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ANÉCDOTAS
Y VIRTUDES, III JULIO
EUGUI AGRADECIMIENTO ALEGRÍA AMOR
A DIOS ÁNGELES
CUSTODIOS APOSTOLADO CARIDAD CASTIDAD CIELO COMUNIÓN
DE LOS SANTOS CONCIENCIA CONFESIÓN
SACRAMENTAL CONTRICIÓN CONVERSIÓN COSAS
PEQUEÑAS CRUZ DEMONIO DIRECCIÓN
ESPIRITUAL EJEMPLARIDAD ENVIDIA ESPERANZA ESPÍRITU
SANTO EUCARISTÍA EXAMEN FE FELICIDAD FILIACIÓN
DIVINA FIN
DEL HOMBRE FORMACIÓN FORTALEZA GENEROSIDAD GRACIA HUMILDAD IGLESIA INFIERNO JESUCRISTO JUICIO LIBERTAD LUCHA
ASCÉTICA MATRIMONIO
Y FAMILIA MISERICORDIA MORTIFICACIÓN MUERTE OBEDIENCIA ORACIÓN PECADO PIEDAD POBREZA RECTITUD
DE INTENCIÓN ROMANO
PONTÍFICE SAN
JOSÉ SANTIDAD SINCERIDAD TIBIEZA TRABAJO VIRGEN
MARÍA VOCACIÓN VOLUNTAD
DE DIOS AGRADECIMIENTO Qué
bueno que tú existas Marcel
Marceau, el gran artista del mimo, había concluido su espectáculo entre
interminables ovaciones de un público entusiasmado. Ya instalado en el
camerino, sudoroso y fatigado, se dedicaba a ir eliminando hasta el último
resto del maquillaje que le cubría el rostro. Fuera, ante la puerta, guardaban
cola un serie de admiradores y varios periodistas, a la espera de poder
conversar un poco con el famoso personaje. Y de pronto, vieron a una viejecita,
que salía de no se sabe dónde, avanzando lentamente con la ayuda de un bastón.
Abrió la puerta del camerino sin preocuparse de llamar y sin pensar
un instante en todos los que aguardaban su oportunidad de pasar, y penetró
en el interior. Refiere uno de los periodistas, que lo que presenció desde
fuera, que la anciana llegó hasta el artista y se limitó a decir: -Gracias,
Marcel, por existir. Y
declarado eso, dio media vuelta y abandonó el camerino con la misma parsimonia
con la que había aparecido. Es
curioso, pero las palabras de la abuela coincidían con la conocida definición
de amor del filósofo Joseph Pieper: "Amar es exclamar continuamente ante
el ser amado: ¡Qué bueno que existas!" Tecca,
la leprosa En
la Siena del siglo XIV hay un hospital de San Lázaro, que acoge en su interior
a varios enfermos de la terrible lepra. Allí yace una pobre mujer, muy enferma;
se llama Tecca. Nadie la cuida; más bien la evitan. Pero acude en su ayuda
Santa Catalina, la acaricia, la lava, le da de comer, y la mujeruca, que no
sale de su asombro, se deshace en agradecimiento. Catalina
vuelve un día y otro, siempre con los mismos cuidados, con la misma delicadeza,
pero Tecca se va acostumbrando, y le nace una especie de hábito por el cual le
parece natural que la joven la sirva; y del hábito pasa al derecho, como si la
joven estuviera obligada a hacer lo que hace: por ello le empieza a exigir
fidelidad en el horario y entrega plena. Y luego avanza un grado más, y
comienzan los celos. Si Catalina se retrasa un día por estar un poquito más de
tiempo en la iglesia, Tecca se enfada y se lo afea. Pero Catalina responde con
mansedumbre: -¡Oh,
madre buena, no te inquietes, por amor de Dios; haré ahora enseguidita lo que
necesitas...! Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia ALEGRÍA De
la alegría a la fe Del
escritor Bruce Marshall recordamos con gusto novelas de su primera época -luego
decae bastante-, como: El mundo, la carne y el Padre Smith, A cada uno su
denario y El milagro del Padre Malaquías. Curiosa fue su conversión al
catolicismo. Se
había educado en un rígido puritanismo protestante y, según cuenta, no estaba
acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia
de un cristiano, que tiene motivos para vivir contento. Las ceremonias
religiosas a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de
rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. Asistió por
primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de
un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una
moneda. La moneda fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada
curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer
engullida -¡también es mala suerte!- por la única rejilla de la calefacción
existente a varios quilómetros a la redonda. La cosa es que al sacerdote le dio
la risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote.... El
pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: "ésta debe
ser la Iglesia verdadera; aquí la gente se ríe". Buen
humor Santo
Tomás Moro, el que fuera gran humanista, Lord Canciller de Inglaterra con
Enrique VIII y mártir por defender su conciencia cristiana, gozó siempre de un
buen humor envidiable, e hizo gala de él hasta en el momento de su muerte, el 6
de julio de 1535, como demuestran sus palabras al mismo verdugo. Él había
escrito esta plegaria: "Dame, Señor, una buena digestión y también algo
que digerir", que suena algo parecido a aquello de "Señor, da pan a
los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan", que algunos dicen en
broma. Y continúa: "Dame salud del cuerpo y, con ella, el sentido común
necesario para conservarla lo mejor posible. (...) Dame, Señor, sentido
del humor. Dame la gracia de comprender una broma, para lograr un poco de
felicidad en esta vida y saber regalarla a los demás. Así sea". En
el telesilla La
afición de Juan Pablo II al esquí era bien conocida. Sin embargo, menuda
sorpresa para el niño de ocho años que descubrió que el señor con anorak rojo
que tenía a su lado era el mismísimo Romano Pontífice. Ocurrió en la estación
de esquí de la Montagnola. -¿Sabes
cómo funciona el telesilla? -Sí,
creo que sí , al menos eso espero. -¡Ahí
va! ¡Si es el Papa! Se
acabó el estar de incógnito, porque a los pocos minutos lo sabía todo el mundo,
aunque el Papa ya había abandonado la estación de esquí. Una
vez le preguntaron los periodistas, cuando aún era Cardenal: -Pero,
¿es correcto que un Cardenal esquíe? Y
bromeó una vez más, con su voz profunda: -Lo
incorrecto es que un Cardenal esquíe mal... Más
noticias sobre esquí Esta
anécdota la tomo del libro Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano,
de Paloma Gómez Borrero. Siendo Juan Pablo II Cardenal, fue invitado a dar una
charla sobre teología moral en la Universidad Católica de Milán. Los
estudiantes se sorprendieron al saber que el Cardenal Wojtyla tenía una vieja
afición por el esquí. Al ver su extrañeza, reaccionó con humor y les desafió a
que le dijeran cuántos cardenales italianos esquiaban: -Ninguno. -En
Polonia, en cambio, esquía el cincuenta por ciento de los cardenales. El
aula estalló en una carcajada. Bien sabían que en Polonia sólo había dos
cardenales; el otro era el anciano Stefan Wyszynski. El
colmo del pesimismo Charlaban
dos individuos que se acababan de conocer en el vestíbulo de un hotel. -La
situación es desastrosa. Todo va de mal en peor. La economía está por los
suelos, la inflación acabará con todos nuestros ahorros, no hay futuro... -¿¡Qué
me va a decir usted a mí!? Fíjese: estoy de viaje de novios, y he venido solo. Hundimiento Uno
de los más famosos payasos de todos los tiempos fue Tony Grice. De él se cuenta
que marchó a ver a un médico porque andaba tristón, y el galeno le recomendó: -Mire,
hoy, en vez de ir a trabajar, haga una excepción y vaya a ver a Tony Grice. La
anécdota la ha referido Miguel Mihura, que dirigió durante cierto tiempo la
popular revista de humor "La Codorniz". También él se encontraba
triste y decidió consultar a un médico su problema. Al acordarse de lo que le
había sucedido a Tony Grice, comenzó a alegrarse. Igual me dice -pensaba- que
lo que tengo que hacer es leer "La Codorniz". Tendría su gracia. Pero
no fue así. El médico le aconsejó: -A
usted lo que le haría mucho bien es leer "El Cucú". Para
Mihura aquello fue la puntilla. Se trataba de la revista de la competencia. AMOR
A DIOS Cinco
carteles Estaban
a la puerta de un templo parroquial. El primer cartel mostraba a un niño
gordito, de esos que anuncian alimentos para bebés, y debajo habían escrito:
"Demasiado joven para amar a Dios". El segundo presentaba a una
pareja de "palomos" recién casados dándose un besito; el
correspondiente letrero avisaba: "Demasiado felices para amar a Dios".
Le seguía un ejecutivo rodeado de teléfonos y con cara de desarrollar una tarea
febril: "Demasiado ocupado para amar a Dios". A continuación, un
ricachón gordo, con los dedos de las manos llenos de relucientes anillos de oro
y pedrería, un habano en la boca, en el momento de descender de un cochazo de
lujo: "Demasiado seguro de sí mismo para amar a Dios". Y finalizaba
la serie con una sepultura: "Demasiado tarde para amar a Dios". Palabra
divina Cuando
Albino Luciani era Patriarca de Venecia, antes de llegar a ser el Papa Juan
Pablo I, algunos sacerdotes ancianos, acostumbrados a predicadores notables
como sus predecesores en el cargo patriarcal, le criticaban un poco por la
sencillez e ingenuidad de los ejemplos que espolvoreaba en su predicación. Pero
él contestaba a esto diciendo: "La palabra de Dios no es más que una
carta. Mi madre, cuando el cartero le traía una carta de mi padre, que
trabajaba en Alemania, la abría con ansia, la leía y releía; luego, corría a
contestarla y enseguida la echaba al buzón. Esto es la palabra de Dios, la
carta de una persona que se ama, que se espera; la leemos para hacerla nuestra
y contestamos enseguida". Cfr.
