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ANÉCDOTAS
Y VIRTUDES, III JULIO
EUGUI AGRADECIMIENTO ALEGRÍA AMOR
A DIOS ÁNGELES
CUSTODIOS APOSTOLADO CARIDAD CASTIDAD CIELO COMUNIÓN
DE LOS SANTOS CONCIENCIA CONFESIÓN
SACRAMENTAL CONTRICIÓN CONVERSIÓN COSAS
PEQUEÑAS CRUZ DEMONIO DIRECCIÓN
ESPIRITUAL EJEMPLARIDAD ENVIDIA ESPERANZA ESPÍRITU
SANTO EUCARISTÍA EXAMEN FE FELICIDAD FILIACIÓN
DIVINA FIN
DEL HOMBRE FORMACIÓN FORTALEZA GENEROSIDAD GRACIA HUMILDAD IGLESIA INFIERNO JESUCRISTO JUICIO LIBERTAD LUCHA
ASCÉTICA MATRIMONIO
Y FAMILIA MISERICORDIA MORTIFICACIÓN MUERTE OBEDIENCIA ORACIÓN PECADO PIEDAD POBREZA RECTITUD
DE INTENCIÓN ROMANO
PONTÍFICE SAN
JOSÉ SANTIDAD SINCERIDAD TIBIEZA TRABAJO VIRGEN
MARÍA VOCACIÓN VOLUNTAD
DE DIOS AGRADECIMIENTO Qué
bueno que tú existas Marcel
Marceau, el gran artista del mimo, había concluido su espectáculo entre
interminables ovaciones de un público entusiasmado. Ya instalado en el
camerino, sudoroso y fatigado, se dedicaba a ir eliminando hasta el último
resto del maquillaje que le cubría el rostro. Fuera, ante la puerta, guardaban
cola un serie de admiradores y varios periodistas, a la espera de poder
conversar un poco con el famoso personaje. Y de pronto, vieron a una viejecita,
que salía de no se sabe dónde, avanzando lentamente con la ayuda de un bastón.
Abrió la puerta del camerino sin preocuparse de llamar y sin pensar
un instante en todos los que aguardaban su oportunidad de pasar, y penetró
en el interior. Refiere uno de los periodistas, que lo que presenció desde
fuera, que la anciana llegó hasta el artista y se limitó a decir: -Gracias,
Marcel, por existir. Y
declarado eso, dio media vuelta y abandonó el camerino con la misma parsimonia
con la que había aparecido. Es
curioso, pero las palabras de la abuela coincidían con la conocida definición
de amor del filósofo Joseph Pieper: "Amar es exclamar continuamente ante
el ser amado: ¡Qué bueno que existas!" Tecca,
la leprosa En
la Siena del siglo XIV hay un hospital de San Lázaro, que acoge en su interior
a varios enfermos de la terrible lepra. Allí yace una pobre mujer, muy enferma;
se llama Tecca. Nadie la cuida; más bien la evitan. Pero acude en su ayuda
Santa Catalina, la acaricia, la lava, le da de comer, y la mujeruca, que no
sale de su asombro, se deshace en agradecimiento. Catalina
vuelve un día y otro, siempre con los mismos cuidados, con la misma delicadeza,
pero Tecca se va acostumbrando, y le nace una especie de hábito por el cual le
parece natural que la joven la sirva; y del hábito pasa al derecho, como si la
joven estuviera obligada a hacer lo que hace: por ello le empieza a exigir
fidelidad en el horario y entrega plena. Y luego avanza un grado más, y
comienzan los celos. Si Catalina se retrasa un día por estar un poquito más de
tiempo en la iglesia, Tecca se enfada y se lo afea. Pero Catalina responde con
mansedumbre: -¡Oh,
madre buena, no te inquietes, por amor de Dios; haré ahora enseguidita lo que
necesitas...! Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia ALEGRÍA De
la alegría a la fe Del
escritor Bruce Marshall recordamos con gusto novelas de su primera época -luego
decae bastante-, como: El mundo, la carne y el Padre Smith, A cada uno su
denario y El milagro del Padre Malaquías. Curiosa fue su conversión al
catolicismo. Se
había educado en un rígido puritanismo protestante y, según cuenta, no estaba
acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia
de un cristiano, que tiene motivos para vivir contento. Las ceremonias
religiosas a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de
rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. Asistió por
primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de
un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una
moneda. La moneda fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada
curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer
engullida -¡también es mala suerte!- por la única rejilla de la calefacción
existente a varios quilómetros a la redonda. La cosa es que al sacerdote le dio
la risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote.... El
pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: "ésta debe
ser la Iglesia verdadera; aquí la gente se ríe". Buen
humor Santo
Tomás Moro, el que fuera gran humanista, Lord Canciller de Inglaterra con
Enrique VIII y mártir por defender su conciencia cristiana, gozó siempre de un
buen humor envidiable, e hizo gala de él hasta en el momento de su muerte, el 6
de julio de 1535, como demuestran sus palabras al mismo verdugo. Él había
escrito esta plegaria: "Dame, Señor, una buena digestión y también algo
que digerir", que suena algo parecido a aquello de "Señor, da pan a
los que tienen hambre y hambre a los que tienen pan", que algunos dicen en
broma. Y continúa: "Dame salud del cuerpo y, con ella, el sentido común
necesario para conservarla lo mejor posible. (...) Dame, Señor, sentido
del humor. Dame la gracia de comprender una broma, para lograr un poco de
felicidad en esta vida y saber regalarla a los demás. Así sea". En
el telesilla La
afición de Juan Pablo II al esquí era bien conocida. Sin embargo, menuda
sorpresa para el niño de ocho años que descubrió que el señor con anorak rojo
que tenía a su lado era el mismísimo Romano Pontífice. Ocurrió en la estación
de esquí de la Montagnola. -¿Sabes
cómo funciona el telesilla? -Sí,
creo que sí , al menos eso espero. -¡Ahí
va! ¡Si es el Papa! Se
acabó el estar de incógnito, porque a los pocos minutos lo sabía todo el mundo,
aunque el Papa ya había abandonado la estación de esquí. Una
vez le preguntaron los periodistas, cuando aún era Cardenal: -Pero,
¿es correcto que un Cardenal esquíe? Y
bromeó una vez más, con su voz profunda: -Lo
incorrecto es que un Cardenal esquíe mal... Más
noticias sobre esquí Esta
anécdota la tomo del libro Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano,
de Paloma Gómez Borrero. Siendo Juan Pablo II Cardenal, fue invitado a dar una
charla sobre teología moral en la Universidad Católica de Milán. Los
estudiantes se sorprendieron al saber que el Cardenal Wojtyla tenía una vieja
afición por el esquí. Al ver su extrañeza, reaccionó con humor y les desafió a
que le dijeran cuántos cardenales italianos esquiaban: -Ninguno. -En
Polonia, en cambio, esquía el cincuenta por ciento de los cardenales. El
aula estalló en una carcajada. Bien sabían que en Polonia sólo había dos
cardenales; el otro era el anciano Stefan Wyszynski. El
colmo del pesimismo Charlaban
dos individuos que se acababan de conocer en el vestíbulo de un hotel. -La
situación es desastrosa. Todo va de mal en peor. La economía está por los
suelos, la inflación acabará con todos nuestros ahorros, no hay futuro... -¿¡Qué
me va a decir usted a mí!? Fíjese: estoy de viaje de novios, y he venido solo. Hundimiento Uno
de los más famosos payasos de todos los tiempos fue Tony Grice. De él se cuenta
que marchó a ver a un médico porque andaba tristón, y el galeno le recomendó: -Mire,
hoy, en vez de ir a trabajar, haga una excepción y vaya a ver a Tony Grice. La
anécdota la ha referido Miguel Mihura, que dirigió durante cierto tiempo la
popular revista de humor "La Codorniz". También él se encontraba
triste y decidió consultar a un médico su problema. Al acordarse de lo que le
había sucedido a Tony Grice, comenzó a alegrarse. Igual me dice -pensaba- que
lo que tengo que hacer es leer "La Codorniz". Tendría su gracia. Pero
no fue así. El médico le aconsejó: -A
usted lo que le haría mucho bien es leer "El Cucú". Para
Mihura aquello fue la puntilla. Se trataba de la revista de la competencia. AMOR
A DIOS Cinco
carteles Estaban
a la puerta de un templo parroquial. El primer cartel mostraba a un niño
gordito, de esos que anuncian alimentos para bebés, y debajo habían escrito:
"Demasiado joven para amar a Dios". El segundo presentaba a una
pareja de "palomos" recién casados dándose un besito; el
correspondiente letrero avisaba: "Demasiado felices para amar a Dios".
Le seguía un ejecutivo rodeado de teléfonos y con cara de desarrollar una tarea
febril: "Demasiado ocupado para amar a Dios". A continuación, un
ricachón gordo, con los dedos de las manos llenos de relucientes anillos de oro
y pedrería, un habano en la boca, en el momento de descender de un cochazo de
lujo: "Demasiado seguro de sí mismo para amar a Dios". Y finalizaba
la serie con una sepultura: "Demasiado tarde para amar a Dios". Palabra
divina Cuando
Albino Luciani era Patriarca de Venecia, antes de llegar a ser el Papa Juan
Pablo I, algunos sacerdotes ancianos, acostumbrados a predicadores notables
como sus predecesores en el cargo patriarcal, le criticaban un poco por la
sencillez e ingenuidad de los ejemplos que espolvoreaba en su predicación. Pero
él contestaba a esto diciendo: "La palabra de Dios no es más que una
carta. Mi madre, cuando el cartero le traía una carta de mi padre, que
trabajaba en Alemania, la abría con ansia, la leía y releía; luego, corría a
contestarla y enseguida la echaba al buzón. Esto es la palabra de Dios, la
carta de una persona que se ama, que se espera; la leemos para hacerla nuestra
y contestamos enseguida". Cfr.
N. Valentini y M. Bacchiani, El Papa de la sonrisa Víctima
de holocausto Santa
Teresa de Lisieux tuvo una revelación sobre su pronta muerte. El día 9 de junio
de 1895 se ofreció como víctima de amor al Señor. Era el día de la Santísima
Trinidad y no contaba más que con veintidós años. La fórmula de su
ofrecimiento, hecho con el consentimiento de la superiora y el conocimiento de
un teólogo, la llevaba siempre sobre el pecho, junto a los Evangelios. En ella
decía entre otras cosas: "Yo deseo ser santa. Pero siento mi impotencia, y
os pido, ¡oh Dios mío!, que seáis Vos mismo mi santidad". Y también:
"A fin de vivir en un acto de perfecto amor, yo me ofrezco como víctima de
holocausto a Vuestro Amor misericordioso, suplicándoos me consumáis sin cesar,
dejando desbordar en mi alma las olas de ternura infinita que se hallan
encerradas en Vos, y que así llegue a ser, ¡oh Dios mío!, mártir de vuestro
amor". Ofrenda
de la propia vida Año
1931. La República ha sido proclamada el 14 de abril en España. Se ha desatado
un huracán de anticlericalismo en el país, y a lo largo de los días 10, 11 y 12
de mayo arden iglesias y conventos en Madrid y en otras ciudades. No es raro
que los sacerdotes sufran vejaciones e insultos por la calle y, lo que es peor,
la legislación que se prepara no augura nada bueno para la Iglesia. En
la capilla del Hospital del Rey, sor Engracia, una religiosa hija de la
caridad, de origen navarro, reza ante el Sagrario. Entra el capellán, José
María Somoano, y, creyéndose solo, reza en voz alta: -Dios
mío, te ofrezco mi vida por la salvación de mi patria. La
religiosa no sabe qué hacer y permanece callada. El
sacerdote insiste: -Dios
mío, Dios mío... ¡salva este país! Al
año siguiente, José María Somoano fallece como un mártir, seguramente
envenenado por alguien que odia a la Iglesia. Se va al Cielo el 16 de julio,
fiesta de la Virgen del Carmen. Da la impresión de que el Señor había aceptado
su ofrenda. Cfr.
J.M. Cejas, José María Somoano ÁNGELES
CUSTODIOS Custodios
en Picos de Europa Salió
el tema durante una tertulia nocturna, ya hace bastantes años, en una cabaña
situada en la collada de Amuesa; todos iban de camino hacia la cumbre más alta
de Picos, que es el Torrecerredo. El protagonista -el narrador- era un
hombre que tiene su nombre escrito con letras de oro en el montañismo
asturiano: el formidable, como montañero y como persona, José Ramón Lueje. Lueje
estaba convencido de que un día le había echado una mano su Ángel, y lo contaba
así. Venía en travesía de Cabezo Llerosos hacia Covadonga con su amigo Pío
Canga, y se les echó una niebla densa; una de ésas que en un paisaje como el de
Picos puede extraviar hasta al más experto conocedor del terreno; y, en efecto,
llegó un momento en que no sabían por dónde andaban. Pero, gracias a Dios,
contra todo pronóstico, surgieron de la niebla dos pastores, amables y
educados, que se brindaron a ponerles en camino seguro. Al
cabo de un rato, se despidieron de ellos, tras haberles dado las gracias como
correspondía. Lo curioso del asunto es que oyeron, ya a cierta distancia, cómo
se daban también el adiós los dos pastores mutuamente antes de desaparecer de
su vista: -Adiós,
José Ramón. -Adiós
Pío. José
Ramón Lueje pensaba que era mucha coincidencia. Tenía la mosca detrás de la
oreja: ¿no sería cosa de los Custodios? Seguro que sí. Debo
el conocimiento del relato a un buen amigo, veterano ex-montañero
gijonés, Casimiro González, que pernoctaba en la choza de Amuesa con la
cuadrilla montañera. Una
oración salvadora En
1984 unos malhechores raptaron al hijo de corta edad de un obrero de
Fains (Francia). Al pobre crío lo maltrataron y lo utilizaron como reclamo para
la mendicidad. Al cabo de cuatro años el pequeño logró fugarse de sus
secuestradores. El problema que se presentó a la policía era que el niño apenas
sabía dar razón de quiénes eran sus padres; no lograba aportar unos datos que
ayudaran a la identificación; en cambio, recordaba muy bien una plegaria al
Ángel Custodio que le había enseñado su madre y que repetía a diario durante su
cautiverio. La
noticia apareció inmediatamente en la prensa y fue exactamente este dato el que
permitió a la madre del niño saber que se trataba de su hijo. Cfr.
I. Segarra, De la mano del Ángel Custodio
de primera mano Le
leían a Alexia (v. Anécdotas nn. 16, 322), cuando era muy pequeña, un libro
sobre las obras de misericordia, y cada una de ellas estaba relatada a modo de
cuento. A propósito de una, el libro contaba cómo un Ángel Custodio hablaba con
otro diciendo: -¡Estoy
agotado! La niña que cuidaba antes era muy buena, pero la que tengo ahora es
tan inquieta que me tiene todo el día en vilo. Al
llegar a este punto, Alexia interrumpió a su madre: -Espera,
espera... ¿qué pasa?, ¿mi Ángel es mío sólo o es un Ángel "usado",
que antes fue de otra niña? Su
madre se quedó desconcertada: -Pues
francamente, hija, no lo sé. Cuando vayas a confesarte, se lo preguntas a D.
Manuel. Llegó
el día de la consulta. El sacerdote, algo desconcertado, preguntó hábilmente a
la niña: -Alexia,
¿a ti que te gustaría?, ¿qué fuera sólo tuyo? Ella,
tímidamente, pero con sinceridad, repuso: -Yo
preferiría que fuera mío sólo. Y
D. Manuel añadió: -Pues
seguro que eso es lo que ocurre, que tu Ángel Custodio es tuyo sólo. Cfr.
M.A. Monge, Alexia Nombre
de Ángel La
anterior anécdota se continúa con otra. Alexia había quedado bastante
satisfecha de la respuesta del sacerdote con quien se confesaba. Al salir de la
iglesia, anunció a su madre que pensaba poner nombre a su Custodio. -¡Ah!
¿Sí? ¿Qué nombre le vas a poner? La
niña no tenía la menor duda: -Hugo. La
madre se extrañó un poco, porque Hugo no es un nombre corriente. -¿Por
qué Hugo? -Porque
es un nombre perfecto para un Custodio. Ante
tanto convencimiento, preguntó la madre: -¿Sí?
¿Por qué? Y
Alexia, con el mismo tono de seguridad y firmeza, contestó: -¡Es
evidente! Pero
la madre no veía la evidencia por ninguna parte. Tampoco insistió más en el
asunto. Lo que es sabido es que Alexia siempre llamó Hugo a su Ángel Custodio.
Después de su muerte, sus padres buscaron una biografía de San Hugo, obispo
francés, por si allí había alguna pista. Supieron entonces que San Hugo había
sido pastor y que toda su vida había tenido que luchar contra el Demonio.
¡Realmente era un buen nombre para un Custodio! Cfr.
M.A. Monge, Alexia Confianza A
veces, cuánto aprendemos de la sencillez y espontaneidad de los pequeños. Se
hablaba en el seno de una familia sudamericana sobre los Ángeles Custodios y
uno de los niños contó sin el menor reparo que él dejaba al suyo un espacio en
la cama, para que pudiera dormir, pues al terminar el día estaría muy cansado.
Intervino entonces otro de los varones: -¿Sólo
cansado? De cuidarte a vos quedará muerto. Pero
una de las niñas, un poco mayor, con más conocimientos, aportó su sabiduría y
explicó que los ángeles son seres espirituales, no tienen cuerpo como
nosotros y, por tanto, no ocupan lugar. Lo
curioso es que al resto de los hermanos no les convenció mucho este
"magisterio". ¿Cómo no van a ocupar lugar? ¿En qué cabeza cabe? APOSTOLADO Encarnar
el Evangelio En
mayo de 1992, el Papa Juan Pablo II beatificaba al Fundador del Opus Dei, y el
26 de junio se cumplía el dies natalis del nuevo Beato. Con motivo de la
celebración por vez primera de su memoria litúrgica, se oficiaron misas en su
honor en lo más variados lugares del mundo, bastantes de ellas presididas por
eminentes miembros de la jerarquía de la Iglesia. La celebrada por el Arzobispo
de Colonia, el Cardenal Joachim Meisner tuvo lugar en la iglesia de San
Pantaleón de aquella ciudad alemana. Casi
al comienzo de su homilía, el Cardenal Meisner recordó sus tiempos de Obispo de
Berlín -un Berlín dominado por el comunismo-, cuando tenía ceremonias de
administración del sacramento de la Confirmación muy reducidas; apenas dos o
tres confirmandos. Él quería que el Evangelio se encarnara en la vida
ordinaria, que tomara forma concreta en este mundo, y en medio de esas
circunstancias adversas hacía lo que podía por inculcar ese espíritu cristiano.
"Solía preguntar a cada uno en particular: ¿Eres el único alumno católico
de tu clase, o hay por lo menos, entre tus compañeros, alguno no católico pero
cristiano? Muchas veces la respuesta era: Yo soy el único cristiano de mi
clase. Entonces le administraba la Confirmación sellándole de una manera
especial. Pensaba: pobre chica, o pobre chico, ¡lo necesitan! Si la respuesta
era positiva -hay otro en mi clase-, entonces les decía: por la mañana, antes
de empezar la primera hora, daos la mano y decid: cuando haya dos reunidos en
mi nombre, yo estaré como un tercero en medio de vosotros. Si Jesús es vuestro
compañero de clase, nada malo os puede pasar". Te
espera Me
lo refiere un conocido. Iba dando una vuelta con un amigo y tuvo el arranque de
manifestarle con toda sencillez que él siempre, es decir, todos los
días, hacía una visita al Santísimo en alguna iglesia, y, puesto que se
encontraban delante de una abierta, pues que aprovechaba; que a ver qué le
parecía acompañarle en tan buena acción. El amigo se mosqueó un poco y contestó
que él, mejor se quedaba fuera; cosa que hizo: -Tú
haz lo que te apetezca, pero yo no entro. A
la salida todavía hubo un poco de sorna: -¿Y
qué, te ha dicho algo? Pero
mi conocido tiene "cintura", y contestó al instante: -Pues
sí; me ha dicho que te espera. Es
curioso. Del tema no se volvió a hablar, pero el rejón, como se dice en
ambientes taurinos, había quedado dentro, bien clavado. Este hombre ya no se
pudo ese día, ni en los sucesivos, quitarse de la cabeza lo de "me ha
dicho que te espera". Y acabó por concertar una cita con un sacerdote para
tratar sobre la marcha de su vida hasta ese momento. Qué sé yo: son cosas de la
gracia divina... A
propósito de cifras Preguntó,
con cierta dosis de malicia, un periodista a Juan Pablo II: -Santidad,
¿sabe cuánto cuestan los viajes papales? La
respuesta del Pontífice fue inmediata: -¿Y
usted sabe cuánto vale un alma? Cfr.
C. Cremona, Pablo VI Más
sobre viajes papales El
mismo testimonio que Carlo Cremona -anécdota anterior- nos lo ofrece Paloma
Gómez Borrero en su libro Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano.
"Los viajes papales resultan caros y físicamente agotadores. A la vuelta
del viaje a Australia le pregunté a Juan Pablo II si merecía la pena tanta
fatiga y gasto por un viaje y él me explicó: Sí, claro que merece la pena,
porque soy portador para el mundo de un mensaje de salvación. Un mensaje que ha
costado nada menos que la sangre de Cristo. No hay cansancio ni dinero
suficiente para pagarla". Un
sueño Cuando
era todavía un niño de unos nueve años, San Juan Bosco tuvo un sueño que le
impresionó para el resto de su vida, aunque pasaron muchos años antes de que
pusiera por escrito esta experiencia. En el sueño él veía a muchos chicos que
se divertían en un patio grande. Entre gritos y risas, muchos blasfemaban. El
pequeño Juan se metía en medio para intentar acallarlos a puñetazos, pero en
ese instante se le apareció el Señor y le dijo: -No
con golpes, sino con mansedumbre y con caridad deberás ganarte a estos amigos. Seguidamente
le invitó a catequizarlos. El niño protestó: aquello era imposible para él,
pero Cristo le habló de la protección de Santa María. En ese instante vio a la
Virgen, y la Señora le dio ánimos para emprender esa tarea. Al
día siguiente contó en casa su sueño a la madre, a la abuela y a los hermanos.
Su hermano José, después de reír de buena gana, le dijo: -Tú
serás pastor de cabras, de ovejas y otros animales. La
abuela vino a decir que no había que hacer caso de los sueños. La madre, en
cambio, exclamó: -¡Quién
sabe si un día serás sacerdote! La
historia ha demostrado que el sueño se ha cumplido y con creces. El sueño se lo
contó al Papa Pío IX en el año 1858, cuando estuvo en Roma para tratar de la
Congregación Salesiana, y el Romano Pontífice le indicó que lo pusiera por
escrito, porque alentaría a sus seguidores salesianos. Con
San José Cottolengo La
anterior anécdota puede completarse con esta otra. Recién ordenado sacerdote,
Juan Bosco se encontró con San José Cottolengo, que ya hacía años que se
dedicaba a la tarea caritativa que le ha hecho tan famoso. Cottolengo le miró
fijamente y le dijo: -Tienes
cara de bueno. Ven a la Piccola Casa (el gran hospital que había levantado:
Piccola Casa della Divina Provvidenza), que no te faltará trabajo. Efectivamente,
aquél fue uno de sus campos de apostolado en ese momento de su vida. Pero ahora
es más interesante reseñar algo que le pronosticó, medio en serio medio en
broma, San José Cottolengo: -Te
rodearán millares de niños. Uno tirará de la derecha; otro de la izquierda, y
tu pobre sotana se hará trizas muy pronto. Incluso
le recomendó que se hiciera la sotana de una tela muy fuerte. El pronóstico,
como el sueño famoso de los nueve años, fue acertado. El
problema de las sectas Juan
Pablo II preguntó a un grupo de Obispos de Perú cuál era para ellos el
principal problema, el más grave de la Iglesia en Perú. La respuesta fue:
"Santidad, las sectas". Pero el Papa puso en primer lugar otro: la
ausencia de sacerdotes en muchas localidades, por falta de vocaciones
sacerdotales, y, por ello, la falta de la Sagrada Eucaristía. Vino a decir que
si en Perú, y en general en toda Latinoamérica, hubiera suficientes sacerdotes
y una profunda vida eucarística, nada o muy poco podrían hacer las sectas. La
información procede del Obispo de Huancavelica, Mons. Demetrio Molloy, y la
recoge M. Guerra en Los nuevos movimientos religiosos (Las sectas). CARIDAD Una
dama algo despistada Hay
quien piensa que la caridad cristiana -sobrenatural por el fin y por el origen-
equivale a amar al prójmo por razones meramente extrínsecas, como si el
prójimo no fuera en sí mismo amable. Cuentan que una dama de la alta sociedad
-lo refiere J. Hervada en El hombre y su dignidad en palabras de Mons. Escrivá
de Balaguer, artículo publicado en "Fidelium Iura", nº 2, 1992-
atendía en cierta ocasión a un enfermo pobre. Agradecido éste por las
atenciones recibidas, mostró su gratitud a la señora con palabras emocionadas.
Ella le cortó en seco: -No
tiene que agradecérmelo; lo hago sólo por amor a Dios; usted no me importa
nada. Evidentemente,
que amemos a los demás por Dios incluye ya amar al hombre por él mismo: por su
dignidad de ser creado a imagen y semejanza de Dios y por haber sido redimido
por Jesucristo. Con
el enfermo al hombro A
algunos Santos parece que los vemos siempre unidos a algún hecho concreto, con
una imagen difícil de variar; por ejemplo, contemplamos a San Martín en el
instante de dividir la capa con el pordiosero, o a San Francisco de Asís con un
lobo a su lado, manso como un corderillo; en el caso de San Juan de Dios, la
imagen es la de un individuo que acaba de cargarse al hombro a un pobre
enfermo. Nuestro
San Juan, el fundador de la Orden de los Hospitalarios, había nacido en
Portugal en 1495. Tras una vida azarosa, alistado en el ejército de Carlos V,
acabó por dedicarse en Granada al cuidado de los enfermos. Un día se encontró
en la calle a uno casi moribundo. Se lo echó a la espalda, lo llevó al hospital
y allí lo acostó y le lavó los pies. Al ir a besárselos, vio con sorpresa que
estaban heridos como los de Cristo y, levantando los ojos hacia el rostro del
enfermo, reconoció en él a Jesús que le miraba sonriente. Y Nuestro Señor le
dijo: -Juan,
todo lo que haces a los pobres a Mí me lo haces. Sus llagas son mis llagas, y a
Mí me lavas los pies cuando a ellos se los lavas. Eso
cuentan. Mártir
de la caridad El
franciscano P. Maximiliano Kolbe, canonizado por el Papa Juan Pablo II, nació
en Polonia en el año 1894. Estudió teología en Roma y ejerció el magisterio en
la ciencia eclesiástica. En 1930, sus superiores lo trasladaron a Japón, donde
trabajó como misionero con gran generosidad. Años después, vuelto primero a
Alemania y luego a su Polonia natal, fue encarcelado por la Gestapo y
recluido en el tristemente famoso campo de concentración de Auschwitz (el
Oswiecin polaco). Corría el mes de mayo de 1941 cuando llegó a este terrible
lugar. A finales de julio se produjo una fuga -un panadero de Varsovia
apellidado Klos-, y los jefes, como represalia, eligieron a una serie de prisioneros
-diez- que morirían de hambre a causa del escapado y para evitar otros
intentos. Entre
los condenados a morir se encontraba un sargento polaco, Francisco
Gajownieczek, padre de familia, que suplicaba que tuvieran compasión de él por
su mujer e hijos y le perdonaran. Entonces Maximiliano Kolbe se ofreció a morir
ocupando su lugar. Aceptaron los jefes del campo la sustitución sin el menor
inconveniente. El Lagerführer se limitó a preguntar cuál era su profesión y
Maximiliano respondió que era sacerdote católico. Estuvo durante varios días en
un local de tres metros, junto con sus compañeros de suplicio, sufriendo el
terrible tormento del hambre y de la sed. Conforme iban muriendo retiraban los
cadáveres, hasta que al final, la víspera de la Asunción, llegó la orden de
rematar a los moribundos, cuatro en total. Les inyectaron ácido fénico y así
concluyeron sus sufrimientos. Fue
beatificado por Pablo VI, en octubre de 1971. Este Papa le llamó "mártir
de la caridad". La canonización tuvo lugar en octubre de 1982, con Juan
Pablo II, como antes se ha dicho. El hombre al que salvó la vida falleció en el
sudoeste de Polonia a los 94 años de edad, en 1995. Cfr.
A. Frossard, "No olvidéis el amor". La pasión de Maximiliano Kolbe Tabernas
salvadoras Me
parece recordar que es un personaje de Bernardo Atxaga -¿en Obabakoak?- quien
afirma algo así como: "Benditas tabernas, que habéis salvados tantas
vidas". Se refiere a ese calor humano, a ese mínimo de compañía que te
ofrecen tus semejantes incluso en las tabernas, que habrán evitado más de un
suicidio por la triste soledad. Seguramente a esto mismo, o a algo muy
parecido, aludirían las palabras de Balzac: "Muchos suicidas se han
detenido en el umbral de la muerte ante el solo recuerdo del café donde todas
las tardes van a jugar su partida de dominó". Aislamiento Aparece
en las páginas de un periódico francés. Una mujer relativamente joven fue
hallada cadáver en el piso que ocupaba. Según los primeros elementos de la
investigación, la muerte se había producido hacía tres meses... Fue el
propietario, al ir a saldar el trimestre, quien forzó la puerta y encontró a la
señora muerta en la cama. Es
notable el hecho. Da un poco de escalofrío. Tres meses sin enterarse nadie. Ni
un pariente, ni un amigo que se inquietara por su desaparición. E, ironía del
destino, sólo se acordó de su existencia el propietario, preocupado por su
dinero. Todo un síntoma de la falta de humanidad en que puede vivir el hombre,
precisamente en las sociedades más "avanzadas". Cfr.
G. Thibon, El equilibrio y la armonía Lo
que vale un amigo Cuenta
el recién citado Gustave Thibon (El equilibrio y la armonía) un viaje por
tierras españolas hace muchos años, cuando en este país apenas se sabía qué era
eso del turismo. Andaba a la sazón por un rincón perdido de Asturias, viajaba
en coche con dos familiares suyos y tuvieron una grave avería en medio de una
especie de pedregal y bajo el sol. La carretera estaba desierta y comenzaron a
inquietarse, pero apareció por fin un camión que se detuvo al instante. El camionero
examinó la avería y, viendo que no era capaz de solucionar el problema, remolcó
el coche hasta el pueblo vecino, les llevó a un garaje donde participó en la
reparación, les encontró alojamiento por medio del alcalde, etc. Luego rehusó
aceptar una indemnización por todo el tiempo que había empleado. Al tiempo que
rechazaba el billete que le tendían, dijo: -No,
señor; aquí tenemos un refrán que dice que "vale más un amigo que un
duro". Conquistar
la amistad A
Enrique IV de Francia (1553-1610) se le recuerda especialmente por la famosa
frase de "París bien vale una Misa", aunque hay que decir a su
favor que la conversión al catolicismo no fue fingida, como lo demuestra el que
favoreciera a algunas Órdenes religiosas y la amistad que tuvo con San Vicente
de Paúl y San Francisco de Sales. Este fue el primer rey Borbón y gozó de la
estima general de sus súbditos. Yendo
ya a lo que nos interesa relatar, se cuenta que tenía un general a quien
valoraba mucho como militar, pero con quien no tenía especial confianza para
asuntos personales, y un día le dijo con tono de reproche: -Pienso
que realmente no eres mi amigo. El
otro, La Vallete se llamaba, respondió: -Señor:
Vuestra Majestad tiene en mí al más fiel servidor. Antes moriría que faltar a
la menor de vuestras órdenes. Pero, en cuanto a la amistad, vos sabéis que sólo
se conquista con amistad. Visión
negativa El
escritor florentino Giovanni Papini (1881-1956) escribió con cierta amargura
algo que no compartimos: "Los amigos no son más que enemigos con los
cuales hemos pactado un armisticio no siempre estrictamente observado".
Quizá lo afirmó algún día en que andaba algo "depre", como suele
decirse. De todos modos no es raro encontrar bromas y chistes que dan una versión
un tanto pesimista de la amistad; así sucede con tantas historietas donde el
amigo sólo aparece para pedir dinero prestado y, por tanto, hay que estar
atento para dar el esquinazo al inoportuno. -Pepe,
¿puedo confiarte algo? ¿Serás capaz de guardar un secreto? -Hombre.
¡No faltaba más! Confía en mí. -Estoy
arruinado y necesito medio millón de pesetas. -No
te preocupes, ¡como si no me hubieses dicho nada! O
también existe esta otra del mismo estilo, en que el amigo intenta sablear al
amigo: -¿Me
prestar cinco mil pesetas? -Es
que no llevo nada encima. -¿Y
en casa...? -Ah,
en casa todos bien, ¡gracias! El
secreto de la viejita Lo
leí en alguna revista hace ya bastantes años, y, de repente, me acaba de venir
a la memoria con
unos perfiles relativamente precisos. En algún lugar de Estados Unidos -podría
ser una población concreta o un barrio de alguna gran ciudad- se había
detectado que el índice de criminalidad era muy inferior al que se daba en
ambientes parecidos de la misma nación. Hubo el lógico interés por investigar
el caso. Fueron entrevistados muchos hombres, y lo que más llamó la atención,
cuando se intentaba saber qué circunstancias consideraban que habían influido
positivamente en llevar una vida honrada, bastantes mencionaban a una maestra.
Los investigadores localizaron a la maestra, una anciana ya jubilada, y
conversaron largo y tendido con ella. La frase más significativa, la que arrojó
mayor luz sobre aquel hecho sorprendente, fue ésta tan sencilla: -¡Cuánto
quise yo a aquellos muchachos! Tengo
corazón Me
lo contaron de una señora muy anciana, que había estado casada con un hombre
muy conocido en su país -Canadá- por los cargos que había desempeñado. Cuando
enviudó, teniendo a sus cinco hijos situados en la vida, abandonó su buena
mansión y sus comodidades y dedicó su vida a atender a niños retrasados
mentales recogidos en instituciones benéficas. ¿Qué funciones cumplía?
Fundamentalmente aportaba su presencia cordial, y no era poco esto. Ella decía
riendo: -No
tengo cabeza ni manos, pero a lo mejor tengo corazón. Milagro
de amor Así
calificó la prensa italiana en mayo de 1995 -"milagro de amor"-
la vuelta a la "vida" de un muchacho que estuvo en coma durante
cuatro años, tras sufrir un accidente de tráfico, gracias al continuo apoyo de
su novia. Valerio
Vasinari, estudiante de ingeniería de 23 años se encontraba ingresado en un
hospital de Ferrara, totalmente inconsciente, desde el accidente que estuvo a
punto de costarle la vida en noviembre de 1991. Su novia, Cecilia Orlandi, de
20 años, acudía a diario a la clínica para hablarle al oído. Le contaba de sus
cosas, incluso de las más íntimas, le recordaba todo lo que habían hecho
juntos, los amigos, los viajes; también cuanto pasaba en su entorno, del
tiempo..., como si él pudiera escucharla. El caso es que, contra todo
pronóstico, Valerio ha salido del coma y se va recuperando de manera muy
satisfactoria. Lo
más admirable del comportamiento de la novia quizás sea, junto con su tenacidad
y la esperanza de que lograría sacarlo adelante, esta convicción: -Jamás
me rendí porque sé que él habría hecho lo mismo en mi lugar. Aprendió
a sonreír En
contraste con el anterior hecho, puede narrarse lo siguiente. Había un viejo
que nunca había sido joven. Jamás había sonreído. Todo le era indiferente. Y
estaba a punto de morir. Por aquello de que era viejo, siempre la gente le
consultaba las cosas, dando por supuesto que acumulaba una gran sabiduría, una
ciencia sin límites. Cuando
le preguntaban los padres por los hijos, el viejo contestaba que no valía la
pena poner ilusión en ellos, porque luego se volvían desagradecidos y se
portaban con sus progenitores como víboras. No merecía la pena alegrarse con
nada, porque las desilusiones hacían la vida cada vez más amarga. No compensaba
lanzarse a nuevas empresas, porque los fracasos no harían sino empobrecer las
haciendas. En fin, por todas partes destilaba amargura y desesperanza. Pero
como era tan anciano, como había vivido tanto, a la fuerza tenía que ser el más
sabio de todos. Hasta
que un día, cuando el momento de la muerte estaba ya a la vista, Dios se
compadeció y le envió un niño que le diera un beso. El niño rodeó al anciano
con sus brazos regordetes y le estampó un cariñoso beso en las ajadas mejillas.
¡Era la primera vez en la vida que alguien le besaba! La cara del viejo se
transfiguró. Sus ojos comenzaron a brillar. Le brotaban las lágrimas, pero no
eran lágrimas de pesar sino de dicha. La vida le pareció por vez primera
maravillosa. Poco después moría con la sonrisa en los labios. Se
quería a sí mismo Roald
Dahl, en The wonderful story of Henry Sugar (Historias extraordinarias, en la
edición castellana), nos habla de un millonario -por herencia, no por trabajo-
que se aburre soberanamente. Es, por otra parte, cosa nada rara, un egoísta de
tomo y lomo, o de padre y muy señor mío, que ambas expresiones le hacen
justicia. Un
día se entera Henry Sugar -así se llama- que los yoguis de la India son capaces
de llevar a cabo cosas tan extraordinarias como ver con los ojos tapados e,
incluso, atravesar con la mirada la materia de los naipes y descubrir el
contenido de las cartas de los rivales en las partidas. El modo de lograrlo
consiste en acostumbrarse a concentrar la mirada en la llama de una vela y, a
continuación, fijar la imaginación en el rostro de un ser muy querido (hay que
practicar el método durante unos años). El
problema de Henry Sugar es que, tras mirar la llama de la vela, cae en la
cuenta de que su único ser querido es... l mismo. Pero no le parece esto ningún
inconveniente. Piensa: "Tanto mejor; además es el rostro que mejor
conozco" . Y es que Henry gasta horas enteras en contemplar en el
espejo ese rostro suyo; una cara que, curiosamente, encuentra francamente
interesante. Respuesta
muy paciente A
veces, decimos: "qué paciencia hay que tener". Consideramos que nos
roban el tiempo con asuntos de nulo interés, con bobadas, como si no tuviéramos
nada que hacer en la vida sino aguantar molestias e impertinencias. Y nos
impacientamos, ¿verdad? Merece
la pena destacar la conducta de Santo Tomás de Aquino, hombre pacífico y
paciente. Le llueven consultas de todas partes solicitando consejo, y no faltan
algunas verdaderamente ridículas. Por ejemplo, uno le pregunta un
"problemón" teológico: que si los nombres de los
bienaventurados están escritos en un rollo expuesto en el Cielo. El bueno
de Santo Tomás contesta con sencillez: "En cuanto puedo ver, eso no es
así; pero no produce daño el pensarlo". No
sabían discutir Manolo
se encontró con Ramonín, al que hacía siglos que no veía, y se sorprendió no
poco al descubrir cómo su amigo había engordado últimamente, y es que
Ramonín parecía antes un manojo de huesos con piel; era de ésos que suele
decirse que tienen que pasar dos veces para lograr verlos. El caso es que ahora
mostraba unos mofletes más bien llenitos y una cara hasta redondeada. -Pero
chico, ¿qué has hecho para engordar? -Pues
verás, el secreto está en no discutir nunca. -¡Hombre!
Será por otra cosa... -Bueno,
pues será por otra cosa... Parecida
a esta historia es la que nos cuentan, con un candor e ingenuidad que desarman,
de unos anacoretas del desierto allá por el siglo IV. Aquí los protagonistas
son dos hombres, representantes de la época más dorada del anacoretismo, gente
que parece sin pecado original de puro buena. Ellos nunca habían tenido
una discusión. Pero un día quiso uno de los dos experimentar qué sería aquello
de disputar, y le propuso al otro: -Hombre,
yo creo que alguna vez deberíamos disputar como todo el mundo, aunque sólo
fuera una vez. Así nos enteramos de qué es reñir. -Como
quieras, pero el caso es que no sé cómo empezar. -Es
muy fácil. Mira, yo voy a poner un ladrillo aquí, y seguidamente diré: este
ladrillo es mío. Y tú contestarás: no, señor, es mío, me pertenece. Y
comenzaremos a disputar. ¿Qué te parece? Dicho
y hecho, colocó el ladrillo delante y afirmó: -Este
ladrillo es mío. Respondió
el otro: -No,
es mío. Volvió
a la carga el primero: -Te
aseguro que te equivocas, porque estoy totalmente seguro de que es mío. Pero
el compañero ya no fue capaz de defender por más tiempo su posición y
reconoció paladinamente: -Claro
que es tuyo, por supuesto. Cógelo, que te pertenece. Aquellos
dos buenos anacoretas eran incapaces de reñir; ni con la mejor voluntad lo
conseguían. Sin embargo, en ocasiones, por qué cosas tan tontas discutimos los
humanos. Si al menos lo hiciéramos por cuestiones de cierta importancia...
