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EL FUNDADOR DEL OPUS DEI Vida de Josemaría Escrivá de Balaguer ANDRÉS VÁZQUEZ DE PRADA TOMO II Dios y audacia CAPÍTULO IX Guerra y Revolución: en espera de ser evacuados 1. Los frutos del odio 2. Fugitivo en busca de refugio 3. En el Sanatorio del Dr. Suils 4. Asilo en el Consulado de Honduras 5. "El cuento de la buena pipa" 6. "Los días peores de esta temporada" 7. "El negocio del abuelo" CAPÍTULO X Camino de Liberación 1. Actividades de un Intendente 2. "El loco que asesinaron" 3. "Don Manuel sabe más" 4. La salida de Madrid 5. Estancia en Barcelona 6. La rosa de Rialp 7. La "Cabaña de San Rafael" 8. El paso de los Pirineos 9. En Andorra CAPÍTULO XI La época de Burgos (1938-1939) 1. Recomienzan las catalinas 2. Burgos 3. "Viajante de mi Señor Jesucristo" 4. El Hotel Sabadell 5. "Una lección de caridad" 6. Con la pluma en la mano 7. Otoño de 1938 8. Esperando el fin de la guerra CAPÍTULO XII De sueños a realidades 1. El regreso a Madrid 2. Camino 3. Las circunstancias políticas 4. La Residencia de Jenner 5. Servir a la Iglesia 6. Expansión por provincias |# 175| 7. Cómo "encajar" el Opus Dei 8. El cambio de confesor CAPÍTULO XIII "El que ama la Voluntad de Dios" 1. Muerte de la Abuela 2. Aprobación de la Obra como Pía Unión 3. Los sucesos de Barcelona 4. El Opus Dei: actualidad palpitante 5. El trabajo de don Leopoldo como Pastor 6. Visión panorámica 7. Un dicho de santos 8. El bisturí de platino 9. El primer centro de mujeres CAPÍTULO XIV Desarrollo de la Obra 1. Los tres hermanos 2. "Apostolado de los apostolados" 3. El milagro más grande 4. La Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz 5. Muerte de Isidoro. Nihil obstat de la Santa Sede 6. Los primeros sacerdotes CAPÍTULO XV Nuevo impulso apostólico (1944-1946) 1. Después de las ordenaciones 2. "Los Rosales" y la residencia de Zurbarán 3. Espíritu sacerdotal y mentalidad laical 4. Ejercicios de vida y de muerte 5. Viajes por Andalucía y Portugal Apéndices Las llamadas a las notas aparecen así |# 1| en el texto, y están al final de cada capítulo detalladas.
CAPÍTULO IX Guerra y Revolución: en espera de ser evacuados
1. Los frutos del odio Los factores que rigen la vida española de 1936 a 1939, años de guerra civil, son de carácter tan trágico que, para interpretar debidamente los sucesos de ese periodo, se requiere una mínima y previa comprensión del entramado político en que se desarrollan. Dentro de ese marco circunstancial resalta, con grandiosidad heroica, y a la vez humilde, la figura del Fundador del Opus Dei. Sin embargo, un enfoque desviado de la realidad histórica haría ininteligible el alcance y razón de su conducta. Más aún si se tiene en cuenta que un factor clave de la tragedia española fue de índole religiosa. Guerras civiles no han faltado en España, pero un aspecto peculiar de la de 1936 es que se desencadenó en el país una de las persecuciones religiosas más enconadas y sangrientas registradas en veinte siglos de Cristianismo |# 1|. En el breve espacio de meses corrió la sangre mártir de una docena de Obispos y más de seis millares de sacerdotes y religiosos. Ese simple dato —impresionante, desnudo y objetivo— ilumina tétricamente la escena. Y es muy improbable que el lector pueda captar con rectitud, y en todo su significado, la conducta del Fundador si prescinde de estos sucesos. Por otra parte, también le resultará un tanto incomprensible el comportamiento del sacerdote si no penetra anticipadamente en la raíz cristiana de las motivaciones que le llevaron a perdonar de todo corazón a los culpables, desagraviar al Señor por los crímenes cometidos y aprender, para el futuro, la lección de la historia. En julio de 1936 existía por todo el país, sin excepción de campos ni ciudades, una enorme tensión, hecha de reivindicaciones sociales, del quebranto de la economía nacional, del desprestigio de la acción de gobierno y de frustrados sentimientos regionalistas. Todo ello en medio de huelgas continuas, hambre, desórdenes, y agitadores revolucionarios que azuzaban a las masas y favorecían de rechazo las posturas contrarrevolucionarias partidarias de medidas de fuerza. El régimen, al borde del colapso, se tambaleaba al choque de los extremismos, mientras una conjura militar preparaba un golpe de Estado para restablecer los fundamentos de la perdida autoridad de la República. ¿Cómo fue posible llegar a tal extremo? |# 2| No es preciso remontarse a las centurias pasadas, a las guerras civiles del siglo XIX, al retraso histórico en establecer los principios democráticos en las instituciones políticas |# 3|, o achacar la gravedad del conflicto al carácter belicoso del español. Cuando cayó la Monarquía y se estableció la República en 1931, media España saludó su advenimiento con regocijo y esperanza. Se inauguraba una nueva etapa, que podía haber rectificado errores e implantado un régimen democrático, justo y representativo. Pero, desde que se constituyó un Gobierno provisional hasta que se hubo elaborado la nueva Constitución, los gobernantes y los diputados de las Cortes Constituyentes imprimieron al nuevo régimen un estilo frecuentemente radical, difícilmente aceptable para buena parte de los españoles |# 4|. La historia de la segunda República española, entre el periodo que va de su instauración en 1931 hasta el comienzo de la guerra civil en 1936, es sumamente agitada. Fácilmente pueden distinguirse varias etapas: un primer periodo constituyente, al que sigue un bienio de reformas radicales en lo referente a la Iglesia, el Ejército, la educación y las cuestiones regional, agraria y laboral |# 5|. El descontento generado por la actuación de los gobiernos cuajó en un minoritario y mal organizado pronunciamiento militar de signo monárquico, que fracasó en Sevilla en el verano de 1932. No fue ni el primero ni el único intento de cambiar el curso de los acontecimientos por la fuerza. La vida política española, teñida ya de radicalismo, se hacía cada vez más violenta. Vienen luego las elecciones generales, en noviembre de 1933, y la Cámara cambia de color político. La anterior mayoría, dominada por socialistas y republicanos de izquierda, es sustituida por otra, formada por la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) y los partidos radical, liberal-demócrata y agrario |# 6|. Los representantes de la CEDA, el partido más numeroso de la nueva mayoría, aceptando el postulado de la indiferencia de la forma de gobierno —Monarquía o República— se proclamaban conservadores y defensores de los ideales católicos. El nuevo bienio —1934-1935— se caracteriza por una política que trata de modificar los extremismos del período precedente. Esta nueva etapa también se pretendió truncar mediante una acción de fuerza, esta vez más intensa, mejor preparada y de mayor alcance que la de 1932: fue el intento revolucionario izquierdista de 1934, que fracasó en Madrid y Cataluña y triunfó en Asturias, donde se vivió una sangrienta revolución |# 7|, que hizo necesario acudir al ejército para dominarla y restaurar el orden constitucional |# 8|. A partir de la revolución de octubre de 1934, se aceleró el desgarramiento de toda la nación. Sectores de derechas e izquierdas se inclinaron hacia los extremismos políticos, sin posible componenda. De manera que, al faltar el entendimiento entre los moderados de uno y otro bando, no se pudo contener la marcha decidida hacia un enfrentamiento, fuera de los cauces democráticos. En febrero de 1936, las fuerzas políticas de derechas e izquierdas (estas últimas unidas bajo el programa del Frente Popular) acudieron a las urnas de las elecciones generales, buscando muchos de los integrantes de uno y otro bando, más que el poder democrático, la potencia política para aplastar definitivamente al enemigo. Las fuerzas de izquierda ganaron ajustadamente unas elecciones que por desgracia tampoco sirvieron para pacificar los ánimos. Al contrario, con una izquierda cada vez más dividida, el enconamiento entre los antagonistas políticos continuó su escalada hasta precipitar al país, sin que se encontrara remedio, por la vía del desorden. La convivencia estaba rota |# 9|. El odio entre los adversarios no era puramente político. Cabe rastrear sus raíces en un tormentoso proceso, que corre a lo largo del siglo XIX y contrapone el tradicionalismo conservador al liberalismo progresista. A ello habría que añadir la resistencia de muchos capitalistas y propietarios a resolver urgentes problemas de justicia laboral, agudizando viejas tensiones sociales, mientras la propaganda demagógica incitaba a la lucha armada del proletariado. El fermento del odio se infiltró en el alma de los ciudadanos, anegándola de rencor y violencia. Otras causas próximas del conflicto fueron los errores cometidos por los gobiernos republicanos. Por ejemplo, las reformas de Azaña, que afectaron principalmente al Ejército y a la Iglesia. El primero de estos estamentos fue humillado innecesariamente, alejando a muchos militares de la causa republicana, poniéndoles ante la tentación conspiratoria y golpista. En cuanto a la Iglesia, las medidas profundamente laicistas respondían a una ideología sectaria, sin tener en cuenta que la mayoría de la población la formaban católicos practicantes |# 10|. Otros errores, como algún caso de soborno y de cohecho entre algunos gobernantes del segundo bienio, miembros del Partido Radical, la falta de sensibilidad social o de sentido de la oportunidad en otros, el radicalismo generalizado en la política europea de esos años y la crisis de las democracias, contribuyeron a desprestigiar todavía más el régimen y a confirmar a los violentos en su recurso a una solución radical y traumática |# 11|. Finalmente, no faltó el detonador, un grave suceso que precipitó la decisión de algunos que dudaban |# 12|, y el entendimiento entre los Carlistas y el General Mola, Director de la insurrección: el asesinato de José Calvo Sotelo, uno de los líderes monárquicos de la oposición parlamentaria, el 13 de julio de 1936. Lo llevaron a cabo fuerzas de Orden Público, en represalia por el también reciente asesinato del teniente de la Guardia de Asalto José Castillo. A los pocos días se produjo el estallido de las sublevaciones |# 13|. Las primeras fuerzas que se sublevaron fueron las guarniciones militares de las plazas africanas |# 14|, a última hora del 17 de julio. Al gobierno no le cogió de sorpresa la conjura militar, pero creyó poder dominar la rebelión ya que los puestos clave del Ejército estaban en manos de generales afectos al ejecutivo. A las veinticuatro horas la situación era bastante confusa, pues algunas guarniciones se iban sumando a los rebeldes, mientras los partidos de izquierda y las organizaciones sindicales obreras exigían del gobierno que se armara a las milicias del pueblo |# 15|. En la noche crítica del 18 al 19 de julio el Presidente de la República buscó una solución transitoria a la nueva situación. El gobierno de Casares Quiroga fue sustituido por el de Martínez Barrio, con ministros más moderados, con el fin de atraerse a los generales de esa misma tendencia. Enseguida, ese nuevo gobierno sufrió, lo mismo que el anterior, la presión de los partidos y sindicales obreras para armar a las milicias socialistas y