|
|
|
JOSÉ
MARÍA SOMOANO,
EN
LOS COMIENZOS DEL OPUS DEI
José Miguel Cejas
AGRADECIMIENTOS
Deseo hacer constar mi agradecimiento, en primer lugar, y de modo muy
especial a los hermanos de don José María Somoano: don Rafael, doña
Cristina, don Leopoldo, don Julio y don Víctor Somoano, por sus
testimonios, ayudas y sugerencias durante la elaboración de este libro.
Gracias también a don Benito Badrinas, Vicepostulador de la Prelatura
del Opus Dei, y a todos los que me han proporcionado con sus
testimonios, fuentes o documentos: Sor María Casado, don José Ramón
Herrero Fontana, don Inocencio Casas, don Fidel Ibáñez, párroco de
Arriondas, don Fernando Vea Murguía, don Angel Vegas, don Luis Gordon,
el General José María Ortega, la M. Superiora de las Carmelitas del
Cerro de los Angeles, don Vicente Elvira, don Alfonso Aguiló, el P.
Antonio Royo Marín, don Pablo Herráiz, don Mateo Camarma, don José María
López Niño, don Salvador Muñoz Iglesias, don Marcos Carroggio, don Juan
Luis Rascón, don Francisco Armenteros, don Julio González Simancas, don
Constantino Anchel, doña Engracia Iglesias, doña Dolores Corral; y
tantos otros. Gracias a todos.
Siglas: AGP: Archivo General de la Prelatura
RHF: Registro Histórico del Fundador
"La fortaleza humana de la Obra han sido los enfermos de los Hospitales
de Madrid: los más miserables; los que vivían en sus casas, perdida
hasta la última esperanza humana; los más ignorantes de aquellas
barriada extremas"
Josemaría Escrivá de Balaguer
En Caravia nací yo
en Caravia morir quiero
porque dicen que Caravia
está cerquina del cielo
EL TREN DE COVADONGA
31 de octubre de 1933
Tenía ya muchos años...
Muchos años y demasiadas fatigas.
Si ya no podía...¡ni tirar de sí mismo!
Doña María descorrió los visillos de los ventanales y se asomó al
balcón. Estaba allí, frente a la puerta de su casa, inmóvil, quieto,
como desvanecido, entre un corro de vecinos que evocaban sus idas y
venidas, sus vueltas y revueltas, sus subidas y bajadas por todo el
concejo. Lo miró apenada.
Estuvo contemplándolo durante largo tiempo, en silencio. La luz
cenicienta del crepúsculo reverberaba tristemente sobre su gran lomo
negro. Era el fin. Sintió nostalgia y añoranza. Algo de su vida pensó se
había muerto también en aquel último día de octubre de 1933. Algo se
acababa, se detenía para siempre, como aquella locomotora varada
definitivamente sobre las vías.
Desde ahora... ¡todo sería tan distinto! Ya no volvería a escuchar los
tañidos nerviosos del campanón anunciando la salida, ni los gritos
agudos de Tomás mientras paleaba el carbón, ni los pasos rápidos de
Pachín, pregonando por los andenes:
Señores pasajeros..., ¡al tren!
* * *
No habían pasado tantos años desde que subió en aquel tren por primera
vez. Fue en 1908, cuando inauguraron la línea ferrea. ¡Qué
acontecimiento! ¡Un tren que llegaba hasta Covadonga! Comenzaron a venir
desde entonces oleadas de peregrinos de toda Asturias hasta aquella
estacioncita de Arriondas. Algunos seguían subiendo a Covadonga a pie,
pero por devoción y no porque no hubiera otro remedio, como antes, ya
que gracias a este tren que acababa de realizar su último viaje, se
llegaba hasta el Santuario con toda comodidad.
Con el paso de los años veinticinco, exactamente se fue comprobando que
la comodidad no era tanta. Y si no, que se lo preguntaran a Tomás, el
maquinista, que se las veía y deseaba para poner en marcha aquella
locomotora pesadota que soltaba, al arrancar, un largo chorro de humo
blanco, formando una neblina caliginosa y parduzca de vapores y
carbonilla, entre la que los viajeros se tenían que despedir casi a
tientas...
