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VIKTOR E. FRANKL

 

EL HOMBRE EN BUSCA DE SENTIDO

 

Con un prefacio de Gordon W. Allport

 

 

PREFACIO

 

El Dr. Frankl, psiquiatra y escritor, suele preguntar a sus

pacientes aquejados de múltiples padecimientos, más o menos

importantes: "¿Por qué no se suicida usted?" Y muchas veces, de

las respuestas extrae una orientación para la psicoterapia a

aplicar: a éste, lo que le ata a la vida son los hijos; al otro, un

talento, una habilidad sin explotar; a un tercero, quizás, sólo unos

cuantos recuerdos que merece la pena rescatar del olvido. Tejer

estas tenues hebras de vidas rotas en una urdimbre firme,

coherente, significativa y responsable es el objeto con que se

enfrenta la logoterapia, que es la versión original del Dr. Frankl

del moderno análisis existencial.

En esta obra, el Dr. Frankl explica la experiencia que le llevó al

descubrimiento de la logoterapia. Prisionero, durante mucho

tiempo, en los bestiales campos de concentración, él mismo sintió

en su propio ser lo que significaba una existencia desnuda. Sus

padres, su hermano, incluso su esposa, murieron en los campos

de concentración o fueron enviados a las cámaras de gas, de tal

suerte que, salvo una hermana, todos perecieron. ¿Cómo pudo él

—que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que

valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que

tantas veces estuvo a punto del exterminio—, cómo pudo aceptar

que la vida fuera digna de vivirla ? El psiquiatra que

personalmente ha tenido que enfrentarse a tales rigores merece

que se le escuche, pues nadie como él para juzgar nuestra

condición humana sabia y compasivamente. Las palabras del Dr.

Frankl tienen un tono profundamente honesto, pues se basan en

experiencias demasiado hondas para ser falsas. Dado el cargo que

hoy ocupa en la Facultad de Medicina de Viena y el renombre que

han alcanzado las clínicas de logoterapia que actualmente van

desarrollándose en los distintos países tomando como modelo su

famosa Policlínica Neurológica de Viena, lo que el Dr. Frankl tiene

que decir adquiere todavía mayor prestigio.

Es difícil no caer en la tentación de comparar la forma que el

 

7

 

Dr. Frankl tiene de enfocar la teoría y la terapia con la obra de su

predecesor, Sigmund Freud. Ambos doctores se aplican

primordialmente a estudiar la naturaleza y cura de las neurosis.

Para Freud, la raíz de esta angustiosa enfermedad está en la

ansiedad que se fundamenta en motivos conflictivos e

inconscientes. Frankl diferencia varias formas de neurosis y

descubre el origen de algunas de ellas (la neurosis noógena) en la

incapacidad del paciente para encontrar significación y sentido de

responsabilidad en la propia existencia. Freud pone de relieve la

frustración de la vida sexual; para Frankl la frustración está en la

voluntad intencional. Se da en la Europa actual una marcada

tendencia a alejarse de Freud y una aceptación muy extendida del

análisis existencial, que toma distintas formas más o menos

afines, siendo una de ellas la escuela de logoterapia. Es

característico del abierto talante de Frankl el no repudiar a Freud,

antes bien construye sobre sus aportaciones; tampoco se enfrenta

a las demás modalidades de la terapia existencial, sino que

celebra gustoso su parentesco con ellas.

El presente relato, aun siendo breve, está elaborado con arte y

garra. Yo lo he leído dos veces de un tirón, incapaz de

desprenderme de su hechizo. En alguna parte, hacia la mitad del

libro, Frankl presenta su propia filosofía de la logoterapia: lo hace

como sin solución de continuidad y tan quedamente que sólo

cuando ha terminado el libro el lector se percata de que está ante

un ensayo profundo y no ante un relato más, forzosamente, sobre

campos de concentración.

Es mucho lo que el lector aprende de este fragmento

autobiográfico : aprende lo que hace un ser humano cuando, de

pronto, se da cuenta de que no tiene "nada que perder excepto su

ridícula vida desnuda". La descripción que hace Frankl de la

mezcla de emociones y apatía que se agolpan en la mente es

impresionante. Lo primero que acude en nuestro auxilio es una

curiosidad, fría y despegada, por nuestro propio destino. A

continuación, y con toda rapidez, se urden las estrategias para

salvar lo que resta de vida, aun cuando las oportunidades de

sobrevivir sean mínimas. El hambre, la humillación y la sorda

cólera ante la injusticia se hacen tolerables a través de las

 

8

 

imágenes entrañables de las personas amadas, de la religión, de

un tenaz sentido del humor, e incluso de un vislumbrar la belleza

estimulante de la naturaleza: un árbol, una puesta de sol.

Pero estos momentos de alivio no determinan la voluntad de

vivir, si es que no contribuyen a aumentar en el prisionero la

noción de lo insensato de su sufrimiento. Y es en este punto

donde encontramos el tema central del existencialismo: vivir es

sufrir; sobrevivir es hallarle sentido al sufrimiento. Si la vida tiene

algún objeto, éste no puede ser otro que el de sufrir y morir. Pero

nadie puede decirle a nadie en qué consiste este objeto: cada uno

debe hallarlo por sí mismo y aceptar la responsabilidad que su

respuesta le dicta. Si triunfa en el empeño, seguirá

desarrollándose a pesar de todas las indignidades. Frankl gusta de

citar a Nietzsche: "Quien tiene un porque para, vivir, encontrará

casi siempre el como".

En el campo de concentración, todas las circunstancias

conspiran para conseguir que el prisionero pierda sus asideros.

Todas las metas de la vida familiar han sido arrancadas de cuajo,

lo único que resta es "la última de las libertades humanas", la

capacidad de "elegir la actitud personal ante un conjunto de

circunstancias". Esta última libertad, admitida tanto por los

antiguos estoicos como por los modernos existencialistas,

adquiere una vivida significación en el relato de Frankl. Los

prisioneros no eran más que hombres normales y corrientes, pero

algunos de ellos al elegir ser "dignos de su sufrimiento"

atestiguan la capacidad humana para elevarse por encima de su

aparente destino.

Como psicoterapeuta que es, el autor quiere saber cómo se

puede ayudar al hombre a alcanzar esta capacidad, tan

diferenciadoramente humana, por otra parte. ¿Cómo puede uno

despertar en un paciente el sentimiento de que tiene la

responsabilidad de vivir, por muy adversas que se presenten las

circunstancias? Frankl nos da cumplida cuenta de una sesión de

terapia colectiva que mantuvo con sus compañeros de prisión.

A petición del editor, el Dr. Frankl ha añadido a su

autobiografía una breve pero explícita exposición de los principios

básicos de la logoterapia. Hasta ahora casi todas las publicaciones

 

9

 

de esta "tercera escuela vienesa de psicoterapia" (son sus

predecesoras las escuelas de Freud y Adler) se han editado

preferentemente en alemán, de modo que el lector acogerá con

agrado este suplemento del Dr. Frankl a su relato personal.

A diferencia de otros existencialistas europeos, Frankl no es ni

pesimista ni antirreligioso; antes al contrario, para ser un autor

que se enfrenta de lleno a la omnipresencia del sufrimiento y a las

fuerzas del mal, adopta un punto de vista sorprendentemente

esperanzador sobre la capacidad humana de trascender sus

dificultades y descubrir la verdad conveniente y orientadora.

Recomiendo calurosamente esta pequeña obrita, por ser una

joya de la narrativa dramática centrada en torno al más profundo

de los problemas humanos. Su mérito es tanto literario como

filosófico y ofrece una precisa introducción al movimiento

psicológico más importante de nuestro tiempo.

 

GORDON W. ALLPORT

 

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Gordon W. Allport, antiguo profesor de psicología de la

Universidad de Harvard, fue uno de los escritores y docentes más

prestigiosos de los Estados Unidos. Publicó numerosas obras

originales sobre psicología y fue director del 'Journal of Abnormal

and Social Psycbology". Precisamente a través de la labor pionera

del profesor Allport la trascendental teoría del Dr. Frankl se ha

introducido en aquel país; más aún, el interés que ha despertado

la logoterapia ha crecido a pasos agigantados debido en parte a

su reputación.

 

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PARTE PRIMERA

 

UN PSICÓLOGO EN UN CAMPO DE

 

CONCENTRACIÓN

 

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"Un psicólogo en un campo de concentración". No se trata, por

lo tanto, de un relato de hechos y sucesos, sino de experiencias

personales, experiencias que millones de seres humanos han

sufrido una y otra vez. Es la historia íntima de un campo de

concentración contada por uno de sus supervivientes. No se

ocupa de los grandes horrores que ya han sido suficiente y

prolijamente descritos (aunque no siempre y no todos los hayan

creído), sino que cuenta esa otra multitud de pequeños

tormentos. En otras palabras, pretende dar respuesta a la

siguiente pregunta: ¿Cómo incidía la vida diaria de un campo de

concentración en la mente del prisionero medio?

Muchos de los sucesos que aquí se describen no tuvieron lugar

en los grandes y famosos campos, sino en los más pequeños, que

es donde se produjo la mayor experiencia del exterminio.

Tampoco es un libro sobre el sufrimiento y la muerte de grandes

héroes y mártires, ni sobre los preeminentes "capos" —

prisioneros que actuaban como especie de administradores y

tenían privilegios especiales— o los prisioneros de renombre. Es

decir, no se refiere tanto a los sufrimientos de los poderosos,

cuanto a los sacrificios, crucifixión y muerte de la gran legión de

víctimas desconocidas y olvidadas, pues era a estos prisioneros

normales y corrientes, que no llevaban ninguna marca distintiva

en sus mangas, a quienes los "capos" realmente despreciaban.

Mientras estos prisioneros comunes tenían muy poco o nada que

llevarse a la boca, los "capos" no padecían nunca hambre; de

hecho, muchos de estos "capos" lo pasaron mucho mejor en los

campos que en toda su vida, y muy a menudo eran más duros

con los prisioneros que los propios guardias, y les golpeaban con

mayor crueldad que los hombres de las SS. Claro está que los

"capos" se elegían de entre aquellos prisioneros cuyo carácter

hacía suponer que serían los indicados para tales procedimientos,

y si no cumplían con lo que se esperaba de ellos, inmediatamente

se les degradaba. Pronto se fueron pareciendo tanto a los

 

13

 

miembros de las SS y a los guardianes de los campos que se les

podría juzgar desde una perspectiva psicológica similar.

 

Selección activa y pasiva

 

Es muy fácil para el que no ha estado nunca en un campo de

concentración hacerse una idea equivocada de la vida en él, idea

en la que piedad y simpatía aparecen mezcladas, sobre todo al no

conocer prácticamente nada de la dura lucha por la existencia que

precisamente en los campos más pequeños se libraba entre los

prisioneros, del combate inexorable por el pan de cada día y por

la propia vida, por el bien de uno mismo y por la propia vida, por

el bien de uno mismo y por el de un buen amigo. Pongamos como

ejemplo las veces en que oficialmente se anunciaba que se iba a

trasladar a unos cuantos prisioneros a un campo de

concentración, pero no era muy difícil adivinar que el destino final

de todos ellos sería sin duda la cámara de gas. Se seleccionaba a

los más enfermos o agotados, incapaces de trabajar, y se les

enviaba a alguno de los campos centrales equipados con cámaras

de gas y crematorios. El proceso de selección era la señal para

una abierta lucha entre los compañeros o entre un grupo contra

otro. Lo único que importaba es que el nombre de uno o el del

amigo fuera tachado de la lista de las víctimas aunque todos

sabían que por cada hombre que se salvaba se condenaba a otro.

En cada traslado tenía que haber un número determinado de

pasajeros, quien fuera no importaba tanto, puesto que cada uno

de ellos no era más que un número y así era como constaban en

las listas. Al entrar en el campo se les quitaban todos los

documentos y objetos personales (al menos ése era el método

seguido en Auschwitz), por consiguiente cada prisionero tenía la

oportunidad de adoptar un nombre o una profesión falsos y lo

cierto es que por varias razones muchos lo hacían. A las

autoridades lo único que les importaba eran los números de los

prisioneros; muchas veces estos números se tatuaban en la piel

y, además, había que llevarlos cosidos en determinada parte de

los pantalones, de la chaqueta o del abrigo. A ningún guardián

 

14

 

que quisiera llevar una queja sobre un prisionero —casi siempre

por "pereza"— se le hubiera ocurrido nunca preguntarle su

nombre; no tenía más que echar una ojeada al número (¡y cómo

temíamos esas miradas por las posibles consecuencias!) y

anotarlo en su libreta.

Volvamos al convoy a punto de partir. No había tiempo para

consideraciones morales o éticas, ni tampoco el deseo de

hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros:

mantenerse con vida para volver con la familia que los esperaba

en casa y salvar a sus amigos; por consiguiente, no dudaban ni

un momento en arreglar las cosas para que otro prisionero, otro

"numero", ocupara su puesto en la expedición.

De lo expuesto hasta ahora se desprende que el proceso para

seleccionar a los "capos" era de tipo negativo; para este trabajo

se elegía únicamente a los más brutales (aunque había algunas

felices excepciones). Además de la selección de los "capos", que

corría a cargo de las SS y que era de tipo activo, se daba una

especie de proceso continuado de autoselección pasiva entre

todos los prisioneros. Por lo general, sólo se mantenían vivos

aquellos prisioneros que tras varios años de dar tumbos de campo

en campo, habían perdido todos sus escrúpulos en la lucha por la

existencia; los que estaban dispuestos a recurrir a cualquier

medio, fuera honrado o de otro tipo, incluidos la fuerza bruta, el

robo, la traición o lo que fuera con tal de salvarse. Los que hemos

vuelto de allí gracias a multitud de casualidades fortuitas o

milagros —como cada cual prefiera llamarlos— lo sabemos bien:

los mejores de entre nosotros no regresaron.

 

El informe del prisionero n.° 119.104: ensayo psicológico

 

Este relato trata de mis experiencias como prisionero común,

pues es importante que diga, no sin orgullo, que yo no estuve

trabajando en el campo como psiquiatra, ni siquiera como

médico, excepto en las últimas semanas. Unos pocos de mis

colegas fueron lo bastante afortunados como para estar

empleados en los rudimentarios puestos de primeros auxilios

 

15

 

aplicando vendajes hechos de tiras de papel de desecho. Yo era

un prisionero más, el número 119.104, y la mayor parte del

tiempo estuve cavando y tendiendo traviesas para el ferrocarril.

En una ocasión mi trabajo consistió en cavar un túnel, sin ayuda,

para colocar una cañería bajo una carretera. Este hecho no quedó

sin recompensa, y así justamente antes de las Navidades de 1944

me encontré con el regalo de los llamados "cupones de premio",

de parte de la empresa constructora a la que prácticamente

habíamos sido vendidos como esclavos: la empresa pagaba a las

autoridades del campo un precio fijo por día y prisionero. Los

cupones costaban a la empresa 50 Pfenning cada uno y podían

canjearse por seis cigarrillos, muchas veces varias semanas

después, si bien a menudo perdían su validez. Me convertí así en

el orgulloso propietario de dos cupones por valor de doce

cigarrillos, aunque lo más importante era que los cigarrillos se

podían cambiar por doce raciones de sopa y esta sopa podía ser

un verdadero respiro frente a la inanición durante dos semanas.

El privilegio de fumar cigarrillos le estaba reservado a los "capos",

que tenían asegurada su cuota semanal de cupones; o quizás al

prisionero que trabajaba como capataz en un almacén o en un

taller y recibía cigarrillos a cambio de realizar tareas peligrosas.

Las únicas excepciones eran las de aquellos que habían perdido la

voluntad de vivir y querían "disfrutar" de sus últimos días. De

modo que cuando veíamos a un camarada fumar sus propios

cigarrillos en vez de cambiarlos por alimentos, ya sabíamos que

había renunciado a confiar en su fuerza para seguir adelante y

que, una vez perdida la voluntad de vivir, rara vez se recobraba.

Lo que realmente importa ahora es determinar el verdadero

sentido de esta empresa. Muchos recuentos y datos sobre los

campos de concentración ya están en los archivos. En esta

ocasión, los hechos se considerarán significativos en cuanto

formen parte de la experiencia humana. Lo que este ensayo

intenta describir es la naturaleza exacta de dichas experiencias;

para los que estuvieron internados en aquellos campos se trata de

explicar estas experiencias a la luz de los actuales conocimientos

y a los que nunca estuvieron dentro puede ayudarles a

aprehender y, sobre todo a entender, las experiencias por las que

atravesaron ese porcentaje excesivamente reducido de los

 

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prisioneros supervivientes y su peculiar y, desde el punto de vista

de la psicología, totalmente nueva actitud frente a la vida. Estos

antiguos prisioneros suelen decir: "No nos gusta hablar de

nuestras experiencias. Los que estuvieron dentro no necesitan de

estas explicaciones y los demás no entenderían ni cómo nos

sentimos entonces ni cómo nos sentimos ahora."

Es difícil intentar una presentación metódica del tema, ya que

la psicología exige un cierto distanciamiento científico. ¿Pero es

que el hombre que hace sus observaciones mientras está

prisionero puede tener ese distanciamiento necesario? Sólo los

que son ajenos al caso pueden garantizarlo, pero es mucha su

lejanía para que lo que puedan decir sea realmente válido.

Únicamente el que ha estado dentro sabe lo que pasó, aunque sus

juicios tal vez no sean del todo objetivos y sus estimaciones sean

quizá desproporcionadas al faltarle ese distanciamiento. Es

preciso hacer lo imposible para no caer en la parcialidad personal,

y ésta es la gran dificultad que encierra este tipo de obras: a

veces se hará necesario tener valor para contar experiencias muy

íntimas. El auténtico peligro de un ensayo psicológico de este tipo

no estriba en la posibilidad de que reciba un tono personal, sino

en que reciba un tinte tendencioso.

Dejaré a otros la tarea de decantar hasta la impersonalidad los

contenidos de este libro al objeto de obtener teorías objetivas a

partir de experiencias subjetivas, que puedan suponer una

aportación a la psicología o psicopatología de la vida en

cautiverio, investigada después de la primera guerra mundial, y

que nos hizo conocer el síndrome de la "enfermedad de la

alambrada de púas". Debemos a la segunda guerra mundial el

haber enriquecido nuestros conocimientos sobre la "psicopatología

de las masas" (si puedo citar esta variante de la conocida frase

que es el título de un libro de LeBon), al regalarnos la guerra de

nervios y la vivencia única e inolvidable de los campos de

concentración.

Llegado a este punto desearía hacer una observación. En un

principio traté de escribir este libro de manera anónima,

utilizando tan solo mi número de prisionero. A ello me impulsó mi

aversión al exhibicionismo. Una vez terminado el manuscrito

 

17

 

comprendí que el anonimato le haría perder la mitad de su valor,

ya que la valentía de la confesión eleva el valor de los hechos.

Decidí expresar mis convicciones con franqueza, y por esta razón

me abstuve de suprimir algunos de los pasajes, venciendo incluso

mi desagrado hacia el exhibicionismo.

 

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PRIMERA FASE: INTERNAMIENTO EN EL CAMPO

 

Al examinar e intentar ordenar la gran cantidad de material

recogido como resultado de las numerosas observaciones y

experiencias de los prisioneros, cabe distinguir tres fases en las

reacciones mentales de los internados en un campo de

concentración: la fase que sigue a su internamiento, la fase de la

auténtica vida en el campo y la fase siguiente a su liberación.

 

Estación Auschwitz

 

El síntoma que caracteriza la primera fase es el shock. Bajo

ciertas condiciones el shock puede incluso preceder a la admisión

formal del prisionero en el campo. Ofreceré, como ejemplo, las

circunstancias de mi propio internamiento.

Unas 1500 personas estuvimos viajando en tren varios días

con sus correspondientes noches; en cada vagón éramos unos 80.

Todos teníamos que tendernos encima de nuestro equipaje, lo

poco que nos quedaba de nuestras pertenencias. Los coches

estaban tan abarrotados que sólo quedaba libre la parte superior

de las ventanillas por donde pasaba la claridad gris del amanecer.

Todos creíamos que el tren se encaminaba hacia una fábrica de

municiones en donde nos emplearían como fuerza salarial. No

sabíamos dónde nos encontrábamos ni si todavía estábamos en

Silesia o ya habíamos entrado en Polonia. El silbato de la

locomotora tenía un sonido misterioso, como si enviara un grito

de socorro en conmiseración del desdichado cargamento que iba

destinado a la perdición. Entonces el tren hizo una maniobra, nos

acercábamos sin duda a una estación principal. Y, de pronto, un

grito se escapó de los angustiados pasajeros: "¡Hay una señal,

Auschwitz!" Su solo nombre evocaba todo lo que hay de horrible

en el mundo: cámaras de gas, hornos crematorios, matanzas

indiscriminadas. El tren avanzaba muy despacio, se diría que

 

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estaba indeciso, como si quisiera evitar a sus pasajeros, cuanto

fuera posible, la atroz constatación: ¡Auschwitz! A medida que iba

amaneciendo se hacían visibles los perfiles de un inmenso campo:

la larga extensión de la cerca de varias hileras de alambrada

espinosa; las torres de observación; los focos y las interminables

columnas de harapientas figuras humanas, pardas a la luz

grisácea del amanecer, arrastrándose por los desolados campos

hacia un destino desconocido. Se oían voces aisladas y silbatos de

mando, pero no sabíamos lo que querían decir. Mi imaginación me

llevaba a ver horcas con gente colgando de ellas. Me estremecí de

horror, pero no andaba muy desencaminado, ya que paso a paso

nos fuimos acostumbrando a un horror inmenso y terrible.

A su debido tiempo entramos en la estación. El silencio inicial

fue interrumpido por voces de mando: a partir de entonces

íbamos a escuchar aquellas voces ásperas y chillonas una y otra

vez, en todos los campos. Sonaban igual que el último grito de

una víctima, y sin embargo había cierta diferencia: eran roncas,

cortantes, como si vinieran de la garganta de un hombre que

tuviera que estar gritando así sin parar, un hombre al que

asesinaran una y otra vez... Las portezuelas del vagón se abrieron

de golpe y un pequeño destacamento de prisioneros entró

alborotando. Llevaban uniformes rayados, tenían la cabeza

afeitada, pero parecían bien alimentados. Hablaban en todas las

lenguas europeas imaginables y todos parecían conservar cierto

humor, que bajo tales circunstancias sonaba grotesco. Como el

hombre que se ahoga y se agarra a una paja, mi innato

optimismo (que tantas veces me había ayudado a controlar mis

sentimientos aun en las situaciones más desesperadas) se aferró

a este pensamiento: los prisioneros tienen buen aspecto, parecen

estar de buen humor, incluso se ríen, ¿quién sabe? Tal vez

consiga compartir su favorable posición.

Hay en psiquiatría un estado de ánimo que se conoce como la

"ilusión del indulto", según el cual el condenado a muerte, en el

instante antes de su ejecución, concibe la ilusión de que le

indultarán en el último segundo. También nosotros nos

agarrábamos a los jirones de esperanza y hasta el último

momento creímos que no todo sería tan malo. La sola vista de las

 

20

 

mejillas sonrosadas y los rostros redondos de aquellos prisioneros

resultaba un gran estímulo. Poco sabíamos entonces que

componían un grupo especialmente seleccionado que durante

años habían sido el comité de recepción de las nuevas

expediciones de prisioneros que llegaban a la estación un día tras

otro. Se hicieron cargo de los recién llegados y de su equipaje,

incluidos los escasos objetos personales y las alhajas de

contrabando. Auschwitz debe haber sido un extraño lugar en

aquella Europa de los últimos años de la guerra, un lugar repleto

de tesoros inmensos en oro y plata, platino y diamantes,

depositados en sus enormes almacenes, sin contar los que

estaban en manos de las SS.

A la espera de trasladarlos a otros campos más pequeños,

metieron a 1100 prisioneros en una barraca construida para

albergar probablemente a unas doscientas personas como

máximo. Teníamos hambre y frío y no había espacio suficiente ni

para sentarnos en cuclillas en el suelo desnudo, no digamos ya

para tendernos. Durante cuatro días, nuestro único alimento

consistió en un trozo de pan de unos 150 gramos. Pero yo oí a los

prisioneros más antiguos que estaban a cargo de la barraca

regatear, con uno de los componentes del comité de recepción,

por un alfiler de corbata de platino y diamantes. Al final, la mayor

parte de las ganancias se convertían en tragos de aguardiente. No

me acuerdo ya de cuántos miles de marcos se necesitaban para

comprar la cantidad de Schnaps necesaria para pasar una "tarde

alegre", pero sí sé que los prisioneros veteranos necesitaban esos

tragos. ¿Quién podría culparles de tratar de drogarse bajo tales

circunstancias? Había otro grupo de prisioneros que conseguían

aguardiente de las SS casi sin limitación alguna: eran los hombres

que trabajaban en las cámaras de gas y en los crematorios y que

sabían muy bien que cualquier día serían relevados por otra

remesa y tendrían que dejar su obligado papel de ejecutores para

convertirse en víctimas.

 

La primera selección

 

21

 

Creo que todos los que formaban parte de nuestra expedición

vivían con la ilusión de que seríamos liberados, de que, al final,

todo iba a salir muy bien. No nos dábamos cuenta del significado

que encerraba la escena que expongo a continuación. Hasta la

tarde no comprendimos su sentido. Nos dijeron que dejáramos

nuestro equipaje en el tren y que formáramos dos filas, una de

mujeres y otra de hombres, y que desfiláramos ante un oficial de

las SS. Por sorprendente que parezca, tuve el valor de esconder

mi macuto debajo del abrigo. Uno a uno, los hombres pasamos

ante el oficial. Me daba cuenta del peligro que corría si el oficial

localizaba mi saco. Lo menos que haría sería derribarme al suelo

de una bofetada; lo sabía por propia experiencia. Instintivamente,

al irme aproximando a él me enderecé de modo que no se diera

cuenta de mi pesada carga. Ahora lo tenía frente a frente. Era un

hombre alto y delgado y llevaba un uniforme impecable que le

sentaba perfectamente. ¡Qué contraste con nosotros, todos sucios

y mugrientos después de tan largo viaje! Había adoptado una

actitud de aparente descuido sujetándose el codo derecho con la

mano izquierda. Ninguno de nosotros tenía la más remota idea

del siniestro significado que se ocultaba tras aquel pequeño

movimiento de su dedo que señalaba unas veces a la izquierda y

otras a la derecha, pero sobre todo a la derecha.

Tocaba mi turno. Alguien me susurró que si nos enviaban a la

derecha ("desde el punto de vista del espectador") significaba

trabajos forzados, mientras que la dirección a la izquierda era

para los enfermos e incapaces de trabajar, a quienes enviaban a

otro campo. No podía hacer otra cosa que dejar que las cosas

siguieran su curso, como así sería a partir de entonces muchas

veces más. El macuto me pesaba y me obligaba a ladearme hacia

la izquierda, pero hice un esfuerzo para caminar erguido. El

hombre de las SS me miró de arriba abajo y pareció dudar;

después puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté con

todas mis fuerzas parecer distinguido: me hizo girar hasta que

quedé frente al lado derecho y seguí andando en aquella

dirección.

Por la tarde nos explicaron la significación del juego del dedo.

Se trataba de la primera selección, el primer veredicto sobre

 

22

 

nuestra existencia o no existencia. Para la gran mayoría de

aquella expedición, cerca de un 90%, significó la muerte; la

sentencia se ejecutó en las horas siguientes. Los que fueron

enviados hacia la izquierda marcharon directamente desde la

estación al crematorio. Dicho edificio, según me contó un

prisionero que trabajaba allí, tenía escrito sobre sus puertas en

varios idiomas europeos, la palabra "baño". Al entrar, a cada

prisionero se le entregaba una pastilla de jabón y después..., pero

gracias a Dios no necesito relatar lo que sucedía después. Muchos

han escrito ya sobre tanto horror. Los que nos habíamos salvado,

la minoría de nuestra expedición, supo aquella tarde la verdad.

Pregunté a los prisioneros que llevaban allí algún tiempo a dónde

podrían haber enviado a mi amigo y colega P.

"¿Lo mandaron hacia la izquierda?"

"Sí", repliqué.

"Entonces puede verle allí", me dijeron.

"¿Dónde?" La mano señalaba la chimenea que había a unos

cuantos cientos de yardas y que arrojaba al cielo gris de Polonia

una llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube de

humo.

"Allí es donde está su amigo, elevándose hacia el cielo", fue su

respuesta. Pero entonces todavía no comprendía lo que quería

decir hasta que me revelaron la verdad con toda su crudeza.

Pero me estoy adelantando al contar las cosas. Desde un

punto de vista psicológico, teníamos un largo, muy largo, camino

por delante desde que pusimos el pie en la estación hasta nuestra

primera noche en el campo. Escoltados por los guardias de las SS

que iban cargados con pesados fusiles, nos hicieron recorrer a

paso ligero el camino que desde la estación atravesaba la

alambrada electrificada y el campo, hasta llegar al pabellón de

desinfección; para aquellos de nosotros que habíamos pasado la

primera selección, fue un auténtico baño. Una vez más se vio

confirmada nuestra ilusión de salvarnos. Los hombres de las SS

parecían casi casi encantadores. Pronto supimos por qué: eran

amables con nosotros mientras teníamos nuestros relojes de

pulsera y nos podían persuadir, en todos los tonos y maneras,

para que se los entregáramos. ¿Acaso no habíamos perdido ya

 

23

 

todo lo que poseíamos? ¿Por qué no habíamos de dar nuestro

reloj a aquellas personas relativamente agradables? Tal vez algún

día nos lo devolverían con creces.

 

Desinfección

 

Esperamos en un cobertizo que parecía ser la antesala de la

cámara de desinfección. Los hombres de las SS aparecieron y

extendieron unas mantas sobre las que teníamos que echar todo

lo que llevábamos encima: relojes y joyas. Todavía había entre

nosotros unos cuantos ingenuos que preguntaron, para regocijo

de los más avezados que actuaban de ayudantes, si no podían

conservar su anillo de casados, una medalla o algún amuleto de

oro. Nadie podía aceptar todavía el hecho de que todo,

absolutamente todo, se lo llevarían. Intenté ganarme la confianza

de uno de los prisioneros de más edad. Acercándome a él

furtivamente, señalé el rollo de papel en el bolsillo interior de mi

chaqueta y dije: "Mira, es el manuscrito de un libro científico. Ya

sé lo que vas a decir: que debo estar agradecido de salvar la vida,

que eso es todo cuanto puedo esperar del destino. Pero no puedo

evitarlo, tengo que conservar este manuscrito a toda costa:

contiene la obra de mi vida. ¿Comprendes lo que quiero decir?"

Sí, empezaba a comprender. Lentamente, en su rostro se fue

dibujando una mueca, primero de piedad, luego se mostró

divertido, burlón, insultante, hasta que rugió una palabra en

respuesta a mi pregunta, una palabra que siempre estaba

presente en el vocabulario de los internados en el campo:

"¡Mierda!" Y en ese momento toda la verdad se hizo patente ante

mí e hice lo que constituyó el punto culminante de la primera fase

de mi reacción psicológica: borré de mi conciencia toda vida

anterior.

De pronto se produjo cierto revuelo entre mis compañeros de

viaje, que hasta ese momento permanecían de pie con los rostros

pálidos, asustados, debatiéndose sin esperanza. Otra vez oíamos

gritar, dando órdenes, a aquellas voces roncas. A empujones, nos

condujeron a la antesala inmediata a los baños. Allí nos

 

24

 

agrupamos en torno a un hombre de las SS que esperó hasta que

todos hubimos llegado. Entonces dijo: "Os daré dos minutos y

mediré el tiempo por mi reloj. En estos dos minutos os

desnudaréis por completo y dejaréis en el suelo, junto a vosotros,

todas vuestras ropas. No podéis llevar nada con vosotros a

excepción de los zapatos, el cinturón, las gafas y, en todo caso, el

braguero. Empiezo a contar: ¡ahora!"

Con una rapidez impensable, la gente se fue desnudando.

Según pasaba el tiempo, cada vez se ponían más nerviosos y

tiraban torpemente de su ropa interior, sin acertar con los

cinturones ni con los cordones de los zapatos. Fue entonces

cuando oímos los primeros restallidos del látigo; las correas de

cuero azotaron los cuerpos desnudos. A continuación nos

empujaron a otra habitación para afeitarnos: no se conformaron

solamente con rasurar nuestras cabezas, sino que no dejaron ni

un solo pelo en nuestros cuerpos. Seguidamente pasamos a las

duchas, donde nos volvieron a alinear. A duras penas nos

reconocimos; pero, con gran alivio, algunos constataban que de

las duchas salía agua de verdad...