comunistas |# 16|. Las autoridades se resistieron a dar armas a los afiliados a los sindicatos, aunque ya en la madrugada del 19 de julio, miles de obreros circulaban por Madrid armados con los fusiles que les habían entregado horas antes en algunos cuarteles. Pero en el Cuartel de la Montaña, a pesar de las órdenes contradictorias recibidas, se negaron terminantemente a entregar las armas del depósito a las milicias revolucionarias. * * * El domingo, 19 de julio, estaba el Padre con los suyos trabajando en la nueva Residencia de Ferraz 16. Desde sus balcones podían observar un creciente ir y venir de guardias y curiosos por delante de la casa. Esa parte de la calle de Ferraz no tenía edificios enfrente, sino un ensanche con vistas a la explanada del Cuartel de la Montaña, que estaba a doscientos pasos de la Residencia |# 17|. A últimas horas de la tarde llegaba hasta allí la bulla de las milicias populares que, puño en alto, recorrían, con armas y banderas, el centro de la capital. Hacia las diez de la noche el Padre envió a casa a quienes vivían con sus familias en Madrid, encargándoles que le telefoneasen al llegar, para su tranquilidad |# 18|. Isidoro Zorzano y José María González Barredo se quedaron con él aquella noche |# 19|. Entretanto, el cuartel permanecía cerrado tras sus altos muros, en amenazador silencio. Por la noche se oyeron a deshoras tiroteos intermitentes. Y, apenas amaneció, comenzó a notarse cierta actividad por los alrededores. Se hacían los preparativos para la toma del cuartel, que fueron precedidos de fuerte cañoneo. Los sitiados respondían a su vez con fusiles y ametralladoras |# 20|. Las balas perdidas rebotaban contra la fachada de la residencia y astillaban los balcones, obligando al Padre y a los suyos a refugiarse en el sótano de la casa. A media mañana se produjo el asalto. El patio del cuartel quedó sembrado de cadáveres. Las masas de milicianos que irrumpieron en el cuartel salían armadas con fusiles, vociferando y exaltadas. El Padre, que de meses atrás venía oyendo hablar de asesinatos de curas y monjas, y de incendios y asaltos y horrores |# 21|, vio llegado el momento en que llevar sotana era tentar a la divina Providencia. Más que imprudente, resultaba temerario. Dejó, pues, la sotana en su cuarto y se puso un mono azul de trabajo, que utilizaban esos días al hacer arreglos |# 22|. Era pasado el mediodía cuando el Padre, Isidoro y José María González Barredo rezaron a la Santísima Virgen, se encomendaron a los Ángeles Custodios y, separadamente, salieron por la puerta de atrás. Con las prisas olvidó el sacerdote cubrirse la cabeza, cuya amplia tonsura delataba de lejos su condición clerical. Atravesó así entre grupos de milicianos que, excitados por el reciente combate, no le prestaron la menor atención. Llegó a casa de su madre, que vivía no lejos de la Residencia. Habló por teléfono con Juan Jiménez Vargas y se cercioró de que todos sus hijos se encontraban sanos y salvos. Al sacerdote, por vez primera sin breviario, porque lo había dejado en la Residencia, le sobraba tiempo. Encendió la radio. Continuaban dando noticias, confusas y alarmantes, y la noche se presentaba larga y calurosa. Rezó rosario tras rosario. El piso estaba en lo alto de una casa de la calle Doctor Cárceles, al extremo opuesto de su cruce con la de Ferraz. Por tejados y terrazas se oían los pasos precipitados de los milicianos persiguiendo a los francotiradores, que disparaban desde las azoteas. Don Josemaría pensó en comenzar un diario; con concisión telegráfica, porque no estaba para historias. El lunes, 20 de julio, hizo la primera anotación de aquella jornada: Lunes, 20 —Preocupación por todos, especialmente por Ricardo. —Rezamos a la Santísima Virgen y a los Custodios. —Cerca de la una, hago la señal de la Cruz y salgo el primero. —Llego a casa de mi madre. —Hablo por teléfono con Juan. —Noticias radio. —Todos llegaron bien. —Mala noche, calor. —Tres partes del Rosario. —Sin breviario. —Las milicias en la azotea |# 23|. En sumarias pinceladas nos revela las impresiones de su alma ante los acontecimientos y la preocupación por la suerte de sus hijos, en especial por Ricardo Fernández Vallespín, a quien los sucesos le cogieron en Valencia. Ese 20 de julio, lunes, don Josemaría había dicho misa en la Residencia, sin sospechar que no volvería a celebrarla por largo tiempo. Por la cadencia de las notas de ese breve diario, que no pasó del sábado, 25 de julio, sabemos dónde tenía su pensamiento y su corazón: Martes, 21. —Sin Misa; Miércoles, 22 —Sin celebrar; Jueves 23 —Comuniones espirituales. ¡Sin Misa!; Viernes, 24 —¡Sin Misa! El jueves encontró un misal en la casa y empezó a decir a diario, por devoción, misas secas. (Reproduciendo las ceremonias de la Santa Misa, seguía atenta y devotamente todas las oraciones litúrgicas, salvo la Consagración, por carecer de pan y vino para consagrar; y, cuando llegaba a la Comunión, hacía una comunión espiritual) |# 24|. Aquella semana fue inquietante. Toda España vivía horas de trágica incertidumbre. No resultaba fácil reconstruir la situación del país. Ninguna información, de la prensa o de la radio, era de fiar. Don Josemaría llamó por teléfono a la funeraria que había enfrente de Santa Isabel. Así se enteró el martes de que habían quemado la iglesia. Con la noticia le vino de golpe a la memoria lo sucedido cuatro o cinco años atrás, cómo al salir un día de Santa Isabel se posesionó de su mente la sugerencia divina de que aquella iglesia sería quemada |# 25|. Tristemente, el convento de Santa Isabel no era la excepción; otras iglesias ardían ya por Madrid y el resto habían sido incautadas, según noticias que trajo de la calle Juan Jiménez Vargas. En apunte correspondiente al miércoles, 22 de julio, se lee: Dicen que cogen presos a los sacerdotes. Sin mucho esfuerzo, y teniendo ante la vista el recuerdo reciente de las escenas del Cuartel de la Montaña, don Josemaría revivía mentalmente los peligros a que estaban expuestos los ministros del Señor. Esa misma semana, como si hubiesen tocado a rebato, empezó la caza implacable de sacerdotes y religiosos, para arrojarlos a la cárcel o llevarlos al martirio. Quedaron desiertos conventos y casas parroquiales |# 26|. No existía más salvación que el escondite. En los pisos debajo del de doña Dolores había refugiados una monja y un agustino |# 27|. Don Josemaría redobló la oración y la expiación, como compendia en una línea de su diario: Oración: Señor, Santísima Virgen, San José, Custodios, Santiago. Buscando por el piso encontró un Eucologio Romano, con el que pudo rezar el oficio de difuntos. Empezaron, todos en familia, una novena a la Virgen del Pilar. Y, en vista de que hacía un calor horroroso, don Josemaría emprendió la lucha ascética con la sed: No beber agua por todos, especialmente por los nuestros, anotó el miércoles. A lo que no se resignaba el Padre era a pasar sin noticias de sus hijos. Hizo, pues, que Juan enviase unas tarjetas a Valencia, para tranquilizar a Ricardo Fernández Vallespín y a Rafael Calvo Serer, y saber de ellos. Quería don Josemaría irse a vivir de nuevo a Ferraz, pero Juan, que venía andando todos los días desde su casa a la de doña Dolores, le hizo ver el peligro a que se exponía al tener que atravesar los muchos controles de los revolucionarios. El caso es que tampoco podía trabajar, porque los papeles y documentos de la Obra los tenía guardados en un baúl, allí, en el piso de Doctor Cárceles; pero estaban bajo llave, y ésta la había dejado en la Residencia de Ferraz. El jueves, Juan e Isidoro se encargaron de ir a la Residencia y trajeron al Padre las llaves, una cartera y la cédula personal, que era el único documento de identidad que tenía |# 28|. El sacerdote estaba preparado para enfrentarse con lo imprevisible, si es que llegaba la hora de tener que abandonar precipitadamente el piso de su madre; y se dejaba crecer el bigote para no ser reconocido. Llegó el sábado, 25 de julio, última fecha de las anotaciones del diario. Ni el gobierno republicano ni los rebeldes sabían aún de qué lado iba a inclinarse la balanza. La suerte estaba indecisa. Metidos en una inextricable refriega, con la geografía del país caprichosamente partida y repartida entre fuerzas enemigas, la nación se debatía en los umbrales de una guerra civil. También los ánimos de todo español se hallaban conflictiva y sentimentalmente escindidos. Radio Madrid era una incesante granizada de noticias servidas al público por el gobierno, anunciando el fracaso del alzamiento militar, la rendición de los rebeldes, el bombardeo y destrucción de quienes resistían a las victoriosas fuerzas republicanas. Para apartar la mente de su madre de catástrofes y desastres, don Josemaría procuraba entretenerla jugando al tresillo o haciendo que escuchara Radio Sevilla |# 29|. La charla del general Queipo de Llano, que propalaba la entrada inminente en Madrid de las fuerzas rebeldes que marchaban para liberar la capital, era, aunque engañosa, una gota de optimismo |# 30|. Por esas fechas no se pensaba todavía en una guerra civil sino en un golpe de estado militar y en la represión de los brotes revolucionarios. En la mañana del sábado, 25 de julio, acababa de entrar Juan en el vestíbulo de la Residencia de Ferraz en busca de unos papeles cuando irrumpió en el piso una patrulla de anarquistas, entre los que se contaban el chófer y el cocinero del anterior dueño de la casa, el conde del Real. Probablemente ignoraban los milicianos quiénes eran los nuevos inquilinos. Inspeccionaron el piso. En el cuarto que había ocupado el Padre descubrieron una sotana, un sombrero y otros objetos, como unos cilicios y unas disciplinas ensangrentadas, que anunciaban a gritos que allí vivía un cura. A las preguntas de los que efectuaban el registro, Juan contestaba como podía, con vaguedades, para salir del paso, dando a entender que aquello era de unos estudiantes de Medicina (los milicianos habían visto ya unas calaveras y unos esqueletos en la sala de estudio), que el dueño era un extranjero y que el capellán no solía ir por allí |# 31|. Sin más averiguaciones, declararon incautado el edificio en nombre de la C.N.T. (Confederación Nacional del Trabajo, un sindicato anarquista) y se fueron al domicilio de Juan a continuar el registro, que había de resultar aún más peligroso que el de la Academia, porque en su dormitorio tenía Juan en un baúl un fichero con las direcciones de los estudiantes que iban por la Residencia, aparte de otros documentos cuya posesión equivalía a sentencia de muerte |# 32|. El registro del cuarto fue minucioso, pero, inexplicablemente, los milicianos no tropezaron con el baúl, que al abrir el armario quedaba oculto tras las puertas. De todos modos, al terminar, invitaron a Juan a que les acompañase. Aquello, en la jerga del terror, significaba que le iban a "dar el paseo" o, en otras palabras, que lo llevaban a fusilar. Cosa que estaba a la orden del día y dentro de las atribuciones de las patrullas. Intervino entonces dramáticamente la madre y, sin saberse por qué, el jefe de los anarquistas, pistola en mano, cambió repentinamente de parecer, mientras explicaba: — «Nosotros no matamos a nadie. Los que matan son los socialistas. Llevamos esto —decía señalando la pistola— sólo