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EL FUNDADOR DEL
OPUS DEI
Vida de Josemaría
Escrivá de Balaguer
ANDRÉS VÁZQUEZ DE
PRADA
TOMO III
Los caminos divinos
de la tierra
CAPÍTULO XVI
El Fundador en Roma (1946-1948)
1. Segunda etapa romana de don Álvaro
2. Las formas nuevas de vida cristiana
3. Una noche en oración
4. En espera de una solución jurídica
5. Pobreza de veras. Los Institutos Seculares
6. La secularidad y el trabajo profesional
CAPÍTULO XVII
Romanizar la Obra
1. La Sede Central
2. Gobernando entre Roma y Madrid
3. La hora de Dios
4. Los primeros supernumerarios
5. La aprobación definitiva del Opus Dei (1950)
CAPÍTULO XVIII
Tres actos de fe
1. Consagración a la Sagrada Familia (14-V-51)
2. Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum!
3. Un monumento de fe y de amor
4. La gesta heroica de don Álvaro
5. Curación de la diabetes (27-IV-54)
CAPÍTULO XIX
Unidad de la Obra
1. El Congreso General de Einsiedeln (1956)
2. Muerte de tía Carmen (1957)
3. Batalla de la formación
4. Arte de gobernar
5. Consummati in unum!
CAPÍTULO XX
Expansión apostólica
1. Parábola del trasplante
2. Prehistoria: viajes por Europa
3. Nuevos países (1952-1962)
4. Obras corporativas
CAPÍTULO XXI
Rasgos para una semblanza
1. La Paternidad espiritual
2. Genio y figura
3. Las sinrazones de los santos
4. Maestro de espiritualidad
5. Amar apasionadamente
6. El carisma fundacional
CAPÍTULO XXII
La época del Concilio Vaticano II
1. La vida cotidiana
2. El Concilio (1962-1965)
3. Años posconciliares
4. El último romántico
5. El marquesado de Peralta
6. «De hecho, no somos un Instituto Secular»
7. El Congreso General Especial (1969-1970)
CAPÍTULO XXIII
Santidad y grandeza de la Iglesia
1. "Me duele la Iglesia"
2. Unas locuciones divinas
3. En la Casa del Padre Común
4. "Luchar, por amor, hasta el último instante"
5. Correría catequística por la península Ibérica (1972)
CAPÍTULO XXIV
"Busco tu rostro, Señor"
1. Las tres últimas locuras
2. La tercera campanada
3. Viaje a Sudamérica (1974)
4. Los Andes: "no soy hombre de altura"
5. Bodas de oro sacerdotales (1975)
6. Muerte (26-VI-75)
CAPÍTULO XVI
El Fundador en Roma (1946-1948)
1. Segunda etapa romana de don Álvaro
La victoria de los Aliados había traído la paz a Europa en la primavera
de 1945, si bien muchos países continuaron su existencia con una fuerte
inestabilidad política y luchas internas de violento carácter
ideológico. Restablecida la paz, se puso pronto en ejecución el plan
Marshall, para la reconstrucción y desarrollo económico de gran parte de
la Europa devastada por la guerra. España, que había salido destrozada
de la guerra civil, y no pudo rehacerse durante el período de la segunda
Guerra Mundial, se vio marginada después de los Organismos
internacionales por las grandes potencias. De manera que, abandonada a
sus propios recursos económicos, que eran escasísimos (no tenía
carburantes, ni materias primas, ni producción agrícola para hacer
frente al hambre), difícilmente pudo sobrevivir a un duro cerco
internacional. La España de Franco era considerada dictadura de signo
totalitario, con una reciente historia de amigables relaciones con los
países del Eje. En consecuencia, las Naciones Unidas recomendaron la
retirada de los embajadores en España, que se produjo a partir de
diciembre de 1946 por parte de algunos países |# 1|. Anteriormente, el 2
de febrero de 1946, se había producido el cierre de la frontera francesa
a los españoles |# 2|.
Los años de la guerra habían dejado también huellas de otro orden. El
Colegio Cardenalicio, que solía consistir de unos setenta miembros,
había quedado reducido casi a la mitad. A finales de 1945, Pío XII
cubrió los puestos vacantes con treinta y dos cardenales, cuatro de
ellos italianos, de manera que, por vez primera en siglos de historia,
los cardenales no italianos constituían mayoría en la Iglesia. La fecha
de imposición de los capelos cardenalicios tendría lugar el 21 de
febrero de 1946 |# 3|.
Por ese tiempo se organizó una peregrinación española a Roma, de forma
que coincidiera con la ceremonia de la imposición de capelos. La
presidía el Sr. Obispo de Madrid; y los romeros hicieron la travesía,
entre Barcelona y Civitavecchia, en el J.J. Sister. El 24 de febrero
estaba de vuelta la peregrinación; y don Álvaro y José Orlandis se
acercaron al puerto de Barcelona para recibir a don Leopoldo, que les
puso al tanto de las últimas noticias e impresiones que traía de Roma
|# 4|. Ese mismo día, víspera de embarcarse, redactaba don Álvaro una
nota para el Padre al filo de la medianoche. Y se despedía con un
«¡Bendíganos! Ya sabe cómo y cuánto le recuerda y cómo ha de pedir por
Vd. su hijo Álvaro. El 26, D.m., telegrafiaremos desde Génova» |# 5|.
La travesía por mar fue feliz. No puede decirse lo mismo del viaje de
Génova a Roma. Una semana antes había encontrado Salvador Canals un piso
en el Corso del Rinascimento, 49; sus balcones y ventanas daban a Piazza
Navona. No podía ser más céntrico. Tenía un vestíbulo, salita de estar,
amplio comedor y varios dormitorios, aunque uno de ellos estaba atestado
con los muebles del anterior inquilino. Apenas tuvo don Álvaro un rato
de sosiego, escribió a Madrid una carta de varios pliegos y letra
minúscula, comenzando con el relato de su llegada a Roma:
«Roma, 2-III-46.
Muy querido Padre: ahí va la primera carta de esta segunda etapa romana.
Escribimos en nuestro piso del Corso del Rinascimento, 49, que
providencialmente logró Salvador [...]. El viaje de barco, estupendo:
salimos a mediodía del 25, con todo el equipaje, y llegamos a Génova el
26 a las 3 de la tarde. Nos esperaban el cónsul y Salvador. A pesar de
las protestas del cónsul salimos en un Fiat que iba conducido por su
propietario, un conde amigo de Salvador, camino de Roma, a eso de las 6
de la tarde. Pasamos el Bracco sin esperar a la escolta de los
carabinieri, para ganar tiempo, provisto el conde de una rivoltella (un
revólver: poco podíamos hacer), y no hubo novedad. Cenamos en La Spezia
y, aunque nos volvieron a decir que era muy peligroso, continuamos,
pensando hacer el camino de noche y llegar a tiempo para ver a los
cardenales españoles, que iban a salir de Roma el día 1 a primera hora.
Pero empezaron a venir reventones en las cubiertas, se rompieron los dos
gatos y, por fin, a 8 Kms. de Pisa hubo otro reventón. Como era de
noche, no paraba ningún coche para dejarnos el gato, ni para nada, y
cerramos bien para dormir dentro del coche y ver si de día alguno nos
daba auxilio: no sabíamos que estábamos tan cerca de Pisa. Y tampoco
supimos, hasta el día siguiente, que a un Km. de nosotros los bandoleros
desvalijaron un camión, mientras nosotros dormíamos, y se fueron con él,
dejando atados a unos árboles a los que lo conducían. De madrugada nos
ayudaron por fin, celebré en Pisa —la primera misa en Italia— y seguimos
después de habernos arreglado las ruedas. Pero nada: reventones y más
reventones y, en vez de llegar el 27 de madrugada a Roma, llegamos el
28, sin poder cenar» |# 6|.
A la descripción del viaje siguen varios pliegos, extensos, en los que
se refiere, con lujo de detalles, el cómo y cuándo se obtuvieron las
cartas comendaticias de los Cardenales. Según las noticias que les había
dado don Leopoldo en Barcelona, la víspera de embarcarse ellos para
Génova, los nuevos purpurados dejarían muy pronto Roma. Casi todos
tenían las maletas hechas y estaban a punto de partir. No tuvieron
dificultades en conseguir las comendaticias de los tres españoles: el de
Tarragona, el de Granada y el Primado de Toledo. Luego, continuaron sus
diligencias con el resto de los Cardenales que quedaban todavía en Roma.
Cerejeira, el de Lisboa, fue el primero que, espontáneamente, antes de
pedírsela, se la ofreció: ¡Yo también tengo que darla!, les dijo. No sin
que el doctor Mesquita, su secretario, se empeñase en que el de Lorenzo
Marques, Cardenal Gouveia, hiciera también otra carta. El encuentro de
don Álvaro con Ruffini, Cardenal de Palermo, fue muy afectuoso. Cuando
se le acercó don Álvaro y le dijo que probablemente no le reconocería,
porque la última vez que se saludaron tenía bigote y vestía de paisano,
el Cardenal daba grandes muestras de contento e hizo en público grandes
elogios de la Obra y de algunos de sus miembros. Había conocido a
Albareda y a Barredo. «Ya saben —insistía— que donde esté yo está
l’Opera: tienen que venir a Palermo» |# 7|.
Una vez en faena, don Álvaro estaba decidido a seguir pidiendo
comendaticias a todos los Cardenales en cuyas diócesis había hecho
apostolado alguien de la Obra, aunque se tratase de los humildes
comienzos de un investigador o de un estudiante becado en el extranjero.
En su segunda jornada de trabajo en Roma escribía al Fundador, a modo de
recapitulación: «Es posible que den comendaticias los Card. de Berlín,
Colonia, Westminster, Palermo y quizás Milán y N. York, que con los de
Toledo, Tarragona, Granada, Sevilla (¡que no ha llegado aún hoy!) y
Lisboa son 11 de los 69 de todo el mundo: no está nada mal, aunque nos
den calabazas unos cuantos de ellos» |# 8|.
El día 3 de marzo tenía fijadas don Álvaro varias audiencias con algunos
de los Cardenales que aún permanecían en Roma. El Cardenal Francis
Spellman, de Nueva York, y el de Westminster, Bernard Griffin, que
seguramente le hubieran dado la comendaticia, tuvieron que dejar Roma
con urgencia. En un ambiente tan internacional, parece ser que el idioma
más socorrido entre los eclesiásticos era el italiano, en el que no
estaba muy ducho don Álvaro. Pronto se convenció de que era lengua
obligada en Roma: «Se ve —escribía al Padre— que no hay más remedio que
hablar italiano, para entenderse con toda esta gente: yo procuro hacerlo
desde el primer día» |# 9|. Pero cuando el 3 de marzo se presentó,
acompañado de Salvador, a la cita con el Vicario General de Colonia,
tuvo que echar mano del francés. A pesar de lo cual, al cabo de media
hora, el Vicario seguía sin entender por qué su Cardenal había de darle
una carta comendaticia. De todos modos, como para mostrarles su buena
voluntad, les ofreció pasar un momento a besar el Anillo de su
Eminencia. Minuto que, con estupor del Vicario, se alargó, sin que éste
pudiera acortarlo. El comienzo de la conversación, ya en el despacho del
Cardenal Joseph Frings, fue un amistoso acuerdo sobre el instrumento con
que habían de entenderse. El Cardenal no sabía más que alemán, italiano
y latín. Dentro de esa terna, don Álvaro le ofreció el latín o su
italiano de tres días. El Cardenal Frings, sabiamente, optó por el
latín, idioma en el que estuvieron hablando hora y media.
Le explicó don Álvaro la Obra. Y viendo, por las preguntas que le hacía
el Cardenal, que iba entendiendo perfectamente, tocó el objeto de su
visita: «habemus aliquas Litteras Commendaticias... fere omnium
Episcoporum Hispaniae et etiam alicuius Cardinalis Lusitaniae, Italiae...»
Al llegar a este punto, Salvador, como para corroborar lo que decía don
Álvaro, sacó de la cartera un montón de papeles. Al verlos el Cardenal
Frings, puso cara de asombro y se le escapó un sincero: «Sed
insatiabiles estis!» |# 10|.
«Le respondí —continúa don Álvaro— que lo normal era llevar para el
Decretum Laudis cuatro o seis comendaticias, y por lo tanto la suya ni
quitaba ni ponía nada para la materialidad de conseguir el Decreto: pero
que, en realidad, la Obra había trabajado en Alemania: que si el Sr.
Cardenal Faulhaber estuviera en Roma, indudablemente la hubiera dado y
que, sobre todo, «esset nobis gaudium magnum Litteram aliquam alicuius
Episcopi Germaniae possidere», etc. |# 11|. El Cardenal, a su entera
disposición, preparó la redacción de la carta.
El número de las cartas comendaticias de los Prelados extranjeros tenía
un límite, evidentemente. No ocurría así con las de España. El Fundador
llevaba años recorriendo las diócesis y entrevistándose periódicamente
con muchos Obispos. Don Josemaría, pues, se propuso obtener cartas de
todos aquellos con quienes había tenido relación. En algunos casos, la
operación requería llevarse a cabo en varias etapas. Primero una
conversación, a fondo, con el Prelado en cuestión, sobre la situación
jurídica de la Obra. Después, una invitación a redactar una
comendaticia. Finalmente, conseguir que la enviase. Gestión ésta nada
fácil en ocasiones, porque el Sr. Obispo, ya fuese por enfermedad,
viaje, acumulación de trabajo, y quizá confianza amistosa, daba largas
demoras, hasta que don Josemaría le refrescaba la memoria o hacía que se
lo recordasen. Y, en aquellos otros casos en que no había tenido trato
directo con el Sr. Obispo, utilizaba para urgirlo los buenos oficios de
amigos o conocidos, como el Obispo de Tuy, el Abad de Montserrat o don
Eliodoro Gil |# 12|. Todo esto explica el que, habiendo comenzado la
recogida de cartas en el mes de diciembre de 1945, no lograse rematarla
hasta junio de 1946.
