| |||||
|
|
Anécdotas Todos
los relatos por orden alfabético A
lo mejor no es todo tan difícil Christine
se asombra de lo fácil que le resulta de pronto la conversación. Algo se
estremece bajo su piel. ¿Quién soy yo de hecho, que me está pasando? ¿Por qué
puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre
me decían que era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no
digo ninguna ingenuidad, porque este caballero tan importante me escucha con
benevolencia. ¿Me habrá cambiado el vestido, el mundo, o lo llevaba todo dentro
y sólo carecía de valor, sólo estaba siempre demasiado atemorizada? Mi madre me
lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es
infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y
percibirse a sí misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados.
(Stefan Zweig, "La embriaguez de la metamorfosis") Admitir Un
anciano que tenía un grave problema de miopía se consideraba un experto en
evaluación de arte. Un día visitó un museo con algunos amigos. Se le olvidaron
las gafas en su casa y no podía ver los cuadros con claridad, pero eso no le
frenó en manifestar sus fuertes opiniones. Tan pronto entraron a la galería,
comenzó a criticar las diferentes pinturas. Al detenerse ante lo que pensaba
era un retrato de cuerpo entero, empezó a criticarlo. Con aire de superioridad
dijo: "El marco es completamente inadecuado para el cuadro. El hombre esta
vestido en una forma muy ordinaria y andrajosa. En realidad, el artista cometió
un error imperdonable al seleccionar un sujeto tan vulgar y sucio para su
retrato. Es una falta de respeto". El anciano siguió su parloteo sin parar
hasta que su esposa logró llegar hasta él entre la multitud y lo apartó
discretamente para decirle en voz baja: "Querido, estás mirando un
espejo". Moraleja: Tardamos en reconocer y admitir nuestras propias
faltas, que parecen muy grandes cuando las vemos en los demás. Aprender
a comunicarse Un
Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó
llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi
Señor! Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra
Majestad", dijo el sabio. "¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a
decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Que le den cien latigazos!",
gritó el Sultán enfurecido. Más tarde ordenó que le trajesen a otro sabio y le
contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le
dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa
que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante del
Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando
éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es
posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el
primer sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti
con cien monedas de oro. El segundo sabio respondió: "Amigo mío, todo
depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad
es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la
felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con
una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero
si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente
será aceptada con agrado." Aprender
a pensar Sir
Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de
Química en 1908, contaba la siguiente anécdota. Hace algún tiempo, recibí la
llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la
respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con
rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y
estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.
Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la
altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había
respondido: lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy
larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la
cuerda es igual a la longitud del edificio. Realmente, el estudiante había
planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había
respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le
concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de
estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física;
pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que
se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me
respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la
respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco
minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba
marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su
dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué
que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta:
coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio, calcula el
tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5
por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté
a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta. Tras
abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara
sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por
ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y
la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra
del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura
del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó, este es un
procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este
método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta
baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas
el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del
barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es
un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más
sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un
péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la
gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la
gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la
perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una
sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del
edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo
descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular
la altura midiendo su periodo de precesión. En fin, concluyó, existen otras
muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con el
la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí
tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo
regalo. En este momento de la conversación, le dije si no conocía la respuesta
convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en
dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos
lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios,
sus profesores habían intentado enseñarle a pensar. El estudiante se llamaba
Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser
el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los
electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría
cuántica. Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo
esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar. Por cierto, para
los escépticos, esta historia es absolutamente verídica. Autodominio Cada
vez que una persona, en contra de lo que debe hacer, cede a las pretensiones de
su pereza, de su estómago o de su mal carácter, debilita su voluntad, pierde
autodominio y reduce su autoestima. Unas viñetas de Mafalda dibujan
perfectamente esta situación. Felipe encuentra en su camino una lata vacía y
siente el deseo de pegarle una patada. Pero piensa interiormente: "¡El
grandullón pateando latitas!". Y pasa de largo, venciendo lo que él mismo
juzga un impulso infantiloide. El problema es que, a los pocos metros, da la
vuelta y suelta la tentadora patada. Ésta es su segunda reflexión: "¡Qué
desastre! ¡Hasta mis debilidades son más fuertes que yo!". (J.R. Ayllón,
"Placeres y buena vida"). Cambio
de rostro A
Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su famosa obra titulada
"La Última Cena". Las figuras que representan a los 12 apóstoles y a
Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para
ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci
pintaría esa obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser
seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad
inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices
y rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de
unos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de edad como modelo
para pintar la figura de Jesucristo. Durante seis meses trabajó para lograr
pintar al personaje principal de esa obra. Durante los seis siguientes años, Da
Vinci continuó su obra buscando las personas que representarían a 11 apóstoles,
y dejó para el final a aquel que representaría a Judas. Estuvo buscando durante
semanas un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por
cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que
identificaría a una persona que sin duda traicionaría a su mejor amigo. Después
de muchos fallidos intentos en la búsqueda de este modelo llegó a los oídos de
Leonardo Da Vinci que había un hombre con estas características en el calabozo
de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de
robos y asesinatos. Da Vinci vio ante él a un hombre cuyo pelo caía sobre el rostro
escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a
quien modelaría a Judas en su obra. Gracias a un permiso del rey, este
prisionero fue trasladado a Milán al estudio del maestro. Durante varios meses
este hombre se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista
continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había
traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio la última pincelada se volvió a los
guardias y dio la orden de que se llevaran al prisionero. Cuando salía, se
volvió hacia Leonardo Da Vinci y le dijo: "¡Da Vinci!! !Obsérvame!! ¿No
reconoces quién soy?". El artista lo observó cuidadosamente y respondió:
"Nunca te había visto hasta aquella tarde en el calabozo de Roma". El
prisionero levantó los ojos y dijo: "¡Mírame bien, soy aquel joven cuyo
rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años...!". Como
para respirar Cierta
vez un hombre decidió consultar a un sabio sobre sus problemas. Luego de un
largo viaje hasta el paraje donde aquel Maestro vivía, el hombre finalmente
pudo dar con él: - "Maestro, vengo a usted porque estoy desesperado, todo
me sale mal y no se que más hacer para salir adelante". El sabio le dijo:
- "Puedo ayudarte con esto... ¿sabes remar ?" Un poco confundido, el
hombre contestó que sí. Entonces el maestro lo llevó hasta el borde de un lago,
juntos subieron a un bote y el hombre empezó a remar hacia el centro a pedido
del maestro. -"¿Va a explicarme ahora cómo mejorar mi vida?" -dijo el
hombre advirtiendo que el anciano gozaba del viaje sin más preocupaciones.
-"Sigue, sigue -dijo éste- que debemos llegar al centro mismo del
lago". Al llegar al centro exacto del lago, el maestro le dijo:
-"Arrima tu cara todo lo que puedas al agua y dime qué ves...". El
hombre, pasó casi todo su cuerpo por encima de la borda del pequeño bote y
tratando de no perder el equilibrio acercó su rostro todo lo que pudo al agua,
aunque sin entender mucho para qué estaba haciendo esto. De repente, el anciano
le empujó y el hombre cayó al agua. Al intentar salir, el sabio le sujetó su
cabeza con ambas manos e impidió que saliera a la superficie. Desesperado, el
hombre manoteó, pataleó, gritó inútilmente bajo el agua. Cuando estaba a punto
de morir ahogado, el sabio lo soltó y le permitió subir a la superficie y luego
al bote. Al llegar arriba el hombre, entre toses y ahogos, le gritó:
-"¿Está usted loco? ¿No se da cuenta que casi me ahoga?". Con el
rostro tranquilo, el maestro le preguntó: -"¿Cuándo estabas abajo del
agua, en qué pensabas, qué era lo qué más deseabas en ese momento?". -¡¡En
respirar, por supuesto!! -"Bien, pues cuando pienses en triunfar con la
misma vehemencia con la que pensabas en ese momento respirar, entonces estarás
preparado para triunfar...". Es así de fácil (o de difícil). A veces es
bueno llegar al punto del "ahogo" para descubrir el modo en que deben
enfocarse los esfuerzos para llegar a algo. Contra
viento y marea Entre
las situaciones más extremas que se dan en China, se encuentran las
limitaciones en los nacimientos de los niños. Rebasarl el máximo permitido de
un hijo por familia es un grave delito, perseguido con toda crueldad. Hace unos
días, gracias a los medios de comunicación chinos que comienzan a dar unas
impagables y nunca suficientemente reconocidas señales de independencia, han
trascendido las horribles vivencias de un matrimonio por salvar a su hija de
una muerte cruel. Cuando las autoridades chinas descubrieron que Zhang
Chunhong, de 31 años, no solamente había eludido anteriormente el férreo control
estatal con el nacimiento de un segundo hijo, sino que tenía muy avanzado un
nuevo embarazo, se propusieron por todos los medios que su nacimiento no
tuviera lugar en ningún caso. Para lograrlo, le inyectaron a la fuerza una
solución salina que debió provocar el aborto, pero la niña nació viva. La
doctora que participó en semejante salvajada ordenó que se dejase a la
intemperie a la recién nacida en el balcón, sobre la nieve, pero una enfermera,
a costa de graves riesgos y con la connivencia de alguna de sus compañeras,
eludió la orden, asegurándole a la niña, en la más absoluta clandestinidad, un
mínimo de alimento. Las súplicas de la madre para que le enseñaran a su hija
fueron despreciadas, pero un periodista de la televisión local tuvo la valentía
de sacar a la luz pública la situación, lo que supuso la aparición del bebé al
que se le había negado la vida, aunque en condiciones lamentables, debido a la
precariedad en la que se había mantenido. Cuando apareció ante las cámaras de
televisión, pesaba solamente un kilo y tenía algunas lesiones y pese a que el
día de su nacimiento había alcanzado los dos kilos y medio. Su padre la enseña
orgulloso y declara: “Sin los periodistas, mi hija habría muerto”. (PUP,
3.X.01). Cuando
sea viejo El
día que este viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando
derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos, recuerda las
horas que pase enseñándote a hacer las mismas cosas. Si
cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de
sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño para que
te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que
cerrabas los ojitos. Cuando
estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y
compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas.
Piensa cuantas veces cuando niño te ayude y estuve paciente a tu lado esperando
a que terminaras lo que estabas haciendo. No
me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda los
momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más
agradable tu aseo. Acéptame y perdóname. Ya que soy el niño ahora. Cuando
me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no
podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no
lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que yo fui quien te enseñó tantas
cosas. Comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien como lo
haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia por ti. Cuando
en algún momento mientras hablamos me llegue a olvidar de que estamos hablando,
dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo
hacerlo no te burles de mi; tal vez no era importante lo que hablaba y me
conforme con que me escuches en ese momento. Si
alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Se cuanto puedo y cuanto no
debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder ni
gusto para sentir. Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar,
dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar
con tus débiles piernas. Por
último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero
morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu
cariño o cuanto te ame. Trata de comprender que ya no vivo sino que sobrevivo,
y eso no es vivir. Siempre
quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer.
Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar estaré construyendo para
ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo. No
te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón,
compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera
como te he acompañado en tu sendero te ruego me acompañes a terminar el mío.
Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor
que tengo por ti. De
uno en uno Cierto
día, caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento,
recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez.
Cuando me aproximé, observé que lo que agarraba eran estrellas de mar que las
olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Le
pregunté por qué lo hacía, y me respondió: "Estoy lanzando estas estrellas
marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas
han quedado en la orilla. Si no las devuelvo morirán aquí por falta de
oxígeno." "Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de
mar sobre la playa, no puedes lanzarlas todas. Son demasiadas, quizás no te des
cuenta que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la
costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?". El hombre sonrió,
se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me
respondió: "¡Para ésta sí lo tuvo!". Deformación
de versiones ORDEN
INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las nueve y media habrá un eclipse
de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en el patio
en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo les daré las explicaciones
necesarias. En caso de que llueva, que formen en el gimnasio». EL
COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media
habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá nada al
aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el
gimnasio, hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas». EL
CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media
en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El señor
coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos
los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el
patio». EL
TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del señor coronel
lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña dará las
órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio». EL
SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el eclipse del
señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el gimnasio,
hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio». EL
CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece ser que el Sol
en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima que esto
no ocurra todos los días». El
abuelo El
abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez
menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión
-prosigue la escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le
servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. La
nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía
todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una palangana de plástico.
El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada. Un
rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la
curiosidad, su padre le preguntó: "¿Qué haces, hijo?" El chico, sin
levantar la cabeza, repuso: "Estoy preparando una palangana para daros de
comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." El marido y su esposa se miraron
y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al
abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día.
Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen
corazón. El
águila El
águila es una de las aves de mayor longevidad. Llega a vivir 70 años. Pero para
llegar a esa edad, en su cuarta década tiene que tomar una seria y difícil
decisión. A los 40 años, ya sus uñas se volvieron tan largas y flexibles que no
puede sujetar a las presas de las cuales se alimenta. El pico alargado y en
punta, se curva demasiado y ya no le sirve. Apuntando contra el pecho están las
alas, envejecidas y pesadas en función del gran tamaño de sus plumas, y para
entonces, volar se vuelve muy difícil. Entonces, tiene sólo dos alternativas:
dejarse estar y morir... o enfrentarse a un doloroso proceso de renovación que
le llevará aproximadamente 150 dias. Ese proceso consiste en volar a lo alto de
una montaña y recogerse en un nido, próximo a un paredón donde no necesita
volar y se siente más protegida. Entonces, una vez encontrado el lugar
adecuado, el águila comienza a golpear la roca con el pico... hasta arrancarlo.
Luego espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus viejas
uñas inservibles. Cuando las nuevas uñas comienzan a crecer, ella desprende una
a una sus viejas y sobrecrecidas plumas. Y después de todos esos largos y
dolorosos cinco meses de heridas, cicatrizaciones y crecimiento, logra realizar
su famoso vuelo de renovación, renacimiento y festejo para vivir otros 30 años
más. En nuestra vida también nos toca sufrir procesos de reconversión para no
sucumbir. Tenemos quizá que resguardarnos por algún tiempo, meditar, someternos
a ciertos sacrificios para llevar a cabo algunos cambios. El
árbol de los problemas El
carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja,
acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se
dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a
arrancar. Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos,
me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta de su
casa, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las
ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se
transformó, sonrió, abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.
Luego me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí
curiosidad y le pregunte por lo que lo había hecho un rato antes. "Oh, ese
es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que no puedo evitar tener
problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a
la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el
árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo
otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a
recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche
anterior". El
árbol muerto Recuerdo
que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo
cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese
árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo: "Estaba yo seguro de que ese
árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve
que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al
viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida
en aquel tronco". Y volviéndose hacia mí, me aconsejó: "Nunca olvides
esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión
negativa en tiempo adverso. Nunca decisiones importantes decisiones cuando
estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará.
Recuerda que la primavera volverá". El
barrendero Momo
tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo se había
construido con ladrillos, latas de desecho, y cartones. Cuando a Beppo
Barrendero le preguntaban algo se limitaba a sonreír amablemente, y no
contestaba. Simplemente pensaba. Y, cuando creía que una respuesta era
innecesaria, se callaba. Pero, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A
veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras
tanto, la otro persona había olvidado su propia pregunta, por lo que la
respuesta de Beppo le sorprendía casi siempre. Cuando Beppo barría las calles,
lo hacía despaciosamente, pero con constancia. Mientras iba barriendo, con la
calle sucia ante sí y limpia detrás de sí, se le iban ocurriendo multitud de
pensamientos, que luego le explicaba a su amiga Momo: "Ves, Momo, a veces
tienes ante ti una calle que te parece terriblemente larga que nunca podrás
terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada
vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Y te
esfuerzas más aún, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento.
Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de
pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Hay que pensar en el paso
siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Entonces es
divertido: eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha
de ser. De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la
calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se queda sin aliento. Eso es
importante." ¿Acaso no es lo hermoso de la paciencia el que ella puede
concedernos tiempo para conocernos a su través oblicuamente a nosotros mismos?
Porque, nos pongamos como nos pongamos, la paciencia con que no sepamos
mirarnos a nosotros mismos será la misma no-paciencia que nos impida mirar a la
realidad como ella debe ser mirada: con-paciencia, con-pasión, con-com-pasión,
com-padeciendo, com-padeciéndo-nos... El
bonsai La
paciencia son las estalactitas y estalagmitas de la vida: ellas se van formando
muy poco a poco en la oscuridad, se integran gota a gota y de manera irregular,
no geométrica, requieren de tiempo, y crecen por arriba y por abajo siendo al
fin muy hermosas. La paciencia es un bonsai: solo tiempo, fe, cuidados y mimos
le hacen crecer. No se puede jalar el arbolito de las ramas, sacarlo de su
maceta, para ver si está echando raíces. Necesita la humildad del humus para
desarrollarse. Podemos explicar esta parábola con otra. Es, en efecto, como
aquella rana que al saltar cayó en un cubo de crema, pero que chapoteando y
chapoteando amaneció por la mañana sobre una masa de mantequilla que ella misma
había batido. Allí estaba con su cara sonriente tragando las moscas que venían
por docenas de todas partes. El
chino y el caballo Había
una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente
con su hijo. Un día su hijo le dijo: "Padre, qué desgracia, se nos ha ido
el caballo". Su padre respondió: "Veremos lo que trae el
tiempo...". A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro
caballo. Unos días después, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste,
no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró
una pierna. "Padre, qué desgracia, me he roto la pierna". Y el padre,
retomando su experiencia y sabiduría, sentenció: "Veamos lo que trae el
tiempo...". El muchacho se lamentaba. Pocos días después pasaron por la
aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra.
Fueron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna
entablillada, lo dejaron y siguieron de largo. El joven comprendió entonces que
nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que hay
que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno. La moraleja de
este antiguo consejo chino es que la vida da muchas vueltas, y su desarrollo es
a veces tan paradójico su desarrollo, que muchas veces lo que parece malo luego
resulta bueno, y al revés. Hay que saber esperar, y sobre confiar en Dios,
porque todo es para bien. ¡Cuántas veces los juicios apresurados, impacientes,
impiden ver más alto y más lejos! El
espejo de los deseos Harry
Potter llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo y no se da
cuenta que en un rincón, sentado en un pupitre, está Dumbledore. "Es
curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible", dijo
Dumbledore. Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía. "Entonces -continuó
Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry-, tú, como
cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed".
"No sabía que se llamaba así, señor". "Pero espero que te habrás
dado cuenta de lo que hace, ¿no?". "Bueno... me mostró a mi familia
y...". "Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán". "¿Cómo
lo sabe...?". "No necesito una capa para ser invisible -dijo
amablemente Dumbledore-. Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el
espejo de Oesed a todos nosotros?". Harry negó con la cabeza. "Déjame
explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed
como un espejo normal, es decir se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso
te ayuda?". Harry pensó. Luego dijo lentamente: "Nos muestra lo que queremos...
lo que sea que queramos...". "Sí y no -dijo con calma Dumbledore-.
Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro
corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald
Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el
mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o
verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han
visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera
posible". Continuó: "El espejo será llevado a una nueva casa mañana,
Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él,
deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y
olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones de nuevo esa
magnífica capa y te vas a la cama?". Para
información: el espejo de OESED tiene una leyenda que rodea todo el marco que
lo envuelve y que dice así: OESED LENOZ AROCUT EDON ISARA CUT SE ONOTSE Si lo
lees todo al revés encontrarás el nombre y el significado del espejo (Esto no
es tu cara si no de tu corazón el deseo). El
hombre que plantaba árboles En
1913 tuve la oportunidad de hacer un largo recorrido a pie por los parajes
montañosos de la antigua región donde los Alpes penetran en Provenza. Eran
tierras desérticas, toda la tierra aparecía estéril y opaca. Nada crecía allí
salvo alguna pobre vegetación silvestre. Sólo encontré sequedad y una aldea
abandonada. Finalmente, entre tanta soledad, vi a un pastor con treinta ovejas
echadas cerca de él sobre la tierra calcinada. Era un hombre de pocas palabras
en medio de un paraje desolado. Vivían también algunas familias bajo aquel
riguroso clima, en medio de la pobreza y de los conflictos provocados por el
continuo deseo por escapar de allí. Aquel
pastor tenía 55 años y se llamaba Elzéard Bouffier. Usaba como bastón una vara
de hierro. Con su punta hacía un hoyo en el que plantaba una bellota y luego lo
rellenaba. Había plantado un roble. Plantó así hasta 100 bellotas con muchísimo
cuidado. Llevaba tres años plantando árboles en ese desierto. Había plantado ya
100.000. De éstos, unos 20.000 habían germinado. De los 20.000, esperaba perder
la mitad a causa de los roedores o el mal clima. Aún así, quedarían 10.000
robles donde antes no había nada. Vino
la guerra de 1914, y a su término volví a aquel lugar. Aquel pastor seguía
extremadamente ágil y activo. Los robles tenían diez años y eran más altos que
un hombre. Era un espectáculo impresionante. Formaban un bosque de once
kilómetros de largo y tres de ancho. Y todo aquello había brotado de las manos
y del alma de ese hombre solo. Había proseguido su plan, y así lo confirmaban
las hayas, que llegaban a la altura del hombro y que se encontraban esparcidas tan
lejos como la vista podía abarcar. También había plantado abedules en todos los
valles donde había adivinado acertadamente que había suficiente humedad. La
transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del
conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta estas
tierras yermas en busca de liebres o jabalíes, habían notado, por supuesto, el
repentino crecimiento de arbolitos, pero lo habían atribuido a algún capricho
de la tierra. Esa fue la razón por la que nadie se entrometió en el trabajo de
Elzéard Bouffier. En
1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de altura.
Recordando el desierto que era esa tierra en 1913 pude observar que el trabajo
intenso realizado en forma metódica y tranquila, el vigoroso aire de la
montaña, una vida frugal y, sobre todo, una gran serenidad de espíritu habían
dotado a este viejo con una salud asombrosa. Vi
por última vez a Elzéard Bouffier en junio de 1945. Tenía entonces 87 años.
Sólo el nombre familiar de una aldea me pudo convencer de que realmente estaba
en una región que anteriormente había sido un paraje desolado. El autobús me
dejó en Vergons. En 1913, este caserío de 10 ó 12 casas tenía tres habitantes
que vivían de la caza con trampas y que física y moralmente estaban muy cerca
del hombre primitivo. Ahora todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los
vientos secos y ásperos que recordaba, soplaba una suave brisa cargada de
aromas del bosque. Se habían restaurado las casas, y ahora estaban rodeadas de
jardines, donde crecían flores y verduras. Había matrimonios jóvenes. Aquel
lugar se había convertido en una aldea donde era agradable vivir. Desde ahí me
fui caminando. En las faldas de la montaña vi pequeños campos de cebada y
centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas comenzaban a reverdecer. En
lugar de las ruinas que había visto en 1913, ahora se levantaban campos
prolijamente cuidados, dando testimonio de una vida feliz y confortable. Los
viejos arroyos, alimentados por las lluvias y nieves que conservan los bosques,
corren nuevamente gracias a que sus aguas han sido canalizadas. La gente de las
tierras bajas, donde el suelo es caro, se ha instalado aquí, trayendo juventud,
movimiento y espíritu de aventura. A lo largo de los caminos, se encuentran
hombres y mujeres vigorosos, niños que pueden reír y que han recuperado el
gusto por los paseos. Si
se cuenta la primitiva población –irreconocible ahora– que vive con decencia,
más de 10.000 personas deben a Elzéard Bouffier gran parte de su felicidad.
Cuando pienso que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y
espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canáan en el desierto,
me convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro
la inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó
obtener este resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e
iletrado, que fue capaz de realizar un trabajo digno de Dios. Elzéard
Bouffier murió pacíficamente en 1947. El
huevo vacío Jeremy
nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años estaba
todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender. Su maestra,
Doris Miller, a menudo se exasperaba con él. Podía retorcerse en su asiento y
soltar gruñidos y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un
rayo de luz penetrase en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo,
sin embargo, Jeremy simplemente irritaba a su maestra. Un
día llamó a sus padres y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando
los Forrester entraron en la clase vacía, Doris les dijo: "Lo que
realmente necesita Jeremy es una escuela especial. No es bueno para él estar
con niños menores que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de
cinco años entre su edad y la de los otros escolares." La Sra. Forrester
sacó un pañuelo de papel y lloró quedamente, mientras su marido hablaba:
"Srta. Miller, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un
terrible shock para Jeremy si tuviésemos que sacarlo de esta escuela. Sabemos
que realmente le gusta estar aquí." Doris permaneció sentada un largo rato
después de que se hubiesen marchado, mirando fijamente la nieve a través de la
ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los
Forrester. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero
no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar
clase y Jeremy era una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a
leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo? Mientras
ponderaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella.
"Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con
esa pobre familia", pensó. "Por favor, Señor, ayúdame a ser más
paciente con Jeremy." Desde
ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Jeremy y sus miradas vacías.
Un día, Jeremy se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala:
"Te quiero, Srta. Miller", exclamó lo bastante fuerte para que la
clase entera lo escuchase. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas y
Doris enrojeció. Balbuceó: "¿Co-cómo? Eso es muy bonito Jeremy. A-ahora
vuelve a tu sitio, por favor". Llegó
la primavera, y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua.
Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a
una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico.
"Ahora quiero que os lo llevéis a casa y que lo traigáis de vuelta mañana
con algo dentro que signifique una nueva vida ¿Lo habéis entendido?".
"Sí, Srta. Miller", respondieron entusiásticamente los niños (todos
excepto Jeremy). Él la escuchó dando muestras de estar comprendiendo lo que
decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus
ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre
la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez
debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto. Esa tarde, el
fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante
una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda a por
la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para
el día siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Jeremy. A la
mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras
dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre sobre la mesa de la Srta. Miller.
Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En
el primer huevo, Doris encontró una flor. "Oh, sí. Una flor es ciertamente
un signo de nueva vida. Cuando las plantas asoman de la tierra, sabemos que ha
llegado la primavera". Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo.
"Ese es mi huevo, Srta. Miller", dijo. El siguiente huevo contenía
una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto:
"Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita
mariposa. Sí, también es nueva vida". La pequeña Judy sonrió orgullosa y
dijo, "Srta. Miller, ese es mío". En el siguiente, Doris encontró una
roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida. Billy alzó la
voz desde el fondo de la clase: "Mi papá me ayudó", dijo sonriente.
Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío.
Con toda seguridad debe ser de Jeremy, pensó, y naturalmente, él no había
entendido sus instrucciones. Si no hubiese olvidado telefonear a sus padres...
Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y
alcanzó otro. De pronto Jeremy dijo: "Srta. Miller, ¿no va usted a hablar
de mi huevo?". Doris replicó confusa: "Pero Jeremy, tu huevo está
vacío". Él la miró fijamente a los ojos y dijo suavemente: "Sí, pero
la tumba de Jesús también estaba vacía". El tiempo se paró. Cuando pudo
hablar de nuevo, Doris le preguntó: "¿Sabes por qué estaba vacía la
tumba?". "Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces
su Padre lo elevó hacia Él." La campana del recreo sonó. Mientras los
niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad
de su interior de desvaneció por completo. Tres meses más tarde, Jeremy murió.
Aquellos que fueron al tanatorio a expresar sus condolencias, se sorprendieron
al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos. El
inventario de las cosas perdidas A
mi abuelo aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante.
Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su
vida. Me aproximé y le dije: "¡Buenos días, abuelo!". Y él extendió
su mano en silencio. Me senté junto a su sillón y después de unos instantes un
tanto misteriosos, exclamó: "¡Hoy es día de inventario, hijo!".
"¿Inventario?", pregunté sorprendido. "Sí. ¡El inventario de
tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que luego
nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza.
Recuerdo también aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que
un día se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar
ingeniería, pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a
otros por no tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y
otras veces en que me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he
dicho a tu abuela que la quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no
concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!".
Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se le humedecieron sus ojos, y
continuó: "Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi
vida. A mi ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas
hacer tu inventario a tiempo". Luego, con cierta alegría en el rostro,
continuó: "¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes cuál es el
pecado mas grave en la vida de un hombre?". La pregunta me sorprendió y
solo atiné a decir, con inseguridad: "No lo había pensado. Supongo que
matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal...". Me
miró con afecto y me dijo: "Pienso que el pecado más grave en la vida de
un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las
cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas." Al día
siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer
con calma mi propio "inventario" de las cosas perdidas, de las cosas
no dichas, del afecto no manifestado. El
ladrillazo Un
joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad en su Jaguar último modelo,
con precaución de esquivar un chico que hacía señas en la calle. Sin mirarle, y
sin bajar la velocidad, pasó junto a él. Sintió un golpe en la puerta. Al
bajarse, vio que un ladrillo le había estropeado la pintura de la puerta de su
lujoso auto. Salió corriendo y agarró por los brazos al chiquillo, y le gritó:
¿Qué rayos es esto? ¿Por qué haces esto con mi coche? Y enfurecido, continuó
gritándole: ¡Es un coche nuevo, y ese ladrillo que lanzaste te va a costar
caro! ¿Por qué lo hiciste? "Por favor, Señor, por favor, lo siento mucho.
No sé qué hacer. Lancé el ladrillo porque nadie paraba...". Las lágrimas
bajaban por sus mejillas, mientras señalaba hacia un lado: "Es mi hermano.
Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo y no puedo
levantarlo". Sollozando, el chiquillo le preguntó: "¿Puede usted, por
favor, ayudarme a sentarlo en su silla? Se ha hecho daño. Y no puedo con él,
pesa mucho para mí solo." Visiblemente impactado por las palabras del
chiquillo, el ejecutivo tragó saliva. Emocionado por lo que acababa de pasarle,
levantó al joven del suelo y lo sentó en su silla nuevamente. Sacó su pañuelo
para limpiar un poco las cortaduras y la suciedad de las heridas del hermano de
aquel chiquillo. Comprobó que que se encontraba bien, y miró al chiquillo, que
le dio las gracias con una sonrisa que nadie podría describir. "Dios le
bendiga, señor. Muchas gracias." El hombre vio como se alejaba el
chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano,
hasta llegar a su humilde casita. El ejecutivo no ha reparado aún la puerta del
auto, manteniendo la rayadura que le hizo el ladrillazo. Le recuerda que no
debe ir por la vida tan de prisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo
para que preste atención. A veces hay muchas cosas que nos susurran en el alma
y en el corazón. Hay veces que tiene que caernos un ladrillo para prestar
atención a lo que pasa. El
leopardo y el fuego Según
un cuento africano, antiguamente el leopardo y el fuego eran amigos. El
leopardo vivía, como ahora, en la selva, y el fuego en una caverna. A veces el
leopardo hacía largas caminatas para ir a ver a su amigo. Un día le dijo:
"¿Por qué no me devuelves mis visitas? ¿Y por qué te estás aquí metido siempre
en la caverna en compañía de estas piedras negras?". El fuego respondió:
"Es mucho mejor que yo esté aquí. Si salgo, puedo ser muy peligroso."
Pero el leopardo insistió tanto, que al fin su amigo dijo: "Bueno, pero
primero limpia cuidadosamente la explanada que hay delante de la caverna".
El leopardo era algo perezoso, así que arrancó la hierba, pero dejó alguna que
otra hoja seca. Cuando el fuego salió de la caverna, se transformó en seguida
en un gran incendio que, impulsado por el viento, llegó hasta la copa de los
árboles. El leopardo, aterrorizado, se puso a correr de un lado para otro y se
le quemó la piel. Por eso todavía hoy el leopardo lleva las señales de las
quemaduras y, cuando ve a lo lejos a su amigo el fuego, huye como un loco.
Moraleja: los perezosos y los inconstantes pierden hasta los amigos. El
Príncipe pasó por aquí "¡Cómo
quiere madre que eche cuenta en nada esta mañana, si el Príncipe va a pasar por
aquí! Dime tú cómo me peino, madre. Qué vestido me voy a poner... Sí, madre, no
me mires así. Ya sé que él no alzará sus ojos a mí ventana; ya sé yo que lo
veré sólo un momento... Pero el príncipe va a pasar por aquí, madre, y yo
quiero ponerme ese instante lo mejor que tengo". (...) "Madre, ya el
Príncipe pasó. Cómo brillaba el sol de la mañana en su carroza. Yo abrí el velo
de mi casa, me arranqué del cuello la cadena de rubíes y la eché a su
paso...". "Sí, madre, no me mires tú así; ya sé que él no cogió mi
cadena; ya sé que la aplastó una rueda de su carro; que sólo quedó de ella una
mancha grana en el polvo; que nadie sabe que el regalo era el mío; ni para
quien era... Pero el Príncipe pasó por aquí, madre, y yo le eché a su paso el
mejor tesoro". (Peekay, protagonista de "La potencia de uno", de
Courtenay) El
rey y su halcón Genghis
Khan (1162-1227), cuyo imperio mongol se extendía desde el este de Europa hasta
el Mar de Japón, llegó un día con su ejército a China y a Persia, y conquistó
muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían
que desde Alejandro Magno no existía un rey como él. Una mañana, cuando
descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban
muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus
criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos
y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la
muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a
los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban
las presas desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él
con la rapidez de una flecha. Todo el día Genghis Khan y sus cazadores
atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al
anochecer emprendieron de regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y
conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el
camino más corto, eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas.
Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado
a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba
despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese
sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora! Pero los tórridos días de verano
habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio
agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la
temporada de las lluvias, siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero
ahora bajaba una gota por vez. El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de
plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud.
Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar.
En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De
pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de las manos. El
agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había hecho
esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se
posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo
se dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo
medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó
a volar y se lo arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó
de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera.
“¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el
cuello!”. Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la
espada: “Amigo halcón, esta es la última vez”. No acababa de pronunciar estas
palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey
lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió al ave. El pobre halcón
cayó sangrando a los pies de su amo. “¡Ahora tienes lo que mereces!”, dijo
Genghis Khan. Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre dos
piedras, y que no podía recobrarlo. “De un modo u otro, beberé agua de esa
fuente”, se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de
donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed
tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué
había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El
rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. “¡El halcón
me salvó la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”. Bajó
la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a
caballo y regresó deprisa, diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que
nunca se debe actuar impulsado por la furia”. Elegiría
el cactus Caía
el sol terrible de la tarde y el pueblo se asaba en el calor abajo. "Es un
crepúsculo magnífico. Este es siempre el mejor sitio". Miré detrás de mí y
vi un hombre alto y delgado, más alto, mucho más, y puede que hasta más delgado
que mi abuelo. Llevaba un sombrero de campo maltrecho y viejo y el cabello, níveo
le llegaba a los hombros. Así entró el profesor Von Vollensteen, Doc, en mi
vida. Yo tenía sólo seis años. Poco tiempo después, convenció a mi madre para
que, a cambio de dame clases de piano, me dejara acompañarle en busca de cactus
para su jardín, situado "en la cima más o menos llana de un pequeño cerro
que dominaba el pueblo y el valle. Para llegar a ella había que subir diez
minutos de cuesta hacia la soledad, por una carreterita de piedras y tierra que
no llevaba a ninguna otra parte. Aquel jardín de cactus puede que fuese la
mejor colección privada de cactus del planeta. Yo, que me convertí en un
especialista en cactus, no he visto nunca otro mejor". Lo cierto es que mi
madre, desconcertada y encantada a la vez, terminó accediendo a su petición
cuando Doc le explicó su teoría sobre los cactus: "Si Dios eligiese una
planta para representarle, yo creo que elegiría entre todas ellas el cactus. El
cactus posee casi todas las bendiciones que Él intentó otorgar al hombre, casi
siempre en vano. El cactus es humilde pero no sumiso. Crece donde no es capaz
de crecer ninguna otra planta. No se queja si el sol le quema en la espalda, ni
si el viento lo arranca del acantilado o lo sepulta en la arena seca del
desierto, ni sí está sediento. Cuando llega la lluvia almacena agua para
futuros tiempos difíciles. Florece lo mismo en el buen tiempo que en el malo.
Se guarda del peligro pero no hace daño a ninguna otra planta. Se adapta
perfectamente casi a cualquier medio. En Méjico hay un cactus que sólo florece
una vez cada cien años y de noche. Eso es santidad de un grado extraordinario,
¿no está usted de acuerdo? El cactus tiene propiedades que le permiten curar
las heridas de los hombres, y se extraen de él pociones que pueden hacer que un
hombre toque el rostro de Dios o se asome a la boca del infierno. Es la planta
de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la
fealdad, de la dureza y de la suavidad. ¿No cree usted que de todas las plantas
fue al cactus la que Dios hizo a su propia imagen?". (Peekay, protagonista
de "La potencia de uno", de Courtenay) Empuja
la vaquita Un
maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo
lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar.
Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar
visitas, conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de
estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los
habitantes: una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas
sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el
padre de familia y le preguntó: "En este lugar no existen posibilidades de
trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y su familia para
sobrevivir aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío,
nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días.
Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros
alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada,
etc., para nuestro consumo y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio
agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego se despidió
y se fue. Siguieron su camino, y un rato después se volvió hacia su fiel
discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita, llévela al precipicio de allí
enfrente y empújela al barranco." El joven, espantado, cuestionó al
maestro aquella orden, pues la vaquita era el medio de subsistencia de aquella
familia. Mas como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la
orden. Así que empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella
escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante años. Un buen día el
joven agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo que había aprendido y
regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos.
Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con
árboles floridos, todo habitado, con carro en el garaje de tremenda casa y algunos
niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando
que aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir,
aceleró el paso y llegando allá, fue recibido por un señor muy simpático. El
joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, el señor
respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró corriendo a la
casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacía algunos años con el
maestro. Elogió el lugar y preguntó al señor (el dueño de la vaquita):
"¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?". El señor
entusiasmado le respondió: "Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el
precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras
cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así
alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora." La moraleja samurai
nos dice: "Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona alguna
cosa básica para nuestra supervivencia, pero que nos lleva a la rutina y nos
hace dependientes de ella, y nuestro mundo se reduce a lo que la vaquita nos
brinda. Tu sabes cual es tu vaquita. No dudes un segundo en empujarla por el
precipicio. En
la vida real "He
visto muchas películas de prisiones donde el teléfono suena en el momento
preciso en que está a punto de accionar el interruptor para cargarse a un pobre
inocente, pero en todos los años que pasé en el bloque E (de los condenados a
muerte), nuestro teléfono no sonó ni una sola vez. En las películas, la
salvación resulta barata, y la inocencia también. Uno paga veinticinco centavos
y consigue algo que vale exactamente eso. En la vida real, todo cuesta más, y
las respuestas son diferentes". (diálogo toma de La milla verde, de
Stephen King). Enfadarse Érase
una vez un joven con un carácter bastante violento. Su padre le dio una bolsa
de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que
perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llegó a clavar
37 clavos en la cerca. Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y
el número de clavos colocados en la cerca disminuyo día tras día: había
descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos. Finalmente,
llego un día en el cual el joven no clavó ningún clavo en la cerca. Entonces
fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo
durante todo el día. Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca
del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia. Los
días pasaron y finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado
todos los clavos de la cerca. El
padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo:
"Hijo mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca
del jardín. Esta cerca ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le
dices algo desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un
hombre y después sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco
importa cuantas veces te excuses, la herida verbal hace tanto daño como una
herida física. Los amigos son como joyas muy valiosas. No los maltrates.
Siempre están dispuestos a escuchar cuando lo necesitas, te sostienen y te
abren su casa." Es
como yo Mi
hijo hace poco llegó a este mundo, de manera normal... pero yo tenía que
trabajar, tenía tantos compromisos... Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo
esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía:
"Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?".
"No lo sé, hijo mío, pero cuando regrese jugaremos juntos..., ya lo
verás". Mi hijo cumplió diez años y me decía: "Gracias por la pelota,
papá. ¿Quieres jugar conmigo?". "Hoy no, hijo mío, que tengo mucho
que hacer." "Está bien papá, otro día será", y se fue sonriendo,
y siempre en sus labios las palabras: "Yo quiero ser como tú. ¿Cuándo
regresas a casa, papá?". "No lo sé, hijo, pero cuando regrese
jugaremos juntos..., ya lo verás." Mi hijo regresó de la universidad,
hecho todo un hombre. "Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Siéntate y
hablemos un poco." "Hoy no, papá, tengo compromisos...; por favor,
préstame el coche para ir a visitar a unos amigos." Ahora me he jubilado y
mi hijo vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: "Hola, hijo mío,
quiero verte." "Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo...;
tú sabes, el trabajo, los niños...; pero gracias por llamar, fue estupendo
hablar contigo." Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había
cumplido su deseo, era exactamente como yo. Hablar
con los padres ancianos Mi
padre me llama mucho por teléfono -decía un hombre joven-. Voy poco a verle. Ya
sabes cómo son los viejos, cuentan siempre las mismas cosas una y otra vez.
Además nunca faltan cosas que hacer: el trabajo, mi mujer, mis amigos... En
cambio yo -le dijo su compañero- procuro hablar mucho con mi padre. Caray -se
apenó el otro-, eres mejor que yo. Soy igual que tú -respondió el amigo con
tristeza-, mi padre murió hace tiempo y ahora sigo hablando con él, pues pienso
que me escucha desde el Cielo. Pero mientras vivió, le visitaba poco y apenas
hablaba con él. Ahora siento su ausencia, y lo busco cuando ya se me fue. Te
recomiendo que procures hablar con él ahora que lo tienes, no esperes a
visitarle en el cementerio, como tengo que hacer yo. Historia
de dos ciudades Un
viajero se aproximaba a una gran ciudad y preguntó a una mujer que se
encontraba a un lado del camino: "¿Cómo es la gente de esta ciudad?".
"¿Cómo era la gente del lugar de donde vienes?", le inquirió ella a
su vez. "Terrible, mezquina, no se puede confiar en ella...
detestable en todo los sentidos", respondió el viajero. "¡Ah!
-exclamó la mujer-, encontrarás lo mismo en la ciudad a donde te diriges". Apenas
había partido el primer viajero cuando otro se detuvo y también preguntó acerca
de la gente que habitaba en la ciudad cercana. De nuevo la mujer le preguntó al
viajero por la gente de la ciudad de donde provenía. "Era gente
maravillosa; honesta, trabajadora y extremadamente generosa. Lamento haber
tenído que partir.", declaró el segundo viajero. La sabia mujer le
respondió: "Lo mismo hallarás en la ciudad adonde te diriges". En
ocasiones no vemos las cosas como son, las vemos como somos. Incredulidad
en Plutón Anoche
tuve en mi casa una increíble visita de un viajero. Un extraño personaje que
venía nada menos que de Plutón. Estaba muy nervioso. Me explicó como en su
planeta corrían terribles rumores sobre los terrícolas: "En mi planeta,
dicen las malas lenguas, que a millones de esos pequeños seres humanos,
vosotros mismos, lo humanos, los tenéis congelados en neveras a la espera de
ser objeto de experimentos o de ser destruidos." "¿Qué mas se comenta
de nosotros en tu planeta?", le pregunté. "Pues cosas peores, como
que también a millones de seres humanos, igualmente pequeños o un poco mas
grandes, se les mata, se acaba con su vida, cuando aún no han nacido, en el
vientre de su madre". Sentí como la congoja apretaba mi pecho y como las
lágrimas asomaban en mis ojos. "Te estás poniendo rojo. No te enfades, si
quieres yo volveré a mi planeta y les diré que nunca cuenten mentiras tan
horribles sobre vosotros los humanos". "Amigo, no me enfado con los
tuyos. Me avergüenzo de los míos. Todo lo que has dicho es cierto, eso hacen
algunos seres humanos grandes, con sus pequeños seres humanos".
"Entonces me voy. No era capaz de creérmelo. Me vuelvo a casa, por que si
eso hacéis con los vuestros, que no haréis con los que no somos de vuestra especie".
Jesús García Sánchez-Colomer Información,
por favor Cuando
yo era niño, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro
vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared y el
brillante auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño
para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre
hablaba por él. Entonces
descubrí que en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo, vivía una
extraña persona - su nombre era "Información Por Favor" y no había
nada que ella no supiese. "Información Por Favor" podía
proporcionarte el nombre de cualquiera y la hora exacta. Mi
primera experiencia personal con este "genio de la lámpara" llegó un
día mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el banco de
herramientas del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era
terrible, pero allí no parecía haber ninguna razón para llorar porque en casa
no había nadie que me pudiese consolar. Caminé de un lado a otro por la casa
chupando mi dedo palpitante y finalmente llegué a la escalera. ¡El
teléfono! Rápidamente corrí a por el taburete en el recibidor y lo arrastré
hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo
mantuve junto a mi oreja. "Información Por Favor", dije al micrófono
justo sobre mi cabeza. Un clic o dos y una vocecita clara habló en mi oído. "Información."
"Me he lastimado el dedo. . ." gemí al teléfono. Las lágrimas
llegaron sin demasiado esfuerzo ahora que tenía audiencia. "¿No
está tu madre en casa?" preguntó. "Nadie más que yo está en
casa." sollocé. "¿Estás sangrando?" "No," repliqué.
"Me he golpeado el dedo con el martillo y me duele." "¿Puedes
abrir la nevera?" preguntó. Dije que podía. "Entonces corta un
trocito de hielo y manténlo junto a tu dedo," dijo la voz. Después
de aquello, llamaba a "Información Por Favor" para cualquier cosa. La
llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo donde estaba Filadelfia.
Me ayudo con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había cogido en el
parque justo el día de antes, comería frutas y nueces. Por
aquel entonces, Petey, nuestro canario, murió. Llamé a "Información Por
Favor" y le conté la triste historia. Ella escuchó y después dijo lo que
usualmente los adultos dicen para consolar a un niño. Pero yo estaba
desconsolado. Le pregunté, "¿Por qué los pájaros pueden cantar tan
bellamente y llevar alegría a todas las familias, solo para acabar como un
montón de plumas en el fondo de la jaula?" Ella debió sentir mi profunda
inquietud, porque dijo sencillamente, "Paul, recuerda siempre que hay otros
mundos donde cantar." De
alguna forma me sentí mejor. Otro día estaba en el teléfono. "Información
Por Favor". "Información," dijo la, ahora familiar, voz.
