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 Existencia de Dios

 

1.  Demostrar la existencia de Dios

2.  La existencia de Dios: vías de Santo Tomás

3.  ¿Existe realmente Dios?

4.  ¿Puede Dios caber en mi mente?

 

Demostrar la existencia de Dios

Por Antonio Orozco-Delclós

Prueba desde la estructura metafísica de acto y potencia

 

I. PRE-DISPOSICIONES PARA LA DEMOSTRACIÓN

II. PRESUPUESTOS DE LA DEMOSTRACIÓN

1. Existe algo cognoscible con certeza

2. Alcance «meta-físico» de nuestra mente

III. METAFÍSICA DEL ENTE FINITO

1. La composición de acto y potencia

2. Lo compuesto implica un acto previo

IV. EL ACTO PURO

 

 

 

I. Pre-disposiciones para la demostración

Que Dios existe se ha demostrado de muchas maneras y se puede demostrar de muchas más. En rigor, cualquier cosa que existe, con existencia real, es un punto de partida suficiente para demostrar que Dios existe. Como hemos visto en otra ocasión, el sentido común sería suficiente para saberlo. Pero también es natural e intelectualmente necesario que nos exijamos pruebas racionales en el más riguroso sentido de la palabra.

Si queremos que se nos demuestre rigurosamente la existencia de Dios, debemos estar «pre-dispuestos» a razonar rigurosamente y aplicar la lógica racional a los argumentos.

Se nos podrá decir: tú ya comienzas presuponiendo que Dios existe, crees en su existencia, estás inclinado a aceptar cualquier apariencia de demostración; pero en rigor, esas pruebas que tú propones no concluyen, no convencen más que a los que ya creen.

Pero, a su vez, podemos replicar justamente: lo cierto es que tú pre-juzgas la inexistencia de Dios o la imposibilidad de demostrarla y no estás dispuesto a reconocerla aunque Dios se te presentara en «carne mortal».

Queremos decir que es cierto que para que una demostración de la existencia de Dios se entienda concluyente, es preciso tener alguna predisposición a aceptar el resultado, sea el que fuere, porque si no, sucederá como a algunos filósofos que niegan incluso la existencia del mundo y sólo reconocen acaso la suya propia. Con tales presupuestos es punto menos que imposible demostrar nada. Sólo cabría, si no fuera una falta de educación, tirarles una mesa a la cabeza, para que se dieran cuenta de que existe algo más que su mente. Pero aún así, cuando uno no está dispuesto a aceptar más que la realidad que desea, se sale por la tangente. Menos aún aceptará que Dios existe y que es creador. Lo cual no quiere decir que no pueda demostrarse sino que –lo adelantamos– hace falta un mínimo de rigor intelectual, una disposición de querer razonar según la lógica racional, es decir, según las leyes que la misma razón descubre en sí misma y que el orden de la realidad implican para poder discurrir con certeza hacia cualquier verdad. Si nosotros no cumplimos este requisito, reconoceremos a quien nos lo muestre, que nuestro intento se ha frustrado.

II. Presupuestos de la demostración

Ninguna demostración puede partir de cero. Requiere unas premisas a partir de las cuales se llega a una conclusión. Para concluir que A=C, es preciso partir de evidencias anteriores: A=B y B=C.

Pues bien, veamos algunas premisas necesarias para una demostración rigurosa de la existencia de Dios, asequibles a todos, con tal de aplicar la atención de la mente al discurso.

1. Existe algo cognoscible con certeza

– Tú, yo, el mundo...

– Conocemos la propia existencia del yo, la del tú y la del mundo. Sabemos que somos algo, tenemos una idea –todo lo confusa que se quiera– de la existencia y naturaleza del yo, del tú y del mundo, pero pedimos más.

2. Alcance «meta-físico» de nuestra mente

La realidad en la que nos encontramos implantados o inmersos, presenta múltiples facetas y niveles de comprensión, que explican la existencia de diversas ciencias naturales y permite comprender la posibilidad de una comprensión sobrenatural con la ayuda del don de la fe en la divina revelación.

Un vaso de agua limpia se presenta a la vista como un líquido perfectamente transparente, sin que muestre quizá ninguna señal de otro elemento que no se pueda expresar con la famosa fórmula H2O.

Si aplicamos un microscopio a una gota de agua, veremos multitud de «bichos» de muy diversas formas, algunas incluso repugnantes para los que no están habituados a semejantes experiencias.

Si aplicamos un microscopio electrónico suficientemente potente, quizá podamos llegar a ver lo que ahora llamamos átomo, con su núcleo y los electrones, los neutrones, etcétera.

La misma realidad se nos presenta de diversas maneras según el método, o lo que es equivalente, el instrumento que utilicemos. Y, por lo demás, no se nos ocurre pensar que lo que vemos con el microscopio electrónico sea «cosa» distinta de la que observamos en el microscopio sencillo, o con el ojo sin más instrumental. Vemos lo mismo (agua) y, en lo mismo, distintos elementos, algunos esenciales, otros accidentales.

La ciencia experimental o empírica, cuenta con instrumentos que permiten ver la realidad en distintos niveles. El conjunto de observaciones nos ofrece un conocimiento más completo y perfecto del contenido de un vaso de agua.

