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Anécdotas Todos
los relatos por orden alfabético A
lo mejor no es todo tan difícil Christine
se asombra de lo fácil que le resulta de pronto la conversación. Algo se
estremece bajo su piel. ¿Quién soy yo de hecho, que me está pasando? ¿Por qué
puedo hacer de pronto todo esto? ¿Con qué soltura me muevo, y eso que siempre
me decían que era rígida y patosa? Y con qué soltura hablo, y supongo que no
digo ninguna ingenuidad, porque este caballero tan importante me escucha con
benevolencia. ¿Me habrá cambiado el vestido, el mundo, o lo llevaba todo dentro
y sólo carecía de valor, sólo estaba siempre demasiado atemorizada? Mi madre me
lo decía. A lo mejor no es todo tan difícil, a lo mejor la vida es
infinitamente más ligera de lo que creía, sólo hay que tener arrojo, sentirse y
percibirse a sí misma, y la fuerza acude entonces de cielos insospechados.
(Stefan Zweig, "La embriaguez de la metamorfosis") Admitir Un
anciano que tenía un grave problema de miopía se consideraba un experto en
evaluación de arte. Un día visitó un museo con algunos amigos. Se le olvidaron
las gafas en su casa y no podía ver los cuadros con claridad, pero eso no le
frenó en manifestar sus fuertes opiniones. Tan pronto entraron a la galería,
comenzó a criticar las diferentes pinturas. Al detenerse ante lo que pensaba
era un retrato de cuerpo entero, empezó a criticarlo. Con aire de superioridad
dijo: "El marco es completamente inadecuado para el cuadro. El hombre esta
vestido en una forma muy ordinaria y andrajosa. En realidad, el artista cometió
un error imperdonable al seleccionar un sujeto tan vulgar y sucio para su
retrato. Es una falta de respeto". El anciano siguió su parloteo sin parar
hasta que su esposa logró llegar hasta él entre la multitud y lo apartó
discretamente para decirle en voz baja: "Querido, estás mirando un
espejo". Moraleja: Tardamos en reconocer y admitir nuestras propias
faltas, que parecen muy grandes cuando las vemos en los demás. Aprender
a comunicarse Un
Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó
llamar a un sabio para que interpretase su sueño. "¡Qué desgracia, Mi
Señor! Cada diente caído representa la pérdida de un pariente de Vuestra
Majestad", dijo el sabio. "¡Qué insolencia! ¿Cómo te atreves a
decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí! ¡Que le den cien latigazos!",
gritó el Sultán enfurecido. Más tarde ordenó que le trajesen a otro sabio y le
contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al Sultán con atención, le
dijo: "¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa
que sobrevivirás a todos vuestros parientes". Se iluminó el semblante del
Sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran cien monedas de oro. Cuando
éste salía del Palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: "¡No es
posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que el
primer sabio. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti
con cien monedas de oro. El segundo sabio respondió: "Amigo mío, todo
depende de la forma en que se dice. Uno de los grandes desafíos de la humanidad
es aprender a comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la
felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. La verdad puede compararse con
una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero
si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura ciertamente
será aceptada con agrado." Aprender
a pensar Sir
Ernest Rutherford, presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de
Química en 1908, contaba la siguiente anécdota. Hace algún tiempo, recibí la
llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la
respuesta que había dado en un problema de física, pese a que este afirmaba con
rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y
estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.
Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre como es posible determinar la
altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había
respondido: lleva el barómetro a la azotea del edificio y átale una cuerda muy
larga. Descuélgalo hasta la base del edificio, marca y mide. La longitud de la
cuerda es igual a la longitud del edificio. Realmente, el estudiante había
planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había
respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le
concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de
estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física;
pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel. Sugerí que
se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me
respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la
respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco
minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba
marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su
dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué
que continuara. En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta:
coge el barómetro y lánzalo al suelo desde la azotea del edificio, calcula el
tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5
por A por T2. Y así obtenemos la altura del edificio. En este punto le pregunté
a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota mas alta. Tras
abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara
sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por
ejemplo, coges el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y
la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra
del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura
del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? Sí, contestó, este es un
procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este
método, coges el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta
baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas
el numero de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del
barómetro por el numero de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es
un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más
sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un
péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la
gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la
gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la
perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una
sencilla formula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del
edificio. En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo
descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular
la altura midiendo su periodo de precesión. En fin, concluyó, existen otras
muchas maneras. Probablemente, la mejor sea coger el barómetro y golpear con el
la puerta de la casa del conserje. Cuando abra, decirle: señor conserje, aquí
tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo
regalo. En este momento de la conversación, le dije si no conocía la respuesta
convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en
dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos
lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios,
sus profesores habían intentado enseñarle a pensar. El estudiante se llamaba
Niels Bohr, físico danés, premio Nobel de Física en 1922, más conocido por ser
el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los
electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría
cuántica. Al margen del personaje, lo divertido y curioso de la anécdota, lo
esencial de esta historia es que le habían enseñado a pensar. Por cierto, para
los escépticos, esta historia es absolutamente verídica. Autodominio Cada
vez que una persona, en contra de lo que debe hacer, cede a las pretensiones de
su pereza, de su estómago o de su mal carácter, debilita su voluntad, pierde
autodominio y reduce su autoestima. Unas viñetas de Mafalda dibujan
perfectamente esta situación. Felipe encuentra en su camino una lata vacía y
siente el deseo de pegarle una patada. Pero piensa interiormente: "¡El
grandullón pateando latitas!". Y pasa de largo, venciendo lo que él mismo
juzga un impulso infantiloide. El problema es que, a los pocos metros, da la
vuelta y suelta la tentadora patada. Ésta es su segunda reflexión: "¡Qué
desastre! ¡Hasta mis debilidades son más fuertes que yo!". (J.R. Ayllón,
"Placeres y buena vida"). Cambio
de rostro A
Leonardo Da Vinci le llevo siete años completar su famosa obra titulada
"La Última Cena". Las figuras que representan a los 12 apóstoles y a
Jesús fueron tomadas de personas reales. La persona que sería el modelo para
ser Cristo fue la primera en ser seleccionada. Cuando se supo que Da Vinci
pintaría esa obra, cientos de jóvenes se presentaron ante él para ser
seleccionados. Da Vinci buscaba un rostro que mostrara una personalidad
inocente, pacífica y a la vez bella. Buscaba un rostro libre de las cicatrices
y rasgos duros que deja la vida intranquila del pecado. Finalmente, después de
unos meses de búsqueda seleccionó a un joven de 19 años de edad como modelo
para pintar la figura de Jesucristo. Durante seis meses trabajó para lograr
pintar al personaje principal de esa obra. Durante los seis siguientes años, Da
Vinci continuó su obra buscando las personas que representarían a 11 apóstoles,
y dejó para el final a aquel que representaría a Judas. Estuvo buscando durante
semanas un hombre con una expresión dura y fría. Un rostro marcado por
cicatrices de avaricia, decepción, traición, hipocresía y crimen. Un rostro que
identificaría a una persona que sin duda traicionaría a su mejor amigo. Después
de muchos fallidos intentos en la búsqueda de este modelo llegó a los oídos de
Leonardo Da Vinci que había un hombre con estas características en el calabozo
de Roma. Este hombre estaba sentenciado a muerte por haber llevado una vida de
robos y asesinatos. Da Vinci vio ante él a un hombre cuyo pelo caía sobre el rostro
escondiendo dos ojos llenos de rencor, odio y ruina. Al fin había encontrado a
quien modelaría a Judas en su obra. Gracias a un permiso del rey, este
prisionero fue trasladado a Milán al estudio del maestro. Durante varios meses
este hombre se sentó silenciosamente frente a Da Vinci mientras el artista
continuaba con la ardua tarea de plasmar en su obra al personaje que había
traicionado a Jesús. Cuando Leonardo dio la última pincelada se volvió a los
guardias y dio la orden de que se llevaran al prisionero. Cuando salía, se
volvió hacia Leonardo Da Vinci y le dijo: "¡Da Vinci!! !Obsérvame!! ¿No
reconoces quién soy?". El artista lo observó cuidadosamente y respondió:
"Nunca te había visto hasta aquella tarde en el calabozo de Roma". El
prisionero levantó los ojos y dijo: "¡Mírame bien, soy aquel joven cuyo
rostro escogiste para representar a Cristo hace siete años...!". Como
para respirar Cierta
vez un hombre decidió consultar a un sabio sobre sus problemas. Luego de un
largo viaje hasta el paraje donde aquel Maestro vivía, el hombre finalmente
pudo dar con él: - "Maestro, vengo a usted porque estoy desesperado, todo
me sale mal y no se que más hacer para salir adelante". El sabio le dijo:
- "Puedo ayudarte con esto... ¿sabes remar ?" Un poco confundido, el
hombre contestó que sí. Entonces el maestro lo llevó hasta el borde de un lago,
juntos subieron a un bote y el hombre empezó a remar hacia el centro a pedido
del maestro. -"¿Va a explicarme ahora cómo mejorar mi vida?" -dijo el
hombre advirtiendo que el anciano gozaba del viaje sin más preocupaciones.
-"Sigue, sigue -dijo éste- que debemos llegar al centro mismo del
lago". Al llegar al centro exacto del lago, el maestro le dijo:
-"Arrima tu cara todo lo que puedas al agua y dime qué ves...". El
hombre, pasó casi todo su cuerpo por encima de la borda del pequeño bote y
tratando de no perder el equilibrio acercó su rostro todo lo que pudo al agua,
aunque sin entender mucho para qué estaba haciendo esto. De repente, el anciano
le empujó y el hombre cayó al agua. Al intentar salir, el sabio le sujetó su
cabeza con ambas manos e impidió que saliera a la superficie. Desesperado, el
hombre manoteó, pataleó, gritó inútilmente bajo el agua. Cuando estaba a punto
de morir ahogado, el sabio lo soltó y le permitió subir a la superficie y luego
al bote. Al llegar arriba el hombre, entre toses y ahogos, le gritó:
-"¿Está usted loco? ¿No se da cuenta que casi me ahoga?". Con el
rostro tranquilo, el maestro le preguntó: -"¿Cuándo estabas abajo del
agua, en qué pensabas, qué era lo qué más deseabas en ese momento?". -¡¡En
respirar, por supuesto!! -"Bien, pues cuando pienses en triunfar con la
misma vehemencia con la que pensabas en ese momento respirar, entonces estarás
preparado para triunfar...". Es así de fácil (o de difícil). A veces es
bueno llegar al punto del "ahogo" para descubrir el modo en que deben
enfocarse los esfuerzos para llegar a algo. Contra
viento y marea Entre
las situaciones más extremas que se dan en China, se encuentran las
limitaciones en los nacimientos de los niños. Rebasarl el máximo permitido de
un hijo por familia es un grave delito, perseguido con toda crueldad. Hace unos
días, gracias a los medios de comunicación chinos que comienzan a dar unas
impagables y nunca suficientemente reconocidas señales de independencia, han
trascendido las horribles vivencias de un matrimonio por salvar a su hija de
una muerte cruel. Cuando las autoridades chinas descubrieron que Zhang
Chunhong, de 31 años, no solamente había eludido anteriormente el férreo control
estatal con el nacimiento de un segundo hijo, sino que tenía muy avanzado un
nuevo embarazo, se propusieron por todos los medios que su nacimiento no
tuviera lugar en ningún caso. Para lograrlo, le inyectaron a la fuerza una
solución salina que debió provocar el aborto, pero la niña nació viva. La
doctora que participó en semejante salvajada ordenó que se dejase a la
intemperie a la recién nacida en el balcón, sobre la nieve, pero una enfermera,
a costa de graves riesgos y con la connivencia de alguna de sus compañeras,
eludió la orden, asegurándole a la niña, en la más absoluta clandestinidad, un
mínimo de alimento. Las súplicas de la madre para que le enseñaran a su hija
fueron despreciadas, pero un periodista de la televisión local tuvo la valentía
de sacar a la luz pública la situación, lo que supuso la aparición del bebé al
que se le había negado la vida, aunque en condiciones lamentables, debido a la
precariedad en la que se había mantenido. Cuando apareció ante las cámaras de
televisión, pesaba solamente un kilo y tenía algunas lesiones y pese a que el
día de su nacimiento había alcanzado los dos kilos y medio. Su padre la enseña
orgulloso y declara: “Sin los periodistas, mi hija habría muerto”. (PUP,
3.X.01). Cuando
sea viejo El
día que este viejo y ya no sea el mismo, ten paciencia y compréndeme. Cuando
derrame comida sobre mi camisa y olvide como atarme mis zapatos, recuerda las
horas que pase enseñándote a hacer las mismas cosas. Si
cuando conversas conmigo, repito y repito las mismas palabras que sabes de
sobra como termina, no me interrumpas y escúchame. Cuando eras pequeño para que
te durmieras tuve que contarte miles de veces el mismo cuento hasta que
cerrabas los ojitos. Cuando
estemos reunidos y sin querer haga mis necesidades, no te avergüences y
compréndeme que no tengo la culpa de ello, pues ya no puedo controlarlas.
