| |||||
|
|
VIKTOR E. FRANKL EL HOMBRE EN BUSCA DE
SENTIDO Con
un prefacio de Gordon W. Allport PREFACIO El
Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus pacientes
aquejados de múltiples padecimientos, más o menos importantes:
"¿Por qué no se suicida usted?" Y muchas veces, de las
respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a aplicar:
a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un talento,
una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos cuantos
recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer estas
tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme, coherente,
significativa y responsable es el objeto con que se enfrenta
la logoterapia, que es la versión original del Dr. Frankl del
moderno análisis existencial. En
esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al descubrimiento
de la logoterapia. Prisionero, durante mucho tiempo,
en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió en
su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus padres,
su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos de
concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal suerte
que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él —que
todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía
la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas
veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar que
la vida fuera digna de vivirla ? El psiquiatra que personalmente
ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece que
se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra condición
humana sabia y compasivamente. Las palabras del Dr. Frankl
tienen un tono profundamente honesto, pues se basan en experiencias
demasiado hondas para ser falsas. Dado el cargo que hoy
ocupa en la Facultad de Medicina de Viena y el renombre que han
alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van desarrollándose
en los distintos países tomando como modelo su famosa
Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene que
decir adquiere todavía mayor prestigio. Es
difícil no caer en la tentación de comparar la forma que el 7 Dr.
Frankl tiene de enfocar la teoría y la terapia con la obra de su predecesor,
Sigmund Freud. Ambos doctores se aplican primordialmente
a estudiar la naturaleza y cura de las neurosis. Para
Freud, la raíz de esta angustiosa enfermedad está en la ansiedad
que se fundamenta en motivos conflictivos e inconscientes.
Frankl diferencia varias formas de neurosis y descubre
el origen de algunas de ellas (la neurosis noógena) en la incapacidad
del paciente para encontrar significación y sentido de responsabilidad
en la propia existencia. Freud pone de relieve la frustración
de la vida sexual; para Frankl la frustración está en la voluntad
intencional. Se da en la Europa actual una marcada tendencia
a alejarse de Freud y una aceptación muy extendida del análisis
existencial, que toma distintas formas más o menos afines,
siendo una de ellas la escuela de logoterapia. Es característico
del abierto talante de Frankl el no repudiar a Freud, antes
bien construye sobre sus aportaciones; tampoco se enfrenta a
las demás modalidades de la terapia existencial, sino que celebra
gustoso su parentesco con ellas. El
presente relato, aun siendo breve, está elaborado con arte y garra.
Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de desprenderme
de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del libro,
Frankl presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace como
sin solución de continuidad y tan quedamente que sólo cuando
ha terminado el libro el lector se percata de que está ante un
ensayo profundo y no ante un relato más, forzosamente, sobre campos
de concentración. Es
mucho lo que el lector aprende de este fragmento autobiográfico
: aprende lo que hace un ser humano cuando, de pronto,
se da cuenta de que no tiene "nada que perder excepto su ridícula
vida desnuda". La descripción que hace Frankl de la mezcla
de emociones y apatía que se agolpan en la mente es impresionante.
Lo primero que acude en nuestro auxilio es una curiosidad,
fría y despegada, por nuestro propio destino. A continuación,
y con toda rapidez, se urden las estrategias para salvar
lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de sobrevivir
sean mínimas. El hambre, la humillación y la sorda cólera
ante la injusticia se hacen tolerables a través de las 8 imágenes
entrañables de las personas amadas, de la religión, de un
tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza estimulante
de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol. Pero
estos momentos de alivio no determinan la voluntad de vivir,
si es que no contribuyen a aumentar en el prisionero la noción
de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto donde
encontramos el tema central del existencialismo: vivir es sufrir;
sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene algún
objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero nadie
puede decirle a nadie en qué consiste este objeto: cada uno debe
hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su respuesta
le dicta. Si triunfa en el empeño, seguirá desarrollándose
a pesar de todas las indignidades. Frankl gusta de citar
a Nietzsche: "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará casi
siempre el como". En
el campo de concentración, todas las circunstancias conspiran
para conseguir que el prisionero pierda sus asideros. Todas
las metas de la vida familiar han sido arrancadas de cuajo, lo
único que resta es "la última de las libertades humanas", la capacidad
de "elegir la actitud personal ante un conjunto de circunstancias".
Esta última libertad, admitida tanto por los antiguos
estoicos como por los modernos existencialistas, adquiere
una vivida significación en el relato de Frankl. Los prisioneros
no eran más que hombres normales y corrientes, pero algunos
de ellos al elegir ser "dignos de su sufrimiento" atestiguan
la capacidad humana para elevarse por encima de su aparente
destino. Como
psicoterapeuta que es, el autor quiere saber cómo se puede
ayudar al hombre a alcanzar esta capacidad, tan diferenciadoramente
humana, por otra parte. ¿Cómo puede uno despertar
en un paciente el sentimiento de que tiene la responsabilidad
de vivir, por muy adversas que se presenten las circunstancias?
Frankl nos da cumplida cuenta de una sesión de terapia
colectiva que mantuvo con sus compañeros de prisión. A
petición del editor, el Dr. Frankl ha añadido a su autobiografía
una breve pero explícita exposición de los principios básicos
de la logoterapia. Hasta ahora casi todas las publicaciones 9 de
esta "tercera escuela vienesa de psicoterapia" (son sus predecesoras
las escuelas de Freud y Adler) se han editado preferentemente
en alemán, de modo que el lector acogerá con agrado
este suplemento del Dr. Frankl a su relato personal. A
diferencia de otros existencialistas europeos, Frankl no es ni pesimista
ni antirreligioso; antes al contrario, para ser un autor que
se enfrenta de lleno a la omnipresencia del sufrimiento y a las fuerzas
del mal, adopta un punto de vista sorprendentemente esperanzador
sobre la capacidad humana de trascender sus dificultades
y descubrir la verdad conveniente y orientadora. Recomiendo
calurosamente esta pequeña obrita, por ser una joya
de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo de
los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como filosófico
y ofrece una precisa introducción al movimiento psicológico
más importante de nuestro tiempo. GORDON
W. ALLPORT 10 Gordon
W. Allport, antiguo profesor de psicología de la Universidad
de Harvard, fue uno de los escritores y docentes más prestigiosos
de los Estados Unidos. Publicó numerosas obras originales
sobre psicología y fue director del 'Journal of Abnormal and
Social Psycbology". Precisamente a través de la labor pionera del
profesor Allport la trascendental teoría del Dr. Frankl se ha introducido
en aquel país; más aún, el interés que ha despertado la
logoterapia ha crecido a pasos agigantados debido en parte a su
reputación. 11 PARTE
PRIMERA UN
PSICÓLOGO EN UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN 12 "Un
psicólogo en un campo de concentración". No se trata, por lo
tanto, de un relato de hechos y sucesos, sino de experiencias personales,
experiencias que millones de seres humanos han sufrido
una y otra vez. Es la historia íntima de un campo de concentración
contada por uno de sus supervivientes. No se ocupa
de los grandes horrores que ya han sido suficiente y prolijamente
descritos (aunque no siempre y no todos los hayan creído),
sino que cuenta esa otra multitud de pequeños tormentos.
En otras palabras, pretende dar respuesta a la siguiente
pregunta: ¿Cómo incidía la vida diaria de un campo de concentración
en la mente del prisionero medio? Muchos
de los sucesos que aquí se describen no tuvieron lugar en
los grandes y famosos campos, sino en los más pequeños, que es
donde se produjo la mayor experiencia del exterminio. Tampoco
es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes héroes
y mártires, ni sobre los preeminentes "capos" — prisioneros
que actuaban como especie de administradores y tenían
privilegios especiales— o los prisioneros de renombre. Es decir,
no se refiere tanto a los sufrimientos de los poderosos, cuanto
a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión de víctimas
desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros normales
y corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva en
sus mangas, a quienes los "capos" realmente despreciaban. Mientras
estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que llevarse
a la boca, los "capos" no padecían nunca hambre; de hecho,
muchos de estos "capos" lo pasaron mucho mejor en los campos
que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros con
los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con mayor
crueldad que los hombres de las SS. Claro está que los "capos"
se elegían de entre aquellos prisioneros cuyo carácter hacía
suponer que serían los indicados para tales procedimientos, y
si no cumplían con lo que se esperaba de ellos, inmediatamente se
les degradaba. Pronto se fueron pareciendo tanto a los 13 miembros
de las SS y a los guardianes de los campos que se les podría
juzgar desde una perspectiva psicológica similar. Selección
activa y pasiva Es
muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de concentración
hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea en
la que piedad y simpatía aparecen mezcladas, sobre todo al no conocer
prácticamente nada de la dura lucha por la existencia que precisamente
en los campos más pequeños se libraba entre los prisioneros,
del combate inexorable por el pan de cada día y por la
propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por el
bien de uno mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como ejemplo
las veces en que oficialmente se anunciaba que se iba a trasladar
a unos cuantos prisioneros a un campo de concentración,
pero no era muy difícil adivinar que el destino final de
todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a los
más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les enviaba
a alguno de los campos centrales equipados con cámaras de
gas y crematorios. El proceso de selección era la señal para una
abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra otro.
Lo único que importaba es que el nombre de uno o el del amigo
fuera tachado de la lista de las víctimas aunque todos sabían
que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro. En
cada traslado tenía que haber un número determinado de pasajeros,
quien fuera no importaba tanto, puesto que cada uno de
ellos no era más que un número y así era como constaban en las
listas. Al entrar en el campo se les quitaban todos los documentos
y objetos personales (al menos ése era el método seguido
en Auschwitz), por consiguiente cada prisionero tenía la oportunidad
de adoptar un nombre o una profesión falsos y lo cierto
es que por varias razones muchos lo hacían. A las autoridades
lo único que les importaba eran los números de los prisioneros;
muchas veces estos números se tatuaban en la piel y,
además, había que llevarlos cosidos en determinada parte de los
pantalones, de la chaqueta o del abrigo. A ningún guardián 14 que
quisiera llevar una queja sobre un prisionero —casi siempre por
"pereza"— se le hubiera ocurrido nunca preguntarle su nombre;
no tenía más que echar una ojeada al número (¡y cómo temíamos
esas miradas por las posibles consecuencias!) y anotarlo
en su libreta. Volvamos
al convoy a punto de partir. No había tiempo para consideraciones
morales o éticas, ni tampoco el deseo de hacerlas.
Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse
con vida para volver con la familia que los esperaba en
casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni un
momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro "numero",
ocupara su puesto en la expedición. De
lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para seleccionar
a los "capos" era de tipo negativo; para este trabajo se
elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas felices
excepciones). Además de la selección de los "capos", que corría
a cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una especie
de proceso continuado de autoselección pasiva entre todos
los prisioneros. Por lo general, sólo se mantenían vivos aquellos
prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo en
campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la existencia;
los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier medio,
fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el robo,
la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos vuelto
de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o milagros
—como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien: los
mejores de entre nosotros no regresaron. El
informe del prisionero n.° 119.104: ensayo psicológico Este
relato trata de mis experiencias como prisionero común, pues
es importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve trabajando
en el campo como psiquiatra, ni siquiera como médico,
excepto en las últimas semanas. Unos pocos de mis colegas
fueron lo bastante afortunados como para estar empleados
en los rudimentarios puestos de primeros auxilios 15 aplicando
vendajes hechos de tiras de papel de desecho. Yo era un
prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del tiempo
estuve cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril. En
una ocasión mi trabajo consistió en cavar un túnel, sin ayuda, para
colocar una cañería bajo una carretera. Este hecho no quedó sin
recompensa, y así justamente antes de las Navidades de 1944 me
encontré con el regalo de los llamados "cupones de premio", de
parte de la empresa constructora a la que prácticamente habíamos
sido vendidos como esclavos: la empresa pagaba a las autoridades
del campo un precio fijo por día y prisionero. Los cupones
costaban a la empresa 50 Pfenning cada uno y podían canjearse
por seis cigarrillos, muchas veces varias semanas después,
si bien a menudo perdían su validez. Me convertí así en el
orgulloso propietario de dos cupones por valor de doce cigarrillos,
aunque lo más importante era que los cigarrillos se podían
cambiar por doce raciones de sopa y esta sopa podía ser un
verdadero respiro frente a la inanición durante dos semanas. El
privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los "capos", que
tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al prisionero
que trabajaba como capataz en un almacén o en un taller
y recibía cigarrillos a cambio de realizar tareas peligrosas. Las
únicas excepciones eran las de aquellos que habían perdido la voluntad
de vivir y querían "disfrutar" de sus últimos días. De modo
que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios cigarrillos
en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que había
renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y que,
una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba. Lo
que realmente importa ahora es determinar el verdadero sentido
de esta empresa. Muchos recuentos y datos sobre los campos
de concentración ya están en los archivos. En esta ocasión,
los hechos se considerarán significativos en cuanto formen
parte de la experiencia humana. Lo que este ensayo intenta
describir es la naturaleza exacta de dichas experiencias; para
los que estuvieron internados en aquellos campos se trata de explicar
estas experiencias a la luz de los actuales conocimientos y
a los que nunca estuvieron dentro puede ayudarles a aprehender
y, sobre todo a entender, las experiencias por las que atravesaron
ese porcentaje excesivamente reducido de los 16 prisioneros
supervivientes y su peculiar y, desde el punto de vista de
la psicología, totalmente nueva actitud frente a la vida. Estos antiguos
prisioneros suelen decir: "No nos gusta hablar de nuestras
experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de estas
explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos sentimos
entonces ni cómo nos sentimos ahora." Es
difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que la
psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es que
el hombre que hace sus observaciones mientras está prisionero
puede tener ese distanciamiento necesario? Sólo los que
son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su lejanía
para que lo que puedan decir sea realmente válido. Únicamente
el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus juicios
tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean quizá
desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento. Es preciso
hacer lo imposible para no caer en la parcialidad personal, y
ésta es la gran dificultad que encierra este tipo de obras: a veces
se hará necesario tener valor para contar experiencias muy íntimas.
El auténtico peligro de un ensayo psicológico de este tipo no
estriba en la posibilidad de que reciba un tono personal, sino en
que reciba un tinte tendencioso. Dejaré
a otros la tarea de decantar hasta la impersonalidad los contenidos
de este libro al objeto de obtener teorías objetivas a partir
de experiencias subjetivas, que puedan suponer una aportación
a la psicología o psicopatología de la vida en cautiverio,
investigada después de la primera guerra mundial, y que
nos hizo conocer el síndrome de la "enfermedad de la alambrada
de púas". Debemos a la segunda guerra mundial el haber
enriquecido nuestros conocimientos sobre la "psicopatología de
las masas" (si puedo citar esta variante de la conocida frase que
es el título de un libro de LeBon), al regalarnos la guerra de nervios
y la vivencia única e inolvidable de los campos de concentración. Llegado
a este punto desearía hacer una observación. En un principio
traté de escribir este libro de manera anónima, utilizando
tan solo mi número de prisionero. A ello me impulsó mi aversión
al exhibicionismo. Una vez terminado el manuscrito 17 comprendí
que el anonimato le haría perder la mitad de su valor, ya
que la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos. Decidí
expresar mis convicciones con franqueza, y por esta razón me
abstuve de suprimir algunos de los pasajes, venciendo incluso mi
desagrado hacia el exhibicionismo. 18 PRIMERA
FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPO Al
examinar e intentar ordenar la gran cantidad de material recogido
como resultado de las numerosas observaciones y experiencias
de los prisioneros, cabe distinguir tres fases en las reacciones
mentales de los internados en un campo de concentración:
la fase que sigue a su internamiento, la fase de la auténtica
vida en el campo y la fase siguiente a su liberación. Estación
Auschwitz El
síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajo ciertas
condiciones el shock puede incluso preceder a la admisión formal
del prisionero en el campo. Ofreceré, como ejemplo, las circunstancias
de mi propio internamiento. Unas
1500 personas estuvimos viajando en tren varios días con
sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80. Todos
teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lo poco
que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los coches estaban
tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superior de
las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer. Todos
creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de municiones
en donde nos emplearían como fuerza salarial. No sabíamos
dónde nos encontrábamos ni si todavía estábamos en Silesia
o ya habíamos entrado en Polonia. El silbato de la locomotora
tenía un sonido misterioso, como si enviara un grito de
socorro en conmiseración del desdichado cargamento que iba destinado
a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos acercábamos
sin duda a una estación principal. Y, de pronto, un grito
se escapó de los angustiados pasajeros: "¡Hay una señal, Auschwitz!"
Su solo nombre evocaba todo lo que hay de horrible en
el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios, matanzas indiscriminadas.
El tren avanzaba muy despacio, se diría que 19 estaba
indeciso, como si quisiera evitar a sus pasajeros, cuanto fuera
posible, la atroz constatación: ¡Auschwitz! A medida que iba amaneciendo
se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo: la
larga extensión de la cerca de varias hileras de alambrada espinosa;
las torres de observación; los focos y las interminables columnas
de harapientas figuras humanas, pardas a la luz grisácea
del amanecer, arrastrándose por los desolados campos hacia
un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de mando,
pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me llevaba
a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de horror,
pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a paso nos
fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible. A
su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial fue
interrumpido por voces de mando: a partir de entonces íbamos
a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otra vez,
en todos los campos. Sonaban igual que el último grito de una
víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas, cortantes,
como si vinieran de la garganta de un hombre que tuviera
que estar gritando así sin parar, un hombre al que asesinaran
una y otra vez... Las portezuelas del vagón se abrieron de
golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entró alborotando.
