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COMO UN MAR SIN ORILLAS

EL TRABAJO DEL OPUS DEI EN CENTROAMERICA

Recuerdos sobre los comienzos

Antonio Rodríguez Pedrazuela

 

El apostolado de mis hijos

es como un mar sin orillas.

Josemaría Escrivá

 

ESPAÑA

1.

1936-1939

DE MADRID A MADRID, PASANDO POR SANTIAGO

 

Una declaración de amor

Un día, por fin, me decidí:

-¿Me quieres?

Ella musitó azorada, bajando los ojos:

-Sí...

Y le entregué mi regalo: una barra de labios. Ella me ofreció tímidamente el suyo: una insignia del Partido Comunista con la hoz y el martillo resplandecientes. Corrí a enseñársela a mis padres, más contento que unas pascuas: ¡ya éramos novios! ¡Novios formales!

Qué ingenuidad la mía: no sabía que los enamorados son unos incomprendidos; porque mis padres, en vez de emocionarse y abrazarme; o de desheredarme y echarme de casa, como en las películas... ¡se echaron a reír!

Se echaron a reír y siguieron riéndose hasta que entendí dos cosas: primero, que un noviazgo formal a los diez años resulta ligeramente prematuro; segundo, que los enamorados no suelen regalarse insignias del Partido Comunista. ¿Por qué?, me preguntaba yo en aquel lejano 1937. ¡Si se veían hoces y martillos por todas partes!: en los cartelones de propaganda, en las marquesinas de los cafés, en las banderas de los manifestantes... Naturalmente, no tenía la más remota idea de su significado: como tantos niños españoles de mi tiempo, no entendía qué sucedía a mi alrededor.

Por ejemplo: no entendí por qué, a comienzos del verano de 1936, no nos fuimos a veranear a Santander, como de costumbre, sino que permanecimos en aquel Madrid tórrido y agitado, entre tumultos y requisas, iglesias incendiadas y gentes que desfilaban cantando por los bulevares:

¡Si los curas y frailes supieran

la paliza que les van a dar...!

Era una época de silencios incomprensibles. ¿Por qué? -inquiría yo, una y otra vez- ¿Por qué se insultan? ¿Por qué se amenazan? ¿Por qué...? No había respuesta. ¿Cómo explicar a un niño las razones oscuras del odio, y el absurdo de la violencia? Qué responder cuando pregunta: ¿Por qué se matan de ese modo, papá?

Los recuerdos de los ancianos son como palabras escritas en el agua; los de los jóvenes, trazos indecisos en la arena; pero los recuerdos de los niños se graban a fuego en el alma... y me veo todavía, con nueve años, en aquel Madrid confuso, huyendo del terror de los obuses, tapándome los oídos ante el traqueteo de los pacos; corriendo bajo los bombardeos agarrado del brazo de mi madre...

¡Los bombardeos! Sonaban las sirenas y se desataba el pánico: una espiral alocada de llantos, gritos, prisas y carreras hacia los sótanos. Sólo se quedaba arriba, escondido en los pisos altos, mi primo Fausto, que se había refugiado allí para que no le mataran. Eso era muy peligroso: corría el riesgo de que le alcanzara alguna bomba; un día, de hecho, se incrustó un obús en el tejado, y hubo una explosión que hizo saltar en pedazos todos los cristales de la casa. Se salvo de milagro.

A partir de aquel verano de 1936 todo fue distinto: empezaron a caer, como hojas muertas, las tardes grises de un otoño sin colegio y comenzamos a escuchar en la radio arengas encendidas, partes de guerra y soflamas militares. Cuando creían que no les escuchábamos mi hermano Luis y yo, los mayores hablaban, entre susurros y medias palabras, de registros y sacas, de denuncias y checas, de detenciones y fusilamientos, y de paseos nocturnos que acababan en un charco de sangre junto al paredón del cementerio...

Vinieron luego las discusiones agrias en las colas del pan; vinieron las cartillas de racionamiento -100 gramos de carne, 100 gramos de legumbres y 50 gramos de sopa por día; 50 gramos de café una vez por semana-; vinieron las intrigas y los vericuetos turbios del mercado negro. Colgaron de los costados de los tranvías unos cartelones que indicaban: "Al frente"; porque el frente estaba allí: cerca, muy cerca, tras los últimos tejados y azoteas de aquel Madrid desgarrado, marrón y azul, con ribetes de provincia y sueños de metrópoli. "¡Han llegado!" -gritaban-. "¡Los moros ya están en el Manzanares!". Y se luchaba a sangre y fuego en el cerro de Garabitas, en los Carabancheles, en Villaverde, en Usera, cuerpo a cuerpo, casa a casa.

Desde aquel mes de julio mi vida quedó rasgada en dos: antes y ahora.

Antes yo iba a la Academia de San Lucas y asistía todos los domingos a la iglesia de Maravillas, donde había un Cristo al que mi madre le tenía mucha devoción. Luego entrábamos en la Casa de Campo con un pase familiar, y jugaba con Luis entre los pinos, con la ilusión de atrapar algún conejo o alguna ardilla despistada... Y por las tardes merendábamos en Molinero.

Ahora ya no había colegio: lo habían cerrado. Ni meriendas: no había dinero. Ni iglesia: la habían convertido en bodega. Al Cristo de Maravillas lo habían mutilado -una palabra que aprendí entonces- y en la Casa de Campo se combatía.

Todo había cambiado de nombre y de sentido: ya no repicaban las campanas; ya no se decía "adiós", sino "salud"; ya no se celebraban los Reyes Magos, sino la "Fiesta del Niño"; hasta el Cerro de los Ángeles se había teñido: ahora se denominaba "el Cerro Rojo"; la calle San Buenaventura, Escuela Marxista; Conde de Peñalver, Avenida de la Unión Soviética; y la Gran Vía, Avenida de Rusia, aunque en el argot popular la llamaban "de los obuses", por los muchos que caían... Junto a Un par de gitanos, de mis admirados Laurel y Hardy -"el Gordo y el Flaco"-, anunciaban películas como El carnet del Partido, Días de maniobra o Tres canciones sobre Lenin. "¡No pasarán! ¡No pasarán!" -proclamaban las pancartas-. "¡Madrid será la tumba del fascismo!" Hasta los periódicos mudaron de color en aquel extraño caleidoscopio político: el monárquico ABC se volvió republicano, como cantaba aquella coplilla puesta en labios de un proletario (otra palabreja que aprendí entonces):

Si habrá cambiado España,

que digame usté:

¡ya todas las mañanas

leo el ABC!

Un viaje al amanecer

Hasta que una noche de mayo de 1937 me despertó mi madre con mucho sigilo mientras dormía, y tras vestirme a toda prisa, me hizo bajar por las escaleras empinadas de nuestra casa de la calle Pozas, junto con mi padre, mi abuela Consuelo y mi hermano Luis, susurrándome:

-¡No hagas ruido! ¡Despacito! ¡Despacito!