Piensa cuantas veces cuando niño te ayude y estuve paciente a tu lado esperando
a que terminaras lo que estabas haciendo. No
me reproches porque no quiera bañarme; no me regañes por ello. Recuerda los
momentos que te perseguí y los mil pretextos que te inventaba para hacerte más
agradable tu aseo. Acéptame y perdóname. Ya que soy el niño ahora. Cuando
me veas inútil e ignorante frente a todas las cosas tecnológicas que ya no
podré entender, te suplico que me des todo el tiempo que sea necesario para no
lastimarme con tu sonrisa burlona. Acuérdate que yo fui quien te enseñó tantas
cosas. Comer, vestirte y tu educación para enfrentar la vida tan bien como lo
haces, son producto de mi esfuerzo y perseverancia por ti. Cuando
en algún momento mientras hablamos me llegue a olvidar de que estamos hablando,
dame todo el tiempo que sea necesario hasta que yo recuerde, y si no puedo
hacerlo no te burles de mi; tal vez no era importante lo que hablaba y me
conforme con que me escuches en ese momento. Si
alguna vez ya no quiero comer, no me insistas. Se cuanto puedo y cuanto no
debo. También comprende que con el tiempo ya no tengo dientes para morder ni
gusto para sentir. Cuando me fallen mis piernas por estar cansadas para andar,
dame tu mano tierna para apoyarme como lo hice yo cuando comenzaste a caminar
con tus débiles piernas. Por
último, cuando algún día me oigas decir que ya no quiero vivir y solo quiero
morir, no te enfades. Algún día entenderás que esto no tiene que ver con tu
cariño o cuanto te ame. Trata de comprender que ya no vivo sino que sobrevivo,
y eso no es vivir. Siempre
quise lo mejor para ti y he preparado los caminos que has debido recorrer.
Piensa entonces que con el paso que me adelanto a dar estaré construyendo para
ti otra ruta en otro tiempo, pero siempre contigo. No
te sientas triste o impotente por verme como me ves. Dame tu corazón,
compréndeme y apóyame como lo hice cuando empezaste a vivir. De la misma manera
como te he acompañado en tu sendero te ruego me acompañes a terminar el mío.
Dame amor y paciencia, que te devolveré gratitud y sonrisas con el inmenso amor
que tengo por ti. De
uno en uno Cierto
día, caminando por la playa reparé en un hombre que se agachaba a cada momento,
recogía algo de la arena y lo lanzaba al mar. Hacía lo mismo una y otra vez.
Cuando me aproximé, observé que lo que agarraba eran estrellas de mar que las
olas depositaban en la arena, y una a una las arrojaba de nuevo al mar. Le
pregunté por qué lo hacía, y me respondió: "Estoy lanzando estas estrellas
marinas nuevamente al océano. Como ves, la marea está baja y estas estrellas
han quedado en la orilla. Si no las devuelvo morirán aquí por falta de
oxígeno." "Entiendo -le dije-, pero debe haber miles de estrellas de
mar sobre la playa, no puedes lanzarlas todas. Son demasiadas, quizás no te des
cuenta que esto sucede probablemente en cientos de playas a lo largo de la
costa. ¿No estás haciendo algo que no tiene sentido?". El hombre sonrió,
se inclinó y tomó una estrella marina y mientras la lanzaba de vuelta al mar me
respondió: "¡Para ésta sí lo tuvo!". Deformación
de versiones ORDEN
INICIAL DEL CORONEL AL COMANDANTE: «Mañana a las nueve y media habrá un eclipse
de Sol, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en el patio
en traje de campaña para presenciar el fenómeno. Yo les daré las explicaciones
necesarias. En caso de que llueva, que formen en el gimnasio». EL
COMANDANTE AL CAPITÁN: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media
habrá un eclipse de Sol, según el señor coronel, si llueve no se verá nada al
aire libre, entonces en traje de campaña el eclipse tendrá lugar en el
gimnasio, hecho que no ocurre todos los días. El dará las órdenes oportunas». EL
CAPITÁN AL TENIENTE: «Por orden del señor coronel, mañana a las nueve y media
en traje de campaña inauguración del eclipse de Sol en el gimnasio. El señor
coronel dará las órdenes oportunas de si debe llover, hecho que no ocurre todos
los días. Si hace buen tiempo y no llueve, el eclipse tendrá lugar en el
patio». EL
TENIENTE AL SARGENTO: «Mañana a las nueve y media, por orden del señor coronel
lloverá en el patio del cuartel. El señor coronel en traje de campaña dará las
órdenes en el gimnasio para que el eclipse se celebre en el patio». EL
SARGENTO AL CABO: «Mañana a las nueve y media, tendrá lugar el eclipse del
señor coronel en traje de campaña por efecto del Sol. Si llueve en el gimnasio,
hecho que no ocurre todos los días, se saldrá al patio». EL
CABO A LOS SOLDADOS: «Mañana, a eso de las nueve y media, parece ser que el Sol
en traje de campaña eclipsará al señor coronel en el gimnasio, lástima que esto
no ocurra todos los días». El
abuelo El
abuelo se había hecho muy viejo. Sus piernas flaqueaban, veía y oía cada vez
menos, babeaba y tenía serias dificultades para tragar. En una ocasión
-prosigue la escena de aquella novela de Tolstoi- cuando su hijo y su nuera le
servían la cena, al abuelo se le cayó el plato y se hizo añicos en el suelo. La
nuera comenzó a quejarse de la torpeza de su suegro, diciendo que lo rompía
todo, y que a partir de aquel día le darían de comer en una palangana de plástico.
El anciano suspiraba asustado, sin atreverse a decir nada. Un
rato después, vieron al hijo pequeño manipulando en el armario. Movido por la
curiosidad, su padre le preguntó: "¿Qué haces, hijo?" El chico, sin
levantar la cabeza, repuso: "Estoy preparando una palangana para daros de
comer a mamá y a ti cuando seáis viejos." El marido y su esposa se miraron
y se sintieron tan avergonzados que empezaron a llorar. Pidieron perdón al
abuelo y a su hijo, y las cosas cambiaron radicalmente a partir de aquel día.
Su hijo pequeño les había dado una severa lección de sensibilidad y de buen
corazón. El
águila El
águila es una de las aves de mayor longevidad. Llega a vivir 70 años. Pero para
llegar a esa edad, en su cuarta década tiene que tomar una seria y difícil
decisión. A los 40 años, ya sus uñas se volvieron tan largas y flexibles que no
puede sujetar a las presas de las cuales se alimenta. El pico alargado y en
punta, se curva demasiado y ya no le sirve. Apuntando contra el pecho están las
alas, envejecidas y pesadas en función del gran tamaño de sus plumas, y para
entonces, volar se vuelve muy difícil. Entonces, tiene sólo dos alternativas:
dejarse estar y morir... o enfrentarse a un doloroso proceso de renovación que
le llevará aproximadamente 150 dias. Ese proceso consiste en volar a lo alto de
una montaña y recogerse en un nido, próximo a un paredón donde no necesita
volar y se siente más protegida. Entonces, una vez encontrado el lugar
adecuado, el águila comienza a golpear la roca con el pico... hasta arrancarlo.
Luego espera que le nazca un nuevo pico con el cual podrá arrancar sus viejas
uñas inservibles. Cuando las nuevas uñas comienzan a crecer, ella desprende una
a una sus viejas y sobrecrecidas plumas. Y después de todos esos largos y
dolorosos cinco meses de heridas, cicatrizaciones y crecimiento, logra realizar
su famoso vuelo de renovación, renacimiento y festejo para vivir otros 30 años
más. En nuestra vida también nos toca sufrir procesos de reconversión para no
sucumbir. Tenemos quizá que resguardarnos por algún tiempo, meditar, someternos
a ciertos sacrificios para llevar a cabo algunos cambios. El
árbol de los problemas El
carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja,
acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se
dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba a
arrancar. Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos,
me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta de su
casa, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las
ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel hombre se
transformó, sonrió, abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa.
Luego me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del árbol, sentí
curiosidad y le pregunte por lo que lo había hecho un rato antes. "Oh, ese
es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que no puedo evitar tener
problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen a
la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el
árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo
otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a
recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche
anterior". El
árbol muerto Recuerdo
que un invierno mi padre necesitaba leña, así que buscó un árbol muerto y lo
cortó. Pero luego, en la primavera, vio desolado que al tronco marchito de ese
árbol le brotaron renuevos. Mi padre dijo: "Estaba yo seguro de que ese
árbol estaba muerto. Había perdido todas las hojas en el invierno. Pero se ve
que hacía tanto frío que las ramas se quebraban y caían como si no le quedara al
viejo tronco ni una pizca de vida. Pero ahora advierto que aún alentaba la vida
en aquel tronco". Y volviéndose hacia mí, me aconsejó: "Nunca olvides
esta lección. Jamás cortes un árbol en invierno. Jamás tomes una decisión
negativa en tiempo adverso. Nunca decisiones importantes decisiones cuando
estés en tu peor estado de ánimo. Espera. Sé paciente. La tormenta pasará.
Recuerda que la primavera volverá". El
barrendero Momo
tenía un amigo, Beppo Barrendero, que vivía en una casita que él mismo se había
construido con ladrillos, latas de desecho, y cartones. Cuando a Beppo
Barrendero le preguntaban algo se limitaba a sonreír amablemente, y no
contestaba. Simplemente pensaba. Y, cuando creía que una respuesta era
innecesaria, se callaba. Pero, cuando la creía necesaria, la pensaba mucho. A
veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras
tanto, la otro persona había olvidado su propia pregunta, por lo que la
respuesta de Beppo le sorprendía casi siempre. Cuando Beppo barría las calles,
lo hacía despaciosamente, pero con constancia. Mientras iba barriendo, con la
calle sucia ante sí y limpia detrás de sí, se le iban ocurriendo multitud de
pensamientos, que luego le explicaba a su amiga Momo: "Ves, Momo, a veces
tienes ante ti una calle que te parece terriblemente larga que nunca podrás
terminar de barrer. Entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada
vez que levantas la vista, ves que la calle sigue igual de larga. Y te
esfuerzas más aún, empiezas a tener miedo, al final te has quedado sin aliento.
Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer. Nunca se ha de
pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Hay que pensar en el paso
siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Entonces es
divertido: eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha
de ser. De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la
calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se queda sin aliento. Eso es
importante." ¿Acaso no es lo hermoso de la paciencia el que ella puede
concedernos tiempo para conocernos a su través oblicuamente a nosotros mismos?
Porque, nos pongamos como nos pongamos, la paciencia con que no sepamos
mirarnos a nosotros mismos será la misma no-paciencia que nos impida mirar a la
realidad como ella debe ser mirada: con-paciencia, con-pasión, con-com-pasión,
com-padeciendo, com-padeciéndo-nos... El
bonsai La
paciencia son las estalactitas y estalagmitas de la vida: ellas se van formando
muy poco a poco en la oscuridad, se integran gota a gota y de manera irregular,
no geométrica, requieren de tiempo, y crecen por arriba y por abajo siendo al
fin muy hermosas. La paciencia es un bonsai: solo tiempo, fe, cuidados y mimos
le hacen crecer. No se puede jalar el arbolito de las ramas, sacarlo de su
maceta, para ver si está echando raíces. Necesita la humildad del humus para
desarrollarse. Podemos explicar esta parábola con otra. Es, en efecto, como
aquella rana que al saltar cayó en un cubo de crema, pero que chapoteando y
chapoteando amaneció por la mañana sobre una masa de mantequilla que ella misma
había batido. Allí estaba con su cara sonriente tragando las moscas que venían
por docenas de todas partes. El
chino y el caballo Había
una vez un campesino chino, pobre pero sabio, que trabajaba la tierra duramente
con su hijo. Un día su hijo le dijo: "Padre, qué desgracia, se nos ha ido
el caballo". Su padre respondió: "Veremos lo que trae el
tiempo...". A los pocos días el caballo regresó, acompañado de otro
caballo. Unos días después, el muchacho quiso montar el caballo nuevo, y éste,
no acostumbrado al jinete, se encabritó y lo arrojó al suelo. El muchacho se quebró
una pierna. "Padre, qué desgracia, me he roto la pierna". Y el padre,
retomando su experiencia y sabiduría, sentenció: "Veamos lo que trae el
tiempo...". El muchacho se lamentaba. Pocos días después pasaron por la
aldea los enviados del rey, buscando jóvenes para llevárselos a la guerra.
Fueron a la casa del anciano, pero como vieron al joven con su pierna
entablillada, lo dejaron y siguieron de largo. El joven comprendió entonces que
nunca hay que dar ni la desgracia ni la fortuna como absolutas, sino que hay
que darle tiempo al tiempo, para ver si algo es malo o bueno. La moraleja de
este antiguo consejo chino es que la vida da muchas vueltas, y su desarrollo es
a veces tan paradójico su desarrollo, que muchas veces lo que parece malo luego
resulta bueno, y al revés. Hay que saber esperar, y sobre confiar en Dios,
porque todo es para bien. ¡Cuántas veces los juicios apresurados, impacientes,
impiden ver más alto y más lejos! El
espejo de los deseos Harry
Potter llega por tercer día consecutivo a la habitación del espejo y no se da
cuenta que en un rincón, sentado en un pupitre, está Dumbledore. "Es
curioso lo miope que se puede volver uno al ser invisible", dijo
Dumbledore. Harry se sintió aliviado al ver que le sonreía. "Entonces -continuó
Dumbledore, bajando del pupitre para sentarse en el suelo con Harry-, tú, como
cientos antes que tú, has descubierto las delicias del espejo de Oesed".
"No sabía que se llamaba así, señor". "Pero espero que te habrás
dado cuenta de lo que hace, ¿no?". "Bueno... me mostró a mi familia
y...". "Y a tu amigo Ron lo reflejó como capitán". "¿Cómo
lo sabe...?". "No necesito una capa para ser invisible -dijo
amablemente Dumbledore-. Y ahora ¿puedes pensar qué es lo que nos muestra el
espejo de Oesed a todos nosotros?". Harry negó con la cabeza. "Déjame
explicarte. El hombre más feliz de la tierra puede utilizar el espejo de Oesed
como un espejo normal, es decir se mirará y se verá exactamente como es. ¿Eso
te ayuda?". Harry pensó. Luego dijo lentamente: "Nos muestra lo que queremos...
lo que sea que queramos...". "Sí y no -dijo con calma Dumbledore-.
Nos muestra ni más ni menos que el más profundo y desesperado deseo de nuestro
corazón. Para ti, que nunca conociste a tu familia, verlos rodeándote. Ronald
Weasley, que siempre ha sido sobrepasado por sus hermanos, se ve solo y el
mejor de todos ellos. Sin embargo, este espejo no nos dará conocimiento o
verdad. Hay hombres que se han consumido ante esto, fascinados por lo que han
visto. O han enloquecido, al no saber si lo que muestra es real o siquiera
posible". Continuó: "El espejo será llevado a una nueva casa mañana,
Harry, y te pido que no lo busques otra vez. Y si alguna vez te cruzas con él,
deberás estar preparado. No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y
olvidarse de vivir, recuérdalo. Ahora ¿por qué no te pones de nuevo esa
magnífica capa y te vas a la cama?". Para
información: el espejo de OESED tiene una leyenda que rodea todo el marco que
lo envuelve y que dice así: OESED LENOZ AROCUT EDON ISARA CUT SE ONOTSE Si lo
lees todo al revés encontrarás el nombre y el significado del espejo (Esto no
es tu cara si no de tu corazón el deseo). El
hombre que plantaba árboles En
1913 tuve la oportunidad de hacer un largo recorrido a pie por los parajes
montañosos de la antigua región donde los Alpes penetran en Provenza. Eran
tierras desérticas, toda la tierra aparecía estéril y opaca. Nada crecía allí
salvo alguna pobre vegetación silvestre. Sólo encontré sequedad y una aldea
abandonada. Finalmente, entre tanta soledad, vi a un pastor con treinta ovejas
echadas cerca de él sobre la tierra calcinada. Era un hombre de pocas palabras
en medio de un paraje desolado. Vivían también algunas familias bajo aquel
riguroso clima, en medio de la pobreza y de los conflictos provocados por el
continuo deseo por escapar de allí. Aquel
pastor tenía 55 años y se llamaba Elzéard Bouffier. Usaba como bastón una vara
de hierro. Con su punta hacía un hoyo en el que plantaba una bellota y luego lo
rellenaba. Había plantado un roble. Plantó así hasta 100 bellotas con muchísimo
cuidado. Llevaba tres años plantando árboles en ese desierto. Había plantado ya
100.000. De éstos, unos 20.000 habían germinado. De los 20.000, esperaba perder
la mitad a causa de los roedores o el mal clima. Aún así, quedarían 10.000
robles donde antes no había nada. Vino
la guerra de 1914, y a su término volví a aquel lugar. Aquel pastor seguía
extremadamente ágil y activo. Los robles tenían diez años y eran más altos que
un hombre. Era un espectáculo impresionante. Formaban un bosque de once
kilómetros de largo y tres de ancho. Y todo aquello había brotado de las manos
y del alma de ese hombre solo. Había proseguido su plan, y así lo confirmaban
las hayas, que llegaban a la altura del hombro y que se encontraban esparcidas tan
lejos como la vista podía abarcar. También había plantado abedules en todos los
valles donde había adivinado acertadamente que había suficiente humedad. La
transformación había sido tan gradual, que había llegado a ser parte del
conjunto sin provocar mayor asombro. Algunos cazadores que subían hasta estas
tierras yermas en busca de liebres o jabalíes, habían notado, por supuesto, el
repentino crecimiento de arbolitos, pero lo habían atribuido a algún capricho
de la tierra. Esa fue la razón por la que nadie se entrometió en el trabajo de
Elzéard Bouffier. En
1935, las lomas estaban cubiertas con árboles de más de siete metros de altura.
Recordando el desierto que era esa tierra en 1913 pude observar que el trabajo
intenso realizado en forma metódica y tranquila, el vigoroso aire de la
montaña, una vida frugal y, sobre todo, una gran serenidad de espíritu habían
dotado a este viejo con una salud asombrosa. Vi
por última vez a Elzéard Bouffier en junio de 1945. Tenía entonces 87 años.
Sólo el nombre familiar de una aldea me pudo convencer de que realmente estaba
en una región que anteriormente había sido un paraje desolado. El autobús me
dejó en Vergons. En 1913, este caserío de 10 ó 12 casas tenía tres habitantes
que vivían de la caza con trampas y que física y moralmente estaban muy cerca
del hombre primitivo. Ahora todo había cambiado, incluso el aire. En vez de los
vientos secos y ásperos que recordaba, soplaba una suave brisa cargada de
aromas del bosque. Se habían restaurado las casas, y ahora estaban rodeadas de
jardines, donde crecían flores y verduras. Había matrimonios jóvenes. Aquel
lugar se había convertido en una aldea donde era agradable vivir. Desde ahí me
fui caminando. En las faldas de la montaña vi pequeños campos de cebada y
centeno. Al fondo del angosto valle, las praderas comenzaban a reverdecer. En
lugar de las ruinas que había visto en 1913, ahora se levantaban campos
prolijamente cuidados, dando testimonio de una vida feliz y confortable. Los
viejos arroyos, alimentados por las lluvias y nieves que conservan los bosques,
corren nuevamente gracias a que sus aguas han sido canalizadas. La gente de las
tierras bajas, donde el suelo es caro, se ha instalado aquí, trayendo juventud,
movimiento y espíritu de aventura. A lo largo de los caminos, se encuentran
hombres y mujeres vigorosos, niños que pueden reír y que han recuperado el
gusto por los paseos. Si
se cuenta la primitiva población –irreconocible ahora– que vive con decencia,
más de 10.000 personas deben a Elzéard Bouffier gran parte de su felicidad.
Cuando pienso que un hombre solo, armado únicamente con sus recursos físicos y
espirituales, fue capaz de hacer brotar esta tierra de Canáan en el desierto,
me convenzo de que, a pesar de todo, la humanidad es admirable; y cuando valoro
la inagotable grandeza de espíritu y la benevolente tenacidad que implicó
obtener este resultado, me lleno de inmenso respeto hacia ese campesino viejo e
iletrado, que fue capaz de realizar un trabajo digno de Dios. Elzéard
Bouffier murió pacíficamente en 1947. El
huevo vacío Jeremy
nació con un cuerpo deforme y una mente lenta. A la edad de 12 años estaba
todavía en segundo de primaria, pareciendo ser incapaz de aprender. Su maestra,
Doris Miller, a menudo se exasperaba con él. Podía retorcerse en su asiento y
soltar gruñidos y otras veces hablaba de manera clara y precisa, como si un
rayo de luz penetrase en la oscuridad de su cerebro. La mayor parte del tiempo,
sin embargo, Jeremy simplemente irritaba a su maestra. Un
día llamó a sus padres y les pidió que fueran a verla para una tutoría. Cuando
los Forrester entraron en la clase vacía, Doris les dijo: "Lo que
realmente necesita Jeremy es una escuela especial. No es bueno para él estar
con niños menores que no tienen problemas de aprendizaje. Hay una diferencia de
cinco años entre su edad y la de los otros escolares." La Sra. Forrester
sacó un pañuelo de papel y lloró quedamente, mientras su marido hablaba:
"Srta. Miller, no hay escuelas de ese tipo en las cercanías. Sería un
terrible shock para Jeremy si tuviésemos que sacarlo de esta escuela. Sabemos
que realmente le gusta estar aquí." Doris permaneció sentada un largo rato
después de que se hubiesen marchado, mirando fijamente la nieve a través de la
ventana. Su frialdad parecía filtrarse hasta su alma. Quería simpatizar con los
Forrester. Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad terminal. Pero
no era justo mantenerlo en su clase. Ella tenía otros 18 niños a los que dar
clase y Jeremy era una distracción para ellos. Además, él nunca aprendería a
leer y escribir, así que ¿para qué perder más tiempo intentándolo? Mientras
ponderaba la situación, un sentimiento de culpabilidad se apoderó de ella.