Llevaban uniformes rayados, tenían la cabeza afeitada,
pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas las lenguas
europeas imaginables y todos parecían conservar cierto humor,
que bajo tales circunstancias sonaba grotesco. Como el hombre
que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato optimismo
(que tantas veces me había ayudado a controlar mis sentimientos
aun en las situaciones más desesperadas) se aferró a
este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen estar
de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vez consiga
compartir su favorable posición. Hay
en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la "ilusión
del indulto", según el cual el condenado a muerte, en el instante
antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le indultarán
en el último segundo. También nosotros nos agarrábamos
a los jirones de esperanza y hasta el último momento
creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de las 20 mejillas
sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisioneros resultaba
un gran estímulo. Poco sabíamos entonces que componían
un grupo especialmente seleccionado que durante años
habían sido el comité de recepción de las nuevas expediciones
de prisioneros que llegaban a la estación un día tras otro.
Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje, incluidos
los escasos objetos personales y las alhajas de contrabando.
Auschwitz debe haber sido un extraño lugar en aquella
Europa de los últimos años de la guerra, un lugar repleto de
tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes, depositados
en sus enormes almacenes, sin contar los que estaban
en manos de las SS. A
la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños, metieron
a 1100 prisioneros en una barraca construida para albergar
probablemente a unas doscientas personas como máximo.
Teníamos hambre y frío y no había espacio suficiente ni para
sentarnos en cuclillas en el suelo desnudo, no digamos ya para
tendernos. Durante cuatro días, nuestro único alimento consistió
en un trozo de pan de unos 150 gramos. Pero yo oí a los prisioneros
más antiguos que estaban a cargo de la barraca regatear,
con uno de los componentes del comité de recepción, por
un alfiler de corbata de platino y diamantes. Al final, la mayor parte
de las ganancias se convertían en tragos de aguardiente. No me
acuerdo ya de cuántos miles de marcos se necesitaban para comprar
la cantidad de Schnaps necesaria para pasar una "tarde alegre",
pero sí sé que los prisioneros veteranos necesitaban esos tragos.
¿Quién podría culparles de tratar de drogarse bajo tales circunstancias?
Había otro grupo de prisioneros que conseguían aguardiente
de las SS casi sin limitación alguna: eran los hombres que
trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios y que sabían
muy bien que cualquier día serían relevados por otra remesa
y tendrían que dejar su obligado papel de ejecutores para convertirse
en víctimas. La
primera selección 21 Creo
que todos los que formaban parte de nuestra expedición vivían
con la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final, todo
iba a salir muy bien. No nos dábamos cuenta del significado que
encerraba la escena que expongo a continuación. Hasta la tarde
no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramos nuestro
equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de mujeres
y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de las
SS. Por sorprendente que parezca, tuve el valor de esconder mi
macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los hombres pasamos ante
el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el oficial localizaba
mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelo de
una bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente, al
irme aproximando a él me enderecé de modo que no se diera cuenta
de mi pesada carga. Ahora lo tenía frente a frente. Era un hombre
alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le sentaba
perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios y
mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una actitud
de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la mano
izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea del
siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño movimiento
de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y otras
a la derecha, pero sobre todo a la derecha. Tocaba
mi turno. Alguien me susurró que si nos enviaban a la derecha
("desde el punto de vista del espectador") significaba trabajos
forzados, mientras que la dirección a la izquierda era para
los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban a otro
campo. No podía hacer otra cosa que dejar que las cosas siguieran
su curso, como así sería a partir de entonces muchas veces
más. El macuto me pesaba y me obligaba a ladearme hacia la
izquierda, pero hice un esfuerzo para caminar erguido. El hombre
de las SS me miró de arriba abajo y pareció dudar; después
puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté con todas
mis fuerzas parecer distinguido: me hizo girar hasta que quedé
frente al lado derecho y seguí andando en aquella dirección. Por
la tarde nos explicaron la significación del juego del dedo. Se
trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre 22 nuestra
existencia o no existencia. Para la gran mayoría de aquella
expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; la sentencia
se ejecutó en las horas siguientes. Los que fueron enviados
hacia la izquierda marcharon directamente desde la estación
al crematorio. Dicho edificio, según me contó un prisionero
que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas en varios
idiomas europeos, la palabra "baño". Al entrar, a cada prisionero
se le entregaba una pastilla de jabón y después..., pero gracias
a Dios no necesito relatar lo que sucedía después. Muchos han
escrito ya sobre tanto horror. Los que nos habíamos salvado, la
minoría de nuestra expedición, supo aquella tarde la verdad. Pregunté
a los prisioneros que llevaban allí algún tiempo a dónde podrían
haber enviado a mi amigo y colega P. "¿Lo
mandaron hacia la izquierda?" "Sí",
repliqué. "Entonces
puede verle allí", me dijeron. "¿Dónde?"
La mano señalaba la chimenea que había a unos cuantos
cientos de yardas y que arrojaba al cielo gris de Polonia una
llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube de humo. "Allí
es donde está su amigo, elevándose hacia el cielo", fue su respuesta.
Pero entonces todavía no comprendía lo que quería decir
hasta que me revelaron la verdad con toda su crudeza. Pero
me estoy adelantando al contar las cosas. Desde un punto
de vista psicológico, teníamos un largo, muy largo, camino por
delante desde que pusimos el pie en la estación hasta nuestra primera
noche en el campo. Escoltados por los guardias de las SS que
iban cargados con pesados fusiles, nos hicieron recorrer a paso
ligero el camino que desde la estación atravesaba la alambrada
electrificada y el campo, hasta llegar al pabellón de desinfección;
para aquellos de nosotros que habíamos pasado la primera
selección, fue un auténtico baño. Una vez más se vio confirmada
nuestra ilusión de salvarnos. Los hombres de las SS parecían
casi casi encantadores. Pronto supimos por qué: eran amables
con nosotros mientras teníamos nuestros relojes de pulsera
y nos podían persuadir, en todos los tonos y maneras, para
que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido ya 23 todo
lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestro reloj
a aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algún día
nos lo devolverían con creces. Desinfección Esperamos
en un cobertizo que parecía ser la antesala de la cámara
de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y extendieron
unas mantas sobre las que teníamos que echar todo lo
que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entre nosotros
unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijo de
los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían conservar
su anillo de casados, una medalla o algún amuleto de oro.
Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo, absolutamente
todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza de
uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él furtivamente,
señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi chaqueta
y dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya sé
lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida, que
eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo evitarlo,
tengo que conservar este manuscrito a toda costa: contiene
la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?" Sí,
empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue dibujando
una mueca, primero de piedad, luego se mostró divertido,
burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en respuesta
a mi pregunta, una palabra que siempre estaba presente
en el vocabulario de los internados en el campo: "¡Mierda!"
Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante mí
e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase de
mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida anterior. De
pronto se produjo cierto revuelo entre mis compañeros de viaje,
que hasta ese momento permanecían de pie con los rostros pálidos,
asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez oíamos gritar,
dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, nos condujeron
a la antesala inmediata a los baños. Allí nos 24 agrupamos
en torno a un hombre de las SS que esperó hasta que todos
hubimos llegado. Entonces dijo: "Os daré dos minutos y mediré
el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos os desnudaréis
por completo y dejaréis en el suelo, junto a vosotros, todas
vuestras ropas. No podéis llevar nada con vosotros a excepción
de los zapatos, el cinturón, las gafas y, en todo caso, el braguero.
Empiezo a contar: ¡ahora!" Con
una rapidez impensable, la gente se fue desnudando. Según
pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos y tiraban
torpemente de su ropa interior, sin acertar con los cinturones
ni con los cordones de los zapatos. Fue entonces cuando
oímos los primeros restallidos del látigo; las correas de cuero
azotaron los cuerpos desnudos. A continuación nos empujaron
a otra habitación para afeitarnos: no se conformaron solamente
con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron ni un
solo pelo en nuestros cuerpos. Seguidamente pasamos a las duchas,
donde nos volvieron a alinear. A duras penas nos reconocimos;
pero, con gran alivio, algunos constataban que de las
duchas salía agua de verdad... Nuestra
única posesión: la existencia desnuda Mientras
esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos hizo
patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y lirondos
(incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que poseíamos
era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos quedaba
que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia anterior?
Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón, que
posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan. A los que
tenían braguero les estaba reservada todavía una pequeña sorpresa
más. Por la tarde, el prisionero veterano que estaba a cargo
de nuestro barracón nos dio la bienvenida con un discursito en
el que nos aseguró bajo su palabra de honor que, personalmente,
colgaría "de aquella viga" —y señaló hacia ella— a cualquiera
que hubiera cosido dinero o piedras preciosas a su braguero.
Y orgullosamente explicó que, como veterano que era, 25 las
leyes del campo le daban derecho a hacerlo. Con
los zapatos hubo también sus más y sus menos. Aunque se
suponía que los conservaríamos, los que poseían un par medio decente
tuvieron que entregarlos y, a cambio, les dieron otros zapatos
que no les servían. Pero los que estaban en verdadera dificultad
eran los prisioneros que habían seguido el consejo aparentemente
bien intencionado que les dieron (en la antesala) los
prisioneros veteranos y habían cortado las botas altas y untado
después jabón en los bordes para ocultar el sabotaje. Los hombres
de las SS parecían estar esperándolo. Todos los sospechosos
de tal delito pasaron a una pequeña habitación contigua.
Al cabo de un rato volvimos a oír los azotes del látigo y los
gritos de los hombres torturados. Esta vez el castigo duró bastante
tiempo. Las
primeras reacciones Las
ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía las
fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente, muchos
de nosotros nos sentimos embargados por un humor macabro.
Supimos que nada teníamos que perder como no fueran nuestras
vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchas empezaron
a correr, hicimos de tripas corazón e intentamos bromear
sobre nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después de todo
sobre nuestras espaldas caía agua de verdad!... Aparte
de aquella extraña clase de humor, otra sensación se apoderó
de nosotros: la curiosidad. Yo había experimentado ya antes
este tipo de curiosidad como reacción fundamental ante ciertas
circunstancias extrañas. Cuando en una ocasión estuve a punto
de perder la vida en un accidente de montañismo, en el momento
crítico, durante segundos (o tal vez milésimas de segundo)
sólo tuve una sensación: curiosidad, curiosidad sobre si saldría
con vida o con el cráneo fracturado o cualquier otro percance. Una
fría curiosidad era lo que predominaba incluso en Auschwitz,
algo que separaba la mente de todo lo que la rodeaba 26 y
la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad. Al
llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo como medida
de protección. Estábamos ansiosos por saber lo que sucedería
a continuación y qué consecuencias nos traería, por ejemplo,
estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de otoño,
completamente desnudos y todavía mojados por el agua de
la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en sorpresa,
la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado. A
los recién llegados nos estaban reservadas todavía muchas sorpresas
de este tipo. Los médicos que había en nuestro grupo fuimos
los primeros en aprender que los libros de texto mienten. En
alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado número
de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo había vivido
convencido de que existían unas cuantas cosas que sencillamente
no podía hacer: no podía dormir sin esto, o no podía
vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos en
literas de tres pisos. En cada litera (que medía aproximadamente
2 X 2,5 m) dormían nueve hombres, directamente
sobre los tablones. Para cada nueve había dos mantas.
Claro está que sólo podíamos tendernos de costado, apretujados
y amontonados los unos contra los otros, lo que tenía ciertas
ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos. Aunque
estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunos los
utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo. Si
no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de un brazo
casi dislocado. Y aún así, el sueño venía y traía olvido y alivio
al dolor durante unas pocas horas. Me
gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de lo que
éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos los dientes
y, sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica, nuestras
encías estaban más saludables que antes. Teníamos que llevar
la misma camisa durante medio año, hasta que perdía la apariencia
de tal. Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos ni siquiera
parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y, sin
embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el trabajo
de la tierra no supuraban (es decir, a menos que se congelaran).
O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero y al 27 que
molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, se acostaba
ahora apretujado junto a un camarada que roncaba ruidosamente
a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormía profundamente
a pesar del ruido. Si alguien nos preguntara sobre la
verdad de la afirmación de Dostoyevski que asegura terminantemente
que el hombre es un ser que puede ser utilizado para
cualquier cosa, contestaríamos: "Cierto, para cualquier cosa, pero
no nos preguntéis cómo". ¿“Lanzarse
contra la alambrada''? Nuestro
ensayo psicológico no nos ha llevado tan lejos todavía;
ni tampoco nosotros los prisioneros estábamos entonces en
condiciones de saberlo. Aún nos hallábamos en la primera fase de
nuestras reacciones psicológicas. Lo desesperado de la situación,
la amenaza de la muerte que día tras día, hora tras hora,
minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidad de
la muerte de otros —la mayoría— hacía que casi todos, aunque fuera
por breve tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse. Fruto
de las convicciones personales que más tarde mencionaré, la
primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la promesa
de que no "me lanzaría contra la alambrada". Esta era la frase
que se utilizaba en el campo para describir el método de suicidio
más popular: tocar la cerca de alambre electrificada. Esta decisión
negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil de
tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno el suicidarse,
ya que para el término medio de los prisioneros, las expectativas
de vida, consideradas objetivamente y aplicando el cálculo
de probabilidades, eran muy escasas. Ninguno de nosotros podía
tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el pequeño porcentaje
de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones. En
la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía la
muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas perdían
para él todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban el acto
de suicidarse. Compañeros
a quienes he encontrado más tarde me han 28 asegurado
que yo no fui uno de los más deprimidos tras el shock del
internamiento. Recuerdo que me limité a sonreír y, muy sinceramente,
cuando ocurrió este episodio la mañana siguiente a nuestra
primera noche en Auschwitz. A pesar de las órdenes estrictas
de no salir de nuestros barracones, un colega que había llegado
a Auschwitz unas semanas antes se coló en el nuestro. Quería
calmarnos y tranquilizarnos y nos contó algunas cosas. Había
adelgazado tanto que, al principio, no le reconocí. Con un tinte
de buen humor y una actitud despreocupada nos dio unos cuantos
consejos apresurados: "¡No
tengáis miedo! ¡No temáis las selecciones! El Dr. M. (jefe sanitario
de las SS) tiene cierta debilidad por los médicos." (Esto era
falso; las amables palabras de mi amigo no correspondían a la verdad.
Un prisionero de unos 60 años, médico de un bloque de barracones,
me contó que había suplicado al Dr. M. para que liberara
a su hijo que había sido destinado a la cámara de gas. El Dr.
M. rehusó fríamente ayudarle.) "Pero
una cosa os suplico, continuó, que os afeitéis a diario, completamente
si podéis, aunque tengáis que utilizar un trozo de vidrio
para ello... aunque tengáis que desprenderos del último pedazo
de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán que vuestras
mejillas parezcan más lozanas. Si queréis manteneros vivos
sólo hay un medio: aplicaros a vuestro trabajo. Si alguna vez
cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña ampolla en el talón,
y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguiente podéis
asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis a quién
llamamos aquí un "musulmán"? Al que tiene un aspecto miserable,
por dentro y por fuera, enfermo y demacrado y es incapaz
de realizar trabajos duros por más tiempo: ése es un "musulmán".
Más pronto o más tarde, por regla general más pronto,
el "musulmán" acaba en la cámara de gas. Así que recordad:
debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, y no
tendréis por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, aun cuando
sólo haga 24 horas, no tenéis que temer al gas, excepto quizás
tú." Y entonces señalando hacia mí, dijo: "Espero que no te
importe que hable con franqueza." Y repitió a los demás: "De todos
vosotros él es el único que debe temer la próxima selección. 29 Así
que no os preocupéis." Y yo sonreí. Ahora estoy convencido de que
cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo aquel día. Fue
Lessing quien dijo en una ocasión: "Hay cosas que deben haceros
perder la razón, o entonces es que no tenéis ninguna razón
que perder." Ante una situación anormal, la reacción anormal
constituye una conducta normal. Aún nosotros, los psiquiatras,
esperamos que los recursos de un hombre ante una situación
anormal, como la de estar internado en un asilo, sean anormales
en proporción a su grado de normalidad. La reacción de
un hombre tras su internamiento en un campo de concentración
representa igualmente un estado de ánimo anormal,
pero juzgada objetivamente es normal y, como más tarde
demostraré, una reacción típica dadas las circunstancias. 30 SEGUNDA
FASE: LA VIDA EN EL CAMPO Apatía Las
reacciones descritas empezaron a cambiar a los pocos días.
El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una fase
de apatía relativa en la que llegaba a una especie de muerte emocional.
Aparte de las emociones ya descritas, el prisionero recién
llegado experimentaba las torturas de otras emociones más dolorosas,
todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de todas
era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A veces
era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia. Seguía
después la repugnancia que le producía toda la fealdad que
le rodeaba, incluso en las formas externas más simples. A
muchos de los prisioneros se les entregaba un uniforme andrajoso
que, por comparación, hubiera hecho parecer elegante a
un espantapájaros. Entre los barracones del campo no había nada
más que barro y cuanto más se trabajaba para eliminarlo más
se hundía uno en él. Una de las prácticas favoritas consistía en
destacar a un recién llegado en el grupo encargado de limpiar las
letrinas y retirar los excrementos. Si, como solía suceder, parte
de éstos le salpicaba la cara al trasladarlos entre los desniveles
del campo, cualquier signo de asco por parte del prisionero
o la intención de quitarse la porquería de la cara merecía
cuando menos un latigazo por parte del "capo", indignado ante
la "delicadeza" del prisionero. De esta forma se aceleraba la mortificación
ante las reacciones normales. Al
principio, el prisionero volvía la cabeza ante las marchas de castigo
de otros grupos; no podía soportar la contemplación de sus
compañeros yendo arriba y abajo durante horas, hundidos en el
fango, acompañadas las órdenes de golpes. Unos días o unas semanas
después, las cosas cambiaban. Por la mañana temprano, cuando
todavía estaba oscuro, el prisionero se plantaba frente a la
puerta, junto con su destacamento, listo para marchar. Oía un 31 grito
y veía tirar a golpes al suelo a un camarada; se volvía a poner
de pie y nuevamente le volvían a derribar al suelo. ¿Y todo por
qué? Tenía fiebre, pero se había presentado a la enfermería en
un momento inoportuno. Le castigaban por tratar de zafarse de
sus deberes de esta forma irregular. El
prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus reacciones
psicológicas no apartaba la vista. Al llegar a ese punto, sus
sentimientos se habían embotado y contemplaba impasible tales
escenas. Otro ejemplo: cuando ese mismo prisionero estaba por
la tarde esperando ante la enfermería con la esperanza de que
le concederían dos días de trabajos ligeros dentro del campo a
causa de sus heridas o quizás por el edema o la fiebre, observaba
impertérrito cómo era arrastrado un muchacho de 12 años
para el que no había ya zapatos en el campo y le habían obligado
a estar en posición firme durante horas bajo la nieve o a trabajar
a la intemperie con los pies desnudos. Se le habían congelado
los dedos y el médico le arrancaba los negros muñones gangrenados
con tenazas, uno por uno. Asco, piedad y horror eran
emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los que
sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran cosas
tan comunes para él tras unas pocas semanas en el campo que
no le conmovían en absoluto. Estuve
algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos de
tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes estaban
agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo contemplaba
sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena, que
se repetía una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por uno,
los prisioneros se acercaban al cuerpo todavía caliente de su compañero.