Don Álvaro había llevado consigo a Roma docena y pico de cartas
comendaticias, a las que en el mes de marzo fueron agregándose otras:
Jaén, Zamora, Jaca, Ciudad-Rodrigo, Barbastro... |# 13|, más las
obtenidas en Roma. Sobre las comendaticias escribía don Josemaría a
Mons. López Ortiz el 25 de marzo:
Es una pena no poder vernos y charlar, para que comprendas la
conveniencia de que se multipliquen las "comendaticias". Gracias a Dios,
las han dado Prelados de Portugal, Italia y todos los españoles que han
recibido nuestra petición |# 14|.
Sumaban ya más de treinta las comendaticias de los Obispos españoles
cuando los miembros del Opus Dei en Roma hicieron siete copias de las
cartas, para entregar, en forma de folleto, a cada uno de los
Consultores de la Curia. «¡Son Vds. unos bravos!», comentó uno de ellos
|# 15|. En respuesta a lo cual, don Álvaro, en carta del 10 de abril, le
dice al Padre: «¡Es pena que no tengamos todas las comendaticias!»
|# 16|.
Bien podía pensar el Padre, como el Cardenal Frings, que sus hijos de
Roma eran insaciables. Pero, si lo pensaba, no lo dijo. Al revés,
apresuróse a conseguir comendaticias de todos aquellos Obispos que no
habían dado señales de vida; y escribió enseguida a Mons. López Ortiz,
el 14 de abril:
Perdóname esta insistencia. Me urgen de Roma más comendaticias. [...] Me
convendría saber si esos buenos señores de León, Orense y Guadix han
respirado. Con franqueza: no me importa demasiado su negativa, aunque no
la deseo. Dime urgentemente lo que haya |# 17|.
Un mes más tarde informaba don Álvaro sobre este asunto: «Con las cartas
comendaticias ha resultado un libro de cien páginas, estupendo» |# 18|.
Les siguieron llegando cartas comendaticias. Las últimas (de los Sres.
Obispos de León, Ibiza, Plasencia y Vic) a mediados de junio |# 19|.
2. Las formas nuevas de vida cristiana
Que el Fundador no estaba del todo conforme con el contenido del Decreto
de erección de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz era cosa patente,
por cuanto su texto no expresaba con propiedad la genuina naturaleza del
Opus Dei. Tampoco respondía al carácter universal del Opus Dei, ni era,
por consiguiente, el instrumento adecuado para su desarrollo. De manera
que, después de haber conseguido la incardinación de los sacerdotes del
Opus Dei en la nueva Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, don Josemaría
se creyó obligado en conciencia a exponer las razones por las que ese
ropaje jurídico no se ajustaba a la realidad del nuevo fenómeno pastoral
que Dios había traído al mundo:
Por estas razones, entre otras —confesaba a sus hijos—, no podemos
aceptar en conciencia lo conseguido hasta ahora, como cosa intangible y
definitiva. Hay que avanzar y mejorar, hasta lograr un cauce, en el que
se asegure con genuinidad lo que Dios quiere de nosotros |# 20|.
Existía también otra razón de peso para dar un paso adelante, aunque no
la mencione el Fundador por tratarse de materia harto vidriosa. Pero es
obligado decir, porque lo recogen los documentos públicos y solemnes de
la Santa Sede, que la contradicción de los buenos no se había extinguido
|# 21|. Al contrario, existía el peligro de que se propagase a otros
lugares. Don Josemaría, con mucho dolor y delicadeza, informaba de ello
a su buen amigo el P. Roberto Cayuela, S.J. |# 22|.
De los dichos peyorativos y de las habladurías contra la Obra en España
se empezaba a tener conocimiento en Roma. Su mejor contrapartida eran
las cartas comendaticias. En ellas se reflejaba la naturaleza universal
de la empresa apostólica, que se extendía a gente de todas las
condiciones, y de diversos países. Mientras que, por otra parte, los
Ordinarios daban fe de la obediente sumisión a la Jerarquía de los
miembros del Opus Dei. Además, con su trabajo profesional,
específicamente apostólico, prestaban un servicio directo a las iglesias
locales. Todo lo cual reforzaba la petición hecha a la Santa Sede para
dotar al Opus Dei de un régimen pontificio, en atención a su gobierno, a
su naturaleza y a sus fines.
A la segunda semana de su estancia en Roma, don Álvaro, dando por
acabadas las gestiones de las cartas comendaticias, se dirigió a la
Sagrada Congregación de Religiosos. (No tenía otra vía, no existía otro
camino para tratar este asunto jurídico). Con el respaldo de esa
impresionante colección de comendaticias, no parecía difícil lograr lo
que deseaban. Sin embargo, aquella petición resultó ser la manzana de la
discordia. No en cuanto a la sustancia del asunto sino en cuanto al
procedimiento, porque surgieron diversidad de pareceres entre los
consultores. Para unos, en efecto, la estructura jurídica del Opus Dei
podría encauzarse dentro de la normativa del Codex vigente. Otros, en
cambio, considerando que el Opus Dei era una forma nueva de apostolado,
abogaban por encuadrarlo jurídicamente en la normativa propia de esas
formas nuevas. En todo caso, la cuestión de fondo era que, para bien o
para mal, no existían tales normas legales |# 23|.
Corría el mes de marzo de 1946 cuando don Álvaro, dejando el asunto en
manos de los consultores de la Sagrada Congregación de Religiosos, trató
de resolver otro problema: el de la casa. Pronto o tarde, se verían
obligados a desalojar el piso que ocupaban, porque no tenían un contrato
de arrendamiento. Pero, bien miradas las cosas, se les presentaba una
ocasión inmejorable para adquirir una villa o un piso grande en Roma.
Los precios estaban por los suelos. También es verdad que el mayor
inconveniente para la operación era la falta de dinero.
«Estamos ahora viendo casas —escribe don Álvaro al Padre—. Nos damos
caminatas enormes, y así aprovechamos el tiempo mientras se resuelven
las instancias pendientes». Y, por lo que se refiere al asunto de la
Curia, le dice: «Creo que hasta Pascua, por lo menos, es indispensable
la estancia aquí. Desde luego, la cosa sale maravillosamente, pero es
preciso que salga rápida y sin modificar nada, y aquí está la cuestión.
Hay cosas que han tomado con mucho interés (!) y que están durmiendo el
sueño de los justos desde hace dos años» |# 24|. Uno de los consultores
—refería don Álvaro— le había comentado que si el Fundador «hubiera
estado al corriente del mecanismo canónico de las llamadas formas
nuevas, algunos puntos de las Constituciones los habría tocado de otra
manera» |# 25|. «De todos modos —seguía contando don Álvaro— hay que dar
gracias a Dios: me decían que lo normal es que retoquen todos, o casi
todos los artículos, y que aprueben así, retocado» |# 26|.
Tres días antes de que le llegasen estas noticias, el Padre había ya
empezado a escribir a sus hijos de Roma una larga carta —aquella famosa
carta que comienza el 24 de marzo y acaba el 30 de abril de 1946—, donde
se va reflejando el vaivén de la esperanza y la impaciencia creciente
del Padre. Hasta entonces daba éste por descontado que las gestiones de
don Álvaro serían negocio expedito, y que estaría de vuelta en Madrid al
cabo de unas semanas. Pensaba, con razonable optimismo, que las cartas
comendaticias que con evidente retraso seguían llegando a sus manos, no
estorbarían, para reunirlas después todas en un libro, aunque no hagan
falta ya para el decreto |# 27|.
Esto escribía el Padre, con fundada satisfacción, la noche del 24 de
marzo de 1946. A la mañana siguiente se volvieron las tornas. Llegó un
telegrama de don Álvaro anunciando al Padre una noticia que nada tenía
de optimista. En efecto, en la Curia le decían que «era urgente esperar»
|# 28|. No bien lo hubo leído el Padre, la demora le puso en guardia: Si
las cosas se retrasan —escribe el 26 de marzo— vengo pensando en si
convendría que se viniese el curica, para cambiar impresiones una
semana, y enseguida volver a Roma |# 29|.
Quizá sea a partir de entonces cuando se enrosca en el ánimo del Padre
la sospecha de que las cosas van a mayores, de que se complican |# 30|.
No parecía conveniente que don Álvaro, el curica, se ausentase de Roma,
porque ya había solicitado audiencia con Pío XII, a través de Mons.
Montini. El día fijado era el 3 de abril, miércoles, al mediodía.
Traía don Álvaro unas palabras preparadas en italiano para pedir a Su
Santidad que, si le era igual, le hablaría en español. «Pero en cuanto
le vi —cuenta— se me fue el santo al cielo, y se lo dije en castellano»
|# 31|.
— «¡Sí, cómo no!», le respondió el Santo Padre con acento sudamericano.
Le contó don Álvaro que ya había tenido la alegría de haber sido
recibido por Su Santidad en 1943. Estaba en Roma enviado por el Fundador
del Opus Dei para solicitar el Decretum laudis, acompañando la petición
con cuarenta cartas comendaticias. Habló don Álvaro de la extensión del
apostolado y de la situación de la Obra. Le impresionaba al Santo Padre
oír que los miembros del Opus Dei ejercían el apostolado entre
intelectuales, muchos de ellos profesores de la Universidad oficial,
viviendo, como ciudadanos corrientes que eran, en el mundo y buscando
allí la santidad de vida.
— «¡Qué alegría!», comentaba el Papa. Y, de pronto, se iluminó su cara
aguileña, donde los pesares habían hecho estragos en los últimos años;
y, fijando la mirada en don Álvaro, le decía:
— «Ahora le recuerdo perfectamente, como si le estuviese viendo, de
uniforme; con condecoraciones y todo. Sí, sí: me acuerdo muy bien»
|# 32|.
Continuó don Álvaro exponiendo las dificultades que habían surgido en la
Sagrada Congregación de Religiosos |# 33|. Luego, con confianza filial,
manifestó al Papa lo que, con toda razón, califica de frescura inaudita
por su parte.
«Añadí al Santo Padre —escribe— que nos había recomendado el P. Larraona
que encomendásemos mucho al Señor que saliera cuanto antes el Decreto y
que, incluso, el Santo Padre, sin pedir él audiencia, le recibiera»
|# 34|.
Después le entregó, en nombre del Fundador, un ejemplar de Santo
Rosario, de La Abadesa de Las Huelgas y de Camino, todos magníficamente
encuadernados en pergamino antiguo, con preciosos hierros, cantos de oro
y blasón pontificio. Se apresuró el Papa a desenfundar Camino y leer
algunos puntos: — «Parece muy bueno para hacer la meditación: son puntos
de meditación», comentó |# 35|. Aprovechó don Álvaro, antes de
despedirse, para hablar de Camino, diciendo al Santo Padre cómo él, y
todos los miembros de la Obra, habían aprendido del Fundador a ser
buenos hijos del Papa.
* * *
¿Qué eran esas formas nuevas de que hablaban los consultores de la
Curia? ¿En qué consistía su novedad cuando un experto aventuraba que de
estar al corriente de su mecanismo canónico el Fundador hubiera
formulado de otro modo algunos puntos del Codex (del Derecho particular
del Opus Dei)?
La Iglesia es joven, aun contando siglos, y fecunda. En la historia del
último siglo aparecieron en su seno asociaciones de vida cristiana y de
apostolado que no respondían al concepto estricto canónico de estados de
perfección, ya fuese porque sus socios no emitían los votos públicos o
por no hacer vida en común. Estas instituciones, variadas en sus fines y
extendidas por muchos países, eran reconocidas por la autoridad
diocesana como Pías Uniones, Sodalicios u Órdenes Terceras. Por su misma
novedad se las denominaba formas nuevas de vida cristiana, formas nuevas
de perfección, o de apostolado, o de vida religiosa; o simplemente
formas nuevas |# 36|.
Aquellas instituciones que estaban dotadas de vida común para sus fieles
hallaron un lugar en el título XVII del libro II, del Codex de 1917,
como sociedades de vida común sin votos. Pero el resto de las formas
nuevas, que eran canónicamente atípicas, creaban problemas, en cuanto a
la competencia de las Sagradas Congregaciones, por falta de normativa
que regulase el caso particular de cada una de ellas. Era, por tanto,
urgente colmar ese vacío legislativo. Así, pues, en 1934, Mons. La Puma,
entonces Secretario de la Congregación de Religiosos, se decidió en un
Congreso jurídico por el reconocimiento de las formas nuevas; y
posteriormente, en 1945, se formó una comisión encargada de preparar las
normas de procedimiento para su aprobación |# 37|.
Quedó visto cómo en 1943 la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz obtuvo
el nihil obstat de la Santa Sede como institución de vida común sin
votos, con un flexible entendimiento de la vida en común; especificando
que sus socios no eran religiosos. De este modo logró su erección
diocesana y una amplia libertad organizativa, según su propio
reglamento, y de acuerdo con los cánones del título XVII, libro II del
Codex. Ahora, en 1946, a los tres años, el Fundador solicitó, dentro de
ese mismo cauce jurídico, un Decretum laudis, que significaba, a todos
los efectos, pasar de un régimen diocesano a un régimen pontificio; es
decir, universal y unitario. Pretendía, asimismo, el Fundador la
aprobación de unos Estatutos que garantizasen la auténtica naturaleza
del Opus Dei, de manera que se viera claro que no era una asociación de
fieles agregada como simple apéndice a la Sociedad Sacerdotal de la
Santa Cruz, sino savia y raíz de donde sale esa Sociedad Sacerdotal. O,
en otras palabras, que los sacerdotes que entraban a formar parte de la
Sociedad Sacerdotal, procedentes del Opus Dei, no dejaban de pertenecer
a éste.
Cuando los consultores de la Sagrada Congregación de Religiosos
examinaron el Codex de 1917, advirtieron que el Opus Dei, como fenómeno
pastoral, presentaba problemas casi imposibles de resolver dentro del
marco jurídico del título XVII del libro II, por mucha flexibilidad de
interpretación que se diera a sus cánones. Por otra parte, pensar a esas
alturas en reformar el Codex, para dotar de normativa apropiada a una
institución naciente, era soñar imposibles. No es de extrañar, por
tanto, que un alto personaje de la Curia dijera a don Álvaro que l’Opus
Dei era giunto a Roma con un secolo di anticipo: que la Obra había
llegado a Roma con un siglo de anticipación, y que la única solución
posible era esperar, porque no existía un adecuado cauce legal para lo
que la Obra representaba |# 38|.