Tendríamos hasta mejor salud. Tres
corazones Bien
traída está la cita de fray Luis de Granada. Lo hace Martín Descalzo en Razones
para vivir. Resulta que los hombres deberíamos tener "para con Dios un
corazón de hijos, para con los hombres un corazón de madre, y para con nosotros
mismos un corazón de juez". Buen consejo, que muchas veces no
seguimos. Porque el corazón anda un poco alejado de Dios, desconfiadillo; con
nosotros mismos somos de un maternal y blando que espanta: contemplamos
nuestros defectos como menudencias; pero para los demás, para sus defectos, en
cuanto nos descuidamos somos jueces implacables, que condenan casi, y sin casi,
sin escuchar al "reo". Soluciones
auténticas El
egoísmo humano unido a una visión materialista de la vida componen un cóctel
explosivo, tanto a gran escala como a escala individual. Conversaba un
periodista de cierto país de América del Sur con una madre de familia numerosa
inglesa. El periodista estaba contando que el gobierno de su nación tenía
previsto lanzar una potente campaña de contracepción y de esterilización
destinada a la gente pobre: ¿qué le parecía la idea? La interlocutora pensaba,
llena de sentido común, que lo que, probablemente, estaban necesitando aquellas
gentes serían viviendas decentes, una buena nutrición, escolarización para los
niños, pero no que los políticos se dedicaran a reducir su número. Y le citó
una frase que había oído decir a su madre, que también, por lo que se ve,
andaba bien de sentido común: -Mi
madre decía: "Si tienes diez personas y sólo cinco pares de zapatos, lo
que tienes que hacer es más zapatos, no empezar a cortar pies a la gente". Cfr.
V. Gillick, Relato de una madre El
perro de los cuatro idiomas Es
verdad que el prójimo "real", ése con el que nos tratamos casi a
diario, o incluso a diario, no tiene todas las perfecciones del mundo, ni
siquiera las que nosotros consideramos que debe tener; pero no le neguemos que
posee algunas cualidades, algún resto de virtud, si se nos apura un poco. A mí
a veces me viene a la memoria la historieta del perro de los cuatro idiomas. Estaba
en su jaula, en la feria donde se vendían perros, y un letrero aseguraba que
aquel can hablaba nada menos que cuatro idiomas. El precio era, como es lógico,
muy elevado. Un individuo se encaprichó con él -¡cuánto iba a presumir con
aquel animal superdotado!-, y ya estaba echando mano a la cartera, cuando
alguien le advirtió: -No
tire el dinero. No lo compre. Es un fraude. -Pero,
¿no habla entonces cuatro idiomas? -¡Dios
mío! ¿Cómo va a haber un perro que haga eso? Mire: sólo castellano... ¡y
con acento gallego! Y
digo yo: esa persona tan despreciable, tan odiosa, tan miserable, a la que es
imposible querer, ¿no sabrá quizás hablar castellano con acento gallego? Algo
sobre olores Bien
conocida es el aula de audiencias del Vaticano llamada "aula Nervi",
construida durante el pontificado de Pablo VI. Familiar resulta a cualquiera la
escultura de Cristo resucitado, obra del artista italiano Pericle Fazzini,
situada detrás del estrado en el que se ubica el sillón del Romano Pontífice. El
arquitecto Pier Luigi Nervi, al explicar a Pablo VI las características de la
enorme sala, le comentó: -Santidad,
hemos estudiado también la renovación del aire, porque..., la gente es
buena..., pero despide malos olores... La
posición del arquitecto era comprensible; no podía descuidar asuntos de orden
práctico como aquél. Pero el Papa quiso situar el tema a otro nivel: --¡No,
no! La gente es buena y la bondad está siempre perfumada. Cfr.
C. Cremona, Pablo VI Perdón
auténtico El
valeroso Cardenal polaco Wyszyinski, padeció varios años de duro
encarcelamiento sin juicio previo, por la mera arbitrariedad del régimen
comunista que gobernaba su país. El
8 de diciembre de 1953 hizo "un pacto definitivo" con la Virgen María
de dedicarse por su conducto "como esclavo" a Jesucristo, según la
enseñanza de San Luis Grignion de Monfort. El Cardenal atribuirá a esta
consagración el que "nunca hubiera guardado ni la más mínima sombra de
rencor a nadie". Mucho antes de su liberación confiará a alguien que
consigue verle: -Bien
es cierto que estos señores del gobierno han cometido una gran injusticia
conmigo, al privarme de mis derechos de ciudadano libre. Sin embargo, yo no les
deseo a ellos otro tanto. En verdad que no sabría causarles el menor disgusto.
No creo mentir si digo que nunca he faltado al amor, no sólo respecto a mis
amigos sino también respecto de mis enemigos, a quienes transformo en mi
corazón en hermanos. Cfr.
Cardenal Stefan Wyszynski, Un Obispo al servicio del Pueblo de Dios CASTIDAD Un
curioso espectáculo Alguna
vez habremos oído decir: "es que la Iglesia considera que el sexo es algo
vergonzoso". No hay tal; tampoco ha enseñado nunca que el dinero sea algo
vergonzoso, y, sin embargo es evidente que de él se puede hacer un uso digno,
incluso merecedor de aplauso, y que también cabe emplearlo con móviles
miserables y abyectos. Que
no siempre funciona bien el instinto sexual, parece claro. C.S. Lewis
pone un curioso ejemplo en su libro Mero cristianismo. Un número considerable
de gente acude a un local para presenciar un espectáculo de streap-tease. Puede
pensarse que es algo normal, sin mayor importancia. Supongamos que en un país
la gente -seres suficientemente alimentados- suele acudir a los teatros para
contemplar el siguiente espectáculo: en el escenario hay una fuente (no de
agua, claro, sino de las que contienen alimentos). Se levanta lentamente la
tapa y el público logra contemplar una chuleta de cordero o una loncha de
tocino. Seguramente pensaríamos que el público babeante que se extasía ante la
chuleta de cordero no "funciona" del todo bien, que algo le falla. Sin
comentarios. Por
qué esperar hasta el matrimonio Angela
Ellis-Jones, abogada británica de 35 años, no puede sentirse en desventaja ante
lo que suele llamarse una mujer "liberada". Ha dirigido una
asociación universitaria, ha intervenido muchas veces en programas de
televisión y ha sido candidata al Parlamento. No es creyente. Pero cuando
escribe en el "Daily Telegraph" (12-XII-1996) sobre castidad, dice lo
siguiente: "Hoy día, la mayoría de las mujeres sostienen su derecho a la
libertad sexual. Pero la única libertad sexual que yo he deseado es la de estar
felizmente casada. Desde mi adolescencia sabía que había de guardarme para el
matrimonio, y nunca he tenido la más mínima duda sobre mi decisión". Es
interesante ver el porqué de esa decisión de guardarse para algo: "La
castidad antes del matrimonio es una cuestión de integridad. Para mí, el
verdadero sentido del acto sexual consiste en ser el supremo don de amor que
pueden darse mutuamente un hombre y una mujer. Cuando más a la ligera entregue
uno su propio cuerpo, tanto menos valor tendrá el sexo". No
le falta el sentido común al afirmar más adelante: "Quien de verdad ama a
una persona, quiere casarse con ella. Cuando dos personas tienen relaciones
sexuales fuera del matrimonio no se tratan una a otra con total respeto. Una
relación física sin matrimonio es necesariamente provisional: induce a pensar
que aún está por llegar alguien mejor". En
medio del martirio Uno
de los documentos más bellos que nos han llegado del tiempo de las
persecuciones en los comienzos del cristianismo -y de los más hermosos entre
toda la literatura cristiana primitiva- es la Passio de las mártires Perpetua y
Felicidad. (El lector interesado puede encontrar una edición bilingüe en la
BAC, a cargo de Daniel Ruiz Bueno, que es la obra titulada Actas de los
mártires.) En ella se nos narra el martirio de tres catecúmenos, Revocato,
Saturnino y Secúndolo, del diácono Sáturo, y de dos jóvenes mujeres: Vibia
Perpetua, de veintidós años, de noble familia, que estaba criando hijo pequeño,
y su esclava Felicidad, que se encontraba encinta y dará a luz a su niño en la
cárcel poco antes de morir. El documento que nos informa de los hechos está
redactado en parte por Perpetua -es su diario-, por el diácono Sáturo y, se
cree que también por Tertuliano, que, contemporáneo de los hechos, debió ser el
editor de la Passio. El
martirio ocurre bajo Septimio Severo, en el año 203, en la ciudad de Turba,
cercana a Cartago. En medio de un acontecimiento tan trágico y desgarrador,
como es la muerte de estas mujeres por medio de las fieras que las destrozan,
brilla de repente un detalle emocionante de pudor: Perpetua, al caer herida,
tiene el rasgo de cubrirse la pierna sangrante con la túnica para que no quede
expuesta a la mirada de los curiosos. Relato
de un náufrago Ese
es el titulo de un famoso libro de Gabriel García Márquez. Relato de corte
periodístico, según la narración que el auténtico protagonista le hizo de su
epopeya -diez días en una balsa a la deriva, sin comer ni beber-, allá por el
año 1955. Luis
Alejandro Velasco, cuando ya estaba a punto de pisar tierra, tenía entre los
dientes una medalla de la Virgen del Carmen. Ya faltaba poco para llegar a la
orilla, pero los zapatos y la ropa le pesaban enormemente. Y cuenta: "Pero
aun en esas tremendas circunstancias se tiene pudor. Pensaba que dentro de
breves momentos podría encontrarme con alguien. Así que seguí luchando contra
las olas de resaca, sin quitarme la ropa, que me impedía avanzar, a pesar de
que sentía que estaba desmayándome a causa del agotamiento". Tentaciones
sin diálogo Cuando
es muy joven Santa Catalina de Siena, muy en los comienzos del camino de gran
exigencia que se había trazado, Dios permitió que la asaltaran abundantes y
fuertes tentaciones contra la castidad. Ella reforzaba su oración y sus
mortificaciones. Para que dejase su propósito de virginidad, una voz interior
le hablaba con palabras suaves y benevolentes: -¿Por
qué, pobrecita, te afliges tanto por nada? ¿De qué te sirve padecer así? ¿Crees
acaso poder continuarlo? Es imposible, a menos que quieras matarte a ti misma y
arruinar tu cuerpo. Antes de llegar a tanto, termina con las tontadas. Estás a
tiempo de gozar del mundo. Luego
le hablaba de la bondad de tomar marido y engendrar hijos para acrecentamiento
del género humano... Todo era disfraz de cordura realista y de beneficios
espirituales. Buena astucia. Pero Catalina se daba cuenta de que no debía
descender a la controversia: "Como una mujer honrada no debe responder a
un hombre disoluto". Y jamás entró en diálogo con el enemigo. Lo que hizo
fue unirse más a Cristo. "Confío en el Señor y no en mí". Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia CIELO Eso
importa Ya
sabía el doctor Ortiz de Landázuri que le quedaba poco tiempo de vida cuando
una periodista del Diario de Navarra, Isabel Artajo, le solicitó una
entrevista. A Don Eduardo le interesaba que su familia quedara a cubierto de
necesidades en el momento en que él les faltara. Lo que menos le importaba era
el modo en que le enterrarían: -Me
da lo mismo una sepultura, un nicho o una fosa común. Ni tengo dinero ni
vanidad para ocupar un panteón. También
habló del lugar al que quería ir: -Eso
es lo único que me preocupa: ir al Cielo. Sí, creo en el Cielo. El lugar donde
gozaré de la presencia de Dios. Cfr.
E. López-Escobar y F. Lozano, Eduardo Ortiz de Landázuri Estar
ya cerca Un
sacerdote chileno, con sus buenos ochenta años ya a cuestas -aunque no los
representa- y en activo, y muy activo, refiere a un escritor español detalles
de su vida de servicio a Dios. Don Sergio, entre otras cosas, ha creado una
fundación que lleva diecinueve hogares en los que se atiende a dos mil ancianos
abandonados, más un comedor que da de comer a unos trescientos pobres cada día.
¿Que por qué es tan feliz? Motivos tiene diversos para estar contento,
comenzando por su misma vida sacerdotal. Pero sobre todo: -Me
encuentro en la mejor edad de mi vida, porque pienso que estoy cerca de conocer
a Dios cara a cara. Cfr.
J.L. Olaizola, Guía de curas con encanto Monte
del Gozo Llegaban
de toda Europa, tras soportar no pocos sacrificios y penalidades, con la mirada
puesta en la tumba del Apóstol y una fe que no admitía límites: tan grande como
las catedrales que edificaban por aquellos siglos. Tras haber lavado sus
cuerpos en el río, dejando en las agua el polvo de muchos caminos, el último
esfuerzo consistía en superar el Monte del Gozo, y ya avistaban las
torres y el caserío de Santiago. Entonces entonaban el universal
"¡aleluya!" y cantaban y gritaban en las más diversas lenguas. Lo
anterior ya estaba olvidado ante la vista de la ansiada meta. Algo
parecido y no de menor emoción debió sentir el israelita que, viniendo de
lejos, veía por fin la ciudad de Jerusalén y el Templo: ¡la casa del
Señor! El peregrino se emocionaba y cantaba: "¡qué alegría cuando me
dijeron: vamos a la casa del Señor...!" (salmo 121). El
cristiano contempla la vida eterna, el Cielo, desde la atalaya de su existir
cotidiano, y bien puede exclamar con gozo: ¡qué alegría saber que al final del
camino se encuentra la casa paterna, la morada del Señor! La
llegada del campesino Recordaremos
siempre con cariño a los famosos hermanos Grimm (Jacob Ludwig, fallecido en
1863, y Wilhelm, en 1859) por cuentos tan universales como
"Caperucita", "El sastrecillo valiente" o
"Cenicienta". Tienen uno delicioso, que trata de cómo un pobre
aldeano coincidió en la puerta misma del Cielo con un individuo que había sido
muy rico en este mundo. Abrió
San Pedro la entrada del Paraíso y dejó pasar al segundo, sin darse cuenta de
la presencia del primero. Curioso: el aldeanito oyó muy bien con cuánto
regocijo y con cuánta música era recibido el rico en las moradas celestiales.
Cuando se hizo un poco de silencio aprovechó para llamar a la puerta, abrió San
Pedro y le franqueó la entrada sin mayor dificultad. Él esperaba también una
acogida entusiasta y festiva, a base de canciones, bailes y demás jarana, pero
los ángeles y los bienaventurados, aunque afectuosos, no se lanzaban a la cosa
musical. Así las cosas, optó por interrogar a San Pedro por qué había esa
diferencia de trato entre uno y otro (no estaba de acuerdo, por lo que se ve,
con esa parcialidad), y el guardián del Cielo respondió: -¿Parcialidad?
No, qué va. A ti te queremos como a los demás. Gozarás plenamente de la
felicidad de Dios, igual que ese rico. Lo mismo. Pero date cuenta de que
campesinos pobres como tú vienen aquí a diario. Y, en cambio, un señor como
ése, tan rico, sólo llega cada cien años, más o menos. Por
fuera y por dentro Llama
la atención que el Beato Enrique de Ossó vislumbrara en qué lugar iba a ser
enterrado, sin tener datos precisos sobre este particular. El caso es que un
día sus hijas teresianas le habían preguntado acerca de esta cuestión y él
había hablado de un lugar tan querido como Nuestra Señora de Montserrat, para
añadir acto seguido que también podría acogerse a los Padres Franciscanos
(desconcertante alusión a unos religiosos con los que no tenía trato especial;
todavía los Carmelitas...). Pero
muy poquito después se encontraba predicando unos Ejercicios Espirituales a los
Franciscanos del Monasterio de Sancti Spiritus, en Gilet (Valencia), y allí le
sobrevino inesperadamente la muerte y allí recibió su primera sepultura. El 27
de enero de 1896 conversaba con un hermano lego en el jardín, ya atardecido el
día, cuando se veían brillar las estrellas, y en el momento de despedirse para
ir a la habitación, se quedó mirando al firmamento y dijo: -¡Qué
hermosa la luna...! ¡Qué cielo tan bello, hermano...! Si por fuera es tan
hermoso, ¡qué será por dentro! Unas
horas después volaba al Cielo ese hombre tan santo y ya lo pudo contemplar
"por dentro", a sus anchas y para siempre. Cfr.
M. González, Don Enrique de Ossó Hablar
con Shakespeare Le
preguntaban a un conocido catedrático de Política Económica sobre el más allá.
Con buen humor respondió que, si tenía la suerte de llegar al Cielo, lo primero
que diría sería: -Que
me traigan a Shakespeare, que quiero hablar con él. Luego
pasó a explicar que llevaba bastantes años dedicándose al idioma inglés, y
todavía sólo había logrado medio hablarlo; así que en el Cielo quería tener el
disfrute de conversar fluidamente en ese idioma y nada menos que con el señor
Shakespeare; ¡ahí es nada.! Su
mujer, andaluza y con buen acento del sur, le "reprendió": -¡Ay,
hijo, qué corto eres! ¡Yo no voy al Cielo para eso! Cfr.
J.L. Olaizola, Más allá de la muerte Muerte
mística Un
día Catalina de Siena se siente morir, agoniza. Yace sobre una tarima y la
rodean varias compañeras suyas Hermanas de la Penitencia (la orden tercera a la
que pertenece). El biógrafo Papàsogli dice muy bellamente que "la escena
está armonizada como en una pintura de Giotto, por las líneas onduladas y
amplias de los grandes hábitos blancos y negros, huecos y solemnes, reclinados
en torno a la Santa". El semblante está sereno, radiante; los ojos
cerrados, casi sin respiración. Las mujeres lloran, y acaba por llorar el
confesor y alguno más que anda por allí. No
se la siente respirar. Pasa cuatro horas de muerte mística. Luego vuelve a la
vida, abre los ojos, mira alrededor y, en medio de la alegría de los
circunstantes, ella rompe a llorar al advertir que se han terminado tantas
maravillas como el Señor le ha hecho conocer en esas horas, o siglos, que han
transcurrido; siente nostalgia del Paraíso, le resulta dura la tierra a la que
ha vuelto. Pero
el Señor le ha recordado la gran labor que hay pendiente en la tierra: la
salvación de todos. Ahora la voluntad divina es que cambie el encerramiento que
mantiene en su casa, y se lance por el mundo en eficaz actividad apostólica. Y,
en efecto, desde ese instante la vida de la Santa cobra un nuevo rumbo. Se
mueve de ciudad en ciudad, habla a la gente, escribe, remueve, convierte... Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia COMUNIÓN
DE LOS SANTOS No
se corre para uno Sitúo
este hecho de la vida misma -según el relato oral que ha llegado hasta mí- en
la población castellana de Venta de Baños, donde se celebraba un cross de
cierto renombre; tanto es así que habían venido a competir atletas extranjeros
de buen nivel. A
poca distancia de la meta cayó al suelo el muchacho que ya se perfilaba como
vencedor, accidente que permitió que varios lo rebasaran. El chico ni se
levantó del suelo, por la desolación de ver cómo se le esfumaba un sueño
maravilloso que ya estaba a punto de hacerse realidad. Acudieron varios
compañeros a consolarlo, pero el entrenador fue muy duro, y sin paños calientes
le recriminó por su conducta: -Tú
no corres para ti; tú corres para el equipo. Si te hubieras levantado, el
equipo habría ganado la prueba. CONCIENCIA Valores
permanentes Cuenta
Peter Kreeft que un día, en una de sus clases de ética, un alumno dijo que la
moral era algo relativo y que como profesor no tenía derecho a imponer valores
propios. Kreeft quiso entrar al debate y lo hizo así: -De
acuerdo. Voy a aplicar tus valores a la clase, no los míos. Como dices que no
hay absolutos, y que los valores morales son subjetivos y relativos, y como
resulta que mi conjunto particular de ideas personales incluye algunas
particularidades muy especiales, ahora mismo voy a aplicar ésta: todas las
alumnas quedan suspendidas. Comenzaron,
cómo no, las protestas, en cuanto se recuperaron de la primera impresión,
diciendo que aquello no era justo. Pero el profesor argumentó: -¿Qué
significa para ti ser justo? Porque si la justicia es sólo un valor o tu valor,
entonces no hay ninguna autoridad común a ti y a mí. Yo no tengo derecho a
imponerte mi sentido de la justicia, pero tú tampoco a mí el tuyo... CONFESIÓN
SACRAMENTAL Se
sentía ligero Me
lo cuenta un amigo y tomo nota enseguida. Sorpresa al llegar a casa y encontrar
un aviso telefónico de un sobrino de siete años, Juan, que es la primera vez en
su vida que le llama. Marca el número de la casa y descuelga su padre: -Sí,
ahora te lo paso. -Tío,
hoy me he confesado. -Muy
bien, y ¿qué tal? -Estoy
muy contento; el cura era muy simpático, y... ahora lo estamos celebrando aquí,
en casa, con una pizza. Se
queda sorprendido por todo lo que oye. Pero el chaval prosigue: -¡Tío,
voy más ligero! Se
pone la madre: -Está
contentísimo. Dice a todo el mundo que ha hecho su primera Confesión y que va
muy ligero. Confesión
de niña Debía
de tener sólo seis años y fue a hacer su primera Confesión. Se llamaba Thérèse
Martin; con el tiempo la conoceremos como Santa Teresa del Niño Jesús. En la
catedral de Lisieux, ciudad a donde ya había ido a vivir la familia Martin,
estaba sentado en un confesonario el sacerdote apellidado Ducellier, el cual
abrió la ventanilla al notar que alguien se había acercado a recibir el
sacramento, pero no vio a nadie. No vio a nadie, porque la niña era tan pequeña
que no llegaba a esa altura. Tuvo que confesarse de pie. Preparada
cuidadosamente por su hermana Celina, se preguntaba si debería decir al
sacerdote que le quería con todo el corazón, ya que él era el representante de
Dios. De la alegría que le produjo la primera Confesión da buena fe esta
anotación de la Santa: "A partir de entonces, volvía a confesarme en todas
las grandes fiestas, y era para mí una verdadera fiesta cada vez que lo hacía". Cfr.
Mons. Guy Gaucher, Así era Teresa de Lisieux Empezar
de cero Una
de la mejores películas del año 1995, dirigida por Robert de Niro -su primera
aventura como director cinematográfico- fue "Una historia del Bronx".
De Niro, que se conoce bien el ambiente de ese barrio neoyorkino, porque él
mismo se crió en los escenarios del film, presenta los recuerdos de un chico en
la infancia y en la primera juventud. A la edad de nueve años, el pequeño
Calógero -excelentemente interpretado por el niño Francis Capra- es testigo
presencial de un asesinato cometido por un gángster de origen italiano,
Sonny, amo y señor del barrio, pero no le delatará a la policía, cuando le
piden que lo identifique, porque piensa que no debe convertirse en un soplón.
Sin embargo le remuerde la conciencia, porque, miradas las cosas desde otro
punto de vista, le resulta claro que no ha obrado bien. El
pequeño va a su parroquia a confesarse y, entre las pequeñas travesuras de las
que tiene que acusarse, expone que ha sido testigo de un crimen y que no ha
facilitado la labor de la policía. El sacerdote pone cara de sorpresa, pero
ante el deseo del niño de no dar más detalles, no insiste en preguntar y le da
la absolución tras imponerle unos padrenuestros de penitencia. Es todo un poema
ver la cara de Calógero de alivio y felicidad cuando abandona el templo. La voz
"en off" narradora de los acontecimientos, que es la del muchacho
relatando sus recuerdos a la edad de diecisiete años, hace este ajustado
comentario: -Qué
suerte ser católico, porque gracias a la Confesión puedes partir de cero. La
amaba más Tiene
Santa Catalina de Siena una cuñada llamada Lisa, casada con su hermano
Bartolomé. Una mañana Lisa sin decir nada a nadie va a un templo apartado y
hace confesión general. Cuando regresa a casa Catalina le dice: -Lisa,
eres una buena hija. La
cuñada se muestra sorprendida, pero Catalina le hace ver que no se le ha
escapado el detalle -¿cómo podía saberlo?- y que está al tanto de lo que acaba
de hacer. Y añade: -Te
amo de todo corazón y te amaré siempre, por lo que has hecho esta mañana. Sin
comentarios... Cfr.
G. Papàsogli, Santa Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia Tenía
que ser el obispo En
el mes de octubre de 1995 se abría en Madrid el Proceso de Beatificación y
Canonización de Mons. José María García Lahiguera, que fue Obispo Auxiliar de
Madrid desde 1950, luego Obispo de Huelva (1964) y finalmente Arzobispo de
Valencia (1969). Falleció santamente en 1989. Un sacerdote de la diócesis de
Madrid -D. Victoriano Rubio, párroco de Ntra. Sra. de la Concepción de Ciudad
Lineal- ha escrito un testimonio bien interesante del valor que D. José María
daba a la Confesión. Cuenta
que tenía un enfermo de la parroquia hospitalizado en el Sanatorio de San
Nicolás (ahora de la Fuensanta), y que al ofrecerle los últimos sacramentos
contestó que como no fuera el Obispo, él no se confesaba. La verdad es que hay
gente curiosa: ¿qué mosca le picaría? ¿Sería una excusa? Vaya usted a saber.
Pero así, como suena: tenía que ir el Obispo en persona. El caso es que se
enteró D. José María y no lo dudó un segundo. Salió inmediatamente para el
sanatorio y aquel buen hombre se emocionó como un niño cuando vio a un Obispo a
su lado y dispuesto a atenderle con la mayor solicitud. Para D. José María
aquella era un alma que merecía la pena cualquier esfuerzo y no dio al asunto
mayor importancia. Sobre
la marcha San
Juan Bosco sabía como nadie ganarse a los muchachos y tenía a cientos de ellos
a lado. Se divertían de lo lindo con él, pero no descuidaba el que los sábados
por la tarde y los domingos se acercaran al sacramento de la Penitencia. Sabía
muy bien que algunos se hacían los remolones y en estos casos tomaba la
iniciativa y les lanzaba un cable. Por ejemplo, llamó un domingo a uno de los
chicos, que no hacía más que jugar, a la sacristía, y le invitó a
arrodillarse en el reclinatorio (la narración se debe a Don Bosco, en Memorias
del Oratorio). -¿Para
qué me quiere? -Para
confesarte. -No
estoy preparado. -Lo
sé. -¿Entonces? -Entonces
prepárate, y después te confesaré. Don
Bosco tenía confianza de sobra para actuar así y sabía que no violentaba la
voluntad de su amigo. El
chaval exclamó: -Bien,
muy bien; lo necesitaba, me hacía falta; ha hecho bien en cogerme así; de lo
contrario, aún no habría venido a confesarme por miedo a los compañeros. A
partir de ese día fue uno de los más asiduos penitentes de Don Bosco y solía
contar a sus amigos la estratagema que el buen sacerdote había empleado para
"cazarle". Juan
Pablo II y Vianney El
Papa Juan Pablo II recuerda en su libro Don y Misterio, aparecido con ocasión
del quincuagésimo aniversario de su sacerdocio, muchos momentos de su dilatada
vida. Cuando era joven sacerdote e iba haciendo estudios en Roma, pasó en un
viaje por la aldea de Ars; era a finales de octubre de 1947. Se
emocionó al visitar la iglesia donde confesó tanto el Santo Cura, Juan María
Vianney. Ya le había impresionado su figura en la época de seminarista, sobre
todo con la lectura de la biografía de Trochu. Escribe el Papa: "San Juan
María Vianney sorprende en especial porque en él se manifiesta el poder de la
gracia que actúa en la pobreza de medios humanos. Me impresionaba
profundamente, en particular, su heroico servicio de confesonario. Este
humilde sacerdote que confesaba más de diez horas al día comiendo poco y
dedicando al descanso apenas unas horas, había logrado, en un difícil periodo
histórico, provocar una especie de revolución espiritual en Francia y fuera de
ella. Millares de personas pasaban por Ars y se arrodillaban en su
confesonario". Y
un poquito más adelante añade: "Del encuentro con su figura llegué a la
convicción de que el sacerdote realiza una parte esencial de su misión en el
confesonario, por medio de aquel voluntario hacerse prisionero del confesonario". CONTRICIÓN Una
cédula en la que nada había Entre
la flor de milagros jacobeos está el de un gran pecador venido de la lejana
Italia, allá por la Edad Media y en tiempos del santo Obispo Teodomiro, para
obtener la remisión de sus culpas, que no eran pocas ni leves. Lo narró con
maestría Torrente Ballester; aquí se hará breve resumen. Era
un pecador como pocos habrá habido. Tan grande, que ni el cura de su parroquia,
ni aun su Obispo propio, se atrevieron a absolverle, sino que dispusieron que
marchara a Santiago en peregrinación como penitencia extraordinaria y allí
buscara el perdón de tanto delito. Podían haberlo enviado al Romano Pontífice,
que autoridad tiene de sobra, pero se ve que prefirieron que la absolución no
estuviera tan al alcance de la mano. Y
para Compostela salió, llevando una carta de puño y letra de su prelado donde
se especificaban los muchos y tremendos pecados del penitente. Llegó bien
dolido de sus fechorías y bien mortificado por las prolongadas caminatas e
incomodidades del largo viaje. Nada más llegar, acongojado por los sollozos, el
pecador depositó el documento bajo el mantel del altar principal del templo
compostelano, y se quedó orando en silencio. Llegó
la hora en que el beato Teodomiro celebraba la Santa Misa, y su mano descubrió
el pergamino oculto bajo el mantel. Lo tomó, vio los sellos y, antes de
rasgarlos, preguntó a los presentes sobre la carta. Nadie contestaba, antes
bien, se miraban unos a otros, sorprendidos, hasta que el italiano se adelantó
con lágrimas y, arrodillado, humillado, confesó ser él quien había depositado
aquella carta y que bien le concernía el asunto. Sólo pedía que el santo Obispo
mirara el contenido, lo leyera públicamente para escarnio de tan gran pecador,
y después le otorgara la absolución. Los
asistentes estaban conmovidos. Cuando el Obispo rompió sellos y desató lazos,
vio con sorpresa que la carta no contenía absolutamente nada. Entonces
comprendió que el Apóstol acababa de obrar un milagro: el penitente quedaba
libre de su vergüenza, al mismo tiempo que resultaba evidente que Dios ya le
había perdonado. Por ello, la absolución episcopal sobre su cabeza no haría más
que corroborar aquel perdón. Y Teodomiro, ante la emoción general, alzó la mano
y pronunció las palabras del rito sacramental: Ego te absolvo a peccatis
tuis.... Cfr.
G. Torrente Ballester, Compostela y su ángel Se
siente infame Bernadette
Soubirous, la vidente de Lourdes, se consume lentamente durante una larga y
penosa enfermedad en el convento de Nevers donde ha profesado como religiosa.
Cuando ya le queda poca vida, un profundo dolor le asalta a esta criatura
sencilla y pura: siente que en su vida pasada se ha portado infamemente. La
religiosa que la acompaña no da crédito a la confidencia de Bernadette; le
parece imposible que un ser tan angelical como el que ella conoce, y muy bien
que lo conoce, pueda pronunciar las palabras duras que acaba de escuchar.
Bernadette piensa en su madre. -¡Ya
hace más de diez años que tu madre ha muerto! -...Ella
había preparado una sopa de ajos y acababa de servirme un plato. Yo estaba de
muy mal humor. Dios sabrá por qué, y empecé a rezongar: "¡Déjame en paz de
una vez por todas con tu eterna sopa de ajos. Ni siquiera puedo soportar el
olor..." ¡Y pensar que realmente he dicho eso!... La
verdad es que la familia Soubirous había vivido en unas condiciones materiales
de extrema pobreza, y la buena Louise, la madre de la vidente, se las veía y se
las deseaba para poder dar algo de comer a los hijos. -Pero
de eso ya ha pasado mucho tiempo. Más de dieciséis años, ma soeur. -No,
no. Nada existe que pueda haber pasado hace mucho tiempo. Todo está presente
-exclama entre lágrimas -¡Mi pobre madre ha pasado una vida muy triste, y yo me
porté siempre tan mal con ella! Cfr.
F. Werfel, La canción de Bernadette Surcos
de lágrimas Es
una piadosa tradición y, posiblemente, una simple leyenda, pero es interesante.
Cuentan que San Pedro, todos los días, al oír cantar a un gallo, se echaba a
llorar porque se acordaba de la triple traición a Cristo, y que las lágrimas
habían grabado surcos en sus mejillas. Por cada negación le salía del alma
exclamar: "Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo" (Jn 21,17). Es
imposible que las lágrimas abran hendiduras en un rostro: hasta aquí la
leyenda. Pero es bien verosímil que para San Pedro el canto del gallo tuviera
una resonancia muy especial. Y en aquellos tiempos debía ser muy difícil no
tener cerca del propio domicilio, incluso en una urbe como Roma, un corralito
con algún gallo dispuesto a avisar a los vecinos de la llegada del nuevo día.
Cuántos actos de contrición debió hacer aquel gran hombre. Abrazado
a Cristo En
la ciudad de Wurzburgo, en la Baviera alemana, hay en la cripta de un templo
una Cruz muy famosa, de gran valor artístico, con su correspondiente
Crucificado. Y hay en ella algo muy curioso: tiene sus manos libres de los
clavos y las ha cruzado sobre el pecho. El Crucifijo es objeto de una piadosa y
vieja leyenda. Resulta
que una noche entró a robar en el templo un ladrón. Se acercó al gran Crucifijo
y vio que sobre la cabeza del Señor había una valiosa corona cuajada de piedras
preciosas. No dudó ni un instante en hacerse con ella para venderla y obtener
dinero contante y sonante. Subió a la Cruz. Trató de coger la corona, pero,
ante su gran estupor, las manos de Cristo se ciñeron en torno a su cuerpo.
Sintió escalofríos de terror. Sus ojos, casi fuera de las órbitas, contemplaban
los ojos de Jesús a escasos centímetros de distancia. No podía soltarse
del abrazo. Y así estuvieron largo tiempo mirándose los dos cara a cara. Las
lágrimas comenzaron a correr a raudales por las mejillas del malhechor, que no
cesaba de pedir perdón a Dios por sus múltiples pecados, hasta que al final fue
el mismo ladrón quien se abrazó fuerte al cuerpo herido del Crucificado. Cuando
amaneció seguían unidos en estrecho abrazo. ¡La
mirada de Jesús! San Lucas nos cuenta que el Señor se volvió y miró a Pedro,
tras las repetidas negaciones, y que éste salió fuera y lloró amargamente su
pecado (cfr. 22,61-62). Cfr.
A. Filchner, Venid niños y escuchad En
Uganda Años
1993, febrero. Juan Pablo II llega a Uganda, un país terriblemente flagelado
por la enfermedad del sida. Alguien dice que en Uganda la industria más floreciente
es la fabricación de ataúdes. Basta señalar que el 20 por ciento de la
población es sieropositiva. En
el encuentro con los jóvenes, una chiquilla de unos catorce años, Verónica
Chansa, en estado terminal, delgada, cuenta al Papa con un hilo de voz su
propia historia: fue violada por unos hombres al bajar del autobús que la
llevaba al colegio y contrajo el sida. Los que la oyeron se quedaron con el
corazón en un puño, porque dijo como en un susurro: -Santo
Padre, dígales a los hombres que no sigan siendo malos, que no hagan más lo que
a mí me han hecho... Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano Sí
se arrepiente... El
conocido escritor catalán Gironella tiene la sencillez de relatar algo de lo
que siempre se ha arrepentido. No es como tantos "famosos" que en la
revistas aseguran que jamás se han arrepentido de nada. Él reconoce que fue
cobarde y no dio un paso que debería haber dado. Era
durante la guerra del Vietnam, por los años 60. Se encontraba con su mujer -el
matrimonio no ha tenido descendencia- y les ofrecieron adoptar a una niña que
había perdido a sus padres en un bombardeo. La pequeña, de un año de edad, en
su cunita blanca, inmóvil, con sus ojos oblicuos, no tenía a nadie en este
mundo. La esposa del escritor no lo dudó un instante: -Nos
la llevamos. Pero
él tuvo miedo a la responsabilidad que contraía: -¡No
nos la llevamos! Pasados
los años refiere cuánto se ha arrepentido de aquella, que califica, torpe
decisión. Ahora esa niña sería su hija, habría estudiado en la universidad;
quizás medicina... Cfr.
J.L. Olaizola, Más allá de la muerte CONVERSIÓN Plan
pastoral Jean
-Marie Lustiger, judío converso, Cardenal Arzobispo de París desde febrero de
1981, es preguntado sobre cuál es el punto más importante de su plan pastoral
sobre la diócesis que el Papa Juan Pablo II le ha confiado. La respuesta es
sencilla y, para alguno, quizá sorprendente: -El
punto central del plan pastoral es la conversión del Obispo. La
necesidad de vivir una continua conversión se acentúa, sin duda, en aquéllos
que se ven rodeados de mayores responsabilidades. Condenado
a muerte El
1 de octubre de 1957, a las cinco de la madrugada, un preso moría guillotinado
en la prisión parisina de la Santé. Este hombre -Jacques Fesch- había
terminado su diario, dedicado a su hija, con estas palabras: "Dentro de
cinco horas veré a Jesús. Ojalá que aguante el golpe. ¡Ayúdame, Virgen Santa!
Adiós a todos y que el Señor os bendiga!" Se había despedido del
preso que vivía en el piso de arriba, diciéndole: -Estoy
persuadido de que nos volveremos a ver. ¿Sabes?, cuando nos encontremos allá
arriba, creo que te reconoceré por tu voz. Así que te digo simplemente: hasta
la vista. Y, mientras tanto, si te encuentras algún día con mi hija, dile
cuánto me arrepiento, cuánto la quiero... Jacques
Fesch no tenía veinticuatro años cuando, el 25 de febrero de 1954, después de
separarse de su mujer e hija, cometió un atraco del que resultó muerto un
policía. Una vez en la cárcel rechazó toda ayuda del capellán; era un
ateo convencido -decía Jacques de sí mismo-, no valía la pena que se
molestara. Luego vino la conversión, en la que tuvieron bastante que ver
la fe y los argumentos de su abogado, que le llevaron, primero a
"intentar creer" y, luego, con la gracia divina, a creer de
verdad, "con certeza absoluta", según testimonio del propio
protagonista. La
fe no le libró de la muerte, pero le dio ánimos. Ofreció ese trance
especialmente por su familia y por su víctima: "No existe un Dios policía.
El castigo que me espera no es una deuda que debo reembolsar, sino un don que
Dios me hace". Cfr.
"Mundo Cristiano", nº 395 (Editorial Palabra ha publicado en 1995 el
diario de J. Fesch: Dentro de 5 horas veré a Jesús). Ahí
estaba la verdad La
pista de Edith Stein se pierde en el momento en que se la llevan al campo de
exterminio de Auschwitz, del que nunca saldrá. Es de suponer que murió en
alguna cámara de gas en el año 1942. Esta mujer excepcional, beatificada por
Juan Pablo II, había nacido en Breslau, en el 1891, de familia judía. En su
juventud no había practicado religión alguna. Adscrita a la escuela
fenomenológica, llegó a ser profesora auxiliar de Husserl y discípula
predilecta de este maestro. No
es fácil describir el itinerario que lleva a una persona a la fe. La gracia se
sirve de circunstancias y sucesos, a veces aparentemente insignificantes, para
conducir suavemente hacia la verdad y la entrega a un determinado ser humano.
Pero es seguro que un hecho fue decisivo en la conversión de Edith.
Corría el año 1921 y fue a pasar unos días de vacaciones de verano a casa de
una familia amiga -los Martius, protestantes-, en Bergzabern. Allí, en un
momento de aburrimiento, husmeando en la biblioteca, encontró el libro de la
Vida de Santa Teresa (la autobiografía de la Santa, que no estaba allí por
casualidad, sino que se trataba de un regalo que a Edith habían hecho tiempo
antes unas amigas católicas: Pauline y Ana Reinach; ella había dejado el libro
en aquella casa sin prestarle atención). Comenzó a leerlo y ya no pudo parar
hasta el final. Cuando lo hubo cerrado, exclamó: "¡esta es la
verdad!" Curioso
es ver cómo una monja española del siglo XVI -pero gran santa- revoluciona la
vida de una intelectual del siglo XX. Edith se bautiza en 1922 y toma el hábito
de la Orden del Carmelo, en Colonia, doce años después. Cfr.