"Aquí estoy, protestando, cuando mis problemas no son nada comparados con
esa pobre familia", pensó. "Por favor, Señor, ayúdame a ser más
paciente con Jeremy." Desde
ese día, intentó duramente ignorar los ruidos de Jeremy y sus miradas vacías.
Un día, Jeremy se dirigió hasta su mesa, arrastrando tras de sí su pierna mala:
"Te quiero, Srta. Miller", exclamó lo bastante fuerte para que la
clase entera lo escuchase. Los otros estudiantes soltaron risitas ahogadas y
Doris enrojeció. Balbuceó: "¿Co-cómo? Eso es muy bonito Jeremy. A-ahora
vuelve a tu sitio, por favor". Llegó
la primavera, y los niños hablaban animadamente de la llegada de la Pascua.
Doris les contó la historia de Jesús, y para enfatizar la idea del nacimiento a
una nueva vida, dio a cada uno de los niños un gran huevo de plástico.
"Ahora quiero que os lo llevéis a casa y que lo traigáis de vuelta mañana
con algo dentro que signifique una nueva vida ¿Lo habéis entendido?".
"Sí, Srta. Miller", respondieron entusiásticamente los niños (todos
excepto Jeremy). Él la escuchó dando muestras de estar comprendiendo lo que
decía. Sus ojos no dejaron de estar fijos en su cara. Incluso ni hizo sus
ruidos habituales. ¿Había entendido el chico lo que ella había explicado sobre
la muerte y resurrección de Jesús? ¿Había entendido la tarea asignada? Tal vez
debiera llamar a sus padres y explicarles a ellos el proyecto. Esa tarde, el
fregadero de la cocina de Doris se atascó. Llamó a su casero y esperó durante
una hora a que viniera y lo desatascara. Después tuvo que ir a la tienda a por
la compra diaria, planchar una blusa y preparar un examen de vocabulario para
el día siguiente. Olvidó por completo llamar a los padres de Jeremy. A la
mañana siguiente, 19 niños llegaron a la escuela, riendo y hablando mientras
dejaban sus huevos en la gran cesta de mimbre sobre la mesa de la Srta. Miller.
Tras acabar su lección de matemáticas, llegó el momento de abrir los huevos. En
el primer huevo, Doris encontró una flor. "Oh, sí. Una flor es ciertamente
un signo de nueva vida. Cuando las plantas asoman de la tierra, sabemos que ha
llegado la primavera". Una niña pequeña en la primera fila agitó su brazo.
"Ese es mi huevo, Srta. Miller", dijo. El siguiente huevo contenía
una mariposa de plástico, que parecía muy real. Doris la mantuvo en alto:
"Todos sabemos que una oruga cambia y se transforma en una bonita
mariposa. Sí, también es nueva vida". La pequeña Judy sonrió orgullosa y
dijo, "Srta. Miller, ese es mío". En el siguiente, Doris encontró una
roca con musgo. Explicó que ese musgo también significaba vida. Billy alzó la
voz desde el fondo de la clase: "Mi papá me ayudó", dijo sonriente.
Entonces Doris abrió el cuarto huevo. Sofocó un grito. El huevo estaba vacío.
Con toda seguridad debe ser de Jeremy, pensó, y naturalmente, él no había
entendido sus instrucciones. Si no hubiese olvidado telefonear a sus padres...
Para no hacerle pasar un mal rato, con cuidado puso el huevo a un lado y
alcanzó otro. De pronto Jeremy dijo: "Srta. Miller, ¿no va usted a hablar
de mi huevo?". Doris replicó confusa: "Pero Jeremy, tu huevo está
vacío". Él la miró fijamente a los ojos y dijo suavemente: "Sí, pero
la tumba de Jesús también estaba vacía". El tiempo se paró. Cuando pudo
hablar de nuevo, Doris le preguntó: "¿Sabes por qué estaba vacía la
tumba?". "Oh, sí. A Jesús lo mataron y lo pusieron dentro. Entonces
su Padre lo elevó hacia Él." La campana del recreo sonó. Mientras los
niños corrían animadamente hacia el patio del colegio, Doris lloró. La frialdad
de su interior de desvaneció por completo. Tres meses más tarde, Jeremy murió.
Aquellos que fueron al tanatorio a expresar sus condolencias, se sorprendieron
al ver 19 huevos sobre la tapa de su ataúd. Todos ellos vacíos. El
inventario de las cosas perdidas A
mi abuelo aquel día lo vi distinto. Tenía la mirada enfocada en lo distante.
Casi ausente. Pienso ahora que tal vez presentía que era el último día de su
vida. Me aproximé y le dije: "¡Buenos días, abuelo!". Y él extendió
su mano en silencio. Me senté junto a su sillón y después de unos instantes un
tanto misteriosos, exclamó: "¡Hoy es día de inventario, hijo!".
"¿Inventario?", pregunté sorprendido. "Sí. ¡El inventario de
tantas cosas perdidas! Siempre tuve deseos de hacer muchas cosas que luego
nunca hice, por no tener la voluntad suficiente para sobreponerme a mi pereza.
Recuerdo también aquella chica que amé en silencio por cuatro años, hasta que
un día se marchó del pueblo sin yo saberlo. También estuve a punto de estudiar
ingeniería, pero no me atreví. Recuerdo tantos momentos en que he hecho daño a
otros por no tener el valor necesario para hablar, para decir lo que pensaba. Y
otras veces en que me faltó valentía para ser leal. Y las pocas veces que le he
dicho a tu abuela que la quiero, y la quiero con locura. ¡Tantas cosas no
concluidas, tantos amores no declarados, tantas oportunidades perdidas!".
Luego, su mirada se hundió aun más en el vacío y se le humedecieron sus ojos, y
continuó: "Este es mi inventario de cosas perdidas, la revisión de mi
vida. A mi ya no me sirve. A ti sí. Te lo dejo como regalo para que puedas
hacer tu inventario a tiempo". Luego, con cierta alegría en el rostro,
continuó: "¿Sabes qué he descubierto en estos días? ¿Sabes cuál es el
pecado mas grave en la vida de un hombre?". La pregunta me sorprendió y
solo atiné a decir, con inseguridad: "No lo había pensado. Supongo que
matar a otros seres humanos, odiar al prójimo y desearle el mal...". Me
miró con afecto y me dijo: "Pienso que el pecado más grave en la vida de
un ser humano es el pecado por omisión. Y lo más doloroso es descubrir las
cosas perdidas sin tener tiempo para encontrarlas y recuperarlas." Al día
siguiente, regresé temprano a casa, después del entierro del abuelo, para hacer
con calma mi propio "inventario" de las cosas perdidas, de las cosas
no dichas, del afecto no manifestado. El
ladrillazo Un
joven y exitoso ejecutivo paseaba a toda velocidad en su Jaguar último modelo,
con precaución de esquivar un chico que hacía señas en la calle. Sin mirarle, y
sin bajar la velocidad, pasó junto a él. Sintió un golpe en la puerta. Al
bajarse, vio que un ladrillo le había estropeado la pintura de la puerta de su
lujoso auto. Salió corriendo y agarró por los brazos al chiquillo, y le gritó:
¿Qué rayos es esto? ¿Por qué haces esto con mi coche? Y enfurecido, continuó
gritándole: ¡Es un coche nuevo, y ese ladrillo que lanzaste te va a costar
caro! ¿Por qué lo hiciste? "Por favor, Señor, por favor, lo siento mucho.
No sé qué hacer. Lancé el ladrillo porque nadie paraba...". Las lágrimas
bajaban por sus mejillas, mientras señalaba hacia un lado: "Es mi hermano.
Se descarriló su silla de ruedas y se cayó al suelo y no puedo
levantarlo". Sollozando, el chiquillo le preguntó: "¿Puede usted, por
favor, ayudarme a sentarlo en su silla? Se ha hecho daño. Y no puedo con él,
pesa mucho para mí solo." Visiblemente impactado por las palabras del
chiquillo, el ejecutivo tragó saliva. Emocionado por lo que acababa de pasarle,
levantó al joven del suelo y lo sentó en su silla nuevamente. Sacó su pañuelo
para limpiar un poco las cortaduras y la suciedad de las heridas del hermano de
aquel chiquillo. Comprobó que que se encontraba bien, y miró al chiquillo, que
le dio las gracias con una sonrisa que nadie podría describir. "Dios le
bendiga, señor. Muchas gracias." El hombre vio como se alejaba el
chiquillo empujando trabajosamente la pesada silla de ruedas de su hermano,
hasta llegar a su humilde casita. El ejecutivo no ha reparado aún la puerta del
auto, manteniendo la rayadura que le hizo el ladrillazo. Le recuerda que no
debe ir por la vida tan de prisa que alguien tenga que lanzarle un ladrillo
para que preste atención. A veces hay muchas cosas que nos susurran en el alma
y en el corazón. Hay veces que tiene que caernos un ladrillo para prestar
atención a lo que pasa. El
leopardo y el fuego Según
un cuento africano, antiguamente el leopardo y el fuego eran amigos. El
leopardo vivía, como ahora, en la selva, y el fuego en una caverna. A veces el
leopardo hacía largas caminatas para ir a ver a su amigo. Un día le dijo:
"¿Por qué no me devuelves mis visitas? ¿Y por qué te estás aquí metido siempre
en la caverna en compañía de estas piedras negras?". El fuego respondió:
"Es mucho mejor que yo esté aquí. Si salgo, puedo ser muy peligroso."
Pero el leopardo insistió tanto, que al fin su amigo dijo: "Bueno, pero
primero limpia cuidadosamente la explanada que hay delante de la caverna".
El leopardo era algo perezoso, así que arrancó la hierba, pero dejó alguna que
otra hoja seca. Cuando el fuego salió de la caverna, se transformó en seguida
en un gran incendio que, impulsado por el viento, llegó hasta la copa de los
árboles. El leopardo, aterrorizado, se puso a correr de un lado para otro y se
le quemó la piel. Por eso todavía hoy el leopardo lleva las señales de las
quemaduras y, cuando ve a lo lejos a su amigo el fuego, huye como un loco.
