti, Tu scis quia amo te" -¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!

            Escrivá se queda mirando la imagen. En voz baja, casi como una interjección irreprimible, se le escapan tres sílabas:

            -¡Y mucho! (14)

            Viven la incomodidad, la estrechez, la austeridad. El frío húmedo, en invierno. El calor sofocante, en verano. Y el hambre. Sin eufemismos ni engañabobos que disfracen la verdad, el propio Padre lo comentará con sus hijos:

            -Aquí no os podéis hacer comodones. Vivís humanamente mal... ¡gracias a Dios!, aunque hace años vivíamos bastante peor. Os he contado tantas veces que muchos hermanos vuestros han pasado hambre conmigo: no un día, ni dos, sino temporadas largas. No teníamos ni un céntimo. (15)

            Pero, pasado el tiempo, ninguno recordará esas penurias. Cuando, ya curtidos por los años, evoquen aquellas estancias romanas, sólo sabrán hablar del inmenso cariño del Padre, tierno y recio, hacia cada uno, "llamándonos y conociéndonos por nuestros propios nombres, por nuestros "nomignoli" familiares: Pepele, Pilé, Oly, Boto, Wally, Riny, Cipry, Babo, Quecco... porque eso éramos, y eso somos: "una bella e grande famiglia"".

            Muchas veces, aprovechando una pausa en el trabajo, Escrivá sale al pequeño jardín que hay delante de la Villa Vecchia. Pasea un poco, mientras reza una parte del rosario o charla con quien le acompaña. Es su momento de descanso. Pero no puede evitar, no quiere evitar, la compañía de sus hijos. Mira hacia las ventanas, abiertas quizá porque hace calor. Están todos ocupados, estudiando o trabajando. Si ve la cabeza de alguno, carraspea para llamar levemente su atención. Y si ése se asoma, le hace señal de que baje y se acerque. Antes de un minuto, ya está rodeado de muchachotes, que acuden como abejas a la colmena. Enseguida se improvisa una tertulia ambulante, yendo despacio de un lado para otro del giardino della Villa. En otras ocasiones Escrivá se sienta en un rincón de cruce de zonas que llaman el Arco dei Venti, tal vez porque allí corra algo más de aire. Y habla a sus hijos de temas sobrenaturales. Les da a beber, en la propia fuente, el espíritu de la Obra. Se olvida de su cansancio y se entrega a ellos con ganas.

            Una tarde de 1954, está hablando así con los chicos, cuando de repente interrumpe el hilo de lo que iba diciendo. Y mirándoles fijamente, uno a uno, con una mirada cálida que quiere ser caricia, les pregunta a quemarropa:

            -¿Sabéis, hijos míos, por qué os quiero tanto?

            Silencio expectante, cargado de interés. Transcurren unos segundos, suficientemente anchos como para que cada quién se pregunte a sí mismo: "¿por qué a mí me quiere tanto el Padre?".

            La respuesta sobreviene, con una fuerza y un ímpetu irrebatibles:

            -Os quiero tanto, porque veo bullir en cada uno de vosotros la Sangre de Cristo. (16)

            Los problemas financieros van a ser una constante, una atmósfera natural en la vida de Josemaría Escrivá, aunque nunca por falta de dinero dejará de hacer lo que la irradiación del Opus Dei exija en cada momento. Llevará a la práctica, con una fe descomunal, aquel viejo consejo: "Se gasta lo que se deba, aunque se deba lo que se gaste." (17)

            Sin embargo, la preocupación por los medios materiales no le quita ni un instante de paz. Cuando están en el mayor de los agobios, en octubre de 1948, preside el Padre unas "jornadas de trabajo" con hijas suyas que desempeñan cargos de dirección dentro de la Obra. Se reúnen en Los Rosales. Estudian y trabajan con intensidad, para liquidar en tres días un programa que debía durar una semana. Los temas son bien diversos: abarcan desde la formación espiritual de los miembros del Opus Dei, hasta el cuidado material de los centros; desde las nuevas iniciativas de apostolado, hasta la necesidad de descanso físico...