N. Valentini y M. Bacchiani, El Papa de la sonrisa Víctima
de holocausto Santa
Teresa de Lisieux tuvo una revelación sobre su pronta muerte. El día 9 de junio
de 1895 se ofreció como víctima de amor al Señor. Era el día de la Santísima
Trinidad y no contaba más que con veintidós años. La fórmula de su
ofrecimiento, hecho con el consentimiento de la superiora y el conocimiento de
un teólogo, la llevaba siempre sobre el pecho, junto a los Evangelios. En ella
decía entre otras cosas: "Yo deseo ser santa. Pero siento mi impotencia, y
os pido, ¡oh Dios mío!, que seáis Vos mismo mi santidad". Y también:
"A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de
holocausto a Vuestro Amor misericordioso, suplicándoos me consumáis sin cesar,
dejando desbordar en mi alma las olas de ternura infinita que se hallan
encerradas en Vos, y que así llegue a ser, ¡oh Dios mío!, mártir de vuestro
amor". Ofrenda
de la propia vida Año
1931. La República ha sido proclamada el 14 de abril en España. Se ha desatado
un huracán de anticlericalismo en el país, y a lo largo de los días 10, 11 y 12
de mayo arden iglesias y conventos en Madrid y en otras ciudades. No es raro
que los sacerdotes sufran vejaciones e insultos por la calle y, lo que es peor,
la legislación que se prepara no augura nada bueno para la Iglesia. En
la capilla del Hospital del Rey, sor Engracia, una religiosa hija de la
caridad, de origen navarro, reza ante el Sagrario. Entra el capellán, José
María Somoano, y, creyéndose solo, reza en voz alta: -Dios
mío, te ofrezco mi vida por la salvación de mi patria. La
religiosa no sabe qué hacer y permanece callada. El
sacerdote insiste: -Dios
mío, Dios mío... ¡salva este país! Al
año siguiente, José María Somoano fallece como un mártir, seguramente
envenenado por alguien que odia a la Iglesia. Se va al Cielo el 16 de julio,
fiesta de la Virgen del Carmen. Da la impresión de que el Señor había aceptado
su ofrenda. Cfr.
J.M. Cejas, José María Somoano ÁNGELES
CUSTODIOS Custodios
en Picos de Europa Salió
el tema durante una tertulia nocturna, ya hace bastantes años, en una cabaña
situada en la collada de Amuesa; todos iban de camino hacia la cumbre más alta
de Picos, que es el Torrecerredo. El protagonista -el narrador- era un
hombre que tiene su nombre escrito con letras de oro en el montañismo
asturiano: el formidable, como montañero y como persona, José Ramón Lueje. Lueje
estaba convencido de que un día le había echado una mano su Ángel, y lo contaba
así. Venía en travesía de Cabezo Llerosos hacia Covadonga con su amigo Pío
Canga, y se les echó una niebla densa; una de ésas que en un paisaje como el de
Picos puede extraviar hasta al más experto conocedor del terreno; y, en efecto,
llegó un momento en que no sabían por dónde andaban. Pero, gracias a Dios,
contra todo pronóstico, surgieron de la niebla dos pastores, amables y
educados, que se brindaron a ponerles en camino seguro. Al
cabo de un rato, se despidieron de ellos, tras haberles dado las gracias como
correspondía. Lo curioso del asunto es que oyeron, ya a cierta distancia, cómo
se daban también el adiós los dos pastores mutuamente antes de desaparecer de
su vista: -Adiós,
José Ramón. -Adiós
Pío. José
Ramón Lueje pensaba que era mucha coincidencia. Tenía la mosca detrás de la
oreja: ¿no sería cosa de los Custodios? Seguro que sí. Debo
el conocimiento del relato a un buen amigo, veterano ex-montañero
gijonés, Casimiro González, que pernoctaba en la choza de Amuesa con la
cuadrilla montañera. Una
oración salvadora En
1984 unos malhechores raptaron al hijo de corta edad de un obrero de
Fains (Francia). Al pobre crío lo maltrataron y lo utilizaron como reclamo para
la mendicidad. Al cabo de cuatro años el pequeño logró fugarse de sus
secuestradores. El problema que se presentó a la policía era que el niño apenas
sabía dar razón de quiénes eran sus padres; no lograba aportar unos datos que
ayudaran a la identificación; en cambio, recordaba muy bien una plegaria al
Ángel Custodio que le había enseñado su madre y que repetía a diario durante su
cautiverio. La
noticia apareció inmediatamente en la prensa y fue exactamente este dato el que
permitió a la madre del niño saber que se trataba de su hijo. Cfr.
I. Segarra, De la mano del Ángel Custodio
de primera mano Le
leían a Alexia (v. Anécdotas nn. 16, 322), cuando era muy pequeña, un libro
sobre las obras de misericordia, y cada una de ellas estaba relatada a modo de
cuento. A propósito de una, el libro contaba cómo un Ángel Custodio hablaba con
otro diciendo: -¡Estoy
agotado! La niña que cuidaba antes era muy buena, pero la que tengo ahora es
tan inquieta que me tiene todo el día en vilo. Al
llegar a este punto, Alexia interrumpió a su madre: -Espera,
espera... ¿qué pasa?, ¿mi Ángel es mío sólo o es un Ángel "usado",
que antes fue de otra niña? Su
madre se quedó desconcertada: -Pues
francamente, hija, no lo sé. Cuando vayas a confesarte, se lo preguntas a D.
Manuel. Llegó
el día de la consulta. El sacerdote, algo desconcertado, preguntó hábilmente a
la niña: -Alexia,
¿a ti que te gustaría?, ¿qué fuera sólo tuyo? Ella,
tímidamente, pero con sinceridad, repuso: -Yo
preferiría que fuera mío sólo. Y
D. Manuel añadió: -Pues
seguro que eso es lo que ocurre, que tu Ángel Custodio es tuyo sólo. Cfr.
M.A. Monge, Alexia Nombre
de Ángel La
anterior anécdota se continúa con otra. Alexia había quedado bastante
satisfecha de la respuesta del sacerdote con quien se confesaba. Al salir de la
iglesia, anunció a su madre que pensaba poner nombre a su Custodio. -¡Ah!
¿Sí? ¿Qué nombre le vas a poner? La
niña no tenía la menor duda: -Hugo. La
madre se extrañó un poco, porque Hugo no es un nombre corriente. -¿Por
qué Hugo? -Porque
es un nombre perfecto para un Custodio. Ante
tanto convencimiento, preguntó la madre: -¿Sí?
¿Por qué? Y
Alexia, con el mismo tono de seguridad y firmeza, contestó: -¡Es
evidente! Pero
la madre no veía la evidencia por ninguna parte. Tampoco insistió más en el
asunto. Lo que es sabido es que Alexia siempre llamó Hugo a su Ángel Custodio.
Después de su muerte, sus padres buscaron una biografía de San Hugo, obispo
francés, por si allí había alguna pista. Supieron entonces que San Hugo había
sido pastor y que toda su vida había tenido que luchar contra el Demonio.
¡Realmente era un buen nombre para un Custodio! Cfr.
M.A. Monge, Alexia Confianza A
veces, cuánto aprendemos de la sencillez y espontaneidad de los pequeños. Se
hablaba en el seno de una familia sudamericana sobre los Ángeles Custodios y
uno de los niños contó sin el menor reparo que él dejaba al suyo un espacio en
la cama, para que pudiera dormir, pues al terminar el día estaría muy cansado.
Intervino entonces otro de los varones: -¿Sólo
cansado? De cuidarte a vos quedará muerto. Pero
una de las niñas, un poco mayor, con más conocimientos, aportó su sabiduría y
explicó que los ángeles son seres espirituales, no tienen cuerpo como
nosotros y, por tanto, no ocupan lugar. Lo
curioso es que al resto de los hermanos no les convenció mucho este
"magisterio". ¿Cómo no van a ocupar lugar? ¿En qué cabeza cabe? APOSTOLADO Encarnar
el Evangelio En
mayo de 1992, el Papa Juan Pablo II beatificaba al Fundador del Opus Dei, y el
26 de junio se cumplía el dies natalis del nuevo Beato. Con motivo de la
celebración por vez primera de su memoria litúrgica, se oficiaron misas en su
honor en lo más variados lugares del mundo, bastantes de ellas presididas por
eminentes miembros de la jerarquía de la Iglesia. La celebrada por el Arzobispo
de Colonia, el Cardenal Joachim Meisner tuvo lugar en la iglesia de San
Pantaleón de aquella ciudad alemana. Casi
al comienzo de su homilía, el Cardenal Meisner recordó sus tiempos de Obispo de
Berlín -un Berlín dominado por el comunismo-, cuando tenía ceremonias de
administración del sacramento de la Confirmación muy reducidas; apenas dos o
tres confirmandos. Él quería que el Evangelio se encarnara en la vida
ordinaria, que tomara forma concreta en este mundo, y en medio de esas
circunstancias adversas hacía lo que podía por inculcar ese espíritu cristiano.
"Solía preguntar a cada uno en particular: ¿Eres el único alumno católico
de tu clase, o hay por lo menos, entre tus compañeros, alguno no católico pero
cristiano? Muchas veces la respuesta era: Yo soy el único cristiano de mi
clase. Entonces le administraba la Confirmación sellándole de una manera
especial. Pensaba: pobre chica, o pobre chico, ¡lo necesitan! Si la respuesta
era positiva -hay otro en mi clase-, entonces les decía: por la mañana, antes
de empezar la primera hora, daos la mano y decid: cuando haya dos reunidos en
mi nombre, yo estaré como un tercero en medio de vosotros. Si Jesús es vuestro
compañero de clase, nada malo os puede pasar". Te
espera Me
lo refiere un conocido. Iba dando una vuelta con un amigo y tuvo el arranque de
manifestarle con toda sencillez que él siempre, es decir, todos los
días, hacía una visita al Santísimo en alguna iglesia, y, puesto que se
encontraban delante de una abierta, pues que aprovechaba; que a ver qué le
parecía acompañarle en tan buena acción. El amigo se mosqueó un poco y contestó
que él, mejor se quedaba fuera; cosa que hizo: -Tú
haz lo que te apetezca, pero yo no entro. A
la salida todavía hubo un poco de sorna: -¿Y
qué, te ha dicho algo? Pero
mi conocido tiene "cintura", y contestó al instante: -Pues
sí; me ha dicho que te espera. Es
curioso. Del tema no se volvió a hablar, pero el rejón, como se dice en
ambientes taurinos, había quedado dentro, bien clavado. Este hombre ya no se
pudo ese día, ni en los sucesivos, quitarse de la cabeza lo de "me ha
dicho que te espera". Y acabó por concertar una cita con un sacerdote para
tratar sobre la marcha de su vida hasta ese momento. Qué sé yo: son cosas de la
gracia divina... A
propósito de cifras Preguntó,
con cierta dosis de malicia, un periodista a Juan Pablo II: -Santidad,
¿sabe cuánto cuestan los viajes papales? La
respuesta del Pontífice fue inmediata: -¿Y
usted sabe cuánto vale un alma? Cfr.