E. Gil de Muro, Así era Edith Stein Descubre
el Padrenuestro Escribe
Tatiana Goritchéva en Nosotros, soviéticos conversos, -capítulo "Carta a
una amiga en Occidente. Conversión"-, los pasos de su vida hasta llegar al
cristianismo. Su formación marxista y atea, normal en la Unión Soviética, y el
nihilismo en el que se encontraba, al mismo tiempo que una aguda
insatisfacción, la iban trabajando cada vez más por dentro; también la influían
sus lecturas de los filósofos occidentales: Nietzsche, Sartre, Camus y
Heidegger, que, al menos, suponían un contacto con un pensamiento de libertad;
después estaba su interés por el yoga, en época de miedos, torturas interiores
y desesperanzas... Un
día se encontró que uno de los manuales de yoga proponía hacer un ejercicio con
el Padrenuestro. Se puso a leer esta oración de una manera meramente
automática, como lo exigían los ejercicios de yoga, pero después de leerla
varias veces, de repente, se sintió transformada: "Todo mi ser -escribe-
comprendió que Él existía, Él, el Ser vivo, personal que me ama y que ama a
toda la creación, el único que ha creado este mundo y que se ha hecho hombre
por amor, el Dios crucificado y resucitado". En ese instante creía, veía
claro el cristianismo y se encontraba salvada. En
París, como Claudel o como Frossard Narciso
Yepes, según cuenta él mismo, fue bautizado y nada más. No había recibido ni la
más mínima instrucción religiosa, ni había hecho la primera comunión, ni
practicaba, ni creía en nada; carecía de cualquier inquietud de orden
religioso. A la edad de veinticinco años, cuando todavía no era el músico de
fama mundial que llegaría a ser con el tiempo, encontrándose en París, acodado
en puente del Sena, miraba fluir el agua... Era por la mañana, exactamente el
día 18 de mayo de 1951. Y narra: -De
pronto, le escuché dentro de mí... Quizás me había llamado ya en otras ocasiones,
pero yo no le había oído. Aquel día yo tenía "la puerta abierta"... Y
Dios pudo entrar. No sólo se hizo oír, sino que entró de lleno y para siempre
en mi vida. La
entrevistadora pregunta si eso de que "se hizo oír" se ha de entender
en el sentido de que "oyó" palabras. Y responde Yepes: -Sí,
claro. Fue una pregunta, en apariencia muy simple, "¿qué estás
haciendo?" En ese instante todo cambió para mí. Sentí la necesidad de
plantearme por qué vivía, para quién vivía. Enseguida
buscó un sacerdote y se procuró instrucción religiosa. -Y
ya desde aquel momento nunca he dejado de saber que soy una criatura de Dios,
hijo de Dios... Un hombre con una cita de eternidad que se va tejiendo y
recorriendo ya aquí en compañía de Dios. Así como hasta entonces Dios no
contaba nada en mi vida, desde aquel instante no hay nada en mi vida, ni lo más
trivial, ni lo más serio, en lo que yo no cuente con Dios. Y eso en lo que es
doloroso, en el éxito, en el trabajo, en la vida familiar... En
mayo de 1997, Narciso Yepes tuvo su encuentro con la eternidad. No
engañaba Algunos
dijeron con ironía: "Después de engañar a todo el mundo, ha querido
terminar engañando a Dios". Hablaban de Talleyrand y su muerte. Charles-Maurice
Talleyrand-Périgord, más conocido por Talleyrand a secas, fue hombre de
ambición insaciable. Amigo del placer de vivir, del dinero, de la buena mesa,
del juego, del amor, diplomático y político incombustible... Perteneciente a
una familia noble, es destinado por sus progenitores a la carrera eclesiástica
sin que él sienta ninguna inclinación por ella. Pero acepta el sacerdocio y
alcanza el episcopado. Luego acaba por apostatar y por abandonar la práctica
religiosa. Pío VI lo excomulga en marzo de 1791. A
los ochenta y cinco años le llega la muerte y quiere ponerse en paz con Dios;
por ello se retracta de las ofensas causadas a la Iglesia. Le sucede, como a
tantos, que en ese momento supremo ven la vida de otra manera y la valoran con
arreglo a criterios que ya no pueden ser de mundana ambición, sino con
realismo. Por ello, no parece aceptable la ironía de los que hablaban de que
había querido engañar también a Dios. A esas alturas, ya no. Cfr.
VV. AA., Forjadores del mundo contemporáneo COSAS
PEQUEÑAS El
valor de un hijo Relata
una madre madrileña el nacimiento de su hijo Jaime, afectado por el síndrome de
Down, y más disminuido todavía a causa de una severa epilepsia, un síndrome de
West, que le deteriora el cerebro y le convierte en un deficiente profundo. El
paso de los años le ha demostrado que Jaime no es una "tragedia" para
la familia; más aún: le deben muchas cosas. Confiesa,
por ejemplo, que para ella ha supuesto una lección de humildad. A las madres
les gusta presumir muchísimo de hijos muy listos y muy guapos, y éste no es el
caso de Jaime; pero le quiere como querría a la más guapa y a la más
inteligente de las criaturas. También le ha enseñado a valorar las cosas
pequeñas, "aquellas que por ser cotidianas y corrientes -señala- van
perdiendo su valor. Todo el mundo busca en las personas grandes gestos, grandes
acciones... Él no las tiene ni nunca las tendrá. Ni siquiera habla, pero
he aprendido a disfrutar y a descifrar con él diminutos, gestos que nos han
unido y nos han permitido comunicarnos". Ocurre que menudencias -una
simple tos- llega a significar una petición de afecto, porque ha experimentado
que cuando tose siempre tiene a su madre al lado para investigar qué le pasa,
y, así, cosas insignificantes acaban por alcanzar un valor muy especial para
los que aman al chico, un niño al que se le quiere por ser quien es y tal como
es. Cfr.
Fundación Síndrome de Down de Cantabria, Revista, diciembre de 1994 Por
poco se empieza A
propósito del peligro de mundanización, o paganización, por ir aceptando
planteamientos, ideas y formas de vida poco de acuerdo con una concepción
cristiana de la vida, comenta el Cardenal Ratzinger (en las entrevistas del
periodista italiano Vittorio Messsori: Informe sobre la fe) el daño que han
sufrido algunas órdenes y congregaciones religiosas que, en vez de practicar
una sana reforma, se han dejado llevar hacia cierta relajación en su entrega a
Dios. Estas cosas no suelen suceder de repente, ni de la noche a la mañana,
sino a base de leves cesiones que no se cortan. Le
contaba un religioso que la disolución de un convento había comenzado en el
momento en que los frailes consideraron muy duro el sacrificio de levantarse
temprano para el rezo del Oficio Divino, tal como lo prescribe la liturgia y se
concretaba en sus Constituciones. Detrás de este relajamiento estaba el hecho
de que se quedaban hasta altas horas de la noche ante el televisor. En
los detalles El
arquitecto Mies Van Der Rohe, nacido en Aquisgrán (1886) y fallecido en Chicago
(1969), es considerado, junto a Le Corbusier y Gropius, uno de los mejores
arquitectos del siglo XX. Un gran ideal suyo, desde muy joven, será
"liberar a la construcción de las especulaciones estéticas y volver a
hacer del acto de construir lo que debería ser esencialmente: construir".
Es un hombre que ama la claridad, el orden, la exactitud en la proporción. Y
sobre todo podemos recordar de él esta enseñanza, algo que repetirá muchas
veces a lo largo de su vida: "Dios está en los detalles". Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo CRUZ Se
sube bajando Manuel,
un enfermo de un hospital psiquiátrico, llama la atención porque nunca se queja
de nada. Su cabeza no está enferma, sino su cuerpo, que sufre parálisis total
desde hace muchos años. En buena lógica no debería estar en ese centro
hospitalario, pero -cosas de la vida- allí ha quedado abandonado a su suerte
después de haber rodado por otros establecimientos del mismo género. Él está
siempre contento, y siempre elude la compasión. Durante
años lo han tenido en una habitación, "aparcado" delante de una pared.
Desde su silla de mala manera logra ver, mirando de reojo, un retalito de cielo
a través de la ventana que justo entra dentro de su campo visual. Pero un
enfermero nuevo, algo más humanitario que los demás, toma la iniciativa de
acercarlo a la ventana y de colocarle un espejo inclinado para que pueda ver el
patio desde su silla. El bueno de Manuel dice: -No
se moleste, no hace falta. Dios es tan bueno que hace que de vez en cuando vea
un pájaro. En
cierta ocasión el doctor Vallejo-Nágera logra que le explique el secreto de esa
serenidad de ánimo. Le cuenta Manuel: -Un
día leí unos versos, no me acuerdo del autor. Explican muy bien lo que hay que
hacer: "Baja, y subirás volando / al cielo de tu consuelo, / porque para
subir al cielo / se sube siempre bajando". Cfr.
J. A. Vallejo-Nágera, Concierto para instrumentos desafinados Epitafio
para un costalero Falleció
precisamente cuando llevaba sobre sus espaldas, como cada año por Semana Santa,
al Santo Cristo de su devoción. Murió fulminado por un infarto en pleno
esfuerzo. Casi diríamos que fue una muerte "en acto de servicio". Y
en el lugar donde cayó el costalero -en la sevillana plaza de La Alfalfa-
dejaron sus conciudadanos unos versos en cerámica: Tú
fuiste, Señor mi Redentor, yo
fui tu costalero. Tú,
arriba, en el madero, yo,
abajo, por amor. En
la pérdida de un hijo De
la conversión del gran guitarrista Narciso Yepes se ha hablado un poco más
arriba (nº 76). También algo de su visión sobrenatural a partir de ese momento. Una
noche la Guardia Civil le comunica un tremenda noticia: su hijo, Juan de la
Cruz, ha fallecido en accidente, destrozado por una máquina quitanieves. Y
cuando la periodista le pregunta si llegó a encararse con Dios y a pedirle
explicaciones, si aguantó a pie firme, contesta: -¿Pedirle
explicaciones? ¿Por qué iba a hacerlo? Sentí y sigo sintiendo todo el dolor que
usted se puede imaginar... y más. Pero sé que la vida de mi hijo Juan de la
Cruz estaba y está amorosamente en las manos de Dios... Y ahora lo está aún con
más plenitud y felicidad. Por otra parte, Pilar, cuando se vive con fe y de fe,
se entiende mejor el misterio del dolor humano. El dolor acerca a la intimidad
con Dios. Es... una predilección, una confianza de Dios hacia el hombre. Cuarenta
años en la cama Nos
los cuenta un hermano sacerdote de la Orden Hospitalaria, Braulio Novella,
hombre bien avezado en todo los que se refiere a contacto con el sufrimiento.
Se trata de una mujer a la que los médicos dieron un par de meses de vida
cuando era joven, y ahora acaba de cumplir los cuarenta de estancia
ininterrumpida en la cama; está enormemente contenta. Vive
en una casita humilde, pequeña, pero limpia y acogedora. Tiene delante de la
cama un altarcito donde de vez en cuando algún buen sacerdote le celebra la
Santa Misa; incluso los primeros viernes de mes le exponen el Santísimo durante
ocho horas. Ama a la Eucaristía. Sufre, duerme poco, casi no puede cambiar de
postura, pero siempre está alegre. Ella
llama a la enfermedad "don de Dios", "delicia" y
"tesoro". Cuando el sacerdote visitante le dice que debe ser duro
ejercitarse tanto en la paciencia, responde: -Es
dulce, es suave, lo da el Amado. No
le pide nunca a Dios que le quite los dolores. Su norma es "al gusto de
Dios, no al propio". Se
siente misionera desde su cama. Le preguntan si se le ocurre algún símil para
expresar lo que quiere ser su vida, y contesta, aunque le cuesta un poco hablar
de sí misma, poéticamente: -Soy
un riachuelo oculto por el matorral, ue puede fecundar la tierra. Cfr.
B. Novella, El enfermo, peregrino de la esperanza En
una leprosería, un Cristo mutilado Visitaba
Juan Pablo II una leprosería por tierras brasileñas. Procuró dar ánimos a
aquellos enfermos y moverlos a la esperanza: "Vuestra enfermedad es una
cruz, pero no una ciega fatalidad. El sufrimiento puede convertirse en un
principio de gracia y salvación". En
la capilla del hospital había una rosa pintada llena de espinas que
representaba el sufrimiento que crece en el amor y una imagen de Cristo
mutilado de brazos y de piernas, ante el que los leprosos rezan una bella
oración que data del siglo XIV: "Cristo no tiene manos porque tiene las
nuestras, no tiene pies, porque tiene los nuestros, para guiar y conducir a los
hombres a su camino". Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano El
manantial no era para ella La
Virgen María había hablado en Lourdes, como años después lo haría en Fátima, de
penitencia. Para la pequeña Bernadette ahí estaba el núcleo del mensaje. Y
oración por la conversión de los pecadores. El mundo está realmente enfermo y
hay que rezar por la salud de este mundo. La Señora ha dejado, como huella
maternal de su paso por la gruta de Massabielle, un manantial de agua que
curará a infinidad de enfermos del cuerpo, y, más todavía, un manantial de
dones que sanarán a lo largo de los años a muchas almas alejadas de Dios. Bernadette
soporta con alegría y sin aspavientos una dura cruz, que se presenta en forma
de tuberculosis de huesos, que mina todo su organismo. Muchas veces los dolores
son atroces, y ella no lleva esa cruz una semana, sino siete años, y siete años
son dos mil quinientos cincuenta y un días de sufrir. No le falta la
penitencia. Sus
superioras han pensado llevarla a Lourdes por ver si la Virgen quiere hacer con
ella un milagro, como lo ha hecho con tantas otras personas. Les perece lógico
que la vidente tenga más "derecho" que ningún otro a recibir una
caricia de la Madre del Cielo. Bernadette responde a la propuesta: -Oh
no, eso no es posible.. -¿Y
por qué no había de ser posible? -Porque
ese manantial no ha surgido para mí. No
lo entienden las religiosas. ¿Por qué no iba a ser para ella? Pero Bernadette
insiste en que el manantial no es para ella. No es que la Virgen se lo haya
comunicado expresamente, pero ella lo sabe, está segura. No cesa de repetir: -Es
que yo lo sé... Cfr.
F. Werfel, La canción de Bernadette ¿Miedo
al sufrimiento? Maximiliano
Kolbe, el mártir de la caridad (cfr. anécdota nº 27), en su época de misionero
en Japón se encontraba gravemente enfermo del pulmón; sufría accesos de fiebre
y terribles jaquecas, pero aguantaba a pie firme y proseguía su trabajo. Le
habían aconsejado ingresar en un sanatorio, sin embargo él pensaba que, puesto
que no tenía cura, lo mejor era emplear el tiempo que le quedaba en trabajar;
de ésta madera sólida estaba hecho Kolbe. Con todo, escribe un día a sus
compañeros de Polonia y confiesa: "Me asusta el sufrimiento (...). Pero
también Jesús tuvo miedo en Getsemaní: este pensamiento me
consuela". Hay
momentos en que se siente morir: a veces, por la noche se ahoga y nota que
apenas le late el corazón. Cuando despierta al día siguiente, se reanima y
piensa: "María no me ha llamado aún". Y vuelve al trabajo con
auténtico espíritu de conquista. Cfr.
A. Frossard, "No olvidéis el amor". La pasión de Maximiliano Kolbe Nueve
meses de prisión La
persecución a la que sometieron los carmelitas calzados a San Juan de la Cruz
-hecho más que conocido por cualquiera- fue muy dura. En Toledo, allá por el
mes de diciembre de 1576, lo declararon rebelde y contumaz por defender la
reforma carmelitana y acabó encerrado en una cárcel pequeña y extremadamente
húmeda y fría. Santa Teresa, en carta al P. Gracíán, describe así la situación
del pobre perseguido (21 de agosto de 1578): "Todos nueve meses estuvo en
una carcelilla que no cabía bien, cuan chico es, y en todos ellos no se mudó la
túnica, con haber estado a la muerte". Pero
el "medio fraile", como le llamaba cariñosamente la Santa por su
pequeña estatura, escribió durante tan tremenda situación escritos tan
maravillosos como su Cántico espiritual y las canciones de su Noche oscura;
obras señeras, entre otros méritos, de la lírica universal. Y perdonó a los que
le maltrataban. DEMONIO Visita
nocturna La
periodista española Paloma Gómez Borrero fue a visitar al experto en cuestiones
relativas al Demonio, el teólogo Mons. Conrado Balducci, porque tenía un
encargo del conocido periodista radiofónico Luis del Olmo, interesado en
conseguir unas declaraciones para un programa concreto. Charló
largo y tendido con el experto. Grabó dos cintas y tomó abundantes apuntes de
aquella conversación. Balducci comentó que el Demonio no quiere que se hable de
él y procura pasar inadvertido. Le contó cómo él descubre las cartas del
Maligno, y que Satanás procura crearle problemas. Hay que combatirlo con la
oración. -Siempre
tengo el rosario a mi lado y mi despacho lo preside la cruz. No tengo miedo. Dejamos
hablar ahora a la narradora. "Acabado el trabajo y la charla, recogí mis
cintas y el bloc, volví a casa -serían las nueve o nueve y media de la noche- y
dejé todo, incluida la grabadora, sobre la mesa de mi despacho. Entonces entró por
el ventanal un pájaro negro y enloquecido, que comenzó a golpearse contra las
paredes, muebles, libros y lámparas, poniéndolo todo perdido de sangre.
Desapareció tras una librería enorme que cubre toda una pared, algo que aún me
resulta inexplicable al no haber más espacio para introducirse que el zócalo. Ni
yo ni nadie entiende cómo desapareció, y puedo asegurar que hasta hoy no he
encontrado ni rastro de él". A
la mañana siguiente, cuando quiso ponerse a trabajar, faltaban el bloc y las
cintas. El magnetófono se había roto y las fotos que había tomado salieron
veladas. Curiosamente,
el bloc y las cintas reaparecieron en el despacho dos años después, en la misma
fecha, pero cuando ya no le hacían falta para nada. Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano Malos
tratos En
la vida de San Juan Bosco se dan ataques del Demonio que recuerdan bastante lo
que se sabe de San Juan Mª Vianney en el mismo terreno. Hay testigos de que
sufría vejaciones diabólicas y que coincidían con el momento en que se disponía
a emprender alguna obra importante. Muchas veces lo maltrató brutalmente. Un
discípulo le preguntó un día si había descansado bien, y el Santo contestó: -No
mucho, no mucho, porque toda la noche fui molestado por un animalazo en forma
de oso que se me echaba encima tratando de ahogarme. La
noche en que acabó de redactar las primitivas Reglas de la Sociedad Salesiana,
fruto de muchos trabajos y de muchas oraciones, el enemigo compareció y le
destrozó el manuscrito, entre voces y gritos extraños, que despertaron a los
que dormían cerca. Al día siguiente, Don Bosco emprendió la tarea de redactar
de nuevo las Reglas. "Malatasca" También
a Santa Catalina de Siena procuró molestar el Demonio con sus insidias. Parece
ser que usaba el fuego para intentar quemarla, y ella llamaba al enemigo
"Malatasca", porque "tasca" significa bolsa, y así se
refería al intento del Maligno de llevarse a las almas en la bolsa infernal.
Cuando se producían los ataques, la Santa no se descomponía, y solamente decía
irónica: -Malatasca,
Malatasca. Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia Con
un cuchillo en la mano El
P. Benito Salinieri lo oyó contar a un sacerdote, D. José Musquez, que había
conocido muy bien a San José de Calasanz, del que era paisano y de semejante
edad. Cuando Calasanz era un niño, allá en su pueblo natal de Peralta de la
Sal, salió de casa armado de un cuchillo. Le preguntó adónde iba con aquella
arma, y le contestó: -Quiero
matar al Demonio, porque es enemigo de Dios. La
anécdota es perfectamente verosímil, porque se parece bastante a aquel arranque
de Teresa de Jesús y su hermano Rodrigo escapando de casa, todavía niños,
dispuestos a ir a tierras de moros y morir mártires por amor a Cristo. Pasados
los años, no le faltaron oportunidades de pelear con mayor denuedo y eficacia
contra la acción diabólica. Seguramente se acordaría muchas veces de aquel
primer lance de la infancia. Cfr.
S. Giner Guerri, San José de Calasanz DIRECCIÓN
ESPIRITUAL De
rodillas Juana
Francisca de Chantal, en la época de viudez en que vivió en el castillo de
Monthelón, con su suegro y sus propios hijos, no encontró la verdadera paz para
su alma -asaltada a veces por escrúpulos y tentaciones contra la fe-,
hasta que conoció al santo Obispo de Ginebra, Francisco de Sales, que
comprendió de maravilla las necesidades espirituales de aquella excelente mujer
y la ayudó con maestría. Como sus lugares de residencia en aquel entonces
distaban muchos quilómetros, la relación entre director espiritual y dirigida
era por lo general a través de cartas. Juana Francisca las recibía con
extraordinaria ilusión y las leía arrodillada; tanto era el valor que otorgaba
a la ayuda que Dios le concedía a través de ese instrumento humano. Un
día fue sorprendida por su hijo Celso -todavía un niño- en esa postura. -¿Qué
haces arrodillada en medio del cuarto leyendo un papel? -Leía
una carta -respondió, al tiempo que se acercaba al pequeño y lo acariciaba. -¿Siempre
se leen así las cartas? -volvió a preguntar el hijo, que seguía sin entender
nada. -Esta
la escribió un hombre de Dios -contestó la Santa. Tampoco
tiene desperdicio el resto de la conversación entre madre e hijo. -¿Qué
es un hombre de Dios? -Un
hombre santo, que trata de ayudar a los demás cumpliendo la voluntad de Dios. -Es
estupendo ser un hombre de Dios. De mayor me gustaría serlo. Y
confesó Juana Francisca: -Rezo
todo los días para que lo seas. Cfr.
E. Ferrer Hortet, Juana de Chantal En
sucesivas fases Puede
servir para ilustrar cómo una persona avanza por el camino de una mayor
sinceridad hasta aparecer tal cual es, condición indispensable si quiere de
verdad recibir una orientación eficaz. Refieren
de la vida del que fue ilustre médico, Eduardo Ortiz de Landázuri, que un día
llegó a su consulta -acudían a él muchas personas de condición social humilde y
de esto hace mucho tiempo, datos que servirán para entender lo que viene a
continuación- una mujer a la que le aquejaban unos dolores en el pie derecho.
Don Eduardo invitó a la mujer a que se quitara la media para examinarle ese
pie. Notó que ella se quedaba un poco cortada, al tiempo que musitaba: -Señor
doctor, es que no vengo preparada. El
médico captó enseguida que el problema era de agua y jabón y, con delicadeza,
la citó para el día siguiente. Volvió la paciente y ya pudo hacer una
exploración del miembro enfermo, pero vio conveniente compararlo con el pie
izquierdo, e invitó a la mujer a que se quitara la otra media. De nuevo el
rubor y la excusa: -Verá,
doctor, es que no vengo preparada. Don
Eduardo tampoco se inmutó y le dio otra cita para el día siguiente, y por fin,
"a la tercera va la vencida", pudo concluir la exploración
satisfactoriamente. La vida misma. Cfr.
E. López-Escobar y P. Lozano Bartolozzi, Eduardo Ortiz de Landázuri Feliz
descubrimiento La
anterior anécdota, procedente de un rico acerbo de historias y experiencias
tras medio siglo de ejercicio de la medicina, se puede completar con algo que
entra ya de lleno en el terreno de la historieta humorística. Un
hombre, que jamás había practicado la higiene "de tobillos para
abajo", acudió al médico aquejado de dolor en los pies. El galeno, con una
breve inspección ocular de la zona, aconsejó al paciente unos baños de pies con
agua caliente y frote enérgico con estropajo metálico bien enjabonado: -Verá
como se sentirá muy aliviado. El
hombre volvió a su casa e hizo que la mujer le prepara los medios curativos que
el doctor había dictaminado. Mientras él se dedicaba de lleno a la tarea, ella
andaba trajinando por la cocina, hasta que de pronto se oyeron unos
gritos jubilosos: -¡María,
ven, corre, corre! Acudió
la mujer un tanto asustada: -¿Pero
qué pasa? -Mira,
fíjate: deditos, ¡como en las manos! EJEMPLARIDAD Daba
lo que tenía Una
mujer de la campiña francesa tenía escondido durante la Segunda Guerra Mundial
a un comunista chino que trataba de hacerla perder la fe. Ella se limitaba a
contestar a los ataques contra sus creencias: -Usted
es un hombre sabio, usted ha estudiado. Yo no sé otra cosa sino que Jesús nos
ha dicho que amemos a los demás como Él nos amó. Cierto
día unos fugitivos, comunistas también, perseguidos por el avance hitleriano,
pidieron asilo a esa mujer. Ella les dio su propio cuarto y se fue a dormir al
pasillo. Había sacado para ellos toda la ropa de cama que tenía; de madrugada,
se fueron sigilosamente llevándosela toda. El chino estaba indignado y
observaba a la campesina. No salía de su asombro al comprobar que la mujer no
había tenido ni un solo movimiento de cólera. El Cardenal Journet testifica que
aquel hombre no solamente se convirtió al catolicismo, sino que llegó a recibir
la ordenación sacerdotal años después. Cfr.
Ch. Journet, Charlas acerca de la gracia En
primera fila El
mariscal Pétain, artífice de la victoria francesa en Verdún, durante la Primera
Guerra Mundial, admirado siempre por su heroísmo, tuvo que sufrir, por la
opción que asumió de colaborar con el ejército alemán invasor de Francia en la
Segunda Guerra Mundial, un penoso proceso que le acarreó, tras la conmutación
de la pena de muerte, el vivir desterrado hasta el final de sus días en la isla
de Yeu. Cuando
era coronel, en coincidencia con una época de política antirreligiosa en el
país galo, recibió una comunicación de la superioridad en la que se le instaba
a facilitar los nombres de los oficiales que, contraviniendo las disposiciones
reglamentarias, asistían a Misa de uniforme. La respuesta del coronel Pétain
fue la siguiente: -Si
bien es cierto que algunos oficiales acuden a Misa con uniforme, su coronel no
puede facilitar los nombres, puesto que él se sitúa en primera fila e ignora la
identidad de los que se agrupan a su espalda. Cfr.
J. Azcárate Fajarnés, A evangelizar de nuevo Le
"espiaba" Hubo
un santo obispo allá por el siglo XIX, Mons. Mermillod, suizo, que convirtió a
no pocos a la fe católica con su predicación sobre la Eucaristía. Contagiaba
amor por este Sacramento adorable. Una noche, a las tantas de la madrugada,
estaba rezando en su iglesia ante el Santísimo, con la frente pegada al
pavimento, cuando notó una sombra cerca de él. Era la de una mujer. -¿Quién
es usted y qué hace aquí? -Monseñor,
no se maraville. Soy una mujer protestante que ha seguido sus conferencias
sobre la Eucaristía. Sus argumentos sobre la presencia real me han convencido.
Pero me quedaba un residuo de duda y temor, y era, sin rebozo lo declaro, el
temor de que usted no estuviera convencido de sus propias enseñanzas. Seguidamente
le contó que se había quedado escondida en un confesonario para comprobar si, a
solas, era él tal como parecía. Y en efecto, esta emocionada porque había visto
que su devoción a la Sagrada Eucaristía era muy sincera. No había ninguna
diferencia entre sus enseñanzas y su vida. Deseaba al día siguiente ser
recibida en la Iglesia Católica y comenzar una nueva andadura, cosa que
cumplió. Cfr.
V. Capánaga, La Eucaristía en la historia de las conversiones Entre
el Cielo y el Infierno Resulta
que hay una curiosa leyenda japonesa que cuenta lo siguiente: había un piadoso
budista que había muerto y fue llevado al Cielo por una diosa (la diosa de la
misericordia). Allí vio muchas cosas magníficas. Y también algo incomprensible:
sobre una larga mesa había muchas lenguas y muchas orejas humanas. Al estilo de
la Divina Comedia de Dante, o de los Sueños de Quevedo, interrogó a la diosa
sobre el particular, y ella le dijo: -Estas
son las orejas de aquellos que en la tierra oyeron la palabra de Dios pero no
purificaron su corazón; y allá están las lenguas de aquellos que hablaron
llenos de piedad y de fe, pero no vivieron de acuerdo con lo que decían. Las
orejas y las lenguas de estos hombres están en el Cielo, pero ellos han ido a
parar al Infierno. Cfr.
A. Filchner, Venid niños y escuchad ENVIDIA Cosas
de pescadores Entre
los pescadores de las islas polinesias hay un curioso rito denominado te piu o
te kaimen (bloqueo de la envidia), consistente en la obligación de arrojar al
mar el producto de la pesca siempre que sea uno sólo de los que van en la
embarcación el que ha pescado ese día. De esta manera sus compañeros de pesca
no sufrirán el zarpazo de la envidia. Si, por el contrario, el pescador
agraciado salió solo, no hay inconveniente en que retenga lo que pescó, sin
miedo a ser la envidia de los demás. Cfr.
A. Polaino y P. Carreño, Familia: locura y sensatez Al
menos una úlcera Recuerdo
lo que decía en una entrevista un escritor de gran fecundidad productora y
abundantes ventas, aunque no de gran calidad literaria: -Pido
perdón por haber tenido éxito. Así
se "excusaba" ante los inevitables envidiosos que no perdonan con
facilidad que te vaya bien. Fernando
Díaz Plaja refiere (El español y los siete pecados capitales) que Agustín de
Foxá, rico, aristócrata, diplomático y casado con mujer guapa, había tenido,
por si fuera poco, un importante éxito con una de sus obras de teatro. Al
felicitarle, le oyó decir: -Yo
ya he empezado a hacer correr el rumor de que tengo una úlcera de estómago... Conocía
bien a su mundo. De esa manera, el que lo elogiara siempre podría añadir:
"el pobre, de todos modos, está bastante mal de salud". Siempre sería
un alivio. ESPERANZA Sólo
mal enterrado Llamémosle
chiste o historieta, tanto da. Visitaba un individuo un cementerio, cuando, de
improviso, oyó unas voces desgarradoras: -¡Sacadme
de aquí! ¡Sacadme de aquí! Las
voces surgían del interior de una tumba; más aún, se podía ver una mano que
salía al exterior por debajo de la losa medio removida. -¡Sacadme
de aquí, que estoy vivo! El
visitante dio una patada a aquella mano para que volviera a entrar en la tumba,
colocó bien la losa en su sitio y dictaminó: -Tú
no estas vivo. Lo que estás es mal enterrado. De
acuerdo; humor negro, broma macabra. Pero tiene su miga. Decimos que
"mientras hay vida, hay esperanza". En el terreno sobrenatural es
claro. No debemos dar a nadie definitivamente por muerto aunque no respire; ni
siquiera si observamos durante varios minutos que su encefalograma es plano.
Siempre hay esperanza. Mucho más cuando Cristo tiene como misión recomponer la
caña cascada y reavivar la mecha que todavía humea (cfr. Mt 12,20). Falta
de ideales A
veces te encuentras en la vida con gente joven que por dentro son auténticos
viejos: carecen de ideales, no encuentran nada a lo que entregarse, ninguna
causa que valga la pena, y parecen ya estar de vuelta de todo... sin que
tampoco hayan ido previamente a ninguna parte. Se podría ejemplificar con una
pequeña anécdota. Un chavalín había ido por primera vez en su vida a Granada y
había tenido la oportunidad de conocer la famosa Alhambra. Al regresar, su
madre le preguntó: -¿Qué
te pareció la Alhambra? Y
el crío, quizá por darse cierto aire de haber ya visto mucho mundo, contestó: -¡Bah!
¿Qué quieres que te diga? Una Alhambra como todas las Alhambras... Cfr.
J. Sanz Rubiales, Medios de comunicación: aprender a ser críticos Se
ahogaba Tatiana
Goritchéva refiere el ambiente duro, sin valores culturales, religiosos y
morales, de la vida bajo el comunismo en la Unión Soviética, unido a la
necesidad de fingir constantemente. Cuenta que una amiga suya de quince años se
quitó la vida, porque ya no era capaz de soportar lo que la rodeaba, y dejó
escrita esta frase: "Soy muy mala". Comenta a renglón seguido:
"Era una persona totalmente pura que no sólo no soportaba vivir en la
mentira sino que no sabía mentir. Se ahogaba, sabiendo que no vivía como se
debe, y que debía terminar escapándose del vacío ambiental y descubrir la luz.
Pero no encontró otra salida". Lamenta
Tatiana que aquella chica no hubiera conocido, como ella después, el cristianismo.
Nadie le había hablado de la esperanza de un Dios que puede levantar al caído y
salvarlo en cualquier situación. "Murió destruida por la
desesperanza", concluye. Cfr.
T. Goritchéva, Nosotros, soviéticos conversos Acerca
de su hija El
filósofo personalista Emmanuel Mounier sufre un duro golpe al saber que su hija
primogénita, que no cuenta más que con siete meses de edad, padece una
encefalitis y quedará para siempre como subnormal profunda. Pero la fe de este
converso no disminuye sino que madura y se refuerza. Al año siguiente, en 1939,
movilizado, escribe a su mujer Paulette: "Hace un rato, mientras caminaba
por la carretera, he intentado hacer cantar a mi corazón. No me costó mucho. Me
bastó pensar que todo sufrimiento, unido al de Cristo, pierde su desesperación...
¿Qué sentido tendría todo esto si nuestra criatura no fuera más que un pedazo
de carne deteriorada, un poco de vida accidentada, y no esa pequeña blanca
hostia que nos supera a todos, un infinito de misterio y de amor que nos
deslumbraría si lo viéramos cara a cara?" Y continúa: "Si no hacemos
más que sufrir (penar, resistir, aguantar) no podríamos soportarlo... No
pensemos en la enfermedad como algo que se nos sustrae, sino como algo que
damos, para no disminuir el mérito de ese pequeño Cristo que está en medio de
nosotros". También
confiesa un día a un amigo que siente "una aguda y profunda tristeza,
aunque ligera y transfigurada; y, a su alrededor, una adoración, no encuentro
otra palabra. (...) Es una hostia viva entre nosotros, muda como la hostia y,
como ella, resplandeciente... Si el delicado extremo del alma del niño
bautizado se pone en contacto directo con la vida divina en el momento del
bautismo, ¿cuál será el esplendor oculto en este pequeño ser que no puede
expresar nada a los hombres...? Françoise, hijita mía, eres para mí la imagen
de la fe". Cfr.
J. Toulat, Esos niños "especiales" ¿Una
obra arruinada? Johann
Heinrich Pestalozzi (1746-1827), hijo de un médico y nieto de un pastor
protestante, nació en Zürich. Sin duda representa una de las corrientes de
pensamiento pedagógico más importantes que ha habido. Bastantes de sus ideas
están hoy día muy arraigadas en el campo educativo. Pestalozzi batalló
toda su vida por mejorar la calidad de la educación intelectual y moral, sobre
todo de los niños más desfavorecidos. Pasó
por múltiples penalidades y cosechó no pocos fracasos, que a cualquier otro
habrían desanimado. Queda por encima de todo el mérito de sus libros, donde
expone las ideas que fue madurando a lo largo de los años. La obra más famosa
tiene un título bastante original: Cómo Gertrudis enseña a sus hijos (1801), y
curioso, porque consiste en quince cartas al librero Gessner, en las que para
nada trata de Gertrudis ni de sus hijos (!), pero ahí están los
principios que guían su visión de la educación. Muere
el 17 de febrero de 1827 en Brugg. Pocos días antes ha escrito estas líneas que
suenan amargas, pero que la historia ha desmentido: "No me importa morir;
muero a gusto porque estoy cansado y desearía por fin encontrar reposo; pero
haber vivido, haberlo sacrificado todo y no haber alcanzado nada, ver mi obra
arruinada y bajar con ella al sepulcro es horrible". Cfr.
VV. AA., Forjadores del mundo contemporáneo ESPÍRITU
SANTO Veía
hasta lo más profundo Eso
dicen de Santa Juana de Chantal, y debía ser, además de experiencia de la vida
y sentido común, un don del Espíritu Santo. Veía hasta lo más profundo de las
almas y le bastaban pocos minutos de conversación para lograrlo. -Tienen
dotes de adivina -comentaban algunos. Alguno
hizo este comentario: -¡Qué
va! Lo único que hace es ponerle amor y calor a lo que dice. -A
mi suegra le aconsejó que se reconciliara con su hijo para que volviera por el
buen camino. -¡Bah,
eso se lo dije yo hace años! -Pues
mira, a ella le hizo caso y a ti no. -Bueno
-terminó por aceptar el otro-. Pero lo que no hiciste fue ir a curar las llagas
de mi suegra, como hizo ella, cuando estuvo enferma. Cfr.
E. Ferrer Hortet, Juana de Chantal EUCARISTÍA Descubrió
el firmamento Se
disfruta con una breve anécdota contenida en un artículo de J.L. Martín
Descalzo: "Hay estrellas". Nos habla de una niña de unos tres
años -una sobrinilla- que llevaron al pueblo de los abuelos por vez primera. La
cría se asombraba con todo lo que jamás había visto en la ciudad: el corral,
con sus gallinas y conejos, los animales de la cuadra... Pero lo más
extraordinario vino por la noche. Tomó a su madre por la manga y no cesaba de
insistir: "¡Ven, ven, ven!". La mujer se dejó guiar por la criatura
hasta el patio. Allí la pequeña levantó su manecita hacia el cielo, y
"desde la cima de la oratoria, decía una sola palabra: ¡Mira!" La
niña había visto por primera vez en su vida el maravilloso espectáculo de las
estrellas. Con ese "¡mira!" estaba dicho todo. La pluma de Martín
Descalzo se recrea: "Arriba ardía la pedrería de un cielo milagroso y
estrellado que sólo puede verse algunos días de verano en los pueblos de
Castilla". Para
algunas cosas no deberíamos nunca perder esta capacidad de admiración propia de
los niños. A lo mejor, miramos extasiados durante una hora a una máquina que
transforma un montón informe de carne en salchichas, pero no nos
asombramos, por la rutina que nos invade, ante la maravilla de una Eucaristía
que nos "trae" a Cristo, todos los días y en cualquier parte del
mundo. Bolsena El
gran pintor italiano Rafael recibió el encargo del Papa Julio II de pintar una
estancia del Vaticano bien famosa: la Stanza de Heliodoro. Hay entre los
frescos uno dedicado a un milagro eucarístico muy conocido: "La Misa de
Bolsena". ¿Cuál
es la historia que inspira la pintura del artista de Urbino? Corría el año
1263, cuando un sacerdote de Bohemia que estaba de paso por aquella localidad,
al celebrar la Santa Misa en la iglesia de Santa Cristina, sintió muchas dudas
sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía; no acababa de aceptar que
las palabras de la consagración pudieran obrar el milagro de la transustanciación,
es decir, la admirable conversión de la sustancia del pan en el Cuerpo del
Señor y de la sustancia del vino en su Sangre, como cree y enseña la Iglesia.
En ese momento vio, atónito, cómo los corporales sobre los que celebraba la
Eucaristía se empapaban de la Sangre de Cristo. Los presentes también quedaron
estupefactos. Enseguida llevaron los corporales hasta la cercana Orvieto,
porque allí se encontraba el Papa Urbano IV (su pontificado tuvo lugar entre el
1261 y el 1264). Este hecho animó al Pontífice a instituir la fiesta del Corpus
Christi, que ya había comenzado a celebrarse por aquellos años en Flandes. Dos
obras maestras nacieron por el mismo acontecimiento. En lo arquitectónico, la
catedral de Orvieto; en el terreno litúrgico, el Oficio sobre la Eucaristía
compuesto por Santo Tomás de Aquino. Luz
en el alma Javi,
un niño de tres años, dice a su madre: -Mamá,
¿a que cuando comulgas, el alma se pone blanca? La
madre responde que sí. El
niño vuelve a la carga con otra aseveración: -¡También
se pone amarilla! Y
la madre, algo sorprendida: -¿Amarilla?
¿Por qué -Porque
Jesús es Dios y Dios creó la luz. Entonces cuando comulgas, el alma se pone
amarilla de luz... Doy
fe de que el relato es tal como lo narro: la madre de Javi, Lourdes Rivero,
sale garante de la exactitud de la anécdota. El
Rey de reyes en carroza Es
el 15 de diciembre de 1880. La reina María Cristina se dirige con su esposo en
carroza de gala hacia la plaza de toros; van a presidir la corrida que en
honor de su hija María de las Mercedes se piensa celebrar ese día. Cuando la
comitiva entra en la calle del Arenal, sale el párroco de San Ginés llevando el
viático a un enfermo. El sacerdote camina recogido. Le precede un monaguillo
tocando la campanilla y el sacristán con un farol encendido, como es costumbre. La carroza
real se detiene y, con ella, toda la comitiva. Los soberanos descienden e
invitan al sacerdote a que ocupe el medio de transporte: le corresponde al Rey
de reyes. Un lacayo cierra la puerta y el carruaje reinicia la marcha. Detrás,
a pie, van los monarcas y todo el séquito en respetuoso silencio. Y así llegan
al número 2 de la calle Costanilla de los Ángeles. Suben los monarcas hasta la
misma habitación de la enferma, Carmen Enrile, en cama por las complicaciones
de un reciente parto, y asisten a la ceremonia ante la conmoción de la buena
mujer y de toda la familia, que no acaban de creerse que está en su casa la
misma reina María Cristina acompañando al Señor. Cfr.
E. Ferrer, Mª Tª Puga y E. Rojas, Cuando reinar es un deber Portador
de Dios El
fundador de la Casa de Austria, Rodolfo de Habsburgo, fue elegido para reinar
en Alemania en el año 1273. Cuando todavía era conde le ocurrió lo siguiente.
Yendo un día a caballo por un camino, se encontró con un sacerdote que marchaba
a pie para llevar el viático a un enfermo. Rodolfo saltó inmediatamente del
caballo e hizo subir al clérigo, y él mismo fue teniendo las bridas hasta la
casa del enfermo. Luego el sacerdote quería darle las gracias, pero el conde ni
le dejó; sino que encima le regaló el caballo porque, pensaba, él ya no era
digno de volverlo a montar después de haber sido portador de su Dios. Cfr.
C. Arbeloa, Domingos Eucarísticos Un
gran servicio Santo
Tomás Moro, ya en su época de Lord-Canciller de Inglaterra, acostumbraba a
ayudar a Misa en su parroquia de Chelsea todos los días. Una vez lo descubrió
por casualidad uno de los hombres más importantes del reino, Thomas Howard,
duque de Norfolk, y le comentó que le parecía shocking, chocante, y se
preguntaba qué diría el rey si se enteraba de que un todo un Lord-Canciller se
dedicaba a algo tan vulgar como hacer de monaguillo. Moro respondió que,
conociendo al rey, seguro que le alegraría saber que su Canciller servía al
Señor de ambos y de todos. Cfr.