Y salimos a la calle, entre una confusión de bultos y maletones, mientras mis abuelos Lucio y María se quedaban llorando en el portal.

-¿Por qué nos vamos?

Nadie respondía a mis preguntas. Venía también con nosotros Encarnación, una cuñada de mi tía Amelia, con sus tres hijos: Alicia, que era más o menos de mi misma edad; Angelito, que tendría unos cuatro años; y María Luísa, una criatura de pecho. El marido de Encarnación -me susurró Luis en voz baja- se había quedado escondido en una casa de Madrid, lo mismo que el primo Fausto, para que no le diesen el paseo. "-¿Y por qué lo quieren matar?". "-¡Ssshhhh! -me riñó Luis-. ¡Habla más bajo! ¿Por qué va a ser? ¡Porque es de la CEDA!". "-¿Y qué es la CEDA?".

No comprendía nada. Todo era misterioso y desconcertante en aquella ciudad hosca donde la muerte acechaba, agazapada como una hiena, tras las nubes, desde donde nos bombardeaban; tras los tejados en los que se parapetaban los francotiradores; y tras siglas y nombres que poco tiempo atrás eran inocentes...

Mi madre me llevaba de la mano, casi en volandas; cruzamos varias calles oscuras y nos sumergimos a grandes zancadas en la boca del Metro, entre un aluvión de soldados somnolientos que marchaban al frente. Salimos en Goya. Poco más allá nos aguardaba un camión de carga.

"-¿Por qué nos vamos, Luis?" -seguía yo, mientras nos acomodábamos en el volquete-. "-Porque nos cercan". "-¿Y por qué nos cercan?". El camión arrancó bruscamente y comencé a contemplar en silencio, a la luz rojiza del amanecer, los perfiles de aquella ciudad cercada que abandonábamos sin saber por qué. Fueron quedando atrás las alamedas doradas del Retiro, el granito de la Puerta de Alcalá herido por la metralla, la fuente de la Cibeles, sepultada bajo una mole de sacos terreros, el blanco esplendor del Ritz, las humaredas azules de la estación de Atocha...

El camión se fue alejando, lento y triste, en dirección a la Mancha, mientras la silueta de Madrid se iba perdiendo en la lejanía. Silencioso y acurrucado junto a mi abuela, yo miraba el rostro estremecido de mi madre, con una palidez que contrastaba con el color vrede de su abrigo. Estaba enferma de mal de Pott, una dolencia que se había agravado con las carestías del cerco.

Llegamos a Aranjuez. El camión bordeó el palacio. Era como el de Madrid, pero en chiquito: algo así como los soldados en miniatura con los que jugábamos Luis y yo por los pasillos de casa. Antes, me decía Luis, le llevaban al Palacio de Oriente para ver los cambios de guardia y el desfile de los alabarderos con su casaca azul, entre el redoblar de los tambores: ran, ran, ¡ran-pa-ta-plan! "Y había un Rey -me contaba- que se asomaba al balcón y saludaba. Pero tú eso no lo has visto, porque ahora ya no hay alabarderos, ni tambores, ni rey, ni nada".

Sobre todo, pensaba yo, ahora no hay comida. Desde hacía varios meses un hambre incontenible y angustiosa me atenazaba la garganta. Pero, por fortuna, a medida que avanzábamos por la meseta de color pajizo, todo aquello iba quedando atrás, como una pesadilla... Y cuando alcanzamos Madridejos, un pueblón manchego con pajares amarillentos y graneros de adobe, pudimos comer algo impensable pocas horas antes: un par de huevos fritos con pan. ¡Pan de hogaza! ¡Pan de verdad! ¡Pan blanco!

Desde la fonda nos dirigimos a la estación, donde subimos... ¡a un vagón de ganado! "-¿Vamos a viajar aquí, papá?" "-Sí, hijo mío, sube". Seguía sin entender nada. Y así, hechos un ovillo, sentados sobre los tablones crujientes del convoy, entre frenazos, pitidos y olores nauseabundos, discurrió aquella larguísima tarde. Al cabo de varias horas el tren se detuvo. Me alcé hasta un ventanuco, y logré deletrear tras el vaho del cristal: Al-cá-zar-de-San-Ju-an.

Anochecía. Bajamos. La estación ofrecía un aspecto fantasmal. Habían enmascarado con pintura las bombillas de las farolas para no alertar a la aviación enemiga y centenares de evacuados se agolpaban en el andén, bajo una luz azulenca, entre los soldados que iban y venían del frente, en medio de una barahúnda de colchones, mantas, cestas con gallinas y todo tipo de animales enjaulados. Cenamos en la cantina: pan y patatas guisadas con costillas de cerdo, excelsos manjares que no habíamos probado en muchos meses. De pronto, Encarnación gritó:

-¿Y Angelito? ¿Dónde está Angelito?

Nos miramos angustiados. ¡Si hace un segundo estaba aquí! Le buscamos por toda la estación: "-Perdone. ¿No habrá visto usted a un niño de cuatro años, con la cara muy blanca, que...?". Nada. Nadie lo había visto. ¿Se habría perdido? ¿Lo habrían...? ¡Pasaban entonces tantas cosas terribles!

Tras unos minutos de zozobra, lo encontramos al final del andén. La pobre criatura se había quedado dormida, rendida por el viaje, entre un amasijo de fardos y colchones.

Llegó nuestro tren y nos acomodamos -es un decir- en una de aquellas inefables terceras con toscos asientos de madera. La locomotora arrancó penosamente y traqueteó durante horas y horas entre campos solitarios y estaciones anónimas, levantando a su paso un nubarrón grisáceo de hollín y carbonilla. Era incómodo, pero por lo menos íbamos sentados como personas. Al fin, exhausto por la fatiga de aquel día largo y extraño, me dormí.

Me desperté al amanecer en una estación solitaria cerca de Calasparra, un pueblo perdido de la provincia de Murcia. Tomamos una "Alsina", y llegamos hasta Caravaca. Allí preguntamos por un taxi. "¿Un taxi?" -rió, socarrón, un vecino, ante nuestra ingenuidad de forasteros-. "¡En este pueblo no hay taxis!".

Después de una intensa búsqueda encontramos una destartalada camioneta de carga que se dirigía a la Puebla de don Fadrique. Es curioso: ha pasado más de medio siglo desde entonces y he olvidado muchísimos sucesos de mi vida, pero puedo ver todavía a la abuela Consuelo sentada delante, en la cabina, junto al conductor, con la pequeña María Luisa arrebujada entre los brazos. El resto viajábamos detrás, al aire libre, agazapados entre las cubas de vino. Y recuerdo perfectamente el tantarantán monótono de aquel camión que se tambaleó durante horas por el camino, entre un mar geométrico de olivares cenicientos, levantando una polvareda blanquecina que iba cayendo lentamente sobre nuestras cabezas...