Uno agarraba los restos de las hediondas patatas de la
comida del mediodía, otro decidía que los zapatos de madera del
cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba. Otro hacía
lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con agenciarse
—¡Imagínense qué cosa!— un trozo de cuerda auténtica.
Y todo esto yo lo veía impertérrito, sin conmoverme lo más
mínimo. Pedía al "enfermo" que retirara el cadáver. Cuando se
decidía a hacerlo, lo cogía por las piernas, dejaba que se deslizara
al estrecho pasillo entre las dos hileras de tablas que 32 constituían
las camas de los cincuenta enfermos de tifus y lo arrastraba
por el desigual suelo de tierra hasta la puerta. Los dos escalones
que había que subir para salir al aire libre siempre constituían
un problema para nosotros, que estábamos exhaustos por
falta de alimentación. Tras unos cuantos meses de estancia en
el campo, éramos incapaces de subir las escaleras sin agarrarnos
a la puerta para darnos impulso. El hombre que arrastraba
el cadáver se acercaba a los escalones. A duras penas podía
subir él; a continuación tenía que izar el cadáver: primero los
pies, luego el tronco y finalmente —con un ruido extraño— la cabeza
del muerto subía botando los dos escalones. Acto seguido nos
distribuían la ración diaria de sopa. Mi sitio estaba en la parte opuesta
del barracón, cerca de la pequeña y única ventana, situada
casi a ras del suelo. Mientras mis frías manos agarraban la
taza de sopa caliente de la que yo sorbía con avidez, miraba por
la ventana. El cadáver que acababan de llevarse me estaba mirando
con sus ojos vidriosos; sólo dos Horas antes había estado hablando
con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi falta
de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de vista
del interés profesional, ahora no recordaría este incidente, tal
era el escaso sentimiento que en mí despertaba. Lo
que hace daño La
apatía, el adormecimiento de las emociones y el sentimiento
de que a uno no le importaría ya nunca nada eran los síntomas
que se manifestaban en la segunda etapa de las reacciones
psicológicas del prisionero y lo que, eventualmente, le hacían
insensible a los golpes diarios, casi continuos. Gracias a esta
insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un caparazón
protector muy necesario. Los golpes se producían a la mínima
provocación y algunas veces sin razón alguna. Por ejemplo:
el pan se repartía en el lugar donde trabajábamos y teníamos
que ponernos en fila para obtenerlo. En una ocasión, el que
estaba detrás de mí se corrió ligeramente hacia un lado y esta
mínima falta de simetría desagradó al guardián de las SS. Yo 33 no
sabía lo que ocurría en la fila detrás de mí, ni lo que pasaba por
la mente del guardia, pero, de pronto, recibí dos fuertes golpes
en la cabeza. Sólo entonces me di cuenta de que a mi lado había
un guardia y que estaba usando su vara. En tales momentos
no es ya el dolor físico lo que más nos hiere (y esto se aplica
tanto a los adultos como a los niños); es la agonía mental causada
por la injusticia, por lo irracional de todo aquello. Por
extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a dar,
puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que atine
en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del ferrocarril
bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal nuestra
cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con bastante
ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única forma
de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una pausa
para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por desgracia,
el guardia se dio entonces media vuelta y pensó que yo estaba
holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus insultos
o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena gastar
su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento contra
aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de él
y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura humana.
En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó contra
mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la atención
de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que realice
su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en común
que ni siquiera hay que molestarse en castigarla. El
insulto El
aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que incluyen.
En una ocasión teníamos que arrastrar unas cuantas traviesas
largas y pesadas sobre las vías heladas. Si un hombre resbalaba,
no sólo corría peligro él, sino todos los que cargaban la misma
traviesa. Un antiguo amigo mío tenía una cadera dislocada de
nacimiento. Podía estar contento de trabajar a pesar del defecto,
ya que los que padecían algún defecto físico era casi 34 seguro
que los enviaban a morir en la primera selección. Mi amigo se
bamboleaba sobre el raíl con aquella traviesa especialmente pesada
y estaba a punto de caerse y arrastrar a los demás con él. En
aquel momento yo no arrastraba ninguna traviesa, así que salté
a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente sentí un golpe
en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a mi
puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó nos
había dicho despectivamente que los "cerdos" como nosotros no
teníamos espíritu de compañerismo. En
otra ocasión y a una temperatura de menos de veinte grados
centígrados empezamos a cavar el suelo del bosque, que estaba
helado, para tender unas cañerías. Para entonces ya me había
debilitado mucho físicamente. Vi venir a un capataz con sus rechonchas
mejillas sonrosadas. Su cara recordaba inevitablemente
la cabeza de un cerdo. Me fijé, con envidia, en sus
cálidos guantes, mientras pensaba que nosotros teníamos que trabajar
con las manos desnudas y sin ninguna prenda de abrigo, como
su chaqueta de cuero forrada de piel, bajo aquel frío tan intenso.
Durante un momento me observó en silencio. Sentí que se
mascaba la tragedia, ya que junto a mí tenía el montón de tierra
que mostraba exactamente lo poco que había cavado. Entonces:
"Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo te
enseñaré a trabajar. Espera a ver como cavas la tierra con los dientes,
morirás como un animal. ¡En dos días habré acabado contigo!
No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú, puerco,
un hombre de negocios?" Ya
había dejado de importarme todo. Pero tenía que tomar en serio
esta amenaza de muerte, así que saqué todas mis fuerzas y le
miré directamente a los ojos: "Era médico especialista." "¿Qué?
¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de dinero
a tus pacientes." "La
verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía sin cobrar
nada, en las clínicas para pobres." Al llegar aquí, comprendí
que había dicho demasiado. Se arrojó sobre mí y me derribó
al suelo gritando como un energúmeno. No puedo recordar
lo que gritaba. 35 Afortunadamente
el "capo" de mi cuadrilla se sentía obligado hacia
mí; sentía hacia mí cierta simpatía porque yo escuchaba sus historias
de amor y sus dificultades matrimoniales, que me contaba
en las largas caminatas a nuestro lugar de trabajo. Le había
causado cierta impresión con mi diagnosis sobre su carácter y
mi consejo psicoterapéutico. A partir de este momento me estaba
agradecido y ello me fue de mucho valor. En ocasiones anteriores
me había reservado un puesto junto a él en las cinco primeras
hileras de nuestro destacamento, que normalmente componían
280 hombres. Era un favor muy importante. Teníamos que
alinearnos por la mañana muy temprano cuando todavía estaba
oscuro. Todo el mundo tenía miedo de llegar tarde y tener que
quedarse en las hileras de la cola. Si se necesitaban hombres para
hacer un trabajo desagradable, el jefe de los "capo" solía reclutar
a los hombres que necesitaba de entre los de las últimas filas.
Estos hombres tenían que marchar lejos a otro tipo de trabajo,
especialmente temido, a las órdenes de guardias desconocidos.
De vez en cuando, el "capo" elegía a los hombres de
las primeras cinco filas para sorprender a los que se pasaban de
listos. Todas las protestas y súplicas eran silenciadas con unos cuantos
puntapiés que daban en el blanco y las víctimas de su elección
eran llevadas al lugar de reunión a base de gritos y golpes. Ahora
bien, mientras duraron las confesiones de mi "capo", nunca
me sucedió eso a mí. Tenía garantizado un puesto de honor junto
a él, lo que comportaba además otra ventaja. Como casi todos
los que estaban internados en el campo, yo padecía edema de
hambre. Mis piernas estaban tan hinchadas y la piel tan tirante que
apenas podía doblar las rodillas. No podía atarme los zapatos si
quería que cupieran en ellos mis pies hinchados. No hubiera quedado
espacio para los calcetines aun cuando los hubiera tenido.
Mis pies parcialmente desnudos estaban siempre mojados y
los zapatos llenos de nieve. Ello me producía, naturalmente, congelaciones
y sabañones. Cada paso que daba constituía una verdadera
tortura. Durante las largas marchas sobre los campos nevados
se formaban en nuestros zapatos carámbanos de hielo. Una
y otra vez los hombres resbalaban y los que les seguían tropezaban
y caían encima de ellos. Entonces la columna se 36 detenía
unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en acción
uno de los guardias y golpeaba a los hombres con la culata de
su rifle, haciendo que se levantaran rápidamente. Cuanto más adelantado
se estuviera en la columna, menos probabilidades tenías
de detenerte y de tener que recuperar después la distancia perdida
corriendo con los pies doloridos. ¡Qué agradecido debía sentirme
por haber sido designado médico personal de su señoría el
"capo" y por marchar en cabeza a un paso regular! Como pago adicional
a mis servicios, yo podía estar seguro de que mientras en
nuestro lugar de trabajo se repartiera un plato de sopa a la hora
de comer, cuando llegara mi turno, él metería el cacillo hasta el
fondo del perol para pescar unas pocas habichuelas. Este
mismo "capo", que anteriormente había sido oficial del ejército,
se había atrevido a musitar al capataz, aquel que se había
irritado conmigo, que me consideraba un trabajador excepcionalmente
bueno. No es que esto me ayudara mucho, pero
sí sirvió para salvarme la vida (una de las muchas veces que se
salvaría). Al día siguiente del episodio con el capataz el "capo" me
metió de contrabando en otra cuadrilla de trabajo. Con
este suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que hay
momentos en que la indignación puede surgir incluso en un prisionero
aparentemente endurecido, indignación no causada por la
crueldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido. Aquella vez,
la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a escuchar
a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más remota
idea de cómo era yo, un hombre (debo confesarlo: la observación
que expongo seguidamente la hice a mis compañeros de
prisión tras la escena, lo que me produjo un cierto alivio infantil)
"que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de la
sala de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera permitido
pasar". Había
también capataces que se preocupaban por nosotros y hacían
cuanto podían por aliviar nuestra situación, cuando menos al
pie de obra. Pero aún así no cesaban de recordarnos que un trabajador
normal hacía siete veces nuestro trabajo y en menos tiempo.
Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando argüíamos
que ningún trabajador normal y corriente vivía con 300 37 g
de pan (teóricamente, pero en la práctica recibíamos menos) y 1
litro de sopa aguada al día; que un obrero normal no vivía bajo la
presión mental a la que nos veíamos sometidos, sin noticias de nuestros
familiares que, o bien habían sido enviados a otro campo o
habían muerto en las cámaras de gas; que un trabajador normal
no vivía amenazado de muerte continuamente, todos los días
y a todas horas. Una vez incluso me permití decirle a un capataz
amablemente: "Si usted aprendiera de mí a operar el cerebro
con tanta rapidez como yo estoy aprendiendo de usted a hacer
carreteras, sentiría un gran respeto por usted." Y él hizo una
mueca. La
apatía, el principal síntoma de la segunda fase, era un mecanismo
necesario de autodefensa. La realidad se desdibujaba y
todos nuestros esfuerzos y todas nuestras emociones se centraban
en una tarea: la conservación de nuestras vidas y la de otros
compañeros. Era típico oír a los prisioneros, cuando al atardecer
los conducían como rebaños de vuelta al campo desde sus
lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: "Bueno, ya pasó
el día." Los
sueños de los prisioneros Fácilmente
se comprende que un estado tal de tensión junto con
la constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar vivos,
forzaba la vida íntima del prisionero a descender a un nivel primitivo.
Algunos de mis colegas del campo, que habían estudiado
psicoanálisis, solían hablar de la "regresión" del internado
en el campo: una retirada a una forma más primitiva de vida
mental. Sus Apetencias y deseos se hacían obvios en sus sueños. Pero,
¿con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles, cigarrillos
y baños de agua templada. El no tener satisfechos esos simples
deseos les empujaba a buscar en los sueños su cumplimiento.
Si estos sueños eran o no beneficiosos ya es otra cuestión;
el soñador tenía que despertar de ellos y ponerse en la 38 realidad
de la vida en el campo y del terrible contraste entre ésta y
sus ilusiones. Nunca
olvidaré una noche en la que me despertaron los gemidos
de un prisionero amigo, que se agitaba en sueños, obviamente
víctima de una horrible pesadilla. Dado que desde siempre
me he sentido especialmente dolorido por las personas que
padecen pesadillas angustiosas, quise despertar al pobre hombre.
Y de pronto retiré la mano que estaba a punto de sacudirle,
asustado de lo que iba a hacer. Comprendí en seguida de
una forma vivida, que ningún sueño, por horrible que fuera, podía
ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba y a
la que estaba a punto de devolverle. El
hambre Debido
al alto grado de desnutrición que los prisioneros sufrían,
era natural que el deseo de procurarse alimentos fuera el instinto
más primitivo en torno al cual se centraba la vida mental. Observemos
a la mayoría de los prisioneros que trabajan uno junto
a otro y a quienes, por una vez, no vigilan de cerca. Inmediatamente
empiezan a hablar sobre la comida. Un prisionero
le pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es su
plato preferido. Intercambiarán recetas y planearán un menú para
el día en que se reúnan: el día de un futuro distante en que sean
liberados y regresen a casa. Y así seguirán y seguirán, describiendo
con todo detalle, hasta que de pronto una advertencia
se irá transmitiendo, normalmente en forma de consigna
o número de contraseña: "el guardia se acerca". Siempre
consideré las charlas sobre comida muy peligrosas. ¿Acaso
no es una equivocación provocar al organismo con aquellas
descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha conseguido
adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a las
escasas calorías? Aunque de momento puedan parecer un alivio
psicológico, se trata de una ilusión, que psicológicamente, y sin
ninguna duda, no está exenta de peligro. Durante
la última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta 39 diaria
consistía en una única ración de sopa aguada y un pequeñísimo
pedazo de pan. Se nos repartía, además, una "entrega
extra" consistente en 20 gr de margarina o una rodaja de
salchicha de baja calidad o un pequeño trozo de queso o una pizca
de algo que pretendía ser miel o una cucharada de jalea aguada,
cada día una cosa. Una dieta absolutamente inapropiada en
cuanto a calorías, sobre todo teniendo en cuenta nuestro pesado
trabajo manual y nuestra continua exposición a la intemperie
con ropas inadecuadas. Los
enfermos que "necesitaban cuidados especiales" —es decir,
a los que permitían quedarse en el barracón en vez de ir a trabajar—
estaban todavía en peores condiciones. Cuando desaparecieron
por completo las últimas capas de grasa subcutánea
y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y andrajos,
comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se devoraban
a sí mismos. El organismo digería sus propias proteínas
y los músculos desaparecían; al cuerpo no le quedaba ningún
poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de nuestra
pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de nosotros
podía calcular con toda precisión quién sería el próximo y
cuándo le tocaría a él. Tras muchas observaciones conocíamos bien
los síntomas, lo que hacía que nuestros pronósticos fuesen siempre
acertados. "No va a durar mucho", o "él es el próximo" nos
susurrábamos entre nosotros, y cuando en el curso de nuestra
diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios cuerpos
desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: Este cuerpo,
mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy más
que una pequeña parte de una gran masa de carne humana...
de una masa encerrada tras la alambrada de espinas, agolpada
en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la cual
día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya no
tiene vida. Ya
he mencionado hasta qué punto no se podían olvidar los pensamientos
sobre platos favoritos que se introducían a la fuerza en
la conciencia del prisionero, en cuanto tenía un instante de asueto.
Tal vez pueda entenderse, pues, que aun el más fuerte de nosotros
soñara con un futuro en el que tendría buenos alimentos 40 y
en cantidad, no por el hecho de la comida en sí, sino por el gusto
de saber que la existencia infrahumana que nos hacía incapaces
de pensar en otra cosa que no fuera comida se acabaría por
fin de una vez. Los
que no hayan pasado por una experiencia similar difícilmente
pueden concebir el conflicto mental destructor del alma
ni los conflictos de la fuerza de voluntad que experimenta un hombre
hambriento. Difícilmente pueden aprehender lo que significa
permanecer de pie cavando una trinchera, sin oír otra cosa
que la sirena anunciando las 9,30 o las 10 de la mañana —la media
hora de descanso para almorzar— cuando se repartía el pan
(si es que lo había); preguntando una y otra vez al capitán — si
éste no era un tipo excesivamente desagradable— qué hora era;
tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo, cogiéndolo
primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo después
una migaja, llevársela a la boca para, finalmente, con un último
esfuerzo de voluntad, guardársela otra vez en el bolsillo, prometiéndose
a uno mismo aquella mañana que lo conservaría hasta
mediodía. Podíamos
sostener discusiones inacabables sobre la sensatez o insensatez
de los métodos utilizados para conservar la ración diaria
de pan que durante la última época de nuestro confinamiento
sólo se nos entregaba una vez al día. Había dos escuelas
de pensamiento: una era partidaria de comerse la ración de
pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer los
peores retortijones del hambre, los más dolorosos, durante un breve
período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía posibles
robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo sostenía
que era mejor dividir la porción y utilizaba diversos argumentos.