            Cuando llega el turno a una sesión titulada "Estudio de la situación económica", las asistentes suponen que de ese análisis han de salirles soluciones financieras para el sostenimiento de las labores apostólicas. Sobre la mesa del comedor -que es donde desarrollan esas sesiones- se apilan carpetas, blocs de notas, fichas de experiencia, folios con presupuestos de gastos y con previsiones de ingresos, resúmenes de administraciones domésticas, etc. Pero el Padre cambia los planes que llevan elaborados:

            -Hijas mías, la cuestión económica se resuelve a base de responsabilidad personal y de pobreza también personal... Y eso, más que un tema para estudiarlo aquí entre todos, es un asunto que cada una debe tratar con el Señor, a solas, en su oración.

            Y, en efecto, esa sesión se "trabaja" por la tarde, en el oratorio de Los Rosales, en un clima de intenso silencio. (18)

            Un gestor financiero se llevaría las manos a la cabeza, pero... es así, como una cuestión de exigencia personal y de total confianza en Dios, como Josemaría Escrivá entiende que han de solucionarse los problemas económicos. Poco antes, o poco después, al hilo de su propio diálogo con Dios, escribe: "Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad en que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez." (19)

            Esa misma pobreza personal que espera de los suyos, la vivirá él "antes, mas y mejor". Hay noticias innumerables de tantos detalles, que resulta difícil seleccionar... Por ejemplo, Escrivá sólo tiene dos sotanas: quita y pon. Una, siempre limpia y planchada, de corte romano, para salir a la calle y recibir visitas. La otra, para andar por casa y recorrer las obras, con tantas piezas y remiendos que en algún momento dirá: "Tiene más "bordados" que un mantón de Manila." (20)

            Otro botón de muestra: su dormitorio es un reducido cubículo donde tan sólo caben la cama, una mesa, un sillón de madera sin tapicería ni cojín, un pequeñísimo armario empotrado... Además, es un lugar de paso. También su cuarto de trabajo, escogido sin duda por él mismo, será la habitación más pequeña, oscura y agobiante de toda Villa Tevere: sólo por un ventanuco, que da a un patinillo interior, puede entrar un sorbo de aire, un retazo de luz.

            Es, por su parte, un empeñado afán de no poseer, de no tener nada como propio, de no quejarse si falta lo necesario, y de prescindir de lo superfluo.

            Pero éstos no son "criterios de pobreza" que se ponen por escrito para que resulten admirables. No. Escrivá los vive, en su cuerpo y en su espíritu, siempre, siempre, "Como el latir del corazón".

            Una mañana, el Padre ha ido, en ayunas, con don Álvaro a hacerse unos análisis de sangre en Via Nazionale. Terminan a las once y media. Como tienen que ir a algún otro sitio, para ciertas gestiones, y no les compensa regresar a casa, entran a desayunar en un bar de Piazza Esedra. De pie, junto a la barra, piden un "capuccino" y un bollo. Paga don Álvaro, que es quien lleva dinero encima. Cuando se disponen a beber el café, una mujer pobre, una mendiga callejera, se acerca al Padre y le pide limosna.

            -Yo dinero no tengo. Lo único de que dispongo, porque me lo dan, es esto... Tómeselo usted... ¡Y que Dios la bendiga!

            Y coloca ante ella su desayuno, sin probar.

            Inmediatamente, Del Portillo hace ademán de pasar el suyo al Padre:

            -Tómelo, y yo pido otro para mí...

            -No, no, déjalo... Ya he desayunado.

            Don Álvaro insiste. Y el Padre se mantiene en su negativa. La dependienta que atiende la caja del bar, tercia:

            -Padre, tómese usted su capuccino, que la casa le ofrece otro a esta mujer.

            Y el Padre, sonriendo, pero con una tozuda resolución en su negativa, da por zanjado el episodio:

            -No, no... muchas gracias, quédese usted tranquila, que yo ya he desayunado.

            ¿Por qué? Porque quiere ser pobre. ¿Por qué? Porque quiere ser Cristo. Y porque quiere ser Cristo, la indefensión del otro, el dolor del otro, la indigencia del otro, le golpean la conciencia, le mellan el alma. Preferiría sufrirlos él.