Cuando llegamos a la Puebla de Don Fadrique, en plena Sierra de Sagra, el abrigo verde de mi madre se había vuelto de un color blancuzco y mugriento. El polvo nos cubría las ropas, la cara, los cabellos, todo: parecíamos máscaras de carnaval. Fuimos rápidamente a la fuente de la plaza para quitarnos aquellas pintas de vagabundos, mientras mi padre localizaba al médico del pueblo, viejo compañero de estudios. El médico nos agasajó lo mejor que pudo, y pocas horas después -aquí sí había taxi- entreví, en el último recodo del camino, las casas blancas de Santiago de la Espada.

Santiago de la Espada

Por fin, en Santiago de la Espada. Por fin, en aquel pueblecito encaramado en una ladera abrupta de la serranía, en una linde agreste y solitaria de la provincias de Jaén, Albacete y Granada. Por fin en aquel paraje recóndito de Jaén, de origen antiquísimo, fundado en la Baja Edad Media por pastores trashumantes, conquistado en 1274 por la Orden de los Caballeros de Santiago, y bautizado con nombre de su santo Patrono.

Por fin entre aquellas buenas gentes, acostumbradas al azote de los fríos y a los vientos del Oeste. Por fin, en aquel paisaje de pinos y plantas aromáticas, con atajos angostos que la nieve cubría durante el invierno. Por fin, fuera de Madrid. Y por fin, sobre todo, la paz.

Y con la paz retornaron los juegos, las risas, las bromas, las canciones y los paseos. Y... la comida: leche de cabra y puchero campestre, de sabores serranos: caldereta pastora, gazpacho de siega, morcilla güeña, ajos de harina...

Nos alojamos en la calle de San Antonio, en casa de mi tía Amelia y mi tío Miguel. Era un caserón antiguo de tres plantas, tan grandote por fuera como absurdo por dentro: las mujeres se pasaban el santo día bajando y subiendo escaleras porque la cocina -sin agua- estaba en el tercer piso, y el comedor en el bajo...

Pronto comprobé que la vida en aquel pueblo era tan sosegada, hermosa y tranquila como monótona y aburrida; y empecé a sentir nostalgia de las bocinas de los coches por las avenidas de Madrid, del chirriar de los tranvías y hasta del chisporroteo del trole que los cobradores recolocaban una y otra vez con la pértiga. Sobre todo, echaba de menos las funciones en el Palacio de la Música con el Gordo y el Flaco, Pamplinas y Charlot haciendo payasadas y recibiendo tartazos en plena cara, entre las risotadas de la chiquillería. Pero, como a falta de pan buenas son tortas, el pueblo nos ofrecía también, todos los días, un espéctaculo gratuito, sonoro y en sesión continua: ¡qué delicia era contemplar, cuando el hielo convertía la cuesta de la fuente en una pista de patinaje, los trastazos que se daban las mozas que iban por agua, entre un estrépito de cántaros rotos, gritos y risas sofocadas!

Pero mi tío Miguel nos salvó del aburrimiento: era propietario de unas cuantas finquitas, un huertecillo y un pequeño universo de pavos, gansos, patos, gallos y gallinas que Alejo, un criado de la casa, había gobernado durante años sin problemas. Pero los nuevos vientos democráticos que luchaban por la redención del proletariado sentenciaron que el trabajo de "hortelano asalariado" era indigno de la condición humana y le obligaron a abandonarlo. Entonces mi tío nos pidió a Luis y a mí que nos ocupáramos de la huerta.

Para dos niños de la capital resultó entusiasmante pasar de la cantinela de los reyes godos -Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodoredo, Teudismundo y aquel larguísimo etcétera- al libre cultivo de las hortalizas. La tarea dura -sembrar, cavar- la hacía el bueno de Alejo (a escondidas de sus liberadores, naturalmente) y nosotros nos dedicábamos a regar (más bien, a jugar con la manguera) los pepinos, los tomates y las lechugas, sin clases, sin horarios y sin deberes. Aquello era la antesala del paraíso.

...Un paraíso que estaba demasiado cerca del infierno. La muerte visitaba día tras día las casas del pueblo: se veían, a través de las ventanas enrejadas, a familias enteras que cuchicheaban, vestidas de negro, en torno a las mesas camillas cubiertas por faldones negros. Todo lo enlutaban: las colchas, las paredes, las cortinas: era un espectáculo dantesco. Y a medida que pasaban los meses, aquel miedo opaco, aquella angustia sin rostro iba anegando los hogares del pueblo como una marea oscura que iba ensombreciendo los rostros, apagando los colores y poblando las calles de llantos y silencios. La guerra parecía no acabar nunca: a mi tío lo movilizaron y nuestra situación económica se iba volviendo cada vez más precaria.

Mi padre seguía trabajando en Madrid, en el Cuerpo Técnico de Telecomunicaciones. Iba y venía con alguna frecuencia y nos traía mercancías de la capital, gracias a las cuales, por medio del trueque, conseguíamos alimentos y medicinas para mi madre, que seguía enferma. Esas mercancías retratan la época.

Traía, por ejemplo, plumillas de escribir, marca "de la Corona". Hasta entonces los segureños, campesinos sedentarios que sólo se alejaban del pueblo para "el servicio" -el doméstico, ellas, y el militar, ellos- no habían utilizado demasiado ese producto, pero en aquel tiempo cada familia tenía un padre, un hijo o un hermano en uno de uno de los frentes de guerra y se necesitaban muchas plumillas para escribir aquellas larguísimas cartas que rezumaban esperanzas, temores y presagios:

Querido Rafael: espero que al recibo de la presente estés bien, nosotros también estamos bien, gracias a Dios. Juan, el hijo de Pedro, ha muerto en el frente, y se comenta por el pueblo que a Paco lo han matado también. ¿Tú nos podrías decir si...?

Con frecuencia los presagios se cumplían y las mujeres le pedían a mi padre que trajese de Madrid mantos de luto, unos velos negros, amplios y transparente, con los que se cubrían de la cabeza a los pies.

Traía también cosas menos dramáticas, como "azulete" -añil- para blanquear la ropa, un producto que en "la gran urbe", como se decía entonces, había caído en desuso, pero que en aquellos pagos resultaba todavía imprescindible.

Don Lorenzo

¿Sufrió usted mucho durante la guerra?, suelen preguntarme. Y siempre dudo al contestar... porque aquel tiempo me dejó un sabor agridulce en el alma: una extraña suma de penas y alegrías. Pasé, de un día para otro, de los bombardeos de Madrid a la monotonía de Santiago de la Espada; de la zozobra continua a la alegre rutina del trabajo en la huerta: me levantaba, sacaba agua del pozo, regaba mis lechugas, pescaba truchas hasta el mediodía y me bañaba en el Zumeta por las tardes (aunque de este regatillo no guardo demasiado buen recuerdo, porque estuve a punto de ahogarme). Y así, día tras día: vivía feliz. Pero a mi padre, ay, no le gustaba mi dolce far niente: ¡No puedes estar sin hacer nada! -me repetía- ¡Tienes que estudiar!