Finalmente yo engrosé las filas de este último grupo. El
momento más terrible de las 24 horas de la vida en un campo
de concentración era el despertar, cuando, todavía de noche,
los tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin piedad
de nuestro dormir exhausto y de las añoranzas de nuestros
sueños. Empezábamos entonces a luchar con nuestros zapatos
mojados en los que a duras penas podíamos meter los pies,
llagados e hinchados por el edema. Y entonces venían los 41 lamentos
y quejidos de costumbre por los pequeños fastidios, tales
como enganchar los alambres que reemplazaban a los cordones.
Una mañana vi a un prisionero, al que tenía por valiente
y digno, llorar como un crío porque tenía que ir por los caminos
nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus zapatos
demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales minutos
yo gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un trozo
de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba absorto
en un puro deleite. Sexualidad La
desnutrición, además de ser causa de la preocupación general
por la comida, probablemente explica también el hecho de
que el deseo sexual brillara por su ausencia. Aparte de los efectos
del shock inicial, ésta parece ser la única explicación del fenómeno
que un psicólogo se veía obligado a observar en aquellos
campos sólo de hombres: que, en oposición a otros establecimientos
estrictamente masculinos —como los barracones del
ejército— la perversión sexual era mínima. Incluso en sueños, el
prisionero se ocupaba muy poco del sexo, aun cuando según el psicoanálisis
"los instintos inhibidos", es decir, el deseo sexual del prisionero
junto con otras emociones deberían manifestarse de forma
muy especial en los sueños. Ausencia
de sentimentalismo En
la mayoría de los prisioneros, la vida primitiva y el esfuerce de
tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo llevaba
a un abandono total de lo que no sirviera a tal propósito, lo
que explicaba la ausencia total de sentimentalismo en los prisioneros.
Esto lo experimenté por mí mismo cuando me trasladaron
desde Auschwitz a Dachau. El tren que conducía a unos
2000 prisioneros atravesó Viena. Era a eso de la medianoche cuando
pasamos por una de las estaciones de la ciudad. Las vías nos
acercaban a la calle donde yo nací, a la casa donde yo había 42 vivido
tantos años, en realidad hasta que caí prisionero. Éramos cincuenta
prisioneros en aquel vagón, que tenía dos pequeñas mirillas
enrejadas. Tan solo había sitio para que un grupo se sentara
en cuclillas en el suelo, mientras que el resto —que debía permanecer
horas y horas de pie— se agolpaba en torno a los ventanucos.
Alzándome de puntillas y mirando desde atrás por encima
de las cabezas de los otros, por entre los barrotes de los ventanucos,
tuve una visión fantasmagórica de mi ciudad natal. Todos
nos sentíamos más muertos que vivos, pues pensábamos que
nuestro transporte se dirigía al campo de Mauthausen y sólo nos
restaban una o dos semanas de vida. Tuve la inequívoca sensación
de estar viendo las calles, las plazas y la casa de mi niñez
con los ojos de un muerto que volviera del otro mundo para contemplar
una ciudad fantasma. Varias horas después, el tren salió
de la estación y allí estaba la calle, ¡mi calle! Los jóvenes que
ya habían pasado años en un campo de concentración y para quienes
el viaje constituía un acontecimiento escudriñaban el paisaje
a través de las mirillas. Les supliqué, les rogué que me dejasen
pasar delante aunque fuera sólo un momento. Intenté explicarles
cuánto significaba para mí en este momento mirar por el
ventanuco, pero mis súplicas fueron desechadas con rudeza y cinismo:
"¿Qué has vivido ahí tantos años? Bueno, entonces ya lo tienes
demasiado visto." Política
y religión Esta
ausencia de sentimientos en los prisioneros "con experiencia"
es uno de los fenómenos que mejor expresan esa desvalorización
de todo lo que no redunde en interés de la conservación
de la propia vida. Todo lo demás el prisionero lo consideraba
un lujo superfino. En general, en el campo sufríamos también
de "hibernación cultural", con sólo dos excepciones: la política
y la religión: todo el campo hablaba, casi continuamente, de
política; las discusiones surgían ante todo de rumores que se cazaban
al vuelo y se transmitían con ansia. Los rumores sobre la situación
militar casi siempre eran contradictorios. Se sucedían 43 con
rapidez y lo único que conseguían era azuzar la guerra de nervios
que agitaba las mentes de todos los prisioneros. Una y otra
vez se desvanecían las esperanzas de que la guerra acabara con
celeridad, esperanzas avivadas por rumores optimistas. Algunos
hombres perdían toda esperanza, pero siempre había optimistas
incorregibles que eran los compañeros más irritantes. Cuando
los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas eran
las más sinceras que cabe imaginar y, muy a menudo, el recién
llegado quedaba sorprendido y admirado por la profundidad
y la fuerza de las creencias religiosas. A este respecto
lo más impresionante eran las oraciones o los servicios religiosos
improvisados en el rincón de un barracón o en la oscuridad
del camión de ganado en que nos llevaban de vuelta al campo
desde el lejano lugar de trabajo, cansados, hambrientos y helados
bajo nuestras ropas harapientas. Durante
el invierno y la primavera de 1945 se produjo un brote
de tifus que afectó a casi todos los prisioneros. El índice de mortalidad
fue elevado entre los más débiles, quienes habían de continuar
trabajando hasta el límite de sus fuerzas. Los chamizos de
los enfermos carecían de las mínimas condiciones, apenas teníamos
medicamentos ni personal sanitario. Algunos de los síntomas
de la enfermedad eran muy desagradables: una aversión
irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que constituía
un peligro más para la vida) y terribles ataques de delirio.
El peor de los casos de delirio lo sufrió un amigo mío que creía
que se estaba muriendo y al intentar rezar era incapaz de encontrar
las palabras. Para evitar estos ataques yo y muchos otros
intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de la noche.
Durante horas redactaba discursos mentalmente. En un momento
dado, empecé a reconstruir el manuscrito que había perdido
en la cámara de desinfección de Auschwitz y, en taquigrafía,
garabateé las palabras clave en trozos de papel diminutos. Una
sesión de espiritismo 44 De
vez en cuando se suscitaba una discusión científica y en una
ocasión presencié algo que jamás había visto durante mi vida normal,
aun cuando, tangencialmente, se relacionaba con mis intereses
científicos: una sesión de espiritismo. Me invitó el médico
jefe del campo (prisionero también), quien sabía que yo era
psiquiatra. La reunión tuvo lugar en su pequeño despacho de la
enfermería. Se había formado un pequeño círculo de personas entre
los que se encontraba, de modo totalmente antirreglamentario,
el oficial de seguridad del equipo sanitario. Un prisionero
extranjero comenzó a invocar a los espíritus con una especie
de oración. El administrativo del campo estaba sentado ante
una hoja de papel en blanco, sin ninguna intención consciente
de escribir. Durante los diez minutos siguientes (transcurridos
los cuales la sesión concluyó ante el fracaso del médium
en conjurar a los espíritus para que se mostraran), su lápiz
trazó —despacio— unas cuantas líneas en el papel, hasta que
fue apareciendo, de forma bastante legible, “vae v.''. Me aseguraron
que el administrativo no sabía latín y que nunca antes había
oído las palabras "vae victis, ¡ay los vencidos!' Mi opinión personal
es que seguramente las habría oído alguna vez, aunque sin
llegar a captarlas de forma consciente, y quedaron almacenadas
en su interior para que el "espíritu" (el espíritu de su subconsciente)
las recogiera unos meses antes de nuestra liberación
y del final de la guerra. La
huida hacia el interior A
pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza, en
la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar una
profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas sensibles
acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron muchísimo
(su constitución era a menudo endeble), pero el daño causado
a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del terrible
entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y libertad
espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la paradoja
aparente de que algunos prisioneros, a menudo los 45 menos
fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que los
de naturaleza más robusta. Para aclarar este punto, me veo obligado
a recurrir de nuevo a la experiencia personal. Voy a contar
lo que sucedía aquellas mañanas en que, antes del alba, teníamos
que ir andando hasta nuestro lugar de trabajo. Oíamos
gritar las órdenes: "¡Atención,
destacamento adelante! ¡Izquierda 2,3,4! ¡Izquierda
2,3,4! ¡El primer hombre, media vuelta a la izquierda, izquierda,
izquierda, izquierda! ¡Gorras fuera! Todavía
resuenan en mis oídos estas palabras. A la orden de: "¡Gorras
fuera!" atravesábamos la verja del campo, mientras nos enfocaban
con los reflectores. El que no marchaba con marcialidad
recibía una patada, pero corría peor suerte quien, para
protegerse del frío, se calaba la gorra hasta las orejas antes de
que le dieran permiso. En
la oscuridad tropezábamos con las piedras y nos metíamos en
los charcos al recorrer el único camino que partía del campo. Los
guardias que nos acompañaban no dejaban de gritarnos y azuzarnos
con las culatas de sus rifles. Los que tenían los pies llenos
de llagas se apoyaban en el brazo de su vecino. Apenas mediaban
palabras; el viento helado no propiciaba la conversación.
Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta, el
hombre que marchaba a mi lado me susurró de repente: "¡Si nos
vieran ahora nuestras esposas! Espero que ellas estén mejor en
sus campos e ignoren lo que nosotros estamos pasando." Sus palabras
evocaron en mí el recuerdo de mi esposa. Cuando
todo se ha perdido Mientras
marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando
en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el otro,
no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno pensaba
en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo
y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana
que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de nubes.
Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a 46 quien
vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía
sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada
era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento
me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la
verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en
la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el
amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre.
Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de
los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan
comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través
del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en
este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo
momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el hombre
se encuentra en una situación de total desolación, sin poder
expresarse por medio de una acción positiva, cuando su único
objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente
—con dignidad— ese hombre puede, en fin, realizarse
en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido.
Por primera vez en mi vida podía comprender el significado
de las palabras: "Los ángeles se pierden en la contemplación
perpetua de la gloria infinita." Delante
de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo sobre
él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a todos
alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus pensamientos
unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró de
nuevo el camino para regresar a su otro mundo y, olvidándome
de la existencia del prisionero, continué la conversación
con mi amada: yo le hacía preguntas y ella contestaba;
a su vez ella me interrogaba y yo respondía. "¡Alto!"
Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos nos
abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de obtener
una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba una
pala o un zapapico. "¿Es
que no podéis daros prisa, cerdos?" Al cabo de unos minutos
reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el día
anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del pico,
despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos, 47 con
el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen de
mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella vivía
aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido
bien: que el amor trasciende la persona física del ser amado
y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu,
en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que
continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No sabía
si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo (durante
todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal alguno
con el exterior), pero para entonces ya había dejado de importarme,
no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de
mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si entonces
hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera
seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la contemplación
de su imagen y que mi conversación mental con ella
hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como sello
sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte". (Cantar
de los Cantares, 8,6.) Meditaciones
en la zanja Esta
intensificación de la vida interior ayudaba al prisionero a refugiarse
contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de su
existencia, devolviéndole a su existencia anterior. Al dar rienda suelta
a su imaginación, ésta se recreaba en los hechos pasados, a
menudo no los más importantes, sino los pequeños sucesos y las
cosas insignificantes. La nostalgia los glorificaba, haciéndoles adquirir
un extraño matiz. El mundo donde sucedieron y la existencia
que tuvieron parecían muy distantes y el alma tendía hacia
ellos con añoranza: en mi apartamento, contestaba al teléfono
y encendía las luces. Muchas veces nuestros pensamientos
se centraban en estos detalles nimios que nos hacían
llorar. A
medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más intensa,
sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza como
nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a 48 olvidarnos
de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera visto
nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un campo
de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con sus
cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas enrejadas
del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba de
los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres. A
pesar de este hecho —o tal vez en razón del mismo— nos sentíamos
trasportados por la belleza de la naturaleza, de la que durante
tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el campo,
cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del camarada
que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta de
sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques bávaros
(como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos mismos
bosques donde construíamos un inmenso almacén de municiones
oculto a la vista. Una tarde en que nos hallábamos descansando
sobre el piso de nuestra barraca, muertos de cansancio,
los cuencos de sopa en las manos, uno de los prisioneros
entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio a
contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera, vimos
hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de nubes
que continuamente cambiaban de forma y color desde el azul
acero al rojo bermellón, mientras que los desolados barracones
grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los charcos
del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y entonces,
después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le dijo
a otro: "¡Qué bello podría ser el mundo!" Monólogo
al amanecer En
otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía en
nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la nieve
a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían los
cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras trabajaba,
hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera debatiéndome
por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi lenta
agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable
de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu 49 traspasara
la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel
mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché
un victorioso "sí" como contestación a mi pregunta sobre la
existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y en
una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el
horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris miserable
de aquel amanecer en Baviera. "Et lux in tenebris
lucet, y
la luz brilló en medio de la oscuridad." Estuve muchas horas tajando
el terreno helado. El guardián pasó junto a mí, insultándome
y una vez más volví a conversar con mi amada. La sentía
presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la sensación
de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi mano
cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella estaba
allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro
bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que
había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente. Arte
en el campo Antes,
he hablado del arte. ¿Puede pensarse en algo parecido en
un campo de concentración? Depende más bien de lo que uno llame
arte. De vez en cuando se improvisaba una especie de espectáculo
de cabaret. Se despejaba temporalmente un barracón,
se apiñaban o se clavaban entre sí unos cuantos bancos y
se estudiaba un programa. Por la noche, los que gozaban de una
buena situación —los "capos"— y los que no tenían que hacer grandes
marchas fuera del campo, se reunían allí y reían o alborotaban
un poco; cualquier cosa que les hiciera olvidar. Se cantaba,
se recitaban poemas, se contaban chistes que contenían alguna
referencia satírica sobre el campo. Todo ello no tenía otra finalidad
que la de ayudarnos a olvidar y lo conseguía. Las reuniones
eran tan eficaces que algunos prisioneros asistían a las funciones
a pesar de su agotador cansancio y aun cuando, por ello,
perdieran su rancho de aquel día. El
buen humor es siempre algo envidiable: al principio de nuestro
internamiento nos permitían reunimos en un cuarto de 50 máquinas
a medio construir para saborear durante media hora el plato
de sopa que nos repartían a medio día (como la tenía que pagar
la empresa constructora era de todo menos alimenticia). Al entrar,
cada uno recibía un cucharón de sopa aguada, y mientras la
sorbíamos con avidez, un prisionero italiano trepaba encima de una
cuba y nos entonaba arias italianas. Los días que nos daba el recital
musical, tenía garantizada una ración doble de sopa, sacada
del fondo del perol, es decir, ¡con guisantes! En
el campo se concedían premios no sólo por entretener, sino también
por aplaudir. Por ejemplo, a mí podía haberme protegido (¡y
fui muy afortunado al no necesitarlo!) el "capo" más temido de todos,
a quien por más de una razón se le conocía por el sobrenombre
de "el capo asesino". Contaré cómo sucedió. Una tarde
tuve el gran honor de que me invitaran otra vez a la sesión de
espiritismo. Estaban reunidos en aquella habitación unos cuantos
amigos íntimos del médico jefe; asimismo estaba presente,
de forma totalmente ilegal, el oficial al cargo del escuadrón
sanitario. El "capo asesino" entró allí por casualidad y le
pidieron que recitara uno de sus poemas que se habían hecho famosos
(o infames) en el campo. No necesitaba que se lo repitieran
dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie de
diario del que empezó a leer unas cuantas muestras de su arte.
Me mordía los labios hasta hacerme sangre para no reírme al
escuchar uno de sus poemas amorosos y seguramente gracias a
ello salvé la vida; como además le aplaudí con largueza, es muy posible
que también hubiera estado a salvo caso de haber sido destinado
a su cuadrilla de trabajo, donde ya me habían asignado un
día, un día que para mí fue más que suficiente. Pero siempre resultaba
útil que el "capo asesino" le conociera a uno desde algún
ángulo favorable. Así que le aplaudí con todas mis fuerzas. La
obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en general,
matices grotescos. Yo diría que la impresión real que producía
todo lo que se relacionaba con lo artístico surgía del contraste
casi fantasmagórico entre la representación y la desolación
de la vida en el campo que le servía de telón de fondo. Nunca
olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz fue
la música lo que me despertó de un sueño profundo. El 51 guardia
encargado del barracón celebraba una especie de fiestecilla
en su habitación, que estaba próxima a la entrada de nuestra
puerta. Voces achispadas se desgañitaban cantando tonadas
gastadas. De pronto se hizo el silencio y en medio de la noche
se oyó un violín que tocaba desesperadamente un tango triste,
una melodía poco conocida y poco desgastada por la continua
repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con él,
pues aquel día alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en alguna
otra parte de Auschwitz, quizás alejada sólo unos cientos o miles
de metros y, sin embargo, fuera de mi alcance. Ese alguien era
mi mujer. El
humor en el campo El
descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de concentración
ha de sorprender bastante al profano en estas cosas,
pero aún se sentiría mucho más sorprendido al saber que también
había cierto sentido del humor; claro está, en su expresión
más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos o
unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las que
el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la existencia
humana, el humor puede proporcionar el distanciamiento
necesario para sobreponerse a cualquier situación,
aunque no sea más que por unos segundos. Yo mismo entrené
a un amigo mío que trabajaba a mi lado en la obra para que
desarrollara su sentido del humor. Le sugería que debíamos hacernos
la solemne promesa de que cada día inventaríamos una historia
divertida sobre algún incidente que pudiera suceder al día siguiente
de nuestra liberación. Se trataba de un cirujano que había
pertenecido al equipo de un gran hospital, así que una vez intenté
arrancarle una sonrisa insistiendo en que cuando se incorporara
a su antiguo trabajo le iba a resultar muy difícil olvidar
los hábitos que había aprendido en el campo de concentración.