P. Berglar, La hora de Tomás Moro Su
única Misa Lo
cuenta un obispo polaco que conoció los horrores de los campos de concentración
nazis durante la segunda guerra mundial. Mons. Majdanski era todavía
seminarista, primero en el lager de Sachsenhausen, después en uno de los más
tristemente famosos, el de Dachau. Karl
Leisner, diácono alemán, enfermo de tuberculosis -ya lo estaba cuando fue
arrestado-, se encontraba en fase crítica a finales de 1944. El Obispo de la
diócesis francesa de Clermont-Ferrand, Gabriel Piguet, también prisionero en el
campo, tras haber obtenido secretamente los permisos oportunos, administró el
presbiterado a aquel hombre que se moría irremisiblemente. El nuevo sacerdote
celebró su primera y última Misa el día de San Esteban, el 26 de diciembre de
1944. Mons. Majdanski lo recuerda "atlético, tenaz y devoto"; también
dice de él: "Era la viva imagen de las palabras de San Pablo: Trabaja
conmigo como un buen soldado de Cristo Jesús (2 Tim 2,3)". Con cuánta
emoción se preparó y celebró aquella única Misa de su vida, que venía a ser
como la síntesis de todo su amor al sacerdocio y a Cristo-Sacerdote; qué mejor
preparación para ir al encuentro del Señor; no necesitó escuchar aquello de San
Juan de Avila: "de mucho tendrá que dar cuenta", porque ya lo sabía y
muy bien (cfr. J. Eugui, Nuevas anécdotas y virtudes, nº 98). Cfr.
K. Majdanski, Un obispo en los campos de exterminio La
sabiduría de una buena madre Lo
contó un Obispo nacido en una zona montañosa de Italia, los Abruzos, y es un
recuerdo inolvidable de una madre buena. Refería este prelado que en la época
en que trabajaba como párroco de aldea le dijo un día su madre: -Hijo,
mañana domingo tengo que ir a Misa. El
hijo sacerdote, con cariño, hizo todo lo posible por disuadirla de esa idea: -Madre,
estamos en pleno invierno, hace un frío tremendo, los caminos están helados,
puedes caerte, tu salud no anda nada bien; no estás en absoluto obligada por el
precepto dominical... Pasó
una semana y se repitió la misma conversación. El sacerdote, respetuoso pero
firme. Tampoco ese domingo asistió a la Santa Misa aquella buena mujer. Y lo
mismo aconteció la semana siguiente. Pero a la cuarta, la madre ya no cedió, y
se explicó: -Hijo
mío, tú eres sacerdote y parece que no soy yo quién para darte lecciones sobre
esta materia, pero si supieras de verdad qué es la Misa, no me dirías nada. Sin
prisas Un
sacerdote recién ordenado, allá por el año 1927 fue destinado a África como
capellán auxiliar del Hospital Militar de Alcazarquivir. Cuando celebraba la
Santa Misa algunos militares se quejaban de que era demasiado larga: -Pero,
Páter, ¿es que no puede ir más rápido? Decidió
el sacerdote hacer algo de catequesis y echarle un poco de humor al asunto. Se
presentó en la enfermería cuando estaban operando pacientemente a un enfermo: -Perdonen,
pero creo que van con cierta lentitud... ¿No podrían acortar esta operación? -¿Acortarla?
¡Cómo dice usted! -Eso,
acortarla, para que sea más breve... -Páter:
¡nuestro deber es dedicarle a esto todo el tiempo que sea preciso! -Ya
comprendo... ¿Y ustedes quieren que yo, que tengo el de celebrar bien la Santa
Misa, no cumpla con el mío? Cfr.
J..M. Cejas, José María Somoano A
diario Siempre
me llamó la atención que se llamara "Gambrinus" un antiguo bar de
Zaragoza; no cabe duda de que no es nombre usual, ni siquiera en este género de
establecimientos. Hasta que un día, leyendo un libro sobre la historia de la
piratería (Los piratas del Nuevo Mundo, de Rafael Abella), y a propósito de la
costumbre pirata de beber en abundancia ron, ginebra y cerveza, resultó que la
fuerza de las cervezas irlandesas que se echaban al coleto los bucaneros
"hubieran hecho temblar al propio Gambrinus". Una vez sobre la pista
de un nombre propio, el diccionario me aclaró que se trataba de un rey germano
legendario a quien se atribuye la invención de la cerveza. El
bar tiene para mí su historia. En más de una ocasión oí contar al Beato
Josemaría Escrivá un recuerdo de su época de recién llegado a Zaragoza, allá
por el año 1920, para hacer los estudios sacerdotales. Un día en que pasaba por
delante del local, vio que dentro estaba un famoso torero. Algunos niños se
acercaban a aquel personaje popular, y uno de ellos exclamó exultante: -¡Lo
he tocado! ¡Lo he tocado! Siempre
le quedó guardada en la memoria esa imagen del chaval emocionado, y la evocaba
para exhortar a valorar la Eucaristía; no es que "toquemos" a Cristo
en la Comunión: es mucho más. Y lo podemos hacer a diario. Somos unos
privilegiados. Como
un imán Santa
Micaela del Santísimo Sacramento (1809-1865) ha hecho honor al nombre que
adoptó para su vida de mujer consagrada Dios. La fundadora de las Adoratrices
yace enterrada entre dos sagrarios: el de la iglesia de sus monjas en Valencia
y del camarín de la Santa, que está detrás. Falleció en la ciudad del Turia
asistiendo a los apestados. Escribe
en su Autobiografía: "El día de Pentecostés (23 de mayo de 1847) sentí una
luz interior y comprendí que era Dios tan grande, tan poderoso, tan bueno, tan
amante, tan misericordioso, que resolví no servir más que a un Señor que todo
lo reúne para llenar mi corazón... No
deseo nada, ni me siento apegada más que a Jesús Sacramentado. Pensar que el
Señor se quedó con nosotros me infunde un deseo de no separarme de Él en la
vida, si ser pudiera, y que todos le sirviesen y amen. Seamos locos de amor
divino y no hay que temer". Y
también escribe estas bellas palabras: "Siempre entro en el Sagrario para
hacer la oración más cerca del Señor, y aunque esté lejos y de camino, parece
que tiran de mi corazón al ver una torre de iglesia". Mártir
de la Eucaristía Al
triunfar en China la revolución comunista, allá por el año 1949, fueron no
pocos los cristianos que conocieron la persecución e, incluso, el martirio por
la fe que se les quería arrebatar brutalmente. En una escuela parroquial
regentada por el P. Fransén, los soldados mandaron a los niños que tirasen al
suelo cualquier estampa religiosa que poseyeran. Una
niña de 13 años se negó. La abofetearon, pero no quiso obedecer. Llamaron al
padre de la pequeña, los llevaron al templo y ante todo el pueblo
rompieron el Sagrario y esparcieron las Sagradas Formas por el suelo. El padre
de la pequeña ingresó en prisión. Desde la habitación en que le habían
encerrado, el misionero pudo contemplar el sacrilegio. Al
día siguiente fue también testigo de cómo la niña entraba en la iglesia, se
arrodillaba, y tomándola con la lengua, por respeto a la Eucaristía, comulgaba
con una de las formas que estaban en el suelo. La escena se repitió en los días
sucesivos. Pero uno de los soldados acabó por darse cuenta de que la niña
repetía sus visitas al templo, la siguió y, al descubrir lo que estaba
haciendo, le disparó un tiro en el mismo momento en que iba a comulgar. Como
pudo se arrastró un poco, tomó en sus labios la Sagrada Forma y falleció
inmediatamente. Cfr.
F.X. Fortún, El Sagrario y el Evangelio Recién
convertido El
conocido escritor francés André Frossard se convirtió un día 8 de julio, en el
que entró en un templo de París sólo porque dentro se encontraba un amigo suyo.
Al salir ya era católico. No estaba bautizado ni había recibido jamás
instrucción religiosa. Comenzó a recibir enseñanza cristiana de manos de un
buen sacerdote y todo cuanto le enseñaba le llenaba de gozo. Sólo una cosa le
sorprendió: la Eucaristía. Escribe: "No es que me pareciese increíble;
pero me maravillaba que la caridad divina hubiese encontrado ese medio inaudito
de comunicarse y, sobre todo, que hubiese escogido para hacerlo el pan que es
alimento del pobre y alimento preferido de los niños. De todos los dones
esparcidos ante mí por el cristianismo, ése era el más hermoso". Cfr.
A. Frossard, Dios existe, yo me lo encontré EXAMEN Búsqueda
inútil Se
cuenta la historieta de un borracho que andaba buscando con mucho empeño un
objeto bajo una farola. Lo vio un policía y, atento y solícito, se interesó por
lo que había perdido. El individuo contestó: -Mi
llave, agente, mi llave. El
buen guardia se puso a buscar también, pero al cabo de un rato ya estaba algo
extrañado: -¿Pero
está usted seguro de haber perdido la llave exactamente aquí? Y
el borracho contestó con mirada seráfica: -Verá,
no fue exactamente aquí; fue más atrás; pero es que allí está demasiado oscuro. Se
comenta por si solo. Estar
en la inopia Así
me lo contaron y trataré de reproducirlo con la mayor fidelidad posible.
Enviudó cierto caballero y se quedó el pobre -como suele decirse- "más solo
que la una". Hubo consejo de familia y todos estaban de acuerdo -quizá
escurriendo un poco el bulto, pues ya se imaginaban lo que se les venía encima-
en que la persona más adecuada para hacerse cargo de aquel hombre en su casa y
cuidarlo era una hermana concreta. Y ella aceptó con espíritu abnegado. El
caballero viudo era más raro que un esquimal en las islas Hawai. Que si hacía
frío; que si lo querían matar de calor; que a ver qué desconsideración provocar
corrientes de aire todo el día: que lo iban a matar a resfriados, pero claro, a
los demás qué les importaba de él, todos a lo suyo en aquella casa; que si la
comida estaba fría, o salada, o sosa, o excesivamente caliente: ¿es que querían
abrasarle el esófago? La hermana se acabó hartando y convocó al consejo
familiar para comunicarles al resto que ya no aguantaba más, que les
"traspasaba" el viudo ya mismo. Todos le hicieron saber que había que
tener paciencia y visión cristiana de la vida, que siguiera un poco más, con
mucha comprensión, porque, en efecto, era persona algo dificililla. Y siguió el
viudo en su casa. Pasaron
los años. Cuando el hombre estaba ya en el lecho de muerte, quiso hacer una
declaración que le tranquilizara la conciencia antes de presentarse ante el
tribunal divino, y manifestó a todos los presentes, que se quedaron
verdaderamente estupefactos, lo que sigue: -No
quiero morir sin antes haberos perdonado el que durante estos años hayáis hecho
todo lo posible por amargarme la existencia... La
"contabilidad" en Salem En
otoño de 1951, cuando contaba con trece años de edad, Sofía, la futura Reina de
España, es enviada por sus padres a un colegio de Salem, junto al lago de
Costanza, en el estado alemán de Baden-Wurtenberg. El colegio -recuerda Doña
Sofía a la periodista Pilar Urbano- era exigente en lo que a disciplina se
refiere. En
Salem educaban en el sentido del honor, del deber y de la responsabilidad
personal. Allí enseñaban -según narra la Reina- a ir anotando en una libreta lo
positivo y lo negativo. Esto se hacía al llegar la noche: -Las
anotaciones debían ser veraces. Tú te examinabas. Tú eras tu juez. No podías
mentirte a ti misma. Y ése era el código de honor. Una vez a la semana
mostrábamos esos exámenes personales. Si tenías, por ejemplo, dos faltas de
orden en la habitación, al llegar el sábado, te restaban del tiempo libre tres
cuartos de hora, y te estabas en un aula sin hablar, o en la cocina pelando
patatas, o caminabas cinco kilómetros en silencio. A mí me tocó hacer estas
cosas muchas veces. Sí, era un castigo, pero te lo habías impuesto tú, y eso le
daba otro valor y otra calidad moral. Cfr.
P. Urbano, La Reina Minas
a la deriva -¡Había
que relevarlos cada diez minutos! Escuchaba
yo con interés el relato del oficial que había participado en misiones de
control de una zona del mar durante la llamada Guerra del Golfo. Contaba que el
mayor peligro para su fragata no estaba en un posible encuentro con buques
enemigos, sino en las pequeñas minas que andaban a la deriva por aquella zona;
eran tan pequeñas que los aparatos normales para detectarlas no eran del todo
seguros; así que no había más remedio que situar a un marinero en la proa,
provisto de prismáticos, para que barriera con su vista el agua. El marinero,
por la cuenta que le traía -sería el primero en saltar por los aires si
chocaban con una mina-, se esforzaba por escrutar cada metro cuadrado de
agua... -Era
agotador. Por eso, había que relevarlos cada diez minutos... FE Lo
único importante Muy
emocionado estuvo Claudio Sánchez Albornoz en su última visita a Covadonga, ya
anciano y cercano a la muerte, tras tantos años de no haber pisado aquellos
parajes que le devolvían a sus primeras investigaciones sobre el origen de la
monarquía asturiana. No tuvo inconveniente en poner de manifiesto su acendrada
fe religiosa ante la "Santina" y en hacer saber a cualquiera -vino en
los periódicos- que pensaba aprovechar para confesarse con el abad del
santuario. Por
aquel entonces declaraba al periodista Miguel Álvarez, para la revista
"Telva", año 1983, respondiendo a la pregunta "¿a qué es fiel,
don Claudio, a estas alturas de la vida?" (y quede claro que esas
"alturas" eran nada menos que noventa años): -Yo,
a lo que soy fiel, por encima de todas las cosas, es a lo que me enseñó mi
madre. Soy católico, apostólico y romano. En esa fe he vivido y en ella quiero
morir. Mi única preocupación en estos momentos es salvarme. Sin
sol Si
el lector tiene la suerte de poder darse un buen paseo por la Ciudad Eterna,
ahí tiene para recorrerla el viale della Regina Margherita, amplísima avenida
que, arrancando de piazza Buenos Aires, le acercará al Campo de Verano, a la
basílica de San Lorenzo, etc. La cruzan vías tan importantes e históricas como
la Salaria y la Nomentana. Pues allí, en una villa, te asomas un poco a la reja
de la entrada y observas la fachada; ves un reloj de sol y una inscripción:
"Tú sin fe eres como yo sin sol". O sea, una inutilidad de persona. Mártires
de la fe La
Revolución Francesa, frente a lo que muchos imaginan, fue una revolución
terriblemente persecutoria para la Iglesia y estuvo animada por un
espíritu fanático e intolerante. Por ejemplo, la comisión militar de Angers
condenó a varias mujeres a morir fusiladas por el delito de
"fanatismo", que equivalía practicar el culto católico. Según
Voltaire, los fanáticos no merecían la tolerancia (Traité sur la tolérance).
Entre los ajusticiados por orden de un tribunal revolucionario en Cambrai
(1794) figuran: Angelique Dupuis, acusada de haber confeccionado hostias para
la Misa; el marqués de Lavestine y su esposa, por esconder a sacerdotes
"refractarios"; Agustín Boulanger, por tener dos hermanos canónigos;
Eustaquio Carlier, agricultor, por haber dicho "que los curas juramentados
de la Asamblea Nacional eran unos miserables". Falta,
a veces, hasta la más elemental compasión. A la madre de un sacerdote de Puy,
el abate Beauzac, se la acusa de ocultar a su hijo. Muere en la guillotina, no
sin antes exclamar ante sus jueces: -Una
perra puede amamantar a sus cachorros, y una madre no puede tener a su hijo en
casa. Sois más feroces que los tigres". Cfr.
J. de Viguerie, Cristianismo y revolución Descristianizar
a conciencia Seguimos
con el asunto anterior: la actitud antirreligiosa propia de la Revolución
Francesa, que llega hasta extremos ridículos. Suprimen
el domingo, por ser día de contenido cristiano, y quieren acabar con todas las
festividades religiosas que han marcado la vida del país hasta entonces durante
siglos. El día de Todos los Santos se convierte en el día de la escorzonera (un
tipo de hierba); Navidad, el día del perro; Epifanía, el del bacalao; la
Candelaria, el del nogal; y para qué seguir... Al
mismo tiempo surgen las fiestas revolucionarias con un talante que produce
rubor. Después de celebrar la Fiesta de la Razón en Notre-Dame, vienen una
serie de inauguraciones de templos de la Razón con sus correspondientes
festividades. Hay hasta procesiones. En muchos lugares se organizan cortejos
cívico-militares. La gente sale de la ciudad, con acompañamiento de la guardia
nacional, que porta armas y tambores, luego viene el carro de la diosa
arrastrado por chicos y chicas jóvenes. La procesión llega hasta el árbol de la
Libertad, al que rodea tres veces, volviendo a continuación al punto de
partida, que suele ser el local de la sociedad popular. Cfr.
J. de Viguerie, Cristianismo y revolución Un
crucifijo sobre el pecho El
que fuera presidente de los Estados Unidos, el republicano George Bush, sucesor
de Ronald Reagan, refirió en cierta ocasión un viejo recuerdo de sus viajes a
Moscú. "Quiero contarles una anécdota de la que fui testigo hace muchos
años, cuando asistía a los funerales por el líder soviético Breznev. La
ceremonia se estaba desarrollando con tal precisión militar que se tenía una
sensación de vacío y de frialdad. Soldados marchando, cascos metálicos y la
habitual retórica marxista; ninguna oración o himno de consuelo, ninguna
referencia al nombre de Dios. Los
dirigentes soviéticos habían ocupado sus lugares en las murallas del Kremlin,
mientras la familia del difunto escoltaba silenciosamente el féretro hasta su
última morada. Desde mi sitio, pude ver a la señora Breznev acercarse al ataúd
para darle su última despedida y, allí, en el corazón frío y gris de ese estado
totalitario, ella depositó, entonces, un crucifijo sobre el pecho de su marido.
Me quedé impresionado. Ese sencillo gesto me hizo comprender que decenios o
siglos de leyes antirreligiosas no pueden destruir jamás la fe y la fuerza
interior en el corazón de todos los hombres". Cfr.
P. Estaún Villoslada, ¿Es natural creer en Dios? Mártires
del nazismo La
periodista norteamericana Dorota Thomson, una persona poco comprometida
políticamente y que no pertenece a una confesión religiosa concreta, ha escrito
que de los resultados de entrevistas hechas a numerosos prisioneros que
salvaron la vida en el horroroso campo de concentración de Dachau se desprende
algo muy significativo. Ella hacía a todos la misma pregunta: "En medio de
aquel infierno que era la vida en Dachau, tan privada de humanidad, tan brutal
y envilecedora ¿quién conservó más largamente la propia humanidad y salud
mental? ¿Quiénes, olvidándose de la propia miseria y humillación, sirvieron a
los demás hombres que sufrían aquel sistema diabólico? ¿Quiénes mantuvieron la
propia identidad, la propia dignidad y esperanza... cuando los demás
desaparecían de este mundo perdiendo la confianza y la vida?" La respuesta
fue siempre la misma: "Los sacerdotes católicos". El Cardenal
americano Wright escribía al Primado de Polonia, el heroico Wyszynski:
"Ellos conocían la razón por la que se encontraban allí. Sabían que
quedaría sólo su testimonio, su dedicación, su vocación. Sabían que todos
esperaban ese testimonio". Cfr.
K. Majdanski, Un obispo en los campos de exterminio El
Beato gitano Gran
novedad. El día 4 de mayo de 1997 es beatificado en Roma el primer caló de la
historia que sube a los altares: Ceferino Giménez, apodado "el Pelé",
asesinado en Barbastro en agosto de 1936. El
hombre no sabía leer ni escribir. Pero era honrado como nadie y buen cristiano.
Asistía a Misa a diario. En su hogar se rezaba todos los días el rosario. El
19 de julio de 1936, al día siguiente de iniciarse la guerra civil,
presenció el apresamiento de un sacerdote, que trataba de desasirse de los
milicianos. Indignado, exclamó: -¡Válgame
la Virgen! Tantos hombres contra uno, y además inocente. Fue
suficiente para que lo detuvieran y, al encontrar en sus bolsillos un rosario,
para que lo encarcelaran. Un miembro del comité que lo juzgaba, conocedor
personal de "el Pelé" y admirador de su honradez, le recomendó, para
salvarle la vida, que disimulara sus convicciones. Pero Ceferino no aceptó el
consejo. En la madrugada del dos o tres de agosto fue fusilado en compañía de
varios sacerdotes, religiosos y laicos. Murió gritando: "¡Viva Cristo
Rey!". Explicaciones
poco convincentes Hay
quienes explican cualquier fenómeno de la realidad -incluida, por ejemplo, la
inteligencia humana- a base de evolución (cuando es la misma evolución la
que pide una explicación) y a base de casualidades. J.
A. Sayés (Razones para creer) expone una anécdota imaginaria bastante
ilustrativa. Habla de unos amigos que han escalado un montaña que hasta
entonces se creía inexpugnable, aunque la verdad es que los deportistas
hallaron en la cumbre un buzón, el nombre del club que lo colocó allí e,
incluso, la fecha de su establecimiento, y dentro una tarjeta. Una vez sufrido
el chasco de no ser los primeros, deciden ocultar la verdad y regresan para dar
la noticia de la nueva conquista. Son entrevistados por la televisión, tras un
recibimiento triunfal, y dan todo tipo de detalles sobre las dificultades de la
escalada, la clase de alimentación que han empleado, medios técnicos, etc.,
hasta que un entrevistador, con un poquito de ironía en la voz, pregunta: -¿Y
no encontrasteis un buzón, con la inscripción del Club montañero Castilla
y la fecha de 2-3-1940? La
pregunta cae como un jarro de agua helada sobre los escaladores. -Sí,
claro que lo había, pero hay que tener en cuenta que por encima pasan varias
rutas aéreas. Esto explica que a algún avión se le cayó una puerta metálica
que, poco a poco, por evolución, se convirtió en un buzón montañero. Sí, eso
creemos que pasó. El periodista
vuelve a la carga: -¿Y
cómo estaba allí el cemento que lo sostenía? -Ya,
claro, ejem. Por casualidad. -¿Y
la inscripción grabada en el metal? -Bueno,
sí, surgió por casualidad. -¿Y
la tarjeta que había en el interior? -Pues
la casualidad... Henri
Bergson Fueron
los místicos los que llevaron al ilustre filósofo judío Henri Bergson
(1859-1941) a una activa preocupación religiosa, como él mismo reconoció,
llegando incluso a una virtual aceptación del cristianismo. Dirá en una
ocasión: "No es profundizando las pruebas clásicas de la existencia de
Dios como he llegado a Dios. Comprendo ahora que esas pruebas pueden confirmar,
precisar, una convicción una vez obtenida. Pero la convicción no se obtiene
así. Santa Teresa, San Juan de la Cruz me hicieron comprender ese estado
indefinible, estado de alegría: el sentimiento, que no puede ser ilusorio, de
una comunión o contacto con la divinidad..." Pero
no llegó a dar el paso de entrar en la Iglesia. Razones de índole histórica y
de lealtad humana -según su punto de vista- le impedían formalizar una adhesión
que ya se había dado en el corazón. Le costaba, en suma, romper con su pasado,
con sus vínculos familiares, y sobre todo abandonar el judaísmo cuando se veía
venir una gran ola de antisemitismo. Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo Hablando
de sumandos Con
buen humor y no menos sentido sobrenatural, solía repetir Santa Teresa:
"Teresa sola no puede nada; Teresa y un maravedí, menos que nada; Teresa,
un maravedí y Dios, lo puede todo" (cfr. A. Ruiz, Anécdotas teresianas).
Algo parecido viene a leerse en Camino: "En las empresas de apostolado
está bien -es un deber- que consideres tus medios terrenos (2 + 2 = 4), pero no
olvides ¡nunca! que has de contar, por fortuna, con otro sumando: Dios +
2 + 2..." El
santuario de María Auxiliadora Estaba
San Juan Bosco ilusionado con la idea de levantar un gran santuario en honor de
María bajo el título de Auxiliadora de los cristianos. Tuvo una noche un sueño
y en él la Virgen Santísima le animaba a seguir su labor con los muchachos, le
invitaba a poner en Ella su confianza a pesar de las dificultades y,
finalmente, le señalaba dónde quería que se hiciera el gran santuario (en la
ciudad de Turín). El
problema era que no había una moneda en caja, cosa nada rara. Don Bosco se
lanzó con audacia a pedir dinero a todo el mundo, empezando por las
autoridades. Hizo llegar a miles de personas circulares solicitando apoyo
económico. No faltó quien le criticó diciendo que estaba loco, o quien pensó
que iba a fracasar estrepitosamente; por ejemplo, un sacerdote compañero suyo
hizo esta afirmación: -El
día en que levantes un templo como el que dices, yo me comeré un perro crudo. A
los tres años el templo se abrió al culto y el amigo pidió al Santo que le
dispensara del compromiso, pero este último, con su habitual buen humor,
decidió no dispensarlo y lo llevó a una confitería para que tomara un dulce en
forma de perrito. Las
dificultades fueron tremendas. A veces, en momentos de gran apuro aparecía un
donativo providencial y se podía seguir adelante. Se palpaba la ayuda de Santa
María en aquella empresa. San Juan Bosco narra en sus Memorias del Oratorio
muchas sabrosas anécdotas relativas a esta edificación. Una de menor
importancia, pero simpática, es que el 16 de noviembre de 1866, fecha en que
tenían que abonar una buena cantidad, les llega un paquete certificado. Lo
abren con esperanza y encuentra ¡un ladrillo! Entonces, Don Bosco recuerda que
tiempo antes recibió una carta de un antiguo compañero en que le planteaba un
gravísimo problema personal. El Santo le había dicho que invocara a María
Auxiliadora y si se resolvía favorablemente, que le enviara un ladrillo para el
templo en agradecimiento. Todos
se lanzan a romper el ladrillo con la ilusión de que contenga algo dentro...
pero es que el buen cura había tomado al pie de la letra lo del ladrillo y,
efectivamente, enviaba ¡un ladrillo! Francos
suizos Semejante
audacia, fundamentada en la fe, que la que se ha relatado en la anterior
anécdota, se puede referir de la vida del Beato Josemaría Escrivá. En
1946 había llegado a la Ciudad Eterna y en el Vaticano le aconsejaban vivir en
Roma de modo permanente y edificar lo que debería ser la Sede Central del Opus
Dei. Le animaban el futuro Cardenal Secretario de Estado en
tiempos de Juan XXIIII, DomenicoTardini, y Mons. Montini, por aquel entonces en
funciones de Sustituto de la Secretaría de Estado, luego Pablo VI. Existía
en el barrio del Parioli un edificio muy adecuado, ocupado por la Legación de
Hungría ante la Santa Sede, aunque a partir del 1947 ya no había relaciones
diplomáticas entre Hungría y el Vaticano. Tenía un buen jardín que se podría
aprovechar para levantar nuevas edificaciones. Era lo que hacía falta. El
problema, como de costumbre, era el dinero para adquirir el inmueble y después
pasar a las obras pertinentes. Pero si Dios le pedía algo, el Fundador no se
iba a detener ante los obstáculos. El
dueño era un aristócrata, el conde Mazzoleni, que, tras diversas negociaciones,
admitió para formalizar la venta una prenda, consistente en unas monedas de
oro, y luego que se le pagara todo en dos meses. Sólo que exigía que se le
pagara... en francos suizos. Josemaría
Escrivá sonrió y se encogió de hombros cuando se lo comunicaron: -¡No
nos importa nada! Nosotros no tenemos ni liras, ni francos... Y al Señor le es
igual una moneda que otra. Había
que confiar en el Señor y mucho. Después, al pedir a sus hijas del Opus Dei en
Roma que recen por el asunto, les dirá, con un guiño de pillería: -¡Pero
no os equivoquéis de moneda: tienen que ser francos suizos! Los
años siguientes, ya metidos en construcciones, fueron un continuo luchar por
encontrar el dinero necesario, casi día a día, y a veces llegaría de modo
providencial, como premio a la fe puesta en la Voluntad divina. FELICIDAD Refrán
japonés He
leído que los japoneses tienen el siguiente dicho: "Si quieres ser feliz
unas horas, emborráchate; si quieres ser feliz unos días, mata un cerdo; si
quieres ser feliz un año, cásate; si quieres ser feliz toda la vida, hazte
jardinero". Se
entiende que los nipones, tan sensibles para la naturaleza y tan amantes de
cuidar pequeños y primorosos jardincillos, destaquen las muchas satisfacciones
que puede reportar el cuidado de las plantas. Pero en un terreno superior, es
claro que la auténtica felicidad la da Dios, y ya en esta vida. El Beato
Josemaría Escrivá parafraseaba alguna vez a San José de Calasanz (aquello de
"si quieres ser santo, sé humilde...") y decía: "Si quieres ser
feliz, sé santo; si quieres ser más feliz, sé más santo; si quieres ser muy feliz
-¡ya en la tierra!-, sé muy santo". "Todo
el oro del mundo" Así
reza el subtítulo de un folleto de la colección juvenil "Mundo
Cristiano"; en concreto, el número 147. El título habla de su
protagonista: La vida de Luis Ángel. Luis
Ángel es un niño formidable. Nace en 1980 y al poco tiempo se enterarán sus
padres de que tendrá que vivir toda su vida en una silla de ruedas, porque es
hipotónico, es decir, carece de fuerza muscular (en un primer momento los
médicos creen que morirá rapidísimamente, y, contra pronóstico, alcanza la edad
de quince años, que es cuando fallece en su Palencia natal). La lectura de lo
que fue la existencia de Luis Ángel, con todo el conjunto de penalidades que
son fáciles de imaginar, y el ejemplo de sus padres y familiares, produce
admiración y conmueve. Un
día le oyen decir: -¡Qué
maravilloso es vivir! ¡Es lo mejor que nos puede haber dado Dios! La vida es el
mejor regalo que nos pueden hacer. Mi vida, a pesar de estar en una silla de
ruedas, es también el mejor regalo. A pesar de que algunas personas digan:
¡pobrecillo! ¿Qué saben ellas lo feliz que soy? Su
tía Paula afirma: -Para
quienes tuvimos la suerte de conocerlo o tenerlo cerca, sus huellas nunca se
borrarán en nuestras vidas y su vida no habrá pasado en vano. Como él diría, ni
fue minusválido; como podemos decir nosotros, fue super-válido. Fue un tesoro
que no cambiaríamos por toda la ciencia ni por todo el oro del mundo. Cfr.
S. Mata, La vida de Luis Ángel El
reflejo de la luna Uno
de los grandes de la música ligera italiana -Domenico Modugno-, ganador de más
de un festival de San Remo, autor de temas inolvidables como
"Volare", "Piove", "Tu sí na cosa grande pe
me"..., relata en una de sus más famosas canciones la siguiente historia.
Un muchacho va recorriendo la orilla del río Tíber -il Tevere- en Roma. Es de
noche. Va por el popular barrio del Trastevere, herido de amores, con el
corazón en carne viva. De repente, ve sobre la superficie del agua un disco de
plata brillantísima, y, cegado por su fulgor y perfecta redondez, acaba por
lanzarse sin pensárselo dos veces al río. En el instante mismo de alcanzar el
objeto que le ha subyugado el ánimo, el disco se rompe en mil pedazos: se trata
tan sólo del reflejo de la luna en el Tíber. Allora, allora ho capito tante
cose... ("Entonces, entonces he comprendido tantas cosas"...) FILIACIÓN
DIVINA La
gran tragedia Ramón
García de Haro, profesor de Teología Moral en Roma, refiere en Amor y
sexualidad que un día durante una cena con Juan Pablo II, en la que
participaban otras personas -celebraban el primer acto académico del Instituto
de Estudios sobre el matrimonio y la familia-, oyó, en un momento de silencio,
que el Papa decía en voz baja, hablando consigo mismo o quizá hablando con
Dios: "La tragedia del hombre actual es que se ha olvidado de quién
es" (l'uomo non sa più chi è). Esta
es la gran tragedia: perder de vista la condición de persona, de ser hecho a
imagen y semejanza de un Dios personal, y el haber sido llamado a ser hijo de
Dios, imagen del Hijo, imagen de quien es "imagen del Dios invisible"
(Col 1,15); es olvidar la propia dignidad. Construir
bien Una
ciudad perdida, a unos 2.300 metros de altitud, desconocida para los
conquistadores españoles, ésa es Machu Pichu, ciudad sagrada de los incas. La
descubre el 24 de julio de 1911 el doctor Hiram Bingham, que va al frente de un
grupo de especialistas en topografía y biología. Sorprenden
los grandes bloques de piedra, unidos unos con otros... No son lisos, sino con
superficies curvas, helicoidales, que se juntan con otros exactamente iguales.
Los incas emplearon la misma técnica antisísmica que los modernos arquitectos.
Y ahí está, con el pasar de los siglos, en aquel territorio tan propicio
para el terremoto, la ciudad incaica. Para
el cristiano, el fundamento sólido, lo que le mantiene en pie aunque le sacuda
la vida espiritual algún terremoto, es el saberse hijo de Dios. Un fundamento a
prueba de vaivenes y movimientos sísmicos. Y es bien antiguo: como el mismo
Evangelio. Le
habían llamado de todo Dead
man walking, en castellano, "Pena de muerte", es una excelente
película que plantea la lucha de un hombre por evitar la muerte a la que ha
sido condenado y su aceptación final. Mathew Poncelet -encarnado por el actor
Sean Penn, premio Oso de Plata en el festival de Berlín de 1996- ha sido
condenado a la pena capital por doble asesinato y violación. Poco antes de que
se cumpla la sentencia, acude a una religiosa, la hermana Helen -Susan
Sarandon, Óscar a la mejor actriz en 1996- para que le ayude a conseguir una
conmutación de la pena capital por cadena perpetua. La religiosa batalla cuanto
puede por salvarle de la inyección letal, pero no logra impedir la ejecución;
en cambio, sí obtiene de Mathew el arrepentimiento y el acercamiento a Dios.
Uno de los momentos más impresionantes de la película es cuando la monja le
recuerda que es hijo de Dios. Se ve cómo el rostro de Mathew se ilumina.
Comenta con emoción: -Es
la primera vez en mi vida que me llaman hijo de Dios. Hasta ahora me habían
llamado hijo de muchas cosas..., pero ¡hijo de Dios! A
la hora de la muerte El
día 6 de agosto de l978 fallecía el Papa Pablo VI. Había asistido en su
habitación de Castelgandolfo, desde la cama, a la Santa Misa oficiada por su
secretario Mons. Pasquale Macchi. Se sintió muy mal, Recibió consciente y
sereno la Unción de los enfermos. Los que acompañaban al Pontífice rezaban sin
cesar y él contestaba a las plegarias. Cuando su voz empezó a no ser clara, el
Cardenal Secretario de Estado pidió a Mons. Macchi que escuchara al Papa por si
éste tenía algo especial que decir. Arrimó dos veces su oído a su boca y
siempre escuchó lo mismo: Pater noster qui es in coelis. No quiso Pablo VI en
ese instante pronunciar frases transcendentales. Todo su espíritu era diálogo
con Dios, ya nada más le interesaba. Sólo decía: "Padre, Padre nuestro que
estás en los cielos"... La oración de un hijo, la oración de un cristiano. Cfr.
C. Cremona, Pablo VI Una
nueva visión de Dios El
célebre Dr. Nathanson, médico americano que ha pasado de ser uno de los más
destacados abortistas de su país a convertirse en un gran defensor de la vida,
se adhiere a la fe católica y recibe el bautismo. El proceso de su conversión
lo relata en un libro autobiográfico titulado La mano de Dios. Procede de una
familia judía sin fe religiosa. ¿Qué idea tenía de Dios? "Mi imagen de
Dios era -concluyo al reflexionar sobre ella al cabo de seis decenios- la
figura amenazadora, majestuosa y barbuda del Moisés de Miguel Ángel. Sentado en
lo que parecía ser su trono, considerando mi destino y a punto de lanzar su
juicio inexorablemente condenatorio. Así era mi Dios judío: terriblemente
despótico e implacable". Cuando
cumplía el servicio militar en la Aviación, leyó para matar el tiempo un libro
sobre la Biblia. Allí descubrió que la imagen del Dios justiciero que se había
formado al leer parcialmente el Antiguo Testamento era falsa y comprendió que
"el Dios del Nuevo Testamento era una figura amable, clemente e incomparablemente
cariñosa. En ella iría después a buscar, y al fin encontraría, el perdón que
por tanto tiempo y tan desesperadamente he deseado". Todavía
no había llegado ni mucho menos a la conversión, pero ese paso iba a resultar
un gran avance. FIN
DEL HOMBRE Preguntas
al Nobel Entrevistaba
a Severo Ochoa, el Premio Nobel español ya fallecido, la periodista Pilar
Urbano ("El Mundo", 4-IX-1993), y el sabio hizo al final una
interesante confesión. Porque la periodista se decidió a preguntar sobre
cuestiones últimas: ¿qué es la vida?, ¿cuál es su origen?, ¿qué es la muerte?,
¿qué hay después?, ¿sabe usted dónde está el amor de su esposa?, ¿me podría
explicar sobre una pizarra por qué, al atardecer, se pone usted tan triste? Y
Severo Ochoa escuchaba, pensaba, no respondía, o sólo decía: no lo sé. Refiere
la entrevistadora: "Al fin, se puso en pie, altísimo como era. Dio una
vuelta por la sala. Volvió. Me miró desde arriba, en contrapicado. Y soltó una
tremenda confesión: No tengo ni una sola respuesta para nada de lo que de
verdad me interesa. Puedes escribir bien grande que te he dicho que soy un
extraño sabio... un sabio que no sabe nada". A
Dios le encanta la música Narciso
Yepes refiere con sencillez a una periodista que él disfruta, goza de verdad,
con la música, compartiendo con el público emociones estéticas; pero no busca
el aplauso; es más, cuando llega la ovación, se sorprende siempre. Y añade una
confidencia muy especial: -Y
le confesaré algo más, casi siempre, para quien realmente toco es para Dios. Dice
"casi siempre" porque alguna vez puede distraerse. La entrevistadora
hace una pregunta curiosa: -Y...
¿a Dios le gusta la música? -¡Le
encanta! Más que mi música, lo que le gusta es que yo le dedique mi atención,
mi sensibilidad, mi esfuerzo, mi arte... mi trabajo. Y,
además, ciertamente, tocar un instrumento lo mejor que uno sabe, y
consciente de la presencia de Dios, es una forma maravillosa de rezar, de orar.
Lo tengo bien experimentado. Una
inscripción para la lápida Manuel
de Falla (1876-1946) muere en Alta Gracia, en la provincia argentina de
Córdoba. Es enterrado en España, en la cripta de la Catedral de Cádiz, su
ciudad natal, y en su tumba hay también tierra de Granada, que es su
"otra" patria chica, donde ha vivido por espacio de diecinueve años.
Tanto ama a Granada que durante su etapa argentina lleva consigo siempre dos
relojes y conserva en uno la hora de la ciudad andaluza. En
la lápida hay, por voluntad del ilustre músico, una inscripción, que es esta
simple frase: "Sólo a Dios el honor y la gloria". Cfr.
VV. AA., Forjadores del mundo contemporáneo FORMACIÓN Invertir
a largo plazo Se
trata de un dicho de sabiduría oriental muy citado, y es razonable que así sea
por la enseñanza que encierra: "Si das un pez a un hombre, lo habrás
alimentado un día. Si le enseñas a pescar, se alimentará toda la vida". En
efecto, hay remedios que remedian poco, e invertir en formación es invertir con
eficacia. El personaje a quien se atribuye esta máxima -Kuant Tsu- también la
expone algo más desarrollada: "Si tus proyectos son para un año, siembra
grano. Si son para diez años, planta un árbol. Si son para cien años, instruye
al pueblo. Plantando un árbol, recogerás diez veces. Instruyendo al pueblo,
recogerás cien veces". La
mayor fortuna John
Dawison Rockefeller (1839-1937), fundador de la célebre dinastía, comenzó a
estudiar a los catorce años y se ayudaba económicamente con un trabajo que le
reportaba seis dólares al mes. Ya era un millonario del petróleo cuando nació
su único hijo, John Dawison Rockefeller Jr., pero quiso que éste pasara por
toda clase de trabajos antes de asociarlo a la dirección de sus empresas; así
que el hijo tuvo que empezar quitando el polvo de su oficina, porque ése era el
modo en que conseguiría valorar el trabajo mismo. Tampoco se sintió
decepcionado ni desconfió de él cuando perdió en Wall Street un millón de
dólares. Para formarlo en la responsabilidad, no le daba muchos consejos, ni
instrucciones muy precisas, ni le censuraba; prefería que aprendiera a llevar
los negocios con independencia. Y el retoño no le decepcionó. Con el paso del
tiempo pudo exclamar con satisfacción: -Mi
mayor fortuna en el mundo la tengo en mi hijo. Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo Qué
poco sabían Deal
Hudson, profesor de filosofía en Fordham University (Nueva York), escribe un
interesante artículo que publica Catholic Position Papers en febrero de 1996.
El hombre está asombrado -y no es para menos- de la ignorancia religiosa de sus
alumnos. Un
día está dando una clase sobre las Confesiones de San Agustín a universitarios
de primer curso, y nota en ellos una cara de perplejidad cada vez que nombra la
palabra "Encarnación", que le deja no menos perplejo. El supone que
conocen el significado del término, porque el college es católico y la mayoría de
los muchachos provienen de escuelas católicas, pero ante la duda decide
pedirles que escriban en un papel qué significa "Encarnación".
Resultado: de un total de 64 estudiantes, sólo hay cuatro respuestas que se
acercan al significado de "el Verbo se hizo carne". De los 64, 54
provienen de escuelas católicas, y, para más asombro, 2 de los que han
respondido bien vienen de la enseñanza pública. Hay
un alumno que escribe lo siguiente: "Era el nombre de mi escuela, pero
nunca me dijeron qué significaba". Todos habían recibido enseñanza de
religión en sus centros de origen. Pero, ¿de qué les hablaban? La respuesta es
la siguiente: de las diversas religiones, de cuestiones de justicia social en
Latinoamérica, de la pobreza, del racismo -cosas importantes, sin duda-, pero
nadie recordaba haber recibido un curso de doctrina cristiana básica. Aquí
mismo Tampoco
hace falta ir tan lejos -a Nueva York, como en la anterior anécdota- para
descubrir situaciones de escasa enseñanza religiosa en clases de religión. A un
sacerdote de parroquia de ciudad española le llamaba la atención la ignorancia
supina de los chavales; en general no habían pisado una catequesis, ni la
iglesia, desde la época de la primera comunión. Intentó hacer una cierta labor
formativa, pero encontró en los muchachos una actitud más bien contraria; lo
curioso del caso es que argumentaban, para no acudir a la catequesis que se les
ofrecía, que ya tenían clases de religión en el colegio. ¿Pero cómo eran tan
ignorantes? La respuesta a este interrogante se la ofreció uno de los chicos,
cuando le preguntó por qué estaba tan contento el día en que había clase de
religión. No es que fuera una asignatura amena: -No.