C. Cremona, Pablo VI Más
sobre viajes papales El
mismo testimonio que Carlo Cremona -anécdota anterior- nos lo ofrece Paloma
Gómez Borrero en su libro Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano.
"Los viajes papales resultan caros y físicamente agotadores. A la vuelta
del viaje a Australia le pregunté a Juan Pablo II si merecía la pena tanta
fatiga y gasto por un viaje y él me explicó: Sí, claro que merece la pena,
porque soy portador para el mundo de un mensaje de salvación. Un mensaje que ha
costado nada menos que la sangre de Cristo. No hay cansancio ni dinero
suficiente para pagarla". Un
sueño Cuando
era todavía un niño de unos nueve años, San Juan Bosco tuvo un sueño que le
impresionó para el resto de su vida, aunque pasaron muchos años antes de que
pusiera por escrito esta experiencia. En el sueño él veía a muchos chicos que
se divertían en un patio grande. Entre gritos y risas, muchos blasfemaban. El
pequeño Juan se metía en medio para intentar acallarlos a puñetazos, pero en
ese instante se le apareció el Señor y le dijo: -No
con golpes, sino con mansedumbre y con caridad deberás ganarte a estos amigos. Seguidamente
le invitó a catequizarlos. El niño protestó: aquello era imposible para él,
pero Cristo le habló de la protección de Santa María. En ese instante vio a la
Virgen, y la Señora le dio ánimos para emprender esa tarea. Al
día siguiente contó en casa su sueño a la madre, a la abuela y a los hermanos.
Su hermano José, después de reír de buena gana, le dijo: -Tú
serás pastor de cabras, de ovejas y otros animales. La
abuela vino a decir que no había que hacer caso de los sueños. La madre, en
cambio, exclamó: -¡Quién
sabe si un día serás sacerdote! La
historia ha demostrado que el sueño se ha cumplido y con creces. El sueño se lo
contó al Papa Pío IX en el año 1858, cuando estuvo en Roma para tratar de la
Congregación Salesiana, y el Romano Pontífice le indicó que lo pusiera por
escrito, porque alentaría a sus seguidores salesianos. Con
San José Cottolengo La
anterior anécdota puede completarse con esta otra. Recién ordenado sacerdote,
Juan Bosco se encontró con San José Cottolengo, que ya hacía años que se
dedicaba a la tarea caritativa que le ha hecho tan famoso. Cottolengo le miró
fijamente y le dijo: -Tienes
cara de bueno. Ven a la Piccola Casa (el gran hospital que había levantado:
Piccola Casa della Divina Provvidenza), que no te faltará trabajo. Efectivamente,
aquél fue uno de sus campos de apostolado en ese momento de su vida. Pero ahora
es más interesante reseñar algo que le pronosticó, medio en serio medio en
broma, San José Cottolengo: -Te
rodearán millares de niños. Uno tirará de la derecha; otro de la izquierda, y
tu pobre sotana se hará trizas muy pronto. Incluso
le recomendó que se hiciera la sotana de una tela muy fuerte. El pronóstico,
como el sueño famoso de los nueve años, fue acertado. El
problema de las sectas Juan
Pablo II preguntó a un grupo de Obispos de Perú cuál era para ellos el
principal problema, el más grave de la Iglesia en Perú. La respuesta fue:
"Santidad, las sectas". Pero el Papa puso en primer lugar otro: la
ausencia de sacerdotes en muchas localidades, por falta de vocaciones
sacerdotales, y, por ello, la falta de la Sagrada Eucaristía. Vino a decir que
si en Perú, y en general en toda Latinoamérica, hubiera suficientes sacerdotes
y una profunda vida eucarística, nada o muy poco podrían hacer las sectas. La
información procede del Obispo de Huancavelica, Mons. Demetrio Molloy, y la
recoge M. Guerra en Los nuevos movimientos religiosos (Las sectas). CARIDAD Una
dama algo despistada Hay
quien piensa que la caridad cristiana -sobrenatural por el fin y por el origen-
equivale a amar al prójmo por razones meramente extrínsecas, como si el
prójimo no fuera en sí mismo amable. Cuentan que una dama de la alta sociedad
-lo refiere J. Hervada en El hombre y su dignidad en palabras de Mons. Escrivá
de Balaguer, artículo publicado en "Fidelium Iura", nº 2, 1992-
atendía en cierta ocasión a un enfermo pobre. Agradecido éste por las
atenciones recibidas, mostró su gratitud a la señora con palabras emocionadas.
Ella le cortó en seco: -No
tiene que agradecérmelo; lo hago sólo por amor a Dios; usted no me importa
nada. Evidentemente,
que amemos a los demás por Dios incluye ya amar al hombre por él mismo: por su
dignidad de ser creado a imagen y semejanza de Dios y por haber sido redimido
por Jesucristo. Con
el enfermo al hombro A
algunos Santos parece que los vemos siempre unidos a algún hecho concreto, con
una imagen difícil de variar; por ejemplo, contemplamos a San Martín en el
instante de dividir la capa con el pordiosero, o a San Francisco de Asís con un
lobo a su lado, manso como un corderillo; en el caso de San Juan de Dios, la
imagen es la de un individuo que acaba de cargarse al hombro a un pobre
enfermo. Nuestro
San Juan, el fundador de la Orden de los Hospitalarios, había nacido en
Portugal en 1495. Tras una vida azarosa, alistado en el ejército de Carlos V,
acabó por dedicarse en Granada al cuidado de los enfermos. Un día se encontró
en la calle a uno casi moribundo. Se lo echó a la espalda, lo llevó al hospital
y allí lo acostó y le lavó los pies. Al ir a besárselos, vio con sorpresa que
estaban heridos como los de Cristo y, levantando los ojos hacia el rostro del
enfermo, reconoció en él a Jesús que le miraba sonriente. Y Nuestro Señor le
dijo: -Juan,
todo lo que haces a los pobres a Mí me lo haces. Sus llagas son mis llagas, y a
Mí me lavas los pies cuando a ellos se los lavas. Eso
cuentan. Mártir
de la caridad El
franciscano P. Maximiliano Kolbe, canonizado por el Papa Juan Pablo II, nació
en Polonia en el año 1894. Estudió teología en Roma y ejerció el magisterio en
la ciencia eclesiástica. En 1930, sus superiores lo trasladaron a Japón, donde
trabajó como misionero con gran generosidad. Años después, vuelto primero a
Alemania y luego a su Polonia natal, fue encarcelado por la Gestapo y
recluido en el tristemente famoso campo de concentración de Auschwitz (el
Oswiecin polaco). Corría el mes de mayo de 1941 cuando llegó a este terrible
lugar. A finales de julio se produjo una fuga -un panadero de Varsovia
apellidado Klos-, y los jefes, como represalia, eligieron a una serie de prisioneros
-diez- que morirían de hambre a causa del escapado y para evitar otros
intentos. Entre
los condenados a morir se encontraba un sargento polaco, Francisco
Gajownieczek, padre de familia, que suplicaba que tuvieran compasión de él por
su mujer e hijos y le perdonaran. Entonces Maximiliano Kolbe se ofreció a morir
ocupando su lugar. Aceptaron los jefes del campo la sustitución sin el menor
inconveniente. El Lagerführer se limitó a preguntar cuál era su profesión y
Maximiliano respondió que era sacerdote católico. Estuvo durante varios días en
un local de tres metros, junto con sus compañeros de suplicio, sufriendo el
terrible tormento del hambre y de la sed. Conforme iban muriendo retiraban los
cadáveres, hasta que al final, la víspera de la Asunción, llegó la orden de
rematar a los moribundos, cuatro en total. Les inyectaron ácido fénico y así
concluyeron sus sufrimientos. Fue
beatificado por Pablo VI, en octubre de 1971. Este Papa le llamó "mártir
de la caridad". La canonización tuvo lugar en octubre de 1982, con Juan
Pablo II, como antes se ha dicho. El hombre al que salvó la vida falleció en el
sudoeste de Polonia a los 94 años de edad, en 1995. Cfr.
A. Frossard, "No olvidéis el amor". La pasión de Maximiliano Kolbe Tabernas
salvadoras Me
parece recordar que es un personaje de Bernardo Atxaga -¿en Obabakoak?- quien
afirma algo así como: "Benditas tabernas, que habéis salvados tantas
vidas". Se refiere a ese calor humano, a ese mínimo de compañía que te
ofrecen tus semejantes incluso en las tabernas, que habrán evitado más de un
suicidio por la triste soledad. Seguramente a esto mismo, o a algo muy
parecido, aludirían las palabras de Balzac: "Muchos suicidas se han
detenido en el umbral de la muerte ante el solo recuerdo del café donde todas
las tardes van a jugar su partida de dominó". Aislamiento Aparece
en las páginas de un periódico francés. Una mujer relativamente joven fue
hallada cadáver en el piso que ocupaba. Según los primeros elementos de la
investigación, la muerte se había producido hacía tres meses... Fue el
propietario, al ir a saldar el trimestre, quien forzó la puerta y encontró a la
señora muerta en la cama. Es
notable el hecho. Da un poco de escalofrío. Tres meses sin enterarse nadie. Ni
un pariente, ni un amigo que se inquietara por su desaparición. E, ironía del
destino, sólo se acordó de su existencia el propietario, preocupado por su
dinero. Todo un síntoma de la falta de humanidad en que puede vivir el hombre,
precisamente en las sociedades más "avanzadas". Cfr.
