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Los
7 Hábitos de la gente Altamente Efectiva Stephen
R. Covey La
revolución ética en la vida cotidiana y en la empresa Prólogo
Al reflexionar sobre la tarea de escribir
este prólogo constaté el reto que representa agregar valor al ya presentado por
el doctor Stephen Covey en su obra. Fue así que recordé la experiencia que
tuvimos durante un seminario que dictó Walter Santaliz en Colombia sobre el
tema de los Siete Hábitos de la Gente Altamente Efectiva, el cual tenía una
duración de tres días. Durante el segundo día del seminario
surgieron inquietudes y preguntas sobre los principios que dan sustento a los
Siete Hábitos. La noche anterior al último día nos planteamos algunos de estos
interrogantes y decidimos hacer una síntesis que nos pudiera mostrar una
descripción de la esencia de cada hábito y el resultado que podríamos esperar
al practicarlo. La tabla de la página siguiente fue el
resultado de esa reflexión. El hábito de la proactividad nos da la
libertad para poder es coger nuestra respuesta a los estímulos del medio
ambiente. Nos faculta para responder (responsabilidad) de acuerdo con nuestros
principios y valores. Ésta es la cualidad esencial que nos distingue de los
demás miembros del reino animal. En esencia, es lo que nos hace humanos y nos
permite afirmar que somos los arquitectos de nuestro propio destino. Comenzar con un fin en mente hace posible que
nuestra vida tenga razón de ser, pues la creación de una visión de lo que queremos
lograr permite que nuestras acciones estén dirigidas a lo que verdaderamente es
significativo en nuestras vidas. Después de todo, para un velero sin puerto
cualquier viento es bueno. Poner primero lo primero nos permite
liberarnos de la tiranía de lo urgente para dedicar tiempo a las actividades
que verdaderamente dan sentido a nuestras vidas. Es la disciplina de llevar a
cabo lo importante, lo cual nos permite convertir en realidad la visión que
forjamos en el hábito 2. Hábito
Descripción
Resultados
•
Proactividad •
Hábito de la responsabilidad •
Libertad •
Empezar con un fin en mente •
Hábito del liderazgo personal •
Sentido a la vida •
Establecer primero lo primero • Pensar en ganar/ganar •
Hábito de la administración personal • Hábito del beneficio mutuo •
Priorizar lo importante vs. lo urgente • Bien común Equidad •
Procurar primero comprender, y después ser comprendido • Sinergizar •
Hábito de la comunicación efectiva • Hábito de interdependencia •
Respeto Convivencia • Logros Innovación •
Afilar la sierra •
Hábito de la mejora continua •
Balance Renovación •
Pensar en ganar/ganar nos permite desarrollar una mentalidad de abundancia
material y espiritual, pues nos
cuestiona la premisa de que la vida es un «juego de suma cero» donde para que
yo gane alguien tiene que perder. Cuando establecemos el balance entre nuestros
objetivos y los objetivos de los demás podemos lograr el bien común. Cuando
nuestra determinación se balancea con la consideración para con los demás, estamos
sentando las bases para la convivencia y la equidad entre los seres humanos. Buscar comprender primero y después ser
comprendido es la esencia del respeto a los demás. La necesidad que tenemos de
ser entendidos es uno de los sentimientos más intensos de todos los seres
humanos. Este hábito es la clave de las relaciones humanas efectivas y
posibilita llegar a acuerdos de tipo ganar/ganar. Sinergizar es el resultado de cultivar la
habilidad y la actitud de valorar la diversidad. La síntesis de ideas
divergentes produce ideas mejores y superiores a las ideas individuales. El
logro de trabajo en equipo y la innovación son el resultado de este hábito. •
Afilar la sierra es usar la capacidad que tenemos para renovar nos física,
mental y espiritualmente. Es lo que
nos permite establecer un balance entre todas las dimensiones de nuestro ser, a
fin de ser efectivos en los diferentes papeles (roles) que desempeñamos en
nuestras vidas. •
Las personas con hábitos de efectividad son
las piedras angulares para formar organizaciones altamente efectivas. Es por
esta razón que el desarrollo de estos hábitos en el nivel personal constituye
la base para la efectividad organizacional. Una organización constituida por personas
que practican los Siete Hábitos cobra las siguientes características: 1. Selecciona proactivamente su rumbo
estratégico. 2. La misión de la organización está integrada
en la mente y los corazones de las personas que forman parte de la em presa. 3. El
personal está facultado para prevenir y/o corregir los problemas en su origen. 2
Las actividades y los comportamientos del tipo ganar/ganar están sustentados
por sistemas alineados con la misión organizacional. 3
Se cuenta con sistemas de información para mantenerse al tanto de las
necesidades y los puntos de vista de empleados, clientes, proveedores,
accionistas y la comunidad donde operan. 4
Se propicia el intercambio de información y la cooperación entre los diferentes
departamentos y/o unidades de la empresa. 7. Se hacen inversiones para renovar la
empresa en cuatro dimensiones fundamentales: — Dimensión
física. Se reinvierte en las personas, las instalaciones y la tecnología. — Dimensión
espiritual. Se reafirma constantemente el compromiso con los valores y
principios que rigen la empresa. Se renueva la misión de ser necesario. — Dimensión
intelectual. Continuamente se invierte en capacitación y desarrollo personal y
profesional. — Dimensión
social. Se hacen depósitos frecuentes en la cuenta de banco emocional de todos