Lo que pasa es que le armamos tanto jaleo a la profesora de religión, que
enseguida se pone histérica y se va llorando. Y de esta forma tenemos una hora
más de recreo. En
otros casos dedicaban el tiempo de clase a estudiar a Buda, a Confucio y a
Mahoma... y ni tiempo les quedaba para aprender los mandamientos de la Ley de
Dios. Cfr.
J. Azcárate Fajarnés, A evangelizar de nuevo FORTALEZA Se
olió la tostada Cuando
se trata de organismos vivos, hay que saber esperar a que se desarrollen de
acuerdo con las leyes que rigen su vida; o sea, ejercitarse en la virtud de la
paciencia. Pretender acelerar su ritmo con violencias y brusquedades no suele
conducir a resultados positivos. Y lo mismo pasa con la mejoría de las
personas: conviene dar tiempo al tiempo; quien está inmerso en actividades
apostólicas o elabora planes pastorales, bien pronto adquirirá esta elemental
experiencia. Volviendo
al ejemplo de los organismos vivos: los vegetales no crecen más rápidos por el
mero intento, poco afortunado, de que se nos ocurra tirar de sus ramas o de sus
brotes. Hay un viejo cuento chino (de Meng Ko, cuatro siglos antes de Cristo)
en que se refiere que un campesino andaba poco satisfecho con el crecimiento de
sus plantas en los campos que había sembrado, y, en vista de ello, se dedicó a
dar a cada una un tirón, y se volvió para su casa agotado del trabajo. -Estoy
reventado -confesó a su familia-. He estado en el campo ayudando a los brotes a
crecer. El
hijo mayor, que se "olió la tostada", partió como un rayo hacia los
sembrados y encontró todas las plantas muertas. Otra
cosa es desbrozar el terreno, regar en los momentos oportunos y abonar. Por
cierto, que la eficacia del abono de estiércol (el "cucho", del
latino cultum, como se le llama en algunas regiones: Asturias, sin ir más
lejos) bien la predica el dicho popular: "con cuatro cosas logra el
labrador coger mucho: cucho, cucho, cucho y cucho". No es difícil
encontrarle al refrán una aplicación ascética. Desbrozar, abonar y sembrar;
apoyar el crecimiento... y paciencia. Anuncio
de gestoría Sin
lugar a dudas, uno de los aspectos que definen en qué consiste la virtud de la
fortaleza es la capacidad de lanzarse con audacia a empresas que merecen la
pena. El que se "arruga" ante los obstáculos es débil y no llega a
ninguna parte. Cierta gestoría se anunciaba en su publicidad de la
siguiente manera: "Las cosas difíciles las resuelve nuestra secretaria en
el acto. Para lo muy difícil nos basta con cinco minutos. Con los milagros
tardamos un poco más". Algo
parecido se cuenta de Charles Calonne (1734-1802), el célebre hacendista de
Luis XVI. Le indicó la reina María Antonieta que deseaba pedirle un favor, e
inmediatamente respondió el ministro: -Señora,
si es posible, la cosa está hecha; si es imposible, se hará. Toda
una galantería. Algo
tiene que salir mal Es
síntoma de fortaleza la ecuanimidad y también la serenidad ante las
dificultades de la vida misma. Unos
conductores de camión de cierta capital de provincia decidieron adquirir con el
fruto de todos sus ahorros un vehículo usado para establecerse por su cuenta.
Al poco tiempo, en la bajada de un puerto, les falló el freno y, por no irse
por un barranco, dirigieron al camión hacia unas rocas; salieron ilesos pero
por los "despojos" del vehículo sólo les ofrecieron, en plan de
chatarra, el 5% de lo que les había costado. Cuando iban para la estación del
tren, con intención de regresar a sus casas, alguien les comentó que menuda
pena haber perdido todos los ahorros en tan poco tiempo, vaya desgracia, y tal.
Uno de ellos respondió muy sereno: -¡Hombre,
no todo va a salir bien! Cfr.
R. Escolá Gil, La personalidad La
respuesta del general Entre
los hombres más ilustres de Inglaterra, tanto en el terreno militar como en el
de la política, hay que destacar al famoso Duque de Wellington, a quien también
podemos considerar noble español por haber alcanzado el título de Duque de
Ciudad Rodrigo, con grandeza de España -¡ahí es nada!-, por la liberación de
esa ciudad, ocupada por las tropas francesas, en la guerra de la Independencia.
Nacido en Dublín en 1769, alcanzará su mayor éxito militar como jefe de los
ejércitos (Prusia, Rusia, Austria e Inglaterra) que derrotaron a Napoleón en
Waterloo el 18 de junio de 1815. Fue
en esta batalla, ocupando un lugar bastante expuesto al fuego enemigo, cuando
su ayudante de campo, a modo de advertencia, le dijo: -General,
¿cuáles son sus órdenes para el caso en que caigáis muerto? Y
Wellington repuso: -Hacer
lo mismo que hago yo. Testimonio
de una mártir Del
martirio de las santas Felicidad y Perpetua ya se ha tratado anteriormente en
el capítulo dedicado a la Castidad (anécdota nº 47). Añadimos ahora nuevos
detalles sobre la entereza de Perpetua ante los intentos de su padre de
persuadirla de que renegara del cristianismo y sacrificara a los ídolos. El
hombre intenta conmoverla de todas las maneras posibles, y para lograr
derribarla le dice que tenga compasión de él, que piense en sus hermanos, en su
madre y en su tía materna, y también, cómo no, en el niñito que está criando.
Narra la propia Perpetua: "me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y
me llamaba, entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora". Perpetua trata
de animar a su padre con palabras muy sobrenaturales, pero no consigue
consolarlo. El hombre vuelve a la carga al día siguiente, que es el del juicio,
llevando en los brazos al hijito de Perpetua: -Compadécete
del niño chiquito. Y
el procurador Hilariano, que tiene autoridad para condenarla, se une al consejo
del padre para que así salve la vida. Perpetua
se niega a sacrificar y se confiesa cristiana. Tan pesado se pone el padre en
sus intentos por hacerla cambiar de idea, que acaba el procurador por ordenar
que lo echen a palos del tribunal. Y escribe la mártir: "Yo sentí los
golpes de mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí también
por su infortunada vejez. Entonces Hilariano pronuncia la sentencia contra
todos nosotros, condenándonos a las fieras. Y bajamos jubilosos a la
cárcel". Preparación
para el martirio Las
vidas de los primeros misioneros y misioneras combonianos en Sudán -último
tercio del siglo XIX- emparientan muy bien con las Actas de los mártires de
comienzos del cristianismo. Antes de partir para esas misiones, el fundador,
Daniel Comboni, habla a las nacientes vocaciones del recién fundado Instituto.
No les engaña sobre los peligros y sacrificios que afrontarán en tierras
africanas. Dice en marzo de 1876, en coincidencia con los votos de las dos
primeras misioneras, que tienen que ser santas, pero "verdaderas santas y
no con el cuello torcido, porque en África es preciso tenerlo derecho; monjas
valientes y generosas". Con lenguaje directo y algo rudo, para que le
entiendan bien, añade: "Hijas, recordad que sois carne para el
matadero... Preparaos a trabajar por las almas sin ver ningún fruto de
vuestras fatigas. Sólo en la tercera o cuarta generación habrá buenos
cristianos... Trabajad por el Señor, pero en este mundo no esperéis más que
ingratitudes y piojos". Eso se llama hablar claro, y cuánto se lo
agradecieron... Cfr.
L. Gaiga, Mujeres en la arena Dispuesto
a lo que fuera Albino
Luciani, el futuro Papa Juan Pablo I, el Papa de la sonrisa, siempre tuvo una
salud muy delicada. Juan XXIII pidió al Obispo de Padua, Mons. Bortignon, el
nombre de un sacerdote idóneo para ponerlo al frente de la diócesis de Vittoro
Veneto. La respuesta fue que en Belluno había un sacerdote joven, un tal
Luciani, que parecía que de un momento a otro se iba a partir en dos... Sería
débil de cuerpo, pero no de espíritu. Cuando en el pueblo de Canale d'Agordo,
en el año 1945, los partisanos habían preparado horcas para ajusticiar a los
fascistas del pueblo, el sacerdote, D. Albino, logró que las horcas
desaparecieran de un día para otro, y al menos una docena de personas le debían
la vida. Parece ser que amenazó con ser el primero en subir a la horca si las
ejecuciones no se suspendían en el acto. Cfr.
N. Valentini y M. Bacchiani, El Papa de la sonrisa Lo
que hay que hacer... se hace Ya
hemos visto a la Reina Sofía en su época de colegiala en Salem dentro del
apartado dedicado al "Examen". Fue una época en la que recuerda haber
aprendido mucho en lo referente al sentido de responsabilidad. Pero también es
interesante ver cómo considera la diferencia entre vivir en el colegio y estar
en la corte de Grecia. En
Salem cabía alguna rebeldía, alguna protesta, alguna queja, alguna crítica.
Pero en Grecia -asegura- no había vía de escape posible, sino hacer en cada
momento lo que debía hacerse, y nada más: -No
cabían protestas. Yo era bien consciente de mis deberes como princesa, como
basilópes. Incluso, de los aburridísimos deberes de protocolo. A donde se me
decía que tenía que ir, iba. A donde me decían que no, no iba. Sabía que era la
hija del rey. Y a ello me debía, con ganas y sin ganas. Cfr.
P. Urbano, La Reina Cuento
japonés Hay
un cuento que habla de tenacidad. De trabajo duro y constante. Es La historia
del pintor japonés. Un
rico comerciante encargó a un pintor famoso que le pintara un cuadro de un
tigre y que fuera un tigre verdaderamente real. Pasaba el tiempo y no había
noticias del cuadro. Tan impaciente estaba ya el hombre que ya no pudo aguantar
más y fue a visitar al artista. El pintor le rogó que tuviera la cortesía de
esperar un poco, porque se lo iba a hacer en un momento. Y en efecto, trazó
magistralmente la bella estampa de un tigre saltando sobre una presa con
prodigiosa agilidad... -¡Una
obra maestra y realizada en tan escaso tiempo, es asombroso! ¿Y cuál es su
precio? El
artista solicitó una suma cuantiosa. El comerciante, por su parte, estaba
perplejo y muy indignado. -¿Tanto
tiempo esperando y tanto dinero por un rato de trabajo? Como
única respuesta aquel pintor le pasó al gabinete y le mostró docenas de bocetos
de tigres en todas las posturas, tamaños y colores imaginables. Con una sonrisa
le explicó: -Durante
largos meses he trabajado día y noche en estos diseños para identificarme con
la naturaleza del tigre y alcanzar así la destreza necesaria para pintarlo en
cualquier actitud en pocos minutos. Ahora, pues, he de recibir el precio de mis
largos ensayos. Cfr.
J. Ortiz, Mejora tu carácter La
divisa del general El
famoso general Prim, nacido en Reus (1814) y muerto en el atentado de la calle
del Turco (1870), como recuerda la vieja canción infantil, ha pasado a la
historia, entre otros motivos, por el valor y la serenidad que demostró en el
campo de batalla. M. Fernández Almagro, en su Historia política de España
contemporánea, emite este juicio: "héroe de temerario valor en los
Castillejos, espíritu sagaz y hábil en la retirada de México; conspirador sutil
y tenaz; tribuno de personal estilo; voluntad flexible, talento claro; previsor
en el cálculo, resuelto en la acción". También podría haber añadido algo
el ilustre historiador sobre la decisión de llegar alto en la milicia, porque
la divisa de D. Juan Prim y Prats decía: "O faja o caja". Es decir, o
llego a general (fajín) o muero en el empeño (el ataúd). Una
mujer muy decidida Abraham
Lincoln, el decimosexto Presidente de los Estados Unidos (1809-1865) tuvo una
esposa que resultó vital para que alcanzara la meta a la que llegó. Mary Todd,
activa y ambiciosa, fue capaz de tirar de aquel abogado de pueblo y hacerlo el
hombre más importante del país. El
caso es que Lincoln padecía serios conflictos sentimentales. Con las mujeres
era tímido y tenía algo así como horror del matrimonio. Le costó comprometerse
con Mary, y en el último momento le dio miedo la boda y no acudió a la
ceremonia; o sea, que como suele decirse, la dejó compuesta. Pero Mary no era
de las que se arredran. Reprimió su indignación, se tragó el amor propio y
esperó a que pasara la crisis. Lincoln estaba con los nervios muy alterados y
tuvo que retirarse a descansar. Pasó la crisis, y Lincoln, todavía melancólico
y desilusionado, regresó junto a Mary para contraer matrimonio con ella. Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo Ciega
y sordomuda Uno
de los ejemplos más formidables que se pueden poner de tesón lo ofrece, con su
conducta, la célebre Helen Keller (1880-1968), una mujer que, enseguida de
nacer, a causa de una enfermedad, queda ciega y sordomuda de por vida. Ayudada
por una gran maestra, la también famosa Anne Sullivan, consigue aprender a leer
y escribir por el método Braille. Pero con su voluntad férrea, la meta que se
traza es lograr hablar. A base de años de esfuerzos agotadores llega
a hacerse entender. Luego
su deseo es ingresar en la Universidad de Radcliffe. En los exámenes
preliminares aprueba todas todas las asignaturas y saca sobresalientes en
inglés y alemán. A pesar de la oposición que encuentra por parte de algún
directivo, alcanza su meta y se gradúa a los veinticuatro años cum laude.
Durante cuatro años ha trabajado de tal modo que sus dedos sangran a fuerza de
descifrar escritos en el alfabeto Braille. Es una persona culta: sabe alemán,
francés, latín, griego, las matemáticas superiores, conoce a los escritores
clásicos y modernos, está al corriente de las tendencias políticas y sociales
del momento. ¿Algo más? Sabe montar a caballo, nadar, jugar al ajedrez y a las
damas. Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo GENEROSIDAD Sembrar
para los que vendrán después El
sultán sale una mañana rodeado de su fastuosa corte. A poco de salir encuentran
un campesino, que planta afanoso una palmera. El sultán se detiene al verlo y
le pregunta asombrado: -¡Oh,
cheikk (anciano)!, plantas esta palmera y no sabes quiénes comerán su fruto...
muchos años necesita para que madure, y tu vida se acerca a su término. El
anciano lo mira bondadosamente y luego le contesta: -¡Oh,
sultán! Plantaron y comimos; plantemos para que coman. El
sultán se admira de tan grande generosidad y le entrega cien monedas de plata,
que el anciano toma haciendo una zalema, y luego dice: -¿Has
visto, ¡oh, rey!, cuán pronto ha dado fruto la palmera? C.
Toval, Los mejores cuentos juveniles de la Literatura Universal Comprar
con nada Una
mañana iba yo por la pedregosa carretera cuando, espada en mano, llegó el rey
en su carroza. -¡Me
vendo! -grité. El
rey me cogió de la mano y me dijo: -Soy
poderoso, puedo comprarte. Pero
nada le valió su poderío y se volvió sin mí en su carroza. Las
casas estaban cerradas en el sol del mediodía y yo vagaba por el callejón
retorcido cuando un viejo cargado con un saco de oro me salió al encuentro.
Dudó un momento, y me dijo: -Soy
rico, puedo comprarte. Una
a una ponderó sus monedas. Pero yo le volví la espalda y me fui. Anochecía
y el seto del jardín estaba todo en flor. Una muchacha gentil apareció delante
de mí, y me dijo: -Te
compro con mi sonrisa. Pero
su sonrisa palideció y se borró en sus lágrimas. Y se volvió sola otra vez a la
sombra. El
sol relucía en la arena y las olas del mar rompían caprichosamente. Un niño
estaba sentado en la playa jugando con las conchas. Levantó la cabeza y, como
si me conociera, me dijo: -Puedo
comprarte con nada. Desde
que hice este trato jugando, soy libre. Rabindranath
Tagore, Ofrenda lírica Sabor
a avaricia Lo
cuenta Amin Maalouf en su conocida novela León el africano. Entre Fez y
Mequinez hay una aldea que llaman La Vergüenza. ¿Por qué ese nombre tan poco
honroso? Los habitantes han sido siempre muy avaros, hasta el punto de que las
caravanas de mercaderes procuran pasar de largo. Una
vez el rey de Fez pasó por allí, cuando andaba a la caza de leones, y lo
invitaron con toda su corte. En su honor mataron algunos corderos. Además
querían dar prueba de generosidad y decidieron poner ante su puerta un odre
lleno de leche para el desayuno real. Los habitantes tenían que ordeñar sus
cabras y aportar una porción de leche para el famoso odre, pero cada campesino
pensó que si rebajaba su aportación a base de una buena dosis de agua, tampoco
se iba a notar mucho. Al día siguiente, el rey y su séquito tomaron un líquido
transparente que no sabía más que a... avaricia. Dimisión La
madre de San Juan Bosco, Margarita Occhiena, conocida como "Mamá
Margarita", fue una mujer extraordinaria, que se entregó en cuerpo y alma
a ayudar a su hijo en sus tareas apostólicas y caritativas. Durante años y años
fue una verdadera madre para los cientos de chicos que Don Bosco iba recogiendo
y formando. Ante tan grandes trabajos sólo tuvo un momento de desfallecimiento. Un
día se presentó en la habitación de su hijo para decirle que no podía
continuar, que se volvía a su aldea natal, Becchis, donde quería vivir y morir
en paz. Los muchachos no paraban de hacerle de las suyas; le tiraban por el
suelo la ropa recién lavada y tendida al sol; le había destrozado en sus luchas
el huertecillo; rompían la ropa que llevaban puesta; le quitaban cacerolas y
peroles de la cocina para sus juegos... Ya no podía más. Se iba. Don
Bosco (cfr. Memorias del Oratorio) no apartaba sus ojos de los suyos. La dejó
desahogarse. Luego le tomó las manos, se las juntó y, en silencio, le mostró el
crucifijo pendiente en la pared... -¡Tienes
razón, Juan! Él padeció más que nosotros... No seríamos impacientes si fuésemos
más humildes. Deshizo
el hatillo y continuó en su puesto de madre de la casa hasta el final de sus
días. Una
mendiga ofrece su vida El
Beato Josemaría Escrivá, muy en los comienzos del Opus Dei, allá por los
primeros años 30, trabajaba como capellán de las religiosas agustinas recoletas
del Patronato de Santa Isabel. Él acostumbraba a pedir oraciones a muchas
personas -sacerdotes, enfermos...- por una intención suya, que no era otra cosa
que la Obra que Dios le había inspirado el 2 de octubre de 1928. Cerca
de la iglesia del Patronato solía situarse una mendiga para pedir limosna y Don
Josemaría se la encontraba habitualmente. Un día se acercó a ella y, como
refirió muchos años después, le dijo: -Hija
mía, yo no puedo darte oro ni plata; yo, pobre sacerdote de Dios, te doy lo que
tengo: la bendición de Dios Padre Omnipotente. Y te pido que encomiendes mucho
una intención mía, que será para mucha gloria de Dios y bien de las almas.
¡Dale al Señor todo lo que puedas! Al
poco tiempo dejó de verla. Pero se la acabó encontrando en uno de los hospitales
donde acostumbraba por esa época a prestar servicios materiales y espirituales
a los enfermos. -Hija
mía, ¿qué haces tú aquí, qué te pasa? Ella
le miró sonriente. Estaba gravemente enferma. El sacerdote le indicó que al día
siguiente la encomendaría especialmente en la Misa para que se curara. La
mendiga respondió: -Padre,
¿cómo no entiende? Usted me dijo que encomendase una cosa que era para mucha
gloria de Dios y que le diera todo lo que pudiera al Señor: le he ofrecido lo
que tengo, mi vida. Cfr.
J.M. Cejas, José María Somoano GRACIA Catequesis
en la vidriera En
la catedral de Sens puede contemplarse una preciosa vidriera que representa e
ilustra la parábola del buen samaritano. Podría servir para llevar allá a los
niños y darles la oportuna catequesis en torno a la caída y a la redención.
Emilio Mâle explica el contenido en su libro sobre El arte religioso en el
siglo XIII en Francia (cfr. Ch. Journet, Charlas acerca de la gracia). Se trata
de una interpretación de la parábola muy del gusto de los Padres de la Iglesia,
como, por ejemplo, San Agustín. En
lo alto, una ciudad luminosa; es Jerusalén, la ciudad de la paz; el paraíso
terrenal. Después,
bajando, tres cuadros inclinados como rombos, uno debajo de otro. En el
primero, un hombre ha sido derribado por unos ladrones que le dan estacazos:
"Bajaba un hombre de Jerusalén (ciudad de paz) a Jericó (pueblo de
placeres, de corrupción)". Los ladrones le atacan, le roban el oro que
lleva (la gracia), su plata (los dones preternaturales) y le dejan herido. En
el segundo cuadro, el pobre hombre está extendido, inánime: el sacerdote y el
levita que pasan de largo, son la ley mosaica, incapaz de curarlo. En
el tercero, el buen samaritano, Jesús: Ha cargado al hombre sobre su caballo
para llevarlo a la hospedería. Volverá al fin del mundo para retribuir al
hospedero. Ahí
está la fuerza A
la Madre Teresa de Calcuta siempre la recordaremos tan menudita, tan frágil,
tan arrugadita... Pero uno se pregunta de dónde sacó aquella mujer tanta fuerza
para acometer empresas como las que ella sacó adelante. Se lo preguntó de hecho
una periodista, y su explicación fue así de sencilla: -Mi
fuerza es la alegría de haber conocido a Jesucristo. HUMILDAD "Tú
no eres" Santa
Catalina de Siena fue favorecida por Dios con muchos dones sobrenaturales, como
es de sobra sabido. Pero hay una enseñanza que Dios le da desde muy temprano y
que será como sólido cimiento de su vida cristiana y base sobre la que situar
cualquier don extraordinario, y es lo que Cristo le hace saber un día: -¿Sabes,
hija, quién eres tú y quién soy yo? La
respuesta viene a continuación y es inolvidable: -Tú
eres la que no es; y Yo, el que soy. Si tuvieres en el alma tal conocimiento,
el enemigo no podrá engañarte y escaparás de todas sus insidias y adquirirás
sin dificultad toda gracia, verdad y luz. Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia El
patinazo del científico Realmente
sorprende, pero así lo encontramos en el libro de J. Marqués Suriñach, el Valor
de los defectos ajenos, y merece la pena reseñarlo. Protagoniza esta historia
el gran Isaac Newton (1642-1727), científico que no necesita mayores
presentaciones. Debido a su amor por los animales, mantenía en su casa
londinense dos gatos, uno grande y otro pequeño. Con el deseo de que pudieran
los dos "mininos" tomarse un respiro por el jardín, que también
tenían su derecho a disfrutar un poco del aire libre, pidió a un carpintero que
practicara en la puerta de la casa dos agujeros, uno grande y otro pequeño, de
forma y manera que cada gato estuviera en condiciones de salir por donde mejor
le conviniere. El
carpintero se quedó bastante perplejo y no sabía si callar o decir algo. No se
atrevía. El mismo Newton observó esa vacilación y animó al carpintero: -Venga,
diga lo que tenga que decir. ¿Qué inconveniente ve usted? Con
timidez, el buen hombre se dirigió al gran sabio: -A
mí me parece que con un solo agujero grande habría bastante, porque por él
podrían pasar el grande y el pequeño. Lo
estupendo de este asunto es que Newton no se molestó lo más mínimo. Reconoció
su error -su despiste- y pidió al carpintero que hiciera lo que debía,
agradeciéndole la sinceridad. Un
filósofo modesto Algo
se ha hablado ya de Henri Bergson (v. "Fe", anécdota nº 133). El gran
filósofo francés gozó de un prestigio mítico entre los ambientes cultos; no
sólo los estrictamente filosóficos o científicos. Formaba parte de le tout
Paris, y sus conferencias constituían un verdadero acontecimiento social. Pero
a Bergson no le hacía feliz ese éxito. Le molestaba ser considerado como
escritor u orador brillante. Se cuenta que un día, a la salida de una
conferencia, una dama le felicitó con estas palabras: -¡Maestro!
¡Cuánto me ha hecho usted pensar! A
lo que él contesto: -Le
suplico, señora, que me perdone... Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo Flexibilidad Cuentan,
como historia graciosa, que en un monasterio moría monje tras monje a causa de
una epidemia inexplicable. El médico había investigado la dieta alimenticia de
la comunidad y realmente era de un sobrio que espantaba: albondigón y berzas
por toda comida. Bueno, como alguna dieta había que imponer para atajar el mal,
el médico aconsejó que se suprimiera el albondigón, y eso es lo que propuso al abad:
en adelante y por una temporadita, sólo las modestas y poco nutritivas berzas. El
caso es que el buen abad consultó a la comunidad qué les parecía el plan del
doctor. Después de unas pacíficas deliberaciones, los monjes respondieron a su
superior de esta manera: "Que siga el albondigón y... ¡que caiga el que
caiga!" El
lema "antes romperme que doblarme" (frangar, non flectar) es válido
para cuestiones referentes a la fe y a los principios morales, y para algunas
-pocas- cosas más. En casi todo podemos ser flexibles, y muchas veces es
lo mejor que podemos hacer. El "caiga quien caiga" y "de
aquí no me muevo", no suele ser la solución ideal. Una
buena plegaria Proviene
de una monja que poseyó mucho sentido común y no menos sentido sobrenatural.
Redactó una oración en la que solicitaba del Señor lo siguiente: "Señor,
tú sabes mejor que yo que me estoy haciendo vieja y que un día, pronto, yo
estaré incluida entre los ancianos. Guárdame del fatal hábito de creer que yo
tengo algo que decir a propósito de todo y en toda ocasión. Líbrame del
obsesivo deseo de poner en orden los asuntos de los demás". Continuaba
expresando otros deseos todos muy encomiables, y luego decía: "No me
atrevo a reclamar que me des mejor memoria, pero sí que me des una creciente
humildad y menos presunción cuando mi memoria se enfrente con la de los
demás". Sólo
queda hacer propia esta plegaria y terminar así : "Amén". Caridad
discreta Se
encuentra enferma, toda hinchada, incapaz de salir de casa, pero sabe que hay
una mujer viuda pobrísima, que tienen niñas y niños que saciar. Santa Catalina
de Siena hace un gran esfuerzo, se levanta y, cuando aún no ha amanecido y en
su casa duermen todos, sale con comida para aquella familia. De repente se
siente ligera, pero según avanza cada vez se le hace más pesada la carga de las
provisiones y de la enfermedad, hasta el punto de parecerle que ya no va a
poder seguir adelante. Logra llegar al tugurio arrastrándose como puede,
descarga los víveres e intenta marcharse sin que se enteren, pero hace ruido
sin querer y despierta a la mísera ama de casa. Catalina quiere huir y no tiene
fuerzas. Entonces, se queja filialmente al Señor: -¿Quieres
hacer saber mis tonterías a cuantos hay aquí? Luego
ordena al cuerpo hacer un nuevo esfuerzo: -¡Camina,
aunque tengas que morir! Casi
a cuatro patas se arrastra fuera, pero la beneficiada logra reconocerla Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia Fino
olfato La
santidad auténtica arma poca bulla, es silenciosa, es discreta. Quién iba a
pensar en el "huracán de gloria" que aguardaba a Teresa de Lisieux en
la Iglesia... Dos monjas de su convento habían dicho, cuando ella vivía y pudo
incluso oírlas, lo siguiente: "Es muy buena, pero la madre priora se verá
en un apuro para escribir algo cuando muera, porque nada ha hecho digno de ser
contado". ¡Que Dios os conserve el olfato! Que
no me toquen la honrilla F.
Díaz Plaja (El español y los siete pecados capitales) cuenta dos chascarrillos
para ejemplificar lo dados que somos los hispanos a picarnos por asuntos
de amor propio. Había
en un avión un grupo de soldados de diversas nacionalidades preparados para
hacer el primer salto en paracaídas de su vida. A todos les bastó un breve
arenga de sus respectivos oficiales, en la que se apelaba al amor patrio, para
lanzarse al vacío sin mayores problemas. Pero el hispano "no estaba por la
labor"; de nada valía recurrir a esos argumentos; se negaba rotundamente a
tirarse. Hasta que el oficial dijo con tono despectivo: -A
ti lo que te pasa es que eres un cobarde. -¿Cobarde
yo? -se mosqueó el soldado-. Pues ahora verás. Me tiro sin paracaídas. Y
se arrojó al vacío tal cual. Como
haya testigos... El
siguiente chascarrillo habla de la serenidad y entereza con que puede el
hispano afrontar la muerte cuando hay testigos, por aquello de que no vayan a
decir que uno..., y para chulo, yo..., y no vayan a pensar que me asusto por
cualquier cosa... Gente que ha hecho espectáculo ante el pelotón de
fusilamiento, hasta con guasas, no ha faltado en la última guerra civil. Hubo
uno que interrumpió al pelotón que lo iba a ejecutar, cuando ya apuntaban,
dando muestras de querer decir algo. El oficial preguntó qué quería, y el condenado
ironizó: -No,
sólo advertirle que el tercer fusil empezando por la derecha, tiene un
taco en el cañón y puede ocurrir una desgracia. Un
poco de objetividad El
rey Jorge V de Inglaterra (1865-1936) se daba un paseo por un lugar donde en
otra época -en el siglo XVII- el famoso Oliver Cromwell había combatido una
importante batalla. Y, andando por allí, se encontró con el herrero del pueblo.
El monarca le preguntó muy amigablemente: -Oígame,
buen hombre, me han dicho que por estos lugares ha habido una gran batalla... El
herrero contestó a esa curiosidad real con una acento algo entrecortado por el
apuro que sentía: -Es
verdad, Majestad, el carpintero y yo nos hemos dado algunos puñetazos hace unos
días. Pero no podía imaginar que esta pelea hubiera llegado a los oídos del
rey. Cada
uno es hijo de sus obras El
general Junot, duque de Abrantes (1771-1813) intervino en las campañas de
Napoleón en Italia y en Egipto. Recibió el mando de las tropas de Portugal
(1807). A este bravo soldado Napoleón no sólo lo elevó jovencísimo al
generalato, sino que le dio el título nobiliario arriba señalado. Un día,
cierto aristócrata del antiguo régimen le preguntó impertinentemente por sus
antepasados, y Junot respondió con no menor altivez: -¡Yo
soy mi antepasado! Mucho
que declarar El
escritor Oscar Wilde era hombre de gran ingenio y además le encantaba ejercer
de ingenioso; así se explica que solía tener frases originales para "dar y
tomar". Por ese motivo también le han adjudicado la autoría de bastantes
que realmente no fueron suyas. Una
vez en la aduana de Estados Unidos le preguntaron: -¿Algo
que declarar? Y
Wilde se limitó a contestar: -Sólo
mi talento. Dar
coba Parece
ser que Juan Pablo II, con ocasión de visitar una parroquia romana, participó
con unos ancianos en una partida de bolos. Éste no es juego conocido en
Polonia, así que el Romano Pontífice no andaba muy ducho en la materia. Cuando
le invitaron a hacer una tirada, el Papa aceptó, aun a sabiendas de que iba a
fracasar, pero la cosa era dar gusto a aquellos buenos hombres. En efecto, lo
hizo fatal. La bola iba por todos los sitios menos por donde debía discurrir.
Los presentes, a pesar de todo, aplaudieron con entusiasmo. El Papa, burlón, se
dio media vuelta diciendo: -¡No
den coba al Papa! Espero y deseo que ustedes jueguen mejor. Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano Reinar
y servir Pregunta
Pilar Urbano a la Reina de España sobre la dignidad regia: ¿es más digno un rey
que cualquier hombre? Responde
Doña Sofía: -No.
La dignidad humana es lo principal. Y ésa la tenemos todos. Si uno la pierde,
entonces está perdido. Lo mismo da que sea rey... que sea un pordiosero de la
calle. Pero hay una dignidad regia, que no es un esnobismo, sino una
responsabilidad. ¿Qué es eso?, me preguntas. Es renunciar, siempre, siempre,
siempre, a tu interés propio, por el interés general, Para mí, como reina, lo
de los demás tiene que ser más importante que lo mío (...). Te obliga al
servicio y te obliga al sacrificio. Y si una persona quiere reinar, ha de estar
dispuesta a servir y a sacrificarse, y a pensar muy poco en una misma, en uno
mismo... Cfr.
P. Urbano, La Reina No
quería ser llamado Fundador San
Felipe Neri padeció en su casa de San Girolamo, en Roma, treinta años de malos
tratos por parte de algunos, pero no quería abandonarla ni ir al nuevo oratorio
de la Chiesa Nuova, por él fundado, donde vivían sus queridos hijos, que,
lógicamente, le invitaban a retirarse allí con ellos. Todo esto según el relato
de San Alfonso Mª de Ligorio, en Práctica de amor a Jesucristo. ¿Por
qué se resistía al cambio de alojamiento? Porque no quería ser llamado Fundador
ni quería apartarse de un lugar donde podía alcanzar muchos méritos ante Dios.
Y los alcanzó sin duda. Anotaciones
para el futuro Juan
XXIII, Ángel José Roncalli (1881-1963), estudió en el Seminario Episcopal de
Bérgamo, ciudad cercana al lugar de su nacimiento, el pueblo de Sotto-il-Monte.
Cuando le llegó el momento de recibir la ordenación de diácono, en los
Ejercicios espirituales preparatorios, escribió una serie de reflexiones, que
se encuentran recogidas en el Diario de un alma. Primero fija la mirada en
Cristo: "Jesús calumniado como seductor, tachado de ignorante, falseadas
sus doctrinas, expuesto a los escarnios y a las burlas de todos, calla
humildemente, no confunde a sus calumniadores, se deja golpear, escupir en el
rostro, azotar, tratar como loco, y no pierde su serenidad, no rompe su
silencio." Y ahora concreta sus propósitos, a la vista del ejemplo del
Maestro: "Yo, pues, permitiré que se diga de mí cuanto se quiera, que se
me relegue al último puesto, que se echen a mala parte mis palabras y mis
obras, sin dar explicaciones, sin buscar excusas, antes bien aceptando
gozosamente los reproches que pudieran venirme de los superiores, sin decir
palabra" Martirio
en la sombra Santa
Rafaela María Porras, una de las fundadoras del Instituto de las Esclavas del
Sagrado Corazón de Jesús, fue desposeía de sus cargos por algunas religiosas de
su Congregación, tras haber estado al frente del Instituto, como Fundadora y
Superiora General, por espacio de dieciséis años. Para echarla, alegaron que se
había vuelto loca. Santa Rafaela vivió en esta situación dolorosa hasta el día
de su muerte, sin rehabilitación de ningún género. Según palabras de Pío XII en
el día de su Beatificación, fueron treinta y dos años de "aniquilación
progresiva y de martirio en la sombra". Según
su director espiritual, que ignoraba que la Madre Rafaela fuera la Fundadora,
conservó siempre ante estas contradicciones, una "serenidad de espíritu,
manifestada en su mirada límpida y en la característica sonrisa en sus
labios". No
hubo en ella movimiento alguno de crítica. Es más; escribe a una religiosa esta
palabras: "Yo bendigo cada día más mi inutilidad; ojalá que acabe de
lograr que nadie se acuerde de mí". Cfr.
J.M. Cejas, Piedras de escándalo San
Juan de Ávila en Écija Allá
donde iba, San Juan de Ávila hacía que las iglesias acabaran por llenarse con
el deseo de las gentes de oír su predicación. A veces sus sermones tenían que
celebrarse en las plazas públicas. En
Écija se fue todo el mundo a escucharle a una iglesia de las afueras cuando
predicaba en la iglesia mayor otro clérigo. Por la tarde, éste último, que
estaba francamente dolido en su amor propio, se encontró con el P. Maestro Juan
de Ávila en una plaza y se fue hacia él como un león profiriendo todo tipo de
improperios; le llamaba ante todo el mundo "hipócrita, fingido, engañador
y alborotador del pueblo", según narra la Historia de Córdoba de Alonso
García de Morales. El Santo se arrojó a sus pies, pidiéndole perdón con
lágrimas y disculpándose, mientras que el otro, a la vista de todos, se
aprovechó de esa situación de verlo humillado a sus pies y le dio una bofetada.
De nada se quejó Juan de Ávila. No
era vanidoso ¿Quién
no habrá leído alguno de sus cuentos? Los hay tan universales como Pulgarcito o
El Patito feo... Hans Christian Andersen, el escritor danés, triunfó en
la literatura cuando se decidió a escribir cuentos para niños, y conquistó el
mundo. Conoció a los más grandes artistas, compositores y poetas. Los reyes y
los duques le recibían en sus cortes y residencias. Pero no se le subió la fama
a la cabeza. Un día escribió: "Cierto es, en efecto, que he llegado a ser
el danés más famoso de estos tiempos... pero puedo decir que hay momentos en
que me humillo y lloro. Al ser ensalzado, me doy cuenta que cuán indigno soy de
las gracias que Nuestro Señor me ha concedido". Cfr.
VV.A.A., Forjadores del mundo contemporáneo Se
sentía indigno El
futuro Clemente XI, Giovanni Francesco Albani, fue promovido Cardenal por
Alejandro VIII el 13 de febrero de 1690. El nombramiento fue curioso. Tres días
antes del consistorio, el Papa le llamó para que le pusiese por escrito el
discurso que debía leer a los cardenales; al pie del texto el Romano Pontífice
le dictó los nombres de los cardenales que iban a ser promovidos, y, después
del undécimo, el Papa dijo: -Escribe
el duodécimo. -¿Quién
es? -¡Cómo!,
¿no sabes acaso escribir tu nombre? El
bueno de Albani se postró de rodillas y suplicó, para bien de la Iglesia, que
fuese nombrado otro más digno que él, cosa que Alejandro VIII no aceptó,
sencillamente porque le parecía el mejor. Pasados
los años (el año 1700) fue elegido Albani por unanimidad Papa a la muerte de
Inocencio XII. Tanto le impresionó la elección que se puso enfermo. Se retiró a
su celda y estuvo durante tres días insistiendo en la negativa de aceptar el
nombramiento. Todavía pidió a cuatro excelentes religiosos que dictaminasen si
él estaba obligado en conciencia a aceptar la tiara pontificia, porque
estaba convencido de su indignidad, y los cuatro se inclinaron porque debía
echar sobre sus espaldas la carga que se le confiaba. Una
frase famosa suya, que indica su gran caridad para con todos: "Vengarse
del enemigo haciéndole el bien, es vengarse de una manera divina". Cfr.
C. Castiglioni, Historia de los Papas IGLESIA No
es tan fácil No
cabe duda de que el "elemento humano" de la Iglesia deja, a veces,
algo que desear; o dejamos algo que desear, para ser más precisos. Pero los
errores y pecados de los hombres no ensombrecen su carácter sobrenatural.
Quizás sucede lo contrario: ponen más de relieve que, a pesar de los pesares,
la barca de Pedro supera tempestades y vence temporales que parecían hundirla. Se
cuenta que una vez llamó Napoleón en su época de mayor esplendor a
palacio al Nuncio del Papa en Francia. Durante la entrevista el Emperador dejó
caer de modo muy fino, con una suave sonrisa en los labios: -Monseñor,
si el Papa no cede en este negocio que tanto me interesa, creo que va a tener
que pensar en un nueva Iglesia. El
otro tenía a sus espaldas varios siglos de diplomacia vaticana, así que no se
descompuso, y con la misma suavidad e ironía, respondió: -Señor,
puede ser una empresa ardua destruir la Iglesia. Incluso para nosotros, los
Obispos, sería difícil conseguirlo... "A
pesar de los pesares" El
Beato Josemaría Escrivá llegó a Roma por vez primera en 1946, y ya
prácticamente residió allí hasta el final de su vida. Le gustaba acercarse a la
plaza de San Pedro -vivía al principio a dos pasos de ella- y rezar un Credo de
cara a la basílica, para reafirmar su fe inquebrantable. Cuando llegaba a la
frase "Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Católica",
intercalaba y repetía tres veces: "Creo en mi Madre, la Iglesia
Romana", continuaba con "una, santa, católica, apostólica", y
finalizaba con algo más "de su cosecha": "a pesar de los
pesares". Un
día de 1948 habló a Monseñor Tardini -futuro Secretario de Estado- de esa
devoción suya. Y Tardini preguntó, algo sorprendido, qué significaba ese
malgrado tutto, que es la traducción al italiano del castizo "a pesar de
los pesares". -A
pesar de su errores personales y de los míos. Quería
decir con esto que tantas flaquezas y miserias humanas no le inclinaban a amar
menos a la Iglesia y a creer tampoco menos en su carácter sobrenatural.