¿Qué hacer en tal situación sino tomar por la única vía que les quedaba
abierta y en la que tendrían tal vez mayor libertad para encajar en una
normativa ad hoc? Ese camino era el que se venía preparando, de años
atrás, para las formas nuevas. Por desgracia, el sistema legislativo y
las normas de procedimiento para su aprobación, en frase de don Álvaro,
estaban «durmiendo el sueño de los justos» |# 39|.
* * *
La frescura inaudita de don Álvaro produjo efectos inmediatos. Al lunes
siguiente, Su Santidad despachó con el Cardenal Lavitrano, prefecto de
la Congregación de Religiosos, encargándole que se hiciera enseguida lo
de las formas nuevas. Y cuando el martes fue Salvador Canals a entregar
unas copias de las comendaticias al P. Larraona, éste le dijo: — «Están
Vds. de enhorabuena. Será la primera Obra que se apruebe» |# 40|. Pero a
continuación empezaron a presentarse obstáculos y entorpecimientos. Como
decía el P. Larraona al estudiar las Constituciones, «la Obra es una
forma típicamente nueva, tiene cosas que podrían pasar perfectamente en
el Congreso» y otras que «dañan la vista tal como están, de modo que
facilísimamente podrían poner pegas los Cardenales de la Plenaria». (Y
entre éstas, el que «en unas Constituciones de una Sociedad Sacerdotal
se reglamente una obra femenina») |# 41|.
Los obstáculos y demoras que iban surgiendo mantenían al Padre en vilo.
Algo sucedía, allá en el fondo de su alma. Para entenderlo basta
considerar un dato peregrino, que no cuadra en absoluto con su modo de
ser. En efecto, el 29 de marzo, con escasas y vacilantes noticias del
asunto de Roma, escribía a sus hijos: En las manos de Dios estoy; y, a
párrafo seguido, aquella enigmática frase: Algo me recuerda esta
situación a aquélla, no sé por qué: sí sé por qué |# 42|.
Así queda, en suspenso, con la pluma en el aire, para continuar
escribiendo —¡un mes más tarde!—, después de haber recibido carta de don
Álvaro |# 43|.
¿Qué se ha hecho del dinamismo del Padre? Es preciso imaginárselo en
ascuas y consumido por dentro, mientras viaja sin parar por toda España
en busca de cartas comendaticias. Pero no perdió la ecuanimidad. Su
respuesta a los problemas suscitados en la Curia romana es toda una
lección de abandono en la Providencia y de confianza absoluta en la
persona de don Álvaro:
Continúo el 29 de abril. He de salir de viaje y, entre unas cosas y
otras, no he podido contestar la carta de Álvaro. No veo inconveniente
en las modificaciones que apuntas, aunque parece que sería mejor dejar
las cosas como están. La rama femenina no debe desgajarse del tronco.
Todos los institutos de varones tienen cofradías, hermandades, pías
uniones, etc., femeninas, que dependen de ellos más absolutamente. Pero,
si no puede quedar así, por lo menos lograr esa unión y dependencia
actuales por privilegio, en cuyo caso quizá podrían prepararse aparte
las constituciones propias de la rama femenina del Opus Dei (para eso te
mando papeles) y lograr su aprobación. [...]
En fin: desde aquí no es fácil hacerse cargo de la postura de esos
señores canonistas: sería una pena muy grande desarticular esta Obra de
Dios.
Haz notar bien claramente que estas hijas mías no son monjas. No hay por
qué equipararlas |# 44|.
Otro dato digno de atención es que ya son cuatro las semanas que median,
como un abismo de silencio, entre la carta de don Álvaro del 19 de abril
y la siguiente, que lleva fecha del 17 de mayo. Lo que en ambas se
refiere no podía menos de aumentar el desasosiego del Padre. Así sería,
sin duda, porque don Álvaro le dice que va casi a diario a la
Congregación de Religiosos a ver al P. Larraona, que estaba trabajando
en la preparación del Decreto con el nuevo procedimiento de aprobación.
Cierto es que las cosas de palacio van despacio, pero más lento era el
caminar de la Curia romana, a juicio de don Álvaro. La elaboración del
material que había de examinar la Comisión de consultores se alargaba
indefinidamente |# 45|. Mientras tanto el Fundador miraba el pasar de
las semanas y el transcurrir de los meses. Deseos le entraron a don
Josemaría de ponerse en camino para Roma, porque empezaba a romperse su
paciencia |# 46|.
Sábado, 18 de mayo: Ni ayer, ni hoy ha llegado el avión. Se os ha
puesto, los dos días, telegrama. Esperamos que el Sr. Arzobispo podrá
salir mañana o, lo más tardar, el lunes. Nada nuevo. ¿Cuándo llegarán
las noticias, ¡por fin!, del decretum laudis? |# 47|.
Se trabajaba en Roma sobre los documentos presentados por don Álvaro a
la Santa Sede. Habían de seguirse necesariamente los trámites de
procedimiento. Primero un detenido examen de los Estatutos. Luego, una
vez convocada la Comisión de consultores, se procedía a un estudio
conjunto y, si el parecer de la Comisión era favorable, se elevaba la
petición al Congreso pleno. Finalmente, se sometía su aprobación al
juicio supremo del Romano Pontífice. Pues bien, aún estaban en el umbral
de la primera etapa, hasta que a finales de mayo se fijó la reunión de
la Comisión de consultores para el sábado, 8 de junio de 1946 («Iba a
ser el sábado 1 —comenta don Álvaro—, pero el día 2 hay referendum y
alguno de los consultores tiene que ir fuera de Roma para votar. Todo
son pegas, y es natural que sea así») |# 48|.
Al Padre, que de mucho tiempo atrás venía suspirando por el decretum
laudis, la noticia de que, por fin, se reunía la Comisión levantó su
ánimo: Creo que debería darse un documento solemne —escribe a los de
Roma—, precisamente porque se trata del primer caso de una forma nueva
|# 49|.
El día 8, a las nueve y media de la mañana, empezó a trabajar la
Comisión. Como diría luego su Presidente, el P. Goyeneche, fue la más
larga de las que había presidido. Todos sus miembros estaban
entusiasmados con el Derecho particular del Opus Dei, lo que ellos
llamaban Constituciones del Opus Dei, y decididos a proponer al Congreso
plenario la concesión del Decretum laudis |# 50|.
Don Álvaro no se dejó ganar por la exultación de los consultores, que se
felicitaban, y le felicitaban por el «éxito de la Comisión», pues estaba
convencido de que, al paso que llevaban, su estancia en Roma se
prolongaría demasiado. «Como ve —cuenta al Padre— aquí todo se alarga:
dice Larraona que la velocidad de lo nuestro es maravillosa, inusitada,
y sin embargo, pasan días y días, y nada: si no viese la mano de Dios en
todo, sería desesperante, verdaderamente» |# 51|. Se echaba encima el
verano y no parecía posible ajustar los plazos de las reuniones, de modo
que el Congreso ampliado aprobase los documentos ya examinados
favorablemente por la Comisión. Y, ¿cuándo aparecería el decreto tan
esperado sobre las formas nuevas, para aprobar el Opus Dei conforme a la
nueva normativa? Don Álvaro acusaba el cansancio de tanto visitar,
rogar, persuadir y utilizar toda clase de razones de urgencia para
romper la explicable lentitud de quienes se ocupaban de este asunto. Más
de tres meses llevaba en Roma, en brega incesante.
El lunes, 10 de junio, «después de pensarlo mucho» |# 52|, escribía al
Padre: «yo me he desgastado casi en absoluto». Y en esa misma carta: «El
único modo de salvar la cosa sería un viaje de Mariano por quince días
[...]. De venir tenía que ser esta semana o la siguiente» |# 53|.
A esta sincera petición de auxilio, reaccionó inmediatamente el
Fundador:
No me hace ninguna gracia el viaje que me indicas como conveniente:
nunca he estado en peor disposición física y moral. Sin embargo,
decidido a no poner inconvenientes a la voluntad de Dios, he hecho que
esta misma mañana preparen mis papeles, por si acaso: si voy, iré como
un fardo. Fiat. [...]
A pesar de todo, si conviene, no dudes en poner un telegrama urgente:
Mariano saldría en el primer avión. Pedid por él |# 54|.
Sin conocer esta reacción del Fundador, el miércoles, 12 de junio,
escribía don Álvaro confirmando su anterior opinión: «Es evidente que yo
estoy desgastado, para este asunto» |# 55|. Pasa luego a otro tema: la
larga audiencia que tuvo el día anterior con Mons. Montini, relatando al
pormenor su entusiasmo por la Obra y su interés por la marcha de las
gestiones del Decretum laudis, que «tiene que salir enseguida —dijo—,
porque toda la Jerarquía nos mira con verdadero cariño» |# 56|. En manos
de Mons. Montini, que se lo pasaría luego al Papa, dejó don Álvaro el
libro encuadernado de las cartas comendaticias, el Curriculum vitae del
Fundador y una fotografía de Su Santidad para que hiciera una bendición
autógrafa |# 57|.
Al despedirse de Mons. Montini se olvidó don Álvaro de invitarle a
comer, pues había mostrado una afectuosa intimidad y confianza. «Pero
cuando me devuelva las Comendaticias —continúa la carta— le contestaré
acusando recibo y haciendo la invitación. Lo ideal sería que comiera en
casa estando Vd.» |# 58|.
(Don Álvaro daba por descontado que el Padre aparecería próximamente en
Roma).
3. Una noche en oración
Llegaron, por fin, las esperadas cartas de Roma el domingo, 16 de junio
|# 59|. Apenas las hubo leído, don Josemaría convocó a quienes formaban
parte del Consejo General de la Obra. Se reunieron en el Centro de la
calle de Villanueva, en el cuarto de Pedro Casciaro, que se encontraba
en cama con fuerte jaqueca. Allí —refiere Francisco Botella— «nos leyó
la carta de Álvaro» |# 60|. Porque, antes de decidir nada, quería saber
la opinión de los del Consejo |# 61|.
Todos tenían la firme convicción de que don Álvaro no hubiese
solicitado, en términos tan tajantes, la ida del Padre a Roma, de no ser
absolutamente necesario. Su insistencia ante la Curia tenía ya muy
escasa respuesta. Era claro que sus gestiones habían llegado a un punto
muerto. No tanto por hallarse —como decía en la carta— desgastado sino
porque se hacía preciso tomar decisiones de fondo en materias
fundacionales que rebasaban su competencia. Hasta entonces, don Álvaro
se orientaba por las respuestas del Fundador a las consultas que por
escrito le hacía. Método que no podía mantenerse, por lo delicado de los
asuntos y la dificultad de comunicarse. Otra era, sin embargo, la
cuestión que preocupaba a los del Consejo: ¿estaba el Fundador en
condiciones físicas de soportar la fatiga del viaje y los duros trabajos
que le aguardaban en los rigores del verano? Todos ellos sabían que la
diabetes diagnosticada en el otoño de 1944, cuando le reventó un ántrax
en el cuello, iba de mal en peor. Según la opinión médica de Juan
Jiménez Vargas, que seguía de cerca el curso de la enfermedad, «vivía
por puro milagro» |# 62|.
No ignoraba don Josemaría que, en lo que se refería a la enfermedad,
estaba más en manos de la Providencia que en las de los médicos.
Conforme pasaban los meses, y avanzaba la enfermedad, era mayor la
incertidumbre sobre su origen, como cuando le rondaban en Burgos
aquellos extraños síntomas de tuberculosis y hemorragias de garganta.
Nunca he estado en peor disposición física y moral, escribía a don
Álvaro el 13 de junio de 1946 |# 63|. Y, ¿no recuerda esta situación lo
que sentía en su retiro espiritual en el monasterio de Santo Domingo de
Silos, en septiembre de 1938? Me veo —anotaba entonces—, no sólo incapaz
de sacar la Obra adelante, sino incapaz de salvarme [...]. ¡No lo
entiendo! ¿Vendrá la enfermedad que me purifique? |# 64|.
Probablemente está aquí encerrado el sentido de la misteriosa frase de
la carta que, semanas atrás, escribía a Roma, recordando la época de
Burgos y buscando allí las raíces de un presentimiento: Algo me recuerda
esta situación a aquélla, no sé por qué: sí sé por qué |# 65|.
En vista del malestar que experimentaba, fue a consulta médica. El 19 de
mayo de 1946 el Dr. R. Ciancas le hizo unos análisis, observando una
fuerte glucosuria. Ese mismo día le examinó un prestigioso internista,
el Dr. Rof Carballo, el cual confirmó la naturaleza de la diabetes y
encargó que se le practicase una curva de glucemia |# 66|.
Según el parecer unánime de los del Consejo, el viaje a Roma resultaba
inevitable. Lo comunicaron al Padre, que se lo agradeció y les explicó
que había visto claramente en la presencia de Dios la necesidad de ir a
la Ciudad Eterna, cualquiera que hubiera sido la decisión tomada por
ellos |# 67|.
El lunes se proveyó de credenciales diplomáticas en la Nunciatura
|# 68|, y, para evitar imprevistos, fue de nuevo a ver al Dr. Rof
Carballo, quien le desaconsejó el desplazamiento a Roma. Reservadamente,
el Dr. Rof Carballo hizo saber a Ricardo Fernández Vallespín que, si a
pesar de todo, el enfermo emprendía ese viaje, no respondía de su vida,
por el grave peligro a que estaba expuesto |# 69|.
No existía servicio aéreo con Italia y, hallándose cerrada la frontera
francesa, la única posibilidad de ir a Roma era el servicio marítimo de
Barcelona a Génova. José Orlandis acompañaría al Padre en este viaje. A
primera hora de la tarde del miércoles, 19 de junio, salieron en coche
de Madrid. El automóvil, un pequeño Lancia, lo conducía Miguel
Chorniqué. Esa noche la pasaron en un hotel de Zaragoza.