Moraleja: los perezosos y los inconstantes pierden hasta los amigos. El
Príncipe pasó por aquí "¡Cómo
quiere madre que eche cuenta en nada esta mañana, si el Príncipe va a pasar por
aquí! Dime tú cómo me peino, madre. Qué vestido me voy a poner... Sí, madre, no
me mires así. Ya sé que él no alzará sus ojos a mí ventana; ya sé yo que lo
veré sólo un momento... Pero el príncipe va a pasar por aquí, madre, y yo
quiero ponerme ese instante lo mejor que tengo". (...) "Madre, ya el
Príncipe pasó. Cómo brillaba el sol de la mañana en su carroza. Yo abrí el velo
de mi casa, me arranqué del cuello la cadena de rubíes y la eché a su
paso...". "Sí, madre, no me mires tú así; ya sé que él no cogió mi
cadena; ya sé que la aplastó una rueda de su carro; que sólo quedó de ella una
mancha grana en el polvo; que nadie sabe que el regalo era el mío; ni para
quien era... Pero el Príncipe pasó por aquí, madre, y yo le eché a su paso el
mejor tesoro". (Peekay, protagonista de "La potencia de uno", de
Courtenay) El
rey y su halcón Genghis
Khan (1162-1227), cuyo imperio mongol se extendía desde el este de Europa hasta
el Mar de Japón, llegó un día con su ejército a China y a Persia, y conquistó
muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían
que desde Alejandro Magno no existía un rey como él. Una mañana, cuando
descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban
muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus
criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos
y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas. En la
muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos se adiestraba a
los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban
las presas desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él
con la rapidez de una flecha. Todo el día Genghis Khan y sus cazadores
atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban. Al
anochecer emprendieron de regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y
conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el
camino más corto, eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas.
Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado
a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso. El rey cabalgaba
despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese
sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora! Pero los tórridos días de verano
habían secado todos los manantiales de montaña. Al fin, para su alegría, vio
agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la
temporada de las lluvias, siempre corría por allí un río muy caudaloso, pero
ahora bajaba una gota por vez. El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de
plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud.
Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar.
En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber. De
pronto oyó un silbido en el aire, y le arrebataron el tazón de las manos. El
agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quien había hecho
esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se
posó en las rocas, a orillas del manantial. El rey recogió el tazón, y de nuevo
se dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo
medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se echó
a volar y se lo arrebató de las manos. El rey empezó a enfurecerse . Lo intentó
de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera.
“¿Cómo te atreves a actuar así? ¡Si te tuviera en mis manos te retorcería el
cuello!”. Llenó el tazón de nuevo. Pero antes de tratar de beber, desenvainó la
espada: “Amigo halcón, esta es la última vez”. No acababa de pronunciar estas
palabras cuando el halcón bajó y le arrebató el tazón de la mano. Pero el rey
lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió al ave. El pobre halcón
cayó sangrando a los pies de su amo. “¡Ahora tienes lo que mereces!”, dijo
Genghis Khan. Pero cuando buscó su tazón, descubrió que había caído entre dos
piedras, y que no podía recobrarlo. “De un modo u otro, beberé agua de esa
fuente”, se dijo. Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de
donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed
tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto un charco de agua ¿pero qué
había en el charco? Una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa. El
rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. “¡El halcón
me salvó la vida! ¿Y cómo le pagué? ¡Era mi mejor amigo y lo he matado!”. Bajó
la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a
caballo y regresó deprisa, diciéndose: “Hoy he aprendido una lección, y es que
nunca se debe actuar impulsado por la furia”. Elegiría
el cactus Caía
el sol terrible de la tarde y el pueblo se asaba en el calor abajo. "Es un
crepúsculo magnífico. Este es siempre el mejor sitio". Miré detrás de mí y
vi un hombre alto y delgado, más alto, mucho más, y puede que hasta más delgado
que mi abuelo. Llevaba un sombrero de campo maltrecho y viejo y el cabello, níveo
le llegaba a los hombros. Así entró el profesor Von Vollensteen, Doc, en mi
vida. Yo tenía sólo seis años. Poco tiempo después, convenció a mi madre para
que, a cambio de dame clases de piano, me dejara acompañarle en busca de cactus
para su jardín, situado "en la cima más o menos llana de un pequeño cerro
que dominaba el pueblo y el valle. Para llegar a ella había que subir diez
minutos de cuesta hacia la soledad, por una carreterita de piedras y tierra que
no llevaba a ninguna otra parte. Aquel jardín de cactus puede que fuese la
mejor colección privada de cactus del planeta. Yo, que me convertí en un
especialista en cactus, no he visto nunca otro mejor". Lo cierto es que mi
madre, desconcertada y encantada a la vez, terminó accediendo a su petición
cuando Doc le explicó su teoría sobre los cactus: "Si Dios eligiese una
planta para representarle, yo creo que elegiría entre todas ellas el cactus. El
cactus posee casi todas las bendiciones que Él intentó otorgar al hombre, casi
siempre en vano. El cactus es humilde pero no sumiso. Crece donde no es capaz
de crecer ninguna otra planta. No se queja si el sol le quema en la espalda, ni
si el viento lo arranca del acantilado o lo sepulta en la arena seca del
desierto, ni sí está sediento. Cuando llega la lluvia almacena agua para
futuros tiempos difíciles. Florece lo mismo en el buen tiempo que en el malo.
Se guarda del peligro pero no hace daño a ninguna otra planta. Se adapta
perfectamente casi a cualquier medio. En Méjico hay un cactus que sólo florece
una vez cada cien años y de noche. Eso es santidad de un grado extraordinario,
¿no está usted de acuerdo? El cactus tiene propiedades que le permiten curar
las heridas de los hombres, y se extraen de él pociones que pueden hacer que un
hombre toque el rostro de Dios o se asome a la boca del infierno. Es la planta
de la paciencia y de la soledad, del amor y de la locura, de la belleza y de la
fealdad, de la dureza y de la suavidad. ¿No cree usted que de todas las plantas
fue al cactus la que Dios hizo a su propia imagen?". (Peekay, protagonista
de "La potencia de uno", de Courtenay) Empuja
la vaquita Un
maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vio a lo
lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar.
Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar
visitas, conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de
estas experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los
habitantes: una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas
sucias y rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el
padre de familia y le preguntó: "En este lugar no existen posibilidades de
trabajo ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y su familia para
sobrevivir aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío,
nosotros tenemos una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días.
Una parte del producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros
alimenticios en la ciudad vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada,
etc., para nuestro consumo y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio
agradeció la información, contempló el lugar por un momento, luego se despidió
y se fue. Siguieron su camino, y un rato después se volvió hacia su fiel
discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita, llévela al precipicio de allí
enfrente y empújela al barranco." El joven, espantado, cuestionó al
maestro aquella orden, pues la vaquita era el medio de subsistencia de aquella
familia. Mas como percibió el silencio absoluto del maestro, fue a cumplir la
orden. Así que empujó la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella
escena quedó grabada en la memoria de aquel joven durante años. Un buen día el
joven agobiado por la culpa resolvió abandonar todo lo que había aprendido y
regresar a aquel lugar y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos.
Así lo hizo, y a medida que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con
árboles floridos, todo habitado, con carro en el garaje de tremenda casa y algunos
niños jugando en el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando
que aquella humilde familia tuviese que vender el terreno para sobrevivir,
aceleró el paso y llegando allá, fue recibido por un señor muy simpático. El
joven preguntó por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, el señor
respondió que seguían viviendo allí. Espantado el joven entró corriendo a la
casa y confirmó que era la misma familia que visitó hacía algunos años con el
maestro. Elogió el lugar y preguntó al señor (el dueño de la vaquita):
"¿Cómo hizo para mejorar este lugar y cambiar de vida?". El señor
entusiasmado le respondió: "Nosotros teníamos una vaquita que cayó por el
precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la necesidad de hacer otras
cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos que teníamos, así
alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora." La moraleja samurai
nos dice: "Todos nosotros tenemos una vaquita que nos proporciona alguna
cosa básica para nuestra supervivencia, pero que nos lleva a la rutina y nos
hace dependientes de ella, y nuestro mundo se reduce a lo que la vaquita nos
brinda. Tu sabes cual es tu vaquita. No dudes un segundo en empujarla por el
precipicio. En
la vida real "He
visto muchas películas de prisiones donde el teléfono suena en el momento
preciso en que está a punto de accionar el interruptor para cargarse a un pobre
inocente, pero en todos los años que pasé en el bloque E (de los condenados a
muerte), nuestro teléfono no sonó ni una sola vez. En las películas, la
salvación resulta barata, y la inocencia también. Uno paga veinticinco centavos
y consigue algo que vale exactamente eso. En la vida real, todo cuesta más, y
las respuestas son diferentes". (diálogo toma de La milla verde, de
Stephen King). Enfadarse Érase
una vez un joven con un carácter bastante violento. Su padre le dio una bolsa
de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que
perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llegó a clavar
37 clavos en la cerca. Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y
el número de clavos colocados en la cerca disminuyo día tras día: había
descubierto que era más fácil controlarse que clavar clavos. Finalmente,
llego un día en el cual el joven no clavó ningún clavo en la cerca. Entonces
fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo
durante todo el día. Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca
del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia. Los
días pasaron y finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado
todos los clavos de la cerca. El
padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo:
"Hijo mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca
del jardín. Esta cerca ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le
dices algo desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un
hombre y después sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco
importa cuantas veces te excuses, la herida verbal hace tanto daño como una
herida física. Los amigos son como joyas muy valiosas. No los maltrates.
Siempre están dispuestos a escuchar cuando lo necesitas, te sostienen y te
abren su casa." Es
como yo Mi
hijo hace poco llegó a este mundo, de manera normal... pero yo tenía que
trabajar, tenía tantos compromisos... Mi hijo aprendió a comer cuando menos lo
esperaba. Comenzó a hablar cuando yo no estaba. A medida que crecía, me decía:
"Papá, algún día seré como tú ¿Cuándo regresas a casa, papá?".
"No lo sé, hijo mío, pero cuando regrese jugaremos juntos..., ya lo
verás". Mi hijo cumplió diez años y me decía: "Gracias por la pelota,
papá. ¿Quieres jugar conmigo?". "Hoy no, hijo mío, que tengo mucho
que hacer." "Está bien papá, otro día será", y se fue sonriendo,
y siempre en sus labios las palabras: "Yo quiero ser como tú. ¿Cuándo
regresas a casa, papá?". "No lo sé, hijo, pero cuando regrese
jugaremos juntos..., ya lo verás." Mi hijo regresó de la universidad,
hecho todo un hombre. "Hijo, estoy muy orgulloso de ti. Siéntate y
hablemos un poco." "Hoy no, papá, tengo compromisos...; por favor,
préstame el coche para ir a visitar a unos amigos." Ahora me he jubilado y
mi hijo vive en un barrio cercano. Hoy le he llamado: "Hola, hijo mío,
quiero verte." "Me encantaría, papá, pero es que no tengo tiempo...;
tú sabes, el trabajo, los niños...; pero gracias por llamar, fue estupendo
hablar contigo." Al colgar el teléfono me di cuenta que mi hijo había
cumplido su deseo, era exactamente como yo. Hablar
con los padres ancianos Mi
padre me llama mucho por teléfono -decía un hombre joven-. Voy poco a verle. Ya
sabes cómo son los viejos, cuentan siempre las mismas cosas una y otra vez.