A pesar de todo, a doña María le gustaba viajar en este tren. ¡Qué
delicia escuchar cómo los jadeos de la locomotora se iban convirtiendo
en un trac trac monocorde, mientras la bocanada de vapor se diluía en
tenues fumarolas grises sobre la silueta imponente de los Picos de
Europa! ¡Qué maravilla contemplar, desde las ventanillas, las casas con
los tejados de color ocre, el puente de piedra, las huertas, las
sementeras, los prados, los caminos bordeados de castaños y las orillas
fangosas del río, mientras se perdía en la lejanía el perfil de la
iglesia, que el bueno de don Lino , un antiguo párroco, había tardado
diez años en construir! Más bien, en empezar a construir...
Sí; realmente se daba cuenta ahora , este pequeño tren de vapor de la
Compañía Angloespañola que transportaba manganeso desde las minas de
Bufarrera tardaba una enormidad. Era verdad lo que comentaban los
vecinos: no tenía fuelle suficiente para las cuestas y habían hecho bien
en jubilarlo; no era más que un trenezuelo de vía estrecha sin
pretensiones; una antigualla de comienzos de siglo; pero... había un
pero: a pesar de sus traqueteos entre emisiones de carbonilla, a pesar
de sus vaivenes bruscos y sus bamboleos frenéticos sobre las vías, a
pesar de todo, aquel "caballo de hierro" era humano; dentro de aquellos
vagones de madera pintados de verde se podía hablar, reír y cantar sin
agobios, como en las antiguas diligencias que había conocido en su
niñez; y además...
... Además, aquel tren, que iba y venía constantemente a los pies de la
Virgen, era como el símbolo de su propia vida. Su vida había
transcurrido casi siempre aquí , entre estos concejos del oriente de
Asturias; primero en Caravia, junto al oleaje furioso del Cantábrico, en
la otra falda de la montaña; y luego, a partir de 1901, cuando se casó,
en este pueblecito recostado junto a la ribera del Sella , uno de los
cinco ríos astures que el Rey Alfonso el Sabio llamó "ríos caudales".
Amaba este río; un río impetuoso , arisco, bravo, casi salvaje, como los
torrentes que descendían, entre riscos y desfiladeros, desde los heleros
perpetuos de los Picos de Europa hasta las aguas frías del mar. Este era
su mundo: montañas, mar y cielo.
Ese mundo, como este tren, se iba desvaneciendo poco a poco... Ya no
volvería a escuchar los gritos de Cuétara o Hipólito, los interventores,
anunciando las próximas estaciones:
¡Laaas Rozas!
¡Villanueva!
¡Cangas de Oniiiiís!
Cangas de Onís... Años atrás, cuando era una joven alumna de la Escuela
de Magisterio en Oviedo, había estudiado la historia de este pueblo,
célebre por su puentón medieval de cinco ojos, que fue capital de la
monarquía asturiana y corte de don Pelayo allá por el siglo VIII. Los
niños de las escuelas repetían de memoria los nombres de los reyes:
Favila, Alfonso I, Fruela I, Aurelio, Silo, Mauregato, Bermudo y Alfonso
el Casto, que trasladó definitivamente la Corte a Oviedo...
En 1898, al acabar la carrera de Magisterio, ella había evocado estas
glorias locales durante la kermesse patriótica que se organizó en
Caravia. España estaba destrozada por el desastre de la guerra de Cuba,
y parecía desmoronarse en medio de un pesimismo derrotista e indolente.
Entonces, con la intrepidez de sus veintiún años, quiso recordar a sus
paisanos la necesidad de aprender las lecciones del pasado. "Aquí —dijo
bastante nerviosa, porque era la primera vez que hablaba en público y le
estaba escuchando la flor y nata de su pueblo—, aquí mismo, en la
pequeña patria, ahí cerca de nosotros, está un perenne monumento de lo
que fuimos y lo que somos, de lo que valemos y de lo que somos capaces
de lograr en los momentos angustiosos, en las crisis supremas de nuestra
historia" .
También ella, a lo largo de su vida, había atravesado situaciones
terribles y angustiosas... En esos momentos tomaba el tren de Covadonga,
llegaba hasta Repelao y subía hasta las inmediaciones del Santuario,
confundida entre los peregrinos que visitaban la cueva de don Pelayo y
leían en voz alta la inscripción exterior del sarcófago:
AQUI YAZE EL S.REY DON PELAIO
ELLETO EL ANO DE 716 QVE EN
ESTA MILAGROSA CUEBA COME
NZO LA RESTAURACION DE ESPA
ÑA BENZIDOS LOS MOROS FALLE
CIO
ÑO 737 Y LE ACOMPAÑA SS MUGER Y
ERMANA
Se arrodillaba luego junto a la Virgen y rezaba y rezaba sin cesar, con
toda su alma, como cuando le dijeron lo de José María...