 

Nuestra única posesión: la existencia desnuda

 

Mientras esperábamos a ducharnos, nuestra desnudez se nos

hizo patente: nada teníamos ya salvo nuestros cuerpos mondos y

lirondos (incluso sin pelo); literalmente hablando, lo único que

poseíamos era nuestra existencia desnuda. ¿Qué otra cosa nos

quedaba que pudiera ser un nexo material con nuestra existencia

anterior? Por lo que a mí se refiere, tenía mis gafas y mi cinturón,

que posteriormente hube de cambiar por un pedazo de pan. A los

que tenían braguero les estaba reservada todavía una pequeña

sorpresa más. Por la tarde, el prisionero veterano que estaba a

cargo de nuestro barracón nos dio la bienvenida con un discursito

en el que nos aseguró bajo su palabra de honor que,

personalmente, colgaría "de aquella viga" —y señaló hacia ella— a

cualquiera que hubiera cosido dinero o piedras preciosas a su

braguero. Y orgullosamente explicó que, como veterano que era,

 

25

 

las leyes del campo le daban derecho a hacerlo.

Con los zapatos hubo también sus más y sus menos. Aunque

se suponía que los conservaríamos, los que poseían un par medio

decente tuvieron que entregarlos y, a cambio, les dieron otros

zapatos que no les servían. Pero los que estaban en verdadera

dificultad eran los prisioneros que habían seguido el consejo

aparentemente bien intencionado que les dieron (en la antesala)

los prisioneros veteranos y habían cortado las botas altas y

untado después jabón en los bordes para ocultar el sabotaje. Los

hombres de las SS parecían estar esperándolo. Todos los

sospechosos de tal delito pasaron a una pequeña habitación

contigua. Al cabo de un rato volvimos a oír los azotes del látigo y

los gritos de los hombres torturados. Esta vez el castigo duró

bastante tiempo.

 

Las primeras reacciones

 

Las ilusiones que algunos de nosotros conservábamos todavía

las fuimos perdiendo una a una; entonces, casi inesperadamente,

muchos de nosotros nos sentimos embargados por un humor

macabro. Supimos que nada teníamos que perder como no fueran

nuestras vidas tan ridículamente desnudas. Cuando las duchas

empezaron a correr, hicimos de tripas corazón e intentamos

bromear sobre nosotros mismos y entre nosotros. ¡Después de

todo sobre nuestras espaldas caía agua de verdad!...

Aparte de aquella extraña clase de humor, otra sensación se

apoderó de nosotros: la curiosidad. Yo había experimentado ya

antes este tipo de curiosidad como reacción fundamental ante

ciertas circunstancias extrañas. Cuando en una ocasión estuve a

punto de perder la vida en un accidente de montañismo, en el

momento crítico, durante segundos (o tal vez milésimas de

segundo) sólo tuve una sensación: curiosidad, curiosidad sobre si

saldría con vida o con el cráneo fracturado o cualquier otro

percance.

Una fría curiosidad era lo que predominaba incluso en

Auschwitz, algo que separaba la mente de todo lo que la rodeaba

 

26

 

y la obligaba a contemplarlo todo con una especie de objetividad.

Al llegar a este punto, cultivábamos este estado de ánimo como

medida de protección. Estábamos ansiosos por saber lo que

sucedería a continuación y qué consecuencias nos traería, por

ejemplo, estar de pie a la intemperie, en el frío de finales de

otoño, completamente desnudos y todavía mojados por el agua

de la ducha. A los pocos días nuestra curiosidad se tornó en

sorpresa, la sorpresa de ver que no nos habíamos resfriado.

A los recién llegados nos estaban reservadas todavía muchas

sorpresas de este tipo. Los médicos que había en nuestro grupo

fuimos los primeros en aprender que los libros de texto mienten.

En alguna parte se ha dicho que si no duerme un determinado

número de horas, el hombre no puede vivir. ¡Mentira! Yo había

vivido convencido de que existían unas cuantas cosas que

sencillamente no podía hacer: no podía dormir sin esto, o no

podía vivir sin aquello. La primera noche en Auschwitz dormimos

en literas de tres pisos. En cada litera (que medía

aproximadamente 2 X 2,5 m) dormían nueve hombres,

directamente sobre los tablones. Para cada nueve había dos

mantas. Claro está que sólo podíamos tendernos de costado,

apretujados y amontonados los unos contra los otros, lo que tenía

ciertas ventajas a causa del frío que penetraba hasta los huesos.

Aunque estaba prohibido subir los zapatos a las literas, algunos

los utilizaban como almohadas a pesar de estar cubiertos de lodo.

Si no, la cabeza de uno tenía que descansar en el pliegue de un

brazo casi dislocado. Y aún así, el sueño venía y traía olvido y

alivio al dolor durante unas pocas horas.

Me gustaría mencionar algunas sorpresas más acerca de lo

que éramos capaces de soportar: no podíamos limpiarnos los

dientes y, sin embargo y a pesar de la fuerte carencia vitamínica,

nuestras encías estaban más saludables que antes. Teníamos que

llevar la misma camisa durante medio año, hasta que perdía la

apariencia de tal. Pasaban muchos días seguidos sin lavarnos ni

siquiera parcialmente, porque se helaban las cañerías de agua y,

sin embargo, las llagas y heridas de las manos sucias por el

trabajo de la tierra no supuraban (es decir, a menos que se

congelaran). O, por ejemplo, aquel que tenía el sueño ligero y al

 

27

 

que molestaba el más mínimo ruido en la habitación contigua, se

acostaba ahora apretujado junto a un camarada que roncaba

ruidosamente a pocas pulgadas de su oído y, sin embargo, dormía

profundamente a pesar del ruido. Si alguien nos preguntara sobre

la verdad de la afirmación de Dostoyevski que asegura

terminantemente que el hombre es un ser que puede ser utilizado

para cualquier cosa, contestaríamos: "Cierto, para cualquier cosa,

pero no nos preguntéis cómo".

 

¿“Lanzarse contra la alambrada''?

 

Nuestro ensayo psicológico no nos ha llevado tan lejos

todavía; ni tampoco nosotros los prisioneros estábamos entonces

en condiciones de saberlo. Aún nos hallábamos en la primera fase

de nuestras reacciones psicológicas. Lo desesperado de la

situación, la amenaza de la muerte que día tras día, hora tras

hora, minuto tras minuto se cernía sobre nosotros, la proximidad

de la muerte de otros —la mayoría— hacía que casi todos, aunque

fuera por breve tiempo, abrigasen el pensamiento de suicidarse.

Fruto de las convicciones personales que más tarde mencionaré,

la primera noche que pasé en el campo me hice a mí mismo la

promesa de que no "me lanzaría contra la alambrada". Esta era la

frase que se utilizaba en el campo para describir el método de

suicidio más popular: tocar la cerca de alambre electrificada. Esta

decisión negativa de no lanzarse contra la alambrada no era difícil

de tomar en Auschwitz. Ni tampoco tenía objeto alguno el

suicidarse, ya que para el término medio de los prisioneros, las

expectativas de vida, consideradas objetivamente y aplicando el

cálculo de probabilidades, eran muy escasas. Ninguno de nosotros

podía tener la seguridad de aspirar a encontrarse en el pequeño

porcentaje de hombres que sobrevivirían a todas las selecciones.

En la primera fase del shock, el prisionero de Auschwitz no temía

la muerte. Pasados los primeros días, incluso las cámaras de gas

perdían para él todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban el

acto de suicidarse.

Compañeros a quienes he encontrado más tarde me han

 

28

 

asegurado que yo no fui uno de los más deprimidos tras el shock

del internamiento. Recuerdo que me limité a sonreír y, muy

sinceramente, cuando ocurrió este episodio la mañana siguiente a

nuestra primera noche en Auschwitz. A pesar de las órdenes

estrictas de no salir de nuestros barracones, un colega que había

llegado a Auschwitz unas semanas antes se coló en el nuestro.

Quería calmarnos y tranquilizarnos y nos contó algunas cosas.

Había adelgazado tanto que, al principio, no le reconocí. Con un

tinte de buen humor y una actitud despreocupada nos dio unos

cuantos consejos apresurados:

"¡No tengáis miedo! ¡No temáis las selecciones! El Dr. M. (jefe

sanitario de las SS) tiene cierta debilidad por los médicos." (Esto

era falso; las amables palabras de mi amigo no correspondían a la

verdad. Un prisionero de unos 60 años, médico de un bloque de

barracones, me contó que había suplicado al Dr. M. para que

liberara a su hijo que había sido destinado a la cámara de gas. El

Dr. M. rehusó fríamente ayudarle.)

"Pero una cosa os suplico, continuó, que os afeitéis a diario,

completamente si podéis, aunque tengáis que utilizar un trozo de

vidrio para ello... aunque tengáis que desprenderos del último

pedazo de pan. Pareceréis más jóvenes y los arañazos harán que

vuestras mejillas parezcan más lozanas. Si queréis manteneros

vivos sólo hay un medio: aplicaros a vuestro trabajo. Si alguna

vez cojeáis, si, por ejemplo, tenéis una pequeña ampolla en el

talón, y un SS lo ve, os apartará a un lado y al día siguiente

podéis asegurar que os mandará a la cámara de gas. ¿Sabéis a

quién llamamos aquí un "musulmán"? Al que tiene un aspecto

miserable, por dentro y por fuera, enfermo y demacrado y es

incapaz de realizar trabajos duros por más tiempo: ése es un

"musulmán". Más pronto o más tarde, por regla general más

pronto, el "musulmán" acaba en la cámara de gas. Así que

recordad: debéis afeitaros, andar derechos, caminar con gracia, y

no tendréis por qué temer al gas. Todos los que estáis aquí, aun

cuando sólo haga 24 horas, no tenéis que temer al gas, excepto

quizás tú." Y entonces señalando hacia mí, dijo: "Espero que no

te importe que hable con franqueza." Y repitió a los demás: "De

todos vosotros él es el único que debe temer la próxima selección.

 

29

 

Así que no os preocupéis." Y yo sonreí. Ahora estoy convencido de

que cualquiera en mi lugar hubiera hecho lo mismo aquel día.

Fue Lessing quien dijo en una ocasión: "Hay cosas que deben

haceros perder la razón, o entonces es que no tenéis ninguna

razón que perder." Ante una situación anormal, la reacción

anormal constituye una conducta normal. Aún nosotros, los

psiquiatras, esperamos que los recursos de un hombre ante una

situación anormal, como la de estar internado en un asilo, sean

anormales en proporción a su grado de normalidad. La reacción

de un hombre tras su internamiento en un campo de

concentración representa igualmente un estado de ánimo

anormal, pero juzgada objetivamente es normal y, como más

tarde demostraré, una reacción típica dadas las circunstancias.

 

30

 

SEGUNDA FASE: LA VIDA EN EL CAMPO

 

Apatía

 

Las reacciones descritas empezaron a cambiar a los pocos

días. El prisionero pasaba de la primera a la segunda fase, una

fase de apatía relativa en la que llegaba a una especie de muerte

emocional. Aparte de las emociones ya descritas, el prisionero

recién llegado experimentaba las torturas de otras emociones más

dolorosas, todas las cuales intentaba amortiguar. La primera de

todas era la añoranza sin límites de su casa y de su familia. A

veces era tan aguda que simplemente se consumía de nostalgia.

Seguía después la repugnancia que le producía toda la fealdad

que le rodeaba, incluso en las formas externas más simples.

A muchos de los prisioneros se les entregaba un uniforme

andrajoso que, por comparación, hubiera hecho parecer elegante

a un espantapájaros. Entre los barracones del campo no había

nada más que barro y cuanto más se trabajaba para eliminarlo

más se hundía uno en él. Una de las prácticas favoritas consistía

en destacar a un recién llegado en el grupo encargado de limpiar

las letrinas y retirar los excrementos. Si, como solía suceder,

parte de éstos le salpicaba la cara al trasladarlos entre los

desniveles del campo, cualquier signo de asco por parte del

prisionero o la intención de quitarse la porquería de la cara

merecía cuando menos un latigazo por parte del "capo", indignado

ante la "delicadeza" del prisionero. De esta forma se aceleraba la

mortificación ante las reacciones normales.

Al principio, el prisionero volvía la cabeza ante las marchas de

castigo de otros grupos; no podía soportar la contemplación de

sus compañeros yendo arriba y abajo durante horas, hundidos en

el fango, acompañadas las órdenes de golpes. Unos días o unas

semanas después, las cosas cambiaban. Por la mañana temprano,

cuando todavía estaba oscuro, el prisionero se plantaba frente a

la puerta, junto con su destacamento, listo para marchar. Oía un

 

31

 

grito y veía tirar a golpes al suelo a un camarada; se volvía a

poner de pie y nuevamente le volvían a derribar al suelo. ¿Y todo

por qué? Tenía fiebre, pero se había presentado a la enfermería

en un momento inoportuno. Le castigaban por tratar de zafarse

de sus deberes de esta forma irregular.

El prisionero que se encontraba ya en la segunda fase de sus

reacciones psicológicas no apartaba la vista. Al llegar a ese punto,

sus sentimientos se habían embotado y contemplaba impasible

tales escenas. Otro ejemplo: cuando ese mismo prisionero estaba

por la tarde esperando ante la enfermería con la esperanza de

que le concederían dos días de trabajos ligeros dentro del campo

a causa de sus heridas o quizás por el edema o la fiebre,

observaba impertérrito cómo era arrastrado un muchacho de 12

años para el que no había ya zapatos en el campo y le habían

obligado a estar en posición firme durante horas bajo la nieve o a

trabajar a la intemperie con los pies desnudos. Se le habían

congelado los dedos y el médico le arrancaba los negros muñones

gangrenados con tenazas, uno por uno. Asco, piedad y horror

eran emociones que nuestro espectador no podía sentir ya. Los

que sufrían, los enfermos, los agonizantes y los muertos eran

cosas tan comunes para él tras unas pocas semanas en el campo

que no le conmovían en absoluto.

Estuve algún tiempo en un barracón cuidando a los enfermos

de tifus; los delirios eran frecuentes, pues casi todos los pacientes

estaban agonizando. Apenas acababa de morir uno de ellos y yo

contemplaba sin ningún sobresalto emocional la siguiente escena,

que se repetía una y otra vez con cada fallecimiento. Uno por

uno, los prisioneros se acercaban al cuerpo todavía caliente de su

compañero. Uno agarraba los restos de las hediondas patatas de

la comida del mediodía, otro decidía que los zapatos de madera

del cadáver eran mejores que los suyos y se los cambiaba. Otro

hacía lo mismo con el abrigo del muerto y otro se contentaba con

agenciarse —¡Imagínense qué cosa!— un trozo de cuerda

auténtica. Y todo esto yo lo veía impertérrito, sin conmoverme lo

más mínimo. Pedía al "enfermo" que retirara el cadáver. Cuando

se decidía a hacerlo, lo cogía por las piernas, dejaba que se

deslizara al estrecho pasillo entre las dos hileras de tablas que

 

32

 

constituían las camas de los cincuenta enfermos de tifus y lo

arrastraba por el desigual suelo de tierra hasta la puerta. Los dos

escalones que había que subir para salir al aire libre siempre

constituían un problema para nosotros, que estábamos exhaustos

por falta de alimentación. Tras unos cuantos meses de estancia

en el campo, éramos incapaces de subir las escaleras sin

agarrarnos a la puerta para darnos impulso. El hombre que

arrastraba el cadáver se acercaba a los escalones. A duras penas

podía subir él; a continuación tenía que izar el cadáver: primero

los pies, luego el tronco y finalmente —con un ruido extraño— la

cabeza del muerto subía botando los dos escalones. Acto seguido

nos distribuían la ración diaria de sopa. Mi sitio estaba en la parte

opuesta del barracón, cerca de la pequeña y única ventana,

situada casi a ras del suelo. Mientras mis frías manos agarraban

la taza de sopa caliente de la que yo sorbía con avidez, miraba

por la ventana. El cadáver que acababan de llevarse me estaba

mirando con sus ojos vidriosos; sólo dos Horas antes había estado

hablando con aquel hombre. Yo seguía sorbiendo mi sopa. Si mi

falta de emociones no me hubiera sorprendido desde el punto de

vista del interés profesional, ahora no recordaría este incidente,

tal era el escaso sentimiento que en mí despertaba.

 

Lo que hace daño

 

La apatía, el adormecimiento de las emociones y el

sentimiento de que a uno no le importaría ya nunca nada eran los

síntomas que se manifestaban en la segunda etapa de las

reacciones psicológicas del prisionero y lo que, eventualmente, le

hacían insensible a los golpes diarios, casi continuos. Gracias a

esta insensibilidad, el prisionero se rodeaba en seguida de un

caparazón protector muy necesario. Los golpes se producían a la

mínima provocación y algunas veces sin razón alguna. Por

ejemplo: el pan se repartía en el lugar donde trabajábamos y

teníamos que ponernos en fila para obtenerlo. En una ocasión, el

que estaba detrás de mí se corrió ligeramente hacia un lado y

esta mínima falta de simetría desagradó al guardián de las SS. Yo

 

33

 

no sabía lo que ocurría en la fila detrás de mí, ni lo que pasaba

por la mente del guardia, pero, de pronto, recibí dos fuertes

golpes en la cabeza. Sólo entonces me di cuenta de que a mi lado

había un guardia y que estaba usando su vara. En tales

momentos no es ya el dolor físico lo que más nos hiere (y esto se

aplica tanto a los adultos como a los niños); es la agonía mental

causada por la injusticia, por lo irracional de todo aquello.

Por extraño que parezca, un golpe que incluso no acierte a

dar, puede, bajo ciertas circunstancias, herirnos más que uno que

atine en el blanco. Una vez estaba de pie junto a la vía del

ferrocarril bajo una tormenta de nieve. A pesar del temporal

nuestra cuadrilla tenía que seguir trabajando. Trabajé con

bastante ahínco, repasando la vía con grava, ya que era la única

forma de entrar en calor. Durante unos breves instantes hice una

pausa para tomar aliento y apoyarme sobre la pala. Por

desgracia, el guardia se dio entonces media vuelta y pensó que yo

estaba holgazaneando. El dolor que me causó no fue por sus

insultos o sus golpes. El guardia decidió que no valía la pena

gastar su tiempo en decir ni una palabra, ni lanzar un juramento

contra aquel cuerpo andrajoso y demacrado que tenía delante de

él y que, probablemente, apenas le recordaba al de una figura

humana. En vez de ello, cogió una piedra alegremente y la lanzó

contra mí. A mí, aquello me pareció una forma de atraer la

atención de una bestia, de inducir a un animal doméstico a que

realice su trabajo, una criatura con la que se tiene tan poco en

común que ni siquiera hay que molestarse en castigarla.

 

El insulto

 

El aspecto más doloroso de los golpes es el insulto que

incluyen. En una ocasión teníamos que arrastrar unas cuantas

traviesas largas y pesadas sobre las vías heladas. Si un hombre

resbalaba, no sólo corría peligro él, sino todos los que cargaban la

misma traviesa. Un antiguo amigo mío tenía una cadera dislocada

de nacimiento. Podía estar contento de trabajar a pesar del

defecto, ya que los que padecían algún defecto físico era casi

 

34

 

seguro que los enviaban a morir en la primera selección. Mi amigo

se bamboleaba sobre el raíl con aquella traviesa especialmente

pesada y estaba a punto de caerse y arrastrar a los demás con él.

En aquel momento yo no arrastraba ninguna traviesa, así que

salté a ayudarle sin pararme a pensar. Inmediatamente sentí un

golpe en la espalda, un duro castigo, y me ordenaron regresar a

mi puesto. Unos pocos minutos antes el guardia que me golpeó

nos había dicho despectivamente que los "cerdos" como nosotros

no teníamos espíritu de compañerismo.

En otra ocasión y a una temperatura de menos de veinte

grados centígrados empezamos a cavar el suelo del bosque, que

estaba helado, para tender unas cañerías. Para entonces ya me

había debilitado mucho físicamente. Vi venir a un capataz con sus

rechonchas mejillas sonrosadas. Su cara recordaba

inevitablemente la cabeza de un cerdo. Me fijé, con envidia, en

sus cálidos guantes, mientras pensaba que nosotros teníamos que

trabajar con las manos desnudas y sin ninguna prenda de abrigo,

como su chaqueta de cuero forrada de piel, bajo aquel frío tan

intenso. Durante un momento me observó en silencio. Sentí que

se mascaba la tragedia, ya que junto a mí tenía el montón de

tierra que mostraba exactamente lo poco que había cavado.

Entonces: "Tú, cerdo, te vengo observando todo el tiempo. Yo

te enseñaré a trabajar. Espera a ver como cavas la tierra con los

dientes, morirás como un animal. ¡En dos días habré acabado

contigo! No has debido dar golpe en toda tu vida. ¿Qué eras tú,

puerco, un hombre de negocios?"

Ya había dejado de importarme todo. Pero tenía que tomar en

serio esta amenaza de muerte, así que saqué todas mis fuerzas y

le miré directamente a los ojos: "Era médico especialista."

"¿Qué? ¿Un médico? Apuesto a que les cobrabas un montón de

dinero a tus pacientes."

"La verdad es que la mayor parte de mi trabajo lo hacía sin

cobrar nada, en las clínicas para pobres." Al llegar aquí,

comprendí que había dicho demasiado. Se arrojó sobre mí y me

derribó al suelo gritando como un energúmeno. No puedo

recordar lo que gritaba.

 

35

 

Afortunadamente el "capo" de mi cuadrilla se sentía obligado

hacia mí; sentía hacia mí cierta simpatía porque yo escuchaba sus

historias de amor y sus dificultades matrimoniales, que me

contaba en las largas caminatas a nuestro lugar de trabajo. Le

había causado cierta impresión con mi diagnosis sobre su carácter

y mi consejo psicoterapéutico. A partir de este momento me

estaba agradecido y ello me fue de mucho valor. En ocasiones

anteriores me había reservado un puesto junto a él en las cinco

primeras hileras de nuestro destacamento, que normalmente

componían 280 hombres. Era un favor muy importante. Teníamos

que alinearnos por la mañana muy temprano cuando todavía

estaba oscuro. Todo el mundo tenía miedo de llegar tarde y tener

que quedarse en las hileras de la cola. Si se necesitaban hombres

para hacer un trabajo desagradable, el jefe de los "capo" solía

reclutar a los hombres que necesitaba de entre los de las últimas

filas. Estos hombres tenían que marchar lejos a otro tipo de

trabajo, especialmente temido, a las órdenes de guardias

desconocidos. De vez en cuando, el "capo" elegía a los hombres

de las primeras cinco filas para sorprender a los que se pasaban

de listos. Todas las protestas y súplicas eran silenciadas con unos

cuantos puntapiés que daban en el blanco y las víctimas de su

elección eran llevadas al lugar de reunión a base de gritos y

golpes.

Ahora bien, mientras duraron las confesiones de mi "capo",

nunca me sucedió eso a mí. Tenía garantizado un puesto de honor

junto a él, lo que comportaba además otra ventaja. Como casi

todos los que estaban internados en el campo, yo padecía edema

de hambre. Mis piernas estaban tan hinchadas y la piel tan tirante

que apenas podía doblar las rodillas. No podía atarme los zapatos

si quería que cupieran en ellos mis pies hinchados. No hubiera

quedado espacio para los calcetines aun cuando los hubiera

tenido. Mis pies parcialmente desnudos estaban siempre mojados

y los zapatos llenos de nieve. Ello me producía, naturalmente,

congelaciones y sabañones. Cada paso que daba constituía una

verdadera tortura. Durante las largas marchas sobre los campos

nevados se formaban en nuestros zapatos carámbanos de hielo.

Una y otra vez los hombres resbalaban y los que les seguían

tropezaban y caían encima de ellos. Entonces la columna se

 

36

 

detenía unos momentos, no demasiados. Pronto entraba en

acción uno de los guardias y golpeaba a los hombres con la culata

de su rifle, haciendo que se levantaran rápidamente. Cuanto más

adelantado se estuviera en la columna, menos probabilidades

tenías de detenerte y de tener que recuperar después la distancia

perdida corriendo con los pies doloridos. ¡Qué agradecido debía

sentirme por haber sido designado médico personal de su señoría

el "capo" y por marchar en cabeza a un paso regular! Como pago

adicional a mis servicios, yo podía estar seguro de que mientras

en nuestro lugar de trabajo se repartiera un plato de sopa a la

hora de comer, cuando llegara mi turno, él metería el cacillo hasta

el fondo del perol para pescar unas pocas habichuelas.

Este mismo "capo", que anteriormente había sido oficial del

ejército, se había atrevido a musitar al capataz, aquel que se

había irritado conmigo, que me consideraba un trabajador

excepcionalmente bueno. No es que esto me ayudara mucho,

pero sí sirvió para salvarme la vida (una de las muchas veces que

se salvaría). Al día siguiente del episodio con el capataz el "capo"

me metió de contrabando en otra cuadrilla de trabajo.

Con este suceso, aparentemente trivial, quiero mostrar que

hay momentos en que la indignación puede surgir incluso en un

prisionero aparentemente endurecido, indignación no causada por

la crueldad o el dolor, sino por el insulto al que va unido. Aquella

vez, la sangre se me agolpó en la cabeza por verme obligado a

escuchar a un hombre que juzgaba mi vida sin tener la más

remota idea de cómo era yo, un hombre (debo confesarlo: la

observación que expongo seguidamente la hice a mis compañeros

de prisión tras la escena, lo que me produjo un cierto alivio

infantil) "que parecía tan vulgar y tan brutal que la enfermera de

la sala de espera de nuestro hospital ni siquiera le hubiera

permitido pasar".

Había también capataces que se preocupaban por nosotros y

hacían cuanto podían por aliviar nuestra situación, cuando menos

al pie de obra. Pero aún así no cesaban de recordarnos que un

trabajador normal hacía siete veces nuestro trabajo y en menos

tiempo. Entendían, sin embargo, nuestras razones cuando

argüíamos que ningún trabajador normal y corriente vivía con 300

 

37

 

g de pan (teóricamente, pero en la práctica recibíamos menos) y

1 litro de sopa aguada al día; que un obrero normal no vivía bajo

la presión mental a la que nos veíamos sometidos, sin noticias de

nuestros familiares que, o bien habían sido enviados a otro campo

o habían muerto en las cámaras de gas; que un trabajador

normal no vivía amenazado de muerte continuamente, todos los

días y a todas horas. Una vez incluso me permití decirle a un

capataz amablemente: "Si usted aprendiera de mí a operar el

cerebro con tanta rapidez como yo estoy aprendiendo de usted a

hacer carreteras, sentiría un gran respeto por usted." Y él hizo

una mueca.

 

La apatía, el principal síntoma de la segunda fase, era un

mecanismo necesario de autodefensa. La realidad se desdibujaba

y todos nuestros esfuerzos y todas nuestras emociones se

centraban en una tarea: la conservación de nuestras vidas y la de

otros compañeros. Era típico oír a los prisioneros, cuando al

atardecer los conducían como rebaños de vuelta al campo desde

sus lugares de trabajo, respirar con alivio y decir: "Bueno, ya

pasó el día."

 

Los sueños de los prisioneros

 

Fácilmente se comprende que un estado tal de tensión junto

con la constante necesidad de concentrarse en la tarea de estar

vivos, forzaba la vida íntima del prisionero a descender a un nivel

primitivo. Algunos de mis colegas del campo, que habían

estudiado psicoanálisis, solían hablar de la "regresión" del

internado en el campo: una retirada a una forma más primitiva de

vida mental. Sus Apetencias y deseos se hacían obvios en sus

sueños.

Pero, ¿con qué soñaban los prisioneros? Con pan, pasteles,

cigarrillos y baños de agua templada. El no tener satisfechos esos

simples deseos les empujaba a buscar en los sueños su

cumplimiento. Si estos sueños eran o no beneficiosos ya es otra

cuestión; el soñador tenía que despertar de ellos y ponerse en la

 

38

 

realidad de la vida en el campo y del terrible contraste entre ésta

y sus ilusiones.

Nunca olvidaré una noche en la que me despertaron los

gemidos de un prisionero amigo, que se agitaba en sueños,

obviamente víctima de una horrible pesadilla. Dado que desde

siempre me he sentido especialmente dolorido por las personas

que padecen pesadillas angustiosas, quise despertar al pobre

hombre. Y de pronto retiré la mano que estaba a punto de

sacudirle, asustado de lo que iba a hacer. Comprendí en seguida

de una forma vivida, que ningún sueño, por horrible que fuera,

podía ser tan malo como la realidad del campo que nos rodeaba y

a la que estaba a punto de devolverle.

 

El hambre

 

Debido al alto grado de desnutrición que los prisioneros

sufrían, era natural que el deseo de procurarse alimentos fuera el

instinto más primitivo en torno al cual se centraba la vida mental.

Observemos a la mayoría de los prisioneros que trabajan uno

junto a otro y a quienes, por una vez, no vigilan de cerca.

Inmediatamente empiezan a hablar sobre la comida. Un

prisionero le pregunta al que trabaja junto a él en la zanja cuál es

su plato preferido. Intercambiarán recetas y planearán un menú

para el día en que se reúnan: el día de un futuro distante en que

sean liberados y regresen a casa. Y así seguirán y seguirán,

describiendo con todo detalle, hasta que de pronto una

advertencia se irá transmitiendo, normalmente en forma de

consigna o número de contraseña: "el guardia se acerca".

Siempre consideré las charlas sobre comida muy peligrosas.

¿Acaso no es una equivocación provocar al organismo con

aquellas descripciones tan detalladas y delicadas cuando ya ha

conseguido adaptarse de algún modo a las ínfimas raciones y a

las escasas calorías? Aunque de momento puedan parecer un

alivio psicológico, se trata de una ilusión, que psicológicamente, y

sin ninguna duda, no está exenta de peligro.

Durante la última parte de nuestro encarcelamiento, la dieta

 

39

 

diaria consistía en una única ración de sopa aguada y un

pequeñísimo pedazo de pan. Se nos repartía, además, una

"entrega extra" consistente en 20 gr de margarina o una rodaja

de salchicha de baja calidad o un pequeño trozo de queso o una

pizca de algo que pretendía ser miel o una cucharada de jalea

aguada, cada día una cosa. Una dieta absolutamente inapropiada

en cuanto a calorías, sobre todo teniendo en cuenta nuestro

pesado trabajo manual y nuestra continua exposición a la

intemperie con ropas inadecuadas.

Los enfermos que "necesitaban cuidados especiales" —es

decir, a los que permitían quedarse en el barracón en vez de ir a

trabajar— estaban todavía en peores condiciones. Cuando

desaparecieron por completo las últimas capas de grasa

subcutánea y parecíamos esqueletos disfrazados con pellejos y

andrajos, comenzamos a observar cómo nuestros cuerpos se

devoraban a sí mismos. El organismo digería sus propias

proteínas y los músculos desaparecían; al cuerpo no le quedaba

ningún poder de resistencia. Uno tras otro, los miembros de

nuestra pequeña comunidad del barracón morían. Cada uno de

nosotros podía calcular con toda precisión quién sería el próximo

y cuándo le tocaría a él. Tras muchas observaciones conocíamos

bien los síntomas, lo que hacía que nuestros pronósticos fuesen

siempre acertados. "No va a durar mucho", o "él es el próximo"

nos susurrábamos entre nosotros, y cuando en el curso de

nuestra diaria búsqueda de piojos, veíamos nuestros propios

cuerpos desnudos, llegada la noche, pensábamos algo así: Este

cuerpo, mi cuerpo, es ya un cadáver, ¿qué ha sido de mí? No soy

más que una pequeña parte de una gran masa de carne

humana... de una masa encerrada tras la alambrada de espinas,

agolpada en unos cuantos barracones de tierra. Una masa de la

cual día tras día va descomponiéndose un porcentaje porque ya

no tiene vida.

Ya he mencionado hasta qué punto no se podían olvidar los

pensamientos sobre platos favoritos que se introducían a la fuerza

en la conciencia del prisionero, en cuanto tenía un instante de

asueto. Tal vez pueda entenderse, pues, que aun el más fuerte de

nosotros soñara con un futuro en el que tendría buenos alimentos

 

40

 

y en cantidad, no por el hecho de la comida en sí, sino por el

gusto de saber que la existencia infrahumana que nos hacía

incapaces de pensar en otra cosa que no fuera comida se acabaría

por fin de una vez.