Ahora bien, si razonamos a partir de lo que nos manifiestan los sentidos y aplicamos el magnífico instrumento con que contamos todas las criaturas racionales que llamamos mente (o intelecto, o entendimiento, o razón) podemos concluir que en aquel vaso se contiene una sustancia (el agua), que «es»; y que «es» en este momento; no sólo fue o será, sino que «es» ahora, es decir, es o existe «en acto»; dicho de otra manera: es una «sustancia» que tiene una «esencia» (la del agua y no la del petróleo) no sólo «en potencia», como posibilidad futura, sino actualmente: «en acto»; es decir, no sólo tiene «esencia», sino que la tiene en «acto de ser». Esa cosa, pues, que es el contenido del vaso, está compuesta de «esencia» y «acto de ser». No es una esencia meramente imaginada o pensada, a la que mi mente prestaría el ser, sino que está ahí, ejerciendo un acto de ser propio, independientemente de que yo la piense o imagine.

Estas realidades (esencia y acto de ser o existencia), que componen una (sola) cosa ya no son visibles con ningún instrumento óptico, sino cognoscibles sólo mediante la aplicación de la mente a lo percibido por los sentidos. Hemos alcanzado un nivel más hondo de la realidad del agua que el físico, llamado «meta-físico», tan real como el físico; que no contradice, sino al contrario, lo que hemos visto con los instrumentos físicos (ojos, microscopios, etc.). Por eso la metafísica es un saber tan científico como el físico y se refiere a las mismas cosas, pero vistas desde una perspectiva o nivel distinto.

La metafísica se llama también filosofía del ser, ya que su objeto más específico es el «ser» de todo cuanto existe, o si se prefiere, su objeto son todas las cosas en tanto que «son» o «tienen ser».

III. Metafísica del ente finito

Hay verdades ciertas de la metafísica del ser que han sido negadas muchas veces, pero quien las niega, se condena a no ser capaz de razonar con sentido inteligible, porque admite que una cosa pueda ser y no ser a la vez, bajo el mismo respecto. Y así no se puede demostrar la existencia de Dios ni la del rábano, porque admite la contradicción en la misma realidad de las cosas, como si lo blanco pudiera ser a la vez negro, o un círculo pudiera ser a la vez cuadrado. Con tales premisas no se puede avanzar, el pensamiento se bloquea.

Hay que reconocer que conocemos no sólo «fenómenos» –apariencias–, de cosas: colores, sabores, cantidades, magnitudes... Es preciso reconocer que el color que vemos no es algo sostenido por nada, sino por alguna sustancia como el melocotón o la atmósfera, etcétera. Las ciencias naturales alcanzan los fenómenos de las cosas. Ahora bien, los fenómenos no pueden ser mera ilusión, se nos resisten, no podemos hacer con ellos lo que queramos, tienen realidad extramental, están sustentados por algo real, que existe y que Aristóteles llamó substancia, que es en sí y no en otro, como los accidentes.

El ser de la manzana es lo que hace que la manzana exista; y que exista con tal dimensión, color, sabor, etc. Los fenómenos –lo que aparece de las cosas a los sentidos– son objeto de las ciencias naturales. Pero la mente humana no sólo conoce lo sensible de las cosas, tiene la capacidad de “leer dentro” de ellas: intus legere. Penetra más a fondo en las cosas que los sentidos.

El intellectus capta lo inteligible que hay en lo sensible y entiende que las cosas no sólo “aparecen”, sino que “son”, “tienen ser”; no un ser meramente pensado por mí, sino ejercido fuera de mí. Esto es evidente y sólo mediante un proceso de complicación injustificado puede ponerse en duda.

1. La composición de acto y potencia

Hay “ser”. Y lo que es, es, y lo que no es, no es. Esta obviedad planteó problemas a los filósofos anteriores a Aristóteles. Si las cosas son o no son, si no hay alternativa –afirmaban– entre el ser absoluto y el no ser absoluto, sólo existe el ser absoluto. Del no ser, nada puede proceder. Por lo tanto sólo existe el ser y éste ha de ser eterno e inmutable. La mutabilidad del ser, llega a pensar Parménides, es mera apariencia.

Pero Aristóteles dice: no, es evidente e innegable que el ser de las cosas (los entes) es mudable. Existe el movimiento, el cambio, no ya en las apariencias de las cosas (en sus fenómenos o accidentes), sino en el ser mismo. No sólo hay el Ser, sino seres (entes) que son en acto, pero compuestos, limitados por algo real. Vio también Aristóteles que lo limitante no puede ser el acto, que de suyo es perfección, sino la potencia (pasiva).

El ente móvil o cambiante, pasa de ser de una manera a ser de otra. No sólo cambia de lugar, cambia de cualidad, de propiedades, algunas de las cuales son muy relevantes. El piñón se transforma en pino. El piñón es piñón en acto, no es pino en acto, pero puede llegar a serlo. En cambio, un grano de trigo no llegará a ser nunca un pino. El piñón tiene algo que le permite, en ciertas condiciones llegar a ser pino. ¿Qué es ese algo? Es algo que no es en acto, sino de cierta manera que llamamos en potencia (pasiva). El piñón es una mezcla –mejor dicho, una composición– de acto de piñón y potencia de pino. Cuando el piñón se entierra y germina y se desarrolla, actualiza su potencia pasiva, se convierte en pino. Ha habido un cambio, una alteración, que podemos llamar también «movimiento», no necesariamente local, sino cualitativo.