"¿Cómo se deletrea aprieto?" pregunté. Y
todo ello tuvo lugar en un pequeño pueblo en el Noroeste de la costa del
Pacífico. Cuando
tenía 9 años me mudé a través del país a Boston. Eché mucho de menos a mi
amiga. "Información Por Favor" pertenecía a aquella vieja caja de
madera allá en casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y
brillante nuevo teléfono situado en la mesa en el recibidor. Cuando llegué a la
adolescencia, las memorias de aquellas conversaciones infantiles, en realidad
nunca me abandonaron. A menudo, en momentos de duda y confusión, podía apelar a
una serena seguridad y la tenía. Apreciaba ahora cuan paciente, compresiva y
amable era ella para haber gastado su tiempo en un niño pequeño. Unos
pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste hacia la universidad, mi avión
aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé
alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana que entonces vivía allí.
Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué la operadora de mi
pueblo natal y dije, "Información Por Favor". Milagrosamente,
oí la menuda y clara voz que conocía tan bien, "Información." No
lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo, "¿Puede decirme cómo se
deletrea aprieto?" Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz
baja, "supongo que tu dedo ya debe estar curado." Reí. "Así que realmente
eres tú aún," dije. "Me pregunto si tienes idea de cuánto
significaste para mí en aquel tiempo." "Me pregunto," dijo ella,
"si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca he tenido
hijos y solía esperar tus llamadas." Le dije cuan a menudo había pensado
en ella a lo largo de los años y le pregunté si podía llamarla de nuevo cuando
volviera a visitar a mi hermana. "Por favor, hazlo," dijo.
"Pregunta por Sally." Tres
meses después estaba de vuelta en Seattle. Una voz diferente contestó,
"Información." Pregunté por Sally. "¿Es usted un amigo?"
dijo ella. "Sí, un muy antiguo amigo," respondí. "Siento tener
que decirle esto," dijo. "Sally había estado trabajando a tiempo
parcial los últimos años porque estaba enferma. Murió hace cinco semanas."
Antes de que pudiera colgar dijo, "Espere un momento. ¿Dijo que su nombre
era Paul?" "Sí." "Bien, Sally dejó un mensaje para usted.
Lo anotó por si usted llamaba. Déjeme leérselo." La
nota decía, "Dile que aún digo que hay otros mundos donde cantar. Él sabrá
lo que quiero decir." Le
di las gracias y colgué. Sabía lo que Sally quería decir. (Paul Villiard,
tomado de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
caja dorada A
menudo aprendemos mucho de nuestros hijos. Hace algún tiempo, un amigo mío
regañó a su hija de tres años por gastar un rollo de papel de envolver dorado.
No andaba muy bien de dinero y se enfureció cuando la niña trató de decorar una
caja para ponerla bajo el árbol de Navidad. A pesar de ello, la pequeña llevó
el regalo a su padre a la mañana siguiente, y dijo: "Esto es para ti,
papá". Él
estaba turbado por su excesiva reacción anterior, pero se molestó de nuevo
cuando vio que la caja estaba vacía. "¿No sabes que cuando le das a
alguien un regalo se supone que debe haber algo dentro?", le dijo. La
pequeña lo miró con lágrimas en los ojos y dijo: "Oh, papá. No está vacía.
He echado besos en la caja. Todos para ti, papá". El
padre estaba hecho polvo. Rodeó con sus brazos a su pequeña y le pidió que le
perdonara. Mi amigo me dijo que conservó esa caja dorada junto a su cama
durante años. Siempre que estaba descorazonado, sacaba un beso imaginario y
recordaba el amor de la niña que los había puesto allí. Realmente,
a todos nosotros, como padres, se nos ha dado una caja dorada llena de amor
incondicional y besos de nuestros hijos. No hay posesión más preciosa que nadie
pueda tener. (James Dobson, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
calumnia Había
una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, todo por la envidia
que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado. Tiempo después se
arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un
hombre muy sabio a quien le dijo: "Quiero arreglar todo el mal que hice a
mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?", a lo que el hombre respondió: "Toma
un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas y suelta una donde vayas". El
hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al
cabo de un día las había soltado todas. Volvió donde el sabio y le dijo:
"Ya he terminado", a lo que el sabio contestó: "Esa es la parte
más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que
soltaste. Sal a la calle y búscalas". El hombre se sintió muy triste, pues
sabía lo que eso significaba y no pudo juntar casi ninguna. Al volver, el
hombre sabio le dijo: "Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que
volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el
daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedirle perdón a tu amigo,
pues no hay forma de revertir lo que hiciste". La
canasta vacía Así
como una imagen vale más que mil palabras, una historia adecuada ilustra más
que cien libros. La esposa del Faraón de Egipto había perdido muchos hijos en
su vientre. Este parto, seguramente, era su última oportunidad para darle un
heredero al Faraón. Rodeada de médicos y sirvientas el dolor de su vientre fue
en aumento hasta que explotó en un grito de dolor liberador y, simultáneamente
a su muerte dio un parto de cinco hijos, cuatro de ellos varones y una niña. El
Faraón crió con amor y dedicación a sus hijos, dándoles la educación de futuros
gobernantes a los varones y de princesa a la hija. Pasados los años y crecidos
sus hijos, el Faraón se enfrentó al dilema de escoger a su sucesor. Dado que
todos habían nacido en el mismo parto, no había un primogénito a quién el
derecho le correspondiese naturalmente. Consultó con el Consejo de Ancianos: "Qué
debo hacer? ¿Cómo elegir a mi sucesor? Quizás deba dividir el Imperio en cuatro
reinos para ser justo con todos ellos." Los sabios respondieron: "No,
majestad, dividir el Imperio implica debilitarlo y ello acarreará su
destrucción. Además, usted tuvo cinco hijos y sería injusto con su hija. Lo
mejor es hacer un concurso entre ellos y el que traiga el proyecto que más
beneficie a Egipto, ese sea el escogido". Satisfecho con la sabiduría del
consejo recibido, el Faraón citó a sus hijos -incluida la hija- y les dijo:
"Tienen seis meses para plantear el Proyecto más beneficioso para Egipto,
quién así lo haga será elegido mi sucesor." Seis meses después los cinco
hijos se congregaron en el Salón del Faraón portando los varones gran cantidad
de maquetas y planos, y la hija una canasta vacía. El Faraón escuchó por turno
los proyectos. Cada cual superaba al anterior: un sistema de caminos para el
Reino, un sistema de canales de riego, un sistema de silos para las cosechas,
un sistema de puertos para el comercio... Era difícil pensar en uno que
superase en beneficios al otro. La discusión para analizar el valor de cada
uno, sin duda sería ardua, problemática y difícil. Sin embargo, al llegar el
turno a la hija ésta mostró su canasta vacía y dijo: "Padre, yo traigo una
canasta vacía que hoy vale tanto como las maquetas que has visto. Nadie puede
decir qué obra es la mejor hasta no verla hecha y, para ese entonces el
contenido de mi canasta podría superar en valor a cualquiera de ellos."
Todos quedaron sorprendidos por el enunciado, pero el Faraón y el Consejo de
Sabios estuvieron de acuerdo en que discutir el valor de los proyectos no tenía
más sentido que discutir el valor del contenido de una canasta vacía. Entonces
la solución fue obvia: los recursos del reino se emplearían para el desarrollo
de los proyectos durante dos años y, al cabo de ese tiempo se analizaría el
beneficio real de cada obra para el Reino. Pasaron los dos años de febril
actividad y llegó el momento de presentarse al Salón del Trono. Cada uno de los
hijos venía orgulloso con gran cantidad de documentos y asesores para demostrar
que su obra había sido la más beneficiosa al Reino. Y la hija llegó con su
canasta vacía. A su turno, cada hijo expuso el valor de las obras hechas: cómo
ahora el sistema de riego había aumentado las cosechas, cómo el sistema de
caminos permitía que esas cosechas llegasen hasta el último rincón del Reino,
cómo el sistema de silos permitía almacenarlas de modo limpio y seguro, cómo
los nuevos puertos eran fuente de comercio y prosperidad. Al llegar el turno de
la hija, esta señaló su canasta y dijo: "Padre, tal como lo anuncié, el
tiempo me permitiría dar valor al contenido de esta canasta. Ahora lo veis:
gracias a mi canasta vacía el Reino tiene canales, caminos, silos y puertos. Sin
ella sólo hubiésemos tenido proyectos y una larga discusión para ver cuál era
el mejor sin que nunca ocurriese nada." Los cuatro hermanos se dieron la
vuelta, sorprendidos y azorados, y tras un momento de vacilación se
arrodillaron frente a su hermana. Y así Egipto tuvo su primera Emperatriz.
(Adaptación libre y resumida del cuento "La Canasta Vacía", de Ana
María Aguado, Buenos Aires, 1998). La
carreta vacía Caminaba
con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio
me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el
ruido de una carreta. Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía. Pregunté a
mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos? Entonces mi
padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el
ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en
adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la
conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que
tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la
impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la
carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad consiste en callar
nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Nadie está mas vacío
que aquel que está lleno de sí mismo. La
maestra Se
contaba hace muchos años una historia sobre una profesora de Primaria. Su
nombre era Sra. Thompson. Cuando se ponía de pie frente a su clase de 5º grado
en el primer día de colegio, decía una mentira a los niños. Como muchos
maestros, ella miraba a sus estudiantes y decía que los quería a todos por
igual. Pero
eso era imposible, porque ahí, en la primera fila, hundido en su asiento,
estaba un pequeño llamado Teddy Stoddard. La Sra. Thompson había vigilado a
Teddy el año anterior y se dio cuenta de que no jugaba con los otros niños, que
sus ropas estaban sucias y que constantemente necesitaba un baño. Y Teddy podía
ser desagradable. Llegó al punto que la Sra. Thompson de hecho se complacía en
marcar sus apuntes con una ancha pluma roja, haciendo bien delineadas X y
poniendo un gran "MD" en la parte superior de las hojas. En
la escuela donde enseñaba la Sra. Thompson, ella fue requerida para revisar el
expediente de cada niño y dejó el de Teddy para lo último. Sin embargo, cuando
revisó su expediente, se llevó una sorpresa. La
maestra de primero de Teddy escribió, "Teddy es un niño brillante, de
pronta risa. Hace su trabajo pulcramente y tiene buenos modales, da alegría
tenerlo cerca." Su
maestra de segundo escribió, "Teddy es un excelente estudiante, apreciado
por sus compañeros de clase, pero está apenado porque su madre tiene una
enfermedad terminal y la vida en su hogar debe ser una pugna." Su
maestra de tercero escribió, "La muerte de su madre ha sido dura para él.
Intenta hacer lo mejor, pero su padre no muestra mucho interés y su vida
familiar pronto le afectará si no se toman medidas." Su
maestra de cuarto escribió, "Teddy está distraído y no muestra mucho
interés por la escuela. No tiene muchos amigos y a veces se duerme en
clase." Ahora
la Sra. Thompson se dio cuenta del problema y se avergonzó de sí misma. Se
sintió peor incluso cuando sus estudiantes le llevaron sus regalos de Navidad,
envueltos en bellos lazos y brillante papel, excepto el de Teddy. Su regalo
estaba chapuceramente envuelto en el pesado papel marrón que obtuvo de una
bolsa de comestibles. A la Sra. Thompson le inquietó abrirlo en mitad de los
otros regalos. Algunos de los niños empezaron a reír cuando encontró un
brazalete de circonitas al que le faltaban algunas piedras, y una botella llena
hasta la cuarta parte de perfume. Pero acalló la risa de los niños cuando
exclamó lo bonito que era el bracelete, a la vez que se lo ponía, y se aplicó
algo de perfume en la muñeca. Teddy
Stoddard se quedó ese día después de clase justo lo suficiente para decir,
"Sra. Thompson, hoy huele usted justo como mi mamá solía hacerlo." Después
de que los niños se fueran, ella lloró durante casi una hora. Desde
ese preciso día, la Sra. Thompson puso especial atención con Teddy. Mientras
trabajaba con él, su mente parecía volver a la vida. Cuanto más lo animaba, más
rápido respondía él. Al final del año, Teddy había llegado a ser uno de los
niños más inteligentes de clase y, a pesar de su mentira de que ella querría a
todos los niños por igual, Teddy se convirtió en uno de los "favoritos de
la maestra" Un
año más tarde, encontró una nota bajo su puerta, de Teddy, diciéndole que
todavía era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Pasaron seis
años antes de que le llegara otra nota de Teddy. Entonces le escribió que había
acabado la Secundaria, el tercero de su clase, y que ella todavía era la mejor
maestra que había tenido en toda su vida. Cuatro
años después, le llegó otra carta, diciendo que aunque las cosas habían sido
duras a veces, permaneció en el colegio, perseveró y pronto obtendría su
graduado con los mayores honores. Aseguraba a la Sra. Thompson que ella todavía
era la mejor maestra que había tenido en toda su vida y su favorita. Pasaron
cuatro años más y llegó otra carta. Esta vez explicaba que después de haber
obtenido su título de Bachiller, decidió ir un poco más allá. La carta
explicaba que ella era todavía la mejor y favorita maestra que había tenido
nunca. Pero ahora su nombre era un poco más largo: la carta estaba firmada,
Doctor Theodore F. Stoddard. La
historia no acaba aquí. Todavía recibió otra carta esa primavera. Teddy decía
que había conocido a una chica y que iba a casarse. Explicaba que su padre
había muerto hacía un par de años y se preguntaba si la Sra. Thompson aceptaría
sentarse en la boda en el sitio que usualmente estaba reservado para la madre del
novio. Por supuesto, la Sra. Thompson lo hizo. ¿Y sabes qué? Lució el
brazalete, aquel al que le faltaban varias circonitas. Y se aseguró de ponerse
el perfume que Teddy recordaba que su madre llevaba en su última Navidad
juntos. Se abrazaron y el Dr. Stoddard susurró en el oído a la Sra. Thompson,
"Gracias, Sra. Thompson por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir
importante y mostrarme que yo podía hacer que las cosas fueran
diferentes." La Sra. Thompson, con lágrimas en los ojos, susurró a su vez.
Dijo, "Teddy, estás totalmente equivocado. Tu fuiste el que me enseñó a mí
a hacer las cosas diferentes. Yo no sabía cómo enseñar hasta que te
conocí." (Elizabeth Silance Ballard, tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
oruga y la mariposa Una
pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se
encontraba un saltamontes. "¿Hacia donde te diriges?" - le preguntó
-. Sin dejar de caminar, la oruga contestó: "Tuve un sueño anoche: soñé
que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que
vi en mi sueño y he decidido realizarlo". Sorprendido, el saltamontes dijo
mientras su amigo se alejaba: "¡Debes estar loca!, ¿cómo podrás llegar
hasta aquel lugar?, ¿tú?, ¿una simple oruga? .... una piedra será una montaña,
un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable...".
Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de
moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo preguntando hacia dónde se
dirigía con tanto empeño. La oruga contó una vez más su sueño y el escarabajo
no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y dijo: "Ni yo, con patas tan
grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso", y se quedó en el suelo
tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya
unos cuantos centímetros. Del mismo modo la araña, el topo y la rana le
aconsejaron a nuestro amigo desistir: "¡No lo lograrás jamás!" le
dijeron, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya
agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir
con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor", fue
lo último que dijo y murió. Todos los animales del valle fueron a mirar sus
restos, ahí estaba el animal más loco del campo, había construido como su tumba
un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que
murió por querer realizar un sueño irrealizable. Esa mañana en la que el sol
brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a
aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De
pronto quedaron atónitos, aquella costra dura comenzó a romperse y con asombro
vieron unos ojos y unas antenas que no podían ser las de la oruga que creían
muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron
saliendo las hermosas alas de mariposa de aquel impresionante ser que tenían en
frente, el que realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el
que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado.
El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos
que has tenido que enfrentar en el camino. Aunque el camino sea largo y
difícil, no te dejes vencer... si eres constante, tus sueños pueden convertirse
en realidad. La
silla de ruedas 05:30,
oigo el despertador. Uf, ya es hora de levantarse, pero si acabo de
acostarme... ¿Por qué tiene que estallar ahora este cacharro? ¿Por qué no puedo
esta tan desvelado, como ayer cuando me acosté? Me quedaré cinco minutos mas,
luego en la autopista los podré recuperar. Cierro los ojos y me imagino que
estoy en la playa tumbado, tomando energía de mi planeta preferido. Lo
que pensé que serían 5 minutos se multiplicaron por 8. Miro al reloj, que me
responde con guasa que me he vuelto a quedar dormido. Como un cohete salgo de
mi cama hacia la cocina para hacerme un café con la esperanza de que me ayude a
abrir los ojos. La autopista no me permite gastar un poco de adrenalina para
apaciguar mi tensión, sino que la aumenta cuando me doy cuenta que estoy
atascado en ella. Cuando por fin llego a la estación de trenes veo como el tren
traga a sus últimos pasajeros cierra las puertas lentamente y desaparece en el
horizonte. Como era de esperar llegaré tarde al trabajo. Después
de la aventura que tuve para llegar al trabajo, la motivación se derrumba por
completo al pensar en la montaña de trabajo que me está esperando. Después de 8
horas y media de duro trabajo estoy realmente por los suelos. Mientras
estoy esperando el tren para regresar a casa empiezo casi a deprimirme. Pienso
lo bien que pudiera estar si tuviera mi propia empresa, podría ganar mucho
dinero y ser mi propio jefe. Pienso de lo feliz que sería si conociera y
compartiera mi vida con mi alma gemela. Pienso el gozo que sentiría si fuese
una gran personalidad que viajara mucho y fuese reconocida y respetada. Sigo
pensando y soñando llegando a la conclusión que debo ser la persona más infeliz
del planeta. Justo
en este instante paso algo que almacenaré toda mi vida en el baúl de mis
recuerdos. No hablé con un ángel, pero un ángel tuvo que haber planeado este
encuentro. "Hola señor, me puede ayudar a subir al tren cuando
venga", me dijo una suave y alegre voz que procedía de una adolescente. A
pesar de que estaba en una silla de ruedas su rostro resplandecía como un sol
al amanecer. "Cómo no, señorita, ¿qué línea de tren va a coger para llegar
a su destino?", le respondí intentando sonreir. Su
tren tardó unos minutos en llegar. Me quedé con las ganas de preguntarle de
cómo le era posible estar tan alegre y feliz estando en esa situación. Cómo le
iba a preguntar yo, que estaba mil veces mejor que ella. Me puedo mover
libremente, puedo ir donde se me antoje sin depender de nadie, puedo practicar
cualquier deporte, subir cualquier montaña... Volví a meditar sobre lo infeliz
que me sentía antes de encontrar a la chica y empezó a darme vergüenza de
haberme sentido así. Sólo estuve preocupándome del mal día que tuve, estuve
pensando en lo negativo de mi vida. ¡Que vergüenza! "Ya
llega mi tren, señor". Le ayudé a subir el tren y con una sonrisa (esta
vez sincera) le deseé un bonito día. Cuando perdí el tren de vista, empecé a
repasar en las cosas positivas que puedo gozar en mi vida. No tardé mucho y
empecé a sentirme bien y contento con ganas de disfrutar del presente a pesar
de que tuve un mal día. Hay
un proverbio que dice que cuándo los vientos se levantan o cambian rumbo hay
gente que empieza a construir muros, pero otros construyen molinos. En la vida encontramos
muchos vientos, pero en vez de gastar nuestras energías en construir muros
podemos construir molinos y ganar energías de estos vientos. ¿Recordamos a la
chica en la silla de ruedas? Si hubiese construido muros para detener los
vientos se habría agotado y se hubiese deprimido por no poder controlar los
vientos. Sin embargo construyó molinos aceptando su situación y enseñando a los
demás a ser positivos. (Carlos Prieto, tomado de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
trompeta En
una excursión todos nos hallábamos perdidos en el monte. Los niños hacía tiempo
dudaban de que los guías supiéramos el camino. El bosque, agreste, no dejaba
ver ni una luz que nos guiara. De pronto, se oyó el sonido de una trompeta
lejana. Era el cura del pueblo, que nos esperaba y, al ver que no llegábamos,
había salido en nuestra búsqueda. José Ramón, el clásico gordito de toda
excursión, apretó el paso. Al cabo de un rato la trompeta se fue perdiendo.
José Ramón gritó disgustadísimo: si esa trompeta deja de sonar, me siento y ahí
me quedo. Esta es una forma de explicar qué es la esperanza: la esperanza es
como el sonido de esa trompeta. La
valentía premiada Estaba
caminando en una calle poco iluminada una noche ya tarde, cuando escuché unos
gritos que trataban de ser silenciados y que venían de atrás de un grupo de
arbustos. Alarmado, aflojé el paso para escuchar y me aterroricé cuando me dí
cuenta de que lo que se escuchaba eran los inconfundibles signos de una lucha
desesperada en la que a unos pocos metros de mí una mujer estaba siendo
atacada. ¿Me debería involucrar? Yo estaba asustado pensando en mi propia
seguridad y me maldije a mí mismo por el dilema ante el que estaba: ¿No debería
tan solo correr al teléfono más cercano y llamar a la policía? Los gritos
aumentaban. Tenía que actuar con rapidez. Finalmente me decidí. No podía darle
la espalda a esa pobre mujer, aunque eso significara arriesgar mi propia vida.
No soy un hombre valiente, ni soy un hombre fuerte ni atlético. No sé dónde
encontré el coraje moral y la fuerza física, pero una vez que había decidido
finalmente ayudar a la chica, me volví extrañamente transformado. Corrí detrás
de los arbustos y salté sobre el asaltante. Forcejeando, caímos al suelo y
luchamos durante unos minutos, hasta que el atacante se puso en pie de un salto
y escapó. Jadeando fuertemente, me levanté con dificultad, y me acerqué a la
chica, que estaba en cuclillas detrás de un árbol, llorando. En la oscuridad,
apenas podía ver su silueta, temblando y en pleno shock nervioso. No quería asustarla
de nuevo, así que le hablé a cierta distancia. "No te preocupes, ya se ha
ido, estás a salvo", dije en tono tranquilizador. Hubo una prolongada
pausa, y entonces oí: "¿Papá, eres tú?". Y entonces desde detrás del
árbol salió caminando mi hija Katherine. La
vaquita Un
maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vió a lo
lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar.
Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas,
conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas
experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes:
una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y
rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de
familia y le preguntó: "En este lugar no existen posibilidades de trabajo
ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir
aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío, nosotros tenemos
una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del
producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad
vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo
y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio agradeció la información,
contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio del
camino, se volvió hacia su fiel discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita,
llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco." El joven,
espantado, repuso maestro que la vaquita era el medio de subsistencia de
aquella familia, pero el maestro insistió y él fue a cumplir la órden, y empujó
la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la
memoria de aquel joven durante algunos años. Un día, el joven, agobiado por la
culpa, resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar
y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a medida
que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo
habitado, con un coche en el garaje de una gran casa y algunos niños jugando en
el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella
humilde familia tuviese que haber vendido el terreno para sobrevivir. Aceleró
el paso, y al llegar fue recibido por un señor muy simpático. El joven preguntó
por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, y el señor respondió que
seguían viviendo allí. Entró a la casa y confirmó que era la misma familia que
visitó hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al
señor (al dueño de la vaquita): "¿Cómo hizo para mejorar este lugar y
cambiar de vida?". El señor respondió: "Nosotros teníamos una vaquita
que cayó por el precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la
necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos
que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora". La
moraleja samurai dice: "Todos nosotros tenemos una vaquita que nos
proporciona alguna cosa básica para nuestra supervivencia, que nos lleva a la
rutina y nos hace dependientes de ella, y nuestro mundo se acaba reduciendo a
lo que la vaquita nos da. Tú sabes cuál es tu vaquita. No te importe empujarla
por el precipicio. La
vasija Un
cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un
palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias
grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final
del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Cuando
llegaba, la vasija rota sólo contenía la mitad del agua. Durante dos años
completos esto fue así diariamente. La vasija perfecta estaba muy orgullosa de
sus logros, pues se sabía perfecta para el fin para el que fue creada. Pero la
pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección, y se
sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de lo que se suponía que era
su obligación. Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador
diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo. Porque
debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes
la mitad del valor que deberías recibir". El aguador le contestó:
"Cuando regresemos a casa quiero que te fijes en las bellísimas flores que
crecen a lo largo del camino". Así lo hizo la tinaja. Y en efecto, vio
muchísimas flores hermosas a todo lo largo del camino. Pero de todos modos se
sintió apenada porque, al final, sólo quedaba dentro de sí la mitad del agua
que debía llevar. El aguador le dijo entonces: "¿Te diste cuenta de que
las flores sólo crecen en tu lado del camino? Siempre he sabido de tus grietas
y quiero que veas el lado positivo que eso tiene. Sembré semillas de flores a
todo lo largo del camino por donde vas, y todos los días las has regado. Por
dos años yo he podido recoger estas flores. Si no fueras como eres, no hubiera
sido posible crear esa belleza". La
vida es bella Un
muchacho vivía sólo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria y
muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio.
Habitualmente no tenía oportunidad de jugar. En fin, casi nunca. Sin embargo,
su padre permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía. El joven era el
más bajo de la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en
el equipo de fútbol del colegio. Su padre siempre le daba orientación y le
explicaba claramente que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en
realidad". Pero el joven amaba el fútbol, no faltaba a ningún
entrenamiento ni a ningún partido, estaba decidido en dar lo mejor de sí, se
sentía felizmente comprometido. Durante su vida en secundaria, lo recordaron
como el "calentador de banquillo", debido a que siempre permanecía
allí sentado. Su padre, con su espíritu de luchador, siempre estaba en las
gradas, dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno
podría esperar. Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de
fútbol. Todos estaban seguros que no lo lograría, pero acabó entrando en el
equipo. El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado
además por cómo él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de los
entrenamientos, y porque daba a los demás miembros del equipo mucho entusiasmo.
La noticia llenó por completo su corazón, corrió al teléfono más cercano y
llamó a su padre, que compartió con él la emoción. Le enviaba en todas las
temporadas todas las entradas para que asistiera a los partidos de la
Universidad. El joven deportista era muy constante, nunca faltó a un
entrenamiento ni a un partido durante los cuatro años de la Universidad, y
nunca tuvo oportunidad de participar en ningún partido. Era el final de la
temporada y justo unos minutos antes de que comenzará el primer partido de las
eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama. El chico lo tomó y
después de leerlo quedó en silencio. Tragó muy fuerte y temblando le dijo al
entrenador: "Mi padre murió esta mañana. ¿No hay problema de que falte al
partido hoy?". El entrenador le abrazó y le dijo: "Toma el resto de
la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado". Llegó el
sábado, y el juego no iba bien, se acercaba el final del partido e iban
perdiendo. El joven entró al vestuario y calladamente se colocó el uniforme y
corrió hacia donde estaba el entrenador y su equipo, quienes estaban
impresionados de ver a su luchador compañero de regreso. "Entrenador, por
favor, permítame jugar... Yo tengo que jugar hoy", imploró el joven. El
entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera él podía permitir que su
peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió
tanto, que finalmente el entrenador sintiendo lastima lo aceptó: "De
acuerdo, hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo". Minutos después, el
entrenador, el equipo y él publico, no podían creer lo que estaban viendo. El
pequeño desconocido, que nunca había participado en un partido, estaba haciendo
todo perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente
como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar, hasta que empató el juego.
En los segundos de cierre el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo
hasta ganar con un touchdown. Las personas que estaba en las gradas gritaban
emocionadas, y su equipo lo llevó a hombros por todo el campo. Finalmente,
cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado callado y
solo en una esquina, se acercó y le dijo: "¡Muchacho, no puedo creerlo,
estuviste fantástico! ¿Cómo lo lograste?". El joven miró al entrenador y
le dijo: "Usted sabe que mi padre murió. Pero... ¿sabía que mi padre era
ciego?". El joven hizo una pausa y trató de sonreír. "Mi padre
asistió a todos mis partidos, pero hoy era la primera vez que él podía verme
jugar... y yo quise mostrarle que si podía hacerlo". La
voluntad de un hombre Guillaumet
era piloto de una línea aérea en los tiempos gloriosos del comienzo de la
aviación comercial. Cuenta cómo salió adelante, perdido a seis mil metros de
altura en los Andes a consecuencia de un fallo en su avión, del que salió ileso
milagrosamente. Caminó y caminó durante muchos días, extenuado y sin alimentos
ni ropa de abrigo, subiendo y bajando por aquellos montes de hielo, hasta que
-casi más muerto que vivo- lo encontró un pastor, que lo puso a salvo. Al
recordar más adelante esa experiencia, reconoce: "Entre la nieve se pierde
todo instinto de conservación. Después de dos, de tres días de marcha, lo único
que se desea es dormir. También yo lo deseaba. Pero me decía: mi mujer cree que
estoy vivo, que camino. Mis amigos piensan igualmente que sigo andando. Todos
ellos confían en mí. Seré un canalla si no lo hago...". Y añade: "lo
que yo hice, estoy seguro, ningún animal sería capaz de hacerlo".
(Saint-Exupéry, Terre des hommes) Las
formas son importantes Un
Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó
llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi
Señor! -exclamó el sabio-, cada diente caído representa la pérdida de un pariente
de Vuestra Majestad". "¡Qué insolencia! -gritó el Sultán enfurecido-
¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!". Llamó a su
guardia y ordenó que le dieran cien latigazos. Más tarde ordenó que le trajesen
a otro sabio y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al
Sultán con atención, le dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido
reservada. El sueño significa que sobrevivirás a todos vuestros
parientes". Se iluminó el semblante del Sultán con una gran sonrisa y
ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando éste salía del Palacio, uno de
los cortesanos le dijo admirado: "¡No es posible! La interpretación que
habéis hecho de los sueños es la misma que el primer sabio. No entiendo porque
al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro".
"Recuerda bien amigo mío -respondió el segundo sabio- que todo depende de
la forma en el decir". Uno de los grandes desafíos de la humanidad es
aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad
o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier
situación, de esto no cabe duda, mas la forma con que debe ser comunicada es lo
que provoca en algunos casos, grandes problemas. La verdad puede compararse con
una piedra preciosa: si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir,
pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura
ciertamente será aceptada con agrado. Las
ranas Un
grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un
hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando
vieron cuan hondo este era, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para
efectos prácticos, se debían dar por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a
los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del hoyo con
todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serian
inútiles. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían
y se rindió, se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte
como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían
señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que
no tenía sentido seguir luchando. Pero la rana saltó cada vez con más fuerzas
hasta que finalmente logró salir del hoyo. Cuando salió, las otras ranas le
dijeron: "Nos alegra que hayas logrado salir, a pesar de lo que te
gritábamos". La rana les explicó que era sorda, y que pensó que las demás
gesticulaban tanto porque le estaban animando a esforzarse más y salir del
hoyo. Moraleja
1) La palabra tiene poder de vida y muerte. Una palabra de aliento compartida
con alguien que se siente desanimado puede ayudar a levantarle al finalizar el
día. 2) Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado
puede ser le que acabe por destruir. Tengamos cuidado con lo que decimos. 3)
Una persona especial es la que se da tiempo para animar a otros. En la NASA,
hay un póster muy simpático de una abeja, que dice así: "Aerodinámicamente
el cuerpo de una abeja no está hecho para volar, lo bueno es que la abeja no lo
sabe". Las
tres rejas El
joven discípulo de un sabio filósofo llega a casa de éste y le dice: -Oye,
maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia... -¡Espera! -le
interrumpe el filósofo-. ¿Ya has hecho pasar por las tres rejas lo que vas a
contarme? -¿Las tres rejas? -Sí. La primera es la verdad. ¿Estás seguro de que
lo que quieres decirme es absolutamente cierto? -No. Lo oí comentar a unos
vecinos. -Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad.
Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien? -No, en realidad no. Al
contrario... -¡Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme
saber eso que tanto te inquieta? -A decir verdad, no. -Entonces -dijo el sabio
sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, enterrémoslo en el
olvido. Lecho
de Procusto Procusto
era el apodo del mítico posadero de Eleusis. Se llamaba Damastes, pero le
apodaban Procusto que significa "el estirador", por su sistema de
hacer amable la estancia a sus huéspedes. Deseosos de que los más altos
estuvieran cómodos en sus lechos, serraba los pies de quien le sobresalieran de
la cama. Y a los bajitos les ataba grandes pesos hasta que alcanzaban la
estatura justa del lecho. Menos mal que Teseo, el forzudo atleta, puso fin a
las locuras del posadero devolviéndole con creces el trato que dispensaba a sus
ingenuos clientes. Lo
mismo encontrarás aquí Una
historieta popular del cercano oriente cuenta que un joven llegó al borde de un
oasis contiguo a un pueblo y acercándose a un anciano le preguntó: "¿Qué
clase de persona vive en este lugar?". "¿Qué clase de persona vive en
el lugar de donde tú vienes?", preguntó a su vez el anciano. "Oh, un
grupo de egoístas y malvados –replicó el joven–; estoy encantado de haberme ido
de allí". A lo cual el anciano contestó: "Lo mismo vas a encontrar
aquí". Ese mismo día, otro joven se acercó a beber agua al oasis y viendo
al anciano, preguntó: "¿Qué clase de personas viven en este lugar?".
El viejo respondió con la misma pregunta: "¿Qué clase de personas viven en
el lugar de donde tú vienes?". "Gente magnífica, honesta, amigable,
hospitalaria, me duele mucho haberlos dejado". "Lo mismo encontrarás
aquí", respondió el anciano. Un hombre que había oído ambas conversaciones
preguntó al viejo: "¿Cómo es posible dar dos respuestas diferentes a la
misma pregunta?". A lo cual el viejo respondió: "Cada cual lleva en
su corazón el medio ambiente donde vive. Aquel que no encontró nada nuevo en
los lugares donde estuvo, no podrá encontrar otra cosa aquí. Aquel que encontró
amigos allá, podrá encontrar también amigos aquí, porque la actitud mental es
lo único en tu vida sobre lo cual puedes mantener control absoluto". Si
tienes una actitud positiva hallarás la verdadera riqueza de la vida. Los
artesanos de Chiapas Entre
los indígenas de Chiapas, cuando el maestro, derrotado por los años, decide
retirarse, le entrega al alfarero joven su mejor vasija, la obra de arte más
perfecta. El joven recibe la vasija y no la lleva a casa para admirarla, ni la
pone sobre la mesa en el centro del taller para que, en adelante, le sirva de
inspiración y presida su trabajo. Tampoco la entrega a un museo. La estrella
contra el piso, la rompe en mil pedazos y los integra a su arcilla para que el
genio del maestro continúe en su obra. La obra de arte, acabamos de verlo, es
tradición, es decir, entrega (traditio) de un arte que sólo puede ser reproducido
por la mano de otro artista, el cual sólo puede recrear lo creado por su
maestro deshaciéndolo de forma creativa e incorporadora, no destruyéndolo. Si
lo destruyera no podría incorporarlo, pero si no lo retomase desde sí mismo,
desde su libertad creadora, tampoco. En el primer caso sólo habría vandalismo,
en el segundo plagio. Lo que evita el vandalismo y el plagio es la paciencia:
en ella hemos de buscar las grandes tradiciones creadoras. Los
dos halcones Un
rey recibió como obsequio dos pichones de halcón y los entregó al maestro de
cetrería para que los entrenara. Pasando unos meses, el instructor comunicó al
rey que uno de los halcones estaba perfectamente educado, pero que al otro no
sabía que le sucedía, no se había movido de la rama desde el día de su llegada
al palacio, a tal punto que había que llevarle el alimento hasta allí. El rey
mandó llamar a curanderos y sanadores de todo tipo, pero nadie pudo hacer volar
el ave. Encargó entonces la misión a miembros de la corte, pero nada sucedió.
Por la ventana de sus habitaciones, el monarca podía ver que el pájaro
continuaba inmóvil. Publicó por fin un bando entre sus súbditos y, a la mañana
siguiente, vio al halcón volando ágilmente en los jardines. "Traedme al
autor de ese milagro", dijo. Enseguida le presentaron a un campesino.
"¿Tú hiciste volar al halcón? ¿Cómo lo lograste? ¿Eres mago, acaso?"
Aquel hombre contestó: "Alteza, lo único que tuve que hacer es cortar la
rama. El pájaro se dio cuenta que tenía alas y tuvo que empezar a volar." Más
de lo que me sentía capaz Este
verano he hecho mucho más de lo que me sentía capaz: amar de verdad. Los que me
conocen creen que soy una persona muy positiva, que a todo le saco su lado
bueno, que no me caigo fácilmente. Puede que sea cierto y que lo que hago no es
más que guiñarle a la vida un ojo y esperar a ver cómo van las cosas. Pero este
verano he hecho más de lo que yo me sentía capaz y he dejado a un lado
creencias y sobre todo he dejado atrás eso que muchas veces todos hemos sentido
alguna vez: no somos el centro del mundo y por supuesto que la tierra no gira a
nuestro alrededor. He
estado de voluntaria en un centro de enfermos de sida, drogadictos
rehabilitándose y reclusos. Para sorpresa mía he sido feliz, he ayudado a ser
feliz y he comprendido que jamás se puede dejar de apostar por la gente, sea
cual sea su pasado ni su presente y ni siquiera si su futuro es dudoso. He
convivido con personas que han pasado muchos de sus días en las peores cárceles
de España y créanme si les digo que me han ofrecido mucho más de lo que la
gente de mi clase o colegio o ciudad o familia lo ha hecho nunca. Créanme si
les digo que la mayoría de ellos tienen los días contados pero se levantan cada
mañana con un entusiasmo y una sonrisa que yo admiro, respeto y envidio, y no
es fácil vivir sabiendo que tu vida se consume y que te quedan pocos capítulos
que pasar. Es
duro ver cómo sufren por una vida mejor todos aquellos que se están
"quitando" y saber que cuando lo hagan no existe una sociedad capaz
de aceptarles de nuevo, ni capaz ni preparada y que cuando salgan de ahí no
tendrán dónde ir ni nadie que les estreche en sus brazos. Es duro verles así y
más duro es saber que ellos lo saben. He cambiado pañales, he duchado,
limpiado, cocinado,... pero sobre todo he disfrutado, he dado lo mejor de mí
misma y lo he hecho con la certeza de que todas mis sonrisas han sido
agradecidas y devueltas, que mis abrazos y mi cariño han sido respetados y han
fomentado más cariño aún. He encontrado a bellísimas personas que la vida les
ha llevado por el camino equivocado y que en muchas ocasiones ellos no han
sabido esquivarlo. He
convivido con PERSONAS, algo que normalmente escasea. Si ustedes quieren juzgar
a todos aquéllos que han salido de la cárcel, o que son gays, prostitutas,
transexuales, drogadictos o enfermos de sida, que sepan que dentro de cada una
de ellos existe una persona que merece las mismas oportunidades, el mismo
respeto y dignidad que cualquiera de nosotros pero sobre todo entiendan que no
es el malo el que está entre barrotes sino el que empuja, favorece y mueve los
hilos para que alguien cumpla condena en su lugar. (F. Saso, PUP, 28.IX.01). Nadie
triunfa solo Durante
el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18
niños. Para poder poner pan en la mesa para tal prole, el padre, y jefe de la
familia, trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro, y en cualquier
otra cosa que se presentara. A pesar de las condiciones tan pobres en que
vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían
desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su padre jamas podría
enviar a ninguno de ellos a estudiar a la Academia. Después de muchas noches de
conversaciones calladas entre los dos, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire
una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que
ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al
que quedara en casa, con las ventas de sus obras, o como fuera necesario.
Lanzaron al aire la moneda un domingo al salir de la Iglesia. Albretch Durer
gano y se fue a estudiar a Nuremberg. Albert comenzó entonces el peligroso
trabajo en las minas, donde permaneció por los próximos cuatro años, para
sufragar los estudios de su hermano, que desde el primer momento fue toda una
sensación en la Academia. Los grabados de Albretch, sus tallados y sus óleos
llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores, y para el
momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con
las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia
Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable
velada, Albretch se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un
brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer sus
estudios una realidad. Sus palabras finales fueron: "Y ahora, Albert,
hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus
sueños, que yo me haré cargo de ti." Todos los ojos se volvieron llenos de
expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien tenia el
rostro empapado en lagrimas, y movía de lado a lado la cabeza mientras
murmuraba una y otra vez "no... no... no...". Finalmente, Albert se
puso de pie y secó sus lágrimas. Miró por un momento a cada uno de aquellos
seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en la
mejilla de aquel le dijo suavemente, "No, hermano, no puedo ir a
Nuremberg. Es muy tarde para mí. Mira. Mira lo que cuatro años de trabajo en
las minas han hecho a mis manos. Cada hueso de mis manos se ha roto al menos
una vez, y últimamente la artritis en mi mano derecha ha avanzado tanto que
hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis... Mucho menos
podría trabajar con delicadas líneas el compás o el pergamino y no podría
manejar la pluma ni el pincel. No, hermano, para mí ya es tarde". Más de
450 años han pasado desde ese día. Hoy en día los grabados, óleos, acuarelas,
tallas y demás obras de Albretch Durer pueden ser vistos en museos alrededor de
todo el mundo. Pero seguramente usted, como la mayoría de las personas, solo
recuerde uno. Un día, para rendir homenaje al sacrificio de su hermano Albert,
Albretch Durer dibujó las manos maltratadas de su hermano, con las palmas
unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamo a esta poderosa obra simplemente
"manos", pero el mundo entero abrió de inmediato su corazón a su obra
de arte y se le cambió el nombre a la obra por el de "Manos que
oran". La próxima vez que vea una copia de esa creación, mírela bien.
Permita que le sirva de recordatorio, si es que lo necesita, de que nunca nadie
triunfa solo. No
os asustéis Queridos
papá y mama: Desde que me fui al colegio he descuidado el escribiros y lamento
mi desconsideración por no haberlo hecho antes. Ahora os pondré al corriente,
pero antes sentaos. No leáis nada mas, a menos que estéis sentados. ¿De
acuerdo? Bueno, pues me encuentro bien ahora. La fractura de cráneo y la
conmoción que me produjo la caída al saltar desde la ventana de mi dormitorio,
cuando se incendió, a poco de llegar aquí, se han curado perfectamente. Pasé
solo quince días en el hospital y ahora veo casi con normalidad y solo me
afecta el dolor de cabeza una vez al día. Por fortuna, el incendio en el dormitorio
y mi salto por la ventana fueron presenciados por un empleado de la gasolinera
cercana, que aviso a los bomberos y a la ambulancia. Después me vino a visitar
al hospital y como yo no tenía sitio donde vivir, a causa del incendio, él fue
tan amable que me invitó a compartir su vivienda. Realmente se trata de un
sótano, pero es muy bonito. Él es un muchacho excelente y nos enamoramos como
locos, por lo que pensamos casarnos. Aún no sabemos la fecha exacta, pero podrá
ser antes de que se note mi embarazo. Sí, papás, estoy embarazada. Me consta lo
mucho que os complacerá ser abuelos y estoy segura que recibiréis bien al bebé,
dándole el mismo cariño, afecto y cuidados que tuvisteis conmigo cuando era
pequeña. La causa del retraso en nuestra boda se debe a una ligera infección
que padece mi novio y nos ha impedido pasar las pruebas hematológicas
prematrimoniales, y que yo, descuidadamente, me he contagiado de él. Estoy
segura de que lo recibiréis en nuestra familia con los brazos abiertos. Él es
cariñoso, y aunque no muy educado, tiene ambición. Su raza y religión son
distintas de la nuestra, pero sé que vuestra tolerancia, frecuentemente
expresada, no os permitirá enfadaros por esto. Ahora que ya estáis al corriente
de todo, quiero deciros que no se incendió mi dormitorio, no tuve fractura ni
conmoción de cráneo, ni fui al hospital, no estoy embarazada, no tengo novio,
no sufro ninguna infección y no hay ningún muchacho en mi vida. Sin embargo, he
sacado un suspenso en Historia y un aprobado en Ciencias, y quiero que veáis
estas notas en su perspectiva adecuada. Vuestra hija que os quiere... Sufricia. No
juzgues antes de tiempo Un
niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó en una mesa. La camarera
se acercó. "¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuetes?",
preguntó el niño. "Cincuenta centavos", respondió la camarera. El
niño sacó su mano del bolsillo y examinó unas monedas. "¿Y cuánto cuesta
un helado solo?", volvió a preguntar el niño. Algunas personas estaban esperando
por una mesa y la camarera ya estaba un poco impaciente. "Treinta y cinco
centavos", dijo ella bruscamente. El niño volvió a contar la monedas.
"Entonces quiero el helado solo", dijo el niño. La camarera trajo el
helado, puso la cuenta en la mesa y se fue. El niño terminó el helado, pagó en
la caja y se fue. Cuando la camarera volvió, empezó a limpiar la mesa y
entonces le costó tragar saliva con lo que vio. Allí, puesto ordenadamente
junto al plato vacío, habían veinticinco centavos... su propina. Moraleja:
jamás juzgues a alguien antes de tiempo. No
cree en Dios Rascólnikov,
el joven protagonista de "Crimen y castigo", tras varios días sin
apenas comer ni dormir, entra en una taberna y pide un vaso de aguardiente y
una empanada. Al salir, pasea por unos jardines de la ciudad. El calor del día
de verano, junto al efecto del alcohol, hacen que sienta sueño. Se tumba en la
hierba y queda profundamente dormido. Tiene entonces un sueño en el que
recuerda como siendo niño acompañaba a su padre de la mano, y al pasar por una
ruidosa calle observó una escena que se le quedó hondamente grabada. Un hombre
bebido, junto a otros compañeros, maltrataba a un pequeño caballo viejo y flaco
que apenas podía mover el gran carromato al que estaba uncido, pues llevaba una
carga desproporcionada para sus fuerzas. El hombre, de grueso cuello y rostro
carnoso color zanahoria, invitaba a sus amigos a que se subieran al carromato,
con lo que hacía aún más difícil moverlo. Mientras, insistía a gritos en que
haría galopar a ese caballo, mientras lo golpeaba una y otra vez, primero con
un látigo, después con un palo y por último con una barra metálica. El pobre
animal, que hacía angustiosos intentos para mover el carro, acabó lleno de
heridas y totalmente rendido. Fue entonces, ante el espectáculo de tanta
crueldad, cuando un anciano que contemplaba la escena comentó: "En verdad,
este hombre no cree en Dios". No
olvides lo principal Cuenta
la leyenda que una mujer pobre con un niño en los brazos, pasando delante de
una caverna escuchó una voz misteriosa que allá adentro le decía: "Entra y
toma todo lo que desees, pero no te olvides de lo principal. Y recuerda que
después que salgas, la puerta se cerrará para siempre. Por lo tanto, aprovecha
la oportunidad, pero no te olvides de lo principal." La mujer entró en la
caverna y encontró muchas riquezas. Fascinada por el oro y por las joyas, puso
al niño en el suelo y empezó a juntar, ansiosamente, todo lo que podía en su
delantal. La voz misteriosa habló nuevamente. "Te quedan sólo ocho
minutos." Agotados los ocho minutos, la mujer cargada de oro y piedras
preciosas, corrió hacía afuera de la caverna y la puerta se cerró. Recordó,
entonces, que el niño había quedado dentro y la puerta estaba cerrada para
siempre. La riqueza duró poco y la desesperación, siempre. Lo mismo ocurre, a
veces, con nosotros mismos. Tenemos muchos años para vivir en este mundo, y una
voz siempre nos advierte: "No te olvides de lo principal." Y lo
principal son los valores espirituales, la familia, los amigos, la vida. Pero
la ganancia, la riqueza, los placeres materiales, nos fascinan tanto que a
veces lo principal se queda a un lado. Nos
falta algo Cuentan
la historia de una rueda a la que le faltaba un pedazo, pues habían cortado de
ella un trozo triangular. La rueda quería estar completa, sin que le faltara
nada, así que se fue a buscar la pieza que había perdido. Pero como estaba
incompleta y solo podía rodar muy despacio, reparó en las bellas flores que
había en el camino; charló con los gusanos y disfrutó de los rayos del sol.
