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VIKTOR E. FRANKL

 

EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO

 

Con un prefacio de Gordon W. Allport

 

 

PREFACIO

 

El Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus

pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos

importantes: "¿Por qué no se suicida usted?" Y muchas veces, de

las respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a

aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un

talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos

cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer

estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme,

coherente, significativa y responsable es el objeto con que se

enfrenta la logoterapia, que es la versión original del Dr. Frankl

del moderno análisis existencial.

En esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al

descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho

tiempo, en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió

en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus

padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos

de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal

suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él

—que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que

valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que

tantas veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar

que la vida fuera digna de vivirla ? El psiquiatra que

personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece

que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra

condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del Dr.

Frankl tienen un tono profundamente honesto, pues se basan en

experiencias demasiado hondas para ser falsas. Dado el cargo que

hoy ocupa en la Facultad de Medicina de Viena y el renombre que

han alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van

desarrollándose en los distintos países tomando como modelo su

famosa Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene

que decir adquiere todavía mayor prestigio.

Es difícil no caer en la tentación de comparar la forma que el

 

7

 

Dr. Frankl tiene de enfocar la teoría y la terapia con la obra de su

predecesor, Sigmund Freud. Ambos doctores se aplican

primordialmente a estudiar la naturaleza y cura de las neurosis.

Para Freud, la raíz de esta angustiosa enfermedad está en la

ansiedad que se fundamenta en motivos conflictivos e

inconscientes. Frankl diferencia varias formas de neurosis y

descubre el origen de algunas de ellas (la neurosis noógena) en la

incapacidad del paciente para encontrar significación y sentido de

responsabilidad en la propia existencia. Freud pone de relieve la

frustración de la vida sexual; para Frankl la frustración está en la

voluntad intencional. Se da en la Europa actual una marcada

tendencia a alejarse de Freud y una aceptación muy extendida del

análisis existencial, que toma distintas formas más o menos

afines, siendo una de ellas la escuela de logoterapia. Es

característico del abierto talante de Frankl el no repudiar a Freud,

antes bien construye sobre sus aportaciones; tampoco se enfrenta

a las demás modalidades de la terapia existencial, sino que

celebra gustoso su parentesco con ellas.

El presente relato, aun siendo breve, está elaborado con arte y

garra. Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de

desprenderme de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del

libro, Frankl presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace

como sin solución de continuidad y tan quedamente que sólo

cuando ha terminado el libro el lector se percata de que está ante

un ensayo profundo y no ante un relato más, forzosamente, sobre

campos de concentración.

Es mucho lo que el lector aprende de este fragmento

autobiográfico : aprende lo que hace un ser humano cuando, de

pronto, se da cuenta de que no tiene "nada que perder excepto su

ridícula vida desnuda". La descripción que hace Frankl de la

mezcla de emociones y apatía que se agolpan en la mente es

impresionante. Lo primero que acude en nuestro auxilio es una

curiosidad, fría y despegada, por nuestro propio destino. A

continuación, y con toda rapidez, se urden las estrategias para

salvar lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de

sobrevivir sean mínimas. El hambre, la humillación y la sorda

cólera ante la injusticia se hacen tolerables a través de las

 

8

 

imágenes entrañables de las personas amadas, de la religión, de

un tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza

estimulante de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol.

Pero estos momentos de alivio no determinan la voluntad de

vivir, si es que no contribuyen a aumentar en el prisionero la

noción de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto

donde encontramos el tema central del existencialismo: vivir es

sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene

algún objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero

nadie puede decirle a nadie en qué consiste este objeto: cada uno

debe hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su

respuesta le dicta. Si triunfa en el empeño, seguirá

desarrollándose a pesar de todas las indignidades. Frankl gusta de

citar a Nietzsche: "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará

casi siempre el como".

En el campo de concentración, todas las circunstancias

conspiran para conseguir que el prisionero pierda sus asideros.