por profilaxis... ¡Que se quede!» |# 33|. Esa misma tarde comentaban entre sí Juan y Álvaro del Portillo los sucesos de los últimos días, preguntándose cómo iría a terminar todo eso. «Si triunfa la revolución comunista —se decían—, aquí no se podrá seguir y tendremos que planear una Residencia en el extranjero» |# 34|. Ambos tenían muy presente el compromiso de seguir haciendo la Obra si faltase el Fundador. Uno y otro se reafirmaban en aquella sabida consideración: La Obra de Dios viene a cumplir la Voluntad de Dios. Por tanto, tened una profunda convicción de que el cielo está empeñado en que se realice |# 35|. Basados en tan sencilla lógica, mantenían la firme y esperanzada convicción de que al Padre no le pasaría nada |# 36|. De hecho, todos los miembros de la Obra durante los años de persecución religiosa escaparon repetidas veces de modo milagroso —o, si se quiere, de manera inverosímil e inexplicable— de entre las manos de sus perseguidores. Don Josemaría, además de las gracias fundacionales, poseía una cualidad humana que le venía facilitando desde tiempo atrás el enfrentamiento con una situación histórica adversa, desempeñando con audacia y naturalidad las actividades apostólicas propias de su misión. El Señor, indudablemente, había dotado a aquel joven sacerdote de una paz interior y hasta de una valentía física inconcebible, dadas las circunstancias en que desempeñó su ministerio. Por lo que tiene de excepcional, y como para confirmar aquella dádiva, narra en sus catalinas una de las poquísimas ocasiones en que no pudo dominar el miedo. Era, como dice, un miedo fisiológico, pueril, a estar de noche a oscuras en la iglesia. Esto ocurría en 1930, en el Patronato de Enfermos. Un miedo tonto, pero que no podía remediar, y que le impedía acercarse al Sagrario. Hasta que una noche —escribe—, al volver de la Academia tuve una moción interior: "ve, sin miedo": "ya no tendrás miedo". No es que oyera esas palabras: las sentí, ésas o muy parecidas; desde luego ese concepto. Fui a la iglesia oscura. Sola la luz del Sagrario. Hasta el Sagrario. Apoyada la frente en el Altar. No he vuelto a sentir más miedo |# 37|. Libre desde entonces de las raíces del miedo, pasión que llega a torcer los juicios y la voluntad, don Josemaría pudo entregarse de lleno a sus actividades, no sin estar expuesto a burlas, injurias y pedradas. La figura de aquel sacerdote arrebujado en su manteo era muy conocida en algunos suburbios y despoblados de las afueras de Madrid, a donde iba a visitar enfermos o dar la catequesis. Y, de todas formas, don Josemaría necesitaba una buena dosis de audacia y valentía para continuar ejerciendo sus funciones ministeriales como si no hubiese cambiado el ambiente de la calle. Aun hallándose libre de ese tipo de miedo que paraliza la acción, en los meses que siguieron a la instauración de la República hubo de superar también el odio con el que se daba de cara en todas partes. ¡Dios mío! —se preguntaba—, ¿por qué ese odio a los tuyos? |# 38|. La mirada serena del sacerdote, que había hecho el propósito de apedrear con avemarías a quienes proferían groserías e indecencias contra él —devolviendo amor por odio—, purificaba sus sentimientos. Antes se indignaba. Ahora, al oír esas palabras innobles, se me estremecen las entrañas |# 39|, se lee en una catalina de septiembre de 1931. Ese mismo año, pocas semanas más adelante, confirmó un propósito sacerdotal que mantuvo vigente hasta el final de sus días: yo sólo debo hablar de Dios |# 40|. Pero, metido como estaba en un programa divino, que tenía que desarrollar en medio del mundo, don Josemaría sufría en silencio los encontronazos callejeros de cada jornada. Inmerso en la realidad social, por encima y al margen de ideologías políticas, el Fundador cumplió su misión de 1931 a 1936 envuelto en una atmósfera de tormenta y de odio creciente. Le había tocado vivir una sucesión de situaciones dramáticas que parecían llegar ahora al paroxismo de la sinrazón. Era como si el país entero, con el estallido de aquel polvorín de aversiones en que se había convertido, se sumiera sin remedio en un abismo de maldad. Para colmo de desgracia, sus ansias de apóstol estaban rodeadas de compatriotas que, por diversas razones o atizados por la propaganda, pensaban que la solución de los problemas pasaba por destruir antes la Iglesia de Cristo. La Obra de Dios —había escrito el Fundador— no la ha imaginado un hombre, para resolver la situación lamentable de la Iglesia en España desde 1931 |# 41|. Reservó, pues, sus energías para cumplir fielmente ese otro designio, más grande, universal y para siempre, del que se había hecho cargo el 2 de octubre de 1928. 2. Fugitivo en busca de refugio Doña Dolores, deseosa de paz, vaticinaba en familia que el día de la fiesta de Santiago, patrón de España, todo habría vuelto a la normalidad. El diario recogió la invocación al Apóstol: Sábado, 25. —¡Santiago y cierra España! |# 42|. Al entrar el mes de agosto la situación era revuelta y confusa por toda España. Continuaba la lucha en pueblos y regiones y era clara la escisión de los mandos militares a la hora de la insurrección. Lo que los militares alzados pensaron como una rápida toma del poder por parte del Ejército se había convertido ahora en una lucha sangrienta, con carácter, a la vez, revolucionario y de guerra civil. En efecto, la conspiración militar fracasó en muchos sitios. El mando lo ejercían, en su mayoría, personas partidarias del gobierno republicano, especialmente en Madrid y Barcelona, donde se encontraban los principales efectivos del ejército. Pero, por otro lado, en las grandes regiones rurales de Galicia, León, Castilla, Navarra y Aragón, la población se sumó con entusiasmo al alzamiento. El resultado fue imprevisible. En la zona republicana el poder, teóricamente en manos del gobierno, pasó de hecho a los comités de milicias revolucionarias de los partidos y sindicatos locales. Mientras en la zona que se llamaría nacional, las fuerzas de pueblos y capitales vinieron a encuadrarse bajo la autoridad de las jefaturas militares de los insurrectos. Conforme pasaban los días, se perdían las ilusiones de una pronta terminación del conflicto, que prometía alargarse hasta el final del verano. Por todo Madrid se hacían registros domiciliares en busca de personas sospechosas. Generalmente estos registros perseguían pistas sacadas de ficheros políticos u obtenidas por delación. Las más terribles eran las presentadas a las milicias por los vecinos o los porteros de las casas |# 43|, pues conocían los movimientos y paradero de sus inquilinos. En el piso debajo del de Doña Dolores había una comunista, la cocinera; mujer nada de fiar y, probablemente, sabedora de que vivía escondido un cura en el otro piso. Teniendo esto en cuenta, el sacerdote estaba precavido y dispuesto a emprender la fuga en cualquier momento del día o de la noche. Y, por si fueran pocas las dificultades, carecía de documentación sindical o política, que, naturalmente, era la única válida en los controles de los milicianos. Doña Dolores le había dado el anillo de casado que usó antaño don José, con la intención de que pensaran que no era soltero. Para el hijo, llevar ese anillo fue como heredar una santa reliquia de su padre |# 44|. A las dos semanas de estar encerrado en el piso, aparecieron por el barrio las patrullas de registro. Sería probablemente el 8 de agosto cuando sucedió lo que temían. A primera hora de la mañana el portero avisó, alarmado, que era inminente un registro. Sin aguardar un segundo aviso, el sacerdote se lanzó a la calle dispuesto a recorrer una larga vía dolorosa. Empezaba a cumplirse el presentimiento que tuvo de que, a partir de agosto de 1936, el Señor le reservaba una cruz. Así lo había dejado escrito en sus Apuntes, semanas antes, sin imaginar su cumplimiento: ¡víctima!, en una Cruz sin espectáculo |# 45|. Ese día, 8 de agosto, anduvo vagando de una parte a otra de Madrid, expuesto a caer en manos de cualquier piquete de milicianos que le llevase a la cárcel. Luego, a última hora, se fue a dormir a una pensión de la calle Menéndez y Pelayo, donde se alojaba José María Albareda, un joven profesor que había conocido en la Residencia de Ferraz y que el jueves, 23 de julio, había visitado al Padre en Doctor Cárceles, acompañando a Juan y a Isidoro Zorzano. Al día siguiente, como tenía convenido anteriormente, se marchó a casa de Manolo Sainz de los Terreros, que vivía en la calle Sagasta, 31 |# 46|. (Manolo era aquel joven que comenzó la dirección espiritual con el Padre en junio de 1933 en la casa de Martínez Campos, mostrándole su alma, «sin dejar un solo hueco»). Era mediodía cuando don Josemaría logró subir al piso sin que lo advirtiese el portero. Esa misma tarde se presentó también allí Juan Jiménez Vargas. La familia de Manolo se hallaba de vacaciones y éste vivía solo con Martina, una anciana sirvienta, sorda y calmosa. Los dos nuevos huéspedes hubieron de permanecer en absoluta clandestinidad, a todos los efectos, sin que supiesen nada de ellos los demás vecinos y menos aún el portero, responsable, ante el comité político de las casas, de la entrada o salida de residentes. Así, pues, habían de moverse con cautela y sigilo, para no levantar sospechas. Manolo o Martina hacían la compra, dejando entrever a terceros que aquella era comida para dos personas, aun cuando fuesen cuatro bocas a la hora del reparto. Manolo, hombre decidido e impetuoso, no era sujeto que se amilanase fácilmente; pero desde que a finales de julio se habían llevado a su hermano a la cárcel la casa estaba fichada. Por entonces los registros comenzaban a ser metódicos. A los dos días de vivir allí el Padre con Manolo, volvieron a presentarse los milicianos en otro de los pisos, donde anteriormente habían detenido al conde de Leyva |# 47|. Con don Josemaría, entró también el orden en aquella casa. Se hizo un horario fijando las prácticas de piedad, y las horas de trabajo y de comidas. Lo que más preocupaba al Padre era el no tener noticias de sus hijos. Es de imaginar, por tanto, su enorme alegría cuando a mediados de agosto Manolo recogió en la antigua residencia de Ferraz varias cartas que le entregó el portero, entre ellas una de Pedro Casciaro. Y, poco más tarde, el día 25, le llegó una carta de Ricardo dirigida a Isidoro desde Valencia, anunciando que se encontraba muy bien. El Padre, por medio de Isidoro y de Manolo, se comunicaba esa temporada con los de Madrid y con doña Dolores, aunque ésta prefería no saber con certeza dónde paraba su hijo |# 48|. A poco de abandonar don Josemaría la casa de su madre se produjeron los temidos registros. No uno sino varios; llevándose detenidas a algunas personas de la familia en la que estaba empleada la sirvienta comunista. En otra ocasión, entraron los milicianos y recorrieron todas las viviendas, menos la de doña Dolores. Rompieron incluso el precinto que en la puerta contigua se había colocado por orden de la Embajada inglesa, ya que la dueña, de nacionalidad británica, había dejado España al estallar la revolución |# 49|. Temblaban doña Dolores y sus hijos, en silencio expectante, cada vez que oían a los milicianos subir ruidosamente por la escalera; pero jamás se les ocurrió, aunque parezca extraño, registrar la