G. Thibon, El equilibrio y la armonía Lo
que vale un amigo Cuenta
el recién citado Gustave Thibon (El equilibrio y la armonía) un viaje por
tierras españolas hace muchos años, cuando en este país apenas se sabía qué era
eso del turismo. Andaba a la sazón por un rincón perdido de Asturias, viajaba
en coche con dos familiares suyos y tuvieron una grave avería en medio de una
especie de pedregal y bajo el sol. La carretera estaba desierta y comenzaron a
inquietarse, pero apareció por fin un camión que se detuvo al instante. El camionero
examinó la avería y, viendo que no era capaz de solucionar el problema, remolcó
el coche hasta el pueblo vecino, les llevó a un garaje donde participó en la
reparación, les encontró alojamiento por medio del alcalde, etc. Luego rehusó
aceptar una indemnización por todo el tiempo que había empleado. Al tiempo que
rechazaba el billete que le tendían, dijo: -No,
señor; aquí tenemos un refrán que dice que "vale más un amigo que un
duro". Conquistar
la amistad A
Enrique IV de Francia (1553-1610) se le recuerda especialmente por la famosa
frase de "París bien vale una Misa", aunque hay que decir a su
favor que la conversión al catolicismo no fue fingida, como lo demuestra el que
favoreciera a algunas Órdenes religiosas y la amistad que tuvo con San Vicente
de Paúl y San Francisco de Sales. Este fue el primer rey Borbón y gozó de la
estima general de sus súbditos. Yendo
ya a lo que nos interesa relatar, se cuenta que tenía un general a quien
valoraba mucho como militar, pero con quien no tenía especial confianza para
asuntos personales, y un día le dijo con tono de reproche: -Pienso
que realmente no eres mi amigo. El
otro, La Vallete se llamaba, respondió: -Señor:
Vuestra Majestad tiene en mí al más fiel servidor. Antes moriría que faltar a
la menor de vuestras órdenes. Pero, en cuanto a la amistad, vos sabéis que sólo
se conquista con amistad. Visión
negativa El
escritor florentino Giovanni Papini (1881-1956) escribió con cierta amargura
algo que no compartimos: "Los amigos no son más que enemigos con los
cuales hemos pactado un armisticio no siempre estrictamente observado".
Quizá lo afirmó algún día en que andaba algo "depre", como suele
decirse. De todos modos no es raro encontrar bromas y chistes que dan una versión
un tanto pesimista de la amistad; así sucede con tantas historietas donde el
amigo sólo aparece para pedir dinero prestado y, por tanto, hay que estar
atento para dar el esquinazo al inoportuno. -Pepe,
¿puedo confiarte algo? ¿Serás capaz de guardar un secreto? -Hombre.
¡No faltaba más! Confía en mí. -Estoy
arruinado y necesito medio millón de pesetas. -No
te preocupes, ¡como si no me hubieses dicho nada! O
también existe esta otra del mismo estilo, en que el amigo intenta sablear al
amigo: -¿Me
prestar cinco mil pesetas? -Es
que no llevo nada encima. -¿Y
en casa...? -Ah,
en casa todos bien, ¡gracias! El
secreto de la viejita Lo
leí en alguna revista hace ya bastantes años, y, de repente, me acaba de venir
a la memoria con
unos perfiles relativamente precisos. En algún lugar de Estados Unidos -podría
ser una población concreta o un barrio de alguna gran ciudad- se había
detectado que el índice de criminalidad era muy inferior al que se daba en
ambientes parecidos de la misma nación. Hubo el lógico interés por investigar
el caso. Fueron entrevistados muchos hombres, y lo que más llamó la atención,
cuando se intentaba saber qué circunstancias consideraban que habían influido
positivamente en llevar una vida honrada, bastantes mencionaban a una maestra.
Los investigadores localizaron a la maestra, una anciana ya jubilada, y
conversaron largo y tendido con ella. La frase más significativa, la que arrojó
mayor luz sobre aquel hecho sorprendente, fue ésta tan sencilla: -¡Cuánto
quise yo a aquellos muchachos! Tengo
corazón Me
lo contaron de una señora muy anciana, que había estado casada con un hombre
muy conocido en su país -Canadá- por los cargos que había desempeñado. Cuando
enviudó, teniendo a sus cinco hijos situados en la vida, abandonó su buena
mansión y sus comodidades y dedicó su vida a atender a niños retrasados
mentales recogidos en instituciones benéficas. ¿Qué funciones cumplía?
Fundamentalmente aportaba su presencia cordial, y no era poco esto. Ella decía
riendo: -No
tengo cabeza ni manos, pero a lo mejor tengo corazón. Milagro
de amor Así
calificó la prensa italiana en mayo de 1995 -"milagro de amor"-
la vuelta a la "vida" de un muchacho que estuvo en coma durante
cuatro años, tras sufrir un accidente de tráfico, gracias al continuo apoyo de
su novia. Valerio
Vasinari, estudiante de ingeniería de 23 años se encontraba ingresado en un
hospital de Ferrara, totalmente inconsciente, desde el accidente que estuvo a
punto de costarle la vida en noviembre de 1991. Su novia, Cecilia Orlandi, de
20 años, acudía a diario a la clínica para hablarle al oído. Le contaba de sus
cosas, incluso de las más íntimas, le recordaba todo lo que habían hecho
juntos, los amigos, los viajes; también cuanto pasaba en su entorno, del
tiempo..., como si él pudiera escucharla. El caso es que, contra todo
pronóstico, Valerio ha salido del coma y se va recuperando de manera muy
satisfactoria. Lo
más admirable del comportamiento de la novia quizás sea, junto con su tenacidad
y la esperanza de que lograría sacarlo adelante, esta convicción: -Jamás
me rendí porque sé que él habría hecho lo mismo en mi lugar. Aprendió
a sonreír En
contraste con el anterior hecho, puede narrarse lo siguiente. Había un viejo
que nunca había sido joven. Jamás había sonreído. Todo le era indiferente. Y
estaba a punto de morir. Por aquello de que era viejo, siempre la gente le
consultaba las cosas, dando por supuesto que acumulaba una gran sabiduría, una
ciencia sin límites. Cuando
le preguntaban los padres por los hijos, el viejo contestaba que no valía la
pena poner ilusión en ellos, porque luego se volvían desagradecidos y se
portaban con sus progenitores como víboras. No merecía la pena alegrarse con
nada, porque las desilusiones hacían la vida cada vez más amarga. No compensaba
lanzarse a nuevas empresas, porque los fracasos no harían sino empobrecer las
haciendas. En fin, por todas partes destilaba amargura y desesperanza. Pero
como era tan anciano, como había vivido tanto, a la fuerza tenía que ser el más
sabio de todos. Hasta
que un día, cuando el momento de la muerte estaba ya a la vista, Dios se
compadeció y le envió un niño que le diera un beso. El niño rodeó al anciano
con sus brazos regordetes y le estampó un cariñoso beso en las ajadas mejillas.
¡Era la primera vez en la vida que alguien le besaba! La cara del viejo se
transfiguró. Sus ojos comenzaron a brillar. Le brotaban las lágrimas, pero no
eran lágrimas de pesar sino de dicha. La vida le pareció por vez primera
maravillosa. Poco después moría con la sonrisa en los labios. Se
quería a sí mismo Roald
Dahl, en The wonderful story of Henry Sugar (Historias extraordinarias, en la
edición castellana), nos habla de un millonario -por herencia, no por trabajo-
que se aburre soberanamente. Es, por otra parte, cosa nada rara, un egoísta de
tomo y lomo, o de padre y muy señor mío, que ambas expresiones le hacen
justicia. Un
día se entera Henry Sugar -así se llama- que los yoguis de la India son capaces
de llevar a cabo cosas tan extraordinarias como ver con los ojos tapados e,
incluso, atravesar con la mirada la materia de los naipes y descubrir el
contenido de las cartas de los rivales en las partidas. El modo de lograrlo
consiste en acostumbrarse a concentrar la mirada en la llama de una vela y, a
continuación, fijar la imaginación en el rostro de un ser muy querido (hay que
practicar el método durante unos años). El
problema de Henry Sugar es que, tras mirar la llama de la vela, cae en la
cuenta de que su único ser querido es... l mismo. Pero no le parece esto ningún
inconveniente. Piensa: "Tanto mejor; además es el rostro que mejor
conozco" . Y es que Henry gasta horas enteras en contemplar en el
espejo ese rostro suyo; una cara que, curiosamente, encuentra francamente
interesante. Respuesta
muy paciente A
veces, decimos: "qué paciencia hay que tener". Consideramos que nos
roban el tiempo con asuntos de nulo interés, con bobadas, como si no tuviéramos
nada que hacer en la vida sino aguantar molestias e impertinencias. Y nos
impacientamos, ¿verdad? Merece
la pena destacar la conducta de Santo Tomás de Aquino, hombre pacífico y
paciente. Le llueven consultas de todas partes solicitando consejo, y no faltan
algunas verdaderamente ridículas. Por ejemplo, uno le pregunta un
"problemón" teológico: que si los nombres de los
bienaventurados están escritos en un rollo expuesto en el Cielo. El bueno
de Santo Tomás contesta con sencillez: "En cuanto puedo ver, eso no es
así; pero no produce daño el pensarlo". No
sabían discutir Manolo
se encontró con Ramonín, al que hacía siglos que no veía, y se sorprendió no
poco al descubrir cómo su amigo había engordado últimamente, y es que
Ramonín parecía antes un manojo de huesos con piel; era de ésos que suele
decirse que tienen que pasar dos veces para lograr verlos. El caso es que ahora
mostraba unos mofletes más bien llenitos y una cara hasta redondeada. -Pero
chico, ¿qué has hecho para engordar? -Pues
verás, el secreto está en no discutir nunca. -¡Hombre!