Encontró montones de piezas, pero ninguna era la que le faltaba, así que las
hizo a un lado y un día halló una pieza que le venía perfectamente. Entonces se
puso muy contenta, pues ya estaba completa, sin que nada le faltara. Se colocó
el fragmento y empezó a rodar. Volvió a ser una rueda perfecta que podía rodar
con mucha rapidez. Tan rápidamente, que no veía las flores ni charlaba con los
gusanos. Cuando se dio cuenta de lo diferente que parecía el mundo cuando
rodaba tan aprisa, se detuvo, dejó en la orilla del camino el pedazo que había
encontrado y se alejó rodando lentamente. La moraleja de este cuento, es que,
por alguna misteriosa razón, nos sentimos más completos cuando nos falta algo.
El hombre que lo tiene todo es un hombre pobre en cierto sentido: nunca sabrá
qué se siente al anhelar, tener esperanzas, nutrir el alma con el sueño de algo
mejor; ni tampoco conocerá la experiencia de recibir de alguien que ama lo que
había deseado y no tenía. Cuando aceptemos que la imperfección es parte de la
condición humana y sigamos rodando por la vida sin renunciar a disfrutarla,
habremos alcanzado una integridad a la que otros solo aspiran. Nosotras
tampoco Rita
Hayworth visitó en una ocasión uno de los hogares para leprosos que la Madre
Teresa de Calcuta había construido para atenderlos. Mientras paseaban por las
distintas salas donde se encontraban aquellos pobres enfermos devorados por la
lepra, la famosa actriz no pudo reprimir un gesto de horror hacia tanta
miseria. Y dirigiéndose a la Madre Teresa, comentó: "Esta labor que hacen
usted y las hermanas no tiene precio. Yo no lo haría ni por un millón de
dólares". A lo que la Madre Teresa se limitó a responder: "Nosotras,
tampoco". Nuestra
pobreza Una
vez, un padre de una familia acaudalada llevo a su hijo a un viaje por el campo
con el firme propósito de que su hijo viera cuan pobres eran las gentes del
campo. Estuvieron por espacio de un día y una noche completos en una granja de
una familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el
padre le pregunta a su hijo: "¿Qué te pareció el viaje?". "Muy
bonito, papá". "¿Viste que pobre puede ser la gente? ¿Que
aprendiste?". "Vi que nosotros tenemos un perro en casa, ellos tienen
cuatro. Nosotros tenemos una alberca que llega de una barda a la mitad del jardín,
ellos tienen un arroyo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas
importadas en el patio, ellos tienen las estrellas. El patio llega hasta la
barda de la casa, ellos tienen todo un horizonte de patio". Al terminar el
relato, el padre se quedo callado... y su hijo añadió: "Gracias, papá, por
enseñarme lo pobres que somos". Palabras
de aliento Un
grupo de ranas viajaba por el bosque y, de repente, dos de ellas cayeron en un
hoyo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del hoyo. Cuando
vieron lo hondo que era el agujero, empezaron a lamentarse y a decir a las dos
pobres ranas que debían darse por muertas. Las dos ranas no hicieron caso a los
comentarios de sus amigas y siguieron tratando de salir fuera del hoyo con
todas sus fuerzas. Las ranas que estaban arriba seguían insistiendo que sus
esfuerzos serían inútiles. Finalmente, una de las ranas se rindió después de
oír tantas veces que no había solución. Pasó el tiempo, y se desplomó y murió.
Sin embargo, la otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible, sin
desanimarse. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba desde arriba y le
hacía señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir,
ya que no tenía ningún sentido seguir luchando. Pero aquella rana saltaba cada
vez con más ímpetu, hasta que finalmente dio un salto enorme y logró salir del
hoyo, ante la sorpresa de todas. Cuando estuvo arriba, las otras ranas se
sintieron muy avergonzadas e intentaron disculparse: "Lo sentimos mucho,
de verdad. ¿Cómo has conseguido salir, a pesar de lo que te gritábamos?".
La rana les explicó que estaba un poco sorda, y que en todo momento pensó que
aquellos gritos eran de ánimo para esforzarse más y salir del hoyo. Como se ve,
muchas veces la palabra tiene poder de vida y de muerte. Parte
del regalo Una
niña en África le dio a su maestra un regalo de cumpleaños. Era un hermoso
caracol. "¿Dónde lo encontraste?", preguntó la maestra. La niña le
dijo que esos caracoles se hallan solamente en cierta playa lejana. La maestra
se conmovió profundamente porque sabía que la niña había caminado muchos
kilómetros para buscar el caracol. "No debiste haber ido tan lejos sólo
para buscarme un regalo", comentó. La niña sonrió y contestó:
"Maestra, la larga caminata es parte del regalo". Por
los pelos, pero... victoria Quiero
relatar hoy una pincelada de mi vida. Sólo busco una cosa: llegar al corazón de
alguien que, como yo un día, se sienta ahora angustiada ante esta tremenda
disyuntiva: El desordenado afán de quedar bien, el miedo a perder la fama, la
afición a decir mentiras. En definitiva, el cinismo y la hipocresía, frente a
conciencia, sencillez, humildad, responsabilidad, respeto a la vida y respeto a
la verdad. Cuando
alguien se decide a escribir —al menos así lo pienso yo— es porque algo bueno
tiene que contar. Porque al hacerlo piensa que ese retazo de su vida, ese algo
tan suyo, puede ayudar a los demás. Lo que yo voy a escribir no es algo
fantástico, no, no lo es. Es una parte de mi vida que fue vulgar, pero que pudo
ser algo peor de no haber intervenido la gracia que Dios, infinitamente bueno,
derramó sobre mí, sin yo nunca pensar en merecerlo.Quiero también así poder
agradecer al Señor, de alguna manera, lo que hizo por mí y continúa haciendo...
Deseo reparar el daño que hice y darle las gracias por haberme frenado a
tiempo. Tengo
31 años, recién cumplidos, trabajo en una empresa de construcción como
delineante, soy soltera y tengo una hija de seis meses. Nací en una familia
católica, de las de verdad. Desde pequeña aprendí, porque me lo enseñaron, todo
el profundo sentido de la religión llevada a la vida cotidiana: el estudio, el
trabajo, las amistades, la familia... Me enseñaron a valorar el tiempo, a
rezar... Desde
que conocí el sentido de la palabra lucha, para un católico consciente, conocí
paralelamente la palabra derrota. Aunque mi afán de quedar bien, mi ansia de
ser valorada, me impedía aceptar la derrota. Así que, enseguida emprendí el
vertiginoso camino de la trampa y de la mentira. Y me aficioné a escapar en el
último minuto, y siempre "por los pelos", de las situaciones
comprometidas, en las que yo solita me metía. Era
muy perezosa —para lo que me aburría—, con una imaginación y unos sentidos
sueltos y con una sensibilidad muy acusada. Buscaba una sensación de plenitud
que no encontraba donde la buscaba. El resultado era deprimente: sensación de
continuo fracaso, de ridículo, de derrota. Sensación que se acentuaba en la
medida que ponía más pasión en conseguir lo que más me apetecía: mi propia
estima.En el colegio conseguí una aceptable reputación, pues al final si te
haces la simpática, y no armas demasiados líos, lo único que queda son las
notas. Y yo las tenía bastante buenas. No pienso que sea dueña de unas dotes
deslumbrantes, pero sí que tengo la cualidad de saber sacarle partido a lo que
tengo. Estudiaba mucho, pero sin orden ni constancia. Lo mío era el último
momento, el "por los pelos", y el haber comprendido a tiempo que en
muchas ocasiones puedes vivir de las rentas de haber sido bien etiquetada. Soñaba
con ser la mejor arquitecto del mundo pero, cuando empecé la carrera, no
dedicaba ni dos horas diarias al estudio. Gastaba el tiempo en dar rienda
suelta a mi gran imaginación, que me exigía dibujar casas exóticas para
famosos. Así que, después de aburrirme yo y luego mis padres con mis cosechas
de calabazas, me conformé con hacer un curso por correspondencia de delineante.
Estos cursos tenían la ventaja para mí de funcionar a mi aire, lo que me
encantaba; pues me hacía sentirme más libre. Aunque había que entregar
trabajos, poco a poco, y casi siempre "por los pelos", fui superando
las pruebas. Con lo que me convertí en una flamante profesional. Con
estos detalles queda bien dibujado mi carácter blando, blando, blando. Me
disculpaba a mí misma diciendo: «A mí lo que me va es la práctica, pero eso de
la teoría... », y así me fue. Porque ahora comprendo, ahora veo muy claro lo
difícil que resulta lograr una buena práctica sin el fundamento de una
excelente teoría. Pues
bien, yo no era mala. Ni robé, ni maté, pero era algo peor, era tibia. Ni sí,
ni no. Ni frío ni caliente. Si algún domingo estaba con los amigos y me lo
estaba pasando muy bien con los piropos de fulanito, y ya eran las ocho... y
era la última Misa..., al principio sin previo aviso, salía corriendo y llegaba
"por los pelos", pero había cumplido..., luego —como eso no era
vida—, la satisfacción del deber cumplido empezó a cansarme... y comencé a
pensar de otro modo: la verdad, ¡por un domingo sin Misa!... Y aquella otra vez
con otro amigo... sólo fue un beso... total...Mi vida era siempre una huida
hacia delante. Todo se resolvía en que no me pillen, en tener siempre preparada
una buena coartada. Si un día tenía un buen motivo, otro día era otra razón;
siempre las había. La
cochina soberbia me llevó a la ceguera. Necesitaba ser estimada, llamar la
atención. No estaba hecha para ser una chica buena, de las del montón. Me
espantaba convertirme en una marujona cargada de niños y siempre sumisa a su
maridito, con el único consuelo de ir diciendo por ahí que "en mi casa
mando yo". Lo de pasar oculta, seguro que no se había escrito por mí. Si
no podía ser una gran mujer, terminaría siendo... Sí, sentía orgullo de ser
apetecida y poder acostarme con quien me diera la gana, como si por eso fuera
más mujer, con más puntos que las demás y fuera más cotizada, más admirada. Aunque
creí que dominaba mis sentimientos y que estas aventuras no dejaban huella en
mi corazón, un día me enamoré... Yo sabía que aquel hombre no me convenía. Y
como ya tenía «motu proprio» mis malas inclinaciones, aquello fue como atarme
una gran bola de hierro a la muñeca y tirarme al mar. Mi acompañante de
aventuras, la soberbia, se encargó de poner un decorado adecuado. Y, por arte
de magia, mi nueva situación dejó de parecerme algo horroroso. Pensaba que más
valía estar mal acompañada que quedarme sola. La venda del orgullo me tapó los
ojos y quedé ciega. Estaba
convencida de que en mi familia nadie me podría comprender; eran de otra época.
Lo que son las cosas: la imaginación me convirtió en la persona valiente y
coherente, y atribuyó a mis conocidos el papel de hipócritas y cobardes. ¡Qué
sabían ellos de mi vida!, ni remotamente se lo imaginaban. Nada
contaba para mí. Cuando se empieza a rodar cuesta abajo, es dificilísimo parar.
Ya, ni se ve, ni se oye, ni se entiende absolutamente nada que no sea otra cosa
que el yo: lo que yo quiero, lo que yo no quiero, mi vida es sólo mía... En
mi familia no faltaban los problemas (y por cierto que los había, y los hay),
pero ¡a mi qué me importaban! Yo hacía lo que me daba la gana, ¿por qué esos
problemas tenían que estropear mis planes, mis diversiones? Siempre les
contestaba: ¿por qué no me dejáis en paz? Ya es hora de que disfrute de la
vida, y no pienso amargarme la vida porque en casa haya problemas, ¡faltaría
más! Como
tenía independencia económica estaba plenamente convencida de que no debía nada
a nadie; a ver, ¿a quién? A
pesar de ser experta en todo tipo de trampas, la pasión y la curiosidad me
hicieron cometer un gravísimo error. Yo, que era tan crítica con mi familia, me
había convertido en una crédula. A pesar de que tanta gente empezó a rasgarse
las vestiduras con la comercialización de "la píldora del día
después", a mí el invento me cautivó. Lo vi super seguro. Como mis
pasiones me habían convertido en una miedosa, pensé que era mi solución... Una
cita con él me cogió sin recursos. Me tranquilicé al recordar que, si había
lío, siempre me quedaba la opción de la nueva píldora, que podría adquirir sin
dificultad en una farmacia, pues tenía contactos y me había conseguido varias
recetas, que siempre llevaba conmigo... Cuando desperté, él se había marchado
al trabajo. Con horror descubrí que había cambiado de bolso y que no tenía allí
las recetas. Me arreglé, desayuné y pedí un taxi. Ya en casa, con los nervios a
flor de piel, empecé a buscar las recetas, pero no di con ellas. Pensé en las
horas que me quedaban. Decidí serenarme. Me fui al trabajo y "por los
pelos", aunque tarde, llegué antes que mi jefe. El ahorrarme una nueva
bronca me animó. Pensé que tenía encarrilada la situación. Me
inventé una excusa para salir a la calle y fui a buscarle a su trabajo. Cuando
por fin le tuve delante, el miedo y los nervios me atragantaban las palabras...
Él le quitó importancia a todo. Me dijo que le esperase un momento, que tenía a
mano un amigo que podría ayudarnos. A los veinte minutos apareció con una nueva
receta. Miré el reloj. ¡Las nueve de la noche! Sin despedirme, salí corriendo
en busca de una farmacia. Al mostrar la receta y al ver mis nervios me atendieron
sin hacer preguntas. Aunque me fastidió interpretar en el gesto del mancebo un
cierto rictus de lástima hacia mí. Mientras salía de nuevo corriendo hacia casa
se me escapó un ¡Malditos! Mientras pensaba: siempre aprovechándose de las
pobres e indefensas mujeres. Tomé
la píldora... Y leí el prospecto tantas veces que me lo aprendí de memoria. No
quería cometer ningún error fatal y quedar a los ojos de los demás, sobre todo
de las demás, como una tonta. Aunque
lo hice todo bien, el caso es que me tocó la excepción y quedé embarazada,
¡¡yo!!, a los 29 años y sin ninguna posibilidad de rehacer mi vida con él. Él
me aconsejó abortar. Sí, eso era lo más fácil, eso era lo que debía hacer. Pero
no sólo él; también otras personas, que entonces consideraba amigas, me
animaron a dar ese paso. Para convencerme, para que no «sufriera», me hablaban
de la perfección de la técnica. «Tu
familia es muy conocida, muy considerada aquí; no puedes darles ese disgusto»,
me decían. Y continuaban: «Debes evitar el escándalo porque se te tiene por una
"buena niña". ¿Te das cuenta de que la vas a montar?». Cuando todo
acabe, te alegrarás, total, nadie se entera, es cosa de poco y se acabó. Intuí
que alguien debía seguir rezando por mí, no sé con qué fundamento ni esperanza
de lograr mi conversión. Al pensarlo, primero me sentí ofendida; luego,
avergonzada de mi desnudez. Era como si alguien me conociese mejor que yo a mí
misma y, que, sin haberme pedido permiso, se hubiera metido en mi vida. El caso
es que, gracias a esa persona, el Señor me agarró fuerte de la mano. Aquella
criatura, que ya estaba en mí, empezó a hacerme feliz desde sus primeros días
de vida. Repuesta
del susto, por fin, me decidí a contactar con una amiga, una verdadera amiga
que me aconsejó bien. No, yo no podía, no quería matar, no mataría, no. Decidí
hablar con el sacerdote que conocí durante el curso de acceso a la Universidad.
Aunque era demasiado duro a veces, el recuerdo de su claridad me atraían.
Además al recordar, no sé por qué, cómo tantas veces nos había sorprendido con
su inocencia y su ternura, resolví que era el único hombre que conocía distinto
a los demás. El único que me podía ayudar. Pregunté por él a mi amiga. Me dijo
que le habían trasladado... Pero como, entre mis talentos está la tozudez... Y
una vez decidida a una cosa, no había quien me venciese fácilmente... El caso
es que di con él. La
verdad es que la cosa empezó mal. Al buen hombre no se le ocurrió otra cosa que
recibirme preguntándome por qué había tardado tanto en volver... Después de lo
que me costó encontrarlo, no tenía fuerzas para pelearme; además había decidido
cambiar de táctica e intentar abandonar mi orgullo. Tras un minuto de silencio,
que a mí se me hizo eterno y que mi sacerdote sufrió sin más, le respondí que
había tardado tanto porque el orgullo es muy mal compañero de viaje. Una vez
superado el primer momento, todo fue más fácil. También gracias a él, lo
reconozco. Puse mi alma en paz y le pedí a Dios la fortaleza que a mí me
faltaba para hablar con mis padres y contarles la verdad. Así
lo hice. Sufrí, sufrí mucho. Mentiría si dijese que todo fue un milagroso valle
de rosas. Lloré, lloré muchos días y muchas noches, pero puedo asegurar que mis
lágrimas no eran amargas porque eran lágrimas de arrepentimiento. ¡Perdón!,
¡perdón, Dios mío! Por cada minuto, por cada segundo de mi vida pasada; de todo
corazón, ¡perdón, Señor! Y
nació mi hija, y al bautizarla le llamé VICTORIA. Hoy Mariví es lo mejor del
mundo que puede haberme dado Dios. Mis padres están «dichosos» con la nieta. Mis
tres hermanos varones, más si cabe; y mi hermana monja, que la conoce por foto,
¡cómo la quiere! Quizá más que nadie, por ser la de la familia que está más
cerca de Dios. Y yo... no sé cómo expresar lo que ahora siento. ¡Dios mío si
llego a matarla! Mariví se salvó "por los pelos", y "por los
pelos" mi aparente gran fracaso se convirtió en mi mayor VICTORIA. Puede
enviar sus comentarios a Presen Presumir
a destiempo Una
rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos
le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía
volar. "Déjenmelo a mí –dijo la rana–, tengo un cerebro espléndido".
Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno
sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca.
A su debido tiempo, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato
pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el
inusitado espectáculo. Alguien preguntó: "¿A quién se le ocurrió tan
brillante idea?" Esto hizo que la rana se sintiera tan orgullosa y con tal
sentido de importancia, que exclamó: "¡A mí!" Su orgullo fue su
ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al
vacío. Provocaciones Cerca
de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los
jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de
derrotar a cualquier adversario. Cierta tarde, un guerrero conocido por su
total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la
técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer
movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los
errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante. El joven e
impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del
samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los
estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo acepto el
desafío. Juntos, todos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven
comenzaba a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su
dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos,
ofendiendo incluso a sus antepasados. Durante horas hizo todo por provocarle,
pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya
exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró. Desilusionados por el
hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos
le preguntaron: "¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por
qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de
mostrarte cobarde delante de todos nosotros?". El maestro les preguntó:
"Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a
quién pertenece el obsequio?". "A quien intentó entregarlo",
respondió uno de los alumnos. "Lo mismo vale para la envidia, la rabia y
los insultos -dijo el maestro-. Cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a
quien los llevaba consigo". Rana
de pozo En
un pozo profundo vivía una colonia de ranas. Llevaban su vida, tenían sus
costumbres, encontraban su alimento y croaban a gusto haciendo resonar las
paredes del pozo en toda su profundidad. Protegidas por su mismo aislamiento,
vivían en paz, y sólo tenían que guardarse del pozal que, de vez en cuando,
alguien echaba desde arriba para sacar agua del pozo. Daban la alarma en cuanto
oían el ruido de la polea, se sumergían bajo el agua o se apretaban contra la
pared, y allí esperaban, conteniendo la respiración, hasta que el pozal lleno
de agua era izado otra vez y pasaba el peligro. Fue a una rana joven a quien se
le ocurrió pensar que el pozal podía ser una oportunidad en vez de un peligro.
Allá arriba se veía algo así como una claraboya abierta, que cambiaba de
aspecto según fuera de día o de noche, y en la que aparecían sombras y luces y
formas y colores que hacían presentir que allí había algo nuevo digno de
conocerse. Y, sobre todo, estaba el rostro con trenzas de aquella figura bella
y fugaz que aparecía por un momento sobre el brocal del pozo al arrojar el cubo
y recobrarlo todos los días en su cita sagrada y temida. Había que conocer todo
aquello. La rana joven habló, y todas las demás se le echaron encima: «Eso
nunca se ha hecho. Sería la destrucción de nuestra raza. El cielo nos
castigará. Te perderás para siempre. Nosotras hemos sido hechas para estar
aquí, y aquí es donde nos va bien y podemos ser felices. Fuera del pozo no hay
más que destrucción absoluta. Que nadie se atreva a violar las sabias leyes de
nuestros antepasados. ¿Es que una rana jovenzuela de hoy puede saber más que
ellos?». La rana jovenzuela esperó pacientemente la próxima bajada del pozal.
Se colocó estratégicamente, dio un salto en el momento en que el pozal
comenzaba a ser izado y subió en él ante el asombro y el horror de la comunidad
batracia. El consejo de ancianos excomulgó a la rana prófuga y prohibió que se
hablara de ella. Había que salvaguardar la seguridad del pozo. Pasaron los
meses sin que nadie hablara de ella y nadie se olvidara de ella, cuando un buen
día se oyó un croar familiar sobre el brocal del pozo, se agruparon abajo las
curiosas y vieron recortada contra el cielo la silueta conocida de la rana
aventurera. A su lado apareció la silueta de otra rana, y a su alrededor se
agruparon siete pequeños renacuajos. Todas miraban sin atreverse a decir nada,
cuando la rana habló: «Aquí arriba se está maravillosamente. Hay agua que se
mueve, no como allá abajo, y unas fibras verdes y suaves que salen del suelo y
entre las que da gusto moverse, y donde hay muchos bichos pequeños muy sabrosos
y variados, y cada día se puede comer algo diferente. Y luego hay muchas ranas de
muchos tipos distintos, y son muy buenas, y yo me he casado con ésta que está
aquí a mi lado, y tenemos siete hijos y somos muy felices. Y aquí hay sitio
para todas, porque esto es muy grande y nunca se acaba de ver lo que hay allá
lejos.» De abajo, las fuerzas del orden advirtieron a la rana que, si bajaba,
sería ejecutada por alta traición; y ella dijo que no pensaba bajar, y que les
deseaba a todas que lo pasaran bien, y se marchó con su compañera y los siete
renacuajos. Abajo en el pozo hubo mucho revuelo, y hubo algunas ranas que
quisieron comentar la propuesta, pero las autoridades las acallaron enseguida,
y la vida volvió a la normalidad de siempre en el fondo del pozo. Al día
siguiente, por la mañana, la niña de las trenzas rubias se quedó asombrada
cuando, al sacar el cubo con agua del pozo, vio que estaba lleno de ranas. En
sánscrito hay una palabra compuesta para designar a una persona estrecha de
miras que se conforma con oír lo que siempre ha oído y hacer lo que siempre ha
hecho, lo que hace todo el mundo y lo que, según parece, han de hacer todos los
que quieran seguir una vida tranquila y segura. La palabra es «rana-de-pozo»,
(kup-manduk), y ha pasado del sánscrito a las lenguas indias modernas, en las
que se usa con el mismo sentido. A nadie le gusta que se la digan. Aun así, el
mundo está lleno de pozos, y los pozos llenos de ranas. Y niñas con trenzas
rubias siguen llevándose sustos de vez en cuando por la mañana. Reconocer
la tentación Un
rabino judío decidió poner a prueba sus discípulos. ¿Qué es lo que haríais,
hijos míos, si os encontraseis un saco de dinero en el camino? El primero
meditó un momento y contestó: Lo devolvería a su dueño, maestro. "Ha
hablado muy prontamente -pensó para sí el rabino-, me pregunto si será sincero."
El segundo discípulo dijo: "Si no me viera nadie, me lo quedaría."
"Ha hablado con sinceridad -pensó el rabino-, pero no es digno de
confianza." Finalmente, el tercero dijo: "Probablemente tendría
tentación de quedarme el dinero, por eso rogaría a Dios que me diera fuerzas
para resistir este impulso y actuar correctamente." "He aquí un
hombre sincero en quien puedo confiar", concluyó el rabino. Redimir
a un hombre En
"Los miserables", esa gran novela de Víctor Hugo, Jean Valjean acaba
de cumplir una condena injusta. Es acogido por el obispo de Digne. En pago de
tanta hospitalidad, el hosco Valjean hurta a su anfitrión una cubertería de
plata y se da a la fuga. La policía no tardará en prenderlo. Aherrojado y
mohíno, Valjean tendrá que soportar un careo con el hombre cuya confianza ha
defraudado. Entonces el obispo de Digne, en lugar de ratificar las sospechas de
la policía, encubre el delito de Valjean, asegurando que la cubertería de plata
es un regalo que él mismo hizo a su huésped; e incluso lo reprende por no haber
querido llevarse también unos candelabros, que de inmediato introducirá en su
faltriquera. Quizá encubrir a un delincuente merezca la reprobación de la
justicia; pero, al obrar ilícitamente, el obispo de Digne redime a un hombre.
Enaltecido por ese gesto, Jean Valjean convertirá a partir de ese momento su
vida en una incesante epopeya de abnegación. El obispo de Digne entendía que
Dios anida en el rostro de sus criaturas más afligidas. Reflexión
y tradición Cuenta
una leyenda popular que supo haber una vez un cuartel militar junto a un
pueblecillo cuyo nombre no recuerdo, y en medio del patio de ese cuartel había
un banco de madera. Era un banco sencillo, humilde y blanco. Y junto a ese
banco un soldado hacía guardia. Hacia guardia noche y día. Nadie sabía por qué
se hacía la guardia junto al banco, pero se hacía. Se hacía noche y día, todas
las noches, todos los días, y de generación en generación todos los oficiales
transmitían la orden y los soldados la obedecían. Nadie nunca dudó, nadie nunca
preguntó: la tradición es algo sagrado que no se cuestiona ni se ataca: se
acata. Si así se hacía y siempre se había hecho, por algo sería. Así se hacía,
siempre se había hecho y así se haría. Y así siguió siendo hasta que alguien,
no se sabe bien qué general o coronel curioso, quiso ver la orden original.
Hubo que revolver a fondo los archivos. Y después de mucho hurgar se supo.
Hacía 31 años, 2 meses y cuatro días un oficial había mandado montar guardia
junto al banco, que estaba recién pintado, para que a nadie se le ocurriera
sentarse sobre la pintura fresca. Rescatada Una
niña pequeña cuyos padres habían muerto, vivía con su abuela y dormía en una
habitación del piso superior. Una
noche se produjo un incendio en la casa y la abuela pereció tratando de rescatar
a la niña. El fuego se propagó rápidamente y el primer piso fue pasto de las
llamas. Los
vecinos llamaron a los bomberos y se mantuvieron a la espera de ayuda ya que
era imposible entrar en la casa pues las llamas bloqueaban todas las entradas.
La pequeña apareció en una de las ventanas superiores, pidiendo a gritos ayuda,
justo en el momento en que corría la voz entre la muchedumbre de que los
bomberos tardarían unos minutos pues estaban todos en otro fuego. De
pronto, apareció un hombre con una escalera, la apoyó contra la fachada de la
casa y desapareció en el interior. Cuando reapareció, llevaba en sus brazos a
la pequeña. Dejó la niña en brazos de los que esperaban fuera y desapareció en
la noche. Una
investigación reveló que la niña no tenía parientes. Semanas después se celebró
una asamblea en el ayuntamiento para determinar quién se llevaría la niña a su
casa para criarla. Una
maestra dijo que ella podría criar a la niña. Les hizo notar que podría
asegurarle una buena educación. Un granjero se ofreció a criarla en su granja.
Les hizo notar que vivir en una granja era saludable y satisfactorio. Otros
hablaron, dando sus razones por las que sería ventajoso para la niña vivir con
ellos. Finalmente,
el habitante más rico del municipio se levantó y dijo: "Yo puedo darle a
esta niña todas las ventajas que habeis mencionado aquí, y además, dinero y
todo lo que el dinero puede comprar". Durante
todo el tiempo, la niña permaneció con la mirada baja y en silencio. "¿Quiere
hablar alguien más?", preguntó el presidente de la asamblea. Un
hombre se adelantó desde el fondo de la sala. Andaba despacio y parecía
dolorido. Cuando llegó al frente de la habitación, se paró directamente en
frente de la pequeña y extendió sus brazos. La muchedumbre sofocó un grito. Sus
manos y brazos tenían cicatrices terribles. La
niña gritó: "¡Éste es el hombre que me rescató!". De un salto, rodeó
con sus brazos el cuello del hombre, asiéndose desesperadamente a él, como
había hecho aquella fatídica noche. Apoyó la cara en su hombro y sollozó
durante unos momentos. Entonces levantó los ojos y le sonrió. "Se levanta
la asamblea" dijo el presidente. (Tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) Ricos
y pobres Una
vez, un padre de una familia bastante acaudalado llevó a su hijo a un viaje con
el firme propósito de que su hijo viera cuán pobres eran las gentes del campo.
Estuvieron por espacio de un día y una noche completa en una granja de una
familia campesina muy humilde. Al concluir el viaje y de regreso a casa el
padre le pregunta a su hijo: - ¿Qué te pareció el viaje? - ¡Muy bonito papá! -
¿Viste cuán pobre puede ser la gente? - ¡Sí! ¿Y qué aprendiste? - Vi que
nosotros tenemos una piscina que llega de una pared a la mitad del jardín,
ellos tienen un riachuelo que no tiene fin. Nosotros tenemos unas lámparas
importadas en el patio, ellos tienen estrellas. El patio llega hasta la pared
de la casa del vecino, ellos tienen un horizonte de patio. Ellos tienen tiempo
para conversar y estar en familia. Tú y mamá tenéis que trabajar todo el tiempo
y casi nunca os veo. Al terminar el relato, el padre se quedó callado, y su
hijo añadió: - ¡Gracias, papá, por enseñarme lo ricos que podemos llegar a
ser...! Sé
tú mismo Había
una vez, en un lugar y en un tiempo que podría ser cualquiera, un hermoso
jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos
felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto un árbol, que
estaba profundamente triste. El pobre tenía un problema: no sabía quién era. El
manzano le decía: "Lo que te falta es concentración, si realmente lo
intentas, podrás tener sabrosas manzanas, es muy fácil". El rosal le
decía: "No le escuches. Es más sencillo tener rosas, y son más bonitas".
El pobre árbol, desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, pero como no
lograba ser como los demás se sentía cada vez más frustrado. Un día llegó hasta
el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del
árbol, exclamó: "No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo
de muchísimos seres sobre la tierra. No dediques tu vida a ser como los demás
quieran que seas. Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz
interior." Y dicho esto, el búho desapareció. ¿Mi voz interior...? ¿Ser yo
mismo...? ¿Conocerme...? Se preguntaba el árbol desesperado. Entonces, de
pronto, comprendió. Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por
fin pudo escuchar su voz interior diciéndole: "Tú jamás darás manzanas
porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un
rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso, dar cobijo a
las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje. Tienes una misión,
cúmplela. Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser
todo aquello para lo cual estaba destinado. Así, pronto fue admirado y
respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz. Sigo
gritando para cambiar el mundo Llegó
una vez un profeta a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor, que era
necesario un cambio de la marcha del país. El profeta gritaba y gritaba y una
multitud considerable acudió a escuchar sus voces, aunque más por curiosidad
que por interés. Y el profeta ponía toda su alma en sus voces, exigiendo el
cambio de las costumbres. Pero, según pasaban los días, eran menos cada vez los
curiosos que rodeaban al profeta y ni una sola persona parecía dispuesta a
cambiar de vida. Pero el profeta no se desalentaba y seguía gritando. Hasta que
un día ya nadie se detuvo a escuchar sus voces. Mas el profeta seguía gritando
en la soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el profeta seguía
gritando. Y nadie le escuchaba. Al fin, alguien se acercó y le preguntó:
"¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie está dispuesto a
cambiar?" "Sigo gritando" –dijo el profeta– "porque se me
callara, ellos me habrían cambiado a mí." José Luis Martín Descalzo Simples
y complicadas Un
chico llamado Luis se siente atraído por una chica llamada Ana. Él la propone
ir juntos al cine, ella acepta, se lo pasan bien. Unas pocas noches después el
la invita a ir a cenar, y de nuevo están a gusto. Siguen viéndose regularmente,
y un tiempo después ninguno de ellos ve a ninguna otra persona. Entonces, una
noche, cuando van hacia casa, un pensamiento se le ocurre a Ana y, sin pensarlo
mucho, ella dice: "¿Te das cuenta de que justo hoy hace seis meses que nos
vemos?". Y entonces se hace el silencio en el coche. A Ana le parece un
silencio estruendoso. Ella piensa: "Vaya, me pregunto si le habrá
molestado que yo haya dicho eso. Quizás se siente restringido por nuestra
relación. Quizás crea que yo estoy tratando de forzarle a alguna clase de
obligación que él no desea, o sobre la que no está muy seguro". Y Luis
esta pensando: "Vaya. Seis meses." Y Ana piensa: "Pero yo
tampoco estoy segura de querer esta clase de relación. A veces me gustaría
tener un poco más de libertad, para tener tiempo de pensar sobre lo que yo
realmente quiero que nos mantenga en la dirección a la que nos estamos dirigiendo
lentamente..., quiero decir, ¿hacia dónde vamos? ¿Vamos simplemente a seguir
viéndonos en este nivel de intimidad? ¿Nos dirigimos hacia el matrimonio?
¿Hijos? ¿Una vida juntos? ¿Estoy preparada para este nivel de compromiso? ¿Es
que conozco realmente a esta persona?". Y Luis piensa: "...así que
eso significa que fue... veamos... fue febrero cuando comenzamos a salir, que
fue justo después de dejar el coche en el taller, o sea, que... veamos el
cuentakilómetros... Vaya, tengo que cambiarle el aceite al coche." Y Ana
piensa: "Está disgustado. Puedo verlo en su cara. Quizás estoy
interpretando esto completamente mal. Quizás quiere más de nuestra relación,
más intimidad, más compromiso. Quizás él ha notado -antes que yo- que yo estaba
sintiendo algunas reservas. Sí, seguro que es eso. Por eso es tan reservado a
la hora de hablar sobre sus propios sentimientos. Tiene miedo de ser
rechazado". Y Luis piensa: "Y voy a tener que decirles que me miren
la transmisión otra vez. No me importa lo que esos imbéciles digan, todavía no
cambia bien. Y esta vez será mejor que no intenten echarle la culpa al frío.
¿Qué frío? Hay 30 grados fuera, y esta cosa cambia como un camión de basura, y
yo les pago a esos ladrones incompetentes mucho dinero cada vez." Y Ana
está pensando: "Está enfadado. Y no puedo culparle. Yo estaría enfadada,
también. Dios mío, me siento tan culpable, haciéndole pasar por esto, pero no
puedo evitar sentirme como me siento. Simple y llanamente, no estoy
segura". Y Luis piensa: "Probablemente me dirán que sólo tiene tres
meses de garantía. Sí, eso es justo lo que van a decirme, los capullos". Y
Ana está pensando: "Quizás soy demasiado idealista, esperando que venga un
caballero en su caballo blanco, cuando estoy sentada al lado de una persona perfectamente
buena, una persona con la que me gusta estar, una persona que realmente me
importa, una persona a la que parezco importarle realmente. Una persona que
sufre por causa de mis egocéntricas fantasías románticas de colegiala". Y
Luis piensa: "¿Garantía? ¿Quieren una garantía? Les daré una garantía.
Cogeré su garantía y la...". Dice Ana en voz alta: "Luis".
"¿Qué?, dice Luis, sorprendido. "Por favor, no te tortures así -dice
ella, con un inicio de lágrimas en sus ojos.- Quizás nunca debí haber dicho...
Oh, Dios, me siento tan..." y se interrumpe, sollozando. "¿Qué?, dice
Luis. "Soy tan tonta -solloza Ana-. Quiero decir, ya sé que no hay tal
caballero. Realmente lo sé. Es estúpido. No hay caballero, ni caballo".
"¿ No hay caballo?, dice Luis. "¿Piensas que soy tonta,
verdad?", dice Ana. "No", dice Luis, contento por fin de conocer
la respuesta adecuada. "Es sólo que... sólo que... necesito algo de
tiempo", dice Ana. Hay una pausa de 15 segundos mientras Luis, pensando
todo lo rápido que puede, trata de decir una respuesta segura. Finalmente se le
ocurre una que cree que puede funcionar: "Sí". Ana, fuertemente
emocionada, toca su mano: "Oh, Luis, ¿realmente piensas eso?, dice ella.
"¿El que?, dice Luis. "Eso sobre el tiempo", dice Ana. "Ah,
sí", dice Luis. Ana se vuelve para mirarle y fija profundamente su mirada
en sus ojos, haciendo que él se ponga muy nervioso sobre lo que ella pueda
decir luego, sobre todo si tiene que ver con un caballo. Al final, ella dice:
"Gracias, Luis". "Gracias", dice Luis. Entonces él la lleva
a casa, y ella se tumba en su cama, como un alma torturada y en conflicto, y
llora hasta el amanecer. Mientras, Luis, vuelve a su casa, abre una bolsa de
patatas, enciende la tele, e inmediatamente se encuentra inmerso en una
retransmisión de un partido de tenis entre dos checos de los que nunca ha oído
hablar. Una débil voz en los mas recónditos rincones de su mente le dice que
algo importante pasaba en el coche, pero está bien seguro de que no hay forma
de que pudiese entenderlo, así que opina que es mejor no pensar en ello. Al día
siguiente Ana llamara a su mejor amiga, o quizás a dos de ellas, y hablarán
sobre la situación seis horas seguidas. Con doloroso detalle, analizarán todo
lo que ella dijo y todo lo que él dijo, pasando sobre cada punto una y otra
vez, examinando cada palabra, y gesto por nimios significados, considerando
cada posible ramificación. Continuarán discutiendo el tema, una y otra vez, por
semanas, quizás meses, nunca llegando a conclusiones definitivas, pero nunca
aburriéndose de él, tampoco. Mientras, Luis, un día mientras ve un partido de
fútbol con un amigo común suyo y de Ana, durante los anuncios, fruncirá el ceño
y dirá: "Raúl, ¿sabes si Ana tuvo alguna vez un caballo?". ¿Te
puedo comprar una hora? El
hombre llegó del trabajo a casa otra vez tarde, cansado e irritado, y encontró
a su hijo de cinco años esperándolo en la puerta. "Papá, puedo preguntarte
algo?" "Claro, hijo, el qué? respondió el hombre. "Papá,
¿cuánto dinero ganas por hora?" "¿Por qué lo preguntas?, dijo un
tanto molesto. "Sólo quiero saberlo. Por favor dime cuánto ganas por
hora", suplicó el pequeño. "Si quieres saberlo, gano 20 dólares por
hora". "Oh",
repuso el pequeño inclinando la cabeza. Luego dijo: "Papá, ¿me puedes
prestar 10 dólares, por favor?". El padre estaba furioso. "Si la
razón por la que querías saber cuánto gano es sólo para pedirme que te compre
un juguete o cualquier otra tontería, entonces vete ahora mismo a tu habitación
y acuéstate. Piensa por qué estás siendo tan egoísta. Trabajo mucho, muchas
horas cada día y no tengo tiempo para estos juegos infantiles". El
pequeño se fue en silencio a su habitación y cerró la puerta. El hombre se
sentó y empezó a darle vueltas al interrogatorio del niño. "¡Cómo puede
preguntar eso sólo para conseguir algo de dinero!". Después de un rato, el
hombre se calmó y empezó a pensar que había sido un poco duro con su hijo.
Quizás había algo que realmente necesitaba comprar con esos 10 dólares y, de
hecho, no le pedía dinero a menudo. Fue a la puerta de la habitación del niño y
la abrió. "¿Estás
dormido, hijo?", preguntó. "No, papá. Estoy despierto" respondió
el niño. "He estado pensando, y quizá he sido demasiado duro contigo
antes. Ha sido un día muy largo y lo he pagado contigo. Aquí tienes los 10
dólares que me has pedido". El
niño se sentó sonriente: "¡Oh, gracias, papá!", exclamó. Entonces,
rebuscando bajo su almohada, sacó algunos billetes arrugados más. El pequeño
contó despacio su dinero y entonces miró al hombre, el cual, viendo que el niño
ya tenía dinero, empezaba a enfadarse de nuevo. "¿Por qué necesitabas
dinero y ya tenías?", refunfuñó el padre. "Porque
todavía no tenía bastante, pero ahora sí tengo. Papá, ahora tengo 20
dólares..., ¿puedo comprar una hora de tu tiempo?". Tender
puentes Se
cuenta que, cierta vez, dos hermanos que vivían en granjas vecinas, separadas por
un pequeño río, entraron en conflicto. Fue la primera gran desavenencia en toda
una vida de trabajo uno al lado del otro, compartiendo las herramientas y
cuidando uno del otro. Durante años ellos trabajaron en sus granjas y al final
de cada día, podían atravesar el río y disfrutar uno de la compañía del otro. A
pesar del cansancio, hacían la caminata con gusto, pues se tenían un gran
aprecio. Pero ahora todo había cambiado. Lo que comenzara con un pequeño
malentendido finalmente explotó en un cambio de ásperas palabras, seguidas por
semanas de total silencio. Una mañana, el hermano más mayor sintió que llamaban
a su puerta. Cuando abrió vio un hombre con una caja de herramientas de
carpintero en la mano y que buscaba trabajo: "Quizás usted tenga un pequeño
servicio que yo pueda hacer". "Sí, claro que tengo trabajo para
usted. Ve aquella granja al otro lado del río. Es de mi vecino. No, en realidad
es de mi hermano más joven. Nos peleamos y no puedo soportar verle. ¿Ve aquella
pila de madera cerca del granero? Quiero que usted construya una cerca bien
alta a lo largo del río para que yo no tenga que verlo mas." El carpintero
contestó: "Creo que entiendo la situación. Dígame dónde están el resto del
material, que ciertamente haré un trabajo que le gustará." Como tenía que
irse a la ciudad, el hermano más mayor ayudó al carpintero a encontrar el
material y partió. El hombre trabajó durante todo aquel día. Ya anochecía
cuando termino su obra. El granjero regresó de su viaje y sus ojos no podían
creer lo que veían. En vez de una cerca había un puente que unía las dos
márgenes del río. Era realmente un buen trabajo, pero el granjero estaba
furioso y le dijo: "Usted ha sido muy atrevido al construir ese puente
después de lo que quedamos". Sin embargo, al mirar hacia el puente, vio a
su hermano que se acercaba del otro margen, corriendo con los brazos abiertos.
Por un instante permaneció inmóvil de su lado del río. Pero de repente, en un
impulso, corrió en dirección del otro y se abrazaron en medio del puente. Tener
imaginación Un
cazador va a África y lleva su perrito Foxterrier para no sentirse solo. Un
día, ya en África, el perrito, persiguiendo mariposas, se aleja y se extravía,
comenzando a vagar solo por la selva. En eso ve a lo lejos que viene una
pantera enorme a todo correr, y al ver que la pantera lo quiere devorar, piensa
rápidamente qué puede hacer. Ve un montón de huesos de un animal muerto y se
pone a mordisquearlos. Cuando la pantera está a punto de atacarlo, el perrito
dice: "¡Uah..., qué rica estaba esta pantera que me acabo de comer!".
La pantera lo escucha y frena en seco, gira y huye despavorida pensando:
"¡Este animal casi me come a mi también!". Un mono que andaba
trepando en un árbol cercano y que había visto y oído toda la escena, sale
corriendo tras la pantera para contarle cómo había sido engañada por el
perrito. Pero el perrito oye al mono chivato. El mono contó todo a la pantera,
y esta, muy enojada, le dice al mono: "¡Súbete a mi espalda y busquemos a
ese perro maldito, a ver quién se come a quién!". Y salen corriendo a toda
velocidad a buscar al Foxterrier. El perrito ve a lo lejos que vuelve la
pantera, ahora con el mono chivato encima. "¿Y ahora qué hago...?",
se pregunta. En vez de salir corriendo, que habría sido su perdición, se queda
sentado dándoles la espalda como si no los hubiera visto. Cuando la pantera
está a punto de atacarle, el perrito dice: "¡Pero qué mono más
sinvergüenza...! Hace media hora que lo mandé a traerme otra pantera y todavía
no había aparecido...!". Como decía Albert Einstein, en los momentos de
crisis, sólo la imaginación es más importante que el conocimiento. Todo
pasa Hubo
una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: - Me estoy fabricando un
precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero
guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos
de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis
herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa
debajo del diamante del anillo. Todos
quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes
tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le
pudieran ayudar en momentos de desesperación total. Pensaron, buscaron en sus
libros, pero no podían encontrar nada. El rey tenía un anciano sirviente que
también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este
sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El
rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó.
Y éste le dijo: -No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco
el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de
gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y
yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio
este mensaje -el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio
al rey-. Pero no lo leas -le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo
cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la
situación. Ese
momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino.
Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían.
Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el
camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo
valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba
el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia
delante y no había ningún otro camino. De repente, se acordó del anillo. Lo
abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso.
Simplemente decía: “ESTO TAMBIÉN PASARÁ”. Mientras leía “esto también pasará”
sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían
debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino,
pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los
caballos. El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al
místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el
papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el
reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran
celebración con música, bailes... y él se sentía muy orgulloso de sí mismo. El
anciano estaba a su lado en el carro y le dijo: -Este momento también es
adecuado: vuelve a mirar el mensaje. -¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-.
Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me
encuentro en una situación sin salida. -Escucha -dijo el anciano-: este mensaje
no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras.
No es sólo para cuando estás derrotado; también es para cuando te sientes
victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres
el primero. El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y
nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre
que celebraba y bailaba, pero el orgullo, la egolatría, había desaparecido. El
rey pudo terminar de comprender el mensaje. Entonces el anciano le dijo:
-Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como
el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos
como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de
las cosas. Tres
pipas para calmar el enfado Una
vez un miembro de la tribu se presentó furioso ante su jefe para informarle que
estaba decidido a tomar venganza de un enemigo que lo había ofendido
gravemente. Quería ir inmediatamente y matarlo sin piedad. El jefe le escuchó
atentamente y luego le propuso que fuera a hacer lo que tenía pensado, pero
antes de hacerlo llenara su pipa de tabaco y la fumara con calma al pie del
árbol sagrado del pueblo. El hombre cargó su pipa y fue a sentarse bajo la copa
del gran árbol. Tardó una hora en terminar la pipa. Luego sacudió las cenizas y
decidió volver a hablar con el jefe para decirle que lo había pensado mejor,
que era excesivo matar a su enemigo pero que si le daría una paliza memorable
para que nunca se olvidara de la ofensa. Nuevamente el anciano lo escuchó y
aprobó su decisión, pero le ordenó que ya que había cambiado de parecer,
llenara otra vez la pipa y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el
hombre cumplió su encargo y gastó media hora meditando. Después regresó a donde
estaba el cacique y le dijo que consideraba excesivo castigar físicamente a su
enemigo, pero que iría a echarle en cara su mala acción y le haría pasar
vergüenza delante de todos. Como siempre, fue escuchado con bondad pero el
anciano volvió a ordenarle que repitiera su meditación como lo había hecho las
veces anteriores. El hombre, medio molesto, pero ya mucho más sereno, se
dirigió al árbol centenario y allí sentado fue convirtiendo en humo, su tabaco
y su bronca. Cuando terminó, volvió al jefe y le dijo: "Pensándolo mejor
veo que la cosa no es para tanto. Iré donde me espera mi agresor para darle un
abrazo. Así recuperaré un amigo que seguramente se arrepentirá de lo que ha
hecho". El jefe le regaló dos cargas de tabaco para que fueran a fumar
juntos al pie del árbol, diciéndole: "Eso es precisamente lo que tenía que
pedirte, pero no podía decírtelo yo; era necesario darte tiempo para que lo
descubrieras tu mismo". Tu
daño me hizo más fuerte Ben
Sarok, un hombre cruel, no podía ver nada sano ni bello sin destrozarlo. Al
borde de un oasis se encontró con una joven palmera. Esto le irritó, así que
cogió una pesada piedra y la colocó justo encima de la palmera. Entonces, con
una mueca malvada, pasó por encima. La joven palmera intentó eliminar la carga,
pero fue en vano. Después, el joven árbol probó una táctica diferente. Cabó
hacia el interior para soportar su peso, hasta que sus raíces encontraron una
fuente escondida de agua. Entonces el árbol creció más alto que todos los
otros, logró culminar todas las sombras. Con el agua de las profundidades de la
tierra y el sol de los cielos se convirtió en un árbol majestuoso. Años más
tarde, Ben Sarok volvió para disfrutar de la imagen del pequeño árbol que había
destrozado. Pero no pudo encontrarlo en ningún lugar. Por último el árbol se
inclinó, le mostró la piedra sobre su copa y dijo: "Ben Sarok, tengo que
agradecerte, tu daño me hizo más fuerte". Tu
rostro habla por ti Hace
tiempo, en un pequeño y lejano pueblo, había una casa abandonada. Cierto día,
un perrito buscando refugio del sol, logró meterse por un agujero de una de las
puertas de dicha casa. El perrito subió lentamente las viejas escaleras de
madera. Al terminar de subirlas se encontró con una puerta se encontró con una
puerta semiabierta, y lentamente se adentró al cuarto. Para su sorpresa se dio
cuenta que dentro de ese cuarto había mil perritos más, observándolo tan
fijamente como él los observaba a ellos. El perrito comenzó a mover la cola y a
levantar sus orejas poco a poco. Los mil perritos hicieron lo mismo.
Posteriormente sonrió y ladró alegremente a uno de ellos. El perrito se quedó
sorprendido al ver que los mil perritos también le sonreían y ladraban alegremente
con él. Cuando el perrito salió del cuarto se quedó pensando para sí mismo:
"¡Qué lugar tan agradable, tengo que venir más a visitarlo!". Tiempo
después otro perrito callejero entró al mismo sitio y al mismo cuarto, pero
este perrito al ver a los otros mil perritos del cuarto, se sintió amenazado,
ya que lo estaban mirando de una manera agresiva. Empezó a gruñir, y vio como
los mil perritos le gruñían a él. Comenzó a ladrarles ferozmente y los otros
mil perritos le ladraron ferozmente también a él. Cuando este perrito salió de
aquel cuarto pensó: "¡Qué lugar tan horrible, nunca más volveré a entrar
aquí!". En el frontal de aquella casa había un viejo letrero que decía:
"La casa de los mil espejos". Los rostros del mundo son como espejos.
Según seamos, así vemos. Un
burro en un pozo Un
día, el burro de un campesino se cayó en un pozo. El pobre animal lloró
amargamente durante horas, mientras el campesino trataba de buscar alguna
solución. Finalmente, como no encontraba otra solución, pensó que el burro ya
estaba muy viejo y que el pozo ya estaba seco y necesitaba ser tapado de todas
formas, así que realmente no valía la pena sacar al burro del pozo sino que era
mejor enterrarlo allí. Pidió a unos vecinos que vinieran a ayudarle. Cada uno
agarró una pala y empezaron a echar tierra al pozo. El burro se dio cuenta de
lo que estaba pasando y lloró y rebuznó de nuevo con más amargura. Luego, para
sorpresa de todos, se tranquilizó después de caerle encima unas cuantas paladas
de tierra. Al cabo de un buen rato de trabajo, el campesino se asomó al pozo y
vio con sorpresa que con cada palada de tierra el burro estaba haciendo algo
muy inteligente: se sacudía cada palada de tierra y pisaba sobre ella. Había
subido ya varios metros. Siguieron así, y al final el burro llegó hasta la boca
del pozo, pasó por encima del borde y salió trotando pacíficamente. Algo
parecido puede sucedernos en nuestra vida. La vida nos tira a veces tierra,
todo tipo de tierra; lo mejor es saber sacudirse esa tierra y usarla para dar un
paso hacia arriba. Así, cada uno de nuestros problemas es un escalón hacia
arriba. Un
donante muy especial Robyn
Bowen es una mujer de Washington que en 1980 acudió a una Clínica en Rochester
para ser atendida de una enfermedad al riñón mientras estaba embarazada.
Recuerda cómo los doctores le dijeron llevar el embarazo hasta el final podría
perjudicarle e incluso ponerse en peligro de muerte. Pero ella no quiso
abortar, no dudó: "Supe desde el primer día que Dios me había bendecido al
permitirme tener a Brandon", que así llamó a su hijo. Robyn dio a luz y
continuó con su vida de diálisis y medicamentos, y salvó su vida por no
abortar, pues cuando estaba enferma de muerte si no recibía un riñón
compatible, le salió un donante muy especial. Veinte años después de su
alumbramiento, su hijo se ofreció para donarle un riñón. "Mi cuerpo no es
realmente mi cuerpo -afirma Brandon, el hijo-, a lo que me refiero, es que este
no es mi riñón realmente. Es como el deseo de Dios y algo que necesitaba hacer".
Su madre afirma: "él estaba muy seguro de que eso era lo que Dios quería
que hiciera, por lo que fue el único motivo por el que le permití
hacerlo". Orgulloso de salvar a su madre, seguía diciendo Brandon:
"Tu no sabes lo que la vida de un niño pueda lograr en el futuro... Él
podría ser el presidente, o tal vez podría encontrar la cura para el cáncer o
algo así. Uno nunca sabe. Yo sólo pienso que todo niño debería tener una
oportunidad". Defender el derecho a la vida desde la concepción, dice Juan
Pablo II, es un "servicio precioso a la vida, valor fundamental en el que
se reflejan la sabiduría y el amor de Dios... El respeto de la vida, desde su
concepción al ocaso natural es un criterio decisivo para valorar la
civilización de un pueblo". (Llucià Pou). Un
embarazo arriesgado La
historia de Emilia es uno de esos casos difíciles de discernir. Su último
embarazo presentó tan difícil que hoy en día lo transformarían en opción segura
por el aborto. Aquí está su historia. ¿Qué habría hecho usted en su situación?
Emilia pertenecía a una familia de clase media en un país europeo que sufría
estragos y carestías después de una prolongada guerra nacional. Hambre y
epidemias amenazaban a toda la población. Emilia desde pequeña había tenido una
salud delicada, que no había podido mejorar por las condiciones en las que
vivía. Siendo muy joven, se casó con un modesto empleado y se establecieron en
una población nueva lejos de familiares y conocidos. Poco tiempo después nació
su primer hijo, Edmund, un chico atractivo, buen estudiante, atleta y con gran
personalidad. Unos años más tarde, Emilia dio a luz a una niña, que sólo
sobrevivió pocas semanas por las malas condiciones de vida a la que la familia
estaba sometida. Catorce años después del nacimiento de Edmund y casi diez de la
muerte de su segunda hija, Emilia se encontraba en una situación
particularmente difícil. Tenía cerca de cuarenta años y su salud no había
mejorado: sufría severos problemas renales y su sistema cardiaco se debilitaba
poco a poco debido a una afección congénita. Por otro lado, la situación
política de su país era cada vez más crítica, pues había sido muy afectado por
la recién terminada primera guerra mundial. Vivían con lo indispensable y con
la incertidumbre y el miedo de que estallase una nueva guerra. Y justamente en
esas terribles circunstancias, Emilia se dio cuenta de que nuevamente estaba
embarazada. A pesar de que el acceso al aborto no era sencillo en esa época y
en ese país tan pobre, existía la opción y no faltó quien se ofreciera para
practicárselo. Su edad y su salud hacían del embarazo un alto riesgo para su
vida. Además su difícil condición de vida le hacía preguntarse: ¿qué mundo
puedo ofrecer a este pequeño? ¿Un hogar miserable? ¿Un pueblo en guerra? ¿Vale
la pena que le dé la vida? A esta situación tan difícil que enfrentaba Emilia,
se sumaría otra problemática que ella aún no conocía, pero de saberla, le haría
cuestionar aún más la conveniencia de que este hijo naciera. Emilia morirá tan
sólo diez años después a causa de su precaria salud. Trágicamente, también
Edmund, el único hermano del bebé que esperaba, vivirá sólo unos pocos años
más. Algunos años más tarde, estallaría la segunda guerra mundial, en la que el
padre de la criatura que estaba por nacer también perderá la vida, con lo que
ese niño iba a quedar absolutamente solo en la vida y en un ambiente adverso.
Si a ested le tocara juzgar la conveniencia del nacimiento del hijo de Emilia,
tendría que tomar en cuenta que, además de una situación sumamente crítica, a
este niño le esperaba una vida en la completa orfandad: ni su padre, ni su
madre, ni su único hermano podrían acompañarle en medio de las condiciones
espantosas de la segunda guerra mundial que estaba por venir. ¿Para qué traer
al mundo a un niño que desde el momento de nacer conocerá el sufrimiento? ¿Qué
futuro puedo ofrecerle? ¿Será una insensatez llevar adelante mi embarazo? Son
preguntas que cualquier mujer se haría en la situación de Emilia.
Afortunadamente, ella optó por la vida de su hijo, a quien puso el nombre de Karol.
Hoy quizá ese niño sería seguramente una víctima del aborto. Pero, gracias al
valor de una mujer llamada Emilia, se encuentra vivo y se llama Karol Wojtyla,
a quien todo el mundo conoce como Juan Pablo II. Un
tipo con suerte Recuerdo
que conocí a Javi el verano pasado en un campo de trabajo con toxicómanos en
rehabilitación. Cuando me preguntó que por qué empleaba mis vacaciones de
verano en una cosa así, hinché el pecho y me enorgullecí de mi mismo y de lo
bueno que era. Pero no me duró mas de 10 segundos, el tiempo que tardé en
devolverle la pregunta y me contestó que le reventaba ver a gente sola, que la
soledad hay que "mamarla". Pensé
que Javi había sufrido mucho, más todavía cuando me dijo que a él lo
abandonaron en un contenedor a los pocos días de nacer. La congoja que me entró
no fue nada comparado con el océano que se abrió a continuación ante mi
conciencia. Le dije que lo sentía, que vaya faena, y me respondió que si estaba
tonto, que se sentía un afortunado... Debí poner la misma cara que un pingüino
en un garaje, pues rápidamente me dio la mejor lección que han dado en la vida.
"Soy un tío con suerte -me espetó-, pues está claro que fui un embarazo no
deseado, si llega a ser ahora, por 50.000 pesetas me cortan el cuello." Y
siguió recogiendo patatas del suelo, como si nada. Siguió con su vida, ayudando
a los demás. El valor de la vida humana y la dignidad del ser humano como tal,
desde su comienzo hasta su fin natural, está por encima de cualquier situación
adversa que se presente en el transcurso de la misma. Y si no, que se lo digan
a Javi, un tipo con suerte. (Jesús García Sánchez-Colomer. Publicado en ABC,
19.VI.01). Una
noche tormentosa Una
noche tormentosa hace los muchos años, un hombre mayor y su esposa entraron a
la antecámara de un pequeño hotel en Filadelfia. Intentando conseguir resguardo
de la copiosa lluvia la pareja se aproxima al mostrador y pregunta:
"¿Puede darnos una habitación?". El empleado, un hombre atento con
una cálida sonrisa les dijo: "Hay tres convenciones simultáneas en
Filadelfia... Todas las habitación, de nuestro hotel y de los otros están
tomadas. El matrimonio se angustió pues era difícil que a esa hora y con ese
tiempo horroroso fuesen a conseguir dónde pasar las noche. Pero el empleado les
dijo: "Miren..., no puedo enviarlos afuera con esta lluvia. Si ustedes
aceptan la incomodidad, puedo ofrecerles mi propia habitación. Yo me arreglaré
en un sillón de la oficina. El matrimonio lo rechazó, pero el empleado insistió
de buena gana y finalmente terminaron ocupando su habitación. A la mañana
siguiente, al pagar la factura el hombre pidió hablar con él y le dijo:
"Usted es el tipo de Gerente que yo tendría en mi propio hotel. Quizás
algún día construya un hotel para devolverle el favor que nos ha hecho".
El concerje tomó la frase como un cumplido y se despidieron amistosamente.
Pasaron dos años y el concerje recibe una carta de aquel hombre, donde le
recordaba la anécdota y le enviaba un pasaje ida y vuelta a New York con la
petición expresa de que los visitase. Con cierta curiosidad el conserje no
desaprovechó esta oportunidad de visitar gratis New York y concurrió a la cita.
En esta ocasión el hombre mayor le llevó a la esquina de la Quinta Avenida y la
calle 34 y señaló con el dedo un imponente edificio de piedra rojiza y le dijo:
"Este es el Hotel que he contruido para usted". El conserje miró
anonadado y dijo: "¿Es una broma, verdad?". "Puedo asegurarle
que no", le contestó con una sonrisa cómplice el hombre mayor. Y así fue
como William Waldorf Astor construyó el Waldorf Astoria original y contrató a
su primer gerente de nombre George C. Boldt (el conserje en la noche lluviosa).
Obviamente George C. Boldt no imaginó que su vida estaba cambiando para siempre
cuando hizo aquel favor para atender al viejo Waldorf Astor en aquella noche
tormentosa. No tenemos muchos "Waldorf Astor" en el mundo, pero un
jefe satisfecho o un cliente sorprendido pueden equivaler a nuestro
Waldorf-Astoria personal. Una
ocasión especial Mi
cuñado abrió el cajón inferior del tocador de mi hermana y sacó un paquete
envuelto en papel de seda. Llevaba todavía colgada la etiqueta del precio, con
una cifra astronómica en ella. "Joan compró ésto la primera vez que fuimos
a Nueva York, hace al menos 8 ó 9 años. Nunca se lo puso. Estaba guardándolo
para una ocasión especial. Bien; creo que ésta es la ocasión". Sus
manos se demoraron por un momento en el suave tejido, luego cerró bruscamente
el cajón y se volvió hacia mí. "Nunca guardes nada para una ocasión
especial. Cada día que estás viva es una ocasión especial". Recordé
esas palabras durante el funeral y los días que le siguieron, cuando le ayudé a
él y a mi sobrina a atender todos los tristes quehaceres que siguen a una
muerte inesperada. Pensé en ello en el avión, de vuelta a California desde el
Medio Oeste donde vive la familia de mi hermana. Pensé en todas las cosas que
ella no había visto, oído o hecho. Pensé en todas las cosas que ella había
hecho sin darse cuenta de que eran especiales. Todavía pienso en sus palabras y
han cambiado mi vida. Leo más. Me siento en el porche y admiro el paisaje. Paso
más tiempo con mi familia y amigos. Trato de reconocer los mejores momentos y
disfrutarlos. No "guardo" nada; uso nuestra porcelana china y la
cristalería para cualquier evento especial, tal como perder medio kilo,
desatascar el fregadero o el primer capullo de camelia. "Algún día" y
"Un día de éstos" están perdiendo su hegemonía en mi vocabulario. Si
vale la pena ver u oír o hacer algo, es mejor que sea cuanto antes. No
estoy segura de lo que hubiese hecho mi hermana si hubiese sabido que no
estaría aquí para ese mañana que todos damos por seguro. Creo que habría
llamado a los miembros de la familia y a algunos amigos cercanos. Habría
llamado a algunos antiguos amigos para disculparse y arreglar antiguas
desavenencias. Son esas pequeñas cosas que se dejan sin hacer las que me
enfurecerían si supiese que mis horas estaban contadas. Furiosa porque no poder
ver a buenos amigos con los que iba a ponerme en contacto algún día. Furiosa
por no haber escrito ciertas cartas que pretendía escribir un día de éstos.
Furiosa y apenada por no haberles dicho lo bastante a menudo a mi esposo y mis
hijas cuánto los quiero. Estoy
tratando seriamente de no aplazar, refrenar o guardar algo que pueda alegrar o
hacer más luminosas nuestras vidas. Y cada mañana, cuando abro los ojos, me
digo a mí misma que es un día especial. Cada día, cada minuto, cada vez que
respiro, verdaderamente es... un regalo de Dios. (Tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) Volar
sobre el pantano Un
pájaro que vivía resignado en un árbol podrido en medio del pantano, se había
acostumbrado a estar ahí. Comía gusanos del fango y se hallaba siempre sucio
por el pestilente lodo. Sus alas estaban inutilizadas por el peso de la mugre,
hasta que cierto día un gran ventarrón destruyó su guarida. El árbol podrido
fue tragado por el cieno y el pájaro se dio cuenta de que iba a morir. En un
deseo repentino de salvarse, comenzó a aletear con fuerza para emprender el
vuelo. Le costó mucho trabajo, porque había olvidado como volar, pero se
enfrentó al dolor del entumecimiento hasta que logró levantarse y cruzar el
ancho cielo, llegando finalmente a un bosque fértil y hermoso. Los
problemas que tenemos son muchas veces como el ventarrón que ha destruido tu
guarida y te está obligando a elevar el vuelo o morir. Nunca es tarde. No
importa lo que se haya vivido, ni los errores que se hayan cometido, ni las
oportunidades que se hayan dejado pasar, ni la edad. Siempre estamos a tiempo
para decir "basta", para sacudirnos el cieno y volar alto y
lejos. Basta
una cebolla ¿Conocen
ustedes la fábula rusa de la cebolla? Cuentan los viejos cronicones ortodoxos
que un día se murió una mujer que no había hecho en toda su vida otra cosa que
odiar a cuantos la rodeaban. Y que su pobre ángel de la guarda estaba
consternado porque los demonios, sin esperar siquiera al juicio final, la
habían arrojado a un lago de fuego en el que esperaban todas aquellas almas que
estaban como predestinadas al infierno. ¿Cómo salvar a su protegida? ¿Qué
argumentos presentar en el juicio que inclinasen la balanza hacia la salvación?
El ángel buscaba y rebuscaba en la vida de su protegida y no encontraba nada
que llevar a su argumentación. Hasta que, por fin, rebuscando y rebuscando se
acordó de que un día había dado una cebolla a un pobre. Y así se lo dijo a
Dios, cuando empezaba el juicio. Y Dios le dijo: "Muy bien, busca esa
cebolla, dile que se agarre a ella y, si así sale del lago, será
salvada." Voló
precipitadamente el ángel, tendió a la mujer la vieja cebolla y ella se agarró
a la planta con todas sus fuerzas. Y comenzó a salir a flote. Tiraba el ángel
con toda delicadeza, no fuera su rabo a romperse. Y la mujer salía, salía. Pero
fue entonces cuando otras almas, que también yacían en el lago, lo vieron. Y se
agarraron a la mujer, a sus faldas, a sus piernas y brazos, y todas las almas
salían, salían. Pero a esta mujer, que nunca había sabido amar, comenzó a
entrarle miedo, pensó que la cebolla no resistiría tanto peso y comenzó a
patalear para liberarse de aquella carga inoportuna. Y, en sus esfuerzos, la
cebolla se rompió. Y la mujer fue condenada. Sí, basta una cebolla para salvar
al mundo entero. Siempre que no la rompamos pataleando para salvarnos nosotros
solitos. (José Luis Martín Descalzo, "Razones para vivir"). Cuida
a los que amas Había
una joven muy rica, que tenía de todo, un marido maravilloso, unos hijos
encantadores, un empleo que le daba muchísimo bien, una familia unida. Lo malo
es que ella no conseguía conciliar todo eso, el trabajo y los quehaceres le
ocupaban todo el tiempo, y ella lo quitaba de los hijos y su marido, y así las
personas que ella amaba eran siempre dejadas para después. Hasta que un día, su
padre, un hombre muy sabio, le dio un regalo: una flor carísima y rarísima, de
la cual sólo había un ejemplar en todo el mundo. Y le dijo: "Hija, esta
flor te va a ayudar mucho, más de lo que te imaginas. Tan sólo tendrás que regarla
de vez en cuando, y a veces conversar un poco con ella, y te dará a cambio ese
perfume maravilloso y esas maravillosas flores". La joven quedó muy
emocionada, pues la flor era de una belleza sin igual. Pero el tiempo fue
pasando, los problemas surgieron de nuevo, el trabajo consumía todo su tiempo,
y su vida, que continuaba confusa, no le permitía cuidar de la flor. Llegaba a
casa, miraba la flor y todavía estaba allí. No mostraban señal de estropearse,
estaba linda y perfumada. Entonces ella pasaba de largo. Hasta que un día, de
pronto, la flor murió. Ella llegó a casa y se llevó un susto. La flor estaba
completamente muerta, caída, y su raíz estaba reseca. La joven lloró mucho, y
contó a su padre lo que había ocurrido. Su padre entonces respondió: "Yo
ya me imaginaba que eso ocurriría, y no te puedo dar otra flor, porque no
existe otra igual a esa, pues era única, igual que tus hijos, tu marido y tu
familia. Todos son bendiciones que Dios te dio, pero tú tienes que aprender a
regarlos y prestarles atención, pues al igual que la flor, los sentimientos
también mueren. Te acostumbraste a ver la flor siempre allí, siempre florida,
siempre perfumada, y te olvidaste de cuidarla. ¡Cuida a las personas que
amas!". Dio
su vida por sus amigos Al
final de la Primera Guerra Mundial, un destacamento de soldados ingleses
esperaba entrar en un pequeño pueblo cerca del Rhin, cuando repentinamente un
soldado salió corriendo de un edificio gritando: "¡Alerta!".
Instantáneamente, una descarga de rifles le dejaron muerto en el suelo. Pero la
advertencia salvó a la compañía de una emboscada. El destacamento luchó
haciendo retirar al enemigo y pronto se supo la historia del que les había
salvado. Era un soldado de la guardia real irlandesa, prisionero de los
alemanes quien conociendo los planes del enemigo esperó el momento oportuno y
sacrificó su propia vida para salvar la de muchos compatriotas. Reconocidos y
conmovidos los ingleses le dieron una buena sepultura, poniendo sobre ella una
cruz con este texto: "A otros salvó, a sí mismo no se pudo
salvar". Estas
fueron precisamente las palabras que los judíos lanzaron contra Cristo cuando
estaba pendiente de la cruz. No pudo salvar a otros y a sí mismo a la vez, y
prefirió sacrificarse él en favor de otros, incluso de aquellos que le
crucificaron. El
amor del Padre Hubo
hace años un hombre muy rico el cual compartía la pasión por el coleccionismo
de obras de arte con su fiel y joven hijo. Juntos viajaban alrededor del mundo
añadiendo a su colección tan solo los mejores tesoros artísticos. Obras
maestras de Picasso, Van Gogh, Monet y otros muchos, adornaban las paredes de
la hacienda familiar. El
anciano, que se había quedado viudo, veía con satisfacción como su único hijo
se convertía en un experimentado coleccionista de arte. El ojo clínico y la
aguda mente para los negocios del hijo, hacían que su padre sonriera con
orgullo mientras trataban con coleccionistas de arte de todo el mundo. Estando
cercano el invierno, la nación se sumió en una guerra y el joven partió a servir
a su país. Tras solo unas pocas semanas, su padre recibió un telegrama. Su
adorado hijo había desaparecido en combate. El coleccionista de arte esperó con
ansiedad más noticias, temiéndose que nunca más volvería a ver a su hijo. Pocos
días más tarde sus temores se confirmaron: el joven había muerto mientras
arrastraba a un compañero hasta el puesto médico. Trastornado
y solo, el anciano se enfrentaba a las próximas fiestas navideñas con angustia
y tristeza. La alegría de la festividad, la festividad que él y su hijo siempre
había esperado con placer, no entraría más en su casa. En
la mañana del día de Navidad, una llamada a la puerta despertó al deprimido
anciano. Mientras se dirigía a la puerta, las obras maestras de arte en las
paredes únicamente le recordaban que su hijo no iba a volver a casa. Cuando
abrió la puerta fue saludado por un soldado con un abultado paquete en la mano.
Se presentó a sí mismo diciendo: "Yo era amigo de su hijo. Yo era al que
estaba rescatando cuando murió. ¿Puedo pasar un momento? Quiero mostrarle
algo." Al
iniciar la conversación, el soldado relató como el hijo del anciano había
contado a todo el mundo el amor de su padre por el arte. "Yo soy un
artista", dijo el soldado, "y quiero darle ésto". Cuando el
anciano desenvolvió el paquete, el contenido resultó ser un retrato de su hijo.
Aunque difícilmente podía ser considerada la obra de un genio, la pintura
representaba al joven con asombroso detalle. Embargado por la emoción, el
hombre dió las gracias al soldado, prometiéndole colgar el cuadro sobre la
chimenea. Unas
pocas horas más tarde, tras la marcha del soldado, el anciano se puso a la
tarea. Haciendo honor a su palabra, la pintura fue colocada sobre la chimenea,
desplazando cuadros de miles de dólares. Entonces el hombre se sentó en su
silla y pasó la Navidad observando el regalo que le habían hecho. Durante
los días y semanas que siguieron, el hombre comprendió que, aunque su hijo ya
no estaba con él, seguía vivo en aquellos a los que había rozado. Pronto se
enteró de que su hijo había rescatado docenas de soldados heridos antes de que
una bala atravesara su bondadoso corazón. Conforme le iban llegando noticias de
la nobleza de su hijo, el orgullo paterno y la satisfacción empezaron a aliviar
su pena. El cuadro de su hijo se convirtió en su posesión más preciada,
eclipsando sobradamente cualquier interés por piezas por las que clamaban los
museos del mundo entero. Dijo a sus vecinos que era el mejor regalo que jamás
había recibido. En
la primavera siguiente, el anciano enfermó y falleció. El mundo del arte se
puso a la expectativa. Con el coleccionista muerto y su único hijo también
fallecido, todas aquellos cuadros tendrían que ser vendidos en una subasta. De
acuerdo con el testamento del anciano, todas las obras de arte serían
subastadas el día de Navidad, el día en que había recibido su mayor regalo. Pronto
llegó el día y coleccionistas de arte de todo el mundo se reunieron para pujar
por algunas de las más espectaculares pinturas a nivel mundial. Muchos sueños
podían realizarse ese día; podía conseguirse la gloria y muchos podrían afirmar
"Yo tengo la mejor colección de todas". La
subasta empezó con una pintura que no estaba en la lista de ningún museo. Era
el cuadro de su hijo. El subastador pidió una puja inicial. La sala permanecía
en silencio. "¿Quién abrirá la puja con 100 dólares?, preguntó. Los
minutos pasaban. Nadie hablaba. Desde el fondo de la sala se escuchó: ¿A quien
le importa ese cuadro? Sólo es un retrato de su hijo. Olvidémoslo y pasemos a
lo bueno". Más voces se alzaron asintiendo. "No, primero tenemos que
vender éste", replicó el subastador. "Ahora, ¿quién se lse queda con
el hijo?". Finalmente, un amigo del anciano habló: "¿Cogería usted
diez dólares por el cuadro? Es todo lo que tengo. Conocía al muchacho, así que
me gustaría tenerlo". "Tengo diez dólares. ¿Alguien da más?" anunció
el subastador. Tras otro silencio, el subastador dijo: "Diez a la una,
diez a las dos. Vendido". El martillo descendió sobre la tarima. Los
aplausos llenaron la sala y alguien exclamó: "¡Ahora podemos empezar y
pujar por estos tesoros!" El subastador miró a la audiencia y anunció que
la subasta había terminado. Una aturdida incredulidad inmovilizó la sala.
Alguien alzó la voz para preguntar: "¿Qué significa que ha terminado? No
hemos venido aquí por un retrato del hijo del viejo. ¿Qué hay de estos cuadros?
¡Aquí hay obras de arte por valor de millones de dólares! ¡Exijo una
explicación de lo que está sucediendo!". El subastador replicó: "Es
muy sencillo. De acuerdo con el testamento del padre, el que se queda con el
hijo... se queda con todo". Viéndolo desde otra perspectiva, como aquellos
coleccionistas de arte descubrieron en el día de Navidad, el mensaje es aún el
mismo: El amor de un Padre, cuya mayor alegría vino de su Hijo que se le dejó
para dar su vida rescatando a otros. Y a causa de ese amor paterno, el que se
queda con el Hijo lo obtiene todo. (Autor desconocido, tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) El
árbol de las manzanas Hace
mucho tiempo existía un enorme árbol de manzanas. Un pequeño niño lo apreciaba
mucho y todos los días jugaba a su alrededor. Trepaba por el árbol, y le daba
sombra. El niño amaba al árbol y el árbol amaba al niño. Pasó el tiempo y el
pequeño niño creció y el nunca más volvió a jugar alrededor del enorme árbol.
Un día el muchacho regresó al árbol y escuchó que el árbol le dijo triste: "¿Vienes
a jugar conmigo?". Pero el muchacho contestó: "Ya no soy el niño de
antes que jugaba alrededor de enormes árboles. Lo que ahora quiero son juguetes
y necesito dinero para comprarlos". "Lo siento, dijo el árbol, pero
no tengo dinero... pero puedes tomar todas mis manzanas y venderlas. Así
obtendrás el dinero para tus juguetes". El muchacho se sintió muy feliz.
Tomó todas las manzanas y obtuvo el dinero y el árbol volvió a ser feliz. Pero
el muchacho nunca volvió después de obtener el dinero y el árbol volvió a estar
triste. Tiempo después, el muchacho regresó y el árbol se puso feliz y le
preguntó: "¿Vienes a jugar conmigo?". "No tengo tiempo para
jugar. Debo trabajar para mi familia. Necesito una casa para compartir con mi
esposa e hijos. ¿Puedes ayudarme?". "Lo siento, no tengo una casa,
pero... puedes cortar mis ramas y construir tu casa". El joven cortó todas
las ramas del árbol y esto hizo feliz nuevamente al árbol, pero el joven nunca
más volvió desde esa vez y el árbol volvió a estar triste y solitario. Cierto
día de un cálido verano, el hombre regresó y el árbol estaba encantado.
"Vienes a jugar conmigo?", le preguntó el árbol. El hombre contestó:
"Estoy triste y volviéndome viejo. Quiero un bote para navegar y
descansar. ¿Puedes darme uno?". El árbol contestó: "Usa mi tronco
para que puedas construir uno y así puedas navegar y ser feliz". El hombre
cortó el tronco y construyó su bote. Luego se fue a navegar por un largo
tiempo. Finalmente regresó después de muchos años y el árbol le dijo: "Lo
siento mucho, pero ya no tenga nada que darte, ni siquiera manzanas". El
hombre replicó: "No tengo dientes para morder, ni fuerza para escalar...
ahora ya estoy viejo. Yo no necesito mucho ahora, solo un lugar para descansar.
Estoy tan cansado después de tantos años...". Entonces el árbol, con
lágrimas en sus ojos, le dijo: "Realmente no puedo darte nada... lo único
que me queda son mis raíces muertas, pero las viejas raíces de un árbol son el
mejor lugar para recostarse y descansar. Ven, siéntate conmigo y descansa".
El hombre se sentó junto al árbol y éste, feliz y contento, sonrió con
lágrimas. Esta
puede ser la historia de cada uno de nosotros. El árbol son nuestros padres.
Cuando somos niños, los amamos y jugamos con papá y mamá... Cuando crecemos los
dejamos... Sólo regresamos a ellos cuando los necesitamos o estamos en
problemas... No importa lo que sea, ellos siempre están allí para darnos todo
lo que puedan y hacernos felices. Parece que el muchacho es cruel contra el
árbol... pero es así como nosotros tratamos a veces a nuestros padres.
Valoremos a nuestros padres mientras los tengamos a nuestro lado. El
día que Jesús guardó silencio Aún
no llego a comprender cómo ocurrió, si fue real o un sueño. Sólo recuerdo que
ya era tarde y estaba en mi sofá preferido con un buen libro en la mano. El
cansancio me fue venciendo y empecé a cabecear... En algún lugar entre la
semiinconsciencia y los sueños, me encontré en aquel inmenso salón, no tenía
nada en especial salvo una pared llena de tarjeteros, como los que tienen las
grandes bibliotecas. Los ficheros iban del suelo al techo y parecían
interminables en ambas direcciones. Tenían diferentes rótulos. Al acercarme, me
llamó la atención un cajón titulado: "Muchachas que me han gustado".
Lo abrí descuidadamente y empecé a pasar las fichas. Tuve que detenerme por la
impresión, había reconocido el nombre de cada una de ellas: ¡se trataba de las
chicas que a mí me habían gustado! Sin que nadie me lo dijera, empecé a
sospechar dónde me encontraba. Este inmenso salón, con sus interminables
ficheros, era un crudo catálogo de toda mi existencia. Estaban escritas las
acciones de cada momento de mi vida, pequeños y grandes detalles, momentos que
mi memoria había ya olvidado. Un sentimiento de expectación y curiosidad, acompañado
de intriga, empezó a recorrerme mientras abría los ficheros al azar para
explorar su contenido. Algunos me trajeron alegría y momentos dulces; otros,
por el contrario, un sentimiento de vergüenza y culpa tan intensos que tuve que
volverme para ver si alguien me observaba. El archivo "Amigos" estaba
al lado de "Amigos que racioné" y "Amigos que abandoné cuando
más me necesitaban". Los títulos iban de lo mundano a lo ridículo.
"Libros que he leído", "Mentiras que he dicho",
"Consuelo que he dado", "Chistes que conté", otros títulos
eran: "Asuntos por los que he peleado con mis hermanos", "Cosas
hechas cuando estaba molesto", "Murmuraciones cuando mamá me
reprendía de niño", "Videos que he visto"... No dejaba de
sorprenderme de los títulos. En algunos ficheros había muchas más tarjetas de
las que esperaba y otras veces menos de lo que yo pensaba. Estaba atónito del
volumen de información de mi vida que había acumulado. ¿Sería posible que
hubiera tenido el tiempo de escribir cada una de esas millones de tarjetas?
Pero cada tarjeta confirmaba la verdad. Cada una escrita con mi letra, cada una
llevaba mi firma. Cuando vi el archivo "Canciones que he escuchado"
quedé atónito al descubrir que tenía más de tres cuadras de profundidad y, ni
aun así, vi su fin. Me sentí avergonzado, no por la calidad de la música, sino
por la gran cantidad de tiempo que demostraba haber perdido. Cuando llegué al
archivo: "Pensamientos lujuriosos" un escalofrío recorrió mi cuerpo.
Solo abrí el cajón unos centímetros.. Me avergonzaría conocer su tamaño. Saqué
una ficha al azar y me conmoví por su contenido. Me sentí asqueado al constatar
que "ese" momento, escondido en la oscuridad, había quedado
registrado... No necesitaba ver más... Un instinto animal afloró en mí. Un pensamiento
dominaba mi mente: Nadie debe de ver estas tarjetas jamás. Nadie debe entrar
jamás a este salón... ¡Tengo que destruirlo! En un frenesí insano arranqué un
cajón, tenía que vaciar y quemar su contenido. Pero descubrí que no podía
siquiera desglosar una sola del cajón. Me desesperé y trate de tirar con más
fuerza, sólo para descubrir que eran más duras que el acero cuando intentaba
arrancarlas. Vencido y completamente indefenso, devolví el cajón a su lugar.
Apoyando mi cabeza al interminable archivo, testigo invencible de mis miserias,
y empecé a llorar. En eso, el título de un cajón pareció aliviar en algo mi
situación: "Personas a las que les he compartido el Evangelio". La
manija brillaba, al abrirlo encontré menos de 10 tarjetas. Las lágrimas volvieron
a brotar de mis ojos. Lloraba tan profundo que no podía respirar. Caí de
rodillas al suelo llorando amargamente de vergüenza. Un nuevo pensamiento
cruzaba mi mente: nadie deberá entrar a este salón, necesito encontrar la llave
y cerrarlo para siempre. Y mientras me limpiaba las lágrimas, lo vi. ¡Oh no!,
¡por favor no!, ¡Él no!, ¡cualquiera menos Jesús!. Impotente vi como Jesús
abría los cajones y leía cada una de mis fichas. No soportaría ver su reacción.
En ese momento no deseaba encontrarme con su mirada. Intuitivamente Jesús se
acercó a los peores archivos. ¿Por qué tiene que leerlos todos? Con tristeza en
sus ojos, buscó mi mirada y yo bajé la cabeza de vergüenza, me llevé las manos
al rostro y empecé a llorar de nuevo. Él se acercó, puso sus manos en mis hombros.
Pudo haber dicho muchas cosas. Pero Él no dijo ni una sola palabra. Allí estaba
junto a mí, en silencio. Era el día en que Jesús guardó silencio... y lloró
conmigo. Volvió a los archivadores y, desde un lado del salón, empezó a
abrirlos, uno por uno, y en cada tarjeta firmaba Su nombre sobre el mío. ¡No!,
le grité corriendo hacia Él. Lo único que atiné a decir fue sólo ¡no!, ¡no!,
¡no! cuando le arrebaté la ficha de su mano. Su nombre no tenía por que estar
en esas fichas. No eran sus culpas, ¡eran las mías! Pero allí estaban, escritas
en un rojo vivo. Su nombre cubrió el mío, escrito con su propia sangre. Tomó la
ficha de mi mano, me miró con una sonrisa triste y siguió firmando las
tarjetas. No entiendo cómo lo hizo tan rápido. Al siguiente instante lo vi
cerrar el último archivo y venir a mi lado. Me miró con ternura a los ojos y me
dijo: - Todo esta Consumado, está terminado, yo he cargado con tu vergüenza y
culpa. En eso salimos juntos del Salón... Salón que aún permanece abierto....
Porque todavía faltan más tarjetas que escribir... Aún no sé si fue un sueño,
una visión, o una realidad... Pero, de lo que sí estoy convencido, es que la
próxima vez que Jesús vuelva a ese salón, encontrará más fichas de que
alegrarse, menos tiempo perdido y menos fichas vanas y vergonzosas. El
diamante Nació
en Italia, pero se fue a los Estados Unidos de joven. Aprendió malabarismo y se
hizo famoso en el mundo entero. Finalmente, decidió retirarse. Anhelaba
regresar a su país, comprar una casa en el campo y establecerse allí. Tomó
todas sus posesiones, sacó un billete en un barco hacia Italia e invirtió todo
el resto de su dinero en un solo diamante, y lo escondió en su camarote. Una
vez en la travesía, le estaba enseñando a un niño cómo él podía hacer
malabarismo con muchas manzanas. Pronto se había reunido una multitud a su
alrededor. El orgullo del momento se le subió a la cabeza. Corrió a su camarote
y tomó el diamante, que entonces era su única posesión. Le explicó a la
multitud que ese diamante representaba todos los ahorros de su vida, para así generar
mayor dramatismo. Enseguida comenzó a hacer malabarismos con el diamante en la
cubierta del barco. Estaba arriesgando más y más. En cierto momento lanzó el
diamante muy alto en el aire y la muchedumbre se quedó sin aliento. Sabiendo lo
que el diamante significaba, todos le rogaron que no lo hiciera otra vez.
Impulsado por la excitación del momento, lanzó el diamante mucho más alto. La
multitud de nuevo perdió el aliento y después respiró con alivio cuando
recuperó el diamante. Teniendo una total confianza en sí mismo y en su
habilidad, dijo a la multitud que lo lanzaría en el aire una vez más. Que esta
vez subiría tanto que se perdería de vista por un momento. De nuevo le rogaron
que no lo hiciera. Pero con la confianza de todos sus años de experiencia,
lanzó el diamante tan alto que de hecho desapareció por un momento de la vista
de todos. Entonces el diamante volvió a brillar al sol. En ese momento, el
barco cabeceó y el diamante cayó al mar y se perdió para siempre. Nuestra
alma es más valiosa que todas las posesiones del mundo. Igual que el hombre del
cuento, algunos de nosotros hicimos o seguimos haciendo malabarismos con
nuestras almas. Confiamos en nosotros mismos y en nuestra capacidad, y en el
hecho de que nos hemos salido con la nuestra todas la veces anteriores. Con
frecuencia hay personas alrededor que nos ruegan que dejemos de correr riesgos,
porque reconocen el valor de nuestra alma. Pero seguimos jugando con ella una
vez más... sin saber cuando el barco cabeceará y perderemos nuestra oportunidad
para siempre. El
dolor Tanya
era una niña conducida a su consultorio con un vendaje sobre un tobillo
dislocado. El medico lo movió en una y en otra dirección. Llegó a hacer ciertos
movimientos extremos, pero Tanya no notaba ningún dolor. Sacó entonces el
vendaje y descubrió que su pie estaba infectado con llagas en ambos pies.
Nuevamente examinó el pie, profundizó las heridas hasta llegar al hueso. El
Doctor quería ver si había alguna reacción en Tanya, pero ella se mostraba más
bien aburrida. Su madre entonces le contó al doctor algunos episodios de Tanya
cuando tenía dos años: "Pocos minutos después fui la habitación de Tanya y
la encontré sentada en el suelo. Dibujaba remolinos rojos con sus dedos sobre
un plástico. Al principio no me di cuenta, pero cuando me acerqué grité
espantada. Era algo horrible. Tanya se había cortado la punta de su dedo y
estaba sangrando y esa era la tinta que estaba utilizando para hacer sus
diseños. Grité horrorizada: "Tanya, ¿qué pasa?" Ella me sonrió y allí
comprendí todo al ver la sangre manchando sus dientecitos. Ella misma se había
mordido el dedo y estaba jugando con su sangre. Durante varios meses los padres
de Tanya trataron de que no se mordiera los dedos. Pero ella se los fue
mordiendo todos, uno por uno. El padre llegó a llamarle "El
Monstruo". El Dr. Brand escribe: "Tanya no es un monstruo, sino un
ejemplo extremo -una metáfora humana- de lo que puede ser la vida sin dolor. La
vida sin dolor nos puede producir un daño enorme. El dolor nos indica que
estamos enfermos y que necesitamos ser curados". Si no existiera el dolor,
la salud sería imposible. Y algo semejante sucede en la vida del
espíritu. El
heredero Érase
una vez, de acuerdo con la leyenda, que un reino europeo estaba regido por un
rey muy cristiano, y con fama de santidad, que no tenía hijos. El monarca envió
a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus
dominios. Este decía que cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos,
para aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista
con el Rey. A todo candidato se le exigían dos características: 1º Amar a Dios.
2º Amar a su prójimo. En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y
reflexionó que él cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y, así mismo, a sus
vecinos. Una sola cosa le impedía ir, pues era tan pobre que no contaba con
vestimentas dignas para presentarse ante el santo monarca. Carecía también de
los fondos necesarios a fin de adquirir las provisiones necesarias para tan largo
viaje hasta el castillo real. Su pobreza no sería un impedimento para,
siquiera, conocer a tan afamado rey. Trabajó de día y noche, ahorró al máximo
sus gastos y cuando tuvo una cantidad suficiente para el viaje, vendió sus
escasas pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje.
Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a las
puertas de la ciudad se acercó a un pobre limosnero a la vera del camino. Aquél
pobre hombre tiritaba de frío, cubierto sólo por harapos. Sus brazos extendidos
rogaban auxilio. Imploró con una débil y ronca voz: "Estoy hambriento y
tengo frío, por favor ayúdeme...". El joven quedó tan conmovido por las
necesidades del limosnero que de inmediato se deshizo de sus ropas nuevas y
abrigadas y se puso los harapos del limosnero. Sin pensarlo dos veces le dio
también parte de las provisiones que llevaba. Cruzando los umbrales de la
ciudad, una mujer con dos niños tan sucios como ella, le suplicó: "¡Mis
niños tienen hambre y yo no tengo trabajo!". Sin pensarlo dos veces,
nuestro amigo se sacó el anillo del dedo y la cadena de oro de cuello y junto
con el resto de las provisiones se los entregó a la pobre mujer. Entonces, en
forma titubeante, continuó su viaje al castillo vestido con harapos y carente
de provisiones para regresar a su aldea. A su llegada al castillo, un asistente
del Rey le mostró el camino a un grande y lujoso salón. Después de una breve
pausa, por fin fue admitido a la sala del trono. El joven inclinó la mirada
ante el monarca. Cuál no sería su sorpresa cuando alzó los ojos y se encontró
con los del Rey. Atónito y con la boca abierta dijo: "¡Usted..., usted!