Descubrir esta composición en el ser de todo cuanto existe en el ámbito de nuestra experiencia, es un acontecimiento no físico, sino meta-físico. Hemos analizado la entidad de las cosas no ya con instrumentos que permiten analizar los fenómenos que en ellas o entre ellas suceden, sino que con el intelecto, hemos leído dentro de ellas, hemos conocido que todas están compuestas de dos «elementos» (co-principios) en distinta proporción: el acto y la potencia pasiva. Llamamos a ésta «pasiva» para distinguirla de la potencia como poder de hacer algo, que es más bien acto.

Llegar a ser algo que no se era (por ejemplo, pino) supone que había algo en acto (el piñón) con mucha potencia pasiva. Si en el piñón sólo hubiera potencia pasiva, nunca llegaría a ser pino. El piñón tiene que tener algo capaz de actualizarlo en pino; tiene que haber un acto o varios entes en acto que actúen sobre el piñón para que el piñón llegue a ser pino. El piñón solo se pudre. Para llegar a ser pino se requiere la actualidad del piñón, la potencia pasiva del piñón y muchos entes en acto (los de la tierra y los de las sustancias nutricias). Ningún ser en potencia pasiva puede llegar a ser acto sin otros actos previos.

2. Lo compuesto implica un acto previo

Tenemos pues que todo cambio o movimiento metafísico indica:

a) un ente compuesto de acto y de potencia; y

b) la acción de algún acto anterior al del ente en cuestión que le mueva a actualizar su potencia.

 

a) Fijémonos en algo muy fácil de descubrir, razonando sobre una experiencia universal. Es obvio que en la realidad en la que existo, todas las cosas son cambiantes: se mueven en el espacio o adquieren y pierden cualidades. Pasan de cierta potencia a cierto acto. Yo ahora estoy escribiendo y tú leyendo. Hace un rato estábamos tomando un café. Entonces no escribíamos ni leíamos, pero podíamos hacerlo. Esto en la filosofía clásica, se llama «estar en potencia de», o «ser en potencia». Hace un rato yo estaba en potencia de escribir. Mi escribir era sólo, pero no menos que una posibilidad. Mi posibilidad de escribir y tu posibilidad de leer era «algo» no actual, sino «en potencia». Ahora que tú lees lo que yo he escrito, lees no en potencia, sino «en acto». Estás en acto de leer. Dejarás de leer y pasarás a otra cosa, quizá a cantar: estarás «en acto de cantar».

Las nociones de «potencia» y «acto» responden a la realidad de todo nuestro mundo conocido, en donde hay continuos pasos de potencia a acto; de no ser algo, a serlo; y de serlo a no serlo. Es evidente que existen multitud de cosas («entes») que están compuestos de acto y potencia. Antes de ser concebidos éramos «en potencia» (pura potencia pasiva); al llegar a la existencia comenzamos a ser en acto (“pequeños” actos, con mucha potencia pasiva). Como el piñón que es algo, pero no es pino; pero puede llegar a serlo: está compuesto del acto de piñón y de la potencia de pino.

b) Ahora bien, si el pino no era en acto y ahora es en acto, es porque algo ha hecho que el piñón en acto se haya cambiado en pino en acto. Algo que no puede haber sido pura potencia pasiva, sino en cierta medida, acto. (La potencia pasiva sólo puede recibir, no dar).

Advirtamos que el piñón en acto no puede pasar a ser pino en acto si no es bajo la acción de otro/s acto/s previos.

Todo lo que se mueve o cambia, pasa de la potencia de cambiar al acto de cambiar por otro acto previo.

La de la piedra, de suyo, está en reposo sobre la tierra. Para que se mueva es necesario que algo la empuje, por ejemplo un palo; pero ha de ser un palo que esté en acto de moverse, porque si no se mueve tampoco puede hacer que la piedra pase de la potencia de moverse al acto de moverse. Volvemos a constatar que para que una potencia pase a acto necesita un acto previo.

Podríamos objetar que en el ser vivo hay movimientos que no tienen su origen en algún acto exterior, que el viviente se mueve por sí mismo, en virtud de su propio acto: yo muevo el brazo que mueve el palo que mueve la piedra, por mi propia voluntad. Ahora bien, la voluntad, para mover el brazo ha necesitado ponerse en acto de querer. Ha pasado de la potencia de querer al acto de querer. ¿Cómo? Cabría responder: por su propia virtud, por su propia fuerza, por su propio acto. Es evidente que la voluntad “se mueve” en virtud de su propio acto y sin ese acto no habría movimiento de la voluntad. Ahora bien, si estaba “en reposo” y ahora se mueve, es que antes estaba en potencia de moverse y no en acto. Es evidente que ayer no tenía ese acto de mover. Pero nadie da lo que no tiene. Por tanto no se basta a sí misma para darse ese acto. Se requiere un acto ajeno (exterior, distinto) a la voluntad.