Al pie de la obra que construíamos (y en especial cuando
el supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos estimulaba
a trabajar más de prisa gritando: "¡Acción! ¡Acción!" 52 Así
que dije a mi amigo: "Un día regresarás al quirófano para operar
a un paciente aquejado de peritonitis. De pronto, un ordenanza
entrará a toda prisa y anunciará la llegada del jefe del equipo
de operaciones gritando: "¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el jefe!" A
veces los otros inventaban sueños divertidos con respecto al futuro,
previendo; por ejemplo, cuando tuvieran un compromiso para
asistir a una cena se olvidarían de cómo se sirve la sopa y le pedirían
a la anfitriona que les echara una cucharada "del fondo". Los
intentos para desarrollar el sentido del humor y ver las cosas
bajo una luz humorística son una especie de truco que aprendimos
mientras dominábamos el arte de vivir, pues aún en un
campo de concentración es posible practicar el arte de vivir, aunque
el sufrimiento sea omnipresente. Cabría establecer una analogía:
el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como lo
hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por completo
y por igual cualquiera que sea su capacidad. Análogamente,
el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la conciencia
del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es poco.
Por consiguiente el "tamaño" del sufrimiento humano es absolutamente
relativo, de lo que se deduce que la cosa más nimia
puede originar las mayores alegrías. Tomemos a modo de ejemplo
algo que sucedió en nuestro viaje de Auschwitz a un campo
filial del de Dachau. Todos temíamos que aquel traslado nos
llevara al campo de Mauthausen y nuestra tensión aumentaba a
medida que nos acercábamos a un puente sobre el Danubio que el
tren tenía que cruzar para llegar a Mauthausen, según sabíamos
por lo que contaban los prisioneros más experimentados.
Los que no hayan visto nunca algo parecido no podrán
imaginar los saltos de júbilo que los prisioneros daban en el
vagón cuando vieron que nuestro transporte no cruzaba aquel puente
y que "sólo" nos dirigíamos a Dachau. ¿Qué
sucedió a nuestra llegada a este campo tras un viaje que había
durado dos días y tres noches? En el vagón no había sitio para
que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo, la
mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que unos
pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha 53 franja
que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las primeras
noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos fueron
que este campo relativamente pequeño (con una población de
2500 reclusos) ¡no tenía "horno", ni crematorio, ni gas! Lo que significaba
que ninguno de nosotros iba a ser un "musulmán", ninguno
iba a ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que esperar
hasta que se dispusiera lo que se llamaba un "convoy de enfermos"
que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa nos
puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de nuestro
barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos llegado
lo más rápidamente posible a un campo que —a diferencia de
Auschwitz— no tenía "chimenea". Nos reímos y contamos chistes
a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las horas
que siguieron. Cuando
nos contaron a los recién llegados resultó que faltaba uno.
Así es que hubimos de esperar a la intemperie bajo la lluvia y
el viento helado hasta que apareció el prisionero. Finalmente le encontraron
en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio. Entonces
el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo: durante
toda la noche y hasta muy entrada la mañana siguiente tuvimos
que permanecer de pie a la intemperie, helados y calados hasta
los huesos después del esfuerzo que había supuesto el viaje.
¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no había
chimenea y Auschwitz quedaba lejos. ¡Quién
fuera un preso común! Otra
vez, vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al lugar
donde trabajábamos. Y entonces se nos hizo patente y obvia
la relatividad del sufrimiento y envidiamos a aquellos prisioneros
por su existencia feliz, segura y relativamente bien ordenada;
sin duda tendrían la oportunidad de bañarse regularmente,
pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían de
cepillos de dientes, de ropa, de un colchón —uno para cada uno—
y mensualmente el correo les traería noticias de lo que sucedía
a sus familiares o, al menos, de si estaban vivos o habían 54 muerto.
Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido todas
estas cosas. ¡Y
cómo envidiábamos a aquellos de nosotros que tenían la oportunidad
de entrar en una fábrica y trabajar en un espacio cubierto,
al abrigo de la intemperie! Más o menos todos nosotros deseábamos
que nos tocara un poco de suerte relativa. La escala de
la fortuna abarcaba muchos más matices. Por ejemplo, en los destacamentos
que trabajaban fuera del campo (en uno de los cuales
me encontraba yo) había unas cuantas unidades que se consideraban
peores que las demás. Se envidiaba al que no tenía que
chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de un declive escarpado,
vaciando los artesones de un pequeño ferrocarril durante
doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían realizando
esta tarea y solían ser fatales. En
otras cuadrillas de trabajo el capataz seguía una tradición, al
parecer local, que consistía en propinar golpes a diestro y siniestro,
lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de no estar bajo
su mando o, todo lo más, de estarlo sólo temporalmente. Una
vez y debido a una situación desdichada fui a parar a aquel grupo.
Si tras dos horas de trabajo (durante las cuales el capataz se
ensañó conmigo especialmente) no nos hubiera interrumpido una
alarma aérea, obligándonos a reagruparnos después, creo que
hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las camillas
que trasportaban a los hombres que habían muerto o estaban
a punto de morir por la extrema fatiga. Nadie podría imaginar
el alivio que en semejante situación puede producir el sonido
de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la campana
que anuncia el final del asalto salvándose así, en el último
instante, de un K.O. seguro. Suerte
es lo que a uno no le toca padecer Agradecíamos
los más ínfimos favores. Nos conformábamos con
tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque ello
no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un barracón
helado con carámbanos colgando del techo. Nos 55 contentábamos
con que no hubiera alarma aérea durante esta operación
y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad no
podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela. Los
escasos placeres de la vida del campo nos producían una especie
de felicidad negativa —"la liberación del sufrimiento", como
dijo Schopenhauer— pero sólo de forma relativa. Los verdaderos
placeres positivos, aún los más nimios escaseaban. Recuerdo
haber llevado una especie de contabilidad de los placeres
diarios y comprobar que en el lapso de muchas semanas solamente
había experimentado dos momentos placenteros. Uno había
ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga espera,
me admitieron en el barracón de cocina asignándome a la cola
que se alineaba ante el cocinero-prisionero F. Semioculto detrás
de las enormes cacerolas, F. servía la sopa en los cuencos que
le presentaban los prisioneros que desfilaban apresuradamente.
Era el único cocinero que al llegar los cuencos no
se fijaba en los hombres; el único que repartía con equidad, sin
reparar en el recipiente y sin hacer favoritismos con sus amigos
o paisanos, obsequiándoles con patatas, mientras el resto tenía
que contentarse con la sopa aguada de la superficie. Pero
no me incumbe a mí juzgar a los prisioneros que preferían
a su propia gente. ¿Quién puede arrojar la primera piedra
contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas circunstancias
en que, tarde o temprano, la cuestión que se dilucidaba
era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a menos
que con toda honestidad pueda contestar que en una situación
similar no hubiera hecho lo mismo. Mucho
tiempo después de haberme integrado a la vida normal (es
decir, mucho tiempo después de haber abandonado el campo),
me enseñaron una revista ilustrada con fotografías de prisioneros
hacinados en sus literas mirando, insensibles, a sus visitantes:
"¿No es algo terrible, esos rostros mirando fijamente, y todo
lo que ello significa?" "¿Por
qué?", pregunté y es que, en verdad, no lo comprendía. En
aquel momento lo vi todo de nuevo: a las 5 de la madrugada, todo
estaba oscuro allá afuera, como boca de lobo. Yo estaba echado
sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón 56 donde
"se cuidaba" a unos setenta de nosotros. Estábamos enfermos
y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar; tampoco
teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados todo
el día en nuestro rincón y dormitar esperando el reparto diario
de pan (que por supuesto era menor para los enfermos) y el
rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin embargo,
estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo. Mientras
nos apretujábamos los unos contra los otros para evitar la
pérdida innecesaria de calor, emperezados y sin la menor intención
de mover ni un dedo sin necesidad, oíamos los agudos silbatos
y los gritos que venían de la plaza donde el turno de noche
acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca abrió
la puerta de par en par y la nieve entró en nuestro barracón.
Un camarada exhausto y cubierto de nieve entró tambaleándose
y durante unos minutos permaneció sentado, pero el
guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido admitir
a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar revista.
¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento estaba
yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en la enfermería!
¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y, tal
vez, otros dos más! ¿Al
campo de infecciosos? Mi
suerte se vio incrementada todavía más. Al cuarto día de mi estancia
en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de noche
—lo que habría supuesto mi muerte segura—, el médico jefe
entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me ofreciese
voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un campo
destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos de
mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se ofrecía),
decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de trabajo
moriría en poco tiempo y si tenía que morir, siquiera podía darle
algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más sentido intentar
ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o perder
la vida trabajando de forma improductiva como hacía 57 entonces.
Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no de
sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había ordenado,
en secreto, que se "cuidara" de forma especial a los dos
médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que fueran
trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que presentábamos
era tal que temía tener dos cadáveres más, en vez
de dos médicos. Ya
he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con la
preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y sus
amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El carácter
del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse envuelto
en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba toda
la escala de valores que hasta entonces había mantenido. Influido
por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la dignidad
humanas, que había desposeído al hombre de su voluntad
y le había convertido en objeto de exterminio (no sin utilizarle
antes al máximo y extraerle hasta el último gramo de sus
recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus principios
morales. Si, en un ultimo esfuerzo por mantener la propia
estima, el prisionero de un campo de concentración no luchaba
contra ello, terminaba por perder el sentimiento de su propia
individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y un
valor personal. Acababa por considerarse sólo una parte de la masa
de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida animal.
Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a un
sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado, como
un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios. Una
pandilla pequeña pero peligrosa, diestra en métodos de tortura
y sadismo, los observaba desde todos los ángulos. Conducían
al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos, patadas
y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos pensamientos:
cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo obtener
un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se congregan
tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros buscábamos
el centro de las formaciones: allí teníamos más oportunidades
de esquivar los golpes de los guardias que 58 marchaban
a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la columna.
Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de protegernos
de los gélidos vientos. De modo que el hecho de querer
sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una manera
de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se hacía
de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto definitivamente
consciente por nuestra parte, de acuerdo con las leyes
imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos. Siempre
hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los SS. Añoranza
de soledad Cierto
que había veces en que era posible —y hasta necesario—
mantenerse alejado de la multitud. Es bien sabido que
una vida comunitaria impuesta, en la que se presta atención a
todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir la irresistible
necesidad de alejarse, al menos durante un corto tiempo.
El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con sus
pensamientos. Añoraba su intimidad y su soledad. Después de
mi traslado a un llamado "campo de reposo", tuve la rara fortuna
de encontrar de vez en cuando cinco minutos de soledad. Tras
el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se hacinaban
unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo junto
a la doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había improvisado
una tienda con unos cuantos postes y ramas de árboles
para cobijar media docena de cadáveres (que era la cuota diaria
de muertes en el campo). Había también un pozo que llevaba
a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no eran
necesarios mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la tapa
de madera de este pozo, contemplando el florecer de las verdes
laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro, enmarcado
por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba añorante
y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en dirección
a mi hogar, pero sólo veía nubes. No
me molestaban los cadáveres próximos a mí, 59 hormigueantes
de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al pasar,
me despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada desde
la enfermería o para recoger un nuevo envío de medicinas para
mi barracón, envío consistente en cinco o diez tabletas de aspirina,
para 50 pacientes y varios días. Las recogía y luego hacía
mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y suministrándoles
media tableta si se trataba de casos graves. Pero
los casos desahuciados no recibían medicinas. No les hubieran
ayudado y, además, habrían privado de ellas a los que todavía
tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía más
que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente en
paciente, aunque yo mismo me encontraba exhausto y convaleciente
de un fuerte ataque de tifus. Después volvía a mi lugar
solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por cierto, este pozo
salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco antes
de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta Dachau
y estos tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el viaje.
Bajaron al pozo y allí se escondieron de los guardias. Yo me senté
tranquilamente sobre la tapa, con aire inocente, tirando piedrecitas
a la alambrada de púas, como si se tratase de un juego
infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento, pero
pasó de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban abajo
que lo peor había pasado. Juguete
del destino Resulta
difícil para un extraño comprender cuan poco valor se concedía
en el campo a la vida humana. El prisionero estaba ya endurecido,
pero posiblemente adquiría más conciencia de este absoluto
desprecio por la vida cuando se organizaba un convoy de enfermos.
Los cuerpos demacrados se echaban en carretillas que los
prisioneros empujaban a lo largo de muchos kilómetros, a veces
entre tormentas de nieve, hasta el siguiente campo. Si uno de
los enfermos moría antes de salir, se le echaba de todas formas,
¡porque la lista tenía que estar completa! La lista era lo único
importante. Los hombres sólo contaban por su número de 60 prisionero.
Uno se convertía literalmente en un número: que estuviera
muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un "número"
era totalmente irrelevante. Y menos aún importaba lo que
había tras aquel número y aquella vida: su destino, su historia
o el nombre del prisionero. En los transportes de pacientes
a los que yo, en calidad de médico, tenía que acompañar
desde un campo de Baviera a otro, hubo un prisionero joven
cuyo hermano no estaba en lista y al que, por tanto, había que
dejar atrás. El joven suplicó tanto que el guardia decidió hacer
un cambio y el hermano ocupó el lugar de un hombre que, de
momento, prefería quedarse. ¡Con tal de que la lista estuviera correcta!
Y esto era fácil: el hermano cambió su número, nombre y
apellido con los del otro prisionero, pues, como ya he dicho antes,
carecíamos de documentación; ya teníamos bastante suerte
con conservar nuestro cuerpo que, al fin y al cabo, seguía respirando.
Todo lo demás que nos rodeaba, como los harapos que
pendían de nuestros esqueletos macilentos, sólo tenía interés cuando
se ordenaba un transporte de enfermos. Se examinaba a los
"musulmanes" con curiosidad descarada, con el fin de averiguar
si sus chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de uno.
Después de todo, su suerte estaba echada. Pero los que quedaban
en el campo, capaces aún para algún trabajo, debían aguzar
sus recursos para mejorar las posibilidades de supervivencia.
No eran sentimentales. Los prisioneros se consideraban
totalmente a merced del humor de los guardias — juguetes
del destino— y esto les hacía más inhumanos de lo que las
circunstancias habrían hecho presumir. Siempre había pensado
que, al cabo de cinco o diez años, el hombre estaba siempre
en condiciones de saber lo que había repercutido favorablemente
en su vida. El campo de concentración me proporcionó
mayor precisión: con frecuencia sabíamos si algo había
sido bueno al cabo de cinco o diez minutos. En Auschwitz me
impuse a mí mismo una norma que resultó ser buena y que todos
mis camaradas observaron más tarde. Por regla general, contestaba
a todas las preguntas con la verdad, pero guardaba silencio
sobre lo que no se me pedía de forma expresa. Si me preguntaban
la edad, la decía; si querían saber mi profesión, decía
"médico", sin más explicaciones. En la primera mañana en 61 Auschwitz
un oficial de las SS asistió a la revista. Teníamos que agruparnos
atendiendo a diferentes criterios: prisioneros de más de
cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal, mecánicos,
etc. Luego examinaban si teníamos hernias y algunos prisioneros
tenían que formar otro grupo. El mío fue llevado a otro
barracón, donde nos alinearon de nuevo. Tras otra selección y
después de más preguntas sobre mi edad y profesión, me enviaron
a un grupo más reducido. De nuevo nos condujeron a otro
barracón agrupados de forma diferente. Este proceso continuó
durante un tiempo y yo me sentía muy desdichado al encontrarme
entre extranjeros que hablaban lenguas para mí ininteligibles.
Por fin pasé la última revisión y me hallé de nuevo en
el grupo que estaba conmigo en el primer barracón. Mis compañeros
apenas se habían dado cuenta de que durante aquel tiempo
yo había andado de barracón en barracón. Fui consciente de
que en los pocos minutos transcurridos me había cruzado con un
destino distinto en cada ocasión. Cuando
se organizó el traslado de los enfermos al "campo de reposo",
mi nombre (es decir, mi número) estaba en la lista, ya que
se necesitaban algunos médicos. Pero nadie creía que el lugar de
destino fuera de verdad un campo de reposo. Unas semanas atrás
se había preparado un traslado similar y entonces todos pensaron
que les llevaban a la cámara de gas. Cuando se anunció que
quien se presentara voluntario para el temido turno de noche sería
borrado de la lista, de inmediato se ofrecieron voluntarios 28 prisioneros.
Un cuarto de hora más tarde se canceló el transporte pero
aquellos 2 8 prisioneros quedaron en la lista del turno de noche.
Para la mayoría de ellos significó la muerte en un plazo de quince
días. La
ultima voluntad aprendida de memoria Y
ahora se disponía por segunda vez el transporte al campo de reposo.
Y también ahora se desconocía si era una estratagema para
aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento, aun cuando
sólo fuera durante catorce días o si su destino serían las 62 cámaras
de gas o un campo de reposo verdadero. El médico jefe, que
me había tomado cierto apego, me dijo furtivamente una noche
a las diez menos cuarto: "He
hecho saber en el cuarto de mando que todavía se puede borrar
su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las diez." Le
dije que eso no iba conmigo; que yo había aprendido a dejar
que el destino siguiera su curso: "Prefiero
quedarme con mis amigos", le contesté. Sus
ojos tenían una expresión de piedad, como si comprendiera...