Seguramente su estancia en Roma ya le había dado oportunidad de palpar errores
y limitaciones en los mismos hombres que tenían que regir los destinos eclesiales
desde el centro mismo de la cristiandad. INFIERNO Menos
mal Si
la esencia del Cielo es la contemplación directa de Dios, sin intermediarios,
en visión intuitiva, y esa posesión produce en el bienaventurado una dicha
inimaginable, la mayor pena del condenado será precisamente la pérdida de tan
alto bien y el darse cuenta del propio fracaso: haber nacido para la
felicidad y quedarse en la total frustración. Una
mujer devota preguntaba a cierto sacerdote si el Infierno sería tal como las
descripciones de tipo popular han gustado pintarlo: llamaradas, diablos que
pinchan a los condenados con largos tenedores, calderas de aceite hirviendo... El
sacerdote trató de explicarle que lo más grave es perder a Dios, no gozar de la
presencia del Señor. La mujeruca suspiró con alivio, como quien se quita un
enorme peso de encima: -Ah,
menos mal, menos mal. Lo
simbólico En
la conocida novela de Leopoldo Alas "Clarín", La Regenta, hay un
momento en que la protagonista, Ana Ozores, conocida popularmente como la
Regenta, se empeña en intentar que su marido sea hombre más fervoroso en el
terreno de la religión. Lo cierto que D. Víctor Quintanar es buena persona,
honrado, amante de la caza y de los inventos curiosos, aficionado al teatro,
actor frustrado, pero no destaca como cristiano, porque en cuanto a creencias
es sólo un cumplidor discreto. La
Regenta tiene la iniciativa de recordarle las penas del Infierno, aunque ve que
no es ése el sistema ideal de hacer progresar al marido, y Quintanar "se
defiende" sosteniendo que lo del fuego hay que entenderlo en un sentido no
material sino simbólico: -No
es de fe -repetía-, en mi opinión, creer que ese fuego es físico, material; es
un símbolo, el símbolo del remordimiento. Y
el autor comenta con un poco de ironía que algo le tranquilizaba al buen
hombre, en el caso de no salvarse, eso de que a uno le tuesten sólo con
símbolos... JESUCRISTO La
mejor elección Dicen
que un día Santo Tomás de Aquino, en la soledad de la iglesia de Santo Domingo
en Nápoles, recibió una invitación de un Cristo esculpido que le indicaba que
podía pedirle cualquier cosa, lo que quisiera, cualquier recompensa de este
mundo. Y
comenta G. K. Chesterton, en su biografía del Santo, que no nos lo imaginamos
pidiendo dinero, o la corona de Sicilia, ni un barrilito de vino añejo; en todo
caso, sí, un manuscrito perdido de San Juan Crisóstomo, o la solución de un
gran problema teológico, o mayor inteligencia... Pero, no; Santo Tomás se
limitó a decir: -Elijo
a Vos mismo. Así
lo veía el pequeño Cuenta
una joven madre de familia numerosa (cfr. Escritos "Arvo", junio de
1995) la pregunta de uno de sus hijos, Javi, de cinco años: -Mamá,
¿cómo entró Jesús en el seno de la Virgen? Ella
comenzó a pensar cómo se lo explicaría, pero ya se le adelantó el pequeño: -Ya
lo sé yo: entró Dios en el seno de la Virgen y dijo: ¡Ahora me convierto en
Niño! Mirar
y más mirar Se
cuenta de un gran científico de la universidad de Harvard (Luis Agassiz, de
origen suizo) de los mejores en el terreno de la biología, que para la
formación de sus discípulos acudía al siguiente expediente: entregaba al que
acudía a él un pez y le pedía que lo mirara con mucha atención, durante media
hora o una hora entera. Después le exigía que le describiera con detenimiento
lo que había observado. Cuando el discípulo creía que ya había descrito todo lo
que se podía de aquel animal, el maestro insistía: -Mire,
ni siquiera ha visto usted el pez. Tómese un buen rato y siga
observándolo. Luego hablaremos de nuevo. Era
el modo que tenía de conseguir que sus alumnos tuvieran un bien desarrollado
espíritu de observación, cosa importante para un investigador de la naturaleza.
La práctica saca maestros. Para
imitar a Cristo, e incluso identificarse con Él, lo primero es conocerlo bien,
a fondo. Mirar y más mirar el Santo Evangelio. ¡Si tuviéramos mejores dotes de
observación! Nochebuena Me
sorprendió muy agradablemente. Escuchaba un día de Navidad la homilía de un
sacerdote a los niños de la parroquia, que escuchaban con la boca abierta; el
oficiante se había arrancado con el relato de una leyenda procedente del lejano
Egipto. Les contaba que en aquel país se celebra una fiesta anual, muy solemne
y esperada, titulada "La noche de la gotita de agua". No
sé si sabré reproducirla fielmente. Venía a decir, más o menos, que el origen
de la fiesta, siempre según la antigua leyenda, procede de que una misteriosa
noche de junio cayó desde el cielo, del ala de un arcángel, una gotita de agua
en la fuentes ocultas del Nilo. Y esta gotita santa hizo crecer tanto el río
que sus aguas saltaron por las riberas y llevaron hasta las tierras lejanas,
caldeadas por el sol, un limo fertilizante del que nació una cosecha muy
superior a la habitual; algo así como cien veces superior. Las gentes en
esa noche, que consideran santa, corren hacia la ribera del Nilo, sacan
agua y la llevan con sumo cuidado a su casa, pues esa agua tiene fuerza
curativa, según creen, y puede incluso preservar de la muerte. ¿Adónde
quería llegar el buen sacerdote? Pues a que existe una noche, la más
maravillosa de la historia humana, una noche santa y silenciosa, en que bajó
del Cielo algo así como una gotita de amor misericordioso desde el corazón del
Padre celestial, y cayó sobre la miseria de la tierra y la fecundó de un modo
prodigioso, transformando muchos yermos en lugares muy floridos. Esto ocurrió
en Belén de Judá, en la primera noche de Navidad, y quien había descendido de
los alto era nuestro buen Jesús. En
una visión Hellmut
Laun, hombre de empresa de origen alemán, ha narrado su conversión e ingreso en
la Iglesia Católica -año 1937- en un excelente libro: Cómo encontré a Dios. Un
interesante suceso de su vida se sitúa después de la conversión, durante un
sueño que dejó en él un rastro indeleble. Sentía que su alma estaba prisionera
en una mazmorra de altos y macizos muros. Había una ventana que daba al
exterior, pero protegida por fuertes rejas de hierro. Ansiaba la libertad, pero
veía imposible cualquier evasión de aquel lugar. Su situación se volvía cada
vez más desesperanzada y aterradora. Apretaba el rostro contra los barrotes de
la ventana con ansias de liberación y, sin embargo, todo esfuerzo era inútil.
Se ahogaba por momentos. En
medio de la angustia, miró hacia arriba y, aunque al principio no acababa de
creérselo, terminó por convencerse de que allá en el techo había una abertura
que facilitaba la libertad. Comenzó a luchar por salir por aquella brecha, e
inmediatamente comprendió que la abertura era Cristo. No oyó palabra alguna, ni
vio tampoco ninguna figura, pero sabía con certeza inefable que la solución de
su vida estaba en la frase del Evangelio: "Yo soy el Camino, la Verdad y
la Vida". Este es más o menos su testimonio de aquella experiencia. JUICIO El
temor del rey El
29 de marzo de 1621, a la edad de tan sólo 43 años, entrega su alma el rey
Felipe III, el monarca más poderoso de su tiempo, cuando en el imperio español
todavía "no se ponía el sol". Una
horas antes de morir hizo llamar a su hijo primogénito para que el penoso
espectáculo le sirviese de lección inolvidable. Advirtió a los servidores que
le alumbrasen con candelabros e indicó que el futuro Felipe IV se acercase al
lecho: -Te
he llamado para que veas en que acaba todo. En
sus últimos momentos la obsesión del rey eran sus posibles pecados de omisión,
y repetía una y otra vez: -Oh,
quién no hubiera reinado... Quién no hubiera reinado. No
le preocupaba tanto la muerte cuanto la cuenta que daría después, y, sin
embargo, no fue hombre que tuviera mucho de que arrepentirse, pues llevó una
vida recta y en lo religioso su conducta también fue ejemplar. Cfr.
J. A. Vallejo-Nágera, Perfiles humanos LIBERTAD Se
abre desde dentro El
nombre de William Holman Hunt, junto a los de Rossetti y Milais, va unido a la
fundación del llamado movimiento prerrafaelista. Este notable pintor
inglés (1827-1910) realizó un hermoso cuadro en el que aparecía Jesucristo
llamando a la puerta de una casa. Un día pidió a un grupo de artistas que examinaran
el lienzo y vieran si había algún error en él. Sólo hubo uno que dio en el
clavo: -A
la puerta le falta el pomo. Y
era ésa precisamente la intención de Hunt; ése era el efecto que deseaba
producir en quien contemplara el cuadro, porque pasó a explicar: -Cuando
Cristo llama a la puerta de un corazón, ésta sólo puede abrirse desde dentro. Lo
dice bien claro el Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo. Si
alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él y cenaré con él y él
conmigo" (4,20). Saber
"apechugar" Ser
libres equivale a poder responder de nuestros actos, supone ser responsables.
Cierto es que somos más dados a reclamar libertades que a dar la cara ante las
consecuencias negativas de la propia conducta. Contaba
un antiguo profesor de colegio de enseñanza que un día tenía la tutoría con un
chaval. Éste había suspendido todo y no se mostraba dispuesto a enseñar las
notas a su padre. -Oye,
tienes que apechugar -aconsejaba el tutor. El
crío miraba fijo el boletín de notas, reconcentrado en los suspensos, como si
tratara de resolver un difícil enigma allí mismo oculto. Por fin levantó
la cabeza y habló: -Verá,
profesor. Cuando a mi padre, al prepararse el desayuno, se le derrama la
leche porque no ha estado atento a la cocina, me dice: "corre, coge un
trapo y limpia antes de que lo vea tu madre". Pues si él no apechuga, yo
tampoco apechugo. Un
tipo peligroso A
finales de los años 80 tuvieron lugar en este país un conjunto de disturbios
promovidos por estudiantes, con serios destrozos y con enfrentamientos
callejeros a las fuerzas de orden público. Por aquel entonces se hizo famoso un
personaje llamado Jon Manteca, o también, "el cojo" Manteca,
individuo que se especializó en atacar con la muleta -y no precisamente de
torear- señales de tráfico y cabinas telefónicas. Su imagen destructora dio la
vuelta al mundo, saliendo incluso en primera página del "Herald
Tribune". Le entrevistaron en una revista y reconoció que nada le
importaba la protesta estudiantil, ni sabía qué pedían los estudiantes: -Yo
fui allí a liarla (...). A mí lo que me gusta es tirar piedras. LUCHA
ASCÉTICA Buena
señal El
conocido escritor José Luis Olaizola, premio Nadal en 1982 con La guerra del
general Escobar, y autor de numerosas novelas y de cuentos para niños, relata
con el buen humor que le caracteriza cómo le fue con la primera novela que
llegó a publicarse: A nivel de presidencia. La había enviado a varias
editoriales -es de suponer que con la ilusión del primerizo- y todas se la
devolvieron. Entonces -relata- se acordó de haber leído que a los grandes
escritores les había ocurrido lo mismo, así que decidió que aquello era buena
señal. Fácil es deducir -de lo contrario, quizás, habría terminado allí su
carrera literaria- que siguió peleando hasta que logró que alguien la quisiera
publicar. Cfr.
J. L. Olaizola, Un escritor en busca de Dios Semillas
para hacerlas fructificar Cuentan
que un joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando, de pronto, se
encontró con un comercio sobre cuya marquesina se leía un extraño rótulo:
"La Felicidad". Al entrar descubrió que, tras los mostradores,
quienes despachaban eran ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos y
le preguntó: -Por
favor, ¿qué venden aquí ustedes? -¿Aquí?
-Respondió el ángel-. Aquí vendemos absolutamente todo. -¡Ah!
-Dijo asombrado el joven -. Sírvanme entonces el fin de todas las guerras del
mundo; muchas toneladas de amor entre los hombres; una gran bidón de
comprensión entre las familias; más tiempo de los padres para jugar con los
hijos... Y
así prosiguió hasta que el ángel, muy respetuoso, le cortó la palabra y le
dijo: -Perdone
usted, señor. Creo que no me he explicado bien. Aquí no vendemos frutos, sino
semillas. J.
L. Martín Descalzo, Razones para vivir Todo
es corregible Existe
en la lengua castellana un curioso dicho que reza así: "Hijo, Andrés,
embúdamelo otra vez". Si hacemos caso de los expertos, en el origen de la
frase hay una historia bien concreta. Había un marido que tenía una mujer muy
aficionada a la bebida. Cansado ya de contemplar tal vicio, un día la amenazó
con aplicarle un correctivo eficaz.. Y como la esposa volviera a las andadas,
pasó de los dichos a los hechos. Tomó una media arroba de vino, puso un embudo
en la boca de la consorte, y se lo trasvasó entero. Al despertar la mujer de la
"melopea", ante la sorpresa del marido, exclamó muy complacida: -Hijo,
Andrés, embúdamelo otra vez. Esta
historia pretende defender que no hay nada que hacer si nos encontramos ante
vicios arraigados. Pero la verdad es muy distinta y bastante esperanzadora. Con
ilusión y esfuerzo, y contando con la gracia de Dios, hasta el vicio más
profundo se va poco a poco rectificando Sabía
soslayar la dificultad Me
lo contaron unos padres. La anécdota es ingenua, infantil, pero simpática y, en
cierto modo, aleccionadora. Uno de sus hijos -un crío- era incapaz de
pronunciar el sonido "jota", cosa que les suele pasar a los que no
han aprendido el castellano de pequeños e, incluso, a algunos que lo tienen
como lengua materna -éste era el caso-, pero que están incapacitados, vaya
usted a saber por qué, para dar ese sonido. El chavalín, por las noches rezaba
el Avemaría y, ante el problema que le suponía decir "mujeres", había
cambiado la fórmula de la oración y decía: "bendita tú eres entre todas
las señoras". Me
hizo gracia. Luego he pensado que a eso se llama saber superar la dificultad
-no rendirse ante ella, tener cintura- y pasar por encima de cualquier respeto
humano, sin plantearse mayores problemas. Imaginaciones A
veces ocurre que las dificultades que encontramos en nuestro camino son más
fruto de la imaginación que obstáculos reales. Víctor
Frankl, el gran psiquiatra vienés fallecido en octubre de 1997, especialmente
famoso por el tratamiento llamado "Logoterapia" (curación por la
palabra), donde tanta importancia se da al sentido de la vida, pues está
convencido de que muchas neurosis tienen su origen en una pérdida de sentido
vital, narra una simpática anécdota ocurrida con una paciente bastante
hipocondríaca a la que trataba de convencer de que no tenía nada. La
mujer, que había visto por el rabillo del ojo algo del contenido de su
historial clínico, decía: -Ah,
no, doctor, yo estoy muy enferma. Además he podido ver el diagnóstico de mi
enfermedad: un "corpulmo". Frankl
dio un respingo, comprendiendo al instante de dónde había surgido esa nueva
"enfermedad", desconocida para la ciencia hasta ese mismo momento. -¿Vio
usted si, además, ponía s. h.? -¡Sí,
sí! -Pues
eso quiere decir que la exploración corazón-pulmones (¡el famoso
"corpulmo"!) ha dado normal: "sin hallazgo" (s. h.). Ojo,
querido lector, que todos estamos expuestos a preocuparnos por unos
"corpulmos" que son tan "fieros" como los molinos de viento
de Don Quijote. No
hay que perder la ilusión Allá
por la Edad Media se afanaron algunos alquimistas por dar con algo que nunca ha
existido y se ha dado en llamar la "piedra filosofal"; se trataría de
una materia capaz de producir el efecto maravilloso de convertir en oro
cualquier metal por simple contacto, o sea, una ganga. Se
habla de cierto sabio que andaba a la búsqueda de esa maravilla. El buen hombre
había decidido recorrer el mundo entero con una cadena que tocaría
constantemente el suelo; toda sería cuestión de tener los ojos bien abiertos
para comprobar en qué lugar la cadena se habría transformado en oro puro,
porque malo sería que no acertase alguna vez con la dichosa piedra. Pero,
mira por dónde, que el alquimista acabó por cansarse y ya rara vez comprobaba
el estado de la cadena; le faltaba constancia y, con el planteamiento que se
había hecho, no cabe duda de que la necesitaba en grandes dosis. Una noche se
dio cuenta de que la cadena estaba convertida en el preciado y ambicionado
metal, pero él no era capaz de saber dónde ni cuándo se había topado con el
objeto de su interés; lo había encontrado, pero lo había perdido... El
rey franco Clodoveo Muy
famosa es la frase del rey franco Clodoveo, convertido al cristianismo por
influjo de su esposa Santa Clotilde allá por el año 596 de nuestra era, cuando
le leían la Pasión del Señor y se le saltaban las lágrimas: -¡Ah,
si llego a estar allí yo con mis francos! Son
palabras conmovedoras, de gran sinceridad y de auténtico afecto hacia el Señor,
que se entienden muy bien en un hombre que era en cierto modo como un niño,
lleno de sencillez, de la sencillez de quien se acaba de convertir. Pero ahora,
en lo que a nosotros se refiere, pueden sonar a una invitación a luchar contra
todo aquello que nos aparta de Jesucristo, contra todo aquello que se presente
como enemigo del Señor en nuestra propia vida. MATRIMONIO
Y FAMILIA Ojillos
de terciopelo Son
muchos -innumerables- los que han cantado al amor, en prosa, o con versos de
notable belleza y sentimiento, a veces sin recatarse de decir las cosas más
encendidas, e, incluso las cursilerías más sonrojantes, como aquél que llamaba
a los zapatos de la amada: "diminutos estuches de tus lindos
pedestales". Pero no son muchos, por desgracia, los que han cantado al
amor conyugal. Merece la pena citar esta bonita copla que nos habla de una
mujer enamorada de su marido recién fallecido: Ya
se murió mi marido. Ya
se murió mi consuelo. Ya
no tengo quien me diga: Ojillos
de terciopelo. Es
formidable saber que el esposo, con el pasar de los años, tan enamorado como al
principio, continuaba piropeando a la mujer y la llamaba: "ojillos de
terciopelo". Para
quererse Resulta
aleccionadora la anécdota que cuentan del que fue embajador en San Petersburgo,
canciller Bismarck. Parece que, en uno de sus viajes, no pudo acompañarle su
esposa y ésta dubitativa de la fidelidad del marido por su intensa vida social
y diplomática, le escribió en estos términos: "temo que entre tus
princesas y embajadoras me olvidarás a mí, que soy una provincianita
insignificante". Y Bismarck contestó con estas palabras: "¿Olvidas
que te he desposado para amarte?". Ahí, en ese para amarte, que mira al
futuro, está el secreto de una matrimonio "logrado", si se mantiene
como un norte firme del compromiso matrimonial. Como acertadamente señala G.
Thibon, refiriéndose a la respuesta de Bismarck: "Esta frase me parece
definitiva. No se casa simplemente porque te amaba, sino para amarte. Refleja
una profunda capacidad y voluntad de compromiso". J.A.
García-Prieto Segura, Matrimonio Un
individuo muy pacífico Mucho
se ha bromeado con las dificultades de la vida conyugal, como si casarse y
comenzar una vida de peleas fuera todo uno, lo cual no hace justicia a la
realidad. Durante la primera guerra mundial, los ingleses, que no habían
conocido el servicio militar obligatorio, no tuvieron más remedio que
adoptarlo, pero el gobierno creyó oportuno comenzar esa mal vista aventura
llamando sólo a los solteros. Por aquel entonces una caricatura presentaba a
dos soldados ingleses en las trincheras de Flandes: -Y
tú, ¿por qué viniste? ¿Voluntario? -No.
Había que escoger. O casarme o venir a la guerra. Y yo soy hombre pacífico... Curiosa
reacción Entre
todas las reacciones que produjo la noticia de la muerte de Napoleón, ninguna
habría sorprendido tanto al propio emperador -si lo hubiera sabido- como la del
rey de Inglaterra Jorge IV, que le mantenía alejado en Santa Elena. -Majestad,
un mensajero. Dio
Jorge IV la venia y entró un dignatario, quien consciente de la importancia de
la noticia que por su solo peso podría hacerle pasar a la pequeña historia,
adoptó un tono solemne y levantó la barbilla para decir con voz ahuecada: -Majestad,
vuestro peor enemigo ha muerto. -¿Qué
le ha pasado a mi mujer? -preguntó el monarca con una mezcla de sobresalto y
alegría. -Nada,
Sire; quien ha muerto es el emperador Napoleón. J.
A. Vallejo-Nágera, Perfiles humanos A
través de los periódicos Del
estilo de lo anterior, pero contemplado desde el punto de vista de la mujer.
Dos solteronas pasaban la tarde de cháchara y haciendo labor de punto. -La
semana pasada -dice una de ellas- puse un anuncio en los periódicos solicitando
marido. -¡No
me digas! -exclama la otra muy excitada- ¿Y tuviste alguna contestación? -Cientos,
pero todas iguales. Decían: "Puede usted quedarse con el mío". Una
rectificación Albino
Luciani, posteriormente elevado al pontificado como Juan Pablo I, lamentaba
haber bromeado acerca del matrimonio en un artículo de periódico con una cita
de Montaigne: "El matrimonio es como una jaula; los que están fuera hacen
todo lo posible por entrar, y los que están dentro hacen todo lo posible por
salir". No estaba de acuerdo con ello. Menos aún cuando recibió una carta,
días después, de un viejo superintendente provincial de los estudios, que le
censuraba: "Excelencia, ha hecho mal citando a Montaigne. Mi mujer y yo
estamos unidos desde hace sesenta años y cada día es como el primer día". Cfr.
J. Azcárate Fajarnés, La sonrisa de un pontificado Para
bailar el tango En
1990 Irak invadía Kuwait y, poco después, comenzaba un breve pero dura guerra -sobre
todo para el perdedor, como de costumbre- entre los Estados Unidos y el país
invasor. Hubo un último intento de impedir la contienda, cuando el entonces
secretario general de las Naciones Unidas, Pérez de Cuéllar (en 1995 derrotado
en las elecciones para la presidencia de Perú por Fujimori), habló con Bush y
luego con Saddam Husseim, pero el conflicto estalló al final. Pérez de Cuéllar,
abatido y desesperanzado, comentó en el aeropuerto a los periodistas este
aforismo inglés: "Para bailar el tango hacen falta dos". Es decir,
que en las crisis, y esto es bien aplicable a la vida conyugal, hace falta que
haya dos personas dispuestas a no tomarse las divergencias demasiado en serio,
y aceptarlas como parte de la vida misma. Los conflictos se enquistan si no se
busca pronto una salida fácil, a base de buena voluntad. Importancia
de la esposa Le
preguntaban en la televisión a Francesco Carnelutti (1879-1965), uno de
los juristas más prestigiosos que ha habido en este mundo, con toda un vida
consagrada a los problemas del Derecho, qué era lo que más había influido en su
brillante carrera, y respondió así: -Mi
mujer. Y
pasó a explicar lo que afirmaba: -No
ha estudiado leyes, no se ocupa de mi trabajo, no me pide ni me da nunca
consejos. Pero me llena la vida con su presencia. Se anticipa a mis deseos,
intuye mi humor, escucha mis desahogos, encuentra siempre la palabra justa. Por
la noche, cuando consulto mis papeles, se sienta a mi lado en silencio y hace
labores de punto. El rumor de las varillas que se cruzan es mi mejor calmante.
Aleja la tensión y me da un sentido de seguridad infinita. Sin ella, sería un
pobre hombre. Con ella, me parece poder triunfar en cualquier empresa". Cfr.
J. Marqués Suriñach, El valor de los defectos ajenos Quería
ser televisor Se
ha dicho con bastante razón que la televisión es un curioso "intruso"
en el hogar, que sabe de todo, pontifica sobre todo, es el único que habla,
impone silencio general, trastoca los horarios, tiraniza... y un largo etcétera
de inconvenientes. Supongo que Martín Descalzo (Razones para vivir) ha
elaborado una anécdota con estos ingredientes cuando narra lo siguiente:
"La profesora ha puesto a los niños un ejercicio en el que pide que
expliquen qué animal o qué cosa les gustaría ser y por qué. Un chavalillo de
ocho años ha respondido que a él le gustaría ser un televisor. ¿Por qué? Porque
así sus padres le mirarían más, le cuidarían mejor, le escucharían con mayor
atención, mandarían que los demás callasen cuando él estuviera hablando y no le
enviarían a la cama a medio juego, lo mismo que ellos nunca se acuestan a media
película". Podían
vivir sin ella Como
el reverso de la moneda, si se acaba de leer la anécdota anterior. Había una
familia numerosa en la que, cosa nada rara, los chavales disfrutaban de lo
lindo, y los padres, todavía jóvenes, no les iban a la zaga en eso de pasarlo
bien, a pesar de las estrecheces económicas que nunca les abandonaban. En aquel
hogar se jugaba, se hablaba, se convivía y los mayorcitos ya colaboraban con la
madre dando el biberón a los más pequeños; salir a dar una vuelta por el bosque
cercano a la casa -entretenimiento francamente barato- era una deliciosa
aventura vivida por toda la tribu familiar; el inculto terreno -abundoso en
zarzas y ortigas-, que rodeaba a la vivienda, se convertía en escenario de
películas de piratas y de lo que la imaginación infantil decidiera. Y no tenían
televisor. Las visitas solían sorprenderse hasta extremos rayanos en la
incredulidad: "¿Cómo podían vivir sin televisión? ¡Dios mío, sin televisión!" La
madre de familia no entendía qué gracia había en pasarse horas y horas delante
de un rectángulo luminoso, y acostumbraba a decir: -Verán,
aquí contemplar la vida misma es mucho más interesante que la televisión. Los
visitantes no acaban, por lo general, de entenderlo. Pero en aquella casa lo
entendían muy bien. La
mejor herencia Para
los aficionados al ballet no es en absoluto desconocido el nombre de Isadora
Duncan, célebre bailarina estadounidense (1878-1927), una artista que logró
rebelarse contra el academicismo imperante en su tiempo. Una vez le preguntaron
por su familia y ella comentó que no es positivo que los padres se preocupen
mucho por dejar a los hijos una buena herencia; de esa manera sólo consiguen
matar en ellos el espíritu de superación que tanto conviene al ser humano. Los
padres deben cuidar -decía- de fomentar en los hijos la laboriosidad y la
capacidad de sacrificio; y añadía: -La
mejor herencia que pueden dejarles es, sencillamente, la madurez y la libertad
necesarias para saber actuar y defenderse por sí
mismos. Un
consejo educativo Entre
los cantantes de música ligera de mayor éxito en Estados Unidos hay que situar
a Bing Crosby. Lo recordarán preferentemente las personas de cierta edad. No
habrán olvidado algunas de sus actuaciones en películas muy populares. Dicen
que Crosby andaba bastante preocupado por el comportamiento de un hijo suyo, y
que un amigo le aconsejó: -Pero
si es muy fácil. Sólo tienes que proceder como si se tratara del hijo de otra
persona. -¿..? -Claro.
Todo el mundo sabe cómo educar a los hijos de los demás. En
castellano existe este dicho: "Consejos vendo y para mí no tengo". Capacidad
de querer Se
llama Steven Lewis y enseña literatura en un college de Nueva York. Y tiene
siete hijos, cosa poco frecuente en la sociedad que le rodea. En un artículo
publicado en el New York Times Magazine, habla de los prejuicios que algunos
sienten ante las familias numerosas. Muchos le preguntan, con sonrisa burlona,
cómo es capaz de acordarse de los nombres de los hijos y de sus respectivos
cumpleaños, y otras cosas por el estilo. Él suele sonreír y hace una broma. Por
ejemplo: "Digo que a veces llamo a alguno de los chicos por tres o cuatro
nombres hasta que doy con el bueno: Eh, Cael-Nancy-Addie-Clover (¿cómo te llamas?)...
¡Danny!, acércame el pan, por favor". Resulta
que los contrarios a la familia numerosa quieren oír cosas como que a veces
pierde un hijo y otros desastres, porque lo que en el fondo desean es una
confirmación de que ellos hicieron muy bien teniendo sólo uno o dos. Sobre todo
les intriga si se puede querer y cuidar a siete hijos, es decir, si poseen los
padres suficientes reservas de cariño para todos (también consideran que los
padres son unos irresponsables, incapaces de disfrutar de la vida y, encima,
consumidores arrogantes de los recursos del planeta). Ciñéndonos a la cuestión
de la capacidad de cariño, Steven Lewis asegura que el amor no se limita al
extenderse a más personas. Él quiere a sus hijos, a cada uno, con todo el
corazón. Cada uno recibe idéntica cantidad de cariño: el corazón entero. La
hija del general de Gaulle En
su época de comandante, destinado a una guarnición en Tréveris, en Alemania,
espera con ilusión la llegada del tercer hijo, que resulta ser una niña, Anne.
Nace la pequeña el 1 de enero de 1928. Anne padece el síndrome de Down y con un
índice de retraso mental muy grave. A la niña nunca le faltará el cariño de su
padre a lo largo de su vida. A diario la sienta sobre sus piernas y logra
hacerla reír cantándole una y otra vez la misma canción. "Pintar al óleo
es más difícil -dice el texto-, pero más bonito que la acuarela". También
cuando llega a ser el presidente del gobierno, al final de la Guerra Mundial,
continúa con la misma dedicación a la hija. Según el testimonio de una sobrina
del general, éste le contaba cuentos y le cantaba canciones populares, cosa que
satisfacía mucho a la niña. Anne morirá a los veinte años. Charles de Gaulle
confiará a Maurice Schumann: -Era
incurable, y por eso aún más querida. Cfr.
J. Toulat, Esos niños "especiales" Ahí
no había cigüeñas En
una familia concreta, numerosa, nunca se había hablado a los pequeños de
cigüeñas -en lo que se refiere al nacimiento de los niños, se entiende-, sino
del Niño Jesús. Cada hermano nacía de mamá y lo traía el Niño Jesús. Era tal el
convencimiento que cuando nació Javier, alguien les dijo: -¿Estáis
muy contentos con el nuevo hermanito que os ha traído la cigüeña? Se
miraron asombrados y, uno de ellos, Alfredo, contestó rápido: -Mis
hermanos son muy importantes; no los trae la cigüeña, nos los manda el Niño Jesús. Cfr.
M.A. Monge, Alexia Autoridad Parece
que lo habitual es que la esposa mande en casa, aunque muchas veces no lo
parezca, y que lo haga mejor que el marido. Había un caballero que decía a un
amigo: -En
mi casa las grandes decisiones las tomo yo. Y si se trata de algo sin
importancia, entonces dejo que decida mi mujer. -¿Sí?
¿Cómo es eso? -Muy
fácil. Yo digo si declaramos la guerra a Rusia y si conviene viajar a Júpiter.
Y ella determina dónde iremos de vacaciones, qué se compra cada día, qué
programa se ve de televisión, etc. Cfr.
J. Sanz Rubiales, Medios de comunicación: aprender a ser críticos MISERICORDIA Que
sea misericordioso Cuenta
Paul Claudel, en su inmortal obra teatral L'annonce faite a Marie, un
bello ejemplo de misericordia con el prójimo para poder uno mismo esperar de
Dios el mismo trato. Jacques
Hury desea castigar con dureza a un ladrón de leña al que ha sorprendido en
pleno robo en tierras de su futuro suegro, para quien trabaja. Habla incluso de
sacar la navaja y cortarle las orejas. Jacques es ante todo un hombre justo,
duro a la hora de exigir el cumplimiento de la justicia, que se concreta en dar
a cada uno lo suyo. El padre de su amada Violaine, el dueño de los árboles, se
lo impide e, incluso, le ordena que le regale otro fardo, y explica: -Seamos
injustos en pequeñas cosas, para que Dios sea muy injusto conmigo. "Yo
sí lo sé" Se
hablaba un poco de todo, y, también, de cuestiones religiosas. Dos muchachos
jóvenes universitarios y un hombre mayor, poco cultivado, sencillo. Los tres
estaban de acuerdo en la importancia de la Virgen María en la propia vida. De
repente el anciano se "descolgó" con una salida desconcertante para
los muchachos: -¡A
que no sabéis cómo son los ojos de la Virgen! Yo si lo sé. Los
otros callados, casi con temor de que dijera alguna tontería, de que saliera
por algún registro absurdo. -¿Es
posible que no lo sepáis, estudiantes? Venga, vamos a rezar una Salve. Continuó
el desconcierto, pero no se atrevieron a llevarle la contraria y optaron por
recitar la oración en compañía de su interlocutor. Y al llegar a "vuelve a
nosotros esos tus ojos misericordiosos", el anciano hizo un gesto para que
se detuvieran: -¡Alto
ahí! ¿Os dais cuenta? Los ojos de la Virgen son ojos
"misericordiosos"... MORTIFICACIÓN Cambio
de planteamiento Santa
Juana Francisca de Chantal, antes de emprender la fundación de la Institución
que creó junto con San Francisco de Sales, recibió de éste, su director
espiritual (v. "Dirección Espiritual"), un consejo muy acertado que
ella nunca olvidaría y que le haría entender que no deben emprenderse
mortificaciones que mortifiquen a otros. Juana
se levantaba muy temprano, en la mansión en que vivía, para hacer un rato de
oración mental antes de asistir a la Santa Misa. Una doncella acudía para
ayudarla a vestirse -según las costumbres de la época y el rango de la señora-
y se encargaba de encender el fuego en la chimenea para caldear un poco la
estancia en los crudos días del invierno. Juana había quedado impresionada por
las palabras de la doncella, quien le había confesado que algunas noches apenas
dormía por temor de no despertarse cuando su ama la necesitase. Al
saberlo San Francisco de Sales, le recomendó que cambiara inmediatamente de
modo de proceder: su piedad y sus sacrificios no debían implicar a nadie,
excepto a ella. Cfr.
E. Ferrer Hortet, Juana de Chantal El
porqué de ser vegetariana La
reina Sofía, que ha estado narrando circunstancias de la muerte de su padre,
Pablo, el que fuera rey de Grecia, comienza a hablar de por qué ella es
vegetariana. No hay ningún planteamiento estético, ni naturalista, ni
dietético. Le cuenta a la entrevistadora: -Yo
soy vegetariana porque, cuando murió mi padre (...), pensé: "¿Qué puedo
darle? ¿Qué puedo hacer por él? ¿Qué puedo ofrecer?" Y en ese momento
decidí ofrecer por él algo que pudiera costarme: no comer carne en el resto de
mi vida. Y ése es el motivo, el único motivo, por el que soy vegetariana. Cfr.
P. Urbano, La Reina La
cruz oculta Son
cosas que no pasan todos los días, pero a veces pasan y son noticia. A mediados
del siglo XIX, en concreto por el año 1834, un modesto pintor asistía a una
subasta de objetos de arte en la que se ponía a la venta un viejo Crucifijo,
sucio y polvoriento, por el que un individuo ofrecía una cantidad bastante baja.
Al pintor le dolieron las bromas que hicieron algunos de los presentes a costa
del Señor y se animó a ofrecer un poco más de dinero para quedarse con la
talla, cosa que le resultó muy fácil pues nadie pujó ni un franco más. Al día
siguiente se puso a limpiarlo con un cepillo y encontró grabado a sus pies el
nombre de Benvenuto Cellini, el gran artista florentino. La Cruz, según se supo
después, procedía del saqueo popular del palacio de Versalles durante la
revolución francesa. Y, también hay que reseñar, que el rey pagó por ella una
cantidad elevadísima de dinero al modesto pintor. ¿No
cabe hablar de cruces escondidas, aparentemente modestas, insignificantes, a lo
largo de los días, que constituyen un verdadero tesoro? El asunto es no
despreciarlas, porque el Señor, el gran Rey, luego las premia con largueza. MUERTE Isabel
la Católica ante la muerte En
1492, Fernando el Católico sufrió en Barcelona un terrible atentado que estuvo
a punto de costarle la vida: cierto payés loco, que creía no se sabe qué extraña
historia acerca de que el que matara al rey ocuparía el trono, le causó una
herida en el cuello que no segó su vida gracias a una gruesa cadena de oro que
colgaba del cuello. Isabel se preocupó de que preparasen un balance de deudas
aún sin pagar, para satisfacerlas, para que el peso de ellas no le acusase al
llegar a la presencia de Dios. Refiriéndose al atentado, escribía a su
confesor, fray Hernando de Talavera: "Pues vemos cómo los reyes pueden
morir en cualquier desastre, razón es de aparejar a bien morir". Los
jueces que condenaron al payés ocultaron a la reina su decisión para que
impedir que ésta lo perdonase. De
su afecto hacia el esposo hay un bello testimonio procedente de una carta
confidencial: pedía en sus oraciones a Dios que, si uno de ambos hubiera de
morir, fuera ella, porque Fernando resultaba más necesario a los reinos. Cuando
al final de su vida llegó a la convicción de que su fin estaba ya próximo,
ordenó que los monasterios que recibían limosnas dejasen de suplicar por su
vida y rogasen a Dios por la salvación de su alma. Cfr.
L. Suárez Fernández, Isabel, mujer y reina San
Fernando III San
Fernando III el Santo (1199-1252), según el relato de Juan de Mariana en su
Historia General de España, tuvo una muerte bien ejemplar. Le administró la
comunión el Arzobispo de Sevilla. "Al entrar el Sacramento por la sala se
dejó caer en la cama, y puestos los hinojos (las rodillas) en tierra, con un
dogal al cuello y la cruz delante, como reo pecador pidió perdón de sus pecados
con palabras de gran humildad; ya que quería rendir el alma, demandó perdón a
cuantos allí estaban: espectáculo para quebrar los corazones, y con que todos
se resolvieron en lágrimas. Tomó la candela con ambas manos y puestos los ojos
en el cielo dijo: "El reino, Señor, que me diste, te lo devuelvo; desnudo
salí del vientre de mi madre, y desnudo me ofrezco a la tierra; recibe, Señor
mío, mi alma; y por los méritos de tu santísima pasión ten por bien de la
colocar entre tus siervos. Dicho esto, mandó a la clerecía cantasen las
letanías y el Te Deum, y rindió el espíritu bienaventurado". Balduino
II de Jerusalén El
rey cruzado de Jerusalén, sucesor del primer monarca, muere el 21 de agosto de
1131. Cuando ya siente que le abandonan las fuerzas, se hace llevar a casa del
patriarca de Jerusalén, lindante con el Santo Sepulcro "porque quería
morir cerca de ese lugar. Hizo venir ante él a su hija mayor Melisenda, y a su
yerno, Foulques de Anjou... y les dio su bendición. Dijo después que quería
morir como un pobre en honor del Salvador, quien había sido pobre en este mundo
por él y por los demás cristianos; inmediatamente se quitó la ropa y otras
cosas pertenecientes a un rey, revistióse con un hábito religioso y se hizo
canónigo según las reglas de la orden del Santo Sepulcro... Gran duelo hicieron
pequeños y grandes, como hay que hacerlo por un rey bueno cuando muere". Cfr.
R. Pernoud, La mujer en el tiempo de las Cruzadas En
los campos de batalla Procede
del relato de un sacerdote capellán castrense. Asegura este hombre que en diversas
ocasiones se vio en la circunstancia de atender a soldados moribundos en pleno
frente durante la guerra, y que, además de dar los últimos sacramentos a los
que lo deseaban, no pocas veces tuvo sus cuerpos heridos entre sus brazos
mientras les decía palabras de consuelo para animarles en ese trance duro. Y
las palabras que con más frecuencia escuchó de los labios de los heridos, en
medio muchas veces del delirio de la fiebre, en la oscuridad de la noche, eran:
"Madre, madre mía". A la hora de la muerte pensaban en el ser más
querido y lo echaban de menos. Es
dulce morir pensando en Santa María e invocando su nombre de Madre. En el
Avemaría le pedimos que se acuerde de nosotros precisamente en ese trance:
"ahora y en la hora de nuestra muerte". Miedo Está
Bernadette Soubirous, la que había visto años antes a la Señora en la gruta de
Massabielle, a las puertas de la muerte. Es el Miércoles Santo, la
víspera del fallecimiento. La Virgen se la llevará al Cielo en día tan señalado
como es el de la Eucaristía y el del mandamiento del amor. Respirando con
extrema dificultad, exclama: -J'ai
peur... j'ai peur... ma soeur... "Tengo
miedo, tengo miedo, hermana". Se dirige a la buena de Natalie, a quien
tanto quiere, una joven religiosa que la cuida con esmero. La soeur trata de
darle consuelo con el recuerdo de los muchos dolores que a la fuerza han debido
purificar y santificar a la vidente de Lourdes. Pero insiste en que tiene
miedo. Hay algo que logra consolarla, y es la seguridad de que no la van a
abandonar, porque le dice Natalie: -Todas
nosotras haremos lo imposible por ayudarte. Rezaremos mucho, mucho, por ti.
Siempre, siempre... Ahora y después... Y
Bernadette, que es la sencillez misma, responde con expresión infantil: -Oh,
por favor, ma soeur, no lo vaya a olvidar. Sus
últimas palabras serán: -J'aime...
"Yo amo"... Es
la confesión de su gran amor a la Virgen María, la Señora de Massabielle. Y el
viejo párroco de Lourdes, Peyramale, que la ha conocido desde niña, y que ha
acudido a su requerimiento hasta Nevers para estar a su lado en los últimos
instantes, se sorprende a sí mismo diciendo muy bajito: -Sólo
ahora comienzas tu vida, Bernadette. Cfr.
F. Werfel, La canción de Bernadette Unos
consejos El
ilustre historiador del arte, Juan Contreras, Marqués de Lozoya, hablaba con el
no menos ilustre médico y amigo, Eduardo Ortiz de Landázuri, y le confiaba por
qué principios trataba de regir toda su actividad, ya octogenario: -Mira,
Eduardo, yo procuro en mi vida atenerme a unos pocos principios: primero vivir
como si me fuera a morir hoy; segundo, trabajar como si fuera eterno; y
tercero, tratar de hacer hoy por lo menos lo que hice ayer. Cfr.