La voluntad es el caso límite en el que parece que no se cumple la necesidad de que al acto preceda otro acto. El acto libre es una radical novedad en el cosmos creado. Pero tampoco la voluntad puede sustraerse al principio de no contradicción: nadie da lo que no tiene. Por tanto la actualidad del acto de moverse –de elegir, en este caso–, requiere necesariamente un acto previo, además de los distintos actos previos que serán los motivos, los deseos, las inclinaciones, etc. Pero ninguno de estos actos son determinantes del acto de la voluntad. La voluntad se mueve porque quiere, no porque le mueven a esto o aquello. Sin embargo, la voluntad no puede ser excepción en la dependencia de un acto previo.

El actuar libre ha de estar fundado en un acto precedente al acto del ser que es libre. ¿Qué es lo que puede fundar el acto de libertad sin anularla eo ipso? Sólo el acto que hace ser libre a la persona. Sólo un acto que sea puro acto de libertad, libertad pura en acto. Es decir sólo quien es acto puro de libertad, es capaz de crear libertad ex nihilo y conservar en la libertad. Conviene advertir aquí que el acto fundante de la libertad creada no ha de entenderse estrictamente como «causa», puesto que, como dice Leonardo Polo «la libertad es irreductible a la noción de causa, ya que una libertad dependiente de la causalidad es una contradicción». Con lo dicho queda establecido que el acto libre requiere un acto previo que actualice su capacidad de actuar libre. Pero en este caso, el acto previo es el mismo acto creador, sin el cual la persona se vería determinada por impulsos y motivaciones con los que no se identifica. Sólo el acto creador que es pura libertad y pone el acto creado “ex nihilo”, puede fundar y sostener un acto de la criatura verdaderamente libre.

Por lo tanto, podemos y debemos admitir que:

“El acto precede siempre a la potencia (en cualquier género de movimiento o cambio). En el principio de todo cambio ha de haber siempre un acto; y ese acto ha de ser anterior y distinto del acto de lo que cambia. Esto es lo que no han entendido muchos filósofos modernos, que ponen, como principio absoluto, la nada (Hegel) o una sutil materia, que es mera potencia que se actualiza a sí misma”.

Ahora bien, con pura pasividad nunca podrá devenir ningún acto. Sería una contradicción. Para que haya acto ha de haber un acto primero. Y el primer acto, en sentido absoluto, ha de carecer de cualquier género de potencia. Para pasar de la nada al ser, obviamente se requiere una potencia activa infinita, es decir un acto puro de ser. Si no, no sería primero y nada podría llegar a ser.

Si lo primero fuera compuesto, no sería absolutamente primero. La composición indica limitación del acto por alguna potencia. Y la composición implica acto anterior, porque un acto compuesto con la potencia pasiva no puede actuar por sí solo.

Una consecuencia de lo dicho hasta aquí es que el acto puro actúa en todo devenir.

IV. El acto puro

El acto puro no puede tener limitación alguna, en cuanto acto, porque cualquier límite significaría (como una frontera) una posibilidad de traspasarlo, de actualizarse más; pero esto sería contradictorio, porque implicaría alguna potencia pasiva en el puro acto.

El Acto puro es perfección imperfectible, es decir, perfección pura. Más aún, posee toda perfección, precisamente porque es perfección imperfectible.

Pues bien, la Bondad en acto perfecto, la Sabiduría en acto perfecto, la potencia activa en acto perfecto (o sea, la omnipotencia), el Amor en acto perfecto, ¿a qué corresponden sino a quien llamamos Dios? Como enseña la revelación cristiana, tal perfección corresponde al Dios que se ha revelado así en el pueblo hebreo y, al fin, en Jesucristo resucitado y en su continua acción a lo largo de la historia a través de la Iglesia y a través de los santos.

 

La existencia de Dios

Suma Teológica

Santo Tomás de Aquino

I, q. 2, a. 3.

 

La existencia de Dios puede ser probada de cinco maneras distintas:

1ª Vía: El movimiento

2ª Vía: La causa eficiente

3ª Vía: Lo posible y lo necesario

4ª Vía: La jerarquía de valores

5ª Vía: El ordenamiento de las cosas

 

 

 

1ª Vía

1) La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que en, cuanto potencia, esté orientado a aquello por lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto.

Ejemplo: El fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío. Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

2ª Vía

2) La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios.

3ª Vía

3) La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan.

Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe. Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes (2ª vía). Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios.

4ª Vía

4) La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas.

Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. (de Aristóteles). Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género –así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro–, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios.

5ª Vía

5) La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.

 

¿Existe realmente Dios?

Quien busca la verdad

busca a Dios,

aunque no lo sepa.

Edith Stein

 

Una constante en la historia de los pueblos

¿Puede deberse todo al azar?

¿Ha de haber una "causa primera"?

Un pequeño "dribling" dialéctico

 

 

 

 

Una constante en la historia de los pueblos

El pensamiento de Dios ronda la mente del hombre desde tiempo inmemorial. Aparece con terca insistencia en todos los lugares y todos los tiempos, hasta en las civilizaciones más arcaicas y aisladas de las que se ha tenido conocimiento. No hay ningún pueblo ni período de la humanidad sin religión. Es algo que ha acompañado al hombre desde siempre, como la sombra sigue al cuerpo.

La existencia de Dios ha sido siempre una de las grandes cuestiones humanas, pues se presenta ante el hombre con un carácter radicalmente comprometedor. El hombre busca respuesta a los grandes enigmas de la condición humana, que ayer como hoy se presentan ineludiblemente en lo más profundo de su corazón: el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el mal, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la retribución después de la muerte. Todo apunta hacia el misterio que envuelve nuestra existencia, de donde procedemos y hacia el que nos dirigimos, hacia aquella misteriosa fuerza que está presente en el curso de todos los acontecimientos humanos, y que impregna la vida de un íntimo sentido religioso.