Además nunca faltan cosas que hacer: el trabajo, mi mujer, mis amigos... En
cambio yo -le dijo su compañero- procuro hablar mucho con mi padre. Caray -se
apenó el otro-, eres mejor que yo. Soy igual que tú -respondió el amigo con
tristeza-, mi padre murió hace tiempo y ahora sigo hablando con él, pues pienso
que me escucha desde el Cielo. Pero mientras vivió, le visitaba poco y apenas
hablaba con él. Ahora siento su ausencia, y lo busco cuando ya se me fue. Te
recomiendo que procures hablar con él ahora que lo tienes, no esperes a
visitarle en el cementerio, como tengo que hacer yo. Historia
de dos ciudades Un
viajero se aproximaba a una gran ciudad y preguntó a una mujer que se
encontraba a un lado del camino: "¿Cómo es la gente de esta ciudad?".
"¿Cómo era la gente del lugar de donde vienes?", le inquirió ella a
su vez. "Terrible, mezquina, no se puede confiar en ella...
detestable en todo los sentidos", respondió el viajero. "¡Ah!
-exclamó la mujer-, encontrarás lo mismo en la ciudad a donde te diriges". Apenas
había partido el primer viajero cuando otro se detuvo y también preguntó acerca
de la gente que habitaba en la ciudad cercana. De nuevo la mujer le preguntó al
viajero por la gente de la ciudad de donde provenía. "Era gente
maravillosa; honesta, trabajadora y extremadamente generosa. Lamento haber
tenído que partir.", declaró el segundo viajero. La sabia mujer le
respondió: "Lo mismo hallarás en la ciudad adonde te diriges". En
ocasiones no vemos las cosas como son, las vemos como somos. Incredulidad
en Plutón Anoche
tuve en mi casa una increíble visita de un viajero. Un extraño personaje que
venía nada menos que de Plutón. Estaba muy nervioso. Me explicó como en su
planeta corrían terribles rumores sobre los terrícolas: "En mi planeta,
dicen las malas lenguas, que a millones de esos pequeños seres humanos,
vosotros mismos, lo humanos, los tenéis congelados en neveras a la espera de
ser objeto de experimentos o de ser destruidos." "¿Qué mas se comenta
de nosotros en tu planeta?", le pregunté. "Pues cosas peores, como
que también a millones de seres humanos, igualmente pequeños o un poco mas
grandes, se les mata, se acaba con su vida, cuando aún no han nacido, en el
vientre de su madre". Sentí como la congoja apretaba mi pecho y como las
lágrimas asomaban en mis ojos. "Te estás poniendo rojo. No te enfades, si
quieres yo volveré a mi planeta y les diré que nunca cuenten mentiras tan
horribles sobre vosotros los humanos". "Amigo, no me enfado con los
tuyos. Me avergüenzo de los míos. Todo lo que has dicho es cierto, eso hacen
algunos seres humanos grandes, con sus pequeños seres humanos".
"Entonces me voy. No era capaz de creérmelo. Me vuelvo a casa, por que si
eso hacéis con los vuestros, que no haréis con los que no somos de vuestra especie".
Jesús García Sánchez-Colomer Información,
por favor Cuando
yo era niño, mi padre tenía uno de los primeros teléfonos de nuestro
vecindario. Recuerdo bien la vieja caja pulida clavada a la pared y el
brillante auricular colgado en el lateral de la caja. Yo era demasiado pequeño
para alcanzar el teléfono, pero solía escuchar con fascinación cuando mi madre
hablaba por él. Entonces
descubrí que en alguna parte dentro de ese maravilloso dispositivo, vivía una
extraña persona - su nombre era "Información Por Favor" y no había
nada que ella no supiese. "Información Por Favor" podía
proporcionarte el nombre de cualquiera y la hora exacta. Mi
primera experiencia personal con este "genio de la lámpara" llegó un
día mientras mi madre visitaba a un vecino. Divirtiéndome con el banco de
herramientas del sótano, me aplasté el dedo con un martillo. El dolor era
terrible, pero allí no parecía haber ninguna razón para llorar porque en casa
no había nadie que me pudiese consolar. Caminé de un lado a otro por la casa
chupando mi dedo palpitante y finalmente llegué a la escalera. ¡El
teléfono! Rápidamente corrí a por el taburete en el recibidor y lo arrastré
hasta el rellano de la escalera. Subiéndome a él, descolgué el receptor y lo
mantuve junto a mi oreja. "Información Por Favor", dije al micrófono
justo sobre mi cabeza. Un clic o dos y una vocecita clara habló en mi oído. "Información."
"Me he lastimado el dedo. . ." gemí al teléfono. Las lágrimas
llegaron sin demasiado esfuerzo ahora que tenía audiencia. "¿No
está tu madre en casa?" preguntó. "Nadie más que yo está en
casa." sollocé. "¿Estás sangrando?" "No," repliqué.
"Me he golpeado el dedo con el martillo y me duele." "¿Puedes
abrir la nevera?" preguntó. Dije que podía. "Entonces corta un
trocito de hielo y manténlo junto a tu dedo," dijo la voz. Después
de aquello, llamaba a "Información Por Favor" para cualquier cosa. La
llamé para que me ayudara con la geografía y me dijo donde estaba Filadelfia.
Me ayudo con las matemáticas. Me dijo que mi ardilla, que había cogido en el
parque justo el día de antes, comería frutas y nueces. Por
aquel entonces, Petey, nuestro canario, murió. Llamé a "Información Por
Favor" y le conté la triste historia. Ella escuchó y después dijo lo que
usualmente los adultos dicen para consolar a un niño. Pero yo estaba
desconsolado. Le pregunté, "¿Por qué los pájaros pueden cantar tan
bellamente y llevar alegría a todas las familias, solo para acabar como un
montón de plumas en el fondo de la jaula?" Ella debió sentir mi profunda
inquietud, porque dijo sencillamente, "Paul, recuerda siempre que hay otros
mundos donde cantar." De
alguna forma me sentí mejor. Otro día estaba en el teléfono. "Información
Por Favor". "Información," dijo la, ahora familiar, voz.
"¿Cómo se deletrea aprieto?" pregunté. Y
todo ello tuvo lugar en un pequeño pueblo en el Noroeste de la costa del
Pacífico. Cuando
tenía 9 años me mudé a través del país a Boston. Eché mucho de menos a mi
amiga. "Información Por Favor" pertenecía a aquella vieja caja de
madera allá en casa, y de ningún modo pensé intentarlo con el increíble y
brillante nuevo teléfono situado en la mesa en el recibidor. Cuando llegué a la
adolescencia, las memorias de aquellas conversaciones infantiles, en realidad
nunca me abandonaron. A menudo, en momentos de duda y confusión, podía apelar a
una serena seguridad y la tenía. Apreciaba ahora cuan paciente, compresiva y
amable era ella para haber gastado su tiempo en un niño pequeño. Unos
pocos años más tarde, en mi ruta hacia el oeste hacia la universidad, mi avión
aterrizó en Seattle. Tenía algo así como media hora entre avión y avión. Pasé
alrededor de 15 minutos al teléfono con mi hermana que entonces vivía allí.
Entonces, sin pensar en lo que estaba haciendo, marqué la operadora de mi
pueblo natal y dije, "Información Por Favor". Milagrosamente,
oí la menuda y clara voz que conocía tan bien, "Información." No
lo había planeado, pero me oí a mí mismo diciendo, "¿Puede decirme cómo se
deletrea aprieto?" Hubo una larga pausa. Entonces vino la respuesta en voz
baja, "supongo que tu dedo ya debe estar curado." Reí. "Así que realmente
eres tú aún," dije. "Me pregunto si tienes idea de cuánto
significaste para mí en aquel tiempo." "Me pregunto," dijo ella,
"si sabes lo mucho que tus llamadas significaban para mí. Nunca he tenido
hijos y solía esperar tus llamadas." Le dije cuan a menudo había pensado
en ella a lo largo de los años y le pregunté si podía llamarla de nuevo cuando
volviera a visitar a mi hermana. "Por favor, hazlo," dijo.
"Pregunta por Sally." Tres
meses después estaba de vuelta en Seattle. Una voz diferente contestó,
"Información." Pregunté por Sally. "¿Es usted un amigo?"
dijo ella. "Sí, un muy antiguo amigo," respondí. "Siento tener
que decirle esto," dijo. "Sally había estado trabajando a tiempo
parcial los últimos años porque estaba enferma. Murió hace cinco semanas."
Antes de que pudiera colgar dijo, "Espere un momento. ¿Dijo que su nombre
era Paul?" "Sí." "Bien, Sally dejó un mensaje para usted.
Lo anotó por si usted llamaba. Déjeme leérselo." La
nota decía, "Dile que aún digo que hay otros mundos donde cantar. Él sabrá
lo que quiero decir." Le
di las gracias y colgué. Sabía lo que Sally quería decir. (Paul Villiard,
tomado de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
caja dorada A
menudo aprendemos mucho de nuestros hijos. Hace algún tiempo, un amigo mío
regañó a su hija de tres años por gastar un rollo de papel de envolver dorado.
No andaba muy bien de dinero y se enfureció cuando la niña trató de decorar una
caja para ponerla bajo el árbol de Navidad. A pesar de ello, la pequeña llevó
el regalo a su padre a la mañana siguiente, y dijo: "Esto es para ti,
papá". Él
estaba turbado por su excesiva reacción anterior, pero se molestó de nuevo
cuando vio que la caja estaba vacía. "¿No sabes que cuando le das a
alguien un regalo se supone que debe haber algo dentro?", le dijo. La
pequeña lo miró con lágrimas en los ojos y dijo: "Oh, papá. No está vacía.
He echado besos en la caja. Todos para ti, papá". El
padre estaba hecho polvo. Rodeó con sus brazos a su pequeña y le pidió que le
perdonara. Mi amigo me dijo que conservó esa caja dorada junto a su cama
durante años. Siempre que estaba descorazonado, sacaba un beso imaginario y
recordaba el amor de la niña que los había puesto allí. Realmente,
a todos nosotros, como padres, se nos ha dado una caja dorada llena de amor
incondicional y besos de nuestros hijos. No hay posesión más preciosa que nadie
pueda tener. (James Dobson, tomado de de www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
calumnia Había
una vez un hombre que calumnió grandemente a un amigo suyo, todo por la envidia
que le tuvo al ver el éxito que este había alcanzado. Tiempo después se
arrepintió de la ruina que trajo con sus calumnias a ese amigo, y visitó a un
hombre muy sabio a quien le dijo: "Quiero arreglar todo el mal que hice a
mi amigo. ¿Cómo puedo hacerlo?", a lo que el hombre respondió: "Toma
un saco lleno de plumas ligeras y pequeñas y suelta una donde vayas". El
hombre muy contento por aquello tan fácil tomó el saco lleno de plumas y al
cabo de un día las había soltado todas. Volvió donde el sabio y le dijo:
"Ya he terminado", a lo que el sabio contestó: "Esa es la parte
más fácil. Ahora debes volver a llenar el saco con las mismas plumas que
soltaste. Sal a la calle y búscalas". El hombre se sintió muy triste, pues
sabía lo que eso significaba y no pudo juntar casi ninguna. Al volver, el
hombre sabio le dijo: "Así como no pudiste juntar de nuevo las plumas que
volaron con el viento, así mismo el mal que hiciste voló de boca en boca y el
daño ya está hecho. Lo único que puedes hacer es pedirle perdón a tu amigo,
pues no hay forma de revertir lo que hiciste". La
canasta vacía Así
como una imagen vale más que mil palabras, una historia adecuada ilustra más
que cien libros. La esposa del Faraón de Egipto había perdido muchos hijos en
su vientre. Este parto, seguramente, era su última oportunidad para darle un
heredero al Faraón. Rodeada de médicos y sirvientas el dolor de su vientre fue
en aumento hasta que explotó en un grito de dolor liberador y, simultáneamente
a su muerte dio un parto de cinco hijos, cuatro de ellos varones y una niña. El
Faraón crió con amor y dedicación a sus hijos, dándoles la educación de futuros
gobernantes a los varones y de princesa a la hija. Pasados los años y crecidos
sus hijos, el Faraón se enfrentó al dilema de escoger a su sucesor. Dado que
todos habían nacido en el mismo parto, no había un primogénito a quién el
derecho le correspondiese naturalmente. Consultó con el Consejo de Ancianos: "Qué
debo hacer? ¿Cómo elegir a mi sucesor? Quizás deba dividir el Imperio en cuatro
reinos para ser justo con todos ellos." Los sabios respondieron: "No,
majestad, dividir el Imperio implica debilitarlo y ello acarreará su
destrucción. Además, usted tuvo cinco hijos y sería injusto con su hija. Lo
mejor es hacer un concurso entre ellos y el que traiga el proyecto que más
beneficie a Egipto, ese sea el escogido". Satisfecho con la sabiduría del
consejo recibido, el Faraón citó a sus hijos -incluida la hija- y les dijo:
"Tienen seis meses para plantear el Proyecto más beneficioso para Egipto,
quién así lo haga será elegido mi sucesor." Seis meses después los cinco
hijos se congregaron en el Salón del Faraón portando los varones gran cantidad
de maquetas y planos, y la hija una canasta vacía. El Faraón escuchó por turno
los proyectos. Cada cual superaba al anterior: un sistema de caminos para el
Reino, un sistema de canales de riego, un sistema de silos para las cosechas,
un sistema de puertos para el comercio... Era difícil pensar en uno que
superase en beneficios al otro. La discusión para analizar el valor de cada
uno, sin duda sería ardua, problemática y difícil. Sin embargo, al llegar el
turno a la hija ésta mostró su canasta vacía y dijo: "Padre, yo traigo una
canasta vacía que hoy vale tanto como las maquetas que has visto. Nadie puede
decir qué obra es la mejor hasta no verla hecha y, para ese entonces el
contenido de mi canasta podría superar en valor a cualquiera de ellos."
