| |||||
|
|
Fundamentos
de Antropología I El
sentido del tiempo humano y las claves del relato. Cuando
el narrador es fiel, eterna e inquebrantablemente fiel a la historia, al final
es el silencio quien habla. Cuando la historia ha sido traicionada, el silencio
no es más que vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hemos dicho nuestra
última palabra, oímos la voz del silencio. Isak
Dinesen El
hombre supera infinitamente al hombre. Pascal Pero
es vano intentar divulgar lo que es profundo, y toda verdad
humana es profunda. De ese minero subterráneo que trabaja en todos nosotros,
¿cómo puede uno deducir adónde lleva su pozo por el sonido desplazado y
ensordecido de su piqueta? (...) Pues todo lo que es de verdad prodigioso y
temible en el hombre, jamás se ha puesto aún en palabras o libros. Melville
(Moby Dick) Introducción. A.
El hombre como un ser dramático que busca un final significativo. I.
El problema de la identidad. 1.
Identidad subjetiva e identidad objetiva. 2.
Identidad e intimidad. 3.
La síntesis personaje-relato. El lugar de la memoria. 4.
El diálogo que fundamenta la dignidad de los personajes 5.
El hombre busca realidad 6.
El lenguaje de la naturaleza y el pensamiento ecológico. La evolución y el
lugar del cuerpo humano. 7.
El lugar de los sentimientos. 8.
El lugar de la razón. II.
El carácter dramático (representativo) de la existencia. 1.
La acción biográfica (o sobre el lugar de la conciencia). *
La acción heroica como acción redentora. 2.
El juego entre aventura y final. *
Albert Camus: la apuesta por el instante presente. 3.
El hombre como actor y espectador de su vida. III.
Los modos del conocimiento humano. 2.
Verdad metafórica y verdad personal. 3.
La ciencia desenmascaradora: ¿ciencia vs. fundamentalismo? 4.
El lugar de los mitos. IV.
Entre la angustia y la felicidad. 1.
El problema del dolor. Planteamiento. 2.
El problema del dolor. Intentos de solución. 3.
El problema del dolor. El sentido de la salvación personal. (El
problema del dolor. La pregunta como grito.) 4.
La noción de felicidad. *El
lugar de la nostalgia. B.
La imagen confiada del mundo: la noción de juego. 1.
El mundo como hogar (o sobre la paternidad del mundo). 2.
El mundo como regalo (o sobre la condición filial del hombre). 3.
La libertad como espacio de gracia (o sobre el espíritu festivo). 4.
La plenitud como entrega (una presencia real-comestible). 5.
El mito encarnado y los ‘retazos de la canción’. 6.
El carácter fundamental del creer Conclusión. Epílogo. Un
cuerpo vivo en crecimiento transformador. a)
¿Institución o cuerpo vivo? b)
Un cuerpo en crecimiento transformador. c)
El principio extra ecclesia nulla salus. Introducción. (Existen
muchos tipos de inteligencia. Se puede ser más o menos inteligente dentro de un
tipo de inteligencia, pero no es fácil comparar entre distintos tipos. Existe
una inteligencia ‘geométrica’, sistemática, deductiva; otra matemática, más
formal; etc. Y también una muy importante, que a veces pasa desapercibida, y
que creo que es capital: aquella que es capaz de advertir qué es lo que pasa en
una historia -una inteligencia que podríamos llamar narrativa o dramática-.
Todos hemos visto películas inteligentes, incluso muy inteligentes, en las que
en un momento determinado se nos revela la clave de una situación humana en la
que nos reconocemos o reconocemos a alguien: ‘tú lo que tienes es miedo’, ‘es
que te odias a ti mismo, hay algo que no te puedes perdonar’. Descubrir qué es
lo que pasa o lo que le pasa a un personaje (o crearlo) exige una gran dosis de
inteligencia, porque hay muchas variables a tener en cuenta a la vez, muchos
matices, muchas líneas que se entrecruzan, acciones compuestas, un coro de
personajes que se interrelacionan, etc. Decir ‘lo que pasa aquí es...’, ‘lo que
da unidad y sentido a toda la trama es esto’, es un gran descubrimiento
(siempre y cuando la historia no sea simplona, y la realidad rara vez es
simplona). Y se trata de una inteligencia especial, capaz de inducir de unos
datos aparentemente inconexos el sentido que los explica. Como
he dicho, este tipo de comprensión requiere un uso especial de la inteligencia
y de la imaginación. Vamos a ilustrarlo con un problema de lógica formal: -¿desde
cuántos puntos en la tierra podría yo bajar por un meridiano 1km, girar al este
por un paralelo 1km, y subir por el meridiano 1km, de modo que llegue al mismo
punto de partida? Para
dar con las otras respuestas posibles hay que plantearse bien -leer e imaginar-
qué es lo que pasa en el problema. No hay que quedarse en el cliché, en la
respuesta inmediata y consabida, en el triángulo equilátero que sugiere la
formulación del problema y que es una trampa, sino que hay que saber utilizar
la imaginación. Un
periodista es una persona a la que se le pide que comunique lo que pasa. Y esto
es algo muy serio y difícil. Por ejemplo, hacerle una entrevista a un personaje
es algo muy difícil, es de las cosas para la que se requiere más preparación;
no se trata de formular unas cuantas preguntas superficiales y consabidas, sino
dar en el clavo, captar la actitud de fondo, sacar a la luz en las respuestas
el alma de ese personaje. Para eso hay que saber mucha psicología, mucha
antropología fundamental. Algo parecido sucede con un reportaje. Una
vez, vi cómo un profesor de filosofía de mucho prestigio y muy sabio era
incapaz de entender una película de A. Tarkovski titulada El espejo ;
ciertamente la película no es de fácil lectura, pero si se atiende a las
imágenes que se van sucediendo, uno descubre que habla de la mujer (esposa,
madre, hija) como espejo del hombre, como foco que da sentido al titanismo del
hombre (aunque existen otras interpretaciones posibles, como sucede en toda
creación abierta, aunque todas estas interpretaciones, aunque se muevan en
distintos niveles, son paralelas, están unas dentro de otras). La inteligencia
de ese profesor era deductiva: muy poderosa para seguir un discurso y aplicar
las conclusiones, para formular un sistema explicativo; pero era lenta para
inducir de una realidad nueva el sentido que la animaba; como no encontraba
referentes en la película para lo que él ya sabía, la película permaneció
hermética para él. A veces se encuentra uno este tipo de inteligencia en
personas menos cultas, que saben más de la vida, que tienen más connaturalidad con
ella: escritores, madres, etc. El profesor se encontró con que no tenía ningún
juicio hecho sobre lo que pasaba en la película, y por eso no supo lo que
pasaba. En la vida nos encontramos muchas veces con momentos en los que no
tenemos un juicio hecho, y tenemos que descubrir el sentido por nosotros
mismos, original y personalmente; y otras creemos que sí tenemos un juicio
hecho y nos equivocamos (esto es mucho más grave): ‘ése es un sinvergüenza’,
etc. Y lo importante es la vida: la teoría es para la vida y no la vida para la
teoría.) Lo
que nos proponemos en este curso es algo bastante ambicioso y difícil. Durante
este 1º de Ciencias de la Información, se encontrarán con tres grandes
dimensiones de discurso. Por un lado, estudiarán lo que constituye un texto
narrativo: su sintaxis, su semántica, su composición, etc. Se enfrentarán con
problemas de composición (cómo contar una historia de otra manera -paráfrasis-,
como resumir un narración amplia, cómo describir un objeto conocido, etc). Para
esto recurrirán a la imaginación, pero una imaginación formal o ‘matemática’.
Se trata de descomponer algo dado -un cuento, una información, algo que nos
cuentan- y recomponerlo en una expresión concreta -artículo, cuento, etc-. La
descomposición supone una comprensión, y en la recomposición se advierta la
profundidad de esa comprensión. Lo que se describe o cuenta debe ‘parecer’
real, debe ser convincente, tener coherencia, explicar la realidad que se
transmite: la ficción que se cree debe seguir una reglas, un discurso lógico.
Se mueve todo esto en el campo de la expresión. Por
otra parte, estudiarán un discurso concreto, la Historia contemporánea. Aquí lo
que se busca es saber qué ha pasado, como camino para entender qué nos pasa
(por eso el estudio de la historia es tan atractivo, ya que siempre nos fascina
el poder explicarnos el presente desde el pasado). El estudio de los hechos y
descubrir un sistema explicativo, un modelo que dé sentido a los hechos -lo que
pasó es que...- es algo muy complejo, para lo que utilizarán también la
imaginación, esta vez una imaginación más sistémica o geométrica; la
explicación será ordenada, coherente, inteligible, verosímil: por eso resultará
gratificante para la mente, al ser algo claro y sistemático. Pero se trata de
una interpretación, y toda interpretación se hace desde el presente: se busca
conexiones, corrientes de ideas, se aísla períodos, se identifica a los
protagonistas... todo desde la perspectiva del hoy, con el fin de descubrir
cómo han influido en el presente. Todo esto supone reordenar el pasado, porque
los que vivieron los hechos probablemente no los vieron así, eso no es todo lo
que les pasaba y, al mismo tiempo, es más de lo que les pasaba, porque no
tenían la perspectiva que tenemos nosotros, no sabían cómo iban a terminar sus
acciones (distinción entre tiempo vivido y tiempo histórico); por eso las
biografías dicen más de los personajes que la Historia, constituyen un relato
más humano. Y en el relato histórico también se sigue un discurso que debe ser
coherente, debe seguir una reglas; y, por esto, debe simplificar, tomar sólo lo
relevante del pasado desde el presente, componer una historia: siempre tiene
cierta carga de ficción, ya que aquí también se da una descomposición y
recomposición (que no quiere decir mentira: aquí ficción significa percibir la
esencia de una realidad y expresarla remarcando precisamente lo esencial,
recomponer la apariencia de esa realidad para hacerla más significativa, más
expresiva, se busca un efecto expresivo). Pero
aún se puede dar un paso más. La narración de ficción o creativa del primer
nivel, y la explicativa-histórica del segundo, presuponen algo común: el hombre
es un ser que él mismo es una historia, un personaje dentro del relato de su
vida, un hombre que tiene unos interrogantes, y unas incertidumbres, y
angustias e inquietudes, y algo que le mueve, etc; todo eso se refleja en la
manera que tiene de reflexionar sobre su propia vida -que siempre es una
reflexión narrativa-, y en la manera que tiene de inventar historias. Lo que
vamos a estudiar nosotros es ese fondo que justifica las reflexiones de la
Historia y las invensiones de la ficción. Nuestro punto de referencia será ese
fondo común que se plasma en historia y en ficción; vamos a hablar de lo que
supone ese tiempo vivido del hombre, de qué es lo que ‘le’ pasa, y cómo eso se
manifiesta en un relato, en la manía que tiene el ser humano de contar su vida
o de escuchar relatos sobre la vida de otros. De ahí el título de la
asignatura. Entre el ideal irrealizable de una ‘ficción pura’ y el de una
‘historia pura’ se extiende el amplio espectro de todos los relatos sobre el
hombre y su vida (habrá historia con más o menos carga de ficción y viceversa):
lo que vamos a estudiar es la sustancia misma de ese amplio espectro. Para
esto debemos huir de lo que es demasiado claro y distinto, de lo que cuadre con
demasiada facilidad. No acudiremos a un pensamiento geométrico. No nos
interesan los problemas ni las respuestas teóricas, sino la realidad en vivo,
en concreto, tal como la viven y sienten los hombres concretos. Las veremos
expresadas en obras maestras del cine y la literatura (por maestros que han
sabido enfrentarse con los problemas y los han expresado con genialidad). Todo
esto será difícil de entender, aunque parezca fácil. Requisito: conectar con
las preguntas; vamos a estudiar las grandes preguntas que se ha formulado el
hombre a lo largo de la historia, de su historia, reflejada en las obras de
ficción. Y veremos surgir de esas preguntas las actitudes que caracterizan al hombre,
sus maneras de concebir el mundo. Una actitud no es una acción, es más difícil
de detectar y de juzgar, muchas veces se esconde detrás de las acciones que ha
promovido, y sólo entra indirectamente -en oblicuo- en el relato. “Actitud no
significa sólo lo que conscientemente se quiere, ni siquiera el rasgo
fundamental cognoscible de este querer. Ni debe tampoco concebirse moralmente
como la afirmación del bien o del mal. 'Actitud' es, más bien, la profunda
posición que precede todo querer consciente; el hermetismo o apertura internos,
la angostura o la generosidad, el miedo o la disposición a la ayuda, la
debilidad o la fuerza, todas las cuales son propiedades que determinan el
querer y dirección primeros de la vida, constituyendo así, sin más, su decisión
preliminar. En la misma medida en que la actitud se modifica -y puede
modificarse: en este punto tiene lugar la verdadera metanoia - se modifica
también el destino” (Guardini, Mundo y persona ). (Advertencia:
estudiar, dejarse exigir; es preferible tener un buen enemigo (un profesor que
intenta poner a sus alumnos a su nivel, es decir, que quiere que sus alumnos
lleguen a ser sus amigos), que un mal amigo que todo le parece bien, que no
exige, tal vez porque piensa que sus alumnos no tienen remedio). A.