¡Ja! ¡Estudiar! -cavilaba yo para mis adentros-. ¡Estudiar con todas las escuelas cerradas a cal y canto! La guerra parecía no tener fin y las vacaciones podían durar semanas, meses, ¡años quizá! ¡Qué maravilla! ¡Años y años enteros bañándome en el Zumeta, jugando con la manguera y sacando agua del pozo!

Mi gozo en un pozo: le dijeron a mi padre que don Lorenzo Estero, el párroco de Miller, una pedanía cercana, estaba escondido en el pueblo: quizá él pudiera darme algunas clases...

Yo hubiera sentido más notalgia de mi manguera y de mis lechugas a no ser por la personalidad de aquel simpático curita de tez coloradota y jersey jaspeado que nos sonreía avispadamente tras sus anteojos de montura negra. Don Lorenzo organizó en poco tiempo una "escuela" variopinta con los hijos de los refugiados. Éramos diez o doce: algunos "mayores", como mi hermano Luis, que rebasaba la fabulosa cifra de catorce años; varios de doce y otros más pequeñajos, que rondaban los nueve, los diez, o los once, como yo.

Dios escribe derecho sobre renglones torcidos; y gracias a la guerra me encontré con aquel sacerdote que tuvo una influencia decisiva en mi alma. Don Lorenzo tenía la cultura habitual de los clérigos de la época: mucha Apologética, bastante Latín, unos gramos de Matemáticas, tres o cuatro nociones de Geografía prendidas con alfileres y... poquito más, porque en otras materias se perdía. Gracias a él me familiaricé con la Sagrada Escritura. Me enseñó, sobre todo, algo que no se aprende en los libros: el ejemplo de su propia vida.

Entendámonos: no es que yo fuera un pequeño Voltaire en calzón corto. Podía recitar de corrido el Catecismo, había hecho la Primera Comunión en junio de 1935, y a pesar de la frialdad religiosa de mi padre, en casa rezábamos el Rosario en familia. Mi abuelo Lucio, por ejemplo, no comprendía que un amigo suyo no hiciese penitencia en Viernes Santo: "¿Cómo? ¿No ayuna? -se asombraba- ¡Si hoy ayunan hasta los pájaros!"

Pero, sin ser un paganito, yo era un niño de la España republicana que había crecido en el ambiente crispado de la preguerra. Don Lorenzo supo contrarrestar eficazmente mi falta de formación religiosa y me enseñó, además, unas normas de etiqueta realmente sorprendentes:

-A ver, Antoñito: dime cómo se saluda correctamente al señor párroco, cuando uno se lo encuentra por la calle.

Aquello era tanto como aprender a saludar a los marcianos: porque en mi España (entonces teníamos dos: la "nuestra", la de los leales, y "la otra", la de los rebeldes) no encontraba uno a un párroco por la calle ni en pintura. Pero yo contestaba dócilmente, ahuecando la voz, con gesto de persona mayor:

-¡Buenas tardes, señor párroco! ¿Qué tal se encuentra usted?

-Muy bien, muy bien -asentía don Lorenzo-. Ahora tú, Luis: ¿y si uno en vez del párroco, se encuentra por la calle al señor Arzobispo?

Don Lorenzo se convirtió en nuestro amigo: nos hizo trepar hasta el nacimiento del Segura; nos paseó por aquellas montañas pobladas de liebres, conejos y jabalíes; nos enseñó a buscar fósiles y nos introdujo en los misterios de la Carreña, una fuente maravillosa que sólo manaba en verano. Era un parto terráqueo: los labradores aplastaban la oreja contra el suelo, aguzaban el oído y sentenciaban con voz profética:

-Va a reventar la Carreña.

Y efectivamente, la Carreña reventaba y manaba a borbotones un manantial de agua fresca que duraba poco más de un mes.

El fin del mundo

Un día me desperté sobresaltado. Escuché una algarabía de gritos, órdenes y carreras, y un chasquido bronco de mosquetones: unos ruidos desgraciadamente familiares que no había vuelto a oír desde que salí de Madrid. No había reventado la Carreña, sino la guerra, de nuevo, por las calles del pueblo. "¡Eso es que se acercan los facciosos -gritaban los segureños- y va a haber combates en esta zona!".

Gracias a Dios, no vino nadie, y al cabo de dos semanas los milicianos se esfumaron como por ensalmo y recobramos la paz; y con la paz, el aburrimiento, porque, salvo el paso de los soldados -una especie de pesadilla en medio de muestro sueño plácido-, en Santiago de la Espada no pasaba absolutamente nada. Bueno, algo sí pasó: lo del milagro.

Lo del "milagro" dio mucho que hablar. Además fue un suceso neutral, porque se contempló en los dos lados. Durante la noche del 24 al 25 de enero de 1938 el cielo se enrojeció y se tiñó completamente de rojo, como inflamado por un fuego intensísimo. Era una visión aterradora. "¡Son los rebeldes, son los rebeldes -decían-, que han debido quemar los depósitos de gasolina de Valencia!" (1)*. Pero no, imposible, no podía ser, aquello era mucho más... Los gentes del pueblo cayeron de rodillas sobre el empedrado, rezando, sobrecogidas. Las ancianas se cubrían los ojos con los mantones y exclamaban:

-¡Es el fin del mundo! ¡Ha llegado el fin del mundo!

-¡La señal! -susurró don Lorenzo, con el rostro demudado-. ¡La señal de la Virgen!

Yo, naturalmente, me inquieté mucho también porque en mis once años de existencia había presenciado cientos de bombardeos, muchísimas explosiones y un sin fin de tiroteos, pero todavía no había visto ningún fin del mundo. Y me puse a esperar la llegada de los ángeles con las trompetas anunciando la hora final; pero los únicos que llegaron fueron los platos de sopa a la hora de la cena; una cena en la que oí hablar, por vez primera, de la aurora boreal...

Así fueron pasando los meses. Hasta que un día, a comienzos de abril de 1939, como el FIN abrupto de una película de acción, todo acabó.

Y regresamos a Madrid.

 

 

2.

1939

OTRA CIUDAD

Un golpe sordo

Era otra ciudad. El mismo cielo, los mismos árboles, el mismo frío, cortante y acerado como un cuchillo; todo parecía lo mismo: pero aquel Madrid de 1939 era otra ciudad. Se veían otros gestos, otras banderas, otros símbolos. Se habían marchado muchos, al otro lado; y habían venido muchos, del otro lado también; de España a España: soldadotes renegridos que paseaban sonrientes por la Gran Vía con sus maletas de madera, amarradas con un cordel; moros de turbantes exóticos que hacían guardia junto al Palacio Real; fugitivos de tez pálida que salían de sus escondites al cabo de tres años... y por todas partes, abrazos, y risas, y saludos brazo en alto; y multitudes que abarrotaban las iglesias, abiertas de nuevo; y larguísimos desfiles, como el que se celebró el 19 de mayo de 1939 y llamaron "de la Victoria".