Todos quedaron sorprendidos por el enunciado, pero el Faraón y el Consejo de
Sabios estuvieron de acuerdo en que discutir el valor de los proyectos no tenía
más sentido que discutir el valor del contenido de una canasta vacía. Entonces
la solución fue obvia: los recursos del reino se emplearían para el desarrollo
de los proyectos durante dos años y, al cabo de ese tiempo se analizaría el
beneficio real de cada obra para el Reino. Pasaron los dos años de febril
actividad y llegó el momento de presentarse al Salón del Trono. Cada uno de los
hijos venía orgulloso con gran cantidad de documentos y asesores para demostrar
que su obra había sido la más beneficiosa al Reino. Y la hija llegó con su
canasta vacía. A su turno, cada hijo expuso el valor de las obras hechas: cómo
ahora el sistema de riego había aumentado las cosechas, cómo el sistema de
caminos permitía que esas cosechas llegasen hasta el último rincón del Reino,
cómo el sistema de silos permitía almacenarlas de modo limpio y seguro, cómo
los nuevos puertos eran fuente de comercio y prosperidad. Al llegar el turno de
la hija, esta señaló su canasta y dijo: "Padre, tal como lo anuncié, el
tiempo me permitiría dar valor al contenido de esta canasta. Ahora lo veis:
gracias a mi canasta vacía el Reino tiene canales, caminos, silos y puertos. Sin
ella sólo hubiésemos tenido proyectos y una larga discusión para ver cuál era
el mejor sin que nunca ocurriese nada." Los cuatro hermanos se dieron la
vuelta, sorprendidos y azorados, y tras un momento de vacilación se
arrodillaron frente a su hermana. Y así Egipto tuvo su primera Emperatriz.
(Adaptación libre y resumida del cuento "La Canasta Vacía", de Ana
María Aguado, Buenos Aires, 1998). La
carreta vacía Caminaba
con mi padre cuando él se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio
me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?
Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el
ruido de una carreta. Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía. Pregunté a
mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aún no la vemos? Entonces mi
padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por el
ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace. Me convertí en
adulto, y ahora, cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la
conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que
tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la
impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la
carreta, mayor es el ruido que hace". La humildad consiste en callar
nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Nadie está mas vacío
que aquel que está lleno de sí mismo. La
maestra Se
contaba hace muchos años una historia sobre una profesora de Primaria. Su
nombre era Sra. Thompson. Cuando se ponía de pie frente a su clase de 5º grado
en el primer día de colegio, decía una mentira a los niños. Como muchos
maestros, ella miraba a sus estudiantes y decía que los quería a todos por
igual. Pero
eso era imposible, porque ahí, en la primera fila, hundido en su asiento,
estaba un pequeño llamado Teddy Stoddard. La Sra. Thompson había vigilado a
Teddy el año anterior y se dio cuenta de que no jugaba con los otros niños, que
sus ropas estaban sucias y que constantemente necesitaba un baño. Y Teddy podía
ser desagradable. Llegó al punto que la Sra. Thompson de hecho se complacía en
marcar sus apuntes con una ancha pluma roja, haciendo bien delineadas X y
poniendo un gran "MD" en la parte superior de las hojas. En
la escuela donde enseñaba la Sra. Thompson, ella fue requerida para revisar el
expediente de cada niño y dejó el de Teddy para lo último. Sin embargo, cuando
revisó su expediente, se llevó una sorpresa. La
maestra de primero de Teddy escribió, "Teddy es un niño brillante, de
pronta risa. Hace su trabajo pulcramente y tiene buenos modales, da alegría
tenerlo cerca." Su
maestra de segundo escribió, "Teddy es un excelente estudiante, apreciado
por sus compañeros de clase, pero está apenado porque su madre tiene una
enfermedad terminal y la vida en su hogar debe ser una pugna." Su
maestra de tercero escribió, "La muerte de su madre ha sido dura para él.
Intenta hacer lo mejor, pero su padre no muestra mucho interés y su vida
familiar pronto le afectará si no se toman medidas." Su
maestra de cuarto escribió, "Teddy está distraído y no muestra mucho
interés por la escuela. No tiene muchos amigos y a veces se duerme en
clase." Ahora
la Sra. Thompson se dio cuenta del problema y se avergonzó de sí misma. Se
sintió peor incluso cuando sus estudiantes le llevaron sus regalos de Navidad,
envueltos en bellos lazos y brillante papel, excepto el de Teddy. Su regalo
estaba chapuceramente envuelto en el pesado papel marrón que obtuvo de una
bolsa de comestibles. A la Sra. Thompson le inquietó abrirlo en mitad de los
otros regalos. Algunos de los niños empezaron a reír cuando encontró un
brazalete de circonitas al que le faltaban algunas piedras, y una botella llena
hasta la cuarta parte de perfume. Pero acalló la risa de los niños cuando
exclamó lo bonito que era el bracelete, a la vez que se lo ponía, y se aplicó
algo de perfume en la muñeca. Teddy
Stoddard se quedó ese día después de clase justo lo suficiente para decir,
"Sra. Thompson, hoy huele usted justo como mi mamá solía hacerlo." Después
de que los niños se fueran, ella lloró durante casi una hora. Desde
ese preciso día, la Sra. Thompson puso especial atención con Teddy. Mientras
trabajaba con él, su mente parecía volver a la vida. Cuanto más lo animaba, más
rápido respondía él. Al final del año, Teddy había llegado a ser uno de los
niños más inteligentes de clase y, a pesar de su mentira de que ella querría a
todos los niños por igual, Teddy se convirtió en uno de los "favoritos de
la maestra" Un
año más tarde, encontró una nota bajo su puerta, de Teddy, diciéndole que
todavía era la mejor maestra que había tenido en toda su vida. Pasaron seis
años antes de que le llegara otra nota de Teddy. Entonces le escribió que había
acabado la Secundaria, el tercero de su clase, y que ella todavía era la mejor
maestra que había tenido en toda su vida. Cuatro
años después, le llegó otra carta, diciendo que aunque las cosas habían sido
duras a veces, permaneció en el colegio, perseveró y pronto obtendría su
graduado con los mayores honores. Aseguraba a la Sra. Thompson que ella todavía
era la mejor maestra que había tenido en toda su vida y su favorita. Pasaron
cuatro años más y llegó otra carta. Esta vez explicaba que después de haber
obtenido su título de Bachiller, decidió ir un poco más allá. La carta
explicaba que ella era todavía la mejor y favorita maestra que había tenido
nunca. Pero ahora su nombre era un poco más largo: la carta estaba firmada,
Doctor Theodore F. Stoddard. La
historia no acaba aquí. Todavía recibió otra carta esa primavera. Teddy decía
que había conocido a una chica y que iba a casarse. Explicaba que su padre
había muerto hacía un par de años y se preguntaba si la Sra. Thompson aceptaría
sentarse en la boda en el sitio que usualmente estaba reservado para la madre del
novio. Por supuesto, la Sra. Thompson lo hizo. ¿Y sabes qué? Lució el
brazalete, aquel al que le faltaban varias circonitas. Y se aseguró de ponerse
el perfume que Teddy recordaba que su madre llevaba en su última Navidad
juntos. Se abrazaron y el Dr. Stoddard susurró en el oído a la Sra. Thompson,
"Gracias, Sra. Thompson por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir
importante y mostrarme que yo podía hacer que las cosas fueran
diferentes." La Sra. Thompson, con lágrimas en los ojos, susurró a su vez.
Dijo, "Teddy, estás totalmente equivocado. Tu fuiste el que me enseñó a mí
a hacer las cosas diferentes. Yo no sabía cómo enseñar hasta que te
conocí." (Elizabeth Silance Ballard, tomado de de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
oruga y la mariposa Una
pequeña oruga caminaba un día en dirección al sol. Muy cerca del camino se
encontraba un saltamontes. "¿Hacia donde te diriges?" - le preguntó
-. Sin dejar de caminar, la oruga contestó: "Tuve un sueño anoche: soñé
que desde la punta de la gran montaña yo miraba todo el valle. Me gustó lo que
vi en mi sueño y he decidido realizarlo". Sorprendido, el saltamontes dijo
mientras su amigo se alejaba: "¡Debes estar loca!, ¿cómo podrás llegar
hasta aquel lugar?, ¿tú?, ¿una simple oruga? .... una piedra será una montaña,
un pequeño charco un mar y cualquier tronco una barrera infranqueable...".
Pero el gusanito ya estaba lejos y no lo escuchó, su diminuto cuerpo no dejó de
moverse. De pronto se oyó la voz de un escarabajo preguntando hacia dónde se
dirigía con tanto empeño. La oruga contó una vez más su sueño y el escarabajo
no pudo soportar la risa, soltó la carcajada y dijo: "Ni yo, con patas tan
grandes, intentaría realizar algo tan ambicioso", y se quedó en el suelo
tumbado de la risa mientras la oruga continuó su camino, habiendo avanzado ya
unos cuantos centímetros. Del mismo modo la araña, el topo y la rana le
aconsejaron a nuestro amigo desistir: "¡No lo lograrás jamás!" le
dijeron, pero en su interior había un impulso que lo obligaba a seguir. Ya
agotado, sin fuerzas y a punto de morir, decidió parar a descansar y construir
con su último esfuerzo un lugar donde pernoctar. "Estaré mejor", fue
lo último que dijo y murió. Todos los animales del valle fueron a mirar sus
restos, ahí estaba el animal más loco del campo, había construido como su tumba
un monumento a la insensatez, ahí estaba un duro refugio, digno de uno que
murió por querer realizar un sueño irrealizable. Esa mañana en la que el sol
brillaba de una manera especial, todos los animales se congregaron en torno a
aquello que se había convertido en una advertencia para los atrevidos. De
pronto quedaron atónitos, aquella costra dura comenzó a romperse y con asombro
vieron unos ojos y unas antenas que no podían ser las de la oruga que creían
muerta, poco a poco, como para darles tiempo de reponerse del impacto, fueron
saliendo las hermosas alas de mariposa de aquel impresionante ser que tenían en
frente, el que realizaría su sueño, el sueño por el que había vivido, por el
que había muerto y por el que había vuelto a vivir. Todos se habían equivocado.