E. López-Escobar y F. Lozano, Eduardo Ortiz de Landázuri Mantener
la figura El
doctor Manuel González-Barón es Jefe de Oncología de la Paz y profesor de
Universidad. Ha visto morir, como puede suponerse, a muchas personas. Le
entrevistan para la revista "Telva" y la periodista Pilar Cambra le
pregunta sobre el dolor y la muerte. Él recuerda que un colega de Pilar estaba muy
mal y le pedía que rezara por él; pero no para que se curara, que ya era
imposible, sino para que no perdiera nunca la compostura. ¿Por qué?: -Aquí,
a mi alrededor, está toda mi familia, mis hermanos y mis amigos, que están muy
tristes y muy desazonados... Y, rodeado de ese dolor del cariño, no es raro que
yo también pierda la compostura... Y no quisiera perderla en la última hora. Murió
con una paz absoluta. Su visión cristiana le ayudó no poco a conseguirlo. También
recuerda a un marino de guerra, que le dijo esto: -Mire,
doctor, yo lo que necesito son, por lo menos, cinco días para "limpiar
fondos"... El
doctor González-Barón comenta que él, llegado a ese trance, también procuraría
"limpiar fondos" y ayudar a otros amigos a hacer lo mismo. Sabiduría En
los últimos años de vida de Galileo (falleció en Arcetri, en 1642), cuando
estaba ciego, un visitante le preguntó: -¿Cuántos
años tiene su señoría? Y
el respondió así: -Seis
o siete: los que me pueden quedar de vida, pues no tengo los pasados, como no
tengo el dinero que he gastado. Una
frase para la historia Se
llamaba Joaquina y era tía, o tía-abuela, no lo recuerdo con precisión, de una
amigo mío. Desde luego, el nombre le iba a la perfección -casi tan bien como le
podría ir, pongamos por caso, el de Enriqueta- para cumplir la tarea
propia de una tía, o tía-abuela, que tanto da lo uno como lo otro.Tal como me
la describía, doña Joaquina, que andaba ya por los cien años cumplidos, era una
señora amable, simpática, sonriente, optimista, lista, piadosa y casi en
plenitud de facultades mentales; las físicas, naturalmente, algo disminuidas,
pero no tan deterioradas que no fuera capaz de valerse ella sola para casi
todo. En su domicilio de la calle Argensola en Madrid, solía comentar que ella
ya no pintaba nada en este mundo, y se atrevía a insinuar: -Me
parece que allá arriba se han olvidado de mí. Doña
Joaquina, por lo que supe, tuvo un final muy acorde con el estilo de su vida.
Se levantó de la cama una mañana y dio un traspiés con la alfombrilla que debía
acoger sus piececitos mullidamente al posarlos en el suelo. Ya en el aire se
hizo cargo de la gravedad del percance para sus centenarios huesos, de manera
que en cuanto acudieron de la habitación de al lado para auxiliarla, le oyeron
exclamar con una inmensa paz y convencimiento de que no podía ser de otro modo: -Y
colorín, colorado, este cuento se ha acabado... En
el testamento Juan
II de Castilla (1405-1454), el cuarto monarca de la dinastía de los Trastámara,
padre de la reina Isabel la Católica, llevó una vida azarosa, como otros tantos
reyes de la misma época, con continuas
luchas por lograr mantenerse en el trono (¡algo le pesaría en la conciencia la
muerte del condestable Don Álvaro de Luna!). Al morir, triste y desengañado,
expresó su pena con estas palabras que se recogen en su testamento: "Ojalá
hubiera nacido yo hijo de un labrador para ser fraile de El Abrojo, y no rey de
Castilla". (El Abrojo era, junto con el de La Salceda, el principal
convento de franciscanos del reino.) Trágico
final Muchos
habrán escuchado en este país algo que hace ya años era ejemplo muy traído y
llevado por los predicadores. Es interesante reseñar los datos precisos del
hecho histórico, cosa que seguramente será menos sabida. El
famoso jesuita P. Rubio, beatificado por Juan Pablo II, fue objeto de una
desagradable, y trágica, asechanza por parte de un muchacho que acusaba al
religioso de haber influido en la decisión de su novia de romper con él. Fue el
martes de carnaval, 4 de marzo de 1924. Se presentó un desconocido preguntando
por el jesuita para pedirle que acudiera a atender a un moribundo. Sabedor de
que el lugar al que debía acudir era una casa de mala nota, fue acompañado por
un amigo llamado Carlos Villameriel. Con objeto de difamarle, el joven se había
metido en una cama para fingir que estaba muriéndose. Detrás de un biombo
estaba apostado un amigo con una cámara fotográfica, y en el momento preciso
deberían hacer acto de presencia unas prostitutas. Al
llegar preguntó: -¿Dónde
está? Lo
llevaron hasta la habitación, mientras procuraban ahogar la risa, y le
advertían: -Aquí,
padre; está muy malito, ¿sabe? Al
descorrer la cortina de la alcoba, el P. Rubio se detuvo y dijo: -Ya
es tarde. ¡El muchacho ha muerto! Y,
en efecto, allí estaba el cadáver, que, según cuentan, mostraba una expresión
de terror en el rostro. Cfr.
E. Iturbide, El amor dijo sí La
mejor herencia Cuando
planeaba escribir la segunda parte de Los hermanos Karamazov, Dostoyevski cayó
gravemente enfermo. Sabía que había llegado su hora y habló con su mujer para
que llamara a un sacerdote. Después de recibir la Comunión, se sintió un poco
mejor y se puso a hablar con cierto ánimo. Luego se calló. Cogió el Evangelio,
el mismo ejemplar que le había acompañado en Siberia y en todas partes, y pidió
a su mujer que lo abriera al azar y leyera un poco. "Arrepentíos, porque
el reino de los cielos está cerca", oyó susurrar a la esposa, y sonrió.
Más tarde pidió que entregaran a su hijo el Evangelio, como el mejor bien que
podía legarle. Unas horas después entregaba el alma a Dios el gran escritor. Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo Julio
Verne Como
en el caso recién reseñado, otro notable escritor, el popular Julio Verne,
trabajador hasta el final de su vida, siente que su fin está cerca. Advierte
algo muy importante a su esposa: -Antes
de llamar al médico, tráeme al sacerdote. El
autor de tantos libros inmortales moría en la paz del Señor, atendido por un
sacerdote, el 24 de marzo de 1905. Cfr.
VV.AA., Forjadores del mundo contemporáneo OBEDIENCIA Como
síntesis de una vida No
se puede decir que Santa Catalina de Siena fue una monja, sino que más bien
ingresó en lo que ahora llamaríamos una orden tercera; en concreto se afilió a
las llamadas Hermanas de la Penitencia, popularmente conocidas como
"Mantellate", que vivían la espiritualidad de los dominicos. Llevaban
el hábito de Santo Domingo, pero habitaban en sus casas y no hacían votos. Sin
embargo, ella quiso hacer por su cuenta, en el momento en que tomó el hábito,
los tres votos clásicos. En lo que a obediencia se refiere, se comprometió a
obedecer al religioso director de las Hermanas, a la priora y al confesor, y lo
cumplió en el curso de su vida de tal modo que, estando a punto de morir,
pronunciará estas palabras históricas: -No
me acuerdo de haber desobedecido nunca. Cfr.
G. Papàsogli, Catalina de Siena, Reformadora de la Iglesia En
una sola palabra Un
periodista muy conocido, Manuel Aznar, conversando con el Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, al que había conocido ya por los años treinta, le comentó
que le encantaría escribir una biografía suya. Y la respuesta del sacerdote fue
ésta: -Pues
te la doy hecha. Porque la vida oculta de Jesús la resume el evangelista en
tres palabras: erat subditus illis (les estaba sujeto), y si los Hechos de los
Apóstoles la resumen en dos: pertransiit benefaciendo (pasó haciendo el bien),
la mía cabe en una sola palabra: "pecador". Y, de añadir algo:
"un pecador que ama con locura a Jesucristo". Ya
se ve que la "biografía" de Jesucristo cabe también en una sola
palabra: erat subditus illis (Lc 2,51) es lo mismo que "obedeció".
San Pablo, por su parte, resume la vida y tarea del Señor en obediencia
"hasta la muerte" (cfr. Flp 2,8). ¿Por qué, entonces, podría alguien
considerar que no es virtud cristiana, y bien cristiana, la obediencia a la
legítima autoridad? ORACIÓN Todo
por un examen Recuerdo
el caso de un universitario que durante el curso asistía diariamente a Misa y
pasó unas cortas vacaciones, en su ciudad natal, donde hay un famosísimo
santuario mariano. Al regreso le pregunté si también entonces había asistido a
Misa todos los días, dijo que no; luego recapacitó y dijo: sí, una vez. Me
llamó la atención esa "única" vez y me animé a preguntarle el motivo.
"Es que se examinaba un primo mío del carné de conducir y fui a pedírselo
a la Virgen". Y más curiosidad: "¿Y qué pasó?" . "Que
suspendió", contestó. Casi me alegré, entiéndase, porque la Santa Misa, la
Comunión, no es "sólo para eso" o tan "automático". Porque,
sacando las cosas de quicio, podía decirle a su primo: yo voy a Misa y se lo
pido a la Virgen y ni hace falta que hagas el examen, estás aprobado. F.
Armenteros, Todo el día una Misa La
vida como un desierto Ahora
nos hace sonreír, pero en aquellos tiempos era una aventura sin precedentes y
una noticia de primera página en cualquier periódico. Resulta que un
aristócrata italiano, el príncipe Borghese, se lanzó en el año 1907 a viajar en
automóvil -qué cacharros se fabricaban por aquel entonces- desde Pekín hasta
París. En dos meses cubrió la distancia de 16.000 quilómetros. La
anécdota que nos puede interesar ahora, de las muchas que le ocurrieron, se
sitúa en el paso del desierto de Gobi en el interior de Asia. Lo normal en
aquel paraje era no encontrar a ningún ser humano, ni cualquier otro tipo de
viviente, pero mira por dónde que apareció un punto lejano que, conforme se fue
haciendo mayor por la proximidad, resultó ser una oficina de telégrafos. Se
trataba de la estación telegráfica de Pang-kiang. El empleado de la oficina
tenía que viajar durante ocho días si quería ver a un semejante. Un acompañante
de Borghese quiso poner un telegrama a Londres. El empleado chino anduvo un
poco inexperto en resolver los trámites -se le notaba poca práctica- y, al fin,
le extendió un formulario para el texto en el que aparecía arriba el número
uno. El viajero preguntó si era el primer telegrama del día, pero el
chino respondió: -No.
Es el primero de esta oficina. -¿El
primero del año? -No.
El primero desde que funciona, y ya han pasado seis años. Era
evidente que por allí pasaban caravanas, pero a nadie se le había ocurrido
poner un telegrama a alguien desde el desierto, aunque la posibilidad de estar
en contacto con el mundo circundante estaba al alcance de cualquiera. Algo así
le ocurre a más de uno con relación a Dios. Pasan la vida como por un desierto,
con capacidad de enviar un mensaje a Alguien que no está lejos, sino muy cerca,
pero nunca una palabra, nunca una súplica, nunca un afecto: nada de oración... Milagros
de Lourdes Lo
he leído en Razones para la esperanza, de José Luis Martín Descalzo.
Delizia Cirolli, una niña siciliana de once años, se curó en Lourdes de un
"osteosarcoma", allá por el año 1975. La cría ni sabía que tenía esa
gravísima e incurable enfermedad, y tampoco había acudido a la Virgen para que
la sanara de los males que aquejaban a una de sus piernas. "Yo veía
-comentó a un periodista francés- a tanta gente enferma allí, que me hubiera
parecido ridículo rezar por mí misma". En efecto, se había dedicado
a rezar por los demás. También
nos cuenta Martín Descalzo una anécdota que le ocurrió a él mismo, por el año
1961, en el santuario de Lourdes, coincidiendo con una peregrinación
internacional de gitanos. Había uno muy anciano en una camilla, que se le veía
ya a las puertas de la muerte a causa de un cáncer de intestino. Este tampoco
había pedido su curación. "Al ver en la explanada -confesó- a un
grupo de chiquillos con parálisis, pensé que su milagro era más urgente
que el mío. Ellos no habían vivido aún; yo, sí, demasiado. Y los milagros han
de guardar turno, han de ser justos. Por eso he pedido que pusieran mi milagro
en la cola y resolvieran primero lo de los chavales". Recuerdo
haber leído una historia de este estilo en el libro de J. Urteaga, Cartas a los
hombres. Ahí se trataba de un niño increíblemente egoísta, llevado por sus
padres a Lourdes para implorar la curación de alguna enfermedad seria. Al
final, el crío, que había descubierto cerca a otro con una cabeza inmensa,
acabaría por apiadarse. Cuando su madre, finalizada la procesión con el
Santísimo, le pregunta si ha pedido por lo suyo, el chaval responde: -No,
he pedido que cure a ése. "Cura, mejor, al cabezón", le he
suplicado. El
gran milagro ya se había producido. La Virgen había comenzado a sanar al niño
protagonista de su peor enfermedad: el arraigado egoísmo. Se
excusaba El
abuelo había salido con mucha ilusión a dar un paseo por el parque con su nieta
predilecta. Esta no pasaba de los cuatro o cinco años; era lo que se dice
una criatura. Al regreso de aquel rato delicioso, entre charlas y juegos, la
pequeña sugirió al anciano, según pasaban por delante de una iglesia: -Vamos
a rezar a Jesús. El buen
hombre se sintió un poco avergonzado de que la iniciativa no hubiera partido de
él. Entraron, fueron ante el Sagrario, se arrodillaron. La niña había juntado
las manitas y se mantenía en silencio, con cara de estar concentrada en la
oración. A la salida, el anciano tuvo un pizquita de curiosidad: -Oye,
¿qué le decías cuando rezabas? Y
ella, mirándole con sus grandes ojazos llenos de inocencia: -Le
decía: perdona, Jesús, por no haberte traído nada. Nosotros
pensamos por lo general sólo en pedir, y es razonable, después de todo. Dios es
la riqueza infinita y es Padre, y nosotros somos hijos y muy necesitados;
además nos anima a pedir, a llamar, a buscar... Pero también espera -Él, que no
necesita nada- que le ofrezcamos algo, porque el amor es dar. Más
de lo que esperaba A
veces sucede que le pedimos algo a Dios en nuestras oraciones con poca
convicción, "por si sirve de algo", y Él nos sorprende con un don
mayor; que es como si dijera: "Hombre, fíate de mí". Me lo recuerda
un hecho de la vida del gran inventor Thomas Edison. Cuando
nuestro hombre decidió ya dedicarse profesionalmente a "eso" de
inventar, se destapó con un indicador de cotizaciones electrónico y automático,
que había diseñado durante su estancia en Wall Street; el aparato servía para
tener informados a los agentes de Bolsa de los precios de la acciones. Edison
fue a ofrecer el invento al presidente de una gran compañía de Wall Street,
pero dudaba entre pedir 3.000 dólares o arriesgarse a subir hasta los 5.000
(cifras nada despreciables en torno al 1870). Cuando llegó el momento, perdió
los nervios y dijo: -Hágame
usted una oferta. Casi
le da un soponcio cuando el hombre de Wall Street respondió: -¿Qué
le parecen 40.000 dólares? Cfr.
I. Asimov, Momentos estelares de la ciencia Puede
esperar Sucedió
durante uno de los viajes apostólicos de Juan Pablo II. Iba rezando la Liturgia
de la Horas y quisieron pasarle un mensaje urgente recién llegado a la cabina
del aparato. -Santidad... Juan
Pablo II levantó la mirada y, con el gesto indicó que estaba rezando, para que
le dejaran terminar. -Santidad,
es que se trata de un mensaje urgente y grave. -Entonces,
si es grave, el Papa debe seguir rezando más. Y
así quedó zanjado el asunto. Aprendizaje El
gran actor de teatro y cine genovés Vittorio Gasmann, anunciaba a sus 68 años
-le entrevistaban para la revista "Oggi", marzo de 1990- que había
superado una fuerte depresión que le había inutilizado durante un periodo de
dos años. -La
prueba ha sido verdaderamente dura. Pero he descubierto también tantas cosas.
He hecho un viaje cognoscitivo del mundo y de mí mismo. -¿Qué
ha aprendido? -preguntaba el entrevistador. -A
rezar. ¿Le parece poco? Yo en asunto de religión he estado siempre inseguro,
muy tibio. Ni carne, ni pez. Ni ateo ni verdadero creyente. Ahora, en cambio,
me estoy planteando los problemas de la fe en toda su amplitud. Leo a Dante y
estudio la teología de su tiempo. Noto una gran necesidad de aportaciones
espirituales. Encuentro luz en la oración. Piense en un hombre como yo
acostumbrado a los grandes éxitos, que se reencuentra en el recitar esa obra
maestra de simplicidad que es el "Padrenuestro". "Fatigar
a los dioses" Cristo
enseña a sus discípulos a no caer en la proverbial verbosidad de los gentiles
en el modo de hacer oración (cfr. Mt 6,7-9). En efecto, consta por Horacio,
Tito Livio, Séneca, Apuleyo, etc., que en las religiones paganas de entonces
creían conseguir la atención de los dioses mediante una oración muy prolija:
literalmente recomendaban los textos religiosos fatigare deos, fatigar a los
dioses. Tal costumbre no carecía de cierta lógica, dentro de las concepciones
de esas religiones sobre la multitud de los dioses, que podrían estar ocupados
-se pensaba- en otros asuntos importantes. Parece que algo de esa verbosidad se
había introducido en el judaísmo tardío. Cfr.
J.M. Casciaro y J.M. Monforte, Jesucristo, Salvador de la humanidad La
intercesión de los santos Desde
los comienzos del cristianismo los fieles han acudido a los santos poniéndolos
como intercesores ante el Señor. La piedad popular ha relacionado, con el pasar
del tiempo, determinados santos con necesidades específicas. Cualquiera sabe,
por ejemplo, que para asuntos difíciles o imposibles, Santa Rita y San Judas
Tadeo; a San Pancracio se le pide salud y trabajo; para la vista conviene rezar
a Santa Lucía, mientras que en las tormentas es aconsejable acudir a Santa
Bárbara. Menos conocido es que Santa Apolonia es la patrona de los dentistas y
sus pacientes. Una
curiosidad. El Papa San Cornelio, mártir en el año 253, al que se cita en el
Canon Romano, ha sido tradicionalmente patrono protector de ganados en Bretaña.
Según narra J. Mathieu-Rosay (Los Papas), en los principios del cristianismo en
esa región los ganaderos tenían la costumbre de adorar a el dios Corneno, un
horrible ídolo con cuernos. Los misioneros de la región de Carnac no lograban
alejarlos de esa superchería y atraerlos al cristianismo, así que siguieron el
sabio principio de no suprimir sino reemplazar, y eligieron un Santo con un
nombre que pudiera sustituir al del tal Corneno. El escogido fue San Cornelio,
que sonaba parecido. El problema era qué hacer con los cuernos, que,
evidentemente, no se podían asociar a la figura de un Romano Pontífice. La
solución fue colocarlos, no en la cabeza, sino en las manos. A partir de ahí,
los buenos bretones acostumbraron a confiar la protección de sus ganados al
buen Papa Cornelio. PECADO Odio
al pecado Seguramente
se puede decir que ha odiado el pecado cualquier alma santa, pero en el caso de
San Juan Bosco hay buenos testimonios de que en él efectivamente estaba bien
arraigado ese sentimiento de repulsa. Alguna vez dijo que prefería que ardiera
mil veces el Oratorio que él había fundado con tantos desvelos, a que en él se
cometiera un pecado. El Oratorio, en el barrio de Valdocco de la ciudad de
Turín, había llegado a albergar a cuatrocientos chicos. Con el paso de los años
nacerían centros de formación de esa índole por todas partes y con gran éxito. En
el terreno personal hay que reseñar que desde joven fue muy penitente, hasta el
punto de que su director espiritual tuvo que moderarle algo sus
mortificaciones. Y también desde muy joven practicó la Confesión semanal,
aunque a veces le supusiera grandes sacrificios. Mejor
morir La
vida de Santo Domingo Savio, fallecido a los quince años (1842-1857), la
conocemos bien por la biografía que redactó su gran maestro San Juan Bosco.
Domingo hizo la primera comunión a los siete años, en una época en nadie la
hacía a tan corta edad (el decreto que la indicaba para la edad de la
discreción, en torno a los siete años, dado por San Pío X en el año 1910,
estaba aún por llegar...). Domingo lo consiguió por la ilusión que puso en
ello, hasta el punto de que su párroco fue incapaz de negarle un deseo tan
vehemente. Siempre
recordó ese día como el más feliz de su vida. Unos años después escribió los
propósitos que se había hecho al comulgar por vez primera: "1º Me
confesaré muy a menudo y recibiré la sagrada comunión siempre que el confesor
me lo permita. 2º Quiero santificar los días de fiesta. 3º Mis amigos serán
Jesús y María. 4º Antes morir que pecar". Estas últimas palabras ya
han quedado como una frase para historia. PIEDAD Buenas
condiciones Es
conocido que Juan María Vianney no fue alumno brillante en el seminario. Había
quien se planteaba si se le podrían conferir las sagradas órdenes: ¿sería
realmente idóneo? El vicario general de la diócesis, Courbon, fue benévolo y
-el tiempo bien lo ha demostrado- muy acertado en sus exigencias. Se limitó a
preguntar si Juan María Vianney era piadoso, y se le dijo que sí; si era devoto
de la Virgen María, y también la respuesta fue positiva; si sabía rezar el
rosario: por supuesto que sí. -Sí;
es un modelo de piedad... -¿Un
modelo de piedad? Pues bien, yo lo admito. La gracia de Dios hará lo que falte. Cfr.
F. Trochu, El Cura de Ars Él
es suficiente Santa
Margarita María de Alacoque pasó por diversas pruebas porque nadie comprendía
bien la situación de su alma. Hasta que llegó a su convento, como confesor, el
Beato Claudio de la Colombière, que logró entenderla muy bien y dio serenidad a
su espíritu. Al poco tiempo este sacerdote fue trasladado por sus superiores a
otro lugar. La Santa acudió al Sagrario para quejarse humildemente, pero oyó
bien claro que el Señor le decía. "¿No soy Yo suficiente para ti?" Las
Llagas del Señor Impresionan
unas palabras que escribe San Antonio María Claret en su Autobiografía, pues
recogen una experiencia de vida espiritual muy profunda: "Delante del
Santísimo siento una fe tan viva que no lo puedo explicar. Casi se me hace
sensible... Y estoy besando continuamente Sus Llagas y quedo finalmente
abrazado con Él... Siempre tengo que separarme y arrancarme con
violencia". A
altas horas de la noche El
Papa se encontraba en Zaire. Se había reunido con los obispos del país y con
otros de los territorios limítrofes y había cenado con todos ellos. Terminadas
las despedidas, se retiró a su habitación en la nunciatura. El periodista
italiano Angelo Riguetti y la española Paloma Gómez Borrero trabajaban en otra
habitación y ya se preparaban para marchar al hotel, cuando vieron que
Juan Pablo II se dirigía a la capilla. Se le notaba en su caminar y en su aspecto
que iba cansado después de una jornada agotadora. Al verlos, les miró con
afecto y les dijo: -Perdón,
porque todavía están trabajando por mi culpa. Le
acompañaba su jefe de seguridad, Camilo Civin. Al día siguiente, Camilo explicó
a Paloma que cuando creen todos que el Papa está durmiendo o descansando,
muchas veces se halla rezando en la capilla. Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano Falla
la unidad de vida La
Reina Doña Sofía recuerda su conversión al catolicismo. Pocas diferencias había
encontrado con la ordoxia griega en el terreno doctrinal -salvo el primado del
Romano Pontífice-, pero le había llamado la atención, en lo referente a los
sacramentos, que en su tierra no se acostumbraba a comulgar con la frecuencia que
veía en España. En efecto, en Grecia, por lo visto, se suele comulgar una vez
al año solamente, aunque no hay inconveniente en hacerlo más veces. A ella le
llamó la atención el número elevado de personas que recibían la Eucaristía los
domingos en España, y también que bastantes lo hicieran a diario. Admite que
con el pasar del tiempo sufrió cierta decepción, porque había pensado que se
trataría de cristianos buenísimos, pero no siempre era así: -Para
algunos una cosa era el catolicismo dentro del templo, y otra cosa su conducta
moral en la calle, en el trabajo, con su familia. Eso me desconcertó, y me
decepcionó. Cfr.
P. Urbano, La Reina Oración
de recién casados El
mismo día de la boda, al quedarse solos, pidieron al Señor que la vida que
empezaban en común se viera coronada por el éxito. También rezaron por los
hijos que tendrían que venir. Y además añadieron esta oración tan bonita:
"Señor, te pedimos que no nos dejes nunca de tu mano, que tu amor esté
siempre entre nosotros. Haz, Señor, que nuestra casa sea tu templo favorito y
nuestros corazones tu sagrario preferido". Cfr.
M.A. Monge, Alexia No
zarpó para las Indias Aunque
a primera vista pueda parecer un sinsentido, lo cierto es que la extraordinaria
piedad para con Dios fue la causa de que San Juan de Ávila se quedara en
Sevilla y no cumpliera su sueño de embarcarse para misionar en América. Todo
tiene su explicación en este mundo. Ocurrió
que Don Diego de Contreras, un clérigo sevillano muy conocido, que destacaba
por su desprendimiento, vida penitente y profunda religiosidad, oyó un día una
plática del Maestro Juan de Ávila y se quedó impresionado. Todavía le causó
mayor impacto verle celebrar la Santa Misa. Según el relato de fray Luis de
Granada (Vida del P. Maestro Juan de Ávila) "decíala con tanta devoción y
reverencia y con tantas lágrimas" que (Contreras) decidió presionar ante
el Arzobispo hispalense, Alonso Manrique, para que no le permitiera marchar,
porque, decía, "harto hay que hacer en el Andalucía sin pasar la mar" Detalle
de un niño Fue
testigo del hecho Jaime de Ossó, padre de D. Enrique, futuro Fundador de la
Compañía de Santa Teresa de Jesús, y se lo contó emocionado a su mujer, la
buena de Doña Micaela, aquel mismo día. Estaba
con el crío en una plaza de Vinabre, el pueblo natal, en la provincia de
Tarragona, y dos niños más. De repente se oyó la campanilla que avisaba de que
llevaban el Viático a algún enfermo, y el pequeño Enrique salió corriendo para
acompañar a Jesús Sacramentado. Pero al ver que le seguían los otros dos
también, se detuvo, miró hacia el padre, sacó unas monedillas del bolsillo y se
las dio a los compañeros para que no dejaran solo a su padre, y continuó su
marcha con el deseo de acompañar al Santísimo Sacramento. Jaime de Ossó estaba
emocionado al relatarlo: -¿Has
visto, mujer? Cfr.
M. González, Don Enrique de Ossó "Ele"
y "lerele" Un
sacerdote nos refiere un bonito ejemplo de piedad sencilla. Lo protagoniza un
chaval, "barman" en una cervecería sevillana (cfr. A. Manuel
Fernández, Santa María y el amor humano). Le pregunta al final de una clase de
formación cristiana: -¿Tú
le tienes cariño a la Virgen? -¡Digo! -¿Y
qué haces para acordarte de Ella? -Pues
en el bar tengo un cuadro de la Macarena y, cuando me piden una cerveza, paso
por delante de la Virgen, la miro, y le digo: ¡Ele! -Y...
¿no sabes decirle otra cosa? -¡Sí!
A veces paso, la miro, me quedo "clavao", y le digo... ¡Ele, lerele! POBREZA Cuestión
de necesidades En
cierta ocasión, Luis XI de Francia (1423-1483) entró en la cocina y observó a
uno de los pinches que se afanaba en su trabajo. Se interesó por él: -Oye,
¿cómo te llamas? El
pinche respondió al momento, respetuoso, pero sin interrumpir su labor y sin
reconocer a la persona que le hablaba. -¿Y
cuánto ganas con tu oficio? -Tanto
como el rey, mi señor. No
salía el monarca de su asombro ante tal respuesta inesperada, y volvió al
interrogatorio: -¿Cómo
es posible eso que me dices? Y
el muchacho dio una respuesta que agradó sobremanera al soberano: -Sí,
el gana lo que necesita para vivir y yo lo mismo; así que los dos ganamos
igual. De
libros y regaderas No
hace falta decir que la virtud cristiana de la pobreza tiene más que ver con el
desprendimiento de los bienes de este mundo que con el hecho, mondo y lirondo,
de tener o no tener. Pues a propósito de desprendidos, se cuenta que una vez
uno envió a su criado a casa de un amigo para ver si le podía prestar cierto
libro por el que estaba muy interesado. El propietario contestó que no
acostumbraba a prestar nada de su biblioteca y que, por lo tanto, prefería que
se diera una vuelta por su casa y consultara in situ el deseado volumen. Mira
por dónde que, pasado el tiempo, este último necesitaba una regadera para echar
agua a las macetas de su jardín, y se pasó por casa del primero. -Oye,
¿me prestas un rato la regadera, que se me ha roto la que tenía? Y
el otro contestó con sorna: -No,
mira, mejor te traes las plantas y las riegas aquí mismo. Muy
avariento Podría
contar unas cuantas cosas de un conocido que era de lo más avaro que se ha
visto por estos mundos de Dios. Los bienes terrenos se le pegaban como lapas,
o, más bien, era él quien se adhería a ellos con una argamasa que, al
raguar, hacía imposible el despegue. Por ejemplo, le pedía un hijo unas
pesetillas para poder ir a ver un ofidiario, o sea, un zoo donde se exhibían
preciosos reptiles de las más variadas procedencias del planeta; ejemplares
únicos, bellísimos algunos, otros muy raros... Pero este caballero no soltaba
moneda: -¡Así
que quieres ver serpientes! Pues mira, mejor te voy a prestar una lupa, vas al
jardín y observas las lombrices. Quizá
sea leyenda Oscar
Wilde pasó épocas de gran penuria económica, sin más dinero que el que lograba
obtener de sus más fieles amigos. Le habría bastado con escribir cualquier
cosa, pero la pereza le podía. Murió en París a los cuarenta y seis años, el 30
de noviembre de 1900. Posiblemente se trate de una leyenda, como tantas otras
que se ha creado en torno a su figura, pero cuentan que poco antes de morir
pidió champagne y cuando le fue traído declaró con humor: -Me
parece que estoy muriendo por encima de mis posibilidades Cfr.
J. Marías, Vidas escritas La
sotana del Papa Dicen
que había obreros trabajando en la misma habitación del Papa Juan XXIII. Al
llegar el Pontífice y encontrarse con ese panorama, tranquilizó a los operarios
y les pidió que continuaran con sus tareas como si tal cosa, mientras él se
disponía a sentarse en una silla y rezar su breviario. Al ver que la tal silla
estaba llena de polvo, el Pontífice tomó un trapo y se puso diligentemente a
limpiarla, sin dar tiempo a los obreros a echarle una mano. Y comentó con su habitual
simpatía y llaneza: -Hay
que cuidar la ropa. Siempre me acuerdo de lo que costó a mi padre la primera
sotana que tuve. Desde entonces procuro cuidarlas bien para que duren. Lo
esencial Esta
historia se cuenta de uno de los grandes sabios de la antigüedad, Bías. Trataba
de asediar su ciudad natal el rey de los persas, Ciro, y cada ciudadano salía a
escape con lo que podía de sus pertenencias, procurando salvarse antes de que
el cerco se cerrase definitivamente. Bías, en cambio, marchaba tan tranquilo
sin nada en las manos. Los fugitivos le preguntaban con asombro: -¿Pero
es que no te llevas nada? El
sabio consideraba que con su sabiduría ya llevaba suficiente tesoro, y
respondía con total tranquilidad: -Aunque
os sorprenda, llevo conmigo todos mis bienes. Carroza
de plata El
12 de marzo de 1545 llegaban a Montilla, procedentes de Osuna, los jóvenes
condes de Feria, Don Pedro Fernández de Córdoba y Doña Ana Ponce de León. Pocas
personas podían presumir de tanta alcurnia como estos dos personajes. Se hicieron
grandes fiestas en honor de los nuevos esposos y también grandes gastos. Según
nos relata M. De Roa, en su Vida de Doña Ana Ponce de León, iban en una carroza
tan llena de plata, que no parecía de madera. Algunos se escandalizaron del
derroche. Pasado
cierto tiempo, mandaron recado al Maestro Juan de Ávila de que deseaban verle.
Parece ser que a la condesa le había llegado casi el momento de dar a luz a su
primer hijo y quería confesarse con hombre tan santo. El que le llevó el aviso
comentó con pena el escándalo que había supuesto tanto lujo de ambos esposos, y
San Juan de Ávila comentó como toda respuesta: -Rogad
a Dios que ella se hinque de rodillas a mis pies, que yo le quitaré la carroza
y más. Se
cumplieron los deseos del confesor. Logró tal arrepentimiento y deseos de
santidad en aquella alma, que se acabó la carroza y también los adornos que
gastaba en su persona, llevando a partir de entonces vida muy austera. Años
después, al enviudar, Ana Ponce de León entrará monja en el monasterio de Santa
Clara de Montilla. Es
precioso el sermón que San Juan de Ávila pronuncia en Montilla el día en que la
condesa toma el velo, que es el 22 de julio de 1554. Comenta el Santo que
algunos no entienden esa decisión de entrar en convento, y se preguntan para
qué. "Sabéis a qué entra en el monasterio? A fregar, si se lo mandaren; a
barrer, si le pareciese a su prelada; a cocinar, si fuere menester; a bajarse,
a ser esclava de las otras y besar la tierra que las otras huellan". El
resumen que hace es éste: el reino de los cielos, según el Evangelio, es un
tesoro por el que se entrega todo; por Dios uno se da por completo. Nepotismo Mala
costumbre la del nepotismo. Bien poco ejemplar fue en este terreno el Papa
Alejandro VIII, aparte del mal ejemplo que dio por sus muchos gastos en
banquetes y espectáculos teatrales, al favorecer descaradamente a sus
familiares. Llegó a nombrar a uno de sus sobrinos jefe de las galeras
pontificias, a pesar de ser cojo y giboso, ¡que ya son ganas! Decía a sus
familiares, en alusión a su avanzada edad: -¡Démonos
prisa todo lo posible, porque en el reloj ya van dando las veintitrés! Pero
aún vivió lo suficiente para comprobar la ingratitud de aquéllos a los que
había favorecido. Falleció el año 1691. El
contraste lo ofrece poco después el Papa Clemente XI. Nada más ser elegido
Romano Pontífice, advierte a su familia: -Tened
en cuenta que habéis perdido a vuestro pariente: ya no tenéis en mí sino al
padre común, como el resto de los fieles. Les
prohibió incluso que aceptaran donativos con motivo del parentesco con el Papa.
Y él, personalmente, distribuyó casi todos sus bienes entre los pobres. Cfr.
C. Castiglioni, Historia de los Papas RECTITUD
DE INTENCIÓN Oración
poco presentable En
los años siguientes a Lepanto floreció la piratería por la zona del Canal de la
Mancha. Los franceses tenían su base en Dieppe y abordaban a las naves
inglesas, mientras que en la Isla, los ingleses hacían lo propio con las
francesas, siendo su cuna Devon y Cornwall. Los moradores de esas regiones
vivían del mar, ya fuera del bandidaje o del saqueo de los naufragios. En las
aldeas ribereñas todas las noches se rezaba una vieja plegaria que decía:
"Señor, haz que no haya ningún naufragio, pero si tiene que haber alguno,
que sea en las costas de Cornwall". Cfr.
R. Abella, Los piratas del Nuevo Mundo ROMANO
PONTÍFICE Dio
la vida por el Papa Sor
Auxilia, en el mundo Mercedes Cortevis, fue una religiosa que cuidó
maravillosamente del Papa Juan Pablo II desde la primera vez que éste llegó a
la clínica Gemelli. Era una de las veinticuatro monjas de la congregación de
María Niña que prestaban servicio en el hospital. Alegre y simpática, al mismo
tiempo que enérgica e inflexible para imponer las órdenes de los médicos. Murió
en agosto de 1995. Desde
hacía dos años sufría un cáncer. Por una de sus compañeras, sor Leticia, se ha
sabido algo sobre el origen de su enfermedad. El día que el Papa ingresó para
la operación del tumor, todas las religiosas fueron a la capilla a rezar para
que fuera benigno. De repente, ha revelado la hermana, "oímos musitar a
sor Auxilia un Gracias, Dios mío. Supimos meses después, cuando le
diagnosticaron un cáncer maligno, que en el oratorio ella había ofrecido al
Señor su vida a cambio de la del Papa". Cuando
informaron a Juan Pablo II de la gravedad de sor Auxilia, fue a visitarla, y
volvió a verla cuando estaba agonizando para darle la Unción de los enfermos.
Al ver al Papa a su lado, ella abrió los ojos y esbozó una débil sonrisa de
agradecimiento. Horas después se iba al Cielo. La enterraron con la bata blanca
sobre el hábito gris. Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano Dentro
y fuera El
Papa Juan Pablo II estuvo en San Francisco durante un viaje por los Estados
Unidos, allá por el año 1987. En esa ciudad los homosexuales prepararon una
bochornosa manifestación para exteriorizar su rechazo al Romano Pontífice. El
Papa visitó un centro de acogida de enfermos de sida. Las cadenas de televisión
daban al mismo tiempo lo que ocurría en el interior y la actividad en el
exterior de grupos de lesbianas en abierta protesta por su presencia.
Todo Norteamérica pudo ver cómo un niño desahuciado, con una voz debilísima,
recostado en el hombro del Papa susurraba: -I
love you, Pope, I love you very much Se
veía al Papa emocionado, mientras abrazaba y besaba al pequeño. Fuera
un vocerío -también recogido por las cámaras- de lesbianas que protestaban e
insultaban: -Pope,
go home. Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano SAN
JOSÉ "¡Piénsatelo!" En
los comienzos de la fundación de las religiosas combonianas, su fundador,
Daniel Comboni, pasó no pocos apuros económicos. Decía a las primeras
misioneras que acudieron junto a él para trabajar por Cristo: "Queridas
hijas, es el momento de arrodillarse para pedir a San José, nuestro ecónomo
principal, que nos ayude". Las
religiosas rezan, pero las deudas no hacen sino incrementarse de día en día.
Cuando la situación se vuelve más delicada, Comboni se dirige a la imagen de
San José que tiene sobre la mesa. Con sencillez le habla de su apuro y después
le da un "ultimátum": -Si
no me escuchas, vuelvo la imagen hacia el muro y no te rezo más. Todavía
tiene confianza de sobra como para decirle a San José sin faltarle, como es
lógico, al respeto: -¡Piénsatelo! Pasa
una hora más o menos y suena una campanilla en la portería. Un señor
desconocido pregunta por Comboni y asegura tener bastante prisa. Naturalmente,
Mons. Comboni supone que se trata de un nuevo acreedor, pero no, el recién
llegado no quiere dinero. Pide que no le pregunte ni quién es ni quién le
envía, y le pone en las manos un sobre cerrado, luego besa con respeto el
anillo pastoral de Comboni y se marcha sin más. Al abrir el sobre, aparecen los
miles de liras que necesita para afrontar los problemas económicos más
acuciantes. Es la respuesta de San José. Cfr.
L. Gaiga, Mujeres en la arena "Id
a José" La
siguiente anécdota, como la arriba referida, es una muestra más de cómo San
José no abandona a los que le invocan con confianza. Otro
fundador, en este caso el del Opus Dei, se encontraba en el año 1935 metido en
la difícil tarea de sacar adelante una residencia de estudiantes, en la
madrileña calle de Ferraz, dentro de una escasez de medios materiales más que
notable. De entrada ya venía encomendando a San José, y recomendaba hacer lo
mismo a sus entonces jovencísimos seguidores, contar con el oportuno permiso
eclesiástico para instalar oratorio en aquel inmueble. Acordándose de José, el
hijo de Jacob, aquel hombre de confianza del faraón en época de carestía, y de
cómo el monarca egipcio enviaba a quien acudía a él en demanda de auxilio a ese
buen ministro -"id a José"-, pensó que San José tenía que obtenerle
el Pan eucarístico: ¿no había aportado el Santo Patriarca con su trabajo el pan
de cada día al hogar de Nazareth? Una
vez logrado el preceptivo permiso eclesiástico, había que obtener los elementos
que constituyen un oratorio. Poco a poco, con una gran modestia de medios
materiales, fue llevándose a cabo la instalación. Por ejemplo, el Sagrario -de
madera dorada- lo recibió en préstamo de manos de la Madre Muratori, Priora de
las RR. Reparadoras de Torija, pero faltaban al final varias cosas: candeleros,
vinajeras, atril, bandeja... Unos días antes de la fecha prevista para reservar
al Señor -estamos en marzo de 1935- el portero de la casa subió a la residencia
con un gran paquete que había dejado un señor en la portería, sin acompañarlo
de tarjeta que diera razón de quién era el donante. En aquel paquete estaba
todo lo que hacía falta para completar la instalación del oratorio. Algún
residente comentó, medio en serio medio en broma, que seguramente sería San
José, y así quedó el asunto sin que nunca se tuviera conocimiento de la
identidad de aquel buen hombre. SANTIDAD Efecto
de una plática Debió
ser por el mes de marzo o el de abril de 1855, cuando Domingo Savio tenía trece
años. San Juan Bosco habló a los muchachos de santidad con una fuerza que
conmovió a más de uno. En el caso de Domingo fue como una chispita que le hizo
arder por dentro en amor de Dios, con un fuego que no se apagó nunca a lo largo
de su breve vida en la tierra. A
los pocos días fue a ver a su maestro y le expuso con claridad su pensamiento: -Siento
como un deseo y una necesidad de hacerme santo. Un
día San Juan Bosco le habló de que pensaba obsequiarle con un regalo que fuese
de su agrado, y que le manifestara su preferencia por si podía
acertar, pero el muchacho volvió a la carga con lo que realmente ocupaba
su mente y su corazón: -El
regalo que le pido es que me ayude a ser santo. Quiero darme todo al Señor,
para siempre; siento verdadera necesidad de hacerme santo; y si no me hago
santo, no hago nada. El
relato de la vida de Santo Domingo Savio que nos ha dejado Don Bosco añade más.