los protagonistas clave de la empresa: empleados, clientes, accionistas,
proveedores, miembros de la comunidad, etcétera. Estas características son, sin duda alguna,
los atributos necesarios para que las organizaciones humanas sean exitosas en
el siglo XXI. Comencemos la tarea. TOM
MORELL Agradecimientos
La interdependencia es un valor superior a
la independencia. Esta obra es el producto sinérgico de
muchas mentes. Comenzó a mediados de la década de los setenta como parte de un
programa doctoral, donde empecé a revisar la literatura acerca del éxito de los
últimos 200 años. Agradezco la inspiración y la sabiduría de muchos pensadores,
y también debo dar las gracias a las fuentes y raíces transgeneracionales de esa
sabiduría. Doy las gracias asimismo a numerosos
estudiantes, amigos y colegas de la Brigham Young University y de Covey and
Associates, y a miles de adultos, padres, jóvenes, ejecutivos, maestros y otros
clientes que examinaron este material, y me proporcionaron retroalimentación y
aliento. Tanto el contenido como su ordenamiento fueron evolucionando
lentamente, inculcando en quienes estaban sincera y profundamente inmersos en
él la convicción de que los siete hábitos representan un enfoque integral de la
efectividad personal e interpersonal, y que la verdadera clave no reside en los
hábitos considerados por separado, sino en la relación entre ellos y en su
secuencia. Experimento un profundo sentimiento de
gratitud por el desarrollo y la producción del libro en sí: —Para con Sandra y todos nuestros hijos y
sus cónyuges, por vi vir esas vidas de integridad y servicio, y por respaldarme
en mis muchos viajes y compromisos fuera del hogar. Es fácil enseñar principios
que los seres queridos se atreven a vivir por sí mismos. —Para con mi hermano John, por su amor,
interés e intuiciones constantes, y por su pureza de alma. —Para con la feliz memoria de mi padre. —Para con mi madre, por su devoción a sus
ochenta y siete descendientes vivos, y por sus frecuentes muestras de amor. —Para con mis queridos amigos y colegas en
los negocios, en especial Bill Marre, Ron McMillan y Lex Watterson por sus
comentarios, su aliento, sus sugerencias editoriales o su ayuda en la produc
ción del libro. —Para con Brad Anderson, quien con gran
sacrificio personal elaboró durante más de un año un programa de «siete
hábitos» con feccionado en vídeo. Bajo su liderazgo, el material se puso a
prueba y se retinó, siendo experimentado por millares de personas en una amplia
gama de organizaciones. Después de tomar contacto con él, nuestros clientes
desean hacer llegar este material a una mayor can tidad de empleados,
reforzando de este modo nuestra confianza en sus resultados. —Para con Bob Thele, por ayudarnos a crear
un sistema en nues tra empresa que me procuró la tranquilidad mental necesaria
para concentrarme realmente en el libro. —Para con David Conley, por comunicar el
valor y el poder de los «siete hábitos» a cientos de organizaciones
empresariales, de modo que mis colegas Blaine Lee, Roice Krueger, Roger
Merrill, Mike Zundel y Al Switzler y yo mismo tuvimos la oportunidad cons tante
de intercambiar ideas en una gran variedad de escenarios. —Para con mi dinámico agente literario Jan
Miller, mi asociado «can do» Greg Link y su asistente Stephanni Smith, y para
con Ra leen Beckman Wahlin por su creativo y osado liderazgo en el control del
mercado. —Para con mi asesor editorial de Simón and
Schuster, Bob Asahina, por su competencia profesional y el modo en que condujo
el proyecto, por sus múltiples y excelentes sugerencias, y por ayudarme a
comprender mejor la diferencia que hay entre hablar y es cribir. —Para con mis primeras y devotas ayudantes
Shirley y Heather Smith, y para con mi asistente actual, Marilyn Andrews, por
su leal tad de magnitud inusual. —Para con nuestro editor ejecutivo Ken
Shelton, por haber compilado el primer manuscrito hace ya años, por ayudar a
examinar y perfeccionar el material en diversos contextos, y por su integridad
y sentido de la calidad. —Para con Rebecca Merrill, por su
invalorable asistencia en el trabajo editorial y de producción, por su
compromiso íntimo con el material, y por su aptitud, sensibilidad y cuidado
derivados de ese compromiso; también para con su esposo Roger, por su sabia
ayuda sinergética. —Para con Kay Swim y su hijo, Gaylord, por
su muy apreciada visión, la cual contribuyó al crecimiento rápido de nuestra
organización. I
PARADIGMAS
Y PRINCIPIOS De
adentro hacia fuera No
hay en todo el mundo un triunfo verdadero que pueda separarse de la dignidad en
el vivir. DAVID
STARR JORDÁN Durante más de veinticinco años de trabajo
con la gente en empresas, en la universidad y en contextos matrimoniales y
familiares, he estado en contacto con muchos individuos que han logrado un
grado increíble de éxito extremo, pero han terminado luchando con su ansia
interior, con una profunda necesidad de congruencia y efectividad personal, y
de relaciones sanas y adultas con otras personas. Sospecho que algunos de los problemas que
compartieron conmigo pueden resultarles familiares al lector. En mi carrera me he planteado metas que
siempre he alcanzado y ahora gozo de un éxito profesional extraordinario,
pero al precio de mi vida personal y familiar. Ya no conozco a mi mujer ni a
mis hijos. Ni siquiera estoy seguro de conocerme a mí mismo, ni de saber lo que
me importa realmente. He tenido que preguntarme: ¿Vale la pena? He iniciado una nueva dieta (por quinta vez
en este año). Sé que peso demasiado, y realmente quiero cambiar.