El hombre como un ser dramático que busca un final significativo. Como
hemos dicho, vamos a adentrarnos en el estudio del hombre desde la perspectiva
del relato, analizando cómo se refleja en los relatos. El problema clave a la
hora de entender el sentido de la existencia humana es el problema de la
salvación de esa existencia, del final feliz de esa historia personal.
Correlativamente, dentro del relato, este problema se concreta en el tema del
final; vamos, por esto, a adoptar la perspectiva del final -feliz o infeliz- de
las historias. Siempre el final tiene que ver con el problema de la salvación
de algo: de la propia persona, de un amor, etc. Este final, esta salvación,
significa ‘pleno sentido’. Toda historia se vive, se cuenta o se escucha para
descubrir un sentido a la propia vida. El
tema capital de la salvación está presente en toda literatura, filosofía,
ciencia, política, sociología, psicología, arte, música, etc. En todas estas
reflexiones sobre el hombre se busca siempre una solución, encontrarle un
sentido a la vida: la estructura de todo relato consiste en una búsqueda. Y no
una solución a un problema parcial (al menos en las búsquedas auténticas), sino
una respuesta global a la pregunta de fondo: ¿en qué consiste la felicidad, la
plenitud del hombre?, ¿cómo se conserva esa felicidad frente al paso del tiempo?
¿Vale la pena vivir, trabajar, amar, sufrir, o todo es un absurdo sin
explicación ninguna, por el que pasamos por pura inercia biológica? El esquema
o estructura básica es: un bien a conseguir o conseguido (y en esta capacidad
que tiene el hombre de proponerse un ideal donde establecer su felicidad radica
su dignidad) y un peligro que lo amenaza. Esto
lo podemos contemplar como crisis en casi todos los escritores, poetas,
pintores, músicos... y en casi todos los hombres que viven realmente: a veces,
parece que el mundo es algo extraño, que se nos escapa de las manos -igual que
el tiempo-, que está lejos, que uno está solo y que es un extranjero, que
incluso las personas con las que más unidos estamos a veces parecen
inaccesibles; y que aquello que de verdad queremos y necesitamos alcanzar
siempre queda más allá de donde hemos llegado, siempre se nos presenta como
inalcanzable. Esta sensación es lo que llamamos nostalgia; la nostalgia es lo
que mueve al hombre a viajar, a cambiar de horizontes, a buscar algo distinto,
algo que llene el hueco de la ausencia. Junto al afán humano de tener un
territorio -un lugar que él conoce y domina-, está el de vagabundear: ‘Nuestra
naturaleza reside en el movimiento; la calma completa es la muerte’ (Pascal).
Al hombre le pesa la contingencia de este mundo (todo podría no ser, puede
dejar de ser feliz o no llegar a serlo nunca), y por eso intenta buscar un
fundamento que le dé consistencia: crea mitos, representaciones mitológicas
mediante las que pretende incluirse en ese fundamento sólido. Esta
búsqueda de plenitud o de salvación tiene todo que ver con el problema de la
dignidad humana. Lo podríamos formular así: la dignidad exige como algo propio
esta plenitud (no tenerla atenta contra la dignidad); o, lo que es lo mismo, pertenece
a la esencia de la dignidad la noción de plenitud. “Siento
cierto pudor al hablar del ansia, presente en nosotros ya en este momento, de
llegar a nuestro lejano país. Estoy cometiendo casi una indecencia. Estoy
intentando rasgar el insondable secreto oculto en cada uno de nosotros, el
misterio cuya herida profunda nos induce a vengarnos de él dándole nombres como
nostalgia, romanticismo y adolescencia. La dulzura de su aguijón es tal que,
cuando resulta imprescindible mencionarlo en la conversación íntima, nos
volvemos torpes y aparentamos reírnos de nosotros mismos. No podemos ocultarlo
ni revelarlo, aunque deseamos hacer ambas cosas. No cabe revelarlo porque es el
deseo de algo que está más allá de nuestra experiencia. No es posible acallarlo
porque nuestra experiencia está sugiriéndolo continuamente, y nos delatamos
como se descubren los amantes al mencionar el nombre del amado. El recurso más
habitual consiste en llamarlo 'belleza' y en actuar como si eso resolviera el
asunto. El subterfugio de Wordsworth consiste en identificarlo con ciertos
momentos de su propio pasado. Todo esto es una trampa. Si Wordsworth hubiera
regresado a esos momentos del pasado, no habría encontrado el objeto deseado,
sino sólo un recordatorio suyo. Lo recordado resultaría ser un recuerdo en sí
mismo. Los libros o la música en que creíamos que se ocultaba la belleza nos
traicionarán si confiamos excesivamente en ellos. Pues realmente no está ni en
aquellos ni en ésta, tan sólo se revela a través de ellos. En realidad, los
libros y la música aumentan el deseo de poseerla. “(...)
Los sentimientos experimentados en esos momentos han sido descritos por Keats
como 'viaje hacia la patria, hacia el interior familiar de nuestro yo'. Durante
unos minutos hemos tenido la ilusión de pertenecer a ese mundo. Ahora
despertamos para descubrir que no es así. Hemos sido meros espectadores. La
belleza ha sonreído, pero no para darnos la bienvenida. Ha vuelto su rostro
hacia nosotros, pero no para mirarnos. No hemos sido aceptados, acogidos o
recibidos en el baile. “(...)La
sensación de ser tratados como extranjeros en el universo, la esperanza de ser
acogidos, de encontrar respuesta, de tender un puente sobre el abismo que se
abre entre nosotros y la realidad es parte de nuestro inconsolable secreto. (Es
lo que experimenta el autor del Eclesiastés y que se refleja en los primeros
versículos: todo está lejos, es extraño y vacío, no consigo tocar la realidad: Vanidad
de vanidades y todo vanidad. ¿De
qué le aprovecha al hombre todo el trabajo con que se afana debajo del sol? Pasa
una generación, y la sucede otra; mas la tierra permanece siempre estable. Nace
el sol y se pone y vuelve a su lugar y de allí vuelve a nacer. Tira
el viento al mediodía, gira al norte, va dando vueltas en su carro y retorna el
viento en
su circuito. Todos
los ríos entran en el mar, y el mar no rebosa; van los ríos a desaguar en el
lugar de donde
salieron para volver de nuevo a correr. Todas
las cosas son difíciles; no puede el hombre explicarlas con palabras. Nunca se harta
el ojo de mirar y el oído de escuchar. ¿Qué
es lo que hasta aquí ha sido? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que se ha hecho
hasta ahora?
Lo mismo que se habrá de hacer en el futuro. Nada
hay nuevo en este mundo, ni puede nadie decir: he aquí una novedad; porque todo ya
existió en los siglos anteriores. Yo
he visto todo cuanto se hace debajo del sol, y he hallado que todo es vanidad e intentar
perseguir al viento. Lo
encorvado no puede enderezarse y lo deficiente no puede completarse. (Eclesiastés,
1, 1-15) ) “Desde
este punto de vista, la promesa de la gloria tal como la hemos descrito se
torna pertinente en grado sumo para nuestro deseo más profundo, pues gloria
significa merecer la aprobación de Dios, ser acogido por Él, respuesta,
reconocimiento y recibimiento feliz en el corazón de las cosas. La puerta a la
que hemos estado llamando durante toda la vida se abrirá finalmente. Tal vez
parezca torpe describir la gloria como 'ser conocidos realmente por Dios'. Sin
embargo, éste es el lenguaje del Nuevo Testamento. San Pablo no promete a los
que aman a Dios, como cabría esperar, que conocerán al Señor, sino que será
conocidos por Él (I Cor. 8,3). La misma idea resuena de un modo terrible en
otro pasaje: 'No te conozco. Apártate de Mí'. (...)La
nostalgia sentida durante toda la vida, el anhelo de reunirnos en el universo
con algo de lo que ahora nos sentimos separados, de estar tras la puerta vista
siempre desde fuera, no es, pues, mera fantasía neurótica, sino el más fiel
exponente de nuestra situación real. Ser llamados a entrar supondría una gloria
y un honor muy superiores a nuestros méritos y, consecuentemente, la curación
de ese viejo dolor” (Lewis). En
este curso vamos a recorrer este camino, vamos a emprender un viaje. Y todo
viaje supone un cambio, un disolver lo acostumbrado, las rutinas, los puntos de
referencia familiares, y buscar algo nuevo. Pero algo nuevo que, a la vez, es
lo más viejo: nosotros mismos, aquello que en el fondo somos. El hombre viaja
para conocerse a sí mismo, para llegar a aquel que realmente es. Viajar
comparte el carácter del sueño, que es siempre una visión que está más allá de
lo normal, de lo razonable. Tal vez, como creen muchas tribus primitivas, en el
comienzo de toda conciencia están los sueños, el hombre aprende lo fundamental
a través de los sueños. Todo arte es un sueño. (En
la vida del hombre se encuentarn unas preguntas esenciales; responder a ellas
de una manera u otra no es indiferente: afecta al mismo modo de ser de ese
hombre, lo configuran de un modo o de otro). I.
El problema de la identidad. 1.
Identidad subjetiva e identidad objetiva. El
primer problema que se presenta en una teoría del hombre y en una teoría del
relato es el problema de la identidad. Este problema constituye el punto de
arranque de este estudio. ¿En qué consiste? Cuando uno vive integrado en un
cultura, una familia o un pueblo, no se plantea por qué hace lo que hace,
simplemente lo hace, la explicación no cuenta, todo viene dado por el ambiente
y la educación. Pero cuando cambia de ciudad y de ambiente, cuando cosas que
parecían incontestables ahora son puestas en duda o relativizadas, surge un
problema de adapatación: es como si ya no fuera el que era, como si nada fuera
seguro. En la sociedad actual, esto está generalizado por la gran movilidad en
la que se vive, por la comunicación global entre culturas: se producen crisi de
desarraigo, anonimato en las grandes ciudades, inseguridad ante lo relativo de
las cosas. De estas crisis de identidad -culturales, religiosas, familiares-
vamos a hablar. En
toda historia siempre está presente un protagonista -al menos-, alguien al que
le pasa lo que se cuenta o el que obra lo que se cuenta. Pero ¿en qué consiste
ese ‘alguien’? ¿Qué es lo que le legitima para protagonizar una historia, es
más, para ser el único capaz de protagonizar una historia? ¿Qué tiene el hombre
que le da esa capacidad de acción? ¿Y por qué si no actúa pierde ese
protagonismo, pierde identidad? ¿Qué es lo que define a un personaje? Todas
estas preguntas desarrollan el problema de la identificación, de la cuestión de
‘quién es’ el protagonista del relato, y, correlativamente, el problema de
‘quién es’ el hombre en su historia personal: quién soy yo de verdad. La
palabra "identidad" plantea una serie de curiosas cuestiones. Decimos
que dos cosas son idénticas cuando no percibimos diferencias entre ellas,
cuando nada las distingue. Decir que dos sillas son idénticas no despierta
ninguna extrañeza. Sin embargo, decir que una silla es idéntica a sí misma nos
parece una tontería, es una afirmación tautológica y, por tanto, no es
información alguna, no tiene sentido decirlo. Ahora
bien, si esta experiencia la aplicamos a la realidad humana, algo cambia. No
nos parece una tontería decir que tenemos identidad, que en definitiva es lo
mismo que decir que soy idéntico a mí mismo; decimos que no hemos encontrado
nuestra identidad, o que tenemos una crisis de identidad. Y esto porque la
palabra identidad (idéntico) tiene un significado más rico aplicada al hombre.