Los que no hayan pasado por una experiencia similar

difícilmente pueden concebir el conflicto mental destructor del

alma ni los conflictos de la fuerza de voluntad que experimenta un

hombre hambriento. Difícilmente pueden aprehender lo que

significa permanecer de pie cavando una trinchera, sin oír otra

cosa que la sirena anunciando las 9,30 o las 10 de la mañana —la

media hora de descanso para almorzar— cuando se repartía el

pan (si es que lo había); preguntando una y otra vez al capitán —

si éste no era un tipo excesivamente desagradable— qué hora

era; tocar después con cariño un trozo de pan en el bolsillo,

cogiéndolo primero con los dedos helados, sin guantes, partiendo

después una migaja, llevársela a la boca para, finalmente, con un

último esfuerzo de voluntad, guardársela otra vez en el bolsillo,

prometiéndose a uno mismo aquella mañana que lo conservaría

hasta mediodía.

Podíamos sostener discusiones inacabables sobre la sensatez o

insensatez de los métodos utilizados para conservar la ración

diaria de pan que durante la última época de nuestro

confinamiento sólo se nos entregaba una vez al día. Había dos

escuelas de pensamiento: una era partidaria de comerse la ración

de pan inmediatamente. Esto tenía la doble ventaja de satisfacer

los peores retortijones del hambre, los más dolorosos, durante un

breve período de tiempo, al menos una vez al día, e impedía

posibles robos o la pérdida de la ración. El segundo grupo

sostenía que era mejor dividir la porción y utilizaba diversos

argumentos. Finalmente yo engrosé las filas de este último grupo.

El momento más terrible de las 24 horas de la vida en un

campo de concentración era el despertar, cuando, todavía de

noche, los tres agudos pitidos de un silbato nos arrancaban sin

piedad de nuestro dormir exhausto y de las añoranzas de

nuestros sueños. Empezábamos entonces a luchar con nuestros

zapatos mojados en los que a duras penas podíamos meter los

pies, llagados e hinchados por el edema. Y entonces venían los

 

41

 

lamentos y quejidos de costumbre por los pequeños fastidios,

tales como enganchar los alambres que reemplazaban a los

cordones. Una mañana vi a un prisionero, al que tenía por

valiente y digno, llorar como un crío porque tenía que ir por los

caminos nevados con los pies desnudos, al haberse encogido sus

zapatos demasiado como para poderlos llevar. En aquellos fatales

minutos yo gozaba de un mínimo alivio; me sacaba del bolsillo un

trozo de pan que había guardado la noche anterior y lo masticaba

absorto en un puro deleite.

 

Sexualidad

 

La desnutrición, además de ser causa de la preocupación

general por la comida, probablemente explica también el hecho

de que el deseo sexual brillara por su ausencia. Aparte de los

efectos del shock inicial, ésta parece ser la única explicación del

fenómeno que un psicólogo se veía obligado a observar en

aquellos campos sólo de hombres: que, en oposición a otros

establecimientos estrictamente masculinos —como los barracones

del ejército— la perversión sexual era mínima. Incluso en sueños,

el prisionero se ocupaba muy poco del sexo, aun cuando según el

psicoanálisis "los instintos inhibidos", es decir, el deseo sexual del

prisionero junto con otras emociones deberían manifestarse de

forma muy especial en los sueños.

 

Ausencia de sentimentalismo

 

En la mayoría de los prisioneros, la vida primitiva y el esfuerce

de tener que concentrarse precisamente en salvar el pellejo

llevaba a un abandono total de lo que no sirviera a tal propósito,

lo que explicaba la ausencia total de sentimentalismo en los

prisioneros. Esto lo experimenté por mí mismo cuando me

trasladaron desde Auschwitz a Dachau. El tren que conducía a

unos 2000 prisioneros atravesó Viena. Era a eso de la medianoche

cuando pasamos por una de las estaciones de la ciudad. Las vías

nos acercaban a la calle donde yo nací, a la casa donde yo había

 

42

 

vivido tantos años, en realidad hasta que caí prisionero. Éramos

cincuenta prisioneros en aquel vagón, que tenía dos pequeñas

mirillas enrejadas. Tan solo había sitio para que un grupo se

sentara en cuclillas en el suelo, mientras que el resto —que debía

permanecer horas y horas de pie— se agolpaba en torno a los

ventanucos. Alzándome de puntillas y mirando desde atrás por

encima de las cabezas de los otros, por entre los barrotes de los

ventanucos, tuve una visión fantasmagórica de mi ciudad natal.

Todos nos sentíamos más muertos que vivos, pues pensábamos

que nuestro transporte se dirigía al campo de Mauthausen y sólo

nos restaban una o dos semanas de vida. Tuve la inequívoca

sensación de estar viendo las calles, las plazas y la casa de mi

niñez con los ojos de un muerto que volviera del otro mundo para

contemplar una ciudad fantasma. Varias horas después, el tren

salió de la estación y allí estaba la calle, ¡mi calle! Los jóvenes

que ya habían pasado años en un campo de concentración y para

quienes el viaje constituía un acontecimiento escudriñaban el

paisaje a través de las mirillas. Les supliqué, les rogué que me

dejasen pasar delante aunque fuera sólo un momento. Intenté

explicarles cuánto significaba para mí en este momento mirar por

el ventanuco, pero mis súplicas fueron desechadas con rudeza y

cinismo: "¿Qué has vivido ahí tantos años? Bueno, entonces ya lo

tienes demasiado visto."

 

Política y religión

 

Esta ausencia de sentimientos en los prisioneros "con

experiencia" es uno de los fenómenos que mejor expresan esa

desvalorización de todo lo que no redunde en interés de la

conservación de la propia vida. Todo lo demás el prisionero lo

consideraba un lujo superfino. En general, en el campo sufríamos

también de "hibernación cultural", con sólo dos excepciones: la

política y la religión: todo el campo hablaba, casi continuamente,

de política; las discusiones surgían ante todo de rumores que se

cazaban al vuelo y se transmitían con ansia. Los rumores sobre la

situación militar casi siempre eran contradictorios. Se sucedían

 

43

 

con rapidez y lo único que conseguían era azuzar la guerra de

nervios que agitaba las mentes de todos los prisioneros. Una y

otra vez se desvanecían las esperanzas de que la guerra acabara

con celeridad, esperanzas avivadas por rumores optimistas.

Algunos hombres perdían toda esperanza, pero siempre había

optimistas incorregibles que eran los compañeros más irritantes.

Cuando los prisioneros sentían inquietudes religiosas, éstas

eran las más sinceras que cabe imaginar y, muy a menudo, el

recién llegado quedaba sorprendido y admirado por la

profundidad y la fuerza de las creencias religiosas. A este

respecto lo más impresionante eran las oraciones o los servicios

religiosos improvisados en el rincón de un barracón o en la

oscuridad del camión de ganado en que nos llevaban de vuelta al

campo desde el lejano lugar de trabajo, cansados, hambrientos y

helados bajo nuestras ropas harapientas.

Durante el invierno y la primavera de 1945 se produjo un

brote de tifus que afectó a casi todos los prisioneros. El índice de

mortalidad fue elevado entre los más débiles, quienes habían de

continuar trabajando hasta el límite de sus fuerzas. Los chamizos

de los enfermos carecían de las mínimas condiciones, apenas

teníamos medicamentos ni personal sanitario. Algunos de los

síntomas de la enfermedad eran muy desagradables: una

aversión irreprimible a cualquier migaja de comida (lo que

constituía un peligro más para la vida) y terribles ataques de

delirio. El peor de los casos de delirio lo sufrió un amigo mío que

creía que se estaba muriendo y al intentar rezar era incapaz de

encontrar las palabras. Para evitar estos ataques yo y muchos

otros intentábamos permanecer despiertos la mayor parte de la

noche. Durante horas redactaba discursos mentalmente. En un

momento dado, empecé a reconstruir el manuscrito que había

perdido en la cámara de desinfección de Auschwitz y, en

taquigrafía, garabateé las palabras clave en trozos de papel

diminutos.

 

Una sesión de espiritismo

 

44

 

De vez en cuando se suscitaba una discusión científica y en

una ocasión presencié algo que jamás había visto durante mi vida

normal, aun cuando, tangencialmente, se relacionaba con mis

intereses científicos: una sesión de espiritismo. Me invitó el

médico jefe del campo (prisionero también), quien sabía que yo

era psiquiatra. La reunión tuvo lugar en su pequeño despacho de

la enfermería. Se había formado un pequeño círculo de personas

entre los que se encontraba, de modo totalmente

antirreglamentario, el oficial de seguridad del equipo sanitario. Un

prisionero extranjero comenzó a invocar a los espíritus con una

especie de oración. El administrativo del campo estaba sentado

ante una hoja de papel en blanco, sin ninguna intención

consciente de escribir. Durante los diez minutos siguientes

(transcurridos los cuales la sesión concluyó ante el fracaso del

médium en conjurar a los espíritus para que se mostraran), su

lápiz trazó —despacio— unas cuantas líneas en el papel, hasta

que fue apareciendo, de forma bastante legible, “vae v.''. Me

aseguraron que el administrativo no sabía latín y que nunca antes

había oído las palabras "vae victis, ¡ay los vencidos!' Mi opinión

personal es que seguramente las habría oído alguna vez, aunque

sin llegar a captarlas de forma consciente, y quedaron

almacenadas en su interior para que el "espíritu" (el espíritu de su

subconsciente) las recogiera unos meses antes de nuestra

liberación y del final de la guerra.

 

La huida hacia el interior

 

A pesar del primitivismo físico y mental imperantes a la fuerza,

en la vida del campo de concentración aún era posible desarrollar

una profunda vida espiritual. No cabe duda que las personas

sensibles acostumbradas a una vida intelectual rica sufrieron

muchísimo (su constitución era a menudo endeble), pero el daño

causado a su ser íntimo fue menor: eran capaces de aislarse del

terrible entorno retrotrayéndose a una vida de riqueza interior y

libertad espiritual. Sólo de esta forma puede uno explicarse la

paradoja aparente de que algunos prisioneros, a menudo los

 

45

 

menos fornidos, parecían soportar mejor la vida del campo que

los de naturaleza más robusta. Para aclarar este punto, me veo

obligado a recurrir de nuevo a la experiencia personal. Voy a

contar lo que sucedía aquellas mañanas en que, antes del alba,

teníamos que ir andando hasta nuestro lugar de trabajo.

Oíamos gritar las órdenes:

"¡Atención, destacamento adelante! ¡Izquierda 2,3,4!

¡Izquierda 2,3,4! ¡El primer hombre, media vuelta a la izquierda,

izquierda, izquierda, izquierda! ¡Gorras fuera!

Todavía resuenan en mis oídos estas palabras. A la orden de:

"¡Gorras fuera!" atravesábamos la verja del campo, mientras nos

enfocaban con los reflectores. El que no marchaba con

marcialidad recibía una patada, pero corría peor suerte quien,

para protegerse del frío, se calaba la gorra hasta las orejas antes

de que le dieran permiso.

En la oscuridad tropezábamos con las piedras y nos metíamos

en los charcos al recorrer el único camino que partía del campo.

Los guardias que nos acompañaban no dejaban de gritarnos y

azuzarnos con las culatas de sus rifles. Los que tenían los pies

llenos de llagas se apoyaban en el brazo de su vecino. Apenas

mediaban palabras; el viento helado no propiciaba la

conversación. Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta,

el hombre que marchaba a mi lado me susurró de repente: "¡Si

nos vieran ahora nuestras esposas! Espero que ellas estén mejor

en sus campos e ignoren lo que nosotros estamos pasando." Sus

palabras evocaron en mí el recuerdo de mi esposa.

 

Cuando todo se ha perdido

 

Mientras marchábamos a trompicones durante kilómetros,

resbalando en el hielo y apoyándonos continuamente el uno en el

otro, no dijimos palabra, pero ambos lo sabíamos: cada uno

pensaba en su mujer. De vez en cuando yo levantaba la vista al

cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la

mañana que comenzaba a mostrarse tras una oscura franja de

nubes. Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a

 

46

 

quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la

veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su

mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un

pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí

la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada

en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que

el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el

hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor

de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos

intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a

través del amor. Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo

en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea

sólo momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el

hombre se encuentra en una situación de total desolación, sin

poder expresarse por medio de una acción positiva, cuando su

único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos

correctamente —con dignidad— ese hombre puede, en fin,

realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser

querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el

significado de las palabras: "Los ángeles se pierden en la

contemplación perpetua de la gloria infinita."

Delante de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo

sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a

todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus

pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró

de nuevo el camino para regresar a su otro mundo y,

olvidándome de la existencia del prisionero, continué la

conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella

contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía.

"¡Alto!" Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos

nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de

obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba

una pala o un zapapico.

"¿Es que no podéis daros prisa, cerdos?" Al cabo de unos

minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el

día anterior. La tierra helada se resquebrajaba bajo la punta del

pico, despidiendo chispas. Los hombres permanecían silenciosos,

 

47

 

con el cerebro entumecido. Mi mente se aferraba aún a la imagen

de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella

vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había

aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser

amado y encuentra su significado más profundo en su propio

espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera

que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No

sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo

(durante todo el tiempo de reclusión no hubo contacto postal

alguno con el exterior), pero para entonces ya había dejado de

importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza

de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si

entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que

hubiera seguido entregándome —insensible a tal hecho— a la

contemplación de su imagen y que mi conversación mental con

ella hubiera sido igualmente real y gratificante: "Ponme como

sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte".

(Cantar de los Cantares, 8,6.)

 

Meditaciones en la zanja

 

Esta intensificación de la vida interior ayudaba al prisionero a

refugiarse contra el vacío, la desolación y la pobreza espiritual de

su existencia, devolviéndole a su existencia anterior. Al dar rienda

suelta a su imaginación, ésta se recreaba en los hechos pasados,

a menudo no los más importantes, sino los pequeños sucesos y

las cosas insignificantes. La nostalgia los glorificaba, haciéndoles

adquirir un extraño matiz. El mundo donde sucedieron y la

existencia que tuvieron parecían muy distantes y el alma tendía

hacia ellos con añoranza: en mi apartamento, contestaba al

teléfono y encendía las luces. Muchas veces nuestros

pensamientos se centraban en estos detalles nimios que nos

hacían llorar.

A medida que la vida interior de los prisioneros se hacía más

intensa, sentíamos también la belleza del arte y la naturaleza

como nunca hasta entonces. Bajo su influencia llegábamos a

 

48

 

olvidarnos de nuestras terribles circunstancias. Si alguien hubiera

visto nuestros rostros cuando, en el viaje de Auschwitz a un

campo de Baviera, contemplamos las montañas de Salzburgo con

sus cimas refulgentes al atardecer, asomados por las ventanucas

enrejadas del vagón celular, nunca hubiera creído que se trataba

de los rostros de hombres sin esperanza de vivir ni de ser libres.

A pesar de este hecho —o tal vez en razón del mismo— nos

sentíamos trasportados por la belleza de la naturaleza, de la que

durante tanto tiempo nos habíamos visto privados. Incluso en el

campo, cualquiera de los prisioneros podía atraer la atención del

camarada que trabajaba a su lado señalándole una bella puesta

de sol resplandeciendo por entre las altas copas de los bosques

bávaros (como se ve en la famosa acuarela de Durero), esos

mismos bosques donde construíamos un inmenso almacén de

municiones oculto a la vista. Una tarde en que nos hallábamos

descansando sobre el piso de nuestra barraca, muertos de

cansancio, los cuencos de sopa en las manos, uno de los

prisioneros entró corriendo para decirnos que saliéramos al patio

a contemplar la maravillosa puesta de sol y, de pie, allá fuera,

vimos hacia el oeste densos nubarrones y todo el cielo plagado de

nubes que continuamente cambiaban de forma y color desde el

azul acero al rojo bermellón, mientras que los desolados

barracones grisáceos ofrecían un contraste hiriente cuando los

charcos del suelo fangoso reflejaban el resplandor del cielo. Y

entonces, después de dar unos pasos en silencio, un prisionero le

dijo a otro: "¡Qué bello podría ser el mundo!"

 

Monólogo al amanecer

 

En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía

en nuestro derredor, un amanecer gris. Gris era el cielo, y gris la

nieve a la pálida luz del alba; grises los harapos que mal cubrían

los cuerpos de los prisioneros y grises sus rostros. Mientras

trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera

debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi

lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo

inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu

 

49

 

traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender

aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte

escuché un victorioso "sí" como contestación a mi pregunta sobre

la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y

en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en

el horizonte como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris

miserable de aquel amanecer en Baviera. "Et lux in tenebris lucet,

y la luz brilló en medio de la oscuridad." Estuve muchas horas

tajando el terreno helado. El guardián pasó junto a mí,

insultándome y una vez más volví a conversar con mi amada. La

sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la

sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi

mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella

estaba allí realmente. Y, entonces, en aquel mismo momento, un

pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra

que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente.

 

Arte en el campo

 

Antes, he hablado del arte. ¿Puede pensarse en algo parecido

en un campo de concentración? Depende más bien de lo que uno

llame arte. De vez en cuando se improvisaba una especie de

espectáculo de cabaret. Se despejaba temporalmente un

barracón, se apiñaban o se clavaban entre sí unos cuantos bancos

y se estudiaba un programa. Por la noche, los que gozaban de

una buena situación —los "capos"— y los que no tenían que hacer

grandes marchas fuera del campo, se reunían allí y reían o

alborotaban un poco; cualquier cosa que les hiciera olvidar. Se

cantaba, se recitaban poemas, se contaban chistes que contenían

alguna referencia satírica sobre el campo. Todo ello no tenía otra

finalidad que la de ayudarnos a olvidar y lo conseguía. Las

reuniones eran tan eficaces que algunos prisioneros asistían a las

funciones a pesar de su agotador cansancio y aun cuando, por

ello, perdieran su rancho de aquel día.

El buen humor es siempre algo envidiable: al principio de

nuestro internamiento nos permitían reunimos en un cuarto de

 

50

 

máquinas a medio construir para saborear durante media hora el

plato de sopa que nos repartían a medio día (como la tenía que

pagar la empresa constructora era de todo menos alimenticia). Al

entrar, cada uno recibía un cucharón de sopa aguada, y mientras

la sorbíamos con avidez, un prisionero italiano trepaba encima de

una cuba y nos entonaba arias italianas. Los días que nos daba el

recital musical, tenía garantizada una ración doble de sopa,

sacada del fondo del perol, es decir, ¡con guisantes!

En el campo se concedían premios no sólo por entretener, sino

también por aplaudir. Por ejemplo, a mí podía haberme protegido

(¡y fui muy afortunado al no necesitarlo!) el "capo" más temido de

todos, a quien por más de una razón se le conocía por el

sobrenombre de "el capo asesino". Contaré cómo sucedió. Una

tarde tuve el gran honor de que me invitaran otra vez a la sesión

de espiritismo. Estaban reunidos en aquella habitación unos

cuantos amigos íntimos del médico jefe; asimismo estaba

presente, de forma totalmente ilegal, el oficial al cargo del

escuadrón sanitario. El "capo asesino" entró allí por casualidad y

le pidieron que recitara uno de sus poemas que se habían hecho

famosos (o infames) en el campo. No necesitaba que se lo

repitieran dos veces, de modo que rápidamente sacó una especie

de diario del que empezó a leer unas cuantas muestras de su

arte. Me mordía los labios hasta hacerme sangre para no reírme

al escuchar uno de sus poemas amorosos y seguramente gracias

a ello salvé la vida; como además le aplaudí con largueza, es muy

posible que también hubiera estado a salvo caso de haber sido

destinado a su cuadrilla de trabajo, donde ya me habían asignado

un día, un día que para mí fue más que suficiente. Pero siempre

resultaba útil que el "capo asesino" le conociera a uno desde

algún ángulo favorable. Así que le aplaudí con todas mis fuerzas.

La obsesión por buscar el arte dentro del campo adquiría, en

general, matices grotescos. Yo diría que la impresión real que

producía todo lo que se relacionaba con lo artístico surgía del

contraste casi fantasmagórico entre la representación y la

desolación de la vida en el campo que le servía de telón de fondo.

Nunca olvidaré que en la segunda noche que pasé en Auschwitz

fue la música lo que me despertó de un sueño profundo. El

 

51

 

guardia encargado del barracón celebraba una especie de

fiestecilla en su habitación, que estaba próxima a la entrada de

nuestra puerta. Voces achispadas se desgañitaban cantando

tonadas gastadas. De pronto se hizo el silencio y en medio de la

noche se oyó un violín que tocaba desesperadamente un tango

triste, una melodía poco conocida y poco desgastada por la

continua repetición. El violín lloraba y una parte de mí lloraba con

él, pues aquel día alguien cumplía 24 años, alguien que yacía en

alguna otra parte de Auschwitz, quizás alejada sólo unos cientos o

miles de metros y, sin embargo, fuera de mi alcance. Ese alguien

era mi mujer.

 

El humor en el campo

 

El descubrimiento de algo parecido al arte en un campo de

concentración ha de sorprender bastante al profano en estas

cosas, pero aún se sentiría mucho más sorprendido al saber que

también había cierto sentido del humor; claro está, en su

expresión más leve y aun así, sólo durante unos breves segundos

o unos minutos escasos. El humor es otra de las armas con las

que el alma lucha por su supervivencia. Es bien sabido que, en la

existencia humana, el humor puede proporcionar el

distanciamiento necesario para sobreponerse a cualquier

situación, aunque no sea más que por unos segundos. Yo mismo

entrené a un amigo mío que trabajaba a mi lado en la obra para

que desarrollara su sentido del humor. Le sugería que debíamos

hacernos la solemne promesa de que cada día inventaríamos una

historia divertida sobre algún incidente que pudiera suceder al día

siguiente de nuestra liberación. Se trataba de un cirujano que

había pertenecido al equipo de un gran hospital, así que una vez

intenté arrancarle una sonrisa insistiendo en que cuando se

incorporara a su antiguo trabajo le iba a resultar muy difícil

olvidar los hábitos que había aprendido en el campo de

concentración. Al pie de la obra que construíamos (y en especial

cuando el supervisor hacía su ronda de inspección) el capataz nos

estimulaba a trabajar más de prisa gritando: "¡Acción! ¡Acción!"

 

52

 

Así que dije a mi amigo: "Un día regresarás al quirófano para

operar a un paciente aquejado de peritonitis. De pronto, un

ordenanza entrará a toda prisa y anunciará la llegada del jefe del

equipo de operaciones gritando: "¡Acción! ¡Acción! ¡Que viene el

jefe!"

A veces los otros inventaban sueños divertidos con respecto al

futuro, previendo; por ejemplo, cuando tuvieran un compromiso

para asistir a una cena se olvidarían de cómo se sirve la sopa y le

pedirían a la anfitriona que les echara una cucharada "del fondo".

Los intentos para desarrollar el sentido del humor y ver las

cosas bajo una luz humorística son una especie de truco que

aprendimos mientras dominábamos el arte de vivir, pues aún en

un campo de concentración es posible practicar el arte de vivir,

aunque el sufrimiento sea omnipresente. Cabría establecer una

analogía: el sufrimiento del hombre actúa de modo similar a como

lo hace el gas en el vacío de una cámara; ésta se llenará por

completo y por igual cualquiera que sea su capacidad.

Análogamente, el sufrimiento ocupa toda el alma y toda la

conciencia del hombre tanto si el sufrimiento es mucho como si es

poco. Por consiguiente el "tamaño" del sufrimiento humano es

absolutamente relativo, de lo que se deduce que la cosa más

nimia puede originar las mayores alegrías. Tomemos a modo de

ejemplo algo que sucedió en nuestro viaje de Auschwitz a un

campo filial del de Dachau. Todos temíamos que aquel traslado

nos llevara al campo de Mauthausen y nuestra tensión aumentaba

a medida que nos acercábamos a un puente sobre el Danubio que

el tren tenía que cruzar para llegar a Mauthausen, según

sabíamos por lo que contaban los prisioneros más

experimentados. Los que no hayan visto nunca algo parecido no

podrán imaginar los saltos de júbilo que los prisioneros daban en

el vagón cuando vieron que nuestro transporte no cruzaba aquel

puente y que "sólo" nos dirigíamos a Dachau.

¿Qué sucedió a nuestra llegada a este campo tras un viaje que

había durado dos días y tres noches? En el vagón no había sitio

para que todos nos acurrucáramos en el suelo al mismo tiempo,

la mayoría tuvo que permanecer de pie todo el viaje mientras que

unos pocos se turnaban para ponerse de cuclillas en la estrecha

 

53

 

franja que estaba empapada de orines. Cuando llegamos, las

primeras noticias que escuchamos a los prisioneros más antiguos

fueron que este campo relativamente pequeño (con una población

de 2500 reclusos) ¡no tenía "horno", ni crematorio, ni gas! Lo que

significaba que ninguno de nosotros iba a ser un "musulmán",

ninguno iba a ir derecho a la cámara de gas, sino que tendría que

esperar hasta que se dispusiera lo que se llamaba un "convoy de

enfermos" que lo devolvería a Auschwitz. Esta agradable sorpresa

nos puso a todos de buen humor. El deseo del viejo vigilante de

nuestro barracón en Auschwitz se había cumplido: habíamos

llegado lo más rápidamente posible a un campo que —a diferencia

de Auschwitz— no tenía "chimenea". Nos reímos y contamos

chistes a pesar de las cosas que tuvimos que soportar durante las

horas que siguieron.

Cuando nos contaron a los recién llegados resultó que faltaba

uno. Así es que hubimos de esperar a la intemperie bajo la lluvia

y el viento helado hasta que apareció el prisionero. Finalmente le

encontraron en un barracón, dormido, exhausto por el cansancio.

Entonces el pasar lista se convirtió en un desfile de castigo:

durante toda la noche y hasta muy entrada la mañana siguiente

tuvimos que permanecer de pie a la intemperie, helados y calados

hasta los huesos después del esfuerzo que había supuesto el

viaje. ¡Y aún así nos sentíamos contentos! En aquel campo no

había chimenea y Auschwitz quedaba lejos.

 

¡Quién fuera un preso común!

 

Otra vez, vimos a un grupo de convictos que pasaban junto al

lugar donde trabajábamos. Y entonces se nos hizo patente y

obvia la relatividad del sufrimiento y envidiamos a aquellos

prisioneros por su existencia feliz, segura y relativamente bien

ordenada; sin duda tendrían la oportunidad de bañarse

regularmente, pensamos con tristeza. Seguramente dispondrían

de cepillos de dientes, de ropa, de un colchón —uno para cada

uno— y mensualmente el correo les traería noticias de lo que

sucedía a sus familiares o, al menos, de si estaban vivos o habían

 

54

 

muerto. Hacía mucho tiempo que nosotros habíamos perdido

todas estas cosas.

¡Y cómo envidiábamos a aquellos de nosotros que tenían la

oportunidad de entrar en una fábrica y trabajar en un espacio

cubierto, al abrigo de la intemperie! Más o menos todos nosotros

deseábamos que nos tocara un poco de suerte relativa. La escala

de la fortuna abarcaba muchos más matices. Por ejemplo, en los

destacamentos que trabajaban fuera del campo (en uno de los

cuales me encontraba yo) había unas cuantas unidades que se

consideraban peores que las demás. Se envidiaba al que no tenía

que chapotear en la húmeda y fangosa arcilla de un declive

escarpado, vaciando los artesones de un pequeño ferrocarril

durante doce horas diarias. La mayoría de los accidentes sucedían

realizando esta tarea y solían ser fatales.

En otras cuadrillas de trabajo el capataz seguía una tradición,

al parecer local, que consistía en propinar golpes a diestro y

siniestro, lo cual nos hacía envidiar la suerte relativa de no estar

bajo su mando o, todo lo más, de estarlo sólo temporalmente.

Una vez y debido a una situación desdichada fui a parar a aquel

grupo. Si tras dos horas de trabajo (durante las cuales el capataz

se ensañó conmigo especialmente) no nos hubiera interrumpido

una alarma aérea, obligándonos a reagruparnos después, creo

que hubiera tenido que regresar al campo en alguna de las

camillas que trasportaban a los hombres que habían muerto o

estaban a punto de morir por la extrema fatiga. Nadie podría

imaginar el alivio que en semejante situación puede producir el

sonido de la sirena; ni siquiera el boxeador que oye sonar la

campana que anuncia el final del asalto salvándose así, en el

último instante, de un K.O. seguro.

 

Suerte es lo que a uno no le toca padecer

 

Agradecíamos los más ínfimos favores. Nos conformábamos

con tener tiempo para despiojarnos antes de ir a la cama, aunque

ello no fuera en sí muy placentero: suponía estar desnudos en un

barracón helado con carámbanos colgando del techo. Nos

 

55

 

contentábamos con que no hubiera alarma aérea durante esta

operación y las luces permanecieran encendidas. En la oscuridad

no podíamos despiojarnos, lo que suponía pasar la noche en vela.

Los escasos placeres de la vida del campo nos producían una

especie de felicidad negativa —"la liberación del sufrimiento",

como dijo Schopenhauer— pero sólo de forma relativa. Los

verdaderos placeres positivos, aún los más nimios escaseaban.

Recuerdo haber llevado una especie de contabilidad de los

placeres diarios y comprobar que en el lapso de muchas semanas

solamente había experimentado dos momentos placenteros. Uno

había ocurrido cuando, al regreso del trabajo y tras una larga

espera, me admitieron en el barracón de cocina asignándome a la

cola que se alineaba ante el cocinero-prisionero F. Semioculto

detrás de las enormes cacerolas, F. servía la sopa en los cuencos

que le presentaban los prisioneros que desfilaban

apresuradamente. Era el único cocinero que al llegar los cuencos

no se fijaba en los hombres; el único que repartía con equidad,

sin reparar en el recipiente y sin hacer favoritismos con sus

amigos o paisanos, obsequiándoles con patatas, mientras el resto

tenía que contentarse con la sopa aguada de la superficie.

Pero no me incumbe a mí juzgar a los prisioneros que

preferían a su propia gente. ¿Quién puede arrojar la primera

piedra contra aquel que favorece a sus amigos bajo unas

circunstancias en que, tarde o temprano, la cuestión que se

dilucidaba era de vida o muerte? Nadie puede juzgar, nadie, a

menos que con toda honestidad pueda contestar que en una

situación similar no hubiera hecho lo mismo.

Mucho tiempo después de haberme integrado a la vida normal

(es decir, mucho tiempo después de haber abandonado el

campo), me enseñaron una revista ilustrada con fotografías de

prisioneros hacinados en sus literas mirando, insensibles, a sus

visitantes: "¿No es algo terrible, esos rostros mirando fijamente, y

todo lo que ello significa?"

"¿Por qué?", pregunté y es que, en verdad, no lo comprendía.

En aquel momento lo vi todo de nuevo: a las 5 de la madrugada,

todo estaba oscuro allá afuera, como boca de lobo. Yo estaba

echado sobre un duro tablón en el suelo de tierra del barracón

 

56

 

donde "se cuidaba" a unos setenta de nosotros. Estábamos

enfermos y no teníamos que dejar el campo para ir a trabajar;

tampoco teníamos que desfilar. Podíamos permanecer echados

todo el día en nuestro rincón y dormitar esperando el reparto

diario de pan (que por supuesto era menor para los enfermos) y

el rancho de sopa (aguada y también menor en cantidad). Y, sin

embargo, estábamos contentos, satisfechos a pesar de todo.

Mientras nos apretujábamos los unos contra los otros para evitar

la pérdida innecesaria de calor, emperezados y sin la menor

intención de mover ni un dedo sin necesidad, oíamos los agudos

silbatos y los gritos que venían de la plaza donde el turno de

noche acababa de regresar y formaba para la revista. La ventisca

abrió la puerta de par en par y la nieve entró en nuestro

barracón. Un camarada exhausto y cubierto de nieve entró

tambaleándose y durante unos minutos permaneció sentado, pero

el guardia le echó fuera de nuevo. Estaba estrictamente prohibido

admitir a un extraño en un barracón mientras se procedía a pasar

revista. ¡Cómo compadecía a aquel individuo y qué contento

estaba yo de no encontrarme en su lugar, sino dormitando en la

enfermería! ¡Qué salvación suponía el permanecer allí dos días y,

tal vez, otros dos más!