Todas las metas de la vida familiar han sido arrancadas de cuajo,

lo único que resta es "la última de las libertades humanas", la

capacidad de "elegir la actitud personal ante un conjunto de

circunstancias". Esta última libertad, admitida tanto por los

antiguos estoicos como por los modernos existencialistas,

adquiere una vivida significación en el relato de Frankl. Los

prisioneros no eran más que hombres normales y corrientes, pero

algunos de ellos al elegir ser "dignos de su sufrimiento"

atestiguan la capacidad humana para elevarse por encima de su

aparente destino.

Como psicoterapeuta que es, el autor quiere saber cómo se

puede ayudar al hombre a alcanzar esta capacidad, tan

diferenciadoramente humana, por otra parte. ¿Cómo puede uno

despertar en un paciente el sentimiento de que tiene la

responsabilidad de vivir, por muy adversas que se presenten las

circunstancias? Frankl nos da cumplida cuenta de una sesión de

terapia colectiva que mantuvo con sus compañeros de prisión.

A petición del editor, el Dr. Frankl ha añadido a su

autobiografía una breve pero explícita exposición de los principios

básicos de la logoterapia. Hasta ahora casi todas las publicaciones

 

9

 

de esta "tercera escuela vienesa de psicoterapia" (son sus

predecesoras las escuelas de Freud y Adler) se han editado

preferentemente en alemán, de modo que el lector acogerá con

agrado este suplemento del Dr. Frankl a su relato personal.

A diferencia de otros existencialistas europeos, Frankl no es ni

pesimista ni antirreligioso; antes al contrario, para ser un autor

que se enfrenta de lleno a la omnipresencia del sufrimiento y a las

fuerzas del mal, adopta un punto de vista sorprendentemente

esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus

dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.

Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una

joya de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo

de los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como

filosófico y ofrece una precisa introducción al movimiento

psicológico más importante de nuestro tiempo.

 

GORDON W. ALLPORT

 

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Gordon W. Allport, antiguo profesor de psicología de la

Universidad de Harvard, fue uno de los escritores y docentes más

prestigiosos de los Estados Unidos. Publicó numerosas obras

originales sobre psicología y fue director del 'Journal of Abnormal

and Social Psycbology". Precisamente a través de la labor pionera

del profesor Allport la trascendental teoría del Dr. Frankl se ha

introducido en aquel país; más aún, el interés que ha despertado

la logoterapia ha crecido a pasos agigantados debido en parte a

su reputación.

 

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PARTE PRIMERA

 

UN PSICÓLOGO EN UN CAMPO DE

 

CONCENTRACIÓN

 

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"Un psicólogo en un campo de concentración". No se trata, por

lo tanto, de un relato de hechos y sucesos, sino de experiencias

personales, experiencias que millones de seres humanos han

sufrido una y otra vez. Es la historia íntima de un campo de

concentración contada por uno de sus supervivientes. No se

ocupa de los grandes horrores que ya han sido suficiente y

prolijamente descritos (aunque no siempre y no todos los hayan

creído), sino que cuenta esa otra multitud de pequeños

tormentos. En otras palabras, pretende dar respuesta a la

siguiente pregunta: ¿Cómo incidía la vida diaria de un campo de

concentración en la mente del prisionero medio?

Muchos de los sucesos que aquí se describen no tuvieron lugar

en los grandes y famosos campos, sino en los más pequeños, que

es donde se produjo la mayor experiencia del exterminio.

Tampoco es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes

héroes y mártires, ni sobre los preeminentes "capos" —

prisioneros que actuaban como especie de administradores y

tenían privilegios especiales— o los prisioneros de renombre. Es

decir, no se refiere tanto a los sufrimientos de los poderosos,

cuanto a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión de

víctimas desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros

normales y corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva

en sus mangas, a quienes los "capos" realmente despreciaban.

Mientras estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que

llevarse a la boca, los "capos" no padecían nunca hambre; de

hecho, muchos de estos "capos" lo pasaron mucho mejor en los

campos que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros

con los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con

mayor crueldad que los hombres de las SS. Claro está que los

"capos" se elegían de entre aquellos prisioneros cuyo carácter

hacía suponer que serían los indicados para tales procedimientos,

y si no cumplían con lo que se esperaba de ellos, inmediatamente

se les degradaba. Pronto se fueron pareciendo tanto a los

 

13

 

miembros de las SS y a los guardianes de los campos que se les

podría juzgar desde una perspectiva psicológica similar.