Será por otra cosa... -Bueno,
pues será por otra cosa... Parecida
a esta historia es la que nos cuentan, con un candor e ingenuidad que desarman,
de unos anacoretas del desierto allá por el siglo IV. Aquí los protagonistas
son dos hombres, representantes de la época más dorada del anacoretismo, gente
que parece sin pecado original de puro buena. Ellos nunca habían tenido
una discusión. Pero un día quiso uno de los dos experimentar qué sería aquello
de disputar, y le propuso al otro: -Hombre,
yo creo que alguna vez deberíamos disputar como todo el mundo, aunque sólo
fuera una vez. Así nos enteramos de qué es reñir. -Como
quieras, pero el caso es que no sé cómo empezar. -Es
muy fácil. Mira, yo voy a poner un ladrillo aquí, y seguidamente diré: este
ladrillo es mío. Y tú contestarás: no, señor, es mío, me pertenece. Y
comenzaremos a disputar. ¿Qué te parece? Dicho
y hecho, colocó el ladrillo delante y afirmó: -Este
ladrillo es mío. Respondió
el otro: -No,
es mío. Volvió
a la carga el primero: -Te
aseguro que te equivocas, porque estoy totalmente seguro de que es mío. Pero
el compañero ya no fue capaz de defender por más tiempo su posición y
reconoció paladinamente: -Claro
que es tuyo, por supuesto. Cógelo, que te pertenece. Aquellos
dos buenos anacoretas eran incapaces de reñir; ni con la mejor voluntad lo
conseguían. Sin embargo, en ocasiones, por qué cosas tan tontas discutimos los
humanos. Si al menos lo hiciéramos por cuestiones de cierta importancia...
Tendríamos hasta mejor salud. Tres
corazones Bien
traída está la cita de fray Luis de Granada. Lo hace Martín Descalzo en Razones
para vivir. Resulta que los hombres deberíamos tener "para con Dios un
corazón de hijos, para con los hombres un corazón de madre, y para con nosotros
mismos un corazón de juez". Buen consejo, que muchas veces no
seguimos. Porque el corazón anda un poco alejado de Dios, desconfiadillo; con
nosotros mismos somos de un maternal y blando que espanta: contemplamos
nuestros defectos como menudencias; pero para los demás, para sus defectos, en
cuanto nos descuidamos somos jueces implacables, que condenan casi, y sin casi,
sin escuchar al "reo". Soluciones
auténticas El
egoísmo humano unido a una visión materialista de la vida componen un cóctel
explosivo, tanto a gran escala como a escala individual. Conversaba un
periodista de cierto país de América del Sur con una madre de familia numerosa
inglesa. El periodista estaba contando que el gobierno de su nación tenía
previsto lanzar una potente campaña de contracepción y de esterilización
destinada a la gente pobre: ¿qué le parecía la idea? La interlocutora pensaba,
llena de sentido común, que lo que, probablemente, estaban necesitando aquellas
gentes serían viviendas decentes, una buena nutrición, escolarización para los
niños, pero no que los políticos se dedicaran a reducir su número. Y le citó
una frase que había oído decir a su madre, que también, por lo que se ve,
andaba bien de sentido común: -Mi
madre decía: "Si tienes diez personas y sólo cinco pares de zapatos, lo
que tienes que hacer es más zapatos, no empezar a cortar pies a la gente". Cfr.
V. Gillick, Relato de una madre El
perro de los cuatro idiomas Es
verdad que el prójimo "real", ése con el que nos tratamos casi a
diario, o incluso a diario, no tiene todas las perfecciones del mundo, ni
siquiera las que nosotros consideramos que debe tener; pero no le neguemos que
posee algunas cualidades, algún resto de virtud, si se nos apura un poco. A mí
a veces me viene a la memoria la historieta del perro de los cuatro idiomas. Estaba
en su jaula, en la feria donde se vendían perros, y un letrero aseguraba que
aquel can hablaba nada menos que cuatro idiomas. El precio era, como es lógico,
muy elevado. Un individuo se encaprichó con él -¡cuánto iba a presumir con
aquel animal superdotado!-, y ya estaba echando mano a la cartera, cuando
alguien le advirtió: -No
tire el dinero. No lo compre. Es un fraude. -Pero,
¿no habla entonces cuatro idiomas? -¡Dios
mío! ¿Cómo va a haber un perro que haga eso? Mire: sólo castellano... ¡y
con acento gallego! Y
digo yo: esa persona tan despreciable, tan odiosa, tan miserable, a la que es
imposible querer, ¿no sabrá quizás hablar castellano con acento gallego? Algo
sobre olores Bien
conocida es el aula de audiencias del Vaticano llamada "aula Nervi",
construida durante el pontificado de Pablo VI. Familiar resulta a cualquiera la
escultura de Cristo resucitado, obra del artista italiano Pericle Fazzini,
situada detrás del estrado en el que se ubica el sillón del Romano Pontífice. El
arquitecto Pier Luigi Nervi, al explicar a Pablo VI las características de la
enorme sala, le comentó: -Santidad,
hemos estudiado también la renovación del aire, porque..., la gente es
buena..., pero despide malos olores... La
posición del arquitecto era comprensible; no podía descuidar asuntos de orden
práctico como aquél. Pero el Papa quiso situar el tema a otro nivel: --¡No,
no! La gente es buena y la bondad está siempre perfumada. Cfr.
C. Cremona, Pablo VI Perdón
auténtico El
valeroso Cardenal polaco Wyszyinski, padeció varios años de duro
encarcelamiento sin juicio previo, por la mera arbitrariedad del régimen
comunista que gobernaba su país. El
8 de diciembre de 1953 hizo "un pacto definitivo" con la Virgen María
de dedicarse por su conducto "como esclavo" a Jesucristo, según la
enseñanza de San Luis Grignion de Monfort. El Cardenal atribuirá a esta
consagración el que "nunca hubiera guardado ni la más mínima sombra de
rencor a nadie". Mucho antes de su liberación confiará a alguien que
consigue verle: -Bien
es cierto que estos señores del gobierno han cometido una gran injusticia
conmigo, al privarme de mis derechos de ciudadano libre. Sin embargo, yo no les
deseo a ellos otro tanto. En verdad que no sabría causarles el menor disgusto.
No creo mentir si digo que nunca he faltado al amor, no sólo respecto a mis
amigos sino también respecto de mis enemigos, a quienes transformo en mi
corazón en hermanos. Cfr.
Cardenal Stefan Wyszynski, Un Obispo al servicio del Pueblo de Dios CASTIDAD Un
curioso espectáculo Alguna
vez habremos oído decir: "es que la Iglesia considera que el sexo es algo
vergonzoso". No hay tal; tampoco ha enseñado nunca que el dinero sea algo
vergonzoso, y, sin embargo es evidente que de él se puede hacer un uso digno,
incluso merecedor de aplauso, y que también cabe emplearlo con móviles
miserables y abyectos. Que
no siempre funciona bien el instinto sexual, parece claro. C.S. Lewis
pone un curioso ejemplo en su libro Mero cristianismo. Un número considerable
de gente acude a un local para presenciar un espectáculo de streap-tease. Puede
pensarse que es algo normal, sin mayor importancia. Supongamos que en un país
la gente -seres suficientemente alimentados- suele acudir a los teatros para
contemplar el siguiente espectáculo: en el escenario hay una fuente (no de
agua, claro, sino de las que contienen alimentos). Se levanta lentamente la
tapa y el público logra contemplar una chuleta de cordero o una loncha de
tocino. Seguramente pensaríamos que el público babeante que se extasía ante la
chuleta de cordero no "funciona" del todo bien, que algo le falla. Sin
comentarios. Por
qué esperar hasta el matrimonio Angela
Ellis-Jones, abogada británica de 35 años, no puede sentirse en desventaja ante
lo que suele llamarse una mujer "liberada". Ha dirigido una
asociación universitaria, ha intervenido muchas veces en programas de
televisión y ha sido candidata al Parlamento. No es creyente. Pero cuando
escribe en el "Daily Telegraph" (12-XII-1996) sobre castidad, dice lo
siguiente: "Hoy día, la mayoría de las mujeres sostienen su derecho a la
libertad sexual. Pero la única libertad sexual que yo he deseado es la de estar
felizmente casada. Desde mi adolescencia sabía que había de guardarme para el
matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión". Es
interesante ver el porqué de esa decisión de guardarse para algo: "La
castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el
verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que
pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuando más a la ligera entregue
uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo". No
le falta el sentido común al afirmar más adelante: "Quien de verdad ama a
una persona, quiere casarse con ella. Cuando dos personas tienen relaciones
sexuales fuera del matrimonio no se tratan una a otra con total respeto. Una
relación física sin matrimonio es necesariamente provisional: induce a pensar
que aún está por llegar alguien mejor". En
medio del martirio Uno
de los documentos más bellos que nos han llegado del tiempo de las
persecuciones en los comienzos del cristianismo -y de los más hermosos entre
toda la literatura cristiana primitiva- es la Passio de las mártires Perpetua y