Encierra una doble dimensión, dos sentidos diversos: por un lado significa
propiamente identidad consigo mismo, yo soy yo y no otro; afirmamos esto cuando
vemos que alguien quiere invadir nuestra intimidad y quitarnos independencia,
cuando alguien quiere organizarnos la vida sin que se lo hubiéramos pedido: ‘yo
sólo soy idéntico a mí mismo, yo no soy tú’. Por otro, significa un salir fuera
de uno mismo para reconocerme como existente, para aceptar mi personalidad, mi
imagen ante los demás, ser consciente de mí mismo: éste soy yo; afirmamos esto
cuando queremos sentirnos reconocidos por los demás. Esta
‘dualidad’ -y aquí entramos en el núcleo del problema- responde a un
significado implícito de la palabra ‘identidad’ que podríamos llamar ‘tarea’;
tarea que presenta también un doble sentido: a)
tengo que alcanzar 'algo' que todavía no soy, pero donde se encuentra mi
verdadera identidad o, dicho de otra manera, donde está mi felicidad o
plenitud: "llegar a ser el que soy" (Píndaro); pero, al ser tarea,
también puedo fracasar en el intento (la silla tiene identidad sin más, el
hombre no: el hombre debe descubrir quién es, encontrar su felicidad, dar con
lo que de verdad quiere -‘no sé lo que quiero’-); el hombre debe llegar a ser
él mismo, el que en el fondo es (lo que se llama vulgarmente ‘realizarse’, o
‘dar la talla’); porque, al mismo tiempo, es algo que aún no es; en esto
consiste ese percibirse a sí mismo como proyecto y como tarea: “Por otro lado,
no podemos decir lo que en general significa la identidad, el "ser
idéntico", si no es pensándolo como proceso para el que algo está en
juego: su propio poder ser y un cierto tipo de realización” (Spaemann). Pero
percibirse así es siempre verse desde fuera, es afirmar que ‘este soy yo’ o
‘este aún no soy yo, no tengo lo que quiero’. b)
ese 'algo' lo debo ser yo mismo, por propia cuenta, desde mí mismo, tener mi
propia identidad, ser algo original e irrepetible, vivirme desde dentro: es
decir, debo alcanzar esa meta por mí mismo, libre y conscientemente; las cosas
son lo que son sin esfuerzo ni reflexión: parece que el hombre no puede ser
hombre tan fácil y despreocupadamente (esto lo han visto con especial crudeza
los existencialistas); aquí nos encontramos con la cuestión de la libertad como
autodeterminación: el hombre debe actuar por sí mismo, es decir, debe responder
de su propia vida, ser responsable del desarrollo que sigue su vida, de aquello
que él haga con su vida -que es lo mismo que decir de aquello que él haga
consigo mismo-, que es lo mismo que decir ser el autor y el protagonista de ella:
ser él mismo por sí mismo, ser autor de su propia vida, tener él la autoría:
afirmar ‘yo soy yo’. Ya
se ve que el hombre debe integrar estos dos aspectos. Pero esto no es tan
sencillo; muchos han negado esta posibilidad, es más, la vida desmiente muchas
veces esta integración. Además, una integración no es una confusión; por eso es
importante distinguir bien los elementos que queremos integrar. Vamos a ver
esto con más detenimiento. En
esta doble cuestión radica el problema de la angustia, tan propia del momento
cultural actual. Muchas personas no saben quiénes son, para qué viven, dónde
está su felicidad (ya que cuando he encontrado la felicidad, entonces soy más
yo mismo que nunca; pero si no la he conseguido o, peor aún, ni siquiera sé
dónde se encuentra, entonces padezco una crisis de identidad profunda); no
sabén quiénes son en el fondo, qué es lo que veraderamente buscan. Ser libre es
hacer lo que a uno le da la gana, pero el problema es ¿qué es lo que me da la
gana de verdad? Acertar en esta búsqueda es cada vez más difícil -en un mundo
fuertemente despersonalizado, en una cultura de masas, en una sociedad
funcionalizada, y en un ámbito en el que las relaciones interpersonales pierden
consistencia-, no las tengo todas conmigo, y de ahí surge el sentimiento de
angustia, de peligro, de incertidumbre y de contingencia. Una crisis de
identidad es no identificarse con la propia vida, con el ambiente que me rodea,
con lo que aparentemente soy. Para
ir definiendo esa identidad uno se plantea qué carrera va a estudiar, con qué
tipo de gente se va a relacionar, qué trabajo quiere desempeñar, qué ‘look’,
etc. Ahora bien, puedo poseer muchas ‘marcas’ definidoras de identidad y, sin
embargo, no ser yo mismo, sentirme un muñeco, un estereotipo, un cliché
producido por la sociedad en la que vivo. Aquí se plantea gráficamente la
paradoja: aparecer diciendo ‘este soy yo’ se experimenta como una pérdida del
‘yo soy yo’. Esta
doble dimensión de la identidad humana -debo ser yo mismo y a la vez llegar a
ser el que en el fondo soy- esconde una riqueza de contenido que debemos
atender. En el fondo, se esconde aquí la vieja polémica entre sujeto y objeto
(o lo subjetivo y lo objetivo), pero vista desde una perspectiva nueva. Vamos a
recorrer esos dos caminos para estudiar qué aportan a la noción de identidad. Entender
la identidad como algo puramente subjetivo es, más que una idea, una
experiencia que todos hemos tenido: una mañana de julio, después de haber
aprobado todo en junio, nos levantamos de nuestra cama, abrimos la ventana,
contemplamos un día espléndido, y exclamamos "tengo todo un día para mí, a
ver qué me depara, todo será bueno, carpe diem". Dinesen relata una
experiencia similar en lejos de Africa: ".... estoy donde tengo que
estar". El mundo es mío, entre yo y el mundo no hay grietas: ni estoy
herido, ni a la defensiva, ni inseguro, ni dolido, ni desengañado. Esto es lo
que constituye mi ‘mundo propio’, mi ‘situación’ en la vida: es una experiencia
‘egocéntrica’, y no en un sentido peyorativo. Soy el rey del mundo. Lo
que uno experimenta en esos momentos es una plenitud de vida, un ser uno mismo
a pleno pulmón, con toda intensidad. Uno siente el correr de la vida pasar por
sus venas, siente la inmediatez de la vida. Podíamos definir esta situación
como fuera del tiempo: no hay nada pasado que me pese ni meta que me agobie,
sólo vivo el momento presente. Por otro lado, se siente la vida como pura
espontaneidad, como apertura total a todo lo que venga o salga de mí. Hay
despreocupación, nada de precaución, no se siente miedo por nada ni nadie. La
percepción del mundo que me rodea esta centrada en mí, en mis ojos, en mi
perspectiva. Al estar centrada de este modo mi percepción -y con ella mi mundo-
no existe separación o extrañeza entre mí y lo que me rodea: todo es visto con
mis ojos, todo es como aparece ante mi vista, sin interferencias de ningún
tipo. La percepción es tan real como ingenua. Y por eso, la identidad conmigo
mismo es total, sin fisuras: soy simplemente lo que soy, no me planteo esa
identidad porque la acepto tal como viene, sin preocupaciones o dilemas, sin
preguntas. Yo soy yo, estoy donde tengo que estar, el mundo es mío. Pongamos
dos ejemplos de esta forma de experimentar la vida. El niño, cuando juega, está
absorbido por sus juegos, no existe separación entre él y su juego; al mismo
tiempo, es plenamente, pacíficamente, él mismo, sin grietas ni fisuras. Él es
su juego, se identifica con él, se lo cree; si pensara por un momento que
'está' jugando, si distinguiera entre él y su juego, o se pusiera a jugar para
ser visto, para 'representar' su juego, en ese instante habría dejado de jugar.
Es el ser más ingenuo e indefenso, confía en todo; por eso, quitarle el juego o
imponerle limitaciones supone una catástrofe. No tiene pasado que le ate, ni
futuro que le pese: está simplemente donde está, le envuelve una paz y una
seguridad plenas, sin remordimientos ni deberes (como en la mañana de julio,
‘como en la primera mañana del mundo’). El niño está absolutamente cómodo,
integrado, a sus anchas, en el mundo que le rodea; todo es una continuación de
su cuerpo, no hay distancias (por eso le gusta chapotear, salpicar, tirar
arena, tocarlo todo). El niño no soporta las distancias o las grietas: quiere
que su madre le coja en sus brazos, tocarlo todo, etc. Cuando crece y se hace
mayor, comienza a agrietarse, a separase de sí mismo, a mirarse desde fuera, a
perder naturalidad y espontaneidad: ‘esto está mal, esto está mal visto por los
demás, debo, no puedo, me esperan’. El
otro paradigma es el animal. Rilke nos lo describe en la 8º Elegía de Duino: Pero
su ser para él es infinito, libre
y sin mirada para su estado, puro: así
son sus ojos... Y
donde nosotros vemos porvenir, ve
él todo y se ve en todo, a
salvo para siempre. Sin
embargo... aquí es distancia lo que allí fue aliento. Para
el animal, su existencia es infinita, sin límites ni condiciones, porque nunca
se ve desde fuera, no se compara con nada, todo es presente, libertad,
espontaneidad, inmediatez, tranquilidad. Pero Pessoa nos lo describe de una
manera aún más profunda y clara: Gato
en la calle jugando como
si fuese en la cama tu
suerte estoy envidiando porque
ni suerte se llama. Siervo
de leyes fatales que
rigen piedras y gentes con
instintos generales sientes
sólo lo que sientes. Feliz
porque eres así tu
nada se te entregó yo,
viéndome, estoy sin mí me
conozco y no soy yo. Se
canta -y se envidia- la felicidad del gato precisamente porque él no es
consciente de esa felicidad (ni suerte se llama). El gato es feliz todo lo que
le cabe (siente sólo lo que siente), precisamente porque no es consciente, no
piensa, no se ve desde fuera ni se compara con nada: ‘podría ser mejor, todavía
me falta aquello, etc’. Pensar es muchas veces notar carencias, imperfecciones;
cuando uno piensa y se ve desde fuera, a uno siempre ‘le cabe más felicidad’, y
entonces siente el vacío, deja de ser feliz. Si cuando me asomo a la ventana
una cálida mañana de julio veo pasar a uno con una moto, puedo caer en la
cuenta de que algo me falta para ser el rey del mundo, y sentirme roto,
hipotecado, enfadado con mi padre que no me la compra, etc: he perdido mi
ingenua felicidad. Ser consciente de la propia felicidad implica en cierto modo
perderla, porque en esa percepción se despierta el miedo a que esa suerte
perezca, o el deseo de algo más. Uno se hace precavido, temeroso, ambicioso...