vivienda de los Escrivá. En el piso de Doctor Cárceles, quedaba un baúl repleto de papeles privados y documentos relacionados con la Academia y las labores apostólicas. Don Josemaría había puesto su entera confianza en manos de Dios y de doña Dolores, que «conservaba la llave y no la soltaba por nada del mundo» |# 50|. Pero, Carmen y Santiago, ante el temor de que hubiera allí anotaciones que comprometieran a terceras personas, exigieron la llave a su madre. Efectivamente, entre los papeles encontraron un cuaderno con nombres, direcciones y teléfonos, y juzgaron prudente quemarlo. Dispuesto a revolver, Santiago topó, sin duda, con algunos escritos espirituales de mucho sabor, de los que da noticia: «entonces fue —nos dice— cuando leí el diario que Josemaría había llevado durante muchos años. Recuerdo los cuadernos de hule negro». Se trataba, claro está, de los Apuntes íntimos del Fundador |# 51|. Aquel baúl, puesto allí bajo el amparo de la Providencia y la vigilancia amorosa de doña Dolores, contenía una importante porción del espíritu y de la todavía breve historia de la Obra. En Doctor Cárceles comenzó el baúl una larga odisea que duró toda la guerra, incólume a desplazamientos y registros. (Tres años más tarde, como quien se topa con un viejo conocido, anotaba el Fundador: ¡Madrid!, día 13 de Abril de 1939: a la vuelta de casi tres años, reanudo mis Catalinas en este cuaderno que quedó sin terminar, en julio del 36. Jesús ha querido, de modo poco ordinario, que se conserve nuestro archivo. Y se ha servido de mi madre y de Carmen como instrumentos) |# 52|. En el piso de Sagasta vivía el Padre muy aislado, sin otra compañía que la de Juan, pues Manolo imponía a los huéspedes su decisión de mantener a toda costa el incógnito, y no recibir visitas. Un día, suspendiendo tan excesiva reserva, Manolo les presentó a dos refugiados del piso de abajo, pero sin revelar a éstos el carácter sacerdotal de don Josemaría. Aunque no fue necesario que lo hiciese. Vista la familiaridad con que don Josemaría trataba los temas religiosos, le identificaron prontamente, que es lo que el sacerdote pretendía, por si necesitaban de su ministerio. Uno de ellos —Pedro Mª Rivas, abogado madrileño entonces, y más tarde, religioso— refiere que «se le veía en aquellos días de la guerra con gran paciencia y mucha paz de espíritu» |# 53|. Gustaban los visitantes de la conversación de don Josemaría, por lo que frecuentemente subían al piso de Manolo a charlar con él. En caso de alarma los huéspedes tenían muy ensayados los pasos a dar. En cuanto se oía un timbrazo a la puerta los refugiados se retiraban hacia la escalera de servicio. Mientras tanto, Martina se preparaba a abrir, cachazudamente, sin prisas. Valiéndose de su sordera, retenía a los visitantes, sin dejar a nadie pasar de la puerta. Si era gente de peligro, la señal convenida era levantar mucho la voz, de manera que los visitantes se identificaran, dando tiempo a los huéspedes para ganar la escalera de servicio y subir a las buhardillas. El 28 de agosto Manolo trajo a casa un primo suyo, llamado Juan Manuel. El domingo, día 30, le pusieron, por la mañana, al corriente de las precauciones tomadas en caso de registro. Hicieron un ensayo, sin prever cuán oportuno resultaría. Pocas horas más tarde, cuando estaba Manolo fuera de casa y Martina preparando la comida, se oyeron grandes voces por la escalera, y a poco sonó el timbre. Se retiraron cautelosamente los tres —el Padre, Juan y Juan Manuel— hacia la escalera de servicio mientras Martina, con calma, se dirigía a la puerta. Los milicianos intentaban entrar diciendo que iban a hacer un registro, y Martina los retenía gritando, muy en su papel de sorda: — «Aquí no hay nadie. Soy sorda. No oigo nada». Por la escalera de servicio subieron los tres a las buhardillas y entraron en la primera que hallaron abierta. Aquello era un espacio reducido que hacía de desván y carbonera. Andaban agachados porque la altura no daba para tenerse de pie. A primeras horas de la tarde el calor se hacía asfixiante. Sentados entre polvo, telarañas y carbonilla, se mantenían inmóviles en espera del desenlace. Cualquier ruido podía delatarles y, si eran descubiertos, lo más probable era que los fusilasen |# 54|. Varias horas llevaban de espera, cuando oyeron que estaban ya registrando en el piso inmediatamente debajo de la buhardilla. El Padre, en la duda de si Juan Manuel, que llevaba escasamente dos días con ellos, se había enterado o no de que era un sacerdote, le dijo: — Soy sacerdote. Y luego, dirigiéndose a ambos, a Juan y a Juan Manuel: — Estamos en momentos difíciles, si queréis, haced un acto de contrición y yo os doy la absolución |# 55|. Recibió Juan Manuel la absolución. Instante que dominó todos sus recuerdos de aquella época: — «No he podido olvidar mi encuentro con don Josemaría —confiesa—, ya que todos pensamos que eran los últimos momentos de nuestra vida [...]. Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo» |# 56|. Apenas recibida la absolución, preguntaba Juan al Padre: —Y si nos cogen, ¿qué ocurrirá? —Pues, hijo mío, que nos vamos derechos al Cielo. (Aquí, en sus memorias, hace Juan una importante digresión sobre la imprecisa cualidad de su miedo, aclarando que no era, específicamente, el temor a ser fusilado, sino que experimentaba una sensación incierta, que no le robaba la paz. «Con el Padre allí estaba seguro de que no había nada que temer, y para contribuir al ambiente de seguridad —nos explica— a las tres de la tarde me dormí un rato») |# 57|. Mientras, entregado a tan altruistas propósitos, dormía a pierna suelta, los milicianos registraban concienzudamente la casa: de arriba abajo y de abajo a arriba. Tan a fondo, que no tuvieron tiempo de llegar a las últimas buhardillas. Hacia las nueve de la noche cesaron, por fin, los ruidos. Cautelosamente bajaron los tres por la escalera y llamaron a la puerta de servicio del cuarto piso, izquierda, casa de los condes de Leyva. Les abrieron. Venían sudorosos, sedientos y tiznados de polvo y carbonilla. Pidieron un vaso de agua. Allí les contaron que Manolo había vuelto a casa en pleno registro y se lo habían llevado detenido, cerrando el piso con llave. Les ofrecieron unas camisas del conde, que estaba en la cárcel, mientras les lavaban las suyas. Generosamente les invitaron a quedarse en el piso, pues era de esperar que por un tiempo no hubiera nuevos registros. Se equivocaron. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, ya estaban de nuevo los milicianos sobre la pista, continuando meticulosamente el suspendido registro de la víspera. Entraron en el piso de al lado, el cuarto derecha, y en el de abajo. «A ratos —cuenta Mercedes, hija del conde de Leyva— pasábamos un miedo horroroso, pero el Padre —de todas formas— conservaba el buen humor, haciéndonos reír muchísimo, aunque pensaba mucho en los suyos» |# 58|. En una de esas ocasiones de peligro la condesa |# 59| propuso rezar el Rosario. Rápidamente intervino el Padre: Lo llevaré yo, que soy sacerdote |# 60|. En vista de la persistencia en los registros de aquella zona, se vieron obligados a cambiar de refugio |# 61|. Dos de las chicas de servicio de la condesa fueron a ver a José María González Barredo, para que buscase al Padre dónde esconderse. El único posible refugio que halló éste fue la casa de los Herrero Fontana, cuyos dos hijos conocían a don Josemaría y se dirigían espiritualmente con él. Vivía esta familia en un entresuelo de la plaza de Herradores, número 4. Aquella operación de traslado, que se prometía segura, les llevó a meterse en la boca del lobo. Una noche se vieron cercados, de improviso, por patrullas de policías y milicianos, que obligaron a los porteros a abrir los portales de todas las casas, para hacer una redada registrando todos los pisos de la plaza, con gran escándalo y alboroto nocturno. Inexplicablemente, el portero de la casa número 4 no se dio por enterado. Y, más extraño aún, ni siquiera intentaron los milicianos forzar la puerta de aquella casa. Para Juan aquél era uno más de los muchos casos que mostraban «que el Padre tenía una protección especial, uno más de los episodios que protagonizaban los Ángeles Custodios» |# 62|. Frente a eso, poco podían hacer las patrullas de registro. «Así, ni milicianos, ni nada», pensaba Juan Jiménez Vargas, cada vez que se libraba de la muerte. Como contrapartida, aquel joven sacerdote se veía obligado a ir de casa en casa, mendigando un refugio, sin saber dónde y cómo le recibirían. Porque el miedo a tener escondido a un sacerdote, exponiéndose quienes le acogiesen, a la cárcel o al martirio, hacía que muchos buenos cristianos le cerrasen las puertas. La peregrinación en busca de escondite «era algo muy duro, porque no era sólo sensación de abandono físico», era como sentirse completamente desamparado |# 63|. Afortunadamente, en medio de aquella prueba, don Josemaría se sentía acompañado por su Dios. Llevaba por dentro, muy hondo, el gozo y la paz; al tiempo que por fuera le azotaban la inseguridad y el desamparo. De modo indecible cabían en él, a un mismo tiempo, elementos contrarios, porque sobre la paz de su alma pesaba la angustia de la incertidumbre; y el frío de la soledad cubría el calor de su optimismo. En la búsqueda de refugio el Señor le hacía tomar sobre sí, envolviendo su vida afectiva, una dolorosa sensación de abandono: la de todos los que no tenían hogar, la de los miserables sin cobijo, la de los perseguidos sin escondite; la de los miembros de la Obra en peligro: unos fugitivos, otros aislados, algunos en la cárcel. Resultaron infructuosas las gestiones hechas en casas de amigos y conocidos, mientras una hija de los condes de Leyva trataba de que le admitieran en la Embajada de Cuba. Al cabo, un día, cansado y sin refugio, el sacerdote fue a dar en casa de don Álvaro González Valdés, padre de José María González Barredo, en la calle de Caracas, 13. El terror revolucionario continuaba su escalada. De los ficheros de todo tipo de asociaciones —políticas, culturales, deportivas o religiosas—, y de las denuncias de vecinos, colegas, porteros o enemigos particulares, se obtenían largas listas de gentes a quienes perseguir |# 64|. Por ese motivo, los cambios de escondite de los perseguidos se llevaban a veces con tal sigilo y rapidez, que pasaba tiempo antes de que la familia tuviera noticias del nuevo refugio. Éste era el caso de Álvaro del Portillo, que había conseguido refugiarse con uno de sus hermanos en una casa situada en un callejón al que se accedía desde la calle de Serrano y cuyo dueño era amigo de la familia. Un mes llevaba escondido cuando se le ocurrió —a principios de septiembre— ir a las oficinas de la Jefatura de Puentes y Cimentaciones, donde trabajaba antes de la guerra, a cobrar sueldos atrasados. Ya con unos billetes en el bolsillo, decidió tomarse una cerveza en "La Mezquita", un bar de la plaza Alonso Martínez, sin cuidarse de que, sentado en un velador de la acera, podían pedirle una documentación de que carecía. Providencialmente no fue la policía sino don Álvaro González Valdés quien se le acercó y le dijo: — «¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro» |# 65|. Aquello tenía fácil arreglo. Fueron inmediatamente a la calle de Caracas y Álvaro se