¡Usted es el limosnero que estaba a la vera del camino!". En ese instante
entró una criada y dos niños trayéndole agua al cansado viajero, para que se
lavara y saciara su sed. Su sorpresa fue también mayúscula: "¡Ustedes
también! ¡Ustedes estaban en la puerta de la ciudad!". " Sí -replicó
el Soberano con un guiño- yo era ese limosnero, y mi criada y sus niños también
estuvieron allí". "Pero... pe... pero... ¡usted es el Rey! ¿Por qué
me hizo eso?". "Porque necesitaba descubrir si tus intenciones eran
auténticas frente a tu amor a Dios y a tu prójimo -dijo el monarca-. Sabía que
si me acercaba a ti como Rey, podrías fingir y actuar no siendo sincero en tus
motivaciones. De ese modo me hubiera resultado imposible descubrir lo que
realmente hay en tu corazón. Como limosnero, no sólo descubrí que de verdad
amas a Dios y a tu prójimo, sino que eres el único en haber pasado la prueba.
¡Tú serás mi heredero! ¡Tú heredaras mi reino!". El
hilo de la paciencia En
una humilde choza de madera, de las afueras de un pueblo, vivía una viuda de un
carpintero con su único hijo llamado Pedro. Era un chico soñador y más
aficionado a jugar y a corretear por los campos con Hilda que a estudiar
encerrado en casa o en la escuela. En la escuela pensaba: "Tengo ganas de
salir, para ir a jugar con Hilda". Jamás estaba conforme con nada y
siempre estaba con sus ensoñaciones. En invierno, mientras patinaba en el
hielo, deseaba que llegara el verano para bañarse en el río; pero en el verano,
deseaba que llegara el otoño para ver como el viento elevaba graciosamente su
cometa. Una tarde de verano, después de pasear por largo rato bajo el sol,
Pedro se quedó profundamente dormido. En el sueño, se le apareció un mago que
llevaba en sus manos una cajita de plata, redonda como una pelota, de la que
salía un hilo de oro. El mago le dio la cajita diciéndole: "¿Ves el hilo,
Pedro? Es el hilo de tu vida. Si quieres que el tiempo pase de prisa, no tienes
más que tirar de él. Naturalmente, no podrás contar a nadie tu poder. Pero te
advierto que el hilo, una vez sacado, no puede volver a la cajita, y no olvides
que el hilo es tu propia vida, así que no lo derroches. Una vez dichas estas
palabras, el mago desapareció, dejando a Pedro muy contento con lo que creía
ser el mejor de todos los tesoros. Cuando quedó solo, contempló aquella cajita
con su diminuto orificio, pero no se atrevió a tirar del hilo de oro. Al día
siguiente, en la escuela, estaba más distraído que nunca y el maestro le dijo:
"A ver, Pedro. Repite lo que acabo de explicar". Como es natural,
Pedro no supo qué decir. "Veo que no has prestado la menor atención, así
que como castigo copiarás veinte veces la lección de hoy. Entonces, Pedro sacó
disimuladamente la cajita y, bajo su pupitre, tiró un poquitín del hilo de oro.
Y un momento después el maestro le dijo: "Bien, ya has terminado el
castigo, puedes irte". Pedro se sentía el más feliz de todos los mortales
y, a partir de entonces se divertía continuamente, porque solo tiraba del hilo
a la hora de estudiar. Nunca se le ocurría tirar del hilo cuando estaba de
vacaciones o cuando estaba con Hilda. Pasaron así semanas y meses hasta que un
día pensó: "Aunque esté siempre de vacaciones, ser niño es aburridísimo,
así que aprenderé un oficio en vez de ir a la escuela y pronto podré casarme
con Hilda. Por la noche, tiró mucho del hilo y a la mañana siguiente, se
encontró como aprendiz en el taller de carpintero. Durante un tiempo se sintió
feliz y no tiraba del hilo más que en determinadas ocasiones, cuando le parecía
que tardaba demasiado el día en que cobraba su jornal, y entonces tiraba un
poquito del hilo y la semana pasaba volado. Luego se sintió impaciente, porque
quería visitar a Hilda, que se encontraba fuera de la ciudad. Tras largos meses
de separación sintió gran alegría al verla, y como no quería vivir ya separado
de ella, le dijo: "¿Quieres casarte conmigo? Ya soy un buen
carpintero". "Sí, Pedro, acepto". Como estaba en sus
posibilidades nuevamente, sin que ella supiera, tiró del hilo, y se vieron
marchando al templo para casarse. Pero no duró mucho el contento de la feliz
pareja. Pedro hubo de incorporarse al servicio militar. Hilda lloraba
desconsolada por la separación. "No te aflijas, verás que pronto se
pasarán los años". Durante las primeras semanas de cuartel, Pedro no tiró
del hilo, recordando las advertencias del mago. Además la vida de militar le
resultaba agradable, por la novedad y porque sus compañeros eran muchachos
despreocupados y bromistas. Le encantaba al comienzo, salir de campaña, cargar
cañones con granadas, y disparar al grito del capitán. También le gustaba
recibir las cartas cariñosas de Hilda. Según pasaba el tiempo, la vida en el cuartel
empezó a parecerle aburrida, así que tiró de nuevo del hilo y enseguida estuvo
en casa. Hilda lo recibió con gran alegría: "¡Estos dos años han pasado
como un sueño!". "Ya no volveré a tirar más del hilo –se decía a
solas–, pues siento que va pasando la edad mas bella de mi vida". Pero a
veces olvidaba sus buenos propósitos, y en cuanto se sentía cansado tiraba un
poco del hilo, y sus problemas se pasaban enseguida. De pronto, un día se dio
cuenta de que su madre tenía el pelo blanco y la cara surcada de arrugas. Su
aspecto era de una mujer muy fatigada. Pedro sintió remordimiento de haber
hecho correr el tiempo con demasiada prisa. El tiempo pasaba rápido, y si
tiraba del hilo eliminaba una enfermedad, pero enseguida aparecían otras. Cada
día le resultaba más pesado el trabajo. Un día le dijo Hilda. "Ya has
estado trabajando bastante. ¿Porque no te jubilas?". "Tienes razón,
pero siento que todavía no tenemos suficientes ahorros y ya no tengo
fuerzas". Un día que paseaba apesadumbrado por el campo, oyó pronunciar su
nombre: "¡Pedro!". Miró hacia arriba y vio al mago: "¿Has sido
feliz?", le preguntó. "No lo sé. La cajita que me diste era
maravillosa, nunca he tenido que esperar, y tampoco he sufrido por nada...,
pero la vida se me ha pasado como un soplo, y ahora me siento viejo, débil y
pobre". "Cuanto lo siento, yo pensé que te sentirías el más feliz de
los hombres, al poder disponer de tu tiempo a tu capricho. ¿Puedo satisfacer
todavía un deseo tuyo, ¡el que tú quieras!". "Pues me gustaría volver
a vivir toda mi vida, como la viven los demás. Aprender a sufrir me enseñaría a
fortalecer mi espíritu y también aprendería a esperar lo bueno y lo malo de la
vida con paciencia. Sin conocer el dolor, no podré ser humano y me privaré de
comprender a los que sufren". Pedro devolvió al mago la cajita de plata, y
en aquel mismo momento quedó profundamente dormido. Al despertar vio con
asombro que todo había sido un sueño. Al día siguiente fue a la escuela con
muchas ganas de estudiar. El
hombre triste Había
una vez un muchacho que vivía en una casa grande sobre una colina. Amaba a los
perros y a los caballos, los autos deportivos y la música. Trepaba a los
árboles e iba a nadar, jugaba al fútbol y admiraba a las chicas guapas. De no
ser porque debía limpiar y ordenar su habitación, su vida era agradable. Un día
el joven le dijo a Dios: "He estado pensando y ya sé que quiero para mí
cuando sea mayor". "¿Que es lo que deseas?", le pregunto Dios.
"Quiero vivir en una mansión con un gran porche y un jardín en la parte de
atrás, y tener dos perros San Bernardo. Deseo casarme con una mujer alta, muy
hermosa y buena, que tenga una larga cabellera negra y ojos azules, que toque
la guitarra y cante con voz alta y clara. Quiero tres hijos varones, fuertes,
para jugar con ellos al fútbol. Cuando crezcan, uno será un gran científico,
otro será político y el menor será un atleta profesional. Quiero ser un
aventurero que surque los vastos océanos, que escale altas montañas y que
rescate personas. Y quiero conducir un Ferrari rojo, y nunca tener que limpiar
y ordenar mi casa." "Es un sueno agradable - dijo Dios-. Quiero que
seas feliz." Un día, cuando jugaba al fútbol, el chico se lastimó una
rodilla. Después de eso ya no pudo escalar altas montañas, grandes, y mucho menos
surcar los vastos océanos. Así ni siquiera pudo trepar árboles, por lo que
estudió mercadotecnia y puso un negocio de artículos médicos. Se casó con una
muchacha que era muy hermosa y buena, y que tenía una larga cabellera negra.
Pero era de corta estatura, no alta, y tenía ojos castaños, no azules. No sabía
tocar la guitarra, ni cantar. Pero preparaba deliciosas comidas chinas, y
pintaba magníficos cuadros de aves, y cocinaba aves sazonadas con exóticas
especias. A causa de su negocio, el hombre vivía en la ciudad, en un
apartamento situado en lo alto de un elevado edificio, desde el que se dominaba
el océano azul y las luces de la urbe. No contaba espacio para dos perros San
Bernardo, pero era dueño de un gato esponjado. Tenía tres hijas, todas muy
hermosas. La más joven, que debía usar silla de ruedas, era la mas agraciada.
Las tres querían mucho a su padre. No jugaban al fútbol con él, pero a veces
iban al parque y correteaban lanzando un disco de plástico... Excepto la
pequeña, que se sentaba bajo un árbol y rasgueaba su guitarra, entonando
canciones encantadoras e inolvidables. Nuestro personaje ganaba suficiente
dinero para vivir con comodidad, pero no conducía un Ferrari rojo. En ocasiones
tenía que recoger cosas, incluso cosas que no eran suyas, y ponerlas en su
lugar. Después de todo, tenía tres hijas. Y entonces el hombre se despertó una
mañana y recordó su viejo sueño. "Estoy muy triste", le confió a su
mejor amigo. "¿Por qué?", quiso saber éste. "Porque una vez soñé
que me casaría con una mujer alta, de cabello negro y ojos azules, que sabría
tocar la guitarra y cantar. Mi esposa no toca ni canta, tiene los ojos castaños
y no es muy alta". "Tu esposa es muy guapa y muy buena -respondió su
amigo-, y pinta unos cuadros maravillosos y sabe cocinar muy bien". Pero
el hombre no le escuchaba. "Estoy muy triste", le confesó a su esposa
un día. "¿Por qué?", inquirió su mujer. "Porque una vez soñé que
viviría en una mansión con porche y un jardín en la parte de atrás, y que
tendría dos perros San Bernardo. En lugar de eso, vivo en un apartamento en el
piso 47". "Nuestro apartamento es cómodo y podemos ver el océano
desde el sillón de la sala de estar -repuso ella-, y nos queremos, y tenemos
pinturas de aves y un gato esponjado..., por no mencionar a nuestras tres
hermosas hijas. Pero su marido no la escuchaba. "Estoy muy triste",
le dijo en otra ocasión a su psicoterapeuta. "¿Por que razón?",
pregunto el especialista. "Porque una vez soñé que era un gran aventurero.
En vez de ello, son un empresario calvo, con la rodilla lesionada".
"Los artículos médicos que usted vende han salvado muchas vidas", le
hizo notar el médico. Pero el hombre no le escuchaba. Así que el terapeuta le
cobro 100 dólares y lo mandó a casa. "Estoy muy triste", le dijo a su
asesor. "¿Por qué?", indagó éste. "Porque una vez soñé que
conduciría un Ferrari rojo y que nunca tendría que ordenar mis cosas. En vez de
ello, utilizo el transporte público, y a veces tengo que ocuparme de muchos
quehaceres". "Usted viste trajes de calidad, come en buenos restaurantes
y ha viajado por toda Europa", señaló el asesor. Pero el hombre no le
escuchaba. El asesor le cobró 100 dólares de todos modos. Soñaba con un Ferrari
rojo para sí mismo. "Estoy muy triste", le dijo a su párroco.
"¿Por qué?", le preguntó el sacerdote. "Porque una vez soñé que
tendría tres hijos varones: un gran científico, un político y un atleta
profesional. Ahora tengo tres hijas y la menor ni siquiera puede caminar."
"Pero todas son hermosas e inteligentes -afirmó el párroco-, y te quieren
mucho, y han sabido aprovechar bien su talento: una es enfermera, otra es
pintora, y la más joven da clases de música a los niños." Pero el hombre
no escuchaba. Se puso tan melancólico que enfermó de gravedad. Yacía postrado
en una blanca habitación del hospital, rodeado de enfermeras con blancos
uniformes. Varios cables y mangueras conectaban su cuerpo a maquinas
parpadeantes que alguna vez él mismo le había vendido al hospital. Estaba
triste, muy triste. Su familia, sus amigos y su párroco se reunían alrededor de
su cama. Ellos también estaban profundamente preocupados. Sólo su terapeuta y
su asesor seguían felices. Y sucedió que una noche, cuando todos se habían ido
a casa, salvo las enfermeras, el hombre le dijo a Dios: "¿Recuerdas cuando
era joven y te hablé de las cosas que deseaba?". "Sí. Fue un sueño
maravilloso", asintió Dios. "¿Por qué no me otorgaste todo
eso?", preguntó el hombre. "Pude haberlo hecho -respondió Dios-, pero
quise sorprenderte con cosas que no habías soñado. Supongo que has reparado en
lo que te he concedido: una esposa hermosa y buena, un buen negocio, un lugar
agradable para vivir, tres adorables hijas. Es uno de los mejores paquetes que
he preparado...". "Sí -le interrumpió el hombre-, pero yo creí que me
darías lo que realmente deseaba". "Y yo pensé que tú me darías lo que
yo quería", repuso Dios. "¿Y qué es lo que tu deseabas?", quiso
saber el hombre. Nunca se le había ocurrido que Dios necesitara algo.
"Quería que fueras feliz con lo que te había dado", explicó Dios. El
hombre se quedo despierto toda la noche, pensando. Por fin decidió soñar un
sueño nuevo, un sueño que deseaba haber tenido años atrás. Decidió soñar que lo
que más anhelaba era precisamente lo que ya tenía. Y el hombre se alivió y
vivió feliz en el piso 47, disfrutando de las hermosas voces de sus hijas, de
los profundos ojos castaños de su esposa y de sus bellísimas pinturas de aves.
Y por las noches contemplaba el océano y miraba con satisfacción las titilantes
luces de la ciudad, una a una. El
montañero Cuentan
que un alpinista, apasionado por conquistar una altísima montaña, inició su
travesía después de años de preparación, pero quería toda la gloria solo para
él, y por eso quiso subir sin ningún compañero. Empezó la ascensión, y se le
fue haciendo tarde, y más tarde, y no se preparó para acampar, sino que decidió
seguir subiendo, y oscureció. La noche cayó con gran pesadez en la altura de la
montaña, ya no se podía ver casi nada. Todo era negro, y las nubes no dejaban
ver la luna y las estrellas. Cuando estaba a solo unos pocos metros de la
cima, resbaló y se deslizó a una velocidad vertiginosa. El alpinista solo podía
ver veloces manchas oscuras y la terrible sensación de ser succionado por la
gravedad. Seguía cayendo... y en esos angustiantes momentos, le pasaron por su
mente todos los episodios gratos y no tan gratos de su vida. Pensaba en la
cercanía de la muerte, y rogó a Dios que le salvara. De repente, sintió un
fuerte tirón de la larga soga que lo amarraba de la cintura a las estacas
clavadas en la roca de la montaña. En ese momento de quietud, suspendido en el
aire, gritó : "¡¡¡Ayúdame, Dios mío!!!" De pronto, una voz grave y
profunda de los cielos le contestó: "¿Y qué quieres que haga?" El
montañero contestó: "Sálvame, Dios mío". Y escuchó una nueva
pregunta: "¿Realmente crees que yo te puedo salvar de ésta?" Y el
hombre contestó: "Por supuesto, Señor". Y oyó de nuevo a la voz que
le decía: "Pues entonces corta la cuerda que te sostiene...". Hubo un
momento de silencio. El hombre se aferró más aún a la cuerda. Cuenta el equipo
de rescate, que al día siguiente encontraron a un alpinista muerto, suspendido
de un cuerta, con las manos fuertemente agarradas a ella... y a tan sólo un
metro del suelo... El
peso de la cruz Esta
era una vez un hombre que quería seguir a Jesús y alcanzar a través de este
servicio el Reino de los Cielos. En un sueño profundo, aquel hombre quiso
entrevistarse con Nuestro Señor, y le indicaron el camino del bosque. A poco
andar encontró a Jesús y le expuso sus intenciones. Nuestro Señor le miró con
inmensa ternura, luego desprendió del suelo un árbol jóven pero alto y le dijo:
"Recorre el camino de tu vida con esta cruz al hombro y así alcanzarás el
Reino de los Cielos". El hombre inició su camino con gran entusiasmo y
lleno de buenas intenciones, pero rápidamente cayó en cuenta que la carga era
demasiado pesada y le obligaba a un paso lento y en algunos momentos doloroso.
En una de las oportunidades en que se dispuso a descansar se le apareció el
mismísimo demonio, que le regaló un hacha, ofreciéndosela convincentemente sin
condiciones. Él la aceptó, pensando que cargarla no constituía un mayor
esfuerzo y considerándola una herramienta de mucha utilidad en su cada vez más
difícil camino. Pasó el tiempo y el hombre mantenía su propósito, aunque
nublado por el cansancio y angustiado por la lentitud de su marcha. Entonces se
le volvió a aparecer el demonio bajo otra apariencia, y aparentando buena
disposición de ayuda le convenció para usar el hacha para recortar un poco las
ramas. ¡Qué distinta se sentía la carga, qué sensación tan agradable
experimentó el hombre al reducirla! Al pasar algún tiempo, volvió a sufrir el
peso agobiante de su cruz y pensó que si recortara otro poco la carga no
cambiaría en nada su gran misión y más aún, con ello apresuraría su llegada al
encuentro con Jesús; así que volvió a usar el hacha. De allí en adelante
continuaron los recortes, hasta que el árbol se transformó en una hermosa cruz
preciosamente tallada que colgaba de su cuello y causaba la admiración de
todos. La cruz no tardó en convertirse en una moda, luego vino la fama y el
reconocimiento, y adicionalmente un caminar de gacela hasta el Reino de los
Cielos. Alcanzado el final del camino, el hombre muere. En medio del esplendor
celestial, distingue un hermoso castillo, desde una de cuyas torres Jesús en
Gloria y Majestad se dispone a recibirlo. El hombre dice: "Señor, he
esperado mucho tiempo este momento. Señalame la entrada." Jesús le
responde: "Hijo, para entrar al Reino deberás subir hasta donde estoy,
usando el árbol que te entregué cuando iniciaste el camino hacia mi." El
hombre lleno de vergüenza reconoció haberlo destruido y lloró amargamente su
error. Despertó entonces de su profundo sueño, y agradecido con el Señor,
regresó al bosque aquel para tomar su cruz y llevarla entera al Reino de los
Cielos. El
pétalo de la rosa Un
chico joven estaba en Roma con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, el
20 de agosto de 2000. Se encontraba rezando ante la tumba de una persona santa.
A uno y otro lado había dos jarrones con unos ramos de rosas frescas, de color
rojo. El joven estudiante pensaba en el mensaje del Papa que había escuchado el
día anterior en Tor Vergata, sobre la vocación a una entrega total. Esas
palabras se le habían clavado en el corazón. Estaba casi decidido a dar ese
paso. En ese momento observó que de una de las rosas había caído un pétalo al
suelo, y enseguida pensó en tomarlo como recuerdo de aquel momento tan
importante de su vida. Pasaron unos segundos de duda sobre si incorporarse o no
para tomar ese pétalo. Mientras lo consideraba, llegó un hombre, se agachó,
tomó el pétalo y lo guardó en su bolsillo. Fue un detalle nimio, pero a aquel
chico le vino entonces a la cabeza una idea meridiana: en nuestra vida se nos
plantearán oportunidades muy bonitas e importantes, pero esas oportunidades no
esperan siempre. El
príncipe y la estufa Me
acababa de levantar, cuando vi a través de los cristales empañados de mi
ventana. Yo a pesar de tanto abrigo, tiritaba de aburrimiento. El no estaba
sólo. Venía al frente de su pequeño ejército de amigos voluntarios. Nunca había
contemplado a un caudillo más joven y recio que él. Mis ojos cansados de soñar
sin dormir, se esforzaban para no dar crédito a esta visión heroica, tan
opuesta a mi vida. Temblé de rabia cobarde cuando noté que él me miraba. Con
voz fuerte, mientras su mirada amablemente se mantenía hacia mí, me preguntó:
"¿Te vienes conmigo". Como si no lo hubiera oído, casi disimulando,
proferí algo así como: "¿Eehh.... Quéee...?". Su recia voz se oyó de
nuevo: "¿Qué si te vienes voluntario conmigo?". Tartamudeando,
débilmente respondí: "No, no puedo..., es que estoy aquí atado...; atado
voluntariamente, al suave y lindo calorcito de mi estufilla...". Mientras
yo bostezaba, su voz –la voz de él– resonó majestuosa, con la nobleza amplia de
las cascadas eternas: "¡En marcha!". Sus soldados decididos y
voluntarios, caminaron tras él sobre la blancura ideal de la nieve pura. Y sus
huellas –las de él– y las de ellos, quedaron impresas profundamente, marcando
un camino recto y nuevo hacia el sol. Pero yo..., yo no. He preferido quedarme
aquí detrás de los cristales empañados, atado suave, cómodamente, al calorcito
cercano de mi estufilla privada. (Rabindranath Tagore) El
silencio de Dios Una
antigua leyenda noruega nos habla de un hombre llamado Haakon, que cuidaba una
ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha devoción. En esta ermita había
una cruz muy antigua. Muchos acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro.
Un día el ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Le impulsaba un sentimiento
generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo: "Señor, quiero padecer por Ti.
Déjame ocupar tu puesto. Quiero reemplazarte en la Cruz." Y se quedo fijo
con la mirada puesta en la imagen, como esperando la respuesta. El Señor abrió
sus labios y habló. Sus palabras cayeron de lo alto, susurrantes y
amonestadoras: "Hermano mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una
condición." "¿Cuál Señor? -preguntó con acento suplicante Haakon-. Es
una condición difícil? ¡Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, Señor!".
"Escucha. Suceda lo que suceda, y veas lo que veas, has de guardarte en
silencio siempre". Haakon contesto: "¡Te lo prometo, Señor!". Y
se efectuó el cambio. Nadie
advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado con los clavos en la
Cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste por largo tiempo cumplió el
compromiso. A nadie dijo nada, pero un día, llegó un rico, después de haber
orado, dejó allí olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. Tampoco dijo nada
cuando un pobre, que vino dos horas después y se apropió de la cartera del
rico. Ni tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él poco después
para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje. Pero en ese momento
volvió a entrar el rico en busca de la bolsa. Al no hallarla, pensó que el
muchacho se la había apropiado. El rico se volvió al joven y le dijo iracundo:
"¡Dame la bolsa que me has robado!". El joven sorprendido replicó:
"¡No he robado ninguna bolsa!". "No mientas, devuélvemela
enseguida!". "¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa!". El rico
arremetió furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte:
"¡Detente!". El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le
hablaba. Haakon, que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven,
increpó al rico por la falsa acusación. Éste quedó anonadado y salió de la
ermita. El joven salió también porque teníia prisa para emprender su viaje.
Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió al monje y le dijo:
"Baja de la Cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has sabido guardar
silencio". "¿Señor, como iba a permitir esa injusticia?". Jesús
ocupó la Cruz de nuevo y el ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor siguió
hablando: "Tu no sabías que al rico le convenía perder la bolsa, pues
llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El pobre, por el
contrario, tenía necesidad de ese dinero. En cuanto al muchacho que iba a ser
golpeado, sus heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él
resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el barco y él ha
perdido la vida. Tu no sabías nada. Yo sí sé. Por eso callo." Y el Señor
nuevamente guardo silencio. Muchas
veces nos preguntamos por qué razón Dios no nos contesta, por qué razón Dios se
queda callado. Muchos de nosotros quisiéramos que Él nos respondiera lo que
deseamos oír, pero Dios no es así. Dios nos responde aún con el silencio. Él
sabe lo que está haciendo. El
violín desafinado Se
cuenta que con un viejo violín, un pobre hombre se ganaba la vida. Iba por los
pueblos, comenzaba a tocar y la gente se reunía a su alrededor. Tocaba y al
final pasaba entre la concurrencia una agujereada boina con la esperanza de que
algún día se llenara. Cierto día comenzó a tocar como solía, se reunió la
gente, y salió lo de costumbre: unos ruidos más o menos armoniosos. No daba
para más ni el violín ni el violinista. Y acertó a pasar por allí un famoso
compositor y virtuoso del violín. Se acercó también al grupo y al final le
dejaron entre sus manos el instrumento. Con una mirada valoró las
posibilidades, lo afinó, lo preparó... y tocó una pieza asombrosamente bella.
El mismo dueño estaba perplejo y lleno de asombro. Iba de un lado para otro
diciendo: "Es mi violín...!, es mi violín...!, es mi violín...!".
Nunca pensó que aquellas viejas cuerdas encerraran tantas posibilidades. No es
difícil que cada uno, profundizando un poco en sí mismo, reconozca que no está
rindiendo al máximo de sus posibilidades. Somos en muchas ocasiones como un
viejo violín estropeado, y nos falta incluso alguna cuerda. Somos... un
instrumento flojo, y además con frecuencia desafinado. Si intentamos tocar algo
serio en la vida, sale eso... unos ruidos faltos de armonía. Y al final, cada
vez que hacemos algo, necesitamos también pasar nuestra agujereada boina;
necesitamos aplausos, consideración, alabanzas... Nos alimentamos de esas
cosas; y si los que nos rodean no nos echan mucho, nos sentimos defraudados;
viene el pesimismo. En el mejor de los casos se cumple el refrán: “Quien se
alimenta de migajas anda siempre hambriento”: no acaban de llenarnos profundamente
las cosas. Qué diferencia cuando dejamos que ese gran compositor, Dios, nos
afine, nos arregle, ponga esa cuerda que falta, y dejemos ¡que Él toque! Pero
también en la vida terrena existen violinistas que nos pueden afinar; un amigo,
un compañero, un maestro, o cualquier persona de la que podamos obtener
conocimientos, un consejo, una buena idea, una corrección fraterna, y
quedaremos sorprendidos de las posibilidades que había encerradas en nuestra
vida. Comprobamos que nuestra vida es bella y grandiosa cuanto que somos
instrumentos perfectibles y, si nos proponemos ser mejores, lucharemos
constante e incansablemente por ser: un violín cada vez mejor afinado. El
visitante Ruth
miró el sobre de nuevo. No llevaba sello, ni matasellos, sólo su nombre y
dirección. Leyó la carta una vez más... Querida
Ruth. Voy a estar en tu barrio el sábado por la tarde y me gustaría pasarme a
verte. Te quiere siempre, Jesús Sus
manos temblaban mientras dejaba la carta sobre la mesa. "¿Por qué querría
el Señor visitarme a mí? No soy nadie especial. No tengo nada que
ofrecer". Con este pensamiento, Ruth recordó los estantes vacíos de la
cocina. "¡Oh, Dios Santo, no tengo absolutamente nada que ofrecer. Tengo
que ir corriendo a la tienda para comprar algo para la cena". Cogió el
monedero y contó su contenido. Cinco dólares y cuarenta centavos. "Bueno,
al menos puedo comprar algo de pan y fiambre". Se puso la chaqueta y se
precipitó hacia la puerta. Una
hogaza de pan francés, media libra de pavo en lonchas, y un cartón de leche...
dejaron a Ruth con un total de doce centavos para pasar hasta el lunes. A pesar
de ello, se sentía bien mientras volvía a casa, con sus escasas ofrendas
envueltas bajo su brazo... "Eh, señora. ¿Puede ayudarnos, señora?"
Ruth había estado tan absorta en sus planes sobre la cena que no había
percibido las dos figuras acurrucadas en el callejón. Un
hombre y una mujer, ambos vestidos con poco más que harapos. "Mire,
señora, yo no tengo trabajo, ¿sabe?, y mi mujer y yo hemos estado viviendo aquí
fuera en la calle, y, bien, ahora tenemos frío y estamos hambrientos y, bueno,
si pudiera ayudarnos, señora, realmente lo apreciaríamos". Ruth miró a
ambos. Estaban sucios, olían mal y, francamente, estaba segura de que hubieran
podido trabajar en algo si realmente lo necesitaran. "Oiga,
me gustaría ayudarles, pero yo misma soy también pobre. Todo lo que tengo son
unas pocas lonchas de fiambre y algo de pan, y voy a tener un invitado
importante a cenar esta noche y planeaba servirle eso a Él". "Ya,
bueno, OK, señora, lo entiendo. Gracias de todas formas". El hombre pasó
su brazo por los hombros de la mujer y volviéndose se adentraron en el
callejón. Mientras
los contemplaba irse, Ruth sintió una punzada familiar en su corazón.
"¡Oiga, espere!" La pareja se paró y se dio la vuelta mientras ella
corría por el callejón tras de ellos. "Mire, ¿por qué no toma esta comida.
Ya encontraré algo más que servir a mi invitado". Tendió la cesta de la
comida al hombre. "Gracias, señora. ¡Muchas gracias!". "¡Sí,
gracias!" era la esposa del hombre y Ruth pudo ahora ver que estaba
tiritando. "¿Sabe?, tengo otra chaqueta en casa. Vamos, ¿por qué no coge
ésta?" Ruth se desabrochó la chaqueta y la deslizó sobre los hombros de la
mujer. Entonces, sonriendo, se giró y caminó de vuelta a la calle... sin
chaqueta y sin nada que servir a su invitado. "¡Gracias, señora! ¡Muchas
gracias!" Ruth
estaba helada cuando llegó a la puerta principal de su casa. Y preocupada
también. El Señor venía de visita y ella no tenía nada que ofrecerle. Tanteó en
su bolso buscando la llave. Mientras lo hacía, descubrió otro sobre en su
buzón. "Qué extraño. El cartero no acostumbra a venir dos veces al
día". Sacó el sobre del buzón y lo abrió... Querida
Ruth. Ha
sido tan maravilloso verte de nuevo. Gracias por la estupenda comida. Y gracias
también por la preciosa chaqueta. Te
quiere siempre, Jesús El
aire todavía era frío pero, incluso sin chaqueta, Ruth ya no lo notaba. (Tomado
de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) El
zapatero Estaba
Dios sentado en su trono y decidió bajar a la tierra en forma de mendigo sucio
y harapiento. Llegó entonces el Señor a la casa de un zapatero y tuvieron esta
conversacion: - "Mira que soy tan pobre que no tengo ni siquiera otras
sandalias, y como ves están rotas e inservibles. ¿Podrías tu reparármelas, por
favor?, porque no tengo dinero". El zapatero le contesto: -"¿Qué
acaso no ves mi pobreza? Estoy lleno de deudas y estoy en una situación muy
pobre; y aun así quieres que te repare gratis tus sandalias?" -" Te
puedo dar lo que quieras si me las arreglas." El zapatero con mucha
desconfianza dijo: -"Me puedes dar tú el millón de monedas de oro que
necesito para ser feliz?" -"Te puedo dar 100 millones de monedas de oro.
Pero a cambio me debes dar tus piernas ..." - "Y de que me sirven los
100 millones si no tengo piernas?" El Señor volvio a decir: -Te puedo dar
500 millones de monedas de oro, si me das tus brazos." -"Y que puedo
yo hacer con 500 millones si no podría ni siquiera comer yo solo? "El
Señor habló de nuevo y dijo: - "Te puedo dar 1000 millones si me das tus
ojos." - "Y dime; ¿qué puedo hacer yo con tanto dinero si no podría
ver el mundo, ni podría ver a mis hijos y a mi esposa para compartir con
ellos?" Dios sonrió y le dijo: -"Ay, hijo mío; cómo dices que eres
pobre si te he ofrecido ya 1600 millones de monedas de oro y no los has
cambiado por las partes sanas de tu cuerpo? Eres tan rico y no te has dado
cuenta! ...". Empieza
por ti mismo De
joven yo era un revolucionario y mi oración consistía en decir a Dios:
"Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo". A medida que fui
haciéndome adulto y caí en la cuenta de que me había pasado media vida sin
haber logrado cambiar a una sola alma, transforme mi oración y comencé a decir:
"Señor, dame la gracia de transformar a cuantos entran en contacto
conmigo. Aunque sólo sea a mi familia y a mis amigos. Con eso me doy por
satisfecho". Ahora, que soy un viejo y tengo los días contados, he
empezado a comprender lo estúpido que yo he sido. Mi oración es la siguiente:
"Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo". Si yo hubiera orado
de este modo desde el principio, quizá no habría malgastado mi vida. Escogiendo
mi cruz Cuentan
que un hombre un día le dijo a Jesús: - "Señor: ya estoy cansado de llevar
la misma cruz en su hombro, es muy pesada muy grande para mi estatura".
Jesús amablemente le dijo: - "Si crees que es mucho para ti, entra en ese
cuarto y elige la cruz que más se adapte a ti". El hombre entró y vio una
cruz pequeña, pero muy pesada que se le encajaba en el hombro y le lastimaba;
buscó otra pero era muy grande y muy liviana y le hacía estorbo; tomó otra pero
era de un material que raspaba; buscó otra, y otra, y otra.... hasta que llegó
a una que sintió que se adaptaba a él. Salió muy contento y dijo: -
"Señor, he encontrado la que más se adapta a mi, muchas gracias por el
cambio que me permitiste". Jesús le mira sonriendo y le dice: - "No
tienes nada que agradecer, has tomado exactamente la misma cruz que traías, tu
nombre está inscrito en ella. Mi Padre no permite más de lo que no puedas
soportar porque te ama y tiene un plan perfecto para tu vida". Muchas
veces nos quejamos por las dificultades que hay en nuestra vida y hasta
cuestionamos la voluntad de Dios, pero Él permite lo que nos suceda porque es
para nuestro bien y algo nos enseña a través de eso. Dios no nos da nada más
grande de lo que no podamos soportar, y recordemos que después de la tormenta
viene la calma y un día esplendoroso en el que vemos la Gloria de Dios. Generosidad
y egoísmo Dice
una antigua leyenda china, que un discípulo preguntó al Maestro: "¿Cuál es
la diferencia entre el cielo y el infierno?". El Maestro le respondió:
"Es muy pequeña, sin embargo tiene grandes consecuencias. Ven, te mostraré
una imagen de cómo es el infierno". Entraron en una habitación donde un
grupo de personas estaba sentado alrededor de un gran recipiente con arroz,
todos estaban hambrientos y desesperados, cada uno tenía una cuchara tomada
fijamente desde su extremo, que llegaba hasta la olla. Pero cada cuchara tenía
un mango tan largo que no podían llevársela a la boca. La desesperación y el
sufrimiento eran terribles. Ven, dijo el Maestro después de un rato, ahora te
mostraré una imagen de cómo es el cielo. Entraron en otra habitación, también con
una olla de arroz, otro grupo de gente, las mismas cucharas largas... pero,
allí, todos estaban felices y alimentados. "¿Por qué están tan felices
aquí, mientras son desgraciados en la otra habitación, si todo es lo mismo?
Como las cucharas tienen el mango muy largo, no pueden llevar la comida a su
propia boca. En una de las habitaciones están todos desesperados en su egoísmo,
y en la otra han aprendido a ayudarse unos a otros. ¿Existe
Dios? Un
hombre fue a una barbería a cortarse el cabello y recortarse la barba, como es
costumbre. En estos casos entabló una amena conversación con la persona que le
atendía. Hablaban de tantas cosas y tocaron muchos temas. De pronto, tocaron el
tema de Dios. El barbero dijo: -Fíjese caballero que yo no creo que Dios exista,
como usted dice. -Pero, ¿por qué dice usted eso?- preguntó el cliente. -Pues es
muy fácil, basta con salir a la calle para darse cuenta de que Dios no existe.
O... dígame, acaso si Dios existiera, ¿Habría tantos enfermos? ¿Habría niños
abandonados? Si Dios existiera no habría sufrimiento ni tanto dolor para la
humanidad. Yo no puedo pensar que exista un Dios que permita todas estas
cosas... El cliente se quedó pensando un momento, pero no quiso responder para
evitar una discusión. El barbero terminó su trabajo y el cliente salió del
negocio. Recién abandonada la barbería, vio en la calle a un hombre con la
barba y el cabello largo; al parecer hacía mucho tiempo que no se lo cortaba y
se veía muy desarreglado. Entonces entró de nuevo en la barbería y le dijo al
barbero: -¿Sabe una cosa? Los barberos no existen. -¿Cómo que no existen...?
-preguntó el barbero- ...si aquí estoy yo y soy barbero. -¡No! -dijo el
cliente- no existen, porque si existieran no habría personas con el pelo y la
barba tan larga como la de este hombre que va por la calle. -Ah, los barberos
sí existen, lo que pasa es que esas personas no vienen aquí. -¡Exacto! -dijo el
cliente- Ese es el punto. Dios sí existe, lo que pasa es que las personas no
van hacia Él y no le buscan, por eso hay tanto dolor y miseria... Haz
como Jesucristo Cuentan
que, estando reciente la revolución francesa, Reveillère Lépaux, uno de los
jefes de la república, que había asistido al saqueo de iglesias y a la matanza
de sacerdotes, se dijo a sí mismo: "Ha llegado la hora de reemplazar a
Cristo. Voy a fundar una religión enteramente nueva y de acuerdo con el
progreso". Pero no funcionó. Al cabo de unos meses, el «inventor» acudió
desconsolado a Bonaparte, ya primer cónsul, y le dijo: –¿Lo creeréis, señor? Mi
religión es preciosa, pero no arraiga entre el pueblo. Respondió Bonaparte:
–Ciudadano colega, ¿tenéis seriamente la intención de hacer la competencia a
Jesucristo? No hay más que un medio; haced lo que Él: haceos crucificar un
viernes, y tratad de resucitar el domingo. (Cfr. A. Hillaire, "La religión
demostrada"). He
estado con Dios Había
una vez un pequeño niño que quería conocer a Dios. Él sabía que era un largo
viaje llegar hasta donde Dios vivía, así es que preparó su mochila con
sandwiches y botellas de leche chocolatada y comenzó su viaje. Cuando había
andado un tiempo, se encontró con un viejecita que estaba sentada en el parque
observando a unas palomas. El niño se sentó a su lado y abrió su mochila.
Estaba a punto de tomar un trago de su leche chocolatada cuando notó que la
viejecita parecía hambrienta, así es que le ofreció un sandwich. Ella,
agradecida, lo aceptó y le sonrió. Su sonrisa era tan hermosa que el niño quiso
verla otra vez, así que le ofreció una leche chocolatada. Una vez más, ella le
sonrió. El niño estaba encantado. Permanecieron sentados allí toda la tarde. Cuando
oscurecía, el niño se levantó para marcharse. Antes de dar unos pasos, se dio
la vuelta, corrió hacia la viejecita y le dio un abrazo. Ella le ofreció su
sonrisa, aun más amplia. Cuando el niño abrió la puerta de su casa un rato más
tarde, a su madre le sorprendió la alegría en su rostro. Ella le preguntó:
"¿Qué hiciste hoy que estás tan contento?". Él respondió:
"Almorcé con Dios". Pero antes de que su madre pudiese decir nada, él
añadió: "¿Y sabes qué? ¡Tiene la sonrisa más hermosa que jamás he visto!".
Mientras tanto la viejecita, también radiante de dicha, regresó a su casa. Su
vecina estaba impresionada con el reflejo de paz sobre su rostro, y le
preguntó: "¿Qué hiciste hoy que te puso tan contenta?". Ella
respondió: "Comí unos sandwiches con Dios en el parque". Y antes de
que su vecina comentara nada, añadió: "¿Sabes, es mucho más joven de lo
que esperaba". Hércules
y el carretero Un
carretero conducía a sus animales por un camino fangoso completamente cargados,
y las ruedas de la carreta se hundieron tanto en el lodo que los caballos no
podían moverla. El carretero miraba desesperado alrededor suyo, llamando a
Hércules a gritos para pedirle ayuda. Al fin el dios se presentó, y le dijo:
"Apoya el hombro en la rueda, hombre, y azuza tus caballos, y luego pide
auxilio a Hércules. Porque si no alzas un dedo para ayudarte a ti mismo, no
esperes socorro de Hércules ni de nadie". (Esopo) Homenaje
a un padre especial Un
día, acudí a mi padre con uno de mis muchos problemas de aquel entonces. Me
contestó como Cristo a sus discípulos, con una parábola: "Hijo(a), ya no
eres más una simple y endeble rama; has crecido y te has transformado, eres
ahora un árbol en cuyo tronco un tierno follaje empieza a florecer. Tienes que
darle vida a esas ramas. Tienes que ser fuerte, para que ni el agua, ni el día,
ni los vientos te embatan. Debes crecer como los de tu especie, hacia arriba.
Algún día, vendrá alguien a arrancar parte de ti, parte de tu follaje. Quizá
sientes tu tronco desnudo, más piensa que esas podas siempre serán benéficas,
tal vez necesarias, para darte forma, para fortalecer tu tronco y afirmar sus
raíces. Jamás lamentes las adversidades, sigue creciendo, y cuando te sientas
más indefenso(a), cuando sientas que el invierno ha sido crudo, recuerda que siempre
llegará una primavera que te hará florecer... Trata de ser como el roble, no
como un bonsai." Ahora quisiera tener a mi padre conmigo, y darle las
gracias por haber nacido, por haber sido, por haber tenido, por haber
triunfado, y por haber fracasado. Si acaso tuviera mi padre a mi lado, podría
agradecerle su preocupación por mi, podría agradecerle sus tiernas caricias,
que no por escasas, sinceras sentí. Si acaso tuviera a mi padre conmigo, le
daría las gracias por estar aquí, le agradecería mis grandes tristezas, sus
sabios regaños, sus muchos consejos, y los grandes valores que sembró en mi. Si
acaso mi padre estuviera conmigo, podríamos charlar como antaño fue, de cuando
me hablaba de aquello del árbol, que debe ser fuerte y saber resistir, prodigar
sus frutos, ofrecer su sombra, cubrir sus heridas, forjar sus firmezas ... y
siempre seguir. Seguir luchando, seguir perdonando, seguir olvidando, y siempre
... seguir. Si acaso tuviera a mi padre a mi lado, le daría las gracias ...
porque de él nací. Huellas
en la arena Una
noche tuve un sueño. Soñé que estaba caminando por la playa con el Señor y, a
través del cielo, pasaban escenas de mi vida. Por cada escena que pasaba,
percibí que quedaban dos pares de pisadas en la arena: unas eran las mías y las
otras del Señor. Cuando la última escena pasó delante de nosotros, miré hacia
atrás, hacia las pisadas en la arena, y noté que muchas veces en el camino de
mi vida quedaban sólo un par de pisadas en la arena. Noté también que eso
sucedía en los momentos más difíciles de mi vida. Eso realmente me perturbó y
pregunté entonces al Señor: "Señor, Tú me dijiste, cuando resolví
seguirte, que andarías conmigo, a lo largo del camino, pero durante los peores
momentos de mi vida, había en la arena sólo un par de pisadas. No comprendo
porque Tú me dejaste en las horas en que yo más te necesitaba". Entonces,
Él, clavando en mi su mirada infinita me contestó: "Mi querido hijo. Yo te
he amado y jamás te abandonaría en los momentos más difíciles. Cuando viste en la
arena sólo un par de pisadas fue justamente allí donde te cargué en mis
brazos". Huir
del destino Su
padre era marino. Un día, cuando no era más que un niño, el padre le invita a
dar un paseo en barco. De repente descubre a lo lejos un enorme pez, de aspecto
terrible, que sigue al barco. Se lo comunica a su padre, pero su padre no ve
nada; cree que son figuraciones de su hijo. En un segundo viaje vuelve a
ocurrir lo mismo; pero esta vez el padre lo entiende todo, palidece de susto y
le explica a su hijo: "Ahora temo por ti. Eso que has visto es un
Colombre. Es el pez que los marineros temen más que a ningún otro en todos los
mares del mundo, un animal terrible y misterioso, más astuto que el hombre. Por
motivos que nunca nadie sabrá escoge a su víctima y le sigue años y años, la
vida entera, hasta que consigue devorarla. Y lo más curioso es esto: que nadie
puede verlo si no es la propia víctima". "¿Y no es una
leyenda?", pregunta el hijo. "No -le dice su padre-. Yo nunca lo he
visto, pero lo han descrito: hocico fiero, dientes espantosos... No hay duda
hijo mío: el Colombre te ha elegido, y mientras andes por el mar no te dará
tregua. Vamos a volver a tierra y nunca más te harás a la mar por ningún
motivo. Tienes que resignarte. Por otra parte en tierra también puedes hacer
fortuna". Pasan los años y el chico crece y consigue en la vida todo lo
que todo el mundo anhela. A los ojos de todos es un triunfador. Pero él sabe
que su vida ha sido un fracaso, que en el fondo de su alma sigue presente, como
herida abierta, la renuncia a la que debería haber sido su propia vida, la que
le habría hecho feliz. Un día, viejo y cansado, sintiendo cerca la muerte,
decide enfrentarse con aquel peligro, hacer por fin algo valioso, enfrentarse
con aquel animal que había visto muchas veces, cada vez que se acercaba al mar,
a cierta distancia de la costa. Un día, de noche, cogió un arpón, se montó en
una pequeña barca y se internó en el mar. Al poco tiempo aquel horrible hocico
asomó al lado de la barca. "Aquí me tienes, ahora es cosa de los
dos", dijo el hombre mientras levantaba el arpón contra el horrible
animal. Entonces el pez empezó a hablar, quejándose con voz suplicante:
"Ah, qué largo camino para encontrarte. También yo estoy destrozado por la
fatiga. Cuanto me has hecho nadar. Y tú huías y huías... porque nunca has
comprendido nada". "¿A qué te refieres?". "A que no te he
seguido para devorarte. El único encargo que me dio el Rey del Mar fue
entregarte esto". Y el gran pez sacó de la lengua, tendiendo al anciano
una esfera fosforescente. Él la cogió entre las manos y la miró. Era una perla
de enorme tamaño. Reconoció en ella la famosa perla del mar, que da a quien la
posee fortuna, poder, amor y paz de espíritu". En aquel instante el viejo
lo entendió todo. Y entendió también que ahora era demasiado tarde. "¡Ay
de mí! ¡Qué horrible malentendido! Lo único que he conseguido es desperdiciar
mi existencia y además he arruinado la tuya. Adiós, hombre infeliz." Y se
sumergió en las aguas para siempre. (D. Buzzati, El Colombre, Alianza). Invita
al verdadero festejado Como
sabrás nos acercamos nuevamente a la fecha de mi cumpleaños, todos los años se
hace una gran fiesta en mi honor y creo que este año sucederá lo mismo. En
estos días la gente hace muchas compras, hay anuncios en el radio, en la
televisión y por todas partes no se habla de otra cosa, sino de lo poco que
falta para que llegue el día. La verdad, es agradable saber, que al menos, un
día al año algunas personas piensan un poco en mí. Como tu sabes hace muchos
años que comenzaron a festejar mi cumpleaños, al principio no parecían
comprender y agradecer lo mucho que hice por ellos, pero hoy en día nadie sabe
para que lo celebran. La gente se reúne y se divierte mucho pero no saben de
que se trata. Recuerdo el año pasado al llegar el día de mi cumpleaños,
hicieron una gran fiesta en mi honor; pero sabes una cosa, ni siquiera me
invitaron. Yo era el invitado de honor y ni siquiera se acordaron de invitarme,
la fiesta era para mi y cuando llego el gran día me dejaron afuera, me cerraron
la puerta. ¡Y yo quería compartir la mesa con ellos! (Apoc. 3,20). La verdad no
me sorprendió, porque en los últimos años todos me cierran las puertas. Como no
me invitaron, se me ocurrió estar sin hacer ruido, entré y me quedé en un
rincón. Estaban todos bebiendo, había algunos borrachos, contando chistes,
carcajeándose. La estaban pasando en grande, para colmo llego un viejo gordo,
vestido de rojo, de barba blanca y gritando: "JO JO JO JO", parecía
que había bebido de más, se dejó caer pesadamente en un sillón y todos los
niños corrieron hacia él, diciendo "Santa Claus" "Santa
Claus". ¡Cómo si la fiesta fuera en su honor! Llegaron las doce de la
noche y todos comenzaron a abrazarse, yo extendí mis brazos esperando que
alguien me abrazara. Y ¿sabes?, nadie me abrazó. Comprendí entonces que yo
sobraba en esa fiesta, salí sin hacer ruido, cerré la puerta y me retiré. Tal
vez crean que yo nunca lloro, pero esa noche lloré, como un ser abandonado,
triste y olvidado. Me llegó tan hondo que al pasar por tu casa, tú y tu familia
me invitaron a pasar, además me trataron como a un rey, tú y tu familia
realizaron una verdadera fiesta en la cual yo era el invitado de honor. Que
Dios bendiga a todas las familias como la tuya, yo jamás dejo de estar en ellas
en ese día y todos los días. También me conmovió el Belén que pusieron en un
rincón de tu casa. Otra cosa que me asombra es que el día de mi cumpleaños en
lugar de hacerme regalos a mi, se regalan unos a otros. ¿Tú que sentirías si el
día de tu cumpleaños, se hicieran regalos unos a otros y a ti no te regalaran
nada? Una vez alguien me dijo: ¿Cóomo te voy a regalar algo si a ti nunca te
veo? Ya te imaginaras lo que le dije: Regala comida, ropa y ayuda a los pobres,
visita a los enfermos a los que están solos y yo los contaré como si me lo
hubieran hecho a mí (Mt. 25,34-40). A veces la gente solo piensa en las compras
y los regalos y de mí ni se acuerdan. (Probablemente así hablaría Jesucristo). La
botella Un
hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Por suerte,
llegó a una cabaña vieja, desmoronada sin ventanas, sin techo. El hombre anduvo
por ahí y se encontró con una pequeña sombra donde acomodarse para protegerse
del calor y el sol del desierto. Mirando a su alrededor, vio una vieja bomba de
agua, toda oxidada. Se arrastró hacia allí, tomó la manivela y comenzó a
bombear, a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía. Desilusionado,
cayó postrado hacia atrás, y entonces notó que a su lado había una botella
vieja. La miró, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer que
decía: "Usted necesita primero preparar la bomba con toda el agua que
contiene esta botella mi amigo, después, por favor tenga la gentileza de
llenarla nuevamente antes de marchar". El
hombre desenroscó la tapa de la botella, y vio que estaba llena de agua...