Fueron seis largas horas de desfile: doscientos cincuenta mil hombres, mil cañones y tres mil ametralladoras. El mayor de toda la historia de España. Varias escuadrillas de aviones rasgaron el cielo a baja altura y en perfecta formación, sobre un público entusiasta que vibraba pletórico de alegría.

A esas mismas horas nosotros caminábamos tristes entre una hilera de cipreses del cementerio, bajo una llovizna tenue. Íbamos al entierro de la abuela María, que había permanecido en Madrid durante la contienda, soportando un rosario de sufrimientos. Después de tantas penalidades, cuando ya se vislumbraba la paz, la abuela vio cómo encarcelaban a sus dos hijos: a mi padre y a mi tío Lucio. Y su corazón ya no aguantó más.

Al tío Lucio lo soltaron poco después. No sabía nada. Vino corriendo a casa, feliz, con el alborozo de la libertad recién estrenada. Al llegar, en el vestíbulo, le dieron la noticia.

Han pasado muchos años, pero todavía puedo escuchar, al filo del recuerdo, el golpe sordo de su cuerpo contra las losetas, cuando se desplomó, desmayado, sobre el suelo.

Pena de muerte

-¡Luis Rodríguez Batanero!

Mi padre se irguió con calma y se puso de pie junto al banquillo. Mi madre y mi tía María clavaron, ansiosas, la mirada en los labios del fiscal.

-¡Pena de muerte!

Dudo que haya algo más desgarrador para el alma de un adolescente que escuchar de labios de un fiscal la petición de pena de muerte para su propio padre. Esto es lo que le sucedió a mi hermano Luis. A mí no me llevaron a las Salesas, aquel inmenso Juzgado con salones de escayolas doradas, que registraba una agitación especial durante el verano de 1939. Todos procuraron que me enterase lo menos posible de la situación. Cuando hablaban conmigo dulcificaban los términos, pero, entre susurros, evasivas y medias palabras, acabé dándome cuenta de todo. O de casi todo.

Ahora sí que no comprendía nada. ¿Cómo era posible que alguien pudiera solicitar la pena de muerte para un hombre tan bondadoso y recto como mi padre? Sin embargo era eso, exactamente, lo que había sucedido.

Mi madre intentaba disimular su sufrimiento. Permanecía firme y entera, pero se adivinaba en su rostro impávido un dolor que le entristecía la mirada y entrecortaba sus palabras desde aquel día en que, al volver a casa después de rezar en San Antonio de los Alemanes, se encontró con que se habían llevado, detenido, a mi padre.

No éramos los únicos. Al igual que la nuestra, hubo muchas familias españolas injustamente afectadas por la purga que se desencadenó tras la contienda. Fue una depuración arbitraria y terrible para quienes estábamos bajo el foco de la sospecha; una sospecha, en nuestro caso, totalmente infundada: mi padre era un hombre de grandes inquietudes intelectuales, con un talante abierto y liberal, noble, generoso. Le veo, al trasluz del recuerdo, en las tardes calurosas de domingo, sentado en el salón, hojeando las páginas de El Sol junto a la radio de altavoz, o enfrascado en la lectura de algún ejemplar de su querida colección de Novelas y cuentos. Pero era... republicano.

Y eso -ser republicano- parecía ser, a los ojos del nuevo régimen, un grandísimo crimen y le convertía en un hombre sospechoso, aunque nunca hubiese aprobado los desmanes ni la barbarie que trajo la guerra; ¡y mucho menos, la persecución religiosa! Era bastante frío desde el punto de vista espiritual, pero se comportó siempre respetuosamente con la fe: nos acompañaba a Misa, quiso que estudiáramos en colegios de religiosos y procuró que don Lorenzo nos diese buena formación.

Un vecino nuestro (Dios le perdone: he rezado y sigo rezando por él) que había estado en prisión antes de la guerra, por perista (2)* lanzó contra él una larga ristra de acusaciones, tan terribles como falsas; y aunque mi padre demostró que era un pacífico funcionario público que había ayudado a personas injustamente perseguidas; aunque no había participado jamás en actos violentos y aunque no tenían pruebas de lo que le acusaban (salvo las palabras de aquel hombre), nada de eso le valió: le encarcelaron y solicitaron para él la pena de muerte.

-Se le acusa -dijo el fiscal- de connivencia con el enemigo y de auxiliar a la rebelión.

No había vuelta de hoja; todo giraba en torno a lo mismo: era republicano (es decir desafecto a los rebeldes) y había permanecido durante el conflicto en el Ministerio -antes y después Palacio- de Comunicaciones, en su puesto de trabajo habitual, para mantener a una familia numerosa como la nuestra (3)*. Esa había sido toda su "connivencia" y su "auxilio".

Fue un tiempo amargo. Nos alegraba poder vivir nuestra fe con libertad y que hubiese concluido aquella ferocísima persecución contra la Iglesia (6.832 víctimas, entre las que se contaban 12 obispos, 2.365 religiosos, 283 religiosas...). Pero... ¡nos apenaban tantas cosas! Aunque hubo personalidades destacadas de la Jerarquía que no se prestaron a ese juego, en esos primeros años de la posguerra, se produjeron, en determinados sectores, algunas mezcolanzas político-religiosas; y alguno había que justificaba purgas como la que estaba sufriendo mi padre parapetándose nada menos que tras la etiqueta de católico (!) (4)*

Luis me explicó que no iban a matar a papá porque, tras un juicio sumarísimo, le habían condenado a varios años de prisión y podría redimirse mediante el trabajo; pero yo había renunciado a entender nada. Acompañaba a mi madre a la iglesia de Maravillas y pedía a Dios, con toda mi alma, ante aquella imagen de Cristo salvajemente mutilada, que le dejaran en libertad.

Mi madre, sola, con cuarenta y pocos años y dos hijos pequeños, removió Roma con Santiago para que lo liberaran. La entreveo, dulce y serena, llevándome de la mano hacia la cárcel, esforzándose por sonreír en aquellas tristísimas visitas en el locutorio, entre familias destrozadas que gritaban y lloraban. Además de poner toda su confianza en Dios, se esforzó para que aquello nos afectara lo menos posible; nos educó en el perdón y nos llevó, una vez y otra, a rezar al Cerro de los Ángeles, ante aquel Cristo "fusilado" por los milicianos; y en octubre de 1939 -"Año de la Victoria" según la fraseología oficial- me matriculó en un buen colegio, el de San Antón.

En el Colegio de San Antón

El Real Colegio de Escuelas Pías de San Antón era un colegio de religiosos a la antigua usanza. Había sido cárcel durante la guerra y siguió cumpliendo esa función durante algún tiempo: desde algunas ventanas podíamos ver a los "depurados" cortando leña en un patio interior, que estaba incomunicado con el resto.