Estrechó mi mano en silencio, a modo de adiós, no
para la vida, sino desde la vida. Despacio, volví a mi barracón y
allí encontré a un buen amigo esperándome: "¿De
verdad quieres irte con ellos?", me dijo con tristeza. "Sí,
voy a ir." Se
le saltaron las lágrimas y yo traté de consolarle. Todavía me
quedaba algo por hacer, expresarle mi última voluntad. "Otto,
escucha, en caso de que yo no regrese a casa junto a mi
mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo hablaba de
ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar, que
la he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve tiempo
que estuve casado con ella tiene más valor que nada, que pesa
en mí más incluso que todo lo que hemos pasado aquí. Otto,
¿dónde estás ahora? ¿Vives? ¿Qué ha sido de ti desde aquel
momento en que estuvimos juntos por última vez? ¿Encontraste
a tu mujer? ¿Recuerdas cómo te hice aprender de memoria
mi última voluntad —palabra por palabra— a pesar de tus
lágrimas de niño? A
la mañana siguiente partí con el transporte. Esta vez no era ningún
truco. No nos llevaron a la cámara de gas, sino a un campo
de reposo de verdad. Los que me compadecieron se quedaron
en un campo donde el hambre se iba' a ensañar en ellos con
mayor fiereza que en este nuevo campo. Habían intentado salvarse
pero lo que hicieron fue sellar su propio destino. Meses después,
tras la liberación, encontré a un amigo de aquel campo, quien
me contó que él, como policía, había tenido que buscar un trozo
de carne humana que faltaba de un montón de cadáveres y que
la rescató de un puchero donde la encontró cociéndose. El 63 canibalismo
había hecho su aparición; yo me fui justamente a tiempo. ¿No
recuerda esto el relato de Muerte en Teherán? En cierta ocasión,
un persa rico y poderoso paseaba por el jardín con uno de
sus criados, compungido éste porque acababa de encontrarse con
la muerte, quien le había amenazado. Suplicaba a su amo para
que le diera el caballo más veloz y así poder apresurarse y llegar
a Teherán aquella misma tarde. El amo accedió y el sirviente
se alejó al galope. Al regresar a su casa el amo también se
encontró a la Muerte y le preguntó: "¿Por qué has asustado y aterrorizado
a mi criado?" "Yo no le he amenazado, sólo mostré mi
sorpresa al verle aquí cuando en mis planes estaba encontrarle esta
noche en Teherán", contestó la muerte. Planes
de fuga El
prisionero de un campo de concentración temía tener que tomar
una decisión o cualquier otra iniciativa. Esto era resultado de
un sentimiento muy fuerte que consideraba al destino dueño de
uno y creía que, bajo ningún concepto, se debía influir en él. Estaba
además aquella apatía que, en buena parte, contribuía a los
sentimientos del prisionero. A veces era preciso tomar decisiones
precipitadas que, sin embargo, podían significar la vida o
la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino eligiera
por él. Este querer zafarse del compromiso se hacía más patente
cuando el prisionero debía decidir entre escaparse o no escaparse
del campo. En aquellos minutos en que tenía que reflexionar
y decidir —y siempre era cuestión de unos minutos— sufría
todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar escaparse? ¿Debía
correr el riesgo? También yo experimenté este tormento. Al
irse acercando el frente de batalla, tuve la oportunidad de escaparme.
Un colega mío que visitaba los barracones fuera del campo
cumpliendo sus deberes profesionales quería evadirse y llevarme
con él. Me sacaría de contrabando con el pretexto de que
tenía que consultar con un colega acerca de la enfermedad de un
paciente que requería el asesoramiento del especialista. Una 64 vez
fuera del campo, un miembro del movimiento de resistencia extranjero
nos proporcionaría uniformes y alimentos. En el último instante
surgieron ciertas dificultades técnicas y tuvimos que regresar
al campo una vez más. Aquella oportunidad nos sirvió para
surtirnos de algunas provisiones, unas cuantas patatas podridas,
y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un barracón
vacío de la sección de mujeres, donde no había nadie porque
éstas habían sido enviadas a otro campo. El barracón estaba
en el mayor de los desórdenes: resultaba obvio que muchas
mujeres habían conseguido víveres y se habían escapado. Por
todas partes había desperdicios, pajas, alimentos descompuestos
y loza rota. Algunos tazones estaban todavía en buen
estado y nos hubieran servido de mucho, pero decidimos dejarlos.
Sabíamos demasiado bien que, en la última época, en que
la situación era cada vez más desesperada, los tazones no sólo
se utilizaban para comer, sino también como palanganas y orinales.
(Regía una norma de cumplimiento estrictamente obligatorio
que prohibía tener cualquier tipo de utensilio en el barracón,
pero muchos prisioneros se vieron forzados a incumplir esta
regla, en especial los afectados de tifus, que estaban demasiado
débiles para salir fuera del chamizo ni aun ayudándoles.)
Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el barracón
y al poco volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta. Dentro
había visto otra que yo tenía que coger. Así que cambiamos
los puestos y entré yo. Al escarbar entre la basura buscando
la mochila y, si podía, un cepillo de dientes vi, de pronto,
entre tantas cosas abandonadas, el cadáver de una mujer. Volví
corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones: mi cuenco,
un par de mitones rotos, "heredados" de un paciente muerto
de tifus, y unos cuantos recortes de papel con signos taquigráficos
(en los que, como ya he mencionado antes, había empezado
a reconstruir el manuscrito que perdí en Auschwitz). Pasé
una última visita rápida a todos mis pacientes que, hacinados,
yacían sobre tablones podridos a ambos lados del barracón.
Me acerqué a un paisano mío, ya casi medio muerto, y cuya
vida yo me empeñaba en salvar a pesar de su situación. Tenía
que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero mi 65 camarada
pareció adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un poco
nervioso). Con la voz cansada me preguntó: "¿Te vas tú también?"
Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su triste
mirada. Tras mi ronda volví a verle. Y otra vez sentí su mirada
desesperada y sentí como una especie de acusación. Y se agudizó
en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el mismo
momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con él.
De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí corriendo
del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con él.
Tan pronto como le dije que había tomado la resolución de quedarme
con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha me abandonó.
No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo había
ganado una paz interior como nunca antes había experimentado.
Volví al barracón, me senté en los tablones a los pies
de mi paisano y traté de consolarle; después charlé con los demás
intentando calmarlos en su delirio. Y
llegó el último día que pasamos en el campo. Según se acercaba
el frente, los transportes se habían ido llevando a. casi todos
los prisioneros a otros campos. Las autoridades, los "capos" y
los cocineros se habían esfumado. Aquel día se dio la orden de que
el campo iba a ser totalmente evacuado al atardecer. Incluso los
pocos prisioneros que quedaban (los enfermos, unos cuantos médicos
y algunos "enfermeros") tendrían que marcharse. Por la noche
había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no habían
aparecido los camiones que vendrían a recoger a los enfermos.
Todo lo contrario; de pronto se cerraron las puertas del campo
y se empezó a ejercer una vigilancia estrecha sobre la alambrada,
para evitar cualquier intento de fuga. Parecía como si hubieran
condenado a los prisioneros que quedaban a quemarse con
el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar. Nos
dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la alambrada.
Éramos los únicos que teníamos fuerzas suficientes para
realizar aquella tarea. Casi todos los demás yacían en los pocos
barracones que aún se utilizaban, postrados con fiebre y delirando.
Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer cadáver
sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la vieja
tina de ropa sucia que hacía las veces de ataúd; con el segundo
cadáver llevaríamos mi mochila del mismo modo y en el 66 tercer
viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los hicimos
según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi amigo
buscara un trozo de pan para poder comer algo los días que
pasáramos en los bosques. Esperé. Pasaban los minutos y yo me
impacientaba cada vez más al ver que no regresaba. Después de
tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la libertad,
pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección al
frente. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante acción.
Pero no llegamos tan lejos. En el momento en que mi amigo
regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y un camión
espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas pintadas
entró despacio hasta la explanada donde formábamos. En
él venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y los
últimos internados quedaron bajo su protección. El delegado se
alojaba en una granja vecina para estar cerca del campo en todo
momento y acudir en seguida en caso de emergencia. ¿Quién
pensaba ya en evadirse? Del camión descargaban cajas con
medicinas, se distribuían cigarrillos, nos fotografiaban y la alegría
era inmensa. Ya no teníamos necesidad de salir corriendo ni
de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla. En
nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así que
lo sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que habíamos
cavado para los tres cuerpos. El guardia que nos acompañaba
—un hombre relativamente inofensivo— se volvió de pronto
extremadamente amable. Vio que podían volverse las tornas
y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves oraciones
que ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra sobre
ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas pasados,
las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz fueron
tan fervientes como las más ardorosas que voz humana haya
musitado nunca. El
último día que pasamos en el campo fue como un anticipo de
la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado de
la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y que
no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche llegaron
los camiones de las SS trayendo orden de despejar el campo.
Los últimos prisioneros que quedaban serían enviados a 67 un
campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48 horas
para canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos reconocer
a los SS, de tan amables como se mostraban intentando
persuadirnos para que entráramos en los camiones sin miedo
y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra buena
suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en los
camiones y a los que estaban seriamente enfermos o muy débiles
les izaban con dificultad. Mi amigo y yo —que ya no escondíamos
nuestras mochilas— estábamos en el último grupo y de
él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe contó
el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre ellos.
Los trece subieron al camión y nosotros tuvimos que quedarnos.
Sorprendidos, desilusionados y enfadados increpamos al
doctor, que se excusó diciendo que estaba muy fatigado y se había
distraído. Aseguró que había creído que todavía teníamos intención
de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras mochilas
a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros a
que viniera un último camión. Fue una larga espera. Finalmente,
nos echamos sobre los colchones del cuarto de guardia,
ahora desierto, exhaustos por la excitación de las últimas horas
y días, durante las cuales habíamos fluctuado continuamente
entre la esperanza y la desesperación. Dormimos con
la ropa y los zapatos puestos, listos para el viaje. El
estruendo de los rifles y cañones nos despertó. Los fogonazos
de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el barracón.
El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que nos
echáramos a tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago desde
la litera que quedaba encima de la mía con zapatos y todo. ¡Vaya
si me despertó! Entonces nos dimos cuenta de lo que sucedía:
¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros! Amenguó
el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el mástil
junto a la verja del campo, una bandera blanca flotaba al viento.
Hasta muchas semanas después no nos enteramos de que,
durante aquellas horas, el destino había jugado con los pocos
prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más pudimos
comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones humanas,
especialmente en lo que se refiere a las cosas de la vida
y la muerte. Ante mí tenía las fotografías que se habían 68 tomado
en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros amigos
que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche, transportados
en los camiones, fueron encerrados en los barracones
y seguidamente murieron abrasados. Sus cuerpos, parcialmente
carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la fotografía.
Yo pensé de nuevo en el cuento de Muerte en Teherán. Irritabilidad Aparte
de su función como mecanismo de defensa, la apatía de los
prisioneros era también el resultado de otros factores. El hambre
y la falta de sueño contribuían a ella (al igual que ocurre en
la vida normal), así como la irritabilidad en general, que era otra
de las características del estado mental de los prisioneros. La falta
de sueño se debía en parte a la invasión de toda suerte de bichos
molestos que, debido a la falta de higiene y atención sanitaria,
infectaban los barracones tan terriblemente superpoblados.
El hecho de que no tomáramos ni una pizca de nicotina
o cafeína contribuía igualmente a nuestro estado de apatía
e irritabilidad. Además
de estas causas físicas, estaban también las mentales, en
forma de ciertos complejos. La mayoría de los prisioneros sufrían
de algún tipo de complejo de inferioridad. Todos nosotros habíamos
creído alguna vez que éramos "alguien" o al menos lo habíamos
imaginado. Pero ahora nos trataban como si no fuéramos
nadie, como si no existiéramos. (La conciencia del amor propio
está tan profundamente arraigada en las cosas más elevadas
y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo en
un campo de concentración. ¿Pero cuántos hombres libres, por no
hablar de los prisioneros, lo poseen?) Sin mencionarlo, lo cierto
es que el prisionero medio se sentía terriblemente degradado.
Esto se hacía obvio al observar el contraste que ofrecía
la singular estructura sociológica del campo. Los prisioneros
más "prominentes", los "capos", los cocineros, los intendentes,
los policías del campo no se sentían, por lo general, degradados
en modo alguno, como se consideraban la mayoría de 69 los
prisioneros, sino que al contrario se consideraban ¡promovidos!
Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de grandeza.
La reacción mental de la mayoría, envidiosa y quejosa, hacia
esta minoría favorecida se ponía de manifiesto de muchas maneras,
a veces en forma de chistes. Por ejemplo, una vez oí a un
prisionero hablarle a otro sobre un "Capo" y decirle: "¡Figúrate!
Conocí a ese hombre cuando sólo era presidente de un gran
banco. Ahora, el cargo de "capo" se le ha subido a la cabeza."
Siempre que la mayoría degradada y la minoría promovida
entraban en conflicto (y eran muchas las oportunidades
de que tal sucediera, empezando por el reparto de la
comida) los resultados eran explosivos. De suerte que la irritabilidad
general (cuyas causas físicas se analizaron antes) se hacía
más intensa cuando se le añadían estas tensiones mentales. Nada
tiene de sorprendente que la tensión abocara en una lucha abierta.
Dado que el prisionero observaba a diario escenas de golpes,
su impulso hacia la violencia había aumentado. Yo sentía también
que cerraba los puños y que la rabia me invadía cuando tenía
hambre y cansancio. Y el cansancio era mi estado normal, ya
que durante toda la noche teníamos que cebar la estufa, que nos
permitían tener en el barracón a causa de los enfermos de tifus.
No obstante, algunas de las horas más idílicas que he pasado
en mi vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos los
demás deliraban o dormían y yo podía extenderme frente a la estufa
y asar unas cuantas patatas robadas en un fuego alimentado
con el carbón que sustraíamos. Pero al día siguiente me
sentía todavía más cansado, insensible e irritable. Mientras
trabajé como médico en el pabellón de los enfermos de
tifus, tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo que
quería decir que ante las autoridades del campo era responsable
de su limpieza (si es que se puede utilizar el término limpieza
para describir aquella condición). El pretexto de la inspección
a la que con frecuencia nos sometían era más con ánimo
de torturarnos que por motivos de higiene. Mayor cantidad de
alimentos y unas cuantas medicinas nos hubieran ayudado más,
pero la única preocupación de los inspectores consistía en 70 ver
si en el centro del pasillo había una brizna de paja o si las mantas
sucias, hechas andrajos e infectadas de piojos estaban bien
plegadas y remetidas a los pies de los pacientes. El destino de
los prisioneros no les preocupaba en absoluto. Si yo me presentaba
marcialmente con mi rapada cabeza descubierta y chocando
los talones informaba: "Barracón número VI/9; 52 pacientes,
dos enfermeros ayudantes y un médico", se sentían satisfechos.
A renglón seguido se marchaban. Pero hasta que llegaban
—solían anunciar su visita con muchas horas de antelación
y muchas veces ni siquiera venían— me veía obligado a
mantener bien estiradas las mantas, a recoger todas las motas de
paja que caían de las literas y a gritar a los pobres diablos que se
revolvían en sus catres, amenazando con desbaratar mis esfuerzos
para conseguir la limpieza y pulcritud requeridas. La apatía
crecía sobre todo entre los pacientes febriles, de suerte que
no reaccionaban a nada si no se les gritaba. A veces fallaban incluso
los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de autocontrol
para no golpearlos. La propia irritabilidad personal adquiría
proporciones inauditas cuando chocaba con la apatía de otro,
especialmente en los casos de peligro (por ejemplo, cuando se
avecinaba una inspección) que tenían su origen en ella. La
libertad interior Tras
este intento de presentación psicológica y explicación psicopatológica
de las características típicas del recluido en un campo
de concentración, se podría sacar la impresión de que el ser
humano es alguien completa e inevitablemente influido por su entorno
y (entendiéndose por entorno en este caso la singular estructura
del campo de concentración, que obligaba al prisionero a
adecuar su conducta a un determinado conjunto de pautas). Pero,
¿y qué decir de la libertad humana? ¿No hay una libertad espiritual
con respecto a la conducta y a la reacción ante un entorno
dado? ¿Es cierta la teoría que nos enseña que el hombre no
es más que el producto de muchos factores ambientales condicionantes,
sean de naturaleza biológica, psicológica o 71 sociológica?
¿El hombre es sólo un producto accidental de dichos factores?
Y, lo que es más importante, ¿las reacciones de los prisioneros
ante el mundo singular de un campo de concentración, son
una prueba de que el hombre no puede escapar a la influencia
de lo que le rodea? ¿Es que frente a tales circunstancias no
tiene posibilidad de elección? Podemos
contestar a todas estas preguntas en base a la experiencia
y también con arreglo a los principios. Las experiencias
de la vida en un campo demuestran que el hombre tiene
capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos
heroicos, los cuales prueban que puede vencerse la apatía,
eliminarse la irritabilidad. El hombre puede conservar un vestigio
de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso en
las terribles circunstancias de tensión psíquica y física. Los
que estuvimos en campos de concentración recordamos a los
hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás,
dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede que
fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que
al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última
de las libertades humanas —la elección de la actitud personal
ante un conjunto de circunstancias— para decidir su propio
camino. Y
allí, siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas horas,
se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión que
determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban
con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna; que
determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las circunstancias,
renunciando a la libertad y a la dignidad, para dejarse
moldear hasta convertirse en un recluso típico. Visto
desde este ángulo, las reacciones mentales de los internados
en un campo dé concentración deben parecemos la simple
expresión de determinadas condiciones físicas y sociológicas.
Aun cuando condiciones tales como la falta de sueño,
la alimentación insuficiente y las diversas tensiones mentales
pueden llevar a creer que los reclusos se veían obligados
a reaccionar de cierto modo, en un análisis último se hace
patente que el tipo de persona en que se convertía un 72 prisionero
era el resultado de una decisión íntima y no únicamente
producto de la influencia del campo. Fundamentalmente,
pues, cualquier hombre podía, incluso bajo tales
circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y espiritualmente—,
pues aún en un campo de concentración puede conservar
su dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión: "Sólo
temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos" y estas palabras
retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a aquellos
mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y muerte,
testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se pierde.
Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la forma
en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta libertad
espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace que
la vida tenga sentido y propósito. Una
vida activa sirve a la intencionalidad de dar al hombre una oportunidad
para comprender sus méritos en la labor creativa, mientras
que una vida pasiva de simple goce le ofrece la oportunidad
de obtener la plenitud experimentando la belleza, el arte
o la naturaleza. Pero también es positiva la vida que está casi vacía
tanto de creación como de gozo y que admite una sola posibilidad
de conducta; a saber, la actitud del hombre hacia su existencia,
una existencia restringida por fuerzas que le son ajenas.
A este hombre le están prohibidas tanto la vida creativa como
la existencia de goce, pero no sólo son significativas la creatividad
y el goce; todos los aspectos de la vida son igualmente
significativos, de modo que el sufrimiento tiene que serlo
también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no puede
erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la muerte.
Sin todos ellos la vida no es completa. La
máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una pregunta:
¿Sobreviviremos al campo de concentración? De lo contrario,
todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La pregunta
que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra: ¿Tiene
algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes? Si
carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al internamiento.
Una vida cuyo último y único sentido consistiera en
superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido 73 dependiera,
en última instancia, de la casualidad no merecería en absoluto
la pena de ser vivida. El
destino, un regalo El
modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento
que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le
da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más difíciles—
para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar
su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la dura
lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad humana
y ser poco más que un animal, tal como nos ha recordado
la psicología del prisionero en un campo de concentración.
Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de aprovechar
o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos que
una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si es
merecedor de sus sufrimientos o no lo es. No
piensen que estas consideraciones son vanas o están muy alejadas
de la vida real. Es verdad que sólo unas cuantas personas
son capaces de alcanzar metas tan altas. De los prisioneros,
solamente unos pocos conservaron su libertad sin menoscabo
y consiguieron los méritos que les brindaba su sufrimiento,
pero aunque sea sólo uno el ejemplo, es prueba suficiente
de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle por
encima de su adverso sino. Y estos hombres no están únicamente
en los campos de concentración. Por doquier, el hombre
se enfrenta a su destino y tiene siempre oportunidad de conseguir
algo por vía del sufrimiento. Piénsese en el destino de los
enfermos, especialmente de los enfermos incurables. En una ocasión,
leí la carta escrita por un joven inválido, en la que a un amigo
le decía que acababa de saber que no viviría mucho tiempo y
que ni siquiera una operación podría aliviarle su sufrimiento. Continuaba
su carta diciendo que se acordaba de haber visto una película
sobre un hombre que esperaba su muerte con valor y dignidad.
Aquel muchacho pensó entonces que era una gran victoria
enfrentarse de este modo a la muerte y ahora —escribía— 74 el
destino le brindaba a él una oportunidad similar. Los
que hace unos años vimos la película Resurrección —según la
novela de Tolstoi— no hubiéramos pensado nunca en un primer momento
que en ella se daban cita grandes destinos y grandes hombres.
En nuestro mundo no se daban tales situaciones por lo que
no había nunca oportunidad de alcanzar tamaña grandeza... Al
salir del cine fuimos al café más próximo, y, junto a una taza de
café y un bocadillo, nos olvidamos de los extraños pensamientos
metafísicos que por un momento habían cruzado por
nuestras mentes. Pero cuando también nosotros nos vimos confrontados
con un destino más grande e hicimos frente a la decisión
de superarlo con igual grandeza espiritual, habíamos olvidado
ya nuestras resoluciones juveniles, tan lejanas, y no dimos
la talla. Quizás
para algunos de nosotros llegue un día en que veamos otra
vez aquella película u otra análoga. Pero para entonces otras muchas
películas habrán pasado simultáneamente ante nuestros ojos
del alma; visiones de gentes que alcanzaron en sus vidas metas
más altas de las que puede mostrar una película sentimental.
Algunos detalles, de una muy especial e íntima grandeza
humana, acuden a mi mente; como la muerte de aquella
joven de la que yo fui testigo en un campo de concentración.
Es una historia sencilla; tiene poco que contar, y tal
vez pueda parecer invención, pero a mí me suena como un poema. Esta
joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de ello,
cuando yo hablé con ella estaba muy animada. "Estoy
muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí con
tanta fuerza", me dijo. "En mi vida anterior yo era una niña malcriada
y no cumplía en serio con mis deberes espirituales." Señalando
a la ventana del barracón me dijo: "Aquel árbol es el único
amigo que tengo en esta soledad." A través de la ventana podía
ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama había
dos brotes de capullos. "Muchas veces hablo con el árbol", me
dijo. Yo
estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras. ¿Deliraba?
¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el 75 árbol
le contestaba. "Sí"
¿Y qué le decía? Respondió: "Me dice: 'Estoy aquí, estoy aquí,
yo soy la vida, la vida eterna." Análisis
de la existencia provisional Ya
hemos dicho que, en última instancia, los responsables del estado
de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las causas
psicológicas ya enumeradas cuanto el resultado de su libre decisión.
La observación psicológica de los prisioneros ha demostrado
que únicamente los hombres que permitían que se debilitara
su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de las
influencias degenerantes del campo. Y aquí se suscita la pregunta
acerca de lo que podría o debería haber constituido este "sostén
interno". Al
relatar o escribir sus experiencias, todos los que pasaron por
la experiencia de un campo de concentración concuerdan en señalar
que la influencia más deprimente de todas era que el recluso
no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento. Nadie
le dio nunca una fecha para su liberación (en nuestro campo
ni siquiera tenía sentido hablar de ello). En realidad, la duración
no era sólo incierta, sino ilimitada. Un renombrado investigador
psicológico manifestó en cierta ocasión que la vida en un
campo de concentración podría denominarse "existencia provisional".
Nosotros completaríamos la definición diciendo que es
"una existencia provisional cuya duración se desconoce". Por
regla general, los recién llegados no sabían nada de las condiciones
de un campo. Los que venían de otros campos se veían
obligados a guardar silencio y, de algunos campos, nadie regresó.
Al entrar en él, las mentes de los prisioneros sufrían un cambio.
Con el fin de la incertidumbre venía la incertidumbre del fin.
Era imposible prever cuándo y cómo terminaría aquella existencia,
caso de tener fin. El vocablo latino finis tiene dos significados:
final y meta a alcanzar. El hombre que no podía ver el
fin de su "existencia provisional", tampoco podía aspirar a una meta
última en la vida. Cesaba de vivir para el futuro en 76 contraste
con el hombre normal. Por consiguiente cambiaba toda la
estructura de su vida íntima. Aparecían otros signos de decadencia
como los que conocemos de otros aspectos de la vida. El
obrero parado, por ejemplo, está en una posición similar. Su existencia
es provisional en ese momento y, en cierto sentido, no puede
vivir para el futuro ni marcarse una meta. Trabajos de investigación
realizados sobre los mineros parados han demostrado
que sufren de una particular deformación del tiempo —el
tiempo íntimo— que es resultado de su condición de parados. También
los prisioneros sufrían de esta extraña "experiencia del tiempo".
En el campo, una unidad de tiempo pequeña, un día, por ejemplo,
repleto de continuas torturas y de fatiga, parecía no tener
fin, mientras que una unidad de tiempo mayor, quizás una semana,
parecía transcurrir con mucha rapidez. Mis camaradas concordaron
conmigo cuando dije que en el campo el día duraba más
que la semana. ¡Cuan paradójica era nuestra experiencia del tiempo!
A este respecto me viene el recuerdo de La Montaña Mágica,
de Thomas Mann, que contiene unas cuantas observaciones
psicológicas muy atinadas. Mann estudia la evolución
espiritual de personas que están en condiciones psicológicas
semejantes; es decir, los enfermos de tuberculosis en un
sanatorio, quienes tampoco conocen la fecha en que les darán de
alta; experimentan una existencia similar, sin ningún futuro, sin
ninguna meta. Uno
de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una larga
columna de nuevos reclusos desde la estación al campo, me dijo
más tarde que había sentido como si estuviera desfilando en su
propio funeral. Le parecía que su vida no tenía ya futuro y contemplaba
todo como algo que ya había pasado, como si ya estuviera
muerto. Este sentimiento de falta de vida, de un "cadáver
viviente" se intensificaba por otras causas. Mientras que, en
cuanto al tiempo, lo que se experimentaba de forma más aguda
era la duración ilimitada del período de reclusión, en cuanto
al espacio eran los estrechos límites de la prisión. Todo lo que
estuviera al otro lado de la alambrada se antojaba remoto, fuera
del alcance y, de alguna forma, irreal. Lo que sucedía afuera,
la gente de allá, todo lo que era vida normal, adquiría para
el prisionero un aspecto fantasmal. La vida afuera, al menos 77 hasta
donde él podía verla, le parecía casi como lo que podría ver un
hombre ya muerto que se asomara desde el otro mundo. El
hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna meta
futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro contexto
hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado como
una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus horrores
haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su realidad
entrañaba ciertos riesgos. Resultaba fácil desentenderse de
las posibilidades de hacer algo positivo en el campo y esas oportunidades
existían de verdad. Ese ver nuestra "existencia provisional"
como algo irreal constituía un factor importante en el hecho
de que los prisioneros perdieran su dominio de la vida; en cierto
sentido todo parecería sin objeto. Tales personas olvidaban que
muchas veces es precisamente una situación externa excepcionalmente
difícil lo que da al hombre la oportunidad de crecer
espiritualmente más allá de sí mismo. En vez de aceptar las
dificultades del campo como una manera de probar su fuerza interior,
no toman su vida en serio y la desdeñan como algo inconsecuente.
Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para estas
personas la vida no tiene ningún sentido. Claro
está que sólo unos pocos son capaces de alcanzar cimas espirituales
elevadas. Pero esos pocos tuvieron una oportunidad de
llegar a la grandeza humana aun cuando fuera a través de su aparente
fracaso y de su muerte, hazaña que en circunstancias ordinarias
nunca hubieran alcanzado. A los demás de nosotros, al mediocre
y al indiferente, se les podrían aplicar las palabras de Bismarck:
"La vida es como visitar al dentista. Se piensa siempre que
lo peor está por venir, cuando en realidad ya ha pasado." Parafraseando
este pensamiento, podríamos decir que muchos de los
prisioneros del campo de concentración creyeron que la oportunidad
de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la realidad
es que representó una oportunidad y un desafío: que o bien
se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un triunfo
interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a vegetar
como hicieron la mayoría de los prisioneros. 78 Spinoza,
educador Cualquier
tentativa de combatir la influencia psicopatológica que
el campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia o
los métodos psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de conferirle
una fortaleza interior, señalándole una meta futura hacia
la que poder volverse. De forma instintiva, algunos prisioneros
trataban de encontrar una meta propia. El hombre tiene
la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro: sub
specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los momentos
más difíciles de su existencia, aun cuando a veces tenga
que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a mí
respecta, lo sé por experiencia propia. Al borde del llanto a causa
del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los pies debido a
mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres los
kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo. El viento
gélido nos abatía. Yo iba pensando en los pequeños problemas
sin solución de nuestra miserable existencia. ¿Qué cenaríamos
aquella noche? ¿Si como extra nos dieran un trozo de salchicha,
convendría cambiarla por un pedazo de pan? ¿Debía comerciar
con el último cigarrillo que me quedaba de un bono que obtuve
hacía quince días y cambiarlo por un tazón de sopa? ¿Cómo
podría hacerme con un trozo de alambre para reemplazar el
fragmento que me servía como cordón de los zapatos? ¿Llegaría
al lugar de trabajo a tiempo para unirme al pelotón de costumbre
o tendría que acoplarme a otro cuyo capataz tal vez fuera
más brutal? ¿Qué podía hacer para estar en buenas relaciones
con un "capo" determinado que podría ayudarme a conseguir
trabajo en el campo en vez de tener que emprender a diario
aquella dolorosa caminata? Estaba
disgustado con la marcha de los asuntos que continuamente
me obligaban a ocuparme sólo de aquellas cosas tan
triviales. Me obligué a pensar en otras cosas. De pronto me vi de
pie en la plataforma de un salón de conferencias bien iluminado,
agradable y caliente. Frente a mí tenía un auditorio atento,
sentado en cómodas butacas tapizadas. ¡Yo daba una conferencia
sobre la psicología de un campo de concentración! 79 Visto
y descrito desde la mira distante de la ciencia, todo lo que me
oprimía hasta ese momento se objetivaba. Mediante este método,
logré cierto éxito, conseguí distanciarme de la situación, pasar
por encima de los sufrimientos del momento y observarlos como
si ya hubieran transcurrido y tanto yo mismo como mis dificultades
se convirtieron en el objeto de un estudio psicocientífico
muy interesante que yo mismo he realizado. ¿Qué dice
Spinoza en su Ética? "Affectus, qui passio
est, desinit esse passio simulatque eius claram et distinctam formamus
ideam. La emoción,
que constituye sufrimiento, deja de serlo tan pronto como
nos formamos una idea clara y precisa del mismo." (Ética, 5a parte,
"Sobre el poder del espíritu o la libertad humana", frase III). El
prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba
condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía, asimismo,
su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se convertía
en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Por regla general,
éste se producía de pronto, en forma de crisis, cuyos síntomas
eran familiares al recluso con experiencia en el campo. Todos
temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no hubiera
tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía comenzar
cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse y
a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los golpes,
ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a quedarse
allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad,
se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer cualquier
cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se quedaba
tendido sobre sus propios excrementos sin importarle nada. Una
vez presencié una dramática demostración del estrecho nexo
entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente final. F.,
el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante famoso,
me confió un día: "Me
gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño extraño.
Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo único
que tenía que hacer era decir lo que quería saber y todas mis
preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le 80 pregunté?
Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la guerra.
Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Quería saber
cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y cuándo
tocarían a su fin nuestros sufrimientos." "¿Y cuándo tuvo usted
ese sueño?", le pregunté. "En
febrero de 1945", contestó. Por entonces estábamos a principios
de marzo. "¿Y
qué le contestó la voz?" Furtivamente
me susurró: "El
treinta de marzo." Cuando
F. me habló de aquel sueño todavía estaba rebosante de
esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se equivocaba.
Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la evolución
de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían suponer
la probabilidad de que nos liberaran en la fecha prometida.
El 29 de marzo y de repente F. cayó enfermo con una fiebre
muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le había dicho
que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en un
estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo falleció.
Según todas las apariencias murió de tifus. Los
que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de
ánimo de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta de
ambos— y la capacidad de su cuerpo para conservarse inmune,
saben también que si repentinamente pierde la esperanza
y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa última
de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no se
produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo perdió
resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el futuro
y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa de
la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron finalmente
realidad. Las
observaciones sobre este caso y la conclusión que de ellas puede
extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe del
campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal en
el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las Navidades
de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la 81 explicación
de este aumento no estaba en el empeoramiento de nuestras
condiciones de trabajo, ni en una disminución de la ración
alimenticia, ni en un cambió climatológico, ni en el brote de nuevas
epidemias. Se trataba simplemente de que la mayoría de los
prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para Navidad
les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se produjera
ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor
y les venció el desaliento. Como ya dijimos antes, cualquier intento
de restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las condiciones
de un campo de concentración pasa antes que nada por
el acierto en mostrarle una meta futura. Las palabras de Nietzsche:
"Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier
cómo" pudieran ser la motivación que guía todas las acciones
psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los prisioneros.
Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso
inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de endurecerles
para soportar el terrible como de su existencia. Desgraciado
de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna
meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad
en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que solía
dar este hombre a cualquier razonamiento que tratara de animarle,
era: "Ya no espero nada de la vida." ¿Qué respuesta podemos
dar a estas palabras? La
pregunta por el sentido de la vida Lo
que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra actitud
hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y*
después, enseñar a los desesperados que en realidad no importa
que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera algo
de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre
el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en nosotros
como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e incesantemente.
Nuestra contestación tiene que estar hecha no de
palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y una
actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la 82 responsabilidad
de encontrar la respuesta correcta a los problemas
que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna continuamente
a cada individuo. Dichas
tareas y, consecuentemente, el significado de la vida, difieren
de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo que
resulta completamente imposible definir el significado de la vida
en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las preguntas
relativas al sentido de la vida con argumentos especiosos.
"Vida" no significa algo vago, sino algo muy real y concreto,
que configura el destino de cada hombre, distinto y único
en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden compararse
a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se repite
y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la situación
en que un hombre se encuentra puede exigirle que emprenda
algún tipo de acción; otras, puede resultar más ventajoso
aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias pertinentes.
Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser simplemente
aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada situación
se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay más
que una única respuesta correcta al problema que la situación
plantea. Cuando
un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar
dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha de
reconoces el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está
solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni
sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte
al soportar su carga. En
cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no eran
especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos pensamientos
capaces de ayudarnos, de liberarnos de la desesperación,
aun cuando no se vislumbrara ninguna oportunidad
de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos pasado
por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de alcanzar
alguna meta mediante la creación activa de algo valioso. Para
nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más amplios,
como son los de la vida y la muerte y por este sentido es por
el que luchábamos. 83 Sufrimiento
como prestación Una
vez que nos fue revelado el significado del sufrimiento, nos
negamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base de
ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones o de alimentar un optimismo
artificial. El sufrimiento se había convertido en una tarea
a realizar y no queríamos volverle la espalda. Habíamos aprehendido
las oportunidades de logro que se ocultaban en él, oportunidades
que habían llevado al poeta Rilke a decir: "Wie viel ist
aufzuleiden" "¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!." Rilke habló
de "conseguir mediante el sufrimiento" donde otros hablan de
"conseguir por medio del trabajo". Ante nosotros teníamos una buena
cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era preciso
hacerle frente procurando que los momentos de debilidad y
de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna necesidad
de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban que
el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de sufrir.