—Pero a mucha gente no le importa qué hayan hecho todos los pueblos a lo largo de la historia. No quieren hacer lo mismo que hacían otros en el pasado.

No me refería a hacer lo mismo que nuestros antepasados. Toda persona hace muy bien en buscar su propio camino y ser distinta de quienes le han precedido. Me refería a que nunca está de más echar una mirada a la historia, aunque sólo sea porque eso puede dar una cierta perspectiva que siempre arroja una luz sobre la propia vida. Como decía Aristóteles, si la religión es una constante en la historia de los pueblos, ha de ser porque pertenece a la misma esencia del hombre.

Por fuerte que haya sido a veces la hostilidad o el influjo secularizante de su entorno, jamás el hombre ha quedado totalmente indiferente ante el problema religioso. Dondequiera que hayan sido suprimidas las instituciones religiosas, o se haya perseguido de un modo u otro a los creyentes, las ideas y los hechos de la religión han vuelto a brotar una y otra vez. La pregunta sobre el sentido de la vida, sobre el enigma del mal y de la muerte, sobre el más allá, son interrogantes que jamás se han podido eludir. Dios está en el origen mismo de la pregunta existencial del hombre.

 

¿Puede deberse todo al azar?

—¿Y no cabe pensar que todo el universo es, simplemente, obra del azar?

Desde los tiempos más antiguos, el hombre se ha preguntado con asombro cuál sería la explicación de toda esa armonía que hay en la configuración y las leyes del universo.

Cuando el hombre de hoy –comenta José Ramón Ayllón– observa la complejidad y perfección de los procesos bioquímicos en el interior de una célula diminuta, o la de los más gigantescos fenómenos de movimiento y transformación de las galaxias; cuando se asoma al mundo microfísico y propone unas leyes que intentan explicar fenómenos que suceden a escalas de hasta una billonésima de milímetro; o cuando profundiza en la estructura a gran escala del universo hasta límites de más de un billón de billones de kilómetros; contemplando todo ese grandioso espectáculo, cada día con más profundidad gracias a los avances de la ciencia, resulta cada vez más difícil sostener que todo obedece a una misteriosa evolución gobernada por el azar, sin ninguna inteligencia detrás.

Allí donde existe un plan, ha de haber alguien que planifica. Y detrás de una obra de tal complejidad y de tales proporciones, ha de haber un creador, cuyo poder y sabiduría trasciendan cualquier medida.

Pensar que toda la armonía del universo y todas las complejas leyes de la naturaleza son fruto del azar, sería como pensar que las andanzas de Don Quijote de la Mancha que escribió Cervantes pudieron aparecer íntegras sacando letras al azar de una gigantesca marmita con una sopa de letras. Recurrir a una gigantesca casualidad para explicar las maravillas de la naturaleza es una explicación un poco ingenua.

—¿Y no cabe también, como dicen algunos, que el mundo haya existido desde siempre?

Cuando vemos un libro, o un cuadro, o un edificio, inmediatamente pensamos que detrás de esas obras habrá, respectivamente, un escritor, un pintor, un arquitecto.

Y de la misma manera que a nadie se le ocurre pensar que el Quijote surgió de una inmensa masa de letras que cayó al azar sobre unos pliegos de papel y quedaron ordenadas precisamente de esa forma tan ingeniosa, tampoco puede decirse que aquel edificio "está ahí desde siempre", o que ese cuadro "se ha pintado solo", o cosas por el estilo. No podemos sostener seriamente que el mundo "se ha hecho solo", o "se ha creado a sí mismo". Son incongruencias que caen por su propio peso.

 

¿Ha de haber una "causa primera"?

«"No conozco ningún alfarero –dijo la olla–. Nací por mí misma y soy eterna."

»Pobre loca. Se le ha subido el barro a la cabeza».

Así reflejaba Franz Binhack en su obra Topfer und Topf, con cierto toque de humor, lo ridículo que resulta esa actitud de cerrar los ojos ante la inevitable pregunta sobre el primer origen del ser.

Si de un grifo sale agua, es porque hay una tubería que transporta esa agua. Y esa tubería la recibirá de otra, y esa a su vez de otra. Pero en algún momento se acabarán las tuberías y llegaremos al depósito. Nadie afirmaría que hay siempre agua en el grifo simplemente porque la tubería tiene una longitud infinita.

«De la nada –explica Leo J. Trese– no podemos obtener algo. Si no tenemos bellotas, no podemos plantar un roble. Sin padres, no hay hijos. Así, pues, si no existiera un Ser que fuera eterno (es decir, un Ser que nunca haya empezado a existir), y omnipotente (y capaz por tanto de hacer algo de la nada), no existiría el mundo, con toda su variedad de seres, y no existiríamos nosotros.

»Un roble procede de una bellota, pero las bellotas crecen en los robles. ¿Quién hizo la primera bellota o el primer roble?

»Los hijos tienen padres, y esos padres son hijos de otros padres, y estos de otros. Ahora bien, ¿quién creó a los primeros padres...?