Leo toda la información nueva sobre este problema, me fijo metas, me mentalizo
con una actitud positiva y me digo que puedo hacerlo. Pero no puedo. Al cabo de
unas semanas, me derrumbo. Simplemente parece que no puedo mantener una promesa
que me haga a mí mismo. He asistido a un curso tras otro sobre
dirección de empresas. Espero mucho de mis empleados y me empeño en ser
amistoso con ellos y en tratarlos con corrección. Pero no siento que me sean
leales en absoluto. Creo que, si por un día me quedara enfermo en casa,
pasarían la mayor parte del tiempo charlando en los pasillos. ¿Por qué no
consigo que sean independientes y responsables, o encontrar empleados con esas
características? Mi hijo adolescente es rebelde y se droga.
Nunca me escucha. ¿Qué puedo hacer? Hay mucho que hacer y nunca tengo el tiempo
suficiente. Me siento presionado y acosado todo el día, todos los días, siete
días por semana. He asistido a seminarios de control del tiempo y he intentado
una media docena de diferentes sistemas de planificación. Me han ayudado algo,
pero todavía no siento estar llevando la vida feliz, productiva y tranquila que
quiero vivir. Quiero enseñarles a mis hijos el valor del
trabajo. Pero para conseguir que hagan algo, tengo que supervisar cada uno de
sus movimientos... y aguantar que se quejen cada vez que dan un paso. Me
resulta mucho más fácil hacerlo yo mismo. ¿Por qué no pueden estos chicos hacer
su trabajo animosamente y sin que nadie tenga que recordárselo? Estoy ocupado, realmente ocupado. Pero a
veces me pregunto si lo que estoy haciendo a la larga tendrá algún valor.
Realmente me gustaría creer que mi vida ha tenido sentido, que de algún modo
las cosas han sido distintas porque yo he estado aquí. Veo a mis amigos o parientes lograr algún
tipo de éxito o ser objeto de algún reconocimiento, y sonrío y los felicito con
entusiasmo. Pero por dentro me carcome la envidia. ¿Por qué siento esto? Tengo una personalidad fuerte. Sé que en
casi todos mis intercambios puedo controlar el resultado. Casi siempre incluso
puedo hacerlo influyendo en los otros para que lleguen a la solución que yo
quiero. Reflexiono en todas las situaciones y realmente siento que las ideas a
las que llego son por lo general las mejores para todos. Pero me siento
incómodo. Me pregunto siempre qué es lo que las otras personas piensan
realmente de mí y mis ideas. Mi matrimonio se ha derrumbado. No nos
peleamos ni nada por el estilo; simplemente ya no nos amamos. Hemos buscado
asesora-miento psicológico, hemos intentado algunas cosas, pero no podemos
volver a revivir nuestros antiguos sentimientos. Estos son problemas profundos y penosos,
problemas que un enfoque de arreglos transitorios no puede resolver. Hace unos años, mi esposa Sandra y yo nos
enfrentábamos con una preocupación de este tipo. Uno de nuestros hijos pasaba
por un mal momento en la escuela. Le iba fatal con el aprendizaje, ni siquiera
sabía seguir las instrucciones de los tests, por no hablar ya de obtener buenas
puntuaciones. Era socialmente inmaduro, y solía avergonzarnos a quienes
estábamos más cerca de él. Físicamente era pequeño, delgado, y carecía de
coordinación (por ejemplo, en el béisbol bateaba al aire, incluso antes de que
le hubieran arrojado la pelota). Los otros, incluso sus hermanos, se reían de
él. A Sandra y a mí nos obsesionaba el deseo de
ayudarlo. Nos parecía que si el «éxito» era importante en algún sector de la vida,
en nuestro papel como padres su importancia era suprema. De modo que vigilamos
cuidadosamente nuestras actitudes y conducta con respecto a él, y tratamos de
examinar las suyas propias. Procuramos mentalizarlo usando técnicas de actitud
positiva. «¡Vamos, hijo! ¡Tú puedes hacerlo! Nosotros sabemos que puedes. Toma
el bate un poco más arriba y mantén los ojos en la pelota. No batees hasta que
esté cerca de ti.» Y si se desenvolvía un poco mejor, no escatimábamos elogios
para reforzar su autoestima. «Así se hace, hijo, no te rindas.» Cuando los otros se reían, nosotros nos