Era un colegio famoso en Madrid por su calidad de enseñanza y por una vieja costumbre popular que sigue celebrándose cada 17 de enero en su iglesia externa: "la procesión" y bendición de los animales con motivo de la fiesta de San Antonio Abad, su santo patrón. Tras la bendición de mulos, patos, conejos, canarios, gatos, tortugas, perros y demás familia, se reparte el tradicional "rosco de San Antón" elaborado con no sé qué misteriosa receta egipcia, entre un concierto inefable de rebuznos, ladridos y maullidos.

Al calificarlo de "colegio a la antigua usanza" he querido decir: un grupo de religiosos admirables -el P. Samuel, de voz vigorosa, que nos sonreía afectuosamente tras sus pequeñas gafas de aro, el P. Agustín, el P. Laureano, el P. Gervasio Jáimez, que fue Rector-; largas filas de niños con pantalones bombachos; sesiones multitudinarias en el teatro Barceló; conferencias con la crema de la intelectualidá que cantaba el chotis: Arniches, Pemán, Marquina, etc; cartillas escolares con las gráficas de nuestra "temperatura académica" desde octubre hasta junio; y clases de literatura en las que declámabamos floridos romances de Zorilla:

Pasó un día y otro día

un mes y otro mes pasó

y de Flandes no volvía

Diego, que a Flandes partió...

...o pregonábamos a voz en grito el poema de Rubén Darío: "Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo!", hasta llegar, casi sin aire en los pulmones, al interminable verso final: ¡saludan -con-voces -de-bronce- las-trompas- de-guerra- que-tocan- la-marcha- triunfaaaaal!

"No hay colegio en España que tenga la riqueza en museos y laboratorios del nuestro", proclamaba, orgullosa, la Memoria del Colegio, y con razón: contábamos con varios museos, de Física, Geología, Agricultura e Historia Natural; y realizábamos lo que ahora llamarían "actividades extraescolares": catequesis en los suburbios, paseos por la sierra y peregrinaciones a Valverde con banderas, banderines y gallardetes, cantando aquello de cual pájaros gorjeaaan/ su triiino matinal.... Sin olvidar los actos patrióticos, que eran -decían- "afirmación rotunda de nuestro resurgir glorioso"...

Sólo guardo de aquellos años escolares un revoltijo de imágenes desvaídas, difuminadas en el gris de los inviernos de mi adolescencia; y me veo -¿a los doce, trece, catorce años?- en el Museo de Historia Natural, sintiendo sobre mis espaldas la mirada disecada de un búho real con los ojos como platos, contemplando en las vitrinas las copias en miniatura de la primera máquina de vapor, del primer fonógrafo de discos de cera, de la primera cámara de los hermanos Lumière... Y poco más recuerdo: en el confuso espejo de ese periodo sólo veo con nitidez aquellos laboratorios de Química en los que me lo pasé bomba, como se decía entonces, provocando chispas y explosiones. Naturalmente, me gané a pulso el mote de "el químico".

En San Antón comencé a ir a Misa todos los días y fui incorporando varias costumbres cristianas, aunque sin mayores inquietudes por mi parte. Algunos escolapios, como el P. Samuel, me hablaron de vocación, especialmente durante unos Ejercicios Espirituales en Getafe; sin embargo, aunque dos compañeros míos de curso decidieron entregarse a Dios, yo ni me inmuté: mi vida -pensaba- iba por otros derroteros. Era como uno de aquellos viajeros que se veían en la Estación de Atocha deambulando sin rumbo por los andenes, de acá para allá, mirando de tarde en tarde el gran reloj circular. Decididamente, no había llegado mi tren, ni había sonado para mí "la hora de Dios".

¿Cómo era yo? Supongo que lo que se llamaba entonces un "buen muchacho": estudioso, responsable y aplicadote; y realmente debí estudiar bastante, porque en el examen de ingreso obtuve Premio Extraordinario, cosa interesante desde todos los puntos de vista; sobre todo desde el económico, porque me daba derecho a matrícula gratuita. Se lo comenté a mi padre, en la cárcel, y no olvidaré nunca la alegría que se reflejó en su rostro. Aunque un recluso amigo suyo inquirió con recelo:

-¡Premio Extraordinario! ¡Qué bueno! Pero, niño... ¿en Religión no te habrán dado ningún premio, verdad?

Frente a las reticencias religiosas de sus compañeros, mi padre sufrió durante su cautiverio una profunda evolución espiritual. Aquella penosa experiencia de dolor -más de dos años de injusta cárcel- le llevó a abrazarse más y más a la Cruz, y cuando volvió a casa, en 1942, estaba muy cambiado. Un día le sorprendí en el salón hojeando las páginas del Catecismo.

-¿Qué lees, papá?, le dije, siguiendo la vieja costumbre española que consiste en preguntar lo que se está viendo con los propios ojos.

-Un catecismo, hijo. Para construir un edificio hay que comenzar por los cimientos.

En otra ocasión escuché cómo repetía la Salve en voz alta, hasta aprendérsela de memoria. Y tiempo después, refiriéndose a sus antiguas reservas hacia el catolicismo, me reconoció, con la gran nobleza que le caracterizaba:

-Hijo mío, me equivoqué.

 

 

Y nunca altera tu quietud, venablo

que acoge en arco breve la rodilla

o quiebra en mil estrellas la cabeza.

 

Es de tu soledad de la que hablo,

barrera donde acaba una Castilla,

y otra Castilla interminable empieza.

 

García Nieto, "La Mujer Muerta"

 

 

3.

1940-1948

AÑOS DE ESTUDIO

En la Facultad de Químicas

La geografía de la memoria guarda misteriosas cumbres y hondonadas. Hay periodos de mi vida que podría relatar día tras día, mientras que otros son sólo un racimo de anécdotas deslabazadas, un conjunto de recuerdos que acuden a mi mente como fotografías viejas caídas de un álbum. Además, esa geografía equivoca las distancias: hay sucesos -de mi adolescencia o mi niñez- que siento asombrosamente cercanos; mientras que otros, mucho más próximos en el tiempo -como los años cuarenta- se me pierden en el olvido.

Guardo pocos recuerdos de los años cuarenta; unos años de penurias y estrecheces; de estraperlo y "piojo verde"; de cabezas rapadas, tabaco negro y cartillas de racionamiento; de coches con gasógeno y restricciones eléctricas; de coplas y boleros con la voz de un Antonio Machín que pedía constantemente, al son de las maracas, que le pintaran angelitos negros...

Fueron años de esperanza: en la paz, en el fin de la Guerra Mundial, y en la ansiada penicilina del doctor Fleming, que tantas vidas salvó; años de apoteosis del toreo, con figuras de tronío, como Manolete, Arruza y Luis Miguel Dominguín, que llenaban las plazas hasta la bandera; de películas en blanco y negro, precedidas por un NO-DO que ponderaba -un día sí y otro también- los logros del Régimen... Y años de grandes triunfos futbolísticos, cantados en la radio por Matías Prats: aún recuerdo aquel goooooooooooool delirante y estremecedor...