 

¿Al campo de infecciosos?

 

Mi suerte se vio incrementada todavía más. Al cuarto día de mi

estancia en la enfermería y a punto de ser asignado al turno de

noche —lo que habría supuesto mi muerte segura—, el médico

jefe entró apresuradamente en el barracón y me sugirió que me

ofreciese voluntario para desempeñar tareas sanitarias en un

campo destinado a enfermos de tifus. En contra de los consejos

de mis amigos (y a pesar de que casi ninguno de mis colegas se

ofrecía), decidí ir como voluntario. Sabía que en un grupo de

trabajo moriría en poco tiempo y si tenía que morir, siquiera podía

darle algún sentido a mi muerte. Pensé que tenía más sentido

intentar ayudar a mis camaradas como médico que vegetar o

perder la vida trabajando de forma improductiva como hacía

 

57

 

entonces. Para mí era una cuestión de matemáticas sencillas y no

de sacrificio. Pero el suboficial del equipo sanitario había

ordenado, en secreto, que se "cuidara" de forma especial a los

dos médicos voluntarios para ir al campo de infecciosos hasta que

fueran trasladados al mismo. El aspecto de debilidad que

presentábamos era tal que temía tener dos cadáveres más, en

vez de dos médicos.

 

Ya he mencionado antes que todo lo que no se relacionaba con

la preocupación inmediata de la supervivencia de uno mismo y

sus amigos, carecía de valor. Todo se supeditaba a tal fin. El

carácter del hombre quedaba absorbido hasta el extremo de verse

envuelto en un torbellino mental que ponía en duda y amenazaba

toda la escala de valores que hasta entonces había mantenido.

Influido por un entorno que no reconocía el valor de la vida y la

dignidad humanas, que había desposeído al hombre de su

voluntad y le había convertido en objeto de exterminio (no sin

utilizarle antes al máximo y extraerle hasta el último gramo de

sus recursos físicos) el yo personal acababa perdiendo sus

principios morales. Si, en un ultimo esfuerzo por mantener la

propia estima, el prisionero de un campo de concentración no

luchaba contra ello, terminaba por perder el sentimiento de su

propia individualidad, de ser pensante, con una libertad interior y

un valor personal. Acababa por considerarse sólo una parte de la

masa de gente: su existencia se rebajaba al nivel de la vida

animal. Transportaban a los hombres en manadas, unas veces a

un sitio y otras a otro; unas veces juntos y otras por separado,

como un rebaño de ovejas sin voluntad ni pensamiento propios.

Una pandilla pequeña pero peligrosa, diestra en métodos de

tortura y sadismo, los observaba desde todos los ángulos.

Conducían al rebaño sin parar, atrás, adelante, con gritos,

patadas y golpes, y nosotros, los borregos, teníamos dos

pensamientos: cómo evitar a los malvados sabuesos y cómo

obtener un poco de comida. Lo mismo que las ovejas se

congregan tímidamente en el centro del rebaño, también nosotros

buscábamos el centro de las formaciones: allí teníamos más

oportunidades de esquivar los golpes de los guardias que

 

58

 

marchaban a ambos lados, al frente y en la retaguardia de la

columna. Los puestos centrales tenían la ventaja adicional de

protegernos de los gélidos vientos. De modo que el hecho de

querer sumergirse literalmente en la multitud era en realidad una

manera de intentar salvar el pellejo. En las formaciones esto se

hacía de modo automático, pero otras veces se trataba de un acto

definitivamente consciente por nuestra parte, de acuerdo con las

leyes imperativas del instinto de conservación: no ser conspicuos.

Siempre hacíamos todo lo posible por no llamar la atención de los

SS.

 

Añoranza de soledad

 

Cierto que había veces en que era posible —y hasta

necesario— mantenerse alejado de la multitud. Es bien sabido

que una vida comunitaria impuesta, en la que se presta atención

a todo lo que uno hace y en todo momento, puede producir la

irresistible necesidad de alejarse, al menos durante un corto

tiempo. El prisionero anhelaba estar a solas consigo mismo y con

sus pensamientos. Añoraba su intimidad y su soledad. Después

de mi traslado a un llamado "campo de reposo", tuve la rara

fortuna de encontrar de vez en cuando cinco minutos de soledad.

Tras el barracón de suelo de tierra en el que trabajaba y donde se

hacinaban unos 50 pacientes delirantes, había un lugar tranquilo

junto a la doble alambrada que rodeaba el campo. Allí se había

improvisado una tienda con unos cuantos postes y ramas de

árboles para cobijar media docena de cadáveres (que era la cuota

diaria de muertes en el campo). Había también un pozo que

llevaba a las tuberías de conducción de agua. Siempre que no

eran necesarios mis servicios solía sentarme en cuclillas sobre la

tapa de madera de este pozo, contemplando el florecer de las

verdes laderas y las lejanas colinas azuladas del paisaje bávaro,

enmarcado por las mallas de la alambrada de púas. Soñaba

añorante y mis pensamientos vagaban al norte, al nordeste y en

dirección a mi hogar, pero sólo veía nubes.

No me molestaban los cadáveres próximos a mí,

 

59

 

hormigueantes de piojos; sólo las pisadas de los guardias, al

pasar, me despertaban de mis sueños; o, a veces, una llamada

desde la enfermería o para recoger un nuevo envío de medicinas

para mi barracón, envío consistente en cinco o diez tabletas de

aspirina, para 50 pacientes y varios días. Las recogía y luego

hacía mi ronda, tomándole el pulso a los pacientes y

suministrándoles media tableta si se trataba de casos graves.

Pero los casos desahuciados no recibían medicinas. No les

hubieran ayudado y, además, habrían privado de ellas a los que

todavía tenían alguna esperanza. Para los enfermos leves no tenía

más que unas palabras de aliento. Así me arrastraba de paciente

en paciente, aunque yo mismo me encontraba exhausto y

convaleciente de un fuerte ataque de tifus. Después volvía a mi

lugar solitario sobre la tapa de madera del pozo. Por cierto, este

pozo salvó una vez la vida de tres compañeros prisioneros. Poco

antes de la liberación, se organizaron transportes masivos hasta

Dachau y estos tres hombres, acertadamente, intentaron evitar el

viaje. Bajaron al pozo y allí se escondieron de los guardias. Yo me

senté tranquilamente sobre la tapa, con aire inocente, tirando

piedrecitas a la alambrada de púas, como si se tratase de un

juego infantil. Al reparar en mí, el guardia dudó un momento,

pero pasó de largo. Pronto pude decir a los hombres que estaban

abajo que lo peor había pasado.

 

Juguete del destino

 

Resulta difícil para un extraño comprender cuan poco valor se

concedía en el campo a la vida humana. El prisionero estaba ya

endurecido, pero posiblemente adquiría más conciencia de este

absoluto desprecio por la vida cuando se organizaba un convoy de

enfermos. Los cuerpos demacrados se echaban en carretillas que

los prisioneros empujaban a lo largo de muchos kilómetros, a

veces entre tormentas de nieve, hasta el siguiente campo. Si uno

de los enfermos moría antes de salir, se le echaba de todas

formas, ¡porque la lista tenía que estar completa! La lista era lo

único importante. Los hombres sólo contaban por su número de

 

60

 

prisionero. Uno se convertía literalmente en un número: que

estuviera muerto o vivo no importaba, ya que la vida de un

"número" era totalmente irrelevante. Y menos aún importaba lo

que había tras aquel número y aquella vida: su destino, su

historia o el nombre del prisionero. En los transportes de

pacientes a los que yo, en calidad de médico, tenía que

acompañar desde un campo de Baviera a otro, hubo un prisionero

joven cuyo hermano no estaba en lista y al que, por tanto, había

que dejar atrás. El joven suplicó tanto que el guardia decidió

hacer un cambio y el hermano ocupó el lugar de un hombre que,

de momento, prefería quedarse. ¡Con tal de que la lista estuviera

correcta! Y esto era fácil: el hermano cambió su número, nombre

y apellido con los del otro prisionero, pues, como ya he dicho

antes, carecíamos de documentación; ya teníamos bastante

suerte con conservar nuestro cuerpo que, al fin y al cabo, seguía

respirando. Todo lo demás que nos rodeaba, como los harapos

que pendían de nuestros esqueletos macilentos, sólo tenía interés

cuando se ordenaba un transporte de enfermos. Se examinaba a

los "musulmanes" con curiosidad descarada, con el fin de

averiguar si sus chaquetas o sus zapatos eran mejores que los de

uno. Después de todo, su suerte estaba echada. Pero los que

quedaban en el campo, capaces aún para algún trabajo, debían

aguzar sus recursos para mejorar las posibilidades de

supervivencia. No eran sentimentales. Los prisioneros se

consideraban totalmente a merced del humor de los guardias —

juguetes del destino— y esto les hacía más inhumanos de lo que

las circunstancias habrían hecho presumir. Siempre había

pensado que, al cabo de cinco o diez años, el hombre estaba

siempre en condiciones de saber lo que había repercutido

favorablemente en su vida. El campo de concentración me

proporcionó mayor precisión: con frecuencia sabíamos si algo

había sido bueno al cabo de cinco o diez minutos. En Auschwitz

me impuse a mí mismo una norma que resultó ser buena y que

todos mis camaradas observaron más tarde. Por regla general,

contestaba a todas las preguntas con la verdad, pero guardaba

silencio sobre lo que no se me pedía de forma expresa. Si me

preguntaban la edad, la decía; si querían saber mi profesión,

decía "médico", sin más explicaciones. En la primera mañana en

 

61

 

Auschwitz un oficial de las SS asistió a la revista. Teníamos que

agruparnos atendiendo a diferentes criterios: prisioneros de más

de cuarenta años, de menos de cuarenta, trabajadores del metal,

mecánicos, etc. Luego examinaban si teníamos hernias y algunos

prisioneros tenían que formar otro grupo. El mío fue llevado a

otro barracón, donde nos alinearon de nuevo. Tras otra selección

y después de más preguntas sobre mi edad y profesión, me

enviaron a un grupo más reducido. De nuevo nos condujeron a

otro barracón agrupados de forma diferente. Este proceso

continuó durante un tiempo y yo me sentía muy desdichado al

encontrarme entre extranjeros que hablaban lenguas para mí

ininteligibles. Por fin pasé la última revisión y me hallé de nuevo

en el grupo que estaba conmigo en el primer barracón. Mis

compañeros apenas se habían dado cuenta de que durante aquel

tiempo yo había andado de barracón en barracón. Fui consciente

de que en los pocos minutos transcurridos me había cruzado con

un destino distinto en cada ocasión.

Cuando se organizó el traslado de los enfermos al "campo de

reposo", mi nombre (es decir, mi número) estaba en la lista, ya

que se necesitaban algunos médicos. Pero nadie creía que el lugar

de destino fuera de verdad un campo de reposo. Unas semanas

atrás se había preparado un traslado similar y entonces todos

pensaron que les llevaban a la cámara de gas. Cuando se anunció

que quien se presentara voluntario para el temido turno de noche

sería borrado de la lista, de inmediato se ofrecieron voluntarios 28

prisioneros. Un cuarto de hora más tarde se canceló el transporte

pero aquellos 2 8 prisioneros quedaron en la lista del turno de

noche. Para la mayoría de ellos significó la muerte en un plazo de

quince días.

 

La ultima voluntad aprendida de memoria

 

Y ahora se disponía por segunda vez el transporte al campo de

reposo. Y también ahora se desconocía si era una estratagema

para aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento, aun

cuando sólo fuera durante catorce días o si su destino serían las

 

62

 

cámaras de gas o un campo de reposo verdadero. El médico jefe,

que me había tomado cierto apego, me dijo furtivamente una

noche a las diez menos cuarto:

"He hecho saber en el cuarto de mando que todavía se puede

borrar su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las diez."

Le dije que eso no iba conmigo; que yo había aprendido a

dejar que el destino siguiera su curso:

"Prefiero quedarme con mis amigos", le contesté.

Sus ojos tenían una expresión de piedad, como si

comprendiera... Estrechó mi mano en silencio, a modo de adiós,

no para la vida, sino desde la vida. Despacio, volví a mi barracón

y allí encontré a un buen amigo esperándome:

"¿De verdad quieres irte con ellos?", me dijo con tristeza.

"Sí, voy a ir."

Se le saltaron las lágrimas y yo traté de consolarle. Todavía

me quedaba algo por hacer, expresarle mi última voluntad.

"Otto, escucha, en caso de que yo no regrese a casa junto a

mi mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo hablaba

de ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar,

que la he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve

tiempo que estuve casado con ella tiene más valor que nada, que

pesa en mí más incluso que todo lo que hemos pasado aquí.

Otto, ¿dónde estás ahora? ¿Vives? ¿Qué ha sido de ti desde

aquel momento en que estuvimos juntos por última vez?

¿Encontraste a tu mujer? ¿Recuerdas cómo te hice aprender de

memoria mi última voluntad —palabra por palabra— a pesar de

tus lágrimas de niño?

A la mañana siguiente partí con el transporte. Esta vez no era

ningún truco. No nos llevaron a la cámara de gas, sino a un

campo de reposo de verdad. Los que me compadecieron se

quedaron en un campo donde el hambre se iba' a ensañar en ellos

con mayor fiereza que en este nuevo campo. Habían intentado

salvarse pero lo que hicieron fue sellar su propio destino. Meses

después, tras la liberación, encontré a un amigo de aquel campo,

quien me contó que él, como policía, había tenido que buscar un

trozo de carne humana que faltaba de un montón de cadáveres y

que la rescató de un puchero donde la encontró cociéndose. El

 

63

 

canibalismo había hecho su aparición; yo me fui justamente a

tiempo.

¿No recuerda esto el relato de Muerte en Teherán? En cierta

ocasión, un persa rico y poderoso paseaba por el jardín con uno

de sus criados, compungido éste porque acababa de encontrarse

con la muerte, quien le había amenazado. Suplicaba a su amo

para que le diera el caballo más veloz y así poder apresurarse y

llegar a Teherán aquella misma tarde. El amo accedió y el

sirviente se alejó al galope. Al regresar a su casa el amo también

se encontró a la Muerte y le preguntó: "¿Por qué has asustado y

aterrorizado a mi criado?" "Yo no le he amenazado, sólo mostré

mi sorpresa al verle aquí cuando en mis planes estaba encontrarle

esta noche en Teherán", contestó la muerte.

 

Planes de fuga

 

El prisionero de un campo de concentración temía tener que

tomar una decisión o cualquier otra iniciativa. Esto era resultado

de un sentimiento muy fuerte que consideraba al destino dueño

de uno y creía que, bajo ningún concepto, se debía influir en él.

Estaba además aquella apatía que, en buena parte, contribuía a

los sentimientos del prisionero. A veces era preciso tomar

decisiones precipitadas que, sin embargo, podían significar la vida

o la muerte. El prisionero hubiera preferido dejar que el destino

eligiera por él. Este querer zafarse del compromiso se hacía más

patente cuando el prisionero debía decidir entre escaparse o no

escaparse del campo. En aquellos minutos en que tenía que

reflexionar y decidir —y siempre era cuestión de unos minutos—

sufría todas las torturas del infierno. ¿Debía intentar escaparse?

¿Debía correr el riesgo? También yo experimenté este tormento.

Al irse acercando el frente de batalla, tuve la oportunidad de

escaparme. Un colega mío que visitaba los barracones fuera del

campo cumpliendo sus deberes profesionales quería evadirse y

llevarme con él. Me sacaría de contrabando con el pretexto de

que tenía que consultar con un colega acerca de la enfermedad de

un paciente que requería el asesoramiento del especialista. Una

 

64

 

vez fuera del campo, un miembro del movimiento de resistencia

extranjero nos proporcionaría uniformes y alimentos. En el último

instante surgieron ciertas dificultades técnicas y tuvimos que

regresar al campo una vez más. Aquella oportunidad nos sirvió

para surtirnos de algunas provisiones, unas cuantas patatas

podridas, y hacernos cada uno con una mochila. Entramos en un

barracón vacío de la sección de mujeres, donde no había nadie

porque éstas habían sido enviadas a otro campo. El barracón

estaba en el mayor de los desórdenes: resultaba obvio que

muchas mujeres habían conseguido víveres y se habían escapado.

Por todas partes había desperdicios, pajas, alimentos

descompuestos y loza rota. Algunos tazones estaban todavía en

buen estado y nos hubieran servido de mucho, pero decidimos

dejarlos. Sabíamos demasiado bien que, en la última época, en

que la situación era cada vez más desesperada, los tazones no

sólo se utilizaban para comer, sino también como palanganas y

orinales. (Regía una norma de cumplimiento estrictamente

obligatorio que prohibía tener cualquier tipo de utensilio en el

barracón, pero muchos prisioneros se vieron forzados a incumplir

esta regla, en especial los afectados de tifus, que estaban

demasiado débiles para salir fuera del chamizo ni aun

ayudándoles.) Mientras yo hacía de pantalla, mi amigo entró en el

barracón y al poco volvió trayendo una mochila bajo su chaqueta.

Dentro había visto otra que yo tenía que coger. Así que

cambiamos los puestos y entré yo. Al escarbar entre la basura

buscando la mochila y, si podía, un cepillo de dientes vi, de

pronto, entre tantas cosas abandonadas, el cadáver de una

mujer.

Volví corriendo a mi barracón y reuní todas mis posesiones: mi

cuenco, un par de mitones rotos, "heredados" de un paciente

muerto de tifus, y unos cuantos recortes de papel con signos

taquigráficos (en los que, como ya he mencionado antes, había

empezado a reconstruir el manuscrito que perdí en Auschwitz).

Pasé una última visita rápida a todos mis pacientes que,

hacinados, yacían sobre tablones podridos a ambos lados del

barracón. Me acerqué a un paisano mío, ya casi medio muerto, y

cuya vida yo me empeñaba en salvar a pesar de su situación.

Tenía que guardar secreto sobre mi intención de escapar, pero mi

 

65

 

camarada pareció adivinar que algo iba mal (tal vez yo estaba un

poco nervioso). Con la voz cansada me preguntó: "¿Te vas tú

también?" Yo lo negué, pero me resultaba muy difícil evitar su

triste mirada. Tras mi ronda volví a verle. Y otra vez sentí su

mirada desesperada y sentí como una especie de acusación. Y se

agudizó en mí la desagradable sensación que me oprimía desde el

mismo momento en que le dije a mi amigo que me escaparía con

él. De pronto decidí, por una vez, mandar en mi destino. Salí

corriendo del barracón y le dije a mi amigo que no podía irme con

él. Tan pronto como le dije que había tomado la resolución de

quedarme con mis pacientes, aquel sentimiento de desdicha me

abandonó. No sabía lo que me traerían los días sucesivos, pero yo

había ganado una paz interior como nunca antes había

experimentado. Volví al barracón, me senté en los tablones a los

pies de mi paisano y traté de consolarle; después charlé con los

demás intentando calmarlos en su delirio.

Y llegó el último día que pasamos en el campo. Según se

acercaba el frente, los transportes se habían ido llevando a. casi

todos los prisioneros a otros campos. Las autoridades, los "capos"

y los cocineros se habían esfumado. Aquel día se dio la orden de

que el campo iba a ser totalmente evacuado al atardecer. Incluso

los pocos prisioneros que quedaban (los enfermos, unos cuantos

médicos y algunos "enfermeros") tendrían que marcharse. Por la

noche había que prenderle fuego al campo. Por la tarde aún no

habían aparecido los camiones que vendrían a recoger a los

enfermos. Todo lo contrario; de pronto se cerraron las puertas del

campo y se empezó a ejercer una vigilancia estrecha sobre la

alambrada, para evitar cualquier intento de fuga. Parecía como si

hubieran condenado a los prisioneros que quedaban a quemarse

con el campo. Por segunda vez, mi amigo y yo decidimos escapar.

Nos dieron la orden de enterrar a tres hombres al otro lado de la

alambrada. Éramos los únicos que teníamos fuerzas suficientes

para realizar aquella tarea. Casi todos los demás yacían en los

pocos barracones que aún se utilizaban, postrados con fiebre y

delirando. Hicimos nuestros planes: cuando lleváramos el primer

cadáver sacaríamos la mochila de mi amigo ocultándola en la

vieja tina de ropa sucia que hacía las veces de ataúd; con el

segundo cadáver llevaríamos mi mochila del mismo modo y en el

 

66

 

tercer viaje trataríamos de evadirnos. Los dos primeros viajes los

hicimos según lo acordado. Cuando regresamos, esperé a que mi

amigo buscara un trozo de pan para poder comer algo los días

que pasáramos en los bosques. Esperé. Pasaban los minutos y yo

me impacientaba cada vez más al ver que no regresaba. Después

de tres años de reclusión, me imaginaba con gozo cómo sería la

libertad, pensaba en lo maravilloso que sería correr en dirección

al frente. Más tarde supe lo peligroso que hubiera sido semejante

acción. Pero no llegamos tan lejos. En el momento en que mi

amigo regresaba, la verja del campo se abrió de pronto y un

camión espléndido, de color aluminio y con grandes cruces rojas

pintadas entró despacio hasta la explanada donde formábamos.

En él venía un delegado de la Cruz Roja de Ginebra y el campo y

los últimos internados quedaron bajo su protección. El delegado

se alojaba en una granja vecina para estar cerca del campo en

todo momento y acudir en seguida en caso de emergencia.

¿Quién pensaba ya en evadirse? Del camión descargaban cajas

con medicinas, se distribuían cigarrillos, nos fotografiaban y la

alegría era inmensa. Ya no teníamos necesidad de salir corriendo

ni de arriesgarnos hasta llegar al frente de batalla.

En nuestra excitación habíamos olvidado el tercer cadáver, así

que lo sacamos afuera y lo dejamos caer en la estrecha fosa que

habíamos cavado para los tres cuerpos. El guardia que nos

acompañaba —un hombre relativamente inofensivo— se volvió de

pronto extremadamente amable. Vio que podían volverse las

tornas y trató de ganarse nuestro favor: se unió a las breves

oraciones que ofrecimos a los muertos antes de echar la tierra

sobre ellos. Tras la tensión y la excitación de los días y horas

pasados, las palabras de nuestras oraciones rogando por la paz

fueron tan fervientes como las más ardorosas que voz humana

haya musitado nunca.

El último día que pasamos en el campo fue como un anticipo

de la libertad. Pero nuestro regocijo fue prematuro. El delegado

de la Cruz Roja nos aseguró que se había firmado un acuerdo y

que no se iba a evacuar el campo; sin embargo, aquella noche

llegaron los camiones de las SS trayendo orden de despejar el

campo. Los últimos prisioneros que quedaban serían enviados a

 

67

 

un campo central desde donde se les remitiría a Suiza en 48

horas para canjearlos por prisioneros de guerra. Apenas podíamos

reconocer a los SS, de tan amables como se mostraban

intentando persuadirnos para que entráramos en los camiones sin

miedo y asegurándonos que podíamos felicitarnos por nuestra

buena suerte. Los que todavía tenían fuerzas se amontonaron en

los camiones y a los que estaban seriamente enfermos o muy

débiles les izaban con dificultad. Mi amigo y yo —que ya no

escondíamos nuestras mochilas— estábamos en el último grupo y

de él eligieron a trece para la última expedición. El médico jefe

contó el número preciso, pero nosotros dos no estábamos entre

ellos. Los trece subieron al camión y nosotros tuvimos que

quedarnos. Sorprendidos, desilusionados y enfadados increpamos

al doctor, que se excusó diciendo que estaba muy fatigado y se

había distraído. Aseguró que había creído que todavía teníamos

intención de evadirnos. Nos sentamos impacientes, con nuestras

mochilas a la espalda, y esperamos con el resto de los prisioneros

a que viniera un último camión. Fue una larga espera.

Finalmente, nos echamos sobre los colchones del cuarto de

guardia, ahora desierto, exhaustos por la excitación de las últimas

horas y días, durante las cuales habíamos fluctuado

continuamente entre la esperanza y la desesperación. Dormimos

con la ropa y los zapatos puestos, listos para el viaje.

El estruendo de los rifles y cañones nos despertó. Los

fogonazos de las bengalas y los disparos de fusil iluminaban el

barracón. El médico jefe se precipitó dentro ordenándonos que

nos echáramos a tierra. Un prisionero saltó sobre mi estómago

desde la litera que quedaba encima de la mía con zapatos y todo.

¡Vaya si me despertó! Entonces nos dimos cuenta de lo que

sucedía: ¡la línea de fuego había llegado hasta nosotros!

Amenguó el tiroteo y empezó a amanecer. Allá afuera, en el

mástil junto a la verja del campo, una bandera blanca flotaba al

viento. Hasta muchas semanas después no nos enteramos de

que, durante aquellas horas, el destino había jugado con los

pocos prisioneros que quedábamos en el campo. Otra vez más

pudimos comprobar cuan inciertas podían ser las decisiones

humanas, especialmente en lo que se refiere a las cosas de la

vida y la muerte. Ante mí tenía las fotografías que se habían

 

68

 

tomado en un pequeño campo cercano al nuestro. Nuestros

amigos que pensaron viajar hacia la libertad aquella noche,

transportados en los camiones, fueron encerrados en los

barracones y seguidamente murieron abrasados. Sus cuerpos,

parcialmente carbonizados, eran perfectamente reconocibles en la

fotografía. Yo pensé de nuevo en el cuento de Muerte en Teherán.

 

Irritabilidad

 

Aparte de su función como mecanismo de defensa, la apatía de

los prisioneros era también el resultado de otros factores. El

hambre y la falta de sueño contribuían a ella (al igual que ocurre

en la vida normal), así como la irritabilidad en general, que era

otra de las características del estado mental de los prisioneros. La

falta de sueño se debía en parte a la invasión de toda suerte de

bichos molestos que, debido a la falta de higiene y atención

sanitaria, infectaban los barracones tan terriblemente

superpoblados. El hecho de que no tomáramos ni una pizca de

nicotina o cafeína contribuía igualmente a nuestro estado de

apatía e irritabilidad.

Además de estas causas físicas, estaban también las mentales,

en forma de ciertos complejos. La mayoría de los prisioneros

sufrían de algún tipo de complejo de inferioridad. Todos nosotros

habíamos creído alguna vez que éramos "alguien" o al menos lo

habíamos imaginado. Pero ahora nos trataban como si no

fuéramos nadie, como si no existiéramos. (La conciencia del amor

propio está tan profundamente arraigada en las cosas más

elevadas y más espirituales, que no puede arrancarse ni viviendo

en un campo de concentración. ¿Pero cuántos hombres libres, por

no hablar de los prisioneros, lo poseen?) Sin mencionarlo, lo

cierto es que el prisionero medio se sentía terriblemente

degradado. Esto se hacía obvio al observar el contraste que

ofrecía la singular estructura sociológica del campo. Los

prisioneros más "prominentes", los "capos", los cocineros, los

intendentes, los policías del campo no se sentían, por lo general,

degradados en modo alguno, como se consideraban la mayoría de

 

69

 

los prisioneros, sino que al contrario se consideraban

¡promovidos! Algunos incluso alimentaban mínimas ilusiones de

grandeza. La reacción mental de la mayoría, envidiosa y quejosa,

hacia esta minoría favorecida se ponía de manifiesto de muchas

maneras, a veces en forma de chistes. Por ejemplo, una vez oí a

un prisionero hablarle a otro sobre un "Capo" y decirle:

"¡Figúrate! Conocí a ese hombre cuando sólo era presidente de un

gran banco. Ahora, el cargo de "capo" se le ha subido a la

cabeza." Siempre que la mayoría degradada y la minoría

promovida entraban en conflicto (y eran muchas las

oportunidades de que tal sucediera, empezando por el reparto de

la comida) los resultados eran explosivos. De suerte que la

irritabilidad general (cuyas causas físicas se analizaron antes) se

hacía más intensa cuando se le añadían estas tensiones mentales.

Nada tiene de sorprendente que la tensión abocara en una lucha

abierta. Dado que el prisionero observaba a diario escenas de

golpes, su impulso hacia la violencia había aumentado. Yo sentía

también que cerraba los puños y que la rabia me invadía cuando

tenía hambre y cansancio. Y el cansancio era mi estado normal,

ya que durante toda la noche teníamos que cebar la estufa, que

nos permitían tener en el barracón a causa de los enfermos de

tifus. No obstante, algunas de las horas más idílicas que he

pasado en mi vida ocurrieron en medio de la noche cuando todos

los demás deliraban o dormían y yo podía extenderme frente a la

estufa y asar unas cuantas patatas robadas en un fuego

alimentado con el carbón que sustraíamos. Pero al día siguiente

me sentía todavía más cansado, insensible e irritable.

 

Mientras trabajé como médico en el pabellón de los enfermos

de tifus, tuve que ocupar también el puesto de jefe del mismo, lo

que quería decir que ante las autoridades del campo era

responsable de su limpieza (si es que se puede utilizar el término

limpieza para describir aquella condición). El pretexto de la

inspección a la que con frecuencia nos sometían era más con

ánimo de torturarnos que por motivos de higiene. Mayor cantidad

de alimentos y unas cuantas medicinas nos hubieran ayudado

más, pero la única preocupación de los inspectores consistía en

 

70

 

ver si en el centro del pasillo había una brizna de paja o si las

mantas sucias, hechas andrajos e infectadas de piojos estaban

bien plegadas y remetidas a los pies de los pacientes. El destino

de los prisioneros no les preocupaba en absoluto. Si yo me

presentaba marcialmente con mi rapada cabeza descubierta y

chocando los talones informaba: "Barracón número VI/9; 52

pacientes, dos enfermeros ayudantes y un médico", se sentían

satisfechos. A renglón seguido se marchaban. Pero hasta que

llegaban —solían anunciar su visita con muchas horas de

antelación y muchas veces ni siquiera venían— me veía obligado

a mantener bien estiradas las mantas, a recoger todas las motas

de paja que caían de las literas y a gritar a los pobres diablos que

se revolvían en sus catres, amenazando con desbaratar mis

esfuerzos para conseguir la limpieza y pulcritud requeridas. La

apatía crecía sobre todo entre los pacientes febriles, de suerte

que no reaccionaban a nada si no se les gritaba. A veces fallaban

incluso los gritos y ello exigía un tremendo esfuerzo de

autocontrol para no golpearlos. La propia irritabilidad personal

adquiría proporciones inauditas cuando chocaba con la apatía de

otro, especialmente en los casos de peligro (por ejemplo, cuando

se avecinaba una inspección) que tenían su origen en ella.

 

La libertad interior

 

Tras este intento de presentación psicológica y explicación

psicopatológica de las características típicas del recluido en un

campo de concentración, se podría sacar la impresión de que el

ser humano es alguien completa e inevitablemente influido por su

entorno y (entendiéndose por entorno en este caso la singular

estructura del campo de concentración, que obligaba al prisionero

a adecuar su conducta a un determinado conjunto de pautas).

Pero, ¿y qué decir de la libertad humana? ¿No hay una libertad

espiritual con respecto a la conducta y a la reacción ante un

entorno dado? ¿Es cierta la teoría que nos enseña que el hombre

no es más que el producto de muchos factores ambientales

condicionantes, sean de naturaleza biológica, psicológica o

 

71

 

sociológica? ¿El hombre es sólo un producto accidental de dichos

factores? Y, lo que es más importante, ¿las reacciones de los

prisioneros ante el mundo singular de un campo de concentración,

son una prueba de que el hombre no puede escapar a la

influencia de lo que le rodea? ¿Es que frente a tales circunstancias

no tiene posibilidad de elección?

Podemos contestar a todas estas preguntas en base a la

experiencia y también con arreglo a los principios. Las

experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre

tiene capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes,

algunos heroicos, los cuales prueban que puede vencerse la

apatía, eliminarse la irritabilidad. El hombre puede conservar un

vestigio de la libertad espiritual, de independencia mental, incluso

en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física.

Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a

los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los

demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede

que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de

que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la

última de las libertades humanas —la elección de la actitud

personal ante un conjunto de circunstancias— para decidir su

propio camino.

Y allí, siempre había ocasiones para elegir. A diario, a todas

horas, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión, decisión

que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que

amenazaban con arrebatarle su yo más íntimo, la libertad interna;

que determinaban si uno iba o no iba a ser el juguete de las

circunstancias, renunciando a la libertad y a la dignidad, para

dejarse moldear hasta convertirse en un recluso típico.