* * *
No sólo subía al Santuario en las situaciones difíciles. Había acudido
al Real Sitio a lo largo de su niñez y de su juventud, cuando era una
mocita casadera como las que se arremolinaban en torno a la fuente del
matrimonio, cantando entre risas: "La Virgen de Covadonga / tiene una
fuente muy clara / la niña que en ella bebe / dentro del año se casa".
A veces, tardaba en cumplirse el plazo establecido; y alguna que se
había quedado compuesta y sin novio entonaba otro cantar, mitad oración,
mitad queja confiada:
Oh, Virgen de Covadonga
muy de veras te lo digo
que no vuelvo más a verte
hasta que me des marido.
Era un cantar casi irreverente, pero lo disculpaba la impaciencia; una
impaciencia parecida a la de Vicente, cuando le envió aquellos versos
poco antes de casarse:
Basta de noviazgo, mi cara María
dame ya tu mano ¡oh mi dulce bien!
Verás cual te arrulla tu amante marido
como a un niño en cuna con suave vaivén ...
* * *
Doña María entornó las contraventanas y corrió los visillos. ¡Qué
diferentes serían ahora, sin aquel tren, sus viajes a Covadonga para
rezar ante la Santina! Ya nada sería lo mismo... Todo había cambiado
desde el verano anterior, desde aquel día de julio del 32 en el que se
le había ido José María...
«Como a un niño en cuna con suave vaivén...». Nunca podría olvidar aquel
terrible día de julio; ni aquel lejano febrero de 1902, ni el temporal
de nieve...
Cual si de nuevo naciera
alegre a tu voz despierto...
I
ARRIONDAS, 5 DE FEBRERO DE 1902ARRIONDAS, 5 DE FEBRERO DE 1902ARRIONDAS,
5 DE FEBRERO DE 1902
Un temporal de nieveUn temporal de nieveUn temporal de nieve
Los viejos del lugar no recordaban nada parecido. El Carbayón, la gaceta
regional asturiana, informaba que gran parte de España y Europa sufrían
las inclemencias de aquel temporal. En París se había helado la parte
alta del Sena y el puerto de Marsella estaba cerrado desde hacía varios
días. En Reinosa la nieve superaba el medio metro de altura y el Nuestra
Señora de Aránzazu, un vapor de mil toneladas que se dirigía en lastre
hacia Avilés, se había estrellado contra la costa, entre Tangón y
Fuentenegra. No llegaba el correo, y en Madrid los coches no podían
circular por las calles atestadas de nieve. Se suspendió una sesión del
Senado a causa del temporal; algo no previsto en el Reglamento... .
Aquel día don Vicente Somoano , secretario del Juzgado Municipal de
Arriondas, atravesó la plaza del pueblo enfundado en su abrigo y aterido
de frío. Llegó a su despacho en el Ayuntamiento y comprobó que no todo
son diligencias, providencias, actos de conciliación, juicios de faltas,
autos y sentencias; de vez en cuando, un secretario del Juzgado debe
realizar tareas sumamente agradables. Se sentó en su gran sillón rojo,
se frotó las manos y sonrió satisfecho cuando le mostraron el documento
para que lo firmara:
"En Arriondas, capital del término de Parres, a las once del día cinco
de febrero de mil novecientos dos, ante D. Luis de la Fuente Portilla,
Juez Municipal, y D. Amancio Rivero y Rivero, suplente Secretario,
compareció D. Vicente Somoano Uncal, natural de esta villa, casado,
mayor de edad, Secretario en propiedad de este Juzgado, y domiciliado en
la misma, según cédula personal señalada con el número 81, con objeto de
que se inscriba en el Registro civil un niño.
Al efecto, como padre del mismo, declaró: Que dicho niño nació en la
casa paterna el día de ayer a las diez. Que es hijo legítimo del
declarante y de Doña María Berdasco Caravia... .
Mientras firmaba, entre las enhorabuenas de sus colegas, no podía
disimular su alegría: ¡Ya era padre de un hijo!
Un pueblecito de Asturias
"Me imagino —recuerda Víctor Somoano — la ilusión de mi padre al
inscribir en el Registro Civil a su primer hijo, mi hermano José María
Somoano. En ese documento se especifica además el nombre de mis abuelos
paternos, que se llamaban Vicente y Máxima, y procedían de Fuentes y de
Caravia; y el de los maternos, Fabián y Cristina, que eran de Villaverde
(Belmonte) y de Caravia, respectivamente. Nuestros apellidos están
vinculados a los concejos asturianos de Parres, Cangas de Onís,
Ribadesella y Llanes, pero a causa de diversas circunstancias mis
abuelos paternos se vinieron a vivir a Arriondas. Y aquí nacieron mi
padre y mis hermanos.