El éxito en la vida no se mide por lo que has logrado, sino por los obstáculos
que has tenido que enfrentar en el camino. Aunque el camino sea largo y
difícil, no te dejes vencer... si eres constante, tus sueños pueden convertirse
en realidad. La
silla de ruedas 05:30,
oigo el despertador. Uf, ya es hora de levantarse, pero si acabo de
acostarme... ¿Por qué tiene que estallar ahora este cacharro? ¿Por qué no puedo
esta tan desvelado, como ayer cuando me acosté? Me quedaré cinco minutos mas,
luego en la autopista los podré recuperar. Cierro los ojos y me imagino que
estoy en la playa tumbado, tomando energía de mi planeta preferido. Lo
que pensé que serían 5 minutos se multiplicaron por 8. Miro al reloj, que me
responde con guasa que me he vuelto a quedar dormido. Como un cohete salgo de
mi cama hacia la cocina para hacerme un café con la esperanza de que me ayude a
abrir los ojos. La autopista no me permite gastar un poco de adrenalina para
apaciguar mi tensión, sino que la aumenta cuando me doy cuenta que estoy
atascado en ella. Cuando por fin llego a la estación de trenes veo como el tren
traga a sus últimos pasajeros cierra las puertas lentamente y desaparece en el
horizonte. Como era de esperar llegaré tarde al trabajo. Después
de la aventura que tuve para llegar al trabajo, la motivación se derrumba por
completo al pensar en la montaña de trabajo que me está esperando. Después de 8
horas y media de duro trabajo estoy realmente por los suelos. Mientras
estoy esperando el tren para regresar a casa empiezo casi a deprimirme. Pienso
lo bien que pudiera estar si tuviera mi propia empresa, podría ganar mucho
dinero y ser mi propio jefe. Pienso de lo feliz que sería si conociera y
compartiera mi vida con mi alma gemela. Pienso el gozo que sentiría si fuese
una gran personalidad que viajara mucho y fuese reconocida y respetada. Sigo
pensando y soñando llegando a la conclusión que debo ser la persona más infeliz
del planeta. Justo
en este instante paso algo que almacenaré toda mi vida en el baúl de mis
recuerdos. No hablé con un ángel, pero un ángel tuvo que haber planeado este
encuentro. "Hola señor, me puede ayudar a subir al tren cuando
venga", me dijo una suave y alegre voz que procedía de una adolescente. A
pesar de que estaba en una silla de ruedas su rostro resplandecía como un sol
al amanecer. "Cómo no, señorita, ¿qué línea de tren va a coger para llegar
a su destino?", le respondí intentando sonreir. Su
tren tardó unos minutos en llegar. Me quedé con las ganas de preguntarle de
cómo le era posible estar tan alegre y feliz estando en esa situación. Cómo le
iba a preguntar yo, que estaba mil veces mejor que ella. Me puedo mover
libremente, puedo ir donde se me antoje sin depender de nadie, puedo practicar
cualquier deporte, subir cualquier montaña... Volví a meditar sobre lo infeliz
que me sentía antes de encontrar a la chica y empezó a darme vergüenza de
haberme sentido así. Sólo estuve preocupándome del mal día que tuve, estuve
pensando en lo negativo de mi vida. ¡Que vergüenza! "Ya
llega mi tren, señor". Le ayudé a subir el tren y con una sonrisa (esta
vez sincera) le deseé un bonito día. Cuando perdí el tren de vista, empecé a
repasar en las cosas positivas que puedo gozar en mi vida. No tardé mucho y
empecé a sentirme bien y contento con ganas de disfrutar del presente a pesar
de que tuve un mal día. Hay
un proverbio que dice que cuándo los vientos se levantan o cambian rumbo hay
gente que empieza a construir muros, pero otros construyen molinos. En la vida encontramos
muchos vientos, pero en vez de gastar nuestras energías en construir muros
podemos construir molinos y ganar energías de estos vientos. ¿Recordamos a la
chica en la silla de ruedas? Si hubiese construido muros para detener los
vientos se habría agotado y se hubiese deprimido por no poder controlar los
vientos. Sin embargo construyó molinos aceptando su situación y enseñando a los
demás a ser positivos. (Carlos Prieto, tomado de
www.andaluciaglobal.com/hadaluna) La
trompeta En
una excursión todos nos hallábamos perdidos en el monte. Los niños hacía tiempo
dudaban de que los guías supiéramos el camino. El bosque, agreste, no dejaba
ver ni una luz que nos guiara. De pronto, se oyó el sonido de una trompeta
lejana. Era el cura del pueblo, que nos esperaba y, al ver que no llegábamos,
había salido en nuestra búsqueda. José Ramón, el clásico gordito de toda
excursión, apretó el paso. Al cabo de un rato la trompeta se fue perdiendo.
José Ramón gritó disgustadísimo: si esa trompeta deja de sonar, me siento y ahí
me quedo. Esta es una forma de explicar qué es la esperanza: la esperanza es
como el sonido de esa trompeta. La
valentía premiada Estaba
caminando en una calle poco iluminada una noche ya tarde, cuando escuché unos
gritos que trataban de ser silenciados y que venían de atrás de un grupo de
arbustos. Alarmado, aflojé el paso para escuchar y me aterroricé cuando me dí
cuenta de que lo que se escuchaba eran los inconfundibles signos de una lucha
desesperada en la que a unos pocos metros de mí una mujer estaba siendo
atacada. ¿Me debería involucrar? Yo estaba asustado pensando en mi propia
seguridad y me maldije a mí mismo por el dilema ante el que estaba: ¿No debería
tan solo correr al teléfono más cercano y llamar a la policía? Los gritos
aumentaban. Tenía que actuar con rapidez. Finalmente me decidí. No podía darle
la espalda a esa pobre mujer, aunque eso significara arriesgar mi propia vida.
No soy un hombre valiente, ni soy un hombre fuerte ni atlético. No sé dónde
encontré el coraje moral y la fuerza física, pero una vez que había decidido
finalmente ayudar a la chica, me volví extrañamente transformado. Corrí detrás
de los arbustos y salté sobre el asaltante. Forcejeando, caímos al suelo y
luchamos durante unos minutos, hasta que el atacante se puso en pie de un salto
y escapó. Jadeando fuertemente, me levanté con dificultad, y me acerqué a la
chica, que estaba en cuclillas detrás de un árbol, llorando. En la oscuridad,
apenas podía ver su silueta, temblando y en pleno shock nervioso. No quería asustarla
de nuevo, así que le hablé a cierta distancia. "No te preocupes, ya se ha
ido, estás a salvo", dije en tono tranquilizador. Hubo una prolongada
pausa, y entonces oí: "¿Papá, eres tú?". Y entonces desde detrás del
árbol salió caminando mi hija Katherine. La
vaquita Un
maestro samurai paseaba por un bosque con su fiel discípulo, cuando vió a lo
lejos un sitio de apariencia pobre, y decidió hacer una breve visita al lugar.
Durante la caminata le comentó al aprendiz sobre la importancia de realizar visitas,
conocer personas y las oportunidades de aprendizaje que obtenemos de estas
experiencias. Llegando al lugar constató la pobreza del sitio, los habitantes:
una pareja y tres hijos, la casa de madera, vestidos con ropas sucias y
rasgadas, sin calzado. Entonces se aproximó al señor, aparentemente el padre de
familia y le preguntó: "En este lugar no existen posibilidades de trabajo
ni puntos de comercio tampoco, ¿cómo hacen usted y su familia para sobrevivir
aquí?". El señor calmadamente respondió: "Amigo mío, nosotros tenemos
una vaquita que nos da varios litros de leche todos los días. Una parte del
producto la vendemos o lo cambiamos por otros géneros alimenticios en la ciudad
vecina y con la otra parte producimos queso, cuajada, etc., para nuestro consumo
y así es como vamos sobreviviendo. "El sabio agradeció la información,
contempló el lugar por un momento, luego se despidió y se fue. En el medio del
camino, se volvió hacia su fiel discípulo y le ordenó: "Busque la vaquita,
llévela al precipicio de allí enfrente y empújela al barranco." El joven,
espantado, repuso maestro que la vaquita era el medio de subsistencia de
aquella familia, pero el maestro insistió y él fue a cumplir la órden, y empujó
la vaquita por el precipicio y la vio morir. Aquella escena quedó grabada en la
memoria de aquel joven durante algunos años. Un día, el joven, agobiado por la
culpa, resolvió abandonar todo lo que había aprendido y regresar a aquel lugar
y contarle todo a la familia, pedir perdón y ayudarlos. Así lo hizo, y a medida
que se aproximaba al lugar veía todo muy bonito, con árboles floridos, todo
habitado, con un coche en el garaje de una gran casa y algunos niños jugando en
el jardín. El joven se sintió triste y desesperado imaginando que aquella
humilde familia tuviese que haber vendido el terreno para sobrevivir. Aceleró
el paso, y al llegar fue recibido por un señor muy simpático. El joven preguntó
por la familia que vivía allí hacia unos cuatro años, y el señor respondió que
seguían viviendo allí. Entró a la casa y confirmó que era la misma familia que
visitó hacía algunos años con el maestro. Elogió el lugar y le preguntó al
señor (al dueño de la vaquita): "¿Cómo hizo para mejorar este lugar y
cambiar de vida?". El señor respondió: "Nosotros teníamos una vaquita
que cayó por el precipicio y murió, de ahí en adelante nos vimos en la
necesidad de hacer otras cosas y desarrollar otras habilidades que no sabíamos
que teníamos, así alcanzamos el éxito que sus ojos vislumbran ahora". La
moraleja samurai dice: "Todos nosotros tenemos una vaquita que nos
proporciona alguna cosa básica para nuestra supervivencia, que nos lleva a la
rutina y nos hace dependientes de ella, y nuestro mundo se acaba reduciendo a
lo que la vaquita nos da. Tú sabes cuál es tu vaquita. No te importe empujarla
por el precipicio. La
vasija Un cargador de agua tenía dos grandes vasijas que colgaban a los extremos de un palo que él llevaba encima de los hombros. Una de las vasijas tenía varias grietas, mientras que la otra era perfecta y conservaba toda el agua al final del largo camino a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. Cuando llegaba, la vasija rota sólo contenía la mitad del agua. Durante dos años completos esto fue así diariamente. La vasija perfecta estaba muy orgullosa de sus logros, pues se sabía perfecta para el fin para el que fue creada. Pero la pobre vasija agrietada estaba muy avergonzada de su propia imperfección, y se sentía miserable, porque sólo podía hacer la mitad de lo que se suponía que era su obligación. Después de dos años, la tinaja quebrada le habló al aguador diciéndole: "Estoy avergonzada y me quiero disculpar contigo. Porque debido a mis grietas, sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obt | |||