la reflexión rompe la pacífica identidad: ‘viéndome estoy sin mí, me conozco y
no soy yo’. Al mirarme desde fuera pierdo esa experiencia subjetiva de la
propia identidad. Incluso la reflexión nos plantea tomar decisiones, resolver
dilemas, elegir un camino y no otro: quita la paz de la espontaneidad, de lo
que es así porque tenía que serlo. En otro poema, Pessoa vuelve a insistir: Creo
en el mundo como en una margarita porque
lo veo. Pero
no pienso en él, porque
pensar es no comprender. El
mundo no se ha hecho para que pensemos en él (pensar
es estar enfermo de los ojos) sino
para que lo miremos y estemos de acuerdo... Yo
no tengo filosofía: tengo sentidos... Si
hablo de la naturaleza no
es porque sepa lo que es sino
porque la amo, y la amo por eso porque
quien ama nunca sabe lo que ama, ni
sabe por qué ama, ni qué es amar... Amor
es la eterna inocencia y
la única inocencia es no pensar. Es,
en definitiva, el 'no pienses que es peor', 'el que piensa sufre', ‘el que
piensa pierde’... 'vive y nada más'. Ahora
bien, unas preguntas que nos podríamos hacer son las siguientes: ¿se puede
decir yo sin ser consciente?; si la felicidad pertenece a alguien, ¿quién es
ese alguien que no es más que algo?; o dicho con sencillez, ¿se puede ser feliz
sin saberlo?, ¿no será esta identidad tan inconsciente demasiado parecida a la
identidad de una silla? Si nunca salgo fuera de mí mismo, si no me objetivo y me
veo desde fuera, ¿puedo llegar a saber quién soy? Tenemos
la experiencia de que cuando somos felices, gran parte de esa felicidad es
poder pensar en ella, poder contarla, hacerla consciente para nosotros y para
los demás; y compadecemos a aquellos que podrían ser felices y no lo son porque
‘no se dan cuenta’. Parece que nadie puede ser feliz sin saberlo. Por eso
recurrimos a la repetición de las jugadas, a revivir el hecho, a contarlo para
que sea otra vez. Parece que cuando algo bueno nos pasa todo pasa muy rápido,
casi no nos damos cuenta; y para saborearlo mejor lo recordamos, como para
terminar de vivirlo del todo. Además,
el mismo Pessoa nos dice el precio que hay que pagar por ésta tranquilidad: ‘tu
nada se te entregó’. Ya no hay un quién que recoja los frutos de la
inconciencia. Lo expresa muy bien al comparar al hombre con un pastor de sus
sentimientos; el pastor es la conciencia del rebaño, el guía. Pues para Pessoa,
el pastor debe desaparecer poco a poco, que las ovejas cobren todo el
protagonismo. Pero entonces ya no se podrá decir que alguien es feliz, sino que
algo vive, la vida misma corre; ya no hay identidad que recoja la victoria,
porque el sujeto se habrá disgregado. Cuando digo que el vuelo de un pájaro es
hermoso, no me refiero a cada instante del vuelo, sino que integro desde mi
conciencia de observador todo el vuelo, como una sinfonía. Es decir, en cierta
manera debo salirme fuera de lo sólo vivo para verlo en su conjunto, con un
sentido, un acabamiento. Igual que la gracia de un gesto o de una manera de
andar no la percibe el que gesticula en cuanto gesticulante o el que anda en
cuanto caminante, sino el que le observa, o él mismo al mirarse en un espejo. Se
podría decir que el animal y el niño no ‘tienen’ alegrías, sino que ‘son’ esa
alegría (lo mismo se podría decir de un dolor, o del hambre, etc), no tienen
una conciencia desde la que decir ‘estoy alegre’ y, así, relativizar esa
alegría, sino que son todo alegría. No hay un sujeto al que le pase algo, que
es consciente de eso que le está pasando, sino que las cosas pasan en él y a
través de él, y precisamente por eso ‘pasan’, no queda nada. No
es lo mismo que a uno ‘le pasen cosas’ (hambre, placer, impulso sexual, miedo)
que que él ‘haga’ cosas (robe para comer, huya ante el miedo, etc); que uno
pase miedo no es más que el comienzo de una historia, lo importante es lo que
uno haga con su miedo. Es decir, para ser protagonista de mi vida debo ser
dueño de ella, libre, consciente de mis actos. Las circunstancias no me
determinan de tal modo que ya no pueda responder de mis actos, que ya no sea
autor de mi vida. Ser dueño de mi vida, responder de mis actos, es lo propio de
mi dignidad como hombre -a un loco o a un subnormal, que no responde de sus
actos, aunque sigue siendo digno en su ser hombre, sus actos no corresponden
con esa dignidad, no se le pueden imputar, no se le puede castigar o reprochar
su conducta-. Por eso nos molesta cuando se nos trata como a un menor de edad,
que no puede responder de sus actos, que hay que vigilarle o encerrarle para
que no se haga daño. Por
otra parte, sólo siendo consciente de mí mismo puedo entender a los demás como
conciencias de sí, como seres que tienen intimidad; la visión del mundo
centrada en mis ojos no hace justicia del 'en sí' de los demás, no los valora
en sí mismos, sino sólo en cuanto seres que son medios para mí (me dan de
comer, me abrigan, etc, como sucede en el niño). Estamos
buscando comprender cada uno de las dos experiencias -subjetiva y objetiva- de
la identidad, para intentar integrarlas de verdad. Hemos visto la subjetiva y
hemos intentado aislarla -en cuanto contrapuesta a la objetiva- en estado puro.
Partiendo de la subjetividad pura -la simple identidad consigo mismo- hemos
desembocado en la pérdida del yo propio y del de los demás: llevar al ‘yo soy
yo’ al extremo desemboca en un ‘no soy yo’, porque soy inconsciente, es como si
estuviera dormido y sin sueños. Sin embargo, algo de verdad había en el
planteamiento inicial, lo experimentamos como real. Pero un obstáculo se nos ha
interpuesto en el camino. Antes de precisarlo, vayamos al otro polo de la
cuestión. Hemos
visto cómo la perspectiva subjetiva nos ha planteado sus carencias y nos lanza
al polo opuesto: la objetividad. Si
la experiencia "subjetiva" de la identidad -la conciencia individual-
es algo que conocemos todos, también nos es muy familiar la experiencia
"objetiva". Por un lado, siempre nos formamos una imagen de nosotros
mismos, reflexionamos, nos vemos como somos para aceptarnos o rechazarnos (y
esto lo hacemos recordando y pensando en lo que hemos dicho, hecho...en lo que
'nos' ha pasado); esta imagen es como un espejo de nosotros mismos, donde nos
miramos como desde fuera (reflexionar es verse reflejado en algo). La
experiencia que se tiene al reflexionar es la de ser conscientes de sí, y por
eso poseerse a sí mismo, tenerse delante, tomar posesión de sí: ‘este soy yo’.
Esta experiencia es tan fuerte como la de la subjetividad; Isak Dinesen nos
relata un caso en Lejos de Africa (donde se ve cómo un nativo pasa -de golpe-
de la prehistoria a la historia): “Dos
días después, Jogona volvió temprano por la mañana, cuando yo estaba
escribiendo a máquina, y me pidió que escribiera para él la historia de sus
relaciones con el niño muerto y su familia. Quería llevarle el informe al
Comisionado del Distrito en Dagoretti. Jogona me impresionó hondamente por su
sencillez, porque se le veía muy afectado y no disimulaba sus emociones. Estaba
claro que consideraba que su decisión era un paso muy serio y peligroso; sentía
un temor reverente. “Escribí
aquella declaración. Me tomó mucho tiempo porque era un largo informe de
acontecimientos que habían ocurrido hacía más de seis años y extremadamente
complicados. Mientras hablaba, Jogona tenía con frecuencia que interrumpirse,
volvía sobre las cosas y las reconstruía. La mayor parte del tiempo tuvo la
cabeza entre las manos, golpeándose a veces gravemente el cogote como si de
allí fueran a salir los hechos. Una vez se levantó y apoyó la cara contra la
pared, como hacen las mujeres kikuyus cuando paren. “Cuando
Jogona terminó su relato y yo terminé la transcripción, le dije que iba a
leérselo. Se volvió como para concentrarse mejor. “Pero
apenas había leído su nombre, "Y envió a buscar a Jogona Kanyagga, que era
su amigo y vivía no muy lejos", se volvió rápidamente y me miró con ojos
chispeantes, tan llenos de alegría que transformaron al anciano en un chico, en
el mismísimo símbolo de la juventud. De nuevo, cuando terminaba el documento y
leía su nombre, que figuraba como comprobación debajo de la marca de su dedo
pulgar, me miró otra vez con expresión vivaz, pero esta vez más profunda y
calmada, con una nueva dignidad. “Una
mirada como la que Adán habría lanzado al Señor cuando lo formó del polvo y
éste espiró en su nariz el soplo de la vida y el hombre se convirtió en un alma
viviente. Yo lo había creado y le había mostrado cómo era: Jogona Kanyagga para
siempre. Cuando le entregué el papel, lo tomó respetuosa y ávidamente, lo
dobló, lo guardó en una esquina de su túnica y se quedó con la mano allí
puesta. No podía permitirse perderlo, porque su alma estaba allí y aquella era
la prueba de su existencia. Allí estaba lo que Jogona Kanyagga había hecho y
que conservaría su nombre para siempre: la carne se había hecho palabra y vivía
entre nosotros llena de gracia y de verdad”. Jogona,
de una vida inmediata y espontánea, en la que no tenía ningún soporte donde
poder proyectarse y reconocerse como en un espejo, pasa a experimentar que su
vida está escrita en un papel, que radicalmente este que está en el papel soy
yo. El
recurso a un objeto para ser conscientes y poseer la propia identidad
proyectándose en él -la declaración de Jogona, pero también los utensilios del
oficio (uno se enorgullece y se siente más uno mismo con sus libros recién
comprados, o con su mesa de arquitecto, o con su equipo de fútbol, o con su
material de escalada)- es una constante en la vida del hombre. Necesitamos
tener una imagen de nosotros mismos -de nuestra valía, nuestra posición, etc-
en la que nos vemos ‘reflejados’, en la que nos vemos desde fuera. Son marcas
de identificación personal. Pero
esos objetos son, a la vez, elementos o ‘marcas’ de identificación social,
señas de identidad que me integran en un grupo reconocido en la sociedad, que
dan testimonio de una condición o destreza adquirida o de una capacidad
reconocida. De nada me serviría tener esas señas si nadie las reconociera
(tener los libros pero no haber sido admitido, tener el título pero estar en el
paro). Necesitamos sentirnos reconocidos en un papel, y para esto necesitamos
estar integrados en un escenario con otros personajes, en una trama reconocida
por todos. El hombre es un ser que necesita -para identificarse- ser mirado por
otros: existe para ser mirado y reconocido. Tiene una conciencia social. De
ahí que todos necesitemos ser aceptados por las personas que nos rodean,
queremos sentirnos integrados en el escenario de nuestra vida: todos nos vemos
con los ojos de los demás. Por eso, queremos integrar la imagen que tenemos de
nosotros en la imagen que los demás tienen de nosotros. Procuramos que los
demás nos reconozcan como nosotros queremos ser reconocidos; si esto sucede,
nos sentimos felices, podemos afirmar ‘este soy yo’. Si fuéramos mal vistos por
todos, no nos atreveríamos a actuar, nos retiraríamos del escenario (ej del que
es visto por todos como ladrón, o el que intenta convencer a sus amigos que la
chica que le gusta no es tan fea). Y ese afán de integración se manifiesta en
la importancia que damos a nuestra imagen, a nuestra apariencia: cómo vestir,
pensar, hablar... para ser aceptados y reconocidos. Y por eso siempre tendemos
a dar explicaciones de nuestra conducta, para integrarla en esa imagen, para no
ser malinterpretados. Este
es el papel que juegan las modas (queremos expresar nuestro original modo de
ser (bohemio, triunfador, etc) pero para esto acudo a unas imágenes que ya
están acuñadas por otros, a un lenguaje expresivo que no he puesto yo: por eso,
en realidad, 'voy de' bohemio, triunfador, etc). Podemos decir, pues, que en
nuestra alma existe una tendencia innata a la integración, a ser reconocidos
según una imagen que objetivamos, que representamos -y en ese reconocimiento de
otros nos reconocemos a nosotros mismos-: "éste" soy yo (terminamos
de reconocernos, completamos la visión objetiva de nuestra identidad). Tanto la
imagen que nos creamos como el recurso a las modas, supone un vernos desde