            Las obras de ampliación de la Villa de Bruno Buozzi se intensifican. Siguen viviendo en la portería que llaman "Il Pensionato". Impulsado por su lema de muchos años antes, "Dios y Audacia", se lanza a erigir el Colegio Romano de la Santa Cruz. Una locura, un sueño... Pero, para más obligarse con Dios, le da hasta la formalidad jurídica de un decreto, que firma el 29 de junio, fiesta de san Pedro y san Pablo, de 1948. En este texto anuncia que al Colegio Romano acudirán gentes de todas las naciones, para recibir una intensa preparación espiritual, intelectual y apostólica: con profundos estudios de filosofía, pedagogía, teología, derecho y humanidades, será una escuela donde se formen los que han de ser formadores; una "severa palestra" donde estos muchachos, de las más diversas razas, culturas y países, se entrenen en una vida de oración, de entrega, de servicio, de trabajo... para después -esparcidos a voleo por el mundo-, llevar a otros la briosa y atractiva noticia de un ideal capaz de llenar sus vidas.

            Esa convivencia entre jóvenes de todas las latitudes, ampliará sus horizontes, sin nacionalismos aldeanos, sin selecciones racistas, sin elitismos de clase. De ahí saldrán sabiendo que son "para la muchedumbre". Y ahí adoptarán un talante de vida incompatible con cualquier arrogancia: "para servir, servir".

            Tanto a ellos como a ellas, Escrivá les advierte una y mil y mil veces, que allí no van a hacerse ni superhombres, ni supermujeres. Con gran plasticidad, les hace entender que siempre serán "barro de botijo"..., barro frágil y quebradizo, pero capaz de contener el fino licor de la sabiduría.

            En un rincón de la Villa, una lápida de mármol blanco, visible desde el cortile Vecchio y desde la galleria della Campana, recoge esta idea, con sobrias palabras latinas, fechadas en 1952. Se dirigen al visitante, al residente, al huésped, al hospes que, en el transcurso de los siglos, se aloje en cualquiera de las casas de Villa Tevere: "Estos edificios que ves alrededor, considéralos como las palestras severas de donde saldrá una raza de fuertes, que ha de combatir siempre con alegría y con paz, en todo el mundo, por la Iglesia de Dios y por el romano pontífice."

            Al despedirse de algunos que han concluido los estudios en el Colegio Romano y regresan a sus países de origen, Josemaría Escrivá expresa lo que cada uno siente en su conciencia:

            -Roma os dejará un zarpazo en el alma, una huella profunda y duradera, si habéis aprovechado bien el tiempo. Y sabréis ser hijos más fieles de la Iglesia... (21)

            El 12 de diciembre de 1953 queda erigido, para las mujeres del Opus Dei, el Colegio Romano de Santa María. El número de alumnas crece y crece con tal rapidez que, en 1959, se han de emprender, a ritmo veloz, los trabajos de construcción de una sede para ellas, fuera de Roma: Villa delle Rose, en Castelgandolfo, sobre unos terrenos que Pío XII había cedido temporalmente a la Obra y que Juan XXIII dona con carácter definitivo.

            Terminada Villa delle Rose en 1963, Escrivá se lanzará a la edificación del hábitat universitario para el Colegio Romano de la Santa Cruz, también en las afueras de Roma, junto a la Via Flaminia: Cavabianca.

            No tiene "el mal de la piedra", pese a haber pasado casi treinta años de su vida entre excavadoras, hormigoneras, pilas de ladrillos y andamios. Es algo más sencillo y más natural: el fundador del Opus Dei no puede poner puertas al campo, ni diques a la torrentera de vocaciones que responden a esa "llamada universal a la santidad". Una llamada que, sin darse tregua, vocea y hace vocear con un incesante apostolado de "amistad y confidencia", puerta a puerta, persona a persona, corazón a corazón.