El día siguiente era la festividad del Corpus Christi. Don Josemaría
celebró misa en una capilla lateral de la iglesia de Santa Engracia, a
la que asistieron los miembros de la Obra que se hallaban en Zaragoza.
Y, como de costumbre, fue a rezar ante la Virgen del Pilar, rememorando
los años en que llevaba en su corazón la jaculatoria: Domina, ut sit! De
camino para Barcelona se llegó al monasterio de Montserrat a suplicar la
protección de la Moreneta y saludar al Abad Escarré, con quien tenía ya
amistad muy estrecha. Esa noche durmió en el piso de la calle Muntaner,
en La Clínica, como se conocía familiarmente el centro |# 70|.
Por la mañana, antes de decir misa, el Padre dirigió la meditación a sus
hijos en el oratorio. De su oración se escapaban dulces afectos de
congoja. Fue una larga queja filial, sincera y vibrante de fe, buscando
la respuesta del Cielo, confiado en que el Señor no podía dejar a sus
seguidores en la estacada. ¿Qué será de nosotros?, decía tomando las
palabras de boca de San Pedro: «Ecce nos reliquimus omnia et secuti
sumus te; quid ergo erit nobis?» (Mt 19, 27):
¿¡Señor —le decía el Padre— Tú has podido permitir que yo de buena fe
engañe a tantas almas!? ¡Si todo lo he hecho por tu gloria y sabiendo
que es tu Voluntad! ¿Es posible que la Santa Sede diga que llegamos con
un siglo de anticipación...? Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus
te...! Nunca he tenido más voluntad que la de servirte. ¿¡Resultará
entonces que soy un trapacero!? |# 71|.
Y exponía machaconamente al Señor, con amorosas razones, que todo lo
habían dejado para seguirle:
¿Qué vas a hacer ahora con nosotros? ¡No puedes dejar abandonados a
quienes se han fiado de Ti! |# 72|.
Y, al compás y ritmo de media hora de oración suplicante, pedía la
intercesión de Nuestra Señora de la Merced |# 73|.
Esa misma mañana visitaron la iglesia de la Merced, próxima al puerto,
para encomendar a la Virgen aquel viaje.
* * *
A las once de la mañana el Padre y José Orlandis estaban en el muelle,
para embarcar. Pero tuvieron que volverse a La Clínica, porque una
lluvia pertinaz retardaba la carga en el barco de una expedición de
plátanos y fruta con destino a Suiza. Poco antes de las seis de la
tarde, terminadas las operaciones de carga, pasaje, correo y
documentación a bordo, comenzó la maniobra de salida del J.J. Sister,
buque motor botado en 1896, de mil toneladas y pico. Cuando salieron a
la mar hacía marejadilla y viento fresco, con ligeros chubascos.
No había sido fácil obtener un camarote. El único que consiguieron, a
última hora, era uno interior, reducidísimo, con dos literas, una encima
de otra, sin más luz que unas débiles bombillas y sin otra ventilación
que la de un pequeño aparato ventilador, pues no tenía ojo de buey que
permitiera entrar aire fresco de la mar. A la hora de la cena comenzaron
las sacudidas del barco, que acusaba el fuerte embate de las olas. El
Padre se sentía mal y se echó en la litera baja del camarote |# 74|.
De la lectura del Diario de Navegación parece deducirse que nada de
particular ocurrió en la primera singladura del viaje Barcelona a
Génova. El Capitán, viejo lobo de mar, cierra la hoja de Acaecimientos
de la singladura —que acababa a medianoche— con estas líneas: «A 24.00
finaliza la presente sin novedad. —En la mar a 21-6-46. —El Capitán
(firmado)» |# 75|.
La hoja de Acaecimientos del 22 de junio, que empieza a cero horas de la
susodicha noche, y que el Capitán cierra ya en el puerto de Génova, es
otro cantar. Dice así:
«Comenzamos la presente singladura con viento fresquito del NNW y
marejada del mismo, que van aumentando de intensidad poco a poco. A
medida que navegamos refresca el viento del NNW duro, que levanta mar
muy gruesa, obligando al buque a dar grandes bandazos y embarcando
continuos golpes de mar sobre cubierta. Llevamos las escotillas cerradas
para evitar que entre el agua en las bodegas, pero no podemos impedir
que se moje la fruta que llevamos a popa sobre cubierta, por los
continuos golpes de mar que hasta allí llegan» |# 76|.
Si seguimos leyendo el Diario de Navegación entenderemos el motivo por
el que el Capitán es más explícito en esta singladura:
«Por todo lo cual hago constar la presente protesta contra cargadores,
receptores y todo aquel a que hubiere lugar, por las averías que pueda
sufrir la carga durante el viaje, y los daños que causa al buque»
|# 77|.
Seguramente las averías fueron de importancia, pues por vez primera y
única aparece en el libro un protesto, diligenciado a petición del
Capitán por las autoridades judiciales, en Génova, el 24 de junio de
1946 |# 78|.
La otra cara de los sucesos, es decir, tal como fueron sufridos por el
pasaje, la da José Orlandis en la carta que envió a los de España desde
Roma, el 26 de junio. Le encargó el Padre que escribiera largo y
tendido, con todo detalle; y comenzó a redactar la carta al día
siguiente de llegar, 24 de junio.
«[...] Después de cenar comenzaron a sentirse unos bandazos alarmantes
que nos aconsejaron marchar a toda prisa a la cama. Y en buena hora lo
hicimos, pues el jaleo que se organizó fue de órdago. El Padre dice que
el diablo metió el rabo en el golfo de León y armó la tempestad más
formidable que recuerdo haber sufrido a pesar de ser yo isleño y viejo
amigo del Mediterráneo. ¡Y pensar que aquello era el bautismo de agua
salada del Padre! Pasamos 10 ó 12 horas de verdadero infierno. El mar
nos cogía de costado y el barco pasaba de esta posición [aquí unos
dibujitos] a ésta. No se oía más que el estruendo de las vajillas que se
destrozaban, los muebles corriendo de un sitio a otro, las señoras
gritando […]; y las bombas achicando continuamente el agua, que entraba
por todas partes: en primera teníamos el "office" inundado; en segunda,
en los camarotes, el agua llegaba a las rodillas, la cubierta era
materialmente barrida por las olas, y yo que al amanecer subí al puente
a ver qué pasaba, volví pitando al camarote para no ver el espectáculo,
siguiendo el conocido ejemplo del avestruz. El Padre pasó horas
malísimas y no hacía más que decir: Pepe, me parece que vamos a volver a
Madrid convertidos en merluza. ¿Qué te apuestas a que Pedro no vuelve a
probar pescado en su vida? Finalmente, hacia las 10 o las 11 de la
mañana del sábado amainó el temporal, aunque mar muy movida la tuvimos
hasta la misma boca del puerto de Génova» |# 79|.
No pegó ojo el Padre en toda la noche. Con el aire enrarecido del
camarote, las náuseas del mareo y el desorden general del barco, no fue
posible ponerle la inyección de insulina prescrita por el médico. En la
mañana del sábado el temporal se fue calmando y la mar, paulatinamente,
pasó a una leve marejada. Cesó de llover y, a primera hora de la tarde,
lució el sol y hasta pudo distinguirse a babor la costa francesa. El
Padre tomó el único alimento de toda la travesía: un café con leche y
unas galletas. Luego salió a respirar en cubierta el aire fresco, tras
veinte horas encerrado en las entrañas del barco. Muy cerca de ellos
pasó una banda de ballenatos. Espectáculo insólito, al decir de la
marinería, el de aquellos surtidores en aguas del Mediterráneo. Estaban
tomando el aire cuando, desde el puente, los marineros avistaron una
mina a la deriva, por la parte de proa. Probablemente llevaba más de un
año flotando entre las olas aquel peligroso recuerdo de la pasada guerra
|# 80|.
Entraron en el puerto de Génova con seis horas de retraso. A las once y
media de la noche desembarcaron. Hicieron rápidamente las diligencias de
policía y aduana, mientras don Álvaro y Salvador Canals les esperaban
impacientes. El primer saludo del Padre fueron unas cariñosas palabras a
don Álvaro: — Aquí me tienes, ladrón: ¡ya te has salido con la tuya!
|# 81|.
Se alojaron en el hotel Columbia, sin poder tomar nada, porque ya habían
cerrado el comedor. Por toda cena, con el estómago vacío, el Padre
aceptó con apetito un pequeño trozo de queso que traía don Álvaro.
Amaneció el domingo, 23 de junio de 1946. El Padre y don Álvaro dijeron
misa a las siete y media en una iglesia cercana, saliendo luego para
Roma en un coche alquilado. Comieron en Viareggio y, sin percance,
llegaron a vista de Roma. Cuando el Padre divisó, recortada en el
horizonte, a la luz del crepúsculo, la cúpula de San Pedro, se conmovió
visiblemente y recitó el Credo en voz alta |# 82|. El pensamiento de que
estaba en Roma, la realidad de ese momento, tan largamente acariciado,
iba calando en su mente y levantaba recuerdos de otros tiempos, más o
menos lejanos. No terminaba de creérselo. Estaba en Roma. Se sentía en
Roma. Unas veces se veía a sí mismo como forastero; y, otras, como
ciudadano que regresa a su patria. Bien considerado, el ya te has salido
con la tuya, que dirigía a don Álvaro, era la frase con que se saludaba
íntimamente a sí mismo.
Las nueve y media serían cuando llegaron a casa, un piso de la Piazza
della Città Leonina, n. 9. Enfrente, a pocos metros, estaba el lienzo de
muralla que enlaza el palacio Vaticano con el castillo de Sant’Angelo.
Por encima de ese muro corre el pasadizo construido por el Papa
Alejandro VI. En caso de hallarse sitiado el Vaticano, sus habitantes
podían huir y refugiarse en el castillo. Después de firmados los
tratados de Letrán, el Vaticano compró los solares colindantes con los
palacios pontificios y construyó casas que alquilaba por su cuenta para
asegurarse una buena vecindad. El apartamento que había tomado don
Álvaro poco antes de llegar el Padre estaba en la planta más alta del
edificio y tenía una galería abierta, a modo de terraza resguardada, que
dominaba la plaza de San Pedro, por encima de la columnata del Bernini
|# 83|. Muy cerca se veía la ventana iluminada de la biblioteca privada
del Papa. Esa vista, sin duda, supuso un nuevo golpe en el corazón del
Padre y le robó definitivamente el sueño; mientras los demás se
retiraban a dormir, rendidos por el cansancio del viaje, el Padre
permanecía en la terraza |# 84|.
Durante el viaje, día de lluvia a todo lo largo de Italia, el Padre
había venido rezando por el Papa. Ese 23 de junio experimentaba el
acuciante deseo de llegar pronto a la Ciudad Eterna. Por eso se emocionó
tanto al divisar, en una revuelta de la vía Aurelia, la cúpula de San
Pedro. Cuántos años rondándole la esperanza del videre Petrum. En Camino
dejó plasmado ese deseo:
Católico, Apostólico, ¡Romano! —Me gusta que seas muy romano. Y que
tengas deseos de hacer tu "romería", "videre Petrum", para ver a Pedro
|# 85|.
Al alcance de su vista estaban las ventanas, todavía iluminadas, de los
aposentos pontificios. La imaginación excitaba dentro de su pecho aquel
hondo afecto, que también grabó en Camino:
Gracias, Dios mío, por el amor al Papa que has puesto en mi corazón
|# 86|.
Qué flujo de emociones no sentiría. Tan intensas eran que su espíritu
necesitaba espacio para desahogarse. Pasó el tiempo y fueron apagándose
las luces en las estancias de palacio.
Con la vecindad física fácilmente renacía aquella arraigada vinculación
de antaño, cuando rezaba diariamente una parte del rosario por las
intenciones del Romano Pontífice:
Me ponía con la imaginación —nos cuenta en carta fechada en 1932— junto
al Santo Padre, cuando el Papa celebraba la Misa; yo no sabía, ni sé,
cómo es la capilla del Papa, y, al terminar mi rosario, hacía una
comunión espiritual, deseando recibir de sus manos a Jesús Sacramentado
|# 87|.
Desde los primeros momentos de la fundación se sintió unido al Vicario
de Cristo, en su afán apostólico de congregar las almas en torno a
Pedro, para llevarlas a Jesús por medio de María |# 88|.
Unos años más tarde invitará a sus hijos a dar rienda suelta a la
imaginación, para captar el hechizo espiritual de aquella noche de junio
consumida a la vera del Papa:
Pensad con cuánta confianza recé por el Papa, aquella primera noche
romana, en la terraza, contemplando las ventanas de las habitaciones
pontificias |# 89|.
No había visto el Fundador a Pío XII; pero, ¿acaso no podía repasar
mentalmente los muchos mensajes y bendiciones recibidos a través de
terceras personas? Imposible olvidarlos, porque se los había hecho
repetir una y otra vez, meditándolos en muchísimas ocasiones.
Le venía prontamente a la memoria el consuelo que le trajo una carta del
P. Canal, dominico, al que luego escribiría agradecido:
He releído veinte veces su carta y son muchos los ojos que se nublaron,
al oír sus párrafos con la bendición del Santo Padre: para mí han sido
dulciora super mel et favum.
Como somos de la Santa Cruz, nunca faltan cruces: por eso, le aseguro
que llegó muy providencialmente esa bendición del Padre Santo. Dominus
conservet eum!... |# 90|.
A oídos del Santo Padre habían llegado, en los últimos años, noticias
directas sobre el espíritu de la Obra y el santo vigor apostólico del
Fundador, principalmente por las audiencias concedidas a gente del Opus
Dei o a eclesiásticos que conocían bien a don Josemaría |# 91|.