fuera, un objetivarnos. (Por ejemplo, cuando algo nos duele o no nos explicamos
lo que nos pasa, sentirnos incluidos en una ley general nos da confianza: a ti
lo que te pasa es..., eres un caso típico...síndrome de Fritzberger, señor
Fritzberger). Por
eso, desempeñar un papel previsto, ya prefigurado por la sociedad, es actuar,
separarse de alguna manera del yo y ser "algo" que soy yo. Y siempre
actuar suena a no espontáneo, a estudiado, a reflexivo. Reflexionar es
reflejarse, verse en los ojos de los demás, extrañarse, verse desde fuera,
integrados en un esquema explicativo (Adán y Eva que corrían desnudos por el
Paraíso, todo era inmediato e ingenuo...en la reflexión descubren que están
desnudos). Sin embargo, resulta que cuando de verdad me reconozco en ese
escenario social y en ese papel, entonces tengo la convicción de que tengo
identidad, de que soy alguien para los demás y, consecuentemente, para mí
mismo, que soy protagonista de una historia reconocible; tal vez sea yo menos
espontáneamente que en una identidad subjetiva, pero me parece que es más
sólida esa identidad objetiva. De ahí que a la hora de definir la dignidad
humana, es esencial el ‘reconocimiento’ de los demás; el hombre está revestido
de una dignidad que consiste en el lugar, el papel y el valor que encarna en la
sociedad, y sin el reconocimiento de los demás esta dignidad se desvanece. Esto
se ve muy bien en El último , de Murnau: lo que daba dignidad y valor a la vida
de un portero era su uniforme -su pobreza, su vejez, sus torpezas estaban
revestidas por la dignidad de su trabajo-; todos le respetan y él es el orgullo
de su barrio; cuando pierde su trabajo y le desvisten, no queda casi nada, como
una tortuga fuera de su caparazón; la falta de reconocimiento le quita fuerzas
para vivir, pierde su orgullo y sólo le queda esperar la muerte. Aquí
ya no estamos en un ‘mundo propio’, centrado en mí, sino que somos conscientes
de que existe un ‘mundo común’, un escenario en el que juego un papel, en el
que me comunico con otros ‘en sí’; he pasado del egocentrismo a un un estado
excéntrico. Pero
también podemos llevar esta experiencia objetiva al estado puro. Toda
explicación sistemática es alienante, me toma como caso de una ley general: lo
que te pasa a ti es lo típico... Por ser una abstracción, no responde
plenamente a la realidad, uno no se siente plenamente reconocido: los sistemas
se derrumban cuando se enfrentan con la realidad (Voegelin). Marx prohibía
explícitamente plantear preguntas concretas. Las explicaciones del tipo
"en el fondo lo que pasa es" no son reales cuano ya no están situadas
en el mundo real, cuando ya no responden a mi caso concreto e irrepetible; y
por su misma esencia tienden a perder de vista lo concreto e irrepetible de
cada persona. Entonces es cuando uno empieza a sentirse alienado en su mundo,
un extraño en la sociedad, y se presenta la crisis de identidad propia de toda
crisis cultural: 'este' ya no soy yo, ya no me reconozco en este papel social. Este
aspecto ‘objetivo’ en estado puro trae consigo también otra manifestación:
muchas veces dejamos que las cosas sigan su curso, más que vivir ‘nos dejamos
vivir’ por otros o por las circunstancias, no tomamos las riendas de nuestra
vida, no somos nosotros mismos, estamos alienados, parece que hacemos muchas
cosas pero no nos pasa nada de verdad: ¿por qué estudias esta carrera?, porque
mis padres querían que estudiara y ésta era más fácil; ¿por qué tienes estos
amigos?, porque amigos hay que tener y estos estaban ahí; ¿por qué sales con
esa chica?, con alguna hay que salir y ésta se prestó... pero luego es el
trabajo, la mujer... vamos dejando que las decisiones se tomen por sí solas,
porque se nos cruzan en el camino, porque son las que exige el papel, las
exigencias del guión, es lo que se espera de mí, y no por convicción; no hay
encuentros verdaderos con los demás, ni verdaderos amigos, ni verdadero amor,
ni trabajo: estamos atrapados en el papel (y nos preocupamos por caer bien, por
ser aceptados, por integrarme en ese grupo de amigos, por integrarme en el
trabajo... pero en todo esto no hago lo que de verdad quiero, sino lo que me
dictan los demás). (Como el que intenta adaptarse al tono de una conversación
‘interesante’, y todos no hacen más que actuar tontamente; o el que siempre
quiere ir a la moda, o adopta gestos estereotipados que encajan en un ambiente:
todo por buscar sentirse aceptado, por buscar sentir que pertenece a algo).
Vamos haciendo muchas cosas pero eso que hacemos no nos pasa de verdad, no nos
afecta de verdad, no influye en nuestra identidad -‘yo no soy el que hace todo
esto, la vida que vivo no es mi vida, ya no me reconozco en este papel’-. Nos
convertimos en ‘pura apariencia’, sin trasfondo real. Pero una vida así es gris
y aburrida, vacía. Se trabaja mucho por trabajar -en algo hay que gastar
energías-, o se trabaja lo justo, qué más da. Y entonces intentamos ‘llenar’ la
vida con ‘sensaciones de vivir’; pero una sensación no es real, el vacío sigue
estando vacío. Esto lo describió un ‘poeta maldito’ francés: Se
extinguió de entusiasmo y murió de pereza, si
vive es por olvido; no nació de ningún modo, va
donde el viento le deja. Es
cual bazofia compleja, mezcla
adúltera de todo. (...) Murió
mirándose vivir y
por no saber terminar vivió
dejándose morir. (Epitafio,
T. Corbiére) A
esto se le llama en lenguaje psiquiátrico esquizofrenia: la persona tiene
varias máscaras, con las que representa distintos papeles según sean las
circunstancias. Uno vive para las apariencias, de cara a los demás, con el fin
de cumplir con el sistema (es la virtud aparente: aquella que sólo se vive si
hay vigilancia o publicidad). Con los padres, con los amigos, en la
universidad, durante la semana, en el fin de semana. No se sabe cuándo es él
mismo, porque en el fondo nunca es él mismo, sino la máscara que pide la
circunstancia, lo que queda bien, lo que pide el entorno. Por eso se cae en
contradicciones: le digo al amigo que le aprecio y luego hablo mal de él, parece
que quiero a mis padres pero los pongo a caldo y no tengo confianza con ellos
(les miento), digo que tengo una convicciones y luego las niego con las obras,
etc. Este ‘estar hecho pedazos’ que es la esquizofrenia termina minando la
personalidad, y la persona se siente vacía, ya no sabe quién es; se ha dejado
llevar por los ambientes y ya no sabe cuál es su ambiente, qué es verdad y qué
es mentira. Esta
crisis también se experimenta como si dentro de uno hubiera otro u otros, uno
siente que podría ser de distintas maneras con sólo dejarse llevar por
distintos ambientes (esto se siente con intensidad al cambiar de ambientes: un
viaje a otro país, otra ciudad, otros amigos...); y esto intranquiliza: no sé
cuál soy. Esta
cuestión no es nueva. Ya T.S. Eliot lo plantea en La Tierra Baldía: Ciudad
irreal, bajo
la niebla parda de un amanecer de invierno, una
multitud fluía por el Puente de Londres, tantos, no
creí que la muerte hubiera deshecho a tantos. Se
exhalaban suspiros, breves y poco frecuentes, y
cada cual llevaba los ojos fijos ante sus pies. Este
fragmento hace referencia al Canto III de El Infierno de la Divina Comedia de
Dante: aquellos que ni siquiera están en el infierno, que ni siquiera están
muertos, porque durante su vida no han vivido, no han tomado ninguna decisión,
se han dejado vivir por otros, se mueven eternamente sin descanso, llevados por
el viento, de ningún sitio a ninguna parte. En
la película El club de los poetas muertos se nos presentan estas dos
experiencias en estado puro y se intenta integrarlas. 2.
Identidad e intimidad. El
problema de la identidad plantea, pues, la necesidad de integrar y superar el
aspecto subjetivo y el objetivo. Hemos hablado de la vía del "sujeto"
hacia la posesión de la propia identidad y hemos descubierto un obstáculo
insalvable; lo mismo en la vía del "objeto": cuando es natural no me
doy cuenta (me pierdo), cuando me doy cuenta no es natural (y entonces no es
‘mi’ identidad sino la del papel que represento en el sistema, y aunque me reconozca
en él, ese reconocimiento es precario). La pregunta es la pregunta por el
‘quién soy’, la pregunta por la propia identidad. Para encontrar esta salida
vamos a acudir a El Club de los poetas muertos, de Peter Weir. La
pregunta sobre quién soy apunta a una realidad que llamamos intimidad, que
podríamos definir por aquello que siento, pienso, vivo y soy, aquello que yo
soy en el fondo. Cuando hablamos de intimidad nos referimos siempre a algo que
es radicalmente nuestro, personal, intransferible, y algo que debe estar oculto
a una mirada cualquiera, a un juicio público (el derecho a la intimidad). El
‘yo soy yo’, yo soy dueño de mí mismo, se encarna en esa experiencia de la
propia intimidad. Pero al mismo tiempo, yo tampoco sé claramente en qué
consiste mi intimidad, quién soy de verdad, qué es lo que busco, dónde está mi
felicidad: todo esto lo voy buscando, a veces creo haberlo encontrado, y en
otras estoy seguro, entonces digo ‘ya sé quièn soy, ya conozco el contenido de
mi intimidad’. La intimidad es el fondo de la identidad, pero la intimidad
siempre está más o menos oculta, nunca del todo descubierta o expresada,
siempre esconde un fondo de misterio. La identidad -la verdad personal- es la
realización y expresión de ese fondo, y toda la vida del hombre no es más que
la búsqueda de esta expresión. Pero
esto no lo consigo sólo pensando en mí mismo, en una pura introspección,
analizándome psicológicamente: cuando intentamos hacerlo así sólo obtenemos
quebraderos de cabeza, acabamos angustiados y sintiéndonos siempre
incomprendidos. Pero tampoco lo conseguimos viviendo las cosas sin reflexión,
sin ser yo el dueño de ellas. Para tener intimidad/identidad, para encontrar
aquello que busco, debo vivir de verdad, me tienen que pasar cosas de verdad,
debo ser actor de mi propia vida. Es decir, debo vivir mi propia historia.
Viviendo de verdad, comprometidamente -no superficialmente, dejando que las
cosas vayan pasando por mí (sentimientos, instintos, decisiones,
circunstancias) sin asumirla, o dejándome vivir por las decisiones de otros- es
como me voy ‘despertando’ a mi propia intimidad, como descubro quién soy. En
la película, esto se plantea en el texto que ha de leerse antes de comenzar
cada reunión. Pertenece al Walden de Thoreau: "Fui a los bosques porque
quería vivir conscientemente, para enfrentarme a los hechos esenciales de la
vida, para ver si era capaz de aprender lo que ella me tuviera que enseñar y
para no descubrir, cuando llegara mi muerte, que no había vivido". El
guión nos presenta una sociedad cerrada -la Academia Welton-, con un fuerte
espíritu de cuerpo, donde cada uno conoce su papel y lo representa. El hijo de
abogado será abogado, el de médico será médico, etc. Todos son afortunados (el
mejor colegio, futuro prometedor) y para seguir siéndolo les basta con
obedecer, seguir los planes que sus padres han forjado para ellos, dejarse
vivir. En este escenario entra Keating, que quiere despertar en ellos la
conciencia de su propia identidad, que piensen por su cuenta, que vean las
cosas con sus propios ojos. Seguir sin más lo que otros han previsto es perder
la propia originalidad, el propio punto de vista y la propia voz: quiere hacer
de ellos pensadores por cuenta propia. Por eso trata a cada uno según su
personalidad, y cada uno, al tratar a Keating, queda más definido ante sus
propios ojos. La relación profesor-alumno es personal, no institucional o
masificada. Los
alumnos, sin embargo, no entienden bien la lección y caen en un puro
subjetivismo, un dejarse llevar irresponsable, una rebeldía contra todo papel,
que en la película se refleja en la inmadurez de las reuniones. Sólo Todd
Anderson entiende, él es el verdadero poeta, pero está tan integrado en sus
padres que no se atreve a hablar, se encuentra totalmente ‘empapelado’, ve como
inimaginable una oposición. La rebelión estalla con el desafío del teléfono.