 

            Porque no tiene "el mal de la piedra" y también porque es más amigo de los finales que de los comienzos, se negará siempre a bendecir las piedras primeras. Y así ocurre en las obras de Bruno Buozzi. Sin más ceremonia que el signo de la cruz, un Te Deum rezado, y un alegre "¡A todos, "auguri"! ¡"siamo arrivati"!", queda bendecida la última piedra del conjunto de edificios que integran Villa Tevere. Es el 9 de enero de 1960. Y llueve torrencialmente. (22)

            ¿Qué es Villa Tevere? Es la casa del "paterfamilias"... De una familia numerosa, trabajadora y pobre. Es una casa grande, hidalga y sencilla, sin aires de grandeza.

            Se ha ganado espacio por arriba, por abajo, por delante y por detrás. Se ha construido sobre lo que era un gran jardín. Se han elevado alturas y se han perforado sótanos. El conjunto, recogido y armonioso, no es en absoluto monumental, ni mucho menos imponente. Tiene gracia, tiene donaire y tiene un toque genuino, entre popular y distinguido. Se ha respetado el estilo florentino clásico de la Villa Vecchia, de la "casa vieja" original. Los diferentes niveles hacen necesarias muchas escaleras, cavalcavias y galerías de comunicación.

            La inventiva literaria se disparará a la hora de bautizar cada rincón, cada recodo de pasillo, cada diminuto patio interior... Y así, los "cortili" -minúsculos patinillos de ventilación- toman nombres simpáticos de cualquier detalle ornamental: del Fiume, della Palla, del Cantori, delle Tartarughe, del Cipresso... Un fotógrafo tendrá sin duda grandes problemas con el objetivo, para poder captar algún encuadre, por falta literal de perspectiva. Todo allí es tan diverso como reducido. Se puede pasar por delante de las que llaman "Fontana della Navicella" o "delle Cannelle", sin darse cuenta ni de que están allí.

            Pero, para quienes viven en Villa Tevere, cada lugar tiene su historia entrañable. Cada piedra es un libro abierto que rezuma recuerdos vividos cerca del fundador. "Aquí es donde el Padre me dijo que ..." "¡Cuántas veces el Padre, ante esta imagen de la Virgen... !" "Cuando se pintaba el fresco que hay en aquella pared, el Padre ayudaba ... " Son los escenarios de su vida. Y todos ellos están indisolublemente unidos a la propia épica de la Obra: una lápida de mármol; las huellas de unos pies descalzos, indicando el arranque de una ruta; el Angel custodio, guardián del Opus Dei; la airosa cartela con las palabras "Omnia in bonum", diciendo a quien la mire que "todo es para bien"; la cruz de forja, con las puntas en flecha, rematando "il torreone"...

            En total, Villa Tevere son ocho casas. Para las mujeres: La Montagnola, Villa Sacchetti, La Casetta, il Ridotto e il Fabbricato Piccolo. Para los varones: la Casa del Vicolo, Uffici y la Villa Vecchia, que es donde viven el Padre y los miembros del Consejo general.

            Las puertas de comunicación, con dos cerraduras y dos juegos de llaves, establecen una infranqueable frontera separadora entre las mujeres y los hombres. Viven, sí, bajo un mismo techo, pero... como si en el grosor de esas puertas hubiera cincuenta mil kilómetros de distancia.

            En alguna ocasión, a propósito de que, para tanta gente, sólo haya cuatro comedores, junto a veinticuatro oratorios, Escrivá comenta: "Eso está bien ¡rezamos más que comemos! " (23) El conjunto tiene un nombre que le dio el fundador aun antes de que se alzaran los andamios: Villa Tevere. Quizá pensaba en la alegoría del viejo río Tíber que abraza a Roma y la acaricia con amor siempre antiguo y siempre nuevo.

            A veces, ya anochecido, los chicos reunidos en tertulia, rompen a cantar. Bien o mal, cantan todos. Son canciones populares, son canciones que un buen amor embellece... Una de ellas se escapa por las ventanas y, antes de romperse, queda flotando en el aire tibio y amistoso de la noche romana:

                                   "Roma, che la piú bella sei del mondo,

                                   il Tevere ti serve da cintura..."

            A éstos, Roma ya les ha traspasado el corazón. Es, más que una melancólica nostalgia, una huella profunda en el alma. Es... el zarpazo de Roma, a la hora de partir.