Fueron años, en fin, de peinados a lo "Arriba España", de ínfulas imperiales y arrugados billetes de peseta con la imagen quijotesca del Marqués de Santa Cruz. Y sobre todo, años de hambre. De hambre y estudio intenso, porque en octubre de 1944, tras aprobar el terrorífico examen de Estado en el Caserón de San Bernardo, me matriculé en la Facultad de Ciencias. Elegí, naturalmente, la sección de Químicas, que tenía su sede en un amplio edificio de ladrillos rojizos con forma de U, con dos alas paralelas y ventanas en banda, que compartíamos con matemáticos y físicos.

En los laboratorios de aquella Facultad pasé muchas horas de mi juventud. Cierro los ojos y puedo percibir todavía aquel olor: un olor ácido, penetrante, a nitrato, a sulfuro, a disolventes de puntos bajos de ebullición. Podría andar a ciegas por aquellos laboratorios, entre balanzas, retortas, probetas, infiernillos y alambiques, y aún me asombro de que no voláramos por los aires con algunos de nuestros experimentos...

El nivel académico era alto: comenzamos muchos y terminamos pocos. Entre mis compañeros recuerdo muy especialmente a Pachi Santamaría. ¿Qué habrá sido del resto? José María Sistiaga, Isabel Ferreiro, Acosta, Soler Matorell, Sola Fernández, Berberena, Pérez Luiña, Vega Herrera, Marruedo, Jaime Robredo Olave... Durante ese periodo hice las cosas típicas de los años universitarios: formé parte de la típica pandilla de amigos y amigas; acudí a los típicos guateques; y fundé, con otros siete un típico club de Facultad, que bautizamos como Club Electrón...

Tuve profesores magníficos: Emilio Jimeno Gil, tan expresivo siempre, nos explicaba Química Inórganica; Antonio Rius Miró, Química Técnica; Manuel Lora Tamayo -que luego fue ministro-, Química Orgánica; Fernando Burriel, Química analítica; Antonio Ipiens Lacasa, con su sempiterna pipa entre los labios, Experimental... Octavio Foz Gazulla, un físicoquímico de Teruel, bastante joven -que había sacado la cátedra en 1941, a los 33 años-, acabó dirigiéndome la tesis. Y poco más recuerdo de aquellos tiempos de juventud, salvo que en primer curso contraje unas fiebres de Malta y un día vinieron a verme a casa un grupo de amigos y amigas, que me pusieron al tanto de los dimes y diretes de la pandilla. De pronto una exclamó:

-¡Noticia bomba! ¡Es que no os lo podéis ni imaginar! ¡Paco ya no sale con Paquita porque se va a hacer no sé qué!

-¿Qué se va a hacer qué?

Intentaron explicármelo todos a un tiempo, como suele suceder en esos casos y salió a relucir el Opus Dei; pero entre sus malas explicaderas y el mareo de mis fiebres de Malta, no entendí nada. Me sucedió como cuando le presentaron a El Gallo a Ortega y Gasset. "-¿A qué ze dedica eze zeñó?", preguntó el diestro. "-Pero, hombre, ¿no lo conoce? ¡Si es el filósofo más famoso de España!". "-¿Filózofo? ¿Y de qué vive?". "-¿Pues de qué va a vivir? ¡De pensar!". "-De pensar... -se quedó cavilando el torero-. ¡Qué barbaridá! ¡Hay gente pa tó!".

¡Hay gente para todo!, pensé yo también mientras me zambullía bajo una pirámide de mantas. Y como las noticias vuelan que es un gusto, al día siguiente, Paco, que estaba al tanto de nuestros cotorreos, vino a explicármelo en persona: "Mira, Antonio -me dijo- las personas del Opus Dei somos cristianos que queremos vivir a fondo los compromisos del bautismo en medio del mundo: así de sencillo; gente de la calle que nos esforzamos por santificarnos en nuestro trabajo. ¿Te vas aclarando?".

Pues no; no me aclaraba; tenía fiebre y me habían puesto, entre todos, la cabeza como un bombo. Además el asunto no me interesaba demasiado...

Lagasquilla

Con el paso del tiempo descubrimos que algunas fechas de nuestra existencia, aparentemente irrelevantes, fueron decisivas. Como aquel día, a mediados de los años cuarenta -no sabría decir cuándo-, en que asistí, alentado por mi hermano Luis, a una conferencia en un Colegio Mayor de Madrid. No recuerdo de qué trató: sólo que la dio Salvador Senent, profesor auxiliar de Fisicoquímica.

Pues bien, aquella conferencia en el Colegio Mayor Moncloa supuso un hito, un punto de inflexión fundamental, en mi vida. ¿Qué hubiera sido de mí si aquella tarde, en vez de ir a la conferencia de Senent, me hubiera ido a jugar al fútbol?

Quién sabe. ¡Qué misterioso juego, el de la gracia y la libertad! Pero estoy seguro que Dios hubiera seguido esperándome en otro recodo del camino, porque las "casualidades" no existen para un cristiano. No recuerdo la fecha, ni de qué se habló aquella tarde, ni si me gustó o no la conferencia; lo que sí me gustó -y poderosamente- fue el ambiente de alegría y de estudio que se respiraba en aquel Colegio Mayor, dirigido por personas del Opus Dei. Entendí entonces lo que Paco no había acertado a expresar -o yo a entender- durante mis fiebres de Malta. Aquellos jóvenes estaban a años-luz de la imagen estereotipada que yo me había formado de cierta "juventud católica" (entonces se hablaba mucho de "la juventud católica").

Uno de aquellos universitarios, Emilio Palafox -"Emilito"- me propuso asistir a unas charlas de formación cristiana. Acepté. El tono general me atrajo: alegre, abierto, plural. Eran jóvenes con afanes apostólicos y grandes inquietudes profesionales. Más tarde frecuenté Lagasquilla, un centro del Opus Dei, y me confirmé en mis primeras impresiones.

Lagasquilla estaba situado en el nº 100 de la calle Lagasca, en pleno barrio de Salamanca. Era un piso no demasiado grande, pero con empaque: tenía varias salitas, un Oratorio recogido con una imagen de la Inmaculada y una sala de estudio en la que era difícil encontrar asientos libres. En aquella sala de estudio entendí un rasgo fundamental del Opus Dei que nadie me explicó. No hubo nadie que me dijera: "el Opus Dei es un camino de santidad para personas de todo tipo y condición, que viven en medio del mundo, que se santifican trabajando, y que, por esa razón, procuran trabajar mucho y bien, con espíritu de servicio, convirtiendo su trabajo en oración, siguiendo los pasos de Cristo, que pasó casi toda su vida laborando en un taller de artesano...". (Quizá, si me lo hubieran dicho así, no lo hubiera entendido). Fue mucho más sencillo: lo vi.

