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APRENDIENDO A DISFRUTAR EL GUSTO POR VIVIR Ilusión por afirmarse Acerca de la rebeldía José
Pedro Manglano Castellary El
contacto * Primer
deber fundamental * Primera
necesidad fundamental. * Cuando
se pierde la rebeldía * Rebeldes
frustrados * Los
subversivos o ‘protestones’ * Los
rebeldes superficiales * La
rebeldía burguesa o el reivindicalismo * Rebeldía
y compromiso * Rebeldía
hacia fuera * Rebeldía
hacia dentro * a)
una difícil conquista: ser uno * b)
ante la propia animalidad * c)
respetar la propia fecundidad * d)
dominio de la impaciencia * Asumir
el protagonismo * a)
Todos los protagonismos son exclusivos * b)
La vida como respuesta * c)
Ser capaz de descubrir el propio privilegio * d)
Cuando se prefiere huir * Superar
el error copernicano * ¿Cómo
provocar esta rebeldía? * Atando
hilos * Algunas
otras orientaciones concretas * Arriesgar
la vida: sobriedad y justicia * Lectura
* Acerca
de la Rebeldía El
buen gusto llevó al escritor americano Richard Ford a escribir un libro en
memoria de su madre. "Recuerdo
una vecina que me paró en la acera para preguntarme quién era; algo que solía
ocurrir. Yo tendría siete o nueve años. Pero cuando dije mi nombre –Richard
Ford-, exclamó: ‘Ah, sí. Tu madre es esa señora de pelo negro, bajita, mona,
que vive más arriba de esta calle’. Creo que fue la primera imagen que tuve de
mi madre como de otra persona, como alguien a quien los otros veían y
describían: una mujer mona, no. El pelo negro, eso sí. Sé que medía cinco pies
y cinco pulgadas. Pero nunca he sabido si esto es ser alto o bajo. Creo que
siempre he pensado que era normal. Sin embargo, recuerdo aquello como un
momento significativo de mi vida. Breve pero importante. Llamó mi atención
acerca de algo de mi madre -¿qué?-, su imagen pública. La imagen que estaba
allí y que los demás veían y trataban. Desde entonces creo que nunca pensé en
ella de otro modo. Como Edna Ford, una persona que era mi madre y que también
era alguien más. Me parece que después de eso nunca me volví a dirigir a ella
sin tenerlo en cuanta: la traté como al resto de la gente que yo conocía. Era
una lección importante. Y corremos el riesgo de no conocer jamás a nuestros
padres si la ignoramos. Mona, pelo negro, cinco con cinco. Alguna parte de ella
era esto, y saberlo no me hizo daño. Tal vez me ayudó, ya que uno de los
principales desafíos al que nos enfrentamos todos es llegar a conocer a
nuestros padres." De
muchas maneras, y durante años, todos vamos teniendo experiencias que van
rompiendo el pequeño mundo de la infancia, en el que todo hace referencia
unívoca al propio yo. El niño es el gran señor –el único- de su propio mundo.
Podríamos decir que son años en los que no forma parte del mundo, pues solo
existe ‘su’ mundo, no hay más mundos que el ‘suyo’. Ese
mundo es cerrado hasta el punto de que lo que no existe en él no se reconoce
como existente; de alguna manera, las cosas empiezan a existir cuando entran en
‘su’ mundo. En cierta ocasión, invitado a dar unas conferencias en un colegio,
escuché la perspicaz observación que una niña hacía a su amiga refiriéndose a
mi persona: ‘-¿Has
visto? Es nuevo... y ya es calvo!’ Así
es: en su mundo –no hay más realidad que la experimentada por ella- yo empezaba
a existir ese día que entraba en su colegio, y lógicamente era un ser extraño,
ya que empezaba la existencia siendo calvo. Pues
bien, de modo paulatino vamos viviendo experiencias que abren grietas,
resquebrajando el cerrado y pequeño mundo en el que el niño se encuentra
pacíficamente instalado. Entramos, así, en el mundo real, tal y como es. O
dicho de otra forma, el mundo real entra en nosotros, con toda su realidad.
Esta entrada, mía en el mundo y del mundo en mí, es un auténtico despertar, que
nos traslada de un mundo encantado a un nuevo escenario mucho más complejo.