llevó al Padre consigo. A los pocos días se les agregó Juan Jiménez Vargas. En ese escondite vecino a la calle de Serrano, pasaron tranquilamente el resto del mes de septiembre. La casa estaba en un callejón pegado a unas dependencias de la Dirección General de Seguridad. El dueño había puesto en un balcón un papel con la bandera argentina, por lo que pudiese valer. Nunca estaba de más cualquier intento. La comunicación con el exterior y los encargos los hacía la cocinera de los antiguos ocupantes, una mujer entrada en años y que no se mordía la lengua; y Selesio, el chófer, que aparecía por allí de vez en cuando. El Padre dirigía las meditaciones y celebraba con los suyos las "misas secas"; y para llenar las horas, porque no tenían libros que leer, se entretenían charlando, evitando caer en el ocio o en la inactividad. Pared por medio del chalet funcionaba la emisora de radio de la Dirección General de Seguridad, transmitiendo a todas horas mensajes a la policía. Llevaba ya el Padre tres semanas en el chalet, en compañía de Álvaro, de Juan y de Pepe del Portillo. En el relativo sosiego de su escondite les cogió el primero de octubre, víspera del octavo aniversario de la fundación de la Obra. Esperaba el Padre un favor del Cielo, una de esas "dedadas de miel" con que Dios solía endulzar su afán apostólico, enviándole alguna nueva vocación. Esta vez soñaba con gran ilusión cuál sería la sorpresa que el Señor les tenía preparada: Álvaro, hijo mío, mañana es 2 de octubre; ¿qué caricia nos tendrá reservada el Señor? |# 66|. Muy pronto lo supo. Esa misma mañana llegó Ramón, otro hermano de Álvaro, con noticias alarmantes. Peligraban todos. Los milicianos podían presentarse allí de un momento a otro. Ya habían registrado el domicilio de los propietarios del chalet donde se encontraban y asesinado a seis personas de esa familia, entre ellos un sacerdote. Ahora venían rastreando los domicilios de parientes y conocidos. Era preciso abandonar ese refugio. La bandera argentina no era impedimento que frenase a los milicianos. Antes de partir, el Padre les dio la absolución y sintió henchírsele de gozo el alma al pensar en el martirio. Al mismo tiempo tuvo la sensación de que se le desvanecían los ánimos, de que el cuerpo se desmadejaba y, con la flojera, las piernas le temblaban de miedo |# 67|. El regalo esperado del Señor fue el envío de luces para que el sacerdote comprendiera, de manera tangible, que toda su fortaleza era prestada. La gracia que esperaba para el 2 de octubre se le concedía la víspera. Pronto se repuso y comenzaron a buscar otro escondite. El Padre llamó por teléfono a José María González Barredo y quedaron en verse en el paseo de la Castellana, una arteria principal que corta Madrid de norte a sur, no lejos del chalet. Según habían convenido, salió a la calle y, después de un cierto tiempo, regresó al chalet. Venía tan acongojado que, ya en el umbral de la puerta, rompió en sollozos: — Pero, Padre, ¿por qué llora? —le preguntó Álvaro. En el rato que permaneció fuera de casa se había tropezado con una persona, que le informó del asesinato de don Lino Vea-Murguía, aquel sacerdote que visitaba con él los hospitales y atendía a las mujeres de la Obra. También le dieron pormenores del martirio de aquel otro sacerdote, don Pedro Poveda, amigo suyo, cuya muerte ya conocía |# 68|. Explicó luego el Padre por qué había vuelto tan pronto. Efectivamente, se vio con José María González Barredo en el lugar convenido del paseo de la Castellana. Gozoso de haber hallado solución al apuro, extrajo Barredo del bolsillo de su chaleco una pequeña llave y se la entregó a don Josemaría. La casa en cuestión pertenecía a unos amigos que se encontraban fuera de Madrid. El portero, además, era persona de confianza. Todo estaba resuelto. ¿Es que había reparos que poner? El Padre le escuchaba atentamente, como haciéndose cargo de la situación: — Pero, solo y en casa ajena, ¿qué voy a decir si se presenta una visita o llaman por teléfono? — No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite. — Y, ¿qué edad tiene esa mujer? — Pues, veintidós o veintitrés años. Entonces sacó la llave, que ya se había metido en el bolsillo, y le hizo esta consideración: — Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor. Después, por vía de ilustración, para que se hiciese cargo, le insistía: — ¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla. Dicho y hecho. Se acercó al agujero y la tiró |# 69|. El 2 de octubre, muy temprano, alzaron el vuelo de aquel escondite. Justamente a tiempo, porque enseguida aparecieron los milicianos a registrar el chalet. El Padre, acompañado de Álvaro, se había ido a casa de Juan. Sin documentación, a la buena de Dios, recomenzaron una vez más el peregrinar. Y se les ocurrió volver a la plaza de Herradores, donde vivía Joaquín Herrero Fontana con su hermana, más la madre, doña Mariana, y la abuela, ambas viudas. Aquellas mujeres le conocían como huésped de semanas anteriores. El Padre pasó las horas de ese dos de octubre recogido en oración y pidiendo a Dios por sus hijos. Todo marchaba bien. Hasta que el miedo fue incubando, aceleradamente, una idea obsesiva en el cerebro de la abuela. La buena señora dio en la manía de repetir: — ¡Un cura en casa! Nos matarán a todos. ¡Un cura en casa! Nos matarán a todos |# 70|. No era un desatino. La obsesión senil de la abuela tenía sus fundamentos de cordura. La hija y la nieta trataron de calmarla. Todo fue en vano. En tales condiciones no hubo más remedio que pensar en un rápido traslado del sacerdote. El día 3 se hallaban el Padre, Álvaro y José María González Barredo cansados y abatidos, sentados en el bordillo de la acera de la glorieta de Cuatro Caminos, cuando a Barredo le vino una idea salvadora. ¿Por qué no ir a visitar a Eugenio Sellés, un joven profesor de la Facultad de Farmacia que conocía al Padre de la Residencia de Ferraz, y no había vacilado en ofrecerles generosamente su casa? Vivía Sellés con su mujer en la Colonia Albéniz, en Chamartín. Estaban al final del trayecto del tranvía de Ciudad Jardín. Luego había que atravesar un descampado, donde por las noches venían las patrullas con grupos de presos para fusilar. Éste fue el recorrido que el Padre hizo con Álvaro y José María al caer la tarde del día siguiente, dando un rodeo para evitar los controles en que se pedía la documentación. José María, luego de estar un rato en casa de los Sellés regresó a Madrid |# 71|. Mucho aprendió esos días el joven matrimonio de la discreción, buen humor y simpatía de sus dos huéspedes. Todas las noches, de rodillas los cuatro, rezaban el rosario. A los Sellés les quedó impresa, sobre todo, la serena confianza del sacerdote, «que hacía que se comportara con abandono absoluto en el Señor, sin ninguna tensión, como si no pasara nada especial» |# 72|. Seguían haciendo gestiones en busca de un refugio estable para el Padre. Y el martes, 6 de octubre, Joaquín Herrero Fontana se presentó a última hora en casa de Juan para informarle que todo estaba ya arreglado. Tanto Juan como Joaquín llevaban varios días tratando de ingresar a don Josemaría en una clínica psiquiátrica. Juan lo había intentado en la Colonia del Parque Metropolitano; sin éxito. Joaquín, que trabajaba en el Hospital de Urgencia, fue más afortunado. Como tenía documentación para moverse libremente por Madrid, localizó y habló con Ángel Suils, colega y paisano suyo, de Logroño |# 73|. El Dr. Suils dirigía un Sanatorio de enfermos mentales. Se le puso al tanto de quién era el "enfermo" y quedó concertado su ingreso en la Clínica para el día siguiente. En la tarde del martes el Padre y Álvaro dejaron la casa de los Sellés. Álvaro fue en busca de otro refugio y el Padre pasó la noche en casa de Joaquín |# 74|. A las diez de la mañana del 7 de octubre se presentaron ambos en casa de Juan. Allí les recogió un coche de los que prestaban servicio en el Hospital de Urgencia, conducido por un miliciano. Colocaron al paciente en el asiento de atrás, solo. Delante, junto al miliciano, se sentó Joaquín, quien relata las incidencias del traslado: — «Dije al conductor que la persona que iba detrás era un enfermo mental, no peligroso pero sí con grandes manías. Lo llevaban al sanatorio para su tratamiento. El Padre iba hablando solo, y de vez en cuando decía que él era el Dr. Marañón. El conductor protestaba: "Si está tan loco, más vale pegarle un par de tiros y no perder el tiempo"» |# 75|. De la expeditiva sugerencia del miliciano podemos presumir cuáles serían sus sentimientos, de enterarse que el "loco" era un ministro del Señor. 3. En el Sanatorio del Dr. Suils Llevaba el Padre un traje azul oscuro con jersey gris y camisa, pero sin corbata. A quienes le habían conocido meses antes les sorprendía su extremada delgadez, su bigote y el pelo al rape. Tan recortado, que cuando el pasado mes de agosto fue al peluquero, éste, como satisfecho de su faena, y echando tal vez una ojeada a la alianza matrimonial que perteneció al difunto don José, le comentó: ¡Vaya, no va a conocerle su señora! |# 76|. El ajuar del recién ingresado era pobre y escaso: un viejo abrigo, caritativamente cedido por la madre de los Herrero Fontana en previsión de los próximos fríos, y variada ropa interior, prendas sueltas que provenían de distintos dueños |# 77|. La clínica donde le internaron era un chalet en la periferia de Madrid, zona a medio urbanizar, con extensos solares y terrenos baldíos. El edificio, de construcción reciente y con jardín, constaba de tres pisos: un semisótano donde estaban los enfermos mentales graves y otras dos plantas para los enfermos en observación. En el papel impreso de la clínica se leía: Sanatorio Psiquiátrico de la Ciudad Lineal Casa de Reposo y Salud Enfermedades mentales, nerviosos, toxicómanos Tratamientos modernos Médico Director: Doctor D. Ángel Suils Arturo Soria, 492 Teléf. 51188 Ciudad Lineal (Madrid) Junto a la Carretera de Aragón |# 78| El doctor Suils estaba, en esos momentos, fuera de la clínica. Entrevistó al enfermo su ayudante, el doctor Turrientes, que, sin andarse con rodeos, dijo a don Josemaría: «Bueno, mire, yo sé que Vd. es sacerdote, pero aquí debe ir con cuidado en hablar de estas cosas» |# 79|. El recién ingresado guardó un prudente silencio, sin prometer cosa alguna. Dejó de repetir que era el doctor Marañón y simuló, por su cuenta y riesgo, una afonía histérica. Esta cauta prevención le permitía estudiar, sin compromiso por su parte, el ambiente del nuevo refugio. Don Josemaría, que ocupaba una habitación en la planta encima del semisótano, debió sentir terriblemente el aislamiento de los primeros días. El martes 13 de octubre, escribe Juan en su diario: «Cuando iba a salir de casa telefonea el médico de guardia del sanatorio. El Padre está bien. Podemos ir a verle si queremos [...]