Visto desde este ángulo, las reacciones mentales de los

internados en un campo dé concentración deben parecemos la

simple expresión de determinadas condiciones físicas y

sociológicas. Aun cuando condiciones tales como la falta de

sueño, la alimentación insuficiente y las diversas tensiones

mentales pueden llevar a creer que los reclusos se veían

obligados a reaccionar de cierto modo, en un análisis último se

hace patente que el tipo de persona en que se convertía un

 

72

 

prisionero era el resultado de una decisión íntima y no

únicamente producto de la influencia del campo.

Fundamentalmente, pues, cualquier hombre podía, incluso bajo

tales circunstancias, decidir lo que sería de él —mental y

espiritualmente—, pues aún en un campo de concentración puede

conservar su dignidad humana. Dostoyevski dijo en una ocasión:

"Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos" y estas

palabras retornaban una y otra vez a mi mente cuando conocí a

aquellos mártires cuya conducta en el campo, cuyo sufrimiento y

muerte, testimoniaban el hecho de que la libertad íntima nunca se

pierde. Puede decirse que fueron dignos de sus sufrimientos y la

forma en que los soportaron fue un logro interior genuino. Es esta

libertad espiritual, que no se nos puede arrebatar, lo que hace

que la vida tenga sentido y propósito.

Una vida activa sirve a la intencionalidad de dar al hombre una

oportunidad para comprender sus méritos en la labor creativa,

mientras que una vida pasiva de simple goce le ofrece la

oportunidad de obtener la plenitud experimentando la belleza, el

arte o la naturaleza. Pero también es positiva la vida que está casi

vacía tanto de creación como de gozo y que admite una sola

posibilidad de conducta; a saber, la actitud del hombre hacia su

existencia, una existencia restringida por fuerzas que le son

ajenas. A este hombre le están prohibidas tanto la vida creativa

como la existencia de goce, pero no sólo son significativas la

creatividad y el goce; todos los aspectos de la vida son

igualmente significativos, de modo que el sufrimiento tiene que

serlo también. El sufrimiento es un aspecto de la vida que no

puede erradicarse, como no pueden apartarse el destino o la

muerte. Sin todos ellos la vida no es completa.

La máxima preocupación de los prisioneros se resumía en una

pregunta: ¿Sobreviviremos al campo de concentración? De lo

contrario, todos estos sufrimientos carecerían de sentido. La

pregunta que a mí, personalmente, me angustiaba era esta otra:

¿Tiene algún sentido todo este sufrimiento, todas estas muertes?

Si carecen de sentido, entonces tampoco lo tiene sobrevivir al

internamiento. Una vida cuyo último y único sentido consistiera

en superarla o sucumbir, una vida, por tanto, cuyo sentido

 

73

 

dependiera, en última instancia, de la casualidad no merecería en

absoluto la pena de ser vivida.

 

El destino, un regalo

 

El modo en que un hombre acepta su destino y todo el

sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz,

le da muchas oportunidades —incluso bajo las circunstancias más

difíciles— para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede

conservar su valor, su dignidad, su generosidad. O bien, en la

dura lucha por la supervivencia, puede olvidar su dignidad

humana y ser poco más que un animal, tal como nos ha

recordado la psicología del prisionero en un campo de

concentración. Aquí reside la oportunidad que el hombre tiene de

aprovechar o de dejar pasar las ocasiones de alcanzar los méritos

que una situación difícil puede proporcionarle. Y lo que decide si

es merecedor de sus sufrimientos o no lo es.

No piensen que estas consideraciones son vanas o están muy

alejadas de la vida real. Es verdad que sólo unas cuantas

personas son capaces de alcanzar metas tan altas. De los

prisioneros, solamente unos pocos conservaron su libertad sin

menoscabo y consiguieron los méritos que les brindaba su

sufrimiento, pero aunque sea sólo uno el ejemplo, es prueba

suficiente de que la fortaleza íntima del hombre puede elevarle

por encima de su adverso sino. Y estos hombres no están

únicamente en los campos de concentración. Por doquier, el

hombre se enfrenta a su destino y tiene siempre oportunidad de

conseguir algo por vía del sufrimiento. Piénsese en el destino de

los enfermos, especialmente de los enfermos incurables. En una

ocasión, leí la carta escrita por un joven inválido, en la que a un

amigo le decía que acababa de saber que no viviría mucho tiempo

y que ni siquiera una operación podría aliviarle su sufrimiento.

Continuaba su carta diciendo que se acordaba de haber visto una

película sobre un hombre que esperaba su muerte con valor y

dignidad. Aquel muchacho pensó entonces que era una gran

victoria enfrentarse de este modo a la muerte y ahora —escribía—

 

74

 

 

el destino le brindaba a él una oportunidad similar.

Los que hace unos años vimos la película Resurrección —según

la novela de Tolstoi— no hubiéramos pensado nunca en un primer

momento que en ella se daban cita grandes destinos y grandes

hombres. En nuestro mundo no se daban tales situaciones por lo

que no había nunca oportunidad de alcanzar tamaña grandeza...

Al salir del cine fuimos al café más próximo, y, junto a una taza

de café y un bocadillo, nos olvidamos de los extraños

pensamientos metafísicos que por un momento habían cruzado

por nuestras mentes. Pero cuando también nosotros nos vimos

confrontados con un destino más grande e hicimos frente a la

decisión de superarlo con igual grandeza espiritual, habíamos

olvidado ya nuestras resoluciones juveniles, tan lejanas, y no

dimos la talla.

Quizás para algunos de nosotros llegue un día en que veamos

otra vez aquella película u otra análoga. Pero para entonces otras

muchas películas habrán pasado simultáneamente ante nuestros

ojos del alma; visiones de gentes que alcanzaron en sus vidas

metas más altas de las que puede mostrar una película

sentimental. Algunos detalles, de una muy especial e íntima

grandeza humana, acuden a mi mente; como la muerte de

aquella joven de la que yo fui testigo en un campo de

concentración. Es una historia sencilla; tiene poco que contar, y

tal vez pueda parecer invención, pero a mí me suena como un

poema.

Esta joven sabía que iba a morir a los pocos días; a pesar de

ello, cuando yo hablé con ella estaba muy animada.

"Estoy muy satisfecha de que el destino se haya cebado en mí

con tanta fuerza", me dijo. "En mi vida anterior yo era una niña

malcriada y no cumplía en serio con mis deberes espirituales."

Señalando a la ventana del barracón me dijo: "Aquel árbol es el

único amigo que tengo en esta soledad." A través de la ventana

podía ver justamente la rama de un castaño y en aquella rama

había dos brotes de capullos. "Muchas veces hablo con el árbol",

me dijo.

Yo estaba atónito y no sabía cómo tomar sus palabras.

¿Deliraba? ¿Sufría alucinaciones? Ansiosamente le pregunté si el

 

75

 

árbol le contestaba.

"Sí" ¿Y qué le decía? Respondió: "Me dice: 'Estoy aquí, estoy

aquí, yo soy la vida, la vida eterna."

 

Análisis de la existencia provisional

 

Ya hemos dicho que, en última instancia, los responsables del

estado de ánimo más íntimo del prisionero no eran tanto las

causas psicológicas ya enumeradas cuanto el resultado de su libre

decisión. La observación psicológica de los prisioneros ha

demostrado que únicamente los hombres que permitían que se

debilitara su interno sostén moral y espiritual caían víctimas de

las influencias degenerantes del campo. Y aquí se suscita la

pregunta acerca de lo que podría o debería haber constituido este

"sostén interno".

Al relatar o escribir sus experiencias, todos los que pasaron

por la experiencia de un campo de concentración concuerdan en

señalar que la influencia más deprimente de todas era que el

recluso no supiera cuánto tiempo iba a durar su encarcelamiento.

Nadie le dio nunca una fecha para su liberación (en nuestro

campo ni siquiera tenía sentido hablar de ello). En realidad, la

duración no era sólo incierta, sino ilimitada. Un renombrado

investigador psicológico manifestó en cierta ocasión que la vida en

un campo de concentración podría denominarse "existencia

provisional". Nosotros completaríamos la definición diciendo que

es "una existencia provisional cuya duración se desconoce".

Por regla general, los recién llegados no sabían nada de las

condiciones de un campo. Los que venían de otros campos se

veían obligados a guardar silencio y, de algunos campos, nadie

regresó. Al entrar en él, las mentes de los prisioneros sufrían un

cambio. Con el fin de la incertidumbre venía la incertidumbre del

fin. Era imposible prever cuándo y cómo terminaría aquella

existencia, caso de tener fin. El vocablo latino finis tiene dos

significados: final y meta a alcanzar. El hombre que no podía ver

el fin de su "existencia provisional", tampoco podía aspirar a una

meta última en la vida. Cesaba de vivir para el futuro en

 

76

 

contraste con el hombre normal. Por consiguiente cambiaba toda

la estructura de su vida íntima. Aparecían otros signos de

decadencia como los que conocemos de otros aspectos de la vida.

El obrero parado, por ejemplo, está en una posición similar. Su

existencia es provisional en ese momento y, en cierto sentido, no

puede vivir para el futuro ni marcarse una meta. Trabajos de

investigación realizados sobre los mineros parados han

demostrado que sufren de una particular deformación del tiempo

—el tiempo íntimo— que es resultado de su condición de parados.

También los prisioneros sufrían de esta extraña "experiencia del

tiempo". En el campo, una unidad de tiempo pequeña, un día, por

ejemplo, repleto de continuas torturas y de fatiga, parecía no

tener fin, mientras que una unidad de tiempo mayor, quizás una

semana, parecía transcurrir con mucha rapidez. Mis camaradas

concordaron conmigo cuando dije que en el campo el día duraba

más que la semana. ¡Cuan paradójica era nuestra experiencia del

tiempo! A este respecto me viene el recuerdo de La Montaña

Mágica, de Thomas Mann, que contiene unas cuantas

observaciones psicológicas muy atinadas. Mann estudia la

evolución espiritual de personas que están en condiciones

psicológicas semejantes; es decir, los enfermos de tuberculosis en

un sanatorio, quienes tampoco conocen la fecha en que les darán

de alta; experimentan una existencia similar, sin ningún futuro,

sin ninguna meta.

Uno de los prisioneros, que a su llegada marchaba en una

larga columna de nuevos reclusos desde la estación al campo, me

dijo más tarde que había sentido como si estuviera desfilando en

su propio funeral. Le parecía que su vida no tenía ya futuro y

contemplaba todo como algo que ya había pasado, como si ya

estuviera muerto. Este sentimiento de falta de vida, de un

"cadáver viviente" se intensificaba por otras causas. Mientras que,

en cuanto al tiempo, lo que se experimentaba de forma más

aguda era la duración ilimitada del período de reclusión, en

cuanto al espacio eran los estrechos límites de la prisión. Todo lo

que estuviera al otro lado de la alambrada se antojaba remoto,

fuera del alcance y, de alguna forma, irreal. Lo que sucedía

afuera, la gente de allá, todo lo que era vida normal, adquiría

para el prisionero un aspecto fantasmal. La vida afuera, al menos

 

77

 

hasta donde él podía verla, le parecía casi como lo que podría ver

un hombre ya muerto que se asomara desde el otro mundo.

El hombre que se dejaba vencer porque no podía ver ninguna

meta futura, se ocupaba en pensamientos retrospectivos. En otro

contexto hemos hablado ya de la tendencia a mirar al pasado

como una forma de contribuir a apaciguar el presente y todos sus

horrores haciéndolo menos real. Pero despojar al presente de su

realidad entrañaba ciertos riesgos. Resultaba fácil desentenderse

de las posibilidades de hacer algo positivo en el campo y esas

oportunidades existían de verdad. Ese ver nuestra "existencia

provisional" como algo irreal constituía un factor importante en el

hecho de que los prisioneros perdieran su dominio de la vida; en

cierto sentido todo parecería sin objeto. Tales personas olvidaban

que muchas veces es precisamente una situación externa

excepcionalmente difícil lo que da al hombre la oportunidad de

crecer espiritualmente más allá de sí mismo. En vez de aceptar

las dificultades del campo como una manera de probar su fuerza

interior, no toman su vida en serio y la desdeñan como algo

inconsecuente. Prefieren cerrar los ojos y vivir en el pasado. Para

estas personas la vida no tiene ningún sentido.

Claro está que sólo unos pocos son capaces de alcanzar cimas

espirituales elevadas. Pero esos pocos tuvieron una oportunidad

de llegar a la grandeza humana aun cuando fuera a través de su

aparente fracaso y de su muerte, hazaña que en circunstancias

ordinarias nunca hubieran alcanzado. A los demás de nosotros, al

mediocre y al indiferente, se les podrían aplicar las palabras de

Bismarck: "La vida es como visitar al dentista. Se piensa siempre

que lo peor está por venir, cuando en realidad ya ha pasado."

Parafraseando este pensamiento, podríamos decir que muchos de

los prisioneros del campo de concentración creyeron que la

oportunidad de vivir ya les había pasado y, sin embargo, la

realidad es que representó una oportunidad y un desafío: que o

bien se puede convertir la experiencia en victorias, la vida en un

triunfo interno, o bien se puede ignorar el desafío y limitarse a

vegetar como hicieron la mayoría de los prisioneros.

 

78

 

Spinoza, educador

 

Cualquier tentativa de combatir la influencia psicopatológica

que el campo ejercía sobre el prisionero mediante la psicoterapia

o los métodos psicohigiénicos debía alcanzar el objetivo de

conferirle una fortaleza interior, señalándole una meta futura

hacia la que poder volverse. De forma instintiva, algunos

prisioneros trataban de encontrar una meta propia. El hombre

tiene la peculiaridad de que no puede vivir si no mira al futuro:

sub specie aeternitatis. Y esto constituye su salvación en los

momentos más difíciles de su existencia, aun cuando a veces

tenga que aplicarse a la tarea con sus cinco sentidos. Por lo que a

mí respecta, lo sé por experiencia propia. Al borde del llanto a

causa del tremendo dolor (tenía llagas terribles en los pies debido

a mis zapatos gastados) recorrí con la larga columna de hombres

los kilómetros que separaban el campo del lugar de trabajo. El

viento gélido nos abatía. Yo iba pensando en los pequeños

problemas sin solución de nuestra miserable existencia. ¿Qué

cenaríamos aquella noche? ¿Si como extra nos dieran un trozo de

salchicha, convendría cambiarla por un pedazo de pan? ¿Debía

comerciar con el último cigarrillo que me quedaba de un bono que

obtuve hacía quince días y cambiarlo por un tazón de sopa?

¿Cómo podría hacerme con un trozo de alambre para reemplazar

el fragmento que me servía como cordón de los zapatos?

¿Llegaría al lugar de trabajo a tiempo para unirme al pelotón de

costumbre o tendría que acoplarme a otro cuyo capataz tal vez

fuera más brutal? ¿Qué podía hacer para estar en buenas

relaciones con un "capo" determinado que podría ayudarme a

conseguir trabajo en el campo en vez de tener que emprender a

diario aquella dolorosa caminata?

Estaba disgustado con la marcha de los asuntos que

continuamente me obligaban a ocuparme sólo de aquellas cosas

tan triviales. Me obligué a pensar en otras cosas. De pronto me vi

de pie en la plataforma de un salón de conferencias bien

iluminado, agradable y caliente. Frente a mí tenía un auditorio

atento, sentado en cómodas butacas tapizadas. ¡Yo daba una

conferencia sobre la psicología de un campo de concentración!

 

79

 

Visto y descrito desde la mira distante de la ciencia, todo lo que

me oprimía hasta ese momento se objetivaba. Mediante este

método, logré cierto éxito, conseguí distanciarme de la situación,

pasar por encima de los sufrimientos del momento y observarlos

como si ya hubieran transcurrido y tanto yo mismo como mis

dificultades se convirtieron en el objeto de un estudio

psicocientífico muy interesante que yo mismo he realizado. ¿Qué

dice Spinoza en su Ética? "Affectus, qui passio est, desinit esse

passio simulatque eius claram et distinctam formamus ideam. La

emoción, que constituye sufrimiento, deja de serlo tan pronto

como nos formamos una idea clara y precisa del mismo." (Ética,

5a

 

parte, "Sobre el poder del espíritu o la libertad humana", frase

III).

El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro—

estaba condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía,

asimismo, su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se

convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Por regla

general, éste se producía de pronto, en forma de crisis, cuyos

síntomas eran familiares al recluso con experiencia en el campo.

Todos temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no

hubiera tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía

comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse

y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los

golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a

quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en

enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer

cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se

quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle

nada.

Una vez presencié una dramática demostración del estrecho

nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente final.

F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante

famoso, me confió un día:

"Me gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño

extraño. Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo

único que tenía que hacer era decir lo que quería saber y todas

mis preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le

 

80

 

pregunté? Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la

guerra. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Quería

saber cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y

cuándo tocarían a su fin nuestros sufrimientos." "¿Y cuándo tuvo

usted ese sueño?", le pregunté.

"En febrero de 1945", contestó. Por entonces estábamos a

principios de marzo.

"¿Y qué le contestó la voz?"

Furtivamente me susurró:

"El treinta de marzo."

Cuando F. me habló de aquel sueño todavía estaba rebosante

de esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se

equivocaba. Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la

evolución de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían

suponer la probabilidad de que nos liberaran en la fecha

prometida. El 29 de marzo y de repente F. cayó enfermo con una

fiebre muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le había

dicho que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en

un estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo

falleció. Según todas las apariencias murió de tifus.

 

Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado

de ánimo de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta

de ambos— y la capacidad de su cuerpo para conservarse

inmune, saben también que si repentinamente pierde la

esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa

última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no

se produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo

perdió resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el

futuro y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa

de la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron

finalmente realidad.

Las observaciones sobre este caso y la conclusión que de ellas

puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe

del campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal

en el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las

Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la

 

81

 

explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de

nuestras condiciones de trabajo, ni en una disminución de la

ración alimenticia, ni en un cambió climatológico, ni en el brote de

nuevas epidemias. Se trataba simplemente de que la mayoría de

los prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para

Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se

produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su

valor y les venció el desaliento. Como ya dijimos antes, cualquier

intento de restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las

condiciones de un campo de concentración pasa antes que nada

por el acierto en mostrarle una meta futura. Las palabras de

Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar

cualquier cómo" pudieran ser la motivación que guía todas las

acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los

prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era

preciso inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de

endurecerles para soportar el terrible como de su existencia.

Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida,

ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna

finalidad en vivirla, ése estaba perdido. La respuesta típica que

solía dar este hombre a cualquier razonamiento que tratara de

animarle, era: "Ya no espero nada de la vida." ¿Qué respuesta

podemos dar a estas palabras?

 

La pregunta por el sentido de la vida

 

Lo que de verdad necesitamos es un cambio radical en nuestra

actitud hacia la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos

y* después, enseñar a los desesperados que en realidad no

importa que no esperemos nada de la vida, sino si la vida espera

algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas

sobre el significado de la vida y, en vez de ello, pensar en

nosotros como en seres a quienes la vida les inquiriera continua e

incesantemente. Nuestra contestación tiene que estar hecha no

de palabras ni tampoco de meditación, sino de una conducta y

una actuación rectas. En última instancia, vivir significa asumir la

 

82

 

responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a los

problemas que ello plantea y cumplir las tareas que la vida asigna

continuamente a cada individuo.

Dichas tareas y, consecuentemente, el significado de la vida,

difieren de un hombre a otro, de un momento a otro, de modo

que resulta completamente imposible definir el significado de la

vida en términos generales. Nunca se podrá dar respuesta a las

preguntas relativas al sentido de la vida con argumentos

especiosos. "Vida" no significa algo vago, sino algo muy real y

concreto, que configura el destino de cada hombre, distinto y

único en cada caso. Ningún hombre ni ningún destino pueden

compararse a otro hombre o a otro destino. Ninguna situación se

repite y cada una exige una respuesta distinta; unas veces la

situación en que un hombre se encuentra puede exigirle que

emprenda algún tipo de acción; otras, puede resultar más

ventajoso aprovecharla para meditar y sacar las consecuencias

pertinentes. Y, a veces, lo que se exige al hombre puede ser

simplemente aceptar su destino y cargar con su cruz. Cada

situación se diferencia por su unicidad y en todo momento no hay

más que una única respuesta correcta al problema que la

situación plantea.

Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de

aceptar dicho sufrimiento, pues ésa es su sola y única tarea. Ha

de reconoces el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y

está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento

ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que

adopte al soportar su carga.

En cuanto a nosotros, como prisioneros, tales pensamientos no

eran especulaciones muy alejadas de la realidad, eran los únicos

pensamientos capaces de ayudarnos, de liberarnos de la

desesperación, aun cuando no se vislumbrara ninguna

oportunidad de salir con vida. Ya hacía tiempo que habíamos

pasado por la etapa de pedir a la vida un sentido, tal como el de

alcanzar alguna meta mediante la creación activa de algo valioso.

Para nosotros el significado de la vida abarcaba círculos más

amplios, como son los de la vida y la muerte y por este sentido es

por el que luchábamos.

 

83

 

Sufrimiento como prestación

 

Una vez que nos fue revelado el significado del sufrimiento,

nos negamos a minimizar o aliviar las torturas del campo a base

de ignorarlas o de abrigar falsas ilusiones o de alimentar un

optimismo artificial. El sufrimiento se había convertido en una

tarea a realizar y no queríamos volverle la espalda. Habíamos

aprehendido las oportunidades de logro que se ocultaban en él,

oportunidades que habían llevado al poeta Rilke a decir: "Wie viel

ist aufzuleiden" "¡Por cuánto sufrimiento hay que pasar!." Rilke

habló de "conseguir mediante el sufrimiento" donde otros hablan

de "conseguir por medio del trabajo". Ante nosotros teníamos una

buena cantidad de sufrimiento que debíamos soportar, así que era

preciso hacerle frente procurando que los momentos de debilidad

y de lágrimas se redujeran al mínimo. Pero no había ninguna

necesidad de avergonzarse de las lágrimas, pues ellas testificaban

que el hombre era verdaderamente valiente; que tenía el valor de

sufrir. No obstante, muy pocos lo entendían así. Algunas veces,

alguien confesaba avergonzado haber llorado, como aquel

compañero que respondió a mi pregunta sobre cómo había

vencido el edema, confesando: "Lo he expulsado de mi cuerpo a

base de lágrimas."

 

Algo nos espera

 

Siempre que era posible, en el campo se aplicaba algo que

podría definirse como los fundamentos de la psicoterapia o de la

psicohigiene, tanto individual como colectivamente. Los esbozos

de psicoterapia individual solían ser del tipo del "procedimiento

para salvar la vida". Dichas acciones se emprendían por regla

general con vistas a evitar los suicidios. Una regla del campo muy

estricta prohibía que se tomara ninguna iniciativa tendente a

salvar a un hombre que tratara de suicidarse. Por ejemplo, se

prohibía cortar la soga del hombre que intentaba ahorcarse, por

 

84

 

consiguiente, era de suma importancia impedir que se llegara a

tales extremos.

Recuerdo dos casos de suicidio frustrado que guardan entre sí

mucha similitud. Ambos prisioneros habían comentado sus

intenciones de suicidarse basando su decisión en el argumento

típico de que ya no esperaban nada de la vida. En ambos casos se

trataba por lo tanto de hacerles comprender que la vida todavía

esperaba algo de ellos. A uno le quedaba un hijo al que él

adoraba y que estaba esperándole en el extranjero. En el otro

caso no era una persona la que le esperaba, sino una cosa, ¡su

obra! Era un científico que había iniciado la publicación de una

colección de libros que debía concluir. Nadie más que él podía

realizar su trabajo, lo mismo que nadie más podría nunca

reemplazar al padre en el afecto del hijo.

La unicidad y la resolución que diferencian a cada individuo y

confieren un significado a su existencia tienen su incidencia en la

actividad creativa, al igual que la tienen en el amor. Cuando se

acepta la imposibilidad de reemplazar a una persona, se da paso

para que se manifieste en toda su magnitud la responsabilidad

que el hombre asume ante su existencia. El hombre que se hace

consciente de su responsabilidad ante el ser humano que le

espera con todo su afecto o ante una obra inconclusa no podrá

nunca tirar su vida por la borda. Conoce el "porqué" de su

existencia y podrá soportar casi cualquier "cómo".

 

Una palabra a tiempo

 

Las oportunidades para la psicoterapia colectiva eran

limitadas. El ejemplo correcto era más efectivo de lo que pudieran

serlo las palabras. Los jefes de barracón que no eran autoritarios,

por ejemplo, tenían precisamente por su forma de ser y actuar

mil oportunidades de ejercitar una influencia de largo alcance

sobre los que estaban bajo su jurisdicción. La influencia inmediata

de una determinada forma de conducta es siempre más efectiva

que las palabras. Pero, a veces, una palabra también resulta

efectiva cuando la receptividad mental se intensifica con motivo

 

85

 

de las circunstancias externas. Recuerdo un incidente en que

hubo lugar para realizar una labor terapéutica sobre todos los

prisioneros de un barracón, como consecuencia de la

intensificación de su receptividad provocada por una determinada

situación externa.

Había sido un día muy malo. A la hora de la formación se

había leído un anuncio sobre los muchos actos que, de entonces

en adelante, se considerarían acciones de sabotaje y, por

consiguiente, punibles con la horca. Entre estas faltas se incluían

nimiedades como cortar pequeñas tiras de nuestras viejas mantas

(para utilizarlas como vendajes para los tobillos) y "robos

mínimos. Hacía unos días que un prisionero al borde de la

inanición había entrado en el almacén de víveres y había robado

algunos kilos de patatas. El robo se descubrió y algunos

prisioneros reconocieron al "ladrón". Cuando las autoridades del

campo tuvieron noticia de lo sucedido, ordenaron que les

entregáramos al culpable; si no, todo el campo ayunaría un día.

Claro está que los 2500 hombres prefirieron callar. La tarde de

aquel día de ayuno yacíamos exhaustos en los camastros. Nos

encontrábamos en las horas más bajas. Apenas sé decía palabra y

las que se pronunciaban tenían un tono de irritación. Entonces, y

para empeorar aún más las cosas, se apagó la luz. Los estados de

ánimo llegaron a su punto más bajo. Pero el jefe de nuestro

barracón era un hombre sabio e improvisó una pequeña charla

sobre todo lo que bullía en nuestra mente en aquellos momentos.

Se refirió a los muchos compañeros que habían muerto en los

últimos días por enfermedad o por suicidio, pero también indicó

cuál había sido la verdadera razón de esas muertes: la pérdida de

la esperanza. Aseguraba que tenía que haber algún medio de

prevenir que futuras víctimas llegaran a estados tan extremos. Y

al decir esto me señalaba a mí para que les aconsejara.

Dios sabe que no estaba en mi talante dar explicaciones

psicológicas o predicar sermones a fin de ofrecer a mis camaradas

algún tipo de cuidado médico de sus almas. Tenía frío y sueño,

me sentía irritable y cansado, pero hube de sobreponerme a mí

mismo y aprovechar la oportunidad. En aquel momento era más

necesario que nunca infundirles ánimos.

 

86

 

Asistencia psicológica

 

Seguidamente hablé del futuro inmediato. Y dije que, para el

que quisiera ser imparcial, éste se presentaba bastante negro y

concordé con que cada uno de nosotros podía adivinar que sus

posibilidades de supervivencia eran mínimas: aun cuando ya no

había epidemia de tifus yo estimaba que mis propias

oportunidades estaban en razón de uno a veinte. Pero también les

dije que, a pesar de ello, no tenía intención de perder la

esperanza y tirarlo todo por la borda, pues nadie sabía lo que el

futuro podía depararle y todavía menos la hora siguiente. Y aun

cuando no cabía esperar ningún acontecimiento militar importante

en los días sucesivos, quiénes mejor que nosotros, con nuestra

larga experiencia en los campos para saber que a veces se

ofrecían, de repente, grandes oportunidades, cuando menos a

nivel individual. Por ejemplo, cabía la posibilidad de que,

inesperadamente, uno fuera destinado a un grupo especial que

gozara de condiciones laborales particularmente favorables, ya

que este tipo de cosas constituían la "suerte" del prisionero.

Pero no. sólo hablé del futuro y del velo que lo cubría.

También les hablé del pasado: de todas sus alegrías y de la luz

que irradiaba, brillante aun en la presente oscuridad. Para evitar

que mis palabras sonaran como las de un predicador, cité de

nuevo al poeta que había escrito: “Was du erlebt, kann keine

Macht der Welt dir rauben, ningún poder de la tierra podrá

arrancarte lo que has vivido.” No ya sólo nuestras experiencias,

sino cualquier cosa que hubiéramos hecho, cualesquiera

pensamientos que hubiéramos tenido, así como todo lo que

habíamos sufrido, nada de ello se había perdido, aun cuando

hubiera pasado; lo habíamos hecho ser, y haber sido es también

una forma de ser y quizá la más segura.

Seguidamente me referí a las muchas oportunidades

existentes para darle un sentido a la vida. Hablé a mis camaradas

(que yacían inmóviles, si bien de vez en cuando se oía algún

suspiro) de que la vida humana no cesa nunca, bajo ninguna

 

87

 

circunstancia, y de que este infinito significado de la vida

comprende también el sufrimiento y la agonía, las privaciones y la

muerte. Pedí a aquellas pobres criaturas que me escuchaban

atentamente en la oscuridad del barracón que hicieran cara a lo

serio de nuestra situación. No tenían que perder las esperanzas,

antes bien debían conservar el valor en la certeza de que nuestra

lucha desesperada no perdería su dignidad ni su sentido. Les

aseguré que en las horas difíciles siempre había alguien que nos

observaba —un amigo, una esposa, alguien que estuviera vivo o

muerto, o un Dios— y que sin duda no querría que le

decepcionáramos, antes bien, esperaba que sufriéramos con

orgullo —y no miserablemente— y que supiéramos morir.

Y, finalmente, les hablé de nuestro sacrificio, que en cada caso

tenía un significado. En la naturaleza de este sacrificio estaba el

que pareciera insensato para la vida normal, para el mundo donde

imperaba el éxito material. Pero nuestro sacrificio sí tenía un

sentido. Los que profesaran una fe religiosa, dije con franqueza,

no hallarían dificultades para entenderlo. Les hablé de un

camarada que al llegar al campo había querido hacer un pacto

con el cielo para que su sacrificio y su muerte liberaran al ser que

amaba de un doloroso final. Para él, tanto el sufrimiento como la

muerte y, especialmente, aquel sacrificio, eran significativos. Por

nada del mundo quería morir, como tampoco lo queríamos

ninguno de nosotros. Mis palabras tenían como objetivo dotar a

nuestra vida de un significado, allí y entonces, precisamente en

aquel barracón y aquella situación, prácticamente desesperada.

Pude comprobar que había logrado mi propósito, pues cuando se

encendieron de nuevo las luces, las miserables figuras de mis

camaradas se acercaron renqueantes hacia mí para darme las

gracias, con lágrimas en los ojos. Sin embargo, es preciso que

confiese aquí que sólo muy raras veces hallé en mi interior

fuerzas para establecer este tipo de contacto con mis compañeros

de sufrimientos y que, seguramente, perdí muchas oportunidades

de hacerlo.

 

88

 

Psicología de los guardias del campamento

 

Llegamos ya a la tercera fase de las reacciones espirituales del

prisionero: su psicología tras la liberación. Pero antes de entrar en

ella consideremos una pregunta que suele hacérsele al psicólogo,

sobre todo cuando conoce el tema por propia experiencia: ¿Qué

opina del carácter psicológico de los guardias del campo? ¿Cómo

es posible que hombres de carne y hueso como los demás

pudieran tratar a sus semejantes en la forma que los prisioneros

aseguran que los trataron? Si tras haber oído una y otra vez los

relatos de las atrocidades cometidas se llega al convencimiento de

que, por increíbles que parezcan, sucedieron de verdad, lo

inmediato es preguntar cómo pudieron ocurrir desde un punto de

vista psicológico. Para contestar a esta pregunta, aunque sin

entrar en muchos detalles, es preciso puntualizar algunas cosas.