»Algunos evolucionistas dirían que todo empezó a partir de una informe masa de átomos. Bien, pero... ¿quién creó esa masa de átomos?, ¿de dónde procedían?».

¿Quién guió la evolución de esos átomos, según leyes que podemos descubrir, y que evitaron un desarrollo caótico? Alguien tuvo que hacerlo. Alguien que, desde toda la eternidad, haya gozado de una existencia independiente.

Todos los seres de este mundo, hubo un tiempo en que no existieron. Cada uno de ellos deberá siempre su existencia a otro ser. Todos, tanto los vivos como los inertes, son eslabones de una larga cadena de causas y efectos. Pero esa cadena ha de llegar hasta una primera causa. Pretender que un número infinito de causas pudiera dispensarnos de encontrar una causa primera, sería lo mismo que afirmar que un pincel puede pintar por sí solo con tal de que tuviera un mango infinitamente largo.

—Hay quien dice que les basta con saber que los seres simplemente existen. Que no les importa de dónde provienen y que, por tanto, no necesitan pensar más en ello.

Entonces estaríamos cerca de decir que no se debe pensar. Porque renunciar a tan importante parcela del pensamiento supone abandonar un poco la realidad.

Si vemos una chaqueta colgada de una pared (el ejemplo es de Sheed), pero no vemos que está sostenida por una percha, y eso nos lleva a pensar que las chaquetas desafían a las leyes de la gravedad y cuelgan de las paredes por su propio poder, entonces no viviríamos en el mundo real, sino en un mundo irreal que nosotros mismos nos hemos forjado. De manera semejante, si vemos que las cosas existen y no vemos con claridad cuál es la causa de que existan, y eso nos llevara a negar o a ignorar esa causa, estaríamos saliéndonos del mundo real.

 

Un pequeño "dribling" dialéctico

—Pero algunos filósofos han asegurado que la relación causa-efecto no es más que una dialéctica ajena a la naturaleza, donde los fenómenos se repiten de manera incesante sin que esa relación de causa a efecto exista más que en nuestro entendimiento...

No parece que la noción de causa sea una simple elucubración humana. Es algo que comprobamos cada día, y que la ciencia no cesa de invocar. "Si veo unos niños –apunta André Frossard–, la experiencia me dice que no se han hecho solos. Podrá surgir quizá un filósofo afirmando que no puedo demostrarlo, pero también él se vería en apuros para demostrar que yo estoy equivocado si aseguro que han surgido de unas coles."

Rechazar de esa manera la relación causa-efecto parece un atentado contra la sensatez. De hecho, los que así piensan, luego, en la vida normal, no son consecuentes con esa teoría. Saben, por ejemplo, que si meten los dedos en un enchufe, recibirán la correspondiente descarga, y por eso procuran no hacerlo. Saben que la relación enchufe-calambrazo no es una dialéctica ajena a la naturaleza que exista solo en su entendimiento..., aunque solo sea porque en los dedos no está el entendimiento. Cuando –negando la evidencia de las causas– dicen que todo lo que existe es fruto del azar, hacen una renuncia puntual al uso de la razón.

La fe cristiana confía totalmente en la recta razón, mediante la cual se puede llegar al conocimiento de Dios. Para el creyente, la razón es inseparable de la fe y ha de ser respetada como un don divino que es.

—Y si se puede llegar a Dios con la luz de la razón, ¿para qué es necesaria la fe?

No es difícil llegar a reconocer que Dios existe. Hemos repasado algunos de los razonamientos que nos llevan a Él, y veremos aún bastantes más. De todas formas, el trabajo no siempre es fácil. Además de exigir –como sucede con todo conocimiento– una manera recta de pensar y un profundo amor a la verdad, hay que contar con que, en muchos casos, los hombres renunciamos a proseguir un discurso racional cuando comprobamos que sus conclusiones se oponen a nuestros egoísmos o nuestras malas pasiones.

Supongo que esta será una de las razones por las que Dios dio un paso adelante y, dándose a conocer mediante la Revelación, nos tendió la mano. Así, además, todos los hombres podemos conocer todas esas verdades de forma más fácil, con mayor certeza y sin errores.

 

¿Puede Dios caber en mi mente?

La grandeza de un hombre

está en saber reconocer

su propia pequeñez.

Blas Pascal

 

Reconocer nuestra limitación

¿Creer en algo que no estoy seguro de que exista?

¿Creer en algo que me complica la vida?

Agnosticismo y cálculo de probabilidades

 

 

 

 

Reconocer nuestra limitación

Si un estudiante de bachillerato va un día a la Universidad y asiste a una clase de doctorado en la que se está tratando una materia especialmente compleja, no debería extrañarse si ve que a veces pierde el hilo de la explicación (suponiendo que en algún momento llegara a encontrarlo). Le parecerá lo más natural, puesto que esa materia le supera por completo.

Algo parecido –ya siento no haber encontrado ejemplo mejor– podría decirse que sucede con la comprensión sobre la naturaleza de Dios que puede alcanzar el hombre.