. La madre de Herrero (no estaba él en su casa) dice que es un disparate visitar al Padre. Se comprende que esté intranquilo sin saber nada de nosotros, pero hay que aguantarse. Tiene razón, aunque pienso lo que estará rezando el Padre. Completamente aislado. También a nosotros nos gustaría verle, pero no vamos a crear nuevas complicaciones por bobadas afectivas. Por eso fui a casa de Suils esta tarde. Le he dicho que el Padre no se ocupe de nadie. Como si no estuviéramos en Madrid. Ni teléfono ni nada. Únicamente si hay peligro para él que me avisen a mi casa. Me cuenta que simuló una afasia histérica. Ahora ya habla algo, muy poco para no dar lugar a sospechas» |# 80|. Juan Jiménez Vargas, curtido por el peligro, entendía a su modo las «bobadas afectivas». Durante esos últimos días no hacía otra cosa que desvivirse por servir a los demás de la Obra. Visitó a Álvaro, que intentaba refugiarse en la Embajada de Méjico. Se preocupó por saber cómo andaba Chiqui. Estuvo con José María González Barredo, y con Isidoro y con Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra que no podía salir de casa, por el peligro de ser encarcelado. En fin, estaba haciendo por el Padre lo que éste no se imaginaba: el que pudiera decir misa |# 81|. En esos primeros meses de terror la persecución religiosa fue despiadada. Los sacerdotes no encarcelados o asesinados, andaban escondidos. Las iglesias, quemadas o destinadas a usos profanos. Las sacristías, desmanteladas. Se volvía a la Iglesia de las catacumbas. Sabedora de las tribulaciones y angustias por las que atravesaban los católicos españoles, la Santa Sede concedió la facultad de celebrar "el Santo Sacrificio sin ara, sin ornamentos sagrados y usando, en vez de cáliz, un vaso de vidrio decente" |# 82|. Estas disposiciones, sobre el culto en la Iglesia de la clandestinidad, tardaron algunas semanas en llegar al conocimiento de los fieles de la zona republicana. Sin conocer al personal ni el régimen del sanatorio, era sumamente arriesgado intentar que el Padre dijera allí misa, sin haber preparado antes las cosas. Eugenio Sellés, que no vivía demasiado lejos del sanatorio, ofreció su casa para celebrar la misa. La operación, sin embargo, no se llevó a cabo. Las últimas líneas del diario de Juan Jiménez Vargas, donde se habla de este asunto, respiran optimismo: «Es algo encantador la imprudencia de Sellés. En su casa no, pero en el sanatorio creo que sí se podrá. Claro que sin que se lo imagine nadie. Se llevarían un disgusto en casa de Joaquín. Su madre, ayer me decía que se acuerda siempre de mí porque me estoy jugando la vida (!!!) andando tanto por la calle. La contesté que debo tener 7 vidas como los gatos y todavía tengo de sobra porque entre todos los médicos (?) y los golpes que he padecido durante 23 años no han conseguido gastar más de 4 ó 5» |# 83|. Esto escribía el 15 de octubre por la noche; y es la última anotación del diario. Porque una mañana, decidido el plan de sacar al Padre para que dijese misa en casa de Eugenio Sellés, «precisamente cuando estaba esperando a Isidoro para marcharnos al manicomio —recuerda Juan—, se presentó una patrulla en San Bernardo y me detuvieron» |# 84|. (En la calle de San Bernardo vivía Juan con sus padres). * * * Cuando María Luisa Polanco, enfermera del sanatorio del doctor Suils, recompone sus memorias, se sorprende de conservar una imagen muy nítida del sacerdote; es uno de los residentes que mejor recuerda. Pero, a casi medio siglo de distancia, la estampa que la enfermera retiene de la clínica psiquiátrica está suavemente coloreada por la nostalgia del pasado: «un pequeño chalet muy bonito, rodeado de jardín» |# 85|. Por el jardín, en los fríos y soleados días de fin de otoño veía pasear a don Josemaría, envuelto en una manta y conversando con algún otro refugiado. El sanatorio no tenía, ciertamente, el aspecto hosco y sombrío de los manicomios generales de la época, en que los enfermos soportaban sus miserias entre rejas. Tampoco era un lugar de holganza y despreocupación, como el rótulo: "Casa de Reposo y Salud", pudiera hacer suponer, con su título higiénico y bondadoso. Jurídicamente, el sanatorio funcionaba como sociedad colectivista en comandita, aprobada por el Sindicato Médico de Madrid y su Provincia. Aunque dirigido por "el compañero Ángel Suils", el sanatorio —certifican las autoridades de aquellos días—, «está controlado por el personal del mismo, afecto todo él a la Unión General de Trabajadores» (el Sindicato socialista). La "Casa de Reposo y Salud", de ser una "explotación capitalista" había pasado a constituir una sociedad de trabajadores, cuyo preámbulo de estatutos constitutivos rezaba así: «Los abajo firmantes, antiguos trabajadores de la "CASA DE REPOSO Y SALUD" de la calle Arturo Soria, 492 (Ciudad Lineal), deciden formar una Sociedad de acuerdo con los estatutos de la Unión General de Trabajadores para explotar su trabajo de curación de enfermos mentales, nerviosos y toxicómanos, que hasta ahora, han venido haciendo en el citado lugar, en forma de industria que ha quedado abandonada por su propietario José Irús Lahoz, actualmente en el extranjero. Además de los estatutos de la U.G.T., han de regir los destinos de la Sociedad, los siguientes artículos: [...]» |# 86|. La plantilla de personal fijo la componían dos médicos, tres enfermeras, un administrador, un par de loqueros (encargados de custodiar a los dementes), una cocinera y una lavandera. En cuanto a la significación política, las enfermeras eran de variada coloración. Dos de ellas comunistas y capaces de delatar a un sacerdote. La tercera, María Luisa Polanco, persona de confianza del doctor Suils, era, por el contrario, falangista. Su hermano, también falangista, había sido asesinado en Bilbao y ella se encontraba en el sanatorio, por ser conocida de Suils, como refugiada. Uno de los loqueros, al menos, era furibundo comunista. Y, por lo que respecta al administrador de la clínica, tan sólo sabemos que aquella sociedad colectivista no estaba exenta de los terribles registros revolucionarios. En una de las pasadas de los milicianos en busca de "facciosos" en la "Casa de Reposo y Salud", se llevaron por delante a Florentino, el administrador. «No te molestes en cambiarte de ropa, camarada, sólo te tendremos diez minutos para que hagas declaración en Bellas Artes y vuelves en el mismo coche», le advirtieron |# 87|. Lo menos que puede decirse es que no cumplieron su promesa. Ni a pie ni en coche. Jamás se volvió a saber de Florentino. El personal sanitario tenía a su cargo una veintena de pacientes. Los más graves vivían en el semisótano. La condición de los enfermos mentales allí recluidos movía a compasión, era sumamente triste, cuando no trágica. Había una anciana —doña Carmen—, cuyo hijo, luego de cometer un crimen pasional, se suicidó. Esta señora pasaba brusca y repentinamente de la más profunda apatía a la más rabiosa exasperación. Otro de aquellos locos sufría continuamente de delirio persecutorio y deambulaba por los corredores y por el jardín, frenético, escupiendo y amenazando a sus invisibles agresores. Pero el caso más celebre y pintoresco era un esquizofrénico grave: don Ítalo («don Ítalo, ilustre farmacéutico», se le llamaba. A lo que él invariablemente respondía con genuina modestia: «¡culto farmacéutico, que no es lo mismo!»). Un día —cuenta don Josemaría— se acercó a mí, y me espetó a boca de jarro: "Señor: satúrese de ambiente, vaya erguido, deseche esas ideas..., aflójese las gafas... y se pondrá bueno" |# 88|. En el primero y segundo piso estaban los enfermos "en observación". En su mayoría eran refugiados sanos y cuerdos, que fingían enfermedades nerviosas o desequilibrios psíquicos. Aparte de esos "pacientes en observación", se daban casos especiales, como el de un niño de 6 años, sobrino de uno de los médicos ayudantes. Sus padres habían sido asesinados en Extremadura, y la mujer que le cuidaba consiguió huir con él a Madrid. Tras la pista del huérfano fueron los asesinos, con el siniestro propósito de eliminar al único heredero que quedaba de esa familia de terratenientes, de cuyas fincas se habían apropiado. En fin, no faltaba quien habiendo ingresado como falso enfermo, sometido a una constante tensión de angustia, acabó loco perdido |# 89|. Ahora que Juan se hallaba encarcelado, fue Isidoro Zorzano quien hizo de enlace y mensajero. Isidoro había nacido en Buenos Aires y estaba provisto de documentación argentina y de un brazalete con los colores nacionales. Esto le permitía circular por Madrid con relativa seguridad. Iba, pues, con cierta frecuencia a visitar al Padre y le llevaba noticias de la familia dispersa. En octubre Vicente Rodríguez Casado se refugió en la Legación de Noruega. Álvaro del Portillo, tras varias semanas en busca de techo que lo amparase, terminó en un local dependiente de la Legación de Finlandia: aunque por poco tiempo, pues el 3 y el 4 de diciembre las milicias asaltaron los anexos bajo pabellón finlandés y fue a parar a la tristemente famosa prisión de San Antón. En esa misma prisión acabó Chiqui (José María Hernández Garnica); mientras que Manolo Sainz de los Terreros y Juan estaban en la cárcel de Porlier |# 90|. Las detenciones masivas de personas no afectas a los partidos revolucionarios se produjeron con ocasión del avance de las tropas nacionales sobre Madrid. A finales de octubre estaban ya a las mismas puertas de la capital, donde fueron detenidas a principios de noviembre por el ejército republicano, con el refuerzo de las recién llegadas Brigadas Internacionales |# 91|. Desde el jardín del sanatorio se veían los fogonazos de la artillería por la parte de Puerta de Hierro, Ciudad Universitaria y Casa de Campo, con gran regocijo de los enfermos de la clínica de Suils. Don Ítalo, que confundía los cañonazos con las luminarias de una verbena, exclamaba: «Ya están en Madrid los locos. Están metidos en la verbena, en el centro de Madrid. Qué bien estamos aquí, y qué tranquilos» |# 92|. Aquello no fue el preludio de una fiesta sino el anuncio de una horrorosa carnicería. Ante el temor de dejar enemigos a la espalda, las milicias llevaron a cabo en Madrid una sangrienta e infrahumana represión contra la denominada "quinta columna", a retaguardia |# 93|. Las prisiones populares estaban abarrotadas, y durante todo el mes de noviembre se fueron vaciando sistemáticamente. Obedeciendo a consignas revolucionarias, se cargaban de presos los camiones que, de noche, partían hacia el tristemente célebre Paracuellos del Jarama u otros lugares en las cercanías de Madrid, donde se hacían fusilamientos en masa |# 94|. El distrito de la Ciudad Universitaria, cercano al barrio de Argüelles, dentro del cual estaba comprendida la casa de la calle Doctor Cárceles, hubo de ser evacuado. La familia de los Escrivá se resistía a abandonar la casa, con la esperanza de que las tropas nacionales ocupasen pronto el barrio, que colindaba con el frente de combate. Por este motivo estuvieron durante algunos días incomunicados, sin que Isidoro pudiera aproximarse a esa zona para informar luego al Padre de la situación de los suyos. Ya muy avanzado el mes de noviembre, doña Dolores se vio obligada a dejar la casa para instalarse en un hotel de la calle Mayor, cerca de la Puerta del Sol. Poco equipaje llevaban: «una maleta con lo imprescindible y el baúl con los papeles de la Obra», cuenta su hijo Santiago |# 95|. Ese baúl —añade Vargas— «se convirtió en una pesadilla» |# 96|. Tan pronto supo la mudanza, Isidoro fue al hotel y se llevó a los Escrivá al piso de don Álvaro González Valdés, padre de José María González Barredo |# 97|. El piso estaba medio vacío, porque su hijo, José María, se había refugiado en el