James Joyce hace vivir esta experiencia a uno de sus protagonistas: "Stephen
había emergido de dos años de sueño encantado para encontrarse de pronto en un
escenario distinto, donde cada evento y cada personaje le afectaban
íntimamente, seduciéndole a veces y otras descorazonándole, pero llenándole
siempre de intranquilidad y amargos pensamientos, lo mismo cuando le
descorazonaban que cuando le seducían." Las
dos personas que han aparecido en estas pocas líneas, Richard y Stephen, están
estrenando mundo. El primero de ellos, Richard, comenta que aquello le llamó la
atención: la visión de su madre es nueva, es distinta; no solo es su madre,
sino una persona objetiva, que entre otras muchas cosas... es también su madre:
"Desde entonces creo que nunca pensé en ella de otro modo". Stephen
también estrena mundo, y ahora le ocurre por primera vez que todo –cada evento,
cada persona- le afecta íntimamente. Si
he querido detenerme en las circunstancias de estos dos personajes, es porque
entiendo que es precisamente desde esta perspectiva desde la que podemos
entender la característica fundamental que define el ser joven. La juventud se
distingue, entre otras cosas, por ser el momento de la biografía en el que uno
se abre al mundo; apertura por la que las cosas empiezan a afectar. Ahora
bien: ¿en qué sentido decimos que el mundo ‘le afecta’? ¿Por qué le afecta?
¿Por qué a Stephen cada acontecimiento y cada persona le afectan íntimamente?
Porque ‘estrena’ acontecimientos y ‘estrena’ personas. No estrena porque sus
acciones sean distintas objetivamente a las que había realizado hasta ese
momento, sino que las estrena porque aunque sean acciones repetidas mil veces,
las vive ahora de manera distinta. Un ejemplo. Siempre se ha vestido; pero
ahora estrena un nuevo sentido el hecho de vestirse: ya no se trata de un
simple ponerse ropa encima, la que sea, porque algo hay que ponerse; vestirse,
ahora, tiene importancia más allá de la protección del frío; ha descubierto su
imagen pública, se sabe mirado; con la ropa que se pone se da a conocer, expone
públicamente su buen o mal gusto, muestra el estilo de personalidad que ha
escogido para sí, manifiesta su seguimiento de ‘modelos’ que ha adoptado; descubre
que hay formas de vestir que son ridículas; etc. Y este mismo sentido que ha
descubierto en el hecho de vestirse, también lo descubre en el vestirse de los
demás: la forma de vestir de los demás también le afecta, e interpreta cómo son
por su modo de vestir. Algo
similar ocurre con todo lo demás. Su madre podía haberle corregido mil veces un
asunto concreto. Durante tiempo aquellas correcciones no significaban más que
fastidio o limitación: ‘hago lo que me dice y basta’, quizá acompañado de
alguna queja o rabieta. Pero ahora pasan a afectar íntimamente. La visión de la
madre es nueva, y en este nuevo modo de percibirla cabe que esa corrección la
entienda como una manía suya, o que advierta que entra en contradicción con
otras cosas que hace o dice ella, o que la interprete como una invasión en lo
que es mi vida, y... ‘¡que me deje en paz!’ Todas
estas reacciones son fantásticas porque son la consecuencia necesaria de la
entrada en una realidad nueva. Hasta ese momento vivía pacíficamente instalado
en su mundo subjetivo: allí sabía vivir; en su mundo cerrado todo cuadraba.