Keating frena la inconciencia juvenil de los muchachos. Dejarse llevar por la
novedad y la rebeldía supondría una expulsión, un salir del escenario, y
entonces todo sería inútil; un marginado, un excéntrico, un extravagante...es
incapaz de actuar realmente, si acaso de soñar. Éste es el problema de Neil Perry:
actuar es su sueño, pero no se siente con fuerzas de hacerlo realidad, de
enfrentarse con su padre, de luchar por su propio papel...y por eso decide
seguir soñando y se suicida ‘ensoñadoramente’. (Este también es el problema del
iconoclasta y del rebelde sin causa, que además tarde o temprano se cansa y se
convierte en un burgués 'empapelado'). Los muchachos caen en un ‘yo soy yo’
cerrado. Pero
Keating no les habla de rebeldía, o de negar el mundo, el colegio o su futuro:
sólo quiere que lo asuman originalmente. La clave de esto se encuentra en la
escena en la que les explica para qué sirve la poesía. La medicina, la
ingeniería, etc son necesarias y muchos de ellos seguirán ese camino. Pero la
poesía sirve para ser humano; él no quiere que sean poetas, sino hombres. Y lo
expresa con un poema de Walt Whitman: ¡Oh
mi yo, oh vida! De las preguntas que siempre vuelven, del
desfile interminable de los desleales, de
las ciudades llenas de necios, de
los ojos que en vano ansían la luz, de
los objetos vulgares, de la lucha siempre renovada, de
los pobres resultados en todo, de
esas muchedumbres afanosas y sórdidas que me rodean, de
los años vacíos e inútiles de los demás, yo mismo entrelazado con
los demás. La
pregunta, oh mi yo, la pregunta triste que siempre vuelve: ¿qué
de bueno hay en medio de todas estas cosas, oh
mi yo, oh vida? Respuesta: Que
tú estás aquí, que existe la vida y la identidad. Que
prosigue el poderoso drama y que tú puedes contribuir con un verso. La
respuesta que se da aquí al dilema entre identidad subjetiva (que abandonada a
su lógica lleva a una negación de la identidad) e identidad objetiva (en la que
ocurre, por otro camino, lo mismo) está en contemplar la propia vida como un
drama original, o parte original de un drama. Existe la rutina, la pobreza de
resultados, la mediocridad, lo gris (el yupi cumplidor, por mucho que tenga
identidad social, prestigio, posición, etc...no es él mismo, se aburre, no
decide nada de verdad, es una pieza: todo es decorativo de nada)...sin embargo,
esos papeles es necesario cumplirlos; ahora bien, en medio de eso debe estar mi
vida y mi identidad. El drama está abierto (no está todo escrito para que yo
sólo lo interprete), y yo debo contribuir con un verso. El
drama existe, es real, con sus exigencias y responsabilidades, no vale una
evasión a un sueño irreal. Debo representar mi papel de modo original,
haciéndolo mío, asumiéndolo, encarnándolo. Porque si he de ser yo mismo, esto
sólo lo conseguiré acudiendo a un cuerpo expresivo, encarnando un papel; sin papel
no podré desarrollar mis posibilidades y mi personalidad, me quedaría mudo y en
estado embrionario. Si por afirmar mi personalidad rechazo el lenguaje (porque
ha sido forjado por otros y que todos obedecen), y me invento mi lenguaje,
entonces ya no me puedo expresar, mi intimidad quedará oculta en mí, ya no
aportaré mi verso al poderoso drama. Pero
ha de ser mi papel, no un papel que encarno automáticamente, sin asumirlo ni
comprenderlo. En el mundo en el que vivimos es cada vez más frecuente el
refugio del automatismo: me limito a ejecutar los gestos que se esperan de mí,
gestos eficaces, con una eficacia automática, extrínseca a mi voluntad y a mi
intimidad -no tienen que ver conmigo, sino que pertenecen a una mecánica
social, familiar, etc-. Son gestos que funcionan, que desempeñan una función en
el maquinaria social, familiar, universitaria, etc. Pero en realidad no tienen
que ver conmigo: a mí no me pasa nada, yo en realidad no hago nada. Este
automatismo evita pensar -actividad siempre costosa- y tomar decisiones
-actividad siempre peligrosa-. El hombre debe vivir su vida desde sí mismo:
‘ser él mismo’. Para
esto es necesaria una actitud crítica ante el papel, enfrentarse con el papel,
intentar asumirlo personal y responsablemente, que se establezca un diálogo
entre yo y el papel, en el cual yo vea qué cosas del papel se pueden mejorar o
adaptar, o si ese papel no es el adecuado y debo cambiarlo... pero siempre
entrando en diálogo, aceptando la realidad, y no en una actitud de rechazo
inconsciente; porque debo expresar en un lenguaje común (papel) mi propia
intimidad irrepetible; si rompo este lenguaje lo que hago es bajarme de mi
historia, abandonaría el poderoso drama, y ya no sería nadie. Debo conocer mi
papel y ver si es el mío, y si no lo es tener la valentía de cambiarlo. Y si no
lo puedo cambiar o creo que sí es el mío, hacerlo a mi manera, ser yo en ese
papel. (Como el pianista debe realizarse y expresarse en su personalidad y
originalidad irrepetible interpretando una pieza en el piano, sin caer en una
interpretación automática e impersonal -la pieza sonaría mecánica y fría y la
personalidad del pianista permanecería oculta-: debe expresar su personalidad,
su manera de sentir y vivir la pieza; pero la originalidad y personalidad sólo
se realizará y expresará en esa pieza, aceptando sus leyes; si en busca de una
mayor personalidad abandonara la pieza, habría fracasado). Eso
se ve en el fenómeno cultural de la heráldica: los escudos, sellos y emblemas
que significaban una familia o un reino. Es una manera de ser independientes y
creativos (cada uno ideaba su propio escudo) y a la vez buscar ser reconocidos
por los demás (como aliado, vecino, extraño o enemigo), entrar en un lenguaje
común desde mi propia identidad. Por
esto, para conocerme a mí mismo desde mi intimidad y, a la vez, desde la mirada
de los demás (para integrar el aspecto subjetivo y el objetivo), debo
expresarme con sencillez, ser yo mismo ante los demás, ser sincero: que se
refleje mi intimidad en mi obrar (de ahí la escena en el patio). Intentar
demostrar quién soy a los demás, ‘representar’ un papel artificiosamente,
dominadoramente, buscar ‘parecer’ original, es dejar de ser uno mismo, y
parecer ‘extraño’ -no genuino- ante los demás: no tenemos que demostrar nada a
nadie, no tenemos que ‘fabricar’ nuestra propia imagen. El disimulo y la
máscara no hacen más que desdibujar la propia identidad, es consecuencia y
agrava la esquizofrenia. Sólo siendo sincero conmigo -encarnando con
autenticidad mi papel- y con los demás -apareciendo tal cual soy- es posible
superar el problema de la identidad. El hombre vive buscando su propia
identidad, su lugar en el mundo; vivir detrás de unas máscaras no hace más que
impedirle encontrar lo que busca, despistarle. Esto tiene un paralelo en el
relato: el estilo tiene mucho que ver con la sencillez de la expresión, es la
conjunción perfecta de fondo y forma, y es una de las cosas más difíciles de
conseguir (no caer en la afectación, en el artificio, que es lo no-sencillo: el
maquillaje que sólo sirve para ocultar lo defectuoso). Esto se comprueba en
todos los artes. (Por ejemplo, en la sencillez de la música de Peter Gabriel,
donde todo es sencillamente perfecto y perfectamente sencillo.) En
el fondo, este dilema obedece a lo que puede parecer una broma del destino: el
alma humana, por un lado, es capaz de contemplar el universo y sus espacios, el
tiempo y sus siglos, los miles de millones que antes que yo han vivido,
llorado, amado, reído...¿qué soy yo junto a toda esa inmensidad, qué importa mi
problema o mi llanto? (Pascal): pensar esto desanima, pero también puede ser un
truco para evadirse del propio problema. Por otro, tengo la conciencia de que
lo único que me importa en este mundo es mi vida: lo que haya pasado antes o
vaya a pasar después es relativo con respecto a mi vida: estoy centrado en mí,
yo soy punto de referencia para mi mundo (noticias telediario y mi problema de
hoy). Las dos cosas parecen convivir en mi alma. Y la respuesta es: sí importa
mi vida, es lo verdaderamente importante; sí debe ser original y definitivo lo
que yo viva, mis años de historia: el sentido debe estar en mi vida y no
después de ella. Éste es el sentido del carpe diem: lo que no viva yo no lo
vivirá nadie, lo que no viva en esta vida ya no lo viviré nunca, lo que no aporte
yo al poderoso drama ya nadie lo aportará por mí. Esto no es una defenesa del
egoísmo: sí me deben importar los problemas de los demás, pero me debe importar
a mí, debe ser una preocupación mía, sinceramente sentida, y no una exigencia
del guión o una moda. Se trata de afirmar que lo que importa es mi vida, mi
identidad irrepetible, original y única; y sólo con identidades tiene sentido
el poderoso drama (de otra manera sería todo una maquinaria aburrida). Dicho
de otra manera: lo que existe realmente son verdades personales; la verdad
objetiva, extrínseca, no es algo completo. Lo que importa es el modo en que la
verdad se encarna en una persona, y cada persona tiene su verdad, su manera de
tener la verdad. Esto no quiere decir que la verdad sea algo meramente
subjetivo: cada uno tiene una verdad que no puede cambiar, que no puede
manipular a su antojo, una verdad a la que debe llegar y en cuya búsqueda se
está jugando su felicidad. Pero cada persona tiene una verdad original e
irrepetible, tiene una percepción peculiar del mundo, y un modo de ser que sólo
es suyo. Y es esta verdad personal lo que verdaderamente importa. Todd
Anderson entiende la lección. Al final, estando en clase, expresa con sencilla
perfección su agradecimiento a Keating, y con su originalidad da cauce a que
los otros lo expresen también. Cameron, que siempre ha sido un pelele (un
empapelado), y que nunca ha entendido a Keating, es el contrapunto. Ahora
bien, ¿qué presupuestos son necesarios para poder hacer esta afirmación? ¿en
qué consiste el drama de la vida? ¿en qué me apoyo para defender mi verdad
personal ante una sociedad de masas? (Sobre
las cosas importantes de la vida no podemos dar una demostración conceptual,
porque son misterios que sólo cabe señalar, evocar. Cuando se consigue esto, la
verdad del misterio aparece convincente, más convincente que una definición.
Las cosas que se pueden demostrar son cosas poco importantes para la vida; lo
que se puede encerrar en un concepto es pobre, y deja fuera toda su vitalidad.
Lo verdaderamente importante sólo se puede mostrar). 3.