Sanatorio del doctor Suils a comienzos de noviembre, al recrudecerse los registros y detenciones con el avance de las tropas nacionales para liberar Madrid. Se presentaron los Escrivá en la calle de Caracas 13, con todo su equipaje, que era escaso. Pero el baúl no pasó de la portería. El portero, alarmado a la vista del cofre, no se sabe por qué, pretendió examinarlo. Operación a la que se negaron rotundamente sus propietarios. Se puso terco el portero y no desistía de su empeño. Carmen también se mantuvo firme, y le contestó que, «por principio, no le daba la gana de abrirlo y que antes lo dejaba en el portal; y allí se quedó» |# 98|. Al final fue Santiago quien pagó la factura de la discordia. El portero se opuso, de manera terminante, a que Santiago viviese en la casa. Tal vez porque imaginaba al muchacho en edad militar y tenía miedo de que, si venían a registrar, se le hiciera responsable de ocultar nuevos inquilinos. En vista de las circunstancias y de cómo se enredaba el asunto (y de que a pocos pasos de la casa había dos checas |# 99| y el cuartel anarquista de la columna Espartacus, que pocos días antes había asesinado a 50 guardias civiles), Isidoro y doña Dolores acordaron que Santiago se fuese a hacer compañía a su hermano en el sanatorio, donde se le admitió como acompañante de un "enfermo en observación". El doctor Turrientes le recogió en casa y se lo llevó en tranvía a la clínica; el baúl con los papeles le siguió poco más tarde |# 100|. La tranquilidad en aquella "Casa de Reposo y Salud", como puede imaginarse, era bastante relativa. En una ocasión se presentó allí una patrulla de milicianos. Iban a tiro hecho. Se llevaron al duque de Peñaranda, hermano del duque de Alba |# 101|. Hasta el día siguiente no se enteró el Padre de lo ocurrido. Con pena muy profunda se dirigió enérgicamente al director del Sanatorio para protestar de que no le hubiesen avisado. De ahora en adelante —le dijo— de aquí no se llevan a ninguno sin que yo le confiese antes y le dé la absolución |# 102|. A pesar de la advertencia que le hizo el doctor Turrientes al llegar al sanatorio, don Josemaría, con su celo sacerdotal, había ido atrayéndose, uno a uno, a los refugiados, después de unos días de tanteo. Resignadamente confiesa el ayudante del doctor Suils el fracaso de sus consejos; «tengo la sensación —dice—, de que hablaba con todo el mundo» |# 103|. No obstante compartir todos los refugiados un mismo peligro, no existía vinculación alguna entre ellos sino la desconfianza creada por el miedo a una delación. Cada uno tenía su historia personal; y cuando abrían el corazón era porque el sacerdote les había revelado antes su condición ministerial. «El ambiente entre los residentes del Sanatorio era de recelo», según refieren los marqueses de Torres de Orán, que muy pronto intimaron con don Josemaría |# 104|. Dejando a un lado a los dementes, el resto de las personas del sanatorio tenía vida y experiencias muy particulares. Aun el personal clínico, asociado «para explotar su trabajo en la curación de enfermedades mentales», buscaba —como dice la última línea de los estatutos constitutivos— «la colaboración amistosa, en un mismo ideal, hacia el logro de un bienestar material conseguido por el trabajo» |# 105|. Las circunstancias históricas habían embarcado en un mismo navío a gente muy dispar. Suils y Turrientes protegían a los refugiados, como reacción contra la criminalidad imperante en tiempo de guerra. Para otros socios, la fortuna de pasar a ser propietarios de una industria, aunque traficasen con una de las más tristes condiciones del ser humano, les inclinaba a hacer la vista gorda en cuanto a la procedencia del cliente. De esto ya se había percatado Juan Jiménez Vargas cuando el 10 de octubre escribía en su diario: «Estábamos un poco intranquilos con el Sanatorio. Nos parece que tienen demasiada poca vergüenza a la hora de cobrar y esto no da mucha confianza en lo seguro que esté allí. Yo ya sabía esto y me parece una razón para intentarlo, porque se prestarían con tal de cobrar» |# 106|. Hay que decir, es de justicia, que la comida, todo considerado, no era mala ni escasa. El sitio donde pudo "comer mejor" hasta el fin de la guerra, asegura Santiago; aunque su estómago no era imparcial, porque traía hambres atrasadas del piso de Doctor Cárceles. La comida consistía en un plato único, que variaba a diario: judías, garbanzos, lentejas, arroz; y de postre, naranjas. Este suministro había que agradecerlo a la afiliación sindical de la empresa. A don Ítalo, por el contrario, no le impresionaban los esfuerzos de la cocinera. En los días tranquilos y radiantes podía vérsele paseando por el jardín, abrazado a una maceta sin tierra, que regaba gota a gota, cariñosamente, esperando que brotaran de allí filetes empanados |# 107|. Con la llegada de José María González Barredo y, poco más tarde, de su hermano Santiago, comenzó en el sanatorio una nueva etapa para don Josemaría. Ocupaban los tres la habitación contigua a la de los marqueses de Torres de Orán. Luego de tomar las debidas precauciones, para evitar sacrilegios, don Josemaría celebraba misa casi a diario. Isidoro le proveía de vino y de formas. Tenía el cuarto un armario grande, sobre una de cuyas baldas decía misa, manteniendo abiertas las puertas. De forma que, si alguien entraba repentinamente, todo quedaba oculto a un primer vistazo. Y, para mayor seguridad, pedía la colaboración de María Luisa: — ¿Quiere usted vigilar en el diván mientras celebro la Santa Misa? —le decía a la enfermera—, y si se acerca alguien llame a la puerta o hable en voz alta |# 108|. Ese pequeño diván estaba estratégicamente colocado en el pasillo entre el cuarto del Padre y el de otra enfermera, comunista. Después de celebrada la misa, repartía la Comunión entre algunos de los refugiados y, por si alguien deseaba confesarse, discretamente hacía ver a otros su condición de sacerdote. Cuando doña Carmen, la anciana demente a causa del suicidio del hijo, reposaba en sosegada apatía era persona muy cortés y atenta; pero en los arrebatos frenéticos escupía atroces insultos. No perdonaba a nadie, excepto a don Josemaría, a quien trataba cariñosamente de "ancianito". «Don Josemaría es tan bueno —decía— que tiene que ser por lo menos general»; y otras veces: «don José no es don José, es San José» |# 109|. Tales elogios, como es de suponer, no eran la mejor recomendación a oídos de los loqueros o de las enfermeras frentepopulistas. Una de ellas sospechaba seriamente que se trataba de un cura refugiado. El Padre puso rápido remedio a las sospechas. Cierto día, fingiendo un desvarío, y ahuecando la voz, en tono confidencial, le declaró que él era el doctor Marañón, pero que había que guardar a todo trance el secreto |# 110|. José María González Barredo, del que nadie parecía sospechar, empezó a crear una cierta preocupación al Padre y a Santiago. Trataba de hacerse pasar por loco, careciendo de dotes para la farándula. Se comportaba de una manera tan extraña, con reincidencias tan exageradamente realistas que, hasta entre dementes, su conducta resultaba llamativa. Encendía las luces a horas inverosímiles y saltaba cien veces por la ventana, del cuarto al jardín y del jardín al cuarto. Afortunadamente, era poca altura y no arriesgaba mucho con una mala caída. Con los primeros fríos le vinieron al Padre ligeras molestias de carácter reumático. Alguien le prestó una estufilla, que inmediatamente pasó a sus vecinos los marqueses, diciendo que él no la necesitaba |# 111|. Al entrar diciembre, los médicos, en lugar de prescribirle una simple medicación con salicilatos, decidieron someterle a una cura que consistía en inyectarle un preparado de veneno de abeja, entonces muy de moda. Tal vez el doctor Suils pensase despachar dos expedientes por vía de ensayo. De una parte, prevenir ulteriores ataques reumáticos y, por otra, provocar al mismo tiempo una fuerte reacción que convenciese al resto del personal de que se trataba de un auténtico enfermo. Los efectos del veneno fueron «fulminantes y terribles», refiere su hermano |# 112|. Quedó el paciente paralizado y con grandísimos dolores. Difícilmente podía mover la cabeza. Su alimento consistía tan sólo en una bebida de jugo de naranja. Pero a los quince o veinte días de guardar cama se encontraba ya medio repuesto. La verdad es que, aunque débil y muy flaco, salió curado del reuma. Siguieron apareciendo por aquellos andurriales partidas de milicianos a registrar el sanatorio. Y como el chalet estaba próximo a la carretera de Aragón, por la que pasaban camiones que iban y venían constantemente del frente, si se paraban en las inmediaciones, la tropa bajaba a estirar las piernas, a curiosear o llenar de agua las cantimploras en el sanatorio. Era entonces cuando los dementes cumplían la función de escudos protectores. El director del Sanatorio había dado órdenes para que, en tales situaciones, se sacara a los enfermos del semisótano a pasear libremente por el jardín. Los milicianos, ya sea por considerarlos agresivos, ya porque les inspirasen una lástima repulsiva, se retiraban rápidamente del jardín. De una de esas intervenciones fue protagonista don Ítalo. Al toparse con un grupo de milicianos, uno de los cuales llevaba colgando la caja de la máscara antigás, trató de examinarla: — «Con todos los respetos y si a bien lo tienen (don Ítalo era muy cortés y delicado en el hablar), ¿podrían explicarme cómo funciona este instrumento de música de viento?», les preguntó |# 113|. Al fin Isidoro trajo al Padre un documento de identidad que esperaba desde hacía tiempo; una simple hoja en papel impreso, con sello del "Comité-Delegación del Partido Nacionalista Vasco-Madrid", y con el siguiente texto: «Rogamos a las Autoridades y Milicias de todos los Partidos del Frente Popular respeten para su libre circulación a José Mª Escriba Albas, por ser persona afecta al Régimen. —Madrid 23 de Diciembre de 1936. —Por el Comité [aquí la firma]» |# 114|. Los nacionalistas vascos no eran precisamente afectos a la ideología del Frente Popular, aunque la esperanza de obtener la autonomía política les mantenía del lado del Gobierno de la República |# 115|. Un papel sin foto del interesado, que no era siquiera afiliado al Partido Nacionalista, poco valor tenía ante las patrullas de control. Pero, al menos, don Josemaría podía parar con él un primer golpe. Isidoro, noticiero y recadero del Padre, le traía noticias de la calle de Caracas y de las prisiones en que se hallaban sus hijos. Se carteaba con los de la Obra en Valencia y cumplía otras obras de misericordia |# 116|; mientras el Fundador, desde su aislamiento, unido a Dios en el sufrir y en las oraciones, mantenía vinculados a los miembros dispersos de la Obra. De aquel periodo, en que se hacían sacas de las cárceles |# 117| para los fusilamientos nocturnos, hay anécdotas impresionantes. Todos tenían la seguridad de que el Padre había arrancado a sus hijos de las garras de la muerte, a fuerza de suplicar al Señor. El caso de Chiqui es uno entre muchos. Estaba ya arriba del camión, con los otros prisioneros que iban a fusilar, cuando se oyó una voz que le llamó por su nombre y le mandó bajar. Arrancó el camión hacia la muerte y Chiqui volvió a su celda |# 118|. Refiriéndose a