enfrentábamos con ellos. «Déjenlo en paz. Dejen de presionarlo. Está
aprendiendo.» Y nuestro hijo lloraba e insistía en que nunca sería nada bueno y
en que de todos modos el béisbol no le gustaba. Nada de lo que hacíamos daba resultado, y
estábamos realmente preocupados. Advertíamos los efectos que esto tenía en la
autoestima del niño. Tratamos de animarlo, de ser útiles y positivos, pero
después de repetidos fracasos finalmente hicimos un alto e intentamos
contemplar la situación desde un nivel diferente. En ese momento de mi trabajo profesional yo
estaba ocupado con un proyecto de desarrollo del liderazgo con diversos
clientes de todo el país. En este sentido preparaba programas bimensuales sobre
el tema de la comunicación y la percepción para los participantes en el
Programa de Desarrollo para Ejecutivos de la IBM. Mientras investigaba y preparaba esas
exposiciones, empezó a interesarme en particular el modo en que las
percepciones se forman y gobiernan nuestra manera de ver las cosas y
comportarnos. Esto me llevó a estudiar las expectativas y las profecías de
autocumplimiento o «efecto Pigmalión», y a comprender lo profundamente
enraizadas que están nuestras percepciones. Me enseñó que debemos examinar el
cristal o la lente a través de los cuales vemos el mundo tanto como el mundo
que vemos, y que ese cristal da forma a nues tra interpretación del mundo. Cuando Sandra y yo hablamos sobre los
conceptos que estaba enseñando en la IBM, y acerca de nuestra propia situación,
empezamos a comprender que lo que hacíamos para ayudar a nuestro hijo no estaba
de acuerdo con el modo en que realmente lo veíamos. Al examinar con toda
honestidad nuestros sentimientos más profundos, nos dimos cuenta de que nuestra
percepción era que el chico padecía una inadecuación básica; de algún modo, un
«retraso». Por más que hu biéramos trabajado nuestra actitud y conducta,
nuestros esfuerzos habrían sido ineficaces porque, a pesar de nuestras acciones
y palabras, lo que en realidad le estábamos comunicando era: «No eres capaz.
Alguien tiene que protegerte». Empezamos a comprender que, si queríamos
cambiar la situación, debíamos cambiar nosotros mismos. Y que para poder
cambiar nosotros efectivamente, debíamos primero cambiar nuestras percepciones.
La personalidad y la ética del carácter Al mismo tiempo, además de mi investigación
sobre la percepción, me encontraba profundamente inmerso en un estudio sobre
los libros acerca del éxito publicados en los Estados Unidos desde 1776. Estaba
leyendo u hojeando literalmente millares de libros, artículos y ensayos, de
campos tales como el autoperfeccionamiento, la psicología popular y la
autoayuda. Tenía en mis manos la suma y sustancia de lo que un pueblo libre y
democrático consideraba las claves de una vida exitosa. Mi estudio me llevó a rastrear doscientos
años de escritos sobre el éxito, y en su contenido advertí la aparición de una
pauta sorprendente. A causa de mi propio y profundo dolor, y de dolores
análogos que había visto en las vidas y relaciones de muchas personas con las
que había trabajado a lo largo de los años, empecé a sentir cada vez más que
gran parte de la literatura sobre el éxito de los últimos cincuenta años era
superficial. Estaba llena de obsesión por la imagen, las técnicas y los
arreglos transitorios de tipo social (parches y aspirinas sociales) para
solucionar problemas agudos (que a veces incluso parecían solucionar
temporalmente) pero dejaban intactos los problemas crónicos subyacentes, que
empeoraban y reaparecían una y otra vez. En total contraste, casi todos los libros
de más o menos los primeros ciento cincuenta años se centraban en lo que podría
denominarse la «ética del carácter» como cimiento del éxito: en cosas tales
como la integridad, la humildad, la fidelidad, la mesura, el valor, la
justicia, la paciencia, el esfuerzo, la simplicidad, la modestia y la «regla de
oro». La autobiografía de Benjamín Franklin es representativa de esa literatura.