La síntesis personaje-relato. El lugar de la memoria. (¿qué
quiere decir ‘autenticidad’?) Ahora
vamos a preguntarnos -después de precisar la exigencia de tener identidad- cómo
se perfila la propia identidad, en qué consiste. El ‘sé tú mismo’ puede parecer
una perogrullada, pero esconde un aspecto esencial de la vida del hombre, que
tiene que ver con la exigencia de autenticidad. Para esto, sigamos la pista del
relato. (Y hablar del relato es hablar de uno de los elementos culturales
esenciales. Ya desde la Antigüedad y la Edad Media, los trovadores y juglares
-que eran los contadores de historias- ocupaban un lugar fundamental en la
constitución de la cultura y en la formación de la mentalidad. Oir historias
era el medio de educar en las virtudes. Y hoy, este fenómeno es aún más
radical. Vivimos inmersos en relatos: en tv, en el cine, en las novelas, en las
revistas... Si no tenemos historias no estamos conformes. Y esas historias son
puntos de referencia: reconocemos nuestros problemas o estados de ánimo al
verlos representados en una película.) En
todo relato aparecen unos personajes que son los que definen el relato. En los
relatos clásicos, es el nombre propio del personaje quien da nombre a la
historia (aunque también se podría formular a la inversa: que el relato define
la identidad del personaje; y esta reversibilidad de la fórmula es esencial).
El nombre propio es la identidad. El personaje vive su historia (aunque no la
actúa él solo) y esa historia da como resultado el personaje. El personaje se
hace en su propia historia. Y toda historia tiene interés porque nos revela a
un personaje. Cuando
buscamos un relato, lo que buscamos es una historia personal (que es el
correlato de la verdad personal o identidad), el alma del protagonista, donde
poder vernos reflejados con más riqueza -ya que toda historia supone cierta
excelencia del personaje que describe-; para esto hay que saber saborear al
personaje, meterse en su alma. Los malos guiones -por ejemplo, en las películas
de acción de los años 80'-, donde los personajes estorban, se les pinta con dos
trazos universales (caracteres) para que no frenen la acción, han deformado el
gusto del público; lo que verdaderamente nos satisface es el personaje, lo que
nos hace pensar -¿por qué hizo esto y no lo otro?, ¿cómo habrá continuado su
vida?-, lo que nos afecta, y nos atrapa durante un tiempo -incluso más allá de
la duración de la película o de la novela- son los personajes. Esta
identidad no se explica o se da a conocer acudiendo a universales (descripción
caracteriológica, psicológica o sociológica) sin más, sino contando una
historia. Cuando tengo que explicar quién soy a otra persona y me interesa
darme a conocer verdaderamente en lo que soy (y no simplemente en lo que tengo,
o en lo que sé, o en cómo soy: un caso de tímido + un caso de reflexivo + ...,
etc) ...termino contando mi vida. Incluso cuando a solas conmigo quiero
entender qué es lo que me pasa o quién soy, lo que hago es repetir en mi
imaginación-memoria mi propia vida, la comprensión que tengo de mí mismo es una
comprensión ‘narrativa’: “Sin repetir la vida en la imaginación no se puede
estar del todo vivo; la falta de imaginación impide que las personas existan”
(I. Dinesen). Esto se comprueba en una experiencia sorprenente: el órgano de la
identidad es la memoria; si pierdo la memoria ya no sé quién soy, y no importa
que me digan quién soy, si yo no lo recuerdo por mí mismo. Cuando
se habla de géneros (novela policíaca, romántica, comedia, etc...o cine...) se
está haciendo depender el contenido (los personajes y sus historias) de un
molde preconcebido. De ahí la facilidad de escribir novelas o guiones en serie.
En un buen relato, lo que pesa es la historia individual; el género o estilo
está en función de la historia y aquel se puede ‘cambiar’. Esto
se debe a que lo importante de un relato son los personajes, ya que lo que se
cuenta es ellos mismos. Esto Aristóteles no lo había terminado de ver, al
insistir tanto en la trama (mímesis / mito), dejando en segundo lugar y en
función de la trama a los caracteres (esto se debe a que él parte del teatro
griego, donde la trama recoge el choque de problemas universales (leyes,
hombre-destino, etc), encarnados en personajes ‘estereotipados’, que por eso se
esconden tras una máscara). La novela contemporánea ha venido a corregir este
vacío, al dar absoluta prioridad al personaje (aunque a veces también cae en el
desequilibrio de olvidar la trama y zambullirse en la pura introspección
psicológica). La
"suerte", el "destino" del protagonista, es algo esencial,
la sustancia misma del relato; es absurda una historia sin protagonista. No me
interesa ver un caso de miedo, o de pasión, etc, sino a una persona con miedo,
pasión, etc (cómo reacciona él ante el miedo, etc, por qué hace esto o lo otro,
etc): es decir, un ‘caso’ irrepetible. No se puede deducir de un concepto de
‘miedo’ o ‘pasión’ la reacción de un personaje, que siempre será una reacción
única; y sólo en esa reacción única se puede reconocer lo que sea el ‘miedo’, y
se reconocerá esa reacción como una de las posibilidades humanas ante el miedo.
Sólo en el personaje concreto se reconoce al hombre. Por eso las teorías no
sólo son aburridas, sino que también son menos claras. Sólo el hombre concreto
es el campo de expresión de lo que significa el ser humano; no existe el
hombre, sino cada uno de los hombres. Es volver a la ya manida expresión de que
lo importante son las personas. Lo importante es ‘que tú estés aquí’. Y esto se
hace realidad cuando lo que importa es la historia personal de cada uno. (Como
expone y realiza Henry James en el Retrato de una dama : intuye un personaje y
luego imagina la historia que lo justifica). Estas afirmaciones aparentemente
evidentes, entrañan una consecuencias vitales a la hora de comprender la propia
identidad. Vayamos a un ejemplo. Un
matrimonio mayor, ¿qué sentirá al volver al album de fotos?, ¿qué tipo de
cariño se tendrán? Su aspecto ha cambiado mucho...para peor. ¿Sentirán sólo
nostalgia de lo pasado, del primer encuentro, del noviazgo, de la boda, del
primer hijo..., de todos esos éxtasis que les embriagaban? Si sólo fuera nostalgia
resignada de lo que ya pasó y no volverá (si para dar un beso hay que mirar la
fotografía de joven), entonces realmente se importarían poco (lo que cada uno
es y lo que han vivido juntos, que es lo mismo: ya daría igual estar o no
juntos, porque lo que valió es el pasado -las simples memorias-, y no el
presente; es más, el presente sería cargante, desilusionante: 25 años, matar el
pavo, mata a tu prima que fue la que nos presentó); vivir en el pasado sería no
querer a la persona, su verdad personal, su historia personal, sino su
tipología, lo que era y se ha pasado. Esto lleva a la resignación, y la
resignación implica una concepción irreversible, irrecuperable, del tiempo. Y
no es así; si se quieren de verdad, lo que les importa es la persona del otro,
su realidad, su historia juntos; el amor es más fuerte porque es más realidad,
porque tiene historia, porque se ha realizado; es más estable y sólido, y es
hoy. Ambos tienen una experiencia más intensa y auténtica de la realidad clara
e irrepetible del otro. Antes todo era promesa (de amor, de fidelidad): ahora
es realidad. Ahora se puede decir que esto ya es. La
realidad lograda es mucho más que la posibilidad: lo que importa es lo que de
verdad ha ocurrido, la propia historia (como lo de ¿has estado en N. York?, dos
o tres veces, pues yo una o ninguna). Y la historia realmente vivida siempre se
conjuga en presente: ¡es! Y cada uno ha participado en la realización del otro,
de la historia del otro: sus relatos están entretejidos y por eso parece imposible
separarlos. Cada uno ve al otro como fruto suyo, y viceversa. Y no es algo que
sólo esté en mi sensibilidad (como la promesa del comienzo) sino que lo
"toco" como a algo real. Detrás de cada arruga del otro hay una
historia, y una historia feliz: por eso sigue encantando su figura, tiene una
gracia especial para él. Luego
uno tiene realmente identidad, su vida es auténtica, cuando su historia es
realmente personal, asumida; uno debe poder reconocer la autoría de su propia
historia -firmarla con su nombre-, debe poder reconocerse en ella: este -esta
historia- soy yo. Si un viejo no sabe ni le importa dónde están sus hijos, cuya
mujer le ha abandonado, y que pasa de todo esto (o los tiene, pero pasa de
ellos, le da igual todo, todo es desengaño), ése no tiene unos recuerdos vivos,
no tiene una memoria personal, una historia presente, no tiene identidad: se
habría roto la unidad entre personaje e historia personal e irrepetible. Su
vida no habría sido una vida auténtica, asumida, verdaderamente protagonizada,
sino una vida por la que ha pasado sin dejar rastro, anónima. La
síntesis personaje-relato de la que estamos hablando, responde a la necesidad
de diálogo crítico entre el yo y el papel -que vimos en el apartado anterior-,
o dicho de otra manera, entre mi intimidad, aquello que yo soy en el fondo, y
mi propia historia, entre mi ‘fondo’ y su ‘realización’. Luego la igualdad
entre yo e historia no es absoluta o, mejor dicho, no es tan simple. Existe una
identificación, yo soy mi historia, pero de una manera análoga a como el fondo
o contenido se identifica y reconoce en su expresión. Lo que yo soy lo voy
descubriendo, realizando, expresando en la historia que voy viviendo: lo que
soy es el fondo que poco a poco aparece y se realiza en mi historia. Mi intimidad
se realiza sólo en la historia, y mi historia es mi intimidad realizada, es
decir, soy yo; estas historia es la mía, soy yo. Esta no identificación
absoluta -o simplona- es lo que hace que a veces las personas sientan que su
historia, aunque asumida y ‘suya’, no expresa todo lo que había en su
intimidad, todas sus posibilidades; este problema lo trataremos más adelante. Con
esto, hemos dado un paso más en la integración del aspecto subjetivo y objetivo
de la propia identidad; ya no se trata sólo de encarnar un papel haciéndolo mi
papel, sino que es toda mi historia lo que debo asumir, con su pasado, presente
y futuro. Debo ser coherente en mi vida: mi historia debe adecuarse a mi fondo,
y debe ser coherente en su desarrollo; una ‘trampa’ narrativa es siempre una
mentira, un no asumir ese hecho de mi historia. Toda ruptura de la unidad y
coherencia narrativa supone siempre una traición a la propia intimidad, una
incoherencia personal. Ya volveremos sobre este punto crucial al hablar de las
acciones biográficas. Según
esto, se ve mejor qué significa ser real o tener identidad, ser auténtico. El
dejarse llevar sólo por el estado de ánimo o por los sentimientos (Pessoa)
lleva consigo una pérdida: es lo dionisíaco, el romper los límites y lanzarse
al éxtasis (música, droga, velocidad, violencia), para tener una experiencia de
absoluto -siente sólo lo que sientes, sin ser consciente, sin ser tú-: pero yo
ya no estoy allí para recoger la victoria, yo ya no escribo nada. El integrarse
totalmente en el sistema-papel (económico, laboral, universitario, social), el
fundirme en la lógica que me explica y lo explica todo (estoicismo,
racionalismo, Hegel, Vuelo nocturno de Saint-Exupery), también me pierde por
alienación, por abstracción: no vivo mi historia, sino la historia que otros
han escrito para mí. Pero
¿cómo es posible esa identidad irrepetible, real, que se hace en la historia?
¿Cómo es posible que todo quede, que todo se guarde "en" la persona?