Felicidad. (El lector interesado puede encontrar una edición bilingüe en la
BAC, a cargo de Daniel Ruiz Bueno, que es la obra titulada Actas de los
mártires.) En ella se nos narra el martirio de tres catecúmenos, Revocato,
Saturnino y Secúndolo, del diácono Sáturo, y de dos jóvenes mujeres: Vibia
Perpetua, de veintidós años, de noble familia, que estaba criando hijo pequeño,
y su esclava Felicidad, que se encontraba encinta y dará a luz a su niño en la
cárcel poco antes de morir. El documento que nos informa de los hechos está
redactado en parte por Perpetua -es su diario-, por el diácono Sáturo y, se
cree que también por Tertuliano, que, contemporáneo de los hechos, debió ser el
editor de la Passio. El
martirio ocurre bajo Septimio Severo, en el año 203, en la ciudad de Turba,
cercana a Cartago. En medio de un acontecimiento tan trágico y desgarrador,
como es la muerte de estas mujeres por medio de las fieras que las destrozan,
brilla de repente un detalle emocionante de pudor: Perpetua, al caer herida,
tiene el rasgo de cubrirse la pierna sangrante con la túnica para que no quede
expuesta a la mirada de los curiosos. Relato
de un náufrago Ese
es el titulo de un famoso libro de Gabriel García Márquez. Relato de corte
periodístico, según la narración que el auténtico protagonista le hizo de su
epopeya -diez días en una balsa a la deriva, sin comer ni beber-, allá por el
año 1955. Luis
Alejandro Velasco, cuando ya estaba a punto de pisar tierra, tenía entre los
dientes una medalla de la Virgen del Carmen. Ya faltaba poco para llegar a la
orilla, pero los zapatos y la ropa le pesaban enormemente. Y cuenta: "Pero
aun en esas tremendas circunstancias se tiene pudor. Pensaba que dentro de
breves momentos podría encontrarme con alguien. Así que seguí luchando contra
las olas de resaca, sin quitarme la ropa, que me impedía avanzar, a pesar de
que sentía que estaba desmayándome a causa del agotamiento". Tentaciones
sin diálogo Cuando
es muy joven Santa Catalina de Siena, muy en los comienzos del camino de gran
exigencia que se había trazado, Dios permitió que la asaltaran abundantes y
fuertes tentaciones contra la castidad. Ella reforzaba su oración y sus
mortificaciones. Para que dejase su propósito de virginidad, una voz interior
le hablaba con palabras suaves y benevolentes: -¿Por
qué, pobrecita, te afliges tanto por nada? ¿De qué te sirve padecer así? ¿Crees
acaso poder continuarlo? Es imposible, a menos que quieras matarte a ti misma y
arruinar tu cuerpo. Antes de llegar a tanto, termina con las tontadas. Estás a
tiempo de gozar del mundo. Luego
le hablaba de la bondad de tomar marido y engendrar hijos para acrecentamiento
del género humano... Todo era disfraz de cordura realista y de beneficios
espirituales. Buena astucia. Pero Catalina se daba cuenta de que no debía
descender a la controversia: "Como una mujer honrada no debe responder a
un hombre disoluto". Y jamás entró en diálogo con el enemigo. Lo que hizo
fue unirse más a Cristo. "Confío en el Señor y no en mí". Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia CIELO Eso
importa Ya
sabía el doctor Ortiz de Landázuri que le quedaba poco tiempo de vida cuando
una periodista del Diario de Navarra, Isabel Artajo, le solicitó una
entrevista. A Don Eduardo le interesaba que su familia quedara a cubierto de
necesidades en el momento en que él les faltara. Lo que menos le importaba era
el modo en que le enterrarían: -Me
da lo mismo una sepultura, un nicho o una fosa común. Ni tengo dinero ni
vanidad para ocupar un panteón. También
habló del lugar al que quería ir: -Eso
es lo único que me preocupa: ir al Cielo. Sí, creo en el Cielo. El lugar donde
gozaré de la presencia de Dios. Cfr.
E. López-Escobar y F. Lozano, Eduardo Ortiz de Landázuri Estar
ya cerca Un
sacerdote chileno, con sus buenos ochenta años ya a cuestas -aunque no los
representa- y en activo, y muy activo, refiere a un escritor español detalles
de su vida de servicio a Dios. Don Sergio, entre otras cosas, ha creado una
fundación que lleva diecinueve hogares en los que se atiende a dos mil ancianos
abandonados, más un comedor que da de comer a unos trescientos pobres cada día.
¿Que por qué es tan feliz? Motivos tiene diversos para estar contento,
comenzando por su misma vida sacerdotal. Pero sobre todo: -Me
encuentro en la mejor edad de mi vida, porque pienso que estoy cerca de conocer
a Dios cara a cara. Cfr.
J.L. Olaizola, Guía de curas con encanto Monte
del Gozo Llegaban
de toda Europa, tras soportar no pocos sacrificios y penalidades, con la mirada
puesta en la tumba del Apóstol y una fe que no admitía límites: tan grande como
las catedrales que edificaban por aquellos siglos. Tras haber lavado sus
cuerpos en el río, dejando en las agua el polvo de muchos caminos, el último
esfuerzo consistía en superar el Monte del Gozo, y ya avistaban las
torres y el caserío de Santiago. Entonces entonaban el universal
"¡aleluya!" y cantaban y gritaban en las más diversas lenguas. Lo
anterior ya estaba olvidado ante la vista de la ansiada meta. Algo
parecido y no de menor emoción debió sentir el israelita que, viniendo de
lejos, veía por fin la ciudad de Jerusalén y el Templo: ¡la casa del
Señor! El peregrino se emocionaba y cantaba: "¡qué alegría cuando me
dijeron: vamos a la casa del Señor...!" (salmo 121). El
cristiano contempla la vida eterna, el Cielo, desde la atalaya de su existir
cotidiano, y bien puede exclamar con gozo: ¡qué alegría saber que al final del
camino se encuentra la casa paterna, la morada del Señor! La
llegada del campesino Recordaremos
siempre con cariño a los famosos hermanos Grimm (Jacob Ludwig, fallecido en
1863, y Wilhelm, en 1859) por cuentos tan universales como
"Caperucita", "El sastrecillo valiente" o
"Cenicienta". Tienen uno delicioso, que trata de cómo un pobre
aldeano coincidió en la puerta misma del Cielo con un individuo que había sido
muy rico en este mundo. Abrió
San Pedro la entrada del Paraíso y dejó pasar al segundo, sin darse cuenta de
la presencia del primero. Curioso: el aldeanito oyó muy bien con cuánto
regocijo y con cuánta música era recibido el rico en las moradas celestiales.
Cuando se hizo un poco de silencio aprovechó para llamar a la puerta, abrió San
Pedro y le franqueó la entrada sin mayor dificultad. Él esperaba también una
acogida entusiasta y festiva, a base de canciones, bailes y demás jarana, pero
los ángeles y los bienaventurados, aunque afectuosos, no se lanzaban a la cosa
musical. Así las cosas, optó por interrogar a San Pedro por qué había esa
diferencia de trato entre uno y otro (no estaba de acuerdo, por lo que se ve,
con esa parcialidad), y el guardián del Cielo respondió: -¿Parcialidad?
No, qué va. A ti te queremos como a los demás. Gozarás plenamente de la
felicidad de Dios, igual que ese rico. Lo mismo. Pero date cuenta de que
campesinos pobres como tú vienen aquí a diario. Y, en cambio, un señor como
ése, tan rico, sólo llega cada cien años, más o menos. Por
fuera y por dentro Llama
la atención que el Beato Enrique de Ossó vislumbrara en qué lugar iba a ser
enterrado, sin tener datos precisos sobre este particular. El caso es que un
día sus hijas teresianas le habían preguntado acerca de esta cuestión y él
había hablado de un lugar tan querido como Nuestra Señora de Montserrat, para
añadir acto seguido que también podría acogerse a los Padres Franciscanos
(desconcertante alusión a unos religiosos con los que no tenía trato especial;
todavía los Carmelitas...). Pero
muy poquito después se encontraba predicando unos Ejercicios Espirituales a los
Franciscanos del Monasterio de Sancti Spiritus, en Gilet (Valencia), y allí le
sobrevino inesperadamente la muerte y allí recibió su primera sepultura. El 27
de enero de 1896 conversaba con un hermano lego en el jardín, ya atardecido el
día, cuando se veían brillar las estrellas, y en el momento de despedirse para
ir a la habitación, se quedó mirando al firmamento y dijo: -¡Qué
hermosa la luna...! ¡Qué cielo tan bello, hermano...! Si por fuera es tan
hermoso, ¡qué será por dentro! Unas
horas después volaba al Cielo ese hombre tan santo y ya lo pudo contemplar
"por dentro", a sus anchas y para siempre. Cfr.
M. González, Don Enrique de Ossó Hablar
con Shakespeare Le
preguntaban a un conocido catedrático de Política Económica sobre el más allá.
Con buen humor respondió que, si tenía la suerte de llegar al Cielo, lo primero
que diría sería: -Que
me traigan a Shakespeare, que quiero hablar con él. Luego
pasó a explicar que llevaba bastantes años dedicándose al idioma inglés, y
todavía sólo había logrado medio hablarlo; así que en el Cielo quería tener el
disfrute de conversar fluidamente en ese idioma y nada menos que con el señor
Shakespeare; ¡ahí es nada.! Su
mujer, andaluza y con buen acento del sur, le "reprendió": -¡Ay,
hijo, qué corto eres! ¡Yo no voy al Cielo para eso! Cfr.