En primer lugar, había entre los guardias algunos sádicos, sádicos

en el sentido clínico más estricto. En segundo lugar, se elegía

especialmente a los sádicos siempre que se necesitaba un

destacamento de guardias muy severos. A esa selección negativa

de la que ya hemos hablado en otro lugar, como la que se

realizaba entre la masa de los propios prisioneros para elegir a

aquellos que debían ejercer la función de "capos" y en la que es

fácil comprender que, a menudo, fueran los individuos más

brutales y egoístas los que tenían más probabilidades de

sobrevivir, a esta selección negativa, pues, se añadía en el campo

la selección positiva de los sádicos.

Se armaba un gran revuelo de alegría cuando, tras dos horas

de' duro bregar bajo la cruda helada, nos permitían calentarnos

unos pocos minutos allí mismo, al pie del trabajo, frente a una

pequeña estufa que se cargaba con ramitas y virutas de madera.

Pero siempre había algún capataz que sentía gran placer en

privarnos de esta pequeña comodidad. Su rostro expresaba bien a

las claras la satisfacción que sentía no ya sólo al prohibirnos estar

allí, sino volcando la estufa y hundiendo su amoroso fuego en la

nieve. Cuando a las SS les molestaba determinada persona,

siempre había en sus filas alguien especialmente dotado y

altamente especializado en la tortura sádica a quien se enviaba al

 

89

 

desdichado prisionero.

En tercer lugar, los sentimientos de la mayoría de los guardias

se hallaban embotados por todos aquellos años en que, a ritmo

siempre creciente, habían sido testigos de los brutales métodos

del campo. Los que estaban endurecidos moral y mentalmente

rehusaban, al menos, tomar parte activa en acciones de carácter

sádico, pero no impedían que otros las realizaran.

En cuarto lugar, es preciso afirmar que aun entre los guardias

había algunos que sentían lástima de nosotros. Mencionaré

únicamente al comandante del campo del que fui liberado.

Después de la liberación —y sólo el médico del campo, que

también era prisionero, tenía conocimiento de ello antes de esa

fecha— me enteré de que dicho comandante había comprado en

la localidad más próxima medicinas destinadas a los prisioneros y

había pagado de su propio bolsillo cantidades nada despreciables.

Por lo que se refiere a este comandante de las SS, ocurrió un

incidente interesante relativo a la actitud que tomaron hacia él

algunos de los prisioneros judíos. Al acabar la guerra y ser

liberados por las tropas norteamericanas, tres jóvenes judíos

húngaros escondieron al comandante en los bosques bávaros. A

continuación se presentaron ante el comandante de las fuerzas

americanas, quien estaba ansioso por capturar a aquel oficial de

las SS, para decirle que le revelarían donde se encontraba

únicamente bajo determinadas condiciones: el comandante

norteamericano tenía que prometer que no se haría ningún daño

a aquel hombre. Tras pensarlo un rato, el comandante prometió a

los jóvenes judíos que cuando capturara al prisionero se ocuparía

de que no le causaran la más mínima lesión y no sólo cumplió su

promesa, sino que, como prueba de ello, el antiguo comandante

del campo de concentración fue, de algún modo, repuesto en su

cargo, encargándose de supervisar la recogida de ropas entre las

aldeas bávaras más próximas y de distribuirlas entre nosotros.

El prisionero más antiguo del campo era, sin embargo, mucho

peor que todos los guardias de las SS juntos. Golpeaba a los

demás prisioneros a la más mínima falta, mientras que el

comandante alemán, hasta donde yo sé, no levantó nunca la

mano contra ninguno de nosotros.

 

90

 

Es evidente que el mero hecho de saber que un hombre fue

guardia del campo o prisionero nada nos dice. La bondad humana

se encuentra en todos los grupos, incluso en aquellos que, en

términos generales, merecen que se les condene. Los límites

entre estos grupos se superponen muchas veces y no debemos

inclinarnos a simplificar las cosas asegurando que unos hombres

eran unos ángeles y otros unos demonios. Lo cierto es que,

tratándose de un capataz, el hecho de ser amable con los

prisioneros a pesar de todas las perniciosas influencias del campo

es un gran logro, mientras que la vileza del prisionero que

maltrata a sus propios compañeros merece condenación y

desprecio en grado sumo. Obviamente, los prisioneros veían en

estos hombres una falta de carácter que les desconcertaba

especialmente, mientras que se sentían profundamente

conmovidos por la más mínima muestra de bondad recibida de

alguno de los guardias. Recuerdo que un día un capataz me dio

en secreto un trozo de pan que debió haber guardado de su

propia ración del desayuno. Pero me dio algo más, un "algo"

humano que hizo que se me saltaran las lágrimas: la palabra y la

mirada con que aquel hombre acompañó el regalo.

De todo lo expuesto debemos sacar la consecuencia de que

hay dos razas de hombres en el mundo y nada más que dos: la

"raza" de los hombres decentes y la raza de los indecentes.

Ambas se encuentran en todas partes y en todas las capas

sociales. Ningún grupo se compone de hombres decentes o de

hombres indecentes, así sin más ni más. En este sentido, ningún

grupo es de "pura raza" y, por ello, a veces se podía encontrar,

entre los guardias, a alguna persona decente.

La vida en un campo de concentración abría de par en par el

alma humana y sacaba a la luz sus abismos. ¿Puede sorprender

que en estas profundidades encontremos, una vez más,

únicamente cualidades humanas que, en su naturaleza más

íntima, eran una mezcla del bien y del mal? La escisión que

separa el bien del mal, que atraviesa imaginariamente a todo ser

humano, alcanza a las profundidades más hondas y se hizo

manifiesta en el fondo del abismo que se abrió en los campos de

concentración.

 

91

 

Nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer al hombre

quizá mejor que ninguna otra generación. ¿Qué es, en realidad, el

hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha

inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha

entrado en ellas con paso firme musitando una oración.

 

92

 

TERCERA FASE: DESPUÉS DE LA LIBERACIÓN

 

Y ahora, en el último capítulo dedicado a la psicología de un

campo de concentración, analicemos la psicología del prisionero

que ha sido liberado. Para describir las experiencias de la

liberación, que han de ser personales por fuerza, reanudaremos el

hilo en aquella parte de nuestro relato que hablaba de la mañana

en que, tras varios días de gran tensión, se izó la bandera blanca

a la entrada del campo. Al estado de ansiedad interior siguió una

relajación total. Pero se equivocaría quien pensase que nos

volvimos locos de alegría. ¿Qué sucedió, entonces?

Con torpes pasos, los prisioneros nos arrastramos hasta las

puertas del campo. Tímidamente miramos a nuestro derredor y

nos mirábamos los unos a los otros interrogándonos.

Seguidamente, nos aventuramos a dar unos cuantos pasos fuera

del campo y esta vez nadie nos impartía órdenes a gritos, ni

teníamos que apresurarnos en evitación de un golpe o un

puntapié. ¡Oh, no! ¡Esta vez los guardias nos ofrecían cigarrillos!

Al principio a duras penas podíamos reconocerlos, ya que se

habían dado mucha prisa en cambiarse de ropa y vestían de

civiles. Caminábamos despacio por la carretera que partía del

campo. Pronto sentimos dolor en las piernas y temimos caernos,

pero nos repusimos, queríamos ver los alrededores del campo con

los ojos de los hombres libres, por vez primera. "¡Somos libres!",

nos decíamos una y otra vez y aún así no podíamos creerlo.

Habíamos repetido tantas veces esta palabra durante los años

que soñamos con ella, que ya había perdido su significado. Su

realidad no penetraba en nuestra conciencia; no podíamos

aprehender el hecho de que la libertad nos perteneciera.

Llegamos a los prados cubiertos de flores. Las

contemplábamos y nos dábamos cuenta de que estaban allí, pero

no despertaban en nosotros ningún sentimiento. El primer

destello de alegría se produjo cuando vimos un gallo con su cola

de plumas multicolores. Pero no fue más que un destello: todavía

 

93

 

no pertenecíamos a este mundo.

Por la tarde y cuando otra vez nos encontramos en nuestro

barracón, un hombre le dijo en secreto a otro: "¿Dime, estuviste

hoy contento?"

Y el otro le contestó un tanto avergonzado, pues no sabía que

los demás sentíamos de igual modo: "Para ser franco: no."

Literalmente hablando, habíamos perdido la capacidad de

alegrarnos y teníamos que volverla a aprender, lentamente.

 

Desde el punto de vista psicológico, lo que les sucedía a los

prisioneros liberados podría denominarse "despersonalización".

Todo parecía irreal, improbable, como un sueño. No podíamos

creer que fuera verdad. ¡Cuántas veces, en los pasados años, nos

habían engañado los sueños! Habíamos soñado con que llegaba el

día de la liberación, con que nos habían liberado ya, habíamos

vuelto a casa, saludado a los amigos, abrazado a la esposa, nos

habíamos sentado a la mesa y empezado a contar todo lo que

habíamos pasado, incluso que muy a menudo habíamos

contemplado, en nuestros sueños, el día de nuestra liberación. Y

entonces un silbato traspasaba nuestros oídos —la señal de

levantarnos— y todos nuestros sueños se venían abajo. Y ahora el

sueño se había hecho realidad. ¿Pero podíamos creer de verdad

en él?

cuerpo tiene menos inhibiciones que la mente, así que

desde el primer momento hizo buen uso de la libertad recién

adquirida y empezó a comer vorazmente, durante horas y días

enteros, incluso en mitad de la noche. Sorprende pensar las

ingentes cantidades que se pueden comer. Y cuando a uno de los

prisioneros le invitaba algún granjero de la vecindad, comía y

comía y bebía café, lo cual le soltaba la lengua y entonces

hablaba y hablaba horas enteras. La presión que durante años

había oprimido su mente desaparecía al fin. Oyéndole hablar se

tenía la impresión de que tenía que hablar, de que su deseo de

hablar era irresistible. Supe de personas que habían sufrido una

presión muy intensa durante un corto período de tiempo (por

ejemplo pasar un interrogatorio de la Gestapo) y experimentaron

idénticas reacciones. Pasaron muchos días antes de que no sólo

 

94

 

se soltara la lengua, sino también algo que estaba dentro de

todos nosotros; y, de pronto, aquel sentimiento se abrió por entre

las extrañas cadenas que lo habían constreñido.

Un día, poco después de nuestra liberación, yo paseaba por la

campiña florida, camino del pueblo más próximo. Las alondras se

elevaban hasta el cielo y yo podía oír sus gozosos cantos; no

había nada más que la tierra y el cielo y el júbilo de las alondras,

y la libertad del espacio. Me detuve, miré en derredor, después al

cielo, y finalmente caí de rodillas. En aquel momento yo sabía

muy poco de mí o del mundo, sólo tenía en la cabeza una frase,

siempre la misma: "Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y

él me contestó desde el espacio en libertad."

No recuerdo cuanto tiempo permanecí allí, de rodillas,

repitiendo una y otra vez mi jaculatoria. Pero yo sé que aquel día,

en aquel momento, mi vida empezó otra vez. Fui avanzando,

paso a paso, hasta volverme de nuevo un ser humano.

 

El desahogo

 

El camino que partía de la aguda tensión espiritual de los

últimos días pasados en el campo (de la guerra de nervios a la

paz mental) no estaba exento de obstáculos. Sería un error

pensar que el prisionero liberado no tenía ya necesidad de ningún

cuidado. Debemos considerar que un hombre que ha vivido bajo

una presión mental tan tremenda y durante tanto tiempo, corre

también peligro después de la liberación, sobre todo habiendo

cesado la tensión tan de repente. Dicho peligro (desde el punto de

vista de la higiene psicológica) es la contrapartida psicológica de

la aeroembolia. Lo mismo que la salud física de los que trabajan

en cámaras de inmersión correría peligro si, de repente,

abandonaran la cámara (donde se encuentran bajo una tremenda

presión atmosférica), así también el hombre que ha sido liberado

repentinamente de la presión espiritual puede sufrir daño en su

salud psíquica.

Durante esta fase psicológica se observaba que las personas

de naturaleza más primitiva no podían escapar a las influencias de

 

95

 

la brutalidad que les había rodeado mientras vivieron en el

campo. Ahora, al verse libres, pensaban que podían hacer uso de

su libertad licenciosamente y sin sujetarse a ninguna norma. Lo

único que había cambiado para ellos era que en vez de ser

oprimidos eran opresores. Se convirtieron en instigadores y no

objetores, de la fuerza y de la injusticia. Justificaban su conducta

en sus propias y terribles experiencias y ello solía ponerse de

manifiesto en situaciones aparentemente inofensivas. En una

ocasión paseaba yo con un amigo camino del campo de

concentración, cuando de pronto llegamos a un sembrado de

espigas verdes. Automáticamente yo las evité, pero él me agarró

del brazo y me arrastró hacia el sembrado. Yo balbucí algo

referente a no tronchar las tiernas espigas. Se enfadó mucho

conmigo, me lanzó una mirada airada y me gritó:

"¡No me digas! ¿No nos han quitado bastante ellos a nosotros?

Mi mujer y mi hijo han muerto en la cámara de gas —por no

mencionar las demás cosas— y tú me vas a prohibir que tronche

unas pocas espigas de trigo?"

Sólo muy lentamente se podía devolver a aquellos hombres a

la verdad lisa y llana de que nadie tenía derecho a obrar mal, ni

aun cuando a él le hubieran hecho daño. Tendríamos que luchar

para hacerles volver a esa verdad, o las consecuencias serían aún

peores que la pérdida de unos cuantos cientos de granos de trigo.

Todavía puedo ver a aquel prisionero que, enrollándose las

mangas de la camisa, metió su mano derecha bajo mi nariz y

gritó: "¡Qué me corten la mano si no me la tiño con sangre el día

que vuelva a casa!" Quiero recalcar que quien decía estas

palabras no era un mal tipo: fue el mejor de los camaradas en el

campo y también después.

Aparte de la deformidad moral resultante del repentino

aflojamiento de la tensión espiritual, otras dos experiencias

mentales amenazaban con dañar el carácter del prisionero

liberado: la amargura y la desilusión que sentía al volver a su

antigua vida.

La amargura tenía su origen en todas aquellas cosas contra las

que se rebelaba cuando volvía a su ciudad. Cuando, a su regreso,

aquel hombre veía que en muchos lugares se le recibía sólo con

 

96

 

un encogimiento de hombros y unas cuantas frases gastadas,

solía amargarse preguntándose por qué había tenido que pasar

por todo aquello. Cuando por doquier oía casi las mismas

palabras: "No sabíamos nada" y "nosotros también sufrimos", se

hacía siempre la misma pregunta. ¿Es que no tienen nada mejor

que decirme?

La experiencia de la desilusión es algo distinta. En este caso

no era ya el amigo (cuya superficialidad y falta de sentimientos

disgustaban tanto al exclaustrado que finalmente se sentía como

si se arrastrara por un agujero sin ver ni oír a ningún ser

humano) que le parecía cruel, sino su propio sino. El hombre que

durante años había creído alcanzar el límite absoluto del

sufrimiento se encontraba ahora con que el sufrimiento no tenía

límites y con que todavía podía sufrir más y más intensamente.

Cuando hablábamos de los intentos de infundir en el prisionero

ánimo para superar su situación, decíamos que había que

mostrarle algo que le hiciera pensar en el porvenir. Había que

recordarle que la vida todavía le estaba esperando, que un ser

humano aguardaba a que él regresara. Pero, ¿y después de la

liberación? Algunos se encontraron con que nadie les esperaba.

Desgraciado de aquel que halló que la persona cuyo solo

recuerdo le había dado valor en el campo ¡ya no vivía!

¡Desdichado de aquel que, cuando finalmente llegó el día de sus

sueños, encontró todo distinto a como lo había añorado! Quizás

abordó un trolebús y viajó hasta la casa que durante años había

tenido en su mente, quizá llamó al timbre, al igual que lo había

soñado en miles de sueños, para encontrarse con que la persona

que tendría que abrirle la puerta no estaba allí, ni nunca volvería.

Allá en el campo, todos nos habíamos confesado unos a otros

que no podía haber en la tierra felicidad que nos compensara por

todo lo que habíamos sufrido. No esperábamos encontrar la

felicidad, no era esto lo que infundía valor y confería significado a

nuestro sufrimiento, a nuestros sacrificios, a nuestra agonía.

Ahora bien, tampoco estábamos preparados para la infelicidad.

Esta desilusión que aguardaba a un número no desdeñable de

prisioneros resultó ser una experiencia muy dura de sobrellevar y

también muy difícil de tratar desde el punto de vista del

 

97

 

psiquiatra; aunque tampoco tendría que desalentarle; muy al

contrario, debiera ser un acicate y un estímulo más.

 

Pero para todos y cada uno de los prisioneros liberados llegó el

día en que, volviendo la vista atrás a aquella experiencia del

campo, fueron incapaces de comprender cómo habían podido

soportarlo. Y si llegó por fin el día de su liberación y todo les

pareció como un bello sueño, también llegó el día en que todas

las experiencias del campo no fueron para ellos nada más que

una pesadilla.

La experiencia final para el hombre que vuelve a su hogar es

la maravillosa sensación de que, después de todo lo que ha

sufrido, ya no hay nada a lo que tenga que temer, excepto a su

Dios.

 

98

 

PARTE SEGUNDA

 

CONCEPTOS BÁSICOS DE LOGOTERAPIA

 

99

 

Los lectores de mi breve relato autobiográfico me pidieron que

hiciera una exposición más directa y completa de mi doctrina

terapéutica. En consecuencia, añadí a la edición original un

sucinto resumen de lo que es la logoterapia. Pero no ha sido

suficiente; me acosan pidiéndome que trate más detenidamente

el tema, de modo que en la presente edición he dado una nueva

redacción a mi relato, ampliándolo con más detalles.

No ha sido un cometido fácil. Transmitir al lector en un espacio

reducido todo el material que en alemán requirió veinte

volúmenes es una tarea capaz de desanimar a cualquiera.

Recuerdo a un colega norteamericano que un día me preguntó en

mi clínica de Viena: "Veamos, doctor, ¿usted es psicoanalista?" A

lo que yo le contesté: "No exactamente psicoanalista. Digamos

que soy psicoterapeuta." Entonces siguió preguntándome: "A qué

escuela pertenece usted?" "Es mi propia teoría; se llama

logoterapia", le repliqué. "¿Puede definirme en una frase lo que

quiere decir logoterapia?" "Sí", le dije, "pero antes que nada,

¿puede usted definir en una sola frase la esencia del

psicoanálisis?" He aquí su respuesta: "En el psicoanálisis, el

paciente se tiende en un diván y le dice a usted cosas que, a

veces, son muy desagradables de decir." Tras lo cual y de

inmediato yo le devolví la siguiente improvisación: "Pues bien, en

la logoterapia, el paciente permanece sentado, bien derecho, pero

tiene que oír cosas que, a veces, son muy desagradables de

escuchar."

Por supuesto dije esto en tono más bien festivo y sin pretender

que fuera una versión resumida de la logoterapia. Sin embargo

tiene mucho de verdad, pues, comparada con el psicoanálisis, la

logoterapia es un método menos retrospectivo y menos

introspectivo. La logoterapia mira más bien al futuro, es decir, a

los cometidos y sentidos que el paciente tiene que realizar en el

futuro. A la vez, la logoterapia se desentiende de todas las

formulaciones del tipo círculo vicioso y de todos los mecanismos

 

100

 

de retroacción que tan importante papel desempeñan en el

desarrollo de las neurosis. De esta forma se quiebra el típico

ensimismamiento del neurótico, en vez de volver una y otra vez

sobre lo mismo, con el consiguiente refuerzo.

Que duda cabe que mi definición simplificaba las cosas hasta el

máximo y, sin embargo, al aplicar la logoterapia el paciente ha de

enfrentarse con el sentido de su propia vida para, a continuación,

rectificar la orientación de su conducta en tal sentido. Por

consiguiente, mi definición improvisada de la logoterapia es válida

en cuanto que el neurótico trata de eludir el cabal conocimiento

de su cometido en la vida, y el hacerle sabedor de esta tarea y

despertarle a una concienciación plena puede ayudar mucho a su

capacidad para sobreponerse a su neurosis.

Explicaré a continuación por qué empleé el término

"logoterapia" para definir mi teoría. Logos es una palabra griega

que equivale a "sentido", "significado" o "propósito". La

logoterapia o, como muchos autores la han llamado, "la tercera

escuela vienesa de psicoterapia", se centra en el significado de la

existencia humana, así como en la búsqueda de dicho sentido por

parte del hombre. De acuerdo con la logoterapia, la primera

fuerza motivante del hombre es la lucha por encontrarle un

sentido a su propia vida. Por eso hablo yo de voluntad de sentido,

en contraste con el principio de placer (o, como también

podríamos denominarlo, la voluntad de placer) en que se centra el

psicoanálisis freudiano, y en contraste con la voluntad de poder

que enfatiza la psicología de Adler.

 

Voluntad de sentido

 

La búsqueda por parte del hombre del sentido de la vida

constituye una fuerza primaria y no una "racionalización

secundaria" de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y

específico en cuanto es uno mismo y uno solo quien tiene que

encontrarlo; únicamente así logra alcanzar el hombre un

significado que satisfaga su propia voluntad de sentido. Algunos

autores sostienen que los sentidos y los principios no son otra

 

101

 

cosa que "mecanismos de defensa", "formaciones y sublimaciones

de las reacciones". Por lo que a mí toca, yo no quisiera vivir

simplemente por mor de mis "mecanismos de defensa", ni estaría

dispuesto a morir por mis "formaciones de las reacciones". El

hombre, no obstante, ¡es capaz de vivir e incluso de morir por sus

ideales y principios!

Hace unos cuantos años se realizó en Francia una encuesta de

opinión. Los resultados demostraron que el 80 % de la población

encuestada reconocía que el hombre necesita "algo" por qué vivir.

Además, el 61 % admitía que había algo, o alguien, en sus vidas

por cuya causa estaban dispuestos incluso a morir. Repetí esta

encuesta en mi clínica de Viena tanto entre los pacientes como

entre el personal y el resultado fue prácticamente similar al

obtenido entre las miles de personas encuestadas en Francia; la

diferencia fue sólo de un 2 %. En otras palabras, la voluntad de

sentido para muchas personas es cuestión de hecho, no de fe.

Ni que decir tiene que son muchos los casos en que la

insistencia de algunas personas en los principios morales no es

más que una pantalla para ocultar sus conflictos internos; pero

aun siendo esto cierto, representa la excepción a la regla y no la

mayoría. En dichos casos se justifica la interpretación

psicodinámica como un intento de analizar la dinámica

inconsciente que le sirve de base. Nos encontramos en realidad

ante pseudoprincipios (buen ejemplo de ello es el caso del

fanático) que, por lo mismo, es preciso desenmascarar. El

desenmascaramiento o la desmitificación cesará, sin embargo, en

cuanto uno se tope con lo que el hombre tiene de auténtico y de

genuino; por ejemplo, el deseo de una vida lo más significativa

posible. Si al llegar aquí no se detiene, el hombre que realiza el

desenmascaramiento se limitaba a traicionar su propia voluntad al

menospreciar las aspiraciones espirituales de los demás.

Tenemos que precavernos de la tendencia a considerar los

principios morales como simple expresión del hombre. Pues lagos

o "sentido' no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino

algo que hace frente a la existencia. Si ese sentido que espera ser

realizado por el hombre no fuera nada más que la expresión de sí

mismo o nada más que la proyección de un espejismo, perdería

 

102

 

inmediatamente su carácter de exigencia y desafío; no podría

motivar al hombre ni requerirle por más tiempo. Esto se considera

verdadero no sólo por lo que se refiere a la sublimación de los

impulsos instintivos, sino también por lo que toca a lo que C.G.

Jung denomina arquetipos del "inconsciente colectivo", en cuanto

estos últimos serían también expresiones propias de la

humanidad, como un todo. Y también se considera cierto por lo

que se refiere al argumento de algunos pensadores

existencialistas que no ven en los ideales humanos otra cosa que

invenciones. Según J.P. Sartre, el hombre se inventa a sí mismo,

concibe su propia "esencia", es decir, lo que él es esencialmente,

incluso lo que debería o tendría que ser. Pero yo no considero que

nosotros inventemos el sentido de nuestra existencia, sino que lo

descubrimos.

La investigación psicodinámica en el campo de los principios es

legítima; la cuestión estriba en saber si siempre es apropiada. Por

encima de todas las cosas debemos recordar que una

investigación exclusivamente psicodinámica puede, en principio,

revelar únicamente lo que es una fuerza impulsora en el hombre.

Ahora bien, los principios morales no mueven al hombre, no le

empujan, más bien tiran de él. Diré, de paso, que es una

diferencia que recordaba continuamente al pasar por las puertas

de los hoteles de Norteamérica: hay que tirar de una y empujar

otra. Pues bien, si yo digo que el hombre se ve arrastrado por los

principios morales, lo que implícitamente se infiere es el hecho de

que la voluntad interviene siempre: la libertad del hombre para

elegir entre aceptar o rechazar una oferta; es decir, para cumplir

un sentido potencial o bien para perderlo.

Sin embargo, debe quedar bien claro que en el hombre no

cabe hablar de eso que suele llamarse impulso moral o impulso

religioso, interpretándolo de manera idéntica a cuando decimos

que los seres humanos están determinados por los instintos

básicos. Nunca el hombre se ve impulsado a una conducta moral;

en cada caso concreto decide actuar moralmente. Y el hombre no

actúa así para satisfacer un impulso moral y tener una buena

conciencia; lo hace por amor de una causa con la que se

identifica, o por la persona que ama, o por la gloria de Dios. Si

 

103

 

obra para tranquilizar su conciencia será un fariseo y dejará de

ser una persona verdaderamente moral. Creo que hasta los

mismos santos no se preocupan de otra cosa que no sea servir a

su Dios y dudo siquiera de que piensen en ser santos. Si así fuera

serían perfeccionistas, pero no santos. Cierto que, como reza el

dicho alemán, "una buena conciencia es la mejor almohada"; pero

la verdadera moralidad es algo más que un somnífero o un

tranquilizante.

 

Frustración existencial

 

La voluntad de sentido del hombre puede también frustrarse,

en cuyo caso la logoterapia habla de la frustración existencial. El

término existencial se puede utilizar de tres maneras: para

referirse a la propia (1) existencia; es decir, el modo de ser

específicamente humano; (2) el sentido de la existencia; y (3) el

afán de encontrar un sentido concreto a la existencia personal, o

lo que es lo mismo, la voluntad de sentido.

La frustración existencial se puede también resolver en

neurosis. Para este tipo de neurosis, la logoterapia ha acuñado el

término "neurosis noógena", en contraste con la neurosis en

sentido estricto; es decir, la neurosis psicógena. Las neurosis

noógenas tienen su origen no en lo psicológico, sino más bien en

la dimensión noológica (del griego noos, que significa mente), de

la existencia humana. Este término logoterapéutico denota algo

que pertenece al núcleo "espiritual" de la personalidad humana.

No obstante, debe recordarse que dentro del marco de referencia

de la logoterapia, el término "espiritual" no tiene connotación

primordialmente religiosa, sino que hace referencia a la dimensión

específicamente humana.

 

Neurosis noógena

 

Las neurosis noógenas no nacen de los conflictos entre

 

104

 

impulsos e instintos, sino más bien de los conflictos entre

principios morales distintos; en otras palabras, de los conflictos

morales o, expresándonos en términos más generales, de los

problemas espirituales, entre los que la frustración existencial

suele desempeñar una función importante.

Resulta obvio que en los casos noógenos, la terapia apropiada

e idónea no es la psicoterapia en general, sino la logoterapia, es

decir, una terapia que se atreva a penetrar en la dimensión

espiritual de la existencia humana. De hecho, lagos en griego no

sólo quiere decir "significación" o "sentido", sino también

"espíritu". La logoterapia considera en términos espirituales temas

asimismo espirituales, como pueden ser la aspiración humana por

una existencia significativa y la frustración de este anhelo. Dichos

temas se tratan con sinceridad y desde el momento que se

inician, en vez de rastrearlos hasta sus raíces y orígenes

inconscientes, es decir, en vez de tratarlos como instintivos. Si un

médico no acierta a distinguir entre la dimensión espiritual como

opuesta a la dimensión instintiva, el resultado es una tremenda

confusión. Citaré el siguiente ejemplo: un diplomático

norteamericano de alta graduación acudió a mi consulta en Viena

a fin de continuar un tratamiento psicoanalítico que había iniciado

cinco años antes con un analista de Nueva York. Para empezar, le

pregunté qué le había llevado a pensar que debía ser analizado;

es decir, antes que nada, cuál había sido la causa de iniciar el

análisis. El paciente me contestó que se sentía insatisfecho con su

profesión y tenía serias dificultades para cumplir la política

exterior de Norteamérica. Su analista le había repetido una y otra

vez que debía tratar de reconciliarse con su padre, pues el

gobierno estadounidense, al igual que sus superiores, "no eran

otra cosa" que imágenes del padre y, consecuentemente, la

insatisfacción que sentía por su trabajo se debía al aborrecimiento

que, inconscientemente, abrigaba hacia su padre. A lo largo de un

análisis que había durado cinco años, el paciente, cada vez se

había ido sintiendo más dispuesto a aceptar estas

interpretaciones, hasta que al final era incapaz de ver el bosque

de la realidad a causa de los árboles de símbolos e imágenes.

Tras unas cuantas entrevistas, quedó bien patente que su

voluntad de sentido se había visto frustrada por su vocación y

 

105

 

añoraba no estar realizando otro trabajo distinto. Como no había

ninguna razón para no abandonar su empleo y dedicarse a otra

cosa, así lo hizo y con resultados muy gratificantes. Según me ha

informado recientemente lleva ya cinco años en su nueva

profesión y está contento. Dudo mucho que, en este caso, yo

tratara con una personalidad neurótica, ni mucho menos, y por

ello dudo de que necesitara ningún tipo de psicoterapia, ni

tampoco de logoterapia, por la sencilla razón de que ni siquiera

era un paciente. Pues no todos los conflictos son necesariamente

neuróticos y, a veces, es normal y saludable cierta dosis de

conflictividad. Análogamente, el sufrimiento no es siempre un

fenómeno patológico; más que un síntoma neurótico, el

sufrimiento puede muy bien ser un logro humano, sobre todo

cuando nace de la frustración existencial. Yo niego

categóricamente que la búsqueda de un sentido para la propia

existencia, o incluso la duda de que exista, proceda siempre de

una enfermedad o sea resultado de ella. La frustración existencial

no es en sí misma ni patológica ni patógena. El interés del

hombre, incluso su desesperación por lo que la vida tenga de

valiosa es una angustia espiritual, pero no es en modo alguno una

enfermedad mental. Muy bien pudiera acaecer que al interpretar

la primera como si fuera la segunda, el especialista se vea

inducido a enterrar la desesperación existencial de su paciente

bajo un cúmulo de drogas tranquilizantes. Su deber consiste, en

cambio, en conducir a ese paciente a través de su crisis

existencial de crecimiento y desarrollo. La logoterapia considera

que es su cometido ayudar al paciente a encontrar el sentido de

su vida. En cuanto la logoterapia le hace consciente del logos

oculto de su existencia, es un proceso analítico. Hasta aquí, la

logoterapia se parece al psicoanálisis. Ahora bien, la pretensión

de la logoterapia de conseguir que algo vuelva otra vez a la

conciencia no limita su actividad a los hechos instintivos que

están en el inconsciente del individuo, sino que también le hace

ocuparse de realidades espirituales tales como el sentido potencial

de la existencia que ha de cumplirse, así como de su voluntad de

sentido. Sin embargo, todo análisis, aun en el caso de que no

comprenda la dimensión noológica o espiritual en su proceso

terapéutico, trata de hacer al paciente consciente de lo que

 

106

 

anhela en lo más profundo de su ser. La logoterapia difiere del

psicoanálisis en cuanto considera al hombre como un ser cuyo

principal interés consiste en cumplir un sentido y realizar sus

principios morales, y no en la mera gratificación y satisfacción de

sus impulsos e instintos ni en poco más que la conciliación de las

conflictivas exigencias del ello, del yo y del super yo, o en la

simple adaptación y ajuste a la sociedad y al entorno.

 

Noodinámica

 

Cierto que la búsqueda humana de ese sentido y de esos

principios puede nacer de una tensión interna y no de un

equilibrio interno.