No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces, alguien
confesaba avergonzado haber llorado, como aquel compañero
que respondió a mi pregunta sobre cómo había vencido
el edema, confesando: "Lo he expulsado de mi cuerpo a base
de lágrimas." Algo
nos espera Siempre
que era posible, en el campo se aplicaba algo que podría
definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la psicohigiene,
tanto individual como colectivamente. Los esbozos de
psicoterapia individual solían ser del tipo del "procedimiento para
salvar la vida". Dichas acciones se emprendían por regla general
con vistas a evitar los suicidios. Una regla del campo muy estricta
prohibía que se tomara ninguna iniciativa tendente a salvar
a un hombre que tratara de suicidarse. Por ejemplo, se prohibía
cortar la soga del hombre que intentaba ahorcarse, por 84 consiguiente,
era de suma importancia impedir que se llegara a tales
extremos. Recuerdo
dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí mucha
similitud. Ambos prisioneros habían comentado sus intenciones
de suicidarse basando su decisión en el argumento típico
de que ya no esperaban nada de la vida. En ambos casos se trataba
por lo tanto de hacerles comprender que la vida todavía esperaba
algo de ellos. A uno le quedaba un hijo al que él adoraba
y que estaba esperándole en el extranjero. En el otro caso
no era una persona la que le esperaba, sino una cosa, ¡su obra!
Era un científico que había iniciado la publicación de una colección
de libros que debía concluir. Nadie más que él podía realizar
su trabajo, lo mismo que nadie más podría nunca reemplazar
al padre en el afecto del hijo. La
unicidad y la resolución que diferencian a cada individuo y confieren
un significado a su existencia tienen su incidencia en la actividad
creativa, al igual que la tienen en el amor. Cuando se acepta
la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso para
que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad que
el hombre asume ante su existencia. El hombre que se hace consciente
de su responsabilidad ante el ser humano que le espera
con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá nunca
tirar su vida por la borda. Conoce el "porqué" de su existencia
y podrá soportar casi cualquier "cómo". Una
palabra a tiempo Las
oportunidades para la psicoterapia colectiva eran limitadas.
El ejemplo correcto era más efectivo de lo que pudieran serlo
las palabras. Los jefes de barracón que no eran autoritarios, por
ejemplo, tenían precisamente por su forma de ser y actuar mil
oportunidades de ejercitar una influencia de largo alcance sobre
los que estaban bajo su jurisdicción. La influencia inmediata de
una determinada forma de conducta es siempre más efectiva que
las palabras. Pero, a veces, una palabra también resulta efectiva
cuando la receptividad mental se intensifica con motivo 85 de
las circunstancias externas. Recuerdo un incidente en que hubo
lugar para realizar una labor terapéutica sobre todos los prisioneros
de un barracón, como consecuencia de la intensificación
de su receptividad provocada por una determinada situación
externa. Había
sido un día muy malo. A la hora de la formación se había
leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces en
adelante, se considerarían acciones de sabotaje y, por consiguiente,
punibles con la horca. Entre estas faltas se incluían nimiedades
como cortar pequeñas tiras de nuestras viejas mantas (para
utilizarlas como vendajes para los tobillos) y "robos mínimos.
Hacía unos días que un prisionero al borde de la inanición
había entrado en el almacén de víveres y había robado algunos
kilos de patatas. El robo se descubrió y algunos prisioneros
reconocieron al "ladrón". Cuando las autoridades del campo
tuvieron noticia de lo sucedido, ordenaron que les entregáramos
al culpable; si no, todo el campo ayunaría un día. Claro
está que los 2500 hombres prefirieron callar. La tarde de aquel
día de ayuno yacíamos exhaustos en los camastros. Nos encontrábamos
en las horas más bajas. Apenas sé decía palabra y las
que se pronunciaban tenían un tono de irritación. Entonces, y para
empeorar aún más las cosas, se apagó la luz. Los estados de ánimo
llegaron a su punto más bajo. Pero el jefe de nuestro barracón
era un hombre sabio e improvisó una pequeña charla sobre
todo lo que bullía en nuestra mente en aquellos momentos. Se
refirió a los muchos compañeros que habían muerto en los últimos
días por enfermedad o por suicidio, pero también indicó cuál
había sido la verdadera razón de esas muertes: la pérdida de la
esperanza. Aseguraba que tenía que haber algún medio de prevenir
que futuras víctimas llegaran a estados tan extremos. Y al
decir esto me señalaba a mí para que les aconsejara. Dios
sabe que no estaba en mi talante dar explicaciones psicológicas
o predicar sermones a fin de ofrecer a mis camaradas algún
tipo de cuidado médico de sus almas. Tenía frío y sueño, me
sentía irritable y cansado, pero hube de sobreponerme a mí mismo
y aprovechar la oportunidad. En aquel momento era más necesario
que nunca infundirles ánimos. 86 Asistencia
psicológica Seguidamente
hablé del futuro inmediato. Y dije que, para el que
quisiera ser imparcial, éste se presentaba bastante negro y concordé
con que cada uno de nosotros podía adivinar que sus posibilidades
de supervivencia eran mínimas: aun cuando ya no había
epidemia de tifus yo estimaba que mis propias oportunidades
estaban en razón de uno a veinte. Pero también les dije
que, a pesar de ello, no tenía intención de perder la esperanza
y tirarlo todo por la borda, pues nadie sabía lo que el futuro
podía depararle y todavía menos la hora siguiente. Y aun cuando
no cabía esperar ningún acontecimiento militar importante en
los días sucesivos, quiénes mejor que nosotros, con nuestra larga
experiencia en los campos para saber que a veces se ofrecían,
de repente, grandes oportunidades, cuando menos a nivel
individual. Por ejemplo, cabía la posibilidad de que, inesperadamente,
uno fuera destinado a un grupo especial que gozara
de condiciones laborales particularmente favorables, ya que
este tipo de cosas constituían la "suerte" del prisionero. Pero
no. sólo hablé del futuro y del velo que lo cubría. También
les hablé del pasado: de todas sus alegrías y de la luz que
irradiaba, brillante aun en la presente oscuridad. Para evitar que
mis palabras sonaran como las de un predicador, cité de nuevo
al poeta que había escrito: “Was du erlebt, kann keine Macht
der Welt dir rauben, ningún poder de la tierra podrá arrancarte
lo que has vivido.” No ya sólo nuestras experiencias, sino
cualquier cosa que hubiéramos hecho, cualesquiera pensamientos
que hubiéramos tenido, así como todo lo que habíamos
sufrido, nada de ello se había perdido, aun cuando hubiera
pasado; lo habíamos hecho ser, y haber sido es también una
forma de ser y quizá la más segura. Seguidamente
me referí a las muchas oportunidades existentes
para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas (que
yacían inmóviles, si bien de vez en cuando se oía algún suspiro)
de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna 87 circunstancia,
y de que este infinito significado de la vida comprende
también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la muerte.
Pedí a aquellas pobres criaturas que me escuchaban atentamente
en la oscuridad del barracón que hicieran cara a lo serio
de nuestra situación. No tenían que perder las esperanzas, antes
bien debían conservar el valor en la certeza de que nuestra lucha
desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les aseguré
que en las horas difíciles siempre había alguien que nos observaba
—un amigo, una esposa, alguien que estuviera vivo o muerto,
o un Dios— y que sin duda no querría que le decepcionáramos,
antes bien, esperaba que sufriéramos con orgullo
—y no miserablemente— y que supiéramos morir. Y,
finalmente, les hablé de nuestro sacrificio, que en cada caso tenía
un significado. En la naturaleza de este sacrificio estaba el que
pareciera insensato para la vida normal, para el mundo donde imperaba
el éxito material. Pero nuestro sacrificio sí tenía un sentido.
Los que profesaran una fe religiosa, dije con franqueza, no
hallarían dificultades para entenderlo. Les hablé de un camarada
que al llegar al campo había querido hacer un pacto con
el cielo para que su sacrificio y su muerte liberaran al ser que amaba
de un doloroso final. Para él, tanto el sufrimiento como la muerte
y, especialmente, aquel sacrificio, eran significativos. Por nada
del mundo quería morir, como tampoco lo queríamos ninguno
de nosotros. Mis palabras tenían como objetivo dotar a nuestra
vida de un significado, allí y entonces, precisamente en aquel
barracón y aquella situación, prácticamente desesperada. Pude
comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se encendieron
de nuevo las luces, las miserables figuras de mis camaradas
se acercaron renqueantes hacia mí para darme las gracias,
con lágrimas en los ojos. Sin embargo, es preciso que confiese
aquí que sólo muy raras veces hallé en mi interior fuerzas
para establecer este tipo de contacto con mis compañeros de
sufrimientos y que, seguramente, perdí muchas oportunidades de
hacerlo. 88 Psicología
de los guardias del campamento Llegamos
ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del prisionero:
su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en ella
consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo, sobre
todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué opina
del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo es
posible que hombres de carne y hueso como los demás pudieran
tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros aseguran
que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los relatos
de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de que,
por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo inmediato
es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de vista
psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin entrar
en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas. En
primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos en
el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía especialmente
a los sádicos siempre que se necesitaba un destacamento
de guardias muy severos. A esa selección negativa de
la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se realizaba
entre la masa de los propios prisioneros para elegir a aquellos
que debían ejercer la función de "capos" y en la que es fácil
comprender que, a menudo, fueran los individuos más brutales
y egoístas los que tenían más probabilidades de sobrevivir,
a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo la
selección positiva de los sádicos. Se
armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas de'
duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos unos
pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una pequeña
estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera. Pero
siempre había algún capataz que sentía gran placer en privarnos
de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a las
claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar allí,
sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la nieve.
Cuando a las SS les molestaba determinada persona, siempre
había en sus filas alguien especialmente dotado y altamente
especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al 89 desdichado
prisionero. En
tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias se
hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo siempre
creciente, habían sido testigos de los brutales métodos del
campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente rehusaban,
al menos, tomar parte activa en acciones de carácter sádico,
pero no impedían que otros las realizaran. En
cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias había
algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré únicamente
al comandante del campo del que fui liberado. Después
de la liberación —y sólo el médico del campo, que también
era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa fecha—
me enteré de que dicho comandante había comprado en la
localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y había
pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables. Por
lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un incidente
interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él algunos
de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser liberados
por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos húngaros
escondieron al comandante en los bosques bávaros. A continuación
se presentaron ante el comandante de las fuerzas americanas,
quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de las
SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba únicamente
bajo determinadas condiciones: el comandante norteamericano
tenía que prometer que no se haría ningún daño a
aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a los
jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía de
que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su promesa,
sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante del
campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su cargo,
encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las aldeas
bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros. El
prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho peor
que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los demás
prisioneros a la más mínima falta, mientras que el comandante
alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la mano
contra ninguno de nosotros. 90 Es
evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue guardia
del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana se
encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en términos
generales, merecen que se les condene. Los límites entre
estos grupos se superponen muchas veces y no debemos inclinarnos
a simplificar las cosas asegurando que unos hombres eran
unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que, tratándose
de un capataz, el hecho de ser amable con los prisioneros
a pesar de todas las perniciosas influencias del campo es
un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que maltrata
a sus propios compañeros merece condenación y desprecio
en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en estos
hombres una falta de carácter que les desconcertaba especialmente,
mientras que se sentían profundamente conmovidos
por la más mínima muestra de bondad recibida de alguno
de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio en
secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su propia
ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo" humano
que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la mirada
con que aquel hombre acompañó el regalo. De
todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que hay
dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la "raza"
de los hombres decentes y la raza de los indecentes. Ambas
se encuentran en todas partes y en todas las capas sociales.
Ningún grupo se compone de hombres decentes o de hombres
indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún grupo
es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar, entre
los guardias, a alguna persona decente. La
vida en un campo de concentración abría de par en par el alma
humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender que
en estas profundidades encontremos, una vez más, únicamente
cualidades humanas que, en su naturaleza más íntima,
eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que separa
el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser humano,
alcanza a las profundidades más hondas y se hizo manifiesta
en el fondo del abismo que se abrió en los campos de concentración. 91 Nosotros
hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre quizá
mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el hombre?
Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado
las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado
en ellas con paso firme musitando una oración. 92 TERCERA
FASE: DESPUÉS DE LA LIBERACIÓN Y
ahora, en el último capítulo dedicado a la psicología de un campo
de concentración, analicemos la psicología del prisionero que
ha sido liberado. Para describir las experiencias de la liberación,
que han de ser personales por fuerza, reanudaremos el hilo
en aquella parte de nuestro relato que hablaba de la mañana en
que, tras varios días de gran tensión, se izó la bandera blanca a
la entrada del campo. Al estado de ansiedad interior siguió una relajación
total. Pero se equivocaría quien pensase que nos volvimos
locos de alegría. ¿Qué sucedió, entonces? Con
torpes pasos, los prisioneros nos arrastramos hasta las puertas
del campo. Tímidamente miramos a nuestro derredor y nos
mirábamos los unos a los otros interrogándonos. Seguidamente,
nos aventuramos a dar unos cuantos pasos fuera del
campo y esta vez nadie nos impartía órdenes a gritos, ni teníamos
que apresurarnos en evitación de un golpe o un puntapié.
¡Oh, no! ¡Esta vez los guardias nos ofrecían cigarrillos! Al
principio a duras penas podíamos reconocerlos, ya que se habían
dado mucha prisa en cambiarse de ropa y vestían de civiles.
Caminábamos despacio por la carretera que partía del campo.
Pronto sentimos dolor en las piernas y temimos caernos, pero
nos repusimos, queríamos ver los alrededores del campo con los
ojos de los hombres libres, por vez primera. "¡Somos libres!", nos
decíamos una y otra vez y aún así no podíamos creerlo. Habíamos
repetido tantas veces esta palabra durante los años que
soñamos con ella, que ya había perdido su significado. Su realidad
no penetraba en nuestra conciencia; no podíamos aprehender
el hecho de que la libertad nos perteneciera. Llegamos
a los prados cubiertos de flores. Las contemplábamos
y nos dábamos cuenta de que estaban allí, pero no
despertaban en nosotros ningún sentimiento. El primer destello
de alegría se produjo cuando vimos un gallo con su cola de
plumas multicolores. Pero no fue más que un destello: todavía 93 no
pertenecíamos a este mundo. Por
la tarde y cuando otra vez nos encontramos en nuestro barracón,
un hombre le dijo en secreto a otro: "¿Dime, estuviste hoy
contento?" Y
el otro le contestó un tanto avergonzado, pues no sabía que los
demás sentíamos de igual modo: "Para ser franco: no." Literalmente
hablando, habíamos perdido la capacidad de alegrarnos
y teníamos que volverla a aprender, lentamente. Desde
el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los prisioneros
liberados podría denominarse "despersonalización". Todo
parecía irreal, improbable, como un sueño. No podíamos creer
que fuera verdad. ¡Cuántas veces, en los pasados años, nos habían
engañado los sueños! Habíamos soñado con que llegaba el día
de la liberación, con que nos habían liberado ya, habíamos vuelto
a casa, saludado a los amigos, abrazado a la esposa, nos habíamos
sentado a la mesa y empezado a contar todo lo que habíamos
pasado, incluso que muy a menudo habíamos contemplado,
en nuestros sueños, el día de nuestra liberación. Y entonces
un silbato traspasaba nuestros oídos —la señal de levantarnos—
y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el sueño
se había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad en
él? cuerpo
tiene menos inhibiciones que la mente, así que desde
el primer momento hizo buen uso de la libertad recién adquirida
y empezó a comer vorazmente, durante horas y días enteros,
incluso en mitad de la noche. Sorprende pensar las ingentes
cantidades que se pueden comer. Y cuando a uno de los prisioneros
le invitaba algún granjero de la vecindad, comía y comía
y bebía café, lo cual le soltaba la lengua y entonces hablaba
y hablaba horas enteras. La presión que durante años había
oprimido su mente desaparecía al fin. Oyéndole hablar se tenía
la impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de hablar
era irresistible. Supe de personas que habían sufrido una presión
muy intensa durante un corto período de tiempo (por ejemplo
pasar un interrogatorio de la Gestapo) y experimentaron idénticas
reacciones. Pasaron muchos días antes de que no sólo 94 se
soltara la lengua, sino también algo que estaba dentro de todos
nosotros; y, de pronto, aquel sentimiento se abrió por entre las
extrañas cadenas que lo habían constreñido. Un
día, poco después de nuestra liberación, yo paseaba por la campiña
florida, camino del pueblo más próximo. Las alondras se elevaban
hasta el cielo y yo podía oír sus gozosos cantos; no había
nada más que la tierra y el cielo y el júbilo de las alondras, y
la libertad del espacio. Me detuve, miré en derredor, después al cielo,
y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía muy
poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase, siempre
la misma: "Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él
me contestó desde el espacio en libertad." No
recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas, repitiendo
una y otra vez mi jaculatoria. Pero yo sé que aquel día, en
aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando, paso
a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano. El
desahogo El
camino que partía de la aguda tensión espiritual de los últimos
días pasados en el campo (de la guerra de nervios a la paz
mental) no estaba exento de obstáculos. Sería un error pensar
que el prisionero liberado no tenía ya necesidad de ningún cuidado.
Debemos considerar que un hombre que ha vivido bajo una
presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre también
peligro después de la liberación, sobre todo habiendo cesado
la tensión tan de repente. Dicho peligro (desde el punto de vista
de la higiene psicológica) es la contrapartida psicológica de la
aeroembolia. Lo mismo que la salud física de los que trabajan en
cámaras de inmersión correría peligro si, de repente, abandonaran
la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda presión
atmosférica), así también el hombre que ha sido liberado repentinamente
de la presión espiritual puede sufrir daño en su salud
psíquica. Durante
esta fase psicológica se observaba que las personas de
naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de 95 la
brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el campo.
Ahora, al verse libres, pensaban que podían hacer uso de su
libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma. Lo único
que había cambiado para ellos era que en vez de ser oprimidos
eran opresores. Se convirtieron en instigadores y no objetores,
de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su conducta en
sus propias y terribles experiencias y ello solía ponerse de manifiesto
en situaciones aparentemente inofensivas. En una | |||