J.L. Olaizola, Más allá de la muerte Muerte
mística Un
día Catalina de Siena se siente morir, agoniza. Yace sobre una tarima y la
rodean varias compañeras suyas Hermanas de la Penitencia (la orden tercera a la
que pertenece). El biógrafo Papàsogli dice muy bellamente que "la escena
está armonizada como en una pintura de Giotto, por las líneas onduladas y
amplias de los grandes hábitos blancos y negros, huecos y solemnes, reclinados
en torno a la Santa". El semblante está sereno, radiante; los ojos
cerrados, casi sin respiración. Las mujeres lloran, y acaba por llorar el
confesor y alguno más que anda por allí. No
se la siente respirar. Pasa cuatro horas de muerte mística. Luego vuelve a la
vida, abre los ojos, mira alrededor y, en medio de la alegría de los
circunstantes, ella rompe a llorar al advertir que se han terminado tantas
maravillas como el Señor le ha hecho conocer en esas horas, o siglos, que han
transcurrido; siente nostalgia del Paraíso, le resulta dura la tierra a la que
ha vuelto. Pero
el Señor le ha recordado la gran labor que hay pendiente en la tierra: la
salvación de todos. Ahora la voluntad divina es que cambie el encerramiento que
mantiene en su casa, y se lance por el mundo en eficaz actividad apostólica. Y,
en efecto, desde ese instante la vida de la Santa cobra un nuevo rumbo. Se
mueve de ciudad en ciudad, habla a la gente, escribe, remueve, convierte... Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia COMUNIÓN
DE LOS SANTOS No
se corre para uno Sitúo
este hecho de la vida misma -según el relato oral que ha llegado hasta mí- en
la población castellana de Venta de Baños, donde se celebraba un cross de
cierto renombre; tanto es así que habían venido a competir atletas extranjeros
de buen nivel. A
poca distancia de la meta cayó al suelo el muchacho que ya se perfilaba como
vencedor, accidente que permitió que varios lo rebasaran. El chico ni se
levantó del suelo, por la desolación de ver cómo se le esfumaba un sueño
maravilloso que ya estaba a punto de hacerse realidad. Acudieron varios
compañeros a consolarlo, pero el entrenador fue muy duro, y sin paños calientes
le recriminó por su conducta: -Tú
no corres para ti; tú corres para el equipo. Si te hubieras levantado, el
equipo habría ganado la prueba. CONCIENCIA Valores
permanentes Cuenta
Peter Kreeft que un día, en una de sus clases de ética, un alumno dijo que la
moral era algo relativo y que como profesor no tenía derecho a imponer valores
propios. Kreeft quiso entrar al debate y lo hizo así: -De
acuerdo. Voy a aplicar tus valores a la clase, no los míos. Como dices que no
hay absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos, y como
resulta que mi conjunto particular de ideas personales incluye algunas
particularidades muy especiales, ahora mismo voy a aplicar ésta: todas las
alumnas quedan suspendidas. Comenzaron,
cómo no, las protestas, en cuanto se recuperaron de la primera impresión,
diciendo que aquello no era justo. Pero el profesor argumentó: -¿Qué
significa para ti ser justo? Porque si la justicia es sólo un valor o tu valor,
entonces no hay ninguna autoridad común a ti y a mí. Yo no tengo derecho a
imponerte mi sentido de la justicia, pero tú tampoco a mí el tuyo... CONFESIÓN
SACRAMENTAL Se
sentía ligero Me
lo cuenta un amigo y tomo nota enseguida. Sorpresa al llegar a casa y encontrar
un aviso telefónico de un sobrino de siete años, Juan, que es la primera vez en
su vida que le llama. Marca el número de la casa y descuelga su padre: -Sí,
ahora te lo paso. -Tío,
hoy me he confesado. -Muy
bien, y ¿qué tal? -Estoy
muy contento; el cura era muy simpático, y... ahora lo estamos celebrando aquí,
en casa, con una pizza. Se
queda sorprendido por todo lo que oye. Pero el chaval prosigue: -¡Tío,
voy más ligero! Se
pone la madre: -Está
contentísimo. Dice a todo el mundo que ha hecho su primera Confesión y que va
muy ligero. Confesión
de niña Debía
de tener sólo seis años y fue a hacer su primera Confesión. Se llamaba Thérèse
Martin; con el tiempo la conoceremos como Santa Teresa del Niño Jesús. En la
catedral de Lisieux, ciudad a donde ya había ido a vivir la familia Martin,
estaba sentado en un confesonario el sacerdote apellidado Ducellier, el cual
abrió la ventanilla al notar que alguien se había acercado a recibir el
sacramento, pero no vio a nadie. No vio a nadie, porque la niña era tan pequeña
que no llegaba a esa altura. Tuvo que confesarse de pie. Preparada
cuidadosamente por su hermana Celina, se preguntaba si debería decir al
sacerdote que le quería con todo el corazón, ya que él era el representante de
Dios. De la alegría que le produjo la primera Confesión da buena fe esta
anotación de la Santa: "A partir de entonces, volvía a confesarme en todas
las grandes fiestas, y era para mí una verdadera fiesta cada vez que lo hacía". Cfr.
Mons. Guy Gaucher, Así era Teresa de Lisieux Empezar
de cero Una
de la mejores películas del año 1995, dirigida por Robert de Niro -su primera
aventura como director cinematográfico- fue "Una historia del Bronx".
De Niro, que se conoce bien el ambiente de ese barrio neoyorkino, porque él
mismo se crió en los escenarios del film, presenta los recuerdos de un chico en
la infancia y en la primera juventud. A la edad de nueve años, el pequeño
Calógero -excelentemente interpretado por el niño Francis Capra- es testigo
presencial de un asesinato cometido por un gángster de origen italiano,
Sonny, amo y señor del barrio, pero no le delatará a la policía, cuando le
piden que lo identifique, porque piensa que no debe convertirse en un soplón.
Sin embargo le remuerde la conciencia, porque, miradas las cosas desde otro
punto de vista, le resulta claro que no ha obrado bien. El
pequeño va a su parroquia a confesarse y, entre las pequeñas travesuras de las
que tiene que acusarse, expone que ha sido testigo de un crimen y que no ha
facilitado la labor de la policía. El sacerdote pone cara de sorpresa, pero
ante el deseo del niño de no dar más detalles, no insiste en preguntar y le da
la absolución tras imponerle unos padrenuestros de penitencia. Es todo un poema
ver la cara de Calógero de alivio y felicidad cuando abandona el templo. La voz
"en off" narradora de los acontecimientos, que es la del muchacho
relatando sus recuerdos a la edad de diecisiete años, hace este ajustado
comentario: -Qué
suerte ser católico, porque gracias a la Confesión puedes partir de cero. La
amaba más Tiene
Santa Catalina de Siena una cuñada llamada Lisa, casada con su hermano
Bartolomé. Una mañana Lisa sin decir nada a nadie va a un templo apartado y
hace confesión general. Cuando regresa a casa Catalina le dice: -Lisa,
eres una buena hija. La
cuñada se muestra sorprendida, pero Catalina le hace ver que no se le ha
escapado el detalle -¿cómo podía saberlo?- y que está al tanto de lo que acaba
de hacer. Y añade: -Te
amo de todo corazón y te amaré siempre, por lo que has hecho esta mañana. Sin
comentarios... Cfr.
G. Papàsogli, Santa Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia Tenía
que ser el obispo En
el mes de octubre de 1995 se abría en Madrid el Proceso de Beatificación y
Canonización de Mons. José María García Lahiguera, que fue Obispo Auxiliar de
Madrid desde 1950, luego Obispo de Huelva (1964) y finalmente Arzobispo de
Valencia (1969). Falleció santamente en 1989. Un sacerdote de la diócesis de
Madrid -D. Victoriano Rubio, párroco de Ntra. Sra. de la Concepción de Ciudad
Lineal- ha escrito un testimonio bien interesante del valor que D. José María
daba a la Confesión. Cuenta
que tenía un enfermo de la parroquia hospitalizado en el Sanatorio de San
Nicolás (ahora de la Fuensanta), y que al ofrecerle los últimos sacramentos
contestó que como no fuera el Obispo, él no se confesaba. La verdad es que hay
gente curiosa: ¿qué mosca le picaría? ¿Sería una excusa? Vaya usted a saber.
Pero así, como suena: tenía que ir el Obispo en persona. El caso es que se
enteró D. José María y no lo dudó un segundo. Salió inmediatamente para el
sanatorio y aquel buen hombre se emocionó como un niño cuando vio a un Obispo a
su lado y dispuesto a atenderle con la mayor solicitud. Para D. José María
aquella era un alma que merecía la pena cualquier esfuerzo y no dio al asunto
mayor importancia. Sobre
la marcha San
Juan Bosco sabía como nadie ganarse a los muchachos y tenía a cientos de ellos
a lado. Se divertían de lo lindo con él, pero no descuidaba el que los sábados
por la tarde y los domingos se acercaran al sacramento de la Penitencia. Sabía
muy bien que algunos se hacían los remolones y en estos casos tomaba la
iniciativa y les lanzaba un cable. Por ejemplo, llamó un domingo a uno de los
chicos, que no hacía más que jugar, a la sacristía, y le invitó a
arrodillarse en el reclinatorio (la narración se debe a Don Bosco, en Memorias
del Oratorio). -¿Para
qué me quiere? -Para
confesarte. -No
estoy preparado. -Lo
sé. -¿Entonces? -Entonces
prepárate, y después te confesaré. Don
Bosco tenía confianza de sobra para actuar así y sabía que no violentaba la
voluntad de su amigo. El
chaval exclamó: -Bien,
muy bien; lo necesitaba, me hacía falta; ha hecho bien en cogerme así; de lo
contrario, aún no habría venido a confesarme por miedo a los compañeros. A
partir de ese día fue uno de los más asiduos penitentes de Don Bosco y solía
contar a sus amigos la estratagema que el buen sacerdote había empleado para
"cazarle". Juan
Pablo II y Vianney El
Papa Juan Pablo II recuerda en su libro Don y Misterio, aparecido con ocasión
del quincuagésimo aniversario de su sacerdocio, muchos momentos de su dilatada
vida. Cuando era joven sacerdote e iba haciendo estudios en Roma, pasó en un
viaje por la aldea de Ars; era a finales de octubre de 1947. Se
emocionó al visitar la iglesia donde confesó tanto el Santo Cura, Juan María
Vianney. Ya le había impresionado su figura en la época de seminarista, sobre
todo con la lectura de la biografía de Trochu. Escribe el Papa: "San Juan
María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la
gracia que actúa en la pobreza de medios humanos. Me impresionaba
profundamente, en particular, su heroico servicio de confesonario. Este
humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y
dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil periodo
histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de
ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su
confesonario". Y
un poquito más adelante añade: "Del encuentro con su figura llegué a la
convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el
confesonario, por medio de aquel voluntario hacerse prisionero del confesonario". CONTRICIÓN Una
cédula en la que nada había Entre
la flor de milagros jacobeos está el de un gran pecador venido de la lejana
Italia, allá por la Edad Media y en tiempos del santo Obispo Teodomiro, para
obtener la remisión de sus culpas, que no eran pocas ni leves. Lo narró con
maestría Torrente Ballester; aquí se hará breve resumen. Era
un pecador como pocos habrá habido. Tan grande, que ni el cura de su parroquia,
ni aun su Obispo propio, se atrevieron a absolverle, sino que dispusieron que
marchara a Santiago en peregrinación como penitencia extraordinaria y allí
buscara el perdón de tanto delito. Podían haberlo enviado al Romano Pontífice,
que autoridad tiene de sobra, pero se ve que prefirieron que la absolución no
estuviera tan al alcance de la mano. Y
para Compostela salió, llevando una carta de puño y letra de su prelado donde
se especificaban los muchos y tremendos pecados del penitente. Llegó bien
dolido de sus fechorías y bien mortificado por las prolongadas caminatas e
incomodidades del largo viaje. Nada más llegar, acongojado por los sollozos, el
pecador depositó el documento bajo el mantel del altar principal del templo
compostelano, y se quedó orando en silencio. Llegó
la hora en que el beato Teodomiro celebraba la Santa Misa, y su mano descubrió
el pergamino oculto bajo el mantel. Lo tomó, vio los sellos y, antes de
rasgarlos, preguntó a los presentes sobre la carta. Nadie contestaba, antes
bien, se miraban unos a otros, sorprendidos, hasta que el italiano se adelantó
con lágrimas y, arrodillado, humillado, confesó ser él quien había depositado
aquella carta y que bien le concernía el asunto. Sólo pedía que el santo Obispo
mirara el contenido, lo leyera públicamente para escarnio de tan gran pecador,
y después le otorgara la absolución. Los
asistentes estaban conmovidos. Cuando el Obispo rompió sellos y desató lazos,
vio con sorpresa que la carta no contenía absolutamente nada. Entonces
comprendió que el Apóstol acababa de obrar un milagro: el penitente quedaba
libre de su vergüenza, al mismo tiempo que resultaba evidente que Dios ya le
había perdonado. Por ello, la absolución episcopal sobre su cabeza no haría más
que corroborar aquel perdón. Y Teodomiro, ante la emoción general, alzó la mano
y pronunció las palabras del rito sacramental: Ego te absolvo a peccatis
tuis.... Cfr.