Más reciente aún tenía el Fundador en la memoria la conversación de don
Álvaro con el Santo Padre, el 3 de abril de 1946. En una larga carta le
contaba don Álvaro pormenores de la audiencia:
«Le recordé que la vez anterior (audiencia del 4 de junio de 1943) me
salté las rúbricas y que le había pedido no sólo la Bendición para el
Padre, y para toda la Obra, sino que le había rogado que se acordase en
sus oraciones de nuestro Padre. El sonrió y dijo: "¿qué quiere Vd.?,
¿que siga pidiendo?" Respondí que desde luego y me contestó que no lo
olvidaba y que pedirá todos los días, como lo viene haciendo: y que,
además, lo hace con mucha alegría» |# 92|.
* * *
En Roma dominaba el silencio y la ciudad dormía en calma bajo un cielo
sembrado de estrellas. Continuaba el Padre absorbido en sus altos
pensamientos. ¿Sería verdad que habían llegado con un siglo de
anticipación? Y volvió a hacer presa en él una sensación extraña, mezcla
de vacilación humana y firmeza sobrenatural. La misma sensación, de
penosa incertidumbre y de gozoso abandono en manos de Dios, que había
experimentado en Barcelona... Ecce nos reliquimus omnia et secuti sumus
te; quid ergo erit nobis? Mira, Señor, todo lo hemos dejado por
seguirte; ¿qué será, pues, de nosotros? ¿Es que vas a darnos la espalda?
Con insistencia volvía a reanudar su oración, mientras cruzaba por su
mente la historia azarosa de la Obra, que era también la historia de las
misericordias divinas |# 93|: la dureza de los comienzos, y la lluvia de
gracias, la fidelidad de sus hijos, y la contradicción de los buenos; y
los sucesivos pasos jurídicos..., hasta que allí, en Roma, se levantaba
un muro, al parecer, insuperable.
Desde la terraza, con los ojos alzados a las habitaciones pontificias
—del aposento del Vicario de Cristo sobre la tierra— volvía con
insistencia, con tozudez, al meollo de su oración: Ecce nos reliquimus
omnia...
Brillaba la luna y resbalaban lentas las constelaciones por el
firmamento. El Padre seguía consumiendo la noche en oración incesante,
sin retirarse a descansar. Luego vino la suave transición del alba, con
un velo de claridades; y pronto rompió el amanecer.
Esa noche de oración marcaba el comienzo de la fundación en Roma.
4. En espera de una solución jurídica
Una larga conversación con don Álvaro fue suficiente para que el
Fundador se hiciese cargo de la situación esbozada en las cartas del 10
y del 12 de junio, por las que se requería su presencia en Roma.
Inmediatamente prosiguió el Padre las gestiones. Uno de los primeros
pasos fue visitar a Mons. Montini, Sustituto de la Secretaría de Estado
de Su Santidad. El 15 de mayo pasado había escrito Montini al Fundador,
agradeciéndole las publicaciones que, en su nombre, le entregó don
Álvaro, al tiempo que expresaba sobre el papel sus sentimientos para con
la Obra:
«Yo he tenido sumo gusto de conocer a la Sociedad Sacerdotal de la S.
Cruz y al Opus Dei y, admirando el fin que se proponen en sus trabajos y
el espíritu con que los realizan, he dado gracias al Señor por este
beneficio que ha hecho a la Iglesia, suscitando almas que cultiven
campos tan delicados e importantes. Por eso, aunque sea poco lo que
puedo, saben que estoy siempre dispuesto a ayudarles en aquello que me
necesitaren» |# 94|.
El primero de julio mantuvo el Fundador una cordialísima entrevista con
Mons. Montini, que desde ese momento invitó a otras muchas
personalidades de la Curia romana a conocer y tratar a don Josemaría
|# 95|. Como recordaría el Padre a sus hijos, Montini fue la primera
mano amiga que yo encontré aquí, en Roma |# 96|. Por entonces, había
conseguido ya don Álvaro una dedicatoria autógrafa en una fotografía del
Papa: «A nuestro amado hijo José María Escrivá de Balaguer, Fundador de
la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei, con una
bendición especial. 28 de junio de 1946. Pius P.P. XII» |# 97|.
Esos días el calor se hizo agobiante y el Padre lo acusaba
tremendamente, aunque, por fortuna, no se resentía su salud general. Por
las mañanas se hacía acompañar de don Álvaro, quien le presentaba a
diversos personajes de los Dicasterios, secretarios o consultores
relacionados con el asunto que le había llevado a Roma. Se le acogía
cortésmente. En todas partes encontraba delicadeza en el trato. Tantas
muestras de afabilidad y, sobre todo, el gozo de hallarse cerca del
Vicario de Cristo habían disipado posibles aprensiones.
Cuando salía con sus hijos a la calle, a estirar las piernas o a echar
un vistazo a las tiendas de viejo en busca de muebles para la futura
casa de Roma, no eran éstos los que llevaban a rastras al Padre. Al
contrario; arrastraba a sus hijos, porque ya estaba soñando con poner
dos Centros en Roma. Como había hecho en otras ocasiones, empezó a
comprar objetos de decoración por adelantado. Esto era algo más que un
gesto simbólico. Era comenzar la nueva casa por algo tangible, poniendo
los cimientos anticipados de la buena voluntad. ¿Qué le había sucedido
al Padre? Aquel sacerdote, pasajero del J.J. Sister, que se embarcó en
Barcelona sacando fuerzas de flaqueza —físicamente como un fardo, e
interrogándose sobre el futuro de la Obra y el porvenir de sus hijos—
era otro muy distinto desde que pisó Roma. «Al principio —cuenta
Orlandis— no hacía más que decir: ¡Aquí está el fardo!, ¡ya os habéis
salido con la vuestra! Pero a los dos días de llegar se lanzó a un tren
de miedo a arreglar la casa, comprar cosas, preparar el oratorio... que
llegábamos todos a la noche completamente hechos polvo; y le decíamos
entonces: "¡Y eso que decía que había venido como un fardo!, ¡si no
llega a ser así!"» |# 98|.
Lo cierto es que, ante las perspectivas apostólicas, el Padre se había
vuelto de pronto un volcán de energía. Sucedió, nada menos, que tomaron
vuelo sus antiquísimos sueños de establecer una casa en Roma |# 99|.
Aquel dormido ideal era de nuevo llamarada viva al contacto con la
Ciudad Eterna. Antes de acabar el mes de junio, es decir, a la semana de
llegar a Roma, tenía trazado mentalmente el proyecto que se proponía
llevar a cabo, apresurándose a comunicarlo a los directores y directoras
en España. De este modo, sin pérdida de tiempo, sería factible preparar
los instrumentos y medios necesarios, a fin de que el sueño se
convirtiera en realidad.
A sus hijas de la Asesoría Central, órgano de gobierno de las mujeres
del Opus Dei, les pedía que pensasen en enviar para finales de
septiembre a las futuras casas de Roma tres numerarias y cinco
numerarias auxiliares
A aquellas alturas, enviar varias numerarias auxiliares no era fácil,
por su corto número. Pero el Padre escribe a sus hijas dándoles un
remedio seguro: Para lograr esto último, trabajad durante el verano
—como os dije— con el servicio de La Moncloa y el de Abando. Preparad
ropa de altar —todo— para dos casas de Roma |# 100|.
Con esa misma fecha —30 de junio de 1946— escribía telegráficamente a
sus hijos del Consejo General:
Yo pienso ir a Madrid cuanto antes y volver a Roma. Es necesario
—¡Ricardo!— preparar seiscientas mil pesetas, también con toda urgencia.
Esto, con nuestros grandes apuros económicos, parece cosa de locos. Sin
embargo, es imprescindible adquirir casa aquí.
[...] Tengo un autógrafo del Santo Padre para "el Fundador de la
Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y del Opus Dei". ¡Qué alegrón! Lo
besé mil veces. Vivimos a la sombra de San Pedro, junto a la columnata.
Y una postdata:
Que no dejéis la oración y que estéis muy contentos.
Siempre se arregla todo: por dinero no puede fracasar nunca un alma de
apóstol: habrá cuartos |# 101|.
Vistas las cosas desde España, anegados en deudas y comenzando esos días
en media docena de ciudades españolas, aquella petición no parecía cosa
de locos sino que, realmente, era una heroica locura de fe.
También escribió ese día una carta dirigida a sus hermanos en la que se
refleja el tono optimista y sobrenatural de su espíritu. Menciona, muy
por encima, el viaje por barco, que estuvo a punto de enviarles a hacer
compañía a los peces, y resalta la conveniencia de las razones que
movieron a don Álvaro a pedirle que fuese a Roma:
Roma, 30 de junio de 1946
Muy queridos Carmen y Santiago: tuvimos una travesía mala, pero todo se
compensó cuando vimos, desde el barco, en el muelle de Génova, a Álvaro
y Babo que nos esperaban.
Aquí hace mucho calor, pero estoy muy contento: era preciso venir, para
hacerse cargo de las cosas.
Vivimos vecinos al Sto. Padre, junto a la plaza de San Pedro. El Papa me
ha enviado un autógrafo, que me ha dado alegría por dentro y por fuera.
No sé todavía cuándo tendré la audiencia con el Santo Padre. No puedo
salir de Roma sin haber sido recibido por Su Santidad. Rezad por el
éxito de esa visita que tanto me ilusiona.
Cuando tengamos aquí la casa en marcha —y será muy pronto, si lo pedimos
al Señor— será preciso que vengáis a Roma despacio, de romeros.
Un abrazo muy fuerte de vuestro hermano
Josemaría |# 102|.
* * *
La concesión del Decretum laudis al Opus Dei era asunto que se hallaba
en la primera fase del procedimiento. A pesar de que los consultores,
luego de la sesión del 8 de junio de 1946, se felicitaban y repartían
liberalmente las enhorabuenas tras el examen de los Estatutos del Opus
Dei |# 103|. Don Álvaro, en cambio, advirtió un gravísimo peligro. Al
paso que caminaba la Curia, que era más bien despacioso, no se
resolvería el problema que tenían planteado: el dotar urgentemente al
Opus Dei de un régimen jurídico universal. Resultaba urgente por varias
razones: unas internas, como era el reconocer y tutelar, sin introducir
ningún cambio de estado, el carácter de la vida y del apostolado de sus
miembros; otras externas, como el facilitar la expansión apostólica en
otros países, las relaciones con los Ordinarios, o poner freno a la
incomprensión y a los ataques de la contradicción de los buenos, que aún
continuaba. Desde la perspectiva de la Curia estas necesidades no
parecían tan apremiantes a los consultores, los cuales pensaban aplazar
el trabajo para el próximo curso, esto es, dejarlo para el otoño.
Como se ha visto, la normativa jurídica en que había de encuadrarse el
Opus Dei estaba por hacer |# 104|. Para esa tarea se había designado al
P. Arcadio Larraona, Subsecretario de la Sagrada Congregación de
Religiosos. El Fundador consiguió animar al P. Larraona a reanudar el
trabajo en plenos calores estivales. Y no sólo animarle con buenas
palabras sino acompañarle en la faena. De todos modos, el decretum
laudis tardaría en salir a la luz. Todo va bien —escribía a Madrid el 8
de julio—, pero será muy difícil lograrlo antes del curso próximo, y
¡conviene tanto que sea enseguida! |# 105|.
Tan pronto supo que la fecha de su audiencia con el Papa se había fijado
para el 16 de julio, se fue a Fiuggi, acompañado de don Álvaro, para
trabajar personalmente al lado del P. Larraona. Trataba de echar una
mano para que la trama jurídica que estaba tejiendo el P. Larraona no
ocasionase perjuicio el día de mañana a la auténtica naturaleza del Opus
Dei. Indudablemente, este trabajo tenía carácter fundacional y no podía
renunciar a él en modo alguno, pues, como diría más tarde a sus hijos:
En aquella hora tan crítica de la historia de la Obra —estábamos en
1946—, el derecho tenía una particular importancia. Porque un equívoco,
una concesión en algo sustancial, podría originar efectos irreparables.
Me jugaba el alma, porque no podía adulterar la voluntad de Dios
|# 106|.
La tarea que tenía ante sí el P. Larraona era bastante ingrata. Los
expedientes de las instituciones que esperaban ser aprobadas como formas
nuevas (los futuros Institutos Seculares) cubrían un amplio sector:
desde los que deseaban no ser equiparados a los religiosos, a pesar de
reunir casi todos los requisitos para su aprobación como congregaciones
religiosas; hasta los que deseaban serlo, aun careciendo de ellos
|# 107|. El enfoque que en los últimos años se había dado a las formas
nuevas, por parte de la Congregación de Religiosos, era el de considerar
a estas nuevas instituciones algo así como una tentativa de adaptación o
acercamiento al mundo, una nueva modalidad de vida religiosa.
Las formas nuevas venían, por consiguiente, a ser consideradas como los
últimos eslabones de una evolución histórica de las Órdenes religiosas.
Bajo ese punto de vista, y por complacer a todos, en el proyecto
normativo del P. Larraona la solución giraba en torno a una variante del
estado de perfección |# 108|. Ahora bien, el estado de perfección, con
sus requisitos y modalidad de vida, es lo que define al religioso o a
quienes a él se equiparan |# 109|.
Ésta fue la causa de que en las conversaciones sobre el entendimiento de
lo que era el Opus Dei comenzase el forcejeo del Fundador, que así
define su empeño, para que los miembros de los Institutos Seculares no
fueran considerados personas sagradas, como algunos querían, sino fieles
corrientes, que eso son; [de ahí] mi afán en que quedara claro que no
éramos ni podíamos ser religiosos |# 110|.
Insistía el Fundador en que la nota esencial de la llamada a la
santificación y al apostolado en medio del mundo era la secularidad. Y
con arreglo al criterio de la secularidad se redactaron los textos de
los que nacería la futura Constitución Apostólica Provida Mater
Ecclesia. Con ello se logró un pequeño avance. Era un paso adelante,
aunque insuficiente, porque no se pudo evitar por completo el que
apareciera en sus fundamentos el concepto de estado de perfección. De
donde vino a resultar una situación de compromiso. Para obtener el
Decretum laudis que había ido a buscar a Roma, el Fundador se vio
obligado a ceder en algunos puntos que no correspondían a la naturaleza
del Opus Dei.