Si ese estudiante de nuestro ejemplo dijera que todo lo que ha oído en esa clase es mentira por la sencilla razón de que él no entiende nada, habría quizá que hacerle ver –educadamente, por supuesto– que su capacidad de entender las cosas no es quien concede la verdad a esas cosas. La verdad no está obligada a ser entendida completamente por todas las personas. Y esto no es decir que sean tontas, ni renunciar a la razón, sino simplemente constatar que tenemos limitaciones. Por eso dijo Pascal –y era un gran científico– que la grandeza de un hombre está en saber reconocer su propia pequeñez.

Aquel profesor –volviendo a nuestra comparación– podrá hacer aproximaciones a esa verdad, con ejemplos o simplificaciones más o menos afortunadas que ayuden a que el estudiante lo entienda. Y también podrá rebatir, con mayor o menor acierto pedagógico, las objeciones que el chico ponga. Pero no logrará hacerle entender todas las clases perfectamente y hasta sus últimas consecuencias. Porque está a otro nivel.

Pensar que uno es tan listo como para abarcar por completo a Dios es de una ingenuidad tan pasmosa como presuntuosa. Más o menos, como si el estudiante de nuestro ejemplo pensara que ha entendido perfectamente todo lo que ha escuchado en esa clase (probablemente entonces habría entendido algo distinto a lo que realmente se explicó).

Si alguien dice que Dios no existe porque no cabe por completo en su cabeza, habría que hacerle considerar que si Dios cupiera por completo en su cabeza, quizá entonces ya no sería Dios. Y eso no tiene nada que ver con la posibilidad de la razón humana de demostrar la existencia de Dios. La razón es capaz de llegar a Dios, pero demostrar la existencia de Dios no es abarcar completamente a Dios.

Para creer, hay que reconocer humildemente –y sé que es difícil ser humilde– la limitación de la razón humana. Así podremos acercarnos a algo que es muy superior a nosotros.

—Pero Dios podría hacer algo para que le conozcamos más fácilmente...

Pienso que ha hecho ya mucho. Quizá sea al hombre a quien falte poner algo más de su parte. Además, sería poco conforme a nuestra condición humana obligar a Dios a aceptar nuestros axiomas sobre lo que tendría que hacer para darse sensatamente a conocer a los hombres.

Dios no ha querido obligar forzosamente al hombre a reconocerle. La razón humana puede demostrar la existencia de Dios y conocer bastante sobre su naturaleza. Pero no puede llegar por sí sola a otras muchas verdades relacionadas con la naturaleza de Dios.

El hecho de que el hombre no llegue a captar unas verdades no tiene por qué vulnerar esas verdades. Es algo –explica Mariano Artigas– que sucede también en las ciencias, y continuamente. Por ejemplo, nadie duda de la realidad de las partículas subatómicas, a pesar de que encontramos dificultades –que de momento son insalvables– cuando intentamos explicar su naturaleza. Pero esas dificultades no impiden que poseamos muchos conocimientos bien comprobados acerca de esas partículas, y que podamos utilizarlos como base de tecnologías muy avanzadas.

La fe es razonable, pero al hombre le resulta difícil llegar a comprenderla con profundidad con la única ayuda de la razón. Por eso la Revelación supone una gran ayuda en el laborioso camino de la inteligencia humana.

 

¿Creer en algo que no estoy seguro de que exista?

—Hay personas que se declaran agnósticas porque dicen que nadie ha conseguido demostrarles de forma convincente que Dios existe. Y que no pueden rezar a un ser del que no saben con seguridad si verdaderamente existe, porque sería como arrojar al mar mensajes en una botella, con la duda de si alguna vez alguien los recogerá.

Sin embargo –perdóname por la broma–, tengo entendido que los náufragos en islas desiertas arrojaban botellas al mar, o al menos eso se cuenta. Y supongo que lo harían porque confiar en algo que no es una certeza aplastante e incontrovertible no tiene por qué ser una actitud absurda. Lo que quizá sí sería absurdo es quedarse sin hacer nada porque no se sabe con total seguridad si alguien llegará a encontrarse algún día con la botella.

—Sí, pero dicen que ellos optan por no arriesgar nada, y por eso prefieren no creer en nada, puesto que no hay nada claramente probado.

Con ese planteamiento, si me apuras, habría que dejar de creer incluso en que uno es hijo de sus padres –pido perdón de nuevo por el ejemplo–, como única solución segura para evitar el riesgo de amar a unos padres falsos. La mayoría de nuestros conocimientos provienen del testimonio de otras personas, y en la mayoría de los casos no podemos comprobarlos incontrovertiblemente.

Y eso incluye datos tan sencillos como quiénes son nuestros padres, nuestro lugar y fecha de nacimiento, la mayor parte de la geografía y de la historia, y un larguísimo etcétera. Sin embargo, solemos creer que el medicamento que tomamos corresponde a lo que indica el rótulo de la caja, o que el indicador de salida de la autopista nos mandará al lugar que señala, o que realmente existe aquel lejano país que viene en los mapas y del que tanto habla la prensa pero que jamás hemos visitado. Porque eso es lo razonable.

Nos pasamos la vida –todos, también quienes dicen que no creen en nada– teniendo fe en muchas cosas, corriendo riesgos, fiándonos de lo que no está claramente probado. La fe significa crédito o confianza. Si queremos demostrar todo, nos veremos abocados a un proceso infinito en el que la desconfianza absoluta recortaría drásticamente a una persona, y su vida quedaría reducida al pequeñísimo ámbito de lo que es comprobable por uno mismo.