¿No será todo una ilusión, un afán de supervivencia, un aferrarse a lo que pasa
y no vuelve? ¿No será lo real el sujeto que no se conoce (el río oscuro de la
sangre) y el sistema que me conserva? Hoy en día, la isla de la identidad es
pequeña y está rodeada por los dos torrentes alienantes. La dialéctica
sistemático-dionisíaco (el triste ‘empapelamiento’ y la reacción desenfrenada,
inconsciente, ante aquel) parece dominar la vida del hombre; la gente ya no se
cree que sea protagonista de una historia interesante e irrepetible, a lo único
que aspira es a sobrevivir sin mucho dolor, es decir, sin pensar mucho. Por
esto, hoy el problema es una generalizada crisis de identidad ‘inconsciente’,
porque no se quiere la conciencia. ¿Qué la puede salvar, dónde puede encontrar
apoyo y justificación? (Los esposos que no se conocen; en su tiempo se
despertaron pasiones mutuamente, pero ya...; o los amigos de pasar el rato: no
se conocen, no se importan de verdad. Cumplir el papel durante la semana y
perderse en el fin de semana: esta dialéctica, que hoy está tan generalizada,
como manera de equilibrar lo pesado y gris con el no pensar que es peor,
destruye totalmente todo esbozo de historia personal). Parece que lo subjetivo
puro y lo objetivo puro conviven muy bien: uno se pierde en su papel y se
pierde en sus sueños. Si
el mundo es algo lógico, ordenado, sin fisuras, sin saltos libres, sin
sorpresas, lo razonable sería decir que esa isla es una ilusión y que cada uno
no es nada, un momento que pasa, una pieza sustituible. Juan Ramón Jiménez ha
reflejado esta experiencia magistralmente. Días
nulos, cual los días de parada indiferencia de
Dios antecreador. Todo
duro, entero todo, en
mole de un orden negro, como
un yo tan solo yo. Es
decir, sin realidades distintas, identidades verdaderas, quiénes, nada importa,
es "parada indiferencia". Todo es dejarse vivir por lo que no soy yo.
Y lo que queda es una especie de soledad absoluta: "un yo tan solo
yo". 4.
El diálogo que fundamenta la dignidad de los personajes
(y el genio de la adolescencia). Vista
la integración o síntesis entre personaje e historia/relato, vamos a
enfrentarnos con una pregunta decisiva: ¿dónde se fundamenta esa identidad
personal, esa dignidad irrepetible que creo poseer o que debería poseer? ¿Cómo
me puedo creer de verdad mi propia historia? Para esto vamos a encontrarnoscon
otro factor decisivo a la hora de reconocer la propia identidad: los demás
personajes con los que se entra en diálogo. La
pregunta es: ¿dónde puedo fundamentar yo el derecho a tener una identidad única
e irrepetible, una historia que sea mía, una intimidad de dignidad absoluta?,
¿qué me puede hacer decir de verdad que lo que realmente importa es este
momento que vivo -y puedo decir ¡carpe diem!-, y no que no soy nada en el
infinito espacio de tiempo?, ¿no será una pretensión excesiva pensar que lo que
importa es que estoy aquí y que puedo aportar un verso: ‘mundo espera, que aquí
va mi verso’?, ¿qué me da seguridad para afirmar que este amigo o mi padre son
los mejores, no porque hayan ganado un concurso de méritos, sino porque son
míos? La pregunta es por el fundamento. ¿Dónde se fundamenta de una manera
absoluta mi identidad? ¿Cómo ponerse en marcha? ¿Qué me puede dar la seguridad para
avanzar? Se lo plantea Tolstoi en Ana Karenina : Levin tiene todo lo que desea
(la crisis de sentido no se la plantea ante un dolor o una pérdida, sino ante
la plenitud), pero viendo a la gente trabajar un espléndido día de verano se
plantea estas cuestiones (¿qué importa mi vida, mi amor, mi hijo...qué queda de
todo esto?: todo es radicalmente relativo)... y se plantea el suicidio. (En
las narraciones, cuando hay que definir a un personaje, se recurre a la
descripción de sus relaciones -diálogos- con otros personajes secundarios; la
identidad del personaje se va definiendo con esas relaciones. Pero este recurso
narrativo obedece a una realidad. Los diálogos -el tipo de relaciones que
establezco con los demás- me van definiendo. El modo en que veo a los demás y
el modo en que los demás me ven a mí es un factor esencial a la hora de
experimentar y comprender mi propia identidad. Si los demás piensan algo de mí,
esto no me es indiferente a la hora de juzgarme a mí mismo. El hecho de que los
demás me acepten o no, influye decisivamente en la manera que tengo de mirarme
a mí mismo. Es decir, yo no llego a mi verdad personal solo, aislado, sino en
diálogo con los demás; se requiere un intercambio, una composición de miradas
(como se observa en la técnica narrativa de Henry James). Es decir, yo me veo
en las miradas de los demás, en cómo los demás me miran. Pero para abordar
esto, antes vamos a observar la intimidad desde otra perspectiva.) Para
esto, vamos a volver al Club . Los protagonistas son unos adolescentes que
despiertan; y el título nos habla de algo propio de un ambiente romántico: Club
de los poetas muertos . ¿Por qué estos dos recursos? La
adolescencia es una etapa esencial en la vida del hombre, en la que quedan
marcadas muchas actitudes, donde se descubren muchas realidades que estarán
presentes toda la vida. Es una etapa de crisis -así se habla de crisis de la
adolescencia-, de intranquilidad y hasta de dolor, de incomprensión y de
angustia. En ella se realiza el descubrimiento de la propia intimidad. El joven
se despierta de la pura espontaneidad inconsciente del niño (donde no hay
dentro, sino sólo fuera) y, también, de la obediencia acrítica a los padres
(donde también todo es fuera), a una interioridad reflexiva, cargada de
misterio. El '¡no sé qué me pasa!' es la queja más común en esta etapa. Y
también el '¡nadie me entiende!': es una época en la que se experimenta de una
manera intensa la incomprensión y la soledad. El
adolescente realiza tres descubrimientos: 1. descubre de un modo nuevo la realidad
que le rodea, la entiende como algo íntimo: interioriza el mundo en el que
vive. La percibe como una realidad cargada de promesas (llena de misterio y de
profundidad, algo fantástico y sobrecogedor: por eso le gusta las novelas de
tema y ambiente fantástico-romántico; ‘todo es posible’, piensa), pero también
de amenazas (las cosas pueden hacerle daño, producirle una herida nada fácil de
curar; para el niño todo pasa rápido, el llanto de ayer se olvida por completo,
pero el adolescente guarda el dolor y la ofensa): la multiplicidad de
posibilidades muchas veces se experimentan como contradictorias, y el
adolescente se ve a sí mismo como un ser contradictorio, desintegrado
(idealista y mezquino, compasivo y cruel, etc) -por eso se siente inseguro, aunque
a la vez rechaza las protecciones de la infancia-; la realidad se le presenta
abierta, desafiante, que invita al riesgo y a la aventura; pero a la vez
desconocida e intrigante, casi una traidora en potencia. “Para
el adolescente la realidad misma es lo maravilloso: al mismo tiempo llena de
miedos y de alientos, agobiante hasta la melancolía, y sin embargo que invita a
una fiesta secreta ininterrumpida” (Il Tutto...). Todo en ella es nuevo y
sorprendente, embriagador. Todo se está abriendo ante la mirada asombrada del
joven, todo se transforma, casi toca lo fantástico. Además, se percibe la vida
como tarea y aventura, como algo que debe ser auténtico, limpio de todo
maquillaje. El peligro invita; marcar la propia autenticidad (en la manera de
vestir, de actuar...) se convierte en necesidad; se busca ser auténtico y
desafiar todas las normas y modas -aunque muchas veces, por no saber cómo
decirlo, se cae en la imitación de modelos admirados-. Pero
vayamos por partes. Este descubrimiento de la propia intimidad se percibe como
la conciencia de un valor y una dignidad que existe en mí de manera absoluta,
independientemente de mis padres, colegio o amigos. Se realiza en una
autoafirmación, en un marcar la distinción con respecto a los demás -por eso
muchas veces se manifiesta en abierta oposición al resto, en un espíritu de
rebeldía-; pero esta rebeldía no es un capricho o mala idea: de verdad le están
pasando cosas -cosas que son muy de verdad- que los demás parecen no entender y
que además pretenden explicarle y ordenarle, y por eso se rebela: lo que en
realidad se quiere decir es que 'uno no es como los demás', que se es único,
irrepetible, que no se es un derivado de los padres, o del colegio, que a uno
no se le puede encasillar: uno se percibe a sí mismo casi como un milagro, como
un misterio. Pero, por ser un misterio, uno no termina de entender lo que le
pasa, se siente inseguro, incomprendido, solo: innombrable (en un doble
sentido: no quiere ser nombrado, encasillado -es decir, definido por un simple
nombre o apellido-; y él mismo no conoce su nombre, su identidad es un enigma
para él mismo-). Esto se ve muy bien en Romeo y Julieta , de Shakespeare -junto
a Dostoievski, los dos escritores que más hondo han buceado en el alma humana-;
éste es un drama sobre la adolescencia -y no sobre el amor-; en este punto es
admirable el monólogo de la rosa y el diálogo del balcón, donde Julieta se
dirige a la rosa y a Romeo desnudándolos de sus nombres comunes, buscando en
ellos lo singular irrepetible e innombrable. “El
ser-para-sí (la intimidad del sujeto espiritual) no aparece ya como una
propiedad entre otras, común a innumerables seres, sino como ese algo
indescriptible que distingue al espíritu singular de todos los demás, y lo
erige en algo precioso, incomparable, insustituible y al que nada puede
compensar. El ente gana un ámbito interior que en cuanto tal posee infinito
valor, cuya propiedad fundamental es ser incomparable, inconfundible, oponerse
a toda inclusión en lo general, a toda subordinación a una categoría”
(Balthasar). Todo
esto que se percibe no se percibe con claridad. Todo es confuso; uno se ve
dominado por un deseo profundo que no tiene objeto definido (no puedo decir que
es esto o lo otro). Mi intimidad misma se me presenta como un misterio. Por eso
uno está aislado, se siente profundamente solo. Tras la realidad se vislumbra
un ideal confuso pero pleno, algo sublime. Y todo esto no se puede expresar con
palabras, al menos con palabras normales, es algo incomunicable. Todo esto se
experimenta como una profunda incapacidad de comunicación. “La hora suprema de
la adolescencia no son aquellas de diálogo, sino aquellas más difíciles, cuando
se descubre qué poco pueden ser objeto de comunicación precisamente aquellas
cosas que más valen, que más importan, las más urgentes”. Por
todo esto, es la época en la que uno tiende a escribir poesía (o prosa poética:
un diario de vivencias y pensamientos). Es la manera que tiene de dar salida a
sus sentimientos, de dar cauce de expresión a su intimidad. En el momento parece
que uno lo consigue (al menos se desahoga y ve delante, hecho palabras, el
deseo confuso y melancólico que le posee)... pero al pasar el tiempo y volver a
la poesía uno se da cuenta que no supo expresarse. También es el momento de
leer poesía, o descubrir una nueva música: ese mundo interiorizado se ve
expresado ahí de una manera magistral, y uno se une a esa expresión, ahora sé
decirlo con as palabras del poeta, que es siempre aquel que entiende con mas
profundidad, que ve lo que me pasa. Este es el lugar de la poesía; también de
la música, o del cine, o de la novela: un lugar misterioso, luminoso,
inquietante, en el que descubro el mundo y mi interior, con toda su carga de
misterio y aventura. (La gente, por lo general, cuando se hace mayor, ve con escepticismo
esos arrebatos de adolescente: todo eran sueños; sólo algunos conservan el alma
de poeta; la mayoría caen en la rutina, en lo razonable, en lo gris y vulgar;
si acaso vuelven de vez en cuando a la poesía, para recordar con nostalgia una
etapa de su vida en la que creyeron o amaron algo. Cfr. Los dublineses ). “En
la vida terrena, la cortina de niebla no se levanta del todo para la mayor
parte de nosotros; el sol luce a través de ella, pero sólo rara vez el
horizonte se despeja por completo; y más raro aún es que se despeje después de
‘entrar en la vida’, cuando se cae en el aburguesamiento. El que escapa de
éste, permanece poeta pasada la pubertad, cuando todos escriben poesía; el
resto conservan un recuerdo de aquello que vieron una vez, y se aferran a los
poetas para alcanzar, gracias al vino espiritual de estos, una condición de
apertura. Leyendo poesía, el alma endurecida puede enternecerse otra vez, en
una anamnesis de aquello que ella fue una vez o había querido ser”. En esta situación, el adolescente realiza el segundo descubrimiento: existen otras intimidades, descubre de una manera nueva la amistad, la intimidad con unos amigos. Despierta a ese milagro que es la comunicación sincera con otros. Comunic | |||