En 1902, cuando nació José María, Arriondas era un pueblecito
pintoresco, situado en un enclave excepcional, junto a la confluencia de
dos ríos, el Sella y el Piloña, rodeado de pomaradas, robledales y
castañares inmensos. Recuerdo, de pequeño, cómo pasaban los vagones de
los trenes cargados de castañas... La mayoría de los vecinos eran
ganaderos y agricul¬tores, aunque también había algunos indianos, que
habían regresado al pueblo después de hacer las Américas con mayor o
menor fortuna, y que formaban lo que llamábamos el 'círculo de los
americanos'. Era un lugar sosegado, y sereno, donde nadie, salvo Mambuxu,
hacía nada de par¬ticular" .
Mambuxu
¿Quién era Mambuxu? ¿El alcalde? ¿El médico? ¿El maestro? ¿Un personaje
local? Un personaje sí era, aunque un tanto singular. Era un vecino de
Cuadroveña , de mediana estatura, con ojos vivaces y grandes bigotones.
No estaba demasiado en sus cabales, pero los parregueses le cuidaban y
querían, al tiempo que se divertían con sus ex¬centricidades. Ya estaban
acos¬tumbrados a verle deambular por las calles del pueblo con su
mandilón de xatero color marrón , entre un enjambre de niños...
De poetas y de locos, todos tenemos un poco, asegura el refrán; y
Mambuxu, para ciertas cosas estaba loco, loquísimo, loco de atar; pero
era un loco bueno y cariñoso; un loco simpático y solemne, piadoso y
ordenado, que gozaba de una memoria prodigiosa y una labia florida y
grandilocuente. Sus vecinos le decían que iba desaliñado, cosa que no
comprendía. ¿Desaliñado? ¡Si se mudaba de ropa todos los días! ¡Si tenía
siete camisas, siete chalecos, siete corbatas, siete chaquetas y siete
pantalones: es decir, ropa para el lunes, para el martes, para el
miércoles...! Además, cuando acababa la semana se cambiaba, poniéndose
de nuevo la ropa del sábado anterior, sin lavarla, naturalmente. ¿Sucio?
¡Los sucios eran ellos! ¡Con lo que le gustaba el agua! El lunes tomaba
un vaso de la fuente del pueblo; el martes dos, el miércoles tres; y así
lo hacía todo, con orden y concierto, metódicamente, sin variar un ápice
su inalterable ritmo de vida.
Por eso se irritó tanto Mambuxu cuando don Lino, el párroco, decidió que
su querida iglesia de San Martín de Cuadroveña , que se erguía, altiva y
hermosa con su espadaña en uno de los miradores más bellos de Asturias,
iba a dejar de ser la parroquia de Arriondas, porque se iba a construir
un nuevo templo en medio del propio pueblo. ¡Cambiar de sitio la
parroquia en la que él asistía devotamente sin perderse uno a todos los
entierros! ¡Cambiar de sitio la iglesia en la que iba, año tras año, a
su novena del Carmen, de rodillas, desde el principio hasta el final!
Aquello le escandalizó, y le dio pie para nuevas herejías y divagaciones
pseudoteológicas:
"Porque yo proclamaba a voz en grito en cuanto a la Virgen... ¡estoy con
el Papa! Pero en cuanto al Papa... ¡estoy con Lutero!".
No; no le valieron a Mambuxu las razones de don Lino, ni las de don
Marcelino, el párroco siguiente, que vino en 1906 , cuando le explicaban
que de ese modo los feligreses del pueblo ya no tenían que dar, como
antes, una larga caminata para subir a la ermita. ¡No, no, y mil veces
no! Aquello fue una ofensa para sus costumbres inalterables y sus pies
no se dignaron pisar jamás lo que llamaba, desdeñosamente, el conventón.
—¡Nunca entraré en ese lugar! ¡Nuncaaa!
—¿Y cuando te mueras, Mambuxu? ¿Qué haremos?, le pregun¬taban,
socarronas, las vecinas.
—Cuando me muera —reconocía cabizbajo ; yo sé que me llevaréis allí.
Pero cuando esté dentro... ¡Cuando esté dentro me levantaré de mi ataúd
y gritaré!: ¡Cobardes! De muerto me metisteis; que de vivo... ¡no
pudisteis! .