¡llena de agua! De pronto, se vio en un dilema: si bebía aquella agua, él
podría sobrevivir, pero si la vertía en esa bomba vieja y oxidada, tal vez
obtendría agua fresca, bien fría, del fondo del pozo, y podría tomar toda el
agua que quisiese, o tal vez no, tal vez, la bomba no funcionaría y el agua de
la botella sería desperdiciada. ¿Qué debiera hacer? ¿Derramar el agua en la
bomba y esperar a que saliese agua fresca... o beber el agua vieja de la
botella e ignorar el mensaje? ¿Debía perder toda aquella agua en la esperanza
de aquellas instrucciones poco confiables escritas no se cuánto tiempo
atrás? Al
final, derramó toda el agua en la bomba, agarró la manivela y comenzó a
bombear, y la bomba comenzó a rechinar, pero ¡nada pasaba! La bomba continuaba
con sus ruidos y entonces de pronto surgió un hilo de agua, después un pequeño
flujo y finalmente, el agua corrió con abundancia... Agua fresca, cristalina.
Llenó la botella y bebió ansiosamente, la llenó otra vez y tomó aún más de su
contenido refrescante. Enseguida, la llenó de nuevo para el próximo viajante,
la llenó hasta arriba, tomó la pequeña nota y añadió otra frase: "Créame
que funciona, usted tiene que dar toda el agua, antes de obtenerla nuevamente". Hay
muchas lecciones que podemos extraer de esta historia. Muchas veces tenemos
miedo de iniciar un nuevo proyecto porque demandará una gran inversión de
tiempo, recursos, preparación y conocimiento. Muchos se quedan parados
satisfaciéndose con los resultados mediocres, cuando podrían lograr grandes
victorias. Muchas veces tenemos grandes oportunidades que se nos presentan en
la vida y que pueden ayudarnos a ser mejores personas o pueden abrirnos puertas
nuevas que nos conducen a un mundo mejor... pero tememos... no confiamos. La
vida es un desafío, ¿por qué no nos arriesgamos?, ¿por qué no creemos? El tren
pasa algunas veces por nuestra vida cargado de cosas... podemos arriesgarnos y
subir... o dejarlo pasar... ¿Y si no vuelve? ¿Y si esa oportunidad que hoy dejamos
pasar no se repite? La
carreta vacía Caminaba
con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio
me preguntó: "Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa
más?". Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí:
"Estoy escuchando el ruido de una carreta". "Eso es -dijo mi
padre-. Es una carreta vacía". Pregunté a mi padre: "¿Cómo sabes que
es una carreta vacía, si aún no la vemos?". Entonces mi padre respondió:
"Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido.
Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace". Me convertí en
adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo
la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que
tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la
impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la
carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad hace poco ruidosas
nuestras virtudes y permitir a los demás descubrirlas. Y nadie está mas vacío
que aquel que está lleno de sí mismo. La
confidencia del ángel Una
persona joven fue a visitar a un hombre santo para hablarle de sus afanes,
ilusiones, la razón de su existencia y posible vocación. Recibió sus consejos y
quedaron para verse más adelante. Cuando volvió por segunda vez, aquel hombre
santo había tenido un sueño. Soñó que moría y al llegar al cielo le dicen que
pida lo que quiera, que se lo conceden. Sorprendido, dice que tiene una gran
curiosidad por conocer al ángel que confortó a Jesús en la agonía del Huerto de
Getsemaní. Cuando se lo presentaron, le dice: "¿Qué dijiste a Jesús cuando
sudaba sangre al ver todo lo que iba a sufrir por nosotros los hombres? ¿Cómo
le consolaste?". Se interrumpió el hombre y preguntó al joven: "¿De
verdad quieres saber lo que me dijo el ángel?". "¡Pues claro!".
Y el hombre prosiguió: "El ángel le habló a Jesús de ti y de mi, de tu
generosidad y de la mía". La
estrella verde Había
millones de estrellas en el cielo, estrellas de todo los colores: blancas,
plateadas, verdes, rojas, azules, doradas. Un día, inquietas, ellas se
acercaron a Dios y le propusieron: "Señor, nos gustaría vivir en la
Tierra, convivir con las personas." "Así será hecho", respondió
el Señor. Se cuenta que en aquella noche hubo una fantástica lluvia de
estrellas. Algunas se acurrucaron en las torres de las iglesias, otras fueron a
jugar y correr junto con las luciérnagas por los campos, otras se mezclaron con
los juguetes de los niños. La Tierra quedó, entonces, maravillosamente
iluminada. Pero con el correr del tiempo, las estrellas decidieron abandonar a
los hombres y volver al cielo, dejando a la tierra oscura y triste. "¿Por
qué habéis vuelto?", preguntó Dios, a medida que ellas iban llegando al
cielo. "Señor, nos fue imposible permanecer en la Tierra, allí hay mucha
miseria, mucha violencia, demasiadas injusticias". El Señor les contestó:
"La Tierra es el lugar de lo transitorio, de aquello que cae, de aquel que
yerra, de aquel que muere. Nada es perfecto. El Cielo es el lugar de lo inmutable,
de lo eterno, de la perfección." Después de que había llegado gran
cantidad de estrellas, Dios las recontó y dijo: "Nos está faltando una
estrella... ¿dónde estará?". Un ángel que estaba cerca replicó: "Hay
una estrella que quiso quedarse entre los hombres. Descubrió que su lugar es
exactamente donde existe la imperfección, donde hay límites, donde las cosas no
van bien, donde hay dolor." "¿Qué estrella es esa?", volvió a
preguntar. "Es la Esperanza, Señor, la estrella verde. La única estrella
de ese color." Y cuando miraron para la tierra, la estrella no estaba
sola: la Tierra estaba nuevamente iluminada porque había una estrella verde en
el corazón de cada persona. Porque el único sentimiento que el hombre tiene y
Dios no necesita retener es la Esperanza. Dios ya conoce el futuro y la
Esperanza es propio de la persona humana, propia de aquel que yerra, de aquel
que no es perfecto, de aquel que no sabe cómo puede conocer el porvenir. La
lección de la mariposa Un
día, una pequeña abertura apareció en un capullo. Un hombre se sentó junto a él
y observó durante varias horas como la mariposa se esforzaba para que su cuerpo
pasase a través de aquel pequeño agujero. Entonces, pareció que ella sola ya no
lograba ningún progreso. Parecía que había hecho todo lo que podía, pero no
conseguía agrandarlo. Entonces el hombre decidió ayudar a la mariposa: tomó
unas tijeras y cortó el resto del capullo. La
mariposa entonces, salió fácilmente. Pero su cuerpo estaba atrofiado, era
pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre continuó observándola porque él
esperaba que, en cualquier momento, las alas se abrirían, y se agitarían, y
serían capaces de soportar el cuerpo, que a su vez se iría fortaleciendo. Pero
nada de eso ocurrió. La realidad es que la mariposa pasó el resto de su vida
arrastrándose con un cuerpo deforme y unas alas atrofiadas. Nunca fue capaz de
volar. Lo que aquel hombre no comprendió -a pesar de su gentileza y su voluntad
de ayudar-, era que ese capullo apretado que observaba aquel día, y el esfuerzo
necesario para que la mariposa pasara a través de esa pequeña abertura, era el
modo por el cual la naturaleza hacía que la salida de fluidos desde el cuerpo
de la mariposa llegara a las alas, de manera que sería capaz de volar una vez
que estuviera libre del capullo. En
su afán de ayudar, de evitar un esfuerzo, o un sufrimiento, la había dejado
lisiada para toda la vida. Algo parecido sucede a veces en la educación de las
personas. Algunas veces, el esfuerzo es justamente lo que más precisamos en
algunos momentos de nuestra vida. Si pasamos a través de nuestra vida sin
obstáculos, eso probablemente nos dejaría lisiados. No seríamos tan fuertes
como podríamos haber sido, y nunca podríamos volar. Esto
puede aplicarse también a la oración. Pedí fuerzas... y Dios me dio
dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría... y Dios me dio problemas
para resolver. Pedí prosperidad... y Dios me dio un cerebro y músculos para
trabajar. Pedí coraje... y Dios me dio obstáculos que superar. Pedí amor... y
Dios me dio personas para ayudar. Pedí favores... y Dios me dio oportunidades.
Quizá incluso no recibí nada de lo que pedí... pero recibí todo lo que
precisaba. La
mano cicatrizada Willian
Dixon era un infiel. No creía en la existencia de Dios. Y aún si Dios
existiera, no le perdonaría por haberle quitado a su esposa a los dos años de
casados. Su niñito también había muerto. Esto le hacía sentirse miserable y
desamparado. Diez años después de la muerte de la esposa de Dixon, sucedió un
incidente conmovedor en la aldea de Brackenthwaite. La casa de la anciana Peggy
Winslow se incendió completamente. Sacaron a la pobre anciana con vida, aunque
sofocada por el humo. Los presentes se horrorizaron al oír el grito lastimoso
de una criatura. Era el pequeño Dickey Winslow, huérfano y nieto de la anciana
Peggy. Las llamas le despertaron y se asomó a la ventana del último piso. La
gente estaba muy afligida, porque sabían lo que podía pasarle a la criatura, ya
que no había remedio, pues la escalera se había derrumbado. De repente, William
Dixon corrió a la casa, subió por un tubo de hierro y tomó al niño tembloroso
en sus brazos. Bajó con el con el brazo derecho, sosteniéndose con el izquierdo
y puso pie a tierra entre los aplausos de los presentes exactamente al caerse
la pared. Dickey no se lastimó, pero la mano de Dixon se sostuvo al descender
por el tubo candente y sufrió una quemadura espantosa. Al final sanó pero le
dejó una cicatriz que le acompañaría hasta la sepultura. La pobre anciana Peggy
nunca se recobró del susto y murió poco después. El problema era qué hacer con
Dickey. James Lovatt, persona muy respetable, pidió que le dejaran adoptarle,
pues él y su esposa ansiaban un niño, ya que habían perdido el suyo. Para
sorpresa de todos, William Dixon hizo una súplica similar. Era difícil decidir
entre los dos. Se llamó una junta compuesta por el ministro, el molinero y
otros más. El molinero, Sr. Haywood, dijo: "Es halagador que tanto Lovatt
como Dixon se ofrezcan adoptar al huerfanito, pero estoy perplejo sobre quién
deberá tenerlo. Dixon, que le salvó la vida, tiene más derecho, pero Lovatt
tiene esposa y se necesita que a la criatura lo cuide una mujer". El
ministro, Sr. Lipton, dijo: "Un hombre de las ideas ateas de Dixon no
puede ser el llamado para cuidar al niño; mientras que Lovatt y su esposa son
ambos creyentes y lo educarán como debe ser. Dixon salvó el cuerpo del niño,
pero sería muy triste para su futuro bienestar, que el mismo individuo que lo
salvó del incendio fuese el que lo guiara a la perdición eterna." "Oiremos
lo que los interesados tienen a su favor -dijo el Sr. Haywood-, y después lo
pondremos en votación. El Sr. Lovatt dijo: "Pues, caballeros, hace poco
que mi esposa y yo perdimos un pequeño, y sentimos que este niño llenaría el
hueco que ha quedado vacío. Haremos lo mejor para criarlo en los caminos de
Dios. Además, un niño así necesita el cuidado de una mujer." "Bien,
Sr. Lovatt. Ahora el Sr. Dixon." "Tengo sólo un argumento, señor, y
es éste", contestó Dixon con calma mientras quitaba la venda de su mano
izquierda y alzaba el brazo herido y cicatrizado. Reinó un silencio por algunos
momentos en la sala, nublándose los ojos de algunos. Había algo en aquella mano
cicatrizada que apelaba al sentido de justicia. Tenía el derecho sobre el
muchacho porque había sufrido por él. Cuando vino la votación, la mayoría voto
a favor de William Dixon. Así comenzó una nueva era para Dixon Dickey. No echó
de menos el cuidado de una madre, porque William era padre y madre para el
huerfanito, derramando sobre la criatura que había salvado toda la ternura
encerrada sobre su naturaleza. Dickey era un muchacho diestro y pronto
respondió a la preparación de su benefactor. Le adoraba con todo el fervor de
su corazoncito. Recordaba cómo "papaíto" lo había rescatado del
incendio y cómo lo reclamaba por causa de la mano tan terriblemente quemada por
su amor. Se conmovía hasta las lágrimas y besaba la mano cicatrizada por su
causa. Cierto verano hubo una exhibición de cuadros en el pueblo y Dixon llevó
a Dickey a verlos. El muchacho estaba muy interesado en los cuadros e historias
que el papaíto le contaba acerca de ellos. La pintura que más le impresionó fue
una en la que el Señor reprueba a Tomás, al pie de la cual se leían estas
palabras: "Mete tu dedo aquí, y ve mis manos." (Juan 20,27). Dickey,
ya en la casa, recordó las palabras de ese cuadro y dijo: "Por favor,
papá, cuéntame la historia de ese cuadro". "¡No, esa historia
no!". "¿Porqué esa no papá?". "Porque es una historia que
no creo". "Oh, pero no es nada, urgió Dickey; tú no crees la historia
de Jack el matagigantes y sin embargo es una de mis favoritas. Cuéntame la
historia del cuadro por favor, papá". Así pues, Dixon le relató la
historia, y a él le gustó mucho: "Es como tú y yo, papá, dijo el muchacho.
Cuando los Lovatt querían adoptarme tú les enseñaste la mano. Quizás cuando
Tomás vio las cicatrices en las manos del Buen Hombre sintió que le
pertenecía." "Probablemente", contestó Dixon. "El Buen
Hombre se veía tan triste, que creo que se entristeció porque Tomás no creía.
Que malo fue, ¿verdad?, después de que el Buen hombre había muerto por
él." Dixon no contestó nada y Dickey continuó: "Hubiera sido yo muy
malo si hubiera actuado así, cuando me contaron de ti y del fuego y dijera que
no creía que lo hubieras hecho; ¿verdad papá?". "Basta, no quiero
pensar más de esa historia, hijo". "Pero Tomás amó al Buen Hombre
después así como te amo yo a ti. Cuando veo tu pobre mano, te quiero más que
nada en este mundo." Ya cansado, Dickey se durmió. Pero el descanso de su
padre no fue bueno, pues no podía dormir pensando en el cuadro que había visto
y en aquel semblante triste que le miraba desde la pared. Soñó con Lovatt y
consigo mismo cuando discutían por el niño. Cuando enseñó la mano cicatrizada
el muchacho le huía. Un sentido amargo de injusticia suavizaba su corazón. No
se dejó llevar por esta influencia enseguida, mas su amor por Dickey había
suavizado su corazón y la semilla había caído en buena tierra. Dixon era
honrado y no dejaba de ver que el argumento que había usado para ganar a Dickey
se levantaba en su contra al negar el derecho de aquellas manos cicatrizadas y
heridas por él. Y cuando consideró la gratitud ardiente que manifestaba aquella
criatura por la salvación que su padre adoptivo le había deparado, Dixon se
sintió pequeño al lado del muchacho. Con el tiempo el corazón de Dixon se tornó
como el de un niño. Al leer la Biblia, encontró que así como Dickey le
pertenecía, él también era de Aquel Salvador, Jesucristo, que había sido herido
por sus trasgresiones, y le dio su espíritu, alma y cuerpo por aquellas manos
horadadas por él. La
niñita del parque La
niñita estaba sentada en el parque. Todo el mundo pasaba junto a ella y nadie
se paraba a ver por que parecía tan triste. Vestida con un raído vestido rosa,
con los pies descalzos y sucia, la niña simplemente estaba sentada mirando a la
gente pasar. Nunca trataba de hablar, nunca decía una sola palabra. Mucha gente
pasaba pero nadie se paraba. Al
día siguiente decidí volver al parque con la curiosidad de ver si la niña seguiría
allí. Sí, lo estaba, justo en el mismo sitio que el día anterior, y todavía con
la triste mirada en sus ojos. Me obligué a moverme y caminar hacia la pequeña.
Como todos sabemos, un parque lleno de gente extraña no es lugar para que una
niña pequeña juegue sola. Mientras
me acercaba pude ver que la espalda del vestido de la niña estaba terriblemente
deformado. Me imaginé que esa era la razón por la cual la gente tan solo pasaba
junto a ella sin hacer ningún esfuerzo por ayudarla. Las deformidades son una
profunda desgracia para nuestra sociedad, y el cielo te asista si das un paso
para ayudar a alguien que es diferente. Conforme
me acercaba aún más, la niñita bajó ligeramente sus ojos para rehuir mi mirada
directa. Mientras me aproximaba, pude ver la deformidad de su espalda con más
claridad. Tenía una grotesca joroba. Le sonreí para hacerle saber que todo
estaba bien, que estaba allí para ayudar, para hablar. Me senté a su lado e
inicié la conversación con un simple Hola. La
pequeña pareció sorprendida, y balbuceó un "hola", después de mirarme
largamente a los ojos. Sonreí y ella sonrió a su vez tímidamente. Hablamos hasta
que cayó la oscuridad y el parque se quedó completamente vacío. Le pregunté por
qué estaba tan triste. La niñita me miró y con cara triste repuso: "Porque
soy diferente". Inmediatamente
dije: "¡Así es como eres!", y sonreí. La niñita se entristeció aún más
y dijo: "Lo sé". "Pequeña"
dije, "me recuerdas a un ángel, dulce e inocente". Me miró y sonrió.
Se puso lentamente de pie y dijo: "¿De veras?" "Sí, pareces un
pequeño Ángel de la Guarda enviado para velar por toda esta gente que pasa por
aquí". Movió
la cabeza en un gesto de asentimiento y sonrió, mientras extendía sus alas y
decía: "Lo soy. Soy tu Ángel de la Guarda", guiñando un ojo. Me quedé
sin habla, convencido de que estaba imaginando cosas. Dijo: "Por una sola
vez has pensado en alguien más que en ti mismo. Mi trabajo está hecho". Me
puse en pie y dije: "Espera. ¿Entonces por qué nadie se paró a ayudar a un
ángel?". Me miró y sonrió: "Tú eres el único que podía verme", y
entonces desapareció. Y con ello mi vida cambió totalmente. Por
eso, cuando pienses que no tienes a nadie mas que a ti mismo, recuerda, tu
ángel siempre está velando por ti. La
puerta del corazón Un
hombre había pintado un bonito cuadro. El día de la presentación al público,
asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas, y mucha gente,
pues se trataba de un famoso pintor, reconocido artista. Llegado el momento, se
tiró el paño que revelaba el cuadro. Hubo un caluroso aplauso. Era una
impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús
parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si dentro de la
casa alguien le respondía. Hubo discursos y elogios. Todos admiraban aquella
preciosa obra de arte. Un observador muy curioso, encontró un fallo en el
cuadro. La puerta no tenía cerradura. Y fue a preguntar al artista: "Su
puerta no tiene cerradura. ¿Cómo se hace para abrirla?". El pintor
respondió: "No tiene cerradura porque esa es la puerta del corazón del
hombre. Sólo se abre por el lado de adentro". La
telaraña Una
vez un hombre era perseguido por varios malhechores que querían matarlo. El
hombre entró en una cueva. Los malhechores empezaron a buscarlo por las cuevas
anteriores de la que él se encontraba. Estaba desesperado y elevó una plegaria
a Dios, de la siguiente manera: "Dios todopoderoso, haz que dos ángeles
bajen y tapen la entrada, para que no entren a matarme". En ese momento
escuchó a los hombres acercándose a la cueva en la que el se encontraba, y vio
que apareció una arañita. La arañita empezó a tejer una telaraña en la entrada.
El hombre volvió a elevar otra plegaria, esta vez mas angustiado: "Señor
te pedí ángeles, no una araña." Y continuó: "Señor, por favor, con tu
mano poderosa coloca un muro fuerte en la entrada para que los hombres no
puedan entrar a matarme". Abrió los ojos esperando ver el muro tapando la
entrada, y observó a la arañita que seguía tejiendo una telaraña. Estaban ya
los malhechores entrando en la cueva anterior de la que se encontraba el hombre
y este quedó esperando su muerte. Cuando los malhechores estuvieron frente a la
cueva que se encontraba el hombre, ya la arañita había tapado toda la entrada
con su telaraña, y se escuchó esta conversación: "Vamos, entremos a esta
cueva." "No, ¿no ves que hasta hay telarañas, que nadie ha entrado
recientemente en esta cueva? Sigamos buscando en las demás." Muchas veces
pedimos cosas que desde nuestra perspectiva humana son lo que urgentemente
necesitamos, pero Dios nos da otras con las que nos muestra mejores soluciones.
No
tengo un minuto Dios
me dijo un día: "Dame un poco de tu tiempo". Y yo le respondí:
"Pero Señor, si el tiempo que tengo no me basta ni para mí". Dios me
repitió, más alto: "Dame un poco de tu tiempo". Y yo le respondí:
"Pero Señor, si no es por mala voluntad: es de verdad, no me sobra ni un
minuto". Dios volvió a hablarme: "Dame un poco de tu tiempo". Y
yo le respondí: "Señor, ya sé que debo reservar un poco de tiempo para lo
que me pides, pero sucede que ha veces no me sobra nada para poder dar. ¡Es muy
difícil vivir, y a mí me lleva todo el tiempo! ¡No puedo dar más de lo que te
estoy dando!". Entonces Dios ya no me dijo nada más. Y desde entonces
descubrí que cuando Dios pide algo, pide nuestra misma vida. Y si uno da sólo
un poco, Dios se calla. El paso siguiente ha de ser cosa nuestra, porque a Dios
no le gusta el monólogo. Qué tremendo debe ser el que Dios se calle. Para
alcanzar la felicidad Cierto
mercader envió a su hijo para aprender el secreto de la felicidad con el mas
sabio de todos los hombres. El joven anduvo durante cuarenta días por el
desierto hasta llegar a un hermoso castillo, en lo alto de una montaña. Ahí
vivía el sabio que buscaba. Entró en una sala y vio una actividad inmensa,
mercaderes que entraban y salían, personas conversando en los rincones, una
pequeña orquesta que tocaba melodías suaves y una mesa repleta de los mas
deliciosos manjares. El sabio conversaba con todos, y el joven tuvo que esperar
dos horas hasta que le llegara el turno de ser atendido. El sabio escuchó
atentamente el motivo de su visita, pero le dijo que en aquel momento no tenía
tiempo de explicarle el secreto de la felicidad. Le pidió que diese un paseo
por el palacio y regresara dos horas más tarde. "Pero quiero pedirte un
favor –le dijo el sabio, entregándole una cucharita de té, en la que dejo caer
dos gotas de aceite–, mientras estés caminando, llévate esta cucharita cuidando
de que el aceite no se derrame". El joven empezó a subir y bajar las
escalinatas del palacio, manteniendo siempre los ojos fijos en la cuchara.
Pasadas dos horas retorno a la presencia del sabio, que le preguntó: "¿Qué
tal? ¿Viste los tapetes de Persia que hay en mi comedor? ¿Viste el jardín que
el maestro de los jardineros tardó diez años en crear? ¿Reparaste en los bellos
pergaminos de mi biblioteca?". El joven, avergonzado, confesó que no había
visto nada. Su única preocupación había sido no derramar las gotas de aceite
que el sabio le había confiado. "Pues entonces vuelve y conoce las
maravillas de mi mundo. No puedes confiar en un hombre si no conoces su casa".
Ya más tranquilo, el joven cogió nuevamente la cuchara y volvió a pasear por el
palacio, esta vez mirando con atención todas las obras de arte que adornaban el
techo y las paredes. Vio los jardines, las montañas a su alrededor, la
delicadeza de las flores, el esmero con que cada obra de arte estaba colocada
en su lugar. De regreso a la presencia del sabio le relató todo lo que había
visto. "¿Pero dónde están las dos gotas de aceite que te confié?",
preguntó el sabio. El joven miró la cuchara y se dio cuenta que las había
derramado. "Pues es el único consejo que tengo para darte. El secreto de
la felicidad está en mirar todas las maravillas del mundo pero sin olvidarse de
las dos gotas de aceite en la cuchara". Parece
que no está En
un colegio estaban preparando las Primeras Comuniones. Había un niño que sufría
un pequeño retraso mental, y, aunque él y su familia estaban empeñados en que
el niño hiciera la Primera Comunión, el capellán del colegio no las tenía todas
consigo. Un día llamó al niño y lo llevó al oratorio. Sacó del bolsillo un
crucifijo y preguntó al niño: "Éste, ¿quién es?". "Jesús",
contestó el niño. Entonces señaló el Sagrario y volvió a preguntar: "Y,
entonces, ése de ahí, ¿quién es?". "También Jesús", contestó el
niño sin dudar. "¿Jesús, ahí y aquí...? Pues explícame cómo puede ser que
Jesús esté a la vez aquí y ahí". "Es muy fácil –explicó el niño-:
Aquí (en el crucifijo), parece que está, pero en realidad no está. Ahí (en el
Sagrario), parece que no está, pero sí que está". Ni que decir tiene que
aquel chaval hizo la Primera Comunión con sus compañeros de curso. Perdonar
y agradecer Dice
una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado
punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro. El otro,
ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: "Hoy, mi mejor amigo
me pegó una bofetada en el rostro". Siguieron adelante y llegaron a un
oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado comenzó a
ahogarse, y le salvó su amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en
una piedra: "Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida". Intrigado, el
amigo preguntó: "¿Por qué después que te pegué escribiste en la arena y
ahora en cambio escribes en una piedra?". Sonriendo, el otro amigo
respondió: "Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir en la arena,
donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo.
Pero cuando nos ayuda, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón,
donde ningún viento podrá borrarlo". Por
qué permites esas cosas Por
la calle vi a una niña hambrienta, sucia y tiritando de frío dentro de sus harapos.
Me encolericé y le dije a Dios: "¿Por qué permites estas cosas? ¿Por qué
no haces nada para ayudar a esa pobre niña?".
Durante un rato, Dios guardó silencio. Pero aquella noche, cuando menos lo
esperaba, Dios respondió mis preguntas airadas: "Ciertamente que he hecho
algo. Te he hecho a ti." Puntos
fuertes y débiles Cuentan
que una vez en una pequeña carpintería hubo una extraña asamblea, fue una
reunión de herramientas para arreglar sus diferencias. El martillo ejerció la
presidencia, pero la asamblea le notificó que tenía que renunciar. ¿La causa?
Hacía demasiado ruido y además se pasaba todo el tiempo golpeando a los demás.
El martillo aceptó su culpa pero pidió que también fuera expulsado el tornillo,
pues había que darle muchas vueltas para que sirviera de algo. Ante el ataque,
el tornillo aceptó también, pero a su vez pidió la expulsión de la lija, pues
era muy áspera en su trato y siempre tenía fricciones con los demás. La lija
estuvo de acuerdo, a condición de que fuera expulsado también el metro, que
siempre estaba midiendo a los demás según su medida como si fuera el único
perfecto. En eso entró el carpintero, se puso el delantal e inició su trabajo,
utilizó el martillo, el tornillo, la lija y el metro, y finalmente la tosca
madera inicial se convirtió en un hermoso juego de ajedrez. Cuando
la carpintería quedó nuevamente sola, se reanudó la deliberación, fue entonces
cuando tomo la palabra el serrucho y dijo: Señores ha quedado demostrado que
tenemos defectos, pero el carpintero trabaja con nuestras cualidades, y eso es
lo que nos hace valiosos. Así que no pensemos mas en nuestros puntos malos y
concentrémonos en nuestros puntos buenos. La asamblea encontró entonces que el
martillo era fuerte, el tornillo unía y daba fuerza, la lija servía para afinar
y lijar asperezas, y el metro era preciso y exacto. Se sintieron entonces un
equipo capaz de producir y hacer cosas de calidad se sintieron orgullosos de
sus capacidades y de trabajar juntos. Algo
parecido sucede con los seres humanos. Cuando en un grupo (ya sea empresa,
hogar, amigos, colegio, familia, etc.), las personas buscan a menudo defectos
en los demás, la situación se vuelve tensa y negativa. En cambio, al tratar con
sinceridad de percibir los puntos fuertes de los demás, florecen los mejores
logros. Es muy fácil encontrar defectos, cualquier tonto puede hacerlo, pero
encontrar cualidades, eso es lo que vale. ¿Rezar
cambia las cosas? ¿Dicen
que rezar cambia las cosas, pero es REALMENTE cierto que cambia algo? ¿Rezar
cambia tu situación presente o tus circunstancias? No, no siempre, pero cambia
el modo en el que ves esos acontecimientos. ¿Rezar
cambia tu futuro económico ? No, no siempre, pero cambia el modo en que buscar
atender tus necesidades diarias. ¿Rezar
cambia corazones o el cuerpo dolorido? No, no siempre, pero cambia tu energía
interior. ¿Rezar
cambia tu querer y tus deseos? No, no siempre, pero cambiará tu querer por el
querer de Dios. ¿Rezar
cambia cómo el mundo? No, no siempre, pero cambiará los ojos con los que ves el
mundo. ¿Rezar
cambia tus culpas del pasado? No, no siempre, pero cambiará tu esperanza en el
futuro. ¿Rezar
cambia a la gente a tu alrededor? No, no siempre, pero te cambiará a ti, pues
el problema no está siempre en otros. ¿Rezar
cambia tu vida de un modo que no puedes explicar? Ah, sí, siempre. Y esto te
cambiará totalmente. Entonces,
¿rezar REALMENTE cambia ALGO? Sí, REALMENTE cambia TODO. Teressa
Vowell Sé
feliz Cuenta
la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro. A partir de
aquel instante comenzó a buscarla. Primero se aventuró por el placer y por todo
lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y
así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del
trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano. En un recodo
del camino vio un letrero que decía: "Le quedan dos meses de vida".
Aquel hombre, cansado y desgastado por los sinsabores de la vida se dijo:
"Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de
experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean." Y aquel
buscador infatigable de la felicidad, al final de sus días encontró que en su
interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que le dedicaba a los demás,
en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto
había deseado. Comprendió que para ser feliz se necesita amar, aceptar la vida
como viene, disfrutar de lo pequeño y de lo grande, conocerse a sí mismo y
aceptarse como se es, sentirse querido y valorado, querer y valorar a los
demás, tener razones para vivir y esperar y también razones para morir y
descansar. Entendió que la felicidad brota en el corazón, que está unida y
ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre
está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior. Y recordó
aquella sentencia que dice: "Cuánto gozamos con lo poco que tenemos, y
cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos equivocadamente." Sembrar
para cosechar Una
mujer soñó que estaba en una tienda recién inaugurada y para su sorpresa,
descubrió que Dios se encontraba tras el mostrador. - ¿Qué vendes aquí?, le
preguntó. -Todo lo que tu corazón desee, respondió Dios. Sin atreverse a creer
lo que estaba oyendo, se decidió a pedir lo mejor que un ser humano podría
desear. -Deseo paz, amor, felicidad, sabiduría... Tras un instante de
vacilación, añadió: -No sólo para mí, sino para todo el mundo... Dios se sonrió
y le dijo: -Creo que no me has comprendido. -Aquí no vendemos frutos,
únicamente vendemos semillas. -Para sembrar una planta hay necesidad de romper
primero la capa endurecida de tierra y abrir los surcos; luego, desmenuzar y
aflojar los trozos que aún permanecen apelmazados, para que la semilla pueda
penetrar, regando abundantemente para conservar el suelo húmedo y entonces...
-Esperar con paciencia hasta que germinen y crezcan! En la misma forma en que
procedemos con la naturaleza hay que trabajar con el corazón humano,
"roturando" la costra de la indiferencia que la rutina ha formado,
removiendo los trozos de un egoísmo mal entendido, desmenuzándolos en pequeños
trozos de gestos amables, palabras cálidas y generosas, hasta que con soltura,
permitan acoger las semillas que diariamente podemos solicitar
"gratis" en el almacén de Dios, porque EL mantiene su supermercado en
promoción. Son semillas que hay que cuidar con dedicación y esmero y regarlas
con sudor, lágrimas y a veces hasta con sangre, como regó Dios nuestra
redención y como tantos han dado su vida y su sangre por otros, en un trabajo
de fe y esperanza, de perseverante esfuerzo, mientras los frágiles retoños, se
van transformando en plantas firmes capaces de dar los frutos anhelados... Todos
los días Un
sacerdote estaba en su parroquia Iglesia al mediodía, y al pasar por junto al
altar decidió quedarse cerca para ver quién había venido a rezar. En ese
momento se abrió la puerta, y el sacerdote frunció el entrecejo al ver a un
hombre acercándose por el pasillo. El hombre estaba sin afeitarse desde hace
varios días, vestía una camisa rasgada, tenía el abrigo gastado cuyos bordes se
habían comenzado a deshilachar. El hombre se arrodilló, inclinó la cabeza,
estuvo así un momento y luego se levantó y se fue. Durante los siguientes días
el mismo hombre, siempre al mediodía, entraba en la Iglesia cargando con una
maleta, se arrodillaba brevemente y luego volvía a salir. El sacerdote, un poco
temeroso, empezó a sospechar que se tratase de un ladrón, por lo que un día se
puso en la puerta de la iglesia y cuando el hombre se disponía a salir le
pregunto: "¿Que haces aquí?". El hombre dijo que trabajaba cerca y
tenía media hora libre para el almuerzo y aprovechaba ese momento para rezar.
"Sólo me quedo unos instantes, sabe, porque la fábrica queda un poco
lejos, así que solo me arrodillo y digo: Señor, sólo vengo para contarte lo
feliz que me haces cuando me perdonas mis pecados; no sé muy bien rezar, pero
pienso en Tí todos los días, así que, Jesús, éste es Jim a tu lado". El
sacerdote se conmovió y dijo a Jim que le alegraba mucho eso y que era
bienvenido en la iglesia siempre que quisiera. El sacerdote se arrodilló ante
el altar, emocionado, y sintió que las lágrimas corrían por sus mejillas, y en
su corazón repetía la plegaria de Jim: Señor, sólo vengo para contarte lo feliz
que me haces cuando me perdonas mis pecados; no sé muy bien rezar, pero pienso
en Tí todos los días, así que, Jesús, éste soy yo a tu lado. Un tiempo después,
el sacerdote notó que el viejo Jim no había venido. Los días siguieron pasando
sin que Jim volviese para rezar, por lo que comenzó a preocuparse, hasta que un
día fue a la fábrica a preguntar por él. Allí le dijeron que el estaba enfermo,
que pese a que los médicos estaban muy preocupados por su estado de salud,
todavía creían que podía sobrevivir. La semana que Jim estuvo en el hospital
sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa. La enfermera no podía
entender por qué Jim estaba tan feliz, ya que nunca había recibido visitas, ni
flores, ni tarjetas. El sacerdote se acercó al lecho, y Jim le dijo: "La
enfermera piensa que nadie viene a visitarme, pero no sabe que todos los días,
desde que llegue aquí, a mediodía, un querido amigo mío viene, se sienta aquí
en la cama, me agarra de las manos, se inclina sobre mí y me dice: Sólo vine
para decirte, Jim, lo feliz que soy con tu amistad y perdonando tus pecados.
Siempre me gustó oír tus plegarias, y pienso en ti cada día... Así que, Jim,
éste es Jesús a tu lado". Tres
árboles Había
una vez, sobre un colina en un bosque, tres árboles. Con el murmullo de sus
hojas, movidas por el viento, se contaban sus ilusiones y sus sueños. El primer
árbol dijo: "Algún día yo espero ser un cofre, guardián de tesoros. Se me
llenará de oro, plata y piedras preciosas. Estaré adornado con tallas
complicadas y maravillosas, y todos apreciarán mi belleza". El segundo
árbol contestó: "Llegará un día en que yo seré un navío poderoso. Llevaré
a reyes y reinas a través de las aguas y navegaré hasta los confines del mundo.
Todos se sentirán seguros a bordo, confiados en la resistencia de mi
casco". Finalmente, el tercer árbol dijo: "Yo quiero crecer hasta ser
el árbol más alto y derecho del bosque. La gente me verá sobre la colina,
admirando la altura de mis ramas, y pensarán en el cielo y en Dios, y en lo
cerca que estoy de El. Seré el árbol más ilustre del mundo, y la gente siempre
se acordará de mí". Después
de años de rezar para que sus sueños se realizasen, un grupo de leñadores se
acercó a los árboles. Cuando uno se fijó en el primer árbol, dijo: "Este
parece un árbol de buena madera. Estoy seguro de que puedo venderlo a un
carpintero". Y empezó a cortarlo. El árbol quedó contento, porque estaba
seguro de que el carpintero haría con él un cofre para un tesoro. Ante el
segundo árbol, otro leñador dijo: "Este es un árbol resistente y fuerte.
Seguro que puedo venderlo a los astilleros". El segundo árbol lo oyó
satisfecho, porque estaba seguro de que así empezaba su camino para convertirse
en un navío poderoso. Cuando los leñadores se acercaron al tercer árbol, él se
asustó, porque sabía que, si lo cortaban, todos sus sueños se quedarían en
nada. Un leñador dijo: "No necesito nada especial de mi árbol. Me llevará
éste". Y lo cortó. Cuando el primer árbol fue llevado al carpintero, lo
que hizo con él fue un comedero de animales. Lo pusieron en un establo, y lo
llenaron de heno. No era esto lo que él había soñado, y por lo que tanto había
rezado. Con el segundo árbol se construyó una pequeña barca de pescadores. Todas
sus ilusiones de ser un gran navío, portador de reyes, se acabaron. Al tercer
árbol simplemente lo cortaron en tablones, y lo dejaron contra una pared.
Pasaron los años, y los árboles se olvidaron de sus sueños. Pero un día un
hombre y una mujer llegaron al establo. Ella dio a luz, y colocaron al niño
sobre el heno del pesebre que había sido hecho con la madera del primer árbol.
El hombre querría haber hecho una pequeña cuna para el niño, pero tenía que
contentarse con este pesebre. El árbol sintió que era parte de algo
maravilloso, y que se le había concedido tener el mayor tesoro de todos los
tiempos. Años más tarde, varios hombres se subieron a la barca hecha con la
madera del segundo árbol. Uno de ellos estaba cansado, y se durmió. Mientras
cruzaban un lago, se levantó una tormenta fortísima y el árbol pensaba que no
iba a resistir lo suficiente para salvar a aquellos hombres. Los otros
despertaron al que estaba dormido. El se levantó, y dijo:
"¡Cállate!", y la tormenta se apaciguó. Entonces el árbol se dio
cuenta de que en la barca iba el Rey de reyes. Finalmente, tiempo después, se
acercó alguien a coger los tablones del tercer árbol. Unió dos en forma de
cruz, y se los pusieron encima a un hombre ensangrentado, que los llevó por las
calles mientras la gente lo insultaba. Cuando llegaron a una colina, el hombre
fue clavado en el madero, y levantado en el aire para que muriese en lo alto, a
la vista de todos. Pero cuando llegó el siguiente Domingo, el árbol comprendió
que había sido lo suficiente fuerte para estar sobre la cumbre y acercarse
tanto a Dios como era posible, porque Jesús había sido crucificado en él.
Ningún árbol ha sido nunca tan conocido y apreciado como el árbol de la
Cruz. La
parábola nos enseña que aun cuando parece que todo nos sale al revés, debemos
estar seguros de que Dios tiene un plan para nosotros. Si confiamos en El, nos
dará los regalos más valiosos. Cada árbol obtuvo lo que deseaba y pedía, pero
de otra manera mejor. No nos es posible siempre saber qué prepara Dios para
nosotros; pero debemos saber que sus planes no son los nuestros: son siempre
mucho más sublimes. (Anónimo inglés. Traducido por E.M. Carreira). Un
día el demonio habló de la Virgen María En
la instrucción de la beatificación de San Francisco de Sales, declaró como
testigo una de las religiosas que le conoció en el primer monasterio de la
Visitación de Annecy. Refirió que en una ocasión llevaron ante el obispo de
Ginebra (Monseñor Carlos Augusto de Sales, sobrino y sucesor de San Francisco
en la sede episcopal) a un hombre joven que, desde hacía cinco años, estaba
poseído por el demonio, con el fin de practicarle un exorcismo. Los
interrogatorios al poseso se hicieron junto a los restos mortales de San
Francisco. Durante una de las sesiones, el demonio exclamó lleno de furia:
«¿Por qué he de salir?». Estaba presente una religiosa de las Madres de la
Visitación, que al oírle, asustada quizá por el furor demoníaco de la
exclamación, invocó a la Virgen: «¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros...».
Al oír esas palabras –prosiguió la monja en su declaración– el demonio gritó
más fuerte: «¡María, María! ¡Para mí no hay María! ¡No pronunciéis ese nombre,
que me hace estremecer! ¡Si hubiera una María para mí, como la que hay para
vosotros, yo no sería lo que soy! Pero para mí no hay María». Sobrecogidos por
la escena, algunos de los que estaban presentes rompieron a llorar. El demonio
continuó: «¡Si yo tuviese un instante de los muchos que vosotros perdéis…! ¡Un
solo instante y una María, y yo no sería un demonio!». (Tomado de Federico
Suárez, “La pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, pág. 219-221). Un
pequeño gusano Un
pequeño gusano caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se
encontraba un saltamontes. "¿Hacia dónde te diriges?", le preguntó.
Sin dejar de caminar, la oruga contestó: "Tuve un sueño anoche: soñé que
desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que vi
en mi sueño y he decidido realizarlo". Sorprendido, el saltamontes dijo
mientras su amigo se alejaba: "¡Debes estar loco! ¿Cómo podrás llegar
hasta aquel lugar? ¡Tú, una simple oruga! Una piedra será una montaña, un
pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable". Pero
el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, y su diminuto cuerpo no dejó de
moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo: "¿Hacia dónde te
diriges con tanto empeño?". Sudando ya el gusanito, le dijo jadeante:
"Tuve un sueño y deseo realizarlo; subir a esa montaña y desde ahí
contemplar todo nuestro mundo". El escarabajo soltó una carcajada y dijo:
"Ni yo, con patas tan grandes, intentaría realizar algo tan
ambicioso". Y se quedó en el suelo tumbado mientras la oruga continuó su
camino, habiendo avanzado ya unos cuantos centímetros. Del mismo modo, la
araña, el topo, la rana y la flor le aconsejaron desistir: "¡No lo
lograrás jamás!". Pero en el interior del gusanito había un impulso que le
obligaba a seguir. Ya agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a
descansar y construir con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar.