Pero ha sido desalojado de allí. ¿Y ahora qué? Necesita instalarse en ese mundo
nuevo en el que entra. Le han quitado el suelo que pisaba y necesita encontrar
otro. En
este sentido decimos que la juventud no es solamente el período que corresponde
a unos pocos años de vida, sino que la juventud es el tiempo oportuno para la
afirmación personal. Debo afirmarme, decir sí a mi persona, decir sí al modo de
ser que quiero que tenga mi persona, decir sí a un proyecto de vida. Por eso,
es un momento en el que necesariamente uno busca respuesta a los interrogantes
fundamentales, busca el sentido de la vida, busca el modo concreto de comenzar
a construir su vida. Estrenar
mundo, descubrir novedad, abandono de lo que era firme hasta el momento,
inseguridad, desconfianza hacia uno mismo… forman el mundo interior a lo largo
de este proceso. Es magnífica la belleza literaria con que lo expresa Joyce: "Su
pensamiento era como un crepúsculo de duda y de desconfianza propia, alumbrado
acá y allá por los relámpagos de la intuición, pero relámpagos de tan diáfana
claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo sus pies, como si
hubiera sido consumido por el fuego; después su lengua se anudaba y sus ojos
permanecían mudos ante las miradas de los demás, porque se sentía envuelto como
en un manto en el espíritu de la belleza y en contacto, aunque sólo fuera en
sueños, con todo lo noble." El
contacto Demos
un paso más. La juventud tiene una importancia esencial: se trata de un
contacto nuevo con un mundo viejo. El joven es alguien que llega ‘de nuevas’ a
un mundo ya existente, en funcionamiento, hecho, determinado –en este sentido
decimos que es ‘viejo’ el mundo-; alguien que por primera vez entra
conscientemente en ese mundo. ¿Qué
interés puede tener todo esto? Muy sencillo: que en esa entrada, quien entra
es, en cierto sentido, alguien ‘virgen’; virgen con respecto a ese mundo que
estrena; virgen en el sentido de que no ha sido artífice de la realidad a la
que llega, situación que le mantiene libre de intereses, descomprometido; nada
de lo que está en funcionamiento le ata, de nada es responsable, de nada debe
dar cuentas; ante la realidad a la que asiste se encuentra libre de manos; su
persona se encuentra fresca, no adulterada por nada, nada le encorseta: ante el
mundo está libre. Al joven le corresponde ser ‘un idealista’, como solemos
decir coloquialmente: su soltura es un privilegio que se lo permite. Y
aquí hemos llegado al punto que buscábamos: el contacto entre un sujeto y un
mundo. El sujeto es ‘nuevo’ en cuanto que se estrena y, en consecuencia, se ve
a sí mismo como una tarea, algo por realizar, alguien que debe hacerse y
construirse. El mundo, sin embargo, es el lugar donde entra y ya está hecho por
otros. Ese contacto no es pacífico –no puede serlo-: las cosas le afectan
produciendo en él unas reacciones, unas fuerzas, unas energías. La fuerza
fundamental que despierta este contacto en el joven es la rebeldía: el rechazo
de todas aquellas realidades del mundo ‘viejo’ al que llego con las que no
estoy de acuerdo, el no estar dispuesto a aceptar todo lo imperfecto de este
mundo que han hecho otros y que ahora pasa a ser también mío, la resistencia a
adaptarse a formas de ser, de estar y de hacer que no están de acuerdo con lo
que serían –a su entender- las mejores formas de ser, de estar o de hacer. En
el momento en que uno se afirma a sí mismo, no se está dispuesto a afirmar el
mundo viejo tal como lo encuentra, ni a afirmarse –construirse- a sí mismo
adaptándose pacíficamente a como son los demás. Un
contacto y una respuesta. En esta respuesta asistimos a una importante
manifestación de libertad. A veces afirmamos la libertad en el hombre como si
fuese sólo una característica que gratuitamente le adorna desde el primer
momento y que los demás deben respetar, más como algo que hay que defender que
algo por realizar. Me parece que las cosas no son así. La libertad es también
una capacidad del hombre que se puede o no desarrollar; capacidad que, en el
joven, se confunde, se identifica, se encarna, en la rebeldía; capacidad de
aceptación o rechazo de la realidad que encuentra en el mundo viejo en el que
debe afirmarse. Uno
de los protagonistas de Dostoievski denuncia a los hombres que mayoritariamente
"son esclavos, aunque fueron creados como rebeldes". Nos parece
acertada esta contraposición: vivir como esclavos o vivir como rebeldes. Rebeldía,
por tanto, recoge la ilusión de quien proyecta una vida y un mundo, ilusión que
no se rinde ante miserias personales que puedan limitarle, ni ante un
hipotético determinismo por el que las cosas son como son: "¿Dónde
estaba ahora su adolescencia? ¿Dónde estaba el alma que había reculado ante su
destino para cavilar a solas sobre su propia miseria...? >>> NO SE MUESTRAN COMPLETOS LOS LIBROS CUYOS DERECHOS DE AUTOR ESTÁN VIGENTES, COMO OCURRE CON ESTE <<<
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