Hemos aceptado con sacrificio —escribía a sus hijos— un compromiso que
no ha sido posible evitar y que no vela, sin embargo, la alegría de
haber logrado por fin un cauce jurídico para nuestra vida. Y esperamos
que, con la gracia de Dios, los puntos dudosos no lo sean dentro de
poco, si se consiguen de la Santa Sede las oportunas declaraciones
legales, de modo que no puedan ser mal interpretados.
No había otra salida, sin embargo: o se aceptaba todo, o seguíamos sin
un sendero por donde caminar |# 111|.
Al cabo de cuatro días de trabajo intenso, quedaron encarrilados los
problemas. Y el 15 de julio se volvió el Padre a Roma, pues la audiencia
privada con Su Santidad estaba señalada para el 16. Entrevista llena de
anhelos, en la que, por fin, pudo abrir su corazón al Santo Padre y
ponerle al corriente del trabajo de los últimos días en Fiuggi. De esa
audiencia salió el Fundador con paz y contento redoblados |# 112|. Ya
antes, a principios de mes, escribía don Álvaro a los del Consejo
General en Madrid, dándoles noticias indirectas sobre la eficacia del
Padre, no sin poner un pellizquito de sal: «aunque el Padre decía que yo
era un tal y un cual, haciéndole venir, su venida ya ha sido muy
fructuosa, y será fructuosísima: era indispensable para poner en marcha
todo y llegar estupendamente a todos los objetivos» |# 113|.
El 29 de julio volvió el Padre con los suyos, don Álvaro y Salvador
Canals, a Fiuggi, para seguir colaborando con el P. Larraona, a fin de
evitar que en los documentos se deslizaran inexactitudes perjudiciales
al Opus Dei. Allí se acabó de redactar el proyecto normativo que traía
entre manos, del cual saldría la Constitución Apostólica Provida Mater
Ecclesia |# 114|. Como reconoció el mismo P. Larraona: «se ha hecho en
pocos meses la labor que se hubiera terminado dentro de varios años, si
se hacía» |# 115|. Entre la multitud de ideas aportadas por el Fundador,
para ser incorporadas a ese documento base, está el nombre que se daría
a las formas nuevas |# 116|.
Aun engolfado en ese intenso trabajo, el Padre vivía pendiente de toda
la Obra, pensando a todas horas en sus hijas y en sus hijos, a los que
por carta daba encargos no fáciles de cumplir, como era el hacerse con
dinero para adquirir una casa en Roma. Que el Padre no era de los que
buscan quien les saque las castañas del fuego, superfluo es recordarlo,
porque estaba decidido a ir a Madrid para ocuparse personalmente de esa
cuestión, una vez resuelto el Decretum laudis:
Si es necesario —escribe a los del Consejo— (mejor, que no lo fuera),
después de la audiencia con el Sto. Padre y de obtener el documento que
sabéis, iré yo a Madrid para insistir y salir con la nuestra, es decir,
con la de Dios |# 117|.
El Padre, sin hacer literatura, aprovechaba el papel para redactar una
larga lista de recomendaciones y consejos de todo tipo, importantes o
menudos, a sus hijas y a sus hijos. En Roma recogían por entonces los
frutos de una siembra de instancias y peticiones, hechas semanas antes a
la Sagrada Penitenciaría. Al Padre le hizo mucha ilusión el que
concediesen el privilegio de que también los seglares pudieran purificar
los lienzos eucarísticos, pues era ocasión de manifestar la delicadeza
con Jesús Sacramentado. Y se apresuró a escribir a uno de los sacerdotes
de la Obra, para que se lo comunicase a sus hijas y empezasen a usar del
privilegio: ¡Vaya notición!: ya pueden purificar los corporales,
purificadores y palias |# 118|.
Quizás esperase de sus hijas unas líneas de agradecimiento:
Que me digan algo —suplica el Padre— de lo que les ha parecido el
privilegio de purificar..., porque están más calladas que un pez
|# 119|.
Y a continuación hace, por encima, un recuento de los favores concedidos
por la Santa Sede:
Nos han concedido, en la Sagrada Penitenciaría, muchas indulgencias. Y
además (las esperábamos para siete años) in perpetuum, y por medio de un
Breve. Así que estamos de enhorabuena. La Cruz tiene 500 días cada vez
que se bese o, mirándola, se diga una jaculatoria. Podéis ganarlas ya
desde ahora. En el Breve, se nos concede plenaria en los días de fiestas
del Señor y de la Virgen, 2 de Octubre, 14 de Febrero, en la fiesta de
S. José, y al hacer la Admisión, Oblación y Fidelidad, en el Opus Dei y
en la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Es casi seguro que obtendremos privilegio para celebrar la Santa Misa en
la medianoche del 31 de diciembre al 1 de enero, del 13 al 14 de febrero
y del 1 al 2 de octubre |# 120|.
El documento pontificio en que se conceden estos favores e indulgencias
está fechado el 28 de junio de 1946. Muestra los sentimientos paternales
de Su Santidad para con la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Opus
Dei. De forma tácita, se hace también eco de la campaña contra la Cruz
de palo de los oratorios de la Obra —en la residencia de Jenner y en el
Palau—, tan sañudamente denigrada. (Enseguida dispuso el Fundador que
junto a la Cruz de palo se colocase una cartela en que se leía: «La
Santidad de Nuestro Señor el Papa Pío XII, por el Breve Apostólico Cum
Societatis, de 28 de junio de 1946, se dignó benignamente conceder
quinientos días de indulgencia, cada vez que devotamente se bese esta
Cruz de palo o, delante de ella, se rece una piadosa jaculatoria»)
|# 121|.
A medida que avanzaba el verano y apretaban los calores el Padre soñaba
con alegría en el clima benigno de la sierra, del que gozaban sus hijos
en la finca de Molinoviejo. Aquí —les escribía desde Roma— hace más
calor que en Sevilla, y conste que yo no soy andaluz. Me lo tengo ganado
a pulso, por haber pensado tanto en Segovia |# 122|.
El trabajo del P. Larraona estaba, prácticamente, acabado. Pero el
personal de la Curia romana se había dispersado con las vacaciones. No
era prudente precipitar las cosas. La concesión del Decretum laudis
quedaba pendiente para el próximo curso |# 123|. En tales circunstancias
el Cardenal Lavitrano, Prefecto de la Sagrada Congregación de
Religiosos, tuvo un gesto de justicia y de aprecio con el Fundador. Para
que no tornase de vacío a España, ni pudiera decir nadie que la petición
del Opus Dei había sido denegada, el 13 de agosto de 1946 le otorgó un
documento de alabanza de fines de la Sociedad Sacerdotal de la Santa
Cruz y Opus Dei |# 124|. En dicho documento se reconoce «la santidad,
necesidad y oportunidad del fin y del apostolado» que buscan y ejercen
sus miembros; y se alienta a quienes pertenecen a «una Obra tan noble y
tan santa», hombres y mujeres, a que continúen viviendo fielmente su
vocación |# 125|.
Sin duda —comenta el Fundador—, vieron la necesidad de que poseyéramos
enseguida alguna cosa escrita, para defendernos: porque el motivo
principal de conseguir alguna aprobación de Roma, aunque de momento no
fuera como deseábamos, no ha sido otro más que la realidad de vernos tan
duramente perseguidos. Y así, sentirnos amparados para propugnar la
verdad objetiva |# 126|.
* * *
A los miembros de la Obra que vivían en Roma no les faltó en qué
ocuparse esa primavera de 1946. De la petición de cartas comendaticias
pasaron a las visitas a los dignatarios y consultores de la Curia.
Además, junto con las gestiones burocráticas, apostolado con amigos,
búsqueda de casa y acompañamiento a los visitantes que aparecían por
Roma, tenían un particular encargo del Padre. Según se desprende de una
carta de don Álvaro, estaban haciendo gestiones con el Abad Suñol para
conseguir unas reliquias de santos mártires |# 127|. A vuelta de correo,
todavía en marzo de 1946, les animaba el Padre, insistiendo en el
asunto:
¡A ver si venís muy ricos de reliquias! Haced lo posible por traer el
cuerpo de un mártir |# 128|.
Era grande la devoción del Fundador a las reliquias de los santos. En el
oratorio de Diego de León, entre los candeleros de la mesa del altar,
había unas arquetas donde guardarlas |# 129|. En el mes de mayo habían
conseguido en Roma unas cuantas reliquias, que enseguida mandaron a
Madrid. Pero no tenían el cuerpo de mártir que buscaba el Padre. Una
persona que se ofreció a ayudarles en Nápoles, continuaba haciendo
gestiones. «Si fallan —escribía animosamente don Álvaro—, vamos a Forli,
al norte de Italia, junto al Adriático, donde hay un convento con 200
cuerpos de mártires, y el Obispo y los del convento son muy amigos»
|# 130|.
A la postre, el 31 de agosto de 1946, cuando el Padre regresó por avión
a Madrid, se llevó consigo los cuerpos de dos mártires: el de san
Sinfero, que procedía de las catacumbas romanas, y el de santa
Mercuriana, niña de diez años. Este cuerpo lo puso en el oratorio de Los
Rosales; y la caja con los huesos de san Sinfero, y una vieja lápida de
mármol con el nombre, los depositó bajo el altar del oratorio de
Villanueva |# 131|.
¿Qué significaron para el Fundador aquellos meses en Roma? El Padre
compendiaba los sucesos de la jornada en unas pocas palabras, escritas
en su epacta de 1946. He aquí algunas de las anotaciones hechas ese
verano:
18 de julio: Estamos empapados de doctrina canónica.
27 de julio: Como siempre, muchas visitas y mucho jaleo, y siempre la
mano de Dios.
5 de agosto: Muchas visitas. Mucha oración. |# 132|.
En esto resumía aquella temporada en Roma: mucho trato de gentes, sobre
todo eclesiásticos; mucho trabajar el Derecho Canónico; y mucha oración.
* * *
La tarde misma de su llegada a España se fue a la casa de retiros de
Molinoviejo, donde el grupo de diáconos de la Obra hacía un curso de
formación. A muchos, aquellas cortas semanas que el Padre había pasado
fuera de España se les antojaron años. Aguardaban con impaciencia las
buenas noticias que les había prometido por carta. Necesitaba el
Fundador unos días de descanso; y ningún sitio mejor que aquel en el que
pudiera trabajar al lado de sus hijos. La casa, ciertamente, no ofrecía
comodidades; pero la finca, sin ser un jardín, era un oasis de verdura
en medio de la planicie reseca. Un hermoso pinar ofrecía una extensa
mancha de sombra para pasear durante el día. El paisaje era abierto; el
lugar, solitario; y las noches serenas y frescas. En las largas
tertulias después de la cena el Padre les contaba su travesía a Génova y
cómo el diablo metió el rabo en el golfo de León. Describía su llegada a
la Ciudad Eterna, las visitas a las personalidades de la Curia, la
audiencia con el Papa, sus sudores en defensa del espíritu de la Obra...
Las cosas marchaban bien; pero había que tener paciencia y rezar.
Consigo traía un decreto de alabanza de fines, que era toda una loa del
Opus Dei. También había obtenido algunos privilegios, como era el poder
decir misa de medianoche en determinadas fiestas. (No tuvieron que
esperar mucho para hacer uso de este privilegio por vez primera. La
noche del 13 al 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa
Cruz, el Padre celebró allí, en Molinoviejo) |# 133|.
El 29 de septiembre, domingo, se ordenaron de presbíteros los seis que
componían la segunda promoción de sacerdotes de la Obra. Adolfo
Rodríguez Vidal, que vivía en el centro de la calle Españoleto, y
acompañó al Padre la mañana de la ordenación, escribe:
«Madrid 6-octubre-46.
Esta semana que hoy fenece ha sido una semana de emociones, agitación y
ajetreo, como te puedes suponer por poca imaginación que tengas.
Empezaron los acontecimientos el 28 por la tarde, con el regreso de
Molinoviejo del Padre, Álvaro, José Luis y los seis diáconos [...]. El
domingo por la mañana, a las diez, fue la ordenación. A la misma hora
vino el Padre a celebrar a esta casa. Hubo suertecilla y me quedé yo
para ayudarle. Al acabar llegó Juan, de Barcelona, que venía para
asistir a la ordenación, pero que al encontrarse en casa al Padre cambió
de opinión y se quedó. Estuvo el Padre contándonos cosas, con algo de
nervios por parte de todos, hasta que a la una llegaron, con Álvaro y
José Luis, los seis nuevos sacerdotes: abrazos, forcejeo para besarles
las manos el Padre, alegría y emoción» |# 134|.
El 21 de octubre el Padre se fue a Barcelona a dar gracias a Nuestra
Señora de la Merced por la protección dispensada en su primer viaje a
Roma y por el fruto conseguido, encomendándole el éxito definitivo de
los trabajos y la aprobación pontificia |# 135|.
El 8 de noviembre estaba ya de vuelta en Roma y cuatro días más tarde
tuvo una entrevista con Mons. Montini, de la que hizo una breve y
ordenada relación, que comienza así:
Roma, 12 de noviembre de 1946.
He visitado a Mons. Montini. Cuando voy al Vaticano y veo cómo y cuánto
nos quieren, bendigo mil veces al Señor por lo que hemos sufrido. De
seguro que aquella Cruz nos ha llevado a esta resurrección |# 136|.
La segunda audiencia del Fundador con el Papa Pío XII fue concertada por
Mons. Montini para el 8 de diciembre. A medida que se acercaba esa fecha
se notaba en el Padre una cierta impaciencia. En realidad no era otra
cosa que la emoción nacida de la fe, al considerar que iba a
entrevistarse con el Vicario de Cristo en la tierra.