Ahora bien, precisamente esta tensión es un requisito

indispensable de la salud mental. Y yo me atrevería a decir que

no hay nada en el mundo capaz de ayudarnos a sobrevivir, aun

en las peores condiciones, como el hecho de saber que la vida

tiene un sentido. Hay mucha sabiduría en Nietzsche cuando dice:

"Quien tiene un porque para vivir puede soportar casi cualquier

como." Yo veo en estas palabras un motor que es válido para

cualquier psicoterapia. Los campos de concentración nazis fueron

testigos (y ello fue confirmado más tarde por los psiquiatras

norteamericanos tanto en Japón como en Corea) de que los más

aptos para la supervivencia eran aquellos que sabían que les

esperaba una tarea por realizar.

En cuanto a mí, cuando fui internado en el campo de

Auschwitz me confiscaron un manuscrito listo para su

publicación1. No cabe duda de que mi profundo interés por volver

a escribir el libro me ayudó a superar los rigores de aquel campo.

Por ejemplo, cuando caí enfermo de tifus anoté en míseras tiras

de papel muchos apuntes con la idea de que me sirvieran para

redactar de nuevo el manuscrito si sobrevivía hasta el día de la

liberación. Estoy convencido de que la reconstrucción de aquel

 

1. Se trataba de la primera versión de mi primer libro, cuya traducción al

castellano la publicó en 1950 el Fondo de Cultura Económica, México, con el

título Psicoanálisis y existencialismo.

 

107

 

trabajo que perdí en los siniestros barracones de un campo de

concentración bávaro me ayudó a vencer el peligro del colapso.

Puede verse, pues, que la salud se basa en un cierto grado de

tensión, la tensión existente entre lo que ya se ha logrado y lo

que todavía no se ha conseguido; o el vacío entre lo que se es y

lo que se debería ser. Esta tensión es inherente al ser humano y

por consiguiente es indispensable al bienestar mental. No

debemos, pues, dudar en desafiar al hombre a que cumpla su

sentido potencial. Sólo de este modo despertamos del estado de

latencia su voluntad de significación. Considero un concepto falso

y peligroso para la higiene mental dar por supuesto que lo que el

hombre necesita ante todo es equilibrio o, como se denomina en

biología "homeostasis"; es decir, un estado sin tensiones. Lo que

el hombre realmente necesita no es vivir sin tensiones, sino

esforzarse y luchar por una meta que le merezca la pena. Lo que

precisa no es eliminar la tensión a toda costa, sino sentir la

llamada de un sentido potencial que está esperando a que él lo

cumpla. Lo que el hombre necesita no es la "homeostasis", sino lo

que yo llamo la "noodinámica", es decir, la dinámica espiritual

dentro de un campo de tensión bipolar en el cual un polo viene

representado por el significado que debe cumplirse y el otro polo

por el hombre que debe cumplirlo. Y no debe pensarse que esto

es cierto sólo para las condiciones normales; su validez es aún

más patente en el caso de individuos neuróticos. Cuando los

arquitectos quieren apuntalar un arco que se hunde, aumentan la

carga encima de él, para que sus partes se unan así con mayor

firmeza. Así también, si los terapeutas quieren fortalecer la salud

mental de sus pacientes, no deben tener miedo a aumentar dicha

carga y orientarles hacia el sentido de sus vidas.

Una vez puesta de manifiesto la incidencia beneficiosa que

ejerce la orientación significativa, me ocuparé de la influencia

nociva que encierra ese sentimiento del que se quejan hoy

muchos pacientes; a saber, el sentimiento de que sus vidas

carecen total y definitivamente de un sentido. Se ven acosados

por la experiencia de su vaciedad íntima, del desierto que

albergan dentro de sí; están atrapados en esa situación que ellos

denominan "vacío existencial".

 

108

 

El vacío existencial

 

El vacío existencial es un fenómeno muy extendido en el siglo

XX. Ello es comprensible y puede deberse a la doble pérdida que

el hombre tiene que soportar desde que se convirtió en un

verdadero ser humano. Al principio de la historia de la

humanidad, el hombre perdió algunos de los instintos animales

básicos que conforman la conducta del animal y le confieren

seguridad; seguridad que, como el paraíso, le está hoy vedada al

hombre para siempre: el hombre tiene que elegir; pero, además,

en los últimos tiempos de su transcurrir, el hombre ha sufrido

otra pérdida: las tradiciones que habían servido de contrafuerte a

su conducta se están diluyendo a pasos agigantados. Carece,

pues, de un instinto que le diga lo que ha de hacer, y no tiene ya

tradiciones que le indiquen lo que debe hacer; en ocasiones no

sabe ni siquiera lo que le gustaría hacer. En su lugar, desea hacer

lo que otras personas hacen (conformismo) o hace lo que otras

personas quieren que haga (totalitarismo).

Mi equipo del departamento neurológico realizó una encuesta

entre los pacientes y los enfermos del Hospital Policlínico de Viena

y en ella se reveló que el 55 % de las personas encuestadas

acusaban un mayor o menor grado de vacío existencial. En otras

palabras, más de la mitad de ellos habían experimentado la

pérdida del sentimiento de que la vida es significativa.

Este vacío existencial se manifiesta sobre todo en un estado de

tedio. Podemos comprender hoy a Schopenhauer cuando decía

que, aparentemente, la humanidad estaba condenada a bascular

eternamente entre los dos extremos de la tensión y el

aburrimiento. De hecho, el hastío es hoy causa de más problemas

que la tensión y, desde luego, lleva más casos a la consulta del

psiquiatra. Estos problemas se hacen cada vez más críticos, pues

la progresiva automatización tendrá como consecuencia un gran

aumento del promedio de tiempo de ocio para los obreros. Lo

único malo de ello es que muchos quizás no sepan qué hacer con

todo ese tiempo libre recién adquirido.

 

109

 

Pensemos, por ejemplo, en la "neurosis del domingo", esa

especie de depresión que aflige a las personas conscientes de la

falta de contenido de sus vidas cuando el trajín de la semana se

acaba y ante ellos se pone de manifiesto su vacío interno. No

pocos casos de suicidio pueden rastrearse hasta ese vacío

existencial. No es comprensible que se extiendan tanto los

fenómenos del alcoholismo y la delincuencia juvenil a menos que

reconozcamos la existencia del vacío existencial que les sirve de

sustento. Y esto es igualmente válido en el caso de los jubilados y

de las personas de edad.

Sin contar con que el vacío existencial se manifiesta

enmascarado con diversas caretas y disfraces. A veces la

frustración de la voluntad de sentido se compensa mediante una

voluntad de poder, en la que cabe su expresión más primitiva: la

voluntad de tener dinero. En otros casos, en que la voluntad de

sentido se frustra, viene a ocupar su lugar la voluntad de placer.

Esta es la razón de que la frustración existencial suele

manifestarse en forma de compensación sexual y así, en los casos

de vacío existencial, podemos observar que la libido sexual se

vuelve agresiva.

Algo parecido sucede en las neurosis. Hay determinados tipos

de mecanismos de retroacción y de formación de círculos viciosos

que trataré más adelante. Sin embargo una y otra vez se observa

que esta sintomatología invade las existencias vacías, en cuyo

seno se desarrolla y florece. En estos pacientes el síntoma que

tenemos que tratar no es una neurosis noógena. Ahora bien,

nunca conseguiremos que el paciente se sobreponga a su

condición si no complementamos el tratamiento psicoterapéutico

con la logoterapia, ya que al llenar su vacío existencial se

previene al paciente de ulteriores recaídas. Así pues, la

logoterapia está indicada no sólo en los casos noógenos como

señalábamos antes, sino también en los casos psicógenos y,

sobre todo, en lo que yo he denominado "(pseudo)neurosis

somatógenas". Desde esta perspectiva se justifica la afirmación

que un día hiciera Magda B. Arnold2: "Toda terapia debe ser,

 

2. Magda B. Arnold y John A. Gasson, "The Human Person, The Ronald

Press Company, Nueva York, 1954, p. 618.

 

110

 

además, logoterapia, aunque sea en un grado mínimo."

Consideremos a continuación lo que podemos hacer cuando el

paciente pregunta cuál es el sentido de su vida.

 

El sentido de la vida

 

Dudo que haya ningún médico que pueda contestar a esta

pregunta en términos generales, ya que el sentido de la vida

difiere de un hombre a otro, de un día para otro, de una hora a

otra hora. Así pues, lo que importa no es el sentido de la vida en

términos generales, sino el significado concreto de la vida de cada

individuo en un momento dado. Plantear la cuestión en términos

generales puede equipararse a la pregunta que se le hizo a un

campeón de ajedrez: "Dígame, maestro, ¿cuál es la mejor jugada

que puede hacerse?" Lo que ocurre es, sencillamente, que no hay

nada que sea la mejor jugada, o una buena jugada, si se la

considera fuera de la situación especial del juego y de la peculiar

personalidad del oponente. No deberíamos buscar un sentido

abstracto a la vida, pues cada uno tiene en ella su propia misión

que cumplir; cada uno debe llevar a cabo un cometido concreto.

Por tanto ni puede ser reemplazado en la función, ni su vida

puede repetirse; su tarea es única como única es su oportunidad

para instrumentarla.

Como quiera que toda situación vital representa un reto para

el hombre y le plantea un problema que sólo él debe resolver, la

cuestión del significado de la vida puede en realidad invertirse. En

última instancia, el hombre no debería inquirir cuál es el sentido

de la vida, sino comprender que es a él a quien se inquiere. En

una palabra, a cada hombre se le pregunta por la vida y

únicamente puede responder a la vida respondiendo por su propia

vida; sólo siendo responsable puede contestar a la vida. De modo

que la logoterapia considera que la esencia íntima de la existencia

humana está en su capacidad de ser responsable.

 

111

 

La esencia de la existencia

 

Este énfasis en la capacidad de ser responsable se refleja en el

imperativo categórico de la logoterapia; a saber: "Vive como si ya

estuvieras viviendo por segunda vez y como si la primera vez ya

hubieras obrado tan desacertadamente como ahora estás a punto

de obrar." Me parece a mí que no hay nada que más pueda

estimular el sentido humano de la responsabilidad que esta

máxima que invita a imaginar, en primer lugar, que el presente

ya es pasado y, en segundo lugar, que se puede modificar y

corregir ese pasado: este precepto enfrenta al hombre con la

finitud de la vida, así como con la finalidad de lo que cree de sí

mismo y de su vida.

La logoterapia intenta hacer al paciente plenamente consciente

de sus propias responsabilidades; razón por la cual ha de dejarle

la opción de decidir por qué, ante qué o ante quién se considera

responsable. Y por ello el logoterapeuta es el menos tentado de

todos los psicoterapeutas a imponer al paciente juicios de valor,

pues nunca permitirá que éste traspase al médico la

responsabilidad de juzgar.

Corresponde, pues, al paciente decidir si debe interpretar su

tarea vital siendo responsable ante la sociedad o ante su propia

conciencia. Una gran mayoría, no obstante, considera que es a

Dios a quien tiene que rendir cuentas; éstos son los que no

interpretan sus vidas simplemente bajo la idea de que se les ha

asignado una tarea que cumplir sino que se vuelven hacia el

rector que les ha asignado dicha tarea.

La logoterapia no es ni labor docente ni predicación. Está tan

lejos del razonamiento lógico como de la exhortación moral. Dicho

figurativamente, el papel que el logoterapeuta representa es más

el de un especialista en oftalmología que el de un pintor. Este

intenta poner ante nosotros una representación del mundo tal

como él lo ve; el oftalmólogo intenta conseguir que veamos el

mundo como realmente es. La función del logoterapeuta consiste

en ampliar y ensanchar el campo visual del paciente de forma que

sea consciente y visible para él todo el espectro de las

significaciones y los principios. La logoterapia no precisa imponer

 

112

 

al paciente ningún juicio, pues en realidad la verdad se impone

por sí misma sin intervención de ningún tipo.

Al declarar que el hombre es una criatura responsable y que

debe aprehender el sentido potencial de su vida, quiero subrayar

que el verdadero sentido de la vida debe encontrarse en el mundo

y no dentro del ser humano o de su propia psique, como si se

tratara de un sistema cerrado. Por idéntica razón, la verdadera

meta de la existencia humana no puede hallarse en lo que se

denomina autorrealización. Esta no puede ser en sí misma una

meta por la simple razón de que cuanto más se esfuerce el

hombre por conseguirla más se le escapa, pues sólo en la misma

medida en que el hombre se compromete al cumplimiento del

sentido de su vida, en esa misma medida se autorrealiza. En otras

palabras, la autorrealización no puede alcanzarse cuando se

considera 'un fin en sí misma, sino cuando se la toma como efecto

secundario de la propia trascendencia.

No debe considerarse el mundo como simple expresión de uno

mismo, ni tampoco como mero instrumento, o como medio para

conseguir la autorrealización. En ambos casos la visión del

mundo, o Weltanschauung, se convierte en Weltentwertung, es

decir, menosprecio del mundo.

Ya hemos dicho que el sentido de la vida siempre está

cambiando, pero nunca cesa. De acuerdo con la logoterapia,

podemos descubrir este sentido de la vida de tres modos

distintos: (1) realizando una acción; (2) teniendo algún principio;

y (3) por el sufrimiento. En el primer caso el medio para el logro o

cumplimiento es obvio. El segundo y tercer medio precisan ser

explicados.

El segundo medio para encontrar un sentido en la vida es

sentir por algo como, por ejemplo, la obra de la naturaleza o la

cultura; y también sentir por alguien, por ejemplo el amor.

 

El sentido del amor

 

El amor constituye la única manera de aprehender a otro ser

humano en lo más profundo de su personalidad. Nadie puede ser

 

113

 

totalmente conocedor de la esencia de otro ser humano si no le

ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de ver los trazos

y rasgos esenciales en la persona amada; y lo que es más, ver

también sus potencias: lo que todavía no se ha revelado, lo que

ha de mostrarse. Todavía más, mediante su amor, la persona que

ama posibilita al amado a que manifieste sus potencias. Al hacerle

consciente de lo que puede ser y de lo que puede llegar a ser,

logra que esas potencias se conviertan en realidad.

En logoterapia, el amor no se interpreta como un

epifenómeno3 de los impulsos e instintos sexuales en el sentido de

lo que se denomina sublimación. El amor es un fenómeno tan

primario como pueda ser el sexo. Normalmente el sexo es una

forma de expresar el amor. El sexo se justifica, incluso se

santifica, en cuanto que es un vehículo del amor, pero sólo

mientras éste existe. De este modo, el amor no se entiende como

un mero efecto secundario del sexo, sino que el sexo se ve como

medio para expresar la experiencia de ese espíritu de fusión total

y definitivo que se llama amor.

Un tercer cauce para encentar el sentido de la vida es por vía

del sufrimiento.

 

El sentido del sufrimiento

 

Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable,

insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino

que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad

incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente

entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor

supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del

sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que

tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese

sufrimiento.

Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor

 

3. Fenómeno que se produce como consecuencia de un fenómeno

primario.

 

114

 

en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que

padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que

había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima

de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle?

Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté

la siguiente pregunta: "¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted

hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?"

"¡Oh!", dijo, "¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido

muchísimo!" A lo que le repliqué: "Lo ve, doctor, usted le ha

ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar

por ello sobreviviendo y llorando su muerte."

No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente,

abandonó mi despacho. El sufrimiento deja de ser en cierto modo

sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como

puede serlo el sacrificio.

Claro está que en este caso no hubo terapia en el verdadero

sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento

no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su

esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su

actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese

momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.

Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que

el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar

el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el

hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese

sufrimiento tenga un sentido.

Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a

menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente

no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que

puede combatirse con una operación; en tal caso sería

masoquismo, no heroísmo.

La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad

del individuo para el trabajo y para gozar de la vida; la

logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá

al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera

necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al

sufrimiento. En este contexto, Edith Weisskopf-Joelson,

 

115

 

catedrática de psicología de la Universidad de Georgia, en su

artículo sobre logoterapia4 defiende que "nuestra filosofía de la

higiene mental al uso insiste en la idea de que la gente tiene que

ser feliz, que la infelicidad es síntoma de desajuste. Un sistema

tal de valores ha de ser responsable del hecho de que el cúmulo

de infelicidad inevitable se vea aumentado por la desdicha de ser

desgraciado". En otro ensayo5 expresa la esperanza de que la

logoterapia "pueda contribuir a actuar en contra de ciertas

tendencias indeseables en la cultura actual estadounidense, en la

que se da al que sufre incurablemente una oportunidad muy

pequeña de enorgullecerse de su sufrimiento y de considerarlo

enaltecedor y no degradante", de forma que "no sólo se siente

desdichado, sino avergonzado además por serlo".

Hay situaciones en las que a uno se le priva de la oportunidad

de ejecutar su propio trabajo y de disfrutar de la vida, pero lo que

nunca podrá desecharse es la inevitabilidad del sufrimiento. Al

aceptar el reto de sufrir valientemente, la vida tiene hasta el

último momento un sentido y lo conserva hasta el fin,

literalmente hablando. En otras palabras, el sentido de la vida es

de tipo incondicional, ya que comprende incluso el sentido del

posible sufrimiento.

Traigo ahora a la memoria lo que tal vez constituya la

experiencia más honda que pasé en un campo de concentración.

Las probabilidades de sobrevivir en uno de estos campos no

superaban la proporción de 1 a 28 como puede verificarse por las

estadísticas. No parecía posible, cuanto menos probable, que yo

pudiera rescatar el manuscrito de mi primer libro, que había

escondido en mi chaqueta cuando llegué a Auschwitz. Así pues,

tuve que pasar el mal trago y sobreponerme a la pérdida de mi

hijo espiritual. Es más, parecía como si nada o nadie fuera a

sobrevivirme, ni un hijo físico, ni un hijo espiritual, nada que

fuera mío. De modo que tuve que enfrentarme a la pregunta de si

en tales circunstancias mi vida no estaba huérfana de cualquier

 

4. Edith Weisskopf-Joelson, Same Comments on a Viennese School of

Psychiatry. "The Journal of Abnormal and Social Psychology", vol. 51., pp.

701-3 (1955).

5. Edith Weisskopf-Joelson, Logotherapy and Existencial Análisis, "Acta

psychotherap.", vol. 6, pp. 193-204 (1958).

 

116

 

sentido.

Aún no me había dado cuenta de que ya me estaba reservada

la respuesta a la pregunta con la que yo mantenía una lucha

apasionada, respuesta que muy pronto me sería revelada.

Sucedió cuando tuve que abandonar mis ropas y heredé a cambio

los harapos de un prisionero que habían enviado a la cámara de

gas nada más poner los pies en la estación de Auschwitz. En vez

de las muchas páginas de mi manuscrito encontré en un bolsillo

de la chaqueta que acababan de entregarme una sola página

arrancada de un libro de oraciones en hebreo, que contenía la

más importante oración judía, el Shema Yisrael. ¿Cómo

interpretar esa "coincidencia" sino como el desafío para vivir mis

pensamientos en vez de limitarme a ponerlos en el papel?

Un poco más tarde, según recuerdo, me pareció que no

tardaría en morir. En esta situación crítica, sin embargo, mi

interés era distinto del de mis camaradas. Su pregunta era:

"¿Sobreviviremos a este campo? Pues si no, este sufrimiento no

tiene sentido." La pregunta que yo me planteaba era algo

distinta: "¿Tienen todo este sufrimiento, estas muertes en torno

mío, algún sentido? Porque si no, definitivamente, la

supervivencia no tiene sentido, pues la vida cuyo significado

depende de una casualidad —ya se sobreviva o se escape a ella—

en último término no merece ser vivida."

 

Problemas metaclínicos

 

Cada día que pasa, el médico se ve confrontado más y más

con las preguntas: ¿Qué es la vida? ¿Qué es el sufrimiento,

después de todo? Cierto que incesante y continuamente al

psiquiatra le abordan hoy pacientes que le plantean problemas

humanos más que síntomas neuróticos. Algunas de las personas

que en la actualidad visitan al psiquiatra hubieran acudido en

tiempos pasados a un pastor, un sacerdote o un rabino, pero hoy,

por lo general, se resisten a ponerse en manos de un eclesiástico,

de forma que el médico tiene que hacer frente a cuestiones

filosóficas más que a conflictos emocionales.

 

117

 

Un logodrama

 

Me gustaría citar el siguiente caso: en una ocasión, la madre

de un muchacho que había muerto a la edad de once años fue

internada en mi clínica tras un intento de suicidio. Mi ayudante, el

Dr. Kocourek, la invitó a unirse a una sesión de terapia de grupo y

ocurrió que yo entré en la habitación donde se desarrollaba la

sesión de psicodrama. En ese momento, ella contaba su historia.

A la muerte de su hijo se quedó sola con otro hijo mayor, que

estaba impedido como consecuencia de la parálisis infantil. El

muchacho no podía moverse si no era empujando una silla de

ruedas. Y su madre se rebelaba contra el destino. Ahora bien,

cuando ella intentó suicidarse junto con su hijo, fue precisamente

el tullido quien le impidió hacerlo. ¡El quería vivir! Para él, la vida

seguía siendo significativa, ¿por qué no había de serlo para su

madre? ¿Cómo podría seguir teniendo sentido su vida? ¿Y cómo

podíamos ayudarla a que fuera consciente de ello?

Improvisando, participé en la discusión. Y me dirigí a otra

mujer del grupo. Le pregunté cuántos años tenía y me contestó

que treinta. Yo le repliqué: "No, usted no tiene 30, sino 80, está

tendida en su cama moribunda y repasa lo que fue su vida, una

vida sin hijos pero llena de éxitos económicos y de prestigio

social." A continuación la invité a considerar cómo se sentiría ante

tal situación. "¿Qué pensaría usted? ¿Qué se diría a sí misma?"

Voy a reproducir lo que dijo exactamente, tomándolo de la cinta

en que se grabó la sesión: "Oh, me casé con un millonario; tuve

una vida llena de riquezas, ¡y la viví plenamente! ¡Coqueteé con

los hombres, me burlé de ellos! Pero, ahora tengo ochenta años y

ningún hijo. Al volver la vista atrás, ya vieja como soy, no puedo

comprender el sentido de todo aquello; y ahora no tengo más

remedio que decir: ¡mi vida fue un fracaso!"

Invité entonces a la madre del muchacho paralítico a que se

imaginara a ella misma en una situación semejante, considerando

lo que había sido su vida. Oigamos lo que dijo, grabado

igualmente: "Yo quise tener hijos y mi deseo se cumplió; un hijo

 

118

 

se murió y el otro hubiera tenido que ir a alguna institución

benéfica si yo no me hubiera ocupado de él. Aunque está tullido e

inválido, es mi hijo después de todo, de manera que he hecho lo

posible para que tenga una vida plena. He hecho de mi hijo un ser

humano mejor." Al llegar a este punto rompió a llorar y,

sollozando, continuó: "En cuanto a mí, puedo contemplar en paz

mi vida pasada, y puedo decir que mi vida estuvo cargada de

sentido y yo intenté cumplirlo con todas mis fuerzas. He obrado lo

mejor que he sabido; he hecho lo mejor que he podido por mi

hijo. ¡Mi vida no ha sido un fracaso!"

Al considerar su vida como si estuviera en el lecho de muerte

pudo, de pronto, percibir en ella un sentido, sentido en el que

también quedaban comprendidos sus sufrimientos. Por idéntico

motivo, se hizo patente que una vida tan corta como, por

ejemplo, la del hijo muerto, podía ser tan rica en alegría y amor

que tuviera mayor significado que una vida que hubiera durado

ochenta años.

Pasado un rato, procedí a hacer otra pregunta; esta vez me

dirigía a todo el grupo. Les pregunté si un chimpancé al que se

había utilizado para producir el suero de la poliomielitis y, por

tanto, había sido inyectado una y otra vez, sería capaz de

aprehender el significado de su sufrimiento. Al unísono, todo el

grupo contestó que no, rotundamente; debido a su limitada

inteligencia, el chimpancé no podía introducirse en el mundo del

hombre, que es el único mundo donde se comprendería su

sufrimiento. Entonces continué formulando la siguiente pregunta:

"¿Y qué hay del hombre? ¿Están ustedes seguros de que el

mundo humano es un punto terminal en la evolución del cosmos?

¿No es concebible que exista la posibilidad de otra dimensión, de

un mundo más allá del mundo del hombre, un mundo en el que la

pregunta sobre el significado último del sufrimiento humano

obtenga respuesta?"

 

El suprasentido

 

Este sentido último excede y sobrepasa, necesariamente, la

 

119

 

capacidad intelectual del hombre; en logoterapia empleamos para

este contexto el término suprasentido. Lo que se le pide al

hombre no es, como predican muchos filósofos existenciales, que

soporte la insensatez de la vida, sino más bien que asuma

racionalmente su propia capacidad para aprehender toda la

sensatez incondicional de esa vida. Logos es más profundo que

lógica.

El psiquiatra que vaya más allá del concepto del suprasentido,

más tarde o más temprano se sentirá desconcertado por sus

pacientes, como me sentí yo cuando mi hija de 6 años me hizo

esta pregunta:

"¿Por qué hablamos del buen Dios?" A lo que le contesté:

"Hace unas semanas tenías sarampión y ahora el buen Dios te ha

curado.' Pero la niña no quedó muy contenta y replicó: "Muy bien,

papá, pero no te olvides de que primero él me envió el

sarampión."

No obstante, cuando un paciente tiene una creencia religiosa

firmemente arraigada, no hay ninguna objeción en utilizar el

efecto terapéutico de sus convicciones. Y, por consiguiente,

reforzar sus recursos espirituales. Para ello, el psiquiatra ha de

ponerse en el lugar del paciente. Y esto fue exactamente lo que

hice, por ejemplo, una vez que me visitó un rabino de Europa

oriental y me contó su historia. Había perdido a su mujer y a sus

seis hijos en el campo de concentración de Auschwitz, muertos en

la cámara de gas, y ahora le ocurría que su segunda mujer era

estéril. Le hice observar que la vida no tiene como única finalidad

la procreación, porque entonces la vida en sí misma carecería de

finalidad, y algo que en sí mismo es insensato no puede hacerse

sensato por el solo hecho de su perpetuación. Ahora bien, el

rabino enjuició su difícil situación, como judío ortodoxo que era,

aludiendo a la desesperación que le producía el hecho de que a su

muerte no habría ningún hijo suyo para rezarle el Kaddish.6

 

Pero yo no me di por vencido e hice un nuevo intento por

ayudarle, preguntándole si no tenía ninguna esperanza de ver a

sus hijos de nuevo en el cielo. Mas la contestación a mi pregunta

fueron sollozos y lágrimas, y entonces salió a la luz la verdadera

 

6. Oración mortuoria.

 

120

 

razón de su desesperación: me explicó que sus hijos, al morir

como mártires inocentes7, ocuparían en el cielo los más altos

lugares y él no podía ni soñar, como viejo pecador que era, con

ser destinado a un puesto tan bueno. Yo no le contradije, pero

repliqué: "¿No es concebible, rabino, que precisamente sea ésta

la finalidad de que usted sobreviviera a su familia, que usted

pueda haberse purificado a través de aquellos años de

sufrimiento, de suerte que también usted, aun no siendo inocente

como lo eran sus hijos, pueda llegar a ser igualmente digno de

reunirse con ellos en el cielo? ¿No está escrito en los Salmos que

Dios conserva todas nuestras lágrimas?8 Y así tal vez ninguno de

sus sufrimientos haya sido en vano." Por primera vez en muchos

años y, al amparo de aquel nuevo punto de vista que tuve la

oportunidad de presentarle, el rabino encontró alivio a sus

sufrimientos.

 

La transitoriedad de la vida

 

A este tipo de cosas que parecen adquirir significado al margen

de la vida humana pertenecen no ya sólo el sufrimiento, sino la

muerte, no sólo la angustia sino el fin de ésta. Nunca me cansaré

de decir que el único aspecto verdaderamente transitorio de la

vida es lo que en ella hay de potencial y que en el momento en

que se realiza, se hace realidad, se guarda y se entrega al

pasado, de donde se rescata y se preserva de la transitoriedad.

Porque nada del pasado está irrecuperablemente perdido, sino

que todo se conserva irrevocablemente.

De suerte que la transitoriedad de nuestra existencia en modo

alguno hace a ésta carente de significado, pero sí configura

nuestra responsabilidad, ya que todo depende de que nosotros

comprendamos que las posibilidades son esencialmente

transitorias. El hombre elige constantemente de entre la gran

masa de las posibilidades presentes, ¿a cuál de ellas hay que

 

7. l,'kidush hashem, es decir, por la santificación del nombre de Dios.

8. De mi peregrinar llevas tú cuenta: recoge mi pesar en tu redoma, ¿no

se halla ya en tu libro? (Sal 56. 9).

 

121

 

condenar a no ser y cuál de ellas debe realizarse? ¿Qué elección

será una realización imperecedera, una "huella inmortal en la

arena del tiempo"? En todo momento el hombre debe decidir,

para bien o para mal, cuál será el monumento de su existencia.

Normalmente, desde luego, el hombre se fija únicamente en la

rastrojera de lo transitorio y pasa por alto el fruto ya granado del

pasado de donde, de una vez por todas, él recupera todas sus

acciones, todos sus goces y sufrimientos. Nada puede deshacerse

y nada puede volverse a hacer. Yo diría que haber sido es la

forma más segura de ser.

La logoterapia, al tener en cuenta la transitoriedad esencial de

la existencia humana, no es pesimista, sino activista. Dicho

figurativamente podría expresarse así: el pesimista se parece a

un hombre que observa con temor y tristeza como su almanaque,

colgado en la pared y del que a diario arranca una hoja, a medida

que transcurren los días se va reduciendo cada vez más. Mientras

que la persona que ataca los problemas de la vida activamente es

como un hombre que arranca sucesivamente las hojas del

calendario de su vida y las va archivando cuidadosamente junto a

los que le precedieron, después de haber escrito unas cuantas

notas al dorso. Y así refleja con orgullo y goce toda la riqueza que

contienen estas notas, a lo largo de la vida que ya ha vivido

plenamente. ¿Qué puede importarle cuando advierte que se va

volviendo viejo? ¿Tiene alguna razón para envidiar a la gente

joven, o sentir nostalgia por su juventud perdida? ¿Por qué ha de

envidiar a los jóvenes? ¿Por las posibilidades que tienen, por el

futuro que les espera? "No, gracias", pensará. "En vez de

posibilidades yo cuento con las realidades de mi pasado, no sólo

la realidad del trabajo hecho y del amor amado, sino de los

sufrimientos sufridos valientemente. Estos sufrimientos son

precisamente las cosas de las que me siento más orgulloso

aunque no inspiren envidia".

 

La logoterapia como técnica

 

No es posible tranquilizar un temor realista, como es el temor

 

122

 

a la muerte, por vía de su interpretación psicodinámica; por otra

parte, no se puede curar un temor neurótico, cual es la

agorafobia, por ejemplo, mediante el conocimiento filosófico.

Ahora bien, la logoterapia también ha ideado una técnica que

trata estos casos. Para entender lo que sucede cuando se utiliza

esta técnica, tomemos como punto de partida una condición que

suele darse en los individuos neuróticos, a saber: la ansiedad

anticipatoria. Es característico de ese temor el producir

precisamente aquello que el paciente teme. Por ejemplo, una

persona que teme ponerse colorada cuando entra en una gran

sala y se encuentra con mucha gente, se ruborizará sin la menor

duda. En este sentido podría extrapolarse el dicho: "el deseo es el

padre del pensamiento" y afirmar que "el miedo es la madre del

suceso".

Por irónico que parezca, de la misma forma que el miedo hace

que suceda lo que uno teme, una intención obligada hace

imposible lo que uno desea a la fuerza. Puede observarse esta

intención excesiva, o "hiperintención" como yo la denomino,

especialmente en los casos de neurosis sexuales. Cuanto más

intenta un hombre demostrar su potencia sexual o una mujer su

capacidad para sentir el orgasmo, menos posibilidades tienen de

conseguirlo. El placer es, y debe continuar siéndolo, un efecto o

producto secundario, y se destruye y malogra en la medida en

que se le hace un fin en sí mismo.