 

Selección activa y pasiva

 

Es muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de

concentración hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea

en la que piedad y simpatía aparecen mezcladas, sobre todo al no

conocer prácticamente nada de la dura lucha por la existencia que

precisamente en los campos más pequeños se libraba entre los

prisioneros, del combate inexorable por el pan de cada día y por

la propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por

el bien de uno mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como

ejemplo las veces en que oficialmente se anunciaba que se iba a

trasladar a unos cuantos prisioneros a un campo de

concentración, pero no era muy difícil adivinar que el destino final

de todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a

los más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les

enviaba a alguno de los campos centrales equipados con cámaras

de gas y crematorios. El proceso de selección era la señal para

una abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra

otro. Lo único que importaba es que el nombre de uno o el del

amigo fuera tachado de la lista de las víctimas aunque todos

sabían que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro.

En cada traslado tenía que haber un número determinado de

pasajeros, quien fuera no importaba tanto, puesto que cada uno

de ellos no era más que un número y así era como constaban en

las listas. Al entrar en el campo se les quitaban todos los

documentos y objetos personales (al menos ése era el método

seguido en Auschwitz), por consiguiente cada prisionero tenía la

oportunidad de adoptar un nombre o una profesión falsos y lo

cierto es que por varias razones muchos lo hacían. A las

autoridades lo único que les importaba eran los números de los

prisioneros; muchas veces estos números se tatuaban en la piel

y, además, había que llevarlos cosidos en determinada parte de

los pantalones, de la chaqueta o del abrigo. A ningún guardián

 

14

 

que quisiera llevar una queja sobre un prisionero —casi siempre

por "pereza"— se le hubiera ocurrido nunca preguntarle su

nombre; no tenía más que echar una ojeada al número (¡y cómo

temíamos esas miradas por las posibles consecuencias!) y

anotarlo en su libreta.

Volvamos al convoy a punto de partir. No había tiempo para

consideraciones morales o éticas, ni tampoco el deseo de

hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros:

mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba

en casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni

un momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro

"numero", ocupara su puesto en la expedición.

De lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para

seleccionar a los "capos" era de tipo negativo; para este trabajo

se elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas

felices excepciones). Además de la selección de los "capos", que

corría a cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una

especie de proceso continuado de autoselección pasiva entre

todos los prisioneros. Por lo general, sólo se mantenían vivos

aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo

en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la

existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier

medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el

robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos

vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o

milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien:

los mejores de entre nosotros no regresaron.

 

El informe del prisionero n.° 119.104: ensayo psicológico

 

Este relato trata de mis experiencias como prisionero común,

pues es importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve

trabajando en el campo como psiquiatra, ni siquiera como

médico, excepto en las últimas semanas. Unos pocos de mis

colegas fueron lo bastante afortunados como para estar

empleados en los rudimentarios puestos de primeros auxilios

 

15

 

aplicando vendajes hechos de tiras de papel de desecho. Yo era

un prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del

tiempo estuve cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril.

En una ocasión mi trabajo consistió en cavar un túnel, sin ayuda,

para colocar una cañería bajo una carretera. Este hecho no quedó

sin recompensa, y así justamente antes de las Navidades de 1944

me encontré con el regalo de los llamados "cupones de premio",

de parte de la empresa constructora a la que prácticamente

habíamos sido vendidos como esclavos: la empresa pagaba a las

autoridades del campo un precio fijo por día y prisionero. Los

cupones costaban a la empresa 50 Pfenning cada uno y podían

canjearse por seis cigarrillos, muchas veces varias semanas

después, si bien a menudo perdían su validez. Me convertí así en

el orgulloso propietario de dos cupones por valor de doce

cigarrillos, aunque lo más importante era que los cigarrillos se

podían cambiar por doce raciones de sopa y esta sopa podía ser

un verdadero respiro frente a la inanición durante dos semanas.

El privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los "capos",

que tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al

prisionero que trabajaba como capataz en un almacén o en un

taller y recibía cigarrillos a cambio de realizar tareas peligrosas.

Las únicas excepciones eran las de aquellos que habían perdido la

voluntad de vivir y querían "disfrutar" de sus últimos días. De

modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios

cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que

había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y

que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba.

Lo que realmente importa ahora es determinar el verdadero

sentido de esta empresa. Muchos recuentos y datos sobre los

campos de concentración ya están en los archivos. En esta

ocasión, los hechos se considerarán significativos en cuanto

formen parte de la experiencia humana. Lo que este ensayo

intenta describir es la naturaleza exacta de dichas experiencias;

para los que estuvieron internados en aquellos campos se trata de

explicar estas experiencias a la luz de los actuales conocimientos

y a los que nunca estuvieron dentro puede ayudarles a

aprehender y, sobre todo a entender, las experiencias por las que

atravesaron ese porcentaje excesivamente reducido de los

 

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prisioneros supervivientes y su peculiar y, desde el punto de vista

de la psicología, totalmente nueva actitud frente a la vida. Estos

antiguos prisioneros suelen decir: "No nos gusta hablar de

nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de

estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos

sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora."

Es difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que

la psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es

que el hombre que hace sus observaciones mientras está

prisionero puede tener ese distanciamiento necesario? Sólo los

que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su

lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido.

Únicamente el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus

juicios tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean

quizá desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento. Es

preciso hacer lo imposible para no caer en la parcialidad personal,

y ésta es la gran dificultad que encierra este tipo de obras: a

veces se hará necesario tener valor para contar experiencias muy

íntimas. El auténtico peligro de un ensayo psicológico de este tipo

no estriba en la posibilidad de que reciba un tono personal, sino

en que reciba un tinte tendencioso.

Dejaré a otros la tarea de decantar hasta la impersonalidad los

contenidos de este libro al objeto de obtener teorías objetivas a

partir de experiencias subjetivas, que puedan suponer una

aportación a la psicología o psicopatología de la vida en

cautiverio, investigada después de la primera guerra mundial, y

que nos hizo conocer el síndrome de la "enfermedad de la

alambrada de púas". Debemos a la segunda guerra mundial el

haber enriquecido nuestros conocimientos sobre la "psicopatología

de las masas" (si puedo citar esta variante de la conocida frase

que es el título de un libro de LeBon), al regalarnos la guerra de

nervios y la vivencia única e inolvidable de los campos de

concentración.

Llegado a este punto desearía hacer una observación. En un

principio traté de escribir este libro de manera anónima,

utilizando tan solo mi número de prisionero. A ello me impulsó mi

aversión al exhibicionismo. Una vez terminado el manuscrito

 

17

 

comprendí que el anonimato le haría perder la mitad de su valor,

ya que la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos.

Decidí expresar mis convicciones con franqueza, y por esta razón

me abstuve de suprimir algunos de los pasajes, venciendo incluso

mi desagrado hacia el exhibicionismo.

 

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PRIMERA FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPO

 

Al examinar e intentar ordenar la gran cantidad de material

recogido como resultado de las numerosas observaciones y

experiencias de los prisioneros, cabe distinguir tres fases en las

reacciones mentales de los internados en un campo de

concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la

auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.

 

Estación Auschwitz

 

El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajo

ciertas condiciones el shock puede incluso preceder a la admisión

formal del prisionero en el campo. Ofreceré, como ejemplo, las

circunstancias de mi propio internamiento.

Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios días

con sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80.

Todos teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lo

poco que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los coches

estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superior

de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer.

Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de

municiones en donde nos emplearían como fuerza salarial. No

sabíamos dónde nos encontrábamos ni si todavía estábamos en

Silesia o ya habíamos entrado en Polonia. El silbato de la

locomotora tenía un sonido misterioso, como si enviara un grito

de socorro en conmiseración del desdichado cargamento que iba

destinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos

acercábamos sin duda a una estación principal. Y, de pronto, un

grito se escapó de los angustiados pasajeros: "¡Hay una señal,

Auschwitz!" Su solo nombre evocaba todo lo que hay de horrible

en el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios, matanzas

indiscriminadas. El tren avanzaba muy despacio, se diría que

 

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estaba indeciso, como si quisiera evitar a sus pasajeros, cuanto

fuera posible, la atroz constatación: ¡Auschwitz! A medida que iba

amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo:

la larga extensión de la cerca de varias hileras de alambrada

espinosa; las torres de observación; los focos y las interminables

columnas de harapientas figuras humanas, pardas a la luz

grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados campos

hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de

mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me

llevaba a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de

horror, pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a paso

nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible.

A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial

fue interrumpido por voces de mando: a partir de entonces

íbamos a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otra

vez, en todos los campos. Sonaban igual que el último grito de

una víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas,

cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre que

tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que

asesinaran una y otra vez... Las portezuelas del vagón se abrieron

de golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entró

alborotando. Llevaban uniformes rayados, tenían la cabeza

afeitada, pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas las

lenguas europeas imaginables y todos parecían conservar cierto

humor, que bajo tales circunstancias sonaba grotesco. Como el

hombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato

optimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar mis

sentimientos aun en las situaciones más desesperadas) se aferró

a este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen

estar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vez

consiga compartir su favorable posición.

Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la

"ilusión del indulto", según el cual el condenado a muerte, en el

instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le

indultarán en el último segundo. También nosotros nos

agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último

momento creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de las

 

20

 

mejillas sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisioneros

resultaba un gran estímulo. Poco sabíamos entonces que

componían un grupo especialmente seleccionado que durante

años habían sido el comité de recepción de las nuevas

expediciones de prisioneros que llegaban a la estación un día tras

otro. Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje,

incluidos los escasos objetos personales y las alhajas de

contrabando. Auschwitz debe haber sido un extraño lugar en

aquella Europa de los últimos años de la guerra, un lugar repleto

de tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes,

depositados en sus enormes almacenes, sin contar los que

estaban en manos de las SS.

A la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños,

metieron a 1100 prisioneros en una barraca construida para

albergar probablemente a unas doscientas personas como

máximo. Teníamos hambre y frío y no había espacio suficiente ni

para sentarnos en cuclillas en el suelo desnudo, no digamos ya

para tendernos. Durante cuatro días, nuestro único alimento

consistió en un trozo de pan de unos 150 gramos. Pero yo oí a los

prisioneros más antiguos que estaban a cargo de la barraca

regatear, con uno de los componentes del comité de recepción,

por un alfiler de corbata de platino y diamantes. Al final, la mayor

parte de las ganancias se convertían en tragos de aguardiente. No

me acuerdo ya de cuántos miles de marcos se necesitaban para

comprar la cantidad de Schnaps necesaria para pasar una "tarde

alegre", pero sí sé que los prisioneros veteranos necesitaban esos

tragos. ¿Quién podría culparles de tratar de drogarse bajo tales

circunstancias? Había otro grupo de prisioneros que conseguían

aguardiente de las SS casi sin limitación alguna: eran los hombres

que trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios y que

sabían muy bien que cualquier día serían relevados por otra

remesa y tendrían que dejar su obligado papel de ejecutores para

convertirse en víctimas.

 

La primera selección

 

21

 

Creo que todos los que formaban parte de nuestra expedición

vivían con la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final,

todo iba a salir muy bien. No nos dábamos cuenta del significado

que encerraba la escena que expongo a continuación. Hasta la

tarde no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramos

nuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de

mujeres y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de

las SS. Por sorprendente que parezca, tuve el valor de esconder

mi macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los hombres pasamos

ante el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el oficial

localizaba mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelo

de una bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente,

al irme aproximando a él me enderecé de modo que no se diera

cuenta de mi pesada carga. Ahora lo tenía frente a frente. Era un

hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le

sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios

y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una

actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la

mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea

del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño

movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y

otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha.