Don Vicente SomoanoDon Vicente SomoanoDon Vicente Somoano
"En aquellos primeros años del siglo recuerda Cristina Somoano cuando
nació mi hermano José María, mis padres contaban con bastantes bienes de
fortuna y llevaban una vida sosegada y placentera. Durante el verano
solían pasar muchas horas en una huerta que teníamos cerca de casa. En
el otoño salían a pasear por las cuatro carreteras que confluyen en el
pueblo, que en aquel tiempo estaban casi desiertas: sólo se veían, de
tarde en tarde, los carros correo, y aquellas viejas carretas del pan
con los varales forrados de blanco y alguna que otra diligencia... En
invierno subían por la falda de la montaña y con¬templaban las puestas
de sol sobre los Picos de Europa, cuando las nieves adquieren tonos
nacarados a la luz del atardecer. Durante la primavera caminaban por el
campo: mi madre volvía siempre a casa con ramitos de acacia, azahar,
tomillo, mimosa..." .
"Otras tardes —añade Julio Somoano— después de trabajar en el juzgado,
mi padre acudía a algunas de las tertulias del pueblo, como la que se
organizaba en Casa Tereñes o en Casa Pepito; o se acercaba al Café
Español,donde se comentaba todo lo que sucedía en el país" .
Cuando nació José María los contertulios de toda España tenían un tema
obligado de conversación: los grandiosos festejos con los que se había
celebrado en Madrid la Jura de Alfonso XIII, con corridas de toros,
obras de teatro y ese nuevo deporte extranjero que llamaban foot ball...
El rey había cumplido dieciséis años, y con su mayoría de edad acababa
¡por fin! la más larga de las regencias españolas.
* * *
"Mi padre no tenía ninguna filiación política —explica Víctor Somoano—
quizá a causa de la función que desempeñaba, pero era de un talante más
bien liberal, con un liberalismo acorde al de los intelectuales de su
tiempo" .
"Sí —asiente Cristina—, era un liberal en el sentido más noble del
término: sereno, abierto, comprensivo, respe¬tuoso con todos... Nunca le
oí levantar la voz. Y era muy culto" . "Tenía alma de poeta añade Julio
y le gustaba componer poemas para recitarlos en algunas fechas
señaladas. Recuerdo aquel poema que le compuso a mi madre con motivo de
su aniversario:
¿Te acuerdas? Hoy se cumple
el año veintitrés de nuestra boda
aquel cinco de junio que he grabado
con señal indeleble en mi memoria.
Esa fecha feliz, que el alma mía
recuerda con placer, amada esposa..." .
Doña MaríaDoña MaríaDoña María
"Mi madre —prosigue Víctor— tenía una gran personalidad. Era alta,
elegante, atractiva... todo un modelo de belleza clásica. Tenía una
mirada profunda y apacible, y solía llevar el pelo recogido hacia atrás
con un moño. Hablaba con un acento nítidamente castellano, porque había
nacido en Madrid, aunque luego, al enviudar su madre, se trasladó a
Caravia" .
"Siempre estaba de buen humor —añade Cristina— y era muy caritativa: no
había persona necesitada que llamara a su puerta y se marchara de vacío;
y a pesar del poco tiempo que le dejaba la crianza de tantos hijos,
sacaba un rato los domingos para dar una clase, en la parroquia, a las
muchachas de servicio. Le preocupaba especialmente la educación de sus
hijas, porque había leído en su juventud Pequeñeces, del Padre Coloma, y
nos quería prevenir de ciertas frivolidades. Al mismo tiempo, era muy
comprensiva y procuraba disculpar a todo el mundo, sobre todo a las
chicas jóvenes. Cuando le contaban un desliz de alguna muchacha del
pueblo, cortaba en seco:
—Mira, hija mía: ¡si a una mocita joven la engaña cualquiera!
Lo del carroLo del carroLo del carro
Tuvo que padecer mucho, y, desde luego, lo del carro supuso para ella
uno de los sufrimientos más amargos de su vida. Me lo contó muchas
veces. Sucedió en 1904. Mi hermano José María tendría unos dos años y
medio. Mi madre no le dejaba bajar a la calle, pero aquel día consintió
en que jugara en la acera de la casa con unos primos pequeños y otros
amigos. Entonces, en un despiste de los que le cuidaban, cruzó la calle
en el preciso momento en el que pasaba un gran carro cargado con cajas
de viajante. Una de las ruedas le pasó por encima del vientre. Nadie se
explicaba cómo no lo mató. Avisaron enseguida a mi madre... ¡Ay, cuando
llegó y lo vio allí, desvanecido, en medio de la carretera!