Además de la intención excesiva, tal como acabamos de

describirla, la atención excesiva o "hiperreflexión", como se la

denomina en logoterapia, puede ser asimismo patógeno (es decir,

producir enfermedad). El siguiente informe clínico ilustrará lo que

quiero decir. Una joven acudió a mi consulta quejándose de ser

frígida. La historia de su vida descubrió que en su niñez su padre

había abusado de ella; sin embargo y, como fácilmente se

evidenció, no fue esta experiencia, traumática en sí, la que

eventualmente le había originado la neurosis sexual. Sucedía que

tras haber leído trabajos de divulgación sobre psicoanálisis, la

paciente había vivido todo el tiempo con la temerosa expectativa

de la desgracia que su traumática experiencia le acarrearía en su

día. Esta ansiedad anticipatoria se resolvía tanto en una excesiva

 

123

 

intencionalidad para confirmar su femineidad como en una

excesiva atención que se centraba en sí misma y no en su

compañero. Todo lo cual era más que suficiente para incapacitarla

y privarle de la experiencia del placer sexual, ya que en ella el

orgasmo era tanto un objeto de la atención como de la intención,

en vez de ser un efecto no intencionado de la devoción no

reflexiva hacia el compañero. Tras seguir un breve período de

logoterapia, la atención e intención excesivas de la paciente sobre

su capacidad para experimentar el orgasmo se hicieron "de-

reflexivas" (y con ello introducimos otro término de la

logoterapia). Cuando recodificó su atención enfocándola hacia el

objeto apropiado, es decir, el compañero, el orgasmo se produjo

espontáneamente9.

Pues bien, la logoterapia basa su técnica denominada de la

"intención paradójica" en la dualidad de que, por una parte el

miedo hace que se produzca lo que se teme y, por otra, la

hiperintención estorba lo que se desea10. Por la intención

paradójica, se invita al paciente fóbico a que intente hacer

precisamente aquello que teme, aunque sea sólo por un

momento.

Recordaré un caso. Un joven médico vino a consultarme sobre

su temor a transpirar. Siempre que esperaba que se produjera la

transpiración, la ansiedad anticipatoria era suficiente para

precipitar una sudoración. A fin de cortar este proceso

tautológico, aconsejé al paciente que en el caso de que ocurriera

la sudoración, decidiera deliberadamente mostrar a la gente

cuánto era capaz de sudar. Una semana más tarde me informó de

que cada vez que se encontraba a alguien que antes hubiera

desencadenado su ansiedad anticipatoria, se decía para sus

 

9. Para tratar los casos de impotencia sexual, la logoterapia ha

desarrollado una técnica específica basada en su teoría de la "hiperintención"

y la "hiperreflexión" como se apunta en el texto (Viktor E. Frankl, The

pleasure principie and sexual neurosis, "The International Journal of

Sexology", vol. 5, n.° 3, pp. 1 28-30 (1952). Claro está que en esta breve

presentación de los principios de la logoterapia no podemos exponerla.

10. Lo describí en alemán en 1939 (Viktor E. Frankl. Zur Medikamentösen

Unterstürzung der Psychotherapie bei Neurosen, "Schweizer Archiv für

Neurologie und Psychiatrie", vol. 43, pp. 26-31).

 

124

 

adentros: "Antes sólo sudaba un litro, pero ahora voy a sudar por

lo menos diez." El resultado fue que, tras haber sufrido por su

fobia durante años, ahora era capaz, con una sola sesión, de

verse permanentemente libre de ella en una semana.

El lector advertirá que este procedimiento consiste en darle la

vuelta a la actitud del paciente en la medida en que su temor se

ve reemplazado por un deseo paradójico. Mediante este

tratamiento, el viento se aleja de las velas de la ansiedad.

Ahora bien, este procedimiento debe hacer uso de la capacidad

específicamente humana para el desprendimiento de uno mismo,

inherente al sentido del humor. Esta capacidad básica para

desprenderse de uno mismo se pone de manifiesto siempre que

se aplica la técnica logoterapéutica denominada "intención

paradójica". Al mismo tiempo se capacita al paciente para

apartarse de su propia neurosis. Gordon W. Allport escribe11 : "El

neurótico que aprende a reírse de sí mismo puede estar en el

camino de gobernarse a sí mismo, tal vez de curarse." La

intención paradójica es la constatación empírica y la aplicación

clínica de la afirmación de Allport.

Los informes de unos pocos casos más pueden servir para

explicar mejor este método. El paciente que cito a continuación

era un contable que había sido tratado por varios doctores en

distintas clínicas sin obtener ningún avance terapéutico. Cuando

llegó a verme estaba en el límite de la desesperación y reconocía

que estaba a punto de suicidarse. Durante varios años venía

padeciendo el calambre de los escribientes, que últimamente era

tan agudo que corría grave peligro de perder su empleo. De modo

que una situación tal sólo podía aliviarse por una terapia breve e

inmediata. Para iniciar el tratamiento, mi ayudante recomendó al

paciente que hiciera justamente lo contrario de lo que venía

haciendo; es decir, en vez de tratar de escribir con la mayor

claridad y pulcritud posibles, que escribiera con los peores

garabatos. Se le aconsejó que se dijera para sus adentros:

"Bueno, ahora voy a mostrar a toda esa gente lo buen

chupatintas que soy." Y en el momento en que deliberadamente

 

11. Gordon W. Allport, The Individual and His Religion, The Macmillan

Company, Nueva York 1956, pág. 92.

 

125

 

trató de garrapatear, le fue imposible hacerlo. "Intenté hacer

garabatos, pero no pude, así de sencillo", nos contó al día

siguiente. En 48 horas el paciente pudo, de este modo, liberarse

de su calambre de escribiente y así continuó durante el período de

observación después del tratamiento. Hoy es un hombre feliz y

puede trabajar a pleno rendimiento.

Un caso similar referente al habla y no a la escritura me contó

mi colega en el Departamento de Laringología del Hospital

Policlínico. Era el caso más serio de tartamudeo que él había

encontrado en muchos años de práctica de la medicina. Nunca en

su vida, hasta donde el tartamudo podía recordar, se había visto

libre de esta dificultad para hablar, ni por un momento, excepto

una vez. Ello sucedió cuando tenía 12 años y se había subido

detrás de un coche de la calle para hacerse llevar. Cuando el

conductor le agarró pensó que la única forma de escapar era

atraerse su simpatía, por lo cual trató de demostrarle que era un

pobre muchacho tartamudo. Desde el momento en que intentó

tartamudear fue incapaz de conseguirlo. Sin darse cuenta, había

practicado la intención paradójica, si bien no con propósitos

terapéuticos.

Sin embargo, esta presentación no debería dar la impresión de

que la intención paradójica sólo es eficaz en los casos

monosintomáticos. Mediante esta técnica logoterapéutica mis

compañeros del Hospital Policlínico de Viena han conseguido curar

incluso neurosis de carácter obsesivo-compulsivo en los grados

más altos y más pertinaces. Hago referencia, por ejemplo, a una

mujer de 65 años que durante 60 años venía padeciendo una

obsesión de limpieza tan seria que yo creía que el único

procedimiento para curarla era practicarle una lobotomía. No

obstante, mi ayudante empezó el tratamiento logoterapéutico con

la técnica de la intención paradójica y dos meses más tarde la

paciente podía llevar una vida normal. Antes de admitirla en la

clínica nos había confesado: "La vida es un infierno para mí".

Disminuida por su compulsión y por su obsesión bacteriofóbica, al

final había tenido que quedarse en la cama todo el día incapaz de

realizar ninguna tarea doméstica. No sería exacto afirmar que hoy

está totalmente libre de sus síntomas, ya que siempre puede

 

126

 

venirle a la mente alguna obsesión, pero sí es capaz de "reírse de

ella", como dice; en una palabra, de aplicar la intención

paradójica.

La intención paradójica también puede aplicarse en casos de

trastornos del sueño. El temor al insomnio12 da por resultado una

hiperintención de quedarse dormido que, a su vez, incapacita al

paciente para conseguirlo. Para vencer este temor especial, yo

suelo aconsejar al paciente que no intente dormir, sino por el

contrario que haga lo opuesto, es decir, permanecer despierto

cuanto sea posible. En otras palabras, la hiperintención de

quedarse dormido, nacida de la ansiedad anticipatoria de no

poder conseguirlo, debe reemplazarse por la intención paradójica

de no quedarse dormido, que pronto se verá seguida por el

sueño.

La intención paradójica no es una panacea, pero sí un

instrumento útil en el tratamiento de las situaciones obsesivas,

compulsivas y fóbicas, especialmente en los casos en que subyace

la ansiedad anticipatoria. Además, es un artilugio terapéutico de

efectos a corto plazo, de lo cual no debiera, sin embargo,

concluirse que la terapia a corto plazo tenga sólo efectos

terapéuticos temporales. Una de las "ilusiones más comunes de la

ortodoxia freudiana" escribía el desaparecido Emil A. Gutheil13 "es

que la durabilidad de los resultados se corresponde con la

duración de la terapia". Entre mis casos tengo, por ejemplo, el

informe de un paciente a quien se administró la intención

paradójica hace más de veinte años y su efecto terapéutico ha

probado ser permanente.

Otro hecho, digno de tener en cuenta, es que la intención

paradójica es efectiva cualquiera que sea la etiología del caso en

cuestión. Lo que confirma un planteamiento de Edith Weisskopf-

Joelson14: "Si bien la terapia tradicional ha insistido en que las

 

12. El temor al insomnio se debe, en la mayoría de los casos al

desconocimiento que el paciente tiene de que el organismo se ofrece a sí

mismo la mínima cantidad de sueño que de verdad necesita.

13. Emil A. Gutheil, "American Journal of Psychotherapy", vol. 10, pág.

134 (1956).

14. Edith Weisskopf-Joelson, Some Comments on a Viennese School of

Psychiatry, "The Journal of Abnormal and Social Psychology," vol. 51. pp.

 

127

 

prácticas terapéuticas deben fundamentarse en bases etiológicas,

es muy posible que determinados factores puedan ser causa de

neurosis durante la niñez más temprana, y que factores

totalmente diferentes puedan curar las neurosis en la edad

adulta."

Muy a menudo hemos visto cómo las causas de las neurosis,

es decir, los complejos, conflictos y traumas son a veces los

síntomas de las neurosis y no sus causas. El arrecife que se hace

visible con la marea baja no es la causa de la marea baja, claro

está, es la marea baja lo que hace que el arrecife se muestre.

Ahora bien, ¿qué es la melancolía sino una especie de marea baja

anormal? y otra vez en este caso los sentimientos de culpa que

aparecen de manera típica en las "depresiones endógenas" (no

confundirlas con las depresiones neuróticas) no son la causa de

esta modalidad especial de la depresión. La verdad es todo lo

contrario, puesto que esta marea baja emocional hace aparecer

en la superficie consciente los sentimientos de culpa; se limita

únicamente a sacarlos a la luz.

En cuanto a la verdadera causa de las neurosis, aparte de sus

elementos constitutivos, ya sean de naturaleza psíquica o

somática, parece que los mecanismos retroactivos del tipo de la

ansiedad anticipatoria son un importante factor patógeno. A un

síntoma dado le responde una fobia; la fobia desencadena el

síntoma y éste, a su vez, refuerza la fobia. Ahora bien, en los

casos obsesivos-compulsivos se puede observar una cadena

similar de acontecimientos, en los que el paciente lucha contra las

ideas que le acosan15 Con ello, sin embargo, aumenta el poder de

aquéllas para molestarle, puesto que la presión precipita la

contrapresión. ¡Y otra vez más el síntoma se refuerza! Por otra

parte, tan pronto como el paciente deja de luchar contra sus

obsesiones y en vez de ello intenta ridiculizarlas, tratándolas con

ironía, al aplicarles la intención paradójica, se rompe el círculo

vicioso, el síntoma se debilita y finalmente se atrofia. En el caso

 

701-703 (1955).

15. Ello suele ser motivado por el temor del paciente a que sus

obsesiones indiquen una psicosis inminente o incluso real; el paciente

desconoce el hecho empírico de que la neurosis obsesiva-compulsiva le

inmuniza contra la psicosis formal, en vez de encaminarle en dicha dirección.

 

128

 

afortunado que no se haya producido un vacío existencial que

invite y atraiga al síntoma, el paciente no sólo conseguirá

ridiculizar su temor neurótico, sino que al final logrará ignorarlo

por completo.

Como vemos, la ansiedad anticipatoria debe contraatacarse

con la intención paradójica; la hiperintención, al igual que la

hiperreflexión deben combatirse con la "de-reflexión"; ahora bien,

ésta no es posible, finalmente, si no es mediante un cambio en la

orientación del paciente hacia su vocación específica y su misión

en la vida16.

No es el ensimismamiento del neurótico, ya sea de

conmiseración o de desprecio, lo que puede romper la formación

del círculo; la clave para curarse está en la trascendencia de uno

mismo.

 

La neurosis colectiva

 

Cada edad tiene su propia neurosis colectiva. Y cada edad

precisa su propia psicoterapia para vencerla. El vacío existencial

que es la neurosis masiva de nuestro tiempo puede descubrirse

como una forma privada y personal de nihilismo, ya que el

nihilismo puede definirse como la aseveración de que el ser

carece de significación. Por lo que a la psicoterapia se refiere, no

obstante, nunca podrá vencer este estado de cosas a escala

masiva si no se mantiene libre del impacto y de la influencia de

las tendencias contemporáneas de una filosofía nihilista; de otra

manera representa un síntoma de la neurosis masiva, en vez de

servir para su posible curación. La psicoterapia no sólo será

reflejo de una filosofía nihilista, sino que asimismo, aun cuando

sea involuntariamente y sin quererlo, transmitirá al paciente una

caricatura del hombre y no su verdadera representación.

En primer lugar, existe un riesgo inherente al enseñar la teoría

 

16. Esta convicción la comparte Allport cuando dice: "Al igual que el foco

de los cambios que compiten desde el conflicto a las metas no egoístas, la

vida en conjunto se fortalece aunque las neurosis no desaparezcan nunca por

completo' (op. cit. pág. 95)

 

129

 

de la "nada" del hombre, es decir, la teoría de que el hombre no

es sino el resultado de sus condiciones biológicas, sociológicas y

psicológicas o el producto de la herencia y el medio ambiente.

Esta concepción del hombre hace de él un robot, no un ser

humano. El fatalismo neurótico se ve alentado y reforzado por

una psicoterapia que niega al hombre su libertad.

Cierto, un ser humano es un ser finito, y su libertad está

restringida. No se trata de liberarse de las condiciones, hablamos

de la libertad de tomar una postura ante esas condiciones. Como

ya indiqué en una ocasión (Value Dimensions in Teaching, una

película en color para la televisión, producida por Hollywood

Animators, Inc., para la California Júnior College Association):

tengo el pelo gris; soy responsable de no ir al peluquero a que me

lo tina, como hacen bastantes señoras. De manera que,

tratándose del color del pelo, todo el mundo tiene un cierto grado

de libertad.

 

Crítica al pandeterminismo

 

Se culpa con frecuencia al psicoanálisis de lo que se llama

pansexualismo. Yo, por mi parte, dudo de que tal reproche haya

sido alguna vez legítimo. Ahora bien, sí hay algo que a mí me

parece todavía una presunción más errónea y peligrosa, a saber,

lo que yo llamaría "pandeterminismo". Con lo cual quiero

significar el punto de vista de un hombre que desdeña su

capacidad para asumir una postura ante las situaciones,

cualesquiera que éstas sean. El hombre no está totalmente

condicionado y determinado; él es quien determina si ha de

entregarse a las situaciones o hacer frente a ellas. En otras

palabras, el hombre en última instancia se determina a sí mismo.

El hombre no se limita a existir, sino que siempre decide cuál será

su existencia y lo que será al minuto siguiente.

Análogamente, todo ser humano tiene la libertad de cambiar

en cada instante. Por consiguiente, podemos predecir su futuro

sólo dentro del amplio marco de la encuesta estadística que se

refiere a todo un grupo; la personalidad individual, no obstante,

 

130

 

sigue siendo impredecible. Las bases de toda predicción vendrán

representadas por las condiciones biológicas, psicológicas o

sociológicas. No obstante, uno de los rasgos principales de la

existencia humana es la capacidad para elevarse por encima de

estas condiciones y trascenderlas. Análogamente, y en último

término, el hombre se trasciende a sí mismo; el ser humano es

un ser autotrascendente.

Permítaseme citar el caso del Dr. J. Es el único hombre que he

encontrado en toda mi vida a quien me atrevería a calificar de

mefistofélico, un ser diabólico. En aquel tiempo solía

denominársele "el asesino de masas de Steinhof, nombre del gran

manicomio de Viena. Cuando los nazis iniciaron su programa de

eutanasia, tuvo en su mano todos los resortes y fue tan fanático

en la tarea que se le asignó, que hizo todo lo posible para que no

se escapara ningún psicótico de ir a la cámara de gas. Acabada la

guerra, cuando regresé a Viena, pregunté lo que había sido del

Dr. J. "Los rusos lo mantenían preso en una de las celdas de

reclusión de Steinhof, me dijeron. "Al día siguiente, sin embargo,

la puerta de su celda apareció abierta y no se volvió a ver más al

Dr. J.". Posteriormente, me convencí de que, como a muchos

otros, sus camaradas le habían ayudado a escapar y estaría

camino de Sudamérica. Más recientemente, sin embargo, vino a

mi consulta un austríaco que anteriormente fuera diplomático y

que había estado preso tras el telón de acero muchos años,

primero en Siberia y después en la famosa prisión Lubianka en

Moscú. Mientras yo hacía su examen neurológico, me preguntó,

de pronto, si yo conocía al Dr. J. Al contestarle que sí, me replico:

"Yo le conocí en Lubianka. Allí murió, cuando tenía alrededor de

los 40, de cáncer de vejiga. Pero antes de morir, sin embargo, era

el mejor compañero que imaginarse pueda. A todos consolaba.

Mantenía la más alta moral concebible. Era el mejor amigo que yo

encontré en mis largos años de prisión."

Esta es la historia del Dr. J., el "asesino de masas de Steinhof'

¡Cómo predecir la conducta del hombre! Se pueden predecir los

movimientos de una máquina, de un autómata; más aún, se

puede incluso intentar predecir los mecanismos o "dinámicas" de

la. psique humana; pero el hombre es algo más que psique.

 

131

 

Aparentemente, el pandeterminismo es una enfermedad

infecciosa que los educadores nos han inoculado; y esto es

verdadero también para muchos adeptos a las religiones que

aparentemente no se dan cuenta de que con ello sacan las bases

más profundas de sus propias convicciones. Porque, o bien se

reconoce la libertad decisoria del hombre a favor o contra Dios, o

a favor o contra los hombres, o toda religión es un espejismo y

toda educación una ilusión. Ambas presuponen la libertad, pues si

no es así es que parten de un concepto erróneo.

La libertad, no obstante, no es la última palabra. La libertad

sólo es una parte de la historia y la mitad de la verdad. La

libertad no es más que el aspecto negativo de cualquier

fenómeno, cuyo aspecto positivo es la responsabilidad. De hecho,

la libertad corre el peligro de degenerar en nueva arbitrariedad a

no ser que se viva con responsabilidad. Por eso jo recomiendo

que la estatua de la Libertad en la costa este de EE. UU. se

complemente con la estatua de la Responsabilidad en la costa

oeste.

 

El credo psiquiátrico

 

Nada hay concebible que pueda condicionar al hombre de tal

forma que le prive de la más mínima libertad. Por consiguiente, al

neurótico y aun al psicótico les queda también un resto de

libertad, por pequeño que sea. De hecho, la psicosis no roza

siquiera el núcleo central de la personalidad del paciente.

Recuerdo a un hombre de unos 60 años que me enviaron a causa

de las alucinaciones auditivas que padecía desde hacía décadas.

Tenía frente a mí a una personalidad totalmente derrumbada.

Cuando pasaba por algún lugar, cuantos había en su derredor le

tomaban por un idiota. Y sin embargo, ¡qué extraño encanto

irradiaba aquel hombre! De niño había querido ser sacerdote,

pero tuvo que contentarse con la única alegría que podía

experimentar y que era cantar los domingos por la mañana en el

coro de la iglesia. Pues bien, la hermana que le acompañaba nos

informó de que, a veces, se ponía muy excitado; pero, en el

 

132

 

último momento era capaz de dominarse. Me interesó sumamente

la psicodinámica que acompañaba al caso, ya que pensé que el

paciente tenía una fuerte fijación en su hermana; así que le

pregunté como hacía para controlarse: "¿Por quién lo hace?" A

continuación siguió una pausa de unos segundos y entonces el

paciente contestó: "Lo hago por Dios." En ese momento, lo más

profundo de su personalidad se hizo patente y en el fondo de

aquella hondura se reveló una auténtica vida religiosa a pesar de

la pobreza de su formación intelectual.

Un individuo psicótico incurable puede perder la utilidad del ser

humano y conservar, sin embargo, su dignidad. Tal es mi credo

psiquiátrico. Yo pienso que sin él no vale la pena ser un

psiquiatra. ¿A santo de qué? ¿Sólo por consideración a una

máquina cerebral dañada que no puede repararse? Si el paciente

no fuera algo más, la eutanasia estaría plenamente justificada.

 

La psiquiatría rehumanizada

 

Durante mucho tiempo, de hecho durante medio siglo, la

psiquiatría ha tratado de interpretar la mente humana como un

simple mecanismo y, en consecuencia, la terapia de la

enfermedad mental como una simple técnica. Me parece a mí que

ese sueño ha tocado a su fin. Lo que ahora empezamos a

vislumbrar en el horizonte no son los cuadros de una medicina

psicologizada, sino de una psiquiatría humanizada.

Sin embargo, el médico que todavía quiera desempeñar su

papel principal como técnico se verá obligado a confesar que él no

ve en su paciente otra cosa que una máquina y no al ser humano

que hay detrás de la enfermedad.

El ser humano no es una cosa más entre otras cosas; las cosas

se determinan unas a las otras; pero el hombre, en última

instancia, es su propio determinante. Lo que llegue a ser —dentro

de los límites de sus facultades y de su entorno— lo tiene que

hacer por sí mismo. En los campos de concentración, por ejemplo,

en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas,

observábamos y éramos testigos de que algunos de nuestros

 

133

 

camaradas actuaban como cerdos mientras que otros se

comportaban como santos. El hombre tiene dentro de sí ambas

potencias; de sus decisiones y no de sus condiciones depende

cuál de ellas se manifieste.

Nuestra generación es realista, pues hemos llegado a saber lo

que realmente es el hombre. Después de todo, el hombre es ese

ser que ha inventado las cámaras de gas de Auschwitz, pero

también es el ser que ha entrado en esas cámaras con la cabeza

erguida y el Padrenuestro o el Shema Yisrael en sus labios.

 

134

 

SELECCIÓN BIBLIOGRÁFICA SOBRE LOGOTERAPIA

 

Libros

 

BAZZI, TULLID Y FIZZOTTI, EUGENIO, Guía de la, logoterapia, Herder,

Barcelona 1989.

BULKA, REUVEN P., The Quest for Ultimate Meaning. Principles and

Applications of Logotherapy, Philosophical Library, Nueva York 1979.

—, FABRY, JOSEPH B., and SAHAKIAN, WILLIAM S., Logotherapy in Action.

Aronson, Nueva York 1977.

DIENELT, KARL, Von der Psychoanalyse zur Logotherapie, Ernst Reinhardt,

Munich 1973.

FABRY, JOSEPH B., La búsqueda de significado. La logoterapia aplicada a la

vida, Fondo de Cultura Económica, México 1977.

FIZZOTTI, EUGENIO, De Freud a Frankl. Interrogantes sobre el vado

existencial, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona (España) 1977.

FRANKL, VIKTOR E., Psicoanálisis y existencialismo. De la psicoterapia a la

logoterapia, Fondo de Cultura Económica, México 1978. ,

—, Um psychologo no campo de concentrando, Editorial Áster, Lisboa.

—, A psicoterapia na pratica, Editora Pedagógica e Universitaria, Sao Paulo

1976.

—, La presencia ignorada de Dios. Psicoterapia y religión, Herder, Barcelona

 

1991.

—, O homen incondicionado, Armenio Amado, Coimbra 1968.

—, Teoría y terapia de las neurosis, Herder, Barcelona 21991 (ampliada).

—, La idea psicológica del hombre, Ediciones Rialp, Madrid 1976.

—, Fundamentos antropológicos de psicoterapia, Zahar Editores, Río de

Janeiro 1978.

—, El hombre en busca de sentido, Herder, Barcelona 121991.

—, Ante el vacío existencial. Hada una humanización de la psicoterapia,

Herder, Barcelona 61990.

—, Trotzdem ja zum Leben sagen. Ein Psychologe erlebt das

Konzentrationslager, Kösel-Verlag, Munich 1978.

—, La voluntad de sentido, Herder, Barcelona 21991.

—, El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia,

Herder, Barcelona 21990.

—, La psicoterapia al alcance de todos, Herder, Barcelona 41990.

 

135

 

—, Der Mensch vor der Frage nach dem Sinn, Piper, Munich 1980.

—, Psychotherapy and Existentialism, Simon and Schuster, Nueva York 1978.

—, Logoterapia y análisis existencial, Herder, Barcelona 1990.

—, The Will to Meaning. Foundations and Applications of Logotherapy, New

American Library, Nueva York 1978. —, The Unheard Cry for Meaning.

Psychotherapy and Humanism, Simon and Schuster, Nueva York 1978.

LESLIE, ROBERT C., Jesus and Logotherapy, Abingdon Press, Nueva York

1965.

TAKASHIMA, HIROSHI, Psychosomatic Medicine and Logotherapy,

Gabor Science Publications, Oceanside, Nueva York 1977.

TWEEDIE, DÓNALO F., Logotherapy and the Christian Faith, Baker Book

House, Grand Rapids, Michigan 1972.

 

Capítulos de libros

 

ASCHER, L. MICHAEL, "Paradoxical Intention. An Experimental Investigation"

en Handbook of Behavioral Interventions, John Filey, Nueva York 1978.

BAZZI, TULLID, "Consideraciones acerca de las limitaciones y las

contraindicaciones de la logoterapia", en IV Congreso Internacional de

Psicoterapia, Editorial Scientia, Barcelona 1958.

DIENELT, KARL, "El análisis existencial de V. E. Frankl como explicación de la

existencialidad personal", en Antropología pedagógica, Aguilar, Madrid

1979.

FRANKL, VIKTOR E., "Análisis existencial y logoterapia", en IV Congreso

Internacional de Psicoterapia, Editorial Scientia, Barcelona 1958.

—, "Logoterapia y religión", en Psicoterapia y experiencia religiosa, Ediciones

Sígueme, Salamanca 1967.

—, " Reductionism and Nihilism", en Beyond Reductionism, Arthur Koestler

(ed.), Macmillan, Nueva York 1970.

—, Die Sinnfrage in der Psychotherapie, en Suche nach Sinn, Styria, Graz

(Austria) 1978.

—, "Der Mensch vor der Frage nach dem Sinn. Empirische und klinische

Befunde", en Glaube und Wissen, Herder, Viena 1980.

KEPPE, NORBERTO R., "Logoterapia", en A medicina da almo, Hemus, Sao

Paulo 1967.

MIRA y LÓPEZ. EMILIO. "La psicoterapia existencial de Frankl". en

Psiquiatría, Librería El Ateneo. Buenos Aires 1955.

—, "La logoterapia de V. Frankl", en Doctrinas psicoanalíticas, Editorial

Kapelusz, Buenos Aires 1963.

 

136

 

Artículos periodísticos

 

ASCHER, L. MICHAEL, Employing Paradoxical Intention in the Behavioral

Treatment, " Scandinavian Journal of Behavior Therapy", 6 (1977) 28.

—, and JAY S. EFRAN, Use of Paradoxical Intention in a Behavior Program,

"Journal of Consulting and Clinical Psychology" (1978) 747.

—, and RALPH, M. TURNER, Paradoxical intention and insomnia: an

experimental investigation, Behav Res. & Therapy 17.

BROGGI i GUERRA, FRANCESC: El concepte de naturaleza humana segons

l'anàlisi existencia! de Frankl, en "Annals de Medicina" 65 (1979) 641.

—, El análisis existencia! y la logoterapia de Frankl (La tercera escuela

vienesa de Psicología), "El Correo Catalán", 14 y 21 de octubre de 1979.

FABRY, JOSEPH B., Aspects and Prospects of Logotherapy: A Dialogue with

Viktor Frankl, "The International Forum for Logotherapy", 1 (1978) 3.

FRANKL, VIKTOR E., Dimensiones del existir humano, "Diálogo", 1 (1954)

53.

—, Logos y existencia en psicoterapia, "Revista de psiquiatría y psicología

médica de Europa y América Latina", 2 (1955) 153.

—, Análisis existencial y logoterapia, "Revista de psiquiatría y psicología

médica de Europa y América Latina", 4 (1959) 42.

—, Reintegración de la psicoterapia a la medicina, "Panorama médico", enero

de 1963, 6.

—, Problemas de actualidad en psicoterapia, "Psicología Industrial", 5 (1965)

13.

—, Labirintos do pensamento psicoterapéutico, "Humboldt. Revista para o

mundo luso-brasileiro", 6 (1966) 81.

—, Dar un sentido a la vida, "La actualidad española", 21 de noviembre de

1968.

—, A logoterapia e o seu emprego clínico, "Servicio bibliográfico Roche", 38

(1970) 29.

—, La logoterapia y su uso clínico,"Servicio bibliográfico Roche", 38 (1970)

53.

—, O vazio existencial, "Servicio bibliográfico Roche", 41 (1973) 9 y 13.

—, El sentimiento de la falta de sentido: un desafío a la psicoterapia,

"Sociedad Argentina Asesora en Salud Mental" (1974) 22.

—, Psiquiatría y voluntad de significado, "Istmo (Revista Cultural)", Número

82 (septiembre-octubre 1972), 5.

—, Neurosis y sentido de la vida, "Istmo (Revista del Pensamiento Actual)",

Número 107 (noviembre-diciembre 1976), 5.

—, Determinismo y humanismo, "Psychologica (Revista Argentina de

Psicología Realista)", n.° 2 (enero-junio 1979), 25-35.

 

137

 

IDOATE, FLORENTINO, El análisis existencial de Viktor E. Frankl, "Revista de

Filosofía de la Universidad de Costa Rica". 2 (1960) 363.

KEPPE, NORBERTO R., Analise existencial - Logoterapia, "Arquivos"

(Universidad de Sao Paulo), 1. 23.

MESEGUER, PEDRO, El análisis existencial y la logoterapia de Viktor Frankl,

"Razón y Fe" (1952) 582.

MUSSO, VANNI, Terceira Escola Viennese, "Folha de Tarde", 1 de marzo de

1974, 4.

PAVÍA, MARÍA TERESA, La amistad (Comparación entre Aristóteles y Frankl),

"Istmo (Revista del Pensamiento Actual)", Número 107 (noviembre-

diciembre 1976), 58.

PELEGRINA, HÉCTOR E.. Viktor Frankl en la Universidad de Navarra, "Actas

Luso-Españolas de Neurología y Psiquiatría", 27 (1968) 76.

POPIELSKI, KAZIMIERZ, Karol Wojtyla and Logotherapy, "The International

Forum for Logotherapy" 1 (1980) 36.

SARDI, RICARDO JOAQUÍN, Viktor Frankl. Una vida dedicada a la búsqueda

de un sentido, "Mendoza" (19 de marzo de 1980) 6. SOI.YOM,

"Comprehensive Psychiatry", 13 (1972) 291.

 

Películas y cintas magnetofónicas

 

FRANKL, VIKTOR E., Logotherapy, una película producida por University of

Oklahoma Medical School, Department of Psychiatry, Neurology and

Behavioral Sciences.

—, Frankl and the Search for Meaning, una película producida por

Psychological Films, 110 North Wheeler Street, Orange, California 92669.

—, Youth in Search of Meaning, cinta magnetofónica producida por Word

Cassette Library, 4800 West Waco Drive, Waco, Texas 76703.

—, Therapy through Meaning, cinta magnetofónica producida por

Psychotherapy Tape Library, (T 656), Post Graduate Center, 124 East

28th Street, Nueva York, N.Y. 10016. $ 15.00.

—, Existential Psychotherapy, two cassettes. The Center for Cassette

studies, 8110 Webb Avenue, North Hollywood, California 91605.

—, The Defiant Power of the Human Spirit: A Message of Meaning in a

Chaotic World. $ 6.00. The Institute of Logotherapy, One Lawson Road,

Berkeley, California 94707.

—, JOSEPH FABRY, MARY ANN FINCH and ROBERT C. LESLIE, A Conversation

with Viktor E. Frankl on Occasion of the Inauguration of the "Frankl

Library and Memorabilia." The Graduate Theological Union. 1798 Scenic

Avenue, Berkeley, California 94709.