En vísperas de esa audiencia vació preocupaciones y cuidados de gobierno
en una carta de apretado contenido, dirigida a los del Consejo General
de Madrid. La multitud de asuntos que allí toca es indicio de lo que
llevaba en la cabeza. El recorrido de materias, personas, sucesos y
circunstancias es tan formidablemente exhaustivo, que resulta increíble
que pudiera estar pendiente de tanta cosa —grande y chica— como retenía
almacenada en su memoria. Mayor asombro causa, sin embargo, pensar que
le cabían en el corazón, porque no hay cuestión, por insignificante que
parezca, a la que no aplique sus cinco sentidos; ni hace mención de una
persona sin que agregue un sentimiento de cariño. Por todo lo cual,
fácilmente se ve en qué consistía la carga de gobierno que pesaba sobre
sus hombros y cuánta la solicitud que ponía. Todos los problemas del
Opus Dei, en cuanto negocio divino y humano, venían, sin remedio, a
parar en el Padre, siempre ocupado de la buena marcha de una empresa en
creciente volumen de almas y asuntos que, aunque heterogéneos, mantenía
simultáneamente vivos en su espíritu.
A través de su estilo —espontáneo, franco y trasparente— podemos
contemplar la bullente actividad del alma que lo inspira. He aquí los
últimos párrafos de la mencionada carta del 6 de diciembre:
—Está visto que pasaré estas Pascuas en Roma. No nos olvidéis: yo
estaré, con el espíritu, en cada casa. Es una pena grandísima que no
podamos disponer del dinero, ahora mismo, para vivir de veras en nuestra
casa de Roma las primeras Navidades de la Ciudad Eterna. ¡Eterna! Aquí
todo es algo eterno. Es menester tener paciencia. Todas nuestras cosas
van muy bien, pero con excesiva calma.
—Escribo con una pluma que me pone nervioso. Paciencia también. Pienso
en la que ha tenido que derrochar Nuestro Señor, para escribir páginas
tan hermosas con este instrumento de basura que soy yo.
Os quiere, os abraza y os bendice vuestro Padre. Mariano |# 137|.
En la fiesta de la Inmaculada Concepción, 8 de diciembre, tuvo lugar la
audiencia, en la que informó largamente al Santo Padre acerca del
espíritu de la Obra y de sus apostolados |# 138|. Después, tan pronto
volvió a casa, escribió a Su Santidad para presentarle el testimonio de
la filial e inconmovible adhesión de la Sociedad Sacerdotal de la Santa
Cruz y del Opus Dei:
En Vos vemos —manifestaba al Papa— al Vicario de Cristo y por conducto
Vuestro oímos la voz del Pastor de los Pastores; por eso anhelamos que
quede hoy ante Vuestra Santidad la suprema aspiración de nuestro
Instituto: ir con fidelidad y dedicación absolutas a cualquier lugar y
empresa donde podamos servir a la Iglesia o donde nos mande su Pastor
Supremo |# 139|.
Podemos imaginarnos cómo fue la audiencia por lo que una semana más
tarde escribe a don Leopoldo, el Obispo de Madrid. Al hacerle un resumen
de la entrevista se muestra expresivo, pero parco de palabras;
evidentemente, tocaron asuntos muy íntimos, que la humildad le impide
airear:
Me recibió, en Audiencia privada, el Santo Padre: conoce muy bien
nuestro Opus Dei y lo ama. No sabe, Padre, cuántos detalles simpáticos
tuvo.
Nuestras cosas aquí, muy bien; pero con esa lentitud —iba a decir
eternidad— que es, para mí, un remanso. Se aprende. Álvaro, hecho un
héroe por esta Curia romana: todo el mundo le conoce y le quiere
|# 140|.
Es preciso también leer otra carta de la misma fecha, dirigida al Nuncio
en España, Mons. Cayetano Cicognani, para apreciar hasta qué punto ardía
en impaciencia, por mucho donaire que el Fundador echase a la calma
romana:
Estamos muy contentos en Roma, puesto que todo marcha —y muy bien—
aunque no excesivamente deprisa. Pero da mucha alegría esta serenidad:
pido al Señor que se me pegue.
El Santo Padre me recibió en Audiencia privada: es increíble el cariño
que muestra para nuestro Opus Dei: bien sé yo —y nunca lo olvidaremos—
que una buena parte de ese cariño es fruto del que nuestro Señor Nuncio
puso en sus informaciones. ¡Dios se lo pague! |# 141|.
5. Pobreza de veras. Los Institutos Seculares
Algo se le pegó a don Josemaría de esa particular serenidad que pedía al
Señor. Al menos, asimiló el lado positivo de la calma con que procedía
la Curia, pudiendo gloriarse, y son palabras suyas, de que: En Roma he
aprendido a esperar, que no es poca ciencia |# 142|. A finales de 1946
se hallaba en pleno aprendizaje, porque todavía aguardaba, con relativa
paciencia, muchas cosas de la mano de Dios: desde el dichoso Decretum
laudis hasta una casa para impulsar la labor desde Roma, a escala
universal. Pero, entre una y otra necesidad —el decreto y la casa—
estaba otra más inmediata; a saber: la venida de sus hijas a Roma,
porque, es imposible —decía— que continuemos como hasta ahora |# 143|.
(Llevaban las tareas de la casa una empleada del hogar y otra mujer, que
le ayudaba en las faenas domésticas; si bien, ninguna de las dos era
persona idónea para el trabajo de administrar un Centro).
El Padre, pues, aguardaba la llegada a Roma de sus hijas con ilusión y
paciencia, desquitándose de la espera con sus sueños apostólicos; y
contemplando en presente la fecunda cosecha del futuro, como escribía a
las de la Asesoría Central:
Os acompaño en todas vuestras preocupaciones; ahora mismo pienso en la
vida, alegre y sencilla, de santidad que es nuestro camino: y os veo en
las residencias, en la editorial, en Los Rosales. Y aquí, cerrando mis
pobres ojos de carne, me pongo a soñar junto a San Pedro, y veo ¡hecho!
todo lo que está por hacer, que es tanto y tan hermoso: extendida la
labor por el mundo, para servicio de nuestra Madre la Santa Iglesia...
Si queréis, si sois fieles, alegres, sinceras, mortificadas, almas de
oración, todo será y pronto |# 144|.
Soñaba el Fundador desde la fe, pero sin hacerse doradas fantasías, y
recalcando que no vivía en las nubes: no me gusta vivir de la
imaginación. ¡Las cuatro patitas en el suelo!, para servir a Dios de
veras, bien pendientes de Él por otra parte |# 145|. Con cierto orden y
mucho sentido común, en carta del 16 de diciembre hace las advertencias
pertinentes a sus hijas: que cojan el avión y avisen por telegrama
quiénes llegan; que todas escriban antes a sus familias, comunicándoles
la buena noticia de su ida a Roma; cosas que deben traerse y,
finalmente, una indicación que retrata el cariño del Padre, que se
preocupaba hasta de los detalles más nimios: que las chicas tengan en
cuenta que aquí usan bastante el sombrero |# 146|.
Llegaron el día de San Juan, 27 de diciembre de 1946, por la tarde.
Venían Encarnita Ortega y Dorita Calvo con tres numerarias auxiliares:
Julia Bustillo, Dora del Hoyo y Rosalía López. A poco de aterrizar
estaban las cinco en grupo compacto, esperando el equipaje facturado, y
rodeadas de bultos de mano, porque carecían de dinero para pagar el
exceso de peso. «Estando así —cuenta Encarnita—, las cinco juntas, con
el asombro que produce desconocer el país al que se llega, no hablar el
idioma y carecer de medios económicos, vimos aparecer a nuestro
amadísimo Padre, acompañado de don Álvaro. La alegría fue desbordante, y
sentimos el nuevo país como propio» |# 147|.
Salieron en dos coches del aeropuerto de Ciampino; uno de ellos con el
equipaje. En el asiento delantero del otro iba el Padre con el
conductor. En lugar de dirigirse directamente a casa pasaron cerca del
Coliseo y —según recuerda Dorita Calvo—, «inició el Padre con voz muy
potente y segura el Credo; parecía como si quisiese transmitirnos la
firmeza de su fe» |# 148|, donde tanto cristiano la había refrendado con
su sangre.
«La llegada a casa fue emocionante», cuenta Encarnita |# 149|. Sin duda,
la compañía del Padre y el agolpamiento de novedades removían hondas
sensaciones. Pero enseguida entraron aquellas mujeres en faena. En el
diario de Città Leonina (que, por supuesto, nada tiene que ver con la
zona de la Administración, que es Centro aparte) escribe escuetamente el
cronista, en esa memorable fecha del 27 de diciembre de 1946: «Por fin
hoy llega la Administración [...]. Poco tiempo después de llegar a casa,
la cocina y alrededores habían sufrido un cambio total». Y a renglón
seguido: «Hoy hemos cenado como Dios manda» |# 150|.
El cargamento de provisiones que traían de Madrid parecía desmentir lo
que una semana antes les había escrito el Padre, que, aunque soñaba, no
fantaseaba castillos en el aire:
Las que vienen a Roma van a saber lo que es pobreza de veras; lo que es
un frío auténtico, húmedo y sin calefacción; lo que es vivir en casa
ajena, hasta que forcemos el Corazón de Jesús... Que se preparen, con
entusiasmo y con la alegría habitual, a estas pequeñas cosas
encantadoras. No es posible hacer fundación de casas sin
contradicciones. Y las que he apuntado son bien pocas |# 151|.
Pronto se acabaron las provisiones y se volvió a la realidad prometida
por el Padre, es decir, a las consecuencias propias de la pobreza.
Durante 1947, y los años que siguieron, vivieron las estrecheces
conforme al espíritu de la Obra: sin rebelarse contra las humillaciones
que llevaba consigo el carecer de lo necesario, sin lamentaciones,
sonriendo y sin decir siquiera esta boca es mía.
Dorita Calvo hace un breve repaso de la situación: «se carecía de todo:
de espacio —ocupábamos medio piso—, se dormía en camas plegables, en el
suelo; no había dinero, no podíamos encender la calefacción», etc.
|# 152|. Rosalía López completa un tanto el cuadro de la escasez, pero
sin excesos ni lamentos: «Pasamos ahí frío y hambre. El oratorio, que
era la parte principal del piso, era también muy pobre, y en el resto
del edificio no teníamos ni siquiera lo indispensable. Cuando iba un
huésped a comer, no teníamos ni sillas ni cubiertos» |# 153|.
Aquel piso de Città Leonina resultaba un excelente instrumento de
apostolado. El Padre lo utilizaba para dar a conocer la Obra a muchos
dignatarios de la Iglesia: cardenales, obispos, monseñores, consultores
y otros miembros de la Curia romana. Se servía del apostolado del
almuerzo, de que habla Camino |# 154|. Era necesario. Era el modo más
rápido y directo para tratar y conocer a esas personas, acercándolas a
la Obra. Funcionaba el piso a pleno rendimiento. Acudían allí con gusto
los invitados. La conversación amable, el ambiente grato, el afecto con
que se les acogía, la decoración, y hasta la presentación de los platos
que se servían a la mesa, ayudaban a entender la vida de los miembros
del Opus Dei. Lo que no veían por parte alguna los invitados era la
discreta y callada pobreza, que reinaba, sin embargo, en toda la casa.
De una visita guarda memoria Encarnita Ortega: «recuerdo que cuando vino
a visitarnos la Marquesa de Mac Mahón, se quedó maravillada por la casa
tan bonita que teníamos... Parecía imposible que aquel piso pudiera
causar esa impresión. Pero realmente todo estaba muy cuidado, sin que
faltasen unas flores casi siempre cerca de la Virgen; o las persianas
entornadas para dar a la habitación una luz especial. Los muchos
invitados que tuvimos en aquel rincón romano, se sentían a gusto allí»
|# 155|.
Aquella casa tan agradable, que maravillaba a la Marquesa, no era más
que parte de un piso realquilado por los vecinos, que ocupaban el resto
de las habitaciones. Se trataba de un ático y, por lo tanto, sujeto a
las temperaturas extremas: a los calores y a los fríos. Constaba la casa
de un vestíbulo amplio y acogedor, que daba entrada a la pieza central
que, según la hora del día, hacía de sala de estudio, comedor o cuarto
de estar; y por las noches, cuando se desplegaban tres o cuatro
colchonetas, de dormitorio. Al lado estaba el cuarto del Padre, único
que tenía cama durante el día, y que utilizaban los enfermos.
El cuarto del Padre y la sala de estar daban a una terraza cubierta,
aquella en que pasó en oración el Fundador su primera noche en Roma. Don
Álvaro vivía en un ensanchamiento del pasillo, donde habían puesto una
cama y una silla. La mejor habitación de la casa era el oratorio; no
amplio, pero acogedor y sencillo. En la zona de servicio, que estaba en
la misma planta, pero absolutamente separada del piso donde vivía el
Padre, había un dormitorio para las tres numerarias auxiliares. Las
otras dos numerarias durmieron por un tiempo en casa de unos amigos del
Padre y, otra temporada, en una residencia |# 156|.
El ámbito por el que se movían los invitados comprendía el vestíbulo de
entrada, la sala de estar —que hacía de comedor— y la terracilla con
vistas a San Pedro. Al parecer, la gente siempre se despedía muy
contenta. El jueves, 23 de enero de 1947, por ejemplo, tuvieron dos
invitados a comer; y anota el cronista en el diario de la casa: «han
quedado muy satisfechos; todo les parecía estupendo. Y es que ahora se
puede invitar a quien sea a comer en casa» |# 157|.
Semejante elogio, tan tímido, tan indirecto, no permite siquiera
entrever las condiciones de trabajo de las administradoras y los
continuos apuros que pasaban. En primer lugar, porque no disponían de
dinero, que es símbolo universal de adquisición y quien carece de él
viene, prácticamente, a carecer de todo. El día que llegaron don Álvaro
les dio cinco mil liras para hacer frente a los gastos de la casa. Una
casa con diez bocas a la mesa, a las que había que sumar las de los
frecuentes invitados. Está de más el insistir sobre el poder adquisitivo
de aquellas cinco mil liras de entrada, porque la situación corriente
era muy otra. De ella nos habla Dorita Calvo: «Nos pasaban a la
administración todo el dinero que había en la casa. Cuando nos faltaba,
y por no agobiar al Padre, demorábamos todo lo que podíamos el volver a
pedir más. Estando en esta situación —sin una lira— llegó el Padre de la
calle una tarde y nos pidió algunas liras para pagar un pequeño gasto
que tenía que hacer. No le pudimos dar nada» |# 158|.