G. Torrente Ballester, Compostela y su ángel Se
siente infame Bernadette
Soubirous, la vidente de Lourdes, se consume lentamente durante una larga y
penosa enfermedad en el convento de Nevers donde ha profesado como religiosa.
Cuando ya le queda poca vida, un profundo dolor le asalta a esta criatura
sencilla y pura: siente que en su vida pasada se ha portado infamemente. La
religiosa que la acompaña no da crédito a la confidencia de Bernadette; le
parece imposible que un ser tan angelical como el que ella conoce, y muy bien
que lo conoce, pueda pronunciar las palabras duras que acaba de escuchar.
Bernadette piensa en su madre. -¡Ya
hace más de diez años que tu madre ha muerto! -...Ella
había preparado una sopa de ajos y acababa de servirme un plato. Yo estaba de
muy mal humor. Dios sabrá por qué, y empecé a rezongar: "¡Déjame en paz de
una vez por todas con tu eterna sopa de ajos. Ni siquiera puedo soportar el
olor..." ¡Y pensar que realmente he dicho eso!... La
verdad es que la familia Soubirous había vivido en unas condiciones materiales
de extrema pobreza, y la buena Louise, la madre de la vidente, se las veía y se
las deseaba para poder dar algo de comer a los hijos. -Pero
de eso ya ha pasado mucho tiempo. Más de dieciséis años, ma soeur. -No,
no. Nada existe que pueda haber pasado hace mucho tiempo. Todo está presente
-exclama entre lágrimas -¡Mi pobre madre ha pasado una vida muy triste, y yo me
porté siempre tan mal con ella! Cfr.
F. Werfel, La canción de Bernadette Surcos
de lágrimas Es
una piadosa tradición y, posiblemente, una simple leyenda, pero es interesante.
Cuentan que San Pedro, todos los días, al oír cantar a un gallo, se echaba a
llorar porque se acordaba de la triple traición a Cristo, y que las lágrimas
habían grabado surcos en sus mejillas. Por cada negación le salía del alma
exclamar: "Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo" (Jn 21,17). Es
imposible que las lágrimas abran hendiduras en un rostro: hasta aquí la
leyenda. Pero es bien verosímil que para San Pedro el canto del gallo tuviera
una resonancia muy especial. Y en aquellos tiempos debía ser muy difícil no
tener cerca del propio domicilio, incluso en una urbe como Roma, un corralito
con algún gallo dispuesto a avisar a los vecinos de la llegada del nuevo día.
Cuántos actos de contrición debió hacer aquel gran hombre. Abrazado
a Cristo En
la ciudad de Wurzburgo, en la Baviera alemana, hay en la cripta de un templo
una Cruz muy famosa, de gran valor artístico, con su correspondiente
Crucificado. Y hay en ella algo muy curioso: tiene sus manos libres de los
clavos y las ha cruzado sobre el pecho. El Crucifijo es objeto de una piadosa y
vieja leyenda. Resulta
que una noche entró a robar en el templo un ladrón. Se acercó al gran Crucifijo
y vio que sobre la cabeza del Señor había una valiosa corona cuajada de piedras
preciosas. No dudó ni un instante en hacerse con ella para venderla y obtener
dinero contante y sonante. Subió a la Cruz. Trató de coger la corona, pero,
ante su gran estupor, las manos de Cristo se ciñeron en torno a su cuerpo.
Sintió escalofríos de terror. Sus ojos, casi fuera de las órbitas, contemplaban
los ojos de Jesús a escasos centímetros de distancia. No podía soltarse
del abrazo. Y así estuvieron largo tiempo mirándose los dos cara a cara. Las
lágrimas comenzaron a correr a raudales por las mejillas del malhechor, que no
cesaba de pedir perdón a Dios por sus múltiples pecados, hasta que al final fue
el mismo ladrón quien se abrazó fuerte al cuerpo herido del Crucificado. Cuando
amaneció seguían unidos en estrecho abrazo. ¡La
mirada de Jesús! San Lucas nos cuenta que el Señor se volvió y miró a Pedro,
tras las repetidas negaciones, y que éste salió fuera y lloró amargamente su
pecado (cfr. 22,61-62). Cfr.
A. Filchner, Venid niños y escuchad En
Uganda Años
1993, febrero. Juan Pablo II llega a Uganda, un país terriblemente flagelado
por la enfermedad del sida. Alguien dice que en Uganda la industria más floreciente
es la fabricación de ataúdes. Basta señalar que el 20 por ciento de la
población es sieropositiva. En
el encuentro con los jóvenes, una chiquilla de unos catorce años, Verónica
Chansa, en estado terminal, delgada, cuenta al Papa con un hilo de voz su
propia historia: fue violada por unos hombres al bajar del autobús que la
llevaba al colegio y contrajo el sida. Los que la oyeron se quedaron con el
corazón en un puño, porque dijo como en un susurro: -Santo
Padre, dígales a los hombres que no sigan siendo malos, que no hagan más lo que
a mí me han hecho... Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano Sí
se arrepiente... El
conocido escritor catalán Gironella tiene la sencillez de relatar algo de lo
que siempre se ha arrepentido. No es como tantos "famosos" que en la
revistas aseguran que jamás se han arrepentido de nada. Él reconoce que fue
cobarde y no dio un paso que debería haber dado. Era
durante la guerra del Vietnam, por los años 60. Se encontraba con su mujer -el
matrimonio no ha tenido descendencia- y les ofrecieron adoptar a una niña que
había perdido a sus padres en un bombardeo. La pequeña, de un año de edad, en
su cunita blanca, inmóvil, con sus ojos oblicuos, no tenía a nadie en este
mundo. La esposa del escritor no lo dudó un instante: -Nos
la llevamos. Pero
él tuvo miedo a la responsabilidad que contraía: -¡No
nos la llevamos! Pasados
los años refiere cuánto se ha arrepentido de aquella, que califica, torpe
decisión. Ahora esa niña sería su hija, habría estudiado en la universidad;
quizás medicina... Cfr.
J.L. Olaizola, Más allá de la muerte CONVERSIÓN Plan
pastoral Jean
-Marie Lustiger, judío converso, Cardenal Arzobispo de París desde febrero de
1981, es preguntado sobre cuál es el punto más importante de su plan pastoral
sobre la diócesis que el Papa Juan Pablo II le ha confiado. La respuesta es
sencilla y, para alguno, quizá sorprendente: -El
punto central del plan pastoral es la conversión del Obispo. La
necesidad de vivir una continua conversión se acentúa, sin duda, en aquéllos
que se ven rodeados de mayores responsabilidades. Condenado
a muerte El
1 de octubre de 1957, a las cinco de la madrugada, un preso moría guillotinado
en la prisión parisina de la Santé. Este hombre -Jacques Fesch- había
terminado su diario, dedicado a su hija, con estas palabras: "Dentro de
cinco horas veré a Jesús. Ojalá que aguante el golpe. ¡Ayúdame, Virgen Santa!
Adiós a todos y que el Señor os bendiga!" Se había despedido del
preso que vivía en el piso de arriba, diciéndole: -Estoy
persuadido de que nos volveremos a ver. ¿Sabes?, cuando nos encontremos allá
arriba, creo que te reconoceré por tu voz. Así que te digo simplemente: hasta
la vista. Y, mientras tanto, si te encuentras algún día con mi hija, dile
cuánto me arrepiento, cuánto la quiero... Jacques Fesch no tenía veinticuatro años cuando, el 25 de febrero de 1954, después de separarse de su mujer e hija, cometió un atraco del que resultó muerto un policía. Una vez en la cárcel rechazó toda ayuda del capellán; era un ateo convencido -decía Jacques de sí mismo-, no valía la pena que se molestara. Luego vino la conversión, en la que tuvieron bastante que ver la fe y los argumentos de su abogado, que le llevaron, primero a "intentar creer" y, luego, con | |||