...Cuando lo vio así se lo ofreció de nuevo al Señor, como había hecho
nada más nacer, diciéndole:
Dios mío: si me lo dejas con vida, te prometo que haré cuanto esté de mi
parte para que sea sacerdote.
Todos estaban alborotados, atendiendo al niño e intentando calmarla.
Entonces una muchacha le recomendó que lo ofrecieran a San Gregorio
Papa, que se venera en Cúa, en el concejo de Piloña.
Así lo hicieron, y gracias a Dios, con la ayuda de las oraciones y las
medicinas fue recuperándose de forma portentosa: todos los que habían
presen¬ciado el accidente decían que era milagroso que no hubiese muerto
en el acto. Y cuando estuvo bien —ya que hubo un tiempo en que dejó de
andar— mis padres fueron de nuevo a Cúa para agradecer a Dios la
curación de José María, su primer hijo varón" .
II
SIEMPRE LO PRIMEROSIEMPRE LO PRIMEROSIEMPRE LO PRIMERO
Cosas que no se olvidan nuncaCosas que no se olvidan nuncaCosas que no
se olvidan nunca
"Y la familia iba creciendo... Un año antes de lo del carro cuenta
Cristina Somoano , en marzo de 1903, nació mi hermana Luz y en 1905, el
último día del año, mi hermano Vicente. Dos años más tarde nació
Enriqueta y en 1909, mi hermano Luis .
Lo de Luis fue una pena... Cuando tenía dos años se puso enfermo y mi
madre llamó a un médico, diciéndole que ella pensaba que tenía difteria
y que todavía estaban a tiempo de curarle; pero el médico no le hizo
caso. Pensaría quizá que era un temor, una aprensión propia de mujeres.
El caso es que al cabo de pocos días, falleció. Era difteria.
Luego nació mi hermana Carmen, en 1911 . Y al año siguiente, a finales
de octubre, Leopoldo . Y tres años más tarde, en 1915, Julio .
* * *
Hay cosas que no se olvidan nunca continúa Cristina , aunque pasen los
años. Por ejemplo, aquellas oraciones que me recitaba mi madre nada más
levantarme. Es como si la estuviera viendo. Abría las ventanas, entraba
la luz a raudales, me besaba y me susurraba, suavemente:
Mis ojos a Ti se alcen
al ver hoy la luz del día.
Mi lengua tu nombre ensalce
cantándote el alma mía
las primicias de tu amor.
Bendito seas, Señor,
Bendito seas,
Tú que deseas
siempre mi bien.
Bendito. Amén.
Y continuaba: cual si de nuevo naciera / alegre... Era algo así como
alegre... Ah, sí: alegre a tu voz despierto. Y..., lo siento pero ya no
me acuerdo de más" .
"Luego —cuenta Julio—, tras el desayuno, nos íbamos a las Escuelas
Nacionales, que estaban cerca de la Plaza del Ayuntamiento donde
trabajaba mi padre. Tenían unos grandes ventanales desde los que se veía
el crucifijo, el retrato de Alfonso XIII, y al bueno de don Cipriano, el
maestro, que nos enseñaba las primeras letras, por grupos, a todos los
niños del pueblo. Don Cipriano componía la pura estampa del maestro
tradicional: benévolo, paternal, cariñoso, con un gran bigotón de guías
recortadas al estilo del siglo pasado. Era muy culto y muy amante de los
latines: cuando veía que nos juntábamos determinados amigos, fruncía el
ceño y nos soltaba un Similis similem quaerit! ,¬ que sólo al cabo de
los años he sabido qué quería decir...
El sábado era el día más esperado de la semana. Ese día sólo teníamos
dos horas de clase; a las once, don Cipriano nos daba una plática
exhortándonos a acudir a Misa al día siguiente; y a continuación se
rifaba un real...
Ese día había mercado en la Plaza del Ayuntamiento. Las mujerinas de los
pueblos cercanos acudían con sus grandes banastos y vendían de todo
sentadas en el suelo: huevos, manteca, fabes y arbeyos, que es como
llamamos a los guisantes por aquí. Traían la fruta en plena sazón; del
árbol al cesto: manzanas de reineta, cerezas, peras... Y la carretera se
llenaba de borricos con las alforjas rebosantes de avellanas, nueces,
castañas, aves de corral... Venían los de Pola de Siero, los polesos,
con sus blusones negros y unas tijerotas en la mano, para vender ganado.