estos sucesos, cuenta Juan Jiménez Vargas que «hasta fines de 1936 ocurrieron una serie de episodios, en los que se ve que todos nos habíamos salvado, más de una vez, de modo humanamente inexplicable. Algunas de estas cosas sucedieron en las cárceles» |# 119|. En noviembre estaba Juan en la cárcel de Porlier de la que iban vaciando galería tras galería, para fusilar a los presos. El día 26 le tocó a él. Formaron cola los presos y de allí pasaron a un camión, que les esperaba en la calle. Juan quedó aguardando, con tres personas por delante de él, a que se llevasen la segunda expedición. El camión no volvió hasta poco antes del amanecer. Pasó media hora y nadie dio orden de que partiese otra expedición. Es más, dieron por terminada la operación y no volvieron de momento a esa galería. La oración del Padre fue el escudo de la Obra. De uno u otro modo, todos sus hijos se beneficiaron de esa oración tenaz, incansable y confiada, hecha de intimidad con el Señor. * * * La convivencia en el sanatorio había alcanzado un clima de bonanza y equilibrio, que muy pronto se vio perturbado. Corría el mes de enero de 1937 cuando Isidoro, que estaba tramitando la orden de libertad de Juan Jiménez Vargas, consiguió que éste saliese por fin de la cárcel de Porlier. Luego de pasar escondido quince días en casa de sus padres, sin documentación y expuesto a ser detenido de nuevo, fue admitido, gracias a unas gestiones del Padre, en el sanatorio de Suils |# 120|. Allí coincidió con la llegada de otros dos refugiados: un comandante de Aviación y un falangista de Logroño, llamado Alejandro, de la familia de los Láscaris Comneno |# 121|. La aparición de estos tres nuevos personajes produjo una psicosis de temor y desconfianza. Entre los "pacientes en observación" se hizo un silencio repentino, como en una charca de ranas al menor ruido sospechoso. Quienes corrientemente venían a confesarse o pedir consejo al sacerdote no salían de sus cuartos. Nadie paseaba ya por el jardín. El Dr. Suils, anticipando un registro, invitó con firmeza a Láscaris a abandonar el chalet; y comunicó a José María González Barredo y a Juan que también ellos tenían que marcharse. Por la paz de todos y, en particular, por la seguridad del Padre, se fueron a sus respectivas casas en Madrid. Luego se consumieron las formas consagradas que guardaba don Josemaría en su cuarto para administrar la Comunión cuando no podía decir misa. Pasaron varios días y, al comprobarse la falsedad de la alarma del registro, resurgió el optimismo entre los "pacientes en observación" y el deambular por el sanatorio en un clima de confianza. Los sucesos, sin embargo, habían hecho sufrir mucho al Padre. Recobrada la calma se fue a ver al director, para informarle de lo que había venido repitiéndose sin cesar en los últimos días: Yo no puedo estar donde han echado a mis hijos |# 122|. Reprendió con buenas palabras su comportamiento, en esa ocasión, y le comunicó que estaba decidido a buscar refugio en otra parte. Por una de las visitas que le hizo Isidoro, ya en febrero de 1937, se enteró el Padre de que Chiqui (José María Hernández Garnica) había sido trasladado el 5 de ese mes de la cárcel de San Antón de Madrid al penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Después de meses de silencio, en que se servía de Isidoro para comunicarse con los de la Obra en Valencia, el Padre no pudo más y tomó la pluma para dirigirse directamente a sus hijos de Valencia: Madrid, 10 de febrero de 1937 Queridos amigos: tenía muchas ganas de escribiros, y, por fin, hoy aprovecho la visita de Isidoro para darle esta carta. Mi cabeza parece que va mejor: es mucho el tiempo que llevo en este manicomio y, aunque despacio, me consuelo pensando que estoy aquí encerrado para mi bien, por orden de mi Padre, y además nunca olvido que no hay mal que cien años dure. Mi gran preocupación, en esta soledad, en medio de tantos pobres enfermos como yo, son mis hijos. ¡Cuánto pienso en ellos y en el porvenir espléndido de nuestra familia! De momento, Chiqui está en el primer plano (si mi corazón supiera distinguir de planos entre mis chicos, todos igualmente queridos): ved si por medio de alguna amiga vuestra podéis atenderle en su actual preocupación. Este pobre loco os abraza y os quiere Josemaría Escribid a Isidoro |# 123|. * * * A partir de entonces, las puertas de acceso a la intimidad del Fundador, por algún tiempo entornadas, se abren de par en par al expansionar su alma en la correspondencia con sus hijos. Desde febrero hasta septiembre de 1937, en que sale de su asilo en el Consulado de Honduras, son más de ciento setenta las cartas escritas, desde la clandestinidad, a los miembros del Opus Dei. En esas páginas está condensado el vigoroso ardor de su espíritu. Por entre la estrechez de los renglones se escapan los afectos de su corazón, sosteniendo a sus hijos en la fe y alentando sus esperanzas en el futuro de la empresa divina en que están todos empeñados. No podía permanecer inactivo por más tiempo el Fundador en la "Casa de Reposo y Salud". La expulsión de dos de los suyos le resultaba un intolerable martirio, y pedía a Dios poder abandonar cuanto antes la clínica. José María González Barredo, por intermedio de un amigo, que a su vez lo era del yerno del cónsul de Honduras, se acogió a la sede del Consulado de ese país. Y, una vez dentro, consiguió que entrasen el Padre y Santiago, su hermano |# 124|. Y en vísperas del traslado a ese nuevo refugio, el Padre escribió otra vez a los de Valencia: Muy queridos amigos: Acabo de pasar un rato, en el Manicomio, con mi pobre hermano Josemaría, y, sabiendo cuánto os interesáis por él, casi no voy a hablarte de otro asunto. Era de esperar que acabara en una Casa de Salud, porque, desde octubre de 1928, estaba completamente loco: ¿sabes lo que dice que es?: Un borrico. Menos mal que no le da por rebuznar, aunque, al cumplir el 9 de enero 35 años, aseguró que eran 35 rebuznos. De humor, se encuentra muy bien: lleno de optimismo, seguro de que su idea fija va a ser inmediatamente —dice— una venturosa realidad. Piensa continuamente en sus hijos, y, chapado a la antigua, —loco— los bendice, a cada uno en particular, varias veces al día. Ahora se le ocurre —sabe que hay una guerra— que su Chiqui, a quien sólo falta un año para ser ingeniero de Minas, podría ponerse bueno y ser compañero de algún arquitecto en los trabajos de Fortificaciones. Al Relojerico (un amigo suyo, que los demás no conocen), le encarga que busque, con muchas recomendaciones, a un médico que cure al enfermo. Me ha encargado que felicite a Chiqui por su santo (así me dijo él, y así lo pongo), y añadió: y por su fiesta de renovación. Verdaderamente, el pobre Josemaría está perdido: cada día más chiflado. Saludos muy cariñosos, y perdonad esta majadería de carta. Un apretado abrazo de Mariano Madrid/12/III/937 |# 125|. Esta carta contiene parte de la clave que utilizará a causa de la censura. Eliminando los datos que supongan un riesgo para el destinatario —y riesgo grave era la correspondencia con un sacerdote—, deja claro su sentido. La clave es muy simple. Consiste en poner en boca de un ficticio hermano suyo —el loco Josemaría— lo que desea comunicarles. Este desdoblamiento, contemplándose en tercera persona, pertenece a giros estilísticos usados en las Catalinas |# 126|. Y, por asociación de ideas, el tema de la locura —locura a lo divino—, le permite expresarse libre y disparatadamente. De suerte que establece, por paralelo, un doble mundo de referencias, entre la realidad material y corriente respecto a la espiritual y figurativa. Y, al fin, terminará adoptando la chochez del abuelo que le permitirá, con debilidad senil, contar a sus "nietos" toda clase de "niñerías" a lo divino |# 127|. Sorprende, con todo, el que no tuviese algún tropiezo con la censura de guerra. Evidentemente, nadie se había tomado la molestia de examinar con cuidado la correspondencia de un abuelo que, si no por otra cosa, resultaba sospechoso por su extraña jerigonza. De sobra conocía el Padre los peligros a que se exponía, y Juan Jiménez Vargas se lo recordaba en todo momento, pero su cariño por la familia de la Obra saltaba por encima de todo riesgo. Sus cartas iban bajo la tutela de Nuestra Señora: en esta correspondencia de tiempos de guerra, y más adelante, utilizará el nombre de Mariano, uno de los del bautismo, en señal de devoción a María. 4. Asilo en el Consulado de Honduras El 14 de marzo dejó el sanatorio, provisto de un testimonio médico que decía: «Madrid 14 de marzo de 1937. Con fecha de hoy sale de este Sanatorio Don José María Escriba Albas. En la actualidad no está curado del todo por lo que se le impide toda clase de trabajo, preocupaciones, viajes y demás clases de actividades. En el Sanatorio ha estado acompañado de su hermano Santiago de 15 años de edad quien convendrá siguiera acompañándole. El Director Dr. A. Suils coleg 4245» |# 128|. Una vez celebrada la Santa Misa y administrada la Comunión, el sacerdote —cuenta la marquesa de las Torres de Orán— les entregó unos pedacitos sueltos de papel de fumar, doblados de modo que pudiesen consumir las Sagradas Formas, que allí había, sin tocarlas, y comulgar así los días después de su marcha |# 129|. De estar bajo la protección del Dr. Suils pasó a la de D. Pedro Jaime de Matheu Salazar, diplomático salvadoreño, que desempeñó en esa época el cargo de Cónsul General Honorario de la República de Honduras. La residencia consular estaba en el 51 duplicado (luego 53) del Paseo de la Castellana. Aquel edificio prometía, por su aspecto y fachada exterior, unos regalos de los que carecía totalmente por dentro. El vestíbulo de entrada, en el primer piso, aunque amplio, tenía muy poca luz y unos cuantos muebles viejos que le daban aire de abandono. A mano izquierda, por una puerta de cristal emplomado, se entraba a un gran salón desmantelado, que tenía un amplio mirador con vistas al paseo de la Castellana; pero estaba terminantemente prohibido asomarse a la calle. Contiguo a este salón había otra pieza, abarrotada con muebles antiguos o modernos de buena calidad. Era evidente que la familia del cónsul había acumulado allí sus mejores enseres para hacer sitio a los refugiados en las demás habitaciones del piso. Junto al cuarto de paso del vestíbulo había también un amplio cuarto de baño, que era el único de que disponían los asilados |# 130|. Del otro lado del vestíbulo la disposición era diferente. Un largo corredor, con puertas a ambos lados, daba a otras tantas habitaciones ocupadas por grupos o familias de refugiados. En un principio, cuando llegaron el Padre y su hermano en un coche con bandera hondureña, no había allí habitación disponible. Todas las noches el gran salón, que servía de comedor y tenía una enorme mesa circular, se convertía en "cama redonda", cuando los refugiados sin cuarto desplegaban los colchones debajo de la mesa. A los tres días de llegar escribió el Padre de nuevo a sus hijos en Valencia, comunicándoles su nuevo refugio: Vi al pobre Josemaría y me aseguró que ya no está en el manicomio (es su manía de ahora) y que se ha metido en honduras. Está muy contento. El Doctor me deja verle a diario |# 131|. (Es decir, todos los días celebraba la Santa Misa). En la última semana de m | |||