Vi que trabajaban mucho y bien. Vi que luchaban por encontrar a Dios en ese trabajo. Vi que eran hombres con ideales y espíritu de servicio. Con algunos, como Florentino Pérez Embid, que a sus treinta años era vicedirector de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, compartí muchas aficiones, como el Arte, la Historia y la Literatura (5)*. Florentino era un hombre de simpatía desbordante; un andaluz de pura cepa, sevillanísimo en su modo de ser, aunque nacido en Aracena: culto, intuitivo, con una chispa muy del Sur. Allí conocí a Fernando Valenciano, un joven ingeniero nacido en la misma Sevilla, pero que, al contrario de Florentino, no "ejercía" de andaluz. Y muchos más traté, como Salvador Martínez Ferigle, Tito Inciarte, Julio González Simancas, César Ortiz de Echagüe...

Hablé alguna vez con don Pedro Casciaro, un sacerdote con un buen humor a prueba de balas -ya contaré-, con gran dinamismo apostólico y un don de gentes excepcional. Su situación familiar retrata de cuerpo entero los tiempos que vivíamos: sus padres estaban exiliados en Orán por motivos políticos, porque su padre -uno de aquellos "intelectuales de la República"- fue durante la guerra Presidente Provincial del Frente Popular de Albacete.

Acudían por Lagasquilla, como yo, muchos universitarios de Madrid: para hablar con el sacerdote, para recibir formación cristiana o estudiar. Además se organizaban planes de deporte en la Ciudad Universitaria y visitas a personas necesitadas. Allí comencé a hacer oración con Camino. Hubo un punto, el 346, que me atrajo especialmente.

Estudiante: fórmate en una piedad sólida y activa, destaca en el estudio, siente anhelos firmes de apostolado profesional. -Y yo te prometo, con ese vigor de tu formación religiosa y científica, prontas y dilatadas expansiones.

Esas palabras me hicieron pensar mucho. Comprendí que como científico y como cristiano debía conciliar en mi vida las exigencias de la fe y la ciencia, sin antagonismos falsos. Sólo con un trabajo científico bien hecho, con una conducta cristiana coherente, podía acercar a Cristo a mis compañeros de profesión.

Hablé con algunos amigos de mi Facultad de estas cuestiones, y algunos, como Isidoro Rasines, vinieron a Lagasquilla. Isidoro era de Matanzas (Cuba) y coincidíamos en muchas cosas: en la carrera; en el ambiente familiar (liberal, como el mío); en el deporte; en la pasión por la Química; y en, cómo lo diría... cierta alergia natural hacia determinados mejunjes político-religiosos del momento, que algunos engloban ahora bajo el término nacionalcatolicismo.

No me gusta ese término. Me parece injusto etiquetar toda una época como si fuera un frasco de medicinas; entonces hubo de todo, como en botica; luces y sombras, aciertos y errores; y se produjo un gran resurgir espiritual en muchos ámbitos. Aunque es innegable que a algunos les gustaba experimentar, en las reboticas del poder, con extrañas mezclas político-religiosas: lo que se dio en llamar "alianza entre el altar y la espada". Me estremezco todavía al evocar el fogoso speach de aquel eclesiástico que vino al Aula Magna de la Facultad con un alzacuellos de color azul para ponderarnos las excelencias de la Falange... (6)*

Me convierto, de pronto, en un atleta

Intento poner en orden mis recuerdos, sin conseguirlo: son como soldados revoltosos escapándose de formación. ¿Dónde conocí a éste, a aquel amigo? ¿En la sala de estudio de Lagasquilla? ¿Por los pasillos de la Facultad? ¿En una reunión de Acción Católica? ¿Bajo las lonas de las tiendas de campaña del campamento de Robledo, 6ª Batería, donde me adiestraba como "Caballero Aspirante de la IPS"? ¿O quizá fue en una de aquellas interminables caminatas, con el fusil al hombro, por las trochas y senderos de los Pirineos, cantando "Un-dos, un-dos, Yo tengo una novia/ que es mi ilusiooón, un-dos, un-dos, más rubia que el ooooro; (pausa para respirar); en sus ojos claros me miro yo, un-dos, un-dos, y ella es mi tesoooooro...?"

Disfruté durante el servicio militar. Me gusta la vida al aire libre y aquel periodo me reportó buenos amigos y grandes excursiones. Y también sorpresas inesperadas, como aquella noche, cuando escuché, a pie firme, en la Orden del día:

-El alférez de complemento Antonio Rodríguez Pedrazuela queda nombrado miembro del equipo de natación que competirá en la Olimpiada militar entre los distintos cuerpos del Ejército.

-Mi coronel -le dije al día siguiente- yo sé mantenerme a flote en el agua; pero no soy ningún figura de la natación. ¿No sería mejor buscar a algún atleta?

¡Uf! Se molestó. Alzó el bigotillo, me miró de arriba a abajo con cara de malas pulgas y sentenció:

-¡Pedrazuela! Tiene usted juventud... ¡y un mes para entrenarse!

Gracias a aquel coronel de Artillería logré entender el significado exacto de la expresión "cargar con todo el equipo". Porque un mes más tarde chapoteaba olímpicamente en la piscina del cuartel, cargando con todo el equipo; es decir: casco, mono, gafas de buceo y alpargatas. ¡Ah, y con el correaje reglamentario! Desde que estuve a punto de ahogarme en el Zumeta, no había pasado un trago parecido.

Una pregunta en la Mujer Muerta

Pasó un día y otro día/ un mes y otro mes pasó, como en el romance de Zorrilla, hasta que un día de invierno -no recuerdo la fecha- Fernando Valenciano y yo decidimos ir a Molinoviejo, una Casa de Retiros cercana a Segovia, para estudiar y esquiar un rato. Subimos caminando con nuestros esquíes hasta la ladera de la famosa Mujer Muerta, un monte cercano, y mientras contemplábamos aquel paisaje espléndido -"barrera donde acaba una Castilla/ y otra Castilla interminable empieza"- con bancales de piedra sumidos en el blancor de la nieve, lomas verdinegras y páramos agrestes sobre los que se recortaba, en la lejanía, la silueta rosa del palacio de Riofrío, Fernando me hizo una pregunta a quemarropa:

-Oye, Antonio, ¿y tú... no has pensado nunca ser del Opus Dei?

Por toda respuesta agarré los bastones de esquí, di media vuelta, flexioné las piernas, incliné la espalda y... me deslicé monte abajo a toda velocidad.

No estaba demasiado interesado, ya se ve, en hablar de aquel asunto... Yo apreciaba el ambiente alegre, apostólico y de estudio serio de Lagasquilla; estaba agradecido a los medios de formación espiritual, que me ayudaban a ser buen cristiano en la vida cotidiana; bien: todo eso era magnífico; pero de ahí a hacerme del Opus Dei mediaba... ¡un abismo!

Tiempo después Fernando me planteó de nuevo la cuestión. En aquella ocasión no disponía de unos esquíes a mano para salir pitando, pero le contesté, con igual celeridad, que el asunto seguía sin interesarme en absoluto.

Y un mes/ y otro mes pasó... y Fernando me lo preguntó de nuevo; y yo, de nuevo, con la confianza que da la amistad, le respondí con un claro, contundente y rotundo NO.

Y siguió pasando el tiempo...


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