"Estaré mejor", fue lo último que dijo, y murió. Todos los animales
del valle fueron a mirar sus restos. Ahí estaba el animal más loco del pueblo,
que había construido como su tumba un monumento a la insensatez. Ahí estaba un
duro refugio, digno de uno que murió por querer realizar un sueño irrealizable.
Una mañana en la que el sol brillaba de una manera especial, todos los animales
se congregaron en torno a aquello que se había convertido en una advertencia
para los atrevidos. De pronto quedaron atónitos, aquella concha dura comenzó a
quebrarse y con asombro vieron unos ojos y una antena que no podía ser la de la
oruga que creían muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del
impacto, fueron saliendo las hermosas alas arco iris de aquel impresionante ser
que tenían frente a ellos. Una mariposa, no hubo nada que decir, todos sabían
lo que pasaría, se iría volando hasta la gran montaña y realizaría su sueño, el
sueño por el que había vivido, por el que había muerto y por el que había vuelto
a vivir. Todos se había equivocado. Dios nos ha creado para realizar un sueño;
pongamos la vida en intentar alcanzarlo, y si nos damos cuenta que no podemos,
quizá necesitemos hacer un alto en el camino y experimentar un cambio radical
en nuestras vidas y entonces lo lograremos. El éxito en la vida no se mide por
lo que has logrado, sino por los obstáculos que has tenido que superar en el
camino. Una
entrevista con Dios -"Pasa"
me dijo Dios, -"¿Así que quieres entrevistarme?" -"Bueno, si
tiene tiempo..." Se sonríe y me dice: "Mi tiempo se llama eternidad y
alcanza para todo; ¿Qué preguntas quieres hacerme?" -"Ninguna nueva
ni difícil para usted". "¿Qué es lo que más te sorprende de los
hombres?" Y dijo: "Que se aburren de ser niños, apurados por crecer,
y luego suspiran por regresar a ser niños. Que primero pierden la salud para
tener dinero y enseguida pierden el dinero para recuperar la salud. Que por
pensar ansiosamente en el futuro, descuidan su hora actual, con lo que ni viven
el presente ni el futuro. Que viven como si fueran a morirse, y se mueren como
si no hubieran vivido, y pensar que yo..." con los ojos llenos de lágrimas
y la voz entrecortada deja de hablar. Sus manos toman fuertemente las mías y
seguimos en silencio. Después
le dije: -"Como padre, ¿qué es lo que pedirías a tus hijos para este nuevo
año?" "Que aprendan que no pueden hacer que alguien los ame; lo que
sí pueden es amar y dejarse amar. Que aprendan que toma años construir la
confianza, y sólo segundos para destruirla. Que aprendan que lo más valioso no
es lo que tienen en sus vidas, sino a quien tienen en sus vidas. Que aprendan
que no es bueno compararse con los demás, pues siempre habrá alguien mejor o
peor que ellos. Que aprendan que rico no es el que más tiene, sino el que menos
necesita. Que aprendan que deben controlar sus actitudes, o sus actitudes los
controlarán. Que aprendan que bastan unos pocos segundos para producir heridas
profundas en las personas que amamos, y que pueden tardar muchos años en ser
sanadas. Que aprendan que a perdonar se aprende perdonando. Que aprendan que
hay gente que los quiere mucho, pero que simplemente no sabe cómo demostrarlo.
Que aprendan que el dinero lo compra todo, menos la felicidad. Que aprendan que
a veces cuando están molestos tienen derecho a estarlo, pero eso no les da
derecho a molestar a los que los rodean. Que aprendan que los grandes sueños no
requieren de grandes alas, sino de un tren de aterrizaje para lograrlos. Que
aprendan que amigos de verdad son escasos y, quien ha encontrado uno, ha
encontrado un verdadero tesoro. Que aprendan que no siempre es suficiente ser
perdonado por otros, algunas veces deben perdonarse a sí mismos. Que aprendan
que son dueños de lo que callan y esclavos de lo que dicen. Que aprendan que de
lo que siembran cosechan, si siembran chismes cosecharán intrigas, si siembran
amor cosecharán felicidad. Que aprendan que la verdadera felicidad no es
obsesionarse con tener más sino ser feliz con lo que pueden tener. Que aprendan
que la felicidad no es cuestión de suerte sino producto de sus decisiones.
Ellos deciden ser feliz con lo que son y tienen, o morir de envidia y celos por
lo que les falta y carecen. Que aprendan que dos personas pueden mirar una
misma cosa y ver algo totalmente diferente. Que aprendan que sin importar las
consecuencias, aquellos que son honestos consigo mismos llegan lejos en la
vida. Que aprendan que a pesar de que piensen que no tienen nada más que dar,
cuando un amigo llora con ellos encuentren la fortaleza para vencer sus
dolores. Que aprendan que retener a la fuerza a las personas que aman, las
aleja más rápidamente de ellos y el dejarlas ir las deja para siempre al lado
de ellos. Que aprendan que a pesar de que la palabra amor pueda tener muchos
significados distintos, pierde valor cuando es usada en exceso. Que aprendan
que la distancia más lejos que pueden estar de Mí es la distancia de una simple
oración...". Una
fortuna sin saberlo Un
día bajó el Señor a la tierra en forma de mendigo y se acercó a casa de un
zapatero pobre y le dijo: "Hermano, hace tiempo que no como y me siento
muy cansado, aunque no tengo ni una sola moneda quisiera pedirte que me
arreglaras mis sandalias para poder seguir caminando". El zapatero le
respondió: "¡Yo soy muy pobre y ya estoy cansado que todo el mundo viene a
pedir y nadie viene a dar!". El Señor le contestó: "Yo puedo darte lo
que tu quieras". El zapatero le pregunto: "¿Dinero inclusive?".
El Señor le respondió: "Yo puedo darte 10 millones de dólares, pero a
cambio de tus piernas". "¿Para qué quiero yo 10 millones de dólares
si no voy a poder caminar, bailar, moverme libremente?", dijo el zapatero.
Entonces el Señor replicó: "Está bien, te podría dar 100 millones de
dólares, a cambio de tus brazos". El zapatero le contestó: "¿Para qué
quiero yo 100 millones de dólares si no voy a poder comer solo, trabajar, jugar
con mis hijos?". Entonces el Señor le dijo: "En ese caso, yo te puedo
dar 1000 millones de dólares a cambio de tus ojos". El zapatero respondió
asustado: "¿Para qué me sirven 1000 millones de dólares si no voy a poder
ver el amanecer, ni a mi familia y mis amigos, ni todas las cosas que me
rodean?". Entonces el Señor le dijo: "Ah hermano mío, ya ves qué
fortuna tienes y no te das cuenta". Una
vida en rescate por otras Hace
algunos años, un tren que atravesaba los vastos despoblados de los Estados
Unidos, fue el escenario, de un espectáculo terrible. El fogonero del tren
había abierto la puerta del horno para echar más carbón. En el mismo instante
una columna de aire que entró por la chimenea arrojó una llamarada de fuego en
el rostro de aquel hombre, quien loco de dolor abandonó su puesto, no cerrando
la puerta como debía, lo que llevó a las llamas a prender fuego en el depósito
del carbón. La poderosa máquina marchaba a gran velocidad, y nadie podía
ocuparse del control de la misma. Los viajeros que habían montado en aquel tren
eran víctimas del miedo y el terror, viendo su trágico fin. De repente José
Sieg, el maquinista del tren avanzó entre las llamas hasta llegar a la puerta
del horno; con un supremo esfuerzo cerró la puerta que estaba casi
incandescente, parando el tren a continuación. Cuando volvió a salir de aquel
mar de fuego su cuerpo estaba envuelto en llamas, y sin dilación se precipitó
en el depósito del agua, para mitigar su dolor. Lo sacaron al momento, pero el
cuerpo de aquel héroe, dio su espíritu, víctima de tan terribles quemaduras. El
tren ya había parado, y aquellos setecientos viajeros se habían congregado ante
el cadáver de su salvador, mostrando en sus rostros el profundo agradecimiento
que sentían hacia aquel que les había salvado la vida. Cristo, puso su vida en
rescate de muchos. Es preciso expresarle también nuestro agradecimiento. ¿A
dónde voy? Cuentan
de Chesterton que era muy despistado. En una ocasión, viajando en tren, el
revisor le pidió el billete. Él empezó a buscarlo por todos los bolsillos y no
lo encontraba. Se iba poniendo cada vez más nervioso. Entonces el revisor le
dijo: "Tranquilo, no se inquiete, que no le haré pagar otro billete".
"No es pagar lo que me inquieta –repuso Chesterton– lo que me preocupa es
que he olvidado a dónde voy". Anillo
de compromiso Un
muchacho entró con paso firme en una joyería y pidió que le mostraran el mejor
anillo de compromiso que tuvieran. El joyero le enseñó uno. El muchacho
contempló el anillo y con una sonrisa lo aprobó. Preguntó luego el precio y se
dispuso a pagarlo. "¿Se va usted a casar pronto?", preguntó el dueño.
"No. Ni siquiera tengo novia", contestó. La sorpresa del joyero
divirtió al muchacho. "Es para mi madre. Cuando yo iba a nacer estuvo
sola. Alguien le aconsejó que me matara antes de que naciera, pues así se
evitaría problemas. Pero ella se negó y me dio el don de la vida. Y tuvo muchos
problemas, muchos. Fue padre y madre para mí, y fue amiga y hermana, y fue
maestra. Me hizo ser lo que soy. Ahora que puedo le compro este anillo de
compromiso. Ella nunca tuvo uno. Yo se lo doy como promesa de que si ella hizo
todo por mí, ahora yo haré todo por ella. Quizás después entregue yo otro
anillo de compromiso, pero será el segundo". El joyero no dijo nada.
Solamente ordenó a su cajera que le hiciera al muchacho el descuento aquel que
se hacía solo a clientes especiales. Aprender
a usar las manos Un
marinero y un pirata se encuentran en un bar, y empiezan a contarse sus
aventuras en los mares. El marinero nota que el pirata tiene una pierna de
palo, un gancho en la mano y un parche en el ojo. El marinero le pregunta "¿Y
cómo terminaste con esa pierna de palo?". El pirata le responde
"Estábamos en una tormenta y una ola me tiró al mar, caí entre un montón
de tiburones. Mientras mis amigos me agarraban para subirme un tiburón me
arrancó la pierna de un mordisco". "!Guau! -replicó el marinero- ¿Y
qué te pasó en la mano, por qué tienes ese gancho?". "Bien...
-respondió el pirata-; estábamos abordando un barco enemigo, y mientras
luchábamos con los otros marineros y las espadas, un enemigo me cortó la
mano". "¡Increíble! -dijo el marinero- ¿Y qué te paso en el
ojo?". "Una paloma que iba pasando y me cayó excremento en el
ojo". "¿Perdiste el ojo por un excremento de paloma?", replicó
el marinero incrédulamente. "Bueno... -dijo el pirata- ... era mi primer
día con el gancho". Arreglar
al hombre Un
científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a
encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba días en su laboratorio en busca
de respuestas para sus dudas. Cierto día, su hijo de siete años invadió su
santuario decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la
interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lugar. Viendo que era
imposible que se fuera, pensó en algo que pudiese darle para distraer su
atención. Vio una revista en donde venía el mapa del mundo, ¡justo lo que
precisaba! Con unas tijeras recortó el mapa en varios pedazos y junto con un
rollo de cinta se lo entregó a su hijo diciendo: "Como te gustan los
rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto, para que lo repares sin ayuda de
nadie". Calculó que al pequeño le llevaría días componer el mapa, pero no
fue así. Pasados unos minutos, escuchó la voz del niño: "Papá, papá, ya lo
he acabado". Al principio no dio crédito a las palabras del niño. Pensó
que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido recomponer un mapa que
jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus
anotaciones con la certeza de que vería el trabajo propio de un niño. Para su
sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en
sus debidos lugares. ¿Cómo era posible? ¿Cómo el niño había sido capaz? Le
dijo: "Hijo mío, tú no sabías cómo era el mundo, ¿cómo lograste
recomponerlo?". "Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste
el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura de
un hombre. Así que di vuelta a los recortes y comencé a recomponer al hombre,
que sí sabía como era. Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta la hoja y
vi que había arreglado al mundo." Ayuda
desinteresada Casi
no la había visto. Era una señora anciana con el coche parado en el camino. El
día estaba frió, lluvioso y gris. Alberto se pudo dar cuenta que la anciana
necesitaba ayuda. Estacionó su coche delante del de la anciana. Aún estaba
tosiendo cuando se le acercó. Aunque con una sonrisa nerviosa en el rostro, se
dio cuenta de que la anciana estaba preocupada. Nadie se había detenido desde
hacía más de una hora, cuando se detuvo en aquella transitada carretera.
Realmente, para la anciana, ese hombre que se aproximaba no tenía muy buen
aspecto, podría tratarse de un delincuente. Más no había nada por hacer, estaba
a su merced. Se veía pobre y hambriento. Alberto pudo percibir cómo se sentía.
Su rostro reflejaba cierto temor. Así que se adelantó a tomar la iniciativa en
el diálogo: "Aquí vengo para ayudarla, señora. Entre a su vehículo que
estará protegida de la lluvia. Mi nombre es Alberto". Gracias a Dios solo
se trataba de un neumático pinchado, pero para la anciana se trataba de una
situación difícil. Alberto se metió bajo el coche buscando un lugar donde poner
el gato y en la maniobra se lastimó varias veces los nudillos. Estaba apretando
las últimas tuercas, cuando la señora bajó la ventana y comenzó a hablar con
él. Le contó de donde venía; que tan sólo estaba de paso por allí, y que no
sabía cómo agradecerle. Alberto sonreía mientras cerraba el coche guardando las
herramientas. Le preguntó cuanto le debía, pues cualquier suma sería correcta
dadas las circunstancias, pues pensaba las cosas terribles que le hubiese
pasado de no haber contado con la gentileza de Alberto. Él no había pensado en
dinero. Esto no se trataba de ningún trabajo para él. Ayudar a alguien en
necesidad era la mejor forma de pagar por las veces que a él, a su vez, lo
habían ayudado cuando se encontraba en situaciones similares. Alberto estaba
acostumbrado a vivir así. Le dijo a la anciana que si quería pagarle, la mejor
forma de hacerlo sería que la próxima vez que viera a alguien en necesidad, y
estuviera a su alcance el poder asistirla, lo hiciera de manera desinteresada,
y que entonces... - "tan solo piense en mí"-, agregó despidiéndose.
Alberto esperó hasta que al auto se fuera. Había sido un día frió, gris y
depresivo, pero se sintió bien en terminarlo de esa forma, estas eran las cosas
que más satisfacción le traían. Entró en su coche y se fue. Unos kilómetros más
adelante la señora divisó una pequeña cafetería. Pensó que sería muy bueno
quitarse el frió con una taza de café caliente antes de continuar el último
tramo de su viaje. Se trataba de un pequeño lugar un poco desvencijado. Por
fuera había dos bombas viejas de gasolina que no se habían usado por años. Al
entrar se fijó en la escena del interior. La caja registradora se parecía a
aquellas de cuerda que había usado en su juventud. Una cortés camarera se le
acercó y le extendió una toalla de papel para que se secara el cabello, mojado
por la lluvia. Tenía un rostro agradable con una hermosa sonrisa. Aquel tipo de
sonrisa que no se borra aunque estuviera muchas horas de pie. La anciana notó
que la camarera estaría de ocho meses de dulce espera. Y sin embargo esto no le
hacia cambiar su simpática actitud. Pensó en como gente que tiene tan poco
pueda ser tan generosa con los extraños. Entonces se acordó de Alberto...
Después de terminar su café caliente y su comida, le alcanzó a la camarera el
precio de la cuenta con un billete de cien dólares. Cuando la muchacha regresó
con el cambio constató que la señora se había ido. Pretendió alcanzarla. Al
correr hacia la puerta vio en la mesa algo escrito en una servilleta de papel
al lado de 4 billetes de $100. Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando leyó
la nota: "No me debes nada, yo estuve una vez donde tú estás. Alguien me
ayudo como hoy te estoy ayudando a ti. Si quieres pagarme, esto es lo que
puedes hacer: No dejes de ayudar a otros como hoy lo hago contigo. Continúa
dando tu alegría y tu sonrisa y no permitas que esta cadena se rompa. Aunque
había mesas que limpiar y azucareras que llenar, aquél día se le pasó volando.
Esa noche, ya en su casa, mientras la camarera entraba sigilosamente en su
cama, para no despertar a su agotado esposo que debía levantarse muy temprano,
pensó en lo que la anciana había hecho con ella. ¿Cómo sabría ella las
necesidades que tenían con su esposo, los problemas económicos que estaban
pasando, máxime ahora con la llegada del bebé. Era consciente de cuan
preocupado estaba su esposo por todo esto. Acercándose suavemente hacia él,
para no despertarlo, mientras lo besaba tiernamente, le susurró al oído:
"Todo va a salir bien, Alberto". Cambiar
el mundo Cuando
era joven y mi imaginación no tenía límites, soñaba con cambiar el mundo. Según
fui haciéndome mayor, pensé que no había modo de cambiar el mundo, así que me
propuse un objetivo más modesto e intenté cambiar solo mi país. Pero con el
tiempo me pareció también imposible. Cuando llegué a la vejez, me conformé con
intentar cambiar a mi familia, a los más cercanos a mí. Pero tampoco conseguí
casi nada. Ahora, en mi lecho de muerte, de repente he comprendido una cosa: Si
hubiera empezado por intentar cambiarme a mí mismo, tal vez mi familia habría
seguido mi ejemplo y habría cambiado, y con su inspiración y aliento quizá
habría sido capaz de cambiar mi país y -quien sabe- tal vez incluso hubiera
podido cambiar el mundo. (Encontrada en la lápida de un obispo anglicano en la
Abadía de Westminster). Camino
de ninguna parte Un
matrimonio americano había salido de viaje. El esposo conducía enfebrecido.
Había hecho ya trescientos kilómetros sin dejar de mirar de reojo al
salpicadero. De repente la esposa consultó la guía de carreteras y anunció:
«Nos hemos perdido». «¿Y qué?», replicó el marido. «¡Llevamos una media
estupenda!». Ese estupendo promedio, camino de ninguna parte, es el que llevan
algunos en su intento de llenar su día y su vida de sensación de diligencia y
eficacia. Deberían recordar que cuando uno no sabe adónde va, acaba en otra
parte. Compartir En
una ocasión, por la tarde, un hombre vino a nuestra casa, para contarnos el
caso de una familia hindú de ocho hijos. No habían comido desde hacía ya varios
días. Nos pedía que hiciéramos algo por ellos. De modo que tomé algo de arroz y
me fui a verlos. Vi cómo brillaban los ojos de los niños a causa del hambre. La
madre tomó el arroz de mis manos, lo dividió en dos partes y salió. Cuando
regresó le pregunté: qué había hecho con una de las dos raciones de arroz. Me
respondió: "Ellos también tienen hambre". Sabía que los vecinos de la
puerta de al lado, musulmanes, tenían hambre. Quedé más sorprendida de su
preocupación por los demás que por la acción en sí misma. En general, cuando
sufrimos y cuando nos encontramos en una grave necesidad no pensamos en los
demás. Por el contrario, esta mujer maravillosa, débil, pues no había comido
desde hacía varios días, había tenido el valor de amar y de dar a los demás,
tenía el valor de compartir. Frecuentemente me preguntan cuándo terminará el
hambre en el mundo. Yo respondo: Cuando aprendamos a compartir". Cuanto
más tenemos, menos damos. Cuanto menos tenemos, más podemos dar. (Madre Teresa
de Calcuta) Construyendo
una catedral Un
hombre golpeaba fuertemente una roca, con rostro duro, sudando. Alguien le
preguntó: - ¿Cuál es su trabajo? Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve? Picar
piedra. Un
segundo hombre golpeaba fuertemente otra roca, con rostro duro, sudando. Alguien
le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo? Y contestó con pesadumbre: - ¿No lo ve?
Tallar un peldaño. Un
tercer hombre golpeaba fuertemente una roca, transpirado, con rostro alegre,
distendido. Alguien le preguntó: - ¿Cuál es su trabajo?". Y contestó ilusionado:
-Estoy construyendo una catedral. Contratiempo
de un náufrago El
único sobreviviente de un naufragio llegó a la playa de una diminuta y
deshabitada isla. El oró fervientemente a Dios pidiéndole ser rescatado, y cada
día escudriñaba el horizonte buscando ayuda, pero no parecía llegar. Cansado,
finalmente optó por construirse una cabaña de madera para protegerse de los
elementos y almacenar sus pocas pertenencias. Un día, tras de merodear por la
isla en busca de alimento, regresó a casa para encontrar su cabañita envuelta
en llamas, con el humo ascendiendo hasta el cielo. Lo peor había ocurrido... lo
había perdido todo. Quedó anonadado con tristeza y rabia. "Dios: como me
pudiste hacer esto a mi!" se lamentó. Temprano al día siguiente, sin
embargo, fue despertado por el sonido de un barco que se acercaba a la isla.
Había venido a rescatarlo. "Como supieron que estaba aquí?" preguntó
el cansado hombre a sus salvadores. "Vimos su señal de humo",
contestaron ellos. De
vuelta de la guerra Un
soldado que pudo regresar a casa después de haber peleado en la guerra de
Vietnam. Le habló a sus padres desde San Francisco. "Mamá, voy de regreso
a casa, pero tengo que pediros un favor. Traigo a un amigo que me gustaría que
se quedara con nosotros." Le dijeron: "Claro, nos encantaría
conocerlo." El hijo siguió diciendo: "Hay algo que debéis saber. Fue
herido en la guerra. Pisó en una mina de tierra y perdió un brazo y una pierna.
Él no tiene adónde ir, y quiero que se venga a vivir con nosotros a casa."
"Siento mucho el escuchar eso, hijo. A lo mejor podemos encontrar un lugar
en donde el se pueda quedar." "No, mamá y papá, yo quiero que él viva
con nosotros." "Hijo, tu no sabes lo que estás pidiendo. Alguien que
esté tan limitado físicamente puede ser un gran peso para nosotros. Nosotros
tenemos nuestras propias vidas que vivir, y no podemos dejar que algo como esto
interfiera con nuestras vidas. Yo pienso que tu deberías de regresar a casa y
olvidarte de esta persona. Él encontrara una manera en la que pueda vivir él
solo." En ese momento el hijo colgó el teléfono. Los
padres ya no volvieron a saber de él. Unos días después, los padres recibieron
una llamada telefónica de la policía de San Francisco. Su hijo había muerto
después de que se había caído de un edificio, fue lo que les dijeron. La
policía creía que era un suicidio. Los padres, destrozados de la noticia,
volaron a San Francisco y fueron llevados a que identificaran a su hijo. Ellos
lo reconocieron, pero, para su horror, ellos descubrieron algo que no sabían:
su hijo tan solo tenía un brazo y una pierna. Los padres de esta historia son
como muchos de nosotros. Encontramos muy fácil amar a personas que son hermosas
por fuera o que son simpáticas, pero no a la gente que nos hace sentir alguna
inconveniencia o que nos hace sentirnos incómodos. Preferimos estar alejados de
personas que no son hermosas, sanas o inteligentes como suponemos serlo
nosotros. Dios
y las manzanas Encima
de la mesa de un merendero infantil, una monja había dejado una
fuente grande, con manzanas de color rojo brillante, carnudas y jugosas. Al
lado de la fuente, puso la siguiente nota: "Toma solamente una. Recuerda
que Dios está mirando". En el otro extremo de la mesa, había otra fuente,
llena de galletas de chocolate recién sacadas del horno. Al lado de la
fuente, había un papelito escrito por un niño pequeño, que en letra
cursiva decía: "Toma todas las que quieras. Dios está mirando las
manzanas". Dispuestos
a recibir un tiro Cuentan
que durante la guerra de los “cristeros”, cuando la Revolución Mexicana
persiguió a muerte a la Iglesia, las misas se hacían clandestinamente y los
vecinos se pasaban la voz cada vez que llegaba un sacerdote vestido de paisano
al pueblo. En un pueblo, en algún lugar rural de México, esperaban al sacerdote
que llegaría ese fin de semana de un pueblo vecino. Los catequistas
clandestinos tenían preparados bautizos y otros sacramentos y para tal ocasión
consiguieron un viejo granero, lo suficientemente amplio para albergar unos
cientos de fieles. Aquel domingo por la mañana el viejo granero estaba
totalmente lleno con una cantidad de fieles de alrededor. Las 600 personas que
estaban reunidas esperando el inicio de la celebración se sobrecogieron al ver
dos hombres entrar vestidos con uniforme militar y armados. Uno de los hombres
dijo: "El que se atreva a recibir un tiro por Cristo, quédese donde está.
Las puertas estarán abiertas sólo cinco minutos". Inmediatamente el coro
se levantó y se fue. Los diáconos también se fueron, y gran parte de la
feligresía. De las 600 personas solo quedaron 20. El militar que había hablado,
miró al sacerdote y le dijo: "OK, padre, yo también soy cristiano y ya me
deshice de los hipócritas. Continúe con su celebración". Donando
sangre Hace
unos años, cuando trabajaba como voluntario en un hospital de Stanford, conocí
a una niñita llamada Liz, que sufría de una extraña enfermedad. Su única chance
de recuperarse era aparentemente una transfusión de sangre de su hermano de 5
años, que había sobrevivido milagrosamente a la misma enfermedad y había
desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirla. El doctor explicó la
situación al hermano de la niña, y le preguntó si estaba dispuesto a dar su
sangre a su hermana. Lo vi dudar por sólo un momento antes de tomar un gran
suspiro y decir: -Sí, yo lo haré, si eso salva a Liz. Mientras
la transfusión continuaba, él estaba acostado en una cama al lado de la de su
hermana, y sonriente mientras nosotros los asistíamos, viendo retornar el color
a las mejillas de la niña. Entonces la cara del niño se puso pálida y su
sonrisa desapareció. El niño miró al doctor y le preguntó con voz temblorosa: -
Doctor... ¿cuándo voy a empezar a morirme? El
pequeño no había comprendido bien al doctor; pensaba que le daría toda su
sangre a su hermana. Y aún así estaba dispuesto a darla... ¿Dónde
está el buen Dios? "Los
SS parecían más preocupados, más inquietos que de costumbre. Colgar a un chaval
delante de miles de espectadores no era un asunto sin importancia. El jefe del
campo leyó el veredicto. Todas las miradas estaban puestas sobre el niño.
Estaba lívido, casi tranquilo, mordisqueándose los labios. La sombra de la
horca le recubría. El
jefe del campo se negó en esta ocasión a hacer de verdugo. Le sustituyeron tres
SS. Los
tres condenados subieron a la vez a sus sillas. Los tres cuellos fueron
introducidos al mismo tiempo en los nudos corredizos. -¡Viva
la libertad! -gritaron los dos adultos. El
pequeño se cayó. -¿Dónde
está el buen Dios, dónde? -preguntó alguien detrás de mí. A
una señal del jefe del campo, las tres sillas cayeron. Un silencio absoluto
descendió sobre todo el campo. El sol se ponía en el horizonte. -¡Descubríos!
-rugió el jefe del campo. Su
voz sonó ronca. Nosotros llorábamos. -¡Cubríos! Después
comenzó el desfile. Los dos adultos habían dejado de vivir. Su lengua pendía,
hinchada, azulada. Pero la tercera cuerda no estaba inmóvil; de tan ligero que
era, el niño seguía vivo... Permaneció
así más de media hora, luchando entre la vida y la muerte, agonizando bajo
nuestra mirada. Y tuvimos que mirarle a la cara. Cuando pasé frente a él seguía
todavía vivo. Su lengua seguía roja, y su mirada no se había extinguido.
Escuché al mismo hombre detrás de mí: -¿Dónde
está Dios? Y
en mi interior escuche una voz que respondía: "¿Dónde está? Pues aquí,
aquí colgado, en esta horca..." (Élie
Wiesel, La Nuit, pp.103-105). El
agricultor "No,
yo no puedo aceptar una recompensa por lo que hice", respondió un
agricultor a un noble inglés. En ese momento el propio hijo del agricultor
salió a la puerta de la casa de la familia. "¿Es ese su hijo?"
preguntó el noble inglés. "Sí," respondió el agricultor lleno de
orgullo. "Le voy a proponer un trato. Déjeme llevarme a su hijo y ofrecerle
una buena educación. Si él es parecido a su padre crecerá hasta convertirse en
un hombre del cual usted estará muy orgulloso." El agricultor aceptó. Con
el paso del tiempo, el hijo de Fleming el agricultor se graduó de la Escuela de
Medicina de St. Mary's Hospital en Londres, y se convirtió en un personaje
conocido a través del mundo, el famoso Sir Alexander Fleming, el descubridor de
la penicilina. Algunos años después, el hijo del noble inglés, cayó enfermo de
pulmonía. ¿Que le salvó? La penicilina. ¿El nombre del noble inglés? Randolph
Churchill. ¿El nombre de su hijo? Sir Winston Churchill. Alguien dijo una vez:
Siempre recibimos a cambio lo mismo que ofrecemos. Trabaja como si no
necesitaras el dinero. Ama como si nunca te hubieran herido. Baila como si
nadie te estuviera mirando. El
banco del tiempo Imagínate
que existe un banco que cada mañana acredita en tu cuenta la suma de 86.400
dólares. No arrastra tu saldo día a día: cada noche borra todo lo que no usaste
durante el día, cualquiera sea la cantidad. ¿Qué harías? ¡Retirar hasta el
último centavo, por supuesto! Cada
uno de nosotros tiene ese banco, su nombre es tiempo. Cada mañana, este banco
te acredita 86.400 segundos. Cada noche este banco borra y da como perdida toda
la cantidad de ese crédito que no hayas invertido en un buen propósito. Este banco
no arrastra saldos ni permite transferencias. Cada día te abre una nueva
cuenta, cada noche elimina los saldos del día. Si no usas tus depósitos del
día, la pérdida es tuya. No se puede dar marcha atrás ni existe el crédito a
cuenta del depósito de mañana. Debes vivir el presente con los depósitos de
hoy. Invierte de tal manera de conseguir lo mejor. El reloj sigue su marcha.
Consigue lo máximo en el día. Para
entender el valor de un año, pregúntale a algún estudiante que perdió el año de
estudios. Para entender el valor de un mes, pregúntale a una madre que alumbró
a su bebé prematuro. Para entender el valor de una semana, pregúntale al editor
de un semanario. Para entender el valor de una hora, pregúntale a los
enamorados que esperan a encontrarse. Para entender el valor de un minuto,
pregúntale a una persona que perdió el tren. Para entender el valor de un
segundo, pregúntale a una persona que con las justas evitó un accidente. Para
entender el valor de una centésima de segundo, pregúntale a la persona que ganó
una medalla de oro en las olimpíadas. Atesora
cada momento que vivas, y atesóralo más si lo compartiste con alguien especial,
lo suficientemente especial como para dedicarle tu tiempo, y recuerda que el
tiempo no espera por nadie. Ayer es historia. Mañana es misterio. Hoy es un
don. ¡Por eso es que se le llama el presente! El
caballo en el pozo Un
campesino, que luchaba con muchas dificultades, poseía algunos caballos para
que lo ayudasen en los trabajos de su pequeña hacienda. Un día, su capataz le
trajo la noticia de que uno de los caballos había caído en un viejo pozo
abandonado. El pozo era muy profundo y sería extremadamente difícil sacar el
caballo de allí. El campesino fue rápidamente hasta el lugar del accidente, y
evaluó la situación, asegurándose que el animal no se había lastimado. Pero,
por la dificultad y el alto precio para sacarlo del fondo del pozo, creyó que
no valía la pena invertir en la operación de rescate. Tomó entonces la difícil
decisión de decirle al capataz que sacrificase el animal tirando tierra en el
pozo hasta enterrarlo, allí mismo. Y
así se hizo. Comenzaron a lanzar tierra dentro del pozo de forma de cubrir al
caballo. Pero, a medida que la tierra caía en el animal este la sacudía y se
iba acumulando en el fondo, posibilitando al caballo para ir subiendo. Los
hombres se dieron cuenta que el caballo no se dejaba enterrar, sino al
contrario, estaba subiendo hasta que finalmente consiguió salir. Si
estás "allá abajo", sintiéndote poco valorado, y otros lanzan tierra
sobre ti, recuerda el caballo de esta historia. Sacude la tierra y sube sobre
ella. El
elefante del circo Cuando
yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos
eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la
atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de
peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un
rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una
cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el
suelo. Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas
enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y
poderosa, me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de tajo
con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir. El
misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces? ¿Por qué no huye? Cuando tenía
cinco o seis años, pregunté a algún maestro, a mi padre o a algún tío por el
misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se
escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia: Si está
amaestrado, ¿por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta
coherente. Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y
sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la
misma pregunta. Hace
algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante
sabio como para encontrar la respuesta: "El elefante del circo no escapa
porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy pequeño".
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy
seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de
soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy
fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvía a
probar, y también al otro y al que seguía... hasta que un día, un terrible día
para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Este elefante enorme y poderoso no escapa porque cree que no puede. Él tiene
registro y recuerdo de su impotencia, de aquélla impotencia que se siente poco
después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente
ese registro. Jamás... Jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
Cada uno de nosotros somos un poco como ese elefante: vamos por el mundo atados
a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos creyendo que un montón de
cosas "no podemos hacer" simplemente porque alguna vez probamos y no
pudimos. Grabamos en nuestro recuerdo "no puedo... no puedo y nunca
podré", perdiendo una de las mayores bendiciones con que puede contar un
ser humano: la fe. El
equilibrista En
Nueva York se han construido dos rascacielos impresionantemente altos, a
treinta metros de distancia uno del otro. Un famoso equilibrista tendió una
cuerda en lo más alto de estos edificios gemelos con el fin de pasar caminando
sobre ella. Antes dijo a la multitud expectante: -"Me subiré y cruzaré
sobre la cuerda, pero necesito que ustedes crean en mí y tengan confianza en
que lo voy a lograr"... -
"Claro que sí" - , respondieron todos al mismo tiempo. Subió por el
elevador y ayudándose de una vara de equilibrio comenzó a atravesar de un
edificio a otro sobre la cuerda floja. Habiendo logrado la hazaña bajó y dijo a
la multitud que le aplaudía emocionada: -"Ahora voy a pasar por segunda
ocasión, pero sin la ayuda de la vara. Por tanto, más que antes, necesito su
confianza y su fe en mí". El equilibrista subió por el elevador y luego
comenzó a cruzar lentamente de un edificio hasta el otro. La gente estaba muda
de asombro y aplaudía. Entonces el equilibrista bajó y en medio de las
ovaciones por tercera vez dijo: - "Ahora pasaré por última vez, pero será
llevando una carretilla sobre la cuerda... Necesito, más que nunca, que crean y
confíen en mí". La multitud guardaba un tenso silencio. Nadie se atrevía a
creer que esto fuera posible... -"Basta que una sola persona confíe en mí
y lo haré"-, afirmó el equilibrista. Entonces uno de los que estaba atrás
gritó: -"Sí, sí, yo creo en ti; tú puedes. Yo confío en ti...". El
equilibrista, para certificar su confianza, le retó: -"Si de veras confías
en mí, vente conmigo y súbete a la carretilla...". El
helado de vainilla La
historia comienza cuando en una división de coche de la Pontiac de GM de los
EUA recibió una curiosa reclamación de un cliente. Y esto es lo que él escribió:
"Esta es la segunda vez que les envío una carta y no los culpo por no
responder. Puedo parecerles un loco, mas el hecho es que tenemos una tradición
en nuestra familia que es el de tomar helado después de cenar. Repetimos este
hábito todas las noches, variando apenas el sabor del helado; y yo soy el
encargado de ir a comprarlos. Recientemente compre un nuevo Pontiac y desde
entonces las idas a la heladería se han transformado en un problema. Siempre
que compro helado de vainilla, cuando me dispongo a regresar a casa, el coche
no funciona. Si compro cualquier otro sabor, el coche funciona normalmente.
Pensarán que estoy realmente loco y no importa que tan tonta pueda parecer mi
reclamación, el hecho es que estoy muy molesto con mi Pontiac modelo 99". La
carta generó tanta gracia entre el personal de Pontiac que el presidente de la
compañía acabó recibiendo una copia de la reclamación. Él decidió tomarlo en
serio y mando a un ingeniero a entrevistarse con el autor de la carta. El
empleado y el "demandante" fueron juntos a la heladería en el infeliz
Pontiac. El ingeniero sugirió sabor vainilla para verificar la reclamación; y
el coche efectivamente no funcionó. Un empleado de GM volvió en los días
siguientes, a la misma hora, he hizo el mismo trayecto, y solo varió el sabor
del helado. Nuevamente el auto solo funcionaba de regreso cuando el sabor
elegido no era vainilla. El problema acabó volviéndose una obsesión para el
ingeniero, que acabo haciendo experiencias diarias anotando todos los detalles
posibles, y después de dos semanas llegó al primer gran descubrimiento: cuando
escogía vainilla el comprador gastaba menos tiempo porque ese tipo de helado
estaba bien enfrente. Examinando el coche, el ingeniero hace un nuevo
descubrimiento: como el tiempo de compra era muy reducido en caso de la
vainilla en comparación con el tiempo de otros sabores, el motor no llegaba a
enfriar. Con eso, los vapores del combustible no se disipaban, impidiendo que
un nuevo arranque del motor fuese instantáneo. A partir de ese episodio, el
Pontiac cambió el sistema de alimentación de combustible e introdujo una
alteración en todos los modelos a partir de la línea 99. El autor de la
reclamación obtuvo un coche nuevo, además del arreglo del que no funcionaba con
el helado de vainilla. La GM distribuyó un comunicado interno, exigiendo que
sus empleados lleven en serio hasta las reclamaciones mas extrañas,
"porque puede ser que una gran innovación, este por detrás de un helado de
vainilla", decía el comunicado de GM. El
mendigo y el rey ¿Recuerdas
ese conocido cuento de Tagore sobre un mendigo que iba pidiendo de puerta en
puerta? Un día vio aparecer a lo lejos del camino, acercándose, la carroza de
un Rey... Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis
esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos habían acabado.
(...). La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que
la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu
diestra diciéndome: ¿Puedes darme alguna cosa? ¡Ah, qué ocurrencia la de tu
realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego
saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la
mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de
oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón
para darle todo! (Gitanjali, 50). El
paquete de galletas Cuando
aquella tarde llegó a la vieja estación le informaron que el tren en el que
ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora. La elegante señora, un
poco fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de
agua para pasar el tiempo. Buscó un banco en él anden central y se sentó
preparada para la espera. Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su
lado y comenzó a leer un diario. Imprevistamente, la señora observó como aquel
muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de
galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente. La
mujer se molestó por esto, no quería ser grosera, pero tampoco dejar pasar
aquella situación o hacer como si nada hubiera pasado; así que, con un gesto
exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se
la comió mirándolo fijamente a los ojos. Como respuesta, el joven tomó otra
galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora ya enojada, tomó una
nueva galleta y, con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra,
manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho. El dialogo de miradas y sonrisas
continuó entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, y el
muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, la señora se dio cuenta de que en
el paquete sólo quedaba la última galleta. "No podrá ser tan
descarado", pensó mientras miraba alternativamente al joven y al paquete
de galletas. Con calma el joven alargó la mano, tomó la última galleta, y con
mucha suavidad, la partió en dos y ofreció la mitad de la última galleta a su
compañera de banco. "¡Gracias!", dijo la mujer tomando con rudeza
aquella mitad. "De nada", contestó el joven sonriendo suavemente
mientras comía su mitad. Entonces el tren anunció su partida... La señora se
levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Al arrancar, desde la ventanilla
de su asiento vio al muchacho todavía sentado en el anden y pensó: "¡Qué
insolente, qué mal educado, qué será de este mundo con esta juventud!".
Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el
disgusto que aquella situación le había provocado. Abrió su bolso para sacar la
botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su
cartera, su paquete de galletas intacto. El
portal de oro En
una ciudad nacieron dos hombres, el mismo día, a la misma hora en el mismo
lugar. Sus vidas se desarrollaron y cada uno vivió muchas experiencias
diferentes. Al final de sus vidas ambos murieron el mismo día, a la misma hora,
en el mismo lugar. De acuerdo a la leyenda se dice que al morir tenemos que
pasar por un gran portal de oro puro, donde allí un guardián, nos hace ciertas
preguntas para permitirnos pasar. El primer hombre llegó y el guardián le
pregunta: Qué fue de tu vida? El responde: "Conocí muchos lugares, tuve
muchos amigos, hice negocios que produjeron grandes riquezas, mi familia tuvo
lo mejor y trabaje duro". El guardián le pregunta: "¿Qué traes
contigo?" Él responde: "Todo ha quedado allí, no traigo nada".
Ante esto, el guardián responde: "Lo siento, no puedes pasar debido a que
no traes nada contigo". Al escuchar estas palabras el hombre, llorando y
con gran pena en su corazón, se sienta a un lado a sufrir el dolor de no poder
entrar. El segundo hombre llegó y el guardián le pregunta: "¿Qué fue de tu
vida?". Él responde: "Desde el momento en que nací, fui un caminante,
no tuve riquezas, sólo busqué el amor en los corazones de todos los hombres, mi
familia me abandonó y en realidad nunca tuve nada." El guardián le
pregunta: "¿Encontraste lo que buscabas?". Él le responde: "Sí,
ha sido mi único alimento desde que lo encontré". El guardián responde:
"Muy bien, puedes pasar". Pero ante esta respuesta, el hombre dice:
"El Amor que he encontrado es tan grande que lo quiero compartir con este
hombre sentado al lado del portal, sufriendo por su fortuna". Dice la
leyenda que su amor era tan grande que fue suficiente para que ambos pasaran
por el portal. (Historia Sufí) El
portero del botiquín No
había en el pueblo peor oficio que el de portero del botiquín. Pero ¿qué otra
cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a
escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. Un día se hizo cargo del
botiquín un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió
modernizar el negocio. Hizo cambios y después cito al personal para darle
nuevas instrucciones. Al portero, le dijo: "A partir de hoy usted, además
de estar en la puerta, me va a preparar un informe semanal donde registrará la
cantidad de personas que entran día por día y anotará sus comentarios y
recomendaciones sobre el servicio". El hombre tembló, nunca le había
faltado disposición al trabajo pero..... "Me encantaría satisfacerlo,
señor -balbuceo- pero yo... yo no sé leer ni escribir". "¡Ah! ¡Cuánto
lo siento!". "Pero, señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en
esto toda mi vida". No le dejó terminar: "Mire, yo comprendo, pero no
puedo hacer nada por usted. Le vamos a dar una indemnización para que tenga
hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga
suerte". El
hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar
a encontrarse en esa situación. ¿Qué hacer? Recordó que en el botiquín, cuando
se rompía una silla o una mesa, él, con un martillo y clavos lograba hacer un
arreglo sencillo y provisorio. Pensó que ésta podría ser una ocupación
transitoria hasta conseguir un empleo. El problema es que sólo contaba con unos
clavos oxidados y una tenaza mellada. Usaría parte del dinero para comprar una
caja de herramientas completa. Como en el pueblo no había una ferretería, debía
viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra.
¿Qué más da?, pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y
completa caja de herramientas. De inmediato su vecino llamó a la puerta de su
casa. Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme. Mire, sí, lo
acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo...
Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano. Está bien. A la mañana
siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. Mire, yo todavía
necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende? No, yo lo necesito para trabajar
y además, la ferretería esta a dos días de mula. Hagamos un trato -dijo el
vecino- Yo le pagaré los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del
martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece? Realmente, esto le
daba trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. Al regreso,
otro vecino le esperaba en la puerta de su casa. Hola, vecino. ¿Usted le vendió
un martillo a nuestro amigo? Sí. Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto
a pagarle sus cuatros días de viaje, más una pequeña ganancia. Yo no dispongo
de tiempo para el viaje. El ex-portero abrió su caja de herramientas y su
vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y
se fue. "No dispongo de cuatro días para compras", recordaba. Si esto
era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje arriesgó un poco más del dinero trayendo más herramientas
que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes. La
voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una
vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que
necesitaban sus clientes. Alquiló un local para almacenar las herramientas y
algunas semanas después, con una vidriera, el local se transformó en la primera
ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no
viajaba, los fabricantes le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con
el tiempo, las comunidades cercanas preferían comprar en su ferretería y ganar
dos días de marcha. Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría
fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? Las
tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los
tornillos.... Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel
hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de
herramientas. Un día decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría,
además de leer y escribir, las artes y oficios más prácticos de la época. En el
acto de inauguración de la escuela, el alcalde le entregó las llaves de la
ciudad, le abrazó y le dijo: Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos que
ponga su firma en la primera hoja del libro de honor de la nueva escuela.. El
honor sería enorme -dijo el hombre-, pero yo no sé leer ni escribir. Soy
analfabeto. ¿Usted?, dijo el Alcalde, que no alcanzaba a creerlo. ¿Usted
construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me
pregunto..., ¿qué hubiera sido de usted si hubiera sabido leer y escribir? Yo
se lo puedo contestar -respondió el hombre con calma-. Si yo hubiera sabido leer
y escribir... sería portero del botiquín! Las adversidades encierran
bendiciones. Las crisis están llenas de oportunidades. Cambiar y adaptarse al
cambio siempre será la opción más segura. Emilia
Kaczorowska Emilia
Kaczorowska tiene casi cuarenta años. Vive en una modesta población de un país
europeo. Emilia tiene un hijo y me cuenta de las dificultades a las que ella y
su marido se enfrentan cada día para sacar adelante la familia. Sabe que yo
tengo cierta intuición y buen criterio para aconsejarla y por eso acude a mí
con frecuencia. Esta vez, hablando de los hijos, comentamos lo incierto que
aparece el futuro para una familia como la de ellos. Yo sé que Emilia morirá en
no más de diez años, y no sólo eso, sino que su marido morirá al poco de comenzar
la guerra. Su hijo mayor morirá también. ¿La planificación familiar es una
necesidad para ellos? ¿Qué futuro les puede esperar? Quizá sea mejor que no
nazca... Además, Emilia tiene ya casi cuarenta años. A esa edad, puedes tener
un hijo deforme... Puedes recurrir a diversos procedimientos para evitarlos.
Serías insensata, inhumana, irresponsable... ¿Qué herencia les vas a dejar?