Era un espectáculo: los pequeños nos reunía¬mos en torno a los que
pujaban por comprar un caballo, una vaca o un xato . Tras el regateo,
cuando los compradores se ponían de acuerdo, el mediador les unía las
manos y pregonaba con grandes voces la cantidad acordada. Entonces los
polesos marcaban al animal con un signo que indicaba que lo habían
comprado, y para celebrarlo se iban a un chigre a tomar la robla .
Yo disfrutaba especialmente viendo trabajar a los componedores de
paraguas y a los afiladores de Orense, mientras algún aficionado tocaba
el acordeón o la gaita, o escuchando a los charlatanes que intentaban
engatusar a los viandantes:
¡Señoras y caballeros! ¡Presten atención! ¡Les traigo algo nuevo y
maravilloso! ¡Lo nUUUUuunca viiiisto...!" .
"Muchas veces, de improviso continúa Cristina , se desencadenaba la
tormenta y cada uno corría a guarecerse donde podía. Nosotros
esperábamos la llegada de nuestra madre, que venía cargada con las
madreñas de cada uno y un paraguón enorme con el que nos cubría a todos.
A las doce de la mañana todo se detenía. Nos reuníamos con ella en la
cocina, y rezábamos el Angelus. Poco después, a la una y media, nos
congregábamos en torno a la gran mesa del comedor, que de niña me
parecía inmensa, y saboreábamos las fabes estupendas que nos preparaba.
Era muy buena cocinera, y a pesar del trabajo que le dábamos ¡qué gozo
para ella vernos a todos reunidos alrededor de la mesa! La recuerdo así:
encantadora, optimista, alegre, desviviéndose siempre por hacernos
felices...
Por la tarde íbamos de nuevo a la escuela y, al volver, merendábamos en
medio de una gran algarabía. Los mayores tomaban invariablemente
chocolate en taza; a los más pequeños nos daban rebanadas de pan, que
estaba riquísimo en aquellos tiempos, con mantequilla y azúcar, o
pastelillos de chocolate con nueces, higos pasos, queso y fruta... Al
anochecer, rezábamos el rosario, de rodillas hasta el segundo misterio y
desde la letanía hasta el final, como se acostumbraba entonces.
Dirigía el Rosario cada día un hermano distinto, y claro, a esas edades,
bastaba el vuelo de una mosca para que nos echáramos a reír... Tanto
jaleo armábamos que mi madre le preguntó a don Pablo , el párroco, si
aquel Rosario valdría para algo:
—Mire usted, es que arman tanto jaleo y tanto alboroto...
—¡Siga, siga! —la animó don Pablo, divertido—. Y quédese tranquila,
porque a pesar del jaleo... ¡esas avemarías llegan al Cielo!
Para que nos estuviésemos quietos nos prometía un caramelo o una
estampa; pero no había modo. Cuando eran pocos hermanos, José María,
Luz, Vicente, Enriqueta... resultaba más fácil; pero luego, cuando
fuimos tantos, un día era uno el que alborotaba y otro día otro. Víctor
era uno de los que más revuelo armaba, aunque al acabar se ponía muy
modoso y preguntaba con vocecita de niño bueno:
—Mamá: ¿quien ganó la estampa?
Y luego cantábamos, reíamos... La infancia de José María fue, como la
nuestra, una infancia llena de alegría. Mi madre amaba mucho la música:
sabía tocar el piano y cantaba muy bien. A mi padre también le gustaba
cantar y formaban un duo realmente espléndido. Además, narraba sucesos
de la historia de España, y nos comentaba las escenas del Evangelio...
¡Qué agradables recuerdos... evocaba José María al recordar aquellas
veladas de invierno en que mi madre nos hablaba de Dios, nos contaba su
crudelísima Pasión o los milagros que hacía la Virgen! .
Por las noches rezábamos el Señor mío Jesucristo, el Bendita sea tu
pureza, las tres avemarías y la oración al Angel de la Guarda: Angel de
Dios / bajo cuya tutela me puso el Señor... . Y nos dormía¬mos. Nunca he
olvidado esas oraciones que me enseñó mi madre y al igual que mis
hermanos, las sigo rezando todavía.
Como queriéndole decir
Nuestra madre nos quería con toda el alma; pero el gran amor de su vida
fue, sin duda, la Eucaristía. Iba a Misa todos los días y en cuanto algo
la apenaba o la inquietaba, exclamaba enseguida: ¡Alabado sea el
Santísimo Sacramento!, y se quedaba en paz. Y siempre que podía,
habitualmente a primeras horas de la tarde, se acercaba a la iglesia
para hacer una Visita al Santísimo, que solía concluir con aquella
plegaria:
Oh admirable Sacramento
de la Gloria dulce prenda
seas por siempre alabado
en los Cielos y en la tierra.