Un día se estaba explicando en clase la etimología de algunas palabras, y el
chico preguntó: -Domingo,
¿que significa? Le
contestaron: -Domingo
quiere decir del Señor. E
insistió ante San Juan Bosco: -Vea
usted si tengo razón al decirle que me haga santo; hasta el nombre dice que yo
soy del Señor; luego yo debo y quiero ser santo, y no seré feliz mientras no lo
sea. Algo
más que buenas personas Es
curioso. La reina María Cristina de Austria, durante su época de regenta
de la Corona por la minoría de edad de Alfonso XIII, tuvo que firmar un decreto
de concesión de una Gran Cruz de Isabel la Católica a una persona de quien nada
sabía. Interrogaba a Sagasta: -Pero,
¿qué hechos dignos de recompensa tiene en su haber? A
lo que el jefe del gobierno repuso con prontitud: -No
recuerdo si los ha llevado a cabo o no, pero sí respondo a su Majestad de que
no ha hecho mal a nadie, y esto no se puede decir de todo el mundo.
Premiémosle, pues, por su bondad. Sí,
es curioso. Habría que escuchar el tono de voz y contemplar la sonrisa para
entender el sentido que estas palabras tenían en el buen Sagasta, frente a la
seriedad de la reina que se tomaba muy a pecho tales asuntos. Pero, mira por
dónde, que hay bastante gente que se siente muy tranquila al considerar que, no
habiendo hecho mal a nadie -y eso habría que demostrarlo-, ya ha cumplido y más
que de sobra, como si administrar los talentos recibidos no diera para más. Cfr.
E. Ferrer, Mª Tª Puga y E. Rojas, Cuando reinar es un deber De
Don Quijote a Sancho El
sacerdote D. Jesús Urteaga hace, como presentación de la Colección de
Biografías Mundo Cristiano, allá por el año 1989, un excelente resumen de un
capítulo de El Quijote. Y luego saca la moraleja. "El
caballero pretende entrar en la polvareda cuajada de dos copiosísimos ejércitos
en batalla. Don
Quijote, siempre dispuesto a prestar ayuda al desvalido y menesteroso, se pone
del lado de Pentapolín, Rey de los Garamantas, contra el pagano Emperador
Alifanfarón, pretendiente de la "fermosa y cristiana" hija de aquél. Sancho
no ve los ejércitos por ninguna parte sino ovejas y carneros que levantan mucho
polvo en el campo; oye sus balidos y nos los "clarines ni ruidos de atambores"
que asombran a su señor. Después
del desaguisado -porque Don Quijote no da su brazo a torcer-, sin muelas, habla
el caballero: -Sábete,
Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. La
moraleja es que hay seres humanos -sobre todo, los santos- que se distinguieron
porque han realizado muchas más cosas que nosotros. "Que no es un hombre
más que otro si no hace más que otro". Un
consejo no atendido Escribe
sobre Juan Pablo II el Prelado del Opus Dei, Mons. Echevarría, en un artículo
publicado en noviembre de 1996, con motivo de las Bodas de oro sacerdotales del
Romano Pontífice: "Un conocido intelectual le sugirió: Santidad, procure
cuidarse más; tanto trabajo le consume. Y el Papa, con el mismo afecto, pero
con no menor firmeza, respondió: Por favor, no me dé este tipo de consejos. Yo
estoy aquí para servir, y lo que necesita la Iglesia es un Papa que luche todos
los días para ser santo. Además, después de un Papa viene otro". SINCERIDAD Quería
conocerse bien El
Cardenal de Retz (1641-1679) escribió en sus famosas Mémoires una serie de
críticas en torno a los defectos del Príncipe de Condé, Luis II, también
conocido como el Gran Condé (1621-1686). Este célebre noble francés pidió el
libro y lo leyó -según dicen- con gran interés. Un amigo le preguntó entonces
por qué le interesaba tanto, y Condé contestó: -Porque
está escrito por un enemigo que me hace conocer los defectos, cosa que ninguno
de mis amigos ha hecho nunca. Este
se conocía Entre
los grandes pioneros de la aviación -tiene su nombre escrito con letras de oro
en la historia de ese arte de navegar por el aire- está el norteamericano
Wright Wilbor (1867-1912). En un banquete celebrado en su honor le pidieron que
improvisase un discurso. El hombre sabía bien cuáles eran sus limitaciones,
porque era humilde, y dijo: -En
la naturaleza lo normal es que los pájaros vuelen. Sólo algunas excepciones,
como los papagayos, logran hablar. A mí me sucede como a los pájaros normales:
sé volar, pero no soy capaz de hablar. Dio
buen resultado Don
Pedro Téllez Girón y Guzmán, Duque de Osuna (1574-1624), fue nombrado por
Felipe III virrey y capitán general de Sicilia y, después, de Nápoles. En su
época napolitana visitó la cárcel en la fiesta en que tenía el derecho de
liberar a algún preso. Como es natural, todos los presidiarios a los que
interrogó le informaron de que eran inocentes y que estaban allí a causa de un
lamentable error judicial; bueno, no todos: hubo uno que confesó francamente su
delito. Entonces el virrey, con una pizca de sana ironía, dio esta orden: -Echad
fuera a este delincuente para que no corrompa a todas las personas de bien que
aquí están encerradas. Sin
faltar a la caridad Huelga
decir que la sinceridad como virtud no consiste en decir todo lo que pensamos;
una mínima sensibilidad obliga muchas veces a callar, y en otras ocasiones
aconseja expresar, como norma de cortesía, un juicio más favorable de lo que la
realidad refleja. Ejemplo al canto: Cuentan
que se encontraron dos señoras después de varios años sin verse. Y se produjo
el siguiente diálogo: -Rosa,
pero qué joven estás, qué bien te conservas. -Muchas
gracias, pero lamento no poder decir lo mismo de ti. Estás que das pena. Y
la otra prefirió dejarse de cortesías y poner las cosas en su sitio: -Pues
miente, miente como yo. Cfr.
J. Sanz Rubiales, Medios de comunicación: aprender a ser críticos Para
sincerarse Cuarenta
y cinco años de dominación comunista marcan a un pueblo. Apatía, desilusión
desconfianza... son huellas que tardarán en desaparecer de esas sociedades. En
Lituania, según el testimonio de la periodista Paloma Gómez Borrero, en la
capital, Vilnius, muchas tumbas tienen un banquito muy rústico al lado. Según
le dijeron, sirve para "hablar" con los seres queridos, para
confiarse, para desahogarse con ellos, sabiendo que nunca les delatarán. Hay
tal psicosis de "chivatazo" que sólo se fían de los muertos para
hablar con libertad Cfr.
P. Gómez Borrero, Juan Pablo, amigo. La vida cotidiana en el Vaticano TIBIEZA Rutinas Debe
de tratarse de un simple historieta puesto que existen de este asunto al menos
dos versiones: la del jardín y la del cuartel. Bueno, si optamos por la primera
-poca diferencia hay-, resulta que durante cinco años estuvo un guardia
vigilando a diario un determinado jardín, y no por cuestiones de moralidad
pública ni por la posible presencia de drogadictos o navajeros, sino
porque sí, porque así estaba previsto. Una investigación, cuando hubo cambio de
alcalde, puso al descubierto que esa costumbre había nacido el día en que
pintaron los bancos del jardín, para evitar que alguien se sentara en ellos y
se viera perjudicado por la broma de mancharse. Al cabo de cinco años, los
bancos estaban pidiendo ya a gritos una nueva mano de pintura, pero el guardia
de siempre seguía vigilando: nadie le había dado nuevas órdenes. En
la vida espiritual cabría que sucediera algo muy parecido a lo anterior.
Uno lleva a cabo determinada práctica religiosa, por ejemplo, porque así lo
hizo desde pequeño, sin plantearse su sentido y razón de ser, como impulsado
por la inercia: "yo siempre lo hice así, pero tampoco sé muy bien por qué,
y a estas alturas de la vida me da pereza introducir cambios en mis
hábitos". Exagerando un poco, naturalmente. Bastante
diferencia Le
pidieron a un hombre que apoyara una tarea de interés apostólico. Él preguntó
si se trataba de colaborar o de comprometerse. ¿Cuál era la diferencia? Lo
explicó muy gráficamente: -En
un plato de huevos con tocino, la gallina "colabora", mientras que el
cerdo "se compromete". La
respuesta es aplicable a muchas situaciones de la vida: comprometerse de verdad
o ir tirando. TRABAJO Sabiduría
popular Suele
decirse que la mejor lotería es trabajo y ahorro. En una línea parecida
de convicciones se mueve la sabiduría popular cuando afirma que "con diez
nobles abuelos no se pone el puchero", indicando que de poco sirve
presumir de antepasados, linajes y abolengos..., si estos "méritos"
no van acompañados de un patrimonio. Y también: "Con hermosura sola no se
pone olla". El contenido de una popular seguidilla va también en esa
dirección: "Dices que por el pelo tienes amores; / echa el pelo en la
olla, / verás qué comes". Hay
un tigre debajo de la mesa Kazuo
Ishiguro, el buen escritor británico de origen japonés, narra en Los restos del
día una historia curiosa. Se trata del comportamiento, en situación
comprometida, de un mayordomo que había gozado de fama entre los mejores
mayordomos ingleses, ejemplo a seguir y espejo en el que mirarse por su
discreción y eficacia. Había
viajado con su señor a la India, donde le sirvió siempre de modo admirable. Una
tarde, como acostumbraba, el mayordomo dio un repaso al comedor para asegurarse
que todo estaba en perfecto orden para la cena, y descubrió que debajo de la
mesa había nada menos que un tigre moribundo. Inmediatamente abandonó en
silencio el comedor, se aseguró de cerrar bien la puerta y se dirigió sin
prisas al salón donde su señor tomaba el té con los invitados. Tosiendo
educadamente -un ligero carraspeo-, llamó la tención de su patrón y, acto
seguido, acercándosele al oído, susurró: -Discúlpeme,
señor, pero creo que hay un tigre en el comedor. ¿Me permite que utilice el
rifle? Obtenido
el permiso, salió con discreción. Pocos minutos después estaba de nuevo en el
salón dispuesto para rellenar las teteras. El dueño de la casa le preguntó si todo
estaba en orden. -Perfectamente,
señor. -Gracias. -La
cena será servida a la hora habitual, y me complace decirle que no quedará
huella alguna de lo ocurrido. Puro
fingimiento El
sistema comunista ha sembrado sal allá por donde ha pasado, también en los
aspectos materiales y económicos. Ha sofocado la iniciativa privada y ha
creado, con su estatalismo, un mundo de gentes sin estímulo ni sentido de la
responsabilidad personal. Los obreros de la antigua Unión Soviética decían con
sorna a propósito de sus relaciones con los jefes: "Ellos hacen como que
nos pagan, y nosotros hacemos como que trabajamos". Una
de perezosos Siempre
es fácil recurrir al chascarrillo en que se destaca el vicio de la pereza,
aunque el ideal sea, más bien, presentar la virtud y animar con el buen
ejemplo. Se
habla de un individuo que estaba apoyado en la puerta de una casa y ni se
molestaba en tocar el timbre. Por fin alguien salió del interior de la vivienda
y se topó con el que esperaba. -¿Desea
algo? -Sí.
He oído que es aquí donde dan un premio al más perezoso, y yo venía... -En
efecto, es aquí, pase usted. Y
el de la puerta responde algo mosqueado: -¿Cómo
que entre? Oiga, a mí me tienen que entrar, ¿sabe? Otra
de lo mismo En
este país se ha ironizado mucho con la poca laboriosidad de los empleados
públicos y hay que decir que "de todo hay en la viña del Señor", y
que "en todas partes cuecen habas, y en la mía, calderadas", aunque
también es cierto que tanta insistencia en las chanzas debe obedecer a alguna realidad.
Por otro lado, este género de críticas puede observarse en otras naciones
cuando se trata del gremio funcionarial. A
diversos ministerios se ha atribuido la conocida anécdota. Un caballero es
detenido a la puerta cuando intenta subir al primer piso. -¿A
dónde va usted -pregunta el portero-: no hay nadie arriba. -¡Ah!
-se sorprende el visitante-, ¿no trabajan por la tarde? Y
el portero replica muy serio y como quien quiere hacerse entender: -Verá,
cuando no trabajan es por la mañana. Por la tarde es que no vienen. Un
compañero siempre agobiado Narra
un sacerdote, con buen humor, recuerdos de un antiguo compañero de Colegio
Mayor, prototipo del agobiado. Y el individuo era de esta guisa: "-Mañana
tengo que estudiar doce horas seguidas -aseguraba con mirada doliente. Después
de tan solemne aserción, lo disponía todo para la batalla: se levantaba tarde
para estar descansado y con la mente lúcida. Tras un desayuno energético, daba
un paseo para tonificar los músculos. El aperitivo, por supuesto, era sagrado.
Después de comer, tres o cuatro cafés para mantenerse despierto. Un par de
horas más tarde ya había preparado el escenario: los libros bien a mano; la
luz, por la izquierda; un termo con más café; cuatro cajetillas de tabaco;
zapatillas para sus cansados pinreles; un flexo de luz intensa para evitar
fatigas; bolígrafos de tres colores; lápiz para subrayar; folios en abundancia;
aspirina para previsibles cefaleas, y música ambiental. A
las nueve cena. -Qué
noche me espera. Tengo que estudiar lo menos quince horas... Después
de la cena, una copita... Y entonces sí; con paso firme y mirada bizarra,
entraba decidido en su habitación. Al cabo de diez minutos de estudio
comprendía que, en realidad, donde mejor se trabaja es en la cama. Con tres
almohadas de respaldo y un cuarto de hora perdido en trasladar el equipaje, se
embutía el pijama, entraba en la piltra y abría el libro. Un
hora después me tocaba apagarle la luz". Cfr.
E. Monasterio, en "Mundo Cristiano", nº 424, abril de 1997 Hombres
de una pieza Me
lo contaba un amigo. Había ido él a visitar una finca con el dueño. Cuando
llegaron al lugar en que unos campesinos estaban trabajando -ya desde lejos los
habían visto-, dos o tres de ellos descansaban tan tranquilos fumándose un
cigarrito a la sombra de un árbol. Se sorprendió el visitante de la actitud de
aquellos hombres y pensaba en su interior si no serían un poco cínicos, con
aquel comportamiento que parecía denotar cierta frescura. A la vuelta preguntó
al propietario por aquellos empleados. Este aclaró: -Son
los mejores. ¡Son de una pieza! Es curioso, cuando un hombre trabaja bien, no
necesita hacer exhibición de su trabajo. Un
tipo dinámico Abundando
en experiencias de amigos, recuerdo a otro que trabajaba para un individuo
francamente dinámico y eficaz. Una vez le llamó el jefe al despacho para
confiarle una gestión bastante delicada y urgente, entregándole unos papeles en
los que todo estaba detallado con minuciosidad. Cuando mi amigo tuvo bien claro
el encargo, preguntó: -¿Para
cuándo debo tenerlo hecho? El
otro, rápido, seguro de lo que deseaba, contestó: -Para
ayer, así que ya lleva retraso. Reconozco
que me gustaría haber conocido a ese hombre. Tenía "madera". Las
cosas bien hechas Parece
ser que durante el rodaje de la célebre película Rebeca, basada en la novela de
Daphne du Maurier y dirigida por el rey del "suspense" Alfred
Hitchcock, éste no estaba muy contento de una escena en la que Joan Fontaine
debía llorar con crudo realismo. La escena se repetía una y otra vez, hasta que
la diva, un tanto harta, aseguró que no estaba dispuesta a derramar ya ni media
lágrima. Y comentó con una pizca de sarcasmo: -A
no ser, claro está, que usted me las haga brotar a bofetadas. No
se lo pensó dos veces el genial director, que no estaba dispuesto a admitir un
trabajo mediocre, y al instante le soltó un par de guantazos, uno en cada
carrillo, que fructificaron en una excelente escena plena de emoción. "Despacito
y buena letra" Robert
Fulgbum ha escrito un breve cuento en el que el narrador está convencido de que
Haiho Lama -un lama tibetano- se ha reencarnado. En concreto es su 145
reencarnación, y lo ha hecho en la persona de un zapatero llamado Elías
Schwartz. Llegó por primera vez a atisbar este misterio cuando le llevó a
reparar unos zapatos viejísimos. Elías los examinó con atención y, con voz
pesarosa, indicó que no valía la pena remendarlos. En la trastienda los guardó
dentro de una bolsa de papel marrón sujeta con unas grapas. Al abrir el paquete
en casa, el cliente encontró un caramelo de chocolate en cada zapato y una nota
con estas palabras: "Todo lo que no vale la pena hacer, vale la pena no
hacerlo bien. Piénselo. Elías Schwartz". De
otra manera Machado dice lo mismo, pero en positivo: "Despacito y buena
letra./ El hacer las cosas bien/ importa más que el hacerlas". Cansancio Un
día, Mons. Álvaro del Portillo contó, pocos años antes de su fallecimiento, que
fue recibido en audiencia por el Papa a última hora de la tarde. "Cuando
llegó a la sala donde le esperaba, advertí que caminaba con fatiga, y que el
rostro sereno dejaba traslucir la huella del cansancio. Al hacérselo notar con
respeto, su respuesta fue: -Si
a estas horas no estuviera cansado, significaría que no habría cumplido con mi
deber. Estas
palabras traen a mi memoria lo que San Pablo escribía a los cristianos de Corinto:
muy gustosamente me gastaré y me desgastaré por vuestras almas". Cfr.
"Mundo Cristiano", nº 399 Al
trabajo lo llaman suerte El
célebre doctor Marañón (1887-1960) brilló con luz propia como estudiante -no
dejó matrícula "viva"- y como profesional, prestigioso en el mundo de
la medicina y cultivador de diversas facetas de la cultura humana. Para Don
Gregorio "eso" de la suerte no existía; lo que había era trabajo y
sacrificio de muchos años: "La suerte -aseguraba- la debo yo a levantarme
cada día a las cinco de la mañana para comenzar mi trabajo. Entonces estudio el
caso del enfermo que he de ver en el hospital y me prestigio como médico;
preparo la clase que tengo en la Facultad y quedo bien con mis alumnos; trabajo
en el libro que debo dar a la editorial y me prestigio como escritor... Pero
nada de eso es suerte, sino el resultado de mi esfuerzo". Jane
Eyre En
la inmortal novela de Charlotte Brontë, Jane Eyre, la heroína va a visitar la
casa de los familiares que antaño la habían tenido con ellos -era la pariente
pobre- y la habían tratado, por cierto, con muy poca humanidad. Allá, en
Gateshead, hará un juicio interesante sobre una de sus primas: "Elisa
hablaba poco, pues le faltaba tiempo para ello. Nunca vi persona más ocupada y,
sin embargo, no adivinaba lo que hacía; mejor dicho, el resultado de tanta
actividad". Cuando pasa a narrar en qué se le iba el tiempo a la prima
Elisa, se ve, por ejemplo, que dedicaba cada jornada dos horas a su diario. Así
cualquiera está ocupado, y piensa uno: "es que lo tuyo, Elisa, maja, era
no parar". Sin
ética Apresaron
en Francia a un potente traficante de droga. El hombre, juzgando que su
"carrera" acababa de fracasar, terminó quitándose la vida en la
cárcel. Llamaba
la atención especialmente algo en su trayectoria vital. Este individuo,
prestigioso autodidacta en la ciencia química, había llegado a transformar la
morfina-base en heroína con una perfección técnica que fue la admiración de los
especialistas, y ganó cuanto quiso. En el interrogatorio a que fue sometido por
el juez, que le decía: "¿Se da cuenta de que estaba envenenando a millares
de jóvenes?", dio esta increíble respuesta: -No,
nunca miré las cosas bajo este aspecto; para mí sólo contaba una cosa: el
trabajo bien hecho. ¿Habría
algo -bastante- de cinismo en la contestación? No lo sé. Pero llama la atención
que pudiera recrearse en el trabajo "bien hecho". Sin un
planteamiento ético, no es posible hablar de trabajo "bien hecho".
Quizás, sí, desde un punto de vista meramente técnico -en el mismo sentido en
que un terrorista puede ser un buen terrorista, por su eficacia asesina-, pero
no en el sentido de un quehacer que perfecciona y dignifica a quien lo lleva a
cabo, y, sin eso, no hay trabajo valioso. VIRGEN
MARÍA Tener
madre Chepkoetch
es una muchacha africana perteneciente a la tribu kalenjin. Un día cuenta a una
amiga europea -recordando el paganismo de sus antepasados- cómo entre su gente
siempre se había adorado a un solo Dios, que para ellos estaba en el sol. Le
ofrecían, en el día más largo del año, el cordero más blanco de los rebaños. En
tiempos de su abuela llegaron misioneros católicos y protestantes, y su abuela
iba una semana a escuchar las explicaciones de una misión y a la siguiente las
de la otra. Y fue la Madre de Dios la que hizo que se convirtiera a la fe
católica, después de algún tiempo. Pensó -entre otras muchas razones- que la
religión que tenía una Madre como la Virgen María debía ser la mejor de todas. Cfr.
E. Toranzo, En el corazón de Kenia En
una catequesis ¡Qué
confianza tienen en el recurso a María las gentes más sencillas, y, entre
ellas, los niños! Daba catequesis un sacerdote mejicano a unos niñitos. Les
hablaba del gran apoyo que tuvo la Virgen y el Niño en el Santo Patriarca.
Decía: -Os
imagináis... ¿Qué habría sido de Ella cuando Herodes quiso matar a Jesús y hubo
que huir a Egipto? ¿Qué podía hacer sin San José a su lado para protegerla? Y
contestó una pequeña con formidable espontaneidad: -¡Pues
encomendarse a la Virgen de Guadalupe! Tabla
de salvación Era
un hombre grandullón, alto como una torre, fornido, y lloraba desconsolado como
un niño pequeño. ¡A veces la vida es dura, casi cruel! Estaba el hombre tan
desesperado que pensaba que ya no le quedaba ningún asidero en su vida. Le
escuchaba un sacerdote, que trataba de encontrar algo bueno en que apoyarse -ya
era bastante haber conseguido que charlara con él-, pero la existencia de
aquel hombre era un cúmulo de tonterías, de desastres, de hechos lamentables,
nada parecía "aprovechable" a primera vista. De pronto, al
hombrachón le brillaron los ojos: -Bueno,
sí, algo valioso puede ser que haya hecho en la vida: jamás dejé de rezar a la
Virgen María, tal como me enseñó mi madre. Creo que en medio de tanta basura
siempre la he querido. Ya
había encontrado el sacerdote la tabla que andaba buscando, para que el otro
pudiera asirse y salir a flote en medio de aquel oleaje que amenazaba con
hundirlo y aniquilarlo. Seguramente era el amor a María el que había propiciado
aquella conversación. Y salió adelante el atribulado. Se cumplió una vez más
aquello de San Efrén: "Ella es la esperanza de los desesperados" Como
un milagro Refiere
un sacerdote que, recién ordenado, con su veintiséis años a cuestas, recibió
una llamada telefónica. Se trataba de una voz masculina, un tanto nerviosa, que
le hablaba de acudir a atender en el lecho de muerte a un moribundo. Le
explicaba que el asunto era difícil, porque los amigos y familiares del
moribundo no querrían ver a un sacerdote ni en pintura en la casa. Y allá fue,
no sin antes encomendarse a la Virgen para que todo saliera a pedir de boca. En
el piso del enfermo hubo consternación al verle aparecer, pero él se dirigió
directamente a la habitación que le pareció del enfermo, y acertó. -¿Le
han dejado entrar? -He
visto caras de susto y gestos feos; pero ha podido más la Virgen nuestra
Señora. -Gracias.
No tengo mucho tiempo. Quiero confesarme. El
hombre era persona muy conocida. Llevaba sin confesarse muchísimos años. Al
final la absolución. Poco
antes de morir quiso explicar al sacerdote el "milagro": -He
estado cuarenta años ausente de la Iglesia. Y usted se preguntará por qué he
llamado a un sacerdote. Mi madre, al morir, nos reunió a los hermanos... Mirad.
No os dejo nada. Pero cumplid este testamento que os doy: Rezad todas las
noches tres avemarías. Y yo, ¿sabe?, lo he cumplido. Termina
el autor del relato: "Se moría mientras cantaba. A mí me pareció todo
aquello un cántico: Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido". Cfr.
J. Urteaga, en "Mundo Cristiano, nº 412, mayo de 1996 Ali
Agca no entiende La
tarde del 13 de mayo de 1981 -fiesta de la Virgen de Fátima- estaba Ali Agca en
la plaza de San Pedro preparado para asesinar al Pontífice. Este ciudadano
turco había sido condenado en su país por el asesinato de un famoso periodista
pero había logrado escapar de la cárcel de extrema seguridad de Kartel. A las
17,17 dispara sobre Juan Pablo II, pero el Papa salva la vida milagrosamente. En
espera del proceso, el criminal se encuentra en la cárcel romana de Rebibbia.
Allí recibe la visita del entonces Cardenal Vicario de Roma, Ugo Poletti
-fallecido en febrero de 1997-, que desea saber la razón del atentado. En
cambio, Ali Agca pregunta a Poletti: -¿Quién
es esa Fátima que dicen que ha salvado al Papa?, porque yo sé disparar y
tiré a matar. La
mediación de Santa María El
escritor español José Luis Olaizola da forma a un libro en que, aprovechando un
viaje por Hispanoamérica, entrevista a varios sacerdotes que le van narrando
detalles interesantes de su vida de servicio a Dios y a las almas. Aparece en
él uno argentino, Don Daniel Zaffaroni, que, como el resto de los
entrevistados, posee una biografía más que interesante. Es un anciano que
trabaja mucho y bien en el mundillo de los artistas de la ciudad de Buenos
Aires. Refiere con sencillez que él, de joven, no daba importancia a la
predicación que escuchaba sobre la mediación de la Virgen María; aquello le
sonaba a cosa sentimental y un poquito exagerada. Pero desde que se ordenó
sacerdote y se puso a trabajar con las almas, no tuvo más remedio que renovar
sus planteamientos en tal materia. ¿Por qué? Porque se encuentra con la Virgen
María en todas partes: -Voy
al lecho de un moribundo, medio ateo, y me saca una estampita, sobada, con una
explicación: Me la dio mi madre, o alguna persona que se preocupaba por él.
Siempre me encuentro con que María me ha preparado el camino. No un arcángel o
San Cayetano. Siempre María. Cfr.
J.L. Olaizola, Guía de curas con encanto Devoción
cristocéntrica Con
sencillez responde Juan Pablo II al periodista que le interroga. Le pregunta
por la devoción a la Virgen María, y el Papa trae a la memoria recuerdos muy
queridos de su juventud. Durante la Segunda Guerra Mundial él trabajaba como
obrero en una fábrica. Entonces le pasó por la cabeza la idea de que quizá
debería alejarse algo de la devoción mariana que tenía muy arraigada desde la
infancia, en pro de un cristianismo -así pensaba- más cristocéntrico. Pero
gracias a la lectura de las obras de San Luis Grignon de Monfort comprendió que
la verdadera devoción a la Madre de Dios es cristocéntrica, "más aún, que
está profundamente radicada en el Misterio trinitario de Dios, y en los
misterios de la Encarnación y de la Redención". Lo que sí logró a partir
de entonces fue una devoción a la Señora más madura. Considera el Papa que la
encíclica Redemptoris Mater y la carta apostólica Mulieris dignitatem son en
buena medida fruto de esa profundización. Cfr.
Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza Un
argumento de la vida misma En
la víspera de la gran fiesta de la Asunción, dos hombres pasean por la
explanada de Fátima. Uno es el mariólogo español Laurentino Mª Herrán,
palentino de Fuentes de Nava; el otro un teólogo protestante. Este último está
asombrado por el número de personas que van y vienen por el santuario en ese 14
de agosto: ¿No es la fiesta al día siguiente? Don Laurentino le explica que
muchos han acudido ese día porque desean acercarse al sacramento de la
penitencia y estar así bien preparados para recibir a Cristo en la Eucaristía
en la fiesta de la Asunción. El protestante reflexiona y dice: -Yo
siempre había pensado que la Virgen María era un obstáculo para acercarse a
Cristo; ahora veo que es todo lo contrario: María lleva a Jesucristo. Creo que
tengo que revisar mis planteamientos teológicos... El
resto es cosa nuestra Estaban
preparando en un local contiguo al templo, allá por tierras de Sevilla, lo que
se conoce por una Virgen "armada". Unas horas después tendría lugar
la solemne procesión. Sobre un cojín descansaba una cabeza de talla
maravillosa; sobre otro cojín, reposaban unas manos también de factura
delicadísima. Y el sacerdote, venido de fuera para la predicación en aquellas
fiestas religiosas, observaba la escena sorprendido. Preguntó al
"capataz": -¿Y
"eso" es toda la Virgen? El
capataz le dirigió una mirada que quería expresar algo así como "se nota
que usted es forastero y no entiende de esto", al mismo tiempo que
aseguraba: -No
se preocupe que el resto corre de nuestra cuenta. Durante
unas horas varias personas, a las órdenes del "capataz" fueron
armando lo que hacía de cuerpo de la imagen, lo cubrieron con un bellísimo
vestido y manto, la coronaron, la rodearon de flores y velas, todo con un gusto
exquisito. Pero fue en el momento en que la imagen salió a la calle, y el
sacerdote admiró el fervor y la fe de la muchedumbre, escuchó lo piropos de que
todas partes llegaban a la Madre de Dios y comprobó cuánto la amaban, cuando
comprendió de verdad el sentido de las palabras del "capataz":
"¡El resto corre de nuestra cuenta!" Corazón
de madre Un
suceso me trajo a la memoria enseguida la leyenda bretona que recogí en
Anécdotas y virtudes, nº 673, que trata de cómo es el corazón de las madres, y
pensé, lógicamente, en el de Santa María, la mejor de todas. Ocurrió cuando un
sacerdote, que había ejercido el ministerio hace muchos años en un pueblín de
Asturias, allá por el concejo llamado de Teverga, charlaba con una antigua
feligresa sobre una determinada mujer. La pobre vivía sola con un hijo enfermo
mental, quien alguna vez llegaba a propinar a la buena madre más de un golpe.
Un día le arreó una auténtica paliza, hasta el punto de que el vecindario pidió
que vinieran de Oviedo con una ambulancia y se llevaran a aquel energúmeno al
manicomio. Cuando los loqueros se hicieron cargo del muchacho, la mujeruca,
todavía ensangrentada y magullada por los golpes recibidos, suplicaba a
aquellos hombres: -¡Por
favor, no le peguéis; no le hagáis ningún daño! Y
con esas frases en la boca, que se salían de los más hondo del corazón, iba la
pobre detrás del hijo querido. Los presentes estaban conmovidos. Y finalizaba
el sacerdote su recuerdo de aquel lance: -¡Hay
que ver cómo son las madres! ¡Las madres son así!... VOCACIÓN Desde
niño En
el noroeste de Argentina está la ciudad de Resistencia, capital de la provincia
de Chaco, y el Arzobispo de la diócesis, Carmelo Juan Giaquinta, de indudable
ascendencia italiana, cuenta en 1996 cómo fue su vocación para el sacerdocio;
interesante para el que piense que la llamada divina tiene que hacerse oír
cuando uno ya es un adulto hecho y derecho. La cosa vino desde la niñez. -Yo
tenía ocho años. Mi padre había decidido volver a Italia cuando murió mi madre.
Un día, próximo el embarque, caminábamos (mi padre y sus cinco hijos) cuando se
acercó un hombre. Recuerdo que se pusieron a hablar y que discutían (...). Así,
papá suspendió el viaje. Pero lo curioso es que el hombre se volvió a mí y me
preguntó: "Decime", ¿no te gustaría ser sacerdote? Menuda pregunta a
un chico de ocho años... El
pequeño respondió que sí. Aquel hombre -el que había sembrado en el niño- era
hermano del Cardenal Arzobispo de Buenos Aires, Mons. Santiago Copello. Desde
ese día, Carmelo Juan nunca dudó de su vocación: -Dificultades,
sí las tuve. Pero nunca dudé de mi vocación sacerdotal. Futuro
Papa El
padre del que llegaría a ser Papa con el nombre de Juan Pablo I, Albino
Luciani, se llamaba Giovanni y era un hombre de ideas socialistas, anticlerical
y no pisaba el templo, aunque murió tras recibir los últimos sacramentos y en
perfecta sintonía con la Iglesia. Su hijo, Albino, seguramente impresionado por
un predicador capuchino, se planteó a los diez años el ser sacerdote. Pero
había que conseguir el beneplácito del padre, que por aquel entonces andaba
trabajando en Francia; y algo más que el permiso, porque había que pensar en
comprar libros, desplazamientos, pensión -aunque muy modesta- del seminario...,
y la familia era bastante pobre. Curioso.
El padre, a pesar de la sorpresa que le supuso la decisión del hijo, le
respondió a vuelta de correo: "Haz lo que quieras". El Papa Juan
Pablo I conservó celosamente aquella carta entre sus recuerdos más queridos. Cfr.
N. Valentini y M. Bacchiani, El Papa de la sonrisa Horas
de oración Estaban
en los comienzos. Las recién nacidas Siervas de María, religiosas bien conocidas
por su tarea de cuidar enfermos en sus mismos domicilios, eran poquitas y
pasaban momentos de extrema pobreza. La Madre Soledad Torres Acosta, la
Fundadora, las ponía a rezar en la casita madrileña donde vivían. Comenzaban a
las cuatro de la mañana y así estaban hasta las ocho, y luego a Misa. Una
de ellas le dijo un día: -Madre,
¿qué hacemos aquí tantas horas? Y
ella respondió: -Hija
mía, pedir a Dios que se aumente la comunidad. También
tiene su miga que insistiera la buena religiosa: -Si
no tenemos qué comer, ¿Para qué muchas hermanas? No
se arredró la Fundadora. Ya saldrían adelante. Lo importante era ser muchas más
para extenderse por el mundo entero, que había mucha tarea por llevar a cabo. Cfr.
J.M. Javierre, Soledad de los enfermos VOLUNTAD
DE DIOS Dios
sabe más Parece,
a primera vista, la reflexión de un autor de espiritualidad, y en realidad sale
de la pluma de un hombre no versado en tal género de literatura. Es de un
atleta norteamericano a quien un accidente ha dejado postrado en una silla de
ruedas. Su nombre es Kirk Kilgour. Tomo el texto de J. Herranz, Atajos del
silencio: "Pedí a Dios ser fuerte para realizar proyectos grandiosos y Él
me ha preferido débil para conservarme en la humildad. Pedí a Dios que me diese
la salud para grandes empresas, y Él me ha dado el dolor para comprenderlo
mejor. Le pedí la riqueza para poseer muchas cosas, y Él me ha dejado
pobre para no ser egoísta. Pedí a Dios todo para poder gozar de la vida, y Él
me ha dejado la vida para poder estar contento. Señor: no he recibido nada de
cuanto te pedí, pero me has dado todo aquello de lo que tenía necesidad, y casi
contra mi voluntad". Una
oración consoladora El
18 de mayo de 1967 fallecía uno de los hombres que más han brillado en la
medicina española, ilustre maestro de otros grandes doctores. Don Carlos
Jiménez Díaz había nacido en Madrid, en el año 1898. Antes de morir había
escrito una oración para un pariente suyo. El texto se lo confió la viuda al
matrimonio Eduardo y Laurita Ortiz de Landázuri: "José Mari: Cuando
sientas la mano de Dios que te acaricia, aunque sea a contrapelo y
dolorosamente, recuerda lo que hace un perrito cuando siente la mano de su amo;
le lame la mano. Yo te lo puedo decir, por experiencia; llevo mucho
tiempo lamiendo la mano de Dios". Cfr.
E. López-Escobar y F. Lozano, Eduardo Ortiz de Landázuri Encargos
para el más allá En
el convento de las Madres Mercedarias de Santiago de Compostela se acercaba sin
remedio el momento de la muerte de una de ellas, precisamente una monja
jovencita, pero no habían perdido la alegría -tampoco la enferma-, al
considerar que la Vida está más allá de este mundo, pues morir es ir al
encuentro del Señor. Entre aquellas benditas se producía este diálogo: -Le
dices a San José que le estoy muy agradecida por el favor que me hizo. -Pídele
a Santa Rita que no olvide mis peticiones. Y
una, que consideraba que lo que Dios da o permite sólo puede ser para bien: -Dale
gracias al Señor, de mi parte, por las calenturas que me envió el año pasado. Cfr.
G. Torrente Ballester, Compostela y su ángel Modos
diversos de conducir La
vida es un gran don de Dios: nunca le agradeceremos lo suficiente este regalo.
Pero luego, quizá, nos portamos -transcribo lo que contaba un amigo- como el
que ha recibido como regalo un formidable automóvil y no quiere saber nada del
benefactor generoso; eso se llama montarse en el vehículo y dejar a Dios en la
cuneta. También cabe una segunda posibilidad: aceptar llevar a Dios en el
asiento de al lado, pero sin dirigirle la palabra en todo el trayecto de la
existencia (es menos malo que lo anterior, pero puede calificarse también de
mal comportamiento, para qué engañarnos). Algo mejor estaría preguntarle al
Señor: "¿adónde quieres que vayamos?". Pero hay un modo superior de
tratar al Señor, y consiste en decirle simplemente: "¡conduce Tú, por
favor!" Oración
de niña Estaba
un día escuchando una emisora de radio -la Cope, para más señas- y comenzaron
un programa dedicado a tres niñas a las que se les había incoado el proceso de
Beatificación y Canonización. Yo ya conocía a una de ellas: Alexia, a quien
tenía y tengo por muy santa. La madre, Moncha, relató al final del programa,
como anécdota muy representativa de cómo era su hija, algo que he encontrado en
una de la biografías (cfr. M.A. Monge, Alexia) y refiero seguidamente. Fue
por la época de su primera confesión y primera comunión. Un día, después de
confesarse, hizo la niña una genuflexión delante del Sagrario sin prisas y con
la conciencia de quien sabe que ahí está Jesucristo, tal como la madre le había
enseñado. Estaban ya ambas en el atrio del templo, cuando ésta le dijo: -¿Sabes,
Alexia? Yo no sé si te he dicho alguna vez que es bonito decirle algo cariñoso
al Señor, cuando hacemos la genuflexión ante el Sagrario. Ella
se quedó mirándola con sus grandes ojos muy abiertos y una expresión entre
asombrada y divertida, mientras decía con gran convencimiento: -¡Claro,
mamá! Yo le digo. Jesús, que haga siempre lo que Tú quieras. La
madre sólo pudo aprobar aquello. Y se quedó muy impresionada, porque esa frase
nunca se la había enseñado. ¿Sería una moción del Espíritu Santo? Parece que
esta frase contiene el programa de lo que fue siempre la vida de aquella
pequeña. Ante
las calumnias San
Antonio María Claret, beatificado en 1926 y canonizado en 1950, padeció, como
tantos santos, las calumnias más miserables. Escribe un día del año 1864 a su
director espiritual: "Este año he sido muy calumniado y perseguido por
toda clase de personas, por los periódicos, por folletos, libros remedados, por
fotografías y por muchas otras cosas, y hasta por los mismos demonios. Algún
poquito a veces se resentía la naturaleza; pero me tranquilizaba luego y me
resignaba y me conformaba con la Voluntad de Dios. Contemplaba a Jesucristo y
veía cuán lejos estaba de sufrir lo que Jesucristo sufrió por mí, y así me
tranquilizaba". Madera
de cedro Hay
una vieja leyenda alemana que nos habla de un monje llamado Bertram. Había vivido
durante muchos años en un monasterio, donde ejecutaba muy buenas obras de
escultura porque era un artista. Un día el abad le mandó que hiciera un Santo
Cristo para el altar mayor: pronto les iba a visitar un Cardenal y sería gran
cosa poder mostrarle esa imagen ya realizada y en su sitio. El
pobre monje andaba un poco angustiado a causa de que no disponía de la madera
adecuada para esa importante talla. "Si tuviera madera de cedro del
Líbano...", se decía. Pero es que en el taller sólo disponía de una madera
de roble medio carcomida, y con eso, ¡a ver qué iba a hacer! Nada, ni estatua
ni nada. Con cedro del Líbano ya sería otra cosa, pero de dónde sacaba él cedro
del Líbano... Dando vueltas y más vueltas a estos pensamientos le venció el
sueño y se durmió. Mientras
dormía, narra la leyenda, ocurrió algo extraordinario. Un ángel bajó del Cielo,
cogió las herramientas de Bertram y empezó a trabajar. Para ello se hizo con la
vieja madera de roble que andaba medio tirada en un rincón. Al final quedó
terminada la imagen. Bertram, según despertó y la vio, quedó maravillado. Luego
refirió al abad el prodigio, y éste le hizo el siguiente comentario: -Mira,
Bertram, el Señor quiere que hagamos lo posible y con los medios de que
disponemos. Y que no soñemos con lo que haríamos si tuviéramos otros o si nos
encontráramos en mejor situación. ¿Entendido? Cfr.
A. Flichner, Venid niños y escuchad | |||