Se trata, básicamente, de la descripción de los esfuerzos de un hombre
tendentes a integrar profundamente en su naturaleza ciertos principios y
hábitos. La ética del carácter enseñaba que existen
principios básicos para vivir con efectividad, y que las personas sólo pueden
experimentar un verdadero éxito y una felicidad duradera cuando aprenden esos
principios y los integran en su carácter básico. Pero poco después de la Primera Guerra
Mundial la concepción básica del éxito pasó de la ética del carácter a lo que
podría llamarse la «ética de la personalidad». El éxito pasó a ser más una
función de la personalidad, de la imagen pública, de las actitudes y las
conductas, habilidades y técnicas que hacen funcionar los procesos de la interacción
humana. La ética de la personalidad, en lo esencial, tomó dos sendas: una, la
de las técnicas de relaciones públicas y humanas, y otra, la actitud mental
positiva (AMP). Algo de esta filosofía se expresaba en máximas inspiradoras y a
veces válidas, como por ejemplo «Tu actitud determina tu altitud», «La sonrisa
hace más amigos que el entrecejo fruncido» y «La mente humana puede lograr todo
lo que concibe y cree». Otras partes del enfoque basado en la
personalidad eran claramente manipuladoras, incluso falaces; animaban a usar
ciertas técnicas para conseguir gustar a las demás personas, o a fingir interés
por los intereses de los otros para obtener de ellos lo que uno quisiera, o a
usar el «aspecto poderoso», o a intimidar a la gente para desviarla de su
camino en la vida. Parte de esa literatura reconocía que el
carácter es un elemento del éxito, pero tendía a compartimentalizarlo,
y no a atribuirle condiciones fundacionales y catalizadoras. La referencia a la
ética del carácter se hacía en lo esencial de una manera superficial; la verdad
residía en técnicas transitorias de influencia, estrategias de poder, habilidad
para la comunicación y actitudes positivas. Empecé a comprender que esta ética de la
personalidad era la fuente subconsciente de las soluciones que Sandra y yo
estábamos tratando de utilizar con nuestro hijo. Al pensar más profundamente
sobre la diferencia entre las éticas de la personalidad y del carácter, me di
cuenta de que Sandra y yo habíamos estado obteniendo beneficios sociales de la
buena conducta de nuestros hijos, y, según esto, uno de ellos simplemente no
estaba a la altura de nuestras expectativas. Nuestra imagen de nosotros mismos
y nuestro rol como padres buenos y cariñosos eran incluso más profundos que
nuestra imagen del niño, y tal vez influían en ella. El modo en que veíamos y
manejábamos el problema implicaba mucho más que nuestra preocupación por el
bienestar de nuestro hijo. Cuando Sandra y yo hablamos, tomamos
dolorosamente con ciencia de la poderosa influencia que ejercían nuestro
carácter, nues tros motivos y nuestra percepción del niño. Sabíamos que la
comparación social como motivación no estaba de acuerdo con nuestros va lores
más profundos y podía conducir a un amor condicionado y finalmente reducir el
sentido de los propios méritos de nuestro hijo. De modo que decidimos centrar
nuestros esfuerzos en nosotros mismos, no en nuestras técnicas sino en nuestras
motivaciones más profundas y en nuestra percepción del niño. En lugar de tratar
de cam biarlo a él, procuramos apartarnos —tomar distancia respecto de él— y
esforzarnos por percibir su identidad, su individualidad, su condición
independiente y su valor personal. Gracias a esta profundización en nuestros
pensamientos y al ejercicio de la fe y la plegaria, empezamos a ver
a nuestro hijo en los términos de su propia singularidad. Vimos dentro de él
capas y más capas de potencial que iban a dar sus frutos con su propio ritmo y
velocidad. Decidimos relajarnos y apartarnos de su camino, permitir que
emergiera su propia personalidad. Vimos que nuestro rol natural consistía en
afirmarlo, disfrutarlo y valorarlo. También elaboramos cons cientemente
nuestros motivos y cultivamos las fuentes interiores de seguridad con el fin de
que nuestros sentimientos acerca del propio mérito no dependieran de la
conducta «aceptable» de nuestros hijos. Cuando nos deshicimos de nuestra antigua
percepción del niño y desarrollamos motivos basados en valores,
empezaron a surgir nuevos sentimientos. Nos encontramos disfrutando de él, en
lugar de compararlo o juzgarlo. Dejamos de tratar de hacer con él un duplicado
de nuestra propia imagen o de medirlo en comparación con ciertas expectativas
sociales. Dejamos de manipularlo amable y positivamente para que se adecuara a
un molde social aceptable. Como lo considerábamos fundamentalmente apto y capaz
de afrontar con éxito la vida, dejamos de protegerlo cuando sus hermanos y
otros pretendían ridiculizarlo. Había sido educado a la sombra de esa
protección, de modo que atravesó algunas etapas dolorosas, que él expresó a su
manera y que nosotros aceptamos, pero a las que no siempre respondimos. «No
necesitamos protegerte —era el mensaje tácito—. Básicamente, puedes valerte por
ti mismo.» A medida que pasaban semanas y meses, fue
desarrollándose en él una tranquila confianza; se estaba afirmando a sí mismo.
Maduraba según su propio ritmo y velocidad. Empezó a sobresalir rápida y
bruscamente, en comparación con criterios sociales —académicos, sociales y
atléticos—, yendo mucho más allá del llamado proceso natural de desarrollo. Con
el paso de los años, lo eligieron varias veces líder de grupos estudiantiles,
se convirtió en un verdadero atleta y traía a casa las notas más altas.