Tocaba mi turno. Alguien me susurró que si nos enviaban a la

derecha ("desde el punto de vista del espectador") significaba

trabajos forzados, mientras que la dirección a la izquierda era

para los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban a

otro campo. No podía hacer otra cosa que dejar que las cosas

siguieran su curso, como así sería a partir de entonces muchas

veces más. El macuto me pesaba y me obligaba a ladearme hacia

la izquierda, pero hice un esfuerzo para caminar erguido. El

hombre de las SS me miró de arriba abajo y pareció dudar;

después puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté con

todas mis fuerzas parecer distinguido: me hizo girar hasta que

quedé frente al lado derecho y seguí andando en aquella

dirección.

Por la tarde nos explicaron la significación del juego del dedo.

Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre

 

22

 

nuestra existencia o no existencia. Para la gran mayoría de

aquella expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; la

sentencia se ejecutó en las horas siguientes. Los que fueron

enviados hacia la izquierda marcharon directamente desde la

estación al crematorio. Dicho edificio, según me contó un

prisionero que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas en

varios idiomas europeos, la palabra "baño". Al entrar, a cada

prisionero se le entregaba una pastilla de jabón y después..., pero

gracias a Dios no necesito relatar lo que sucedía después. Muchos

han escrito ya sobre tanto horror. Los que nos habíamos salvado,

la minoría de nuestra expedición, supo aquella tarde la verdad.

Pregunté a los prisioneros que llevaban allí algún tiempo a dónde

podrían haber enviado a mi amigo y colega P.

"¿Lo mandaron hacia la izquierda?"

"Sí", repliqué.

"Entonces puede verle allí", me dijeron.

"¿Dónde?" La mano señalaba la chimenea que había a unos

cuantos cientos de yardas y que arrojaba al cielo gris de Polonia

una llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube de

humo.

"Allí es donde está su amigo, elevándose hacia el cielo", fue su

respuesta. Pero entonces todavía no comprendía lo que quería

decir hasta que me revelaron la verdad con toda su crudeza.

Pero me estoy adelantando al contar las cosas. Desde un

punto de vista psicológico, teníamos un largo, muy largo, camino

por delante desde que pusimos el pie en la estación hasta nuestra

primera noche en el campo. Escoltados por los guardias de las SS

que iban cargados con pesados fusiles, nos hicieron recorrer a

paso ligero el camino que desde la estación atravesaba la

alambrada electrificada y el campo, hasta llegar al pabellón de

desinfección; para aquellos de nosotros que habíamos pasado la

primera selección, fue un auténtico baño. Una vez más se vio

confirmada nuestra ilusión de salvarnos. Los hombres de las SS

parecían casi casi encantadores. Pronto supimos por qué: eran

amables con nosotros mientras teníamos nuestros relojes de

pulsera y nos podían persuadir, en todos los tonos y maneras,

para que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido ya

 

23

 

todo lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestro

reloj a aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algún

día nos lo devolverían con creces.

 

Desinfección

 

Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de la

cámara de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y

extendieron unas mantas sobre las que teníamos que echar todo

lo que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entre

nosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijo

de los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían

conservar su anillo de casados, una medalla o algún amuleto de

oro. Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo,

absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza

de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él

furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi

chaqueta y dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya

sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida,

que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo

evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa:

contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?"

Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue

dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró

divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en

respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba

presente en el vocabulario de los internados en el campo:

"¡Mierda!" Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante

mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase

de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida

anterior.

De pronto se produjo cierto revuelo entre mis compañeros de

viaje, que hasta ese momento permanecían de pie con los rostros

pálidos, asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez oíamos

gritar, dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, nos

condujeron a la antesala inmediata a los baños. Allí nos

 

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agrupamos en torno a un hombre de las SS que esperó hasta que

todos hubimos llegado. Entonces dijo: "Os daré dos minutos y

mediré el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos os

desnudaréis por completo y dejaréis en el suelo, junto a vosotros,

todas vuestras ropas. No podéis llevar nada con vosotros a

excepción de los zapatos, el cinturón, las gafas y, en todo caso, el

braguero. Empiezo a contar: ¡ahora!"