Muy frecuentemente compraban al fiado. Los efectos de la pasada
contienda se notaban en la escasez de alimentos, como los huevos, que
las administradoras iban a buscar a los pueblos cercanos a Roma. Las mil
combinaciones que se hacían en la cocina, para preparar un menú decente,
digno de un invitado ilustre, las echaba por tierra el azar al cortarse
la corriente eléctrica o el suministro de gas. Esto creaba situaciones
tragicómicas. «Varias veces —cuenta Encarnita—, con invitados a la hora
de almorzar, fue preciso hacer la comida en un brasero, porque faltaba
el gas. Entonces, Dora del Hoyo, que servía la mesa, procuraba ir
despacio, para que contásemos con un poco más de tiempo; y cuando salía
del comedor, quitándose los guantes, atizaba el fuego con el soplillo
para que la cazuela cociese con mayor fuerza» |# 159|.
Gracias a las administradoras, que en tan difíciles condiciones obraban
portentos culinarios, podían agasajar a altos personajes eclesiásticos,
tomando ocasión de ello para hablarles del Opus Dei. Pero aquellos
invitados tampoco se daban cuenta de la estela de pobreza y ayunos que
dejaba tras de sí el apostolado del almuerzo. «Cuando no había visita
—testimonia Álvaro del Portillo— nos tocaba pasar mucha hambre, siempre
con alegría» |# 160|.
El espíritu de pobreza que el Padre exigía no era el de aguantar estoica
y pasivamente la indigencia sino salir alegre y activamente a su
encuentro: aprovechando todo bien, administrando con sentido común y
visión sobrenatural, porque «no gastar lo necesario puede ser falta de
fe» |# 161|, en cuanto es dudar de la divina Providencia. Para un hijo
de Dios, pobreza, en todo caso, no es equivalente a roñosería.
«El Padre —cuenta Encarnita Ortega— nos exigía mucho en el modo de vivir
la pobreza: aprovechamiento del tiempo; luces apagadas siempre que no
fuesen necesarias; compras bien pensadas y en los sitios que ofrecieran
mayores ventajas; aprovechamiento de alimentos en la cocina, de restos
de telas, de chinchetas, clavos o cualquier material empleado para hacer
un arreglo. Comprobábamos cómo aprovechaba su ropa personal: las
sotanas, el abrigo —en el que las piezas que lo formaban eran mayores
que la tela original—, los papeles en donde escribía; cómo le preocupaba
que el sol deteriorase los pocos muebles que teníamos. Todo nos
estimulaba a querer aprender a vivir esta virtud detalladamente»
|# 162|.
De todos modos, se encontraban todavía en los preámbulos de la pobreza
de veras que les había anunciado por carta el Padre, y hacia la cual
caminaban deprisa. Pero lo cortés no quita lo valiente. A los pocos días
de llegar a Roma se celebraba la Befana, el día de los regalos |# 163|.
Sus hijas pensaron mucho qué le regalarían. Por entonces venían
sufriendo restricciones de electricidad y apagones inesperados, por lo
que se les ocurrió comprar al Padre una palmatoria. Aun así la empresa
no fue fácil, pues no les sobraba una triste lira. Y, para redondear el
regalo, le hicieron un juego de purificador, corporal y amito |# 164|.
* * *
Despidieron el año 1946 rezando un Te Deum; e iniciaron el 1947 con misa
de medianoche, seguros de que si el Señor había sido tan generoso con
ellos el año que acababa, más lo sería el nuevo. Aun dándolo por cierto
el Padre ardía en impaciencia, que se le escapaba, como el vapor a
presión, en todo momento. En la mañana de Año Nuevo de 1947 escribía a
los de Madrid:
Las cosas siguen su curso —un curso excesivamente lento, pero aquí son
así— y, en la cuestión de la casa, bien poco podemos hacer, mientras no
se solucione, como es debido, la cuestión económica, que va por esas
tierras de España con el mismo ritmo que si Madrid fuera Roma.
Paciencia.
Ayer tuvimos Misa a medianoche. Antes, al acabar el año, rezamos el Te
Deum y las oraciones de acción de gracias. Mucho nos dio el Señor en el
año último, pero estoy seguro de que, si somos fieles, este año 47 será
más fecundo en todos los estilos.
Me gustaría salir de aquí cuanto antes. Sin embargo, hay que estar al
pie del cañón, aunque nada más sea haciendo la guardia. También valdrá
esto algo delante de Dios... ¡para mi genio! |# 165|.
Sí, realmente, requería mucha fuerza el dominar un carácter que tendía a
afrontar los problemas armado de audacia sobrenatural, con rapidez de
decisión y sin demoras en la ejecución. Tal era su modo de ser. Es
comprensible, por lo tanto, que, en medio de la necesaria burocracia y
prudencia de despacho en la Curia, el Padre se sintiese reducido y como
maniatado. A duras penas podía contenerse. El ímpetu de la acción le
salía espontáneo. En cierta ocasión, conversando con sus hijos, les
decía:
Somos cinco y parece, a primera vista, que no hacemos nada. Pero un día,
más tarde, los que vengan y hablen de nuestra estancia aquí en Roma, nos
mirarán con envidia |# 166|.
Bajo la sensación de una actividad reprimida, el Padre calificaba de
aparente inactividad la situación en Città Leonina. No había tal ocio,
ni siquiera aparente. El Padre, acompañado siempre de don Álvaro, hacía
o recibía visitas, empleando el tiempo libre en redactar documentos,
despachar asuntos de gobierno y retocar la redacción de algunos puntos
del Catecismo de la Obra: una explicación, en frases breves, del
espíritu y del derecho de la Obra. Y todo ese trabajo, sazonado de
dolores y molestias.
El 6 de enero amaneció Roma cubierta de nieve. Para calentar el piso
tenían un brasero. En el diario de la casa, con fecha 7 de enero, se
dice: «Don Álvaro ha estado hoy algo molesto del hígado y con dolor de
cabeza». Y líneas abajo: «Poco después de las cinco salimos para comprar
unas medicinas para el Padre, y enterarnos del precio de las estufas
eléctricas, pues el brasero no da calor suficiente» |# 167|. Al otro
día, 8 de enero, acompañado de dos de sus hijos, se echó el Padre a la
calle dispuesto a «comprar un horno para la cocina, la estufa y la
máquina de coser para la Administración», escribe el cronista |# 168|. A
partir de esa fecha, en los restantes días del mes, don Álvaro pasó
muchas noches sin dormir, con un persistente dolor de muelas, que le
obligó a ir siete veces al dentista. Con todo, se las arreglaba para
hacer vida normal y no quejarse; y, como decía el Padre, cuando se queja
es porque lo pasa muy mal |# 169|.
Tampoco se quejaba don Josemaría, aunque su estado físico, sin llegar al
agotamiento, era de perpetuo cansancio. Esto se debía, mayormente, a que
se entregaba en cuerpo y alma al trabajo, con pasión y sin reservas.
Cuando venía de la calle y no podía coger el ascensor porque habían
cortado la corriente, en aquella época de restricciones, subía los cinco
pisos jadeando, y llegaba a casa deshecho |# 170|. Aquí y allá aparecen
anotaciones en el diario sobre las dolencias y achaques del Padre, que
le obligaban a veces a acostarse temprano y sin cenar, o a pasarse todo
un día en su cuarto, encerrado y trabajando |# 171|.
Fue el Cardenal Lavitrano, Prefecto de la Congregación de Religiosos,
que padecía también de diabetes, quien aconsejó al Fundador que visitase
al profesor Carlo Faelli. Al hacer su historia clínica, el Dr. Faelli le
preguntó si había tenido disgustos; y don Álvaro, que le acompañaba, oyó
con estupor «que contestaba muy decidido que no, que no había tenido
disgustos» |# 172|. El médico, sin insistir, anotó: «es hombre que ha
sufrido mucho, aunque afirme que no ha tenido disgustos» |# 173|.
Las contrariedades, evidentemente, mucho tenían que ver con la salud del
Padre, como también las fuertes mortificaciones y el esfuerzo por
dominar su temperamento. Como contrapartida y compensación estaban las
alegrías, de las que no pequeña parte procedían de sus hijas. De las
cinco personas de la Obra que trabajaban en aquel piso no podía decir el
Fundador, ni de lejos, que llevaban una aparente inactividad. Muy al
contrario; le tenían ganado el corazón. De su pluma de Padre no salen
más que alabanzas, y las pone sobre las nubes:
Queridísimas —escribe a las de la Asesoría Central—: Ya están aquí, en
plena labor, vuestras hermanas. Ha sido una bendición de Dios muy
grande, su venida |# 174|.
Y dos semanas más tarde les hace ver que se ocupa de sus problemas,
incluida la batería de cocina:
Vuestras hermanas de aquí están encantadas, aunque, por no tener aún
casa propia, tienen que ir a la noche a casa de los Pantoli, que son
buenísimos.
Hoy les han traído una balanza, que puede pesar hasta diez kilos; y
vamos completando, poco a poco, la batería de cocina. Lo que le daría
mucha envidia a Nisa es el horno eléctrico; pero que tenga paciencia, y
vendrá a hacer sus tartas, que yo no podré probar para no dar gusto a la
diabetes. Pienso que alguna excepción se podría hacer, porque el Prof.
Faelli asegura que constitucionalmente no soy diabético... y que el
azúcar vino por los disgustos: no recuerdo haber tenido nunca ni un
disgusto, y, en todo caso, comer un buen trozo de una buena tarta no es
para disgustarse |# 175|.
* * *
A mediados de enero de 1947 ya se había puesto nombre a la ley con que
se iba a regular el tan esperado Decretum laudis. Fácil es adivinarlo
por la manera de dar la noticia el Fundador:
Roma, 17 de Enero, 1947
Que Jesús me guarde y bendiga a mis hijos.
Queridísimos: No imagináis cuántas ocupaciones hay en esta bendita Roma,
cómo trabajan vuestros hermanos, y de qué manera doy gracias al Señor
por haber venido aquí, donde están cuajando bendiciones del cielo tan
grandes: grabad en vuestras cabezas —y en vuestros corazones— estas
palabras: "Provida Mater Ecclesia". —No preguntéis. Esperad. |# 176|.
Pero el trabajo de los juristas y las normas de procedimiento se
demoraban más de lo que el Fundador quisiera:
Esto se va prolongando más de lo que yo pensaba —escribe el 31 de
enero—. Sin embargo, tenemos la seguridad de que dentro de febrero
(desde luego, antes de S. José) habremos terminado felizmente nuestro
camino canónico. Provida Mater Ecclesia! |# 177|.
Y, de pronto, fechas más adelante, se da uno de cara con esta anotación
en las páginas del diario de Città Leonina: «hacia las ocho hicimos la
oración con el Padre en el oratorio. Nos habló de perseverancia, de
humildad, de ser como la semilla que se entierra bien hondo. ¡Si nos
convenciésemos de que precisamente en esta labor humilde y oculta está
la fecundidad de nuestro trabajo!» |# 178|. Un tanto sorprendente es el
comentario: «Hacía tanto tiempo que el Padre no hacía la oración así,
con nosotros. Pero, ¡qué lástima!, cuando se ha terminado la oración no
se acuerda uno exactamente de lo que ha dicho» |# 179|. El tono de la
meditación del Padre debió de ser desacostumbrado, y tan vibrante, que
el cronista se quedó con la sustancia y no con las palabras.
Desde ese día —9 de febrero— hasta el final de mes todo es actividad y
movimiento, temores y esperanzas por la suerte del Decretum laudis y la
sanción de la Provida Mater Ecclesia. El día 11 don Álvaro estuvo «toda
la tarde danzando de una parte a otra» |# 180|. El Congreso pleno, que
había de dar su parecer sobre la Provida Mater Ecclesia y el Decretum
laudis, se reunió el 13; y el 14 de febrero escribía el Fundador a los
de Madrid:
Queridísimos: Muy padrazo fue el Señor con nosotros, ayer. Las cosas, en
el "Congresso pieno", que presidió el Sr. Card. Lavitrano, salieron como
esperábamos. Laus Deo |# 181|.
A este respiro de optimismo siguen unos días de inquietud. El Padre pide
a todos que redoblen sus oraciones esos días. «Nos ha dicho —se lee en
el diario— que hay que acordarse mucho, mucho, de los asuntos
pendientes, pues el demonio se ha empeñado en meter el cuerno por medio,
pero si Dios con nosotros, ¿quién contra nosotros?» |# 182|. A todo
esto, se acercaba el 24 de febrero, fecha en que el Cardenal Lavitrano
sometería a la aprobación del Papa el Decretum laudis del Opus Dei. Era
grande la expectación por parte de todos; y enorme el trabajo para don
Álvaro, que estaba con Mons. Bacci dando los últimos retoques
estilísticos al latín de la Provida Mater Ecclesia |# 183|. (El Padre y
don Álvaro llevaban meses siguiendo de modo activo la preparación de la
Provida Mater Ecclesia).
La tensión descargó, por fin, la tarde del 24. Ese día el Padre, con don
Álvaro y otros dos de la Obra, fueron a enterarse del resultado de la
audiencia del Cardenal Lavitrano. Entró don Álvaro a hablar con él y los
demás esperaron en el coche. Al poco tiempo regresó don Álvaro. No le
dio tiempo de llegar al coche, porque el Padre salió a su encuentro.
Luego, lleno de gozo, dijo a los que esperaban: ya somos de derecho
pontificio |# 184|. Y, una vez en marcha el coche, recitó un Te Deum.
Describiendo las peripecias de ese 24 de febrero deja correr
familiarmente la pluma el cronista del diario:
«Ahora el Padre parecía muy fatigado y, como decía don Álvaro, es
lógico, pues ha esperado esto durante veinte años. Además, si para
nosotros ha sido una alegría muy grande, co |