Por eso, el hecho de que la fe en Dios exija una actitud de aceptación es algo también muy razonable. Lo que no sería razonable es el escepticismo absoluto, o pedir un desproporcionado grado de seguridad. Y menos razonable aún si solo se pide en cuestiones de religión o de moral.

La misma amistad, sin ir más lejos, requiere del ejercicio de la fe y la confianza, puesto que, sin ellas, ningún amigo merecería tal nombre. Así lo entendía un pensador de la antigüedad, que se preguntaba: ¿Cómo puedo afirmar que no se debe creer en nada sin conocerlo directamente, si, en caso de no creer algo que no puede ser demostrado con seguridad por la razón, no existiría la amistad, ni el amor?

 

¿Creer en algo que me complica la vida?

—Hay veces en que la resistencia a creer en Dios es sobre todo una resistencia de la voluntad para evitarse complicaciones morales.

Ciertamente, y por eso muchos agnósticos se amparan en la excusa de que no se puede conocer con certeza la existencia de Dios, para así vivir en la práctica como si no existiera. Y resuelven sus dudas intelectuales apostando a nivel práctico por la no-existencia de Dios, con una seguridad y asumiendo unos riesgos difíciles de conciliar con sus anteriores razonamientos.

Es una postura que, por otra parte, puede resultar muy seductora para quienes buscan eludir algunas de las exigencias morales que supone la existencia de Dios, al tiempo que se evitan la molestia de rebatirlas. De esta manera, su agnosticismo acaba siendo una sencilla fachada intelectual que esconde unos planteamientos que a lo mejor parecen cómodos pero desde luego son muy poco consistentes.

Hay otros, a los que quizá habría que alabar inicialmente por su sinceridad, que afirman creer en Dios, pero que prefieren ponerlo entre paréntesis porque, por alguna razón más o menos confesada, no les interesa que afecte a su vida. Se trata de un indiferentismo que, si bien puede ser efectivamente sincero, no parece un ejemplo de coherencia.

Otros profesan una especie de agnosticismo estético, con el que hacen difíciles equilibrios entre el escepticismo y la búsqueda de aprobación social, o entre el miedo al compromiso y el miedo al “qué dirán”. Parecen pensar que la incredulidad es prueba de elegancia y sabiduría, y quizá por eso llegan hasta el extremo de fingirla.

En unos casos y en otros, son actitudes que responden a decisiones personales, que son muy libres de tomar, por supuesto, pero que con frecuencia no se fundamentan en un discurso intelectual muy riguroso. El discurso suele venir después, para justificar su decisión.

 

Agnosticismo y cálculo de probabilidades

—Otros, y parece que lo dicen honradamente, aseguran que si alguien les convenciera de que Dios existe, se convertirían. Pero que no pueden forzar una fe que no tienen. Dicen incluso que les gustaría tener la fortuna de poseer esa fe que ven que hace tan felices a otros...

Se le podría dar la vuelta a su razonamiento: que sea él quien demuestre que Dios no existe, o que no puede conocerse, y así entonces serías tú quien se convertiría a su postura.

—De entrada, me diría que no tiene ningún interés en convertirme, como parezco tenerlo yo.

Pienso que todo hombre realmente persuadido de conocer cualquier verdad debe tener la ilusión de compartirla con los demás. Buscar que los demás se acerquen a lo que uno considera verdadero –respetando siempre la libertad, por supuesto–, es algo positivo.

—Pues entonces admitiría que tampoco se puede demostrar que no existe Dios, pero como su existencia es algo dudoso, le parece igual de razonable apostar por cualquiera de las dos opciones.

Sin embargo, él, en la práctica, vive como si Dios no existiera. Está viviendo, en definitiva, conforme a algo que no puede demostrar. En el fondo, está teniendo fe en algo, en la no-existencia de Dios, pero con el agravante de que si efectivamente al final resultara que Dios existe –cosa que sabremos dentro de no tanto tiempo–, lo más probable es que él haya salido perdiendo en esa apuesta, y por los siglos de los siglos.

—Pero dirá que si al final resulta que Dios no existe, eres tú quien pierde, y él, en cambio, habrá salido ganando.

No está tan claro, pues no parece muy seguro que quienes viven al margen de Dios pasen una vida más feliz. Ellos mismos reconocen muchas veces –lo comentabas antes tú mismo– que incluso les gustaría tener la fe que ven que hace tan felices a otros. Y es lógico que así suceda, puesto que tener fe es siempre servir a algo más elevado, y todo hombre –quiéralo o no– es siervo de las cosas en las que pone su felicidad.

O sea, que si al final de la vida se comprueba que Dios existe, el agnóstico ha apostado por el error de más trascendencia que pueda haber. Y si Dios no existiera, tampoco habría salido ganando. Así que, hasta por esta razón de probabilidad, parece bastante razonable apostar por la fe. Así lo resumía Pascal: “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe".

"Porque –añadía, haciendo gala de su habitual pragmatismo de científico– si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo.”

Por otra parte, si Dios existe, ha de haber una religión, pues la religión es lo propio de la relación natural entre cualquier ser y quien lo ha creado. Igual que lo natural es que un hijo trate a sus padres, por la sencilla razón de que le han traído al mundo, lo natural en el hombre es mantener una relación con su creador, y puede decirse que eso es la religión.