Desarrolló una personalidad atrac tiva y franca que ahora le permite
relacionarse tranquilamente con todo tipo de personas. Sandra y yo creíamos que los logros
«socialmente impresionan tes» de nuestro hijo era una expresión accesoria de
los sentimientos que experimentaba respecto de sí mismo más que una mera
respues ta a las recompensas sociales. Ésta fue una experiencia sorprendente
para Sandra y para mí, muy instructiva en el trato con nuestros otros hijos, y
también en otros roles. Nos hizo tomar conciencia, en un nivel muy personal, de
la diferencia vital que existe entre la ética de la personalidad y la ética del
carácter. Los salmos expresan a la perfección nuestra convicción: «Busca tu
propio corazón con diligencia pues de él fluyen las fuentes de la vida». «Grandeza» primaria y secundaria Mi experiencia con mi hijo, mi estudio
sobre la percepción y la lectura de los libros acerca del éxito se fusionaron
para dar lugar a una de esas experiencias tipo «¡Eureka!», en las que de pronto
se sitúan correctamente todas las piezas del rompecabezas. Súbitamente advertí
el poderoso efecto de la ética de la personalidad, y comprendí con claridad
esas discrepancias sutiles, a menudo no identificadas conscientemente, entre lo
que yo sabía que era cierto (algunas cosas que me habían enseñado muchos años
antes, de niño, y otras profun damente arraigadas en mi propio sentido interior
de los valores) y las filosofías de arreglo transitorio que
encontraba a mi alrededor día tras día. En un nivel más profundo entendí por
qué, mientras trabajaba durante años con personas de todas las condiciones,
había descubierto que las cosas que enseñaba y sabía que eran efectivas a
menudo diferían de esas voces populares. No pretendo decir que los elementos de la
ética de la personalidad (desarrollo de la personalidad, habilidades para la
comunicación, estrategias de influencia \ pensamiento positivo) no sean
beneficiosos y algunas veces de hecho esenciales para el éxito. Sé que lo son.
Pero se trata de rasgos secundarios, no primarios. Tal vez, al utilizar nuestra
capacidad humana para construir sobre los cimientos que nos han legado las
generaciones que nos precedieron, inadverti damente nos centremos tanto en
nuestra propia construcción que ol videmos los fundamentos que la sustentan, o
bien, al cosechar un campo donde hace tanto tiempo que no sembramos, tal vez
perda mos de vista la necesidad de sembrar. Cuando trato de usar estrategias de
influencia y tácticas para conseguir que los otros hagan lo que yo quiero, que
trabajen mejor, que se sientan más motivados, que yo les agrade y se gusten
entre ellos, nunca podré tener éxito a largo plazo si mi carácter es
fundamentalmente imperfecto, y está marcado por la duplicidad y la falta de
sinceridad. Mi duplicidad alimentará la desconfianza, y todo lo que yo haga
(incluso aplicando buenas técnicas de «relaciones humanas») se percibirá como
manipulador. No importa que la retórica o las intenciones sean buenas; si no
hay confianza o hay muy poca, faltarán bases para el éxito permanente.
Solamente una bondad básica puede dar vida a la técnica. Centrar la atención en la técnica es como
estudiar en el último momento, sólo para el examen. Uno a veces acaba
arreglándoselas, o incluso puede obtener buenas notas, pero si queremos lograr
realmente el dominio de las materias o desarrollar una mente culta, lo que hay
que hacer es esforzarse honestamente día tras día. ¿Alguna vez ha considerado el lector lo
ridículo que sería tratar de improvisar en una explotación agrícola? Por
ejemplo, olvidarse de sembrar en primavera, haraganear todo el verano y darse
prisa en otoño para recoger la cosecha. El campo es un sistema natural. Uno hace el esfuerzo y el proceso sigue.