Piensa en el mundo tan desastroso que verán tus hijos, contempla los días tan
difíciles que viviremos después de la invasión de nuestro país. Emilia me
escuchó con paciencia y atención; me dio las gracias y se despidió de mi. A los
pocos meses Emilia me da la noticia de que está embarazada. Yo me indigno:
"¡Estas mujeres ignorantes y necias que no saben hacer otra cosa que tener
hijos!". Ella, callada, me escucha serena y continúa su pesado trabajo, y
lleva con una amable sonrisa las dificultades propias del embarazo. Finalmente,
Emilia da a luz a un hijo más. Mis predicciones fatalistas se cumplen una tras
otra: Emilia muere dejando a su pequeño hijo de apenas 10 años; luego muere su
hijo mayor; finalmente muere su esposo. Solo queda en el mundo el pequeño
Karol. Hoy, más de sesenta años después, millones de hombres y mujeres de todas
las razas y todas las condiciones sociales llaman a Karol de otra manera: le
llaman Juan Pablo II. Escoger
entre diversas causas Estaba
charlando con mi capitán durante el servicio militar. Salieron diversos
recuerdos de épocas anteriores. Me contó que hace unos años tuvo que ir al
médico porque se encontraba fatal. El doctor le explicó enseguida las causas,
que se referían a la vida que llevaba: "Esto es lo propio del estilo de
vida que usted está llevando: el tabaco, el estrés, la responsabilidad..., en
fin lo propio de la vida intelectual...". "En fin -concluyó el
capitán, al final de su relato-, que tuve que dejarlo". "¿El qué, el
tabaco?, pregunté. "No, lo intelectual". Ese
niño me enseñó a amar En
una ocasión, en Calcuta, no teníamos azúcar para nuestros niños. Sin saber
cómo, un niño de cuatro años había oído decir que la Madre Teresa se había
quedado sin azúcar. Se fue a su casa y les dijo a sus padres que no comería
azúcar durante tres días para dárselo a la Madre Teresa. Sus padres lo trajeron
a nuestra casa: entre sus manitas tenía una pequeña botella de azúcar, lo que
no había comido. Aquel pequeño me enseñó a amar. Lo más importante no es lo que
damos sino el amor que ponemos al dar. (Madre Teresa de Calcuta) Estar
al lado de un amigo Lo
más importante que he hecho en la vida tuvo lugar el 8 de octubre de 1990. Mi
madre cumplía 65 anos, y yo había viajado a casa de mis padres en
Massachusetts, para celebrarlo con la familia. Comencé el día jugando con un
antiguo compañero de clase y amigo mío, al que no había visto en mucho tiempo.
Entre jugada y jugada conversamos acerca de lo que estaba pasando en la vida de
cada cual. Me contó que su esposa y el acababan de tener un bebé encantador.
Mientras jugábamos, un coche se acercó a toda velocidad, se bajó un hombre que,
consternado, le dijo que su bebé había dejado de respirar y lo habían llevado
de urgencia al hospital. En un instante mi amigo subió al auto y se marchó
dejando tras de sí una nube de polvo. Por un momento me quedé donde estaba, sin
acertar a moverme, pero luego traté de pensar qué debía hacer: ¿Seguir a mi
amigo al hospital? Mi presencia allí, me dije, no iba a servir de nada, pues la
criatura seguramente estaría al cuidado de médicos y enfermeras, y nada de lo
que yo hiciera o dijera iba a cambiar las cosas. ¿Brindarle mi apoyo moral?
Bueno, quizás. Pero tanto él como su esposa provenían de familia numerosas y
sin duda estarían rodeados de parientes que les ofrecerían consuelo y el apoyo
necesario pasara lo que pasara. Lo único que haría sería estorbar. Además había
planeado dedicar todo mi tiempo a mi familia, que estaba aguardando mi regreso.
Así que decidí reunirme con ellos e ir más tarde a ver a mi amigo. Al poner en
marcha el auto que había alquilado, me percaté que mi amigo había dejado su
furgoneta, con las llaves puestas, estacionada junto a las canchas. Me vi
entonces ante otro dilema: no podía dejar así el vehículo, pero si lo cerraba y
me llevaba las llaves, ¿qué iba a hacer con ellas? Decidí pues ir al hospital y
entregarle las llaves. Cuando llegué, me indicaron en qué sala estaban mi amigo
y su esposa, como supuse, el recinto estaba lleno de familiares que trataban de
consolarlos. Entré sin hacer ruido y me quedé junto a la puerta, tratando de
decidir qué hacer. No tardó en presentarse un médico, que se acercó a la pareja
y, en voz baja les comunicó que su hijo había fallecido, víctima del síndrome
conocido como "muerte en la cuna". Durante lo que pareció una
eternidad estuvieron abrazados, llorando, mientras todos los demás los rodeamos
en medio del silencio y el dolor. Cuando se recuperaron un poco, el médico les
preguntó si deseaban estar un momento con su hijo. Mi amigo y su esposa se
pusieron de pie caminaron resignadamente hacia la puerta. Al verme allí, en un rincón,
los dos se acercaron, y mi amigo me dio un abrazo y comenzó a llorar.
"Gracias por estar aquí", me dijo. Durante el resto de la mañana,
permanecí sentado en la sala de urgencias del hospital, viendo a mi amigo y a
su esposa sostener en brazos a su hijo sin vida. Aquella
experiencia me dejo tres enseñanzas. La primera es que aquello ocurrió cuando
no había absolutamente nada que yo pudiera hacer. Nada de lo que aprendí en la
universidad, ni los seis años que llevaba ejerciendo mi profesión, me sirvió en
tales circunstancias. A dos personas a las que yo estimaba les sobrevino una
desgracia, y yo era impotente para remediarla. Lo único que pude hacer fue
acompañarlos y esperar el desenlace. Pero estar allí en esos momentos en que
alguien me necesitaba era lo principal. Lo que hice estuvo a punto de no
ocurrir, debido a las cosas que aprendí en la Universidad y en mi vida
profesional. En la facultad de Derecho me enseñaron a tomar los datos,
analizarlos y organizarlos y después evaluar esta información sin
apasionamiento. Esa habilidad es vital en los abogados. Cuando la gente acude a
nosotros en busca de ayuda, suele estar angustiada y necesita que su abogado
piense con lógica. Pero al aprender a pensar, casi me olvide de sentir. Hoy, no
tengo duda alguna que debí haber subido al coche sin titubear y seguir a mi
amigo al hospital. La tercera cosa que aprendí es que la vida puede cambiar en
un instante. Intelectualmente, todos sabemos esto, pero creemos que las
desdichas les pasan a otros. Así hacemos planes y concebimos nuestro futuro
como algo tan real que pareciera que ya ocurrió. Pero dejamos de advertir todos
los presentes que pasan junto a nosotros, y olvidamos que perder el empleo,
sufrir una enfermedad grave, toparse con un conductor ebrio y miles de cosas
más pueden alterar ese futuro en un abrir y cerrar de ojos. En ocasiones a uno
le hace falta vivir una tragedia para volver a poner las cosas en perspectiva. Hay
un hoyo en mi acera CAPÍTULO
UNO. Bajo por una calle y hay un hoyo grande. Yo no lo veo y caigo en él. Es
profundo y oscuro. Tardo mucho tiempo en lograr salir. No es mi defecto. CAPÍTULO
DOS. Bajo por la misma calle. Hay un hoyo grande y lo veo, pero caigo de nuevo
en él. Es profundo y oscuro. Tardo mucho tiempo en lograr salir. Todavía no es
mi defecto. CAPÍTULO
TRES. Bajo por una calle. Hay un hoyo grande, y lo veo, pero todavía caigo de
nuevo en él. Ha llegado a ser un hábito. Pero ya voy aprendiendo a salir
rápidamente del hoyo. Reconozco mi defecto. CAPÍTULO
CUATRO. Bajo por una calle. Hay un hoyo grande. Lo rodeo. CAPÍTULO
CINCO. Bajo por una calle diferente. Imaginación
en momento crítico Cuenta
una antigua leyenda que, en la Edad Media, un hombre muy virtuoso fue
injustamente acusado de haber asesinado a una mujer. En realidad, el verdadero
autor era una persona muy influyente en el reino y, por eso, desde el primer
momento se procuró un "chivo expiatorio", para encubrir al
culpable. El
hombre fue llevado a juicio ya sabiendo que tendría escasas o nulas
posibilidades de escapar a la horca. El juez, también implicado en la infamia,
cuidó no obstante de dar todo el aspecto de un juicio justo. Siguieno una
práctica de entonces, dijo al acusado: - "Conociendo tu fama de hombre
justo y devoto de Dios, vamos a dejar en manos de Él tu destino: vamos a
escribir en dos papeles separados las palabras "culpable" e
"inocente". Tú escogerás y será la mano de Dios la que decida tu
destino". Por
supuesto, el mal funcionario había preparado dos papeles con la misma leyenda:
"CULPABLE". La pobre víctima se daba cuenta de que el sistema
propuesto era una trampa. No había escapatoria. El juez conminó al hombre a
tomar uno de los papeles doblados. Éste respiró profundamente, quedó en
silencio unos cuantos segundos con los ojos cerrados y, cuando la sala
comenzaba ya a impacientarse, abrió los ojos y, con una extraña sonrisa, tomó
uno de los papeles y llevándolo a su boca lo engulló rápidamente. Sorprendidos
e indignados los presentes le reprocharon airadamente... - "Pero ¡¿qué
hizo...?! Y ¿ahora...? ¿Cómo vamos a saber el veredicto...?!" - "Es
muy sencillo, respondió el hombre: - "Es cuestión de leer el papel que
queda, y sabremos lo que decía el que me tragué." Y no les quedó más
remedio que liberar al acusado. Jerry,
el optimista Jerry
siempre estaba de buen humor, y siempre tenía algo positivo que decir. Cuando
alguien le preguntaba cómo le iba, el respondía: -Si pudiera estar mejor, sería
gemelos. Era gerente de un restaurante, y era un gerente único porque tenía
varias meseras que lo habían seguido de restaurante en restaurante. La razón
por la que las meseras seguían a Jerry era por su actitud: él era un motivador
natural. Si un empleado tenía un mal día, Jerry estaba ahí para decirle al
empleado cómo ver el lado positivo de la situación. Este
estilo realmente me causó curiosidad, así que un día fui a buscar a Jerry y le
pregunté: - No lo entiendo... no es posible ser una persona positiva todo el
tiempo, ¿cómo lo haces? Jerry respondió: - Cada mañana me despierto y me digo a
mí mismo: "Jerry, tienes dos opciones hoy. Puedes escoger estar de buen
humor o estar de mal humor". Escojo estar de buen humor. Cada vez que
sucede algo malo, puedo escoger entre ser una víctima o aprender de ello.
Escojo aprender de ello. Cada vez que alguien viene a mí para quejarse, puedo
aceptar su queja o puedo señalarle el lado positivo de la vida. Escojo
señalarle el lado positivo de la vida. - Sí, claro... pero no es tan fácil -
protesté. - Sí lo es - dijo Jerry -. Todo en la vida es acerca de elecciones.
Cuando quitas todo lo demás, cada situación es una elección. Tú eliges como
reaccionas ante cada situación. Tú eliges como la gente afectará tu estado de
ánimo. Tú eliges estar de buen humor o mal humor. En resumen: ¡tú eliges cómo
vivir la vida! Reflexioné
en lo que Jerry me dijo. Poco tiempo después, dejé la industria de restaurantes
para iniciar mi propio negocio. Perdimos contacto, pero con frecuencia pensaba
en Jerry cuando tenía que hacer una elección en la vida. Varios años más tarde,
me enteré que Jerry hizo algo que nunca debe hacerse en un restaurante. Dejó la
puerta de atrás abierta una mañana, y fue asaltado por tres ladrones armados.
Mientras trataba de abrir la caja fuerte, su mano, temblando por el
nerviosismo, resbaló de la combinación. Los asaltantes sintieron pánico y le
dispararon. Con mucha suerte, Jerry fue encontrado relativamente pronto y
llevado de emergencia a una clínica. Después de 18 horas de cirugía y varias
semanas de terapia intensiva, Jerry fue dado de alta aún con fragmentos de bala
en su cuerpo. Me
encontré con Jerry seis meses después del accidente y, cuando le pregunté cómo
estaba, me respondió: - Si pudiera estar mejor, tendría un gemelo. Le pregunté
que pasó por su mente en el momento del asalto. Contestó: - Lo primero que vino
a mi mente fue que debí haber cerrado con llave la puerta de atrás. Cuando
estaba tirado en el piso, recordé que tenía dos opciones. Podía elegir vivir o
podía elegir morir. Y elegí vivir. - ¿No sentiste miedo? - le pregunté. Jerry
continuó: - Los médicos fueron geniales. No dejaban de decirme que iba a estar
bien, pero cuando me llevaron al quirófano y vi las expresiones en sus caras y
en las de las enfermeras, realmente me asusté... podía leer en sus ojos que era
hombre muerto. Supe entonces que debía tomar acción... - ¿Y qué hiciste? -
pregunté. - Bueno... uno de los médicos me preguntó si era alérgico a algo y,
respirando profundo, grité: "¡Sí, a las balas!". Mientras reían, les
dije: "Estoy escogiendo vivir... opérenme como si estuviera vivo, no
muerto". Jerry vivió por la maestría de los médicos, pero sobre todo por
su actitud. La
importancia de un elogio Yo
enseñaba en el tercer año de primaria de la escuela Saint Mary's, en Morris,
Minn. Mis 34 estudiantes eran queridos para mí, pero Mark Eklund era uno en un
millón. Tenía muy buena presencia, y esa actitud
"feliz-de-estar-vivo" que hasta hacía sus ocasionales mal
comportamientos deliciosos. Mark hablaba incesantemente. Yo tenía que
recordarle una y otra vez que hablar sin permiso no era aceptable. Sin embargo,
lo que me impresionaba era su respuesta sincera cada vez que tenía que
corregirlo por no portarse bien. Al
principio no sabía como comportarme, pero después de poco tiempo me acostumbré
a escucharlo muchas veces al día. Una mañana en la que Mark hablaba demasiado,
empecé a impacientarme y cometí un error de maestra novata. Miré a Mark y le
dije: - Si dices una sola palabra más, te pondré cinta en la boca. No habrían
pasado diez segundos cuando Chuck dijo: - Mark está hablando de nuevo. Yo no le
había pedido a ningún alumno que me ayudara, pero como había anunciado el
castigo frente a toda la clase, tenía que aplicarlo. Recuerdo la escena como si
hubiese ocurrido esta mañana. Caminé hacia mi escritorio y abrí cada uno de los
cajones hasta encontrar la cinta adhesiva. Sin decir una palabra, me acerqué al
escritorio de Mark, corté dos piezas de cinta e hice una gran X sobre su boca.
Despues regresé al frente del salón. Apenas miré de reojo a Mark, él me guiñó
un ojo. ¡Con eso tuve suficiente...! Comencé a reír. La clase vitoreaba
mientras yo caminaba hacia el escritorio de Mark. Le saqué la cinta y me encogí
de hombros. Sus primeras palabras fueron: - ¡Gracias, hermana! A
fin de año me pidieron que enseñara matemáticas en tercer año de la secundaria.
Los años volaron y, antes de que me diera cuenta, Mark estaba en mi clase de
nuevo. Estaba más guapo que nunca e igual de educado. Pero debido a que tenía
que escuchar atentamente mis instrucciones sobre la "nueva
matemática", no habló tanto en 3° de secundaria como en 3° de primaria. Un
viernes, las cosas simplemente no se sentían bien. Habíamos estado trabajando
en un nuevo concepto toda la semana, y yo sentía que los estudiantes no lo
estaban entendiendo, frustrados consigo mismos y tensos uno con el otro. Tenía
que detener eso antes de que se me fuera de las manos, así que le pedí a cada
uno que hiciera una lista de los nombres de los otros estudiantes del salón en
dos hojas de papel, dejando un espacio en blanco entre cada nombre. Después les
dije que pensaran en la cosa más bonita que pudieran decir de cada uno de sus
compañeros, y que la escribieran en los espacios correspondientes. Les tomó el
resto de la clase cumplir con la consigna. Cuando se estaban yendo, me
entregaron los papeles. Charlie sonrió, y Mark dijo: - Gracias, hermana. Que
tenga un buen fin de semana. Ese
sábado escribí el nombre de cada uno de los alumnos en distintas hojas de
papel, y listé lo que cada uno había dicho de ese individuo. El lunes le di a
cada alumno su lista. Muy pronto todos los alumnos estaban sonriendo. - ¿De
verdad? - escuché que susurraban. - No sabía que eso significaba algo para
alguien. - No sabía que le agradaba tanto a los demás... Nunca nadie mencionó
esos papeles en clase otra vez. Yo nunca supe si los discutieron después de
clase o con sus padres, pero no importaba. La actividad había cumplido su
propósito. Los estudiantes estaban contentos consigo mismos y con los demás de
nuevo. Ese grupo de estudiantes siguió adelante con sus estudios. Varios
años más tarde, después de regresar de mis vacaciones, mis padres me
encontraron en el aeropuerto. Mientras íbamos de regreso a casa, mamá me hizo
las preguntas usuales acerca de mi viaje: el clima, mi experiencia en general.
Hubo una pausa en la conversación. Mamá cruzó una mirada con papá y simplemente
dijo: - ¿Papá? Mi padre se aclaró la garganta, como siempre lo hace antes de decir
algo importante. - Los Eklund llamaron ayer en la noche - empezó. - ¿De veras?
- dije. - ¡No he sabido nada de ellos en años! Me pregunto como estará Mark. Papá
respondió calladamente. - Mark murió en Vietnam. El funeral es mañana, y a sus
padres les gustaría que fueras. Hasta este día aún puedo recordar exactamente
el letrero I-494, donde papá me dijo lo de Mark. Yo nunca antes había visto a
un soldado en un ataúd militar. Mark se veía tan guapo, tan maduro... todo lo
que podía pensar en ese momento era: - Mark... yo daría toda la cinta adhesiva
del mundo si tan sólo pudieras hablarme. La iglesia estaba llena, estaban todos
los amigos de Mark. La hermana de Chuck cantó el himno de batalla de la
República. ¿Por qué tenía que llover el día del funeral? Ya era suficientemente
difícil con la grava. El pastor dijo las oraciones habituales y se tocó música.
Uno por uno, los que amaron a Mark se acercaron al ataúd y lo rociaron con agua
bendita. Yo fui la última en bendecir el ataúd. Mientras
estaba parada ahí, uno de los soldados se me acercó. - ¿Era usted la maestra de
matemáticas de Mark? - me preguntó. Yo asentí, mientras continuaba mirando
fijamente el ataúd. - Mark hablaba mucho de usted - me dijo. Después del
funeral, la mayoría de los antiguos compañeros de clase de Mark fueron a la
granja de Chuck, para almorzar. Los
padres de Mark estaban ahí, obviamente esperándome. - Queremos enseñarle algo -
dijo su padre, sacando una billetera de su bolsillo. - Le encontraron esto a
Mark cuando murió, pensamos que a lo mejor lo reconocería. Abriendo la
billetera, sacó cuidadosamente dos piezas de una libreta que obviamente había
sido sacada, pegada y doblada muchas veces. Yo sabía, sin mirar, que los
papeles eran aquellos en los que yo había listado todas las cosas buenas que
cada uno de los compañeros de Mark había dicho de él. - Muchas gracias por
haber hecho eso - dijo la mama de Mark. - Como puede ver, Mark lo valoraba. Los
compañeros de Mark se empezaban a reunir alrededor de nosotros. Charlie sonrió,
y dijo: - Yo todavía tengo mi lista. Está en el cajón de arriba, en el
escritorio de mi casa. La esposa de Chuck dijo: - Chuck me pidió que pusiera la
suya en nuestro álbum de bodas. - Yo también tengo la mía - dijo Marilyn. -
Está en mi diario. Entonces Vicki, otra compañera, sacó la billetera de su
cartera y mostró su ya vieja lista al grupo. - Siempre cargo con esto - dijo
Vicki. - Creo que todos aún tenemos nuestras listas. Ahí fue cuando yo
finalmente me senté y lloré. Lloré por Mark y por todos sus amigos, que nunca
lo verían de nuevo. Algunas veces la cosa mas pequeña puede significar mucho
para otra persona. La
joya Un
monje andariego se encontró, en uno de sus viajes, una piedra preciosa, y la
guardó en su talega. Un día se encontró con un viajero y, al abrir su talega
para compartir con él sus provisiones, el viajero vio la joya y se la pidió. El
monje se la dio sin más. El viajero le dio las gracias y marchó lleno de gozo
con aquel regalo inesperado de la piedra preciosa que bastaría para darle
riqueza y seguridad todo el resto de sus días. Sin embargo, pocos días después
volvió en busca del monje mendicante, lo encontró, le devolvió la joya y le
suplicó: "Ahora te ruego que me des algo de mucho más valor que esta joya.
Dame, por favor, lo que te permitió dármela a mí". La
mirada de su padre Un
muchacho vivía solo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria y
muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio,
usualmente no tenía la oportunidad de jugar, bueno, casi nunca, sin embargo su
padre permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía. El joven era el más
bajo de la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en el
equipo de fútbol del colegio; su padre siempre le daba orientación y le explicaba
claramente que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en
realidad"... pero el joven amaba el fútbol, ¡no faltaba a una práctica ni
a un juego!, estaba decidido en dar lo mejor de sí, ¡se sentía felizmente
comprometido! Durante su vida en secundaria lo recordaron como el
"calentador del banquillo", debido a que siempre permanecía
sentado... su padre con su espíritu de luchador, siempre estaba en las gradas,
dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría
esperar. Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol,
todos estaban seguros que no lo lograría, pero a todos venció, entrando al
equipo. El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado
además por como él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de las
prácticas y al mismo tiempo le daba a los demás miembros del equipo un gran
entusiasmo. La noticia llenó por completo su corazón, corrió al teléfono más
cercano y llamó a su padre, quien compartió con él la emoción. Le enviaba en
todas las temporadas todas las entradas para que asistiera a los juegos de la
Universidad. El joven era muy persistente, nunca faltó a un entrenamiento ni a
un partido durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo la
oportunidad de jugar ningún partido. Era el final de la temporada y justo unos
minutos antes que comenzara el primer juego de las eliminatorias, el entrenador
le entregó un telegrama. El joven lo tomó y luego de leerlo se quedó en
silencio. Temblando le dijo al entrenador: "Mi padre murió esta mañana,
¿no hay problema de que falte al juego hoy?". El entrenador lo abrazó y le
dijo: "Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el
sábado". Llegó el sábado, y el partido no estaba muy bien, en el tercer
cuarto, cuando el equipo tenía 10 puntos de desventaja, el joven entró a los
vestuarios y se puso el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su
equipo, que estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso.
"Entrenador, por favor, permítame jugar... yo tengo que jugar hoy",
imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera
podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias.
Pero el joven insistió tanto, que finalmente el entrenador sintió lástima y
aceptó: "Bien, hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo". Minutos
después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer lo que estaban
viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en ningún juego,
estaba haciendo todo perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en el
campo, corría fácilmente como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar,
hasta que empató el juego. En los segundos de cierre el muchacho interceptó un
pase y corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. La gente que estaba
en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó cargado por todo el
campo. Finalmente cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba
sentado calladamente y solo en una esquina, se acercó y le dijo: "Muchacho
no puedo creerlo, ¡estuviste fantástico! Dime, ¿cómo lo lograste?". El
joven miró al entrenador y le dijo: "Usted sabe que mi padre murió... pero
no sabía que mi padre era ciego". El joven hizo una pausa y trató de
sonreír. "Mi padre asistió a todos mis juegos, pero hoy era la primera vez
que podía verme jugar... y yo quise demostrarle que sí podía hacerlo". La
muñeca y la rosa blanca De
prisa, entré a la tienda por departamentos a comprar unos regalos de Navidad a
última hora. Miré a mi alrededor toda la gente que allí había y me molesté un
poco. Estaré aquí una eternidad, con tanto que tengo que hacer, pensé. La
Navidad se había convertido ya casi en una molestia. Estaba deseando dormirme
por todo el tiempo que durara la Navidad. Pero me apresuré lo más que pude por
entre la gente en la tienda. Entré en el departamento de juguetes. Otra vez más
me encontré murmurando para mí misma, sobre los precios de aquellos juguetes.
Me pregunté si mis nietos jugarían realmente con ellos. De pronto, me encontré
en la sección de muñecas. En una esquina, me encontré un niñito, como de cinco
años, sosteniendo una preciosa muñeca. Estaba tocándole el cabello y la
sostenía muy tiernamente. No me pude aguantar, me quedé mirándolo fijamente y
preguntándome para quién sería la muñeca, cuando de pronto se le acercó una
mujer, a la cual llamó tía. El niño le preguntó: "¿Estás segura que no
tengo dinero suficiente?" Y la mujer le contestó, con un tono impaciente:
"Tú sabes que no tienes suficiente dinero para comprarla." La mujer le
dijo al niño que se quedara allí donde estaba mientras ella buscaba otras cosas
que le faltaban. El niño continuó sosteniendo la muñeca. Después
de un ratito, me le acerqué y le pregunté al niño para quién era la muñeca. El
me contestó: "Esta muñeca es la que mi hermanita quería tanto para
Navidad. Ella estaba segura que Santa Claus se la iba a traer." Yo le dije
que lo más seguro era que Santa Claus se la traería. Pero él me contestó:
"No, no puede ir donde mi hermanita está. Yo le tengo que dar la muñeca a
mi mamá para que ella se la lleve a mi hermanita." Yo le pregunté dónde
estaba su hermana. El niño, con una cara muy triste me contestó: "Ella se
ha ido con Jesús. Mi papá dice que mamá se va a ir con ella también." Mi
corazón casi deja de latir. Volví a mirar al niño una y otra vez. El continuó:
"Le dije a papá que le dijera a mamá que no se fuera todavía. Le dije que
le dijera a ella que esperara un poco hasta que yo regresara de la
tienda." El niño me preguntó si quería ver su foto y le dije que me encantaría.
Entonces, el sacó unas fotografías que tenía en su bolsillo y que había tomado
al frente de la tienda y me dijo: "Le dije a papá que le llevara estas
fotos a mi mamá para que ella nunca se olvide de mí. Quiero mucho a mi mamá y
no quisiera que ella se fuera. Pero papá dice que ella se tiene que ir con mi
hermanita." Me dí cuenta que el niño había bajado la cabeza y se había
quedado muy callado. Mientras él no miraba, metí la mano en mi cartera y saqué
unos billetes. Le dije al niño que contáramos el dinero una y otra vez. El niño
se entusiasmó mucho y comentó: "Yo sé que es suficiente." Y comenzó a
contar el dinero otra vez. El dinero ahora era suficiente para pagar la muñeca.
El niño, en una voz muy suave, comentó: "Gracias Jesús por darme suficiente
dinero." El niño entonces comentó: "Yo le acabo de pedir a Jesús que
me diera suficiente dinero para comprar esta muñeca, para que así mi mamá se la
pueda llevar a mi hermanita. Y Él oyó mi oración. Yo le quería pedir dinero
suficiente para comprarle a mi mamá una rosa blanca también, pero no lo hice.
Pero Él me acaba de dar suficiente para comprar la muñeca y la rosa para mi
mamá. A ella le gustan mucho las rosas. Le gustan mucho las rosas
blancas." En unos minutos la tía regresó y yo desapercibidamente me fuí.
Mientras terminaba mis compras, con un espíritu muy diferente al que tenía al
comenzar, no podía dejar de pensar en el niño. Seguí pensando en una historia
que había leído en el periódico unos días antes, acerca de un accidente causado
por un conductor ebrio, el cual había causado un accidente donde había perecido
una niñita y su mamá estaba en estado de gravedad. La familia estaba
deliberando en si mantener o no a la mujer con vida artificial y máquinas. Me
di cuenta de inmediato que este niño pertenecía a esa familia. Dos días más
tarde leí en el periódico que la mujer del accidente había sido removida de la
maquinaria que la mantenía viva y había muerto. No me podía quitar de la mente
al niño. Más tarde ese día, fui y compré un ramo de rosas blancas y las llevé a
la funeraria donde estaba el cuerpo de la mujer. Y allí estaba, la mujer del
periódico, con una rosa blanca en su mano, una hermosa muñeca, y la foto del
niño en la tienda. Me fui llorando ... mi vida había cambiado para siempre. El
amor de aquel niño por su madre y su hermanita era enorme. En un segundo, un
conductor ebrio le había destrozado la vida en pedazos a aquel niñito. Ahora
tú tienes la opción, tú puedes: 1) cambiar de actitud y ser más sensible ante
la necesidad de los demás, pudiendo convertirte en instrumento de Dios para
ayudar a otros y reenviar esto a tus amigos; o 2) borrarlo y actuar como si no
te hubiera tocado el corazón. La
providencia En
un lugar perdido en las montañas se produjeron unas inundaciones que fueron empantanando
de agua todo el pueblo. La Cruz Roja y Protección Civil enviaron lanchas de
salvamento. Una de las lanchas se para a la puerta de uno de los caseríos y el
aldeano que allí se encuentra les dice: "No, no; id a por otros, que a mí
me salvará la Providencia". Pasa el tiempo, el agua le cubre por encima de
la cintura, llega otra lancha, y les dice lo mismo. Tuvo suerte, porque cuando
el agua le llegaba al cuello, otra lancha le ofreció su socorro, pero el
aldeano insistió que la Providencia le salvaría. No llegó ninguna otra lancha,
y el aldeano murió ahogado. Entró en el Cielo entre protestas: "Yo
confiando en la Providencia divina... y la Providencia, nada, dejó que me
ahogara". Y escuchó la siguiente respuesta: "¡Cómo que nada! ¡Tres
lanchas te hemos enviado!". La
silla La
hija de un hombre le pidió al sacerdote que fuera a su casa a hacer una oración
para su padre que estaba muy enfermo. Cuando el sacerdote llegó a la habitación
del enfermo, encontró a este hombre en su cama con la cabeza alzada por un par
de almohadas. Había una silla al lado de su cama, por lo que el sacerdote
asumió que el hombre sabía que vendría a verlo. - "Supongo que me estaba
esperando", le dijo. - "No, ¿quién es usted?", dijo el hombre. -
"Soy el sacerdote que su hija llamó para que orase con usted. Cuando vi la
silla vacía al lado de su cama supuse que usted sabía que yo iba a venir a
verlo". - "Oh sí, la silla", dijo el hombre enfermo. "¿Le
importa cerrar la puerta?". El
sacerdote, sorprendido, la cerró. "Nunca le he dicho esto a nadie, pero
... toda mi vida la he pasado sin saber cómo orar. Cuando he estado en la
iglesia he escuchado siempre al respecto de la oración, que se debe orar y los
beneficios que trae, etc., pero siempre esto de las oraciones me entró por un
oído y salió por el otro, pues no tengo idea de cómo hacerlo. Por ello hace
mucho tiempo abandoné por completo la oración. Esto ha sido así en mí hasta
hace unos cuatro años, cuando conversando con mi mejor amigo me dijo:
"José, esto de la oración es simplemente tener una conversación con Jesús.
Así es como te sugiero que lo hagas ... Te sientas en una silla y colocas otra
silla vacía enfrente tuyo, luego con fe mira a Jesús sentado delante tuyo. No
es algo alocado el hacerlo, pues Él nos dijo 'Yo estaré siempre con ustedes'.
Por lo tanto, le hablas y lo escuchas, de la misma manera como lo estás
haciendo conmigo ahora mismo". José continuó hablando: "Es así que lo
hice una vez y me gustó tanto que lo he seguido haciendo unas dos horas diarias
desde entonces. Siempre tengo mucho cuidado que no me vaya a ver mi hija, pues
diría que son tonterías". El sacerdote sintió una gran emoción al escuchar
esto y le dijo a José que era muy bueno lo que había estado haciendo y que no
cesara de hacerlo, luego hizo una oración con él, le extendió una bendición,
los santos óleos y se fue a su parroquia. Dos
días después, la hija de José llamó al sacerdote para decirle que su padre
había fallecido. El sacerdote le preguntó: "¿Falleció en paz?".
"Sí", respondió la hija. "Cuando salí de la casa a eso de las
dos de la tarde me llamó y fui a verlo a su cama. Me dijo lo mucho que me
quería y me dio un beso. Cuando regresé de hacer compras una hora más tarde ya
lo encontré muerto. Pero hay algo extraño al respecto de su muerte, pues
aparentemente justo antes de morir se acercó a la silla que estaba al lado de
su cama y recostó su cabeza en ella, pues así lo encontré. ¿Qué cree usted que
pueda significar esto?". El sacerdote se secó las lágrimas de emoción, se
lo explicó, y concluyó: "Ojalá que todos nos pudiésemos ir de esa
manera". La
última pregunta Durante
mi último curso en la escuela, nuestro profesor nos puso un examen. Leí
rapidamente todas las preguntas, hasta que llegué a la ultima, que decía así:
¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la escuela? Seguramente era una
broma. Yo había visto muchas veces a la mujer que limpiaba la escuela. Era
alta, cabello oscuro, como de cincuenta anos, pero... ¿cómo iba yo a saber su
nombre? Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco. Antes de que
terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última pregunta
contaría para la nota del examen. Por supuesto, dijo el profesor. En sus vidas
ustedes conoceran muchas personas. Todas son importantes. Todas merecen su
atención y cuidado, aunque solo les sonrían y digan: !Hola! Yo nunca olvidé esa
lección. Tambien aprendí que su nombre era Dorothy. Lealtad
a un hermano Uno
de dos hermanos que combatían en la misma compañía, en Francia, cayó abatido
por una bala alemana. El que escapó pidió autorización a su oficial para
recobrar a su hermano. "Tal vez esté muerto -dijo el oficial-, y no tiene
sentido que arriesgues la vida para rescatar el cadáver". Pero ante sus
súplicas el oficial accedió. Cuando el soldado regresó a las líneas con su hermano
sobre los hombros, el herido falleció. "¿Ves? -dijo el oficial-
Arriesgaste la vida por nada". "No -respondió Tom-; hice lo que él
esperaba de mí, y obtuve mi recompensa. Cuando me acerqué y lo alcé en brazos,
me dijo: 'Tom, sabía que vendrías, estaba seguro de que vendrías'." Lo
que vale un amigo Un
día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mi clase
caminando de regreso a su casa. Se llamaba Kyle. Iba cargando todos sus libros
y pensé: "¿Por que se estará llevando a su casa todos los libros el
viernes? Debe ser un empollón". Yo ya tenía planes para todo el fin de
semana: fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde,
así que me encogí de hombros y seguí mi camino. Mientras
caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él. Cuando lo alcanzaron le
tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo. Vi
que sus gafas volaron y cayeron al suelo como a tres metros de él. Miró hacia
arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos. Mi corazón se estremeció,
así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus gafas. Vi lágrimas en sus
ojos. Le acerqué a sus manos sus gafas y le dije: "Esos chicos son unos
tarados, no deberían hacer esto". Me miró y me dijo: "Gracias".
Había una gran sonrisa en su cara. Una de esas sonrisas que mostraban verdadera
gratitud. Le ayudé con sus libros. Vivía
cerca de mi casa. Le pregunté por qué no lo había visto antes y me contó que se
acababa de cambiar de una escuela privada. Yo nunca había conocido a alguien
que fuera a una escuela privada. Caminamos hasta casa. Le ayudé con sus libros.
Parecía un buen chico. Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado conmigo
y mis amigos, y aceptó. Estuvimos juntos todo el fin de semana. Mientras mas
conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mi como a mis amigos. Llegó el lunes
por la mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme pila de libros de nuevo. Me
paré y le dije: "Oye, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos
libros todos los días". Se río y me dio la mitad para que le ayudara. Durante
los siguientes cuatro años nos convertimos en los mejores amigos. Cuando ya
estabamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de
Georgetown y yo a la de Duke. Sabía que siempre seríamos amigos, que la
distancia no sería un problema. El estudiaría medicina y yo administración, con
una beca de fútbol. Llegó
el gran día de la Graduación. El preparó el discurso. Yo estaba feliz de no ser
el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien. Era uno de esas personas
que se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en
todos los aspectos, se veía bien con sus gafas. Tenía más citas con chicas que
yo y todas lo adoraban. ¡Caramba! algunas veces hasta me sentía celoso... Hoy
era uno de esos días. Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que
le di una palmadita en la espalda y le dije: "Vas a estar genial,
amigo". Me miró con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me
sonrió: "Gracias", me dijo. Limpió
su garganta y comenzó su discurso: "La Graduación es un buen momento para
dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado a través de estos años
difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador...
pero principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles que ser amigo de
alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir y, a este propósito, les
voy a contar una historia". Yo miraba a mi amigo incrédulo cuando comenzó
a contar la historia del primer día que nos conocimos. Aquel
fin de semana él tenia planeado suicidarse. Habló de cómo limpió su armario y
por qué llevaba todos sus libros con él: para que su madre no tuviera que ir
después a recogerlos a la escuela. Me miraba fijamente y me sonreía.
"Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo
irremediable". Yo escuchaba con asombro como este apuesto y popular chico
contaba a todos ese momento de debilidad. Sus padres también me miraban y me
sonreían con esa misma sonrisa de gratitud. En
ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras: "Nunca subestimes
el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra
persona, para bien o para mal. Dios nos pone a cada uno frente a la vida de
otros para impactarlos de alguna manera". No
juzgar antes de tiempo En
los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de diez años entró en un
establecimiento y se sentó en una mesa. La camarera puso un vaso de agua en
frente de él. ¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con cacahuetes?, preguntó
el niño. Cincuenta centavos, respondió la camarera. El niño sacó la mano de su
bolsillo y examinó sus monedas. ¿Y cuánto cuesta un helado solo?, volvió a
preguntar. Algunas personas estaban esperando por una mesa y la camarera ya
estaba un poco impaciente. "Treinta y cinco centavos", dijo ella
bruscamente. El niño volvió a contar la monedas. "Quiero el helado
solo", dijo el niño. La mesera le trajo el helado, puso la cuenta sobre la
mesa y se fue. El niño terminó el helado, pagó en la caja y se fue. Cuando la
camarera volvió, empezó a limpiar la mesa y entonces le costó tragar saliva con
lo que vio. Allí, puesto ordenadamente junto al plato vacío, habían veinticinco
centavos. Su propina. No
todo es como parece 1)
Si ustedes conocieran a una mujer sifilítica que esta embarazada, que ya tiene
ocho hijos, tres de los cuales son sordos, dos son ciegos y uno es retrasado
mental, ¿le recomendarían que abortara? Lean la próxima pregunta antes de
contestar esta. 2)
Es tiempo de elegir a un líder mundial y el voto de ustedes cuenta. Estos son
los hechos de los tres candidatos: Candidato A : se lo asocia con políticos
corruptos y suele consultar a oráculos y videntes. Ha tenido dos amantes. Fuma
un cigarrillo detrás de otro y bebe de 8 a 10 martinis por día. Candidato B: lo
echaron del trabajo dos veces, duerme hasta tarde, usaba opio en la universidad
y toma un cuarto de botella de whisky cada noche. Candidato C: Es un héroe
condecorado de guerra. Es vegetariano, no fuma, toma de vez en cuando alguna
cerveza y no ha tenido relaciones extra matrimoniales. ¿Cuál de estos
candidatos elegirían? El
candidato A es Franklin D. Roosevelt. El candidato B es Winston Churchill. El
candidato C es Adolph Hitler. Y de paso..., la respuesta a la pregunta del
aborto... si contestaron que sí... acaban de matar a Beethoven. No
todo es lo que parece. Lo importante de las personas son ellas mismas y no su
pasado o su apariencia. Nunca
es tarde para recomenzar Cuando
Fred Astaire hizo su primera prueba cinematográfica, en 1933, el informe del
director de pruebas de la Metro decía: "Incapaz de actuar, calvo, sólo
sirve para un poco para bailar"; Astaire conservó aquel informe y lo tenía
enmarcado sobre la chimenea de su casa en Beverly Hills. Por su parte, Albert
Einstein no habló hasta los cuatro años y no aprendió a leer hasta los siete;
su maestro lo describía como "mentalmente lento y siempre abstraído en
estúpidas ensoñaciones"; lo expulsaron del colegio y le negaron el ingreso
en la escuela Politécnica de Zurich. Wiston Churchill no aprobó el sexto grado,
no llegó a ser Primer Ministro hasta los 62 años, tras toda una vida de
reveses, y sus mayores logros los consiguió cuando ya había cumplido los 75.
Richard Bach, antes de poder publicar su libro Juan Salvador Gaviota, vio cómo
el manuscrito era rechazado por dieciocho editoriales; tras ser publicado,
vendió en cinco años más de siete millones de ejemplares. Pagado
con un vaso de leche Un
día, un muchacho muy pobre que era vendedor de puerta a puerta para pagar sus
estudios, se encontró con sólo diez centavos en su bolsillo y tenía mucha
hambre. Entonces decidió que en la próxima casa iba a pedir comida. No
obstante, perdió su coraje cuando una linda y joven muchacha abrió la puerta. En
lugar de pedir comida pidió un vaso con agua. Ella pensó que él se veía
hambriento y le trajo un gran vaso con leche. Él se lo tomó y le preguntó: -
"¿Cuánto le debo?". - "No me debe nada. Mi mamá nos enseñó a
nunca aceptar pago por bondad." Él dijo: - "Entonces le agradezco de
corazón." Cuando
Howard Kelly -así se llamaba- se fue de esa casa, no sólo se sintió más fuerte
físicamente sino también en su fe en Dios y en la humanidad. Él estaba a punto
de rendirse y renunciar, pero se animó a seguir luchando con sus estudios. Años
más tarde esa jóven muchacha se enfermó gravemente. Los doctores locales
estaban muy preocupados. Finalmente la enviaron a la gran ciudad donde llamaron
a especialistas para que estudiaran su rara enfermedad. Uno de esos especialistas
era el Dr. Howard Kelly. Cuando el se dió cuenta del nombre del pueblo de donde
ella venía, una extraña luz brilló en sus ojos. Immediatamente él se levantó y
fué al cuarto donde ella estaba. Vestido en sus ropas de doctor fué a verla y
la reconoció inmediatamente. Luego volvió a su oficina determinado a hacer lo
imposible para salvar su vida. Desde ese día le dio atención especial al caso.
Después de una larga lucha, la batalla fue ganada. El Dr. Kelly pidió a la
oficina de cobros que le pasaran la cuenta final para darle su aprobación. La
miró y luego escribió algo en la esquina y la cuenta fue enviada al cuarto de
la muchacha. Ella sintió temor de abrirla porque estaba segura de que pasaría
el resto de su vida tratando de pagar esa cuenta. Finalmente ella miró, y algo
llamó su atención en la esquina de la factura. Ella leyó las siguientes
palabras: "Pagado por completo con un vaso de leche." Firmado, Dr.
Howard Kelly. Pensar
en el vecino El
padre del pintor sevillano Javier de Winthuyssen, cuando tenía que pintar la
fachada de su casa, que en Andalucía es costumbre pintarla para la primavera,
mandaba al pintor a casa del vecino de enfrente a preguntarle de qué color
quería que la pintara. Decía el viejecito encantador: "El es quien ha de
verla y disfrutarla; es natural que yo la pinte a su gusto". (Juan Ramón
Jiménez, en "El trabajo gustoso") Pensar
en los demás Recibí
una llamada telefónica de un muy buen amigo. Me alegró mucho su llamada. Lo
primero que me preguntó fue: ¿Cómo estás? Y sin saber por qué, le contesté:
"Muy solo". "-¿Quieres que hablemos?", me dijo. Le respondí
que sí y me dijo: "¿Quieres que vaya a tu casa?". Y respondí que sí.
Colgó el teléfono y en menos de quince minutos él ya estaba llamando a mi puerta.
Yo hablé durante horas de todo, de mi trabajo, de mi familia, de mi novia, de
mis deudas, y él, atento siempre, me escuchó. Se nos hizo de día, yo estaba
totalmente cansado mentalmente, me había hecho mucho bien su compañía y sobre
todo que me escuchara, que me apoyara y me hiciera ver mis errores. Me sentía
muy a gusto y cuando él notó que yo ya me encontraba mejor, me dijo:
"Bueno, me voy, tengo que ir a trabajar". Yo me sorprendí y le dije:
"¿Por qué no me habías dicho que tenias que ir a trabajar?. Mira la hora que
es, no has dormido nada, te quité tu tiempo toda la noche". Él sonrió y me
dijo: "No hay problema, para eso estamos los amigos". Yo me sentía
cada vez más feliz y orgulloso de tener un amigo así. Le acompañé a la puerta
de mi casa... y cuando él iba hacia su coche le pregunté: "Y a todo esto,
¿por qué llamaste anoche tan tarde?". Él se volvió y me dijo en voz baja:
"Es que te quería dar una noticia...". Y le pregunté: "¿Cuál
es?" Y me dijo: "Fui al médico ayer y me dijo que estoy muy enfermo.
Tengo cáncer." Yo me quedé mudo...; él me sonrió y me dijo: "Ya
hablaremos de eso. Que tengas un buen día." Se dio la vuelta y se fue.
Pasó un buen rato hasta que asimilé la situación y me pregunté una y otra vez
por qué cuando él me preguntó cómo estaba me olvidé de él y sólo hablé de mí.
¿Cómo tuvo fuerza para sonreírme, darme ánimos, decirme todo lo que me dijo,
estando él en esa situación...? Esto es increíble. Desde entonces mi vida ha
cambiado. Suelo ser menos dramático con mis problemas. Ahora aprovecho más el
tiempo con la gente que quiero. Les deseo que tengan un buen día, y les digo:
"El que no vive para servir..., no sirve para vivir...". La vida es
como una escalera, si miras hacia arriba siempre serás el último de la fila,
pero si miras hacia abajo verás que hay mucha gente que quisiera estar en tu
lugar. Detente a escuchar y a ayudar a tus amigos te necesitan. Por
qué ir a la Iglesia Un
hombre escribió una carta al director del periódico de su localidad, y
comentaba el poco sentido que había tenido para él acudir a la iglesia cada
domingo. "He ido durante 30 años -escribía-, y desde entonces he escuchado
algo así como 3000 homilía. Pero no puedo recordar uno solo de ellos. Pienso
entonces que he gastado mi tiempo, y los sacerdotes el suyo, dando sermones en
balde." A
raíz de aquella carta comenzó una pequeña polémica en las Cartas al Director de
aquel periódico. Continuó durante semanas, hasta que alguien escribió unas
breves líneas que, sorprendentemente, zanjaron todas las controversias.
"Llevo casado 30 años. Desde entonces he tomado aproximadamente 32000
comidas y cenas. Pero no puedo recordar el menú entero de ninguno de esos días.
Sin embargo, no por eso debe deducirse que hayan sido en balde. Me alimentaron
y me dieron la fuerza para vivir, y si no hubiera tomado aquellas comidas, hoy
estaría muerto." Prepárate
tú | |||