Con una rapidez impensable, la gente se fue desnudando.

Según pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos y

tiraban torpemente de su ropa interior, sin acertar con los

cinturones ni con los cordones de los zapatos. Fue entonces

cuando oímos los primeros restallidos del látigo; las correas de

cuero azotaron los cuerpos desnudos. A continuación nos

empujaron a otra habitación para afeitarnos: no se conformaron

solamente con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron ni

un solo pelo en nuestros cuerpos. Seguidamente pasamos a las

duchas, donde nos volvieron a alinear. A duras penas nos

reconocimos; pero, con gran alivio, algunos constataban que de

las duchas salía agua de verdad...

 

Nuestra única posesión: la existencia desnuda

 

Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos

hizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y

lirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que

poseíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos

quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia

anterior? Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón,

que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan. A los

que tenían braguero les estaba reservada todavía una pequeña

sorpresa más. Por la tarde, el prisionero veterano que estaba a

cargo de nuestro barracón nos dio la bienvenida con un discursito

en el que nos aseguró bajo su palabra de honor que,

personalmente, colgaría "de aquella viga" —y señaló hacia ella— a

cualquiera que hubiera cosido dinero o piedras preciosas a su

braguero. Y orgullosamente explicó que, como veterano que era,

 

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las leyes del campo le daban derecho a hacerlo.

Con los zapatos hubo también sus más y sus menos. Aunque

se suponía que los conservaríamos, los que poseían un par medio

decente tuvieron que entregarlos y, a cambio, les dieron otros

zapatos que no les servían. Pero los que estaban en verdadera

dificultad eran los prisioneros que habían seguido el consejo

aparentemente bien intencionado que les dieron (en la antesala)

los prisioneros veteranos y habían cortado las botas altas y

untado después jabón en los bordes para ocultar el sabotaje. Los

hombres de las SS parecían estar esperándolo. Todos los

sospechosos de tal delito pasaron a una pequeña habitación

contigua. Al cabo de un rato volvimos a oír los azotes del látigo y

los gritos de los hombres torturados. Esta vez el castigo duró

bastante tiempo.

 

Las primeras reacciones

 

Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía

las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente,

muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor

macabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fueran

nuestras vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchas

empezaron a correr, hicimos de tripas corazón e intentamos

bromear sobre nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después de

todo sobre nuestras espaldas caía agua de verdad!...

Aparte de aquella extraña clase de humor, otra sensación se

apoderó de nosotros: la curiosidad. Yo había experimentado ya

antes este tipo de curiosidad como reacción fundamental ante

ciertas circunstancias extrañas. Cuando en una ocasión estuve a

punto de perder la vida en un accidente de montañismo, en el

momento crítico, durante segundos (o tal vez milésimas de

segundo) sólo tuve una sensación: curiosidad, curiosidad sobre si

saldría con vida o con el cráneo fracturado o cualquier otro

percance.

Una fría curiosidad era lo que predominaba incluso en

Auschwitz, algo que separaba la mente de todo lo que la rodeaba

 

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y la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad.

Al llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo como

medida de protección. Estábamos ansiosos por saber lo que

sucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, por

ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de

otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua

de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en

sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado.

A los recién llegados nos estaban reservadas todavía muchas

sorpresas de este tipo. Los médicos que había en nuestro grupo

fuimos los primeros en aprender que los libros de texto mienten.

En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado

número de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo había

vivido convencido de que existían unas cuantas cosas que

sencillamente no podía hacer: no podía dormir sin esto, o no

podía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos

en literas de tres pisos. En cada litera (que medía

aproximadamente 2 X 2,5 m) dormían nueve hombres,

directamente sobre los tablones. Para cada nueve había dos

mantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado,

apretujados y amontonados los unos contra los otros, lo que tenía

ciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos.

Aunque estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunos

los utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo.

Si no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de un

brazo casi dislocado. Y aún así, el sueño venía y traía olvido y

alivio al dolor durante unas pocas horas.

Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de lo

que éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos los

dientes y, sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica,

nuestras encías estaban más saludables que antes. Teníamos que

llevar la misma camisa durante medio año, hasta que perdía la

apariencia de tal. Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos ni

siquiera parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y,

sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el

trabajo de la tierra no supuraban (es decir, a menos que se

congelaran). O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero y al

 

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que molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, se

acostaba ahora apretujado junto a un camarada que roncaba

ruidosamente a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormía

profundamente a pesar del ruido. Si alguien nos preguntara sobre

la verdad de la afirmación de Dostoyevski que asegura

terminantemente que el hombre es un ser que puede ser utilizado

para cualquier cosa, contestaríamos: "Cierto, para cualquier cosa,

pero no nos preguntéis cómo".

 

¿“Lanzarse contra la alambrada''?

 

Nuestro ensayo psicológico no nos ha llevado tan lejos

todavía; ni tampoco nosotros los prisioneros estábamos entonces

en condiciones de saberlo. Aún nos hallábamos en la primera fase

de nuestras reacciones psicológicas. Lo desesperado de la

situación, la amenaza de la muerte que día tras día, hora tras

hora, minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidad

de la muerte de otros —la mayoría— hacía que casi todos, aunque

fuera por breve tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse.

Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré,

la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la

promesa de que no "me lanzaría contra la alambrada". Esta era la

frase que se utilizaba en el campo para describir el método de

suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada. Esta

decisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil

de tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno el

suicidarse, ya que para el término medio de los prisioneros, las

expectativas de vida, consideradas objetivamente y aplicando el

cálculo de probabilidades, eran muy escasas. Ninguno de nosotros

podía tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el pequeño

porcentaje de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones.

En la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía

la muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas

perdían para él todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban el

acto de suicidarse.

Compañeros a quienes he encontrado más tarde me han

 

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asegurado que yo no fui uno de los más deprimidos tras el shock

del internamiento. Recuerdo que me limité a sonreír y, muy

sinceramente, cuando ocurrió este episodio la mañana siguiente a

nuestra primera noche en Auschwitz. A pesar de las órdenes

estrictas de no salir de nuestros barracones, un colega que había

llegado a Auschwitz unas semanas antes se coló en el nuestro.

Quería calmarnos y tranquilizarnos y nos contó algunas cosas.

Había adelgazado tanto que, al principio, no le reconocí. Con un

tinte de buen humor y una actitud despreocupada nos dio unos

cuantos consejos apresurados:

"¡No tengáis miedo! ¡No temáis las selecciones! El Dr. M. (jefe

sanitario de las SS) tiene cierta debilidad por los médicos." (Esto

era falso; las amables palabras de mi amigo no correspondían a la

verdad. Un prisionero de unos 60 años, médico de un bloque de

barracones, me contó que había suplicado al Dr. M. para que

liberara a su hijo que había sido destinado a la cámara de gas. El

Dr. M. rehusó fríamente ayudarle.)

"Pero una cosa os suplico, continuó, que os afeitéis a diario,

completamente si podéis, aunque tengáis que utilizar un trozo de

vidrio para ello... aunque tengáis que desprenderos del último

pedazo de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán que

vuestras mejillas parezcan más lozanas. Si queréis manteneros

vivos sólo hay un medio: aplicaros a vuestro trabajo. Si alguna

vez cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña ampolla en el

talón, y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguiente

podéis asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis a

quién llamamos aquí un "musulmán"? Al que tiene un aspecto

miserable, por dentro y por fuera, enfermo y demacrado y es

incapaz de realizar trabajos duros por más tiempo: ése es un

"musulmán". Más pronto o más tarde, por regla general más

pronto, el "musulmán" acaba en la cámara de gas. Así que

recordad: debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, y

no tendréis por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, aun

cuando sólo haga 24 horas, no tenéis que temer al gas, excepto

quizás tú." Y entonces señalando hacia mí, dijo: "Espero que no

te importe que hable con franqueza." Y repitió a los demás: "De

todos vosotros él es el único que debe temer la próxima selección.

 

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