Siempre se cosecha lo que se siembra; no hay ningún atajo. En última instancia, el principio es
igualmente válido para la conducta y las relaciones humanas. También se trata
de sistemas naturales basados en la ley de la cosecha. A corto plazo, en un
sistema social artificial como es la escuela, uno puede arreglárselas si aprende
a manipular reglas creadas por el hombre, a «jugar el juego». En la mayoría de
las interacciones humanas breves, se puede utilizar la ética de la personalidad
para salir del paso y producir impresiones favorables mediante el encanto y la
habilidad, fingiendo interesarse en los hobbies de las otras personas. Hay
técnicas rápidas y fáciles que pueden dar resultado en situaciones a corto
plazo. Pero los rasgos secundarios en sí mismos no tienen ningún valor
permanente en relaciones a largo plazo. Finalmente, si no hay una integridad
profunda y una fuerza fundamental del carácter, los desafíos de la vida
sacan a la superficie los verdaderos motivos, y el fracaso de las relaciones
humanas reemplaza al éxito a corto plazo. Muchas personas con «grandeza» secundaria
—es decir, con reconocimiento social de sus talentos — carecen de «grandeza»
primaria o de bondad en su carácter. Un poco antes o un poco después, esto se
advertirá en todas sus relaciones prolongadas, sea con un socio en los
negocios, con el cónyuge, con un amigo o
con un hijo adolescente que pasa por una crisis de identidad. Es el carácter lo
que se comunica con la mayor elocuencia. Como dijo Emerson: «Me gritas tan
fuerte en los oídos que no puedo oír lo que me dices». Desde luego, hay situaciones en las que las
personas tienen fuerza de carácter pero les falta habilidad para la
comunicación, y ello sin duda afecta también la calidad de las relaciones. Pero
los efectos siguen siendo secundarios. En último término, lo que somos puede
transmitirse con una elocuencia mucho mayor que cualquier cosa que digamos o
hagamos. Todos lo sabemos. Hay personas en las que
tenemos una confianza absoluta porque conocemos su carácter. Sean elocuentes o
no, apliquen o no técnicas de relaciones humanas, confiamos en ellas, y
trabajamos productivam ente con ellas. Según William George Jordán: «En las manos
de todo individuo está depositado un maravilloso poder parael bien o el mal, la
silenciosa, inconsciente, invisible influencia de su vida. Ésta es simplemente
la emanación constante de lo que el hombre es en realidad, no de lo que finge
ser». El poder de un paradigma Los «siete hábitos» de las personas
altamente efectivas materializan muchos de los principios fundamentales de la
efectividad humana. Esos hábitos son básicos y primarios. Representan la
internalización de principios correctos que cimientan la felicidad y el éxito
duraderos. Pero antes de que podamos comprenderlos
realmente, tenemos que entender nuestros propios «paradigmas» y saber cómo
realizar un «cambio de paradigma». Tanto la ética del carácter como la ética
de la personalidad son ejemplos de paradigmas sociales. La palabra paradigma
proviene del griego. Fue originalmente un término científico, y en la
actualidad se emplea por lo general con el sentido de modelo, teoría,
percepción, supuesto o marco de referencia. En el sentido más general, es el
modo en que «vemos» el mundo, no en los términos de nuestro sentido de la
vista, sino como percepción, comprensión, interpretación. Un modo simple de pensar los paradigmas,
que se adecua a nuestros fines, consiste en considerarlos mapas.
Todos sabemos que «el mapa no es el territorio». Un mapa es simplemente una
explicación de ciertos aspectos de un territorio. Un paradigma es exactamente
eso. Es una teoría, una explicación o un modelo de alguna otra cosa. Supongamos que uno quiere llegar a un lugar
específico del cen tro de Chicago. Un plano de la ciudad puede ser de gran
ayuda. Pero supongamos también que se nos ha entregado un mapa equivocado. En
virtud de un error de imprenta, el plano que lleva la inscripción de «Chicago»
es en realidad un plano de Detroit. ¿Puede imaginar el lector la frustración y
la inefectividad con las que tropezará al tratar de llegar a su destino? Se puede entonces trabajar sobre la propia
conducta: poner más empeño, ser más diligente, duplicar la velocidad. Pero
nuestros esfuerzos sólo lograrán conducirnos más rápido al lugar erróneo. Uno puede asimismo trabajar sobre su
actitud: pensar más positivamente acerca de lo que intenta. De este modo
tampoco se llegaría al lugar correcto, pero es posible que a uno no le importe.
La ac titud puede ser tan positiva que uno se sienta feliz en cualquier parte. Pero la cuestión es que nos hemos perdido.
El problema fundamental no tiene nada que ver con la actitud o la conducta.
Está totalmente relacionado con el hecho de que el nuestro es un plano
equivocado. Si tenemos el plano correcto de Chicago,
entonces el empeño y el esfuerzo que empleemos es importante, y cuando se
encuentran obstáculos frustrantes en el camino, entonces la actitud puede
determinar una diferencia real. Pero el primero y más importante requerimiento
es la precisión del plano. Todos tenemos muchos mapas en la cabeza,
que pueden clasifi carse en dos categorías principales: mapas del modo en que
son las cosas, o realidades, y mapas del modo en que deberían ser, o valores.
Con esos mapas mentales interpretamos todo lo que experimen tamos. Pocas veces
cuestionamos su exactitud; por lo general ni siquiera tenemos conciencia de que
existen. Simplemente damos por sentado que el modo en que vemos las cosas
corresponde a lo que realmente son o a lo que deberían ser. Estos supuestos dan origen a nuestras
actitudes y a nuestra conducta. El modo en que vemos las cosas es la fuente del
modo en que pensamos y del modo en que actuamos. Antes de seguir adelante, invito al lector
a una experiencia intelectual y emocional. Observemos durante algunos segundos
el dibujo de la página 16. Ahora mire la figura de la página 17 y
describa cuidadosamente lo que ve. ¿Ve una mujer? ¿Cuántos años tiene? ¿Cómo
es? ¿Qué lleva puesto? ¿En qué roles la ve? Es probable que describa a la mujer del
segundo dibujo como una joven de unos veinticinco años, muy atractiva, vestida
a la moda, con nariz pequeña y aspecto formal. Si usted es un soltero, le
gustaría invitarla a salir. Si su negocio es la ropa femenina, tal vez la
emplearía como modelo. Pero, ¿y si yo le dijera que está
equivocado? ¿Qué pensaría si yo insistiera en que se trata de una mujer de 60 o
70 años, triste, con una gran nariz, y que no es en absoluto una modelo? Es el
tipo de persona a la que usted probablemente ayudaría a cruzar la calle. ¿Quién tiene razón? Vuelva a mirar el
dibujo. ¿Logra ver a la anciana? En caso contrario, persista. ¿No identifica su
gran nariz ganchuda? ¿Su chal? Si usted y yo estuviéramos hablando frente
a frente podríamos discutir el dibujo. Usted me describiría lo que ve, y yo
podría hablarle de lo que veo por mi parte. Podríamos seguir comunicándonos
hasta que usted me mostrara claramente lo que ve y yo le mostrara lo que veo. Como ése no es el caso, pase a la página 27
y examine esa otra figura. Vuelva a la anterior. ¿Puede ver ahora a la anciana?