Luego, se sentaba en la primera fila, cerca del Sagrario, sacaba un
librito y buscaba una página donde ponía: Quince minutos en compañía de
Jesús Sacramentado, y me decía:
—Tú me lo vas leyendo con calma, despacito, despacito, para que podamos
rezar ...
Nos inculcó también la devoción de los primeros viernes. Quería que
aquel día nos pusiéramos nuestros mejores vestidos, para recibir al
Señor, aunque después nos tuviéramos que cambiar de ropa para ir a la
Escuela. "El Señor es siempre lo primero nos recordaba y se merece
siempre lo mejor".
Nos preparaba con gran ilusión para recibir la primera Co¬munión y
disfrutaba muchísimo en la fiesta del Catecismo, que era una celebración
verdaderamente hermosa. El párroco invitaba para la ceremonia a un
orador de campanillas; se rifaba un corderito y por la tarde, los niños
sacaban en procesión al Niño Jesús y las niñas, a la Virgen Niña.
José María hizo la Primera Comunión el 4 de junio de 1911. Mi madre nos
contaba siempre lo contento que estaba aquel día y como la miró, cuando
desfilaba por la tarde en la procesión, con su chalina y sus pantalones
bombachos, sosteniendo el estandarte del Catecismo. Fue una mirada llena
de inteligencia y alegría, como queriéndole decir... .
Era un chico recio, vivo, ardoroso, muy enérgico y, al mismo tiempo, muy
equilibrado y sereno de cabeza; tenía mucho carácter, pero se esforzó
siempre por dominarse a sí mismo. Esto se comprobó el día que le tocó el
real en la rifa de los sábados. Habitualmente los niños salían de la
escuela, locos de alegría, gritando: ¡Me tocó, me tocoooó! Él no; llegó
a casa, dejó parsimoniosamente su cartera en el suelo y le mostró la
moneda a mi madre.
—Mira, mamá —dijo, conteniendo la emoción—: me tocó el real.
La vocación
En cuanto a su vocación al sacerdocio... por lo que nos contó mi madre,
sé que fue siempre un chico bueno y piadoso; y he sacado la conclusión
de que aquella fue la única y la gran ilusión de su vida. Siempre y sólo
quiso ser eso: sacerdote.
Muchas veces, al oír que faltan vocaciones sacerdotales, he reflexionado
sobre esto... y pienso que la vocación de José María fue un don de Dios
que creció en tierra buena; una tierra que mi madre cultivó a fuerza de
sacrificios, y en la que sembró ideales de entrega y santidad. Y estoy
segura de que Dios escuchó sus oraciones, su ilusión por ser madre de un
hijo sacerdote, y que aquella mirada, durante la procesión de la Primera
Comunión, fue la respuesta de José María...
Veo también que los padres pueden enseñar a sus hijos a amar a Dios
desde muy niños... y me pregunto a veces si, más que vocaciones al
sacerdocio, lo que falta realmente son padres verdaderamente cristianos
que sepan sembrar esos deseos de entrega en el alma de sus hijos... ¡Qué
ilusión tuvo mi madre cuando José María le dijo que quería irse al
seminario! No hacía más que decir:
¡Qué alegría! ¡Qué alegría! ¡Dios me concedió lo que le pedí y vamos a
tener en casa a un hijo sacerdote!
Comprobaron luego mis padres que era una decisión libre y firme; se
pusieron en contacto con don Manuel Fernández, un sacerdote de
Cornellana, amigo de la familia, que era abad de la Colegiata de Alcalá
de Henares, y convinieron que José María iría a estudiar al Seminario
que había allí .
A José María le debió costar mucho aquella separación. Alcalá estaba
lejos y éramos una familia tan unida y feliz... y siempre cuesta dejar a
la propia familia. Pero mi madre nos había enseñado a poner siempre a
Dios en primer lugar. Y ahora me doy cuenta de cuánto le debió costar
también a mi madre verle partir para el Seminario y de cuántas cosas
tuvieron que privarse mis padres para formar una familia numerosa y
cristiana. Pero el Señor era lo primero para ella, como nos recordaba
cada primer viernes de mes, cuando nos vestía con nuestras mejores
galas:
Mirad, hijos míos: Dios es lo primero; siempre lo primero. Y se merece
lo mejor... .
III
>>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<< |