Indice

CAPÍTULO V

            Ut gigas. Escrivá despliega un sueño. Un rompedor de fronteras. Un extraño "burgués": anticipativo, inconformista, audaz y soñador. Opción por los pobres y opción por los ricos. "Los de arriba se caen solos." ¿De qué color es la piel de un alma?"

 

            "Se llenó de alegría y se levantó como un gigante, para recorrer el camino con prisa." Josemaría Escrivá repite mucho estas palabras, marcando la cadencia de su ritmo latino: "Exultavit ut gigas ad currendam viam." (1) Dice el latín al estilo romano, así que no pronuncia "gigas", sino "yigas". Ese verso del salterio -extraño verso- unas veces le urge a ganarle tiempo al tiempo, otras a arreciar en la lucha interior, otras a darse magnánimo. Con toda seguridad, él mismo no cae en la cuenta de que esas seis palabras son una gráfica descripción de su propio vivir.

            Los grandes hombres -género muy distinto del de las meras "celebridades"- ofrecen una interesante dificultad al biógrafo y al historiador: por una parte, son hombres de su tiempo, contemporáneos de la mentalidad, de los usos y de los sucesos de su propia época; por otra, son hombres anticipativos, animados por una clarividencia del futuro. Van por delante de su tiempo vital, a contracorriente de las modas de pensamiento, a contrapelo de las masas gregarias, a contraola de las inercias de su generación. Avanzan afrontando el viento de cara. Derriban fronteras. Destripan tópicos. Hacen saltar por los aires el cartón-piedra de rancios prejuicios. Roturan caminos sin trillar... Ese ir más deprisa, con las manecillas del reloj adelantadas, y mirando más allá, les hace ser extemporáneos entre los de su propio siglo.

            Ante los problemas, ellos proponen soluciones audaces, imaginativas, atípicas. Saben ver en lo invisible. Por eso se atreven con lo imposible. Son, por anticipados, proféticos. Y, por desinstalados, rebeldes. A causa de todo ello, mientras atraviesan su tiempo, suelen ser mal comprendidos. Llevan en soledad el peso del liderazgo. Sus seguidores les van muy a la zaga. La opinión pública, o no les atiende, o no les entiende. Los que viven en la cómoda griseidad de lo vulgar y corriente se sienten perturbados, molestados, por esos trallazos de inquietud... En fin, si llegan a un conocimiento popular, se les negará el reconocimiento de su excelencia. Y si alguna fama les visita en vida, será la mala fama o esa fama de bolsillo que se llama "ser noticia".

            Los personajes célebres, los famosos de cada temporada, pueden llevar una vida confortable y muelle. Los grandes hombres, no. Un hombre grande jamás se arrellana, jamás se instala, jamás se conforma, jamás se solaza en la autocomplacencia de la tarea realizada. Su actitud permanente es la de levantarse exultante, para recorrer el camino con prisa... como si fuera un gigante. "Ut gigas".

            "Ut gigas..." Un día de agosto de 1941, Josemaría Escrivá dirige la meditación en la penumbra del oratorio de Diego de León, 14, en Madrid. Habla de fe, de audacia, de atreverse a pedir ¡la luna! con una confianza indesmontable en que Dios puede darla...

            -¿Miedo? ¡Miedo a nadie! ¡Ni a Dios! ... porque es mi Padre.

            Se vuelve hacia el sagrario y, mirando hacia ese punto, con la naturalidad de quien de veras conversa con alguien que está allí, en aquella misma habitación, agrega:

            -Señor: no te tenemos miedo..., porque te amamos. (2)

            "Ut gigas..." Una tarde de noviembre de 1942, también en Madrid, Josemaría Escrivá llega al chalé número 19 de la calle de Jorge Manrique. Es un centro de las mujeres de la Obra. En esos momentos todo el Opus Dei femenino no llega a diez chicas jóvenes: Lola Fisac, Encarnita Ortega, Nisa González Guzmán, Lola Jiménez-Vargas, Laura y Conchita López-Amo, María Jesús Hereza, Aurora, una leonesa, paisana y amiga de Nisa...


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