Es importante que lo haga antes de continuar leyendo. Descubrí este ejercicio hace muchos años en
la Harvard Business School. El instructor lo usaba para demostrar con claridad
y elocuen cia que dos personas pueden mirar lo mismo, disentir, y sin embargo
estar ambas en lo cierto. No se trata de lógica, sino de psicología. El instructor trajo un montón de láminas,
en la mitad de las cua les estaba la imagen de la joven de la página 16 y en la
otra mitad la de la anciana de la página 27. Entregó láminas de la joven a la
mi tad de la clase, y láminas de la anciana a la otra mitad. Nos pidió que las
miráramos, que nos concentráramos en ellas durante unos diez segundos y que a
continuación las devolviéramos. Entonces proyec tó en una pantalla el dibujo de
la página 36, que combina las otras dos imágenes, y nos pidió que
describiéramos lo que veíamos. Casi todos los que habían observado antes la
figura de la joven, también vieron a la joven en la pantalla. Y casi todos los
que habían tenido en sus manos la lámina de la anciana, también veían a la
anciana en la pantalla. El profesor pidió entonces a uno de
nosotros que le explicara lo que veía a un estudiante de la otra mitad. En su diálogo,
se irritaron al tropezar con problemas de comunicación. —¿Qué quieres decir con que es una anciana?
¡No puede tener más de veinte o veintidós años! — ¡Vamos! Debes de estar bromeando. ¡Tiene
setenta años, podría tener cerca de ochenta! — ¿Qué te pasa? ¿Estás ciego? Es una mujer
joven, y muy guapa, me gustaría salir con ella. Es encantadora. — ¿Encantadora? Es una vieja bruja. Los argumentos iban y venían, con los dos
interlocutores seguros y firmes en sus posiciones. Todo esto ocurría a pesar de
una muy importante ventaja con la que contaban los estudiantes: la mayoría de
ellos conocían
de antemano la posibilidad de que existiera otro punto de vista, algo que
muchos de nosotros nunca admitiríamos. Sin embargo, al principio, sólo unos
pocos tratamos realmente de ver la figura con otro marco de referencia. Después
de un rato de discusión fútil, un alumno se acercó a la pantalla y señaló una
línea del dibujo. «Éste es el collar de la joven», dijo. Otro respondió: «No,
ésa es la boca de la anciana». Poco a poco empezaron a examinar con calma
puntos específicos de diferencia, y finalmente un alumno, y después otro,
hicieron la experiencia de un reconocimiento súbito al centrarse en las
imágenes respectivas. Mediante una continuada comunicación, tranquila,
respetuosa y específica, todos los que nos encontrábamos allí finalmente
llegamos a comprender el otro punto de vista. Pero cuando dejábamos de mirar y
a continuación volvíamos a hacerlo, la mayoría
de nosotros veíamos de inmediato la imagen que nos habían «obligado» a ver con
la observación previa de diez segundos. Con frecuencia he utilizado este
experimento perceptivo en mi trabajo con personas y organizaciones, porque
procura muchas intuiciones profundas sobre la efectividad personal e
interpersonal. En primer lugar, demuestra cuan poderoso es el efecto del
condiciona miento sobre nuestras percepciones, nuestros paradigmas. Si diez
segundos pueden tener semejante efecto en el modo en que vemos las cosas, ¿qué cabe
decir del condicionamiento de toda una vida? Las influencias que obran en
nuestras vidas (la familia, la escuela, la
Iglesia, el ambiente de trabajo, los amigos, los compañeros de trabajo y los
paradigmas sociales corrientes, como por ejemplo la ética de la personalidad)
tienen un efecto silencioso e inconsciente en nosotros, y contribuyen a dar
forma a nuestro marco de referencia, a nues tros paradigmas, a nuestros mapas. >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<< Recomendamos: Catequesis: curso de catequesis para jovenes cristianos Aborto: sobre el negocio del aborto Opus Dei al día: foro, testimonios, descargar libros gratis, vídeos Descargar libros gratis: descargar libros gratis de religión y espiritualidad Año sacerdotal: información y oraciones para el año sacerdotal Libros gratis : leer online libros religiosos gratis En cristiano: un sacerdote católico responde preguntas | |||